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Liga del Foro


Contenido Popular

Mostrando el contenido más gustado desde 22/01/18 en todas las areas

  1. 11 puntos
    Próximamente - Legion ¡Buenas roleros! Como ya vinimos anunciando desde nuestro Twitter y aquí en el foro. Finalmente tenemos listo para migrar el Servidor a un emulador de la expansión Legion. Sólo cambiamos de versión, no de tiempo Cabe aclarar especialmente, igual que en la migración a Pandaria, ahora hacia Legion, es un traspaso a una versión del juego más nueva, pero On-Rol el timeline sigue siendo el mismo, los personajes están en el año 28, más o menos a poco más de la mitad de Cataclismo. ¿porque cambiamos? Creemos que es interesante disponer de escenarios que aportan las nuevas versiones del juego, ya que si bien en muchos de ellos no se accede onrol todavía por el timeline, sí muchos pueden ser usados como escenarios de rol, representando que son otras zonas. También las mejoras gráficas del juego son un aliciente a disfrutar. Obtener más objetos para decorar escenarios especiales. Disponer de muchas más ropas ¡y mucho más! Usar versiones nuevas suele traer añadidos interesantes para los roleros. Tendremos muchas más skins, varios bugs se han arreglado, y también nos funcionará de nuevo el TotalRP3 Mantenimiento el Sábado 24 A diferencia de otras migraciones que hemos hecho, en esta hemos optado por hacer todo en limpio. Es importante pues saber que: Habrá que crear las cuentas de nuevo en el servidor Cada uno se tendrá que crear de nuevo sus personajes (disfrutando los modelos nuevos, por supuesto) Las decoraciones se han tenido que rehacer El Servidor Dedicado será formateado y se instalará todo de 0, en un Sistema Operativo más nuevo Durante la tarde-noche (hora España) del próximo Sábado, 24 de Febrero, empezaremos un mantenimiento, que esperamos no dure más de unas horas, aunque advertimos puede demorarse a lo largo de la madrugada y el Domingo, en el que el servidor de rol quedará Off-Line, para montar todo lo nuevo. Por supuesto tendréis el foro y las redes sociales, mientras dura el mantenimiento, e informaremos de todo cuanto haya que saber. Además varios posts de información y normativas, serán modificadas para adaptarse a cambios que se implementarán en la versión de Legion. De momento os recomendamos ir bajando desde ya el juego, con la versión necesaria de Legion 7.2.5 (release 24742). Encontraréis el botón de descarga por Torrent, en la siguiente guía: En ese enlace encontraréis un Botón negro para descargar el Wow Legion completo. ¡Solo descargad el wow legion! Parche y demás, está todavía en la version de Pandaria. Ya os informaremos del Parche para Legion, en los próximos días. Y esto es todo por ahora. ¡Saludos!
  2. 10 puntos
    ¡Buenas roleros! hemos sobrevivido a un viaje espacio-temporal... o estamos en ello, de ahí el título del post. Y aunque he preferido darle un toque de humor a este mensaje, pues es mejor tomarse las cosas a bien, el foro regresa a la vida tras 48h de infarto en las que creíamos que íbamos a perder todo. A varios ya os fui informando yo misma ayer, mediante el Discord de la Comunidad, así que ya sabéis lo que ha ocurrido, pero para aquellos que no lo sepan todavía, aquí vengo a informarlo. Hasta hace un par de días, la web de MundoWarcraft estaba hospedada en una de las 7 máquinas que poseía el Sysadmin que vela a nivel técnico de nuestro webhost, Carlos Frías, él era dueño de las máquinas físicas, que estaban colocadas en uno de los Datacenter de OVH en Canadá, usando su red e instalaciones. En la madrugada del Domingo, la web dejó de funcionar, por lo que me puse en contacto con Carlos y éste con la empresa y el Datacenter. La respuesta que le dieron sobre la caída era de que por un cortocircuito, se habían incendiado las maquinas de todo un rack ¿?¿? Nos quedamos ambos ". . ." y no es para menos. Todo un rack viene siendo una cantidad grupal de servidores interconectados en un espacio del Datacenter. En resumen, nos estaban diciendo que todas las máquinas habían muerto, se habían estropeado, resquemado, quién sabe... y por supuesto, también las máquinas que hacían backups... Así que por momentos creíamos que lo habíamos perdido todo, hasta que por suerte, dimos con un backup externo, de principios de Noviembre, y es lo único que tenemos. Hemos pasado las últimas 48h, subiendo el backup de Noviembre a un nuevo host, Carlos nos ha instalado en el host de Google Cloud, y ahí nos quedamos si no hay mayores novedades. Todo esto significa que, en estos momentos partimos de una copia de la web de Noviembre 2017. Se habrán perdido posts, usuarios registrados en este período de tiempo, perfiles enviados y/o aprobados, Evaluaciones realizadas en este período, relatos de eventos y mensajes que se escribieran entre Noviembre a día de hoy. Mirándolo con positividad, aun gracias de este backup, de haberlo perdido todo, habría sido fatal. Así que no nos queda otra que partir de esta base y volver a reconstruir las cosas que hayan quedado sueltas. Si estabas registrado y ves que no existe tu cuenta, tendrás que volver a registrarte. Si teníais mensajes que no existen ahora, guardados en un Word, volverlos a postear. Si os aceptaron o tramitastéis una evaluación en este período desde 1 de Noviembre a hoy, por favor volved a enviarla, y nosotros la auto-gestionamos (la añadiremos a aprobado o como fuera anteriormente), para que conste en nuestra base de datos, ya que todas las evaluaciones enviadas quedan archivadas, sean rechazadas o aprobadas, y es la forma de saber cada personaje si ha pasado una evaluación o no. Si teníais un personaje aceptado de este período, veréis que no existe su Perfil en el foro sub-racial, por favor, volved a enviar-lo, rellenando el formulario de enviar Perfil, con los datos y reseña que tenía. En caso de que no tuvierais una copia, por desgracia deberéis volver a escribirla lo más fiel a lo que era, la aceptaremos y moveremos donde corresponde, como es costumbre. En anotaciones extra del formulario, indicad ahí que es un Perfil con personaje aprobado pero que el post del perfil no existe por este incidente. Aviso que revisaremos igual el texto de dichos perfiles, que nadie intente colar nada raro, si vemos incoherencias loristicas podríamos rechazarlo igual que fuera un Perfil habitual, hasta que se adapte a los estándares de la Comunidad ¡quedáis avisados! XDD Por lo pronto yo misma y el Staff iremos viendo de reponer cosas que se hayan perdido también, como por ejemplo al mismo Yaldoren, ¡que no existe! XDD Ha desaparecido en el espacio-tiempo, pero tranquilos, ¡volverá! Cualquier duda, estamos para atenderos, y si véis que algo no funciona bien en el foro, reportadmelo también, para revisarlo. Entre todos, volveremos pronto a la normalidad, a pesar de que se hayan perdido mensajes, reconstruiremos juntos ¡Un saludo!
  3. 9 puntos
  4. 6 puntos
    Tranquilo @Yaldoren intentaremos, tras esta experiencia, poner más a seguro el foro, sus backups, para que no vuelvas a desaparecer XDD Aumentar la seguridad y copias externas, algo así como...
  5. 6 puntos
    ¡Y es una dicha volver al foro tras esa experiencia! Dado que también el post de presentación pasó a mejor vida, mejor tomar ésta respuesta como si fuera uno. Así que vuelvo a las andanzas para lo que ocupe la comunidad.
  6. 5 puntos
    @Natea ¿Solo por eso...? Las ardillas HD estarán descontentas con Redyan.
  7. 5 puntos
    Pronto Alessandra sera HD y se verá todavía más potentorra!
  8. 5 puntos
  9. 5 puntos
    Fue una suerte por no decir un milagro que tuvierais la copia de seguridad externa!!! Gracias e llo podemos seguir aqui, Mil gracias por todo vuestro esfuerzo Kyrie y Carlos!!!!!! Ahora nos toca a nosotros chicos, a repostear todo lo necesario!!! Cargar los portatiles, conectar los teclados, pulsar las teclar ¡¡¡¡El foro nos necesita!!!!
  10. 4 puntos
    Mi cuerpo está tan listo.... bfff.... grrr.... ñam.
  11. 4 puntos
    Todos disfrutaremos de cabelleras HD pronto... Muy pronto...
  12. 4 puntos
    todo esto es culpa de @Palpatine, no digo más.
  13. 4 puntos
    .... Perdí los post del evento de rous?! NOOOooooOOOOooooooo*inserte x10000000* Dios. De todos modos: menudo susto, con razón se me desaparecieron (Los miro desde las sombras xD) Ahora con el trabajo apenas he podido entrar.
  14. 3 puntos
    De aquí al sábado (domingo suponiendo las cosas tarden y demás cosas), estaré visitando asiduamente Wowhead en búsqueda de objetos chulos para los Pjs; iré armando una extensa lista con el .additem para cada personaje y que Dios me perdone si me excito dándome items a diestro y siniestro golpeando el teclado... Pero vamos, siempre me emociona, aunque sea un poquito, ver esos saltos de una versión a otra. Me pasó viendo la transición de WotLK a Cata, de Cata a MoP y ahora de MoP hacia Legión. Se pierden cosas y se ganan otras con estos cambios, pero MundoWarcraft se lo merece y espero al final el cambio le caiga de maravilla. PD: ¿Battle for Azeroth en MundoWarcraft el próximo año? ¿Sí? ¿No? Lean a este iluso soñador (?).
  15. 3 puntos
    Descontentas no! Ya se están organizando para crear el nuevo ejército ardillesco HD de Azeroth! xDDDD @Ethan
  16. 3 puntos
    Pues eso, podéis llamarme Sun o Siry, tengo 27 años, soy de Sevilla. Me gusta Dragon Age a rabiar y puedo llegar a tener conversaciones acaloradas sobre el tema, PERO RESPETO TODO. Me gusta que me rectifiquen las cosas en las que me equivoco, así que no tengáis problemas al respecto si veis que la cago mucho por aquí. Es mi primer rol en server de wow (y en server en general), pero por privado soy la leche (no) Ya he roleado un par de veces por ahí con mi sindo Belle, algunos la conocéis ya <3 Por cierto, a veces dibujo. Os quiero (?)
  17. 3 puntos
    @SBCrowley @Rocco @rausten Aquí tenéis.
  18. 3 puntos
    Montando un escenario para un rolecillo durante esta semana, he de decir quedé algo alelado viendo un punto desde cierta perspectiva: O será simplemente que me gusta ver lucecitas cegadoras xD.
  19. 3 puntos
    tengo que decir que esto me da mucha risa... lo siento, merezco un ban
  20. 3 puntos
    IV Había pasado ya un año desde que lo tomaran preso. Se había rapado su destellante pelo cobrizo hace unos días y este estaba comenzando a salir de nuevo. Una incipiente barba pelirroja comenzaba a surcar su rostro. El olor a algas y agua salada lo azotó en la cara. Ayudaba a Edgar a cargar un barril al interior de una de las goletas ancladas al puerto. En otro embarcadero, un descomunal navío con velas de Ventormenta no dejaba de descargar refugiados. La guerra había terminado en el sur, según había escuchado, y Ventormenta había caído en manos de aquellas criaturas verdes, los llamados orcos. En todo Lordaeron se escuchaban murmullos funestos. La gente estaba intranquila. Ethmund procuraba no pensar en lo que el futuro iba a deparar a esas tierras. Estaba a unos meses de terminar su condena y por fin podría dejar de descargar cajas y barriles de los barcos que amarraban en aquel puerto. Esa había sido toda su meta desde hace tiempo, además de mantener una relación saludable con Keveth. El stromico de voz ronca y gran nariz lo había acogido desde el primer día que llegó a la celda. Había evitado que sabuesos hambrientos de demostrarse superiores, como Edgar o Boro, hiciesen de las suyas con él. Cuando los destinaron al puerto de Costa Sur, Keveth se convirtió en una suerte de líder de ese pequeño grupo de desdichados del que Ethmund no pudo evadirse, cosa que tampoco intentó con demasiado fervor. Por primera vez en mucho tiempo se sentía rodeado de personas que podía considerar amigos, incluso una suerte de hermanos de destino. No obstante, ardía en deseos de volver a ser libre. Libre, como Keveth le había prometido que serían muy pronto, si seguían las órdenes que se les había encomendado. Entonces, había pensado, podrían buscarse la vida juntos. Edgar pensaba muy distinto y, tras terminar de cargar el barril, se paró un instante a observar el navío ventormentino, con ojos de avaricia. Ethmund lo miró extrañado. Alzó la voz: - Vamos Edgar, quedan dos más. - Si…vamos – dijo el hombre, quitando la mirada del barco no sin esfuerzo y sonriendo forzadamente a Ethmund –. Pronto seremos libres ¿eh chico? - ¿Qué piensas hacer cuando nos suelten? –preguntó, mirando el mismo el navío. - No lo tengo claro. Tal vez vuelva a la calle, o tal vez marche a Gilneas, o quizás al Sur. – Sus palabras dejaban entrever levemente sus intenciones. No daba la impresión de que realmente intentara ocultarlas. - Keveth tenía pensado que trabajásemos juntos, los cuatro, Boro y tú también. - Keveth no es más que un fanfarrón y un perdedor. Expulsado de allí donde ha puesto un pie. Un paria, eso es lo que es. Harías bien en no seguirlo fuera de aquí, chico, trae mal fario. - Tú tampoco puedes dar lecciones a nadie. – Edgar no le daba miedo, de hecho, desde que Keveth lo hizo sentar en la litera con cuatro palabras, tenía bastante claro que Edgar temía al stromico, y con ello también a Ethmund. - ¿Y tú sí, rata callejera? – Dejó escapar una risa despectiva y se encamino a la plataforma de bajada del barco, para cargar con la mercancía que quedaba. Keveth y Boro llegaban en esos momentos al muelle a cargo de un carromato vacío, tirado por una mula vieja. El stromico observo al chico bajar de la goleta y después llevó los ojos al barco ventormentino. Ethmund se acercó al carromato, mientras Boro iba a ayudar a Edgar en su tarea. El muchacho acarició la cabeza del animal y observó a Keveth. - Edgar tiene pensado irse, a Gilneas o hacia el sur, una vez nos hayan soltado. La atención del stromico se desvió del barco hacia el chico un ínfimo instante, pues rápidamente regresó al navío. - Edgar cree que Ventormenta está abierta al saqueo para que pobres diablos como él se hagan ricos en unos pocos días. Todavía no se cree que esos orcos han tomado la ciudad y está convencido de que son bandidos organizados. – Sonrió con inocencia – ¿Tú que crees Ethmund? El chico miró a su camarada con los ojos entrecerrados. Realmente, nunca se había parado a pensar si la información que traían los refugiados era verdad o no. - No creo que toda esta gente gane nada con mentir. Keveth asintió levemente al chico, si variar ese rostro agrio que portaba como su estandarte. - Estás en lo cierto. – llevó la mirada a Edgar y Boro, cargando barriles –. Hay que vigilarlos. Desde que los últimos refugiados vienen del sur me da la impresión de que traman algo, algo que nos pueda salpicar. - ¿Crees que no van a esperar a terminar la condena? El hombre volvió a mirar al chico y negó con sequedad. Arreó a la mula y dio un pequeño cocotazo al muchacho con el puño cerrado, en la cabeza, al pasar a su lado: - Deja de hacer el vago. A trabajar. Ethmund regresó a los barriles, decidido, corriendo tras del carro. El final estaba cera. Llegó la hora del almuerzo y el grupo de cuatro se reunió en un punto apartado de puerto con el resto de reclusos pagando su condena en la zona. Era un antiguo picadero para caballos, vigilado por un pequeño pelotón de la guardia de Costa Sur. Había allí, al menos unos treinta reclusos trabajando, provenientes de todas partes del Reino e, incluso, de otros reinos vecinos. Edgar observaba a su alrededor mientras comía, como una rata temerosa de que alguien le quite las migajas. Mientras, Boro discutía con Keveth el futuro que deparaba al norte. Una conversación acalorada acerca de probables guerras, alianzas y levas forzadas: - Si hay guerra llevar a todos los reos al frente, tenlo claro Keveth. Esto no es Stromgarde, aquí nadie va a ir a morir por su honor familiar, hay que obligar a la chusma. – Boro reía y palmeaba la espalda de Keveth –. ¿Has luchado en alguna batalla por la gloria de tu linaje, allí en Strom? - No es tan sencillo como lo pintas, Boro… - negó, mientras daba un sorbo a la bota de vino –. No todo son gritos de guerra y epopeyas al regresar. No todo el mundo quiere luchar, igual que aquí. Mientras la conversación continuaba, Edgar se levantó y acercó a otro grupo de reclusos que compartían una humeante pipa. Se sentó junto a ellos. Ethmund no lo perdió de vista, apartando su propia comida de la boca. Intercambiaron un buen número de cuchicheos y varios de ellos asintieron con un “Aye” a las palabras de Edgar, que gesticulaba exageradamente. Pronto comenzó a señalar a los hombres en dirección al puerto. Dos guardias se habían fijado en él y hablaban entre ellos. Boro se levantó y fue a un extremo del picadero a evacuar. Keveth también estaba mirando al grupo de reos a los que Edgar hablaba, y se dirigió a Ethmund: - Planea algo. Ethmund, estate preparado – dijo, mientras se levantaba y observa al pelotón de la guardia. Ethmund miró al hombre y examinó también en número de guardias que rodeaban el picadero. Maldijo a Edgar para sus adentros y también se levantó, a un lado de Keveth. No eran los únicos. Prácticamente todos los reos allí presentes hicieron lo mismo, rodeando a Edgar. - ¡Volved a la comida! ¡Sentaos! – exigió uno de los dos guardias apostados en la salida del picadero mientras llevaba, con mucha calma, la mano a la empuñadura de su espada reglamentaria. Los reos avanzaron en grupo hacia la salida, manteniéndose juntos, mientras la desagradable voz de Edgar se escuchaba desde el centro, guiándolos. El metal desenvainado se dejó escuchar desde cada esquina del picadero cuando la guardia liberó sus armas de las vainas. Ethmund corrió a ponerse al final del grupo de reos, sin perder un instante. Keveth lo siguió cuando el gruñido de Boro se comenzó a escuchar. Un guardia lo mantenía inmovilizado, filo en su cuello. - ¡Retroceded! Es una orden – la voz del guardia volvió a alzarse entre el murmullo de los prisioneros –. ¡Es una orden! Los primeros cautivos comenzaron a cargar sobre los guardias de la entrada, que ya habían sido reforzados por otros apostados a lo largo del picadero. Se escucharon gritos, el contacto del metal con la carne y varios golpes. Dos guardias cayeron al suelo de espaldas mientras uno de los reos se cebaba con la cabeza de uno de ellos. La avalancha de huidos sobrepasó la entrada mientras el resto de guardias comenzaba a alcanzarlos. Salieron a una de las calles de Costa Sur. La estampida fue trepidante. Viandantes de la población se apartaban horrorizados ante la manada de reclusos, que se dirigía al puerto. Ethmund y Keveth corrieron tras de ellos, sintiendo los gritos de los guardias cercanos a ellos, a su espalda. Llegaron al primero de los muelles y con Edgar a la cabeza, se hicieron rápidamente con el control del puente que accedía al navío Ventormentino cuando algunos braceros empezaban a descargar los bienes que portaba. Hubo gritos y más de un cuerpo cayó al agua del puerto. El atropello era imparable y el puente estuvo cercano a quebrarse por el peso de la treintena de presos que intentaban acceder al mismo tiempo. - ¡Izad! ¡Izad el ancla! – La voz de Edgar se alzaba sobre todo el escándalo, instando a sus camaradas a izar el ancla del navío. Muchos de ellos ya trepaban por las cuerdas y tiraban de la manivela que ayudaba a elevar el ancla cuando Keveth y Ethmund si quiera habían alcanzado el puente. Ethmund sintió de nuevo la férrea mano de un guardia cerrase con fuerza en su hombro. Lo obligó a doblarse de dolor sobre el pavimento mientras varios guardias continuaban la carrera por ambos lados. - ¡Escoria! – gritó el guardia, y parecía querer añadir algo más dirigido a sus compañeros de pelotón cuando un puño perfectamente colocado lo alcanzó en el mentón. Reculó y soltó el hombro de Ethmund. - ¡Corre! – El grito era de Keveth que ya esquivaba al aturdido guardia y corría en la dirección contraria al barco. Ethmund lo siguió, notando como tres guardias se separaban del pelotón e iban en su persecución. La calle principal de Costa Sur, que dirigía hacia Trabalomas, estaba bloqueada ya. Refuerzos desde otros puestos cercanos habían cerrado la salida. Keveth rehusó detenerse e intentó guiarlos por una calleja secundaria que también estaba bloqueada. Finalmente varios guardias se los echaron encima e inmovilizaron contra la tierra. Gritos de júbilo inundaron la población desde el navío robado, cuando este comenzó a alejarse del puerto. Otra vez capturado, Ethmund no pudo si no maldecir cien veces a Edgar.
  21. 3 puntos
    fuckin Zhariel e.e @Sacro
  22. 2 puntos
    Siempre dejando las cosas para último momento... hay que ver. Yo ya tengo mi lista de objetos lista para el Sábado-Domingo. Mientras tanto solo me queda hypearme y esperar.
  23. 2 puntos
    Yo ya he hecho las pruebas en wowhead, así se vería Anna en HD: No puedo esperar!!
  24. 2 puntos
  25. 2 puntos
    -Uffff que cansancio llevo encima, mejor me voy a dorm... HAAAAAAAUAAAAAIAAAAA HOOKED ON A FEEEELING! *Empieza a bailar por la habitación*
  26. 2 puntos
  27. 2 puntos
  28. 2 puntos
  29. 2 puntos
    Hola de nuevo! Ya cruzaremos roles (Sobretodo ahora que mi main está en Lunargenta). Hasta pronto!
  30. 2 puntos
    I La lluvia golpeaba sin descanso las pavimentadas calles de la Ciudad Capital, centro neurálgico del Reino de Lordaeron. Formando finos torrentes entre los adoquines, el agua corría calle abajo hacia la boca de alcantarillado más cercana. Ningún paso entorpeció su avance, ni tampoco la rueda de un carro, la punta de un bastón o la pezuña de asno, penco o res. Nada ni nadie caminaba por aquellas grises calles. Allí sobre el primer desagüe en el que todos aquellos cauces iban a desaparecer los relucientes escarpes de una armadura de soldado eran todo cuanto pisaba la calle. Calzado en ellos un guardia de la ciudad observaba con detenimiento los alargados escalones que daban continuación a la avenida, cuesta abajo, hasta la plaza del mercado. La puerta de uno de los ventanales de madera sea abrió a su espalda, no muy lejos de su posición, y la estridente voz de una mujer exclamó: - ¡Cuidado allí abajo! Acto seguido, el chapoteo de una pestilente mezcla de deshechos del hogar golpeó el llovido pavimento y resonó en la avenida, entre el golpear del agua. El guardia se giró inmediatamente para ver como la mugre se extendía sobre la piedra y comenzaba a mezclarse con los pequeños ríos de agua que bajaban hacia su posición. La peste bajaba con ellos también. Mas el inocente gesto por parte de aquella mujer había desatado algo más. Nerviosos zapateos arrancaron de entre una de las viviendas que quedaban a ambos lados de los escalones cuando un muchacho joven y poca cosa echó a correr escalones abajo hacia el mercado en el preciso instante en que el guardia se había girado. - ¡Alto a la guardia! La vertiginosa persecución alcanzó la plaza del mercado en menos de un suspiro. De allí el joven tomó la izquierda y comenzó a ascender por un angosto callejón en el que las casas parecían echárselo a uno encima. El guardia, aún ralentizado por el peso de las mallas, recortaba la ventaja que el joven había sacado con su sorpresa. Podía incluso diferenciar las cicatrices en el antebrazo del muchacho que corría frente a él e, incluso, reconocer el sonido de la plata entrechocando en una pequeña bolsa que el mismo llevaba colgando al costado. Tan mínima era la distancia que los separaba. El callejón ascendía sin cesar describiendo una constante curva hacia la izquierda. Finalmente la robusta fachada de una tasca se dejó ver al final de la cuesta. No era si no un callejón de salida que terminaba en una taberna, el muchacho estaba perdido, o eso pensó su perseguidor. No obstante, el joven no hizo sino hacer impactar su hombro contra la puerta del establecimiento y entrar a trompicones. Incrédulo, e incluso mosqueado, el guardia atravesó el umbral tras sus pasos. Se detuvo al instante. Los mesones de esta zona de la ciudad eran un habitual hervidero de gente en un día cualquiera, no obstante, cuando las nubes empañaban los cielos y la lluvia inundaba las calles, se convertían en verdaderas cuadras. No solo no había una silla libre, si no que difícilmente era posible mantenerse en pie sin tener el rostro de otro a menos de dos palmos de tus barbas. No había del muchacho. Las miradas de los parroquianos se giraron de inmediato hacia el bordado tabardo en el pecho del hombre, más nadie hizo gesto añadido alguno, ni una voz, ni una dirección, ni una mirada cómplice. Nada. La palabra del Rey, aunque de enorme valor entre los habitantes del Reino, no sería suficiente para exigir el paradero del muchacho si solo la voz de un hombre las pronunciaba en lugar tan atestado. El guardia sabía esto y aderezó su rostro, colmado de cansancio por la carrera en mallas, antes de comenzar su avance, como pudo, hacia el mostrador tras el que se ubicaba el encargado de aquel establecimiento. Reposó las manos sobre la madera y observó al hombre, que parecía ignorarlo. Su poblado bigote negro bajaba hasta la altura del mentón. Era un hombre de rostro arisco y piel rojiza, de nariz redondeada y ojos diminutos y negros como el carbón. - Busco a un muchacho, ha entrado apenas un instante antes de que yo lo hiciera. – dijo, sin apartar la mirada del hombre –. El tabernero lo observó con paciencia y señalo hacia la puerta. “Os ayudaría, pero a nadie de quien entra puedo ver hoy. Demasiadas cabezas de por medio, y es un problema, un problema que se repite con cada chaparrón. Os desearía suerte, pero dudo que ni con ella vayáis a lograr que nadie de aquí os diga nada. ” No le faltaba razón. Cuando el guardia se giró a observar la puerta por la que había entrado apenas alcanzó a ver el dintel de la misma, entre cabeza y sombrero. Con un bufido renegado asintió con un mustio agradecimiento y abandonó la taberna, de vuelta a la lluvia. El tabernero lo había seguido con la mirada hasta que se perdió tras la puerta, moviendo su denso bigote lentamente y de lado a lado. Cuando la hoja de madera se cerró, sus diminutos ojos bajaron a la propia barra tras la que se encontraba. - ¿Qué has hecho esta vez, demonio? De debajo de la barra emergió un muchacho joven, de unos 14 años de edad, de pelo cobrizo y casi como el alambre mismo. Su rostro era alargado y de ojos grandes, expresivos y amarillos. Una nariz ligeramente torcida a su derecha, fruto de una probable ruptura, era lo que más desentonaba en su cara de crío. “Siguen buscándome por la cuestión de la pasada semana. Ese me ha estado siguiendo todo el día…” Lo dijo con una familiaridad pasmosa, como si aquellas carreras frente a la guardia hubiesen sido su ocupación desde el día en que vio la luz. - Que sea la última vez. – exigió el posadero, mientras extendía su enorme mano con naturalidad, hacia el chico –. El día marcha bien. Te costará la mitad. Mientras dejaba caer las relucientes monedas de plata en manos del hombre, el muchacho ya no lo estaba mirando, si no que había depositado sus ojos en la marabunta de personas que llenaban el local aquel día. Allí había gentes que no había visto en su vida e, incluso, ataviados con ropas en decorados que no podía reconocer. - Estas gentes no son de aquí, ¿no es así Donth? – El muchacho cerro la mano sobre las monedas de cobre que aún le quedaban, de modo que estas dejaron de caer sobre la mano del hombre –. Nunca había visto gente así. El hombre observó al muchacho, visiblemente asqueado, aunque respondió a su pregunta. “Vienen del sur, en su mayoría. Dicen que allí se está levantando un mal que arrasa los bosques y quema las aldeas. Monstruos verdes que no dejan vida a su paso”. El chico lo observo inquisitivo, no sabiendo si creer las palabras del posadero, pero aun así le dio el resto de monedas que le correspondían, antes de salir por la pequeña abertura de la barra y dirigirse a la parte trasera de la taberna. Salió por una pequeña puerta a un callejón sin salida que hacía las veces de letrina de la tasca. Caminó entre bajo el hedor a orín hasta el borde del callejón y salto una fila de barriles que bloqueaban el paso. Allí, entre la madera de los toneles, unos roídos tablones hacían de techo en un diminuto habitáculo bajo el que había algunas telas sucias pero gruesas. El chico se sentó bajo las tablas y desanudó la bolsa de monedas, comenzando a contar sus ganancias del día. Apenas contaba 2 monedas de plata restantes tras haber pagado a Donth. No dijo nada, ni se quejó, ni si quiera resopló o refunfuñó. Dejó el par de monedas bajo un adoquín mal sellado y se tumbó entre las telas. Si no hubiese sido por aquel inoportuno guardia, no habría tenido que correr, no habría tenido que pagar a Donth por esconderse y ahora tendría 10 monedas de plata, en vez de 2. Pero a Ethmund no le importaba. Sus pensamientos estaban ya en otra parte. A partir de ese día, se aseguraba a sí mismo, todo iría mejor. Mucho mejor.
  31. 2 puntos
    III Tenía las manos hinchadas, desde que entró en las mazmorras. Los grilletes raspaban fríamente sus muñecas y ya le habían provocado heridas que no dejaban de sangrar. No había nadie más que él en aquella lúgubre celda. Apenas unos haces de luz entraban por una pequeña ventana de barrotes, inalcanzable para alguien de su altura. Podía escuchar los pasos de los viandantes en la calle e incluso ver sus escarpines y botas entre los barrotes. Era un lugar extremadamente pequeño y hecho en piedra desgastada por el tiempo, probablemente una de las primeras mazmorras construidas cuando se fundó la ciudad. Una gruesa puerta de madera oscura, sin ventanuco ni abertura visible, sellaba completamente la celda del resto de la galería, lo que también lograba un profundo silencio en la estancia. Ethmund había contado tres noches desde que fue detenido. Tres noches, tres comidas que un guardia de mazmorra había traído para el por esa puerta. Pan y leche, nada más. Había escuchado hablar de los procesos que conllevaban la entrada en las mazmorras de la ciudad de boca de algunos pillastres que habían sido cazados robando. No obstante, desconocía que es lo que ocurría con aquellos acusados de un asesinato. Desde que llegó por primera vez a aquella celda lo único que pensaba era en la muerte. Ese destino que durante sus años en la calle había conseguido evitar en múltiples ocasiones gracias a su previsión y buen juicio le llegaría ahora de la forma más ridícula. Siendo acusado de un crimen que, por una vez, él no había cometido. ¿Cómo se defiende un conocido delincuente de una acusación falsa? Sabía que sus palabras tendrían poco valor, si no ninguno. En estos pensamientos dormitaba, sentado en la fría roca, culpándose de sus descuidados fallos en aquel fatídico día. La puerta de la mazmorra se abrió con un sonido pesado y el chirriar de unas bisagras oxidadas. El habitual guardia de la mazmorra, vestido con una burda imitación de un traje de verdugo, apareció en el umbral de la puerta, iluminado por la luz que entraba por la ventana. No traía comida. - En pie. – exigió, mientras se hacía a un lado de la puerta –. Delante de mí. Ethmund atendió a sus instrucciones y se puso en pie. Notó el dolor en sus piernas y espalda al ponerse en pie de nuevo y caminó hacia el exterior de la celda, dentro de la galería. El guardia cerró la puerta tras de él y lo picó en el hombro, instándolo a caminar hacia su izquierda. La galería era una interminable hilera de puertas de la misma manufactura que, indudablemente, daban lugar a más celdas. Al final del pasillo comenzaron a ascender varios escalones que parecían doblar en una especie espiral. Cruzaron una puerta, un pasillo bien iluminado, y accedieron a aun despacho. Era un despacho ostentoso, probablemente en la zona superior del edificio que hacía las veces de cuartel y prisión. Un estrado de madera se alzaba frente a el sobre el que un hombre de poblada barba grisácea y ojos del color del grano observaba a los recién llegados tras de una mesa de buena madera. La heráldica de Lordaeron estaba duplicada en varios estandartes repartidos por la estancia, así como un mapa de los Reinos del Este, bordado en la pared derecha. Un gran ventanal acabado en un arco de medio punto iluminaba toda la estancia tras del hombre. - Puede dejarnos, Gilbert. – el hombre tras la mesa alzo la mano en un gesto de relevo al guardia, a lo que este respondió cerrando la puerta y dejando a ambos solos en la estancia –. Soy el Teniente Lars, le haré unas breves preguntas que quiero que responda, ¿de acuerdo? Ethmund asintió sin dudar. La mirada del teniente era extremadamente neutra. Lo observó a de forma condescendiente, casi paternal, antes de bajar la mirada a su propia mesa. - ¿Cuál es su nombre? – entonó, devolviéndole la mirada. - Ethmund, señor. - ¿Ethmund que más? – el teniente sumergió una pluma en tinta y comenzó a escribir –. Su apellido. El chico dudo un instante y miró al teniente. Respondió. - No lo sé, señor. Lars evitó escribir y miró de nuevo al muchacho. Ambas miradas se cruzaron y el teniente dejó la pluma sobre la mesa. Cruzó sus toscas manos sobre el papel y le indicó que se acercara. Ehtmund así hizo, y subió los escalones del estrado hasta ponerse al otro lado de la mesa, frente al hombre. - Los hombres de la guardia dicen que eres un ladronzuelo de poca monta. Escurridizo, sí, pero no un peligro mortal para la gente. – se detuvo un instante, dando tiempo al muchacho para comprender el significado de sus palabras –. No creo que tú mataras al viejo Jebas pero debes entender que aunque esto fuese verdad, no estás libre de pecado. Ethmund observo al teniente mientras este enunciaba sus palabras. Tenía una voz profunda, poderosa, que lo reconfortaba en cierta medida. Ethmund no se engañaba a sí mismo, sabía que acusado de asesinato o no, estaría una buena temporada en aquellas celdas. - Yo no lo maté señor. No tenía nada en contra de ese hombre. - No obstante te echaron el guante a escasos pasos de allí cuando su vida aún no se había terminado de ir. ¿Qué viste? Frunció el ceño. Se habría criado entre miseria y pobredumbre, apoyándose en un código forjado entre las calles y sus habitantes. Un código que lo había mantenido vivo en más de una ocasión. Que decía cosas como “paga a Donth y no te pillarán”, “no robes a un prójimo” y “no delates a un prójimo”. Ethmund no era precisamente un devoto de estas leyes no escritas pero las respetaba hasta cierto punto pues, comprendía, sin ellas bien podría haber muerto hace años. - Y bien. – el teniente se echó hacia atrás en la silla, mirándolo. - No vi nada, señor. Estaba allí por casualidad, intentando ocultarme de uno de sus hombres que me perseguía cuando me golpearon en la cabeza y me pusieron grilletes. No vi nada más. El teniente frunció el ceño, mas asintió lentamente a las palabras del muchacho y retomó la pluma, terminando de escribir en el papel que tenía frente así. - Te llevaremos a una celda más grande, con otros reclusos, hasta que se decida que hacer contigo. – sus palabras volvieron a ser serias, pero no distantes, haciendo gala de una profesionalidad que solo se lograba con gran experiencia –. No serás juzgado por asesinato, pero si por tus crímenes posteriores. ¿Lo has entendido? Ethmund asintió rápidamente a las palabras del teniente y espero a que se le despachase. El teniente, sin ofrecer más palabras, terminó de escribir el pergamino y lo sello en tinta caliente. De una voz, llamó al guardia de mazmorras y le hizo saber sus órdenes, así como hizo entrega del pergamino sellado. Gilbert tomó a Ethmund del hombro y lo arrastró fuera de la estancia, mientras el teniente observa al muchacho con serenidad. Fue conducido por el mismo pasillo que habían venido y escaleras abajo, a una galería diferente. Allí las celdas eran más amplias y no estaban tras de gruesas puertas, si no tras barrotes de un metal oscuro. Los allí recluidos observaron la procesión hasta que Gilbert golpeo con su brazalete los barrotes de una de las celdas, la abrió, quitó los grilletes al muchacho, y lo echó dentro. - Mirad que tenemos aquí. – una voz ronca surgió del interior de la celda en que lo habían puesto. En una de las literas de abajo un hombre de pecho descubierto se había sentado sobre la paja, observando al muchacho. Otro hombre, apostado en la litera de arriba se giró también para observarlo de arriba abajo. Ambos tenían rostros sucios y carentes de varios dientes. El que se mantenía sentado tenía un ojo falso y una venda en la cabeza, de la que aún se podía distinguir la sangre seca. Ethmund ignoró el comentario de su nuevo compañero de celda y se encaminó a la única cama vacía de la estancia, la litera de abajo que había frente a la de los dos hombres. En la de arriba, un bulto no se había movido, parecía dormido. Ethmund se tumbó en la cama y cruzó las piernas, observando el techo de su nuevo habitáculo. Podía notar la punzante mirada de los dos curiosos puesta sobre él, pero se obcecó en no mirarlos, ni responderlos. - Le ha comido la lengua el gato. – insistió el primero, mientras se levantaba y acercaba hacia la litera -. ¿No sabes hablar chico? ¿No vas a saludar a tus nuevos camaradas? - Deja al chico tranquilo, Edgar. Aquella voz áspera y carente de amabilidad, de afecto, tuvo un efecto directo en el tipejo, que reculó hacia su cama de nuevo. Ethmund había reconocido aquella voz. La voz del hombre que en los campamentos de refugiados le había preguntado que miraba y si le era más fácil robar entre tanta gente. Clavó la mirada en el somier de la litera de arriba, sin decir nada, sin abrir la boca.
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    II - ¿Qué es lo que tanto miras, chico? La áspera voz de uno de aquellos hombres despertó a Ethmund de su análisis, observando uno a uno los carros que llegaban por el camino de Trabalomas, hacia la capital. - Cada vez llegan más. – respondió el muchacho, devolviendo la mirada a aquellos ojos marrones cargados de rabia –. Y lo hacían. Como miembros de una triste procesión, el interminable goteo de sureños que llegaba a los campamentos improvisados a las puertas de Ciudad Capital, Lordaeron, parecía no tener fin. Desde hacía ya tres semanas, los exteriores de la muralla se habían convertido en un barrio más, levantado entre tiendas de campaña, pabellones de mil colores y carromatos cargados de hombres, mujeres y niños. Ethmund vagaba por aquella zona desde hacía dos días. La voz se había corrido con extrema rapidez y el extendido campamento estaba ahora tan poblado de refugiados como de oportunistas y críos con las manos muy largas. Más largas de la cuenta. Tanto que a pesar de la poca presencia de la guardia en los primeros días algunos de ellos terminaron en los calabozos de todos modos. Pero él no era estúpido, no era despreocupado y torpe como aquellos niños que pensaban que una daga herrumbrosa en su cinturón los sacaría de cualquier apuro. No, él era calculador hasta el milímetro. No obstante también comprendía que, aún allí en aquel panorama perfecto, sus estrategias no eran infalibles. - Más fácil para ti ¿verdad? Poner la mano en la bolsa de esos desdichados y agrandar su desgracia. El hombre insistió, mirando al muchacho. Era de hombros anchos y rostro anguloso, chupado, como si nunca hubiese estado del todo bien alimentado. Su cráneo estaba rapado, lo hacía cada mañana. Sus ojos eran los de un hombre cansado, con ojeras y cejas interrumpidas por alguna que otra cicatriz de pequeño tamaño. Su nariz parecía no haber comido del mismo plato que su cara. Era grande y robusta, dura, como si tuviese más personalidad que él mismo. Vestía cuero tachonado y teñido de verde, aunque la mayoría del color ya se había ido. Debajo tenía una malla y quien sabe que más. - Hago lo que tengo que hacer para comer. – respondió Ethmund, con palabras secas e, incluso, amenazantes –. - Pan y plata. – sentenció el hombre, sentado frente a él en un improvisado banco hecho de tablas y barriletes –. No te juzgo. “Seguro que no…” dejó escapar el chico, mientras se levantaba, incómodo por la constante mirada del hombre. Tampoco quería que un buscavidas bocazas comentara nada acerca de él entre los refugiados y locales. Estaba mejor fuera de su vista. Ethmund comenzó su habitual ronda por entre las tiendas de la zona oeste del campamento. Caminó hasta llegar a la muralla y pego la espalda a la misma, observando. La guerra en Ventormenta no había acabado, pero Lordaeron ya se había llenado de refugiados que temían lo peor. Quizás si el enemigo fuese humano, elfo, o incluso trol, no estarían viviendo tal éxodo. No obstante, las historias de barbarie, desmembramientos, genocidios y de aquellos descomunales monstruos verdes habían acelerado todo. Ninguno de aquellos hombres, mujeres y niños esperaban problemas en Lordaeron. Ya habían vivido un infierno, en sus mentes entrar en otro era imposible o, como poco, improbable. Que equivocados estaban. Mientras los más válidos habitantes de Ventormenta, aquellos que podían empuñar un arma, luchaban la amenaza aún en el sur, solo ancianos, niños e inválidos se habían adelantado a lo peor. Los hombres y mujeres hábiles se podían contar con los dedos de una mano. Todos eran presa fácil, no sólo para Ethmund, sino también para cualquier oportunista o pillastre que supiese ver la oportunidad. Pero él era capaz de ver más allá. Él entendía que estos días de oro solo durarían un tiempo, el tiempo que el Reino tardase en reubicar a aquellas gentes y poner orden en los campamentos. Jugaban con un margen de tiempo muy estrecho, y la guardia aumentaba su presencia a cada día. Ethmund repasó los campamentos más cercanos, anotando en su avispada cabeza un par de tiendas de campaña de las que acababan de salir algunos de sus habitantes, un saco de mediano tamaño apoyado junto a un banco y un carro que a primera vista parecía haber sido abandonado. Siguió anotando, más tiendas vacías, gentes cargando sus pertenencias en la espalda y dirigiéndose hacia la zona este de la muralla, un grupo de críos de su misma edad observando alrededor. Ethmund se separó cuidadosamente de la muralla y observó a sus lados y arriba, a las almenas. El ambiente resultaba extraño, distinto a los días anteriores. En las almenas dos vigías observaban el campamento y hablaban entre ellos, lo suficientemente lejos del suelo para que sus palabras no fuesen más que murmullos. No había ni una voz. El grupo de niños comenzó de improvisto a colarse en algunas de las tiendas vacías por las lonas de atrás. Ethmund esperó, y acertó. De entre dos de estas tiendas emergió un hombre grueso, serio, que señalaba varias de las tiendas que formaban ese campamento. Tras de él, un pelotón de la guardia de Lordaeron atendía a sus señas asintiendo, mientras rodeaban el campamento con extremo disimulo. No vestían mallas, ni placas, no esperaban enfrentarse a nada en particular. Sus calzas estaban atadas con fuerza y no portaban arma alguna, más que los puños metálicos de sus armaduras. Ninguno vio a Ethmund, pero él si los había visto, y comenzó a desplazarse lentamente a su derecha, pegado a la muralla. Comenzó a escuchar el vocerío y los pasos a la carrera, mas no se detuvo. Algunos arbustos cercanos a la muralla lo ayudaron a ocultarse. Para cuando llegó a una de las esquinas del baluarte pudo ver la escena con claridad. Varios de aquellos rapaces ya habían desapareció, no obstante dos guardias aún intentaban dar caza a algunos de ellos. Ethmund no se detuvo y continuó, sin quitar ojo de la escena. A su espalda escuchó de improvisto varios pasos atropellados y el jadeo de dos personas. Cuando giró la cabeza un muchacho pasó a su lado sin detenerse, a la carrera, apenas pudo ver su rostro de concentración y su incipiente bigotillo cuando se perdió entre dos tiendas. Tras de él un guardia de la ciudad clavo la mirada en Ethmund. Correr. Ethmund dejó atrás su desplazamiento sigiloso. Su estancia allí estaba vendida y la guardia no escucharía a razones. Derrapó entre la tierra del campamento y se coló por debajo de uno de los carros. Al otro lado aún podía escuchar las grandes zancadas del guardia rodeándolo. Se evadió entre varias tiendas pegadas entre sí, golpeó un barril que salió rodando tras de él. Dos giros más, un quiebro y se detuvo tras un montón de cajas acumuladas bajo un pabellón. Observó durante varios minutos, asegurándose y confirmando que estaba solo. Su corazón palpitaba más de lo que su cuerpo podía mantener y se obligó a sentarse, a relajarse, sin dejar de estar alerta. Pasaron varios minutos hasta que escuchó un golpe y una voz suplicante. - ¡Piedad! ¡Chico, piedad! Ethmund se tensó de nuevo y miro a su alrededor, buscando la voz de nuevo para identificar de donde llegaba. No volvió a escuchar voz alguna, mas un forcejeo continuado llegaba de un campamento a su derecha. Se levantó con extrema vigilancia y se acercó lentamente al lugar. Allí entre varias tiendas vacías que hacían un círculo, el hombre que había guiado a la guardia hasta los muchachos estaba con la espalda tendida en el suelo, totalmente indefenso. Su rostro serio era ahora uno de temor, temor por su vida, pues un muchacho de pelo negro mantenía un cuchillo apretado contra su garganta. Ethmund rodeó la escena para observar mejor, sin ser visto aún. Entonces lo vio. Vio el incipiente bigote del crío, sus oscuras cejas y nariz regordeta. Sus ojos verdes, clavados en el hombre, no mostraban si no odio. Ethmund se quedó paralizado en el sitio. Durante varios segundos no ocurrió nada. La mano del muchacho temblaba. El hombre no movió un músculo. Y entonces, sin previo aviso, el metal rasgó la piel y la sangre regó la tierra. Mientras el hombre se aferraba a su vida, el muchacho se apartó, observándolo, antes de poner pies en polvorosa. Ethmund no se movió. No se fue y tampoco se acercó a ayudar al hombre. Observó como de desangraba hasta que quedó inmóvil en el suelo. Entonces se giró y comenzó a andar, con la mirada puesta en la tierra, en la hierba, en las piedras, en aquellas botas llenas de polvo. Recibió un golpe en la cabeza y ya no vio nada. Cuando despertó no pudo separar las manos. Le dolían las muñecas y las tenía pegadas tras la espalda, unidas con el metal de unos grilletes. Frente a él, pudo distinguir como dos figuras borrosas cargaban un bulto de buen tamaño. Aún no podía ver bien. Cuando comenzó a distinguir formas, notó la mirada mortal del guardia que lo persiguió días atrás hasta la tasca de Donth, el cuerpo del hombre que había visto morir, y el pelotón entero de soldados que aseguraba el lugar.
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    ¡Que subidón! ¡Que subidón! Saltamos de version, @Armandox xDDD
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    Cuando a viejos Enanos como Sorin les da por volver a las andanzas como cuando eran jóvenes: Del segundo 35 al 43, vaya xDD. @Sorin
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    En este día, deseo seas el Emperador de mi corazón... @Palpatine e_e
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    Ya que se borró mi comentario anterior, vuelvo a ponerlo. Me gustan los penes.
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    Me quedo flipando...Kultiras siempre estuvo ahi, nunca desaparecio....solo dejaron la Alianza y pasaron del mundo (La potencia naval mas poderosa del mundo...la potencia humana con el mayor comercio naval del mundo... y lo abandonan todo encerrandose en si mismos). Anduin nos manda a Kultiras de emisarios junto con Jaina, para hablar con su madre y hacer que vuelvan con la Alianza...parece que cortaron comunicaciones desde la muerte del padre de Jaina..... Es decir, todo aquello de que Kultiras habia desaparecido en cataclismo.... se olvida
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    Reposteo como quedó el Concurso, ya que el mensaje quedó borrado por el rollback con el foro: ESCRITURA Huwex sacro Sander DIBUJO Nymleth Sorin
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    Tras este "infarto" sufrido por el servidor, me da que más de uno terminará echando mano a los perfiles de sus personajes. Un ligero retoque aquí y all´´a. Por eso, y porque me pareció genial esto, les dejo una imagen con una guía de color según las clases. Quizá alguno le saque provecho.
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    Consecuencias Vashj'ir Vashj'ir La Brecha Abisal El portal de acceso al Plano Elemental del Agua conocido como la Brecha Abisal continua presente en las Profundidades Abisales de Vashj'ir. Segun Neptulon, quizá esta entrada permanezca de forma permanente, lo cual implia que siempre habra quienes amenazaran la Fauce Abisal. La Fauce Abisal El Plano Elemental del Agua conocido como la Fauce Abisal ha logrado repeler la invasión gracias a la ayuda de valientes exploradores, soldados, guerreros e investigadores. Pese a que aun quedan remanentes de las fuerzas naga e ignotos invasores dentro de los dominios de Neptulon, corresponde al Señor Elemental del Agua concluir la amenaza que estos suponen. Aquel que duerme en las Profundidades Aunque el influjo de los Forjados Titanicos aun lo retienen, los hechos ocurridos en Vashj'ir se han desarrollado de acuerdo a sus deseos. Algo se agita en las profundidades y segun sus extrañas articulaciones se contraen, o se extienden, su voluntad comienza a manifestarse y antiguos horrores despiertan. La oscuridad se acerca y nada más ha concluido el principio de la pesadilla que se cierne sobre Azeroth... Horda El Puño de Grito Infernal Tras los acontecimientos vividos en Vashj'ir, la Horda ha accedido a ceder la isla conocida como El Puño de Grito Infernal al Anillo de la Tierra para que los chamanes puedan vigilar la Brecha Abisal, y evitar que el Plano Elemental del Agua vuelva a verse amenazado por aquellos que desean esclavizarles o usurpar el dominio del Cazamareas. La Ofensiva Okril'lon Sin las líneas de suministros provenientes de Kalimdor, debido principalmente a la perdida del puesto de avanzada maritimo conocido como el Puño de Grito de Infernal, la Ofensiva Okril'lon en las Tierras Devastadas comienza a ver agotados sus pertrechos y a forzar a sus guerreros a reorganizar sus filas para cazar los escasos animales que aun habitan el territorio. La Batalla en Vallefresno continua... Aunque no lo ha expresado abiertamente, es obvio que el Jefe de Guerra esta disgustado con el desenlace de los hechos ocurridos en Vashj'ir y ha vuelto a poner sus ojos sobre Vallefresno, pero esta vez, la victoria ya no es una posibilidad, es un hecho. La Horda triunfara sobre los Elfos de la Noche o morira en el intento. Alianza La isla frente a la costa de Ventormenta La Alianza ha acordado no continuar la lucha por la isla frente a sus costas, que ahora se halla en poder del Anillo de la Tierra. Aunque no todos dentro del Alto Mando del Ejército de la Alianza estan de acuerdo con la decisión del ahora Almirante Taylor, el Rey Varian ha ordenado respetar el acuerdo y construir nuevas naves para reemplazar la flota perdida, y así poder recuperar el control de los mares. El Sitio de la Fortaleza de Nethergarde Aunque encerrados dentro de la Fortaleza de Nethergarde, algunos de los magos que componen su guarnición han mantenido contacto con Dalaran y Ventormenta, quienes han sido informados de como las fuerzas de la Horda, pese a mantener el sitio de la fortaleza, han reducido, convenientemente, el numero de sus guerreros apostados a los alrededores de la barrera magica protectora por razones que aun se desconocen. La Montaña Rocanegra Informes provenientes desde la Vigilia de Morgan indican que la actividad volcanica de la Montaña Rocanegra ha comenzado a aumentar. Las ocasionales erupciones han crecido en numero, pese a no representar una amenaza para las tropas apostadas fuera de su entrada. Sin embargo, la enorme fumarola se alcanza a ver incluso desde la bahía de la Ciudad de Ventormenta. Anillo de la Tierra El Santuario de Coral La Horda ha cedido la isla que planeaba utilizar para una futura invasión a la Ciudad de Ventormenta al Anillo de la Tierra, quien ha titulado la isla como el Santuario de Coral. Pese a aun tener a varios de sus miembros en Infralar, algunos chamanes han comenzado ya a ocupar la isla para entrar en contacto con el espiritu del agua y realizar su vigilia sobre la Brecha Abisal. La Amenaza de las Tierras Altas El interrogatorio de Cho'gall sobre Erunak permitió al Culto del Martillo Crepuscular descubrir la posición del santuario que el Anillo de la Tierra mantiene en las Tierras Altas. Aunque el chamán desconoce el proposito detras del interes del ogro de dos cabezas en ese lugar, ha alertado al resto de sus hermanos y algunos chamanes se han trasladado allí para protegerlo. Además de alertar a los Clanes Martillo Salvaje que habitan el area para estar atentos a cualquier presencia del Culto. Cartel Bonvapor Despojos marinos El Cartel Bonvapor ha prometido suministrar pertrechos al Santuario de Coral a cambio de poder reclamar no solo la carga dentro de sus naves hundidas en el area, sino también aquellas pertenecientes a la Horda y la Alianza. El acuerdo entra en funcionamiento de forma inmediata.
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    Epilogo El enemigo que acecha en las sombras Taylor se adentró en el salón del trono, nuevamente envuelto en su uniforme. Las placas pesaban sobre su cuerpo, oprimiendo algunas heridas que aún no habían sanado del todo, pero entre sentir esos molestos rasguños y estar muerto en el fondo del mar, ciertamente era preferible lo primero. La mirada de los guardias reales que flanqueaban cada rincón de la sala le seguían con cada paso que daba, pero era una en especial que incluso se ocupaba de analizar su estado físico: el Mayor Samuelson, capitán de la Guardia Real, quien se encontraba al costado izquierdo del trono, acompañado de la Gran Almirante Jes-tereth. Al lado derecho, en cambio, se hallaba el Rey Cringris, erguido y con una postura gallarda como de costumbre. Y en el centro de todos, sentado sobre el trono con su mano izquierda apoyada sobre la cabeza dorada de un león que decoraba el brazo de su asiento, y con la diestra sujetando la empuñadura de Shallamayne, se encontraba el Rey Varian Wrynn con su rostro cicatrizado, cual vivo reflejo de las adversidades que se había visto obligado a sortear a lo largo de su vida. El Capitán de las Fuerzas de Elite Acuáticas y Terrestres continúo caminando hasta quedar un metro frente a los pies del trono, y se arrodillo frente a su monarca con un gesto solemne. “Su Majestad.” – Hablo con un tono fuerte y claro el oficial. “Capitán Taylor.” – Varian realizó un simple asentimiento. – “Es bueno volver a veros de pie. Aunque no os he hecho llamar para intercambiar formalidades. Poneros de pie.” Taylor se puso de pie, no sin cierta dificultad dadas las dolencias de su cuerpo y se mantuvo firme, con la vista al frente. El Rey era reconocido por ser alguien más militarizado y por ende, no necesariamente dado a las formalidades. Y en esos momentos, el capitán suponía que era lo que el Rey de Ventormenta querría de él: explicaciones sobre su cargo y quizá, en el peor de los casos, su vida. Después de todo, había cedido un objetivo militar que comprometía la seguridad de la capital. “Leí vuestro informe, capitán. Algunos oficiales del Alto Mando cuestionan vuestras elecciones y se preguntan si las cosas habrían sido distintas, si el Almirante Dvorek hubiera estado dirigiendo toda esa inesperada operación.” – El ceño del Rey de Ventormenta se frunció, causando que su expresión inspirara cierto temor dadas sus cicatrices. – “Pero quiero escuchar vuestras razones para ceder esa posición…” El capitán inhalo hondo, consciente de que sus próximas palabras definirían su destino. Intento pensar en el mejor discurso posible, más las palabras brotaron por si solas. “Estoy dispuesto a responder ante una corte marcial, si así lo desea, su Majestad.” – Admitió con la frente en alto el capitán. – “Hice lo que hice porque esa isla ha sido un foco de conflicto constante. Es un riesgo para nuestras costas, pero si se quedaba en manos de la Horda, eventualmente Grito Infernal habría lanzado una invasión a Ventormenta. Y si nosotros nos la hubiéramos quedado, solo habría sido cosa de tiempo para que a Horda intentara recuperarlas. En manos del Anillo de la Tierra, al menos estaremos seguros de que no lanzaran ningún ataque en nuestra contra. Ellos tienen su propio enemigo y su propio objetivo en estos momentos, Majestad. El mismo que deberíamos tener nosotros.” “El Culto del Martillo Crepuscular.” – Pronunció su nombre el Rey de Ventormenta. Genn Cringris carraspeo en ese momento, alzando su voz luego. “¿Y qué seguridad tenemos de que el Anillo de la Tierra no nos traicionara? Hay razas que componen la Horda en ella. Su antiguo Jefe de Guerra camina entre ellos. Es un riesgo darles tanta libertad y peor, una isla completa.” – La mirada del Rey de Gilneas se encontró con la del Rey Varian, quien giro su cabeza al oírle. “El Anillo está preocupado por el Culto y según dijo Erunak, parece ser que un asentamiento suyo esta amenazado por ellos. No serán un peligro. Al menos, no inmediato.” – Respondió Taylor con un tono firme, observando al Rey de Gilneas. “Sigue siendo un riesgo…” – Señaló Genn, insistiendo con la idea. “Y uno que correremos.” – Sentenció Varian. – “Ya habíamos visto a estos cultistas actuar en Infralar. Ahora están amenazando otro mundo, otra vez, y sabemos que cuentan con la ayuda de los naga. Si alguno dudaba de que fueran una fuerza capaz de rivalizar con la nuestra, ahora han probado que lo son.” Varian giro su cabeza y observo a Taylor, continuando. “En cualquier otra circunstancia, habría cuestionado su elección, capitán. Pero este enemigo no es uno que podamos ver con facilidad y se han beneficiado de nuestro conflicto, para amenazar otros mundos que podrían destruir el nuestro.” – Varian se puso de pie y camino hasta Taylor, apoyando su mano izquierda sobre su hombrera. – “Ventormenta y la Alianza están en deuda con todos los hombres, y mujeres, que combatieron a vuestro lado. Y contigo, capitán. Por eso y por vuestro servicio a la Alianza, os nombro Almirante.” La Bahía Garrafilada asomó por el horizonte y cuando uno de los vigías anunció que el propio Jefe de Guerra se encontraba en el muelle, Nazgrim inmediatamente sintió que sus minutos de vida estaban contados. Había accedido a ceder el Puño de Grito Infernal, el puesto de avanzada marítimo de la Horda y quizá, una de las mejores oportunidades de poder asestar un duro golpe a la Alianza. Incluso como consecuencia, también podría haber condenado todo el frente sostenido en las Tierras Devastadas. Sin embargo, había visto con sus propios ojos la amenaza de los naga y el Culto del Martillo Crepuscular. La Horda luchaba por tierras, por sobrevivir. Si con eso permitía que la Horda tuviera más tiempo para vivir del que él tenía en esos momentos, era suficiente recompensa para él. La Canción de Guerra siguió navegando sobre las olas cerca de las costas de Durotar, hasta finalmente entrar en la bahía, seguida de otras dos naves, las cuales arriaron sus velas una vez la nave insignia amarro a un costado del muelle. Nazgrim se armó como era debido para un guerrero como él y abandono el puente de la nave, una vez le indicaron que habían amarrado. Salió a la cubierta, notando entonces la mirada de Garrosh sobre él, cuyo semblante inquisitivo dejaba entrever que el Jefe de Guerra solo esperaba oír sobre su victoria en el Puño de Grito Infernal y nada más. El legionario desembarco de la nave y se detuvo en frente de su Jefe de Guerra, golpeándose su pecho al saludarlo con el respeto que era debido, para luego arrodillarse frente a él, exhibiendo su cuello desnudo, clara señal de que ponía su vida en las manos del mag’har. Garrosh frunció severamente el ceño y oprimió con algo más de fuerza el mango de Aullavisceras, suponiendo lo que ese gesto quería decir. “¿Derrotado?” – La palabra supo a cenizas en la boca de Garrosh, quien solo esperaba un triunfo. “No, Jefe de Guerra. Victoria, pero no del modo que esperabas.” – Respondió entonces el legionario. “Explícate, legionario.” – Demando el Jefe de Guerra. “Encontramos y enfrentamos a la Alianza en el Puño, pero los naga se atrevieron a interferir y nos hundieron a todos. Allí en el fondo, descubrimos una entrada al mundo del agua. Como en el dominio de la tierra, los naga estaban amenazando este lugar también y esos cultistas estaban ahí, también.” – Relato Nazgrim, sin levantar su cabeza. – “Los que sobrevivimos tuvimos que luchar al lado de nuestro enemigo, acordando una tregua momentánea, para hacer frente a los naga. Impedimos que reclamaran el mundo del agua, pero tuvimos que ceder a isla al Anillo de la Tierra. Ese portal sigue abierto y solo los chamanes pueden asegurarse de que los naga no vuelvan a intentar reclamar los océanos.” La presión de Garrosh sobre el mango de su hacha se mantuvo y un gruñido escapo de entre sus colmillos. Su expresión aún era severa y en cuanto Nazgrim escucho el silbido del metal, aquel claro sonido al que debía su nombre la renombrada hacha de dos manos, el legionario intuyo que había llegado su hora. “¿Olvidas acaso, legionario, que la Horda tiene chamanes, también?” – Hablo Garrosh para sorpresa de Nazgrim. Lejos de haber dejado caer el hacha sobre su cuello, solo la había apoyado sobre uno de los enormes colmillos de Mannoroth, que servían como hombreras. “No, pero de esa forma podremos asegurarnos de que la Alianza no tendrá poder sobre la isla y no controlará los mares. Y nuestros guerreros no tendrán que estar mirando al horizonte y por la borda.” – Comento Nazgrim, respirando hondo, aguardando el filo que separaría su cuello del resto de su cuerpo. – “No es la victoria que querías, Jefe de Guerra. Mi vida está en tus manos.” “Sí, lo está.” – Admitió Garrosh con un tono grave. – “Pero no matare a uno de mis mejores veteranos. Has derramado sangre enemiga en nombre de la Horda. Y la Horda aun requiere de tu hacha; descansa, bebe y come. Volverás a Vallefresno para traerme la victoria que deseo, General.” Garrosh se dio media vuelta, marchando en silencio, con cada paso sonando con fuerza cuando lo daba. Nazgrim sintió un profundo alivio y agradecimiento en esos momentos. Al menos por unos pocos segundos, pues su repentino ascenso no era en realidad una recompensa. El Jefe de Guerra no había obtenido lo que deseaba; todo lo contrario, había cedido un territorio crucial para su campaña contra la Alianza y de forma voluntaria. No, su ascenso era en realidad un castigo. Si Vallefresno no sucumbía a la Horda, la culpa y la deshonra recaería sobre Nazgrim, y sería su cabeza la que decoraría las estacas sobre la puerta de Orgrimmar. El ahora General Nazgrim en realidad solo había conseguido mantener unida su cabeza al resto de su cuerpo por otro tiempo más, pero si quería que eso continuara siendo así, la victoria era su única salida. “Lo hare, Jefe de Guerra.” – Asintió Nazgrim, poniéndose de pie para verlo marchar. – “Lo hare.”
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    Para dejar un poco ordenado los horarios y días, por ahora establecidos. Lo primero de todo, aviso que el Evento tiene 2 líneas, las cuales habrá momentos que se rolearán de forma simultánea. Línea que empieza con el llamado militar de flota Horda y Alianza, que abarca reclutación de voluntarios que entren en sintonia con este tipo de cooperación (mercenarios bélicos, etc). Línea que empieza con expedición de investigación de una de las isleñas, anomalías, cambios climáticos y la desaparición de unos Chamanes del Anillo de la Tierra. En esta línea se llaman a personajes de Academias mágicas, Liga de Expedicionarios, Relicario, y voluntarios que entren en sintonia con este cooperación (investigadores, colaboradores no bélicos, etc). Teniendo claro que existen esas dos líneas, sabed que podéis apuntar más de un personaje al evento, si estos son afines, pero siempre recomendamos que os centréis en alguno, según el día u sesión de rol, pues por lógica habrá momentos que habréis de decidir cual rolear ese día (si lleváis más de uno). Ahora procedo pues a dar los horarios que se han definido hasta ahora para pre-roles y para el inicio de rol del Evento: - Horda Kalimdor: Mañana Martes 19, sobre las 19:00h, partirán desde el puerto de Azshara, @Stanei os masteará la embarcación y inicio viaje. - Sin'doreis (Relicario-Academia y voluntarios para la expedición): Partirán el Jueves 21, sobre las 19:00h, desde el edificio del Relicario, en un portal. Será masteado por @Dsaille - Alianza Academia-Liga, Anillo de la Tierra y voluntarios de expedición: Partirán el Viernes 22, sobre las 19:00h, desde el puerto de Menethil. Será masteado por @Dsaille - Cartel Bonvapor, Neutrales y voluntarios expedición: Se unen con el grupo Sin'dorei el Jueves pero su rol de movilización da inicio el Viernes 22, sobre las 21:00h. Rol masteado por @Dsaille - Alianza militar, embarcación naval y reclutados voluntarios: El rol empezará el Viernes 22 sobre las 19:00h. masteado por @Stanei - Horda Kalimdor de nuevo: El Viernes 22 continuarán su rol, después de que @Stanei haya masteado el inicio al lado Alianza, por lo que estimad que pueda rolearos a partir de las 21:00h (este horario puede variar y de ser así se os avisará aquí o en el juego) Nota: Cualquier cambio en el horario puesto aquí, se avisará en este post o al grupo en cuestión vía juego, si fuera un cambio menor. Todos los horarios están puestos en el huso de España.
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    CANDIDATOS DEL CONCURSO Categoría de Escritura Participante: @Sacro Pieza presentada: Participante: @Huwex Pieza presentada: Participante: @Sander Pieza presentada: Categoría de Dibujo Participante: @Sorin Pieza presentada: Participante: @Nymleth Pieza presentada:
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    El Sueño Esmeralda Creado por la guardiana titanica Freya, algunos dicen que Freya creo el Sueño Esmeralda de cero, otros dicen que siempre estuvo como los sueños del titan dormido que descansaba en Azeroth. Una cosa es cierta, y es que Freya moldeo el Sueño Esmeralda y le sirvió para comunicarse con el alma del mundo, el titan dormido. Tras dar forma al Sueño Esmeralda, creo el Cráter de Un'Goro, Cuenca de Sholazar, y el Valle de la Flor Eterna, donde creo nueva vida, y surgieron los Dioses Salvajes. Freya los trato como a sus propios hijo y los ligo al Sueño Esmeralda, donde vagaron junto a Freya, en particular por Hyjal. Con el tiempo, la dragona Ysera se convirtió en la guardiana del Sueño Esmeralda, atesorando la creación de Freya como si fuera suya y protegiéndola. A través de la práctica, un druida puede entrar en el Sueño Esmeralda, ya sea atreves de los portales que están diseminados por Azeroth, o por un estado de sueño en el cual deja atrás su cuerpo físico y quedando solo su forma espiritual, a lo que llaman viaje onírico. Entrar en el Sueño es una parte muy importante en el desarrollo de los druidas, ya que desde allí pueden modificar el flujo de la naturaleza y la evolución del mismo, aprendiendo cada segundo que pasan en ese lugar incluso con la más pequeña brizna de hierba. Aun que el sueño parezca una maravilla, también tiene su peligro, la cual se hace llamar la Pesadilla Esmeralda. La Pesadilla es un eco de los dioses antiguos, capaz de volver loco a quien corrompe y perder el raciocinio, ya sea un animal o un ser sapiente. El mejor ejemplo de su corrupción se puede ver en los Druidas del Colmillo, los aprendices de Naralex que se volvieron loco tras ser influenciados por la pesadilla. Druidas importantes Malfurion Tempestira Gran Archidruida, líder del Circulo Cenarion Hammul Totem de Runa Archidruida, representante de los druidas Tauren Broll Manto de Oso Archidruida Faendral Corzocelada Archidruida, caído en la locura. Celestina de la Cosecha Representante de los druidas Gilneanos Zen’tabra Representante de los druidas Trols Fuentes http://us.battle.net/wow/en/forum/topic/8517952498 http://us.battle.net/wow/en/forum/topic/4142247757 http://eu.battle.net/wow/es/blog/19956929/avance-de-clase-de-legion-druida-12-11-2015 http://wow-es.gamepedia.com/ http://eu.battle.net/forums/es/wow/topic/10368729354 // Esta es una pequeña guía que me entro ganas de hacer y cuando se me mete algo en la cabeza no se me quita hasta que lo hago, asi que aquí esta. Cualquier error o añadido que os gustaría que pusiera me lo podéis decir, no lo sé todo y soy una persona, cometo errores \\
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    —No formaré parte de esta mentira. Moira subió la rampa con elegancia. —Me recuerdas a Fenran cuando sujeta uno de sus juguetes como si la vida le fuera en ello. Cuando intentó quitárselo se coge una buena pataleta. —Nunca has comprendido qué significa esto para mí… y nunca lo harás. La heredera de Forjaz caminó hasta el trono de Kurdran y lo miró de arriba abajo. —Todavía sigo sin comprender por qué viniste aquí —dijo Moira—. Tú y tu clan no tenéis nada que hacer en Forjaz. Y, al parecer, tú tampoco quieres estar aquí. —Se me pidió que viniera. —No fui yo. Cierto. Cuando Moira había llegado a Forjaz con sus Hierro Negro, había sitiado la ciudad. Uno de los visitantes que se había quedado atrapado dentro era el príncipe Anduin Wrynn de Ventormenta. Como reacción, su padre, el rey Varian, había acompañado a un grupo de asesinos del IV:7 a Forjaz con la intención de matar a Moira por sus faltas. Finalmente, el rey humano había optado por perdonarle la vida, pero había decidido crear el Consejo de los Tres Martillos para mantener la paz. Al hacerlo, Varian había nombrado a Falstad representante de los Martillo Salvaje. Durante unos instantes, los dos enanos se miraron el uno al otro, hasta que Moira rompió el silencio. —Me pregunto cómo asume la derrota un enano como tú, que has ganado tantas batallas. —¿A qué te refieres? Moira dejó a Fenran cerca el trono de Muradin y el pequeño trepó hasta sentarse en el asiento de piedra, riéndose y ajeno a la conversación que estaba teniendo lugar. —Debe de ser un sentimiento terrible. —¿De qué estás hablando? —insistió Kurdran a la vez que crecía su nerviosismo—. Una sonrisa asomó en el rostro de Moira. Era el mismo gesto estudiado que Kurdran habían visto cientos de veces, pero en la situación actual reflejaba algo siniestro. De pronto, empezó a darse cuenta de lo que ocurría. —Me preocupé bastante cuando te uniste al consejo. Eras un enano con voluntad de hierro, con fuerza y resolución, que lo había sacrificado todo para proteger nuestro mundo. Cuando por fin llegaste, noté la fuerza con la que te aferrabas a ese pedazo de hierro. Era una visión extraña… como si, de alguna manera, hubieras depositado todo tu orgullo en ese único objeto. Kurdran apenas oyó las palabras de Moira. Sus pensamientos iban a toda velocidad. Los extraños rumores sobre los Martillo Salvaje. La creciente tensión originada a causa del pergamino falsificado que encontraron en la biblioteca. Incluso el hecho de que Moira hubiera defendido al clan de Kurdran. Todo aquello dibujaba a los Martillo Salvaje como una banda de inconformistas y poco a poco había minado su reputación. Como resultado, la atención de todo el mundo había sido desviada del objeto de odio habitual en Forjaz: los Hierro Negro. La simplicidad de aquello llenó a Kurdran con ese terrible sentimiento de ineptitud propio del que se ve superado por un enemigo que no está a su nivel. Aquel era el tipo de comportamiento taimado que uno podía esperar de Moira, pero él no había confiado en su intuición. —¿Así que fuiste tú la que colocó ese pergamino en la biblioteca? ¿O dejaste que esa rata de Drukan lo hiciera por ti? La heredera de Forjaz simplemente sonrió irónica y dio unas palmaditas en el hombro de Fenran mientras ignoraba la pregunta. —He colocado guardias en la biblioteca. Puedo asegurarte de que no volverá a suceder algo así. —¡Responde a la pregunta! —rugió Kurdran a la vez que sacaba su martillo de tormenta y apuntaba a Moira con él—. Moira lo miró fría, como si nada. —Has matado dragones con ese martillo, ¿verdad? Cientos de orcos también, ¿supongo? Puedo imaginarme qué me haría a mí. —Te abriría el cráneo antes de que pudieras abrir la boca. Moira ahogó una carcajada. —Y mientras mi sangre, aún caliente, bañara el suelo, mi gente se alzaría y quemaría tu ciudad. Tú y tu clan de brutos seríais los primeros en ser arrojados al fuego. —Si tuvieras una pizca de honor, admitirías lo que hiciste. —Se acabó, Kurdran. Eres un enano de acción, se te dan mal las palabras. Y en Forjaz, lo que importan son las palabras. Esto no es Terrallende, donde la victoria se mide por la cantidad de sangre que derramas. Aquí se mide por el número de corazones que ganas. Y tú has fallado de forma estrepitosa. Después de todo, quizá Falstad hubiera sido un enano más apropiado para representar a tu clan. —Todo este tiempo has estado hablando sobre unidad —dijo Kurdran mientras sujetaba el martillo de tormenta con más fuerza—. Ni siquiera sabes lo que quieres. El rostro de Moira se tensó y tuvo que esforzarse para seguir sonriendo. —Sé exactamente lo que quiero —respondió entre dientes—. Tú nunca has estado dispuesto a tender la mano de la paz a los Hierro Negro. Ya habías tomado tus decisiones antes de venir aquí, guiadas por un antiguo odio. —¿Así que nos sacrificaste a mí y a mi clan para que los Hierro Negro no fuerais tratados como la basura que sois? —preguntó Kurdran—. —Hice lo que hice pensando en el futuro. Para que cuando mi hijo herede el trono, no gobierne una ciudad que lo trata como a un paria por culpa de la sangre que corre por sus venas. —Si Magni pudiera verte ahora… Imagino el dolor que sentiría al ver a la trogg de su hija destruir todo lo que luchó por construir en vida. —No me hables como si conocieras mi pasado, o el de Magni. —Moira había explotado de ira—. Tú y tu clan sois invitados en esta ciudad. ¡Cuanto antes os marchéis, mejor! —Inconscientemente, Moira apretó el brazo de Fenran y el bebé empezó a llorar—. —Siempre esperé que… —Kurdran se detuvo en seco. De pronto, se materializó en él un sentimiento terrible. Avanzó un paso hacia Moira y colocó el martillo de tormenta a unos centímetros del rostro de la enana—. Has… has matado a Cielo’ree. Has ordenado a tu sucio clan que comenzaran el incendio. —No —respondió Moira rebosante de indignación—, no me acuses de algo de lo que solo tú eres responsable. He castigado a los Hierro Negro que han participado en la pelea; pero por lo que me han dicho, tú fuiste el primero en golpear. La culpabilidad arraigó dentro de Kurdran. Desde el incendio había intentado olvidar que había podido evitar la pelea. Relajó los brazos y bajó el martillo de tormenta. —Cógelo y vete —dijo Moira mirando el cetro—. O no. Cogió a Fenran en brazos y descendió por la rampa sin volver la vista atrás ni una sola vez. —Sea como sea, comenzaremos con la forja. Por la mañana, será un Hierro Negro el que traiga la unidad a los clanes —añadió Moira mientras entraba en sus aposentos privados y daba un portazo tras ella—. La verdad que contenían las palabras de Moira, todo lo que había dicho, suponía una pesada carga. El enemigo que Kurdran siempre había deseado encontrar se había descubierto ante él, pero no podía hacer nada para luchar contra ella sin poner en peligro a toda la ciudad. Estaba tan indefenso como la estatua cristalina que era el rey Magni. De pronto, el sentimiento de derrota, extraño para él, lo alcanzó. El sudor empezó a cubrir todo su cuerpo. Con cada respiración, sentía como si inspirase calor estancado en vez de aire. Kurdran deslizó el cetro por una abertura de su pechera, cerca del brazo. Con la reliquia bien escondida, corrió por la sala hacia las puertas de Forjaz mientras sentía que las paredes de piedra de la ciudad se cerraban sobre él. **** A las puertas de Forjaz, Kurdran inhaló profundamente el aire helado. El sudor que cubría su cuerpo se enfrió en la noche gélida y sintió un escalofrío. A lo lejos, a través de una cortina de nieve, algunas siluetas iluminadas por la luz de las puertas abiertas de la ciudad descargaban cajones de un carro. Una de las siluetas miró a Kurdran. Después avanzó con dificultad por la nieve hacia él. Era Muradin. —Te he estado buscando, muchacho —dijo el Barbabronce mientras se quitaba la nieve de los hombros cubiertos de placas—. No sé cómo decirte cuánto siento lo de Cielo’ree. Ha muerto como vivió, sin miedo. Luchando por lo que era más importante para ella… los suyos. Su futuro. —Su futuro ha muerto con ella —respondió Kurdran. Dejó escapar un largo suspiro y el aliento se convirtió en una nube blanca por el frío—. Muradin guardó silencio durante unos instantes. —Sí… pero yo preferiría morir por mi gente en una pelea que sé que puedo ganar que no luchar en absoluto. Supongo que sabes bien de lo que hablo, ¿no es cierto? Kurdran entrecerró los ojos ante la afrenta, pero se sentía débil después del encuentro con Moira. —He luchado por mi pueblo desde el día que puse un pie en Forjaz. —No confundas cabezonería con valor. No es lo mismo —replicó Muradin—. —No lo entiendes. Eres igual que Moira. Muradin suspiró y agachó la cabeza. —Cuando te uniste al consejo, pensé: «He aquí un enano que puede poner fin a todas estas disputas». Pero lo único que has hecho es empeorar las cosas. —Sí, porque he tenido que enfrentarme a todo solo. Tú me recibiste con los brazos abiertos, pero en cuanto adopté una posición firme sobre algo en lo que creía, me diste la espalda. —¿Cuántas veces te he dicho que no merecía la pena pelearse por ese asunto del martillo? Decidí ahorrar energías cuando me quedó claro que no estabas dispuesto a atender a razones —replicó Muradin—. Kurdran tuvo que admitir, a favor del Barbabronce, que recordaba todas las veces que Muradin se había acercado a él en privado para intentar convencerlo de que renunciara al cetro de los Martillo Salvaje. Pero cada una de las conversaciones le había parecido a Kurdran más un ataque personal que un consejo. —¿Es que no lo ves, muchacho? —continuó Muradin—. Ese viejo hierrucho es un cepo que te tiene preso. A ti y a toda la ciudad. Cuando más discutimos sobre él, más nos oprime. —¿Y qué ocurriría si no quiero seguir adelante con la forja de mañana? —le espetó Kurdran. Mientras las palabras salían de su boca, sintió que el cetro que llevaba escondido bajo la armadura se le clavaba en las costillas—. Muradin frunció el ceño. Miró a Kurdran lleno de desdén. —Magni disfrutaba de tus aventuras en Terrallende, de cómo luchabas con Cielo’ree. Me alegro de que no esté aquí para ver lo necio que eres en realidad. Kurdran había sopesado la idea de hablarle a Muradin sobre su encuentro con Moira. Pero ahora se preguntaba si Muradin estaría compinchado con la hija de Magni. Sin embargo, Muradin poseía una franqueza que acallaba todos sus temores. En cierto sentido, eso hacía que las palabras del Barbabronce le dolieran aún más. —¡En Terrallende, el cetro mantuvo vivo el corazón de mi clan! —gritó Kurdran—. —¡El corazón de tu clan está en ti! —La voz de Muradin se alzó también para equipararse a la de Kurdran—. Estaba en Cielo’ree. Y está en todos los Martillo Salvaje que hay en la ciudad, sufriendo cada vez que te empeñas en seguir discutiendo. Intento que esta ciudad avance, no quiero que se hunda con esas tonterías sobre hierro antiguo. —¿Que avance? —se burló Kurdran—. El martillo no era la mejor manera de avanzar cuando pensábamos que era real, y estoy seguro de que no lo es ahora que sabemos que es una mentira. Muradin inspiró profundamente y apoyó una mano en el hombro de Kurdran. —Déjalo estar, muchacho. Sin sacrificio no se consigue nada bueno. Tú lo sabes mejor que todos nosotros. Kurdran se quitó el brazo del Barbabronce de encima. —¿Por eso me estabas buscando? ¿Para darme lecciones sobre cómo tengo que gobernar a mi clan? El rostro de Muradin se contorsionó de ira. Volvió la vista hacia las misteriosas siluetas que trabajaban en medio de la noche. Los otros enanos seguían descargando cajones, ajenos a Muradin y a Kurdran. Cuando el Barbabronce volvió a concentrarse en Kurdran, le cruzó la cara de un bofetón y el Martillo Salvaje retrocedió. —No, muchacho. Solo quería ver con mis propios ojos dónde está la línea que separa la realidad de la ficción. Cuando Kurdran se recuperó del impacto, Muradin ya había echado a andar hacia el carro. El Martillo Salvaje se quedó en las puertas, mirando fijamente la oscuridad de la noche. El cetro de los Martillo Salvaje le resultaba extrañamente pesado. Muchos de sus recuerdos de Terrallende estaban vinculados a él. Pero antes de eso, no se había sentido especialmente unido a la reliquia. De hecho, recordaba que casi se la había dejado olvidada cuando partió hacia el mundo natal de los orcos. El cetro había estado colgado en una pared, cubierto por una capa de polvo, cuando, por capricho, había decidido meterlo en su equipaje. De pronto, se sintió estúpido por haberse llevado el cetro d El Trono. ¿Qué iba a hacer con él? ¿Abandonar la ciudad y renegar de sus deberes como miembro del consejo, manchando no solo su honor sino también el de Falstad y el del resto de su clan? Kurdran sopesó la pregunta mientras cruzaba las puertas y regresaba al calor de Forjaz. Caminaba sin rumbo por el anillo exterior de la ciudad cuando alguien lo llamó. Era Eli, que corría hacia él cargado con un puñado de pieles. —No estoy de humor —murmuró Kurdran—. —Sí, sí. Ya sé cómo te sientes. ¡Pero seguro que quieres ver esto, muchacho! —dijo Eli, que casi se cayó al suelo—. El cuidador de grifos dejó las pieles y se arrodilló al lado. Kurdran lo imitó y observó muy intrigado mientras Eli desliaba el paquete. —Es de ella —afirmó Eli. Una sonrisa bordeada por su poblada barba se dibujó de oreja a oreja. Kurdran se inclinó aún más, incrédulo. Dentro, bien arrullado por las pieles, había un huevo manchado de hollín—. —¿Pero cómo…? —A Kurdran no le salían las palabras—. —Lo llevaba uno de los grifos. Ha estado escondiéndose en una percha en La Gran Fundición. Probablemente haya cogido el huevo durante el incendio. Ninguno de los otros se ha ocupado de los huevos —explicó Eli—. Te he estado buscando desde entonces. Kurdran recordó entonces que, entre el caos del incendio, las cenizas, las plumas y los terribles gritos, un grifo que había acompañado a Cielo’ree había alzado el vuelo con las patas delanteras pegadas con fuerza contra el pecho. Kurdran levantó la cabeza y vio que a Eli se le humedecían los ojos. El cuidador de grifos se los secó rápidamente. —No se lo digas a nadie. Si los muchachos se enteran de que he estado llorando, nunca me dejarán en paz. —No sería la primera vez que te pones llorón. —Una carcajada atronó desde el interior de Kurdran mientras las palabras salían de su boca. Sin embargo, la alegría estaba teñida de ira y miró de nuevo el huevo. Los acontecimientos habían dado un giro milagroso, pero si tuviera la oportunidad, cambiaría el huevo por Cielo’ree sin pensarlo dos veces—. —No es Cielo’ree… —dijo Kurdran—. —Ay, un pensamiento como ese te envenenará la mente, muchacho. Olvídalo o, de lo contrario, pasarás toda la vida esperando algo que no llegará nunca. —Eli agarró el antebrazo de Kurdran—. Este nunca será Cielo’ree —continuó Eli más serio de lo que Kurdran le había visto nunca—. Pero lleva su sangre. Es su regalo para ti. Y puedo prometerte que un día se convertirá en un grifo tan hermoso como su madre. —Sí…—, dijo Kurdran y sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Lleno de dudas, apoyó la palma de la mano en el huevo. Estaba caliente, pero era una sensación complemente diferente al sofocante calor de Forjaz. La calidez recorrió las venas de Kurdran y le hizo sentir como si estuviera bajo los azules cielos de las Tierras del Interior, bañado por la luz del sol. En aquel instante lo vio todo claro. Sabía lo que tenía que hacer, sin importar las consecuencias, para honrar al rey Magni y cumplir con sus deberes como miembro del Consejo de los Tres Martillos. **** Cuando Kurdran llegó, La Gran Fundición estaba abarrotada de enanos que se apelotonaban hombro con hombro. Casi toda la ciudad había acudido a la forja del martillo de Modimus. Incluso estaban presentes unos pocos gnomos, draenei y otros miembros de la Alianza, aunque se mantenían alejados de los enanos que se arremolinaban alrededor del monstruoso Gran Yunque en el corazón de la fundición. Una hilera de guardias de Forjaz acordonaba el área que rodeaba el yunque, y solo Moira, Muradin y el herrero Hierro Negro estaban dentro. Muchos de los enanos allí presentes iban armados, tensos por la ira acumulada. Los Martillo Salvaje se habían reunido cerca de la entrada a El Trono, lejos de su lugar habitual, en el nidal de grifos. Tras el incendio, se habían llevado a sus compañeros alados fuera de la ciudad. Ahora, el nidal, una vez limpio y arreglado con paja nueva, acomodaba tan solo a los grifos de Forjaz. Kurdran se abrió camino por la fundición abarrotada. Un clamor gigantesco se alzó de la masa que lo rodeaba y, entre el rugido indescifrable, Kurdran captó la palabra —ladrón— proferida una y otra vez. A medida que se acercaba al centro de la estancia, vio a Moira de pie detrás de sus guardias, dirigiéndose al público. —Tenemos nuestras sospechas sobre quién robó el mango del martillo de Modimus —dijo Moira—. Se llevará a cabo una investigación. Sin embargo, no permitiremos que esos ladrones desbaraten nuestros planes. Comenzaremos con la forja tal y como… —Moira dejó la frase inacabada cuando vio a Kurdran atravesar la línea de guardias que rodeaba el Gran Yunque—. —Kurdran —dijo Moira con indiferencia, como si el encuentro de la noche anterior no hubiera tenido lugar—. Hay un ladrón entre nosotros. La heredera de Forjaz señaló el Gran Yunque, donde descansaban el cabezal del martillo de los Barbabronce y la gema de los Hierro Negro, a la vista de todos. —¿Tienes alguna información que pueda arrojar algo de luz en este asunto? —preguntó en voz alta para que la oyeran todos los espectadores—. Bajo la máscara de cortesía, Kurdran podía percibir que Moira estaba saboreando cada instante de lo que probablemente creía que era su momento de dominación total sobre el representante de los Martillo Salvaje. —Sí, la tengo —respondió Kurdran mientras miraba brevemente a Muradin. El Barbabronce observó a Kurdran indignado, pero no dijo nada—. Kurdran caminó hasta el borde del Gran Yunque. Sacó la reliquia de los Martillo Salvaje de su armadura y alzó el cetro en el aire, hacia los enanos allí presentes. —¡Forjaz! ——rugió—. He sido yo quien se ha llevado la pieza del martillo. Los gritos se alzaron entre la multitud y los enanos empezaron a empujar contra el anillo de guardias del Gran Yunque. Otros se acercaron hacia los Martillo Salvaje de la entrada de El Trono. Muradin se acercó más al yunque y agarró el brazo libre de Kurdran. —¡Kurdran! —El Barbabronce bullía de ira—. ¡Vas a provocar un motín! —Dijiste que yo podía ser el que pusiera fin a las disputas en esta ciudad. Y eso es lo que pretendo hacer. —¿Cómo? —preguntó Muradin—. —Rompiendo la cadena, muchacho. Muradin frunció el ceño confuso. Pero, poco a poco, Kurdran tuvo la impresión de que el Barbabronce empezaba a darse cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir. Muradin caminó hacia la multitud y rugió: —¡Dejad que hable! Cuando el clamor se apagó, Kurdran continuó. —Durante mucho años estuve atrapado en Terrallende, sin saber a ciencia cierta si alguna vez podría regresar a casa. Durante todo ese tiempo, este pedazo de hierro nos dio esperanzas a mis muchachos y a mí. ¡Nos recordó quiénes éramos y por qué estábamos luchando! Kurdran miró la reliquia. La noche anterior, arrodillado al lado del huevo de Cielo’ree, por fin se había dado cuenta de lo que era el cetro: un viejo pedazo de hierro. Metal templado que había enfrentado a los enanos, y había instigado el miedo y el odio en el corazón del propio Kurdran. Nada lo había diferenciado de la airada y descerebrada masa que se enfrentaba a él en aquel instante. Un enano asustado de lo desconocido, negándose a avanzar si ello significaba renunciar a algo conocido. Pero era lo que había hecho en Terrallende. Había renunciado a su título de gran señor feudal a favor de Falstad. Había entregado los mejores años de su vida a Pico Nidal para asegurar un futuro mejor para los suyos. En comparación, el cetro era algo demasiado trivial. —Pero esto no es Terrallende —continuó Kurdran—, y esta no es la Forjaz de nuestros ancestros. De modo que, ¿por qué estamos intentando forjar este martillo para que lo sea? Esta es una nueva Forjaz. ¡Nunca será como la del pasado y forjar el martillo de Modimus no cambiará absolutamente nada! —Kurdran golpeó el yunque con la reliquia de los Martillo Salvaje—. ¡Mi clan y yo no queremos ver cómo esta nueva era comienza encadenándonos a un martillo! Los movimientos de la multitud empezaron a ser erráticos. En las sombras de La Gran Fundición, los enanos parecían un único organismo, expandiéndose y contrayéndose, a punto de reventar por las costuras. —¡Se va a llevar la pieza! —¡Los Martillos Salvaje descubren sus verdaderas intenciones! Sin decir una palabra más, Kurdran sacó su martillo de tormenta. Con un solo movimiento veloz, alzó el arma y la dejó caer sobre el cetro en medio de un relámpago. El trueno que surgió hizo que le pitaran los oídos a pesar de llevar muchas décadas utilizando el arma. La reliquia explotó en una lluvia de astillas de hierro. La multitud se quedó helada, perpleja. La confusión asomó en los tensos rostros de los enanos. —La nueva Forjaz empieza aquí. Preguntaos a vosotros mismos: ¿queréis comenzar reforjando este martillo que un día podría volver a romperse? Los Martillo Salvaje hemos decidido dar un paso adelante, no atrás. ¿Quién está con nosotros? Cuando Kurdran se volvió y ofreció su martillo de tormenta a los demás miembros del consejo, se sorprendió al ver que Muradin ya iba de camino al yunque. —¡Los Barbabronce! —gritó Muradin, y agarró el martillo de tormenta con una mano—. Al unísono, Muradin y Kurdran miraron a Moira, al igual que todos los que se habían reunido en la Gran Fundición. Ella estaba sola. La heredera de Forjaz miró alrededor como si estuviera buscando una salida. El silencio se hacía interminable, pero finalmente se acercó al yunque dando unos pasos extraños, como si su cuerpo y su mente estuvieran luchando el uno contra el otro. Con los ojos fijos en Kurdran, puso la mano sobre la de Muradin en el mango del martillo de tormenta. Con la mano libre, Kurdran colocó el cabezal del martillo de los Barbabronce y la gema de los Hierro Negro en el centro del enorme yunque. Como si fueran una misma persona, los miembros del consejo dejaron caer el arma de Kurdran. Sonaron más truenos y los artefactos restantes se hicieron añicos. Y con ellos, murió la mentira. Después, los tres enanos permanecieron en el yunque, inmóviles, con una mano en el martillo de tormenta, manteniéndolo en alto. La multitud aplaudió y pronto empezaron a vitorear. En todo momento, Moira miró a Kurdran como si estuviera esperando que él le dijera algo. Kurdran no dijo nada. **** A la semana siguiente, la tensión entre los clanes se había convertido en una brasa que ardía lentamente: seguía presente, pero la amenaza de la violencia parecía distante. Kurdran se estaba bebiendo su segunda pinta de cerveza en la taberna Roca de Fuego, sentado en una mesa, solo, en un rincón del establecimiento. Sin embargo, su soledad no nacía de la ira o la culpa. Estaba esperando a alguien con nerviosa ilusión. —Si al final no viene —pensó Kurdran—, ¿quién podría culparle? Como respuesta a su pregunta silenciosa, Falstad Martillo Salvaje entró en la taberna, con el pelo rojo recogido en una coleta como lo llevaba Kurdran. Se detuvo en el umbral mientras sus ojos buscaban en la penumbra de la estancia hasta que encontró a Kurdran. Sin sonreír ni hacer gesto alguno, Falstad se acercó a la mesa de Kurdran y tomó asiento. —Me alegro de verte, muchacho —dijo Kurdran—. —Lo mismo digo —respondió Falstad sin mucho entusiasmo—. Pasó un instante de silencio incómodo. Kurdran había hecho venir a Falstad a Forjaz al poco de haber destruido el cetro de los Martillo Salvaje, sin tener ni idea de cómo reaccionaría su amigo a la llamada. Ahora que Falstad estaba en la ciudad, Kurdran se sentía aliviado e inseguro. —No es necesario que hagas esto. Tienes más derecho que yo a estar en ese consejo —añadió Falstad—. —No —replicó Kurdran—. Has sido el gran señor feudal de los Martillo Salvaje durante veinte años. Lo único que ha cambiado eso ha sido un enano cabezota que pensó que podía hacer el trabajo mejor que tú… —He hablado con Eli hace un momento. Al parecer ya has dejado tu marca en Forjaz. —Lo único que he hecho ha sido arreglar un lío que había formado yo mismo. Un lío que no habría tenido lugar si tú hubieras estado aquí. Falstad miró con dureza a Kurdran, frunciendo la boca. Kurdran se preparó, ya que esperaba que su amigo le reprendiera por su arrogancia e, incluso se regodeara del malestar que había causado en Forjaz. —Aunque no lo hagas por mí —dijo Kurdran de forma repentina—, ocupa tu lugar en el consejo por el bien de nuestro clan. Falstad se reclinó en la silla con los brazos cruzados. Sus ojos miraron a Kurdran en todo momento. —Así que esperas que te perdone y me una al consejo… ¿cuando ni siquiera hay una pinta bien fría esperándome en la mesa? —preguntó Falstad mientras gran una sonrisa cruzaba su rostro—. Kurdran soltó una sonora carcajada y sintió que se quitaba un gran peso de encima. En ese instante, reconoció la inmensa sabiduría y capacidad de perdón que poseía Falstad. Eran rasgos que llevarían a los Martillo Salvaje a hacer grandes cosas, incluso a pesar de la incertidumbre que reinaba sobre la formación del consejo. Después de que Kurdran hubiera pedido una pinta para Falstad, los dos enanos alzaron sus jarras. —Por el consejo —dijo Falstad—. —Por el gran señor feudal de los Martillo Salvaje —añadió Kurdran—. —Por Cielo’ree. —Falstad se llevó la jarra a los labios antes de que Kurdran pudiera añadir otro brindis. No cabía duda de que Eli había informado a Falstad de la muerte de Cielo’ree. Kurdran apreció la brevedad del homenaje porque sabía, como Falstad y otros jinetes de grifos, que las condolencias prolongadas no podían atenuar el dolor provocado por la muerte de una amiga como Cielo’ree—. Falstad dejó la jarra sobre la mesa con un golpe hueco y preguntó: —Entonces, ¿qué harás ahora? —Quizá viaje a Ventormenta. He tenido buenas experiencias con los humanos en el pasado y tengo ganas de conocer a ese tal rey Varian. Y… he oído que levantaron una estatua en mi honor tras darme por muerto en Terrallende, justo en la entrada de la ciudad. —Kurdran sonrió—. —Sí… Yo escribí la placa. Me resultó muy difícil encontrar algo bueno que decir sobre ti —replicó Falstad con una risita—. A medida que avanzó la noche, otros enanos se unieron a Kurdran y a Falstad en su mesa. Charlaron sobre los grandes cambios políticos que estaban ocurriendo en todos los reinos de Azeroth, y de los desastres naturales que habían dado nueva forma al mundo tras el cataclismo. Entre los temas que más interesaban a Kurdran estaba el de los enanos Martillo Salvaje que vivían desperdigados por las Tierras Altas Crepusculares. Valoraban mucho su independencia y se habían mantenido ajenos al gobierno de Pico Nidal. Sin embargo, hace poco, habían llegado noticias de que algo oscuro había echado raíces entre las verdes colinas de las tierras del norte. Cuando los enanos abordaron otros temas, Kurdran dejó volar su mente. Una semana atrás habría estado preocupado pensando que, al renunciar a su puesto en el consejo, había perdido poder ante los ojos de su clan. Ahora, eso no tenía gran importancia. Había algo en el sacrificio, algo en el hecho de conseguir que su voluntad ignorara los deseos personales por el bien de su pueblo que hacía que Kurdran ardiera en su interior. Era la misma sensación que lo había llevado a Terrallende y le había permitido romper el cetro de los Martillo Salvaje. Su destino no estaba en Forjaz, ni tampoco sentado dejando pasar el tiempo en Pico Nidal. Estaba aquí y allá: en una vida guiada por los vientos. En esa incertidumbre residía la fuerza para plantar cara a cualquier desafío, para mantenerse firme ante las insalvables probabilidades y luchar por el más mínimo atisbo de esperanza. Aquel era el deseo de un Martillo Salvaje. Por primera vez desde que había llegado a la ciudad; de hecho, desde que había llegado de Terrallende; se sintió libre, como si estuviera volando entre las nubes con Cielo’ree. En su imaginación, era lo que hacía. Kurdran estaba con el espíritu del grifo, surcando la extensión azul sin nubes que parecía infinita. Más adelante, le aguardaba algo indescifrable, titilando como un espejismo. En su corazón, sabía que era la paz para Pico Nidal y todos los Martillo Salvaje. Resultaba imposible predecir si tardaría en llegar un día, una semana o diez años, y era ridículo preocuparse. Resuelto y lleno de determinación, dio a Cielo’ree una firme palmadita en el cuello y dejó que los vientos los guiaran hacia el horizonte.
  49. 1 puntos
    Desde hace tiempo Blizzard ha puesto en marcha una política de diversificación de fuentes por lo que muchas de las partes de la historia que no se explican en los videojuegos de World of Warcraft lo acaban siendo en novelas y cómics que no siempre están disponibles en español. Esto hace que exista entre mucha gente un gran desconocimiento de algunos aspectos importantes básicos de la historia que no pueden acceder a las fuentes oficiales porque no existen en su idioma y tengan que recurrir a traducciones amateurs que no siempre son las más acertadas. Internet está lleno de historias desordenadas de la historia de Warcraft sin ningún tipo de fuente de referencia totalmente desactualizadas y fuera del contexto actual de los acontecimientos por lo que se hace necesario un lugar donde se aúne toda la información posible. Voy a unificar aquí un índice de todos los relatos sobre la historia de Warcraft para que pueda comprenderse la cronología de sus acontecimientos más relevantes y al mismo tiempo consultar información canónica de las publicaciones que Blizzard ha puesto a disposición. 1. Historia de Warcraft 1.1 - Línea Temporal 1.2 - Capítulo I: Mitos 1.3 - Capítulo II: El nuevo mundo 1.4 - Capítulo III: La condena de Draenor 1.5 - Capítulo IV: Alianza y Horda 1.6 - Capítulo V: El retorno de la Legión Ardiente 2. Proyectos Web 2.1 - World of Warcraft: Classic [Relato] La Guerra del Mar de Dunas [Relato] Camino a la perdición [info] Troll Compendium [info] La peste de los no-muertos [info] Los múrlocs 2.2 - The Burning Crusade [Lore] La historia hasta ahora [Relato] Intacto [info] Chamanes y Paladines 2.3 - Wrath of the Lich King [Lore] El auge del Rey Exánime [Lore] La historia hasta ahora [Relato] Gloria 2.4 - Cataclysm [Lore] La historia hasta el momento [Relato] La Ofensiva de los Aspectos Serie "Líderes de Azeroth":[Relato] Corazón de Guerra (Garrosh) [Relato] A la sombra del Sol (Lor'themar Theron) [Relato] Señor de su manada (Genn Cringris) [Relato] Secretos mercantes de un Príncipe mercante (Gallywix) [Relato] Hierro y fuego (Consejo de los Tres Martillos) [Relato] El Juicio (Vol'jin) [Relato] Acortado (Gelbin Mekkatorque) [Relato] Al Igual que Nuestros Padres (Baine) [Relato] Semillas de fe (Tyrande y Malfurion) [Relato] Filo de la noche (Sylvanas) [Relato] Sangre de nuestros antepasados (Varian) [Relato] Lección de profeta (Velen) 2.5 - Mists of Pandaria [Relato] Diario de viaje de Li Li (14 capítulos) [Relato] Misión en Pandaria [Relato] La Prueba de las Flores Rojas [Relato] Sol Sangrante [Relato] El pergamino en blanco [Relato] Muerte desde el cielo [Relato] La fuerza del acero [Relato] Sobre el agua [Relato] El Valle Indómito [Relato] Los buscadores de jade [Vídeos] Las cargas de Shaohao 2.6 - Warlords of Draenor [Vídeos] Señores de la Guerra [Relato] Grito Infernal + Referencias: Wowpedia y Sitio Oficial de Blizzard.
  50. 1 puntos
    —¿Desde cuándo eres experto en mogu? —respondió desafiante otro pandaren—. He oído que los grupos de asaltantes Shao-Tien merodean por todo el valle, matan a todo aquel que se cruza en su camino y desaparecen como fantasmas. El fuego puede ser una trampa para que nos acerquemos. Se hizo un silencio incómodo en el grupo. Dezco agitó la cola de un lado a otro en un intento por aligerar su ansiedad; se decía que era imposible que los mogu hubiesen llegado hasta este extremo tan alejado del valle. El explorador regresó al poco tiempo; hacía gestos a la caravana para que continuase la marcha. —¡Es seguro! Los pandaren alrededor de Dezco suspiraron aliviados, pero él permaneció cauteloso. —¿Más refugiados? —gritó al explorador en la distancia. Aparte de los mogu, le preocupaba otro enemigo: la Alianza. Los adversarios de la Horda habían situado una embajada en una fortaleza similar al Santuario de las Dos Lunas en esa zona del valle. Dezco había creado un vínculo con uno de los líderes de la Alianza: el príncipe Anduin Wrynn. Al igual que los tauren, el joven humano no quería conflictos. Se había desplazado hasta el valle movido por la promesa de esperanza y paz. Pero aun así, el tauren no estaba seguro de la fortaleza de esa camaradería. Había tantos fanáticos belicistas en la Alianza como en la propia Horda. —No —respondió el explorador. Dezco observó vagamente una sonrisa en su rostro—. ¡Es el Loto Dorado! * * * * * —¡Sentaos! ¡Comed! ¡Descansad! —gritó Mokimo con los brazos extendidos. Un gran fuego crepitaba detrás del hozen. Sobre las llamas colgaban ollas de hierro de las que surgía vapor que se rizaba en el aire. Al lado, Weng el Indulgente servía arroz de las calderas en cazos de madera decorados con tallas de los cuatro Celestiales. Un pandaren que Dezco no conocía rellenaba tazas con un orbe de viaje. Era tremendo, el tauren a su lado parecía minúsculo, y llevaba una armadura oscura enorme. Aparte de un moño y la barba de tono castaño, su pelaje era completamente blanco. Los refugiados pasaron a Dezco de largo mientras avanzaban a toda prisa hacia la fogata; estaban famélicos y exhaustos. El propio estómago del tauren rugió cuando el viento llevó hasta él el sabroso aroma de la comida caliente, pero se mantuvo donde estaba. La presencia del Loto le irritaba. Seguro que a esas alturas ya estaban enterados de su elección. La respuesta honorable sería permitirle llevar a cabo su decisión y vivir con las consecuencias de la misma. Pero en lugar de eso, le habían seguido. —¡Dezco! —Mokimo le hizo un gesto con la mano—. ¡Ven! ¡Debes de estar muerto de hambre! Dezco parpadeó y resopló, irritado por el tono casual. La forma de hablar de Mokimo daba la impresión de que no era una sorpresa encontrarse al tauren en medio del valle. Sin responder, el tauren dio unos cuantos pasos para alejarse del campamento y se detuvo en un claro. Al poco tiempo, había encendido su propia hoguera que crepitaba en mitad de la noche. Sacó a Cirropezuña y Cuerno Rojo de sus cestas y comenzó a alimentarlos con el brebaje de leche de yak. El proceso se había vuelto más sencillo. Los pequeños incluso habían comenzado a apreciar la bebida. Los críos acababan de terminar de alimentarse cuando Mokimo se acercó al fuego de Dezco. —Habría venido antes, pero los refugiados tenían mucha hambre —dijo el hozen—. Gracias a los Celestiales que tú y los cachorros estáis bien. Estábamos preocupados. —Se inclinó y regaló una amplia sonrisa a Cuerno Rojo y Cirropezuña. Los pequeños rieron y juguetearon con los largos mechones de pelaje blanco que rodeaban las mejillas del hozen. —¿Te acuerdas de Weng? —Mokimo hizo un gesto hacia sus dos compañeros, que se mezclaban con los refugiados—. Y el grandulón es Rook. Nunca se le han dado bien los formalismos, pero es tan leal como el que más. Un amigo atento, pero también un enemigo feroz. Creo que te gustaría. ¿Por qué no te unes a nosotros? Hay sitio de sobra en nuestro... —Me habéis seguido — dijo Dezco. —Bueno... no exactamente —respondió Mokimo—. Supusimos dónde te dirigirías. Con la Puerta de los Augustos Celestiales bloqueada, quedan muy pocos lugares en el valle a los que ir. —Esta es mi elección, Mokimo —dijo Dezco con voz firme—. No hice bien al no decírtelo en persona. Me disculpo por ello. Pero el que me sigáis no cambiará nada. Mis hijos pertenecen a mi hogar en Mulgore. Juntos. Esa es mi decisión —añadió—. Los demás miembros del santuario no tienen nada que ver con ello. —Nala me lo dijo. Me reuní con Zhi, y está de acuerdo en que si deseas irte, eres libre de hacerlo. Dezco no supo cómo reaccionar. Había esperado algún tipo de resistencia. —El otro día me hablaste de lo importante que eran mis hijos para el futuro de vuestra orden —dijo el tauren. —Y estaba feliz. Al igual que el resto de los miembros del Loto. Pero no es mi decisión, ¿verdad? Es la tuya. —¿Entonces, por qué habéis venido? —Tus hijos han sido elegidos; están vinculados a Chi-Ji, y por lo tanto al valle. El Loto ha jurado proteger esta tierra sin descanso. Hasta que tus cachorros abandonen la región, los protegeremos. Lo que no entiendo es por qué quieres abandonarnos. Creí que viajaste hasta tan lejos para permanecer aquí. —Es... Era. —Dezco bajó la cabeza—. Si Chi-Ji me hubiera pedido que avanzase hacia las líneas mogu solo, habría honrado su petición sin pensarlo ni un segundo. Habría hecho cualquier cosa. Cualquier cosa, menos esto... —Miró a Mokimo—. A esto no vine aquí. —¿Cómo lo sabes? —Lo sé —replicó Dezco, que notaba cómo le invadía la ira. Comprendió lo que estaba ocurriendo: Mokimo estaba intentando convencerle. Probablemente Zhi había enviado al hozen y a los demás para que le disuadieran de marcharse. —Ya he perdido demasiado —continuó el tauren—. No vine aquí a perderlo todo. A mi tribu se le prometió la paz. Esperanza. Y no... no hemos encontrado nada de lo que yo esperaba. —El tauren respiró profundamente para calmarse. Casi sin darse cuenta, había comenzado a dar coces con sus pezuñas. Weng, Rook y el resto de los refugiados de la otra hoguera le observaban en silencio. Mokimo permaneció impasible. —Las expectativas... son algo peligroso. —Y atizó el fuego con una rama—. Yo esperaba grandes cosas cuando me uní al Loto. Pero a medida que pasaban los años, comencé a odiar este lugar. Todo era tan extraño y confuso. Quería irme a casa. Y bueno, un día decidí hacerlo, pero Zhi me cazó cuando trataba de escabullirme para huir del valle. Pero no me reprendió. Me comprendía. De hecho, me prometió llevarme a ver a mi familia. Es poco habitual que un miembro del Loto abandone el valle si no es por asuntos oficiales. Me hizo un gran honor. —Cuando llegó el día prometido, viajamos hasta mi aldea en las brumosas colinas de El Bosque de Jade. Estaba asustado y emocionado, todo a la vez. Hacía años que no veía a mi familia. —Mokimo se desató una pequeña cinta azul de la coleta y se la mostró a Dezco. No era gran cosa: una sencilla tira de cuero, ajada y vieja—. Era de mi madre. Lo encontramos en las ruinas de la vieja cabaña de mi familia. La aldea había sido destruida por completo. Todos habían muerto. Las tribus hozen suelen enfrentarse entre sí, ¿sabes? —Lo siento —dijo Dezco, avergonzado por su salida de tono. —¿Por qué? Si no hubiese sido uno de los elegidos, ahora estaría muerto. No podemos predecir dónde nos llevará la vida. Es mejor no enfrentarse a lo que está fuera de nuestro control. El momento en que abandonas las expectativas es el momento en que eres realmente libre. Lo único que podemos hacer es servir al valle y ser conscientes de que, nos lleve donde nos lleve el viento, habremos vivido por algo más importante que nosotros mismos. Para nosotros, eso es suficiente. Mokimo se levantó y se sacudió el polvo. —Vuelve al santuario. Es todo lo que te pido. ¿Por qué poner en peligro a los cachorros aquí? No hay lugar seguro en el valle en estos tiempos. Ni un solo lugar. Dezco respiró profundamente y miró fijamente a las llamas, que titilaban y parpadeaban. En movimiento constante, nunca se detenían. Impredecibles, como tantas otras cosas en Pandaria. La única constante era él mismo, sus propias decisiones. Había recorrido las costas selváticas, las montañas del norte y otras regiones con sus hijos. Se había enfrentado a enemigos brutales, que acechaban en cada recoveco oscuro del continente. Durante todo ese tiempo, había protegido a sus hijos. El santuario no era una fortaleza impenetrable. De hecho, una parte de Dezco sospechaba que el Loto solo quería que estuviese allí por si conseguían convencerle. Estaría acorralado. Atrapado. Dezco agitó la cabeza. —Tienes razón cuando dices que esta tierra es peligrosa, pero hay un lugar seguro para mis hijos: a mi lado. Y ahí es donde permanecerán. Si queréis seguirnos, que así sea, pero nos dirigimos a Bruma Otoñal. * * * * * Aún era de noche cuando Dezco se despertó de pronto. Se apoyó en los codos enfadado por haberse quedado dormido. Había pensado hacer guardia toda la noche, pero el largo viaje le pasó factura por fin. Muy cerca, los yaks, asustados, resoplaban y golpeaban sus pezuñas contra el suelo. Dezco pensó en Cuerno Rojo y Cirropezuña. Estaban a salvo; dormían profundamente sobre mantas al lado de la hoguera. Colocó con cuidado a sus hijos en sus cestas y se los colgó a los hombros. En el otro campamento, unos cuantos refugiados comenzaban a despertarse poco a poco, y se frotaban los ojos cansados. Mokimo, Weng y Rook permanecían inmóviles al otro lado de la fogata observando la oscuridad. —¿Qué ocurre? —preguntó Dezco cuando estuvo a su altura. Mokimo puso un dedo delante de sus labios en un gesto de silencio. —Rook ha visto algo —susurró. Un profundo rugido surgió de la garganta de Rook. Agarró con más fuerza la gigantesca maza con pinchos de hierro que tenía en la pezuña. —A Rook no le gustan esas rocas —masculló el pandaren blanco. —¿Por qué no te gustan? —inquirió Weng. —No se están quietas. —Rook rechinó los dientes—. Rocas malas. Rocas estúpidas. Dezco se colocó de espaldas al fuego para que se le acostumbrase la vista a la oscuridad. Poco a poco fueron apareciendo los detalles: una cuesta empinada y una parte del paso de montaña que pretendían atravesar. Rocas de diferentes tamaños esparcidas por toda la ladera. Pero no parecía que nada estuviese fuera de lugar. Tan solo era... De pronto percibió un movimiento en la pendiente. Tan solo fue un instante, pero Dezco lo vio. —Weng —dijo Mokimo—. Despierta a los refugiados. Silenciosamente. Engancha los carros a los yaks. Weng asintió con la cabeza y se apresuró hacia los refugiados. Dezco mantuvo la vista fija en la montaña; no estaba seguro de si lo que había visto había sido real o fruto de su imaginación. Entonces el movimiento se repitió. Pero esta vez no se detuvo. —Corre. —Mokimo se giró hacia Dezco—. ¡Corre! Diez gigantescas rocas comenzaron a rodar por la pendiente en lo que parecía un desprendimiento. No, no rodaban, comprendió Dezco. Estaban corriendo. Rook levantó los brazos cuando las rocas saltaron desde la montaña, en ese momento los detalles de sus cuerpos robustos y caninos, y de sus feroces rostros se hicieron visibles con la luz de la hoguera. —Quilen. —Dezco contuvo la respiración. Las bestias avanzaban a toda velocidad hacia el campamento, su piel de granito se tensaba y retorcía de forma extraña y antinatural. Eran los perros de caza de los mogu, crueles criaturas de piedra viviente como muchos de sus amos. Los yaks se alejaban avanzando con sus patas traseras, tan solo un par de ellos estaba enganchado a las carretas. Weng los sujetó con las riendas y tuvo que esforzarse para evitar que salieran huyendo. Los refugiados salieron en desbandada alrededor del campamento; encendieron ramas que encontraban a modo de antorchas. Cuerno Rojo y Cirropezuña berreaban alarmados. En lugar de atacar, los quilen formaron un amplio semicírculo alrededor del campamento y crearon una barrera entre los refugiados y el norte del valle, pero dejaron el paso de montaña abierto. —¡El paso a Bruma Otoñal es seguro! —gritó Weng—. Que todo el mundo vaya a... —¡Quedaos donde estáis! —gritó Dezco, que se había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo—. Están intentando dirigirnos hacia el paso. —Tiene razón. —Mokimo llegó hasta Dezco a grandes zancadas; respiraba pesadamente. Los quilen cerraron sus mandíbulas de forma amenazadora y se acercaron al campamento, pero seguían sin atacar—. Tenemos que ir hacia el norte, al centro del valle de nuevo. —Rook abre camino. —El pandaren blanco levantó la carreta que no estaba enganchada por encima de su cabeza, le temblaban los brazos, del tamaño de troncos de árbol, con el esfuerzo. Y dando un alarido ensordecedor, lanzó la carreta hacia delante. Se hizo mil pedazos en el centro de la fila de quilen, lo que hizo que las bestias se desperdigaran a derecha e izquierda. —¡Ahora! —Dezco hizo una señal con la mano. Los refugiados avanzaron precipitadamente. Los quilen trataban de cerrar el paso desde todos los flancos. Rook cazó a uno con su maza en mitad de un salto. Otros cuatro cargaron contra Dezco. Este rezó una oración a An'she, y el aire frío que le rodeaba se encrespó debido al poder que lo calentó e iluminó como si la noche se hubiera transformado en día. Se soltó el escudo del antebrazo y arrojó la pieza dentada de hierro contra los quilen. Giró brillante por los aires y golpeó a la primera de las bestias, incrustándose en la cabeza de la criatura. El impacto hizo que la bestia saliese disparada contra uno de sus hermanos, que resultó cercenado en dos partes. Las otras dos bestias seguían ilesas. Mokimo saltó hacia una de ellas con sus largos brazos, y golpeó a uno de los quilen con la pata. Dezco tuvo justo el tiempo suficiente para girarse y cubrirse el pecho con el brazo que le quedaba libre, para proteger a Cirropezuña, antes de que el otro sabueso saltara hacia delante e impactara contra él. Algo se rasgó. Dezco sintió que se libraba de un peso en sus hombros. El quilen había cortado la cuerda. El tauren cazó la cesta de Cirropezuña en plena caída. Se giró con la maza en alto, pero descubrió que el quilen huía hacia el paso de la montaña. Arrastraba la otra cesta con lo que quedaba de la cuerda. Cuerno Rojo, atrapado dentro, estaba gritando. El tauren salió a toda velocidad a por su hijo que seguía llorando; sus pezuñas rasgaban el suelo a medida que avanzaba. Mokimo corrió al lado de Dezco y le agarró del brazo lo bastante fuerte como para obligarle a detenerse. —Yo me encargo —dijo el hozen—. Coge a Cirropezuña y ve con los refugiados. —¡No pienso dejar a Cuerno Rojo! —Dezco se soltó el brazo que Mokimo le tenía agarrado. —Entonces dame a Cirropezuña y yo le pondré a salvo —suplicó el hozen. Dezco dudó un momento, la indecisión le invadió. Los refugiados se retiraban de forma caótica, perseguidos de cerca por los quilen. Dos de las bestias habían conseguido derribar a Rook, que estaba en el suelo. Y golpeaba frenéticamente las cabezas de las bestias con sus garras. —¡¿Dónde?! —gritó el tauren—. Ya te lo dije antes... Un alarido espeluznante surgió del paso de montaña. Dezco empujó a Mokimo y se dirigió a toda velocidad hacia el sonido, mientras aferraba con fuerza la cesta de Cirropezuña bajo el brazo. Susurró una plegaria a An'she y creó un escudo de luz protector alrededor de Cirropezuña para mantenerlo a salvo de la batalla que sabía que se avecinaba. El tauren se dio cuenta de que Mokimo le seguía cuando se acercó al paso oscuro, pero estaba concentrado en el lejano llanto de Cuerno Rojo. Más adelante titilaba la luz de una hoguera, el débil resplandor anaranjado aumentaba y disminuía en las laderas de la montaña. Siguió la luz, mientras la sangre le tamborileaba en las sienes. Tras dar unos pasos en el interior del pasaje, Dezco encontró a su hijo. Cuerno Rojo colgaba del gigantesco puño tallado de un Shao-Tien. Aparte de una intricada falda de cuero, la musculosa bestia no llevaba armadura alguna. Su piel de tonalidad azul oscuro y rocosa brillaba bajo la luz de la antorcha que llevaba en la otra mano. El quilen se encontraba delante del mogu, muy cerca de él, junto con otros dos Shao-Tien que vestían armaduras pesadas y blandían lanzas con enormes filos. Los mogu no dijeron nada. Dezco no esperaba que lo hicieran. No eran una raza con la que se pudiera razonar. Sus actos desafiaban la lógica que regía la vida de las criaturas honorables. Se limitaban a observar a Dezco con el ceño fruncido. El jefe Shao-Tien sacudió a Cuerno Rojo en el aire, como para atraer al tauren hacia sí. Este aceptó el desafío. —¡Dezco! —gritó Mokimo desde la boca del paso, pero el tauren le ignoró por completo. Los únicos sonidos que era capaz de oír eran los llantos de Cuerno Rojo y Cirropezuña, además de la lejana voz de su esposa, suplicante. "Amor mío... pase lo que pase... tienes que proteger a nuestro... hijo". El mogu de la armadura y el quilen avanzaron. Dezco golpeó con su maza al sabueso, y le destrozó la cabeza. Una onda luminosa se desprendió del golpe, y se dirigió hacia uno de los Shao-Tien. El mogu se echó a un lado, pero no lo bastante rápido. La mitad de su cuerpo alcanzada por la luz de An'she, se desplomó convertida en polvo. Más adelante, el jefe mogu se echó hacia atrás, y se protegió los ojos de la luz. Agitó la cabeza y tiró su antorcha al suelo. La bestia, sacó una espada corta de la falda. Largos bucles de energía negra y carmesí se desprendían del arma, y giraban alrededor del acero. Dezco observó aterrorizado cómo el Shao-Tien levantaba el brazo que sostenía el arma, con la intención de asestar un golpe a Cuerno Rojo. La luz de la antorcha disminuyó... y la oscuridad reinó en el paso. Una sombra se movió en lo alto: era Mokimo, que saltaba por los aires. El otro mogu con armadura saltó delante de Dezco, y le bloqueó la visión. El Shao-Tien giró la lanza entre sus manos y después acometió contra el tauren. Este esquivó la pesada hoja, pero la parte de madera del arma le golpeó la muñeca, lo que hizo que su maza saliese disparada de su mano. El mogu se abalanzó contra Dezco e impactó de lleno contra él con la intención de abatirlo. Pero este se mantuvo en la misma posición y golpeó su cabeza contra el rostro de la bestia. El Shao-Tien se tambaleó hacia un lado, aturdido. Dezco cayó de rodillas, cegado por la sangre que le corría desde la frente y se le introducía en los ojos. Buscaba frenéticamente un arma a tientas. Lo que fuera. La mano que tenía libre encontró el cadáver del quilen. Dezco agarró la pata trasera de la bestia y se levantó, lanzó su peso hacia delante y giró. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron como el acero. El paso de montaña estaba en silencio. Los llantos habían cesado. —¡ Cuerno Rojo! —rugió mientras golpeaba con el quilen en el pecho del mogu de la armadura, causando un enorme estruendo. La bestia salió disparada hacia atrás y se golpeó contra el suelo, donde se quedó inmóvil. Las sombras se agitaron más adelante. Dezco se dirigió hacia ellas. Sintió que la cesta de Cirropezuña se balanceaba bajo su brazo izquierdo; estaba a salvo. El tauren se restregó la sangre que le inundaba los ojos hasta que recobró la vista. Mokimo estaba arrodillado. El jefe mogu estaba tendido a su lado, con su propia lanza incrustada en la cabeza rocosa. —¿Dónde está? —preguntó Dezco. —Aquí. —La voz de Mokimo sonaba como un ronquido húmedo. Le brotaba sangre de una profunda herida en el cuello. Extendió las manos y mostró a Cuerno Rojo. Los ojos del cachorro estaban cerrados. Estaba cubierto de sangre, parte de la cual le pertenecía. Antes de coger a su pequeño, Dezco suplicó a An'she que curase las heridas del crío. Una luz amarilla y brillante envolvió al cachorro, pero cuando se desvaneció, este no abrió los ojos. —No... —Dezco rechinó los dientes lleno de furia. Era inútil. No podía hacer nada. Igual que con la muerte de Leza. Intentó salvarla por todos los medios, trató de mantenerla en su vida. Pero no funcionó. Nada funcionó. —El filo del mogu le alcanzó —dijo Mokimo con voz ronca—. El arma estaba envenenada. El veneno es demasiado potente como para que puedas sanar sus heridas... o las mías. Pero aún hay esperanza. —Mokimo agarró débilmente la mano de Dezco y la llevó hasta el pecho de Cuerno Rojo. El corazón estaba latiendo. Débil y lentamente, pero latía—. El cachorro está vivo. —No puedo ayudarle... —Dezco golpeó el suelo con el puño lleno de frustración. —Hay otra manera. —Mokimo se levantó lentamente. Se balanceó de un lado a otro durante un momento y casi se desploma—. Las pozas sagradas. Mientras el cachorro siga con vida, las aguas del valle pueden... Su voz se hizo casi inaudible y abrió mucho los ojos. —Cirropezuña —dijo el hozen. Dezco miró al lugar en que había acurrucado a su hijo en la seguridad de sus propios brazos. —¿Está...? —Las lágrimas brotaron de los ojos de Mokimo—. Oh, no. La cesta colgaba hecha jirones alrededor del crío. Cirropezuña estaba rodeado por el brazo de Dezco, su cuerpo estaba quebrado, destrozado. El tauren se dejó caer sobre las rodillas y soltó al bebé, que cayó en su regazo. Se quedó helado, acunando a su pequeño, mientras comprendió el hecho que le taladraba el corazón como la más afilada de las espadas. Se había concentrado completamente en Cuerno Rojo. Ni siquiera se había percatado del momento de la muerte de Cirropezuña. * * * * * —¡Por aquí! —gritó Mokimo. De algún modo, el hozen había encontrado la energía para moverse a pesar de sus heridas. Ondeaba frenéticamente la antorcha mogu en el aire, para atraer a Dezco hacia delante. El tauren le seguía, mientras sostenía a Cuerno Rojo con cuidado en un brazo y el cadáver de Cirropezuña en el otro. Detrás del hozen, una gran poza brillaba suavemente en la noche. Estaba rodeada por intricados arcos de madera, que surgían de las rocas planas colocadas alrededor del agua sagrada. Era la poza más meridional del valle, no se encontraba muy lejos del paso de montaña en el que había tenido lugar el ataque. Dezco luchaba para mantener el ritmo de Mokimo. Por enésima vez, su mente se zambulló en la batalla. Recordó cada uno de los acontecimientos, intentando localizar el momento de la muerte de Cirropezuña. ¿Cuándo fue? ¿Cuando el mogu le embistió, y casi le derribó? ¿O había sido él mismo? ¿Le había aplastado él? El tauren cayó al suelo, agobiado por las náuseas. —Por An'she, fui yo —dijo—. Sé que fui yo. —¡Levántate! —Mokimo golpeó a Dezco en la cabeza con la parte trasera de la antorcha. El golpe sacó al tauren de su aturdimiento. Miró a su alrededor hasta que sus ojos se fijaron en el hozen ensangrentado. —Se ha ido. Y nunca sabrás cómo —afirmó Mokimo—. Ahora lo único que importa es Cuerno Rojo. Dezco se esforzó por ponerse en pie, y siguió a Mokimo hasta la orilla de la poza. —En otro tiempo, los mogu usaron estas aguas para el mal, pero también pueden obtenerse buenas cosas de ellas —dijo el hozen—. Cada una de estas pozas representa una emoción. Valor... Paz... —Mokimo se introdujo en la poza con un gesto de dolor. La sangre de sus heridas enturbiaba el agua—. Esta es la poza de la esperanza. —¿Qué... qué debo hacer? —preguntó el tauren. Un puñado de peces, iluminados por la energía de la poza, huyeron despavoridos al ver que se acercaba. —Dame a Cuerno Rojo. Dezco le entregó al niño sin dudarlo. No podía hacer nada más. Nada. Lo único que el tauren podía hacer era mirar a Mokimo mientras sumergía a Cuerno Rojo en el agua hasta el cuello, con mucho cuidado y cariño. La escena le impresionó: la forma en que Mokimo sostenía a su hijo como si fuese suyo propio, lo mucho que el hozen había arriesgado para darle una oportunidad de vida a Cuerno Rojo, por pequeña que fuera. Si echaba la vista atrás a la batalla, estaba claro lo que había sucedido. Mokimo se había interpuesto entre el filo del mogu y el chico. A pesar de que el arma consiguió alcanzar a Cuerno Rojo, Dezco sabía que el crío estaría muerto de no ser por el hozen. —Ven. —Mokimo se esforzó para hacer un gesto con la mano. Estaba muy débil—. Deja a... Cirropezuña en la orilla. Con cierta indecisión, Dezco depositó el cadáver de Cirropezuña en la orilla de la poza y después lo sumergió en el agua. —Llénate... la mano —dijo Mokimo—. Y derrámala... sobre Cuerno Rojo. Dezco obedeció, el corazón le latía a toda velocidad. Dejó que el agua cayera sobre la cabeza de su hijo. Mokimo hizo lo mismo. Las gotas brillantes corrían por la nariz de Cuerno Rojo. Pero no parecían tener efecto alguno en el crío. —No pasa nada. —Dezco cogió más agua, pero Mokimo le agarró la mano. —Deja... al valle hacer su parte —dijo el hozen; su respiración se debilitaba por momentos—. No puedes controlarlo. Solo puedes tener... esperanza. Cree, como creía Leza. Cuando se enfrentó a la muerte, ¿acaso... desesperó? —No. —Dezco cerró los ojos con fuerza. Ella siempre creyó. Fue siempre tan fuerte. Leza merecía estar aquí. No él. Si ella estuviera aquí, nada de todo esto habría... Una ola de calor se desplazó hasta Dezco, y este abrió los ojos. Una imagen translúcida de Chi-Ji caminaba sobre las aguas como si se tratase de suelo firme. Desde los puntos en los que plantaba sus talones, se desprendían rayos luminosos dorados. Con cada paso, sonaba un suave repicar, como el de una diminuta campana. El Celestial abrió las alas, y la repentina corriente de agua empapó al tauren y al hozen. Mokimo se irguió y se tocó el cuello. La herida se había cerrado por completo. Chi-Ji se inclinó hacia delante, introdujo el pico en el agua y tocó el pecho de Cuerno Rojo. Dezco observó y esperó; tenía la sensación de que el momento era eterno. Y justo cuando empezó a temer lo peor, el cachorro se movió. Dezco lo miró fijamente, incrédulo. Cuerno Rojo abrió los ojos y se movió en todas direcciones hasta que vio a su padre. Entonces, extendió los brazos hacia Dezco, llorando. —¡Gracias! —Dezco abrazó con fuerza a su hijo. Entonces se acordó de Cirropezuña, y se giró hacia la orilla de la poza, donde había depositado el cuerpo de su hijo—. Mi pequeño. Grulla Roja, existe aún algún modo de... Sus palabras se desvanecieron al girarse hacia Chi-Ji. La Grulla Roja se había ido. * * * * * —Los quilen muertos. Los refugiados con Weng. —Rook se golpeó con su enorme garra el pecho. Había llegado a las pozas poco después de la aparición de Chi-Ji. Cuando el monstruoso pandaren se enteró de lo que le había sucedido a Cirropezuña, se sentó y lloró desconsolado durante mucho tiempo antes de recuperarse. Dezco nunca pensó que su muerte causase tal impacto en Rook. Casi no había conocido a los críos. Pero así fue. De algún modo, al Loto le importaban muchísimo sus hijos. A Dezco le gustaría comprender por qué. Lo único que sabía era que la preocupación de la orden era sincera. Por algún motivo, los cachorros eran como su propia familia. —¡Bien! —le dijo Mokimo a Rook, y después se dirigió a Dezco—. Será mejor que volvamos al santuario por el momento. Sé que quieres marcharte, pero tenemos que hacer preparativos. Cueste lo que cueste, encontraré un camino seguro que os lleve a casa a Cuerno Rojo y a ti. Casa. Dezco pensó en el pequeño enclave en que vivía su tribu en las soleadas planicies de Mulgore. Cuando Leza y él lo abandonaron, se preguntaron si volverían a verlo alguna vez. Él pensó que sí que volvería, pero ahora sabía que su esposa nunca lo haría. Siempre habló de la tierra de sus visiones como si se tratase de su propio hogar. Un hogar al que siempre habían pertenecido, pero que aún no conocían. Por fin comprendió lo que ella quería decir. Había sido testigo del poder del valle, de su potencial, no solo para él, sino para las vidas de muchos seres de todo el mundo. —No me voy —dijo Dezco. —¿En serio? —respondió Mokimo. —Y hay algo más —añadió Dezco. Miró a Cuerno Rojo, al que tenía entre sus brazos—. Seguís... —comenzó a decir, pero era demasiado difícil. Le entregó el crío a Mokimo. —No es necesario. —Mokimo agitó la cabeza—. Si crees que Chi-Ji quiere algo a cambio de lo que hizo, te equivocas. Te otorgó el don desinteresadamente. —Cógelo —suplico Dezco—. Para esto venimos. Justo para esto. —"Por An'she", pensó, "fui un estúpido al no comprenderlo antes". Había viajado hasta tan lejos en busca del valle, para contemplarlo con sus propios ojos, para vivir en él. Pero formar parte de él... entrar en comunión con él. Eso era mucho más. —Si es lo que quieres —dijo Mokimo—, lo que realmente quieres, entonces por supuesto. —Lo es —respondió Dezco—. ¿Tenemos que hacer algo? Para que sea oficial, me refiero. —Tenemos... —Mokimo bajó la cabeza—. Hay rituales, sí. Llevaré al crío con Zhi, y él le presentará ante Chi-Ji para la unción. Me temo que solo los miembros del Loto Dorado pueden estar presentes durante el ritual. Lo siento. —Lo comprendo —dijo Dezco con una voz casi imperceptible—. Ahora vete. —No tiene que ser ahora mismo —respondió el hozen—. Podemos volver primero al santuario. —Vete. Antes de que cambie de opinión. —Cuando acaben los rituales podrás verle —añadió Mokimo mientras cogía a Cuerno Rojo entre sus brazos—. Estará muy ocupado con el entrenamiento en los años venideros, pero estará aquí en el valle. —Un miembro del Loto Dorado. —Y tu hijo —dijo el hozen—. Eso siempre, pero ahora algo más. Mokimo miró la cesta en la que estaba Cirropezuña, que colgaba del pecho de Dezco. El tauren había arreglado los restos de la cesta, y se la había atado al cuello con una cuerda. —¿Y él? —preguntó el hozen. —Construiré una pira y la encenderé al amanecer, para que An'she proteja a mi pequeño durante el paso —contestó Dezco—. Preferiría... hacerlo solo. Mokimo asintió lentamente con la cabeza. Sin decir una palabra más, se dirigió hacia Rook. Justo cuando salían ya para abandonar el lugar, Dezco les llamó: se había acordado de algo. —Esperad. —El tauren buscó el mechón de pelo de Leza que tenía trenzado en su propio pelaje y lo desprendió. Lo trenzó a la melena de Cuerno Rojo y después se inclinó y tocó la frente del cachorro con su hocico. Después de lo cual, Rook y Mokimo emprendieron la marcha. Dezco pasó la hora siguiente recogiendo madera para la pira, pensando en los días venideros. Volvería a hacerse cargo de sus deberes en el santuario, pero no estaba precisamente ansioso por contarle a Nala y a los demás lo sucedido. ¿Qué les iba a decir? ¿Le perdonarían por la pérdida de Cirropezuña? ¿Se perdonaría él alguna vez? Tal vez no. Pero se lo merecía. Había sido su propia elección: una elección terrible y equivocada. Dezco se sentó para descansar antes del comienzo del funeral. Todavía estaba oscuro, pero el amanecer estaba próximo. Podía sentirlo. El cuándo ya no le preocupaba. —Estamos en casa —dijo Dezco en voz alta. Cogió a Cirropezuña en su regazo y le acarició la melena. Se giró para colocarse de frente al este; sabía que solo era cuestión de tiempo que apareciesen los yeena'e.
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