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Liga del Foro


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  1. 18 puntos
    Interludio El sol se había vuelto a poner sobre Nagrand y los ojos de Garrosh Grito Infernal se encontraban puestos sobre la hoguera. El mag’har se hallaba sentado entre unas rocas solitarias, rodeado por algunos acantilados y laderas. No había nada a su alrededor, pero aún así él necesitaba estar alerta, aunque también necesitaba mentalizarse… Geyah era una anciana y sus fuerzas estaban abandonándola con cada día que pasaba. Cualquier día ella podría cerrar sus ojos para siempre y entonces, el manto del liderazgo recaería sobre él, el hijo de Grommash Grito Infernal, aquel que había condenado a los orcos a ser esclavos de la sed de sangre. El mag’har tomo una gran bocanada de aire y dejó escapar un suspiro desganado. Al mismo tiempo, sus hombros cayeron como si el peso de sus responsabilidades fuera demasiado para él o más que sus responsabilidades, los actos de su padre. Su sangre corría por sus venas y el constante recordatorio de lo que había hecho, la vergüenza que eso le provocaba, lo hacía dudar de si mismo. ¿Cómo puedo liderar a mi pueblo, cuando mi propio padre nos condenó a todos? El sonido de unos pasos saco de sus pensamientos al orco, quien cogió sus hachas de inmediato para girarse y enfrentar a quien venia por su espalda, aunque relajo su postura al reconocer a Thrall. Su piel era verde, como la de todos los orcos que habían cruzado el Portal Oscuro y en un modo, para Garrosh, ese era otro recordatorio de las acciones de su padre. “¿Puedo acompañarte?” – Pregunto el chamán con un tono tranquilizador. “Sí.” – Respondió escuetamente el mag’har, volviendo a tomar asiento frente a la hoguera. El jefe de guerra camino hasta quedar a su derecha y tomo asiento sobre una roca. Observó las llamas por unos momentos, sintiendo su calor y constante deseo de permanecer encendido, una pasión y un corazón que él había visto en un solo guerrero. Instantáneamente los ojos azules del orco se volvieron hacia Garrosh. “Garrosh, hijo de Grito Infernal, tu padre…” – Empezó a decir el chamán, notando como el mag’har fruncia un poco el ceño y giraba un poco su rostro, desviando la mirada en señal de vergüenza. – “ … tu padre vivió y murió como nuestro héroe más grande.” La confusión se apodero del mag’har y este miro a Thrall con una clara interrogante en su expresión. Sus ojos reflejaban el deseo de respuestas y el orco asintió. “Permíteme el honor de mostrarte lo que tu padre sacrificó para que nosotros pudiéramos vivir libres de los demonios.” – Agregó el chamán. “Como quieras, Thrall, hijo de Durotan.” – Garrosh asintió. El jefe de guerra volvió entonces su mirada hacia las llamas y tras solicitar a los espíritus que pudieran mostrarle al joven mag’har las memorias de Thrall, cuyas cicatrices estaban grabadas a fuego en su alma, las lenguas de fuego de la hoguera comenzaron a moverse de una forma particular, dejando entrever algunas figuras en ellas. Poco a poco los ojos de Garrosh fueron abriéndose con sorpresa, pues no solo podía ver a un temible demonio frente a su padre, sino también escuchar sus voces a través del crepitar de las ascuas. Frente a sus propios ojos, Grom Grito Infernal, aquel que había condenado a los orcos a años de dolor y esclavitud, se había atrevido a enfrentar su destino y dar su vida para enmendar ese error. Había vivido como un guerrero y muerto como uno por su propio pueblo. “… Toda mi vida pensé que mi sangre estaba maldita. Viví creyéndome estar por debajo de la sombra del gran error de mi padre.” – Dijo Garrosh con un tono que, poco a poco, iba cobrando fuerza y orgullo. – “Lo odie por lo que había hecho. Lo odie por la carga que me había dejado, pero ahora… ahora, gracias a ti, he visto una verdad que nunca había imaginado.” Thrall negó lentamente con la cabeza. “No necesitas agradecerme, Garrosh. Tu padre fue como un hermano para mi y haría lo que fuera por ti, y los mag’har.” Garrosh abrió sus ojos, dejando atrás el recuerdo de Nagrand y miró a su derecha, reconociendo la figura de Eitrigg en el umbral de su habitación dentro del Fuerte Grommash. El anciano se hallaba a la espera de que el jefe de guerra se pusiera de pie, luego de entrar a su espacio y llamarlo con su voz rasposa para despertarlo. “¿Qué ocurre?” – Preguntó el jefe de guerra de la Horda, llevándose una mano a su rostro para refregarse los ojos mientras se ponía de pie. “El gran señor de la guerra Cromush ha vuelto con noticias de los Lobo Gélido.” – Comento su consejero, para luego agregar. – “Y Xorenth, junto a sus chamanes oscuros, aguardan tu decisión sobre su destino.” El mag’har extendió uno de sus brazos para coger Aullavisceras, la cual se hallaba apoyada sobre un armero a un costado de su hamaca. Seguidamente camino hacia un cuenco de adobe con agua en su interior, apoyado sobre un barril, para poder mojarse el rostro con su otra mano y poder reaccionar. La luz del sol entraba por una de las ventanas, lo cual significaba que un nuevo día había empezado y como tal, él tenia que atender sus responsabilidades, no como jefe de los Mag’har o los Grito de Guerra, sino de la Horda y como líder de todos los orcos en general. “Dime, Eitrigg… ¿Cromush ha dicho que fue de los Lobo Gélido?” “Sí, me ha dicho que no se habían revelado contra ti. Parece ser que han estado librando su propia batalla contra los enanos Pico Tormenta.” – Contesto el anciano. – “Hay más cosas que escuchar, pero será mejor que lo escuches de su propia boca.” “Hmf…” – Garrosh asintió un par de veces. – “Y eso haré.” “Tu decisión salvó a los Lobo Gélido, jefe de guerra.” – Agregó Eitrigg, viendo a Garrosh acercársele en la entrada para seguramente marchar al encuentro de Cromush. – “Aún puedes reconsiderar tu decisión. Aunque los enanos han atacado a uno de los nuestros, no es la primera vez que hemos tenido estos problemas y hemos sobrevivido. Ni ellos se arriesgan a intentar tomar más de lo necesario.” Garrosh se detuvo a un lado de Eitrigg y dejó escapar un resoplido. Era evidente que su paciencia estaba alcanzando un límite, si es que realmente llegó a tener uno en realidad. “Y por eso es que pienso seguir con mi plan, Eitrigg.” – Los ojos del mag’har miraron fijamente al anciano. – “Pertenecemos ya a este mundo, pero la Alianza sigue creyendo estar por encima de nosotros. Sigue viéndonos como invasores. Tengo pueblos que proteger y este es el modo de hacerlo. Solo removiendo esta amenaza, podremos vivir en paz.” “Pero tu no estas pensando en la paz, jefe de guerra. Estas pensando en la guerra y nadie puede predecir lo que pasara cuando comience.” – Argumento su consejero. – “Solo tienes que recordar tu campaña en Rasganorte.” “Mi guerra será corta, Eitrigg.” – Contestó el jefe de guerra con evidente confianza. – “Y si se prolonga, triunfaremos porque solo a través del conflicto, hemos sobrevivido y crecido. Esta vez no será la excepción.” El orco anciano abrió la boca para contraargumentar las palabras de Garrosh, pero lejos de darle el espacio, el jefe de guerra simplemente empezó a caminar a la cámara central del fuerte. Su padre se había sacrificado para salvar a los orcos de los demonios, ahora él haría lo mismo al otorgarles un futuro donde no tendrían que luchar por migajas, ni tampoco aceptar que otros cuestionaran el derecho a vivir de la Horda. En un mundo que seguía viéndolos como invasores y donde debían de luchar por mantener sus posesiones, Garrosh Grito Infernal, jefe de guerra de la Horda, líder de los mag’har y los Grito de Guerra, haría lo que fuera necesario para que esta vez fuera el mundo quien se doblegara y aceptara los deseos de la Horda, en vez de ser ella quien tuviera que hacerlo.
  2. 16 puntos
    Fatiga en Combate El siguiente sistema es una idea que busca aplicar mayor logica al cansancio y el efecto que las heridas tienen sobre el cuerpo de nuestros personajes, al ser golpeados o recibir alguna clase de daño. La fatiga gira en torno al excedente de daño que queda tras una tirada defensiva fallida. Es decir, cuando alguien realiza una tirada ofensiva y la enfrenta contra la tirada defensiva de otra persona, si el atacante supera al defensor, es el valor restante lo que se considera excedente. Por ejemplo: un guerrero ataca a un mago y obtiene un 18 en total para su tirada. El mago trata de defenderse, pero solo logra un 16 en total de su tirada. Evidentemente el guerrero ha tenido éxito, dado que su tirada ha superado en 2 a la del defensor. Ese 2 es el excedente en cuestión. Este excedente ira acumulándose a lo largo de la sesión de rol y según vaya aumentando, la fatiga ira incrementandose de acuerdo a una tabla similar a la de dificultades: Fatiga en Combate Etapa Daño acumulado Penalizador No hay fatiga 1 Nada Fatiga leve 5 -1 Fatiga moderada 10 -2 Fatiga severa 15 -3 Fatiga grave 20 -4 No hay fatiga: Significa que aunque el personaje que recibe un golpe perderá una vida, aún es capaz de mantenerse en pie sin resentirse producto de sus heridas físicas o mentales. Fatiga leve: Significa que producto de sus heridas, el personaje se resiente ligeramente, a pesar de aún ser capaz de mantenerse en pie. Esto se traduce en un simple -1 a sus tiradas ya sean ofensivas, defensivas o incluso en pruebas de atributos. Fatiga moderada: Debido a las heridas sufridas, el personaje empieza a sentir como el resentimiento de estas afecta su capacidad y efectividad en combate. Se aplica un -2 a todas sus tiradas, ya sean ofensivas, defensivas o incluso en pruebas de atributos. Fatiga severa: El dolor de las heridas empieza a hacer mella en el personaje, por lo que su efectividad y eficiencia se ve mermada con notoriedad. Se aplica un -3 a todas sus tiradas, ya sean ofensivas, defensivas o incluso en pruebas de atributos. Fatiga grave: Ignorar el dolor de las heridas y el resentimiento de las mismas en el cuerpo del personaje es prácticamente imposible. Se aplica un -4 a todas sus tiradas, ya sean ofensivas, defensivas o incluso en pruebas de atributos. En resumen, según un combate se prolongue y un personaje vaya sufriendo daño, el excedente de las tiradas enfrentadas ira acumulándose. Por lo que en base al primer ejemplo, podríamos decir que el mago, aunque ha recibido un golpe, aún no alcanza un 5 en total de fatiga, por lo cual no sufre penalización alguna. No obstante, ese 2 seguira presente por el resto del combate y lo que dure la sesión de rol, y se sumara al excedente de daño que vaya obteniéndose de otras rondas de combate. Tiradas criticas En caso de obtener una tirada critica exitosa durante el ataque, el defensor sumara +1 al total del excedente de daño recibido. Por ejemplo: El guerrero obtiene una tirada critica de 20 sobre el 16 defensivo del mago. El excedente es 4, pero al haber sido una tirada critica exitosa, ha de sumar +1, quedando en un total de 5 de fatiga, por lo que el mago en futuras tiradas tendrá un -1 a sus tiradas. Sanación Cuando un personaje sanador cura las heridas de otro, esta sanación tendra como efecto secundario la reducción del daño acumulado de quien esta siendo tratado. La reducción del daño acumulado girara en torno al resultado total de la tirada, cuyo efecto se vera medido a traves de la siguiente tabla: Tabla de Sanación Total tirada Restauración de daño acumulado 1 - 10 No reduce daño acumulado. 11 - 15 -1 punto de daño acumulado 16 - 20 -2 puntos de daño acumulado 21 - 25 -3 puntos de daño acumulado 26 - 30 -4 puntos de daño acumulado *En el caso particular de una tirada critica, se sumara un punto al total de la reducción. Por ejemplo: si un sacerdote obtiene una tirada critica de 20 y suma 10 al total de esta, obtiene un total de 30 en su tirada. Quien recibe la sanación vera reducido en 5 sus puntos de daño acumulado (-4 puntos por el total de la tirada (30) y -1 por haber sido un critico).
  3. 15 puntos
    Clan Picotormenta Ficha de Combate Fuerza 2 Destreza 2 Percepción 2 Voluntad 1 Resistencia 3 Hachas de una mano 6 (+2) = 8 Mazas de una mano 6 (+2) = 8 Lanzar 2 (+2) = 4 Defensa física 5 (+3) = 8 Voluntad mental 2 (+1) = 3 Ficha de Combate Fuerza 3 Percepción 2 Voluntad 2 Resistencia 3 Mazas de una mano 8 (+3) = 11 Lanzar 2 (+2) = 4 Defensa física 7 (+3) = 10 Voluntad mental 4 (+2) = 6 Ficha de Combate Fuerza 4 Agilidad 1 Voluntad 2 Resistencia 3 Arma de Filo de Dos Manos (Espada) 8 (+4) = 12 Defensa física 8 (+3) = 11 Voluntad mental 5 (+2) = 7 Ficha de Combate Fuerza 2 Destreza 2 Percepción 2 Voluntad 1 Resistencia 3 Mazas de una mano 4 (+2) = 6 Lanzar 2 (+2) = 4 Defensa física 4 (+3) = 7 Voluntad mental 2 (+1) = 3 Ficha de Combate Fuerza 1 Destreza 2 Percepción 3 Voluntad 1 Resistencia 3 Hachas de una mano 2 (+1) = 3 Armas de Fuego 5 (+3) = 8 Defensa física 3 (+3) = 6 Voluntad mental 2 (+1) = 3 Ficha de Combate Fuerza 3 Destreza 3 Percepción 1 Voluntad 1 Resistencia 2 Armas de Asta 6 (+3) = 9 Defensa física 4 (+2) = 6 Voluntad mental 2 (+1) = 3 Manada Colmillo de Sangre Ficha de Combate Destreza 3 Percepción 2 Voluntad 1 Agilidad 2 Resistencia 2 Combate sin armas 6 (+3) = 9 Percepción sensorial 5 (+2) = 7 Defensa física 4 (+2) = 6 Subterfugio 4 (+2) =6 Voluntad mental 2 (+1) = 3 Ficha de Combate Fuerza 3 Destreza 2 Percepción 2 Resistencia 3 Hachas de una mano 3 (+3) = 6 Combates sin armas 5 (+2) = 7 Lanzar 2 (+2) = 4 Defensa física 2 (+3) =5 Ficha de Combate Destreza 3 Agilidad 3 Voluntad 1 Resistencia 3 Combate sin armas 5 (+3) = 8 Subterfugio 3 (+3) = 6 Defensa física 3 (+3) = 6 Voluntad mental 1 (+1) = 2 La Hermandad Ficha de Combate Destreza 3 Percepción 2 Agilidad 3 Resistencia 2 Armas de filo pequeñas 6 (+3) = 9 Percepción sensorial 4 (+2) = 6 Defensa física 6 (+3) = 9 Subterfugio 5 (+3) = 8 Ficha de Combate Destreza 4 Percepción 2 Voluntad 1 Resistencia 3 Mazas de una mano 4 (+4) = 8 Lanzar 2 (+2) = 4 Defensa física 4 (+3) = 7 Voluntad mental 2 (+1) = 3 Ficha de Combate Destreza 4 Percepción 3 Agilidad 3 Armas de filo pequeñas 2 (+4) = 6 Armas de filo de una mano 2 (+4) = 6 Lanzar 2 (+3) = 5 Defensa física 4 (+3) = 7 Subterfugio 2 (+3) = 5
  4. 14 puntos
    Consecuencias Nazgrel permaneció sentado frente a la hoguera con las estrellas y las dos lunas como única compañía, pues a tan altas horas de la noche apenas había actividad en el campamento con la excepción de algunos kor’kron, los cuales en más de una ocasión dirigían miradas inquisitivas al antiguo consejero de Thrall. El resto de sus lobo gélido seguían durmiendo y cual líder de manada, él se hallaba vigilante ante cualquier amenaza, pues por primera vez se sentía inseguro incluso entre hermanos. Definitivamente, esta no era la Horda que había dejado atrás cuando cruzo el Portal Oscuro para comandar la expedición que luego otorgaría pasaje a los mag’har, de entre los cuales el próximo jefe de guerra llegaría a desatar todo esto. Uno de los troncos de la hoguera se quebró, ocasionando que unas cuantas ascuas se elevaran, forzando al orco a girar un poco el rostro. Como muchos, él había viajado a Terrallende con la intención de descubrir los restos del viejo mundo que habitaron los suyos y cuando descubrieron a los mag’har, el pecho de Nazgrel se había hinchado de orgullo. Sin embargo, ahora se preguntaba si es que todas esas historias sobre esclavitud y como la magia vil los había corrompido, no habían elidido una parte importante de la historia; que esta sed de sangre y conquista de los orcos no nació de los demonios, sino que siempre estuvo allí, latente y acechando en la oscuridad. Garrosh no llevaba las cicatrices de esa corrupción en su cuerpo; no tenia la piel verde como su padre, pero actuaba igual que él y por un momento la pregunta se formó por si sola en su cabeza: ¿nos hará caer en la oscuridad, igual que su padre? El orco resopló y agito su cabeza, negándose a creer que la historia podría volver a repetirse, pero la duda ya había anidado en su cabeza. Garrosh se había ocupado de eso: ya no solo lo movía la sed de conquista, sino que se creía superior a los propios espíritus. Entre sus filas tenia a esos chamanes oscuros que, aunque no eran brujos, tampoco contaban con la bendición de los elementos. Nuevamente, uno de los troncos se quebró y la hoguera chisporroteo sus ascuas, y en ese único instante el lobo gélido se pregunto a si mismo si es que el espíritu del fuego no estaba tratando de decirle algo. “Si tan solo mi espíritu fuera tan fuerte como mi hacha, seguramente podría escucharte…” – Murmuró Nazgrel, quien luego levanto su mirada para observar las distintas tiendas levantadas en el patio de armas del Fuerte del Norte. – “Me pregunto si hay otros que piensan como yo…” Los ojos del almirante Taylor se abrieron inmediatamente después del segundo golpe en la puerta de su habitación. El humano tenia el sueño ligero, como cualquier otro hombre acostumbrado a la guerra, pero de todas formas masculló una maldición a quien lo había despertado. Sin otra alternativa, Taylor se puso de pie, camino a la puerta y la abrió. “¿Qué?” – Preguntó con un tono más duro y tajante del que le habría gustado utilizar. El soldado se cuadro al instante, aunque su mirada nerviosa delato que no se había imaginado ni por asomo esa reacción por parte del almirante. “Mis disculpas, almirante Taylor.” – Se excuso el soldado. – “La gran almirante y el Rey os han hecho llamar a la sala de guerra. Han ordenado que fuera de inmediato.” El sueño abandono rápidamente a Taylor, quien asintió casi con la misma rapidez con la cual cerro la puerta, se vistió y salió de su habitación. Las antorchas iluminaban los pasillos de su barraca y en las calles de la Ciudad de Ventormenta las únicas almas que se hallaban en ellas eran los de los soldados con labores de guardia nocturna. Taylor camino presuroso desde el Casco Antiguo hasta el castillo de su Majestad, donde, tras reconocerlo, los guardias reales alzaron el rastrillo para dejarlo entrar y luego escoltarlo a la sala de guerra. Las preguntas surgían en la mente de Taylor surgían más rápido de lo que él era capaz de adivinar. Su imaginación volaba con la misma velocidad del viento en una tormenta en altamar y cada posible razón del porque lo habían hecho llamar en medio de la noche lo hizo suponer que no se trataría de nada bueno, de eso estaba más que seguro. Los guardias reales abrieron la puerta del salón de guerra y Taylor pudo notar la expresión inquisitiva del Rey Varían, cuyas facciones a la luz de las velas lucían aún más siniestras producto de sus cicatrices. Entre los soldados se decía que en la Horda lo conocían como Lo’gosh y los huargens decían que el espíritu de Goldrinn, un espíritu lupino de los elfos de la noche, habitaba en su corazón. Para el almirante todo eso no eran más que simples historias, no muy diferentes a las tantas que todo marino suele contar en una taberna, pero en esos momentos le resultó difícil no comparar al rey con un lobo calculando los próximos movimientos antes de cazar a su presa. “Almirante Taylor.” – La gran almirante Jes-Tereth asintió con un gesto marcial al verlo entrar. Inmediatamente el humano se cuadro ante su oficial superior, quien se hallaba a la izquierda del rey, con las manos detrás de su espalda. “Mi rey.” – Saludo inicialmente el marino. – “Gran almirante.” “La Horda ha atacado el Fuerte del Norte.” – Dijo el Rey Varían con un tono endurecido y yendo directamente al grano. – “Lanzaron su ataque desde Trinquete.” Taylor parpadeó con sorpresa y por unos segundos fue incapaz de articular palabra alguna. Ahora podía entender porque el rey tenía dicho semblante. “… Así que la Horda ha declarado la guerra a Theramore.” – Logro decir el almirante tras unos instantes, para luego añadir al recordar el detalle de Trinquete. – “¿Los goblins se les han unido?” “Eso no lo sabemos.” – Contesto la gran almirante con un tono templado. – “Pero que la Horda lanzara su ataque desde aguas neutrales dice mucho…” “Pondré a la Vanguardia al mando de otras dos naves de guerra, almirante.” – Agregó entonces su majestad. – “Te quiero en el mar lo antes posible.” “¿Dónde debo de zarpar, su majestad?” – Preguntó Taylor con tanta sorpresa, como confusión. “A la Bahía del Botín.” – Contesto tajantemente el Rey Varían. – “No quiero que ninguna nave deje ese puerto hasta que los goblins respondan por lo ocurrido.” Jes-Tereth miro al rey por un instante, de reojo, con un pequeño atisbo de duda en su mirada que no paso desapercibido para Taylor. El Cartel Bonvapor debía de responder por lo que ocurrido, no cabía duda de ello, pero bloquear su puerto podía tomarse como una declaración de guerra y si los goblins eran conscientes de lo ocurrido, seguramente no dudarían en abrir fuego contra sus naves. Taylor pensó en abrir la boca para intentar convencer al rey de otro curso de acción, pero la intensa e inquisitiva mirada de Lo’gosh le hizo pensárselo dos veces. “Debo advertirte que lo que sugieres es un acto de traición, mi señor.” – Advirtió con un tono taimado el gran magister de Lunargenta. “¿Me tomo eso como que no estas de acuerdo, entonces, Rommath?” – Preguntó Lor’themar con un tono inquisitivo, viéndolo fijamente con su único ojo. Ambos elfos se hallaban en la Aguja Furia del Sol, pero en vez de estar en la sala del trono, el señor regente se encontraba en el despacho del gran magister. Fuera un gesto de humildad por parte del señor regente de Lunargenta o no, Rommath se sintió halagado de que, por una vez, no fuera él quien estuviera sentado en el puesto del visitante. “Sabéis bien lo que pienso de esas bestias.” – Respondió el mago con tono calmado. – “Pero algo como esto podría poner en riesgo nuestra alianza con ellos y ya estamos en guerra, aunque el resto del mundo aún no se de por aludido.” “Estoy consciente de ello, pero cuando nos unimos a la Horda, su jefe de guerra buscó la paz a pesar de que su nombre sugiere lo opuesto.” – El señor regente se puso de pie, dejando escapar su ofuscación por un momento. – “Sabes tan bien como yo, Rommath, que Lunargenta no puede sobrevivir otra guerra. Si somos invadidos, no creo que podamos contar con el apoyo de Vol’jin y seguramente Vereesa Brisaveloz se aparezca en la frontera en nombre de la Alianza.” El gran magister se puso de pie también y volvió su mirada hacia la mesita contigua al balcón que se encontraba a su espalda, donde había una jarra repleta de vino y un par de copas. Con un simple movimiento de sus dedos y unas palabras mudas, los objetos sobre la mesita levitaron y fueron al encuentro de ambos elfos. El vino se sirvió por si solo y Rommath cogió su copa en el aire, mientras que la otra se aproximo a Lor’themar, aguardando a que este la tomara también. “Soy el señor regente de Lunargenta y mi primera obligación es velar por los intereses de nuestro pueblo.” – Dijo Lor’themar con un tono marcial. – “Como tú, no me importa Aethas, ni nuestro viejo asiento en Dalaran, pero quizá con su ayuda podamos forzar un armisticio. No todos estamos de acuerdo con Garrosh y la Alianza ha sufrido sus bajas también, todos necesitamos tiempo para recuperarnos. Él está apostándolo todo a su triunfo en Theramore, pero si falla, estoy seguro que tendrá que ceder a lo que el resto de lideres pensamos sobre todo esto.” Rommath observó fijamente a Lor’themar por unos momentos, guardando silencio. Sin emitir palabra alguna, llevo la copa a sus labios y saboreo el vino en su paladar, mientras la copa frente al señor regente descendía por si sola hasta quedar sobre el escritorio. Era obvio que el elfo frente a ella no tenia pensado beber su contenido. “En momentos como estos entiendo porque Kael’thas decidió nombrarte señor regente, en vez de a cualquier otro errante.” – Contesto el gran magister, finalmente. – “Me ocupare personalmente de lo que quieres hacer, mi señor.” El señor regente de Lunargenta asintió a las palabras del gran magister y luego camino fuera de su despacho. Rommath le siguió con la mirada, esbozando una pequeña sonrisa divertida, pues por mucho que Lor’themar se afanara en señalar que antes de todo él era y seria un errante, a diferencia de Halduron, era obvio que había aprendido a ver que el honor y la política a menudo no se llevaban de la mano, y estaba dispuesto a asumir los riesgos que eso significaba con tal de obtener resultados.
  5. 13 puntos
    ACTO II Cubiertos de Gloria El sol abrasador de los Baldíos bañaba la costa este del Fuerte del Norte y la marea teñida de rojo bañaba la playa, sobre cuya arena se hallaban cadáveres humanos, enanos, goblins y de elfos de sangre. La batalla por el Fuerte del Norte había concluido hace ya unos cuantos minutos, pero para muchos se sentía como si está todavía estuviera en marcha. El almirante Aubrey corría tan rápido como podía, detrás de algunos de sus sobrevivientes quienes también se habían dado a la fuga. El puerto se hallaba en manos de la Horda, por lo que no tenían otra alternativa más que correr por sus vidas de vuelta a Theramore, avanzando por la costa para luego seguir por el peligroso pantano del Marjal Revolcafango. “¡Sigan corriendo!” – Ordeno el almirante con una voz jadeante. – “¡Tenemos que alcanzar el pantano!” Los soldados continuaron corriendo desesperadamente, pero sus piernas empezaron a ralentizar su paso irremediablemente debido a la fatiga producida por la batalla. Aún con toda la adrenalina, sus cuerpos habían llegado a su limite. Por un instante, Aubrey sopeso la idea de descansar, pero el silbido de las flechas surcando el aire para luego impactar sobre la arena y un par de sus hombres le hizo pensar lo contrario. Inmediatamente el almirante miro tras de si, alcanzando a ver por el rabillo del ojo a un par de orcos sobre huargos. “¡Malditas bestias!” – Masculló entre dientes el almirante y volvió su vista al frente. – “¡Sigan corriendo!” Una nueva salva sobrevoló las cabezas de los soldados y más de ellos murieron en el acto. Aubrey cayó al suelo tan pronto una de las flechas impacto sobre su hombro. Rápidamente, el hombre se puso de pie, escuchando detrás de si los jadeos de los lobos, cada vez más cerca de ellos. Su esperanza de adelantar a los jinetes ya era casi inexistente tan pronto los había visto, pero ahora la realidad había acabado con cualquier rastro de ella. Miro a su alrededor con desesperación, viendo solo los muertos en la playa y rogó a la Luz que sus enemigos le dieran una muerte rápida. El almirante dejo caer su cabeza sobre la arena y sintió como el agua bañaba repentinamente su rostro, adentrándose en su boca para luego correr por su garganta, forzándolo a toser con fuerza, como si las mareas trataran de negarle el deseo de morir y entonces, antes de poder darse cuenta siquiera, hizo lo primero que se le vino a la mente: se puso de pie y se zambullo en las aguas. Sus perseguidores volvieron a disparar flechas, esta vez al mar. Aunque Aubrey braceaba con todas sus fuerzas y el impacto de las flechas era amortiguado por la densidad de las aguas, una de ellas alcanzo su pierna derecha. El terrible dolor, acrecentado por el agua salada, lo forzó a salir a la superficie para no ahogarse, siendo recibido por una ola que inmediatamente lo engulló y lo hizo girar varias veces debajo de ella. Lo ultimo que el marino logro ver en esos instantes, fue la espuma producida por la ola sobre su cabeza, el sol brillando sobre la superficie y una piedra a la cual se acercaba vertiginosamente antes de golpearse el rostro contra ella, sumiéndolo en la oscuridad. “¿Esta muerto?” – Preguntó uno de los jinetes orcos, tras haber visto que la ola había quebrado sobre el humano. “Eso parece.” – Respondió su compañero, al no ver al almirante salir a flote nuevamente. – “Volvamos al fuerte.”
  6. 11 puntos
    Acto I : Odios Antiguos Resoluciones Los Secretos de la Síma Ignea El Príncipe Negro Gracias a Izquierda, quien desvelo la conspiración entre el Culto del Martillo Crepuscular, las Empresas Donais y un supuesto grupo de la Alianza, el Garad'kra descubrió la existencia de un hombre que se hace llamar el Príncipe Negro. Según la orca, él no tiene interés alguno en el conflicto; su mirada va más allá de este, a pesar de que su intervención favoreció claramente a la Horda. Conspiración bajo Orgrimmar La incursión en la Síma Ignea rindió sus frutos: remanentes del Culto del Martillo Crepuscular se hallaban bajo Orgrimmar. No obstante, la evidencia hallada en su campamento no era concluyente como para destacar si realmente la Alianza estaba apoyando a los cultistas para desestabilizar a la Horda desde dentro o no. Los chamanes oscuros Lejos de presentar batalla, Xorenth acabo con la vida de Korantal y se entrego a la Horda junto al resto de sus chamanes oscuros, dispuestos a aceptar el juicio del Jefe de Guerra, fuera cual fuera. La Manada Perdida El silencio Lobo Gélido A pesar de haberse reunido con más dudas que certezas, la Expedición Hierroescarcha logró descubrir la verdad detras del silencio del Clan Lobo Gélido: lejos de revelarse contra el Jefe de Guerra, los enanos del Clan Pico Tormenta los habían estado asediando desde que habían sido expulsados de las Laderas de Trabalomas. Paz sellada en sangre El costo fue alto, pero la Expedición Hierroescarcha logró recuperar la mitad sur del Valle de Alterac, reinstaurando el control de los Lobo Gélido sobre este. Luego de sus perdidas, es evidente que al Clan Pico Tormenta le tomara tiempo volver a pensar en una nueva ofensiva. Una frágil y tensa paz se establece en el Valle de Alterac. ¿Refuerzos? El Gran Señor de la Guerra Cromush ha dejado algunos de sus guerreros para ayudar al Clan Lobo Gélido a mantener su lado del Valle de Alterac, en caso de que los enanos decidan atacar. Sin embargo, tal y como el capitán Galvangar señalo, esa medida suena también como una forma de vigilar, controlar y forzar al clan a respetar la voluntad del Jefe de Guerra. La Devastación del Fuerte del Norte La Gran Puerta Habiendo permanecido cerrada desde su construcción, la Gran Puerta que impedía la entrada de la Alianza en Mulgore, finalmente se ha abierto. Gracias al esfuerzo combinado de trols y tauren, los merodeadores del Fuerte del Norte fueron derrotados y sus sobrevivientes huyeron despavoridos; un destino piadoso, según algunos, considerando lo ocurrido con Taurajo. Devastación La victoria de la Horda sobre el Fuerte del Norte ha sido absoluta, de eso no hay duda alguna. Sin embargo, lejos de ser ejecutados, Xorenth y sus chamanes oscuros han sido enlistados para servir a la Horda, y Garrosh no ha tenido tapujos en utilizar su poder para destruir a sus enemigos. Lo que debería de ser conocido como la primera de muchas victorias, pasa a ser recordado como "la Devastación del Fuerte del Norte" por aliados y enemigos. Solo el principio... Con su campaña en marcha, el Jefe de Guerra no ha temido en desvelar sus planes al ejército de la Horda: el Fuerte del Norte es solo el principio y su ojos están puestos sobre Theramore, su próximo objetivo. Aunque no es el único que tiene en mira... Tensión en el campamento Al igual que en la reunión de lideres, el jefe de guerra y el gran jefe de las tribus tauren han vuelto a chocar en opinión con respecto a las intenciones, y métodos, que Garrosh esta dispuesto a utilizar para triunfar en su campaña. Pese a que ambos lideres supieron mantener la cabeza fría, la tensión impera en el campamento.
  7. 10 puntos
    Aún no lo acabo, pero un adelanto de tu regalo: Feliz cumple
  8. 9 puntos
    La Devastación del Fuerte del Norte Nazgrel de los Lobo Gélido volvió a pisar Orgrimmar y en todos sus años de servicio a la Horda, jamás se había llegado a sentir dentro de un horno como lo estaba haciendo en esos momentos. Apenas si es que había cruzado la gran entrada de la ciudad y su frente ya sudaba como si hubiera estado horas bajo un sol abrasador. Sin embargo, ese solo era uno de los tantos cambios que la ciudad había sufrido desde que el Portal Oscuro había sido reabierto y él había liderado a la expedición de la Horda al otro lado. Una vez dentro del Valle de la Sabiduría, ahora renombrado el Valle de la Fuerza, el guerrero noto el hierro sobre lo que antes solo eran chozas de hueso, madera y cuero. La puerta no era lo único que había cambiado, toda la ciudad lo había hecho y era un reflejo poco agradable para el orco, cuya mente fue incapaz de no notar los paralelos entre las estructuras bélicas de la Horda Vil que había combatido en Terralende, con las de la Horda de Garrosh. La Horda de Garrosh… El Lobo Gélido resopló al pensar en lo que había dicho, pero en su corazón sabia que era cierto. Bajo el mando de Thrall, la Horda era poderosa, pero no necesitaba mostrarlo de ese modo porque su fuerza no venía de su acero, sino de la unidad de los distintos pueblos que la conformaban. Esta nueva Horda, sin embargo, se apoyaba en la fuerza, mostraba sus ansias de conquista y gloria, y estaba determinada a aplastar a quienes se le pusieran por delante para evitarlo. “Por más que mires la ciudad, no vas a acostumbrarte, Nazgrel.” – Escucho decir el guerrero lobo gélido a una voz rasposa, una que no había escuchado hace mucho tiempo. “¡Eitrigg!” – Por primera vez, Nazgrel sintió felicidad, y alivio, de poder encontrar algo de su pasado en ese lugar tan desconocido para él. Instantáneamente se le acerco y le dio una palmada amistosa en uno de sus hombros. – “Gracias a los espíritus que no todo ha cambiado aquí.” El anciano esbozo una sonrisa, aunque el sutil rastro de melancolía en sus ojos no pasó desapercibido para Nazgrel. “De haber sabido que el cachorro de Grito Infernal haría esto, habría aconsejado a Thrall nunca haberlo dejado cruzar el Portal Oscuro con él.” – Dijo con dura honestidad el lobo gélido. “Cuidado con lo que dices, Nazgrel.” – Le advirtió inmediatamente el anciano, bajando el tono de voz. – “Hay orcos que se han metido en problemas por decir menos que tu…” Nazgrel frunció el ceño severamente, tan confuso, como incredulo. “¿De qué estas hablando?” – Demandó saber el guerrero. Eitrigg negó con la cabeza y luego, la ladeo para señalar una de las calles. Ambos orcos empezaron a caminar por la ciudad en silencio, hasta finalmente llegar a una sencilla choza mucho más familiar a la antigua Orgrimmar que Nazgrel recordaba y que ahora tanto anhelaba volver a ver. “Por los espíritus, Eitrigg, ¿qué demonios esta ocurriendo aquí?” – Preguntó Nazgrel, girándose a verlo una vez dentro de la choza. “Algunos orcos que no se han mostrado de acuerdo con Garrosh han desaparecido.” – Respondió con tono sombrío el anciano. – “Algunos aparecen después, llenos de golpes, pero cuando les he preguntado donde estaban, solo dicen que tuvieron problemas en una taberna o tuvieron una disputa de honor… Y esos son los que reaparecen, porque los hay que no han vuelto a ser vistos.” “¡¿Qué?!” – Nazgrel abrió los ojos y alzo la voz sin querer. “Sospecho que los kor’kron son los responsables, pero no tengo pruebas.” – Admitió el anciano. “¿Has hablado con Garrosh sobre esto?” Eitrigg negó con la cabeza. “Se harto de escucharme. Ahora siempre lo acompaña Malkorok y sus kor’kron.” – Contesto el anciano con tono resignado. Nazgrel resopló y negó varias veces con la cabeza. “Entonces yo hablare con él y si no escucha, me llevare a mis guerreros de vuelta al Valle de Alterac.” – Señalo Nazgrel, caminando hacia la entrada de la choza poco después. “¿Y cuando Cromush castigue al clan, qué harás?” – Inquirió el anciano. – “Se lo que ocurrió allí, Nazgrel. Los Lobo Gélido están atados a esto. Por el bien de tu clan, debes de quedarte y seguir sus órdenes por ahora.” Nazgrel se detuvo ante la entrada y guardo silencio. Eitrigg tenia razón, pero su disgusto con esa realidad quedo patente con el fuerte puñetazo que dio a la puerta. Esta Horda no era la que dejo atrás cuando cruzo el Portal Oscuro por primera vez, esta Horda apestaba casi tanto como la Horda Vil, solo que no había magia demoniaca, ni orcos de pieles rojas. No, peor aún, era uno de los orcos puros quien estaba permitiendo todo esto. “¿Y cuales son las ordenes del jefe de guerra?” – Nazgrel le miro por encima de su hombro derecho. – “¿Puedes compartir conmigo o debo esperar a que uno de sus kor’kron me llame, también?” Eitrigg suspiro con resignación. “Eso puedo decírtelo yo.” – Respondió el anciano con un tono templado, entendiendo la frustración del Lobo Gélido. – “La Horda atacara el Fuerte del Norte y luego, marcharemos a Theramore. Los mensajeros marcharon poco antes de que tu llegaras…”
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    Yo buscando imágenes para el pj que ya envié : (
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    Recién sacados del horno @Añil @starforje
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    Muchas gracias a todos por sus buenos deseos. El día fue muy bien y esto aportó un granito para que fuese mejor. Un saludo y nuevamente gracias a todos!
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    Fuerte del Norte Ficha de Combate Destreza 3 Percepción 2 Agilidad 3 Resistencia 2 Armas de Filo de una mano: 5 (+3 des) Armas de Fuego: 4 (+2 per) Percepción sensorial: 6 (+2 per) Defensa fisica: 5 (+3 agi / +2 res) Ficha de Combate Destreza 2 Percepción 2 Conocimiento: 4 Agilidad 1 Combate sin armas: 3 (+2 des) Hechizos ofensivos: 7 (+4 con) Percepción sensorial: 4 (+2 per) Percepción extrasensorial: 4 (+2 per) Defensa fisica: 3 (+1 agi) Ficha de Combate Destreza 4 Percepción 2 Agilidad 1 Resistencia 3 Armas de Filo de una mano: 5 (+4 des) Percepción sensorial: 3 (+2 per) Defensa fisica: 4 (+1 agi / +3 res) Ficha de Combate Destreza 2 Percepción 4 Agilidad 3 Resistencia 1 Armas de Filo de una mano: 3 (+2 des) Armas de Fuego: 4 (+4 per) Percepción sensorial: 3 (+4 per) Defensa fisica: 2 (+3 agi / +1 res)
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    @Mistleave El lado positivo de palmar en Theramore, te ahorras el trauma
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    ¡Feliz cumpleaños, Galdoreth! *Te viste con un gorro de cumpleaños, lanza confeti para la ocasión y coloca un colorido pastel frente a ti* ¡Que disfrutes de tu día y cumplas muchos más, melenudo! @Galdoreth
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    Bueno, bueno... Creo que no puedo competir contra el regalo de @Nymleth, pero... Aún así, te entrego el mío con musho cariño, porque eres mi bro, y los bros se quieren mucho, bro!
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    XIII Los días de aquel caluroso verano empezaban a acortarse a pasos agigantados. Las hojas ya empezaban a languidecer en los árboles y el ambiente olía a humedad, recargado por las intermitentes lluvias de los últimos días. En Lordaeron todo había cambiado. La tierra, que había sido removida y bañada en sangre durante aquellos fatídicos meses, volvía a crecer ahora. Todos aquellos que habían visto sus vidas quebradas por el conflicto, que habían dejado atrás todo lo que consideraban suyo para salvar la más importante de sus pertenencias, su vida, regresaban ahora a los escombros de lo que una vez fue su mundo. Como años atrás, los muros de la gran ciudad habían acogido bajo su sombra el interminable desfile de aquellos que tras haber regresado a sus hogares no habían encontrado nada en pie. Todos ellos ahora clavaban las rodillas en el suelo y extendían las manos, rogando por la voluntad de aquellos que aún tenían algo que dar. Rogando por la voluntad de aquellos y la del monarca, en quien confiaban les sacase de la ruina al igual que les había sacado de la guerra. No eran ya huidos de Ventomenta, emigrados de su reino en llamas. Eran esta vez hijos e hijas de aquella tierra. Gente anciana que había despedido a sus jóvenes hijos cuando fueron llamados y a quienes nunca volverían a ver. Este fue la situación que Ethmund encontró cuando sus pasos lo volvieron a llevar a la capital. Tras días de camino la vio en la distancia; la ciudad real. Lejos de la estructura gloriosa que recordaba, la visión hacia juicio al resto de la tierra. Los muros externos dejaban vislumbrar incontables cicatrices, las cúpulas de los edificios estaban quebradas, los tejados de las casas hechos añicos, y era evidente por las columnas de humo que algunos fuegos aún estaban activos. El camino se hizo eterno a pesar de la corta distancia que ahora lo separaba de la ciudad. La calzada que había tomado no era sino una constante de penitentes. Familias rotas, pelotones diezmados, vagantes en su más extensa definición. Había también a ambos lados del camino bultos, sin duda aquellos que no habían llegado a su destino. Algunos de los viajantes se afanaban por darles sepultura, otros hacían lo propio con sus pertenencias. Al cabo de unos minutos se vio obligado a detenerse. Frente a él un extenso grupo de hombres y mujeres bloqueaba el camino, observando algo que Ethmund aún no distinguía. Abriéndose paso entre algunos de ellos, un escalofrío recorrió su cuerpo cuando finalmente pudo ver: un poco más allá, siguiendo un sendero que acababa por desembocar en la calzada, un grupo de soldados marchaba en la misma dirección que seguían todos. Era evidente que se trataba de un grupo de soldados muy singular pues frente a ellos marchaba, con las dificultades propias de alguien a quien se han engrillado pies y manos, una columna de unas criaturas vistosas, grandes como un oso y verdes como la hierba: orcos. Se trataba sin duda alguna de un desfile grotesco y que levantaba los murmullo e incluso el temor entre los que los observaban en la distancia. Aquellos soldados, era evidente, tenían enormes dificultades para dirigir la comitiva a pesar de lo encadenado de sus prisioneros. Parecía que en cualquier momento aquellas criaturas podrían quitarse los grilletes como quien se extrae un guante y sembrar el caos. Algunos gruñían, otros se detenían obligando a los soldados a instigarlos. Parecían ser aquellas criaturas verdes las que decidían la dirección de la comitiva, y no sus captores. —¡Matádlos! El grito resonó entre el tumulto. Había sido lanzado por un hombre anciano, al a derecha de Ethmund. La incomodidad se hizo creciente en unos breves segundos y pronto varias otras voces repitieron la premisa. —¡Matad a esas bestias! —¡Quemadlos! Las demandas inundaron el ambiente y se comenzaba a sentir una creciente tensión. Algunos de los viandantes se adelantaron unos pasos y tomaron cantos del suelo, lanzándolos después, sin mucho éxito, hacia las criaturas. Los orcos se detuvieron firmemente, haciendo esta vez caso omiso a las demandas de los soldados, incapaces estos de hacer valer su voluntad. Uno de ellos ordenaba, casi rogaba, a los agresores que se detuviesen, sin éxito. Todo pasó muy rápido y a pesar de esto pareció una eternidad. El primero de los orcos, algo más grande que el resto, uno de sus colmillos astillado y varias cicatrices abiertas y cerradas en su piel de un verde más pálido, forcejeó con los soldados que los guiaban en la cabecera. Sus grilletes no fueron mucho más que mantequilla en sus manos. Las grandes manos libres, apartaron de un golpe seco a los dos hombres y antes de que el resto pudiese echarse sobre él, ya había liberado sus pies. Aquellos ojos ardían rojos como la sangre. Alrededor de Ethmund los gritos y las pedradas se seguían sucediendo. Solo unos pocos más ágiles de mente habían empezado ya a correr en la otra dirección cuando los pesados pasos de aquella bestia comenzaron a descender hacia el tumulto. Cuando sus zancadas habían estrechado ya notablemente la distancia que los separaba, el tumulto se desmembró en decenas de gritos de terror que se dispersaban en todas direcciones. Tarde. Aquel muchacho de pelo cobrizo que había pasado mil penurias no supo que hacer. Acostumbrado en su vida a correr, podría haberlo hecho una vez más. Cuando su esparcida cabeza logró obligarlo a correr por su vida, ya era demasiado tarde. Recibió junto a otros a su lado el impacto de algo duro como la roca y salió despedido varios metros, nublándosele la vista por momentos. La sucesión de gritos de terror y pasos precipitados a su alrededor tomó la tesitura de un sueño que se dilató durante unos interminables segundos. A ambos lados del lugar en el que había aterrizado, pasos apresurados lo rodeaban sin mirar atrás hicieron que recuperase la consciencia y se obligase a levantar. Trastabilló tras pisar la vaina de la espada y sus manos encontraron el suelo para volverlo a empujar sobre sus pies. Miró en rededor, desorientado, encontrando como único punto de referencia la descomunal espalda de piel verdosa que se desembarazaba de los soldados que intentaban reducirlo. Tiempo después, cuando intentaba hacer memoria de lo sucedido, Ethmund nunca fue capaz de poner en palabras lo que sea que le empujó a aquello: El muchacho llevó la mano a la empuñadura de la espada, aquella que se había llevado la vida del viejo, aquella espada que había arrebatado al padre de la niña. Corrió hacia aquella mole verde que, afanado en extirpar la vida de los soldados que lo habían perseguido, seguía dándole la espalda. Ethmund no contó nunca con gran fuerza, ni si quiera gran destreza. Estaba bastante seguro de que, a pesar de haber luchado en varias batallas de la guerra pasada, no había llegado a herir de muerte a ninguna de las bestias que encontró su filo. No obstante, aquel día el acero atravesó la terca piel verde hasta que la cruceta de su empuñadora le impidió continuar. Ethmund no vio nada más de aquel día. Un codo del tamaño del tamaño de un saco de cereal y con la consistencia de una asta de toro lo alcanzó en el rostro y apagó las luces. --------------------------- Despertó de improvisto, alterado, y cuando intentó incorporarse sintió que la cabeza le había sido acribillada con mil aguijones de abeja. Dos manos lo sostuvieron por pecho y espalda e invitaron a tumbarse de nuevo. Se dejó hacer y notó como la superficie que lo soportaba era blanda, incluso cómoda. Abrió un pequeño resquicio de sus ojos, viendo frente a si el rostro jovial de una mujer joven que, sonriendo, retiraba la mano de su pecho y cruzaba ambas sobre su propio regazo. Sonrió al muchacho. Ethmund, aturdido, apartó la mirada de la mujer y, abriendo completamente los ojos, buscó con prisa identificar el lugar en el que estaba. Era una sala pequeña de paredes blancas y pobremente iluminada con la luz diurna que entraba por una solitaria ventana situada a varios metros por encima de la cabecera de la cama en la que estaba. En el otro extremo de la habitación, una puerta de sólida madera, cerrada. Lo completaban un barreño de madera lleno de agua humeante, una vitrina con algunos frascos, otra cama vacía a su lado y la silla desde la que la mujer, sentada, lo miraba con curiosidad. —¿Dónde estoy? —preguntó Ethmund, cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los de la mujer. Entonces se fijó en sus rasgos. Era joven, sin duda, quizás tanto como él. Su negro pelo estaba recogido hacia atrás en una coleta. Tenía grandes ojeras a pesar de la juventud de su rostro y la frente tenía vistosas las marcas de expresión. Sobre aquellas ojeras, unos preciosos ojos azules lo miraban sin ningún tipo de prejuicio, con palpable interés. Solo cuando abrió la boca la observó Ethmund, pequeña. —Estamos en el Monasterio del norte. Esto es la enfermería —su voz era cálida y sencilla, agradable, la acompañó con una sonrisa divertida—. Mantuvieron la mirada unos instantes hasta que el torrente de preguntas sin respuesta que le acudían al muchacho se hicieron evidentes en su rostro. Avispada, supo reconocer las dudas en sus gestos. —Tres soldados te trajeron junto a otro de ellos —Señaló la cama vacía con su zurda—. Nos pidieron que cuidásemos de ambos. Ethmund miró la cama vacía y su rostro se ensombreció levemente. Se preparaba para preguntar de nuevo cuando la mujer volvió a hablar. —Está bien. Se recuperó antes que tú y se fue hace dos días. Tras sus palabras miró gratificada como la respuesta arrancaba de Ethmund un tímido asentimiento de agradecimiento. Acto seguido, se levantó de la silla y ofreció la mano al muchacho. —Intentemos caminar —dijo, instándole a que tomase su mano—. Llevas días tumbado y es mejor que vuelvas a caminar cuanto antes, ahora que has vuelto a encender la luz. Ethmund miró aquella mano amiga un segundo y sonrío por primera vez en varios días. Aquel gesto le generó algo de tirantez en el rostro, por su poco uso. Tomó la mano de la mujer y pudo notar la firmeza de esta. No era especialmente suave. Se ayudó de ella para poner se en pie y no se resistió a que ella aferrase su brazo cuando notó la falta de fuerza en las piernas. Abandonaron la habitación dando a parar a una gran galería abovedada que rodeaba un pequeño patio interno visible entre el arqueado. El claustro del monasterio era bello y la luz cálida que entraba por el jardín ensalzaba esta sensación. Las paredes tenían un color blanquecino, semejante al marfil y los arcos de la bóveda resaltaban con un rojo teja agradable. Ningún ruido alteraba la calma del lugar Tras recorrer el claustro al completo, pudo notar como tanto sus piernas como su cabeza parecían recobrar el vigor que recordaba, tenían. Ethmund no pudo esconder su sorpresa ante aquella sensación que lo embriagaba, y se detuvo. Su acompañante lo miro sonriente, quizás comprendiendo lo que debía estar pasándosele por la cabeza. —Mejor ¿verdad? —Mucho mejor.
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    Ese meme no me inspira confianza... xDDD
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    XIV A su alrededor, allá donde le alcanzaba la vista, se extendían interminables campos de siembra. Entre las parcelas plagadas de distintos sembrados de cereales serpenteaba una acequia de agua enclavada en la tierra, dándole ciertos nodos de frescura a aquel mar amarillo. Un poco más allá, en el límite de los cultivos, se alcanzaba a distinguir la compacta figura de un bosque de pequeño tamaño que aún quedaba enclavado en las tierras del monasterio. Todos aquellos terrenos eran rodeados por un murete de piedra rojiza, de unos dos metros de altura, que partía siguiendo una de las grandes paredes de la iglesia y rodeaba aquellas extensas hectáreas de cultivos, incluido el bosque, para luego regresar a la imponente figura del monasterio y cerrar así el recinto. Desde que había recuperado el vigor gustaba de recorrer aquel remanso de paz. Lo hacía en solitario las más veces, aunque en los últimos días Cecilia, la novicia que le había asistido, había insistido en acompañarle. Ambos habían entablado una buena relación desde que Ethmund llegase herido a aquel monasterio y ella se hubiese ocupado de sus heridas. No debían tener más de uno o dos años de diferencia, pero era evidente que provenían de caminos completamente distintos. Pocos eran los detalles sobre su pasado que aquella mujer de cabellos oscuros dejaba escapar en sus conversaciones. Casi parecía que toda su vida hubiese sido una repetición de aquellos metódicos y constantes días en el monasterio. A pesar de aquello, no era una persona arisca. Habitualmente tenía palabras buenas y pensamientos cargados de optimismo para el futuro de todos, incluido el de Ethmund. Accedía a compartir con él algunas de las reflexiones de la vida monacal, de la recién terminada guerra y el resultado de esta. Todo aquello le había ayudado a continuar estabilizando su caótica vida. Desde que recalara en la cabaña forestal del viejo Ethmund había dejado atrás muchos de sus errores y métodos que no le había sino empujado a un pozo del que le había sido muy difícil salir. Y aun cuando vio la luz al final del túnel, esta se cobró el elevado precio de la muerte una vez más. A pesar de todo aquello, la guerra había terminado y aquel muchacho se veía libre. Libre de forma terrenal, sin grilletes ni amenazas sobre si, pero preso aún de los actos que había cometido en el pasado y que aún le perseguían. Cecilia no sabía nada de aquello, no sabía que se había llevado a sangre fría la vida de Keveth el strómico o que había desertado del ejército. Ella lo veía, sin duda, como un desdichado de buen corazón, que se había enfrentado a un orco que arremetía contra un populacho enfurecido. Ethmund, por alguna razón, no la había hecho saber nada de aquello. No la había hablado de sus episodios más bajos ni del agujero de desdichas del que había salido a pesar de pensar que nunca lograría hacerlo. Era reacio a que sus antiguas acciones y derroteros sembrasen una semilla de desconfianza en aquella recién adquirida amistad, si es que así se podía llamar. Ambos caminaban por la campiña hablando de cosas mundanas, dos conocidos que se hablaban como completos desconocidos y que parecían reacios a revelar nada de importancia al otro. A pesar de aquello, se entendían. Emprendían ya el camino de regreso al monasterio, dejando atrás los campos de cereal y enfilando un sendero que bordeaba el pequeño bosque monacal. Era un camino que no tomaban habitualmente, pero tampoco les era desconocido o extraño. El bosque era, a pesar de su reducido tamaño, denso y oscuro en su interior, compacto. Las copas de los árboles se mecían con el suave viento de la tarde. Era sin duda un día tranquilo más. Toda aquella calma, aquel silencio, se vio roto cuando Ethmund y Cecilia estaban a punto de dejar atrás el bosque. Entre aquel silencio insondable propio de los terrenos que recorría, la repentina desbandada y piar de una bandada de aves que abandonó a prisa el bosque se hizo notar. Ethumnd se detuvo y siguió el vuelo de las aves con la mirada. Cecilia se detuvo también, aunque no pareció darle la extrema importancia que su acompañante le había otorgado. En ese momento la mujer captó algo por el rabillo del ojo, en el interior del bosque. Sus ojos se centraron en el interior de la árboleda y Ethmund ya se había acercado a ella para observar también hacia el interior. Una pareja de ojos pequeños los miraba fijamente. Eran los ojos de un infante, de un niño, sin lugar a dudas. Cecilia rápidamente había extendido su mano y dado dos pasos hacia el interior del bosque, buscando acercarse a la criatura. Entonces la mano firme de Ethmund rodeó la muñeca de ella y la obligó a detenerse. Otra pareja de ojos, rojos y más grandes, los observaba también unos pasos más allá. El rostro melancólico y magullado de aquella mujer orca no imprimía amenaza alguna, ni si quiera la fiereza a la que Ethmund se había acostumbrado. Aquella mujer verde imploraba misericordia a aquellos dos humanos que la habían encontrado a ella y a su retoño. Cecilia se quedó de piedra, observando con la boca abierta, tal vez por la visión de una de aquellas criaturas que tanto dolor habían causado, o quizás por haberse dado cuenta de que aquellos demonios también tenían cachorros indefensos. Ethmund miraba a la orca con tensión, conocedor de lo que tanto varones como hembras eran capaces de perpetrar. No tenía arma con la que defenderse, pero aquella orca no obstante no parecía agresiva. Todo lo contrario. El sonido taladrante del campanario llegó hasta su posición desde el monasterio. Ambos miraron en aquella dirección un mísero instante antes de darse cuenta de que, reaccionando al mismo sonido, aquella mujer orca había rodeado a su cachorro en sus brazos y se había ocultado más en el bosque. Ambos la miraron ocultarse como un animal herido. —Corre a avisar a alguien —dijo Ethmund, mirando a Cecilia—. Yo me quedaré aquí. La mujer lo miró y asintió en un mar de dudas, apretando el paso entonces por el sendero que llevaba al monasterio. Ethmund no quitaba los ojos de la figura de aquella orca. Era desconcertante ver como aquella imponente mujer se cobijaba por la presencia de dos escuálidos humanos. Mientras, su retoño lo miraba con curiosidad, sin miedo. Había dedicado tanto tiempo a cultivar su odio justificado a aquella raza que nunca se le había pasado por la cabeza una imagen así. Una madre asustada con un hijo en brazos. Verdes, si, pero madre e hijo igualmente. Comenzaron a escucharse pasos. Muchos. El tintineo de las mallas de metal acompañaba a aquella comitiva. Ethmund pudo ver un grupo de hombres de armas siendo guiados a aquella dirección por el abad del monasterio y por una Cecilia que lo miraba a él fijamente. De dónde habían salido aquellos hombres lo desconocía por completo; en el monasterio no había soldados. Ethmund creyó captar en ojos azules de Cecilia una súplica, una plegaria. Estaban ya muy cerca, el abad alzó la voz. —Apártate muchacho, deja que estos hombres saquen a la bestia. El nutrido grupo de hombres pasó junto a Ethmund y al interior del bosque sin dudar un instante. Tanto el abad como Cecilia aguardaron en el exterior, junto al que parecía el cabecilla de aquel grupo que había aparecido de improvisto. Ethmund miró inquisitivo a Cecilia, mirada que fue interceptada por aquel hombre de aspecto adusto. —Nosotros nos ocuparemos de esa bestia, chico —su voz era agria y parsimoniosa, hartas sus palabras de egocentrismo —. La seguíamos desde hace días hasta aquí y la novicia ha tenido a bien toparse con nosotros. —¿Habéis visto a la bestia aquí muchacho? —inquirió el abad, observando al interior del pequeño bosque donde se escuchaban las pisadas de los hombres—. Ethmund miró a Cecilia que, ante aquellas palabras, bajaba la cabeza. No parecía del todo conforme con lo que aquel hombre había expuesto. Asintió firmemente a las palabras del abad y aguardó en silencio sepulcral a partir de ese momento. Uno de los hombres en el interior de la arboleda dio una voz, una orden, y pudieron escuchar pasos apresurados que parecían converger en un punto. Entonces escucharon un gruñido rabioso que se ahogó en cuestión de segundos. Al cabo de unos instantes, los pasos de los hombres que regresaban sirvieron de preludio para la imagen que les siguió. La orca salió precedida de uno de aquellos hombres, presa, con un cepo de madera alrededor de su cuello y sus brazos. Tras ella fueron apareciendo el resto de los hombres hasta llegar al último, que asía del pie la pequeña figura del cachorro orco, suspendida en el aire. Una carcajada se desató en la garganta del cabecilla de aquel grupo. —¡Una cría! —su voz se volvió estridente, jocosa, cargada de desprecio—. No puede ser, hemos cazado una madre con su cría. Algunos de sus hombres sonrieron ante el comentario de su líder y el que llevaba al crio lo observo de cerca, agitándolo con el brazo, orgullo de ser él quien había atrapado la pierna de aquel renacuajo. Por las risas y la exclamación, era evidente que aquellos hombres habían perseguido a la orca desconocedores de que cargaba con ella un cachorro. —¡Nos vamos! —de nuevo la voz de aquel hombre, que ya había dejado de reir — Buen trabajo. Si el abad nos lo permite, haremos noche aquí antes de continuar con nuestro viaje. ¡Está anocheciendo! El abad del monasterio cedió sin problemas a la solicitud de aquel hombre y el grupo enfiló el sendero que regresaba al monasterio, instigando a aquella orca a caminar. A su paso junto a los dos muchachos, aquella mujer derrotada los miró con una mezcla de rabia e impotencia. Escupió a los pies de Cecilia y bufo, tras lo cual recibió un golpe en el rostro, que uno de los hombres le propinó con el dorso de la mano antes de continuar caminando. Cecilia se sentó en el suelo rodeando las rodillas con sus brazos y observando los cultivos con impotencia. Ethmund se sentía igualmente consternado. Había arrebatado la vida a algunas de aquellas bestias en la guerra, pero esto había sido distinto. Aquellas eran bestias viles, descontroladas y asesinas a cuyas espaldas nunca había imaginado que habría retoños y quizás familias. Posó una mano en el hombro de Cecilia y se acuclilló junto a ella, intentando reconfortarla. —Son carceleros. Carceleros de campos de prisioneros donde los llevan —mientras hablaba, alzó la mirada hacia Ethmund—. Estaban buscándolos, estaban hablando con el abad. Yo no supe que hacer… Él asintió a sus palabras, comprendiendo entonces de donde habían salido aquellos hombres y la situación complicada en la que ella se había encontrado. El destino parecía haber tomado ya una decisión sobre aquellos fugitivos. Quizás si aquellos hombres no hubiesen aparecido, el abad habría tenido a bien dejarlos marchar, u otra solución que no sellase el destino de aquellas dos criaturas. —Hiciste lo correcto —y dio una breve palmada en su hombro y a pesar de que sus palabras eran sinceras, a pesar de que creía en lo que decía, no pudo evitar cuestionarse—. Hicimos lo correcto. Hubo un breve silencio entre ambos. Cecilia arrancó a negar y unas gruesas lágrimas corrieron por su rostro. Las dudas surcaban su rostro otrora jovial. Ethmund se puso en pie y ofreció su mano, que ella tomó con agradecimiento. Emprendieron el camino de regreso al monasterio como dos almas en pena. Nunca Ethmund había pensado que llegaría a sentir empatía por una de aquellas criaturas.
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    Es más a manera de coña la respuesta a este post, pero debo decir el ritmo me es relajante... o quizás sea Cromi que hace sea difícil dejar de verla.
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    Música ambiental ¿Qué es la vida si no una sucesión de años sobre el cuerpo y el atesoramiento de recuerdos en nuestra mente? Recuerdos que no siempre tienen que ser amables, para nuestra desgracia… O quizá para nuestro beneficio, pues de cualquier vivencia se saca un aprendizaje, y es bien sabido que sin un equilibro en todas las cosas el mundo, quizá, dejaría de ser tal como lo conocemos. El primer recuerdo de aquella pequeña quel’dorei de cabellos dorados, cuerpo menudo, y ojos de un suave celeste, es el perfume del éter en la enfermería del hospicio; ese aroma desagradable y picante que a ella le parecía lo más curioso del mundo, de ese pequeño mundo infantil suyo que sólo había conocido los muros de piedra de aquel hospicio y el cariño de las buenas gentes que en él trabajaban voluntariamente. Pero no había dolor ni drama en aquello, la infancia de Elyrien había sido feliz. A ella le gustaba pulular por aquellos corredores e ir a la enfermería, donde se colaba siempre que podía y miraba el quehacer de las sanadoras que prestaban allí servicio. - ¿Pero ya estás aquí otra vez, criatura? – tropezó con ella una elfa enjuta y de rostro algo severo - ¿Por qué no vas fuera, con los demás, a que te dé un poco el sol? - Porque me aburro – respondió decidida la pequeña. - ¿Cómo qué te aburres? ¿Prefieres estar aquí estorbando? ¿No ves que con los utensilios que hay en la enfermería podrías hacerte daño? - ¿Qué ocurre? – preguntó al pasar otra gentil de cabellos blanqueados por la edad y la bondad reflejada en una sonrisa tenue, observando primero a la adulta y luego a la menor - Lady Nïniel esta chiquilla se empeña en usar la enfermería como campo de juego La dama de cabellos níveos bajó los ojos violáceos hasta la pequeña y luego se inclinó ligeramente hacia ella para quedar relativamente a su altura. - ¿Cómo te llamas, pequeña? – sonó de nuevo aquella voz delicada y amable. - Elyrien - ¿Y por qué no estás fuera con los demás? Hoy hace un bonito día de primavera, con todos los colores y los perfumes de esta época que se muestran sólo para ti. - Yo no quiero jugar, señora, quiero aprender a curar a la gente, como hacen aquí – señaló la niña hacia el interior de la enfermería. La dama se incorporó alzando las cejas por la determinación mostrada por aquella criatura a tan tierna edad. - Yo me encargo, hermana – asintió entonces a la otra quel’dorei Y a partir de aquel momento, lady Nïniel, una dama de alta cuna que renunció a sus posesiones, su título, e incluso a formar su propia familia en favor de la de otros, se convirtió en la mentora de aquella niña curiosa y resuelta. La dama le enseñó el conocimiento del cuerpo humano, el arte de la sanación a través de los instrumentos que la Naturaleza otorga, e incluso le enseñó a tocar algunos instrumentos. En definitiva, la educó para que, aunque no fuera una dama por nacimiento, sí pudiera mostrar las formas y maneras de una noble gentil, complementando así los otros saberes que había adquirido en el orfanato: leer, escribir, coser, cocinar…. - La educación es el mayor tesoro que tendrás en esta vida, mi pequeña Elyrien. Aprende a ser cortés con los demás pues una palabra amable la agracederá el noble de nacimiento pero aún más el moribundo al que consolarás en su último tránsito. La vida transcurría tranquila en el hospicio, Nïniel le había dado un hogar a la joven elfa pero había tenido cuidado, a pesar de mostrarse amable y protectora con ella, de que la relación entre ambas no fuera más allá de tutora y pupila pues la dama sabía que eran muchos años ya los que había sobre sus espaldas y el fin no habría de andar muy lejos; no quería que el disgusto para la joven fuera mayor del necesario. - ¿Sabes que en esta época es cuando los pajarillos echan a volar y marchan de sus nidos? – comentó un día mientras paseaban. Elyrien la miró, comprendiendo lo que quería decirle, y del mismo modo que ella la había entendido, la dama pareció adivinar sus pensamientos – No, no me molestas en absoluto, pero quiero que seas una dama fuerte e independiente, Elyrien, y no lo serás si siempre llevas un lastre contigo. - Pero tú no eres ningún lastre, Nïnny, eres mi Maestra. La risa suave y taimada de la elfa de cabellos plateados ascendió cual ave entre la fronda de los altos árboles que les rodeaban. - Ay pequeña… Lo sé, ¿pero entiendes lo que quiero decir? - Creo que sí – Asintió ella - Me alegro, porque te mudas mañana – Elyrien abrió los ojos como platos – Te he conseguido una casita pequeña en las lindes de la ciudad. - Pero si no tienes…. - Ah, querida, puede que ya no posea fortuna pero aún tengo quien me debe favores – le guiñó un ojo. - Eso está mal –puntualizó la jovencita. - Está mal si te cobras los favores de forma ilícita, pero no es mi caso, el dueño de la casa la tenía abandonada y me la cedió gustoso cuando le comenté que mi pupila buscaba un sitio para iniciar su vida de manera independiente. Y de este modo, la joven Elyrien comenzó su andadura en solitario. A medida que pasaba el tiempo la joven ganaba reconocimiento por su buena labor y su carácter amable, y aparte de su voluntariado en el hospicio se ganaba la vida como aprendiz de uno de los apotecarios de la ciudad; además, las visitas a su pequeña casa para pedir remedios herbales a dolencias leves era un incesante goteo que muchas veces la tenía despierta hasta la madrugada. Pero ella disfrutaba con todo aquello, ayudando a los demás, siempre lo había tenido claro, siempre había sabido que aquella era la vida que quería vivir, así que podía decir que seguía siendo feliz. Aquella tarde había salido algo más tarde a recolectar hierbas, sabía que a aquellas horas no era recomendable transitar por aquella zona del bosque, pero no tenía más remedio que hacerlo pues necesitaba los ingredientes para hacer un preparado que necesitaba, al menos, de tres noches de maceración. Tenía la costumbre de que, al tiempo que recogía con mimo y dedicación las plantas, entonaba alguna canción a modo de personal agradecimiento a la Naturaleza y a la propia planta por el servicio que iba a ofrecerle; también se entretenía en anotar en su libretilla de campo todo aquello que le iba viniendo a la mente sobre las hierbas que recolectaba, o los descubrimientos fortuitos que hacía sobre el terreno. Y estando en estos menesteres vio que la noche ya se había cernido sobre el bosque, así que recogió con premura sus útiles de recolección y guardó cuidadosamente las plantas en el cestillo de mimbre que había traído, y al incorporarse le pareció escuchar algo, pudiera haber sido el crujir de unas pisadas sobre la hojarasca del bosque, quizá algún animal, y apeló al Sol y a la Luna, pues ella creía en la dualidad de las cosas, para que no fuera un animal peligroso. Comenzó a caminar con premura, no había vereda, pero ella conocía la senda, llevaba años recorriendo aquellos mismos caminos trazados en su mente, donde sabía que las plantas que necesitaba crecían. Y a medida que pasaba por entre los árboles, de tanto en tanto, miraba atrás pues las pisadas ahora parecían más cercanas: eran lentas, como el arrastrar de unos pies cansados, y reverberaban en el bosque no dejando claro de dónde provenían. Estando con el rostro vuelto hacia atrás para comprobar que nadie la estuviera siguiendo, sintió que unas manos la aferraban por los hombros y la detenían. Con un grito aterrado volvió la vista al frente para comprobar cómo el dueño de aquellas manos soltaba su presa y caía a sus pies. - Ayudadme…. mi señora…. Os lo ruego…. – imploró el joven de caras y ensangrentadas ropas que se había desplomado ante ella. Como buenamente pudo lo ayudó a incorporarse y, a pesar de estar malherido, lograron llegar hasta la casita que la gentil llamaba hogar, sin embargo las heridas ya se habían infectado. La aprendiz de galeno limpió y suturó cuidadosamente cada laceración y las trató para que no volvieran a contaminarse pero la fiebre tuvo al joven sin nombre durante varios días delirando palabras ininteligibles. Elyrien envió una misiva a su Maestra para informarle de que estaría ausente de su tarea en el hospicio durante el periodo de convalecencia del elfo, y de igual modo envió otra carta al apotecario para excusarse por los días que no acudiría a atender la botica. Mientras los días pasaban, el desconocido parecía ir recuperando poco a poco la salud perdida y entre tanto, Elyrien no estaba ociosa; la gente visitaba ahora más asiduamente su casa para que atendiera sus dolencias o, muchas veces, simplemente para hablar, pues la joven, paciente y amable, escuchaba los problemas o aflicciones de aquellas personas que llegaban a ella para desahogarse, incluso algunos días leía cuentos a un pequeño grupo de niños que ya parecían ser habituales por la casa. - ¿Por qué hacéis eso? – preguntó el joven cuando ella fue a atender su estado aquel día. - ¿Hacer qué? - inquirió ella mientras cambiaba el vendaje del pecho por uno limpio tras comprobar que las heridas cicatrizaban de manera correcta. - Escuchar a esa gente. No vienen a curar heridas ni a pedir tratamientos – preguntó sin maldad o egoísmo en sus palabras, simplemente por pura necesidad de entendimiento puesto que la mayoría de la gente se movía por interés en aquella ciudad. - A veces el escuchar tiene unos efectos curativos mejores que la mejor de las medicinas – respondió ella con una sonrisa cálida mientras volvía a colocarle el sencillo jubón de cama con el que lo había vestido. El joven la miró, observando cada detalle del bello rostro de la aprendiz y preguntándose qué la movería entonces a ese altruismo extraño. - Me llamo Eltharion. - Yo soy Elyrien – respondió con aquella voz suave, mirándole a los ojos y manteniendo la sonrisa que parecía acompañar siempre a sus palabras. La joven se ofreció a ir a buscar a la familia del muchacho, pero él le rogó encarecidamente que no lo hiciera, contándole que estaba inmerso en un conflicto de intereses por parte de sus padres, quiénes lo querían prometer con la primogénita de una notable casa de la ciudad para que el apellido Crimsonlight medrara en política igual que lo había hecho en riquezas. A los pocos días, Elyrien retomó su día a día puesto que el muchacho ya estaba lo suficientemente restablecido como para valerse por sí mismo aunque aún estuviera convaleciente; iba a la apoteca, echaba una mano en el hospicio, pasaba por la biblioteca y regresaba a casa. Aquel era su itinerario la mayoría de días, y el poco tiempo libre del que disponía lo dedicaba a las personas que la visitaban. Nïnny le había dicho que debía de guardar tiempo para ella, por mucho que le pareciera que el mirar por los demás la llenaba por completo. - Hay un tiempo para los demás y un tiempo propio, uno para pensar en ti, en las cosas que te gustan y que no tienen que ver con el prójimo ni con la ayuda que prestas, Elyrien. Créeme, sé de qué hablo, querida. Al principio piensas que toda esa satisfacción personal llenará tu día a día, pero cuando te das cuenta, estás en una casa vacía con el tiempo en tu contra. - Pensé que tu elegiste este camino – la observó con aquellos serenos ojos azules. - Y lo hice, y estoy orgullosa de las cosas que he hecho – respondió la dama, con un deje nostálgico en la voz, perdiendo la mirada en el horizonte de aquel precioso atardecer - pero si pudiera volver atrás elegiría otro camino, uno no muy diferente, uno con un esposo y quizá un hijo…. – Un suspiro quedo puso punto final a aquella conversación y ninguna de las dos sintió la necesidad de continuarla pues ambas sabían lo que la otra pensaba. Finalmente Eltharion regresó a su hogar, donde le esperaba una vez más la presión de su apellido. Cuando lo hizo, llevó a Elyrien consigo y la presentó a sus padres, quiénes de manera bastante poco considerada le dieron las gracias ofreciéndole una abultada bolsa en pago a sus cuidados y la instaron a marcharse. La aprendiz de galeno no pareció tomarse a mal aquel comportamiento y, al contario, sonrió agradecida pero se negó a aceptar el pago, diciendo que en su lugar, donaran aquel dinero al hospicio. - Lo siento – se disculpó Eltharion cuando la acompañó a la puerta. - ¿Por qué? Si no ha pasado nada – restó importancia ella a lo ocurrido al ver la rabia contenida en los ojos azules del gentil y su mandíbula tensa – Cuidaos, y no volváis a salir al bosque en las mismas circunstancias en que lo hicisteis esta vez, la ira no es buena consejera y embota los sentidos – recomendó, amable, para luego salir. A pesar de la advertencia de sus progenitores, Eltharion siguió viendo a la joven apotecaria, yendo a buscarla cuando salía de la botica, visitándola en el hospicio, intercambiando miradas y sonrisas furtivas cuando él estaba acompañando y se encontraban en algún lugar… Compartían pequeños ratos siempre que podían y se contaban al uno al otro todo de sí, hasta darse cuenta de que, de aquellas partes del todo que forman el Universo, dos pequeñas piezas habían vuelto a unirse, y aunque la relación había de ser del todo clandestina, a ellos no les importaba mientras pudieran saber que se tenían el uno al otro. El tiempo pasó deprisa, todo lo deprisa que pueden pasar los años para los que viven centurias. La joven sanadora continuaba sus estudios al tiempo que el primogénito y único hijo de la casa Crimsonlight seguía su guerra personal contra los suyos y, de nuevo a espaldas de su familia, aprendía el noble oficio de la herrería. Como cada noche, Elyrien había cerrado ya la puerta de su casa, que solía estar abierta para que quienes acudían a ella en busca de ayuda pudieran entrar libremente. Un par de golpes secos sobre la madera de la puerta llamaron su atención, pensó que sería alguna urgencia y acudió a abrir. Ante ella estaba el rostro altivo de la madre de Eltharion, quien le sonrió y le pidió permiso para entrar. - Buenas noches, querida, perdonad que os moleste a estas horas pero necesito de vuestra ayuda. - Claro, mi señora, lo que necesitéis – asintió ella – Iba a preparar té, ¿os apetece? - Sois muy gentil, pero he de declinar vuestra oferta pues no dispongo de mucho tiempo. Veréis, sé que os seguís viendo con mi hijo – Ante aquellas palabras la sonrisa se desdibujó del rostro de Elyrien, quien se sentía como una niña pequeña a quién le hubieran pillado haciendo una trastada – Sé que le amáis realmente y precisamente por eso estoy aquí – Un pequeño rayo de esperanza pareció iluminar los ojos de la aprendiz quien pensó que quizá los padres del muchacho habían entrado en razón – Si realmente le queréis, no querréis ser culpable de que su futuro se trunque, ¿verdad? Eltharion tiene ante sí una carrera política que podría ser más que notable, pero si abandona todo eso ahora ¿qué le espera? ¿Deslomarse arando un campo? ¿Trabajar de sol a sol por un sueldo miserable? Sé que le queréis, pero a veces, querida, el amor no es suficiente. - Pero… - Sí, ya sé que sois una buena persona, que sois voluntaria en el hospicio y que la gente de por aquí habla maravillas de vos, pero decidme ¿qué podéis ofrecerle? Os hablo de un futuro prometedor, una vida llena de éxitos, y todo eso se irá al traste si renuncia a ello en favor de una vida humilde – la quel’dorei tomó las manos de Elyrien y la miró a los ojos – Quizá no lo entendáis porque no sois madre aún pero cualquier madre desea lo mejor para sus hijos, y eso es lo que quiero para Eltharion, querida. Apelo a vuestra razón y a la generosidad de vuestro corazón, que sabrá hacer lo correcto. Tras la conversación con Lady Crimsonlight, Elyrien no volvió a ver a Eltharion. Por mucho que él trataba de buscarla en los sitios que solía frecuentar, ella variaba sus rutinas para no coincidir, hasta que un día volvieron a encontrarse, y aunque al principio ella no soltaba palabra e inventaba excusas difusas finalmente tuvo que claudicar y contar la verdad. Ese mismo día, y tras una fuerte e irreconciliable discusión con sus padres que culminó con la amenaza de ser desheredado si continuaba en su empeño de no seguir los planes designados para él, Eltharion se mudó a la pequeña casa de la aprendiz. - Me hubiera gustado darte esto en otras circunstancias – dijo él con aire afligido mientras tomaba una caja alargada de entre las pocas cosas que había traído y se la entregaba. Al abrirla, Elyrien encontró un precioso y delicado vestido de color blanco y dorado bordado en hilo de oro. - Es…. lo más bonito que he tenido nunca – sonrió con los ojos algo empañados por la emoción pues no era alguien de darse muchos caprichos y, aunque la ropa era una de sus pasiones y había aprendido a coser para hacerse la suya propia, su salario no le permitía hacer grandes desembolsos para estos menesteres. - Te equivocas, lo más bonito que tienes, siempre estará aquí – respondió él poniéndole la mano sobre el corazón. La apoteca estaba a punto de cerrar, Elyrien barría el suelo para dejar todo listo para abrir a la mañana siguiente cuando se escuchó un griterío afuera. - ¿Qué ocurre, Elyrien? – preguntó el boticario asomándose desde la trastienda - ¿Es algún altercado? - No lo sé – dijo abriendo la puerta y saliendo fuera para comprobarlo in situ. Al hacerlo vio a algunas personas correr calle arriba diciendo cosas inconexas, hasta que preguntó a un quel’dorei que pasó junto a la botica. - ¿Qué es lo que ocurre? - Dicen que la defensa de los monolitos se ha roto – contó con apremio el elfo. - Pero eso es imposible – dijo el boticario, que acababa de salir para enterarse de la noticia, negando con gesto incrédulo. Entonces se oyó un siseo en el cielo, y una estrella fugaz de color negro dejó una parábola bruna a su paso. Los ojos de los tres quel’dorei que estaban hablando siguieron el recorrido de aquel meteoro y observaron horrorizados cómo lo que parecía ser una concatenación de cadáveres descompuestos y unidos entre sí por algún tipo de magia oscura se estrellaba contra una de las torres de la biblioteca dejando tras de sí un agujero que hizo que la construcción se estremeciera. Entonces... se desató la vorágine. La gente de Lunargenta, confundida, se echó a la calle para comprobar cómo un sinfín de proyectiles oscurecían la tarde. Nadie sabía a ciencia cierta qué es lo que estaba pasando pero el caos se desató en poco tiempo en la ciudadela a medida que las construcciones y las calles iban quedando reducidas poco menos que a escombros salpicados de los restos putrefactos de los cadáveres con los que estaban siendo bombardeados. El boticario cogió por el brazo a Elyrien y tiró de ella hacia dentro del establecimiento pero entonces un joven elfo llegó gritando el nombre de la gentil. - Lady Elyrien – la llamó por el título de cortesía por el que solían referirse a ella en actitud de respeto y gratitud por el trabajo que desempeñaba cuidado de su prójimo – tenéis que venir conmigo a la sala de curas, aquello es un caos, hay muchos heridos, los sanadores no dan abasto –apremió con gesto angustiado. - Ni hablar, no es seguro, lo mejor es encerrarse y esperar – negó el apotecario. - Tampoco es seguro encerrarse, mi señor – dijo con la cortesía largo tiempo aprendida con la que solía tratar a todo el mundo – y además mi sitio está con los que me necesitan – y asintió al elfo, quien echó a correr alejándose seguido por ella. El panorama en la sala de curas era espeluznante, los heridos no paraban de llegar y se amontonaban en las tres salas disponibles mientras los sacerdotes trataban indiscriminadamente a los que iban llegando viéndose sobrepasados por la situación. Por todos lados se escuchaban gritos de angustia y dolor, y peticiones de auxilio. Elyrien caminaba por entre quel’dorei malheridos, muertos, y mutilados mientras el sonido de los derrumbes y los gritos de terror se filtraban por todas partes. El suelo temblaba de tanto en tanto bajo sus pies y cuando pasó junto a una cama alguien le agarró de la manga del vestido y dio un tirón seco, desgarrándole las costuras del hombro. - A…Ayudadme…. por piedad… – pidió un quel’dorei mirándola suplicante. Elyrien bajó la mirada hasta su vientre, totalmente desgarrado y cuyos intestinos eran una masa sanguinolenta más fuera que dentro de su cuerpo. - Tranquilo – le dijo agarrándole con afecto la mano empapada en sangre que el elfo aún tenía aferrada a su manga – Haré que el dolor desaparezca – le sonrió cálida, y rápidamente fue hacia una vitrina de dónde sacó una jeringa y un pequeño frasco con un líquido violáceo. Llenó la cánula con el fluido del frasco y buscó una vena en el macilento brazo del elfo – Ahora dormid, por la mañana os sentiréis mejor – mintió con entereza a sabiendas de que lo que le había inyectado lo dormiría para siempre, y cuando el quel’dorei cerró los ojos ella miró alrededor contemplando la descoordinación reinante que hacía que se atendieran heridas leves y se dejara en espera a los heridos verdaderamente graves. Caminó hacia un elfo con el que había compartido multitud de horas en el estudio de la medicina y le habló con firmeza. - Debemos de separar por gravedad a los heridos, los sacerdotes no pueden curar heridas que no sean realmente de vida o muerte, si no morirá mucha más gente de la que ya va a perecer de por sí. Tenemos que ayudarles– Miró alrededor y vio un escritorio, se dirigió a él entre el tumulto y regresó con dos frascos de tinta, uno negro y otro rojo – Toma, haz una marca en la frente, si está ensangrentada límpiala primero para que la marca se vea con claridad, roja a los graves, negra a los que ya no se pueda hacer nada por ellos. - ¿Vas… vas a dejar morir a la gente, Elyrien? – la miró el elfo como si fuera una hereje. - En situación normal sabes que no daría a nadie por perdido, Phaeron, pero estamos ante una situación extrema. - Yo… yo no puedo hacer eso… no puedo decidir quién vive o quien muere – negó mientras recibía en sus manos los dos frascos de tinta. - Tú no decidirás nada, otros ya lo han hecho por ti. No te sientas culpable, estarás haciendo lo correcto, podremos salvar más vidas si priorizamos – puso su mano sobre la de él y la apretó suavemente para infundirle valor, asintiendo - Di a alguien que te ayude a agrupar a los heridos por las marcas, los que no sean graves que los pasen a esta sala y les trataremos aquí, los que estén graves que los pasen a la sala de al lado, yo avisaré ahora a los sacerdotes y habilitaré una sala para los desahuciados – y sin decir más se marchó para comenzar con su parte de la labor La tarde agonizaba entre gritos, dolor y muerte, y las noticias que iban llegando eran cada vez más funestas. Se decía que la Plaga recorría los bosques de Quel’Thalas, que la general Sylvanas había caído, y que la organización de forestales y magos no sería ya suficiente para detener al ejército cuyo objetivo, al parecer, era la Fuente del Sol. Elyrien operaba de urgencia a una quel’dorei embarazada para poder salvar al bebé ya que el corazón de la madre apenas si latía. Entonces el suelo tembló de nuevo, y una grieta en el techo avanzó como un rayo negro dibujado sobre firmamento blanco. - ¡Cuidado, el techo va a caer! – advirtió alguien, pero la quel’dorei hizo caso omiso y continuó con su tarea, ya faltaba poco, sólo tenía que cortar la bolsa y sacaría al pequeño. - Ya casi está – se dijo a sí misma en un susurro, pero cuando iba a deslizar el bisturí sintió cómo alguien la agarraba por los hombros y tiraba de ella hacia atrás cayendo ambos al suelo justo a tiempo para que los escombros que cedieron del techo al hundirse parcialmente no la aplastaran – ¡¡¡No, no, no!!! – gritó al comprobar cómo los cascotes habían cubierto casi por completo a la parturienta a su nonata progenie. - ¡Elyrien, ya no puedes hacer nada, tenemos que salir de aquí, el edificio amenaza con derrumbarse! – le dijo Phaeron con premura, a lo que ella se levantó y caminó desesperada por entre las camillas y las gentes agonizantes. Las paredes de casi todas las salas tenían grietas que las recorrían como venas oscuras que con cada pulso se hacían más extensas, Elyrien entró en la estancia donde habían colocado a los cadáveres y se apoyó en la pared dejándose resbalar hasta que se sentó en el suelo llevándose las manos a la cara, y por primera vez se permitió el lujo de desfallecer sollozando desesperada hasta que poco a poco recobró la compostura y sacudió la cabeza negando, se pasó las manos por las mejillas, ensangrentándolas, para retirar las lágrimas y se puso en pie, carraspeando ligeramente para volver a sacar fuerzas de flaqueza y dirigirse una vez más a la enfermería. - ¡Hay que evacuar!, ¡han entrado en la ciudad! – se oyó a alguien decir mientras entraba como un vendaval en el dispensario, pero no bien hubo dicho estas palabras cuando un siseo se abalanzó sobre el edificio y ante la explosión de sombras negras las paredes terminaron por ceder. Cuando recobró la conciencia el sonido sereno de la que había sido una ciudad tranquila y asombrosamente bella era ahora una amalgama de explosiones, gritos de pánico, y un zumbido incesante. Las columnas de humo negro se alzaban por doquier y una bruma verdosa avanzaba por entre las desdibujadas calles de la ciudadela. La quel’dorei se puso en pie y una terrible punzada de dolor le impactó como un dardo haciéndole llevarse las manos a la cabeza. Miró a su alrededor… Sólo había escombros y muerte, y avanzó como pudo para salir de lo que quedaba de la enfermería decidida a encontrar a gente aún con vida para ayudarles a salir de allí. - ¡Elyrien, gracias al Sol! – escuchó una voz familiar que se le acercaba, y sintió un abrazo afectuoso y reconfortante entre todo aquel caos. Eltharion la separó de sí y la observó, con la urgencia de la situación - ¿Estás bien? - Sí… sí… Voy a buscar a la gente que…. - No hay tiempo para eso – negó él, rotundo. - Pero Eltharion la gente nos necesita – le miró incrédula al escuchar de su boca aquellas palabras. - No hay nada que hacer ya, Elyrien, la ciudad se muere entre cenizas y ponzoña, ¿quieres quedarte y perecer con ella o prefieres ver otro amanecer y poder salvar la vida de otros el día de mañana? – apeló el elfo, conociéndola bien, a lo único que sabía que le haría entrar en razón en aquellos momentos. - ¡Ninny! – trató de soltarse del agarre de él, quien la retuvo por el brazo y negó una vez más. - Es tarde para ella, al no encontrarte en la botica ni en casa fui a la suya… – contó con gesto circunspecto – … Parte del techo y la pared había cedido y yacía bajo los escombros. - ¿Pero comprobaste si….? - … Elyrien – le puso las manos sobre las mejillas y la miró a los ojos; no necesitó decir más, ella sabía que si afirmaba aquello era porque lo había comprobado. Eltharion no era de los que huían sin más. Asintió, bajando la mirada y comenzando a llorar amargamente, él le dio un beso fugaz en los labios y ambos echaron a correr, cogidos de la mano, entre muerte y desolación, tratando de alcanzar una de las salidas de la ciudad que aún no habían sido tomadas mientras el cielo nocturno, que siempre había mostrado la tranquilidad de un cielo estrellado, era ahora pasto del humo y el reflejo del fuego y la ponzoña que devoraba la Joya del Norte. . . . - Elyrien…. Elyrien… despierta – una voz masculina y susurrante le hizo abrir los ojos despacio, respiraba agitada – ¿De nuevo esa pesadilla? – la quel’dorei asintió – Vamos, tenemos que prepararnos para partir, Ventormenta dista mucho de aquí – sonrió, le hizo una afectuosa caricia con el dorso de los dedos sobre la mejilla y luego le besó en la contraria, incorporándose del lecho donde estaba sentado junto a ella. Y de aquel modo, la pareja abandonaba la seguridad que les había brindado aquel maravilloso lugar llamado Quel’Danil para enfrentarse, una vez más, a la incertidumbre que despierta el dirigirse a iniciar una nueva vida a un lugar desconocido.
  22. 5 puntos
    Felicidades al Cazador de Leyendas y elfo más intencito de Elwynn : D File photo
  23. 5 puntos
    Creo que no he participado antes en el post, pero hoy me siento inspirado así que os dejo un temazo:
  24. 5 puntos
    @Kiran no puedo sino secundarte ese gran tema, de esa gran banda, con este TEMAZO:
  25. 5 puntos
  26. 5 puntos
    Solo traigo calidad. Excepto Mangas, que no sabe hacer posts. Bienvenidos amigos.
  27. 5 puntos
    ¡Anda mira, una Joanna!
  28. 4 puntos
    Llego un poco tarde a la fiesta, pero aún así... ¡muy feliz cumpleaños, Galdoreth (a.k.a. Lyon II)! Espero que hayas tenido un excelente día y lo disfrutaras como corresponde e_e
  29. 4 puntos
    Felicidades Galdoreth, pasalo bien mi pana.
  30. 4 puntos
    Felicidades!!!! Que los vientos te sean propicios!! Disfruta de tu día y espero que sean muchos más aqui!
  31. 4 puntos
  32. 4 puntos
    ¡Felicidades Cazador de Leyendas!
  33. 4 puntos
    Feliz cumpleaños wapisimo [emoji3590][emoji3059][emoji2537] Enviat des del meu LG-H870 usant Tapatalk
  34. 4 puntos
    Feliz cumpleaños señor! Que disfrutes mucho del día, de los regalos y de la compañía! Enviado desde mi Redmi 6 mediante Tapatalk
  35. 4 puntos
  36. 4 puntos
    ¡Feliz Cumpleaños, bro! ¿Qué decir? Agradecido con haberte conocido y aún más con el buen apoyo que me has brindado en varias ocasiones. ¡Espero que cumplas muchos más, SKÖL!
  37. 4 puntos
  38. 4 puntos
  39. 4 puntos
    Un bonito cover de esta canción
  40. 4 puntos
  41. 4 puntos
  42. 4 puntos
  43. 3 puntos
  44. 3 puntos
  45. 3 puntos
    Esooo! A pasarla bien! felicidades cazador!
  46. 3 puntos
    ¡Feliz cumpleaños, señor legendario! O como decimos en mi tierra, ¡ZORIONAK! Disfruta del día como el que más, que para eso está
  47. 3 puntos
    Feliz cumpleaños, mi estimado amigo @Galdoreth Imagen de rutina:
  48. 3 puntos
    Bienvenidos, entrad por propia voluntad y dejad un poco de la felicidad que traen consigo : D
  49. 3 puntos
  50. 3 puntos
    La Manada Perdida Garrosh Grito Infernal se adentro en el Fuerte Grommash y observo atentamente la alfombra de cuero con los distintos continentes parchados sobre su superficie, cada uno con distintas figuras que representaban capitales, ejércitos y fuerzas navales. El orco inhalo hondo y exhalo con fuerza, dejando escapar su aliento entre sus colmillos. De pronto los colmillos de Mannoroth se sintieron más pesados de lo habitual y dejo caer sus hombros. Los asientos que los peones habían traído para el resto de lideres ya no se encontraban en torno al enorme mapa alfombrado, pero aún sentía como si siguieran allí presentes. Podía recordar sus expresiones y pareceres frente a su plan, incluso era capaz de rememorar su cruce de palabras con Baine, lo que trajo tanta rabia, como vergüenza, a su corazón. Él había matado a su padre, él había dado el golpe final y él había salido con vida de esa arena, pero nunca tuvo idea de los verdaderos planes de Magatha Tótem Siniestro. Tal vez, si los hubiera sabido con antelación, podría haber actuado de otra manera; el viejo toro seguiría con vida y otra voz habría sido escuchada entre los distintos líderes… O quizá habría sido la misma. El jefe de guerra oprimió sus puños y volvió su mirada hacia el estandarte que reflejaba el hogar de los Lobo Gélido. Antes de poder darse cuenta, su mandíbula ya se había tensado y sus colmillos rechinaban entre si. Aunque Thrall ya no lideraba a la Horda, su sombra seguía muy presente y sin importar lo que hiciera, todos le recordaban lo que él había hecho, lo que él había cumplido, pero pocos se atrevían a reparar en lo que Garrosh consideraba que eran los pedazos él estaba recogiendo: que su pueblo hiciera penitencia en Durotar por crímenes pasados, aceptar la negativa de los elfos de la noche de recolectar recursos en Vallefresno, permitir a Theramore mantener el Fuerte de la Expedición del Norte tan cerca de sus fronteras, a pesar de las acciones del padre de la maga que reinaba en esa ciudad. Él estaba corrigiendo eso y mucho más. Él estaba buscando que, por una vez, no fuera la Horda quien tuviera pedir permiso al mundo, sino que fuera el mundo quien aceptara que cuando la Horda necesitaba algo para sobrevivir, lo tomaría porque era su derecho. Porque lo necesitaban. Esa era la forma de hacer las cosas, de los guerreros, el camino de un Grito de Guerra y sin embargo, el espíritu de los Lobo Gélido seguía presente y su ausencia en la reunión había corroborado las palabras de Malkorok. Garrosh resopló y camino a su trono, dejándose caer pesadamente sobre este. Se llevo una mano a su rostro y se froto la mandíbula tatuada, pensando en sus próximos pasos. “Se te ve cansado, jefe de guerra.” – Dijo Eitrigg con su voz rasposa, saliendo de una de las cámaras interiores del fuerte. “¿Vienes a aconsejarme, de nuevo, anciano?” – Aunque su tono no fue tan cortante como en la reunión, el resentimiento en el tono de voz del orco todavía era palpable. “Eso depende de si quieres escucharme o no, jefe de guerra.” – Respondió el viejo orco, quedando a pies del trono. El mag’har dejo escapar un largo suspiro de resignación. “Los Lobo Gélido no han respondido a mi llamado. Es la segunda vez que desafían mi Horda.” – Garrosh apartó su mano de sus ojos y miro al anciano. – “Hice la vista gorda, cuando desafiaron la autoridad de Cromush. Pero ahora es mi autoridad la que han desafiado. Merecen un castigo.” “Tienes razón.” – Admitió el anciano para sorpresa del joven y aguerrido mag’har. – “Merecen un castigo por su desobediencia, pero… ¿acaso sabemos si siguen existiendo?” Garrosh frunció marcadamente el ceño. “Explicate.” – Ordenó Garrosh de manera tajante. Eitrigg asintió y se giró. Levanto su brazo derecho y apunto hacia el estandarte de la Horda en las Montañas de Alterac. “Lo ultimo que sabemos de los Lobo Gélido es que se negaron a ayudar a Cromush, mientras combatían a los enanos y huargen que incursionaban en las Laderas de Trabalomas.” – El anciano volvió su mirada hacia el jefe de guerra. – “Desde entonces, lo único que hemos sabido del gran señor de la guerra es que silencio es lo único que sale de las montañas.” “Así que crees que están muertos…” – Los ojos del mag’har observaron el estandarte que representaba el hogar del clan. “Es una posibilidad.” – Eitrigg asintió. – “Pero solo hay un modo de saberlo…”
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