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Liga del Foro


Contenido Popular

Showing content with the highest reputation on 09/08/16 en todas las areas

  1. 8 puntos
    Por si no os habéis enterado, atentos al spoiler... Llegué aquí hace unos cuantos meses, y me vi obligado a llevar un pj diferente al que tenía pensado. Tuve que hacer arreglos, que lo cambiaron sustancialmente y acabaron por hacer que no me gustase. Y lo cambié. Lo deseché, y cambié a un proyecto de rol que jamás había imaginado: un Humano, Paladín, Escarlata. Joanna, mi querida Joanna. No es la primera vez que roleo, y tampoco lo es el WoW. Pero sí en la que empiezo desde tan bajo, desde los mismos comienzos para levantar un personaje de verdad. Han pasado meses, tras los cuales puedo ver la trayectoria del pj: sus victorias y derrotas, sus triunfos y heridas, sus amistades y enemigos. Y doy las gracias por ello. Hoy Joanna se siente orgullosa y feliz, y yo, su jugador, también. Por haber llegado hasta aquí: junto a vosotros. Gracias por todo ^^ ¡Y por todo lo que aun está por venir! @Kyda @Aldruss @Alnih @Mordred @Natea @Sorin @Insane @DanielBunbury @Khaof @Muguen @Sacro @Gsus @Parmellano @GRTU @Killatrax @Nymleth @Armandox @Zyan @Blackthorn @waksen @Ethan Y no podían faltar... @Halt @Dsaille @Palpatine @Najentus @Kyrie Eleison @Saint Y aun así seguro que se me olvida alguien Hoy mi felicidad es la vuestra.
  2. 1 puntos
    Basándome en The Novice's Sanctuary de Scrolls of Lore, creo este "santuario" para que todos aquellos con preguntas y dudas sobre el Lore de Warcraft puedan hallarles respuestas. Cualquiera puede preguntar y cualquiera puede responder; siempre alguien puede tener algo que aportar. Ya introducido el Santuario del Novicio: ¡Que se abran las puertas! PD: Antes de preguntar, recomiendo revises las Preguntas a DesC y sus respectivas respuestas (#1, #2, #3 y #4). ¡Puede que Blizzard ya haya solucionado tu duda y no lo sepas!
  3. 1 puntos
    Queda mucho por quemar en tu camino, pero... ¡enhorabuena!
  4. 1 puntos
    Oh, me alegra mucho saberlo. La alegría de otros es el gozo para algunos. Siempre es grato saberlo. No ha sido nada, es un placer rolear contigo
  5. 1 puntos
    Pues yo odio a Joanna y le deseo la peor de las muertes. ¿Por qué? Porque jamás vi a tu Kal'dorei, seguramente ni salió de la zona de inicio y yo que me ilusioné en aquellos días... Pero hablando ya en serio, sin tanta coña... Aunque entre ambos no hemos roleado mucho que digamos, sí he visto al Pj de modo me parece curioso (en buen sentido) cuando recuerdo cierto punto. Desde ese día en la catedral cuando una Quel'dorei le ofreció algo de pan duro y la Escarlata le miró como si le deseara que sufriera una combustión espontánea, pasando a esos días cuando podía verle y hablarle sin suspicacia a la demonio de orejas largas. Y mejor no digo más de eso, que lo pienso más y empiezo a extrañar a la vieja Joanna. Para acabar, que sino empiezo a dar rodeos y desvariar, sólo diré una cosa: ¡Enhorabuena!
  6. 1 puntos
    —Una semana. Ya hemos reparado todos los sistemas principales. En estos momentos estamos simplemente limpiando y reforzando las áreas que muestran ciertas debilidades. —¿Podríamos levantar el vuelo con nuestra nave en una semana? ¿Qué dice el Profeta al respecto? —preguntó Maraad. Un silencio incómodo se apoderó de la estancia. —¿No lo sabe? —inquirió Maraad, incrédulo. —Rechaza vernos a cualquiera de nosotros —respondió Aesom—. Dejamos un mensaje a los Escudos, pero no hemos recibido respuesta alguna. —¿Soy el único al que esto le molesta? —preguntó Maraad, deseando en silencio no haber pronunciado esas palabras nada más hacerlo. Llevo demasiado tiempo lejos de El Exodar, pensó. Por supuesto que les molestaba. Su silencio no denotaba aprobación, sino inquietud. ¿Qué se puede hacer cuando parece que el Profeta ha perdido el rumbo? Antes de que ningún otro pudiese hablar, un draenei cuyo nombre era desconocido para Maraad tomó la palabra. —Los refugiados están ante nuestras puertas. Exigen ver al Profeta. Pues que se pongan a la cola, pensó Maraad con amargo humor. * * * * * —¿Por qué no avisaste al mundo sobre el Cataclismo? Una simple y lógica pregunta formulada por un niño mortal resonaba, acusadora, por toda la estancia en silencio, distrayendo al Profeta de su contemplación de la Luz. Velen había evitado, más que respondido; había oscurecido, en lugar de iluminado. Estaba sorprendido consigo mismo. ¿Aún soy capaz de inducir al engaño? ¿Incluso después de todo este tiempo? ¿Tanto por dentro como por fuera? ¿Por qué razón un profeta no avisa de una calamidad? Él la había visto. La sombra acorazada de la noche cerniéndose sobre Azeroth, oscureciendo el mundo con fuego y dolor. También había visto el fin de Azeroth en una docena de Apocalipsis, y había atisbado un millar de victorias y fracasos menores en los serpenteantes futuros. Y la Luz (la guía, la brújula, el sentido que le ayudaba a navegar por los inciertos mares de sus visiones) no había apuntado directamente hacia el Cataclismo, había dejado el destructivo retorno de Alamuerte como una posibilidad entre muchas. ¿Qué valor tenía un profeta que no percibía diferencia alguna entre una visión verdadera y una falsa? Velen hizo lo que pudo para alejar la pregunta del muchacho de su cabeza y volver a centrar sus pensamientos en recuperar su habilidad para discernir la verdad entre sus interminables visiones… antes de volverse loco o de que fuese demasiado tarde. Cuando el Escudo que actuaba de centinela en su estancia solicitó una nueva audiencia para el Triunvirato, Velen no respondió. Había visto a El Exodar reparado y encaminándose al Abismo, absorbido por la oscuridad para no volver jamás. Había visto a El Exodar aparentemente reparado explotar nada más despegar, matando a la mayor parte de los draenei y llenando de desechos la Isla Bruma Azur. Había visto a El Exodar aterrizando en Terrallende y a los draenei sanando su antiguo hogar en el exilio. Había visto a los draenei reparar su nave trans-dimensional solamente para dejarla en Azeroth. Algunas veces eso llevaba a las sombras, y otras no. Velen no jugaría con conjeturas. Sin la Luz señalando el camino se sentía paralizado. Que decida el Triunvirato, pensaba. Cuando no hubo más distracciones del exterior volvió al interior a buscar el camino desesperadamente. * * * * * Maraad se mantuvo al margen e hizo todo lo que pudo por ocultar su disgusto. La mayor parte de sus tratos con humanos hasta ese momento había tenido lugar con los ocasionalmente impetuosos, pero siempre valientes héroes de la Alianza en Rasganorte. Era difícil creer que esas harapientas criaturas, a las cuales en muchas ocasiones les faltaban dientes y en las que no estaban presentes la cortesía y el intelecto que se esperan de un ser racional, fuesen de la misma raza que aquellos humanos junto a los que había marchado. —Queremos ver al Prefeta —balbuceó uno de ellos con una cara deformada en lenguaje ordinario apenas reconocible.—Él lo va a solucioná todo. —¿Este es a quien habéis elegido como portavoz? —Maraad no pudo evitar preguntar en voz alta. Su velado insulto pasó completamente desapercibido. —El Profeta no recibe a nadie, amigo. Nosotros también esperamos su sabio consejo en estos oscuros momentos. Hablará cuando así lo decida —dijo un pacificador de El Exodar. —Eso e' mentira. ¡Recibe al Príncipe de Ventormenta! —El príncipe Anduin está formándose en los caminos de la Luz bajo el tutelaje del Profeta. Deberíais sentiros honrados, incluso orgullosos, porque el Eterno enseñe a uno de los vuestros. ¿Quién sabe qué bondades traerá esto a vuestro pueblo? —¡Mira el gallito! ¿Y quién eres tú pa' deci'nos por qué tenemos que sentirnos henrados, eh? ¿Quién eres tú? ¡No eres más que un demonio encapuchao, eso mismo! No podía haber peor insulto para un draenei que el recordarle sus lazos con los eredar de la Legión. Los ojos del pacificador se estrecharon peligrosamente, y su mano se movió hacia la brillante espada que tenía a un costado. Tras ese gesto, Maraad se vio a sí mismo buscando su gran martillo, y otros draenei se acercaron y se inclinaron hacia la "delegación" de la chusma. Maraad observó cómo los humanos instintivamente se echaron atrás. Aunque sus mentes conscientes eran realmente necias, el animal que había en su interior detectó la realidad de mejor manera. El pacificador se relajó visiblemente y apartó la mano, haciendo ver que se había percatado del miedo de los refugiados. —Sé que estáis lejos de vuestras casas. Tenéis hambre y el futuro es incierto. En semejante situación, sois sabios al buscar el consejo de nuestro profeta. Créeme, compañero, si te digo que nada me gustaría más que este tuviese en cuenta tus preocupaciones. Pero has de comprender esto: sus opciones son infinitas. Vendrá a ti o no, como él desee, pero no se verá obligado. Os aconsejo que volváis a vuestras casas en el campamento. —¿Qué casas? Esto no son casas —fue la hosca respuesta. El grupo se dispersó, murmurando y con expresiones sombrías. Los humanos habían estado cerca de llegar a las manos con sus huéspedes, y todos eran conscientes de ello. —¿Con qué derecho nos hablan ellos de exilio a nosotros? —dijo el pacificador, al mismo tiempo impresionado y tranquilo. —Sin duda; ¿con qué derecho? —respondió Maraad. * * * * * Rodeado por la Mano de Argus y sus líderes, Maraad se mostró franco a la hora de dar su opinión. —El Profeta no compartirá su sabiduría con nosotros. La decisión es nuestra. ¡Vayamos a la guerra contra la Legión! O, si eso no es posible, volvamos a la pobre y torturada Terrallende y terminemos el trabajo como se debe. Nuestro segundo hogar nos necesita, al igual que Los Perdidos, que aún vagan por las tierras baldías. Maraad halló el silencio como respuesta del Triunvirato, pero podía percibir que estaban de acuerdo a través de sus ligerísimos movimientos faciales y corporales, los cuales traicionaban los pensamientos de los líderes. Sin embargo, había cierta sensación de malestar, y el Vindicador conocía su origen... porque él también lo sentía. El Profeta debería hablar, debería bendecir nuestra decisión. —De aquí a una semana probaremos los pistones de fase de El Exodar. Y si para entonces el Profeta no ha hablado, ¡Dejaremos atrás Azeroth! —¿Cómo van tus clases, Anduin? ¿Tu comprensión avanza? Durante meses, el Príncipe se había sentido satisfecho por la atención que se le dispensaba, emocionado por la oportunidad de aprender del ser más cercano a la Luz de todo Azeroth. Pero ahora, mientras resonaban las apacibles y tranquilas cuestiones de Velen en su cabeza, el resentimiento estalló. —¿No ves lo que está pasando ahí fuera? —preguntó Anduin. —Siempre hay algo pasando ahí fuera —respondió la suave voz. Aunque lo dijo con tacto, el tono escondía cierta crítica—. Lo que me preocupa es el camino. —¿Qué es el camino? ¿Una lejana guerra en un remoto mundo? Te necesitan aquí. Y te necesitan ahora. ¿Por eso nunca dijiste nada del Cataclismo? ¿Simplemente no eras consciente de él? ¿O es que el resto no somos más que insectos para ti? ¿O incluso peor, piezas de ajedrez? Había pasado una eternidad desde que alguien se atrevió por última vez a reprochar algo al Profeta. Giró la cabeza hacia el Príncipe, sorprendido, como solía sucederle en presencia de humanos, por la rapidez a la que el chico parecía estar convirtiéndose en un hombre y por el adulto presente en las palabras que acababa de escuchar. Y tan pronto como pudo ver a Anduin, el mundo cambió. En vez del Príncipe, tenía delante a un guerrero con armadura, con su yelmo y su coraza resplandecientes por la esencia de la propia Luz. El guerrero blandía una espada forjada con el mismo material que la armadura, y la llevaba en alto mientras se encontraba sobre una formación rocosa… Velen no podía saber si se trataba de Azeroth o de otro mundo. Y de repente, del oscuro cielo que había encima, brotó la caballería conjunta de las razas de Azeroth. Los elfos de sangre, los orcos, los trols, los tauren e incluso los execrables no-muertos y los intrigantes goblins llevaban monturas voladoras de todo tipo y condición. Llevaban armadura y armas mágicas que brillaban con tal poder que el mero hecho de vislumbrarlas hacía daño a los ojos de Velen. Además de las legiones de la Horda, los antiguos elfos de la noche avanzaban junto a los humanos, los enanos y los gnomos, cuyos ancestros formaban la Alianza originaria, y los mutables huargen iban también a su lado. Los propios draenei de Velen reforzaban el ejército, en las sus filas relucían metales de otro mundo y los guerreros llevaban mazas y espadas cristalinas en las manos. La Alianza y la Horda no estaban solas. Los dragones cayeron en picado en formación, lo cual hacía que el cielo pareciese una gigantesca ala de reptil multicolor. Cubrían el horizonte con su número y tamaño, y cuando lanzaron un desafiante rugido no solo se agitó la tierra en la que estaba Velen, sino todo el universo. Y aun así, con todo esto en mente, el mayor asombro para los sentidos de Velen fue ver a aquellos que volaban justo después de los dragones. Los naaru habían entrado en el campo, y eran tantos que Velen no podía entender cómo la creación podía contenerlos. El poder de estos seres de la Luz hizo que el corazón de Velen bullese de esperanza, dejase atrás las centurias de soledad y se preguntase cómo podría haber desesperado porque la oscuridad, no importa cuán terrible fuese, pudiese realmente reinar. Y en ese momento cayó una sombra. Era enorme y vacía, y engullía toda la luz que entraba en ella. Velen sabía que lo consumiría todo hasta que, al final, acabase por devorarse a sí misma, pegando mordiscos interminables a la nada en la Gran Oscuridad del Más Allá y eliminando todo sentido del universo, desde la sonata más inspiradora a la más fascinante puesta de sol. Era demasiado terrible para poder contemplarlo y comprenderlo, y aun así el ejército se encaminaba directo hacia ella. Y la luz comenzó a apagarse… Frente al Profeta solo había un chico humano, con los ojos abiertos y apasionados, diciendo algo ininteligible para él. El Profeta le dio la espalda a Anduin, y su mente se abrió camino hacia la Luz, intentando llegar al hilo de la visión que había presenciado, procurando vislumbrar el camino entre las posibilidades fracturadas. Aquello le recordó, forzosamente, las semanas que llevaron al Cataclismo. No se percató del momento en que el Príncipe abandonó la estancia. * * * * * La semana transcurrió de manera tensa para los refugiados. Los draenei estaban inmersos en sus propias preocupaciones, preparándose para probar su amada nave e inquietos por el silencio del Profeta. Los exiliados se percataron del incremento de la actividad, y podían sentir algo en el ambiente. Su ignorancia respecto a las razones no hacía más que alimentar sus sospechas y rumores más oscuros. Hubo unas pocas voces que recordaban al resto la bondad que les habían dispensado los draenei, pero la perenne naturaleza de los mortales era sospechar y temer aquello que no entendían, y las pezuñas y la piel azul de sus patronos acabaron por ser más importantes que los suministros y las curas que les habían proporcionado. Muy pocos refugiados se preguntaban, incluso en la tranquila oscuridad mientras reposaban seguros bajo la protección de la Isla Bruma Azur, cómo se habría tratado a los draenei si estos hubiesen huido a otras costas de la Alianza en busca de ayuda. Y así, cuando la inmensa estructura llamada El Exodar comenzó a emitir zumbidos y a vibrar, cuando el propio aire se llenó de electricidad a su alrededor, los instintos de los refugiados les dijeron algo que su inteligencia no podía: la nave funcionaba. ¡Los draenei se marchan! Pensaron suficientes de ellos como para que el pánico se apoderase del campamento. ¡Se llevan al Profeta! El oculto se había convertido en un salvador para los refugiados; el Profeta era un talismán contra los horrores del Cataclismo. Como la mayor parte de las turbas, esta no tenía un solo líder, y no había manera de saber cuándo se convirtieran en acción el temor y las preocupaciones. Y así, casi el campamento al completo comenzó a dirigirse como un imprudente torbellino hacia El Exodar. * * * * * ¿Cómo respondía uno a la llamada de las centurias, al desafío de ver cada día como algo nuevo y no como una repetición de banalidades que solo podía terminar en lamentos? La carga más pesada para el ser que solo había sido Velen y entonces era el Profeta (una fuerza, un mito, una abstracción) era la soledad de la comprensión más elevada. Él no podía no ver lo visto. Y sabía que ese hastío, esa falta de convicción diaria, era la mayor arma contra él en manos de aquellos que otrora fueron sus hermanos. ¿Te has hartado de llevar muerte a los mundos? Velen se preguntó sobre Kil'jaeden, su amigo perdido.¿Alguna vez te preguntas, en la oscuridad de tu alma, por las decisiones que has tomado? Estas eran viejas preocupaciones, antiguas reflexiones. En un posible futuro, había vislumbrado al siguiente Rey Exánime salir de El Trono Helado, aún más temible que Arthas o Ner'zhul, y barrer la tierra a su paso con millares de guerreros esqueléticos. Cuando la Legión volvía, era a un mundo ya muerto, y los demonios se reían y jugaban con los draenei, alzados de forma antinatural mientras todos echaban en cara a Velen la caza que había seguido por todo el universo. Había visto al Guardián de la Tierra enloquecido, el Destructor, inundar el mundo con llamas y contemplar las muertes de sus propios hijos, el Vuelo Negro, para así saciar su demente necesidad de acabar con todo. Por favor, rogó a la Luz. Muéstrame el camino. * * * * * La muchedumbre había perdido toda la inteligencia a causa de su gran número, la razón cedió ante las pasiones de la masa. Los draenei intentaban negociar, pero sin ningún éxito, y cuando la alarma sonó y los paladines, los vindicadores, los sacerdotes y los magos se enfrentaron a la plebe, se cumplió la trágica predicción. Los defensores se enfrentaban a una elección imposible: o luchar con el mero objetivo de contener y hacer retroceder, arriesgándose a morir a manos de un enemigo menor, o acabar con aliados que no tenían intención de matar. La guerra era algo que se debía llevar a cabo por completo o en caso contrario no iniciarse, y los draenei fueron conscientes de ello cuando el vindicador Romnar cayó bajo el levantamiento mientras se abría paso hacia las puertas para investigar por qué sus pruebas habían causado tanto malestar. El Vindicador sufrió graves heridas por la muchedumbre antes de que otros draenei fueran capaces de ponerlo a buen recaudo tras sus líneas. Ver cómo Romnar caía trajo recuerdos a Maraad de las luchas contra los no-muertos, y su martillo cristalino dejó de dedicarse a la defensa para comenzar a desplomarse sobre los invasores con toda su fuerza. Una vez rompió las ataduras de la piedad, el resto de los draenei lo siguieron, y el comienzo de la carnicería se cobró la sangre de los refugiados. * * * * * —¡Profeta! ¡Tienes que venir! ¡Ven! —gritó Anduin a Velen, que permanecía de espaldas y levitando. El pánico en la voz del muchacho cortó de raíz las visiones, y Velen llevó su atención al presente y giró la cabeza para hacer frente a esas exclamaciones. —¿Qué pasa? —preguntó Velen con su tono eterno. —Los refugiados están asediando El Exodar. ¡Tu pueblo está atacándolos! Atacando a inocentes. Velen lo sintió. El camino. Este se bifurcaba, y podía ver que el chico le conducía por una de las dos desviaciones. Al final de la otra había sombra. La carga de saber que todo podía cambiar de forma radical a causa de decisiones tan nimias era inmensa. ¿Era eso, entonces, el significado de su visión anterior? ¿Que la señal para traer a Velen desde lo salvaje de vuelta al camino de la Luz era el chico? —¿Acaso a los que están luchando fuera les importa algo tu guerra? —gritó el chico. Y entonces, recordando su sueño, dijo —¡Toda vida es un universo! ¿Tan perdido me hallo? Se preguntó Velen. ¿Debe darme lecciones un chico mortal? Y entonces la respuesta vino de lo más profundo de su alma: las lecciones de la Luz son una bendición sin importar su origen. —Iré —dijo Velen. * * * * * Los adversarios estaban enfrascados en una lucha desesperada que borraba cualquier otra preocupación. Los refugiados sabían que habían cometido un terrible error, y ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Luchaban por la necesidad de sobrevivir, para corregir su error. Los draenei, comprendían lo grave de sus actos: el horror de matar no solo a aliados, sino también a aquellos que eran más débiles, hacía que los defensores sintiesen una trágica rabia de odio contra sí mismos. Detener la carnicería no era algo que pudiese hacer cualquiera. Pero Velen no era cualquiera. El mundo se inundó de Luz, cegando por igual a la muchedumbre y a los defensores; una explosión solar rúnica y geométrica iluminaba más que oscurecía a la figura suspendida en su centro. El cristal del Profeta refulgía tras él, y su voz tronó de tal manera que algunos de los combatientes tuvieron que ponerse de rodillas. —¡Basta! Los draenei se detuvieron, la mayoría de ellos aliviados; varios dejaron caer sus armas al suelo, horrorizados. Los refugiados se quedaron paralizados ante la visión del mítico Profeta en carne y hueso frente a ellos. Velen descendió hasta que se encontró planeando entre ellos a escasos centímetros por encima del suelo ensangrentado de la Isla Bruma Azur. —¿Así es como tratamos a nuestros hermanos? —preguntó Velen apenado. Muchos de los draenei rompieron a llorar avergonzados al ver su decepción. Maraad estaba inmóvil—. ¿Y vosotros, que disfrutáis de nuestra ayuda, nuestra hospitalidad, golpeáis a vuestros amigos sin provocación alguna? ¿Cómo podía ninguno de los combatientes hacer frente a la acusación de esos ojos eternos? El Profeta descendió al embarrado, pisoteado y ensangrentado suelo, y sus pezuñas entraron en contacto con él. Hubo cierta exclamación conjunta por parte del resto de los draenei cuando la mugre manchó el extremo de las vestimentas del Profeta. Velen se acercó a uno de los caídos, arrodillado sobre el barro, y alargó su mano para sostener el maltrecho cuerpo. La Luz surgió de una de sus manos mientras la introducía en el pecho destrozado; sintió dolor al ver la marca familiar de un martillo cristalino, y canalizó la Luz para acabar con la herida. El humano abrió los ojos, sanado de la herida potencialmente mortal. Anduin tenía razón. ¿Qué esperanza había para el universo si Velen no defendía cada vida lo mejor que podía? ¿No ganarían la guerra los draenei a costa de todo lo que merecía la pena? Velen se levantó, y sus vestimentas sucias hablaban con elocuencia. Se dirigió a sus hermanos, a sus hijos. —Iremos al encuentro de los mortales de Azeroth, los aliados a los que nos debemos, y los ayudaremos en su misión de sanar el mundo del Cataclismo. Maraad fue quien pronunció unas palabras. Solo él se atrevió. —El Exodar por fin está reparado, Profeta. Deberíamos combatir a la Legión. O quizás volver a Terrallende para poder sanar nuestro hogar en el exilio. —Que cada cual actúe según le dicte su conciencia —respondió el Profeta—. Pero esto os debo decir: nuestra guerra está en todos los lugares. En cada acto y cada vez que respiramos. Debemos preparar a la gente de este mundo para que se una. Debemos ser su ejemplo para la unión contra el mal. Si estamos preparados, los despertaremos para formar la alianza definitiva contra la oscuridad. Id al encuentro de la gente, salvadlos de las heridas que ha provocado el Cataclismo, y haced que se fortalezcan para el futuro. Las palabras del Profeta causaron un gran efecto en el resto de los draenei, y se dirigieron a los refugiados heridos. Anduin prestó sus crecientes poderes a dicho esfuerzo, e incluso cuando Velen se encontraba sanando y velando por los refugiados no pudo evitar observar al Príncipe, impresionado como estaba por el hombre en el que se estaba convirtiendo. * * * * * El Exodar no era únicamente una máquina para los draenei, sino algo vivo, un hermano de un modo que el resto de razas jamás entendería. Su dolor había terminado, y su esencia se había visto restaurada. El Profeta dejó sentir su alborozo junto a toda su raza por la victoria. Los refugiados se habían reunido en consejo, congregados en anillos concéntricos cada vez más amplios en las colinas cercanas al Valle Ammen, y concluyeron que su sitio estaba con los suyos. Contagiados por la emoción de la espectacular aparición de Velen, muchos de los humanos se interesaron por hacerse sacerdotes, y casi todos se unieron a la fuerza de Ventormenta para reparar la destrucción causada por Alamuerte. Cuando se les preguntaba por su experiencia con los draenei, los refugiados afirmarían por el resto de sus vidas que la razón estuvo de su parte durante todo el tiempo, y que el Profeta les había dado la respuesta al Cataclismo. Servir al prójimo. Aun así, aquellos a los que más había afectado el trágico ataque de los refugiados fueron el propio Eterno y el humano que algún día sería Rey. Cuando Anduin volvió a estar frente a su mentor, se lo encontró de frente, con sus pezuñas hendidas en el suelo. —Gracias por hacerme ver el camino. Me preguntaste por qué no avisé del Cataclismo. Fracasé a la hora de reconocer la amenaza que escondía porque estaba demasiado concentrado en el interior y… de alguna manera, también en el exterior. Había perdido de vista a los individuos en el mundo actual, sus necesidades, y por ello el faro de la Luz se hizo más tenue ante mí. Si no estoy conectado con los seres vivos del ahora, ¿cómo podré recorrer alguna vez todas las conexiones de sus futuros? —Algún día serás un poderoso sacerdote, príncipe Anduin. Y un sabio rey. Anduin solo deseaba que su padre pudiese oír esas palabras.
  7. 1 puntos
    Velen - Lección de Profeta por Marc Hutcheson Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF La energía en alza del Trono de los Naaru proporcionaba cierta paz interior al más sanguinario de los peregrinos guerreros e impresionaba al más hastiado de los habitantes de Azeroth. La figura que flotaba frente al Trono hacía tiempo que había encontrado confort en esta columna de Luz. Velen miró hacia el exterior de su cámara de meditación en busca de respuestas… en todas las conexiones, grandes y pequeñas, donde podría percibir las líneas del futuro. Durante los meses pasados, dichas líneas habían ido fragmentándose de manera progresiva. Mientras el profeta de los draenei meditaba, con las piernas cruzadas bajo el cuerpo y las manos colocadas sobre sus antiguas rodillas, los cristales que reflejaban sus energías brillaban, latían y giraban en torno a él; y no lo hacían siguiendo un cierto patrón, sino mediante el caos. Y las visiones, las infinitas posibilidades de los mañanas, lo perturbaban. Una gnoma, cansada y desaliñada, tiraba de un extraño artilugio por la polvorienta Terrallende, dejando tras de sí sendos surcos que serpenteaban sin fin sobre las dunas. Los etéreos, con sus energías envueltas en vendas, se limitaban a observar su lucha, sin ayudar ni impedir el duro avance de la gnoma. El vindicador Maraad, luchaba contra un enemigo invisible con su inmenso martillo cristalino, y cayó de rodillas mientras una lanza de la más negra oscuridad se clavaba en su pecho y un humo aceitoso y enfermizo recorría el borde del arma. La acorazada figura de Alamuerte, que invadía el cielo, voló sobre un mundo abrasado y aterrizó sobre los restos carbonizados de un árbol tan imponente que solo podía tratarse de Nordrassil, mientras varios suplicantes ataviados con capas de un oscuro color morado se organizaban en filas y se arrojaban a una grieta volcánica presente en la tierra. Med'an, guardián de Tirisfal, rompió a llorar; las lágrimas eran un elemento extraño sobre sus rasgos con matices orcos, y sus ojos se mostraban tan vulnerables y doloridos que su simple visión habría destrozado el corazón de cualquiera. Pero no el de Velen. El Profeta había aprendido hace tiempo a desvincularse de sus visiones para evitar que estas lo volvieran loco. El tercer ojo de la profecía había estado tanto tiempo con él que tener premoniciones era algo parecido a respirar. Los fragmentos del cristal de Ata'mal lo habían transformado en un centinela de universos alternativos sin fin alguno, algunas veces hasta sus mismos eclipses compuestos de oscuridad, hielo o fuego. Velen no sentía pena por esos futuros, no lloraba por sus extinciones ni saltaba de júbilo por sus triunfos. Simplemente los leía, observaba sus bordados tapices, en busca de caminos que llevaran a la victoria definitiva, donde la vida y la Luz luchaban contra la oscuridad y eludían la aniquilación de todo lo conocido. ¿Qué importancia tenían esos pequeños sucesos que tanto apreciaban la mayor parte de los mortales, e incluidos sus propios draenei, en comparación con la inmensa responsabilidad de garantizar la supervivencia de la creación? Velen buscó entre los restos de las imágenes moviéndose con rapidez, intentando asir algo, encontrar una señal en el camino. Pero este le era esquivo. * * * * * Anduin Wrynn se arrodilló sobre la tierra blanda y apoyó las manos sobre un azotador, una de las pocas mutaciones que aún pervivían del choque de El Exodar contra Azeroth. Dos draenei rodeaban a la criatura y la sujetaban para el Príncipe; su fuerza impedía que se moviese con libertad y escapase de la Luz canalizada a través de las manos del joven. En un primer momento los draenei se propusieron como misión enmendar el daño que su destructiva aparición había provocado en el mundo, pero cuando completaron la mayor parte del trabajo se dieron cuenta de que sus poderes eran necesarios en otros lugares: al principio, en la guerra contra la Legión Ardiente, después en el avance hacia los helados dominios del Rey Exánime, y ahora… para paliar las consecuencias del Cataclismo. Con la confusión algunas de las perversas monstruosidades habían pasado desapercibidas, y ahora vagaban inmersas en la locura y el dolor, desviadas de su propósito original por un terrible accidente. La primera vez que Anduin contempló una, no sintió asco, sino pena. Tengo que ayudar. Tengo que ayudar. Tengo que intentarlo. Durante el primer descanso de sus clases con Velen el Príncipe se había apresurado a las salvajes tierras de la Isla Bruma Azur, mientras sus escoltas se esforzaban por seguir su estela. Ahora le servían de agarre mientras rogaba a la Luz que curase al mutante para calmar su locura. Anduin no comprendía lo que le pasaba a aquella criatura. No necesitaba saberlo. La Luz lo sabía. Su poder se desplazaba a través del joven Príncipe, y esta lo utilizaba como canal para enderezar a la criatura que se retorcía bajo sus manos. El acto de sanación siempre hacía sentir a Anduin como a una llave en una cerradura, como una herramienta empleada de manera correcta, y ya había probado sus talentos durante su estancia con los draenei. Su confianza había crecido bajo el tutelaje de la antigua raza, especialmente bajo las órdenes del Perpetuo, el Profeta. Lo veas o no, padre, yo tenía razón. Magni tenía razón. Esta es mi vocación. Ese pensamiento hizo que se entristeciese. Quería a su padre, pero el abismo entre Varian y Anduin, tanto en temperamento como en experiencia, era demasiado grande. ¿Por qué no puedes verlo, Padre? No soy como tú. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Acaso no se puede aprender nada de nuestras diferencias? ¿De mí? Anduin lamentaba su parte en esa pelea. Su padre insistió en tratarlo como a un niño, cuando el Profeta, Magni y otros lo observaban de manera totalmente distinta y reconocían en él su potencial. Anduin y su padre habían discutido durante la cumbre de la Alianza en Darnassus, y Varian había llegado a las manos con él, dañándole el brazo al retorcérselo. Anduin no se había sentido nunca tan orgulloso como cuando, después de esa discusión, el Profeta le habló con su voz sobrenatural para invitarlo a estudiar en El Exodar como su pupilo. ¿Por qué no pudiste comprender que tenía que ir, padre? ¿Por qué no podías ver el honor que había en esa invitación? Anduin hizo que su atención volviese al presente, lejos de la autocompasión y hacia las necesidades del azotador. Se prometió a sí mismo durante el siguiente latido de corazón que nunca dejaría de sentirse asombrado por esa experiencia. La sanación se veía demasiado a menudo como algo banal, un milagro transformado en mundano, pero Anduin sabía que la Luz, fuente de sanación, no lo veía así. Toda vida, todavida, era un milagro. Frente al Príncipe se encontraba en ese momento una bella criatura vegetal con anchos pétalos de color morado y verde, erguida y fuerte. Los draenei la soltaron. Uno de ellos se inclinó en reconocimiento a lo que había hecho el muchacho. Anduin escuchó cierto alboroto a sus espaldas, y comenzó a salir por completo del trance de sanación, para percatarse de que sus reales posaderas se encontraban en el barro. Muy elegante, pensó Anduin. Padre estaría emocionado. El Príncipe se puso de pie de un salto. Frente a él se encontraba un alto draenei que lucía armadura pesada. Se trataba de un Escudo, uno de los guardias personales de Velen. —El Profeta ha solicitado verle, príncipe Anduin —fue todo lo que dijo. * * * * * En un primer momento, los refugiados habían llegado humildemente, de uno en uno o de dos en dos, en barcos con fugas y balsas artesanales, arriesgándose a lo desconocido para huir de lo terriblemente conocido. Se había extendido el rumor de que los draenei habían aguantado la ruptura del mundo, de que se podía encontrar refugio en la Isla Bruma Azur. Y los rumores eran algo mejor que la realidad a la que se enfrentaba la mayoría de estos exiliados. En un principio los draenei los ayudaron en lo que pudieron, les proporcionaron un lugar fuera de El Exodar, los curaron y compartieron comida y agua con ellos. Pero entonces los parias comenzaron a intentar encontrar a sus amigos y familiares, y la llamada resonó por todo Kalimdor: El Profeta mantiene la Isla Bruma Azur a salvo. El Profeta previó el Cataclismo y no se equivocará en nada. El goteo de refugiados se convirtió en decenas y veintenas... y después en centenares. Ahora el campo de refugiados daba cobijo a un millar de exiliados, y los draenei descubrieron que sus necesidades sobrepasaban ya su voluntad y capacidad de donación. Los susurros del campamento acabaron por tomar un tono más sombrío. El Profeta no quiere vernos. Los draenei lo tienen escondido en las bodegas de su barco. ¿No es cierto que parecen demonios encapuchados? Anduin había pasado cierto tiempo entre los refugiados, curándolos como podía, promoviendo la fe en la Luz eterna, dando consejos y guiando con tal calma que a menudo dejaba a los adultos impresionados ante su presencia… y algo trastornados cuando no estaba por los alrededores. El Príncipe había preguntado en muchas ocasiones por qué esas caprichosas almas no habían buscado el amparo de su padre, de la fortaleza de Ventormenta. Ellos respondían de soslayo, diciendo que su padre era un gran rey y un rey de verdad, pero que no podía ver el futuro como hacía el Profeta. Con el debido respeto, inferían con su tono, tu padre es simplemente un hombre. El Profeta es más que eso. Después de un tiempo, tras unir muchas conversaciones como partes de un puzle, Anduin se percató de que las acciones de los refugiados no se basaban simplemente en venerar a un profeta que no conocían. Esa gente provenía de los márgenes de la sociedad. Para ellos, el legítimo orden del gobierno era algo que se debía temer, no algo que pudiera protegerlos. Llegado un momento, el Príncipe dejó de hacer preguntas. De ese modo, era ya una cara familiar cuando se le escoltó a través del campamento para su audiencia con Velen. Familiar, pero aún no uno de ellos. Sentía la distancia, una brecha que provenía de su sangre real, su fuerza en la Luz y el trauma de su niñez. En algunas ocasiones pensaba que le gustaría ser más... normal. Sin embargo, estaba comenzando a sentir, mientras se dirigía a toda velocidad hacia los desafíos y las extrañas energías de la pubertad, que las diferencias eran necesarias. Tenía un papel único que cumplir, el de guiar y proteger a su pueblo, y no era ni un privilegio ni una fuente de poder personal. Era un deber. Todos los refugiados eran humanos. No había duda alguna de que los enanos eran demasiado orgullosos para abandonar su tierra natal; los elfos de la noche no se dejaban intimidar ni siquiera por la ira de Alamuerte; y los gnomos eran… bueno, eran gnomos. ¿Qué podían temer de la lava y los terremotos cuando la siguiente explosión se encontraba tan solo a un fallo de distancia? Los refugiados sufrían miedo, hambre y enfermedades. La fiebre se apoderaba de ellos con gran regularidad, y el joven Príncipe utilizaba sus talentos cuando las epidemias barrían el campamento. Dados sus esfuerzos, le resultó imposible no sentirse dolido por los comentarios que escuchó mientras caminaba frente a un grupo de refugiados sentados en círculo, los cuales no hacían nada productivo más allá de disfrutar de una simple cháchara. —La mascota del alienígena —dijo uno. —¿El Profeta ve al chico pero a nosotros nos rechaza? —fue la respuesta. El resto de la conversación se perdió en el aire mientras pasaba de largo. Anduin pasaba mucho tiempo viendo a la gente, observando con tranquilidad el ajetreo de sus almas en sus rostros. Y en la mirada de muchos de los exiliados vio la misma acusación que había escuchado en alto solo unos momentos antes. La charla del campamento fue contra él, y era difícil quitarse de encima su resentimiento. No he hecho más que ayudar, pensó el Príncipe. Pero entonces se le presentó una duda inquietante. ¿Por qué Velen no los recibe? * * * * * Los recuerdos del aire gélido y del norte muerto fueron dejando de acaparar la mente del jinete de grifos mientras sobrevolaba los cálidos climas de Kalimdor. La carga del grifo era al mismo tiempo más pesada y más silenciosa de a lo que estaba acostumbrada la bestia. Generalmente, los que estaban amarrados a la tierra se mostraban impresionados por la perspectiva de volar, o asustados ante los movimientos y maniobras normales de los que sí lo hacían. A pesar de que el viajero dijese poco en voz alta, los pequeños ruidos y la tensión en las piernas decían mucho al sensible y observador grifo. Contrastaba con la serenidad y la quietud, que era la naturaleza de su jinete en esos momentos. Alguien que había visto docenas de mundos y había luchado contra la Legión Ardiente en un conflicto interminable no podía encontrar nada digno de mención en un vuelo a través de Azeroth. El vindicador Maraad tenía preocupaciones que hacían palidecer la belleza de la vista. El norte estaba a salvo; la oscuridad del Rey Exánime, eliminada; era el momento de llevar su energía a otro lugar. Había oído de la vuelta del Destructor, de la devastación a la que se enfrentaba Azeroth, pero él era draenei; ¿qué significaba para él que un simple mundo estuviese bajo amenaza? La Legión acechaba en El Vacío Abisal, y en teoría seguía acabando con cualquier vida que se cruzase ante el ejército demoníaco. Mientras volaba sobre la Isla Bruma Azur bajo la luz de la luna, se quedó impresionado al ver multitud de minúsculas luces que reflejaban tenuemente las estrellas de más arriba. Durante un instante, en un extraño pensamiento, Maraad observó las luces como sus propios pequeños mundos antes de corregirse y llevar la mirada hacia arriba. Los cielos eran su inquietud. Siempre. ¿Había un ejército acampado cerca de El Exodar? ¿Por qué no se le había informado? El grifo voló a través de un portal metálico en el casco de El Exodar y fue recibido por el maestro de grifos, Stephanos. Stephanos se inclinó levemente. —Felicidades por la victoria en el norte, Vindicador. Me alegro de volver a verle en casa. —¿Casa? Nosotros no tenemos casa, hermano. No realmente. Somos los nómadas del universo, los exiliados del perdido Argus. No deberíamos olvidar eso nunca. ¿Qué son las hogueras que he visto mientras venía? ¿Acaso un ejército amenaza nuestra isla? —No, Vindicador. Son refugiados que escapan de los horrores del Cataclismo. Esperan que el Profeta los salve. Maraad frunció el ceño, una expresión que resultaba extraña para sus facciones. —Todos lo esperamos, hermano. El Vindicador no esperó a la respuesta. Se movió con rapidez y determinación hacia el Trono, y después, sin pausa alguna, en la dirección a la cámara de Velen. El ruido de sus pezuñas retumbaba en el cristalino suelo a cada paso, y mientras pasaba enfrente de los dos Escudos que hacían guardia a la entrada, Maraad buscó cualquier señal que evidenciase una falta de vigilancia. Nunca más, pensó. Draenor ya fue suficiente. Solo cuando llegó al umbral que llevaba a la sala de recepción del Profeta uno de los Escudos abandonó su pose de estatua. El guardia dio un paso al frente, bloqueando la entrada. No era algo imprevisto. —Soy el vindicador Maraad, anteriormente al mando de la Alianza en Rasganorte —profirió Maraad a modo de ritual—. Busco audiencia con el Profeta. —El Profeta no recibe a nadie, vindicador Maraad. Siento negarle la entrada tras su largo viaje. Eso sí que no lo había previsto. —Aún estamos en las primeras horas de la tarde. ¿Dices que el Profeta rechaza recibirme? He realizado la travesía completa desde Rasganorte, y ni siquiera le habéis preguntado. El Escudo mostró claramente su incomodidad. —De nuevo, mis disculpas, Vindicador. En este momento no puede recibir a nadie. —¿Debería volver por la mañana? —Yo no lo haría, Vindicador. Desde hace muchas semanas, todo aquel que busca audiencia con el Profeta se ha visto rechazado, a excepción del Príncipe humano. Tomaré nota de su visita y le avisaré cuando sus órdenes cambien. Maraad observó al Escudo durante un breve espacio de tiempo sin dejar entrever sus pensamientos antes de volver por donde había venido. * * * * * Anduin se encontraba frente a su mentor en un silencio contemplativo. Era imposible aprehender con certeza la edad o la sabiduría de Velen, así que como acostumbraba el joven, el Príncipe simplemente lo aceptaba como una fuerza de la naturaleza; como el sol o las lunas. El Profeta le estaba dando la espalda, y Velen levitaba con una pose meditativa que el muchacho había visto muchas veces durante las últimas semanas. —¿Por qué no avisaste al mundo sobre el Cataclismo? —se le escapó a Anduin. El Profeta no varió su posición. No hubo ni un tic ni un movimiento de hombros que traicionase los pensamientos de Velen, pero algo se percibía en el silencio posterior a la pregunta; algo denso. —Yo busco el camino, espero que la Luz ilumine nuestro sendero más allá de la Legión y su destructiva misión. Solo yo puedo ver el camino. Solo yo puedo revelárselo a las fuerzas de la Luz. Anduin reflexionó sobre lo que acababa de escuchar. —Parece una carga terrible. El Profeta giró lentamente en el aire para colocarse frente al Príncipe. —Por eso transito los caminos del mañana. La Legión y los Dioses Antiguos hacen arder huecos en el tejido del futuro, y si puedo verlos, si puedo preparar a las razas mortales, es posible que evitemos el desastre. —¿Y si fracasas? La serenidad eterna de Velen se resquebrajó por un momento, remplazada por un breve instante por dolor y pena en cantidades inmensas, que parecían aún más temibles por la calma presente tanto antes como después. —Deja que te muestre algo —susurró el antiguo draenei. Se descubrió y se aproximó al suelo. Aún flotando varios centímetros por encima del suelo metálico del El Exodar, el Profeta acortó la distancia y posó su mano sobre una de las cejas del Príncipe—. Lo siento, pero es necesario —dijo el Profeta. El Exodar desapareció, y en su lugar aparecieron únicamente vastas extensiones de oscuridad interrumpidas por luces y místicas energías. De repente, tras un súbito empujón, Anduin se encontró sobre un extraño suelo bajo un cielo que no le resultaba familiar. Había cuatro prominentes lunas compitiendo por su atención, una atmósfera de color ámbar, y formaciones rocosas en el suelo de tono azul que se retorcían de mil maneras distintas. Anduin no podía ver ningún rastro de agua, pero las rocas coloreadas parecían olas enfrentadas súbitamente congeladas al antojo de cierto artista con dotes divinas. Había criaturas diseminadas por el terreno y arremolinándose en el cielo, tan variadas y diferentes que resultaban imposibles de describir. Los colores, los distintos medios de locomoción y los patrones se formaban a partir del baile, el juego o la guerra... Casi nada de ello tenía sentido, y Anduin se quedó perplejo, intentando captar el maravilloso caos abstracto presente en todo ello. ¡Y la Luz! Podía sentir cómo lo rodeaba, más fuerte que en ningún otro lugar de Azeroth, vibraba y brillaba a través de las criaturas alienígenas. El cielo se oscureció. Primero pasó a un furioso rojo, que invadió los cielos color ámbar como una señal premonitoria de fatalidad. Tras unos instantes, el color comenzó a moverse hacia un tono verde que causaba náuseas. Varios cometas brillantes se abrieron paso a través de los enfermos cielos con gran estruendo y golpearon la tierra, haciendo que todas las pobres criaturas se dispersasen, presas del pánico. De sus cráteres se levantaron los cometas, temibles e inmensos, y comenzaron a propagar la muerte con una eficacia desprovista de piedad. Una brecha se abrió en el aire cerca del Príncipe, y un maremoto de horror salió por ella: demonios alados y súcubos que portaban fuegos de color amarillo verduzco y poderosa magia destruían todo lo que se ponía en su camino. Después de que el oscuro ejército hubiese terminado su despliegue, una forma gigantesca atravesó la grieta; se parecía demasiado a los draenei como para que el Príncipe no se percatase de ello. Este último ser arrasó las esculturas rocosas a su alrededor, despejando un espacio en el que se pudo arrodillar sobre el polvo creado a partir de su destrucción, y dibujó unos símbolos de maléfico poder con su garra. Cuando terminó, sobrevino un momento de perfecta quietud, con la carnicería detenida y todo el mundo a la espera mientras reinaba un silencio espeluznante. Y entonces, una explosión. Las energías desatadas acabaron con la superficie del mundo, y Anduin se vio a sí mismo gritando y alzando sus brazos aterrorizado, pero la magia lo atravesó sin causar daño alguno. La Legión volvió por el portal, regresando al oscuro nexo del hogar demoníaco, y tras su marcha quedó… la nada. Ningún tipo de vida. Incluso las formidables formaciones rocosas desaparecieron, las cuales Anduin nunca sabría si eran naturales o moldeadas por la vida alienígena que había visto. Solo quedaban cenizas y materia desgarrada. Incluso el cielo estaba encapotado, y ya no permitía ver con claridad las cuatro lunas. En ese momento, afortunadamente, la visión llegó a su fin. Anduin volvía a estar frente al Profeta, y aunque luchó contra su impulso y estaba enfadado consigo mismo, rompió a llorar. —¿Qué mundo era ese? ¿Cuándo pasó esto? —preguntó el Príncipe entre lágrimas. —No sé su nombre. Sus habitantes no hablaban en modo alguno comprensible para nosotros, y ninguna de las razas mortales de este mundo había posado jamás sus pies allí. Yo lo llamo Fanlin'Deskor: Cielos Ámbar sobre Formidable Roca. Puesto que dudo que la Legión registre sus víctimas o siquiera se digne a recordarlas, es probable que nosotros seamos los únicos seres del universo que sepamos de su existencia. —Qué triste —dijo Anduin. —Sí. Si la Luz lo quiere, cuando se alcance la victoria definitiva, me sentaré sobre una torre construida en uno de los mundos perdidos, y como forma de penitencia tomaré nota de todos ellos. —¿Penitencia? ¿Por qué? ¿Qué has hecho aparte de ayudar, Velen? —Hace ya mucho que fracasé al intentar cambiar la senda de mis hermanos. Y la creación pagó el precio. —Velen hizo un gesto para dejar esa discusión a un lado y así poder volver al propósito de haber mostrado la visión a Anduin—. Lo que pretendía era hacerte ver las consecuencias de la derrota. Pese a todo lo terrible que ha demostrado ser el Cataclismo, pese al imponente enemigo que es Alamuerte, nuestra guerra es una lucha mucho más amplia. No defendemos un único mundo, sino todos ellos. Anduin siempre sabía que sus clases estaban cerca de terminar cuando el Profeta volvía a su postura de meditación y observaba las energías del Trono. Mientras el Príncipe abría la puerta de la estancia y se disponía a marcharse, una última frase proveniente del Profeta lo siguió desde la habitación. —Y, joven: es una carga terrible. * * * * * El tono carente de emoción de esas últimas palabras persiguió a Anduin durante el resto del día y bien entrada la noche. Estuvo dando vueltas, luchando contra el sueño que solía encontrar con facilidad. Cuando terminó por sucumbir, sus sueños llegaron de manera muy nítida y vívida. Fuegos demoníacos y mundos rotos pasaban a toda velocidad por un negro cielo desprovisto de soles o lunas. Todas las luces del universo eran oscuras, como si las velas de un santuario se hubiesen apagado por el frío soplo del viento. Y sin embargo, por encima de la ausencia de luz, el silencio era lo más perturbador para Anduin. En un universo vivo no debería, no podía, reinar semejante quietud. El primer pensamiento que le vino a la mente mientras observaba el fin de los días fue el de que no volvería a ver a su padre… ni tendría la oportunidad de salvar el abismo que entonces existía entre ellos. Y entonces, extendiendo esa idea con la empatía característica de su naturaleza, Anduin pensó en que ningún hijo en rincón alguno del universo podría ya decir a su padre que lo quería, o pronunciar las reconfortantes palabras de "lo siento". Más allá del silencio y las apagadas estrellas, el mayor de los horrores provenía de la muerte de la posibilidad, de la esperanza. Y de pronto, un sonido. Al principio no era más que una vibración en la noche, aunque esa leve perturbación del aire era pura, fuerte y clara. Un resplandor hizo acto de presencia, y después varios más; la vibración se tornó en muchas, todas con distintos tonos, y las vistas y los sonidos se fundieron en una ascendente marea de arcoíris y melodía. Seres de Luz rodearon a Anduin, rescatándolo de la oscuridad y trayendo la esperanza en un coro que restauró el universo. En medio de esa vorágine apareció el rostro de uno de los refugiados, un hombre al que el Príncipe había visto muchas veces pero cuyo nombre desconocía. Los seres alrededor de Anduin proclamaron, entre cánticos: "Una vida, un universo". Se despertó entre sudores, con el pelo enmarañado por la intensidad del sueño (visión, era una visión…), y aun así confortado por lo que había visto. Volvió a dormirse, y tuvo sueños afortunadamente mediocres. * * * * * Maraad se encontraba en una amplia sala circular con runas brillantes grabadas en las curvadas paredes. Tres ancianos e incólumes draenei dominaban el centro de la estancia, con sus bellas y elegantes armaduras, tan limpias que proyectaban un brilloso lustre. Rodeándolos había varios paladines y vindicadores, todos en postura de deferencia hacia los tres de manera sutil; su obediencia provenía de una pirámide de autoridad que no dejaba espacio para el ego, ni en su cima ni en su base. Estos tres constituían el Triunvirato de la Mano: Boros, Kuros y Aesom. El resto de los presentes en la estancia eran la élite draenei: la Mano de Argus. Tras su llegada, Maraad se había percatado de que el Triunvirato había vuelto a El Exodar, al igual que él, y haciendo un esfuerzo por volver a conectar con sus hermanos de Azeroth, su objetivo era dilucidar los siguientes pasos de su raza a la luz de los recientes acontecimientos. Había pasado demasiado tiempo desde que Maraad se había presentado frente al Triunvirato y se había reunido en consejo con los líderes de los draenei. Había olvidado cuán ordenadas y llenas de mesura eran las disertaciones entre ellos, lo confortable que parecía una conversación con sus razonables altibajos, sin los juegos verbales y las impredecibles reacciones del resto de las razas de la Alianza. El contraste se vino abajo por completo cuando la larga discusión sobre los refugiados y su apremiante situación se vio calmadamente interrumpida por el vindicador Romnar. Romnar dirigía los esfuerzos destinados a reparar la nave draenei de viajes inter-dimensionales, El Exodar, y mientras el debate giraba en un cortés pero indeciso círculo sobre cómo hacer frente al creciente número de forasteros que llegaba a la isla, dijo: —Puede que pronto toda esta discusión no tenga importancia. El Exodar está casi reparado por completo. Un anuncio de tal trascendencia, de haber tenido lugar a bordo de El Rompecielos con los líderes de la Alianza en Rasganorte, habría caído como un verdadero rayo, y una pelea dialéctica habría dado comienzo. En vez de eso, la noticia fue recibida con sonrisas de satisfacción, y una sola mano se posó sobre el hombro de Romnar. Bien hecho, decía la atmósfera presente en la habitación. —¿"Casi reparado" cuánto tiempo significa? —preguntó Maraad.
  8. 1 puntos
    * * * * * Xun se hundió bajo las olas. Se hundió más de lo que podía calcular, mil veces su altura a través de las profundidades. El agua se volvía más fría, los peces más escasos, y el mar más oscuro a su alrededor hasta donde alcanzaba a ver. Ya había nadado por debajo del océano otras veces, pero nunca hasta donde no había movimiento provocado por las olas, y las paredes de roca se alzaban imponentes a su alrededor como un desfiladero. Aun con los oídos llenos de agua, sentía como si se los pellizcaran dentro de su cabeza. Pronto la parte interna de sus oídos estalló, y de ellos brotó sangre a borbotones. La sal del mar le escocía, pero no se retiró de las profundidades. Xun descendió por la tenue luz hasta que sus ojos dejaron de servirle; no veía el menor atisbo de luz de la superficie, ni más allá de sus zarpas delante de la cara. No percibía a las criaturas imprecisas, grandes como ballenas, que pasaban a su lado en la oscuridad, y cuando rozaba sus pellejos escamosos estas ni se daban cuenta, de tan enormes que eran. Se dejó llevar hasta dormirse y despertó tras toda una noche de descanso, todavía hundiéndose. Un calor tenue caldeaba el agua por debajo de él, y descendió nadando más deprisa hasta que sus zarpas tocaron un polvo entre negro y azul. Debajo de él se abría una enorme zanja, una partición en el rocoso lecho marino y, cuando se desprendió de sus pesos y se metió dentro, estuvo seguro de que se acercaba al centro de Azeroth. Dentro de la zanja, Xun sintió una corriente de agua, y con sus oídos rotos oía retumbar fuertemente los ecos de sus movimientos. Sabía que la cueva era tan grande que era un mar en sí, y que los muros estaban tan separados que tardaría una hora en nadar de uno al otro. Se sentó y dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad cerca del suelo del mundo, y pronto comenzó a distinguir leves siluetas, formas que fluctuaban, y el saliente de una amplia cavidad rocosa. Delante de la cavidad había unas extensas estribaciones, y Xun estaba convencido de que dentro encontraría el hogar de la gran bestia sin nombre, pues no había visto sitio más profundo en todo el océano. Pero la pequeña montaña que rodeaba la cueva parecía extraña. Tenía el tono pálido entre amarillo y blanco de una lombriz de tierra, no el marrón azulado de las rocas submarinas. Incluso en la oscuridad, Xun distinguía claramente su color. Estaba perplejo. Entonces las agallas de la montaña se agitaron, y de ella se desprendió una lluvia de piedras, y Xun supo que estaba viva. Era tan grande como el poblado de Xun, y el calor que emanaba era lo bastante intenso como para calentar la zanja en las profundidades del océano. Se movió, ya que la presencia de Xun la había despertado de donde estaba, y Xun vio cientos de tentáculos alojados bajo su cuerpo como si fueran las raíces de un gran árbol. En el extremo tenían gruesas púas del tamaño de un pandaren adulto. Sus fauces eran un bajío o un arrecife de coral, y los tiburones que culebreaban entre sus dientes, alimentándose con los restos de sus comidas, eran lo bastante grandes para hacer volcar una embarcación con el morro. Su resbaladiza piel estaba cubierta de púas temblorosas que ondulaban en las oscuras aguas. Cuando la criatura se alzó y se sacudió de encima los estratos de tierra, el olor de su aliento inundó el océano con siglos y siglos de muerte y descomposición, y Xun se sintió fatigado por primera vez en mucho tiempo. Sus antaño fabulosos ojos y oídos le fallaban en las tinieblas; sentía bajo su áspera barba a la deriva la punzada innegable de la edad. No había disfrutado del aire fresco o de una brisa en días. Comparado con la criatura que tenía ante él, Xun no es que pareciera pequeño: es que era pequeño, como un cachorro ante el sol. El puño desnudo de Xun conectó con uno de los grandes dientes, de cuya base surgieron grietas. Otro puñetazo salió disparado a través del agua y el diente se hizo añicos, haciendo rebotar fragmentos por la boca de aquella cosa como si fueran arpones. No menos de cuatro tiburones que estaban ingiriendo el sarro de la criatura sin nombre fueron absorbidos ruidosamente garganta adentro como a través de un remolino invisible. Xun bajó la cabeza y siguió golpeando. Con un crujido horrible que podía oír incluso con sus oídos dañados, seis dientes más saltaron al mar. Salieron proyectados hacia arriba llevándose por delante algas, peces y ballenas en su trayectoria. Cuando los dientes salieron finalmente a la superficie, cubiertos de plantas y animales empalados, parecían brochetas de marisco del tamaño de un árbol. La cosa comenzó a juntar entonces sus mandíbulas, y Xun afianzó los pies en las arenas movedizas de sus encías y tiró hacia arriba, intentando impedir que la bestia le cerrara las fauces. Las muñecas se le retorcieron con gran dolor, y sus huesos estaban quedando hechos polvo, pero logró mantener abierta la boca de la criatura. Esta no se rendía e hizo serpentear los tentáculos de su vientre entre sus propios dientes, deslizándolos en torno a la garganta de Xun, tirándole de los miembros y golpeándolo una y otra vez en las tripas. Sus aguijones, que le dejaban pinchazos rojos en la piel, eran espantosos, pero su veneno era aún peor. Xun sentía la sangre de su cuerpo arder. No podía mover los brazos para protegerse, ya que las terribles mandíbulas podían cerrarse de golpe sobre él, así que mordió con fuerza uno de los tentáculos y siguió dando mordiscos hasta que se aflojó. Cerró los dedos en torno al miembro en retirada y salió lanzado al océano abierto. Los tiburones que habían establecido su hogar en la boca de la cosa se aferraron a los brazos y piernas de Xun, pero sus mordeduras le hacían expulsar algo de veneno al sangrar, por lo que los retuvo cerca a modo de escudos para evitar que los tentáculos le acuchillaran los ojos. Mientras, subió nadando más arriba de la boca de la cosa y se puso a aporrearle la parte superior de la cabeza. Las púas de la piel de la criatura se irguieron como si esta fuera un gran pez globo, y a Xun se le separaba la carne como si fuera ropa cada vez que propinaba un puñetazo, pero no se detuvo. Sus golpes resonaban como el trueno en tierra abierta, amortiguados allí en lo hondo. Las púas de la criatura se rompieron, y su carne crepitaba con la fuerza de cada golpe, pero permaneció tan en silencio como un calamar. Durante días lucharon sin descanso: Xun atizándole la cabeza o el vientre y retirándose cuando los tentáculos se acercaban demasiado, y la cosa arrastrando a Xun hacia sus fauces o aplastándole los huesos. Tal era la furia de su batalla que las olas rompían tan alto en la orilla cerca de Za Xiang que los aldeanos temieron por sus vidas. El muelle se quebró y fue arrastrado por el océano, y la gente se refugió en sus casas. Finalmente, Xun comenzó a flaquear. El veneno le corroía el corazón, haciéndole cada vez más difícil asestar golpes. La docena de tentáculos que quedaban lo tenían envuelto, enroscándosele sin parar en torno a la cintura y las piernas, exprimiéndolo. Xun sabía que no podría reunir las fuerzas necesarias para sacárselos a puñetazos. Antes de que la bestia le apretara los brazos, Xun incrustó los dedos en dos de los tentáculos temblorosos, plantó los pies en el suelo y tiró con fuerza hacia arriba. Sintió que sus entrañas se partían como un trozo de tela. El titánico cuerpo ascendió por el agua, con su altura de leguas, oscilando sobre sus tentáculos como una cometa y su cordel. Xun tiró con todo lo que pudo e hizo caer aquella masa de volumen montañoso contra el lecho marino con un estruendo que no pudo oír. El impacto propagó gruesas nubes de polvo y tierra a kilómetros de distancia. Sin perder tiempo, Xun se envolvió los grandes tentáculos en las muñecas e intentó mover a la criatura. Ya la había levantado una vez; ahora solo tenía que subirla a nado hasta la superficie. Tiró de ella, esperando notar que el enorme cadáver cedía un tanto. Pero no se movió. La visión de Xun apenas era un puntito; sus movimientos eran pesados; sus pulmones ansiaban aire. Así pues, descansaría y lo intentaría de nuevo. Apenas consciente del eco de sus propios latidos, se arrastró hacia el hueco que la mole de la cosa había estado tapando. En la oscuridad, un banco de pececillos bailó alrededor de su cabeza. Sus trémulas aletas eran diminutas; sus escamas, como oro pálido. Pese a su lamentable estado, un sentimiento de compasión se despertó en Xun. Compasión por los peces dorados que habían estado ahí atrapados, pero compasión también por su captor. La gran bestia se había comido la mayor parte de los peces más pequeños del mar y luego se había traído aquí al resto. Si la hambruna había llegado al pueblo de Xun era solo por el hambre de otro. A Xun cada vez se le hacía más difícil recordar las cosas, pero su objetivo era primordial. Descansaría y luego volvería a intentar levantar a la cosa. Se tendió sobre el lecho marino, con peces de vivos colores nadando a su alrededor, y dejó ir tan solo un poco de su aliento con un millar de burbujas. Xun se preguntó si realmente habría encontrado la parte más profunda del mar. Se cuestionó la veracidad de las historias y, mientras se lo planteaba, su espíritu comenzó a abandonarlo. Antes de que sus ojos se cerraran al fin, vio a los peces salir de la cueva, alejándose hacia la inmensidad del océano. * * * * * Shi Ga se puso en pie. Seguramente, supuso Tarlo, porque la historia había acabado. Pero el pandaren aún no había terminado. ―Cuando Xun luchó, la gente de Za Xiang solo vio las olas. Pero pescar no es solo lo que ves por encima del agua, sino lo que ocurre por debajo, lo que el pez ve. La experiencia es una lucha a vida o muerte, aunque a ti no te lo parezca. Tarlo asintió. ―¿Y qué hay de los peces de la cueva? ―Xun no lo sabía, pero esos peces ―dijo Shi Ga con su voz áspera― eran los ancestros de la carpa dorada. Fueron hacia aguas libres de peligro y se multiplicaron. Hoy son unos de los peces más comunes de nuestro océano, consumidos por jóvenes y ancianos, grandes y pequeños. Tarlo echó una mirada a un cubo de pescado en la barca. En su interior giraban dos peces de escamas doradas. De acuerdo. Ahora entendía la cuestión, o por lo menos creía estar más cerca de entenderla. Xun salvó a su pueblo al encontrar por casualidad una nueva fuente de alimento. La historia estaba bien, aunque tenía unos cuantos fallos. ―Si Xun murió en aquella cueva, ¿cómo es que sabéis tanto sobre la pelea? ―preguntó Tarlo en voz demasiado baja como para que se le oyera claramente bajo la lluvia. Le daba reparo señalarlo. Era evidente que se trataba de una historia muy querida para estos pandaren. Xun era probablemente el tatarabuelo de alguien que había sido muy importante en su momento. ―Mm. ―Por la respuesta de Shi Ga, parecía que él mismo se estuviera planteando la cuestión por primera vez. Ninguno de los otros dos pandaren dijo nada; se limitaron a azotar el mar con sus remos. Shi Ga cogió el suyo mientras la lluvia no dejaba de caer en cascada. Habían remado durante horas. El sol no había salido, y Tarlo no creía que estuvieran más cerca de tierra que antes. Los tres pandaren movían ahora sus remos al unísono; parecía que estuvieran avanzando solo en línea recta, hasta que Shi Ga olisqueó el aire y sacó su remo del agua. Lo mismo hicieron los otros dos. ―Ah ―dijo, inspirando hondo mientras el bote se bamboleaba―. Aquí. * * * * * Tarlo ya estaba temblando, pero cuando las olas azotaban y les salpicaban los regazos del océano olvidaba el frío por completo. Mei Pa se había deslizado hacia su caja de hierro, situada ahora en medio de uno de los charcos más grandes de la barca. Lo que sacó con cuidado de la caja parecía demasiado grande para haber cabido ahí dentro. Parecía una cadena de barco oxidada con un gancho, como la que usaría un grupo de hombres para anclar un barco en el puerto. De ella colgaban enormes redes como los pétalos de una flor. Mei Pa se puso de pie, colocada como el mascarón de proa de un barco en el borde de su minúscula barca, manteniendo el equilibrio como si pudiera caer por la borda en cualquier momento. Pese al tamaño de Mei Pa, el bote no se balanceaba en absoluto. Levantó la cadena y se puso a hacerla girar sobre su cabeza describiendo un amplio arco, y Tarlo se agachó de forma refleja cuando la pandaren la hizo chocar espectacularmente contrael agua. Rollos apilados de metal pasaron sobre los hombros de Mei Pa en dirección al fondo del océano. A Tarlo le dolía la cabeza. Mei Pa se quedó intensamente concentrada en su tarea, contemplando las olas durante varios minutos. En un momento dado, se tensó, y Tarlo estaba seguro de que iba a caer al mar. Pero entonces comenzó a tirar de la cadena, y la primera de las redes amarradas cayó suavemente a cubierta. Estaba hinchada por su botín de relucientes peces de oro, blanco y verde, y Kuo y Shi Ga se pusieron a desengancharlos y a tirarlos por todas partes de la barca en un huracán de vida marina. Sin convicción, Tarlo volvió a sumergir el sedal de su caña para niños. Mientras los pandaren faenaban, Tarlo observaba las jarras de cerveza, los cazos, las redes y los cubos de cebo a rebosar de peces retorciéndose. Había peces nadando en los charcos que tenía a sus pies. El bote se estaba quedando sin sitio donde ponerlos. Y los pandaren aún seguían sacando más: un pez marrón de ceño fruncido y cara chata con un tentáculo sobre la cabeza; un pez de color ébano del que salía vapor como si fuera una piedra volcánica enfriándose; un pececillo azul con una delgada pátina de… hielo… recubriéndole el cuerpo. ―Esos… son exquisitos ―comentó Mei Pa, haciendo una pausa mientras se esforzaba por mantener la cadena firme. Tras unas cuantas redes llenas más a bordo, los brazos de Mei Pa comenzaron a aflojarse en la cadena. Kuo y Shi Ga se habían acercado a ayudar, y los tres estaban ya de nuevo con su toma y daca de exclamaciones, gritando por el esfuerzo de recoger el enorme sedal. Por más cansado que estuviera, Tarlo había aprendido mucho tiempo atrás que quedarse sin hacer nada mientras tenía lugar una actividad frenética era una buena forma de que te sorprendieran, te mataran, o ambas cosas en ese orden. Pensó en acercarse a echar una mano, y… Su sedal dio un tirón. Tarlo no iba a dejar que este se le escapara. Se recobró de la impresión de la sorpresa y tensó los brazos. El viento le enfriaba el sudor repentino de la cara y el cuello. Fuera lo que fuese lo que había decidido picar el cebo, tiraba del sedal muy hacia la izquierda, y Tarlo notó que le estaba dejando irse mucho más lejos de lo que esperaba. Aunque le dolía la espalda, contrajo los hombros y se puso de pie mientras el sedal comenzaba a moverse otra vez, controlado aparentemente por la cosa de debajo del agua. Tiró en dirección contraria, pero era lo único que podía hacer para mantener la caña firme. Tarlo no era inexperto en pruebas de fuerza. Se había enfrentado cuerpo a cuerpo a bramantes guerreros tauren con toda su armadura, los había desprovisto de sus porras y espadas y se había arrancado de la garganta sus gruesos brazos. Pero esto… esto era otra cosa. La criatura con la que luchaba para sacarla del mar nadaba en melaza, cargada con pesos, echándole un pulso a través de un fino cordel atado a un tosco junco. Tarlo volvió a tirar del sedal, pero intentar acercar a su adversario a la superficie, acercarlo al bote o incluso hacerlo moverse en línea recta era toda una batalla. Se esforzó al máximo, con la cara roja y la respiración entrecortada. La diminuta caña de pescar daba botes en las manos de Tarlo, raspándole las palmas, entumeciéndole los brazos como si estuviera golpeando la pared de un castillo con su espada. Un ruido sordo resonó a sus espaldas y él dio un respingo sobresaltado, pero no se atrevió a girarse. La caña se curvaba hacia abajo, doblándose más espasmódicamente a cada momento. Tarlo se echó hacia atrás, inspirando, poniéndose de puntillas para hacer toda la palanca que pudiera. Su sedal estaba tan tenso que pudo distinguir las fibras que lo conformaban durante un horrible instante, y supo que algo tenía que ceder. Lo que no esperaba era que fuese el pez. Sin previo aviso, la presión de sus brazos se aflojó, y las escamas doradas del pez centellearon cuando Tarlo lo sacó del agua, retorciéndose. Era mucho más pequeño de lo que debería haber sido. Desde luego, muy pequeño para la guerra que le había dado. El pez apenas se distinguía de las otras docenas de carpas doradas que coleaban y nadaban por el bote, y Tarlo no tuvo que esforzarse mucho para evitar que se le escapara de las manos. Los tres pandaren sujetaban la cadena, moviéndose en lo que parecía un momento coreografiado para devolverla a su gigantesca caja de aparejos, pero se detuvieron como uno solo cuando vieron a Tarlo sosteniendo en alto su presa, sonriendo como si acabara de ganar la guerra. Mientras lo miraban, sacó el anzuelo de la carnosa boca del pez. Dejó caer al animal en un cubo de agua en su rincón de la embarcación y se sentó. Uno. * * * * * Mientras empaquetaban la pesca del atardecer, la lluvia comenzó al fin a reducirse a llovizna. Ahora las gotitas eran más pequeñas, y Tarlo podía secarse las de los ojos en vez de limitarse a entrecerrarlos. Se sentó junto a Shi Ga. Lo que tenía intención de decir —una pregunta— era: «¿Ahora vais a volver ya a la costa?» Pero lo que le salió fue una simple afirmación. ―Creo que entiendo por qué queríais contarme esa historia. ―¿Mm? ―Shi Ga arqueó una ceja. ―Para demostrar que no estáis locos. Pero también… como inspiración, ¿no? Shi Ga sonrió. ―Solo te contamos la historia de Xun porque es buena y merece ser compartida. Pero tal vez tú encuentres algo más en el relato. ―¿Y por eso os venís hasta aquí? ¿Para pescar y contar historias? ―Seguimos con el trabajo de Xun. No solo para alimentarnos y sobrevivir, sino para encontrar nuestro propio legado. Para… contar nuestras propias historias. ¿No es eso por lo que tú viniste aquí? Tarlo meditó sobre aquello. ¿Qué había esperado él encontrar en Pandaria? ¿Una fría muerte lejos de casa? ¿Un fin a la contienda? Desde luego no se le había ocurrido que se pescaría la cena. Pescando mar adentro en medio de una tormenta, sacabas de todo. Levantó un remo y se puso a remar con los pandaren, cuatro en el agua.
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    Pescadores - Sobre el Agua por Ryan Quinn Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF No importa cuántas veces lo hagas; nunca resulta más fácil. Cada día con la misma ropa cubierta de lodo, aguardando durante horas a que un grupo de ellos cargue contra ti, gruñendo como lobos todo el rato. Blandiendo tu espada hasta que ya no sientes los hombros. Con tanto miedo de cortarte a ti mismo o a uno de los tuyos como de sentir un cuchillo en la columna. Acabando empapado de sangre y sudor, sin saber de quién, regresando a cualquiera que fuera el agujero que habías cavado para echarte a dormir, e intentando averiguar quién había muerto y quién seguía vivo. Luego alguien te despierta zarandeándote, y lo haces de nuevo. A veces, te toca ir el primero. El chico miró a Tarlo con expresión boba, boquiabierto. Probablemente alguien lo había convencido de que la guerra había terminado y la Alianza había ganado. Cierto, ellos estaban mejor que el otro bando. Orgrimmar invadida, el jefe orco hecho prisionero, la Horda derrotada y lamiéndose las heridas. ¿Y qué? Pandaria había sido asolada, para sorpresa de nadie. Ahora que habían terminado con las amenazas locales los nativos se deshacían en agradecimientos, pero Tarlo sabía que tan solo estaban siendo educados. Era imposible tener ejércitos luchando en tu hogar y no odiar a quienes lo habían empezado todo. Además, la Horda no había sido destruida, tan solo puesta en fuga. Ahora había un nuevo Jefe de Guerra, y habría una nueva guerra en cuanto se hubiera instalado. Quien pensara que un trol caníbal llevaría a la Horda a una era de paz y entendimiento no conocía muy bien a los zandalari. Sí, habían ganado. Tarlo Mondan llevaba en la campaña pandaren desde la primera llamada a voluntarios, y había estado en muchas batallas antes de eso. Orcos, no-muertos decrépitos, cornudos retorcidos con cráneos humanos: se había enfrentado a todos ellos y había sobrevivido. ¿Y qué había sacado con ello? ¿Tantas cicatrices como para afeitarse la cabeza? ¿Algo de botín guardado en un banco? Ningún hijo, ninguna esposa, ningún hogar que se hubiera construido él mismo, ningún cuadro en la pared. No gran cosa por lo que seguir adelante. Navegaban rumbo a casa en la Orgullo del Patrono, pero podía haber sido cualquier otro gran barco a rebosar de botín y nuevos reclutas. Se quedarían allí plantados, con el primer uniforme limpio que habrían llevado en meses, les pondrían unas medallas baratas en el cuello, y luego… ¿qué? ¿A esperar al siguiente llamamiento a las armas? Era mejor que el chico lo entendiera ahora. Mejor temprano que tarde, cuando estuviera solo y con un algún buey descerebrado de la Horda abalanzándose sobre él. Al menos podría dejarlo mientras aún era joven. Pero el chico nunca lo entendió, claro. Tenía el mismo gesto idiota en la cara cuando la tercera gran ola de la noche escupió sobre la cubierta del barco. La ola dejó a Tarlo postrado. El agua, blanca y espumosa, lo bañó todo, se le metió en la boca e hizo que le escocieran sus estropeadas encías, pero él entrecerró los ojos y se centró en el chico. La vela ondeaba, casi rasgada por la mitad. Había hombres gritando para hacerse oír entre tanto estruendo, chillando, intentando incorporarse. La Orgullo del Patronodaba bandazos, y Tarlo, con el estómago agarrotado en las entrañas, corrió hacia el chico. Había recorrido media cubierta cuando al fin comprendió por qué al chico no le había cambiado la expresión: estaba desplomado contra el costado del barco, los pequeños embates oceánicos meciéndolo hacia atrás y hacia delante. Tenía astillas de madera color canela impregnadas de agua por toda la ropa, y también flotando en el agua que había a su alrededor. Su guerrera, antes azul, presentaba un horrible tono púrpura. Probablemente un cañón se había deslizado por cubierta y lo había aplastado. Tal vez un palo del barco le hubiera partido el cráneo. Tal vez… Mientras Tarlo hacía conjeturas, otra ola giró el barco de lado. Los pies se le separaron del suelo y salió despedido de la cubierta. Por un instante, solo vio agua de mar por todas partes. Hacía tan solo unas horas había estado orinando en ella. Tarlo golpeó el océano de espaldas, casi sin aire en los pulmones, y los remolinos de agua tiraron de sus miembros de aquí para allá, como si fueran los de una muñeca. Sumergiéndolo. No. El frío era penetrante, como si hubiese sido alcanzado por una lanza salida de la nada. Los dedos se le tensaron de manera involuntaria. Le dolía abrir los ojos. No. Descendía. Su cuerpo giraba una y otra vez. El agua lo sacudía por todas partes al mismo tiempo. Los brazos y las piernas se le agitaban como aspas. A Tarlo le parecía que lo arrastraban cada vez más hacia abajo. Era penosamente consciente del dolor de sus pulmones intentando expandirse. Iban a estallar, y el agua los anegaría. Imposible saber cuándo. Frunció los labios con fuerza, vapuleado, envuelto en sus propias burbujas. Los pulmones le ardieron con más fuerza, más intensamente. Las venas de su cuello palpitaban, tensadas como jarcias. Su pecho estaba cediendo. Su cuerpo era una marioneta. Tal vez las piernas se le habían roto: apenas se movían. Todo parecía pesado. ¿Se estaba ahogando? Qué apropiado morir aquí, tras sobrevivir a una docena de batallas, a tan solo unos segundos de su barco. Tuvo que abrir la boca. Algo salido de no sabía dónde lo había atizado con fuerza, y la boca se le abrió sola. Aspiró salmuera y sal caliente. Volver a respirar solo parecía algo bueno en comparación con el dolor. Se odió a sí mismo mientras lo hacía. Aire. Resopló aire y agua y mucosidad, y Tarlo comprendió que tenía la cabeza por encima de la superficie. Estaba respirando. La espalda y los costados le ardían, y tenía los brazos doloridos, pero vio con claridad por primera vez en lo que había parecido una eternidad, y había una luz resplandeciente, procedente de las dos lunas en el cielo. Tarlo se daba cabezazos con algo detrás de él. Rocas. Afiladas. Se empujó contra ellas con las piernas y volvió a tomar aliento. Tarlo expectoró una bilis roja y salada. Dolía: una buena señal. Estaba vivo. A lo lejos veía la Orgullo del Patrono, maltratada, con las velas plegadas, alejándose temblorosa. No confiaba en que regresara con esta tormenta. Él no lo habría hecho. Era mejor un hombre al agua que cien. * * * * * El agua estaba helada. Al principio, las olas lo habían empujado ligera pero dolorosamente contra las rocas, pero ahora estaba claro que querían levantarlo y hacer que se aplastara al caer. Tarlo intentó no pensar en su espalda, pero falló. Esperaba que fuera solo un esguince. No quería ni echar los brazos hacia atrás para tocársela. El agua, revuelta, no paraba de subir a su alrededor. ¿Cuánto tiempo tendría? Volvió a la levantar la vista, buscó con la mirada la Orgullo del Patrono y vio la cresta minúscula de una ola creciendo a lo lejos. Probablemente no sería tan grande como la que había sumido en el caos al barco de la Alianza, pero sí lo bastante como para acabar con él solo. Tarlo contuvo el aliento y se estremeció. Las olas no dejaban de venir. Si no era esta, sería la siguiente. Su respiración era entrecortada. Cuando la ola más cercana desapareció, preparándose para volver a arremeter, observó que algo ascendía por la cresta. ¿Restos del barco? Parecía un tablón largo. Si pudiera alcanzarlo antes de que la ola llegara a su punto más bajo, quizás… La ola golpeó con fuerza, y Tarlo fue acribillado por la espuma y empujado de nuevo hacia atrás. Quiso gritar cuando las rocas le rasparon la espalda, pero las usó para darse impulso. Le pareció que apenas se había movido, pero de algún modo estaba cada vez más cerca del tablón, de su salvación. ¿Pero cómo es que el tablón seguía a flote tras ese último impacto? Se dio cuenta de que era el tablón el que venía hacia él. Lo veía claramente a la luz de la luna mientras se abría camino a través de una ola en ascenso, cayendo justo en medio de su ángulo de visión. Se estaba haciendo más grande. Se acercaba. ¿Un barco? Una embarcación, en cualquier caso. Tarlo observó cómo aquel tablón que era un puntito se convertía en un largo esquife de madera con sus redes a rastras. Los pilotos del bote eran grandes y de cuello grueso. Iban encorvados, y unos remos, que en sus puños se veían tan pequeños como bastones, aparecían y desaparecían en el agua sin cesar. Orcos. Eran tres, discernió Tarlo a medida que se acercaban. Deseó haber tenido su espada. Una ola golpeó el lado derecho de la embarcación y las tres formas cambiaron hábilmente de posición, irguiéndose y clavando sus remos en el mar como extremos romos de arpones para intentar impedir que la barca se escorara. Tarlo contuvo el castañeteo de sus dientes y la respiración, y reflexionó. Mejor morir congelado, o ahogarse, o ser capturado por… No, no eran orcos. Tenían la cara y las manos cubiertas de pelo totalmente calado. Incluso los ojos parecían empapados. Se habían envuelto en un par de capas de colores gris y marrón que les daban aspecto de fardos de trapos húmedos, y sus zarpas lanudas se aferraban al lateral de la embarcación. ¿Pandaren? Una figura enorme tenía su gran boca abierta, pero no parecía que estuviera diciendo nada. Simplemente… gritaba. Una ola surgió por detrás del bote, que fue arrastrado hacia atrás, con la popa peligrosamente levantada. La figura vociferante levantó una zarpa, haciendo una señal mientras la barca era impelida fuera de control. Su boca no se cerró. Eran gritos… ¿de entusiasmo? El esquife pandaren cabalgó sobre la cresta de la ola durante unos segundos antes de volver a bajar con un golpe, Tarlo contemplando la embarcación a menos de cinco metros de distancia. Los tres marineros estaban chorreando; el grande extendió una zarpa rolliza, señalando a Tarlo. Su boca seguía abierta. Detrás de la barca crecía otra ola que pronto encontraría las rocas. Tarlo coceó y nadó para salvar la vida. * * * * * Las tres figuras lo subieron a la barca preso de temblores y arcadas, pero Tarlo se tragó la sal que escupía cuando comenzaron a moverse. Los pandaren eran una fuerza formidable contra las enormes olas. Gritaban inarticuladamente, dos chillidos rápidos y luego uno, voceando cuando subía una ola y exclamando vítores cuando salían de ella calados hasta los huesos, dándose palmaditas en la espalda unos a otros y vociferando alborozados como si no hubieran estado a unos instantes de morir. Cada vez que la embarcación se abalanzaba contra un muro de agua, Tarlo se veía perdido en el océano… pero luego se reanudaban los gritos de júbilo y la barca volvía a saltar contra las olas. El agua se agitaba por doquier, como si gigantescas manos invisibles dieran de manotazos al océano, y aun así los pandaren seguían como si tal cosa. Luego ya no hubo más olas, solo gritos de entusiasmo. Tarlo había dejado de contar las oleadas que casi habían hecho volcar el bote y se había tendido sin más sobre su espalda. No parecía que se hubiera hecho nada grave. ¿Tal vez alguna costilla fracturada? Le dolía un poco el costado, pero al sentarse le hizo menos daño de lo que esperaba, por lo que se acurrucó en la capa extra en la que los pandaren lo habían envuelto. El cielo no era menos lúgubre, la lluvia caía con fuerza y su minúscula barca se movía precariamente y sin aviso, pero las olas eran… más tranquilas. No divisaba la Orgullo del Patronopor ningún lado, pero allá a lo lejos vio unos acantilados oscuros y rocosos, probablemente los que los hombres de a bordo pensaban rodear antes de la tormenta. Tarlo echó un vistazo a la barca y se sintió como si acabara de despertar. Estaba a salvo. Más a salvo. ―Yo… gracias ―masculló. Uno de los pandaren, el grande que no había dejado de chillar, paró lo justo para asentir con un gruñido. Otro, pequeño y fornido, de gruesa mandíbula, sacaba agua del vientre del bote con una jarra. El tercero, con la capucha tapándole las orejas, manejaba dos remos alternando los giros, con la espalda apoyada contra lo que parecía un barril de cerveza del tamaño de medio hombre. El pandaren no se giró ni dejó de remar al hablar, y sus palabras apenas se oyeron entre la lluvia incesante. ―¿Eres… Alianza? ―preguntó―. Habla franca ―analizó Tarlo―, con acento. Voz ronca, áspera. ¿Masculina? ―Sí ―Tarlo hizo una pausa―. ¿Adónde… adónde lleváis la barca? El bote se deslizó solo durante un instante cuando el pandaren dejó de remar. Se dio la vuelta para mirar a Tarlo, con sus ojos dorados brillando bajo la capucha, como un animal sobresaltado. Su fina barba, con dos largos bigotes, se agitó un momento. ―A pescar. * * * * * Tarlo estaba tan seco como podía estarlo: o sea, nada. Se puso otra manta sobre la cabeza mientras los remos quedaban levantados y los pandaren holgazaneaban, dejando que las olas zarandearan la barca. Los acantilados quedaban aún más lejos. Tarlo apenas los veía. No podía saber dónde estaría la Orgullo del Patrono, si es que no había naufragado. Los relámpagos restallaban en el cielo. Los pandaren estaban ocupados charlando, bregando con los sedales, buscando agujeros en las redes, poniendo cebo en los anzuelos. El grande y gritón había abierto el barril y llenaba dos jarras a la vez. ―Mirad, os lo agradezco ―dijo al gran pandaren―, pero ¿podríais dejarme cerca de esos acantilados que hemos pasado? ―El primo Shi Ga se está preparando para el lanzamiento. ¿Quieres beber algo? Su voz —una voz femenina— era sorprendentemente suave. Tarlo apenas podía creer que lo que estaba oyendo proviniera de las mismas fauces berreantes que había oído antes. Se encontró aceptando la espumosa jarra de cerveza que le ponían en las manos. Tomó unos cuantos sorbos mientras le castañeaban los dientes. Estaba caliente… pero no era desagradable. ―Oh, gracias. Soy Tarlo ―dijo, señalándose a sí mismo. ―Yo soy Mei Pa. Es un placer compartir una bebida contigo, Tarlo. Este es mi hermano, Kuo ―hizo una seña con la palma abierta hacia el pandaren bajo y fornido de cara grande. Kuo, que sujetaba dos jarras pasando su brazo musculoso por las asas mientras estiraba las redes de la barca, asintió. ―Kuo nos estaba contando una vez que pescó un pez alveolar frente a la costa del Bosque de Jade. ¿Tú pescas, Tarlo? Tarlo no pescaba. Pescar era de lo más aburrido. Te sentabas, esperabas, mirabas y seguías esperando. La gente pescaba en las condiciones más tranquilas e indolentes imaginables, y luego se hacían llamar pescadores como si fuera una gran cosa. Cualquiera podía ser un pescador en primavera. Y pescar durante un temporal en un bote minúsculo en medio del océano mientras te morías de frío… eso no era aburrido: era estúpido. ―No soy muy de pescar ―respondió. ―Pero seguro que cuentas historias. ―¿Historias? Oh, sí, tengo unas cuantas. Mei Pa y Shi Ga centraron inmediatamente sus intensos ojos en él. La idea los había seducido al instante, y tal vez sentir que tenían algo en común ayudara a convencer a los pandaren para que lo llevaran a algún lugar más seco… Tarlo se aclaró la garganta. ―Bueno, cuando servía en Los Humedales hace unos años, encontramos una antigua fortificación. Éramos, mm, creo que ocho en la compañía. Un viejo fuerte destartalado, seguramente levantado por enanos mucho tiempo atrás. Lo habíamos encontrado en una misión de reconocimiento y nos pusimos a inspeccionar el interior, pero supongo que la Horda también se enteró porque, al cabo de no mucho, había dos bandas guerreras frente a las puertas, buscando una forma de entrar. Tenían rodeado por completo el lugar. Era imposible que pudiéramos salir sin que nos descubrieran. Eran muchísimos. Malditos bastardos repugnantes. Espadas, hachas gigantescas, de todo. Mei Pa frunció su enorme ceño. ―Entonces Griley tuvo una idea genial: arrancamos de la pared todos los tapices y grabados de piedra, cogimos algunas de las alfombras que no estaban podridas y lo apilamos todo en el patio frontal, y rompimos unas cuantas cosas para que pareciera que las habían dejado atrás unos saqueadores. También tiramos un par de monedas ahí en medio, porque los orcos no se pueden resistir a una pila de trastos si parece que hay algunas perras dentro. Los pandaren se metieron de lleno en la historia. Shi Ga había dejado la caña de pescar y había movido el asiento para ver a Tarlo contando la historia. ―Luego pusimos una media docena de cargas en el montón de botín, ahí, sepultadas debajo de todo eso. Y nos escondimos. Cuando entraron los orcos, yo no paraba de sudar. En serio. No estaba seguro de si picarían. ―Estuvieron un rato discutiendo al respecto, pero al final enviaron a unos cuantos goblins (ya sabéis, esos tipos pequeñitos y verdes, con esas orejas) a que hurgaran un poco. Aguardamos a que fueran más los que estuvieran medio metidos en la pila, ya sabéis. Seis, ocho, diez… y ¡BUM! Probablemente se cargó a unos veinte, y también la mayor parte de la verja levadiza y del muro de la entrada. El ruido más fuerte que haya oído en mi vida. Mientras meneaban sus estúpidas cabezas de aquí para allá para entender qué había pasado, nos escabullimos echando nuestras cuerdas por encima de la puerta oeste. Listo. Kuo parecía haber estado conteniendo el aliento. ―¿Y…? ―inquirió. ―¿Eh? ―preguntó Tarlo. Mei Pa intervino. ―Lo que mi hermano se pregunta, creo, es que cuál es la moraleja de tu historia. ―Su cara se veía pequeña y rara. ― ¿Moraleja? ―Bueno, les pusimos un cebo. Los burlamos. Y nos fuimos. Ninguno de los nuestros salió herido. ¡Era una proporción de casi diez a uno! ―Tarlo comenzaba a sonrojarse. ―Ya… veo ―Mei Pa parecía ciertamente decepcionada. ―Estábamos en guerra, ¿entendéis? ―Tarlo elevaba el tono de voz, pero los pandaren ya se habían girado, trasteando con su equipo, volviendo a atar los sedales y mirando hacia la negrura de la tormenta. La barca se balanceaba frenéticamente, pero sin moverse. Era una situación incómoda. ―¿Y vosotros qué hacíais en el océano durante una tormenta? ―preguntó Tarlo, consciente de lo absurdo de interrogar a la gente que le había salvado la vida―. Es evidente que no buscabais nuestro barco. ―¿Puedo responder a tu pregunta con una historia mía, Tarlo? ―fue la respuesta indulgente, en absoluto desagradable, de Mei Pa. Tarlo asintió. ¿Por qué no? De un modo u otro, se iba a mojar. * * * * * Hace muchos, muchos años, no muy lejos de aquí, había un pueblecito llamado Za Xiang. Los pandaren que allí vivían eran pescadores desde siempre, y se llenaban el estómago con los frutos del océano. Dependían de ello casi por completo; no había entre ellos un granjero o un cazador. Pero eran felices y tenían salud, hasta que, un día, una hambruna que no era natural encontró su aldea, y los peces desaparecieron del mar cerca de sus hogares. Bebieron agua de lluvia y cerveza y comieron frutos secos, pero pronto sus provisiones se acabaron sin que los peces hubieran regresado. Y padecieron. Tras semanas de hambre y racionamiento, los aldeanos cayeron en la desesperación. Enviaron mensajeros a la capital a pedir comida y, mientras esperaban, las familias comenzaron a abandonar Za Xiang en tropel. Los pandaren se pasaban horas y horas sentados en el puerto esperando pescar algo, pero ni un solo pez picaba sus anzuelos, y siempre volvían a sus casas con las zarpas vacías. Menos un jovencito llamado Xun, de unos doce años. Xun era testarudo. Juró que se quedaría pescando sin parar hasta que tuviera suficiente para dar de comer no solo a su familia, sino también a todo el pueblo. Por desgracia, no tenía la menor idea de pescar. Así que se quedaba esperando junto al muelle, llamando a los peces, buscándolos por encima del agua. Tenía un palo con una cuerda atada, pero como a sus vecinos les había dado por comerse casi todo el cebo que tenían, no disponía de nada que usar como señuelo. Por eso, Xun decidió jugársela a los peces: se puso a pulir piedras hasta dejarlas relucientes y las hizo saltar por el agua, con la esperanza de que los peces saltasen tras ellas. Pero no fue así. Estuvo toda una semana arrojando piedras, sin dormir, hasta rendirse. Luego Xun intentó convencer a los peces de que salieran del agua. Hundía la boca en el océano y les contaba chistes a los peces en la lengua materna de estos. Pero los peces no tienen nuestro mismo sentido del humor y, si alguno de ellos oyó el sonido de la voz de Xun, ninguno salió a la superficie a saludarlo. Tras otros tres días así, parecía que no había un solo pez en el mar, y Xun se sulfuró. Dejó a un lado sus piedras y se metió en el océano hasta sentir frío, parado en el agua, con la orilla y su hogar ya muy pequeños a sus espaldas. Aguantó la respiración y se hundió en el océano. Se puso a buscar a los peces con los ojos abiertos, escociéndole, para poder atraparlos con sus zarpas. Y bajo el fango avistó un diminuto pez marrón, cubierto por el fondo del mar como si se escondiera. Xun era rápido, y nadó hacia él para agarrarlo, pero, al acercarse a él, una descomunal sombra oscura le tapó la luz del sol. Vio cómo la boca de una serpiente gigantesca y hambrienta le adelantaba a toda prisa, mordiendo al pez. El monstruo que le robó el pez a Xun era enorme y viscoso como una anguila, pero encogido como si no pudiera estirarse del todo. El estómago le sobresalía, dilatado, y tenía peces vivos empalados en sus dientes plateados. Xun comprendió que este monstruo se había estado comiendo todos los peces de Za Xiang, y que por eso nadie, ni siquiera los mejores pescadores del pueblo, había podido pescar ninguno. El cuerpo de Xun cabía entero en la boca de la criatura. Era tan grande que solo estar en el agua con ella ya atemorizaba a Xun, pero este estaba demasiado furioso para irse a casa. Nadó, persiguiendo al monstruo, moviendo brazos y piernas al mismo ritmo que sus aletas, y avanzó serpenteando por el océano, copiando sus movimientos. Aguantando la respiración todo lo que pudo, Xun se fue directo hacia las fauces abiertas de la bestia. Extendió el brazo entre unos dientes con unas separaciones tan amplias que le cabía la zarpa entera y le sacó un pez. Luego Xun soltó el aliento y se fue disparado a la superficie antes de que la criatura pudiera atraparlo en sus fauces. Se fue con el pescado directamente a su casa, lo dejó en la mesa y les dijo a sus padres y hermanos que no tenían por qué irse; simplemente tenían que encontrar una nueva forma de pescar, y podrían dar de comer a todo el mundo. Xun había descubierto, como debe descubrir todo aquel que se propone pescar, que la mejor pesca no era pasiva. * * * * * Tarlo tuvo que bajar la mirada y hundir los labios en su cerveza para que no se le escapara una sonrisita, pese a su dolor de espalda, la lluvia, el frío y todo lo demás que estos pandas chiflados parecían ignorar. Sí, claro. Un chico pandaren se había ido nadando hasta la mitad del mar, y era tan rápido que le sacó un pez de la boca a una especie de anguila enorme, huyó sin ser devorado y salvó a su pueblo hambriento. Seguro. Lo que Tarlo dijo fue: ―Oh. Una historia interesante. Mei Pa le sonrió como si pudiera leerle el pensamiento. ―Es solo una historia, Tarlo; parte de una, en realidad. Pero la considero importante. Estos pandaren no eran nada excluyentes. No solo le habían salvado la vida y le habían contado una historia; le habían dado una caña de pescar diminuta y torcida y un poco de cebo, como quien da a un niño una espada de madera para que pelee de mentira. Había estado moviendo su sedal en el agua con una mano mientras Mei Pa hablaba y hablaba. Pescar. Ya. Menear un cordel en el océano para no pensar en su tiritona, más bien. No había sacado nada después de una hora de esperar y escuchar. No habían picado ni una vez. Ahora que Mei Pa se había callado, Tarlo giró ambas piernas hacia el mar, mirando intensamente. ¿Por qué él no había pescado después de tanto rato? Kuo y Shi Ga subían redes llenas de olorosos peces dorados. ―No te preocupes, Tarlo. A veces, los peces simplemente no vienen. Tiene muy poco que ver contigo. Tarlo sacó la caña de juguete del agua con una sacudida, le echó una mirada a Mei Pa y gruñó con indiferencia mientras la dejaba caer sobre la cubierta. Los pandaren habían terminado, así que él también. Ya podían ponerse en marcha. Al cabo de unos minutos, la barca avanzaba otra vez. * * * * * Tarlo miró al cielo. La lluvia caía ahora con más fuerza. Sus mantas ya hacía rato que habían dejado de servir para otra cosa que no fuera hacer que se le pegara la humedad y el frío. Intentó pensar en la última vez que había visto aquellos acantilados. Eso había sido… hacía cuánto, ¿cuatro o cinco horas? Aún estaba oscuro. ―¿Vamos hacia tierra, dondequiera que esté? ―preguntó sin dirigirse a nadie en particular. ―Aún queda mucho por pescar ―fue la áspera respuesta de Shi Ga. Un relámpago brilló en el cielo, y las nubes parecieron abrirse de nuevo. Tarlo prefería morir por un error propio que por la falta de juicio de otro, así que escudriñó el agua, intentando avistar algo hacia lo que pudiera ir nadando, por más herido que estuviera. Algún trozo de madera flotante, un pedazo de coral… Lo que fuera. Pero lo único que veía eran cortinas de lluvia tan gruesas que le obligaban a entrecerrar los ojos No; vio algo más. Allí, un poco por debajo de la superficie, había una forma sinuosa, de un negro aceitoso, que se movía. A Tarlo le pareció divisar una aleta, pero cortaba el agua a demasiada profundidad como para poder distinguirlo. La barca se balanceó ligeramente, y Tarlo se agarró a un lado. Es la tormenta lo que nos agita. No… lo que quiera que sea eso. ―Eh…―comenzó a decir, pero Kuo y Shi Ga habían sacado sus remos del océano. El bote se deslizó lenta y lánguidamente hasta detenerse, mientras la lluvia los golpeaba con fuerza. ―No perturbes la superficie ―susurró Shi Ga con su voz de fumador de pipa―. Ya pasará. Tarlo observó a la forma impenetrable girar una y otra vez en círculos perfectos, y no estaba tan seguro. Le picaba el cuello, y quería esputar lo que fuera que se le estaba formando en la garganta, pero no quería hacer ningún ruido indebido con aquella cosa ahí debajo. Kuo no tenía tales escrúpulos. ―Tarlo, ¿sigo yo con la historia de Xun? Esta parece una ocasión excelente ―sus gruesas zarpas le acercaron otra cerveza. La intensa lluvia hacía que la espuma de la parte superior de la jarra se desbordara. De locos. * * * * * Con lo que había pescado, Xun no alcanzaba para dar de comer a todo el pueblo de Za Xiang. No bastaba ni para alimentar siquiera a su familia, aunque lo cortaron en cubitos e hicieron sopa con las aletas y masticaron las escamas de los costados. Pero significaba algo. Si un aficionado podía pescar un pez, ¿cómo es que no podían expertos que habían pescado toda su vida? Los aldeanos se pusieron a lanzar sus cañas día y noche, tantos que no cabían en su diminuto muelle, se estorbaban unos a otros y se les enredaban los sedales. Quienes no podían pescar comenzaron a ampliar el embarcadero con el fin de que hubiera sitio para que todos los del pueblo pudieran estar unos junto a otros con sus cañas sobre el agua. Pero aun trabajando todos juntos, los aldeanos apenas comían. Sacaban uno o dos peces al día, luego los pandaren se reunían en el centro del pueblo, los despedazaban, los cocinaban y los compartían haciendo una fila. Su ruido de tripas resonaba en el océano. Perdieron peso en el lomo, los brazos, la cara, se veían demacrados y andaban por ahí desvelados. El mar parecía vacío. Xun estaba preocupado. Su pueblo había vuelto a trabajar duro para conseguir comida, pero él sabía que el monstruo al que había encontrado aguardaba ahí abajo, comiéndose todos los peces y haciendo que su familia y sus amigos estuvieran siempre famélicos. No le había contado a nadie lo de la bestia que había visto por si a los aldeanos les daba demasiado miedo pescar. En su lugar, cogió una canoa de noche y salió al océano. En la embarcación había amontonado cazuelas y toneles vacíos, que lo hacían ir terriblemente cargado. Remó arrastrando un arpón por el agua, ya que la mayoría de la madera para remos se había usado hacía tiempo para el muelle. Tardó medio día en perder de vista la tierra. El viento lo azotaba, y tenía frío por la falta de abrigo. No se podía decir que Xun fuera muy sensato. En cuanto dejó de avistar su hogar, Xun se puso a gritar y chillar y a golpear el agua con su arpón. Cogió los pesados pucheros y barriles que había traído, los levantó bien alto y los arrojó al mar con toda su fuerza. Algunos se hundieron hasta llegar al fondo y levantaron grandes nubes de tierra, sonando como unos pies gigantescos que pisotearan el lecho marino. Golpeó el océano durante toda la noche, casi hasta el amanecer, hasta que, con su atenta mirada, le pareció divisar a la monstruosa anguila acercándose serpenteante hacia él, levantando olas a su paso. Xun cogió su arpón, listo para atacar en cuanto la cosa llegara a su bote, cuando, detrás de ella, vio más formas aproximándose. Algunas tenían el mismo tamaño que la gran anguila; algunas eran aún más grandes. Había fauces picudas, enormes caparazones, colas con aletas. Cada una de las criaturas era mayor que una casa familiar de Za Xiang, y la trampa de Xun las había atraído. Xun se quedó conmocionado y, antes de poder pensar siquiera qué hacer, alcanzaron la barca y la destrozaron con sus mandíbulas. Xun cayó al frío océano, chapoteando en un mar de bestias. El hambre las atrajo hacia él con los dientes rechinantes; Xun blandía su minúsculo arpón de izquierda a derecha, y coceaba tan rápido que se levantaba del agua como un pez volador. Las criaturas se ponían más y más nerviosas cada vez que sus mandíbulas atrapaban únicamente aire al cerrarse, y se mordían unas a otras tan a menudo como intentaban morderlo a él. Aprovechando la oportunidad, Xun quiso clavarle a una su arpón, pero el hierro se partió en cuatro direcciones como una piel de plátano. El frenesí continuó hasta que el sol salió y se escondió de nuevo. Xun se estaba cansando. Cinco de las poderosas bestias lo tenían rodeado, arremetiendo unas contra otras para evitar que las demás se lo comieran antes. Entonces una de las enormes tortugas rocosas agitó sus aletas por debajo de él y abrió su serpentina boca de par en par como una puerta abierta tirada en el suelo, y Xun se vio arrastrado hacia abajo junto a un torrente de agua de mar. La vista se le nubló mientras era absorbido directamente por sus mandíbulas. * * * * * ―¿Y qué se supone que debo aprender de eso, Kuo? ―espetó Tarlo, sin apartar los ojos del agua―. ¿No salgas al océano con una barca pequeñita? Porque no parece que ninguno de los tres hayáis tomado nota de la lección. Kuo lo miró, un tanto sorprendido. ―Oh, no, no. Xun aprendió que, sea cual sea el tamaño del pez que veas, siempre hay uno más grande. Pero no he terminado. * * * * * El interior de la garganta de la bestia era frío y estaba lleno de agua salada y ecos. Xun no veía nada en la oscuridad; la boca de la criatura lo apretujaba, y el agua amortiguaba los golpes que le lanzaba a las entrañas. Sus mandíbulas de hierro permanecían obstinadamente cerradas. Xun sabía que no podría salir por la fuerza. Pero también sabía que la criatura estaba esperando un bocado. Así que contuvo el poco aire que le quedaba, reteniéndolo en la boca y almacenándolo en sus pulmones. Hinchó las mejillas, apretó el pecho y se tiró contra la pared de la garganta de la gran bestia, mientras esta nadaba dando vueltas y vueltas, lanzándole azotes con la lengua a Xun e intentando empujarlo hacia su estómago. Xun estaba cansado y asustado, pero cerró fuertemente los ojos y esperó. Unos cuantos días después, cuando la mayoría de los aldeanos de Za Xiang estaban congregados en el muelle esforzándose por pescar algo, un viejo pandaren recorría las playas en busca de restos de madera y algas marinas. Grande fue su sorpresa cuando creyó vislumbrar una casa en el litoral, pero fue aún mayor fue cuando se acercó y vio que la "casa" era una tortuga dragón, de cabeza enjuta y larga como la de una serpiente y con un caparazón que se extendía por todo su cuerpo, vientre incluido. Hizo falta todo el pueblo, tirando con todas sus fuerzas, para arrastrar a la criatura hacia el interior de la playa. Los aldeanos trajeron martillos para partir el caparazón y los usaron hasta el anochecer, con el sonido resonando por encima del ruido de sus estómagos hambrientos. Una vez roto el caparazón, encontraron puntos blandos de los que extraer la carne de la tortuga; había suficiente para dar de comer a todo el mundo. Los fuertes martillazos habían despertado a Xun, y cuando los aldeanos abrieron el vientre de la bestia salió a rastras, para alegría de su familia y de todo Za Xiang. La bestia había sido casi tan terca como Xun. No quería abrir la boca para soltar a su presa. Metido en su gaznate, Xun había contenido la respiración tanto tiempo que la criatura murió ahogada, pero no se hundió debido a los poderosos remolinos de aire en los pulmones del chico. Xun contó a los aldeanos que no tenían nada que temer y que podían pescar cualquier cosa del mar, desde pececillos minúsculos a bestias enormes. Cocinaron la carne de la tortuga dragón y quedaron saciados por primera vez en mucho tiempo. * * * * * Una vez terminada la historia, Tarlo se dio cuenta de que era consciente del sonido mecánico de la lluvia en las olas, rugiendo y calmándose una y otra vez. Era aún más consciente de su miedo; sus manos se crispaban con fuerza sobre un remo cual garras, y era incapaz de relajarlas. La gran forma de debajo del agua se mantuvo inmóvil, sin dar ya vueltas, durante lo que pareció una eternidad. Seguramente preparándose para atacar, supuso Tarlo. Shi Ga la había estado mirando durante toda la historia, con el agua de la lluvia cayéndole en cascada por la capucha y sus largos bigotes, que más parecían dos colas de rata pegadas a su barbilla. Entonces, repentinamente, la sombra se alejó, haciéndose más y más pequeña hasta que Tarlo ya no pudo verla. Ninguno de los pandaren dijo nada, pero al cabo de unos minutos sus remos volvieron al agua. Lo más probable era que fuera solo un tiburón. Lo único que importaba ahora era el frío. Tarlo temblaba tanto en medio de la tormenta que sus huesos le parecían carámbanos. Apenas podía tener las manos quietas. Los pandaren lo ayudaron a quitarse una manta empapada y a ponerse otras dos que sacaron de una caja fuerte, y le sirvieron más cerveza. Tal vez pronto llegaran a tierra y entonces podría estar realmente seguro de haber sobrevivido. Pero mientras, la barca se movía, y la curiosidad, boba y errática como solía ser el caso, pudo con Tarlo. El chico este, Xun, se propuso salvar a su pueblo, pero tuvo la suerte de estar justo en el sitio adecuado y se enfrentó a un gigantesco pez dentudo sin sufrir un rasguño. Y de un plumazo solucionó los problemas de todo el mundo, fue a parar a la playa junto a su casa y la vida volvió a la normalidad, ¿no? Ya. Le dio un golpecito en el hombro a Kuo. ―¿Y eso es todo? Encuentra unas criaturas enormes, una se lo traga, sobrevive milagrosamente y, cuando la corriente lo lleva a la orilla, ¿eso salva a su pueblo de morir de hambre? Kuo negó con la cabeza. ―La historia de Xun no acaba ahí, claro. ―No, claro ―le soltó Tarlo―. Siempre puede haber más cuando te lo vas inventando sobre la marcha. Ha de estar bien no tener que limitarse a cosas que pasaron de verdad. ¿Cuánto tiempo contuvo Xun la respiración? ¿Dos días? Tarlo esperaba que el rostro de Kuo lo delatara, dolido de algún modo, pero parecía estar sonriendo, si bien era una sonrisa enmarcada en un pelaje empapado. ―Está bien que te acuerdes del nombre. A Shi Ga se le da mejor explicar el resto de la historia, así que dejaré que siga él. Kuo y Mei Pa se movieron para coger los remos, y Shi Ga se sentó contra el banco junto a Tarlo, mirándolo mientras la barca se deslizaba sin ningún destino concreto o propósito que Tarlo pudiera descifrar. Los ojos de Shi Ga brillaban tanto como de costumbre, y su voz áspera hizo que Tarlo se inclinara, de mala gana, para oírlo con más claridad. ―Mucho fue el tiempo transcurrido desde que Xun salvara a su gente, y con el paso del tiempo, siempre llega el cambio… * * * * * Durante muchos años, Xun dio de comer a su pueblo. La gente de Za Xiang se alimentaba de tortugas dragón, grandes calamares de ocho ojos y poderosas anguilas. Ninguno comía más que el mismo Xun, quien también bebía el aceite de las bestias. En su transición a adulto se fue haciendo más alto y fuerte, tanto que hasta podía verse su cabeza por encima de las casas de la localidad. Cuando andaba, lo hacía con rectitud y solidez, cual roble. Como era costumbre entre los machos pandaren que vivían cerca de los fríos vientos oceánicos, Xun se dejó una larga barba impregnada de salitre, tosca como el pellejo de un animal salvaje. Sus ojos se volvieron rojos e inyectados en sangre, sus pupilas se estrecharon como las de un pez, y decían que podía ver a una legua debajo del agua. Cuando Xun entraba con sus túnicas en el océano, el agua del mar temblaba ante su presencia y se filtraba en su ropa, dejándola húmeda y empapada durante días. Comenzó a dejar en la playa sus grandes túnicas, que tenían que ser confeccionadas por una docena de sastres del pueblo, para que se secaran, y quedaban resecas y rígidas por la salmuera, y los cachorros tropezaban con ellas. Peor aún, cuando se giraba mientras dormía, sus anchas espaldas echaban su casa abajo, por lo que Xun acabó yendo por ahí descamisado y durmiendo en el muelle para evitar al pueblo los problemas que su tamaño causaba. Ya adulto, Xun comenzó a atrapar a las grandes bestias del mar él solo. Le picaron y mordieron muchas veces, y las blancas cicatrices conformaban un bosque perfecto en su pecho y su mandíbula. Una vez, un tiburón descomunal con más dientes que gente había en Pandaria, cerró sus fauces sobre la oreja de Xun. Incapaz de quitárselo, Xun regresó a tierra andando por el fondo oceánico, sacó a la bestia fuera del agua, donde no podía respirar, y la arrastró hasta la playa, lo cual originó los ríos que aún se adentran en el interior cerca de Za Xiang. Cuando los aldeanos le arrancaron a Xun el tiburón, parte de la oreja se fue con este. Lo que quedó era como cuero curtido, y la familia de Xun le trajo a este una gran sortija del tamaño del aro de un cachorro para que se la pusiera ahí. Y toda la gente del pueblo dejó de pescar porque no les hacía falta. Xun estaba encantado de encargarse de todo. Pero al llegarle la ancianidad se empezó a preocupar. Los peces habían seguido escaseando en los mares de alrededor Za Xiang, y no había visto más que unos pocos desde que era un muchacho. El apetito de los aldeanos, que comían las enormes bestias que Xun atrapaba, no había hecho sino aumentar, pero ningún otro creció como Xun, y ninguno podía cargar con la fauna del mar como él hacía. Temía que, cuando él falleciera, la gente del pueblo entregara su océano a las bestias y se viera obligada a irse de sus hogares o pasar hambre. Tal vez un pandaren sabio habría pensado en conducir a su pueblo a través del país en busca de una nueva vida. Sin duda, un héroe del tamaño y la fuerza de Xun, que tantas cosas había logrado, podría convertirse en un cazador consumado o conseguir un lugar para su familia y sus amigos en una gran ciudad. Pero Xun no era sabio. Era tozudo y adoraba su hogar, así que, en vez de eso, decidió que daría de comer a Za Xiang para siempre. En sus noches de descanso en el embarcadero, había oído hablar a pescadores ancianos, pandaren que ya eran canosos cuando él era un chico. Habían contado un relato tantas veces que a Xun se le había grabado en la memoria: la historia de un monstruo sin nombre, vasto como el mar mismo. Medía 300 metros de ancho, más grande que cualquier bestia que se hubiera traído nunca a tierra. La primera vez que Xun oyó la historia, la criatura era un inmenso tiburón con hileras y más hileras de demoledores dientes. Cuando la volvieron a contar, era más como una medusa de color de cristal, cubierta de filamentos urticantes. Xun no veía en estas discrepancias en las versiones señal alguna de que la historia fuera falsa. Fuera cual fuese la verdadera, razonaba, la bestia siempre era lo bastante grande para que todos pudieran compartirla, y tenían sal y humo de sobra para secar sus trozos durante mucho tiempo. Sus aletas o tentáculos darían sabor a una rica sopa; su vientre sería asimismo adecuado para hacer buenos bistecs o cecina para rato. Se podría cortar en cubitos, freír, sazonar con pimienta, rellenar, adobar, servir con ensalada, cortar en filetes, asar a la parrilla, ensartar en brochetas… Con esta presa tendrían para meses. Años. Generaciones. Otro punto en común de todas las historias sobre esta monumental criatura era que vivía a una gran profundidad en el océano, más hondo de lo que ningún pandaren hubiera ido nunca. Así que Xun se pasó horas llenándose los pulmones de aire, sentado en lo alto de la colina más alta junto a su pueblo y tragándose las ráfagas de aire que llegaban a su boca. Se ató barriles pesados a los pies para poder hundirse hasta el fondo del mar. Cuando se metió en el océano, la corriente de resaca producida por sus pesadas zancadas sacó bancos de arena a la superficie, y las gaviotas que habían anidado en su barba salieron volando juntas hacia el cielo como una flecha blanca. Los aldeanos estaban acostumbrados, y saludaron a las aves como si fueran Xun en persona. * * * * * La barca volvía a estar ociosa, y Tarlo, sin proponérselo, se vio con la caña de pescar metida en el agua, perdido en sus pensamientos. Lo mismo habían hecho Mei Pa y Kuo, tirando la caña varias veces hasta quedar satisfechos y quedándose luego quietos como estatuas mientras la lluvia les bajaba por todo el cuerpo. Cuando Tarlo comenzó en el ejército, también él había sido joven y tonto. Él sabía que luchar por la Alianza podía conducir a otra cosa que no fuera otra pelea, más cadáveres astrosos, vacíos, idénticos esparcidos el suelo. Pero cuando eras joven y tonto podías saber algo sin que fuera verdad. Siempre habría un nuevo enemigo o un trofeo que dos personas deseasen pero no quisiesen compartir. La gente que guerreaba engendraba generaciones que guerreaban. La muerte llevaba a más muerte. Todo eso. ¿Por qué él no había abandonado entonces el ejército y se había ido a casa? Tarlo se detuvo. Era muy raro, pero habría jurado que habían tirado de su sedal. Quizás estaba tiritando por el frío… pero entonces, no, lo sintió otra vez. Agarró la caña con ambas manos, y de repente Shi Ga se quedó en silencio, haciendo una pausa en la historia para ver a Tarlo pescar. ―Con cuidado… Con toda la cautela de la que fue capaz, Tarlo se puso en pie lentamente. Aferró la caña con más fuerza, como si sujetara un arpón. Otra sacudida, luego otra, y cuando tiró bruscamente hacia arriba… …un anzuelo vacío saltó de debajo de las olas y golpeó a Tarlo en el hombro, enredándosele el cordel mojado en la oreja. El maldito pez había quitado el cebo del anzuelo. Tal vez dos, trabajando en equipo, lo habían partido por la mitad y se lo habían llevado. Estaba tan furioso que casi se tiró al agua a por él, pero entonces vio el rostro peludo, inescrutable, de Shi Ga. ¿Podía un pandaren esbozar una sonrisa burlona? ―Sí. Continúa ―gruñó Tarlo.
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    Vol'jin - El Juicio por Brian Kindregan Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF El joven trol se agachó bajo la lluvia, mirando al frente, hacia donde el camino se perdía frente a la densa maleza de la jungla. Ni la luz ni la brisa atravesaban el follaje. Esa parte de la isla se conocía como el Primer Hogar y solo los cazadores de las Sombras y los locos se adentraban en ella. Vol’jin no era un cazador de las Sombras. Sentía como le corrían entre los dedos de los pies ríos de agua. La lluvia era intensa y cada gota que le golpeaba en la espalda le empujaba hacia el Primer Hogar. En ocasiones, los cazadores de las Sombras regresaban, pero los locos nunca lo hacían. Detrás de Vol’jin, otro trol se cubría bajo una gran hoja de palmera. Zalazane tampoco era un cazador de las Sombras. —No eh’tamos lih’tos —dijo Zalazane mientras masticaba pedazos de carne de kommu—. El juicio es para trols más viejos que han hecho grandes cosas. Nosotros somos jóvenes, unos don nadie. —Yo soy joven; tú serás un don nadie —murmuró Vol’jin antes de levantarse—. Debemos hacerlo, Zal. Anoche, mi padre se pasó horas mirando el fuego y ahora actúa como si se le fuese a caer el cielo encima. Creo que tuvo una visión. Se acercan cambios y debemos eh’tar preparaos. —¿Crees que los loa te van a hacer cazador de las Sombras? —Me juzgarán, seguro. Me pondrán a prueba. Aunque no sé qué quiere decir eso. —Dicen que los loa controlarán nueh’tras mentes —dijo Zalazane con seriedad—. Nos van a confundir y manipular y harán que tengamos visiones. —Se dice que son muchas pruebas. Si me consideran digno, seré un cazador de las Sombras —respondió Vol’jin—. Si no me consideran digno… nada nos salvará. —Vaya, yo los voy a impresionar —dijo Zalazane con una sonrisa de complicidad—. —Pero se van a reír de ti. —Pisó el barro y avanzó con calma hasta situarse al lado de su amigo. Se miraron el uno al otro un instante y se les dibujó una amplia sonrisa, que dejaba ver sus colmillos. Ya desde su infancia en el poblado Lanza Negra, eso era siempre señal de que Vol’jin y Zalazane estaban a punto de hacer algo especialmente estúpido—. Con un gran alarido, se precipitaron corriendo hacia el Primer Hogar. Se estrellaron contra las opresivas lianas y raíces. La muerte, tanto repentina como lenta, inundaba el lugar, pero eran jóvenes y estaban convencidos de que no podían morir. No obstante, aquí estaban los loa. Los antiguos espíritus de aquellos que habían trascendido la muerte podrían otorgar favores maravillosos o infligir terribles castigos. Los loa podían dar a un trol una segunda vista, o volverlo loco hasta arrancarse sus propios ojos. Su juicio era despiadado, súbito e impredecible. Vol’jin y Zalazane corrieron durante un rato y ambos empezaron a preguntarse si las leyendas del Primer Hogar se habrían exagerado. No parecía haber grandes amenazas. Dos frondas enormes bloqueaban el camino. Con un movimiento rápido, se deslizaron por ambos lados, para descubrir una gran planta carnívora, una nambu. Unos labios peludos y separados les esperaban. Unos dientes fibrosos se retorcían con impaciencia en las enormes fauces y Vol’jin no pudo detenerse a tiempo. Se lanzó a la izquierda, rozando el borde de la nambu. Dio vueltas y trompicones hasta toparse contra algo duro y escamoso. Retrocedió tambaleándose, aturdido, sacudiendo la cabeza. Ese algo se dio la vuelta, dejando ver que se trataba de un raptor muy enfadado y muy grande, el más grande que Vol’jin había visto jamás. Retrocedió un poco más, consciente de que la nambu estaba en alguna parte detrás de él. Podía oír a Zalazane emitiendo sonidos sordos y extraños, pero Vol’jin había perdido la pista de su amigo. El raptor lanzó la cabeza hacia Vol’jin y este se inclinó hacia la izquierda. Una mandíbula inmensa se cerró justo en el lugar donde acababa de estar. De la boca de la criatura salieron ríos de saliva. La nambu reaccionó al movimiento veloz como un rayo y cerró los dientes contra el raptor, inyectando veneno en la carne rasgada de la bestia. Vol’jin solo tuvo unas décimas para aprovecharse de la distracción: sacó la guja y acechó a la nambu, estudiándola. Zalazane estaba en el otro extremo de la planta, revolcándose en un enjambre de insectos alchu que se había abalanzado sobre él, mordiéndole y picándole. No podría ayudarle de momento. El raptor arrancó la nambu del suelo, desgarrando las raíces y lanzando lejos la planta. Los pequeños ojos enfurecidos de la bestia se posaron en Zalazane, atraídos por los movimientos frenéticos del trol. No había tiempo. Vol’jin soltó un grito de batalla y cargó con fuerza con la guja. Atravesó la carne: Vol’jin abrió un reguero de sangre en el lomo del raptor, que se balanceó retorciéndose de dolor y lanzó a Vol’jin a los matorrales de un cabezazo. Vol’jin no veía nada con el rostro cubierto de hojas húmedas y pegajosas. Sintió que la tierra temblaba cuando la bestia cargó contra él. Vol’jin se tambaleó hacia atrás y a la derecha al volver a sentir las mandíbulas del raptor a centímetros de él. Se limpió las hojas de la cara justo a tiempo para ver al raptor retroceder y volver a por él. Oyó a Zalazane al otro lado del raptor, gritando y haciendo ruidos. Vol’jin se echó hacia atrás, sin atreverse a darle la espalda a la bestia. Vio que Zalazane estaba atacando desde el otro lado, pero el raptor balanceó la cola cerca del suelo y atrapó los pies de Zalazane debajo. La maniobra dio solo un segundo a Vol’jin, pero tendría que ser suficiente. Se abalanzó sobre el raptor y se aferró a su cuello. Durante un aterrador instante, su rostro quedó presionado contra la mandíbula inferior de la bestia, que le despeinaba la cresta con su aliento. Entonces, consiguió girar sobre el pescuezo y clavar las rodillas en los omóplatos del raptor. El raptor chilló y se agitó. Zalazane saltó para ponerse en pie y golpeó con el bastón la pata con garra de la bestia. Vol’jin oyó huesos partirse. Se agarró con más fuerza al pescuezo y clavó la guja en la garganta de la criatura. El raptor se había rendido con Vol’jin y avanzó hacia Zalazane, arrastrando la pata destrozada. Zalazane retrocedió lentamente, no obstante Vol’jin podía sentir cómo se estiraban y contraían los músculos de la bestia. Le quedaban segundos. Vol’jin tiró con violencia y sintió como la guja se clavaba en el músculo y la arteria. La sangre salió disparada en una cortina escarlata al sacar la guja formando un gran arco. El raptor se tambaleó hacia un lado y luego hacia el otro y cayó al suelo, con la boca a centímetros de los pies de Zalazane. Vol’jin se levantó al verse libre. —¿Qué era eso? —dijo Zalazane jadeando—. Es el raptor más grande que he vih’to. —¿Eh’taría poseío por un loa? ¿Nueh’tra primera prueba? —No creo, colega. —Zalazane se acercó a la garganta chorreante del raptor, ignorando la agonía mortal de la bestia—. Reconoceremos la prueba cuando llegue. —Ahuecó las manos para recoger la sangre del raptor y se la echó por la cara—. —¿Qué haces? —preguntó Vol’jin—. —Magia oh’cura, colega —respondió Zalazane mientras daba los últimos toques a la máscara de sangre y se lamía los dedos. Le hizo un gesto a Vol’jin para que hiciese lo mismo—. —No quiero oler a sangre en eh’te lugar —dijo Vol’jin. Zalazane se arrancó un insecto y se lo tiró a Vol’jin. Sin dejar pasar un segundo, Vol’jin agarró el insecto y se lo mandó de vuelta a Zalazane—. —Vamos a oler a la sangre de algo grande y malo. Vamos a oler a muerte y peligro —dijo Zalazane mientras le lanzaba otro insecto. Recientemente había comenzado a trabajar con el maestro Gadrin, el médico brujo jefe de los Lanza Negra, y sonaba confiado—. Vol’jin se deshizo del insecto y se movió para coger algo de la sangre que aún salía de la criatura. —Nos podría salvar —comentó Zalazane—. Pero no de los loa. —No de los loa —reconoció Vol’jin, mientras se echaba la sangre caliente y pegajosa por la cara. Olía fuerte—. Pero aún así solo sobreviviremos a este juicio enfrentándonos a los loa. Y aceptando lo que venga. —Ya, colega. —¡Ay! —Vol’jin bajó la mirada al sentir un dolor repentino. Mientras tenía los ojos cerrados para untarse la sangre, Zalazane le había colocado tres insectos furiosos en el pecho—. —Cuando sea un cazador de las Sombras —dijo a Zalazane—, le pediré a los loa que te maten. —Entonces yo también tendré mis propios poderes —bromeó Zalazane—. La noche había llegado. La jungla siempre estaba oscura y Vol’jin solo sabía que era de noche por el frescor del aire y las nubes de furiosos insectos que zumbaban al pasar en grandes oleadas. Mosquitos tan grandes como su mano buscaban una presa. Vol’jin y Zalazane se sentaron en la cima de una pequeña elevación. A un lado, una caída marcada acababa en rocas afiladas. Caminaron hasta acabar con los pies doloridos y el aliento entrecortado. El aire estaba cargado y estancado. —Esta prueba es extraña —dijo Zalazane con voz baja y precavida—. Solo andamos por ahí y matamos bestias. ¿Dónde están los loa? Vol’jin estaba a punto de responder cuando se le heló la columna y sintió una presencia. En la elevación había un loa con ellos. No podía verlo ni olerlo, pero los pelos de la nuca le decían que estaba allí. Una mirada a Zalazane reveló el mismo terror crudo en los ojos de su amigo. Entonces llegó el dolor. Peor que el dolor de un hueso roto o la herida de una puñalada. Más profundo y complejo que cualquier dolor que Vol’jin hubiese sentido nunca, inundó su mente, lo que le impedía pensar. Una voz le susurró. «El precipicio», dijo de forma silenciosa. «Las rocas del fondo acaban con el dolor. Rápido. Fácil». Vol’jin se dio cuenta de que era cierto: podía llegar al borde en un instante y el dolor se acabaría. Su única alternativa era resistir. Vol’jin cerró los ojos y resistió. Tras una eternidad, su cuerpo lo abandonó. Flotó, liberado de toda sensación. Una visión apareció lentamente frente a él. Estaba allí, más mayor, con más confianza. Observaba la visión desde lejos al mismo tiempo que notaba ser parte de ella. Una fila de trols Lanza Negra se desplegó tras él. Caminaban a través de una tierra extraña con poca vegetación y rocas naranjas. En la distancia se elevaba una gran ciudad, llena de bordes afilados y púas. Sonaban tambores de guerra y había un humo espeso sobre la ciudad. Era extraño, había criaturas verdes y orondas con armaduras complejas desplegadas al frente. Otras pocas criaturas, grandes y peludas, con pezuñas, observaban desde un lado. Vol’jin se acercó al líder de las criaturas verdes, que tenía una expresión firme y sabia. Se dieron la mano como iguales y sonrieron. Las palabras fluían en la mente de Vol’jin: Orcos. Orgrimmar. Tauren. Thrall. Las criaturas verdes hicieron gestos de bienvenida y los Lanza Negra dejaron sus cargas y parecían aliviados… pero derrotados en algún sentido. —¿Por qué? —preguntó una voz. Vol’jin sintió la voz en los huesos; hizo temblar su interior—. ¿Por qué subyugas a nueh’tro pueblo? Es mejor luchar solos y con orgullo, morir solos y con orgullo. —No —dijo Vol’jin, pensando—. Los Lanza Negra deberían eh’tar siempre libres y orgullosos. Pero tenemos que eh’tar vivos para ser libres. Si morimos, perdemos. Mejor eh’perar al momento oportuno, resih’tir. Somos una raza antigua, colega, y resih’timos. Sintió la certeza de lo que decía mientras hablaba. Siempre había sido el estratega entre sus amigos, el que pensaba la solución a los problemas. Tenía una gran determinación para la supervivencia y la victoria. —Eres sabio para ser tan joven —dijo la voz—. Los Lanza Negra van a sufrir; van a luchar. Para ellos, resih’tir es sobrevivir. —La visión se fundió ante él para revelar algo que solo podría ser el loa: una esfera brillante que emanaba sabiduría y tristeza ancestrales, pero de un brillo algo apagado y sin lustre. Algo que vagaba por el Primer Hogar desde mucho antes de que naciese Vol’jin. Imágenes y formas flotaban y desaparecían bajo su superficie. Vol’jin apenas tuvo tiempo de registrar al loa antes de que desapareciese. El mundo cambió a su alrededor—. —Te otorgo la visión —dijo la voz mientras se desvanecía. Vol’jin volvió a la elevación. Zalazane estaba allí—. —Podemos ver a los loa. ¡Podemos verlos! —exclamó Zalazane. Los dos trols se sonrieron—. —Puede que vivamos un día más —dijo Vol’jin—. —Tú eh’tás muy confiao —dijo Zalazane—. No eh’tamos lih’tos. Gadrin dijo que habría muchas leh’ciones que aprender. El juicio es complicao. Los loa guardan más cosas para nosotros. —¿Qué te moh’traron los loa? —preguntó Vol’jin. Zalazane y él se sentaron alrededor del fuego, asando un kommu en la hoguera. La grasa caía de los huesos de la criatura al fuego, que chisporroteaba y estallaba. Habían pasado varios días, eso le parecía a Vol’jin y el fuego era un lujo imprudente. Sin embargo, la fauna parecía dejarles tranquilos, como si los hubiesen marcado los loa. No era tan tranquilizador como debería haber sido—. —Yo era un gran médico brujo para los Lanza Negra —dijo Zalazane—. Eh’tábamos en una tierra eh’traña, luchando. Nueh’tra supervivencia estaba en peligro, colega. Necesitábamos ser fuertes y lo éramos. Eran tiempos difíciles para todos, en eh’pecial para nueh’tro líder. No sé quién era el líder, pero no era tu padre, colega —dijo Zalazane en voz baja. Entonces sonrió—. ¡Seré médico brujo! —Te mentí, Zal —dijo Vol’jin. Pudo sentir la atención de Zalazane al instante, aunque el otro trol simplemente esperó a que Vol’jin continuase. Los dos se conocían de toda la vida y ninguno había mentido nunca al otro sobre nada serio—. Mi padre hacía algo más que ah’tuar eh’traño. Me habló de una visión. Me dijo que tenía que ir a pasar el juicio. Me dijo que no quedaba tiempo. —¿Te dijo que teníamos que ir? —No teníamos. Solo yo. Nunca lo había vih’to así, Zal. No me eh’cuchaba, solo quería que me fuese. Tenía mucha prisa, pero cuando me fui… miré hacia atrás buh’cándolo. —¿Sí? —Y él me miraba como si no me fuese a ver nunca más. Como si me enviase a la muerte. —¿Así que pensah’te que también me querías matar a mí? —preguntó Zalazane con una sonrisa pícara. Siempre había sido capaz de levantar el ánimo de Vol’jin. Siempre se habían podido ayudar mutuamente—. —No eh’toy lih’to, Zal. No lo conseguiría solo. Pero pensé que juntos… —Vol’jin escuchaba en su cabeza las palabras en la voz de su padre—. Débil —habría dicho Sen’jin—. Débil y blando. El líder de los Lanza Negra no puede ser así. La vida es demasiao dura, incluso aquí en nueh’tra isla. —Juntos somos más fuertes. No pasa na, colega. Yo te ayudaré cuando seas débil. —Zalazane sonrió y quitó gravedad a sus palabras—. Siempre me ayudas. Juntos lo lograremos. Vol’jin abrió la boca para responder, pero se quedó helado cuando vio un brillo en la jungla. Otro loa, aún más primigenio y desconocido, brillaba a través de las hojas. Estaba lejos, pero le llamaba. Vol’jin saltó para ponerse de pie y acechó entre los árboles. —¿Adónde vas, colega? —gritó Zalazane; pero Vol’jin continuó. No podía dejar que el loa se fuese. Al acercarse a la luz, tropezando con las ramas, el loa se extinguió y Vol’jin se encontró solo en la penumbra de la jungla—. Finalmente, volvió a ver el brillo revelador a su derecha. Echó a correr, arrancando ramas y raíces, para lanzarse a por el loa. Cuando apartó la última rama, el espíritu volvió a desaparecer. Esperó, jadeando un momento, y se dio cuenta de que no tenía sentido permanecer inmóvil. El loa lo había dejado solo en la húmeda oscuridad del Primer Hogar. No jugaría al juego del loa. Que intentase guiarle mientras deambulaba entre los árboles. Tal vez encontrase al loa antes de que él volviese a encontrarle. Se movió a través de la densa maleza con más cuidado, caminando con cautela. No tenía ni idea de su posición con respecto al campamento, pero no le importaba. Encontrar al loa significaba la supervivencia. No encontrarlo significaba la muerte. El loa era lo único que importaba. Se detuvo en un claro. Veía partes del cielo a través de los huecos en la cúpula menos tupida de la jungla. Medía la respiración para intentar estar tranquilo y estudió los árboles. No vio nada. Gradualmente, como despertándose de un sueño profundo, percibió el calor que tenía detrás. Se dio la vuelta y el loa estaba detrás, a centímetros de él. Tan cerca que podía ver el movimiento y los juegos de los tentáculos brillantes de su superficie. El brillo del loa se expandió para cubrir su visión. Apareció en una cueva, una especie de túnel, y el camino se dividía ante él. En cada rama del camino había una visión de sí mismo. En una estaba sentado en un trono de oro puro. Había asados enormes envueltos en hojas de palma, estaba rodeado de muestras de la mejor bebida de la jungla y había trols hembra que bailaban para él. Parecía sano y feliz. Una pequeña cadena de oro le ataba el tobillo a una pata del trono. En la otra visión, estaba herido y sangrando, demacrado y rodeado de enemigos. La visión estaba nublada y cambiaba continuamente, pero siempre estaba luchando, siempre peleaba. A veces lideraba a otros Lanza Negra; a veces luchaba solo; pero el mensaje estaba claro: una vida de lucha y esfuerzo constante, sin descanso, una masacre continua. Vol’jin se rió. «¿Se supone que eh’to es una prueba, gran loa? Eh’to es fácil. Eh’cojo la libertad. Lucharé y sufriré, y puede que nunca sea feliz, pero eh’cojo la libertad». Desde lejos, le llegó la grave y primigenia voz del loa. «La elección no era la prueba, querido hermano. Si dudah’te, si tuvih’te que pensarlo, si llegah’te a eh’tar tentado un segundo, habrías fracasao». Vol’jin se estremeció al escuchar el tono de voz del loa. Sonó como si fallar hubiese significado la muerte, o algo peor. La cueva se desvaneció y Vol’jin apareció en una grada, contemplando una arena. Observó sus manos. Eran las suyas, pero más viejas; tenían callos y cicatrices de muchos años de asuntos marciales. A su alrededor había ancianos y luchadores de la tribu Lanza Negra. Más allá había orcos, tauren y otros. Todos observaban atentos cómo luchaban dos criaturas. Un orco marrón con un hacha poderosa y un tauren con una lanza. Ambos llevaban solo un taparrabos de cuero y estaban untados en aceite para la batalla. Una vez más, le vinieron palabras a la mente: Garrosh y Cairne. Aullavísceras y Lanzarruna. Los dos luchaban y retrocedían en la arena. El orco marrón sangraba por varias heridas, mientras el tauren permanecía ileso. Con su nueva visión, Vol’jin también podía ver a los loa por todas partes. Pululaban por el aire y se quedaban suspendidos alrededor de los bordes de la visión. Estaban reunidos e inquietos. Sin duda este momento tenía grandes implicaciones para la gente de Vol’jin, y puede que para todo Azeroth. Mientras Vol’jin miraba, el orco bajó su hacha formando un gran arco; el arma rugió con el silbido del aire al colarse entre las muescas del borde. El tauren levantó la lanza para defenderse, pero no fue suficiente: el hacha partió la lanza y rozó al tauren. Ambos combatientes se pararon un momento. El orco estaba casi demasiado herido para aguantar en pie, mientras que el tauren apenas tenía un arañazo. Sin embargo, fue el tauren el que se tambaleó, con las manos rendidas a ambos lados. Un trozo de la lanza colgaba entre sus débiles dedos. El orco levantó el arma y cargó. El rugido del hacha inundó la arena. El orco precipitó el hacha contra el cuello del tauren. Vol’jin sintió una punzada de dolor en el corazón por el grave daño recibido por el tauren. Se dio cuenta de que un sentimiento de pura tristeza resonaba a través del tiempo en Vol’jin por esta visión, tristeza por la pérdida de un amigo y un anciano respetado. El tauren se derrumbó. Antes de caer al suelo, el mundo se detuvo. Los sentidos de Vol’jin se alertaron y sintió como si el universo entero se hubiese ahogado al respirar un instante antes de gritar. Los loa se volvieron locos. Bufaban y susurraban. Revoloteaban de un lado a otro, gritándole al oído y lanzándose a través de él. Nadie más había reaccionado aún. Los demás testigos permanecían inmóviles. El tauren aún caía hacia el suelo, con la sangre saliéndole a chorros. Entonces Vol’jin lo entendió. Veneno. Le vino a la cabeza de repente: el hacha estaba envenenada y eso no estaba bien. No era la forma de actuar de esa gente. El tauren golpeó el suelo con un ruido sordo. Todo empezó a moverse a velocidad normal. La grada explotó entre vítores e indignación. Todo se fundió y se formó una nueva visión. La vio y él estaba en ella. Se volvió a ver en el primer lugar de una fila de trols. Transportaban sus pertenencias y parecían decididos. Él seguía en el extraño paisaje naranja. Al mirar por encima del hombro vio la gran ciudad de su visión anterior, pero parecía más oscura y cruda. Había orcos formando sobre la muralla, observando a los trols que se iban, con mirada amenazadora. Vol’jin sintió una inquietud aún más profunda; había algo más que le inquietaba en la visión. Entonces se dio cuenta. No veía a Zalazane. —¿Dónde eh’tá Zal? —se preguntó Vol’jin—. Ahora necesito a mi amigo más que nunca. Vol’jin sintió aprensión e inseguridad en su interior, revestidas por una fría cólera, la determinación de guiar a los Lanza Negra en los tiempos difíciles que les esperaban. —Dijih’te a mi hermano que era mejor sobrevivir —dijo el loa—, aunque significase ser débil, para poder seguir luchando. Es mejor resistir que morir con gloria. —La voz arrancó la mente de Vol’jin de la visión y le aceleró el corazón. Era la voz de alguien que había visto mayores glorias y horrores de lo que Vol’jin nunca sabría—. Ahora te llevas a los Lanza Negra de la seguridad de Orgrimmar; arriesgas una alianza que representa fuerza. ¿Por qué no te aclaras? Vol’jin dudó. Le estaban haciendo una pregunta muy importante y no tenía contexto. ¿Por qué haría eso? Miró a su alrededor. Su pueblo estaba enfadado, asustado, decidido, emocionado. Miró atrás a la muralla. Entonces su mirada se posó en Garrosh. El imponente Jefe de Guerra observaba desde las almenas, con gesto severo, pero con una pequeña sonrisa de satisfacción en los labios. Tenía su armadura puesta y el cielo de fondo, con la luz reflejándose en el tatuaje negro de su mandíbula inferior. Era un salvaje con un don para la violencia y la guerra, pero sin conocimientos de diplomacia o acuerdos. Entonces Vol’jin lo comprendió. —Traje aquí a los Lanza Negra para proteger nueh’tros cuerpos —dijo—. Vivimos para poder seguir luchando. Pero solo nueh’tro cuerpo. Lo que no pueden perder los Lanza Negra, loa, lo que nunca podemos perder, es nueh’tra alma. Los Lanza Negra tienen alma y si nos quedamos con eh’te orco, si seguimos sus órdenes, perdemos el alma. Eso no tiene solución. —Los Lanza Negra deben sobrevivir, pero no vale para nada si pierden el alma. Los Lanza Negra deben ser auténticos. Ser auténticos —dijo la voz—. Ahora oyes a los loa. Nos oirás todo el rato. Debes aprender a eh’cuchar. Vol’jin abrió los ojos. Estaba tumbado sobre la superficie embarrada del suelo de la jungla. Varios tipos de insectos construían alegremente capullos de barro sobre su cuerpo. Aún estaba cerca del fuego, que ahora ardía sin fuerza. No había rastro de Zalazane. Como en la visión. Vol’jin hizo un esfuerzo para incorporarse. Justo después, Zalazane surgió renqueante de la oscuridad y se sentó detrás de él. Miraron el fuego en silencio durante unos instantes. —Me vi… —dijo Zalazane entre dudas—. Me vi separando a los luchadores Lanza Negra de la tribu. El líder era muy débil, nos vendió, colega. Me convertí en el nuevo líder, y la tribu se dividió en dos. —Zalazane no quiso mirar a Vol’jin—. —¿Quién era el líder, Zal? Dices que no era mi padre, pero tiene que ser alguien que conozcamos. Zalazane seguía sin mirar a Vol’jin. Vol’jin cogió un palo y removió el fuego. «Ya vale de pruebas» fue lo único que dijo. Vol’jin caminó alrededor del fuego. Estaba inquieto y furioso, con ganas de matar algo. Lo habían empujado, tirado, machacado y mareado. Su mundo tenía menos sentido cada minuto que pasaba. Ahora su amistad con Zalazane (lo único con lo que Vol’jin siempre había contado además del amor de su tribu y su padre) pendía de un hilo. —Se acabó —anunció sin mirar a Zalazane—. Voy a cazar. Necesitamos comida y yo necesito matar. —Sacó la guja y se deslizó para perderse en la oscura maleza. Avanzar en solitario hacia la parte más peligrosa de la isla se le antojó una buena idea—. Se trataba de la fuerza. En el fuego, Zalazane empezó un canto vudú en bajo. Más adelante, en la penumbra, Vol’jin escuchó el chasquido de una ramita. Una gran criatura intentaba permanecer oculta. Vol’jin sonrió con los labios apretados contra los colmillos y los dedos clavados en la guja. Avanzó mientras sentía como los finos pelos de las grandes hojas de upka le acariciaban la cara. Volvió a escuchar el sonido, ahora a su izquierda. Se giró y dio la vuelta para tener la criatura a la derecha. Una vez más, escuchó un movimiento en la vegetación a su izquierda. Entonces se dio cuenta de que la criatura lo estaba observando. Solo podía hacer una cosa: cargó. Las ramas y las raíces se le enganchaban al lanzarse hacia delante con un grito gutural. Delante, otro trol esperaba de pie. Vol’jin se lanzó contra él y ambos cayeron. Colocó la guja alrededor del cuello del otro trol en la oscuridad. Todos los trols de la isla eran Lanza Negra y sus amigos, pero Vol’jin había crecido escuchando historias de los violentos Gurubashi, y en aquel lugar cualquier cosa podía suceder. El otro trol levantó la vista y sus facciones se iluminaron con un rayo de luz del fuego distante. Era Sen’jin, el padre de Vol’jin. —¿Papá? —preguntó Vol’jin impactado mientras se quitaba de encima del trol que estaba boca abajo. Sen’jin sonrió y empujó a Vol’jin. El trol más joven aterrizó en el barro, riéndose—. Sen’jin se puso de pie de un salto, giró el bastón y lo dirigió al pecho de Vol’jin. Vol’jin vio la intención asesina del rostro de su padre, se apartó y evitó por muy poco un golpe que le habría clavado las costillas en el corazón. Vol’jin se puso de pie, cauteloso y en guardia, pero sin atacar. —¿Papá? —preguntó—. ¿Qué pasa? —Sen’jin solo sonrió y atacó con el bastón en un arco bajo mortal. Vol’jin saltó, pero Sen’jin aprovechó el impulso del golpe para lanzar su cabeza contra el pecho de Vol’jin—. Vol’jin aterrizó de un salto, con el aire escapándole de los pulmones. Se giró sobre la espalda, jadeando. Sen’jin se deslizó hasta él, girando de nuevo el bastón. —Papá, ¿por qué haces eh’to? ¿He fallado? ¡No lo entiendo! —exclamó Vol’jin—. Sen’jin hizo una pausa. —¿No luchas porque crees que me conoces? Eres débil. Dicho eso, golpeó con el bastón la mano extendida de Vol’jin. El golpe llevaba hasta el último gramo de fuerza del viejo trol y la mano de Vol’jin se hizo añicos. Su pulgar, atrapado por la mano, recibió la mayor parte de la fuerza. Los huesos se astillaron y el pulgar quedó colgando como una garfa. Vol’jin no conseguía encontrarle sentido a la situación. Se giró hacia un lado, sujetando con la mano izquierda la mano derecha; más allá de la muñeca todo estaba roto y el pulgar estaba hecho puré. Estaba asustado y sentía como se le escapaba la realidad de los alrededores. Vio los grandes pies desnudos de Sen’jin moverse hacia la jungla. —¡Papá! —gritó. Sen’jin no se detuvo ni ralentizó el paso, ni si quiera miró atrás. Los arbustos se movieron y desapareció—. ¡Papá! —Vol’jin cayó hacia atrás, con los ojos cerrados con fuerza, sujetando el brazo—. Pasado un momento, recuperó el control de la mente y bajó la vista para mirar la mano. El pulgar estaba destrozado. Su guja yacía en el barro, con el metal pulido manchado de barro y sangre. La mano se sanaría, pero el pulgar quedaría deforme. Vol’jin nunca lanzaría un cuchillo ni sujetaría una guja con esa mano. Nunca cazaría, nunca señalizaría un ataque. Sin embargo, había una forma de arreglar eso. Sabía que había una forma. Vol’jin tomó aliento, miró a la guja de la mano izquierda y la elevó mucho sobre su cabeza. Lo haría con los ojos abiertos. Hizo bajar la guja en un arco largo y elegante. Atravesó la piel y el hueso de su mano derecha; la cosa rota y deforme que había sido su pulgar salió volando hacia la oscuridad. Quería gritar a las estrellas, pero se mordió el labio hasta sangrar, retorciéndose. No hizo ruido. El pulgar volvería a crecer de forma limpia. Todos los trols estaban bendecidos por los loa con una cierta regeneración. Les podían volver a crecer los dedos y los dedos de los pies, aunque partes más complejas como las extremidades y los órganos fuesen más allá de sus habilidades. Llevaría algo de tiempo, pero volvería a estar completo otra vez. Empezó a ver una luz brillante al fondo de su visión y se preguntó si estaba a punto de desmayarse. Sin embargo, la luz se hizo más y más fuerte. Vol’jin levantó la vista. Un loa brillaba cerca de él. Su luz relucía mucho y vibraba. Más fuerte y algo más nuevo que el antiguo y cauteloso loa que había visto antes. Le resultaba algo familiar. Sintió que conocía a ese espíritu de antes, de alguna vez. Al sentir Vol’jin al nuevo loa, apareció en una visión. Estaba en una isla con jungla, una muy diferente de su hogar actual. En la visión, se veía y representaba a sí mismo al mismo tiempo. Era más viejo, más sabio, más duro y mucho más infeliz. Lideraba un grupo de trols entre las hojas. La escena cambió y estaba luchando con otro trol. Un médico brujo de ojos salvajes adornado con fetiches y un collar con garras en una cuerda. Luchaban hasta la muerte mientras otros luchaban a su alrededor. El médico brujo era Zalazane. El loa habló: «¿Luchas contra los tuyos? ¿Otro Lanza Negra? ¿Tu amigo de la infancia?» Vol’jin no dijo nada, simplemente observaba la pelea, que fue desvaneciéndose poco a poco, con los colores corriéndose y cayendo como el pigmento fresco de un ídolo bajo la lluvia. Zalazane, no. Habían corrido, pescado y peleado toda su infancia juntos. Habían construido fuertes de barro y la primera vez que mataron una bestia lo hicieron juntos. Zalazane sabía cosas sobre Vol’jin que nadie más sabía. Sus miedos y triunfos. La vez que había llorado por una mascota muerta cuando era pequeño o el día que había apaleado a un matón más mayor hasta dejarlo inconsciente. Zalazane siempre había estado allí. Vol’jin bajó la mirada. El muñón lo decía todo. —Mataré a cualquiera que sea una amenaza para el futuro de los Lanza Negra —dijo—. No importa a quién. La tribu lo es todo; su futuro… lo es todo. —Eres sabio, chico —dijo el loa con una familiaridad que Vol’jin no conseguía identificar—. No te cortah’te el pulgar para salvar la vida; lo hicih’te para salvar el futuro. Los Lanza Negra deben ser fieros. Ser auténticos. Resistir. Nunca será fácil, pero es la única forma. —¿Quién eres? —preguntó Vol’jin. Tenía que preguntarlo—. El loa ignoró su pregunta. «Te concedo el poder de comulgar con los loa —dijo—. No siempre haremos lo que nos digas, pero te eh’cucharemos. Ahora eres un cazador de las Sombras, trol». Desapareció. Más tarde, Vol’jin y Zalazane caminaban a través de la densa maleza. —El futuro —dijo Vol’jin— no eh’tá eh’crito. No somos fichas en un tablero. Si mato algo, morirá porque yo lo decido. —Claro, colega —dijo Zalazane—. En mi viaje eh’piritual lo entendí todo. Vemos caminos. No son seguros, solo posibilidades. Si un trol es débil cuando debería ser fuerte, puede que otro trol dé un paso adelante. Entonces puede que el débil… —Apartó la vista de Vol’jin—. Ese será el malo en la hih’toria del fuerte. —¿Pero qué pasa si vuelve a ser fuerte, Zalazane? —No lo sé, colega. Hay vudú oscuro en todo eso. Puede que ambos sean grandes líderes. Puede que amigos. O puede que el segundo trol sea el villano. —Zalazane, no dejaremos que eso suceda. Somos amigos, y aprendemos cosas. Tú y yo, colega, tenemos que resih’tir y ser auténticos y fieros. —Claro —dijo Zalazane, pero con poca esperanza—. Lo descubriremos, Vol’jin. Vol’jin y Zalazane se movieron por la maleza, y dejaron rápidamente el Primer Hogar atrás. Comenzaron a ver signos familiares que les indicaban que la tierra de los Lanza Negra estaba cerca. Las visiones y revelaciones de los últimos días desaparecían rápidamente. Vol’jin intentó recordar los detalles con frustración, pero con cada paso que los alejaba del Primer Hogar, los recuerdos iban reduciéndose. Puede que eso fuese lo que querían los loa: una vaga sensación de lo que se necesitaba. Solo quedaban unas pocas palabras. Resistir. Auténticos. Fieros. Ahora Vol’jin y Zalazane eran diferentes. Avanzaban con confianza, atentos continuamente a posibles peligros. Se habían transformado en el Primer Hogar. Habían entrado como cachorros y salieron como predadores. Eran peligrosos, orgullosos, fuertes; eran de la tribu Lanza Negra. Al acercarse al poblado, comenzaron a ver señales alarmantes. Hojas pisoteadas y manchas de sangre. Olor a humo en el aire. Todos los sentidos de Vol’jin le decían que algo había cambiado. Algo fundamental del ir y venir de la vida en la isla había cambiado para siempre. Extendió una mano y Zalazane se detuvo al instante. Se detuvieron en el camino a poca distancia del poblado Lanza Negra. Aún no lo veían, pero incluso los sonidos tenían mala pinta. Vol’jin oyó actividad, el ruido de equipos de trabajo cortando madera y martillando. Vol’jin cerró los ojos y tomó aliento, escuchando a los loa. Le susurraron, pero seguía siendo difícil entenderlos. Aprendería con el tiempo. —Creo que han atacado nuestro poblado —dijo a Zalazane, intentando descifrar los mensajes de los agitados loa—. Zalazane solo asintió con la cabeza. Ahora tenía sus propios métodos y sus diferentes perspectivas habían creado un abismo entre ellos. Volvieron a avanzar, con las armas preparadas, dando cada paso con cuidado. Atravesaron las hojas y vieron el poblado Lanza Negra ante ellos. Habían derribado las cabañas y los escombros yacían desparramados por todas partes. Había cadáveres distribuidos en filas ordenadas en el extremo del poblado. Los trols avanzaron entre los muertos, dejándolos en posición de paz. Las hembras y los niños se arrodillaban sobre algunos trols, sollozando y tirándose del pelo. Un sacerdote iba de un lado al otro con los ojos cerrados, farfullando. Los trols, vivos o muertos, eran todos Lanza Negra. Vol’jin y Zalazane aceleraron el paso, en dirección al centro del poblado. Allí las ruinas eran aún más devastadoras. Pasaron junto a muchos Lanza Negra, todos demasiado ocupados con sus problemas como para darse cuenta de la presencia de los dos. Cerca de la laguna vieron grupos de Lanza Negra que construían barcos. Muchos barcos. Los equipos organizados eran extraños para la vida relajada de la isla a la que estaba acostumbrado Vol’jin. Su corazón comenzó a latir más rápido. Su pueblo no había sido conquistado, pero en el poco tiempo que se había ido, había cambiado. Vol’jin y Zalazane se detuvieron en el centro del poblado, dos figuras inmóviles en un mar de actividad bulliciosa. Unos pocos trols que pasaban con prisa les lanzaron miradas desconfiadas y confusas. Los loa empezaron a clamar en alto. Solo Vol’jin los podía oír, pero sabía que algo se acercaba. Analizó los alrededores y vio como un trol se acercaba. Vol’jin y Zalazane se dieron la vuelta para encontrarse con Gadrin, el médico brujo jefe de la tribu, que se acercaba a ellos. —Muchachos —dijo—. ¿Dónde habéis eh’tao? Creía que eh’tábais muertos. —¿Qué quieres decir, maestro? —preguntó Zalazane—. Hemos eh’tao en la jungla una semana. —¿Una semana? Vol’jin, Zalazane… habéis eh’tao fuera tres meses. Han pasao muchas cosas. Unas criaturas verdes raras llegaron del agua… —Orcos —dijo Vol’jin—. —Sí, colega —dijo Gadrin sorprendido. Adoptó un tono considerado al continuar—. Tu padre, Vol’jin… luchó contra la Bruja del Mar, y… —Se fue al más allá. Ahora eh’tá con Bwonsamdi, maestro Gad. Lo sé. —Vol’jin comprendió la verdad de lo que decía al salirle las palabras de la boca. Sabía que su padre ya no estaba entre los Lanza Negra. Al menos no como trol—. —Vamos a seguir a los orcos por mar —continuó Gadrin—. La Bruja del Mar es demasiao fuerte; no podemos quedarnos aquí. Tu padre dijo que nos fuésemos. Llevará algo de tiempo, tenemos que prepararnos. —Lo comprendo —dijo Vol’jin, de repente repleto de confianza—. Me pongo al cargo de la evacuación. —Te ayudaré —dijo Zalazane con una sonrisa—. Vol’jin sonrió a su amigo. Lo más inteligente sería enviar a Zalazane delante para preparar el camino. Zalazane era su amigo más leal y haría bien el trabajo. Sin embargo, una parte de Vol’jin se mostró reacia ante la idea. No sabía por qué, pero sentía que ahora debería tener a Zalazane cerca de él. Se ayudarían el uno al otro. Juntos podrían lograr cualquier cosa. Serían auténticos y fieros, y resistirían. Fin.
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    Gallywix - Secretos Mercantes de un Príncipe Mercante por Gavin Jurgens-Fyhrie Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF Introducción del autor Eh, camarada, aquí el príncipe mercante Gallywix. Si tienes este libro entre las manos es porque quieres ser como yo. ¿Quién no querría? No existe un goblin vivo más poderoso y peligroso que yo. Puedo darte todo lo que necesitas para alcanzar el éxito. Pero primero, un amistoso aviso legal vinculante exclusivamente dedicado a ti. Si estás leyendo esto y no has comprado el libro todavía, estás robando. ¿Acaso crees que hojear es un crimen inocente? ¿Crees que es tu derecho como cliente? ¡Pues estás muy equivocado, sinvergüenza! Los gorrones como tú son los que hicieron que se redujese mi margen de beneficios del año pasado, por lo que he tenido que abstenerme de añadir un ala de mobiliario comestible a mi mansión. Ahora, en vez de los sofás de chocolate con cojines rellenos de crema que me merezco, tengo que conformarme con muebles de seda. ¿Alguna vez has intentado comer seda? ¿Sabes siquiera de dónde procede? ¡De la bocaza de un gusano, de ahí! Tienes que solucionar esto. Compra mi libro o mis asesinos explosivos te perseguirán como la rata de pantoque ladrona que eres. ¿Qué? ¿No me crees? ¿Nos conocemos? Uno no llega a príncipe mercante lanzando amenazas vacías. El puesto no es hereditario como ese cómodo trabajo de rey que tienen los humanos de piel rosada. Si te digo que treinta y dos espías están observando cómo te muerdes el labio por los nervios, más te valdría creerme, camarada. No te molestes en mirar a tu alrededor. No los verás. Deja de hacerme perder el tiempo y de poner en peligro tu vida. Veinte mil oros es un precio muy bajo por la historia de mi vida. Y si lees más allá de esta frase sin comprar el libro, dedicaré cada milímetro de mi imperio a destruirte. ¿Me entiendes? Bien. Pues ahora, paga al maldito vendedor. ¿Ya lo has hecho? ¿Seguro? Genial. Bueno, gracias por comprar mi libro, perdedor. ¿Quieres ser príncipe mercante? Yo quiero un ejército de atracadores viles que lleven mi cara pintada en los puños, pero las negociaciones con la Legión Ardiente no han llegado a buen puerto; así que supongo que ninguno de los dos vamos a conseguir lo que queremos. ¿Por qué no puedes ser príncipe mercante? Porque todos los puestos están ocupados por goblins mucho mejores que tú, por eso. Todavía no estás listo, pero no te preocupes. Has acudido al goblin adecuado. Quizá hayas oído algunos rumores sobre mí. “Gallywix se convirtió en príncipe mercante haciendo explotar, traicionando o incluso vendiendo a todos los que conocía. Cuando el Monte Kajaro entró en erupción, Gallywix poseía el único barco y cobró a los refugiados el módico precio de los ahorros de sus vidas por subir a bordo. Apelotonó a la crema y nata de la aristocracia goblin en la bodega como si sardinas en lata e intentó venderlos a todos como esclavos. Ese monstruo de Gallywix traicionó a toda su raza por un bazillón de macarrones.” ¿A que suena horrible? Pues, ¿sabes qué? Es todo cierto. ¿Por qué iba a mentir? Nunca encubro hechos de los que estoy orgulloso. Si el mundo fuera a partirse en dos mañana, compraría el Portal Oscuro, montaría una cabina de peaje y cobraría a todos los refugiados hasta dejarles los bolsillos vacíos, los dedos sin anillos, los bocadillos sin relleno y con una obligación contractual de construirme un palacio volador en los cielos de Nagrand. ¡Es el estilo goblin! ¡Oferta y demanda! ¡Asúmelo! Pero, oye. Tú has pagado el precio y esto es lo que recibirás a cambio: los tres secretos del Príncipe mercante más grande que ha conocido este balón de barro. No llevará mucho tiempo desvelarlos. De hecho, si hojeas un poco el libro te darás cuenta de que las últimas trescientas páginas son copias de periódicos viejos y recetas de cecina de pescado. Lo siento, camarada. No se admiten devoluciones. Secreto 1: No permitas que nadie se quede con tu trozo del pastel El día que cumplí diez años, me hice con el negocio familiar de manitas Y con el sindicato del crimen local. Fue más fácil que vender un espejo a un elfo de sangre. Presta mucha atención… El día de mi cumpleaños empezó como cualquier otra mañana: mi padre casi me mató. Aunque no era su intención. De hecho, ese era su problema. Nada de lo que hacía salía nunca como habría deseado, un hecho que no hay que tomar a la ligera cuando se trabaja con explosivos. El único taller que pudo montar estaba situado en una zona tan mala de La Barriada, que ni siquiera los recaudadores de impuestos del príncipe mercante Maldy estaban a salvo. El último en atreverse a ir allí se quedó sin botas, le asaltaron, le insultaron y le ataron a un barril de pólvora para luego hacerlo rodar de vuelta hasta el viejo goblin con una educada carta de rechazo encajada entre los dientes. Papá veía la ausencia de impuestos como un beneficio extra. Yo veía las calles embarradas y la basura irradiada. Hasta las ratas se mudaban. Papá creía que algún día daría la campanada con un invento que sacudiría el mundo. Yo sabía que era cuestión de tiempo que nos hiciera saltar por los aires, así que la noche anterior decidí escaparme y hacerme pirata como mamá. Pasé toda la noche planeando y haciendo las maletas. Los cinco macarrones que llevaba escondidos en mis botas desgastadas representaban una fortuna para mí. Papá se levantó al amanecer y empezó a trastear por el taller, hablando consigo mismo. Su investigación y proceso de desarrollo constaba de tres fases: optimismo, preocupación y pánico; y la tercera podía hacerte perder unos pocos dedos y casi toda la piel. Estaba en la fase 2,9 cuando cerré mi hatillo y lo escondí debajo de mi colchón enmohecido. —Vamos —murmuró desde el otro lado de dos paredes delgadas como el papel—. Un poco más ajustado… más ajustado… vaya. Ay, ay. Oh, no. ¡No! ¡Espera! ¡Chaval! ¡Despierta y ponte a cubierto! Adormilado, levanté la cabeza de la almohada de plomo justo en el momento en el que un oso de peluche de pelo anaranjado y rostro mecánico atravesaba la pared como un cohete. Me vio, emitió un chillido escalofriante y explotó arrojando ráfagas de metralla por todas partes. Unos pasos sonaron en el lúgubre pasillo y papá apareció en el umbral, apurado. No llamó primero, pero no porque tuviera prisa. El mes anterior el napalm había derretido la puerta. —¿Estás bien, chaval? ¿Lo has visto? ¡Una prueba perfecta! ¡Combustión horizontal, objetivo fijado, viraje giroscópico y detonación! El sindicato dijo que utilizar microbombas para la navegación y combustible para cohetes para dar impulso fundiría todo el barrio, pero les hemos demostrado que… Lancé mi almohada hecha trizas al suelo y cayó con un ruido metálico. —Ese era el único prototipo, ¿no? —Bueno, sí, pero… —¿Y los planos fueron…? —pregunté sin terminar la frase para que él pudiera contestar. Tenía un montón de experiencia hablando con él—. —Robados por un pollo mecánico. Aquello era una novedad, pero no iba a conseguir que yo perdiera el hilo. —Así que no puedes construirlo de nuevo, ¿verdad? Papá abrió la boca para replicar. Después, sus ojos como platos transmitieron horror. Yo asentí. La rutina matutina había terminado. Ya era hora de desayunar y ponerse en camino. —No importa, chaval. Ahora entiendo los rudimentos. Los explosivos escondidos en objetos encantadores son un mercado completamente inexplorado. ¡Vamos a ser ricos! —Papá, la única forma de dejar de ser pobres es que nos vueles por los aires —repliqué—. —Eso no es justo, Jastor. Es solo cuestión de tiempo. —¿Sabes qué? Tienes razón. Algún día nos matarás a los dos, papá. Te creo. —¡Eh! Hay un montón de chavales goblins ahí fuera que desearían que sus padres fueran manitas. Cuando tenía tu edad, solía soñar que… —En serio, papá. ¿Otra vez esa historia? —… mis padres dejarían de palear alcantarillas y harían explotar cosas. La verdad es que me preocupa mucho que digas que tienes miedo de las explosiones. Eso no es muy goblin. —¡No! ¿Sabes lo que no es muy goblin? Tener un crío y decirle que se vaya ‘a jugar’. ¿Sabes cuál es el problema? ¡Que no hay a nadie con quien jugar! Jelky tiene que pasar todo el día trenzando mechas. Druz se levanta al amanecer para mezclar cemento. ¿Sabes lo humillante que es que mi propio padre no me obligue a trabajar para él? Papá lanzó los brazos al aire y volvió sobre sus pasos por el corto pasillo del taller. —¿Sabes qué? —gritó—. Por qué no dejas que yo me ocupe del negocio y habrá una galleta Azucarillo aquí para el primer niño que venga y que sea su cumpleaños. —¡Para hacer negocio tienes que vender cosas de vez en cuando! —le grité, pero no le puse mucho empeño. ¡Azucarillo! ¡Un bocado para el viaje!— —¿Crees que puedes hacerlo mejor? —me dijo desde el taller—. Puedes intentarlo cuando quie… oh, hola, caballeros. Parecía que mi padre tenía clientes. Lo interpreté como una buena señal para mi viaje. Si iba a suceder algo tan poco probable como que alguien quisiera comprar algo en el taller de mi padre, entonces no tendría ningún problema para encontrar un barco que me sacara de Kezan. Diablos, incluso quizás pudiera encontrar un tiburón amaestrado que me llevara a una isla mágica hecha de pastelillos y platino. Avancé ruidosamente por el pasillo en busca de mi galleta. La pastelería Azucarillo ya no existe. Unos pocos años antes de que los orcos llegaran a Azeroth, aquella pequeña tienda de barrio fue ligeramente bombardeada durante la Segunda Guerra Mercante, asiduamente bombardeada durante la Cuarta Guerra Mercante y fundida durante la Guerra de la Paz. Durante un mes el barrio entero olió a azúcar quemado y a pedazos de cuerpos. Pero la verdad es esta: si nunca has probado una galleta de la pastelería Azucarillo, entonces no sabes lo que es una galleta de verdad. Punto final. Eran tan grandes que había que sujetarlas con ambas manos y solían estar tostadas en los bordes. Los pedazos de chocolate eran del tamaño de un puño de ogro. Un toque de canela y azúcar cristalizado. Y solo recibía una al año. Al llegar al final del pasillo me detuve en seco y me escondí en la penumbra. Debería haberlo sabido. No había clientes. Skezzo y sus matones estaban intentando desplumar a mi padre de nuevo. En La Barriada, hasta los criminales estaban casi en la ruina y la banda de la Calle del Cobre no era una excepción. Todavía puedo ver a ese idiota de Skezzo con sus pendientes de oro falso y el apestoso traje hecho a retales. Lo único que hizo en la vida que valió la pena fue meterse conmigo. Lanzó a papá contra el banco de trabajo de tres patas y media. Cerca del otro extremo, mi galleta se tambaleó en nuestro único plato. Gruñí entre dientes, pero no era tan orgulloso como para no comerme aquella cosa del suelo si me veía obligado a hacerlo. Tú también lo habrías hecho, créeme. —¿Qué vamos a hacer contigo, Luzik? —dijo Skezzo—. Nunca nos pagas a tiempo. En realidad, nunca nos pagas. Odiaría tener que enviar a Lumpo aquí mañana para que haga saltar por los aires… —Skezzo no terminó la frase al ver que no encontraba nada más valioso que un montón de dinamita que, como ya te habrás enterado, se supone que explota—. —Mira, lo siento —dijo papá—. Andamos un poco cortos de dinero. ¡Apenas me alcanza para comprar suministros! —Y dulces, al parecer —dijo Skezzo mientras pasaba a su lado y alargaba el brazo para coger…— Mi. Galleta. —Págame todo lo que me debes esta noche —insistió llenándose la boca. Migas de valor incalculable llovieron sobre su solapa grasienta—. O te quemaré el taller y te cobraré por las antorchas. Entonces me vio en el umbral, me guiñó el ojo y salió de allí con aire arrogante, dejando un rastro de migas tras él. Y ya no pude soportarlo más. Si no hubiera sido por esa galleta, me habría largado de allí para ser un humilde rey pirata de los Mares del Sur y el mundo sería un lugar muy distinto. Entré estupefacto en el taller. Papá me estaba hablando. Pero no podía oírle porque la sangre zumbaba con fuerza en mis oídos. Podría haberme ido de Kezan si hubiera querido, pero esa no era la cuestión. Papá había permitido que unos matones de pacotilla le quitaran sus cosas. Yo había permitido que me quitaran la galleta. Ese era el problema. Por eso éramos pobres. Sí, Skezzo tenía una banda. Sí, tenía armas y eran muchos. Pero yo tenía algo que se hinchaba en mi interior como una flota de zepelines al atacar una cabaña gnoll: un código, llenos de bordes afilados y piezas engrasadas. Ese negocio pertenecía a mi padre. Ese negocio era mío. Esa galleta era mía. No culpaba a Skezzo por intentarlo, pero nadie me iba a quitar lo que era mío, bajo ningún concepto. Diez minutos más tarde estaba al otro lado de la ciudad con uno de los usureros de Skezzo, rodeado de humo de cigarrillo y matones que se sonreían. —A ver si me he enterado bien —dijo el usurero, riéndose entre dientes—. Debes dinero al jefe, ¿y quieres pedir prestado para pagarle? —Sí —respondí—. —¿Con intereses? —preguntó el usurero mientras le temblaban los labios por el esfuerzo de intentar no carcajearse en mi cara—. —Los que consideres que son justos —dije muy serio—. —Vale, mequetrefe —aceptó mientras contaba el dinero—. Pero creo que sé por qué tu padre está metido en líos. Está claro que en vuestra familia no lleváis el sentido del negocio en las sangre. Lo único que en la sociedad goblin se extiende más rápido que un calendario de las Chicas Polvorilla es la posibilidad de humillar públicamente a alguien. Skezzo regresó esa noche con toda su banda, usureros incluidos. Por toda la Calle del Cobre las puertas se abrieron a medida que nuestros leales vecinos salían para ver cómo el manitas y el inútil de su hijo perdían todo el dinero que les quedaba y eran expulsados de la ciudad. Solo que papá no estaba. Había salido a por otra galleta, que resultaba ser algo muy propio de él: hacer algo con buena intención pero totalmente desencaminado. Aquello ya no tenía nada que ver con galletas. Skezzo y su banda se detuvieron delante de mí como una terrible punta de flecha. —¿Tienes mi dinero, chaval? —dijo. Sus secuaces observaban por encima del hombro, ansiosos por ver si yo iba ser tan imbécil como para seguir adelante con aquello—. —Con intereses —anuncié yo—. Skezzo me arrebató la bolsa de la mano, me dio unas palmaditas en la cabeza y se marchó tranquilamente calle abajo con su banda. Sí. Ni siquiera contó el dinero. Todavía sigo sin comprender cómo aquel tipo podía estar al mando de algo más complicado que una salchicha. —Un placer hacer negocios contigo, chaval —me gritó sin darse la vuelta—. Lumpo, lleva la bolsa. Pesa mucho. —Es por la dinamita —dije voluntarioso—. Las cámaras no se inventaron hasta años más tarde, pero mataría por una fotografía de Skezzo y sus secuaces mirándome perplejos un segundo antes de que explotara la bomba que había escondida debajo del dinero. Cuando el humo se desvaneció, la banda al completo se había volatilizado. Con una coordinación que provocaba escalofríos, mis curiosos vecinos miraron el cráter humeante y luego a mí. Sonreí y apunté al cielo. Cientos de ojos obedecieron y alzaron la vista. Skezzo, su banda y el dinero en llamas llovían del cielo. Crucé la calle para llegar al lado de Bezok el ladrillero, caminando con paso vivo animado por los grititos de mis vecinos. Sí, puede que el truco me hubiera costado lo que quedaba del dinero de papá, que había utilizado para cubrir los intereses y pagar la dinamita, pero al final de esa semana, esos cuatrocientos macarrones no serían más que calderilla. —¡Vaya, vaya! —dijo Bezok mientras un montón de goblins empezaba a asomar por todas las puertas entreabiertas y callejones apestosos para participar en la caza del tesoro más asquerosa del mundo: buscar macarrones que siguieran enteros—. ¡Les has dado una buena lección, chaval! ¡Somos libres! —No durará —repliqué yo mientras esquivaba un calcetín en llamas sin prestarle mucha atención—. Hay un vacío. En cuanto oigan que Skezzo ya no está, otra bandas vendrán a ocupar su lugar. Tenemos que constituirnos en sociedad para protegernos. Establecer y proteger rutas comerciales. —¡Sí! —respondió Bezok soñador—. ¡Una idea genial! Quizás algún día podamos… —No —le interrumpí—. Ven mañana por la mañana y tendré preparado el contrato. Puedes seguir al frente de la producción, ¿vale? Yo me encargaré de la parte aburrida. —¿Eh? —dijo Bezok sin dejar de parpadear. Había estado concentrado en una ligera nube de macarrones en llamas que iban a la deriva hacia el tejado de su chabola—. Espera, ¿te crees que puedes llevar mi negocio? Escucha, chaval… —Bum —dije—. —¿Bum?,—preguntó Bezok estremeciéndose—. —Bum. —¿Por qué dices ‘bum’? —Me gusta decir ‘bum’ —respondí con esa inquietante serenidad que solo los niños son capaces de conseguir—. Mira, ven a verme mañana por la mañana. Ni siquiera te darás cuenta de que estoy al mando hasta que veas la cantidad de dinero que estás ganando. Bezok no era un cobarde. Se las veía y deseaba para pagar las facturas. Y es la gente así la que siempre está buscando un forma rápida e inesperada de amasar macarrones. —¿Sabes qué, chaval? ¿Por qué no? Puedo dejarlo más adelante si quiero, ¿no? —Claro, redactaré contrato para contemplar esa posibilidad —contesté yo. Lo único que Bezok tendría que hacer era dejarme el negocio a mí, pagarme una tasa de administración de un año y meterse en un traje de oso tres veces a la semana para anunciar la nueva línea de productos encantadores explosivos de papá—. Dejé a Bezok ocupado sacando una escalera de mano para llegar a la hoguera de macarrones que se había congregado en su tejado y caminé hasta casa lleno de arrogancia. Cuando papá regresó, yo estaba ocupado escribiendo mi primer contrato en letras tan pequeñas que ni siquiera un minúsculo mosquito con gafas podría leerlas. Es muy fácil escribir contratos si te concentras en engañar a los pobres idiotas que van a firmarlos, y si recuerdas que casi todo el mundo cree que la letra pequeña está ahí para que la leas por encima antes de firmar, en vez de para enseñársela a diez abogados, comprobarla en un juzgado, desmantelarla después palabra por palabra y hacerla explotar en una detonación controlada. Papá arrastró los pies y se aclaró la garganta. —Puedo hacerlo mejor —afirmé antes de que él pudiera decir nada. No me hacía falta mirarle la cara para saber que ya se había enterado de lo de la explosión—. —¿Q-qué? —tartamudeó. Llevaba una bolsa de papel arrugada en la mano—. —Me has preguntado si creía que podría llevar el negocio mejor que tú. Y puedo. A partir de mañana por la mañana vamos a tener acceso a la pasta de Bezok y a otras cosas a partir de ahí. Pero necesito que firmes esto para que me lo cedas todo mí. Permaneció en silencio un rato largo. Yo aproveché el tiempo para escribir unas cuantas líneas más. —Desde luego, eres igualito que tu madre —dijo al final—. Está bien, tienes una semana. Si no obtenemos beneficios suficientes para comprar más dinamita tendrás que dejarlo, ¿de acuerdo? Sí, él creía que me estaba dejando fracasar para que así pudiera aprender una valiosa lección. A pesar de todo, me dejó solo con mi nueva galleta y mi trabajo. La galleta se puso rancia para el tercer borrador y decidí guardarla como recuerdo. De hecho, todavía la conservo. Cuando llegó la fecha límite que había establecido papá, la mitad de los negocios de nuestra manzana se habían unido al Conglomerado de la Calle del Cobre. Yo ya me había mudado, pero le envié tras cajas de dinamita, un traje antiexplosivos y un regalo extra. Sí, tienes razón. Fui un poco blando. Pero recuerda, yo tenía diez años por aquel entonces, genio. Amasé mi primer millón de macarrones por la época en la que pillaste el sklaz por nadar en la mancha de aceite tóxico que rodeaba la Fábrica de Comida Saludable de Garzak Quemavena. Además, era mi padre. Y yo cuido de todas las cosas que me pertenecen. Secreto 2: O eres despiadado o eres un alma cándida. No hay término medio. Pasaron los años. No voy a hacerte una lista detallada de todos los negocios de los que me apropié, o que comencé, vendí o destruí. Gané: es lo único que cuenta. Gané todo lo que quería. No porque tuviera suerte, no. La suerte no existe. La suerte es para perdedores. Si eres lo suficientemente grande, rápido y duro como para hacerte un hueco en el mundo, todos los demás se inclinarán ante ti para darte todo lo que quieres simplemente por la emoción de formar parte de tu éxito. Bueno, casi todo el mundo. De vez en cuando, se te llevarán por delante otros más grandes, rápidos y duros que tú. Y te derribarán como a un árbol sagrado en la expedición de tala de Ventura y Cía. si no lo haces tú primero. En la época de la Segunda Guerra, yo era la estrella ascendente de Kezan. Era el presidente del gigantesco Conglomerado de la Calle del Cobre, asesor del sindicato de manitas, goblin jefe de la Coalición Mercante y el segundo tipo más rico del Cártel Pantoque. El príncipe mercante Maldy decidió que quería conocer a su más probable competidor, así que me envió una invitación para la fiesta de cumpleaños de su hija, que se celebraría en su mansión. El viejo goblin era tan popular como una barra de jabón en un barco pirata. Se rumoreaba que el príncipe mercante Bonvapor estaba forrándose gracias a un supuesto contrato de exclusividad con la Horda. Maldy pensó que si las cosas se ponían feas para la Horda, la Alianza iría después a por nosotros. Había puesto todos sus esfuerzos en controlar el comercio, asegurándose de que Pantoque tenía suficientes suministros y dinero para eludir un bloqueo económico y obligar a los demás cárteles a inclinarse ante él y lamerle las botas. Buena idea, pero he aquí el problema: al goblin medio no le gusta ser cauto. La cautela es aburrida. Los peces gordos y financieros de Pantoque decidieron que querían a alguien más joven y agresivo que el príncipe mercante Maldy. Adivina a quién. Seis meses de planear entre bastidores habían conducido a aquella noche mucho antes de que a Maldy se le hubiera ocurrido siquiera lo de la invitación. Todos los ángulos estaban cubiertos y todas las manos habían sido debidamente untadas. Incluso los demás príncipes mercantes habían dado su aprobación en secreto, aunque solo fuera porque les atraía la idea de tener un competidor poco experimentado. El éxito era inevitable: al amanecer, yo sería príncipe mercante. Caminé por el sendero que llevaba a la mansión de Maldy. Thissy Puntacero, mi asistente personal, me alcanzó corriendo. Años después tuve que despedirla por contratar asesinos para que me mataran en la piscina. Era magnífica. — He registrado… el escritorio de Maldy, señor — jadeó — . Tenía… la llave escondida debajo de una estatua de un halcón. He encontrado su investigación… sobre lo que están tramando los demás príncipes mercantes. — Genial — respondí. Maldy se estaba volviendo blando si había empezado a dejar cosas así tiradas por cualquier parte — . ¿Qué están haciendo? Tenemos que copiarles si queremos seguir siendo competitivos. Thissy rebuscó entre los papeles. — Formando ejércitos mercenarios. — Muy práctico. Envía una cesta de regalo llena de oro a los filibusteros de los Mares del Sur. — ¿De metal o de chocolate, señor? — De chocolate. Van a morderlo de todas formas. Por lo menos que lo disfruten. ¿Qué más? — Perfumes. — ¿Perfumes? — Al príncipe mercante Donais le gustan mucho, señor. — Está bien. Permíteme que te ahorre tiempo. ¿Ves todo lo que hay en esa lista? Contrata a alguien que lo haga para mí. Ahora lárgate. Me esperan en una fiesta. Thissy asintió una vez y se marchó. Yo me acerqué tres pasos más a la mansión antes de que Riddlevox, director del sindicato de manitas, apareciera de detrás de un arbusto. — ¿Recuerdas el plan? — susurró — . — Yo ideé el plan — respondí esforzándome por no rechinar los dientes. Lo había basado en la gran debilidad del príncipe mercante Maldy: quería a su hija de verdad. Si eres un príncipe mercante, no puedes permitirte tener familia cercana ni amigos; “amiguete" y “zoquete" suenan parecido por alguna razón. Papá era la excepción, claro. Tenía la misma ambición que la leña mojada. Además, cualquiera que intentara secuestrarlo para amenazarme descubriría bien pronto si un goblin podía ser embutido en un cañón y disparado desde Kezan hasta Bahía del Botín sin sufrir grandes daños — . — No la cagues, Gallywix — dijo Riddlevox mientras volvía al arbusto — . Y que no se te ocurran ideas extrañas. Quizás empiecen a llamarte Príncipe mercante, pero trabajarás para nosotros, ¿estamos? — Claro, jefe. — En tus sueños, imbécil — . El guardia que vigilaba el cotarro en el borde la pista de baile me saludó al pasar con una ligera inclinación de cabeza. Desde hacía dos meses había ido sustituyendo a los guardaespaldas del Príncipe mercante con mis propios mercenarios. Seguí con mi paseo. ¿Alguna vez te ha pasado que todos y cada uno de los asistentes a una fiesta se vuelvan para mirarte y aclamarte? ¿No? Te lo recomiendo. Un centenar de goblins intentaron captar mi atención o invitarme a una copa. Yo les ignoré a todos y recolecté un puñado de hojaldres de langostrok de una bandeja que pasó cerca. Tenía trabajo que hacer. Nunca antes había visto a la hija del Príncipe mercante, Nessa. Mi investigador me había informado de que, para la fiesta, Nessa había comprado un vestido azul con una horquilla de diamantes con forma de libélula. Había añadido que era “despampanante". Lo despedí, claro. Pero cuando vi a Nessa desde el otro extremo de la fiesta, me di cuenta de que por primera vez en la vida debía a alguien una disculpa. Era tan hermosa que podías llegar a pensar que le estaban pagando horas extras por eso. Su piel tenía el color verde del mar profundo y los ojos eran tan oscuros como la medianoche en una mina de esmeraldas. La horquilla de diamantes parecía un accesorio barato en comparación con su reluciente cabello rizado. Una mano invisible me agarró de los pulmones y me hizo atravesar la multitud hasta llegar a ella. Nadie podía detenerme. Sabía que tenía que recuperar el control; el plan A dependía de que yo consiguiera alejar a Nessa de la fiesta de modo que el escuadrón de secuestro pudiera llevársela. Así Maldy se rendiría sin luchar. — ¿Quieres bailar? — le pregunté mientras arrojaba el plan A por el retrete — . — ¿Por qué no? — respondió ella. Me di cuenta de que me había observado acercarme todo el rato.Estupendo — . Nandirx me aburre sobremanera. Me la llevé del lado del pequeño banquero desolado hacia el centro de la pista de baile. Charlamos mientras bailábamos, pero no sabría decirte de qué. Me sentía como si estuviera borracho. Mis ambiciones estaban en serios apuros. Si actuaba en contra de su padre perdería mi oportunidad con ella y, déjame que te diga una cosa, su belleza era mucho más asombrosa en las distancias cortas. Tenía que mantener la sangre fría. — Cásate conmigo — solté — . Ella rio sarcástica. «Casi no te conozco, señor Gallywix», respondió. — Eso tiene fácil remedio — repliqué — . Soy… — El presidente del gigantesco Conglomerado de la Calle del Cobre, asesor del Sindicato de Manitas, el goblin jefe en la Coalición Mercante y el segundo tipo más rico del Cártel Pantoque — completó ella con media sonrisa — . ¡Había leído mi comunicado de prensa! — Pero no puedo casarme contigo — continuó — . Sí, a veces has tenido suerte, pero a mí me van los goblins despiadados. Los que asumen riesgos. Me quedé sin habla durante unos segundos. Sin embargo, no se me da muy bien quedarme sin habla, así que me recuperé enseguida. Le hablé de mis comienzos. Le puse delante recortes de prensa sobre los misteriosos incendios de hospitales y la extorsión a huérfanos. Le indiqué dónde podría encontrar enterrados los cadáveres. Y a partir de ahí, le conté cosas realmente desagradables. Ella escuchó con la cabeza inclinada. De vez en cuando, sonreía. Cuando terminé, se encogió de hombros y dijo: «Supongo que es un buen comienzo». Qué mujer, ¿verdad? Hasta aquel instante, me había sentido culpable, bueno, en realidad no, sobre el plan B; pero, de pronto, estuve convencido de que esa era la forma de ganármela. Quería un goblin realmente despiadado. ¡Prácticamente me había dado su bendición! No me di cuenta del barullo que se había armado a mi espalda hasta que un bastón me golpeó un hombro. Mi di la vuelta y… oh, vaya. — Ah, así que tú eres el que está acaparando a mi hija, joven Gallywix — dijo el príncipe mercante Maldy mientras se apoyaba en su grueso bastón. Su mano, cubierta de pesados anillos de oro, se cerraba sobre el mango que, sospechosamente, parecía una empuñadura — . En la fiesta se hizo el silencio. Aquellos goblins habían visto muchas puñaladas traicioneras entre las clases altas como para saber que algo estaba a punto de suceder. «Me alegro de conocerte por fin. Haz el favor de no tocar la mercancía». «Lo siento, señor», dije mientras me alejaba de Nessa. — Gracias. He sabido que mis fuerzas de seguridad quemaron tu fábrica de falsificaciones el mes pasado. Espero que no te lo tomaras como algo personal. Son solo negocios. — No digas ‘solo’, señor — repliqué con una sonrisa — . Hace que suene como una disculpa. Su rostro arrugado compuso una sonrisa amplia y correosa. «Sabía que me caerías bien», dijo. «¿Estás disfrutando de la fiesta de mi hija?» — ¿Su fiesta? — respondí, y señalé a los guardias — . Ya no. Ahora es mi fiesta. — ¿Qué? — adró Maldy con el ceño fruncido — . — A partir del anochecer de hoy, soy el mayor accionista de la Coalición Mercante a través de cientos de tapaderas y negocios falsos. Podrías comprobarlo, pero he comprado a todo tu equipo de administración, así que no creo que quieras confiar en ellos. Tus fuerzas de seguridad están bajo mi control. He robado la tierra que hay debajo de tu casa. Y has alquilado esos anillos en una de mis tiendas. Estás acabado, Maldy. Estás acabado y todo el mundo lo sabe. A lo lejos, un loro emitió un graznido. Maldy enrojeció y después pasó a color púrpura cuando miró a su alrededor en busca de un aliado y solo encontró a mis matones cerrando posiciones sobre nosotros como una muralla. Les mantuve alejados con ambas manos. Para impresionar a Nessa, la siguiente fase necesitaba un toque personal. — Mi cargamento — gruñó Maldy — . La mitad de mi flota está zarpando ahora mismo con un cargamento de armas para la Alianza. Sacaré una fortuna y lo compraré todo de nuevo. — Me alegro de que lo menciones — dije mientras sacaba un control remoto del bolsillo — . He organizado un pequeño espectáculo para nuestros invitados. Pulsa el botón. — ¡No! — ¿Qué? ¿No te gustan las sorpresas? ¿Tienes miedo? ¡Creía que los príncipes mercantes tenían que tenerlos bien puestos! ¡Pulsa el botón, Maldy! Mostrando los dientes como un león viejo, Maldy dejó caer el dedo con fuerza sobre el enorme botón rojo. Abajo, en el puerto, todos los barcos de su flota mercante explotaron en rugientes bolas de fuego siguiendo un perfecto orden alfabético. Aprovechándome del momento de asombro de Maldy, le cogí el bastón de la mano, saqué la espada que mi investigador me había dicho que contenía y la acerqué a Nessa sin mirarla siquiera. — Bien. Tienes una hora para salir de Kezan antes de que me cargue a tu hija y te tire de cabeza al Monte Kajaro — dije sin dejar de sonreír a Maldy. Después, me volví para mirar a Nessa — . ¿Te parezco suficientemente despiadado? Oh. Estaba tan pálida que casi se podía ver a través de ella. — ¿Demasiado? — dije con los ojos entrecerrados — . Nessa esquivó la espada y se acercó a toda velocidad para cruzarme la cara de una bofetada. Después, apoyó las manos sobre los hombros de su padre y lo guió a través de la perpleja multitud. Dejé caer la espada y alcé las manos mostrando cuatro dedos, el símbolo goblin para la victoria más aplastante. Los invitados… mis invitados… rugieron de entusiasmo, se abalanzaron sobre mí para darme palmadas en la espalda y felicitarme mientras me deslizaban tarjetas de visita y sobornos en los bolsillos. No miré a los ojos a ni uno. En vez de eso, observé cómo Nessa guiaba a su padre colina abajo hasta salir de la mansión. Secreto 3: Si tu plan de jubilación no incluye un palacio, estás haciendo algo mal. Eso fue hace más de veinte años. Quizás te preguntes si tengo remordimientos. Claro, exilié al amor de mi vida a los diez minutos de conocerla y, más tarde, organicé la muerte totalmente accidental del suegro que nunca llegué a tener. Todos los que he conocido en la vida han intentado traicionarme. Estoy solo. ¡JA! Sí. ¡Oh, no, todo lo que tengo son mi riqueza y poder sin límites! ¡Qué trágico! Puedes enviarme dinero para consolarme. Pero, ¿sabes qué? Todos los años envío a Nessa un cuadro en el que salgo yo disfrutando de mis riquezas. Ella me suele mandar cajas sencillas llenas de explosivos. ¿Quién dice que las relaciones a larga distancia no suelen funcionar? Tras años de escribir la letra pequeña mis manos suelen agarrotarse con facilidad, así que voy a ir terminando esto. Ahora conoces muchos de mis secretos, pero no te confundas. Nunca podrás ganarme. Nunca ha habido una trampa que yo no haya sabido volver a mí favor. Incluso cuando ese goblin que no voy a nombrar intentó hacer que ese orco bruto, Thrall, me matara; incluso entonces conseguí seguir en lo más alto. Literalmente. ¿Has visto mi nuevo chabolo? ¿Un palacete en la cima de una montaña en Azshara? ¿Con vistas al mar? ¿Campo de golf de granadas? ¿Bodega secreta para la priva? ¿Tías buenas en la piscina? No, claro que no. Los perdedores tienen la entrada prohibida a mi propiedad. Pero, oye, no me engaño a mí mismo. Sé que no viviré para siempre. ¿Has mirado por la ventana últimamente? Este planeta tiene más grietas que una cáscara de huevo. Mañana, Azshara podría acabar bajo el mar. Has comprado mi libro y eso nos convierte en camaradas, ¿no? Bien. De modo que, en el improbable caso de que me sobrevivas, solo necesitas hacer una cosa para dominar a toda la raza goblin. Ganar. Eso es todo. Te he dicho que tienes que aferrarte a lo que es tuyo, que seas despiadado y que poseas un palacio donde puedas serlo a conciencia. Pero si quieres ser como yo, chaval, tienes que creer que todo lo que te rodea es tuyo por derecho. Y tienes que hacer lo que sea para conseguirlo. Así que sal ahí fuera y gana. Engaña a tus amigos y a tu familia, explota a la gente que confía en ti y roba una bonita mansión para ir empezando. Obtén buenos beneficios. «Pero, ¿cómo me hago rico, príncipe mercante Gallywix?» Buena pregunta, chaval. Desafortunadamente, para eso haría falta otro libro entero y ya te habrás dado cuenta de que no tiendo a dar las cosas gratis. Te diré esto. Empieza por enviar tu dinero, joyas, delicias fritas y animales exóticos a mi palacete. Cuando decidas que ya has pagado suficiente, te enviaré una copia de Hacerte rico a lo Gallywix. Y tienes mi garantía personal de que ese libro no es ningún timo*. Espero hacer negocios contigo pronto, camarada. * El significado de “timo”, al que se referirá a partir de ahora como “la palabra’, ha sido totalmente definida por el príncipe mercante Gallywix. Cualquier intento de descubrir la definición de la palabra podrá acarrear acciones legales. Cualquier intento de definir la palabra podrá acarrear acciones legales. Cualquier queja sobre este volumen o las recetas para la sopa de aleta de múrloc, la sopa de ojo de múrloc, la sopa de escama de múrloc o la sopa de “no quieras saberlo’ de múrloc contenidos en los siguientes veintisiete volúmenes podrá acarrear acciones legales. Cualquier acción legal tendrá como consecuencia una devastadora acción legal en represalia. No te metas conmigo, camarada. Tengo una fosa de escórpidos y tú no.
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    Tyrande y Malfurion - Semillas de fe por Valerie Watrous Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF Podría haber estado dormida. Las facciones de la elfa de la noche estaban perfectamente relajadas, excepto su boca, que estaba ligeramente torcida, como si sus sueños no fueran agradables. El cuerpo estaba intacto y sin apenas rastro de daños, a diferencia de muchos de los otros que habían visto en los últimos días. Tyrande Susurravientos se arrodilló junto al cadáver para verlo más de cerca. Había algas ensangrentadas en el cabello de la mujer muerta, y apestaba a mar y a lenta putrefacción. Llevaba muerta varios días. Probablemente habría sido una de las primeras víctimas del Cataclismo, y la había arrastrado la inundación. Ninguna sacerdotisa de Elune podría traerla ya de vuelta. ―¡Tyrande! ―La cabeza de la suma sacerdotisa se alzó de pronto cuando el aire le trajo la voz de una de sus confidentes más cercanas, Merende. Buscó a lo largo de las orillas de la Aldea Rut'theran y vio a Merende que consolaba a una joven sacerdotisa que sollozaba con la cara oculta en su blanca toga. Al acercarse, Tyrande comprendió el motivo. El cuerpo retorcido de una pequeña elfa de la noche yacía ante ellas. ―Su hermana ―articuló Merende en silencio, señalando a la sacerdotisa desconsolada. Tyrande asintió y les indicó que se apartaran. Cuando la zona estaba libre, fijó la mirada en el cadáver. Supo al momento que no había esperanza, los miembros estaban retorcidos en ángulos imposibles y las heridas se habían drenado de sangre, pero los elfos de la noche no abandonan a sus difuntos. Limpiarían el cuerpo, ocultarían las heridas, y arreglarían las articulaciones rotas antes de devolverla a la tierra. Tyrande se agachó y limpió el barro de la cara de la niña, susurrando dulces oraciones a la diosa de la luna para que guiara su espíritu y aliviara el dolor de su hermana. El polvo se desprendió, revelando una piel violeta claro y ondulados cabellos azul oscuro. Los ojos almendrados aún estaban abiertos, fijos en el cielo cubierto de nubes. El rostro mostraba un gran parecido con otro que ella contempló por primera vez hacía muchos miles de años. Tyrande cerró los ojos para luchar contra las lágrimas que pugnaban por salir. Shandris… ojalá pudiera saber algo de ti… * * * * * ―¿A qué distancia has podido viajar, Morthis? ―preguntó Malfurion Tempestira, entregando al explorador una taza humeante de sidra. El otro elfo de la noche la engulló agradecido y ahogó un escalofrío. Estaba calado hasta los huesos tras volver de su patrulla, pero el descanso podría esperar hasta que compartiera lo que había descubierto. Los dos druidas se refugiaron en la habitación más alta del Enclave Cenarion. ―Los vientos eran terribles. Tan solo pude llegar a la Atalaya de Maestra, pero habían recibido informes sobre Astranaar y Feralas ―El explorador se acomodó en uno de los bancos de madera de la habitación, mirando nervioso hacia las ramas de los árboles de Darnassus que se mecían en el exterior. ―¿Astranaar sigue en pie? ―La voz de Malfurion se llenó de alivio. Llevaba días coordinando patrullas de exploradores, pero la mitad de los druidas no habían podido llegar siquiera al continente a pesar de sus arduos esfuerzos. Carecían de noticia alguna, y muchos de ellos temían lo peor. ―Sí, se ha salvado, junto con Punta de Nijel, pero los asentamientos a lo largo de la costa no han tenido tanta suerte. ―¿Qué quieres decir? Descargar en alta resolución ―No hay modo de acercarse a Costa Oscura. Ninguno de los druidas enviados allí ha regresado ―la voz del explorador se quebró de dolor. Algunos de sus amigos estaban entre los desaparecidos―. Tuve que volar dando un gran rodeo en círculo para evitar verme atrapado en el temporal. ―¿Qué sabes del Bastión Plumaluna? ―preguntó Malfurion. Justo cuando terminó de hablar, la delgada silueta de Tyrande apareció en la entrada de la habitación. ―¿De Plumaluna? ―Morthis lanzó una fugaz mirada al archidruida, como si no estuviera seguro de si debería o no continuar―. Los exploradores no pudieron establecer contacto con nadie de allí. Desde la distancia, vieron mares revueltos y… nagas ―Su voz se hundió en un susurro al darse cuenta de que Tyrande se acercaba―. Cientos de nagas. Las monstruosas y serpentinas criaturas habían lanzado ataques contra el Bastión Plumaluna en el pasado, pero nunca se había oído hablar de un asalto a gran escala. ―¿Vieron a alguien en la isla? ¿Algún superviviente? ―preguntó con seriedad la suma sacerdotisa. El explorador sacudió la cabeza. ―Ninguno. ―La expresión de Tyrande era arrolladora, y no solo intuyó su pena, sino que la sintió―. Pero el cielo estaba oscuro y llovía con fuerza. Dudo que la general esté... ―Hizo una pausa, reconsiderando sus palabras―. Quiero decir, que las centinelas del Bastión Plumaluna son tremendamente competentes, suma sacerdotisa. Tyrande suspiró y le colocó la mano sobre el hombro, con aire tranquilizador. ―Tu coraje y tu firmeza nos han traído estas noticias, Morthis. Te damos las gracias por ello. Es la primera información que recibimos sobre el continente desde que golpeó la tragedia. Ahora no vamos a pedirte nada más. Por favor, descansa. El explorador asintió y salió de la habitación a lentas y cansadas zancadas. Malfurion se giró hacia su esposa. Su precioso rostro de juventud eterna estaba aquejado por la preocupación, el miedo, y ese rasgo de determinación inamovible que él aprendió a reconocer durante su largo cortejo. ―Había cinco víctimas en Rut'theran ―dijo―. Y no he podido salvar a ninguna de ellas. ―Tyrande... ―Malfurion envolvió sus manos entre las suyas para reconfortarla. ―Tengo que ir a buscarla, Mal. Shandris es como una hija para mí ―Hizo una pausa―. Tal vez la única hija que tendré jamás. Sus palabras le dolieron. Hubo un tiempo en que el futuro no tenía límites para los elfos de la noche, pero sacrificar las bendiciones de Nordrassil, el Árbol del Mundo, también supuso el fin de ese sueño. Las consecuencias de la nueva mortalidad de los elfos de la noche aún no estaban claras, pero muchos sentían un silencioso terror que descansaba sobre sus hombros. Los hijos de las estrellas ya no eran tan eternos como su nombre indicaba. ―Lo entiendo, ¿pero por qué ahora? ¿Cómo sabes que el destino del bastión no se ha decidido ya? ―preguntó, con el ceño fruncido de preocupación ―Shandris ha ocupado mis pensamientos desde que todo esto empezó. No sabría decirte cómo lo sé, pero estoy segura de ello. ―Entonces, ¿has tenido una visión? ―Malfurion sabía que la diosa luna, Elune, había concedido a Tyrande visiones similares en el pasado. ―No, esta vez no. Últimamente Elune ha permanecido oculta. Mis sentimientos proceden del interior... Una madre sabe si su hijo está en peligro ―Hizo una pausa al ver que él la observaba con escepticismo―. No todos los lazos son de sangre, Mal. ―Pero desde que la tragedia golpeó, hemos dicho a nuestro pueblo que permanezcan en Teldrassil, que no busquen a sus familiares en el continente porque no hallarán más que la muerte. ―Entonces, ¿crees que me espera la muerte? ―Sus ojos brillaron como el hielo. ―No ―admitió él. No se podía negar que la suma sacerdotisa era una de las favoritas de Elune, y también una guerrera formidable por méritos propios―. Pero yo no dejaría Darnassus en tiempos tan funestos. Sé que antes he estado ausente con demasiada frecuencia, me inquieta. Ojalá hubiera estado presente cuando se formó Teldrassil, cuando mi hermano se enfrentó a su final en Terrallende... ―Suspiró―. Sin embargo, no puedo cambiar el pasado. Solo puedo estar aquí ahora. ―Y le hubiera gustado añadir: "y me gustaría tenerte aquí, a mi lado", pero la expresión de su esposa le hizo guardar silencio. ―Illidan tuvo un destino desafortunado, Mal. Ninguno de nosotros pudo hacer nada por él. Su locura lo superó hasta acabar con él ―Ella aún recordaba lo extraño que le resultaba, casi un extraño, cuando Sargeras le quemó los ojos miles de años atrás―. Debemos dedicar nuestros esfuerzos a aquellos que pueden salvarse aún… de lo contrario nos arrepentiremos de nuestras decisiones una y otra vez. Se dio la vuelta y salió, su toga de marfil ondeaba a su alrededor como una tormenta en rápida formación. La general Shandris Plumaluna recuperó el equilibrio mientras se balanceaba sobre las vigas del tejado de la posada empapadas por la lluvia. Una docena de centinelas estaban de pie a su alrededor, todas ellas apaleadas y magulladas, pero sin intención alguna de rendirse. Alzó su mano en una señal familiar. ―¡Disparad! ―Los arqueros dispararon sus arcos en dirección al ejército de nagas agrupados bajo ellos. Estaban cansados, solo la mitad de las flechas abatieron a sus objetivos, incluida la de Shandris, que penetró en el ojo de una sirena naga. Se revolvió con violencia durante unos segundos, y después su serpentina figura desapareció entre las olas. Pero aparecieron varias decenas más para ocupar su lugar. En el agua, los nagas se encontraban en su elemento, y los refuerzos llegaban más rápido de lo que Shandris y sus centinelas podían matarlos. ―Preparaos ―ordenó Shandris cuando un muro de agua surgió del mar alborotado. La ola chocó contra la fachada debilitada de la posada, empapando a la general y a su ejército. El centinela de su izquierda, Nelara, recibió un fuerte impacto y resbaló hasta la mitad del tejado antes de que Shandris se lanzara tras ella y la asiera del brazo. Con esfuerzo, la general consiguió tirar de ella y ayudarla a levantarse. Al mirar hacia abajo, descubrió que la planta inferior de la posada se estaba inundando a gran velocidad. ―Tenemos que sacar a los supervivientes y desplazarnos a un lugar más alto ―ordenó Shandris―. Este edificio podría venirse abajo en cualquier momento. ¡Nelara, llévalos a la torre! Todos los de mi derecha, seguidla ―Señaló a la mitad de las centinelas―. Allí tendremos más posibilidades. ―Nelara asintió y se encaramó al borde del tejado para después balancearse y saltar al balcón de abajo. Los demás la siguieron, y Shandris se estremeció al percibir la fatiga en sus pasos. ―Los demás: vamos a causar tal confusión que nuestros enemigos ni siquiera se percatarán de la marcha del otro grupo. ¡Ash karath! ―gritó la general, alzando su arco y disparando flechas con furia. Sabía que la suerte de su ejército pendía de un hilo. Cualquier descuido en su concentración supondría la muerte de todos los demás. Por suerte, los elfos se recuperaron. Llovieron flechas sobre el agua, haciendo que los nagas se esparcieran y bufaran de frustración. Los ataques de los invasores se ralentizaron y parecía que hubieran iniciado la retirada de verdad. Momentos después, no se veía con claridad a ninguna de ellos, eran tan solo sombras bajo las olas. Shandris lanzó una rauda mirada a la parte trasera de la posada. La mayor parte de la isla estaba inundada, pero las centinelas y los civiles se acercaban a buen paso a la torre. Cuando devolvió la vista al mar, sin embargo, descubrió adónde habían ido los nagas. Sus guerreros se habían hecho con un caparazón enorme, lo bastante grande como para albergar a más de diez de ellos a la vez, y lo estaban usando como escudo contra las flechas mientras avanzaban con dificultad. Shandris hizo a sus centinelas la señal de alto el fuego. ―Reuníos con los demás. Yo me encargo de esto ―Los elfos de la noche intercambiaron miradas escépticas y empezaron a alejarse, vacilantes―. ¡Id con Nelara, ahora! ―añadió ella. Sin esperar confirmación, Shandris saltó al agua desde el tejado. Los nagas se dieron la vuelta y se dirigieron hacia ella a buen ritmo, con renovado vigor. No pudo evitar pensar en su largo y retorcido pasado. Los aristocráticos Altonato, liderados por la reina Azshara, invocaron ingenuamente a la Legión Ardiente a este mundo, y permitieron que los demonios se dedicaran a arrasarlo hasta que se vieron vencidos por un ejército compuesto por elfos de la noche y otras razas. En el periodo subsiguiente, los Altonato supervivientes fueron desterrados a las profundidades del mar, donde se transformaron en espantosas mutaciones de sí mismos... los nagas. En aquel entonces ella era joven, pero la propia Shandris combatió en la guerra al lado de Tyrande. Los nagas fracasaron al reclamar la gloria de sus ancestros, pero aun así los odiaba con una ira que le erizaba el cabello. No obstante, esperó, y les permitió acercarse hasta que llegó el momento apropiado. Cerrando los ojos, empezó a susurrar una antigua oración a Elune, llenando cada palabra de fe y devoción, tal y como le había enseñado Tyrande hace tiempo, cuando la adiestró como sacerdotisa de la diosa luna. Las serpientes rodearon a la general elfa de la noche, y a sus oídos llegó más de una débil risa divertida cuando terminó de pronunciar las palabras sagradas. La respuesta de Elune llegó veloz. Corrientes de energía derribaron a todos los nagas que la circundaban, mientras miraban boquiabiertos sin dar crédito a sus ojos. Cuando se acalló el último ronco grito agónico, Shandris inspeccionó los cadáveres con una lúgubre satisfacción. ―Vuestra fe siempre fue débil, escoria Altonato. Había sido un movimiento arriesgado, pero había funcionado. Aunque Shandris nunca había sido ni la mitad de poderosa que su mentora, Tyrande, seguía recordando con cariño su temprana época en el templo. Su adiestramiento le había dado poderes muy superiores a los de las demás centinelas, y eran una alternativa sólida cuando arcos, flechas y gujas no bastaban. Pero recurrir a la oración resultaba agotador: su utilización siempre pasaba factura. Luchó contra las olas y nadó hacia la costa hasta que sus pies tocaron el suelo, y después empezó a caminar con dificultad por el agua en dirección a los civiles y a las centinelas que escapaban. Algo iba mal; no habían avanzado mucho desde la última vez que los vio. Cuando se acercó, vio a Nelara y a sus compañeros frente a un grupo mucho más grande de mirmidones. Los residentes de Plumaluna corrían a su alrededor, aterrados y desesperados por hallar refugio, todos ellos tan familiares y preciados para ella como su propio corazón. El investigador Quintis Jonguja corrió delante de los demás, en un arriesgado intento de ponerse a cubierto pasando por un hueco entre las centinelas y un segundo grupo de mirmidones que se acercaban. Shandris recordaba las largas conversaciones que había compartido con Quintis acerca de Fandral Corzocelada. Ambos habían albergado en vano la esperanza de que Tyrande reprendiera formalmente a Corzocelada por sus extrañas actividades, pero la suma sacerdotisa simplemente les recordó que el Círculo Cenarion operaba fuera de su jurisdicción. Aun así, Quintis había sido lo bastante perspicaz como para ver antes que los demás cómo crecía la oscuridad en Corzocelada, y aún más perspicaz para saber que estaría a salvo del archidruida mientras permaneciera bajo la protección de Shandris en el bastión. Pero el ingenio de Quintis no lo salvaría ahora. El líder de los mirmidones avistó al elfo de la noche mientras corría y alzó su arma. Shandris gritó para avisar a Quintis, pero este levantó la vista justo cuando el tridente del naga se hundía en su espalda. La miró fijamente con impotente incertidumbre y después cayó. Su sangre oscureció el agua y acabó por desvanecerse lentamente en el mar. * * * * * Los cielos tormentosos ocultaban la luz del alba, pero los ciudadanos de Darnassus se retiraron a sus habitaciones a la hora acostumbrada. Puede que para algunos fuera un modo de hallar consuelo, una rutina conocida en el turbulento origen del desastre. Para otros, era una excusa para pasar un tiempo a solas, sumidos en su dolor. Para Tyrande, fue la ocasión de escapar. La suma sacerdotisa echó un rápido vistazo a su alrededor, después se escabulló del templo, dirigiéndose a un tranquilo sendero que pasaba por detrás de las prominentes estructuras de Darnassus. No era la ruta más eficaz, pero en esta ocasión, tenía que asegurarse de que no la viera nadie. Tras girar otra esquina, alcanzó la modesta vivienda que compartía con su esposo. Tyrande abrió la puerta, y un rayo de luz se coló por entre los tablones del suelo. Las habitaciones estaban desiertas. Supuso que Malfurion estaría aún en el enclave, y empezó a preparar el equipaje para el peligroso viaje que le esperaba. No tardó apenas en cambiarse la toga del templo por su armadura de placas, parecida a la de las centinelas. Solo se dejó puesto su sencillo aro de la media luna como símbolo de su estatus. Tras rebuscar en un gran baúl, Tyrande sacó su arco y su carcaj, y después extrajo su guja lunar hermosamente labrada. La débil luz se reflejó ondulante sobre las tres hojas del arma mientras desataba su envoltura, y percibió que todas las bendiciones que había recibido se conservaban tan fuertes como siempre. Si los informes de Morthis eran correctos, las necesitaría para tener éxito, junto con todas las ventajas que pudiera conseguir. Tyrande se giró para salir y un objeto familiar llamó su atención. Ante ella, sobre la estantería, había una gran planta en un tiesto, sus hojas con forma de corazón se enroscaban alrededor de las elegantes ramas. Se la conocía como alor'el, u "hoja del amante", y aunque fueron bastante comunes hace miles de años, las plantas estaban desapareciendo de forma gradual a lo largo y ancho de Kalimdor. De alguna forma Shandris se había hecho con una, y se la había regalado a Tyrande y Malfurion el día de su boda. Con una sonrisa traviesa, la hija adoptiva de Tyrande había informado con alegría a los invitados de que, de acuerdo con una antigua pero totalmente infundada leyenda kaldorei, el alor'el solo florecería junto a una pareja que se profesara un amor perfecto. Naturalmente, confiaba en que Malfurion y su esposa serían los candidatos ideales para demostrar la veracidad de la leyenda. Los demás invitados los vitorearon y brindaros por ellos, haciéndoles partícipes de su confianza, pero la planta por ahora aún no había dado siquiera un capullo. No obstante, era el tipo de regalo que solo Shandris podría hacer. Y Tyrande esperaba que no fuera el último. ―No dejaré que mueras hoy aquí. Lo prometo ―Shandris agarró con más fuerza la muñeca de Vestia Lanzaluna, pero la sacerdotisa lloraba más aún. ―¡Latro, se ha quedado atrás! Oh, Elune, cuida de él. Lo hemos perdido, lo hemos perdido… ―Sus sollozos aumentaron, y Shandris se dio cuenta de que los pocos refugiados que quedaban murmuraban nerviosos. Todos ellos luchaban por contener la misma oleada de emoción en la difícil tarea de abandonar la isla arrasada por la guerra. ―Tu esposo querría que siguieras adelante, Vestia. Debes hacerlo por él. Por todos los que han dado sus vidas hoy aquí. Por favor ―Shandris miró implorante a la reacia elfa de la noche. Podía sentir cómo la torre arbórea cedía bajo sus pies, mientras las raíces se debilitaban; no les quedaba mucho tiempo. Se sintió aliviada cuando Vestia contuvo sus sollozos y le permitió guiarla hacia el hipogrifo. El plumaje azul de la criatura alada parecía casi negro por la lluvia, pero sus ojos se mantenían brillantes y alerta. ―Llévala al continente. Ten cuidado con el viento ―le advirtió Shandris, sintiéndose agradecida por la considerable inteligencia del hipogrifo. Ningún pájaro corriente podría volar con un tiempo tan turbulento, pero la noble criatura que se erguía ante ella tenía posibilidades. Vestia y el hipogrifo desaparecieron entre las vaporosas nubes, y Nelara ascendió por la rampa corriendo. ―¡General! ¡Te necesitan ahí abajo: los nagas están intentando echar abajo la torre! ―Lleva a los demás supervivientes al continente, Nelara. Hay suficientes hipogrifos para ti y la mayoría de las centinelas. Pide ayuda a Thalanaar cuanto antes. Nelara se giró hacia ella sorprendida. ―Yo no me marcho de aquí. Ni siquiera tú puedes vencer a todos los nagas sin ayuda... ―Has cumplido con tu obligación, centinela ―respondió Shandris con determinación―. Te ordeno que te retires. ―No reconsiderarás tu decisión, ¿verdad? ―Nelara agachó la cabeza, y a Shandris le pareció ver una lágrima fundirse con las gotas de lluvia que resbalaban por su mejilla. ―Una vez alguien me salvó la vida cuando pensaba que todo estaba perdido ―dijo la general de forma pausada―. Para mí sería el mayor honor poder hacerle ese regalo a otra persona ―Inició el descenso por la rampa, hacia el fragor de la batalla―. Ande'thoras-ethil, Nelara. ―¡Cuando llegue mandaré un hipogrifo que vuelva a por ti! ―gritó―. ¡Espera en lo alto de la torre! A Shandris le resultó muy duro no decirle a la joven centinela que el plan era imposible, pero pronto oyó a Nelara llamar a los hipogrifos restantes y decidió dejarla sola. Con sus últimas órdenes en ejecución, Shandris se lanzó a la caótica batalla que bramaba a los pies de la torre. El estrecho edificio era un cuello de botella natural, y hasta el momento un puñado de centinelas se las había arreglado para defender la estructura con éxito desde dentro. Levantaron una barricada en la entrada y estaban disparando flechas a los nagas que atacaban desde el otro lado. Shandris tomó su arco y empezó a disparar a un ritmo constante y bien entrenado. ―Sois libres de partir, centinelas. Dirigíos a la cámara más alta, allí hay hipogrifos esperándoos. Los demás elfos de la noche estaban demasiado cansados y heridos como para cuestionar sus órdenes. A Shandris le dolió ver que varios de los suyos habían caído, y sus cuerpos yacían sobre el suelo, enfriándose. Uno a uno, los elfos supervivientes salieron en fila, dejando finos rastros de sangre en sus huellas. Pero ver marchar a cada uno de ellos llenaba a Shandris de fuerzas renovadas. Ahora sus flechas estaban salvando vidas: cada naga muerto significaba unos pocos segundos más de paz para que pudieran huir los residentes del Bastión Plumaluna. Pero sabía que las defensas de la torre no aguantarían mucho tiempo. Los ataques de los nagas estaban abriendo grietas en la barricada, y un destello de luz iluminó el cielo cuando una sirena lanzó un hechizo en dirección a Shandris. La general pronunció un juramento kaldorei y se protegió la cara. La barrera saltó en pedazos lanzando fragmentos de madera astillada por toda la habitación. Cuando bajó los brazos, la sirena se encontraba ante ella, flanqueada por un par de imponentes mirmidones. Su fino atavío, signo de su rango, brillaba en la tenue luz. Nagas y más nagas se concentraron detrás de ellos. ―Tú debes de ser la general. Yo sirvo a la lady Szenastra ―recitó―. Es un gran placer. Shandris apretó su arco con fuerza. La comandante naga la examinó con aires de superioridad. A pesar de todas las escamas y las espinas, sus gestos eran una imitación tan perfecta de la condescendencia de los Altonato que helaron la sangre de la general. ―No es necesario seguir con esto, ¿sabes? Mi señora me ha autorizado a plantearte nuestras condiciones de paz. ―¡Qué tremendamente generoso por su parte! ¿Qué es lo que quiere, entonces? ―Consíguenos la cabeza de tu señora, la falsa reina, Tyrande. Shandris disparó una flecha a la sonrisa aduladora de la naga. La criatura, en plena convulsión, intentó agarrarse la garganta, pero sus gritos solo emergieron como chorros de sangre. Cayó al suelo, ahogándose. Shandris miró con frialdad a los guardas. ―Llevadle eso a vuestra señora. Un segundo más tarde, se abalanzaron sobre ella. Shandris inició una descarga frenética de golpes con su guja, consiguió deshacerse de los dos primeros mirmidones con facilidad, pero un tridente le alcanzó el brazo y lanzó el arma lejos de su alcance. Otra hoja se hundió profundamente en su costado, y la dejó sin respiración mientras se tambaleaba hacia atrás. Los nagas estaban por todas partes, golpeaban con furia, y solo le quedaba una defensa. Shandris invocó a Elune y sacrificó sus últimas fuerzas en la oración, aunque centelleó y se apagó en su interior, como una vela al viento.
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    La fe es el principio de todas las cosas. Esa fue la primera lección que aprendió y memorizó como hermana de Elune. Tyrande recordó la severidad de la suma sacerdotisa Dejahna mientras inspeccionaba a las niñas, pronta a eliminar a todas las pupilas poco entusiastas que solo se habían unido a las hermanas por su ausencia de aptitudes para la magia. Si tus habilidades con la magia arcana son aceptables, pero no fuertes, tal vez puedas llegar a ser hechicera. Si tus habilidades con la aguja y el hilo son aceptables, pero no fuertes, tal vez puedas llegar a ser costurera. Mas si tu fe es aceptable, pero no fuerte, nunca llegarás a ser sacerdotisa. Era extraña la claridad con la que las palabras volvían a ella, mientras forcejeaba por mantenerse sobre el hipogrifo. Tenían a los vientos en contra y la lluvia le pegaba el cabello cerúleo a los hombros, pero parte de su mente aún estaba en el antiguo Templo de Elune, en Suramar, donde los penetrantes ojos de Dejahna la habían mirado con escepticismo. ―¿Por qué has elegido este camino, Tyrande Susurravientos? ―Porque quiero proteger a los demás ―respondió―. En especial a aquellos a los que quiero. ―La suma sacerdotisa la contempló después durante largo rato, y Tyrande nunca supo con exactitud qué opinaba Dejahna sobre esa conversación, pero durante mucho tiempo sospechó que, de algún modo, la semilla de su nominación como sucesora se había plantado en esa frase escueta y sincera. En muchas ocasiones se había cuestionado la decisión de su predecesora de designarla a ella como suma sacerdotisa. ¿Cómo habría sido su vida sin la carga del liderazgo? ¿Habría tenido que matar a las Vigilantes para que Illidan los ayudara a luchar contra la Legión Ardiente? ¿Se habría visto forzada a esperar miles de años para casarse por fin con su amado? ¿Habría sufrido menos su pueblo durante la Guerra de los Ancestros si su gobernante hubiera tenido más experiencia? Dejahna tenía razón: la fe era su única guía. Ahora la guiaba en la interminable tormenta para rescatar a la general más capaz que había conocido nunca de un peligro que se presentaba turbio pero inevitable en su mente. Y estaba sola. Sus palabras no habían convencido a Malfurion, a pesar del convencimiento de ella... Sin duda parecía que la fe era un don poco común. El hipogrifo graznó, y Tyrande oteó por encima de su cornamenta. Feralas estaba ante ellos, y la Isla de Sardor apenas era visible a través de una cortina de niebla. En algún lugar, bajo ellos, Shandris estaba esperando. Tyrande necesitaba creer que aún seguía viva. Dio un golpecito en el cuello del hipogrifo para indicarle que debía aterrizar hacia el sur. Era más fácil comunicarse mediante el contacto en medio del viento torrencial, y las criaturas siempre entendían el código. El hipogrifo se lanzó hacia adelante como respuesta y extendió sus alas en un intento por amortiguar la tempestad. A pesar de sus esfuerzos, el vendaval les dio un revolcón que casi los lanzó al mar revuelto que quedaba a sus pies. Tyrande se deslizó hasta el extremo derecho de la montura, con la esperanza de que el cambio de peso ayudara al hipogrifo a recuperar el equilibrio. Por un momento permanecieron suspendidos, como una hoja en el viento, y después la criatura se ladeó y se dirigió veloz hacia la orilla. Tyrande se aferraba a él con determinación. ―Bueno, eso ha sido poco sensato, pero efectivo. ―El hipogrifo ahuecó las plumas lleno de orgullo al aterrizar en una zona de suelo seco justo a las afueras del Bastión Plumaluna―. Supongo que por eso estamos juntos en esto. No te alejes ―dijo. Desmontó y caminó con cautela hacia el asentamiento. Morthis no había mentido. Plumaluna era un auténtico caos, sus estructuras se desmoronaban y estaban inundadas. Los nagas estaban por todas partes, saqueaban entre los escombros y patrullaban la costa como si esperaran la llegada de refuerzos en cualquier momento. De algún modo, con la lluvia y el viento, no la vieron acercarse desde el sur. O puede que una elfa de la noche solitaria no fuera causa de preocupación Se le pasó por la cabeza que Shandris podría haber escapado de la isla antes de la invasión, pero no descansaría hasta haber hecho una búsqueda exhaustiva. El miedo por Shandris la roía por dentro, y le recordaba a la niña muerta en la costa de Rut'theran. Tyrande siguió adelante, acercándose al edificio más cercano mientras vigilaba a las patrullas a su paso. No le asustaba la idea de un combate, pero su misión iría más rápido sin enfrentamientos innecesarios. Al adentrarse en el maltrecho refugio, los tablones del suelo crujían bajo sus pies y el agua fluía de las grietas de la pared. Al inspeccionar el área, Tyrande descubrió una mancha lavanda junto a una de las librerías, ¿era la punta de una oreja? Se apresuró hacia ella, con la esperanza de que no fuera demasiado tarde. La librería estaba empotrada en una esquina, e hizo falta una patada certera para moverla, pero la suma sacerdotisa consiguió empujarla a un lado para descubrir el cuerpo que había bajo ella. Se agachó y levantó al elfo de la noche del charco de lodo que inundaba la estructura. Reconoció enseguida su larga trenza. Latronicus Lanzaluna, uno de los primeros que lucharon contra los nagas en el Bastión Plumaluna. Ahora descansaba en los brazos de Elune. Le cerró los ojos y murmuró la oración de los muertos. Las palabras se habían hecho demasiado habituales en sus labios en los últimos días. En el resto de la estancia solo encontró el cuerpo de otra centinela asesinada, seguramente a manos de los nagas, y decenas de suministros abandonados que se habían echado a perder en la inundación. Al salir, un grupo de exploradores naga doblaron la esquina y la vieron. La suma sacerdotisa extendió los brazos y pronunció unas pocas palabras, y comenzó a lanzar rayos de luz de luna sobre sus enemigos antes de que pudieran atacar. Los nagas se desplomaron ante su ataque y ella corrió hacia la posada, mientras buscaba bajo el agua algún rastro, alguna señal de batalla que pudiera llevarla hasta Shandris y los demás supervivientes, pero las inundaciones habían convertido la tierra en lodo. Una sombra sobrevoló su cabeza, y Tyrande alzó la guja alarmada. Un pájaro enorme volaba en círculos sobre ella. Se detuvo, mirando a la enorme criatura con incredulidad. El pájaro se lanzó en picado, y ella fue reconociendo el oscuro plumaje y el brillo decidido que iluminaba los ojos del cuervo de tormenta. El pájaro se posó, y en cuestión de segundos, se transformó en la familiar forma de su amado. ―Siento haberte hecho esperar ―Sonrió. ―Mal… ―Lo abrazó―. Al final has venido. ―Ahora lucharemos como un solo ser. Nuestro amigo Broll Manto de Oso ha ocupado mi lugar en la organización de los druidas exploradores, y Merende se hace cargo de tus obligaciones en Darnassus. ―Gracias, amor mío. El Bastión Plumaluna necesita con urgencia nuestra ayuda. No he podido encontrar ningún superviviente, y es imposible encontrar su rastro entre tanta agua. Él asintió. ―Tal vez pueda ayudarte con eso ―El archidruida cerró los ojos para meditar y extendió los brazos ante él, con las palmas abiertas sobre la tierra devastada. Ráfagas de viento se arremolinaron alrededor de Malfurion, quien las fundió creando un enorme ciclón. Las turbias aguas empezaron a agitarse y a retirarse, y el violento torbellino las devolvió al mar. Solo quedó ante ellos el paisaje destruido de la Isla de Sardor, que reveló un rastro de cadáveres que llegaba hasta la gigante torre arbórea del noreste. Pero el hechizo también había alertado a los nagas. Llegaban por todas partes, ansiosos por descubrir la causa de la retirada de las aguas. Cuando vieron a los elfos de la noche, las serpentinas criaturas dieron un grito de alarma, atrayendo a más de sus tropas. Se preparaban para atacar. Una hechicera naga, Lady Szenastra, apareció en el centro del creciente grupo. A juzgar por la deferencia con la que la trataban sus súbditos, Tyrande pudo deducir que era la líder de ese ejército. ―Ahora la Isla Sardor es nuestra. Has venido aquí a morir, "Majestad" ―se burló Szenastra. ―No soy ninguna reina ―dijo Tyrande con brusquedad―. Y prefiero la muerte antes que atribuirme ese título. ¿Qué has hecho con los kaldorei que habitaban aquí? ―Ahora tu pueblo duerme eternamente. ¿No los ves? ―Szenastra señaló divertida a los cadáveres―. Si quieres, puedes unirte a ellos ahora mismo. Mi señora lady Szallah estaría encantada si accedieras. De lo contrario, tendré que encargarme de ti yo misma ―Hizo una señal, y un grupo de mirmidones se deslizaron hacia adelante. Tyrande y Malfurion intercambiaron una mirada. ―Qué rápido olvidan la derrota estos mentecatos ―murmuró la suma sacerdotisa apretando los dientes. ―En ese caso, tendremos que refrescarles la memoria ―dijo Malfurion. Tyrande asintió con un gesto veloz. Los relámpagos surcaron el cielo cuando el archidruida empezó a lanzar su hechizo. Las nubes que cubrían la isla se oscurecieron aún más, y las cabezas de los nagas se dirigieron al cielo alarmadas. Szenastra bufó una orden, y el ejército de nagas avanzó hacia la pareja de elfos de la noche. Malfurion observaba, imperturbable, esperando a que las energías se fusionaran. Cuando la tormenta acabó de formarse, inclinó ligeramente sus astas hacia el cielo, y el firmamento desató su ira sobre el ejército de nagas. Los rayos centelleaban contra la tierra, cada uno de ellos se dividía en tridentes que arrasaban docenas de desafortunados mirmidones. Mientras las tropas se dispersaban en el caos, Tyrande empezó a perseguir a la hechicera. Lady Szenastra ya había iniciado la huida, pero la suma sacerdotisa liberó una enorme columna de Fuego lunar sobre ella. La naga sufrió convulsiones durante un momento, mientras la energía ardía a través de su cuerpo, después, se desplomó sobre el suelo, hundiendo sus brillantes alhajas en el barro. Tyrande se apresuró hacia la torre. La entrada estaba bloqueada por los escombros, como si la hubieran sellado desde el interior. Impasible, consiguió abrirse camino con varios golpes furiosos de guja. Dentro de la habitación, Shandris Plumaluna yacía en un charco de sangre que refulgía sobre las tablas del suelo. Un sollozo se ahogó en la garganta de Tyrande al apresurarse junto a la elfa herida. Se hincó de rodillas y comenzó a rezar, apenas capaz de formular palabras en su dolor. ―Elune, concédeme esto, aunque sea lo único. Sálvala; por favor… es mi hija. Ella cree que la salvé, pero fue ella quien me salvó a mí... una y otra vez. Mi vida estaría vacía sin ella ―Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, brillantes como estelas de estrellas. Malfurion corrió junto a ella, pero estaba demasiado consternada y no se percató de su presencia hasta que él le sostuvo la mano. Este sencillo gesto le dio fuerza y, sobre todo, le hizo sentir cómo su poder se unía al de ella; fundidos para intentar curar a Shandris. La observaron durante largo rato, casi sin respirar. Entonces, las pestañas de Shandris aletearon y abrió los ojos adormilados. Giró la cabeza de un lado a otro, e intentó enfocar la vista en las siluetas agachadas ante ella, siluetas conocidas. ―¿Min'da? ¿An'da? ―preguntó sollozando, con el ceño fruncido por la confusión. Tyrande no tenía palabras. Sus lágrimas cayeron al suelo, oscureciendo aún más la madera manchada. Colocó su mano sobre el hombro de Shandris y respiró profundamente. ―Tus padres aún descansan con Elune, Shandris. Pero tú no, gracias a la ayuda de Mal. ―Tyrande supo en todo momento que estabas en peligro. No podía pensar en otra cosa ―añadió Malfurion. Shandris los miró. ―Bueno, tal vez no me encontrara tan alejada después de todo ―Se rió y después se estremeció por el dolor―. P-parece… que Elune al final ha respondido a mis oraciones. Tyrande alzó los ojos hacia Malfurion. ―Creo que ha respondido a las de todos nosotros. * * * * * A Shandris la despertaron las notas de un antiguo himno fúnebre. Reincorporándose con cuidado, miró por una ventana a su lado, que daba al centro de Darnassus. Los familiares canales estaban iluminados por velas, y cada una de las pequeñas luces redondas flotaba sobre la superficie cristalina como briznas de hierba en el bosque. Malfurion y Tyrande se alzaban con aire solemne en el centro del acto, mientras el pueblo de Darnassus y los refugiados de Kalimdor se reunían a su alrededor. Las caras de muchos de los elfos de la noche estaban hinchadas y enrojecidas por el llanto. Parecía que algunos de ellos llevaran días sin dormir. Shandris conocía demasiado bien su dolor. Buscando entre la multitud, vio también a Vestia, de pie, solitaria, en el extremo exterior del grupo. Habían perdido a tantos. Casi todos conocían a alguien que había fallecido en las últimas semanas de confusión. Los féretros empezaron a avanzar sobre carros tirados por parejas de sables de la noche, fatigados bajo el peso de los cuerpos. Tyrande dio un paso adelante para bendecir a los muertos por última vez antes del sepelio. No se oía ningún sonido excepto la inquietante e inconsolable melodía de las sacerdotisas. Era un espectáculo doloroso, pero la herida no podría sanar sin liberar antes el dolor. Shandris sabía que su pueblo necesitaba pasar por ello antes de poder enfrentarse a los retos que llegarían después. Volvió a mirar a Malfurion y Tyrande, que permanecían uno junto al otro, contra la marea de dolor y pérdida. A lo lejos, sobre ellos, las nubes empezaban a desvanecerse, y una fina hebra de luz de luna iluminaba sus rostros. Elune conoce a los suyos, pensó Shandris. No estamos solos en esta lucha. Se sentía ya más tranquila, se levantó y atravesó la habitación, renqueando, para tomar una dosis de las raíces calmantes medicinales que Malfurion había dejado para ella. La gran planta alor'el, su regalo de bodas para la feliz pareja, había crecido muchísimo desde la última vez que la vio, y uno de sus zarcillos colgaba desde el borde de la estantería. Con un grito de alegría, descubrió que estaba cubierto de capullos a punto de florecer.
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    Sylvanas Brisaveloz - Filo de la Noche por Dave Kosak Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF CORONA DE HIELO Sylvanas Brisaveloz se desplaza por un mar de bienestar, la pureza de la emoción reemplaza las sensaciones físicas. Puede tocar la felicidad, ver la alegría, oír la paz. Esta es la vida después de muerte, su destino. El mar eterno en el que se encontró después de caer en la batalla, mientras defendía Lunargenta. Este es su sitio. Con cada recuerdo, su memoria sobre este lugar se empaña. El sonido se aleja; el calor, se enfría. La visión toma la palidez de un sueño recordado a medias. Pero con aterradora claridad, el recuerdo siempre acaba igual: el espíritu de Sylvanas siente cómo lo arrancan de allí. El dolor es tan intenso que deja su alma rota para siempre. El complacido rostro de Arthas Menethil, con su sonrisa ladeada y sus ojos muertos, la mira con malicia al tirar de ella para devolverla al mundo. Se siente mancillada. ¡Su risa, esa risa hueca, tan solo recordarla le enerva la piel! * * * * * —¡Hijo de perra! —vociferó Sylvanas, dándole una patada a un trozo desprendido de la armadura congelada del Rey Exánime. Su voz, vacía y aterradora, se quebró por la tensión de su odio. El sonido retumbó entre los picos de la Corona de Hielo, y se desplazó por los valles como la densa niebla que siempre ocupaba ese horrible lugar. Se había aventurado sola hasta el antiguo centro de poder del Rey Exánime. Hasta la misma cima de la Ciudadela de la Corona de Hielo, sobre la que se alzaba un trono helado encima de una plataforma de blanco hielo. Era obvio que ese pequeño egotista que conoció de niña elegiría ese lugar para asentarse, sobre la cima del mundo. ¿Pero dónde estaba ahora? Estaba acabado. Ya no podía sentir su maldad atenazando su consciencia. Su armadura rota yacía hecha pedazos sobre el blanco pico ante su trono, rodeada de negruzcas masas de vísceras heladas, los restos de aquellos que, por fin, lo habían derrotado. Sylvanas lamentaba no haber estado allí para verlo destruido. Recogió un guantelete destrozado que cubrió la mano que empuñara la Agonía de Escarcha. "Por fin ha muerto".¿Pero por qué se sentía tan vacía? ¿Por qué aún se agitaba de ira? Arrojó la armadura desde el pico, y la vio desaparecer entre la turbia bruma. No estaba sola. Nueve espíritus resplandecientes la rodeaban en la cumbre, sus caras cubiertas con máscaras fijaban su mirada en ella, sus formas efímeras se mantenían suspendidas sobre gráciles y etéreas alas. Eran las Val'kyr, antiguas doncellas guerreras, que fueron esclavas de la voluntad de Arthas. ¿Por qué seguían en aquel lugar? Sylvanas no lo sabía, ni le importaba. Se mantuvieron fuera de su camino, en un silencio absoluto, inmóviles, incluso cuando Sylvanas gritó y bramó. ¿La observaban? ¿La juzgaban? Las ignoró y avanzó por la nieve hacia el mismo asiento de poder de Arthas. Había alguien sentado en el trono. Al principio Sylvanas pensó que era el cadáver de Arthas, colocado de forma burlesca en ese lugar de honor y sellado en un bloque de hielo, pero la silueta no coincidía en absoluto. Se acercó al trono y pasó la mano sobre la superficie del hielo, atisbando la distorsionada forma que había en su interior. Humano, sí. Reconoció el perfil de una hombrera de placas de la Alianza. Pero el cuerpo presentaba serias quemaduras, la carne estaba abierta como si la hubieran asado. Llevaba la corona de Arthas, y en sus ojos, ese brillo de consciencia... —Lo han reemplazado —¡Un nuevo Rey Exánime ocupaba el trono! Sylvanas volvió a gritar, y el asombro se convirtió en una ira explosiva. Golpeó con fuerza sobre el hielo con la palma de la mano y después con el puño. El hielo se quebró. El rostro inmóvil del interior se cuarteó tras una maraña de fisuras. Sus gritos se desvanecieron, desapareciendo en la niebla que envolvía el pico. —Lo han reemplazado. ¿Quiere esto decir que siempre habrá un Rey Exánime? Idiotas —Asumieron ingenuos que ese rey marioneta no retorcería el mundo para conseguir sus propósitos. O lo que es peor: se convertiría en el arma de un ser aún más terrible. Fue un golpe amargo. Había confiado en aventurarse hasta allí triunfante, y no en descubrir una nueva derrota. La victoria era vana. Pero se alejó del trono, se irguió, y aceptó que el ciclo seguiría adelante. Arthas estaba muerto. ¿Qué importaba si otro cadáver ocupaba su trono vacante? Sylvanas Brisaveloz había obtenido su venganza. La visión que los había alentado a ella y a su pueblo a seguir durante años por fin se había hecho realidad. Y ni a una sola fibra de su cadáver seco y vivo le importaba hacia dónde se dirigiera el mundo de allí en adelante. Ahora todo había acabado. En parte se sorprendió de seguir siquiera existiendo, sin la continua presencia de él, siempre tirando de lo más profundo de su mente. Se apartó del trono y se volvió lentamente para inspeccionar el mundo frío y gris que la rodeaba. Sus pensamientos volvieron a ese lugar de absoluta felicidad, el recuerdo de su breve visión de lo que le esperaba más allá. Su hogar. Había llegado la hora. Lentamente, haciendo crujir el suelo a sus pasos, se dirigió hacia el escarpado borde de la plataforma de hielo. Trescientos metros más abajo, oculto por las nubes, se encontraba el bosque de púas de saronita destrozadas que había explorado antes. Una simple caída no podría matarla: su carne animada era casi indestructible. Pero las púas, sangre endurecida de un dios antiguo, no solo harían pedazos su cuerpo, sino que asolarían también su alma. Lo anhelaba. El regreso a la paz. La misión que había comenzado en los bosques de Lunargenta finalmente se había completado con la muerte de Arthas. Retiró el arco de su hombro y lo lanzó a un lado. Este golpeó contra el hielo irregular. Después se quitó el carcaj. Las flechas cayeron de él en cascada, deslizándose por el borde de la Ciudadela de la Corona de Hielo, y desaparecieron una a una en la niebla. El carcaj vacío cayó sin hacer ruido al suelo, a sus pies. Su oscura capa, hecha jirones, liberada del peso del armamento que acababa de desechar, ondeaba alrededor de su cuello mecida por el desagradable viento. No podía sentir frío, tan solo un sordo dolor. Pronto no sentiría nada. Percibía ya cómo su espíritu buscaba un lugar en el que descansar por primera vez en casi una década. Su silueta se acercó al borde del acantilado. Cerró los ojos. Todas a una, las Val'kyr se giraron hacia ella en silencio. GILNEAS —Adelan... —gritó el mariscal, pero su orden se vio interrumpida por una bala de mosquete que le destrozó la mandíbula inferior. La muralla que se levantaba ante él estaba fracturada, pero aún cobijaba a los francotiradores que se ocultaban arriba, en la lluvia. El aguacero caía desde el cielo en forma de blancos mantos, que empapaban de igual modo a atacantes y defensores. El mariscal se desplomó, derribó una pila de escombros como si de un saco de leña se tratara, y fue a caer sobre el denso lodo. Sus tropas, al igual que los demoledores atascados y los carros de despojos de su artillería, no estaban haciendo ningún progreso. Sin duda a cualquier hombre corriente le habría costado la vida, pero el mariscal ya estaba muerto, por lo que se levantó rápidamente del lodo, mientras escupía sangre coagulada e icor de los restos de su cara. Al norte, a través de una larga extensión de campo cubierta de surcos, y al otro lado de una espesa cortina de lluvia, Garrosh Grito Infernal trataba de comprender lo que estaba ocurriendo en el frente. Podía ver el contorno gris de la gran muralla gilneana, llena de enormes grietas diagonales abiertas por el Cataclismo. Si sus Kor'kron hubieran estado en el frente, las habrían atravesado a pie. Gruñó al observar que un grupo de exploradores Renegados retrocedieron pesadamente por entre el lodo, andrajosos y magullados. Incluso en la victoria, los Renegados parecían cadáveres; en la derrota, su aspecto era aún peor. —Tus exploradores no sirven para nada. Los he mandado a hostigar a las defensas de la muralla, y vuelven a rastras como perros apaleados —Garrosh resopló, sin mirar siquiera a su acompañante. El gran orco de piel oscura estaba engalanado con su más amenazadora vestimenta de batalla; sus venosos y tatuados bíceps rebosaban por debajo de los guardahombros recubiertos de colmillos. A pesar de que se encontraba justo delante de su tienda, se negaba a guarecerse de la lluvia, que resbalaba sobre su rostro ceñudo y su ennegrecida mandíbula. Junto al gran orco, y a resguardo bajo el toldo de la tienda, el maestro boticario Lydon parecía tremendamente frágil. Su rostro picado de viruela se estremecía bajo un revoltijo apelmazado de pelo morado grisáceo, mientras intentaba formular una respuesta que le evitara otra ronda de abuso verbal cortesía del Jefe de Guerra. —Te aseguro que están haciendo todo lo que pueden —dijo con tono neutro y con voz ronca y tenue—. Casi seguro que las defensas gilneanas están sumidas en la confusión. —Entonces, ¿por qué vuelven cojeando tus exploradores en lugar de presionar hacia adelante? —Garrosh le dio una patada a un barril. Tras él, sus tropas resistían bajo el aguacero: cuatro compañías de orcos y tauren de élite seleccionados uno a uno, reforzados por cinco batallones de los guerreros más duros de Orgrimmar. Se extendían sobre el Bosque de Argénteos, en un mar de rostros verdes y pardos contra el fondo rojo brillante de sus estandartes—. ¿Y dónde están los regimientos que Lordaeron prometió? Deberían penetrar en tropel por la brecha. Estamos perdiendo tiempo. Lydon sabía que no merecía la pena discutir tácticas con el tozudo Jefe de Guerra, pero a medida que se acercaba la hora del ataque, la desesperación se apoderó de él. Se humedeció los labios grises con una lengua de un tono morado oscuro e intentó responder de forma despreocupada con la esperanza de hacerlo entrar en razón. —Se están retrasando por la lluvia, seguramente, pero deberían estar al caer. Son… sin duda… los mejores de Lordaeron. Lo mejor de nuestra infantería y la columna vertebral de todos nuestros recursos… Garrosh se tocó la cara con los nudillos. Dirigió la mirada hacia el terreno y, mentalmente, situó allí a la infantería y a la caballería que esperaban mientras Lydon hablaba. —Pero no puedes mandarlos directos a la grieta central de la muralla —continuó diciendo Lydon—. Es un… cuello de botella. Bien fortificado y muy vigilado. Las tropas, con sus pesadas armaduras y a lomos de caballo, no podrían maniobrar a través de la brecha: los abatirían a golpe de mosquete desde los escombros. Seguro que entiendes... —¡Por supuesto que lo entiendo! —respondió Garrosh—. La puerta está a medio abrir; ahora tenemos que echarla abajo. Eso es para lo que valéis los de tu especie —El Jefe de Guerra posó la mirada sobre el maestro boticario, fijó su fría mirada en la pálida luz amarillenta que desprendían las cuencas oculares de este—. Ya sois cadáveres, es casi imposible mataros. Inundáis el cuello de botella y abrís paso para que el resto de la Horda pueda entrar mientras aún están frescos y rabiosos. Avanzaremos sobre un puente de cadáveres destrozados si es necesario. Así es como se asaltan las fortificaciones y como se ganan guerras. El maestro boticario levantó dos dedos huesudos. —Pero si pudiéramos usar tan solo un… un toque de la peste. Solo para abrir un agujero. Ni siquiera tanto como para provocar... ¡tan solo una pizca! Más para sembrar el miedo y el pánico que para causar verdadero... El revés de la mano de Garrosh cruzó el aire, salpicando la tienda con un brillante arco de agua de lluvia, y fue a chocar con fuerza sobre la mejilla de Lydon. El maestro boticario se tambaleó como si hubiera recibido la coz de un caballo, pero valiéndose tan solo de su voluntad consiguió mantenerse erguido después del golpe. —Ni se te ocurra sugerir siquiera utilizar un gramo de esa basura que escondes, o te reduciré a ti y a tu cloaca de ciudad a cenizas —gruñó Garrosh. Y se volvió hacia la acción. Humillado, el maestro boticario Lydon murmuró con la mandíbula apretada de forma casi inaudible: —Sí, Jefe de Guerra. Pero secretamente, la ira se arremolinaba en su interior. "¿Dónde está la Dama Oscura Sylvanas?" se preguntó, elevando sus vacías cuencas oculares hacia el cielo gris. "¿Por qué no está aquí para oponerse a esta bestia?". CORONA DE HIELO Sylvanas se tambaleaba al borde del pico de la Corona de Hielo con los ojos cerrados. Levantó los brazos. A pesar de que el viento cortaba de frío, ella solo sentía un dolor sordo. Notó una presencia cercana y abrió los ojos. Las Val'kyr se habían acercado a ella, lo bastante como para que pudiera ver las armas refulgentes que descansaban contra sus espectrales muslos. ¿Qué querían? Sin previo aviso, una visión llenó su cabeza. Un recuerdo. Se vio a sí misma en un cálido dormitorio inundado por el sol. A través de la ventana se colaban los dorados rayos que iluminaban las motas de polvo en suspensión y reflejaban vistosas siluetas sobre el suelo. Era su dormitorio. Hace toda una vida. Aún no había llegado a su vigésimo otoño, pero aun así, la joven Sylvanas era ya la cazadora más prometedora de su familia. Se calzó sus botas de cuero hasta el muslo, midiendo con cuidado los cordones y atándolos de forma decorativa. Reajustó el bordado en forma de hoja, y después se bajó de la cama para admirar su reflejo en el espejo. Su rubio pelo hasta la cintura fluía como el agua, traslúcido por completo a la luz del sol. Sonrió al espejo y se atusó el cabello hasta conseguir una curva perfecta alrededor de sus largas y esbeltas orejas. No bastaba con ser la mejor cazadora de la familia. Tenía que dejarlos a todos boquiabiertos a su paso. Su vanidad era tremenda. Era un recuerdo extraño y olvidado que sacó a Sylvanas del acantilado. ¿Qué había provocado ese recuerdo? Esa vida se había perdido por completo hacía demasiado tiempo. Otro recuerdo inundó sus sentidos. Ahora estaba agazapada detrás de un afloramiento de lisa piedra en el Bosque Canción Eterna. El follaje otoñal crujía sobre ella, enmascarando el sonido de los pasos de su compañero, que se apresuraba para esconderse a su lado. —¡Hay muchos! —gruñó, y dejó de hablar al ver que ella levantaba un dedo—. Aquí solo tenemos un par de docenas de forestales —dijo en tono susurrante—. ¡No podrán sobrevivir a esto! —Sylvanas no apartó su mirada de la oscura masa de cadáveres que se acercaba al vado del río arrastrando los pies y pisoteándolo todo a su paso. Era la cúspide de la Tercera Guerra, y faltaban horas para la caída de Lunargenta a manos del ejército de Arthas. —Solo tienen que retenerlos mientras reforzamos la defensa de La Fuente del Sol —respondió, midiendo el tono de sus palabras. —¡Van a morir! —Son flechas del carcaj —dijo Sylvanas—. Tendrán que entregar su vida si pretendemos ganar. Era categórica. ¿Insensible? No, una luchadora. Tenía el corazón de una guerrera. Entonces, de forma tan repentina como la anterior, le asaltó un tercer recuerdo. —¡Legítimos herederos de Lordaeron! —clamó Sylvanas, sosteniendo su arco en alto. Su antebrazo, aún esbelto y musculoso, era de un color azul grisáceo. Estaba muerto. Esta escena era muy diferente. Su visión tenía el frío brillo de un recuerdo vivido después de la muerte. Ante ella esperaba una masa grotesca y agitada de cadáveres que presentaban armaduras descuidadas, cuerpos destrozados y un inimaginable hedor. De pronto sus lastimosas y desesperadas miradas le recordaron a las de los niños. Le repugnaban. Pero la movía la necesidad—. El Rey Exánime flaquea. Vuestra voluntad os pertenece. ¿Acaso habréis de ser marginados en vuestra propia tierra? ¿O tomaremos las crueles cartas que nos ha dado el destino para recuperar nuestro lugar en este mundo? Sus preguntas fueron recibidas con balbuceos primero, pero con una ronca y casi desesperada ovación después. Los puños huesudos se alzaban hacia el cielo. Esta pobre gente: campesinos, granjeros, sacerdotes, guerreros, señores y nobles… aún no habían asumido lo que les había pasado. Pero era electrizante que alguien, cualquiera, les asegurara que tenían un lugar en alguna parte. —Nos han abandonado. Estamos… desamparados. Pero mañana, cuando amanezca, la capital será nuestra —dictaminó y entonces todos rugieron. —¿Y qué pasa con los humanos? —preguntó un joven alquimista cuando el estruendo se desvaneció. Sylvanas lo reconoció de la batalla de la noche anterior. En las cuencas de sus ojos brillaba una fría inteligencia, Lydon era su nombre. Él había comprendido ya su situación, y se refería a los humanos como si fueran una raza diferente. Sylvanas decidió hacer buen uso de él. —Los humanos servirán a su propósito —respondió ella, y su mente ya estaba inmersa en cálculos—. Creen que ellos están liberando la ciudad. Dejad que luchen por nosotros y sacrifiquen sus vidas en nuestro beneficio. Ellos son —recuperó una analogía que ya había usado antes— las flechas de nuestro carcaj. La tumultuosa masa de no-muertos aplaudía, tosía y expectoraba de alegría mientras asentía. Sylvanas observó a la muchedumbre con frialdad. "Y vosotros también lo sois", pensó para sí. Flechas que apuntaré al corazón de Arthas. ¿Mantenía su corazón de guerrera? ¿Se había vuelto fría? No, era la misma. Igual en la muerte que en vida. Sylvanas sacudió la cabeza para disipar la visión. Estos eras sus recuerdos, pero no era ella quien los estaba recordando. Los estaban extrayendo de su interior. Los sacaban las Val'kyr. Los espíritus mudos permanecían suspendidos a su alrededor, observándola en silencio. "Me están explorando", comprendió Sylvanas. "¡Me juzgan!". Llenó los pulmones de aire frío y sus ojos se llenaron de vida de repente. —¡No permitiré que me juzguen! —gritó, volviéndose desde el acantilado para enfrentarse a sus acusadoras—. Ni vosotras, ni nadie —La furia hervía en su interior. ¿Funcionaría su Lamento de alma en pena contra estas... cosas? Pero no le hizo falta luchar. Ya había acabado. —Alejaos —ordenó—. ¡Y salid de mi cabeza! Sylvanas dio un paso atrás, el viento azotaba su cabello y hacía batir su capa raída. Los recuerdos de lo que fue tiempo atrás y en qué se había convertido le provocaron un nudo en el estómago, y ahora se disponía a desatarlo. Ya no volvería a ser la vengativa líder de una raza mestiza de cadáveres descompuestos. Su trabajo estaba hecho y la recompensa que durante tanto tiempo le habían negado la esperaba. En su anhelo por sentir esa felicidad absoluta olvidada, se dejó caer de espaldas desde lo alto de la Ciudadela de la Corona de Hielo. El viento corría veloz a su lado, se oyó un lamento cada vez más alto. La cumbre, y las silenciosas Val'kyr de la cima, desaparecieron… Su cuerpo golpeó con fuerza contra las piedras de saronita destrozándose de forma irrevocable. GILNEAS Como en un sueño, el corazón del ejército de no-muertos de Lordaeron avanzaba con gran estruendo. Los gritos de mando enmudecían de manera extraña. La caballería pesada entraba en tropel por la brecha, de algún modo, los cascos esqueléticos de las monturas encontraban dónde pisar entre los despedazados restos del muro. Los Renegados forcejeaban por abrirse paso por un hueco que en algunos tramos no superaba la anchura de cuatro individuos. Entonces la artillería de los defensores abrió fuego con un apagado y reverberante crujido. Allí donde caían los proyectiles, hombres y caballos saltaban por los aires convirtiéndose en polvo y vísceras. El fuego manaba de los mosquetes con el resonar de tambores lejanos: las filas iban cayendo una a una. Pero estos veteranos habían sobrevivido a los horrores de la Corona de Hielo. Consiguieron abrirse paso, sin descanso, para atacar a los defensores que esperaban al otro lado. Llegó la segunda oleada lanzando rezones a lo alto del muro, desde donde brotaba el aceite. De repente, el frente estalló en llamas. La pólvora los seguía alcanzando, pero los Renegados continuaban su arremetida. Algunos llegaban a lo alto de la muralla, tan solo para acabar despedazados. Los defensores no eran humanos. Esas rabiosas criaturas lupinas que solían merodear por los alrededores del Bosque de Argénteos habían conseguido organizarse en una fuerza de combate. Allí donde las armas y las espadas fracasaban, dientes y garras destrozaban al ejército no-muerto. Los Renegados se alzaron de nuevo, las armas estaban salpicadas de sangre y cubiertas de agua de lluvia. Las siluetas de los combatientes aparecían grises en la bruma, sus gritos, de algún modo, eran ecos mudos de su destrucción. Ahora incluso los defensores flaqueaban. Después de haber matado a tantos, ¿podía quedar algo todavía? La primera oleada de orcos cogió a los gilneanos por sorpresa. Las fuerzas de la Horda se abalanzaron hacia delante sobre una alfombra de cadáveres, la sed de victoria ardía en sus ojos y en sus gargantas. De pronto, todo era silencio. Y después no había nada. En su lugar se alzaba El Baluarte, la fortificación a medio terminar que marcaba la frontera entre Lordaeron y lo que se había llegado a conocer como las Tierras de la Peste. El maestro boticario Lydon estaba allí, había perdido el brazo izquierdo y un enorme corte le cruzaba la cara. Se dirigió con urgencia a su pueblo, pero el silencio reinaba en el ambiente. Estaba planeando una defensa de última hora en El Baluarte, aunque tenía poco con lo que contar. El corazón del ejército Renegado había sido sacrificado en Gilneas. Los pocos que quedaban se enfrentarían a un ejército organizado de humanos y enanos que se dirigía hacia el oeste, y que acababa de obtener una victoria en Andorhal. El ejército vapuleado que quedaba en El Baluarte tenía pocas esperanzas de salir victorioso. El resto de la Horda se encontraba en paradero desconocido. "Esto no es real", comprendió Sylvanas al percibir de pronto su propia consciencia, que observaba estos sucesos espectrales mientras se desarrollaban. Estaba muerta: podía sentirlo, pero su espíritu estaba retenido en el limbo. "¿Qué es esto?". Lo último que recordaba era la caída que la había llevado a la muerte. Estas visiones eran como recuerdos de sucesos que no habían ocurrido aún. ¿De dónde venían? ¿Dónde se encontraba ahora? De repente, la capital estaba asediada. El rey Wrynn se encontraba más allá de los restos ardientes de la torre del zepelín, dibujando diagramas de Entrañas para sus generales. Ya había atacado la ciudad antes, confiaba en la victoria. Dentro de las murallas de la ciudad, las hogueras ardían furiosas. La ira de Sylvanas crecía; la Alianza ya estaba quemando los cadáveres. No. Espera. Intentó comprender la borrosa visión. "Los pocos Renegados que quedan están lanzándose a las hogueras", comprendió, lo prefieren a enfrentarse a sus ejecutores. —¡Esto no es real! —dijo Sylvanas. Su voz retumbaba en su cabeza y sonaba como cuando estaba viva. ¿Realmente era tan débil su pueblo?—. No, ¡no! —Garrosh había masacrado a sus mejores tropas en sus inútiles campañas personales. Se había perdido el liderazgo de los Renegados. Eso era lo que mostraban estas visiones. La bruma se apelmazó por completo y el futuro se volvió borroso. Sylvanas ya no sentía su propio cuerpo. Estaba flotando en algún tipo de limbo. Se dio cuenta de que se podía ver a sí misma y levantó las manos en silencioso asombro. Su piel volvía a ser rosada, firme y luminosa como lo era en vida. Pero no estaba sola. Ahogó un grito al ver que estaba rodeada. Nueve guerreras formaban un círculo en torno a ella, y su belleza eclipsaba la suya propia. Las Val'kyr mostraban la apariencia que tenían en vida. Algunas tenían el cabello oscuro como el azabache que caía enmarcando su tez morena y ojos azules como zafiros. Otras tenían rubias melenas del pálido y brillante color del sol reflejado sobre la nieve. Sus rostros eran suaves, pero sus facciones marcadas. Sus brazos eran tersos y musculosos; sus muslos, gruesos y fuertes. Cada una de ellas sostenía un arma diferente: una lanza, una alabarda, un gran mandoble que se alzaba hasta la altura de la barbilla, dentro de una resplandeciente envoltura de acero pulido. Cada una de ellas era la mejor guerrera de su generación. "Todas ellas son como yo", observó Sylvanas. "Vanidosas, victoriosas, y orgullosas". —Sí, lo fuimos —dijo la rubia Val'kyr que iba armada con el mandoble, respondiendo a Sylvanas como si hubiera hablado en voz alta. Su voz era rica y plena—. Soy Annhylde la Invocadora. Estas son mis hermanas doncellas de batalla, y somos las únicas nueve que quedamos. En vida servimos a los guerreros del norte, y decidimos seguir con nuestro servicio en la muerte. —Para servir al Rey Exánime. La visión de Annhylde se mostró irritada. —¿Acaso tú decidiste servir al Rey Exánime? —preguntó. —¿Qué es esto? ¿Qué son estas visiones? —Sylvanas exigía una respuesta. —Visiones del futuro —explicó Annhylde—. Toda vida deja una estela al morir. Esta es la tuya. —No hace falta una bola de cristal para saber que Grito Infernal sacrificará los recursos de la Horda, destruyéndolos para satisfacer su sed de conquista —Sylvanas sintió una ira antigua que brotaba de nuevo, pero no podía sentir la respuesta de su cuerpo. No podía sentir nada—. ¿Adónde me habéis traído? Debería estar muerta. —Lo estás —afirmó otra Val'kyr de cabellos de color carbón. —Ya he probado antes a qué sabe el olvido —protestó Sylvanas—. Me tenéis retenida en el limbo. ¿Por qué? Annhylde esperó paciente, y con voz calmada y comedida respondió: —Para mostrarte las consecuencias de tu muerte, y para ofrecerte la posibilidad de elegir… —Ya he tomado una decisión —interrumpió Sylvanas. —¡Tu pueblo morirá! —dijo la Val'kyr de cabello oscuro. Sin duda había sido la más joven de las doncellas de batalla en vida y ahora era la más impaciente de las no-muertas. Sylvanas pensó en su pueblo. Habían avanzado mucho desde sus diezmados orígenes, aquella anhelante y confusa multitud de cadáveres frescos se apiñaba alrededor de las ruinas de la derruida capital de Lordaeron. Ahora los Renegados eran una auténtica nación: una fétida y espantosa masa de armazones inertes cubiertos de sangre, hábiles en el combate, devastadores con las artes arcanas y libres de los grilletes de la moralidad. Pulidos hasta convertirse en la mejor arma. Su arma. Y habían asestado el golpe mortal para el que ella los había creado. No le importaba cuál fuera su destino. —¡Déjalos que mueran! —gritó Sylvanas—. ¡Ya no los necesito! Annhylde levantó una mano para silenciar a sus hermanas de armas más jóvenes. —Calma, Agatha. Ella no lo sabe. Necesita ver más.—La líder de las Val'kyr dirigió sus luminosos ojos verdes hacia Sylvanas, y en su expresión se leía la tristeza—. Sylvanas Brisaveloz, el olvido que buscas es tuyo. No te detendremos. Los ojos de Annhylde se cerraron, y en ese momento las figuras se desvanecieron para recuperar sus formas espectrales. Entonces Sylvanas sintió que la estaban sacando de allí, sus sentidos estaban aturdidos. Todo desapareció y el tiempo se detuvo. —¡Está perdida! —gimió Agatha. GILNEAS La lluvia seguía, incesante, convirtiendo el suelo ante la muralla gilneana en una ciénaga. Mientras Garrosh inspeccionaba las filas de los Renegados, las patas de su gran lobo de guerra se hundían en la mugre. El agua de lluvia le resbalaba por la cara y se evaporaba de la parte alta de su cabeza, afeitada hace días. —Los gilneanos se esconden asustados detrás de sus altas murallas de piedra —gritó el Jefe de Guerra, y su profunda voz retumbaba por encima del estruendo de la lluvia y los truenos—. Vosotros, ciudadanos de Lordaeron, conocéis su historia. Cuando sus aliados humanos los necesitaban, ¿qué hicieron? Construyeron un muro y se ocultaron tras él. Las espadas chocaban contra los escudos. No todos los Renegados se mantenían aferrados a sus recuerdos de vida, pero los que los conservaban, no sentían ningún cariño por el reino que había dado la espalda al mundo en sus horas más desesperadas. Garrosh continuó, con la cabeza alta mientras sus palabras llenaban el aire. —Viven en la deshonra. ¿Cómo creéis que lucharán? ¿Con honor? —Estalló una risa gutural—. No, sufrirán la muerte de los cobardes y serán recordados como tales. Pero vuestra gloria de hoy pervivirá en la historia y en los cánticos —Garrosh Grito Infernal volvió el rostro hacia la quebrada muralla de Gilneas, desenvainando la legendaria hacha Aullavísceras que descansaba sobre su espalda y apuntando su filo mellado hacia los parapetos destruidos—. ¡Las murallas caen, pero el honor es eterno! El maestro boticario Lydon se pasó unos dedos huesudos por entre la maraña de pelo. El bramido de orcos, tauren y Renegados superaba el del trueno. —¿Cómo lo consigue? —se preguntó Lydon—. ¡Mis hermanos Renegados aclaman su propia destrucción! Lydon buscó con desesperación las palabras adecuadas, una última llamada a la cordura y en contra del plan de Garrosh. Intentó imaginarse lo que diría la Dama Oscura a Garrosh, cómo le haría contener su sed de sangre. Su mandíbula se abrió, pero no surgió ni una sola palabra de ella. Un estruendo distante brotó por detrás de la vanguardia de los Renegados. Garrosh espoleó a su lobo de guerra para dirigirlo hacia el flanco del ejército, dejando libre el camino para un ataque. —¡Héroes de los Renegados! Sois la punta de mi lanza. Alzad los brazos, alzad vuestras voces y no os detengáis hasta que el estandarte de la Horda ondee en lo alto de esos muros —Aullavísceras descendió—. ¡A la cargaaaaaaa! —¡IGNORAD ESA ORDEN! —gritó una voz desde el norte. El alarido de la Reina alma en pena portaba una potencia y una pureza tan aterradoras que hasta la propia lluvia pareció dejar de caer al oírlo. Un relámpago partió el cielo en dos, y los truenos crujieron como la piedra bajo el martillo. Todas las cabezas se giraron hacia ella, la Dama Oscura montaba a horcajadas sobre su esquelética montura, su negra capa ondeaba con la furia de su ímpetu y sus ojos estaban enmarcados por una caperuza lamida por la lluvia. Cuando los Renegados la vieron, bajaron sus armas hacia el lodo, inclinaron la cabeza y se arrodillaron. El maestro boticario Lydon no se hincó de rodillas, aunque le flaqueaban las piernas ante la visión de la salvadora de los Renegados. Se adelantó con paso indeciso arrastrando su larga toga con torpeza por el lodo y alargó el brazo para asir las riendas del corcel de su señora cuando este se detuvo. —Dama Oscura —susurró, el alivio lo había dejado sin aliento. Entonces, parpadeó asombrado: a ambos lados, Lady Sylvanas estaba flanqueada por las abominables Val'kyr, y sus resplandecientes cuerpos estaban suspendidos en el aire, sustentados por traslúcidas alas. Garrosh se acercó a ella por el irregular camino, el ejército de Renegados, silenciosos y arrodillados, se extendía a su alrededor como miles de estatuas mudas. La sed de sangre brillaba en sus ojos. Lydon no pudo evitar retroceder. Pero Sylvanas no pestañeó, ni se quitó la caperuza en señal de respeto. Alzó la barbilla con un gesto sutil. Pronunció sus palabras, dirigidas a Garrosh, pero lo bastante altas como para que todos pudieran oírlas. —Grito Infernal. Gilneas caerá. Y la Horda recibirá su premio —afirmó—. Pero si quieres usar a mi pueblo, tendremos que hacerlo a mi manera —Retiró la capa de uno de sus hombros, revelando su veteada piel gris y las placas de cuero adornadas de plumas de su decorada armadura negra—. Mis tres barcos más rápidos ya están en camino hacia la costa sur para desviar la atención de la capital gilneana. Y en estos momentos, estoy reuniendo refuerzos en Camposanto. El boticario Lydon ladeó la cabeza ante tan críptica afirmación. Por lo que él recordaba, en Camposanto no quedaba nada más que un cementerio. Pero lo más importante era que algo en la soberana presencia de Garrosh había cambiado. La voz de la dama, siempre aterradora, ahora tenía un toque decisivo, como si hablara con la determinación de los dioses. ¿Y qué pretendían esas Val'kyr que se mantenían suspendidas y silenciosas a su lado? —Mi señora —susurró Lydon—. ¿Dónde has estado? Ella bajó la vista hacia su súbdito. El boticario Lydon retrocedió y sus temblorosas manos dejaron caer las riendas del corcel. LA OSCURIDAD Lady Sylvanas Brisaveloz se vio sumida en una caída libre. No en el sentido físico; su cuerpo se había hecho pedazos al pie de la Ciudadela de la Corona de Hielo. Era su espíritu el que caía, perdido, como un barco sin timón en la tormenta. ¿Cómo había llegado hasta allí? No conseguía recordarlo. ¿La había matado Arthas? ¿Se había suicidado? ¿La habían enviado las Val'kyr para ser juzgada? Allí el tiempo no significaba nada. Su vida no parecía una serie de sucesos, sino un único instante, un minúsculo fogonazo de consciencia en un vacío infinito. Solo percibía oscuridad. Y después sintió, sintió de verdad, por primera vez en mucho tiempo. Retrocedió asustada. Agonizante. Estaba allí, sentía que su espíritu estaba completo de nuevo, y solo sentía sufrimiento. Podía sentir de nuevo, pero solo sentía un abyecto dolor. Frío. Desesperanza. Miedo. Había otros en la oscuridad. Criaturas que no reconocía, porque nada tan terrible podría existir en el mundo de los vivos. Sus garras la arañaban, pero no tenía boca con la que gritar. Sus ojos se fijaban en ella, pero no podía devolverles la mirada. Arrepentimiento. Sintió una presencia familiar. La reconoció. La voz burlona que un tiempo la retuvo prisionera. ¿Arthas? ¿Arthas Menethil? ¿Aquí? Su esencia se apresuró hacia ella, desesperada, y después retrocedió horrorizada al reconocerla. El niño que llegaría a ser Rey Exánime. Tan solo un pequeño niño rubio asustado, recogiendo las consecuencias de una vida de errores. Si a Sylvanas le hubiera quedado un solo pedazo del alma que no estuviera destrozado o atormentado, habría llegado incluso a sentir, por primera vez, un mínimo resquicio de lástima por él. En el vasto paisaje que contenía todo el sufrimiento del mundo y toda la maldad infinita, el Rey Exánime era insignificante. Ahora los demás la tenían atrapada. La habían rodeado. Alegres, la atormentaban, arañaban su consciencia, se regocijaban ante su sufrimiento. Horror. Así sería su eternidad: un vacío sin fin, el oscuro y desconocido reino de la angustia. ¿Pasó un instante o una vida antes de que un solo rayo de luz se abriera camino en la oscuridad? Vinieron hacia ella, con los brazos extendidos. Las nueve Val'kyr, cuya belleza le resultaba increíble tras permanecer en aquella oscuridad, envolvieron a Sylvanas con un único halo de luz. Se sintió pequeña y desnuda. Se encogió. Cuando encontró su voz de nuevo, solo podía sollozar. Sylvanas Brisaveloz estaba derrotada. Pero aún así, las Val'kyr no la juzgaron. —Lady Sylvanas —dijo Annhylde, con voz tranquilizadora. Tocó la mejilla de la elfa forestal—. Te necesitamos. —¿Qué..., qué queréis? —Estamos sometidas a la voluntad del durmiente Rey Exánime. Prisioneras en la cima de la Corona de Hielo, puede que por toda la eternidad. Anhelamos nuestra libertad, como tú hace tiempo anhelaste la tuya —Annhylde se arrodilló junto a Sylvanas y las demás se reunieron alrededor de ambas con los brazos enlazados—. Necesitamos un ser receptor. Alguien como nosotras. Una hermana de la guerra. Fuerte. Que entienda la vida y la muerte. Que haya visto la luz y la oscuridad. Alguien digna de manejar un poder sobre la vida y la muerte. —Te necesitamos —repitió Agatha, mientras su negro cabello flotaba libre en la luz. —Mis hermanas quedarán libres, libres del Rey Exánime para siempre, pero sus almas estarán unidas a la tuya —añadió Annhylde—. Sylvanas Brisaveloz, Dama Oscura, reina de los Renegados… podrías caminar de nuevo entre los vivos gracias a la hermandad de las Val'kyr. Mientras ellas vivan, tú también lo harás. Libertad, vida… y poder sobre la muerte. Este es nuestro pacto. ¿Aceptas nuestro obsequio? Sylvanas respondió, pero no de forma inmediata. El acechante olvido la llenaba de terror. Incluso ahora, sentía la ira fluir a su alrededor como una tormenta. Esta era su única salida. Pero no quería aceptar debido al miedo. Esperó hasta que sintió algo más. Una camaradería. Una hermandad.Hermanas. Separadas estaban condenadas. Pero juntas, serían libres… y con ellas, podría posponer su destino. —Sí —dijo ella—. Tenéis mi palabra. Annhylde asintió con seriedad, después se levantó, sus facciones eran turbias y fantasmales. —El pacto está sellado, Sylvanas Brisaveloz —dijo—. Mis hermanas son tuyas, y tú ejerces dominio sobre la vida y la muerte —Tras una larga pausa añadió—: Yo ocuparé tu lugar. La luz era cegadora. Entonces, Sylvanas despertó, su cuerpo estaba retorcido pero entero, la enorme columna de la Ciudadela de la Corona de Hielo se cernía sobre ella como una lápida. Annhylde se había ido. Sylvanas estaba rodeada por las otras ocho Val'kyr. Mientras ellas vivieran, ella también lo haría. GILNEAS —¿Quién eres tú para revocar mis órdenes? —preguntó Garrosh con aspereza, y azuzó a su lobo de guerra para que avanzara. El enorme orco impuso su gran envergadura ante ella, se acercó por un costado y le dirigió una mirada fulminante. Sylvanas no se movió ni se asustó. —Hubo un tiempo en que fui igual que tú, Garrosh —respondió ella, con voz calmada y firme, adecuando el volumen para que solo el Jefe de Guerra pudiera oírla—. Aquellos que me servían no eran más que herramientas. Flechas en mi carcaj —Levantó la mano y se retiró la caperuza despacio, después, dirigió su oscura mirada hacia él. Sus ojos estaban vivos, en sus descomunales pupilas negro azabache bullía la ira, y ascuas al rojo vivo brillaban en lo más profundo. En ese momento, nadie se atrevió a mirar a Sylvanas Brisaveloz a los ojos. Nadie excepto Garrosh Grito Infernal. Lo que vio fue un gran vacío negro, una oscuridad infinita. Había miedo en esos ojos, pero también algo más. Algo que aterrorizaba incluso al gran Jefe de Guerra. Su lobo empezó a alejarse poco a poco, de forma instintiva. —Garrosh Grito Infernal. He caminado por los reinos de los muertos. He visto la infinita oscuridad. Nada de lo que digas. O hagas. Podrá asustarme lo más mínimo. El ejército de no muertos que rodeaba y protegía a la Dama Oscura aún le pertenecía en cuerpo y alma. Pero ya no eran flechas en su carcaj, ya no. Eran un baluarte contra lo infinito. Debía usarlos con sabiduría, y ningún orco ignorante los sacrificaría mientras ella caminara en el mundo de los vivos. El Jefe de Guerra envainó su hacha sobre su espalda, su montura se alejaba con sigilo de la de ella. Después de un largo rato, por fin, retiró la mirada de esos ojos. —Muy bien, Dama Oscura —admitió lo bastante alto como para que todos lo oyeran—. Tomaremos Gilneas… a tu manera. Espoleó a su montura para que avanzara y se dirigió sin prisa hacia sus propias tropas. "Pero te estaré vigilando", se dijo a sí mismo. "Los ojos de Grito Infernal te vigilan más que los de cualquier otro".
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    —¿Desde cuándo eres experto en mogu? —respondió desafiante otro pandaren—. He oído que los grupos de asaltantes Shao-Tien merodean por todo el valle, matan a todo aquel que se cruza en su camino y desaparecen como fantasmas. El fuego puede ser una trampa para que nos acerquemos. Se hizo un silencio incómodo en el grupo. Dezco agitó la cola de un lado a otro en un intento por aligerar su ansiedad; se decía que era imposible que los mogu hubiesen llegado hasta este extremo tan alejado del valle. El explorador regresó al poco tiempo; hacía gestos a la caravana para que continuase la marcha. —¡Es seguro! Los pandaren alrededor de Dezco suspiraron aliviados, pero él permaneció cauteloso. —¿Más refugiados? —gritó al explorador en la distancia. Aparte de los mogu, le preocupaba otro enemigo: la Alianza. Los adversarios de la Horda habían situado una embajada en una fortaleza similar al Santuario de las Dos Lunas en esa zona del valle. Dezco había creado un vínculo con uno de los líderes de la Alianza: el príncipe Anduin Wrynn. Al igual que los tauren, el joven humano no quería conflictos. Se había desplazado hasta el valle movido por la promesa de esperanza y paz. Pero aun así, el tauren no estaba seguro de la fortaleza de esa camaradería. Había tantos fanáticos belicistas en la Alianza como en la propia Horda. —No —respondió el explorador. Dezco observó vagamente una sonrisa en su rostro—. ¡Es el Loto Dorado! * * * * * —¡Sentaos! ¡Comed! ¡Descansad! —gritó Mokimo con los brazos extendidos. Un gran fuego crepitaba detrás del hozen. Sobre las llamas colgaban ollas de hierro de las que surgía vapor que se rizaba en el aire. Al lado, Weng el Indulgente servía arroz de las calderas en cazos de madera decorados con tallas de los cuatro Celestiales. Un pandaren que Dezco no conocía rellenaba tazas con un orbe de viaje. Era tremendo, el tauren a su lado parecía minúsculo, y llevaba una armadura oscura enorme. Aparte de un moño y la barba de tono castaño, su pelaje era completamente blanco. Los refugiados pasaron a Dezco de largo mientras avanzaban a toda prisa hacia la fogata; estaban famélicos y exhaustos. El propio estómago del tauren rugió cuando el viento llevó hasta él el sabroso aroma de la comida caliente, pero se mantuvo donde estaba. La presencia del Loto le irritaba. Seguro que a esas alturas ya estaban enterados de su elección. La respuesta honorable sería permitirle llevar a cabo su decisión y vivir con las consecuencias de la misma. Pero en lugar de eso, le habían seguido. —¡Dezco! —Mokimo le hizo un gesto con la mano—. ¡Ven! ¡Debes de estar muerto de hambre! Dezco parpadeó y resopló, irritado por el tono casual. La forma de hablar de Mokimo daba la impresión de que no era una sorpresa encontrarse al tauren en medio del valle. Sin responder, el tauren dio unos cuantos pasos para alejarse del campamento y se detuvo en un claro. Al poco tiempo, había encendido su propia hoguera que crepitaba en mitad de la noche. Sacó a Cirropezuña y Cuerno Rojo de sus cestas y comenzó a alimentarlos con el brebaje de leche de yak. El proceso se había vuelto más sencillo. Los pequeños incluso habían comenzado a apreciar la bebida. Los críos acababan de terminar de alimentarse cuando Mokimo se acercó al fuego de Dezco. —Habría venido antes, pero los refugiados tenían mucha hambre —dijo el hozen—. Gracias a los Celestiales que tú y los cachorros estáis bien. Estábamos preocupados. —Se inclinó y regaló una amplia sonrisa a Cuerno Rojo y Cirropezuña. Los pequeños rieron y juguetearon con los largos mechones de pelaje blanco que rodeaban las mejillas del hozen. —¿Te acuerdas de Weng? —Mokimo hizo un gesto hacia sus dos compañeros, que se mezclaban con los refugiados—. Y el grandulón es Rook. Nunca se le han dado bien los formalismos, pero es tan leal como el que más. Un amigo atento, pero también un enemigo feroz. Creo que te gustaría. ¿Por qué no te unes a nosotros? Hay sitio de sobra en nuestro... —Me habéis seguido — dijo Dezco. —Bueno... no exactamente —respondió Mokimo—. Supusimos dónde te dirigirías. Con la Puerta de los Augustos Celestiales bloqueada, quedan muy pocos lugares en el valle a los que ir. —Esta es mi elección, Mokimo —dijo Dezco con voz firme—. No hice bien al no decírtelo en persona. Me disculpo por ello. Pero el que me sigáis no cambiará nada. Mis hijos pertenecen a mi hogar en Mulgore. Juntos. Esa es mi decisión —añadió—. Los demás miembros del santuario no tienen nada que ver con ello. —Nala me lo dijo. Me reuní con Zhi, y está de acuerdo en que si deseas irte, eres libre de hacerlo. Dezco no supo cómo reaccionar. Había esperado algún tipo de resistencia. —El otro día me hablaste de lo importante que eran mis hijos para el futuro de vuestra orden —dijo el tauren. —Y estaba feliz. Al igual que el resto de los miembros del Loto. Pero no es mi decisión, ¿verdad? Es la tuya. —¿Entonces, por qué habéis venido? —Tus hijos han sido elegidos; están vinculados a Chi-Ji, y por lo tanto al valle. El Loto ha jurado proteger esta tierra sin descanso. Hasta que tus cachorros abandonen la región, los protegeremos. Lo que no entiendo es por qué quieres abandonarnos. Creí que viajaste hasta tan lejos para permanecer aquí. —Es... Era. —Dezco bajó la cabeza—. Si Chi-Ji me hubiera pedido que avanzase hacia las líneas mogu solo, habría honrado su petición sin pensarlo ni un segundo. Habría hecho cualquier cosa. Cualquier cosa, menos esto... —Miró a Mokimo—. A esto no vine aquí. —¿Cómo lo sabes? —Lo sé —replicó Dezco, que notaba cómo le invadía la ira. Comprendió lo que estaba ocurriendo: Mokimo estaba intentando convencerle. Probablemente Zhi había enviado al hozen y a los demás para que le disuadieran de marcharse. —Ya he perdido demasiado —continuó el tauren—. No vine aquí a perderlo todo. A mi tribu se le prometió la paz. Esperanza. Y no... no hemos encontrado nada de lo que yo esperaba. —El tauren respiró profundamente para calmarse. Casi sin darse cuenta, había comenzado a dar coces con sus pezuñas. Weng, Rook y el resto de los refugiados de la otra hoguera le observaban en silencio. Mokimo permaneció impasible. —Las expectativas... son algo peligroso. —Y atizó el fuego con una rama—. Yo esperaba grandes cosas cuando me uní al Loto. Pero a medida que pasaban los años, comencé a odiar este lugar. Todo era tan extraño y confuso. Quería irme a casa. Y bueno, un día decidí hacerlo, pero Zhi me cazó cuando trataba de escabullirme para huir del valle. Pero no me reprendió. Me comprendía. De hecho, me prometió llevarme a ver a mi familia. Es poco habitual que un miembro del Loto abandone el valle si no es por asuntos oficiales. Me hizo un gran honor. —Cuando llegó el día prometido, viajamos hasta mi aldea en las brumosas colinas de El Bosque de Jade. Estaba asustado y emocionado, todo a la vez. Hacía años que no veía a mi familia. —Mokimo se desató una pequeña cinta azul de la coleta y se la mostró a Dezco. No era gran cosa: una sencilla tira de cuero, ajada y vieja—. Era de mi madre. Lo encontramos en las ruinas de la vieja cabaña de mi familia. La aldea había sido destruida por completo. Todos habían muerto. Las tribus hozen suelen enfrentarse entre sí, ¿sabes? —Lo siento —dijo Dezco, avergonzado por su salida de tono. —¿Por qué? Si no hubiese sido uno de los elegidos, ahora estaría muerto. No podemos predecir dónde nos llevará la vida. Es mejor no enfrentarse a lo que está fuera de nuestro control. El momento en que abandonas las expectativas es el momento en que eres realmente libre. Lo único que podemos hacer es servir al valle y ser conscientes de que, nos lleve donde nos lleve el viento, habremos vivido por algo más importante que nosotros mismos. Para nosotros, eso es suficiente. Mokimo se levantó y se sacudió el polvo. —Vuelve al santuario. Es todo lo que te pido. ¿Por qué poner en peligro a los cachorros aquí? No hay lugar seguro en el valle en estos tiempos. Ni un solo lugar. Dezco respiró profundamente y miró fijamente a las llamas, que titilaban y parpadeaban. En movimiento constante, nunca se detenían. Impredecibles, como tantas otras cosas en Pandaria. La única constante era él mismo, sus propias decisiones. Había recorrido las costas selváticas, las montañas del norte y otras regiones con sus hijos. Se había enfrentado a enemigos brutales, que acechaban en cada recoveco oscuro del continente. Durante todo ese tiempo, había protegido a sus hijos. El santuario no era una fortaleza impenetrable. De hecho, una parte de Dezco sospechaba que el Loto solo quería que estuviese allí por si conseguían convencerle. Estaría acorralado. Atrapado. Dezco agitó la cabeza. —Tienes razón cuando dices que esta tierra es peligrosa, pero hay un lugar seguro para mis hijos: a mi lado. Y ahí es donde permanecerán. Si queréis seguirnos, que así sea, pero nos dirigimos a Bruma Otoñal. * * * * * Aún era de noche cuando Dezco se despertó de pronto. Se apoyó en los codos enfadado por haberse quedado dormido. Había pensado hacer guardia toda la noche, pero el largo viaje le pasó factura por fin. Muy cerca, los yaks, asustados, resoplaban y golpeaban sus pezuñas contra el suelo. Dezco pensó en Cuerno Rojo y Cirropezuña. Estaban a salvo; dormían profundamente sobre mantas al lado de la hoguera. Colocó con cuidado a sus hijos en sus cestas y se los colgó a los hombros. En el otro campamento, unos cuantos refugiados comenzaban a despertarse poco a poco, y se frotaban los ojos cansados. Mokimo, Weng y Rook permanecían inmóviles al otro lado de la fogata observando la oscuridad. —¿Qué ocurre? —preguntó Dezco cuando estuvo a su altura. Mokimo puso un dedo delante de sus labios en un gesto de silencio. —Rook ha visto algo —susurró. Un profundo rugido surgió de la garganta de Rook. Agarró con más fuerza la gigantesca maza con pinchos de hierro que tenía en la pezuña. —A Rook no le gustan esas rocas —masculló el pandaren blanco. —¿Por qué no te gustan? —inquirió Weng. —No se están quietas. —Rook rechinó los dientes—. Rocas malas. Rocas estúpidas. Dezco se colocó de espaldas al fuego para que se le acostumbrase la vista a la oscuridad. Poco a poco fueron apareciendo los detalles: una cuesta empinada y una parte del paso de montaña que pretendían atravesar. Rocas de diferentes tamaños esparcidas por toda la ladera. Pero no parecía que nada estuviese fuera de lugar. Tan solo era... De pronto percibió un movimiento en la pendiente. Tan solo fue un instante, pero Dezco lo vio. —Weng —dijo Mokimo—. Despierta a los refugiados. Silenciosamente. Engancha los carros a los yaks. Weng asintió con la cabeza y se apresuró hacia los refugiados. Dezco mantuvo la vista fija en la montaña; no estaba seguro de si lo que había visto había sido real o fruto de su imaginación. Entonces el movimiento se repitió. Pero esta vez no se detuvo. —Corre. —Mokimo se giró hacia Dezco—. ¡Corre! Diez gigantescas rocas comenzaron a rodar por la pendiente en lo que parecía un desprendimiento. No, no rodaban, comprendió Dezco. Estaban corriendo. Rook levantó los brazos cuando las rocas saltaron desde la montaña, en ese momento los detalles de sus cuerpos robustos y caninos, y de sus feroces rostros se hicieron visibles con la luz de la hoguera. —Quilen. —Dezco contuvo la respiración. Las bestias avanzaban a toda velocidad hacia el campamento, su piel de granito se tensaba y retorcía de forma extraña y antinatural. Eran los perros de caza de los mogu, crueles criaturas de piedra viviente como muchos de sus amos. Los yaks se alejaban avanzando con sus patas traseras, tan solo un par de ellos estaba enganchado a las carretas. Weng los sujetó con las riendas y tuvo que esforzarse para evitar que salieran huyendo. Los refugiados salieron en desbandada alrededor del campamento; encendieron ramas que encontraban a modo de antorchas. Cuerno Rojo y Cirropezuña berreaban alarmados. En lugar de atacar, los quilen formaron un amplio semicírculo alrededor del campamento y crearon una barrera entre los refugiados y el norte del valle, pero dejaron el paso de montaña abierto. —¡El paso a Bruma Otoñal es seguro! —gritó Weng—. Que todo el mundo vaya a... —¡Quedaos donde estáis! —gritó Dezco, que se había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo—. Están intentando dirigirnos hacia el paso. —Tiene razón. —Mokimo llegó hasta Dezco a grandes zancadas; respiraba pesadamente. Los quilen cerraron sus mandíbulas de forma amenazadora y se acercaron al campamento, pero seguían sin atacar—. Tenemos que ir hacia el norte, al centro del valle de nuevo. —Rook abre camino. —El pandaren blanco levantó la carreta que no estaba enganchada por encima de su cabeza, le temblaban los brazos, del tamaño de troncos de árbol, con el esfuerzo. Y dando un alarido ensordecedor, lanzó la carreta hacia delante. Se hizo mil pedazos en el centro de la fila de quilen, lo que hizo que las bestias se desperdigaran a derecha e izquierda. —¡Ahora! —Dezco hizo una señal con la mano. Los refugiados avanzaron precipitadamente. Los quilen trataban de cerrar el paso desde todos los flancos. Rook cazó a uno con su maza en mitad de un salto. Otros cuatro cargaron contra Dezco. Este rezó una oración a An'she, y el aire frío que le rodeaba se encrespó debido al poder que lo calentó e iluminó como si la noche se hubiera transformado en día. Se soltó el escudo del antebrazo y arrojó la pieza dentada de hierro contra los quilen. Giró brillante por los aires y golpeó a la primera de las bestias, incrustándose en la cabeza de la criatura. El impacto hizo que la bestia saliese disparada contra uno de sus hermanos, que resultó cercenado en dos partes. Las otras dos bestias seguían ilesas. Mokimo saltó hacia una de ellas con sus largos brazos, y golpeó a uno de los quilen con la pata. Dezco tuvo justo el tiempo suficiente para girarse y cubrirse el pecho con el brazo que le quedaba libre, para proteger a Cirropezuña, antes de que el otro sabueso saltara hacia delante e impactara contra él. Algo se rasgó. Dezco sintió que se libraba de un peso en sus hombros. El quilen había cortado la cuerda. El tauren cazó la cesta de Cirropezuña en plena caída. Se giró con la maza en alto, pero descubrió que el quilen huía hacia el paso de la montaña. Arrastraba la otra cesta con lo que quedaba de la cuerda. Cuerno Rojo, atrapado dentro, estaba gritando. El tauren salió a toda velocidad a por su hijo que seguía llorando; sus pezuñas rasgaban el suelo a medida que avanzaba. Mokimo corrió al lado de Dezco y le agarró del brazo lo bastante fuerte como para obligarle a detenerse. —Yo me encargo —dijo el hozen—. Coge a Cirropezuña y ve con los refugiados. —¡No pienso dejar a Cuerno Rojo! —Dezco se soltó el brazo que Mokimo le tenía agarrado. —Entonces dame a Cirropezuña y yo le pondré a salvo —suplicó el hozen. Dezco dudó un momento, la indecisión le invadió. Los refugiados se retiraban de forma caótica, perseguidos de cerca por los quilen. Dos de las bestias habían conseguido derribar a Rook, que estaba en el suelo. Y golpeaba frenéticamente las cabezas de las bestias con sus garras. —¡¿Dónde?! —gritó el tauren—. Ya te lo dije antes... Un alarido espeluznante surgió del paso de montaña. Dezco empujó a Mokimo y se dirigió a toda velocidad hacia el sonido, mientras aferraba con fuerza la cesta de Cirropezuña bajo el brazo. Susurró una plegaria a An'she y creó un escudo de luz protector alrededor de Cirropezuña para mantenerlo a salvo de la batalla que sabía que se avecinaba. El tauren se dio cuenta de que Mokimo le seguía cuando se acercó al paso oscuro, pero estaba concentrado en el lejano llanto de Cuerno Rojo. Más adelante titilaba la luz de una hoguera, el débil resplandor anaranjado aumentaba y disminuía en las laderas de la montaña. Siguió la luz, mientras la sangre le tamborileaba en las sienes. Tras dar unos pasos en el interior del pasaje, Dezco encontró a su hijo. Cuerno Rojo colgaba del gigantesco puño tallado de un Shao-Tien. Aparte de una intricada falda de cuero, la musculosa bestia no llevaba armadura alguna. Su piel de tonalidad azul oscuro y rocosa brillaba bajo la luz de la antorcha que llevaba en la otra mano. El quilen se encontraba delante del mogu, muy cerca de él, junto con otros dos Shao-Tien que vestían armaduras pesadas y blandían lanzas con enormes filos. Los mogu no dijeron nada. Dezco no esperaba que lo hicieran. No eran una raza con la que se pudiera razonar. Sus actos desafiaban la lógica que regía la vida de las criaturas honorables. Se limitaban a observar a Dezco con el ceño fruncido. El jefe Shao-Tien sacudió a Cuerno Rojo en el aire, como para atraer al tauren hacia sí. Este aceptó el desafío. —¡Dezco! —gritó Mokimo desde la boca del paso, pero el tauren le ignoró por completo. Los únicos sonidos que era capaz de oír eran los llantos de Cuerno Rojo y Cirropezuña, además de la lejana voz de su esposa, suplicante. "Amor mío... pase lo que pase... tienes que proteger a nuestro... hijo". El mogu de la armadura y el quilen avanzaron. Dezco golpeó con su maza al sabueso, y le destrozó la cabeza. Una onda luminosa se desprendió del golpe, y se dirigió hacia uno de los Shao-Tien. El mogu se echó a un lado, pero no lo bastante rápido. La mitad de su cuerpo alcanzada por la luz de An'she, se desplomó convertida en polvo. Más adelante, el jefe mogu se echó hacia atrás, y se protegió los ojos de la luz. Agitó la cabeza y tiró su antorcha al suelo. La bestia, sacó una espada corta de la falda. Largos bucles de energía negra y carmesí se desprendían del arma, y giraban alrededor del acero. Dezco observó aterrorizado cómo el Shao-Tien levantaba el brazo que sostenía el arma, con la intención de asestar un golpe a Cuerno Rojo. La luz de la antorcha disminuyó... y la oscuridad reinó en el paso. Una sombra se movió en lo alto: era Mokimo, que saltaba por los aires. El otro mogu con armadura saltó delante de Dezco, y le bloqueó la visión. El Shao-Tien giró la lanza entre sus manos y después acometió contra el tauren. Este esquivó la pesada hoja, pero la parte de madera del arma le golpeó la muñeca, lo que hizo que su maza saliese disparada de su mano. El mogu se abalanzó contra Dezco e impactó de lleno contra él con la intención de abatirlo. Pero este se mantuvo en la misma posición y golpeó su cabeza contra el rostro de la bestia. El Shao-Tien se tambaleó hacia un lado, aturdido. Dezco cayó de rodillas, cegado por la sangre que le corría desde la frente y se le introducía en los ojos. Buscaba frenéticamente un arma a tientas. Lo que fuera. La mano que tenía libre encontró el cadáver del quilen. Dezco agarró la pata trasera de la bestia y se levantó, lanzó su peso hacia delante y giró. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron como el acero. El paso de montaña estaba en silencio. Los llantos habían cesado. —¡ Cuerno Rojo! —rugió mientras golpeaba con el quilen en el pecho del mogu de la armadura, causando un enorme estruendo. La bestia salió disparada hacia atrás y se golpeó contra el suelo, donde se quedó inmóvil. Las sombras se agitaron más adelante. Dezco se dirigió hacia ellas. Sintió que la cesta de Cirropezuña se balanceaba bajo su brazo izquierdo; estaba a salvo. El tauren se restregó la sangre que le inundaba los ojos hasta que recobró la vista. Mokimo estaba arrodillado. El jefe mogu estaba tendido a su lado, con su propia lanza incrustada en la cabeza rocosa. —¿Dónde está? —preguntó Dezco. —Aquí. —La voz de Mokimo sonaba como un ronquido húmedo. Le brotaba sangre de una profunda herida en el cuello. Extendió las manos y mostró a Cuerno Rojo. Los ojos del cachorro estaban cerrados. Estaba cubierto de sangre, parte de la cual le pertenecía. Antes de coger a su pequeño, Dezco suplicó a An'she que curase las heridas del crío. Una luz amarilla y brillante envolvió al cachorro, pero cuando se desvaneció, este no abrió los ojos. —No... —Dezco rechinó los dientes lleno de furia. Era inútil. No podía hacer nada. Igual que con la muerte de Leza. Intentó salvarla por todos los medios, trató de mantenerla en su vida. Pero no funcionó. Nada funcionó. —El filo del mogu le alcanzó —dijo Mokimo con voz ronca—. El arma estaba envenenada. El veneno es demasiado potente como para que puedas sanar sus heridas... o las mías. Pero aún hay esperanza. —Mokimo agarró débilmente la mano de Dezco y la llevó hasta el pecho de Cuerno Rojo. El corazón estaba latiendo. Débil y lentamente, pero latía—. El cachorro está vivo. —No puedo ayudarle... —Dezco golpeó el suelo con el puño lleno de frustración. —Hay otra manera. —Mokimo se levantó lentamente. Se balanceó de un lado a otro durante un momento y casi se desploma—. Las pozas sagradas. Mientras el cachorro siga con vida, las aguas del valle pueden... Su voz se hizo casi inaudible y abrió mucho los ojos. —Cirropezuña —dijo el hozen. Dezco miró al lugar en que había acurrucado a su hijo en la seguridad de sus propios brazos. —¿Está...? —Las lágrimas brotaron de los ojos de Mokimo—. Oh, no. La cesta colgaba hecha jirones alrededor del crío. Cirropezuña estaba rodeado por el brazo de Dezco, su cuerpo estaba quebrado, destrozado. El tauren se dejó caer sobre las rodillas y soltó al bebé, que cayó en su regazo. Se quedó helado, acunando a su pequeño, mientras comprendió el hecho que le taladraba el corazón como la más afilada de las espadas. Se había concentrado completamente en Cuerno Rojo. Ni siquiera se había percatado del momento de la muerte de Cirropezuña. * * * * * —¡Por aquí! —gritó Mokimo. De algún modo, el hozen había encontrado la energía para moverse a pesar de sus heridas. Ondeaba frenéticamente la antorcha mogu en el aire, para atraer a Dezco hacia delante. El tauren le seguía, mientras sostenía a Cuerno Rojo con cuidado en un brazo y el cadáver de Cirropezuña en el otro. Detrás del hozen, una gran poza brillaba suavemente en la noche. Estaba rodeada por intricados arcos de madera, que surgían de las rocas planas colocadas alrededor del agua sagrada. Era la poza más meridional del valle, no se encontraba muy lejos del paso de montaña en el que había tenido lugar el ataque. Dezco luchaba para mantener el ritmo de Mokimo. Por enésima vez, su mente se zambulló en la batalla. Recordó cada uno de los acontecimientos, intentando localizar el momento de la muerte de Cirropezuña. ¿Cuándo fue? ¿Cuando el mogu le embistió, y casi le derribó? ¿O había sido él mismo? ¿Le había aplastado él? El tauren cayó al suelo, agobiado por las náuseas. —Por An'she, fui yo —dijo—. Sé que fui yo. —¡Levántate! —Mokimo golpeó a Dezco en la cabeza con la parte trasera de la antorcha. El golpe sacó al tauren de su aturdimiento. Miró a su alrededor hasta que sus ojos se fijaron en el hozen ensangrentado. —Se ha ido. Y nunca sabrás cómo —afirmó Mokimo—. Ahora lo único que importa es Cuerno Rojo. Dezco se esforzó por ponerse en pie, y siguió a Mokimo hasta la orilla de la poza. —En otro tiempo, los mogu usaron estas aguas para el mal, pero también pueden obtenerse buenas cosas de ellas —dijo el hozen—. Cada una de estas pozas representa una emoción. Valor... Paz... —Mokimo se introdujo en la poza con un gesto de dolor. La sangre de sus heridas enturbiaba el agua—. Esta es la poza de la esperanza. —¿Qué... qué debo hacer? —preguntó el tauren. Un puñado de peces, iluminados por la energía de la poza, huyeron despavoridos al ver que se acercaba. —Dame a Cuerno Rojo. Dezco le entregó al niño sin dudarlo. No podía hacer nada más. Nada. Lo único que el tauren podía hacer era mirar a Mokimo mientras sumergía a Cuerno Rojo en el agua hasta el cuello, con mucho cuidado y cariño. La escena le impresionó: la forma en que Mokimo sostenía a su hijo como si fuese suyo propio, lo mucho que el hozen había arriesgado para darle una oportunidad de vida a Cuerno Rojo, por pequeña que fuera. Si echaba la vista atrás a la batalla, estaba claro lo que había sucedido. Mokimo se había interpuesto entre el filo del mogu y el chico. A pesar de que el arma consiguió alcanzar a Cuerno Rojo, Dezco sabía que el crío estaría muerto de no ser por el hozen. —Ven. —Mokimo se esforzó para hacer un gesto con la mano. Estaba muy débil—. Deja a... Cirropezuña en la orilla. Con cierta indecisión, Dezco depositó el cadáver de Cirropezuña en la orilla de la poza y después lo sumergió en el agua. —Llénate... la mano —dijo Mokimo—. Y derrámala... sobre Cuerno Rojo. Dezco obedeció, el corazón le latía a toda velocidad. Dejó que el agua cayera sobre la cabeza de su hijo. Mokimo hizo lo mismo. Las gotas brillantes corrían por la nariz de Cuerno Rojo. Pero no parecían tener efecto alguno en el crío. —No pasa nada. —Dezco cogió más agua, pero Mokimo le agarró la mano. —Deja... al valle hacer su parte —dijo el hozen; su respiración se debilitaba por momentos—. No puedes controlarlo. Solo puedes tener... esperanza. Cree, como creía Leza. Cuando se enfrentó a la muerte, ¿acaso... desesperó? —No. —Dezco cerró los ojos con fuerza. Ella siempre creyó. Fue siempre tan fuerte. Leza merecía estar aquí. No él. Si ella estuviera aquí, nada de todo esto habría... Una ola de calor se desplazó hasta Dezco, y este abrió los ojos. Una imagen translúcida de Chi-Ji caminaba sobre las aguas como si se tratase de suelo firme. Desde los puntos en los que plantaba sus talones, se desprendían rayos luminosos dorados. Con cada paso, sonaba un suave repicar, como el de una diminuta campana. El Celestial abrió las alas, y la repentina corriente de agua empapó al tauren y al hozen. Mokimo se irguió y se tocó el cuello. La herida se había cerrado por completo. Chi-Ji se inclinó hacia delante, introdujo el pico en el agua y tocó el pecho de Cuerno Rojo. Dezco observó y esperó; tenía la sensación de que el momento era eterno. Y justo cuando empezó a temer lo peor, el cachorro se movió. Dezco lo miró fijamente, incrédulo. Cuerno Rojo abrió los ojos y se movió en todas direcciones hasta que vio a su padre. Entonces, extendió los brazos hacia Dezco, llorando. —¡Gracias! —Dezco abrazó con fuerza a su hijo. Entonces se acordó de Cirropezuña, y se giró hacia la orilla de la poza, donde había depositado el cuerpo de su hijo—. Mi pequeño. Grulla Roja, existe aún algún modo de... Sus palabras se desvanecieron al girarse hacia Chi-Ji. La Grulla Roja se había ido. * * * * * —Los quilen muertos. Los refugiados con Weng. —Rook se golpeó con su enorme garra el pecho. Había llegado a las pozas poco después de la aparición de Chi-Ji. Cuando el monstruoso pandaren se enteró de lo que le había sucedido a Cirropezuña, se sentó y lloró desconsolado durante mucho tiempo antes de recuperarse. Dezco nunca pensó que su muerte causase tal impacto en Rook. Casi no había conocido a los críos. Pero así fue. De algún modo, al Loto le importaban muchísimo sus hijos. A Dezco le gustaría comprender por qué. Lo único que sabía era que la preocupación de la orden era sincera. Por algún motivo, los cachorros eran como su propia familia. —¡Bien! —le dijo Mokimo a Rook, y después se dirigió a Dezco—. Será mejor que volvamos al santuario por el momento. Sé que quieres marcharte, pero tenemos que hacer preparativos. Cueste lo que cueste, encontraré un camino seguro que os lleve a casa a Cuerno Rojo y a ti. Casa. Dezco pensó en el pequeño enclave en que vivía su tribu en las soleadas planicies de Mulgore. Cuando Leza y él lo abandonaron, se preguntaron si volverían a verlo alguna vez. Él pensó que sí que volvería, pero ahora sabía que su esposa nunca lo haría. Siempre habló de la tierra de sus visiones como si se tratase de su propio hogar. Un hogar al que siempre habían pertenecido, pero que aún no conocían. Por fin comprendió lo que ella quería decir. Había sido testigo del poder del valle, de su potencial, no solo para él, sino para las vidas de muchos seres de todo el mundo. —No me voy —dijo Dezco. —¿En serio? —respondió Mokimo. —Y hay algo más —añadió Dezco. Miró a Cuerno Rojo, al que tenía entre sus brazos—. Seguís... —comenzó a decir, pero era demasiado difícil. Le entregó el crío a Mokimo. —No es necesario. —Mokimo agitó la cabeza—. Si crees que Chi-Ji quiere algo a cambio de lo que hizo, te equivocas. Te otorgó el don desinteresadamente. —Cógelo —suplico Dezco—. Para esto venimos. Justo para esto. —"Por An'she", pensó, "fui un estúpido al no comprenderlo antes". Había viajado hasta tan lejos en busca del valle, para contemplarlo con sus propios ojos, para vivir en él. Pero formar parte de él... entrar en comunión con él. Eso era mucho más. —Si es lo que quieres —dijo Mokimo—, lo que realmente quieres, entonces por supuesto. —Lo es —respondió Dezco—. ¿Tenemos que hacer algo? Para que sea oficial, me refiero. —Tenemos... —Mokimo bajó la cabeza—. Hay rituales, sí. Llevaré al crío con Zhi, y él le presentará ante Chi-Ji para la unción. Me temo que solo los miembros del Loto Dorado pueden estar presentes durante el ritual. Lo siento. —Lo comprendo —dijo Dezco con una voz casi imperceptible—. Ahora vete. —No tiene que ser ahora mismo —respondió el hozen—. Podemos volver primero al santuario. —Vete. Antes de que cambie de opinión. —Cuando acaben los rituales podrás verle —añadió Mokimo mientras cogía a Cuerno Rojo entre sus brazos—. Estará muy ocupado con el entrenamiento en los años venideros, pero estará aquí en el valle. —Un miembro del Loto Dorado. —Y tu hijo —dijo el hozen—. Eso siempre, pero ahora algo más. Mokimo miró la cesta en la que estaba Cirropezuña, que colgaba del pecho de Dezco. El tauren había arreglado los restos de la cesta, y se la había atado al cuello con una cuerda. —¿Y él? —preguntó el hozen. —Construiré una pira y la encenderé al amanecer, para que An'she proteja a mi pequeño durante el paso —contestó Dezco—. Preferiría... hacerlo solo. Mokimo asintió lentamente con la cabeza. Sin decir una palabra más, se dirigió hacia Rook. Justo cuando salían ya para abandonar el lugar, Dezco les llamó: se había acordado de algo. —Esperad. —El tauren buscó el mechón de pelo de Leza que tenía trenzado en su propio pelaje y lo desprendió. Lo trenzó a la melena de Cuerno Rojo y después se inclinó y tocó la frente del cachorro con su hocico. Después de lo cual, Rook y Mokimo emprendieron la marcha. Dezco pasó la hora siguiente recogiendo madera para la pira, pensando en los días venideros. Volvería a hacerse cargo de sus deberes en el santuario, pero no estaba precisamente ansioso por contarle a Nala y a los demás lo sucedido. ¿Qué les iba a decir? ¿Le perdonarían por la pérdida de Cirropezuña? ¿Se perdonaría él alguna vez? Tal vez no. Pero se lo merecía. Había sido su propia elección: una elección terrible y equivocada. Dezco se sentó para descansar antes del comienzo del funeral. Todavía estaba oscuro, pero el amanecer estaba próximo. Podía sentirlo. El cuándo ya no le preocupaba. —Estamos en casa —dijo Dezco en voz alta. Cogió a Cirropezuña en su regazo y le acarició la melena. Se giró para colocarse de frente al este; sabía que solo era cuestión de tiempo que apareciesen los yeena'e.
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    Loto Dorado - Sol Sangrante por Matt Burns Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDFDescarga el .ePUBDescarga el .MOBI Dezco agarraba con fuerza un mechón del cabello de su mujer mientras esperaba a que comenzase el ritual. El Santuario de las Dos Lunas se alzaba ominoso a su espalda, oscuro y silencioso en la noche. Incluso La Terraza Áurea de la ciudad montañosa, que normalmente era un hervidero, se encontraba en silencio. Dezco agradecía que así fuera. Él y su tribu de Cazador del Alba tenían la gran plataforma rocosa para ellos. No era momento para distracciones. Una ráfaga de aire cálido sopló sobre la terraza, provocando el crujido de las plumas de halcón de la llanura y los pequeños amuletos de madera que colgaban de los cuernos, las muñecas y el chaleco de cuero de Dezco. Observó decepcionado el boato del ceremonial. Si estuviera en su hogar, en Mulgore, llevaría puesto el atavío ceremonial adecuado. Pero aquí, en las lejanas y extrañas tierras de Pandaria, se veía obligado a conformarse con los recursos a su disposición. Leza lo comprendería, se dijo. A ella no le habría importado. Dezco se sacudió sus preocupaciones y observó las vistas que le brindaba la terraza, miró hacia abajo, más allá de las laderas bañadas por la luz de la luna y los frondosos bosques que vestían el Valle de la Flor Eterna. Incluso en plena noche, el lugar resultaba cautivador. "Un crisol para el cambio", lo había llamado Leza. "Un valle de brotes dorados lleno de paz y esperanza." Durante cuatro meses, soñó con el valle. Dezco y otros tauren también habían experimentado visiones de este lugar, pero a Leza se le presentaban con mayor claridad. Sin ella, la tribu nunca habría tenido éxito en su arduo periplo en busca de Pandaria y, desde allí, del valle escondido en lo más profundo del corazón del continente. La búsqueda había sido brutal. Las violentas tormentas destruyeron tres naves pobladas de miembros de la tribu de Dezco. Amigos. Familia. Cuando el último navío tomó tierra en las sofocantes y selváticas costas de Pandaria, se produjeron aún más muertes. El hecho de que Leza estuviese embarazada hacía que Dezco se preocupase cada vez más de la terrible situación. Entonces, su esposa contrajo una fiebre que, a pesar de los tremendos esfuerzos de la tribu, parecía incurable. A lo largo de todas las penurias, Leza siempre se mantuvo firme, como el rayo de esperanza que todo Cazador del Alba trataba de ser. "Aún es de noche", solía decir, "pero el amanecer está cerca. Lo percibo un poco más adelante". Cuando finalmente dio a luz, el esfuerzo resultó demasiado para su debilitado cuerpo. Murió semanas antes de que la tribu alcanzase el valle, pero con la firme certeza de que lo peor estaba a punto de terminar. Dezco recordaba aquel día con una claridad hiriente: el último grito agónico de su mujer mientras la fiebre drenaba la vida de sus venas, sus fallidos intentos por evitar su muerte y, más tarde, el humo y el fuego que se elevaban desde la pira funeraria... Una luz tenue comenzaba a desplazar la oscuridad y teñía el valle de sombras violetas y doradas. Era el momento anterior al alba, ese momento fugaz del día en que An'she, el sol, permanecía oculto, pero de algún modo un ligero destello de su luz conseguía desparramarse por el mundo. —Traed a los niños. —Dezco movió la mano, pero mantuvo la mirada fija al este. La prima de Leza, Nala, se acercó en silencio, llevaba en brazos a dos crías tauren. De sus diminutos cuernos colgaban plumas y abalorios ceremoniales. El primero se llamaba Cuerno Rojo y el segundo, Cirropezuña. Dezco le entregó a Nala el mechón de la melena de su esposa y tomó entre sus brazos a los últimos regalos que Leza le dejó. —¡Comenzad! —ordenó Dezco. Sin un atisbo de duda, doce tauren que se encontraban sentados detrás de él comenzaron a golpear con los puños unos pequeños tambores de cuero. El ritmo era rápido, como el del corazón de un guerrero al comienzo de una batalla. Mientras Nala trenzaba el mechón de Leza en la cabellera de Dezco, él se inclinó hacia sus hijos. —Observad con cuidado, pequeños —susurró. Eran demasiado pequeños para comprender lo que estaba ocurriendo, pero le pareció adecuado decírselo. Los cachorros bostezaron y observaron hacia delante con los ojos entornados. —Cada mañana An'she sangra —continuó Dezco—. Sacrifica parte de su luz para anunciarnos que el amanecer se acerca. Pero no lo hace solo. Los yeena'e le ayudan. Vuestra madre le ayuda. Ayer las lunas gemelas habían aparecido en el firmamento durante el día por primera vez desde la muerte de Leza, lo que indicaba que su espíritu se había reunido finalmente con los yeena'e: "heraldos del amanecer". Ahora se encontraba en buena compañía, junto a todos los demás grandes ancestros que habían muerto salvando vidas o, como era el caso de Leza, creándolas. El redoble de tambores se hizo más lento a medida que An'she asomaba sobre las intransitables montañas que coronaban el valle. La luz del sol brillaba sobre los campos de hierba dorada como la miel. Las áureas hojas crepitaban con la brisa en los altos árboles de marfil. Dezco había visto el amanecer en este lugar muchas veces, pero no dejaba de sorprenderle lo brillante que era la luz de An'she. Daba la sensación de que su mirada se fijaba por completo en el valle, y que el resto de tierras disfrutaba del reflejo de su luz. La belleza del lugar resultaba cruel en cierto sentido. Supuestamente, todo debería haber sido más fácil una vez que Dezco y su tribu alcanzasen el valle, pero no había sido así. La batalla era intensa. La política de la Horda se había convertido en un auténtico inconveniente. Docenas de refugiados de las tierras del norte, destrozadas por la guerra, llegaban al santuario en oleadas día y noche en busca de alimento, refugio y alivio del conflicto. Y después, hacía unos cuantos días, sus niños habían enfermado; lloraban y se negaban a comer. Dezco y Nala habían intentado averiguar qué enfermedad sufrían, pero sin éxito. Por la gracia de An'she, Cuerno Rojo y Cirropezuña parecían encontrarse bien esa mañana. Tal vez el ritual los curó de algún modo, pensó Dezco. —Mira. —Nala dio un paso al frente y señaló el valle. Dezco observó por encima de la barandilla de la terraza. Un grupo de siluetas avanzaba por uno de los transitados y polvorientos caminos que llevaban al santuario. Bajo la luz del amanecer, sus sombras se alargaban como brazos extendidos. —El Loto Dorado —dijo Dezco al reconocer a un miembro del grupo que era diferente a los demás. Los andares de Mokimo el Fuerte eran inconfundibles, incluso a lo lejos. Como el resto de la raza de los hozen, tenía unos brazos largos y musculosos que casi le arrastraban por el suelo al caminar. Dezco no era capaz de reconocer a los demás miembros del Loto, pero le sorprendía que tantos guardianes antiguos del valle se dirigieran al santuario. No solían alejarse de la Pagoda Dorada, su lugar de encuentro en el centro de la región. —¿Crees que tiene algo que ver con los rumores? —inquirió Nala con tono de preocupación. —Nunca confíes tu fe a los rumores —contestó Dezco. Él también había oído cosas: historias sobre los guardianes del valle que se reunían en secreto y visitaban varios lugares en la región con un objetivo desconocido. Como embajador entre el Loto y la tribu de Dezco, Mokimo podría haberles explicado lo que estaba ocurriendo, pero llevaba más de una semana fuera del santuario. A pesar de todo, Dezco no veía motivo alguno para preocuparse. El Loto era una orden muy misteriosa, sí, pero también eran aliados de plena confianza. —Sí, lo sé. —Nala asintió con la cabeza suavemente—. Pero estoy más preocupada por los pequeños. Aún no sabemos si se han recuperado de la enfermedad. Es posible que los visitantes hagan que empeoren. Acarició la mejilla de Cuerno Rojo. Desde la muerte de Leza, su prima se había vuelto ferozmente protectora con los niños. Dezco sentía compasión por ella. Tan lejos del hogar, los niños eran prácticamente su única familia. —Llévalos dentro mientras el Loto esté aquí —dijo Dezco, y añadió— después de la ceremonia. Entonces, le dio la espalda al sol naciente. Comenzaron a oírse los ecos del estruendo de pisadas y de voces en la terraza a medida que los madrugadores comenzaron a surgir de los pasillos de las catacumbas del santuario. Los mercaderes gruñían mientras montaban sus destartalados puestos. Los refugiados se reunían y compartían alimentos. Orcos, elfos de sangre y otros miembros de la Horda que habían seguido a Dezco hasta el valle se mezclaban en la plataforma. Los tambores se detuvieron cuando An'she, en todo su esplendor, ascendió sobre las montañas. Por un momento, Dezco se sintió en paz. Tal vez este sería el día en que las penurias acabarían por fin, pensó con optimismo comedido. Es posible que el amanecer del que siempre hablaba Leza haya llegado finalmente. * * * * * Dezco ordenó que más guardias patrullaran la terraza y mantuvieran el orden para que todo estuviera listo para los visitantes. Hacía ya semanas que vivía en el santuario y que ejercía como líder de facto de la ciudad, y prácticamente a diario se veía obligado a encargarse de enfrentamientos y disputas que surgían entre los miembros de la Horda. Las trifulcas nunca eran asuntos serios, pero temía que el Loto comprobara lo caótico que podía llegar a ser el lugar. Habían acogido con los brazos abiertos a Dezco y a su pueblo aquí, una tierra que el Loto había protegido durante siglos. Era responsabilidad del tauren corresponder honorablemente a tal demostración de confianza. Tras quitarse los ropajes rituales y vestirse la armadura, Dezco reunió a cuatro guardias Cazadores del Alba y esperó a los miembros del Loto en una de las grandes escalinatas tortuosas que llevaban hasta la terraza. Dos estatuas doradas se alzaban a cada lado de los escalones. Las monstruosas figuras observaban con fiereza y apuntaban con sus puntiagudas lanzas hacia los escalones como para disuadir a todo el que se atreviese a subirlos. A Dezco le hervía la sangre solo con mirarlas. Eran mogu, una raza brutal que en otro tiempo dominaba el valle, y que empleó el poder del mismo para construir un imperio de odio y opresión. Dezco se había enfrentado a alguno de ellos en el pasado. Eran oponentes poderosos y despiadados, y no conocían el honor. Afortunadamente, hacía mucho tiempo ya de la caída de su imperio. Pero las cosas estaban cambiando. Un clan mogu, conocido como el Shao-Tien, había conseguido infiltrarse en el valle. Dezco había recibido multitud de informes sobre su creciente número. Mientras esperaba en la escalinata de la terraza, se preguntaba si la guerra entre el Shao-Tien y el Loto habría dado un giro. ¿Por qué otro motivo vendrían hasta el santuario tantos protectores del valle? La cuestión permaneció en su cabeza hasta que llegaron los visitantes. Dezco se alegró de haberse tomado la molestia de asegurar el orden en la terraza cuando vio a Zhi el Armonioso entre los protectores. Había pocas criaturas en Pandaria a las que respetase más que al sabio líder pandaren del Loto Dorado. —No interrumpimos nada, espero. Hemos oído tambores de camino aquí —dijo Zhi mientras Dezco guiaba a los miembros del Loto hacia la sombra del árbol buzao que se alzaba en el centro de la terraza. —En absoluto. Era un ritual en honor a mi esposa, pero acabó al amanecer. —Tu esposa, cierto. —Zhi inclinó la cabeza con gravedad—. ¿Todos los tauren honran a sus muertos de la misma forma? —Algunos. El ritual es antiguo. Estuvo a punto de perderse en el desuso hasta que los Caminasol lo recuperaron. La ceremonia encaja bien con nuestras creencias. —Interesante. —Zhi se mesó la barba canosa y trenzada—. Me gustaría preguntarte un sinfín de cosas sobre tu orden. Encuentro gran cantidad de similitudes con el Loto. Cuando se calme la situación en el valle, tenemos que hablar. —Me encantaría —dijo Dezco mientras observaba al resto de miembros del Loto que se encontraban cerca. El tauren había conocido a varios de ellos a su llegada al valle, pero tan solo fugazmente. Uno de los rostros familiares era el de Weng el Indulgente, un pandaren regordete y amable, y una presencia habitual en el santuario. Y también estaba Mokimo. El inmenso hozen llevaba una recia armadura con piezas de madera y hierro. Llevaba la melena recogida hacia atrás en una pequeña coleta. Mechones de pelaje blanco y plateado enmarcaban su rostro largo y lampiño decorado con pintura verde. Mokimo observó furtivamente toda la terraza y después, como solía hacer de vez en cuando, soltó una sarta de palabras incomprensibles en su lengua materna. —¿Nada de cachorros? —inquirió finalmente el hozen en un idioma que Dezco comprendía. —Me temo que necesitan descansar. Llevan despiertos desde antes del alba. —Comprendo. —La blanca cola de Mokimo cayó mostrando su decepción. —Tal vez más tarde. —Dezco le dio una palmada cordial al hozen en la espalda, pero se alegraba de que sus hijos estuvieran en el interior del santuario con Nala. Su enfermedad había vuelto a manifestarse tras el ceremonial yeena'e, lo que preocupaba enormemente a Dezco. Pero además de eso, siempre que Mokimo estaba cerca de sus hijos sentía que el desastre se avecinaba sin remedio. Los hozen eran una raza inquieta, con tendencia a la espontaneidad y a las travesuras. A pesar de que Mokimo hablaba y se comportaba de forma mucho más similar a los pandaren que a los miembros de su propia especie, los críos sacaban al hozen que llevaba dentro. —Por la forma en que Mokimo habla de ellos, uno creería que se trata de sus propios cachorros. —Zhi se rió entre dientes—. Pero he estado pensando en ellos. ¿Están sanos? —Bueno... —dijo el tauren antes de detenerse. No quería preocupar a Zhi con la enfermedad, especialmente porque no estaba seguro de su gravedad—. Crecen rápido, como debe ser. —Ya veo. —Zhi pareció reflexionar profundamente por un momento. Meneó la cabeza como para eliminar sus pensamientos y miró a Dezco—. Será mejor que nos pongamos manos a la obra. Sé que estás ocupado aquí. No quiero alejarte de tus obligaciones por más tiempo. Zhi se dirigió hacia los miembros del Loto que estaban esperando. Y estos entraron en acción. Unos cuantos se apresuraron hasta un grupo de refugiados cerca de la entrada del santuario. Los demás abrieron las cerraduras de un gran baúl de madera que habían traído. —Si puedo ser de ayuda de algún modo, decídmelo, por favor —dijo Dezco mientras sentía que su curiosidad iba en aumento. —Ojalá pudieras. Pero la verdad es que hemos venido aquí por orden de los Celestiales. Dezco trató de ocultar su sorpresa. ¿Los Celestiales les habían enviado aquí? Zhi le dijo una vez que los cuatro grandes espíritus protegían Pandaria desde tiempos inmemoriales. Eran similares a los dioses, por lo que Dezco tenía entendido. Fueron los Celestiales los que abrieron el valle a los extranjeros hacía poco tiempo, porque creían que criaturas como Dezco y sus tauren podrían ayudar al Loto a defender la región. —Como ya sabes —continuó Zhi—, el valle es grande, y en el Loto somos pocos miembros. Y ahora, con la invasión de los Shao-Tien, temo que nuestras filas disminuyan aún más. Hemos venido en busca de nuevos miembros. —Habrá miembros de la Horda que se sentirán honrados de unirse a vosotros —afirmó Dezco. —Me temo que no es tan sencillo. Los Celestiales nos guían en esta tarea; nos dicen exactamente a quién debemos buscar... Al menos hasta el momento. Los grandes espíritus están muy turbados. Sus mensajes se han vuelto confusos. Recientemente, los Celestiales me dijeron que había un guardián digno aquí mismo, en el valle. En el pasado, nuestra orden siempre ha salido al exterior en busca de guardianes nuevos. Después comprendí por qué nos enviaron aquí los espíritus: esta tierra es ahora el hogar de gentes de todas partes. —¡Maestro Zhi! —llamó Weng desde el otro lado de la terraza—. ¡Estamos listos! Al lado de Weng, habían alzado un gong plateado, tallado con símbolos que representaban a los cuatro Celestiales: Niuzao, el Buey Negro; Yu'lon, el Dragón de Jade; Xuen, el Tigre Blanco, y Chi-Ji, la Grulla Roja. Un puñado de refugiados pandaren se habían agolpado delante del gong. —¡Un momento! —respondió Zhi, y se giró de nuevo hacia Dezco—. Lo único que nosotros hacemos es realizar una sencilla prueba. Será rápido. Hablaré contigo al terminar. —Yo... —comenzó Dezco, pero Zhi ya se había alejado y caminaba hacia el gong. El tauren lo observó decepcionado. Tenía la esperanza de que el Loto le necesitase para algo, le solicitara ayuda. La Horda ayudaba en la guerra, pero Dezco se sentía personalmente cada vez más inútil. Se pasaba prácticamente todo el tiempo vigilando el santuario. Mokimo se acercó a Dezco a grandes zancadas cuando Zhi comenzó a dirigirse a los refugiados. —Espero que funcione —dijo el hozen, mientras se frotaba nervioso las manos—. Hemos recorrido hasta el último recoveco del valle esta última semana. Ya ni recuerdo a cuántos cachorros les hemos realizado la prueba. —¿Cachorros? —preguntó Dezco. De pronto se dio cuenta de que todos los refugiados que se agolpaban delante del gong llevaban un niño en sus brazos. —Siempre elegimos a nuestros miembros a una edad temprana. Cuando yo no era más que un crío, Zhi viajó hasta mi aldea en El Bosque de Jade para ofrecerme una nueva vida. Pero ahora tenemos que recurrir a otros medios para encontrar nuevos miembros. Hace tres días tocamos el Gong cantor. Lanza una llamada a todas las crías que tengan algún tipo de vínculo con los Celestiales. O al menos eso es lo que afirman las antiguas escrituras. Nunca se había realizado esta prueba hasta ahora. —Hace tres días... —dijo Dezco, más para sus adentros. Trató de recordar cuándo enfermaron Cuerno Rojo y Cirropezuña. Le parecía que fue hacía tres días. ¿O fue antes? No era capaz de recordarlo con certeza. —¿Qué ocurre cuando suena el gong? —le preguntó a Mokimo. —No lo sé. En realidad nadie lo sabe. Supongo que la cría se sentirá molesta. Algo similar a una enfermedad. El objetivo es demostrar qué cachorros tienen potencial. Al hacer sonar el gong una segunda vez se pretende calmar al cachorro en cuestión y, de este modo, se confirma si es uno de los elegidos. Tras esto, recibiríamos algún tipo de señal de los Celestiales. El pulso de Dezco se aceleró. Le corrían gotas de sudor por el hocico. Una enfermedad... Un miembro del Loto le entregó a Zhi una marra de hierro. El anciano la agarró y golpeó el gong. El disco plateado vibró y se balanceó hacia delante, pero no sonó nada. Al menos nada que Dezco o el resto fueran capaces de escuchar. Ninguna de las parejas de pandaren, ni sus cachorros, reaccionaron. No hubo ninguna señal de los Celestiales. —No ha ocurrido nada. —Dezco se llenó de alivio al pensar en sus cachorros. ¿Y por qué iba a pasarles algo a ellos? El Loto Dorado estaba compuesto por razas de Pandaria: jinyu, pandaren, hozen y otras razas que llevaban vinculadas a estas tierras durante milenios. Sus hijos eran tauren. Extranjeros. —Nada... —Mokimo bajó la cabeza. El resto de miembros del Loto miraban a su alrededor como buscando una explicación a lo que acababa de acontecer. Zhi giró la marra entre sus manos desolado. Dezco sintió una profunda tristeza por ellos. Los miembros de la orden habían vivido en paz durante tanto tiempo. Ahora, la guerra estaba a las puertas. Y ahora, los Celestiales que les habían guiado estaban... Alguien gritó entre la multitud. El gong se agitó con violencia. Las grietas comenzaron a extenderse desde el centro del disco como telas de araña. El artefacto plateado se hizo añicos en el suelo de la terraza. Una esfera de luz dorada y azul se elevó en el aire. Lentamente, se retorció y se extendió hasta formar una gigantesca grulla. La criatura estiró el pescuezo hacia delante y después agito su plumaje amarillo, rojo y blanco. —Chi-Ji —dijo Zhi, con aire calmado. Él y el resto de miembros del Loto se inclinaron al unísono. —La llamada ha sido respondida —dijo el avatar de la Grulla Roja con una voz estrepitosa y etérea. El Celestial, que duplicaba a Dezco en altura, observó a los cachorros pandaren uno por uno. —No está aquí —afirmó finalmente. La cabeza del Celestial se dirigió hacia arriba, hacia la fachada dorada del santuario que se elevaba en la ladera de la montaña. De pronto, atravesó la inmensa puerta de la ciudad. La muchedumbre se quedó inmóvil por un instante y después siguió apresurada a la Grulla Roja. Dezco avanzó con rapidez, con sus pensamientos fijos en Cuerno Rojo y Cirropezuña. Atravesó los pasillos abovedados del santuario, se dirigía al Reposo Estival a toda velocidad. Sabía que Nala habría llevado a sus pequeños a la posada que se encontraba en la parte oriental de la fortaleza. Chi-Ji también lo sabía. Dezco quedó horrorizado al comprobar que la Grulla Roja ya estaba allí, acechando sobre una de las particiones de madera y papel que delimitaban las "habitaciones" de la posada. Nala estaba dentro, en pie y en posición defensiva delante de dos pequeñas cunas. —Tú no eres la madre —dijo Chi-Ji con curiosidad. Dezco pasó por delante del Celestial y puso la mano sobre el hombro de Nala para calmarla. Cuerno Rojo y Cirropezuña levantaron la vista desde sus cunas. Sonreían por primera vez en varios días, estiraban los brazos hacia Chi-Ji. —Debe tratarse de un error. —Dezco tuvo que hacer uso de toda su fortaleza para que no le temblara la voz. —Tú eres el padre. —Los ojos del Celestial se clavaron en Dezco; ardían como soles gemelos, fieros e implacables. El tauren sintió la mirada de la Grulla Roja en su interior; buscaba entre sus pensamientos y sus recuerdos—. La madre ya no está. Murió en el parto. Pero al morir creó dos vidas. Chi-Ji inclinó la cabeza. —Los llamas Cuerno Rojo y Cirropezuña, pero esos no son sus verdaderos nombres. —¿Que no son sus verdaderos nombres? —Mokimo se abrió paso entre los refugiados, el Loto y la Horda que se acumulaban en la partición, ansiosos por observarlo todo. —No. Dezco miró a la Grulla Roja atónito. Cuerno Rojo y Cirropezuña eran los nombres infantiles de las crías, una extraña tradición de su tribu. Con el tiempo, recibirían sus verdaderos nombres: uno en honor a un buen amigo que muró en las selváticas costas de Pandaria, y el otro en honor a un nuevo amigo que había ayudado a su tribu. —No esperaba gemelos. —El avatar de Chi-Ji se giró hacia Zhi—. Tan solo uno tiene que servir al valle. —Comprendo —asintió Zhi. La calma que se dibujaba en el rostro del anciano se desvaneció. Dejando una expresión de genuina sorpresa. Miró a Dezco a los ojos—. Crías venidas de lejos... Pero nunca habría imaginado esto, amigo mío —dijo el líder del Loto—. Por supuesto que se me pasó por la cabeza, pero nunca como una posibilidad real. —Son mis hijos. —Dezco se esforzaba por comprender lo que estaba ocurriendo. Los acontecimientos se habían desarrollado con tal rapidez—. Lo que me pides es... —Que protejas aquello que viniste a proteger desde tan lejos —contestó la Grulla Roja—. Que honres el sueño de tu esposa. Que te sacrifiques por el valle, como hizo ella. Está bien que tengas dos. Uno ayudará al valle y el otro se quedará contigo. Solo queda una cosa por hacer: elegir. —El avatar de Chi-Ji comenzó a desvanecerse en el aire como si fuera humo. —¡Espera! —gritó Dezco. Pero no hubo respuesta alguna. La Grulla Roja desapareció. Los miembros del Loto aplaudieron para celebrarlo. Tras ellos, los refugiados trataban de acercarse a los niños. Sus rostros se difuminaban en un todo. Nala empujó a un pandaren que extendía los brazos hacia Cuerno Rojo, y lo lanzó contra el muro. Alguien le dio un buen golpe en la espalda a Dezco. Este se giró para defenderse y vio a Mokimo que le brindaba una amplia sonrisa. —¡Vaya día! —gritó el hozen para superar el estrépito de la multitud—. ¡Qué día tan glorioso el de hoy! * * * * * Elegir… La orden de Chi-Ji atormentaba a Dezco, le persiguió durante horas, como si se tratase de un espíritu inquieto. Para cuando su azaroso deambular le llevó al exterior de La Terraza Áurea, hacía ya bastante tiempo que An'she había desaparecido por el Oeste. Cuerno Rojo y Cirropezuña dormían tranquilamente en dos cestas, una a la espalda de Dezco y la otra en el pecho, las había fabricado él mismo cuando nacieron. Las cestas estaban conectadas por una cuerda que colgaba de sus hombros. El artilugio había sido de gran ayuda en sus viajes a lo largo de Pandaria, ya que le permitía mantener a sus crías cerca y al mismo tiempo estar preparado para blandir escudo y maza. Las tierras estaban tan plagadas de peligros que se negaba a separarse de sus hijos ni un solo instante. "De poco me sirven ahora mis armas", pensó mientras vigilaba la terraza. A una hora tan avanzada de la noche, la plataforma estaba prácticamente vacía. Unos cuantos orcos acuclillados bajo el árbol buzao afilaban sus espadas bajo la luz de un farol. Cerca de la puerta del santuario, algunos elfos de sangre enfundados en largas vestimentas discutían acaloradamente sobre las propiedades mágicas del valle. Normalmente, Dezco los habría saludado, pero esa noche pasó de largo sin intercambiar una sola palabra. —Una oportunidad de oro, eso es lo que es. —Escuchó decir a uno de los orcos entre susurros a sus camaradas—. Hay poder en el valle, ¿no? Por eso hemos venido. Bueno, la Alianza también está aquí. Ahora mismo estamos en igualdad de condiciones. Pero si tenemos un miembro de la Horda en el Loto... —No seas estúpido —respondió otro—. El cachorro dejaría de ser uno de los nuestros. La Horda no significaría nada para el crío. Mira a Mokimo. No actúa como ningún otro hozen. El Loto le arrebató su cultura, su identidad. Dezco se alejó de la conversación hasta que le resultó inaudible. Había escuchado esos argumentos cientos de veces. El día había pasado como un sueño. No, como una pesadilla. Tan solo recordaba algunos fragmentos: las felicitaciones del Loto Dorado y su posterior desaparición, tan rápida como su llegada. Reuniones interminables con otros miembros de la Horda para discutir lo ocurrido. Y el flujo constante de refugiados que querían ver a sus hijos, como si se hubieran convertido en objetos de veneración. Se alegraba de estar solo en ese momento. Había alcanzado el límite de su paciencia y había ordenado a sus consejeros, incluso a Nala, que le dejaran hacía ya horas. Dezco suspiró con frustración pensando en lo bien que había comenzado el día y en cómo había terminado por convertirse en una espiral de caos. Dezco apoyó su maza de cristal y su escudo dentado contra la barandilla de madera lacada al borde de la terraza. Al frente, podían verse luces de antorchas y hogueras esparcidas por todo el terreno. Cinco pozas sagradas brillaban con una espectral luz azul a lo lejos. Mokimo le había hablado de esas aguas a menudo. Eran el poder del valle: la sangre que le otorgaba vida. Tal vez Dezco y su pueblo habían sido atraídos hasta aquí para protegerlas o usarlas de algún modo. Había seis pozas en total, pero una de ellas estaba oculta a la vista, en el interior del Palacio Mogu'shan. Era capaz de apreciar vagamente la fachada de la colosal fortaleza, que en otro tiempo fue la sede del imperio mogu, tallada en las montañas orientales del valle. Siempre le pareció extraño que el Loto no derribara las estatuas y los edificios de los anteriores gobernantes del valle. Dejarlas en pie era darle un motivo a los mogu para volver. En una ocasión, compartió esa preocupación con Mokimo, pero este le respondió: "los mogu creían que el valle estaba a su servicio. El Loto cree que está al servicio del valle. Dejamos sus estatuas como recordatorio de la arrogancia y la vanidad". En aquel momento, Dezco quedó impresionado por la sabiduría de esas palabras, pero ahora le parecían vacías. Una excusa para la inacción. Si los Celestiales eran tan poderosos, ¿por qué no perseguían a los invasores mogu? Si el valle era un crisol para la esperanza y la paz, tal y como creía Leza, ¿por qué no se reunían las energías de la tierra para ayudar al Loto Dorado a acabar con esta guerra de una vez por todas? Dezco respiró pausada y profundamente. Demasiadas preguntas. Demasiadas incertidumbres. —Una noche hermosa, ¿verdad? —preguntó alguien. El tauren se giró hacia Mokimo, que se acercaba lentamente. —Has vuelto —dijo Dezco bruscamente. El hozen había desaparecido con el resto de los miembros del Loto tras la prueba, dejando al tauren solo a la hora de comprender los acontecimientos del día. Le daba la sensación de que Mokimo nunca estaba cuando le necesitaba. —Ahora mismo. —El hozen se inclinó sobre la barandilla que estaba al lado de Dezco—. Zhi me pidió que le acompañara. Nos reunimos con unos cuantos miembros de mi orden que regresaban de la batalla. Están entrando en el valle más Shao-Tien de los que esperábamos. Me alegro de que no estuvieras allí para ver a los defensores. Estaban al borde de la desesperación... Completamente atemorizados. —Lo lamento. —Dezco dejó a un lado su frustración ante la idea de nuevas victorias mogu. —Pero entonces les hablamos de la Grulla Roja y de tus cachorros... ¡Y cambiaron! ¡Pasaron en un instante del dolor a la alegría, de la desesperación a la esperanza! —Mokimo dio varios saltos con sus cortas y robustas patas. —No son más que niños —dijo Dezco—. No cambiarán nada en lo que respecta a la guerra. —En el Loto vivimos y morimos por el mañana. La Grulla Roja nos prometió un futuro. No hubiese venido hasta aquí si no pensase que necesitaremos una nueva generación de protectores. —Mokimo sacó una pequeña talla de madera de su túnica la colocó en la barandilla de enfrente de Dezco—. Toma. Perteneció a un miembro de mi orden. Murió ayer. No se me ocurre mejor manera de honrarle que entregártela a ti. Dezco observó el objeto: una elaboradísima talla de la Grulla Roja. El cuerpo de Chi-Ji, desde las patas hasta el pico, estaba rodeado de caracteres incomprensibles para él. No era más que un trozo de madera, pero le desconcertaba. —La inscripción dice: "el destino es como el aire, siempre cambiante. La vida es como las nubes, desaparece en un instante. El valle es como el cielo, eterno". Es un antiguo dicho de nuestra orden. Nos recuerda que incluso en los peores momentos, hay esperanza. Que nuestros esfuerzos continúan tras la muerte. Pensé que te gustaría. Siempre hablas de tu esposa y del amanecer que ella veía acercarse. —Mokimo, sabes que quiero ayudaros, pero yo... —comenzó a decir, pero se detuvo al observar la expresión de alegría del hozen. No se vio capaz de destrozar el sueño de Mokimo. Ni siquiera estaba seguro de que el protector lo comprendiera. El Loto no parecía tener ninguna duda de que Dezco elegiría. Era lo que esperaban. —No hace falta que hablemos de ello ahora —dijo Mokimo—. No debería estar aquí. Zhi me dijo que no hablara contigo hasta que tuvieses más tiempo para pensar y para elegir. Sólo quería darte el regalo. Quería hablar contigo —El hozen se alejó de la barandilla de la terraza—. Será mejor que me vaya. Me estarán buscando en la pagoda. Mokimo bajó apresuradamente las escaleras de la plataforma. Dezco cogió la talla de Chi-Ji de la barandilla. Elegir, la voz del Celestial resonaba en su cabeza. ¿Elegir qué? Le daban ganas de gritar en respuesta. Ahora el Loto consideraba a sus hijos como salvadores. Si se negase y permaneciese en el valle, sabía que él y sus hijos se convertirían en una maldición, en un recuerdo constante de un sueño roto. Dezco volvió a dejar la talla y sacó a Cuerno Rojo y Cirropezuña de las cestas. Los abrazó fuerte contra su pecho e imaginó su futuro: su aprendizaje de la filosofía de los Caminasol, ayudándole en sus rituales en honor a An'she y a la Madre Tierra, y escuchando el relato de la valentía de Leza ante la muerte. —Leza... —susurró Dezco, deseando que estuviera a su lado para ayudarle en este momento y preguntándose qué habría hecho ella. De pronto recordó algo que dijo su mujer justo antes de morir. "Amor mío... pase lo que pase... tienes que proteger a nuestro... hijo". No sabía que iba a dar a luz a gemelos. Para Dezco, eso hacía que su último deseo fuese aún más poderoso. Y su elección fue clara. —Lo haré —dijo con la mirada fija en sus hijos. —¡Nala! —llamó Dezco, y se giró. Supuso que estaría en los alrededores, entre las sombras. A pesar de que le hubiese mandado irse; la conocía demasiado bien como para no saber que le habría seguido. La prima de Leza emergió de detrás del árbol buzao. —Los miembros del Loto no lo entienden, ¿verdad? —No es culpa suya. —¿Qué debemos hacer? —preguntó Nala mientras se acercaba a la barandilla. —Nosotros... —contestó Dezco—. Te voy a dejar al cargo del santuario. —¿Qué? —Nala le miró boquiabierta, perpleja—. ¿Durante cuánto tiempo? Dezco miró la talla de Chi-Ji por última vez. —De forma permanente. * * * * * Estaba a punto de amanecer cuando Dezco salió del santuario con Cuerno Rojo y Cirropezuña en sus cestas. La despedida de Nala había estado bañada en lágrimas, pero al fin consiguió comprender su decisión. Era una Caminasol, y sabía que en todas las situaciones existía un único camino, una decisión correcta. ¿Acaso había un camino más claro que el de mantener a la familia a salvo? ¿Mantenerla unida? En realidad la preocupación de Nala brotaba de sus deseos de acompañar a Dezco y hacerse cargo de los niños, pero él la necesitaba en el santuario. No podía pensar en nadie más que fuese capaz de evitar que el lugar se desmoronase. Al igual que Leza, Nala siempre sabía cuándo ser firme y cuándo flexible. Era una líder nata. Aparte de eso, Dezco quería distanciarse de sus compañeros lo más posible. Esta era su elección, solamente suya. No sabía cómo reaccionaría el Loto Dorado, o lo que era más importante, la Grulla Roja. Lo último que deseaba era poner en peligro la posición de la Horda en el valle. Esta tierra, a pesar de los acontecimientos recientes, todavía significaba mucho para el futuro de su pueblo. Dezco se sentía avergonzado por abandonar a Mokimo a escondidas, pero no había otra opción. La separación radical, por más dolorosa que le resultase al tauren, era lo mejor. De ese modo el Loto podría continuar con sus vidas más fácilmente. El tauren avanzó a buen ritmo durante la mañana. Permaneció alejado de los caminos principales mientras avanzaba por las faldas de las montañas del norte. Calculaba que llegaría a la Puerta de los Augustos Celestiales, que llevaba al exterior del valle, antes que cayera la noche. Hacia el mediodía, se detuvo a los pies de una pequeña colina y dejó a los niños en el suelo. Sacó un odre de hierbas y leche de yak que Nala le había enseñado a preparar. Le aseguró que la bebida mantendría sanos a los niños hasta que llegase a Mulgore y encontrase a una tauren que los amamantase correctamente. De lo que no le advirtió es de lo mucho que las crías odiaban dicha bebida. Tras el primer sorbo, ambos comenzaron a llorar, y se negaron a beber más. —No está tan malo —gruñó Dezco y dio un trago a la mezcla. El sabor fuerte y amargo de la bebida le hizo toser de forma incontrolada. Los llantos de Cuerno Rojo y Cirropezuña se transformaron en risotadas. —No está bien faltarle el respeto a vuestros mayores de esa manera, pequeños —protestó Dezco en broma. Dezco estaba a punto de intentar alimentar a sus crías de nuevo cuando el suelo comenzó a temblar. Tres carretas tiradas por yaks resonaban desde lo alto de la colina, estaban sobrecargadas de pandaren. Los yaks resoplaban, y soltaban espumarajos de saliva. —¡Mogu! —gritó uno de los pasajeros cuando las carretas pasaron a la altura de Dezco—. ¡En la puerta! Imposible. Dezco se apresuró a coger las cestas de sus hijos. Ascendió la montaña despacio, con el escudo en alto. En la cima, sintió la caricia del viento, un viento preñado de humo y del olor de la batalla. A lo lejos podía vislumbrar la Puerta de los Augustos Celestiales. Las llamas se elevaban por todas partes. Un ejército de Shao-Tien de piel azul oscuro se agolpaba en la entrada del valle. Grupos de figuras con armaduras ligeras, el Loto Dorado, se dirigían a toda velocidad hacia los ejércitos mogu. El fuego de los cañones resonaba en todo el valle con la fuerza del trueno. Todo un grupo de defensores del Loto desaparecieron bajo un torrente de fuego y sangre. El resto de los miembros de la orden se batieron en retirada a toda prisa; los mogu les pisaban los talones y liquidaban a todo el que se retrasaba. Dezco los maldijo entre dientes. Le habían bloqueado el paso. Se volvió y bajó la colina, mientras ponderaba sus opciones. El tauren había oído hablar de otra puerta al oeste, pero no estaba seguro de si estaría abierta. Pero tal vez pudiera encontrar la forma de salir... un paso secreto en una montaña o algún túnel que conocieran los oriundos de la zona. Lo único de lo que estaba seguro era de que no podía volver al santuario. Ya no formaba parte de ese lugar, no ya no, ya había hecho su elección. "Mantente firme en tu elección. Sé fuerte", se dijo. Uno de los refugiados le estaba esperando a los pies de la colina. Era un viejo pandaren de barba larga y rala que descendía desde su mentón. —En esa dirección solo encontrarás muerte —aseveró. —Eso parece. ¿Hacia dónde os dirigís? —inquirió Dezco. —A Bruma Otoñal. Muchos de nosotros hemos perdido a nuestros familiares. Y hemos oído que es posible que algunos se encuentren allí. Yo estoy buscando a mis nietos. ¿Hacia dónde te dirige a ti el viento? Dezco meditó en lo poco que sabía sobre Aldea Bruma Otoñal. El pequeño campamento de refugiados se encontraba en la zona suroeste del valle. Desde allí, Dezco podría obtener información sobre la otra puerta. Y si ese acceso también estaba bloqueado, al menos el viaje le permitiría permanecer lejos del santuario durante un tiempo. Tal vez incluso el tiempo suficiente para que el Loto aniquilase a los Shao-Tien y retomase el control de la Puerta de los Augustos Celestiales. Si es que tenían la fortaleza suficiente para ello, dudó con cierta aprensión. —A Bruma Otoñal —dijo Dezco. * * * * * Dezco y los refugiados atravesaron la mitad oriental del valle, de modo que dejaron las montañas gemelas, situadas en el centro de la región, entre el frente mogu y su posición. La presencia de pandaren heridos y ancianos, hacía que el viaje se realizase a paso de tortuga, pero a Dezco no le importaba. Disfrutaba del tiempo que pasaba con sus hijos, se mantuvo al margen la mayor parte del camino. Su única preocupación era la de toparse con miembros del Loto, pero no vio ni rastro de la orden. Justo antes del anochecer del segundo día, la caravana alcanzó el extremo sur del valle y el paso de montaña que les llevaría hasta Aldea Bruma Otoñal. Las pozas sagradas brillaban bajo la huidiza luz del sol al sur, al este y al oeste. Tan cerca de las aguas, parecía que el aire resonaba con un extraño poder casi tangible. Dezco se encontraba observando las lejanas pozas cuando la caravana se detuvo. —¡Hay algo más adelante! —afirmó un grito que surgía de entre los refugiados que iban al frente. Dezco avanzó entre los demás viajeros desde el lugar en que se encontraba al final de la caravana, haciendo caso omiso al cansancio. Prácticamente no había dormido durante el viaje. Los refugiados tenían buen corazón, pero les faltaba entrenamiento militar. El tauren no confiaba en ellos lo suficiente como para dejar a sus hijos sin vigilancia ni siquiera unas horas por la noche. Un grupo de refugiados se reunió cerca de la primera carreta; estaban en plena discusión. A lo lejos, Dezco vio una gran hoguera que ardía al lado del acceso al paso, bloqueando el camino. —¿Tenéis idea de quién es? —preguntó a los pandaren que estaban reunidos. —Hemos enviado a alguien a averiguarlo —contestó un joven refugiado que vestía ropas raídas. Hizo un gesto con la mano al resto de refugiados de alrededor—. Algunos creen que se trata de mogu. Pero ellos no harían un fuego a la vista como ese.
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    —Vuelve conmigo, Sargento —dijo Druz, cerrando la cámara del rifle. Ziya, decidida, se puso a su lado y esperó con las dagas preparadas. —Aún no os he contado el final de la historia —dijo la eremita Shuchun. —Con todos mis respetos, eremita —contestó Druz mientras disparaba de nuevo. Cayeron dos guerreros. Y surgieron otros tres—, ¿te parece el momento adecuado? Shuchun se encogió de hombros y fue a sentarse a una duna cercana. Mientras canturreaba, buscó en su bolsa y sacó una manzana, le dio un buen bocado y observó la lucha con interés. Un solo guerrero se lanzó contra ella, gruñendo, pero ella le mostró las zarpas abiertas. El monstruo se detuvo y se convirtió en arena inerte. Ninguna criatura más la molestó. Pasado el tiempo, tiró el corazón de la manzana y frunció el ceño. —Algo va mal —les advirtió. —¿De verdad lo crees? —Las dagas de Ziya se clavaban en la arena a una velocidad vertiginosa—. ¡Vamos, al suelo, lakratz asqueroso! ¡Al suelo! Shuchun se rascó la cara, desconcertada, después chasqueó los dedos. —Eso es —añadió con satisfacción—. En la historia, los guerreros del desierto tenían armas. —¿Qué? ¡Druz! ¡Al suelo! —gritó Ziya. El arma de hierro de uno de los guerreros cortó el aire y se clavó en la arena. —Ahora sí —dijo Shuchun. Ahora todos los guerreros tenían una gran variedad de espadas, mazas y armas de asta. La eremita apoyó la barbilla sobre sus zarpas y continuó observando. —¡¿Has hecho tú eso?! —le increpó Druz entre disparo y disparo. —No —contestó Shuchun—. Ha sido la historia. —¡Y tú! ¡Y tú! —Bueno, puede que tengas razón —aceptó Shuchun—. Pero también podía haber mencionado que sus armas estaban impregnadas de fuego... ¡FLASH! —¡Aah! —Lo reconozco eso ha sido un error por mi parte —admitió Shuchun, mientras el resplandor del fuego brillaba anaranjado en sus palmas levantadas—. Me quedaré callada. Continuad. Pasaban los minutos, impregnados de gruñidos, rugidos y acrobacias imposibles. Por fin, Shuchun se levantó y se dirigió hacia la duna en la que se desarrollaba la batalla. —Cada grano de arena se convirtió en un guerrero feroz empeñado en matar a Di Chen —retomó, mientras apartaba a los soldados sin prestar atención. Estos se detenían, confundidos, como si no pudieran verla—. La batalla terminaría cuando Di Chen admitiese que existían algunos desafíos demasiado difíciles incluso para él. Llegó hasta el centro de los centenares de soldados. Druz y Ziya permanecían espalda contra espalda, completamente rodeados. Las armas ardientes volaban por los aires. —¿Nos estás diciendo —inquirió Ziya— que tenemos que rendirnos? —Esa es una opción —contestó Shuchun. —A mí me parece bien —dijo Druz, y tiró el arma. Ziya hizo rápidamente lo mismo. El viento aullaba desde lo alto, impregnado de las carcajadas de la bruja del desierto, y se llevaba a los guerreros grano a grano. Los goblins observaron su partida. —Lo podías haber dicho —refunfuñó Ziya. —Intentó contar el resto de la historia —puntualizó Druz, mientras se inclinaba a recoger el arma con una sonrisa en el rostro—. Queríamos luchar... Se detuvo y lanzó una mirada a Shuchun con aire de sospecha. —Espera. Antes de todo esto, estábamos hablando sobre la necesidad de seguir luchando. Y acabamos en una batalla imposible. Ziya abrió la boca con estupor. —Estábamos hablando de monstruos y que no hay marcha atrás, ¡y de pronto un monstruo nos perseguía en un laberinto! —Eremita —dijo Druz con voz tensa—, ¿al discutir creamos trampas? —Por supuesto —afirmó Shuchun, con el rostro impertérrito, como una máscara—. Creí que lo sabíais. —¿Cómo lo íbamos a saber? —Cuando mi pueblo se enreda en una discusión que les divide, llaman a un eremita —explicó Shuchun—. Yo escucho a ambas partes y luego les cuento una historia que pone a prueba sus opiniones. ¿No es eso lo que estabais haciendo? —¡No! —Ah —comprendió Shuchun. —¡Podríamos haber muerto! —Nunca —contradijo la eremita—. Después de todo, Di Chen no sufrió ni un rasguño... en la historia. —¿Qué le pasó finalmente? —se interesó Ziya—. ¿También se rindió? El viento volvió a levantarse y la gran circunferencia del sol se expandió sobre ellos: una extensa manta de luz blanca. Shuchun negó con la cabeza y señaló a una figura sobre una duna distante. Observaron y distinguieron que golpeaba con el puño cansado a un guerrero que se convirtió en arena. —Sigue peleando —explicó—. Siempre hay razones para luchar. La clave está en saber cuándo parar. * * * * * Los goblins permanecieron en silencio, hombro contra hombro en el centro de una pequeña sala blanca. —¿Qué está ocurriendo? —preguntó Druz entre dientes. —La cámara de conocimiento está esperando a que habléis para crear el desafío definitivo —contestó Shuchun mientras se apoyaba contra el muro. Druz asintió con la cabeza. —Justo lo que pensaba —añadió, y volvió a quedarse en silencio. El tiempo pasaba. Finalmente, Shuchun sintió lástima. —Podéis hablar de vuestro mutuo amor por las puestas de sol —dijo. —¿Y eso podría convertirse en alguna historia? Shuchun pensó un momento. —En varias —aseveró. Silencio. —No lo entiendo —dijo Ziya. Druz le dio un codazo, pero ella ignoró el gesto—. ¿Por qué los pandaren usan historias para resolver sus problemas? —No solo somos nosotros —corrigió Shuchun—. Todas las razas tienen historias que se cuentan una y otra vez. Nos gustan porque dan respuestas sencillas que nos ayudan a encontrar las más complicadas. Pero las historias son peligrosas. —¡No me digas! —exclamó Druz. La eremita sonrió. —Algunas veces se nos olvida que las historias rompen las reglas —dijo Shuchun—. Las respuestas sencillas no toman en cuenta las consecuencias, y hay muchas. —Ya lo entiendo —dijo Druz—. Tu artefacto es una respuesta sencilla. Pero tú eres neutral, eremita. Nosotros no podemos permitirnos el lujo de... Tenemos que tomar decisiones difí.... Maldita sea. Por debajo de sus pies, en lo más profundo de lo que había sido un suelo blanco y opaco, algo oscuro y terrorífico se movió. —Sabías que iba a pasar esto —dijo Druz. Shuchun se encogió de hombros. —Yo no te obligué a entrar en la cámara de conocimiento —contestó ella. —¿Qué historia es? Shuchun observó a la aberración que se desenroscaba bajo sus pies. —Diría que se trata de "Las arañas de Te Zhuo" —aventuró. Druz y Ziya cerraron los ojos. La nube negra que se extendía bajo ellos tomaba la forma de miles de cuerpos diminutos, aunque no lo suficiente, que se desplazaban hacia la luz de más arriba. —¿Qué tal se te dan las arañas? —preguntó Ziya. —No muy bien. ¿Eremita? ¿Hay alguna posibilidad de que pasemos directamente a la moraleja de la historia? ¿Algo sobre las acciones y sus consecuencias? Lo pillamos. —¿De verdad? —preguntó amablemente Shuchun. Siguen viniendo. Las paredes blancas se arremolinaron y desaparecieron como las nubes grises en mitad de una corriente de aire. Los goblins y la eremita permanecieron sobre roca, sobre una plataforma en el centro de una enorme sala llena de ruidos. Miles de patas correteaban hacia arriba desde lo más profundo, y sombras enormes rodeaban en la oscuridad la plataforma a toda velocidad. —Bueno, cuéntanos el final de la historia —dijo Druz mientras apretaba los dientes—. Haz que pare. —Eso va a ser problemático— reconoció Shuchun—. Ningún explorador ha salido nunca del templo perdido de Te Zhuo, se trata más bien de una historia preventiva que de una historia de verdad. —¿Una historia preventiva sobre no entrar en un templo en el que ya hemos entrado? preguntó Ziya con tono fatigado. Shuchun sonrió. —Espera, un momento —dijo Druz—. Nadie ha vuelto, ¿verdad? Así que no se ha encontrado ningún cadáver. Shuchun inclinó la cabeza. —¿Y bien? —Entonces, ¿cómo sabemos que es un mal lugar? —preguntó Druz—. Podría ser que el interior sea tan maravilloso que nadie quiera salir. —Sin duda, es posible —aceptó Shuchun mientras Ziya se tapaba la cara con las manos—. Excepto por el hecho de que la historia lleva a las arañas en el título por algún motivo. —Ah —comprendió Druz. Él y Ziya se acercaron y se colocaron hombro contra hombro, sin necesidad de que mediase una sola palabra. —Bueno —continuó Shuchun—. No he dicho que nunca se supiera nada de los exploradores. Se les oía gritar. —Deja que lo adivine. Sus gritos hablaban de arañas —dijo Ziya. —Desde luego que sí. Una oleada de muerte negra surgió de forma explosiva del nido subterráneo, avanzaba con una multitud de patas peludas. Y se detuvo. Montones de ojos brillantes ardían hambrientos. —De modo que si entramos en el sitio este de Te Zhuo —dijo Druz tras respirar lentamente para calmarse—, puede que encontremos algo. Trampas. Arañas impresionantes. —O tal vez sirvientes de los dioses antiguos —añadió Ziya—. Están por todas partes. —Una sola acción —continuó Druz lentamente—. Y un final: no salimos nunca de aquí. —No hay manera de salir de esta, ¿verdad? —preguntó Ziya—. Nuestras acciones nos trajeron hasta aquí. Tenemos que afrontar las consecuencias. —Sí —dijo Shuchun, sonriendo—. Bien hecho. La oscuridad se cernió sobre la plataforma y se llevó a los goblins con ella. * * * * * Ziya abrió los ojos. El frío que sintió en sus mejillas provenía del suelo de mármol, amplio y pálido, que se extendía hacia... ... un pergamino colgado en la pared contraria de una cámara estrecha y sin puertas. Los fantasmas de palabras corrían por la superficie del pergamino con la velocidad del pensamiento. Era del blanco brillante de unos ojos sin pupilas, y la observaban, estaban esperando. Shuchun caminó hasta su cabeza y le impidió la visión del pergamino, con un paso tan estudiado que pareciera fruto de un presagio. Ziya gruñó mientras se levantaba con esfuerzo. —¿Es esto? —refunfuñó Druz—. Se apoyaba contra el muro para reposarse, tenía peor aspecto que Ziya. —Sí —contestó Shuchun. ¿Qué es? —Un arma, dicen algunos —explicó Shuchun—. Otros hablan de una lección o un castigo. Lo único que sé es que los eremitas lo crearon hace mucho tiempo y que debe mantener al mundo a salvo de las consecuencias. —¿Qué es lo que es tan peligroso? —preguntó Ziya. —Un pergamino en blanco, cualquier pergamino en blanco, contiene posibilidades. Puede convertirse en la historia de Rakalaz —aclaró Shuchun, y Ziya miró hacia arriba. Había una grieta en el techo de la que caía arena. En algún lugar ahí arriba, había contado una historia. ¿La había escuchado el pergamino? —O podría relatar la leyenda de un ejército infinito de soldados de arena, de una legión de arañas —continuó Shuchun— o de algo peor. —Lo que estás diciendo es que hace que los personajes cobren vida, como hacen los eremitas, ¿no? —inquirió Druz. —No —corrigió Shuchun—. No lo entiendes. Yo puedo invocar a Di Chen para que discuta con la bruja del desierto y se enfrente a su ejército legendario. Pero no podría hacer que se enfrentase a mis enemigos. Druz levantó una ceja. —¿Y esto podría? Ziya escuchó el ansia en su propia voz. ¿Se habría dado cuenta Shuchun? —Es posible —contestó Shuchun con calma—. Nuestras leyendas dicen que puede transformar las palabras en carne. Las esperanzas en realidad. —Lo siento, pero a mí eso me suena a invocar —interrumpió Druz—. Los brujos lo hacen todo el tiempo. No tiene nada de malo, si pasamos por alto alguna que otra invasión demoniaca. —¿Ah, no? —preguntó Shuchun. Amartilló el arma. —No. No niego que sea peligroso —aclaró Druz con tono de disculpa, su rifle apuntó a Shuchun—. Pero un arma es un arma. No dispara si no se aprieta el gatillo. Digámoslo así. Ziya, coge el pergamino. Shuchun le lanzó a Druz una mirada tan profunda de tristeza que Ziya se preguntó cómo pudo soportarla. —Ya os lo he dicho —insistió Shuchun—. No os voy a dejar llevároslo. —Esto no es una discusión —dijo Druz—. Ziya. Pergamino. —¿Crees que podrás controlarlo cuando nosotros no hemos sido capaces? —¿Yo? —respondió Druz—. No. El Sr. Gallywix quería lo que fuese que hubiera aquí. Y lo va a tener. —Y los goblins decidieron llevarse el pergamino —dijo Shuchun con voz queda. Sus palabras se apresuraron en el pergamino, que parpadeó como una llama de marfil. Las paredes de la sala se resquebrajaron, y por las grietas penetró una luz blanca. Por puro instinto, Druz apretó el gatillo. —Por puro instinto, Druz apretó el gatillo y... * * * * * ... la bala voló por los aires. Con el pergamino en su poder, los goblins dejaron la cámara de conocimiento y entraron en los aposentos privados del príncipe mercante Gallywix. Ziya tropezó y sintió nauseas. Druz se tambaleó hacia ella y se estabilizó apoyándose en su hombro. ¿Cómo habían llegado hasta allí? Lo último que recordaba era el rifle disparando contra el rostro solemne de la eremita Shuchun, y le parecía que había ocurrido hacía tan solo unos segundos. Ahora estaban en otro lugar. El rugido mudo de los motores del superzepelín resonaba a través de las paredes. Ziya y Druz estaban en un lugar oscuro y estrecho. Era el taller de un manitas, con un solo taburete de madera. Un banco de trabajo. Herramientas perfectamente organizadas. Jastor Gallywix estaba sentado en el banco de trabajo, estaba dibujando un boceto a mano alzada; y la desorientación de Ziya se desvaneció. Tan solo había sido un día largo. Gallywix estaba más delgado de lo que ella recordaba, pero no mucho. Su barriga se desparramaba a través de un chaleco abierto. En ese entonces, también llevaba un sombrero de copa absurdamente grande, anillos brillantes y una sonrisa espantosa. Este Gallywix no llevaba riquezas y no sonreía en absoluto. "Puede que no le conozcas tan bien como yo",le había dicho Druz... Druz se estabilizó a su lado. —Aquí lo tienes, jefe —le dijo con decisión, y dejó el pergamino sobre el banco de trabajo. Gallywix no lo tocó. —¿Y la eremita? —preguntó. La culpabilidad invadió a Ziya. Había visto la bala volar por los aires. Shuchun había muerto. Tenía que haber muerto. —Muerta —dijo Druz, pero no parecía estar seguro de su afirmación. —Una lástima —añadió Gallywix, e hizo un gesto hacia el pergamino—. ¿Qué es esto? —Por lo visto es una especie de portal que hace que las historias se hagan realidad —explicó Druz—. La cosa se fue de las manos antes de que la eremita pudiera explicar nada más. El Príncipe mercante observó el pergamino. Ziya se preparó para algo terrible... —Parece bastante problemático —sentenció Gallywix—. Lo guardaré en la cámara más profunda cuando volvamos a Azshara. Ziya abrió la boca de par en par. —Pero jefe —casi suplicó Druz—. Si tú no lo usas, otro lo hará. —Ya sabes lo que te voy a contestar —dijo Gallywix, mirándole. —Sí —admitió Druz y suspiró. —Bien. Lo último que nos hace falta ahora es otra arma gigantesca flotando por ahí —apostilló Gallywix—. Sácalo de aquí. —¿Y ya está? —Las palabras resonaron en la sala antes de que la propia Ziya se diese cuenta de que las había pronunciado. Gallywix la observó. Ziya podía ver los mecanismos girar en su cabeza. —¿Qué esperabas, Sargento? —le preguntó. —¡Esperaba que lo usases! —rugió Ziya—. Eso es lo que se suele hacer. Las cosas se usan. ¡Eres un monstruo! Para su sorpresa, Gallywix asintió con la cabeza. —Sí, lo soy —dijo—. Pero no de ese tipo. —¡Exactamente de ese tipo! —No —insistió Gallywix—. Nunca hemos hablado cara a cara, Sargento, así que deja que me explique. No dudaré en venderte si te vuelves negligente. Te enviaré a una muerte segura si eso ayuda a los objetivos del cártel. Pero no dejaré que te maten por pura estupidez o a causa de un arma absurda que no vale para nada. Ese no es mi estilo. Observó el anillo que llevaba colgado al cuello. Ella lo cubrió con las manos movida por un instinto de protección. Se dibujó una expresión indescifrable en su rostro. —Por lo que a mí respecta —dijo— siento mucho lo que le ocurrió a tu marido en Hyjal. Pero no me arrepiento de nada de lo que he hecho. Así que es verdad, soy un monstruo. Pero cuido de lo que es mío. Siempre que puedo. Y ahora mismo, eso significa esconder esta arma peligrosa antes de que otros descubran su existencia. —Pero, evidentemente, ya había otros que sabían de su existencia —susurró la voz de la eremita Shuchun, y la habitación se cristalizó, todo se ralentizó alrededor de Ziya—. Los rumores se extendieron por todo el mundo: Gallywix ha encontrado un arma poderosa en Pandaria y se la ha quedado. A los ojos de Garrosh Grito Infernal, Jefe de Guerra de la Horda, una traición tal solo podía explicarse de una manera: rebelión. Garrosh lideró a la dividida Horda contra Muelle Pantoque. El superzepelín se desvaneció. La tierra firme surgió bajo los pies de Ziya. Desde las frías alturas del palacio de Gallywix, pudo ver su casa en llamas. Druzse tambaleó a su lado, con el rostro invadido por el cansancio. —Poneos la armadura —les dijo un déspota que estaba detrás de ellos—. Llegarán pronto. —Las fuerzas de Garrosh cayeron sobre el palacio. Los goblins se retiraron a los corredores subterráneos para proteger la cámara y lo que esta contenía —dijo la eremita Shuchun. Sintió que las dagas se le resbalaban de las manos, y Ziya retrocedió. Un elfo de sangre levantó una ballesta, Druz empujó a Ziya a un lado, y recibió la flecha en el hombro. Se tambaleó contra ella y soltó un gruñido; ella tiró de él. —Pronto, los pocos supervivientes goblin se quedaron sin lugar al que huir —continuó la eremita Shuchun, con calma implacable. Una flecha atravesó a Ziya, esta se sentó, levemente sorprendida. Druz se apoyó en ella; le costaba respirar. La antecámara de la cámara principal era una gran sala de acero, y estaba salpicada de los cadáveres de los goblins caídos. La Horda, los invasores, los acorralaban cada vez más, resistían porque sentían que la matanza estaba a punto de culminar. Reconoció a algunos combatientes de Hyjal y de otras batallas. Si pudiese tomar aliento para hablar, estaba convencida de que conseguiría convencerles de que se estaban equivocando... La puerta de la cámara se abrió tras ella. La pata de un tanque araña avanzó más allá de los goblins. Otro. Y el príncipe mercante Gallywix cargó contra la masa invasora, mientras soltaba estruendosas carcajadas. Garrosh avanzó entre sus tropas, con el hacha en lo alto en su tremendo puño. —Apartaos —rugió el Jefe de Guerra—, el traidor es mío. —El duelo no fue largo, pero tampoco resultó como se esperaba —dijo Shuchun. —Ayúdame —Druz jadeó mientras manejaba torpemente su rifle. Ziya se levantó del suelo y apuntó el cañón del arma hacia... El duelo. El mecanotanque cayó de lado tras otro golpe de hacha, saltaban chispas de sus piezas destrozadas. Gallywix estaba perdiendo. Evidentemente estaba perdiendo. ¿Por qué se seguía riendo? Gallywix se eyectó desde las ruinas del mecanotanque y se agarró a los colmillos del musculoso orco, golpeó al Jefe de Guerra con su propia frente, como el luchador callejero que fue en otro tiempo. Garrosh cayó de rodillas. La cabeza le colgaba sin fuerza, deliraba del dolor, y Druz disparó su rifle. No acertó. Gallywix se estremeció y cayó. —Y Garrosh se hizo con los tesoros de la cámara —continuó la eremita Shuchun. Ziya permaneció echada en un charco de sangre creciente, no estaba segura de si sería suya, mientras observaba a Garrosh arrodillarse para coger el pergamino. —Pasaron meses —susurró la eremita Shuchun sobre ella—. Y el mundo cambió. Ziya se rindió a la historia, cerró los ojos y... * * * * * ... Se esforzó por volver a abrirlos. Le estaba entrando sangre en el ojo sano. El casco había bloqueado en su mayor parte el golpe del orco. Ziya gruñó y se sacudió la desorientación; al instante rodó hacia la izquierda. La espada del orco se clavó en el suelo justo donde había estado hacía un momento. Saltó con agilidad y colocó las dagas en un arco mortífero. El orco la observó embobado, las dagas le atravesaban la garganta y cayó. Pronto volvería a levantarse. Garrosh creía en un mundo gobernado por los orcos. El pergamino había convertido ese deseo en realidad. Los orcos invadían Kalimdor, esclavizados por un amo diferente a la sangre demoniaca que ya los sometió una vez. Nada podía matarlos, y el pálido vacío del artefacto que los dominaba brillaba en sus ojos vacíos. Teldrassil se vino abajo, consumido por las llamas y el océano. Un hoyo carbonizado era lo único que quedaba en el lugar de El Exodar. Los tauren y los trols, horrorizados ante la devastación, huyeron por el Mare Magnum, con la esperanza de que Garrosh tuviera suficiente con sus victorias. Pero no fue así. Ziya estaba cerca del Puerto de Ventormenta. El último bastión de sus aliados, y antiguos enemigos. Era una batalla que no podían ganar. El sonido de pasos le hizo saltar, con las dagas listas para el ataque. —Tú —dijo. —Yo —confirmó Druz, mientras se colocaba un vendaje desgastado alrededor de un gran corte en el brazo—. Me alegro de verte, Sargento. No llevaba arma. Tal vez la había perdido. O tal vez se había rendido y la había abandonado. No podría culparle en ninguno de los casos. Permanecieron hombro con hombro. La flota orca inundó la concurrida bahía, llenando el puerto de cientos de guerreros aullantes. Los tauren morían junto con los humanos, los enanos y los elfos de sangre, pero demasiado tarde. Era demasiado tarde. El orco que se encontraba a los pies de Ziya se movió, sus terribles heridas se estaban cerrando. —Buen pronóstico, ¿eh? —dijo Druz. —Todo esto es culpa nuestra —dijo Ziya con voz queda. Druz esbozó una sonrisa. —Al menos no viviremos para arrepentirnos. Ziya volvió a la carga y Druz la siguió. —Ventormenta cayó. Los orcos dominaron el mundo por completo. Durante un tiempo. El Portal Oscuro, que había quedado sin vigilancia, fue retomado por la Legión Ardiente. Criaturas horrendas surgieron del mar y no encontraron campeones que las detuvieran. Las montañas de Azeroth ardieron y se derritieron. Sus océanos hirvieron hasta que no quedó nada. Y todo fue oscuridad. * * * * * Todo era luz. Que palidecía ya, pero el pergamino en blanco todavía proyectaba una larga sombra delante de la eremita Shuchun y transformaba las gotas de agua que regaban los muros de la cámara de conocimiento en una red de perlas brillantes. La bala permanecía congelada justo delante de Shuchun, la última unión entre los dos goblins y su terrible futuro. La eremita Shuchun extendió la zarpa, agarró la bala y la colocó delicadamente sobre el suelo. —La eremita Shuchun se giró hacia el pergamino —relató—. De algún modo, Druz tenía razón. El pergamino era tan sencillo como cualquier arma. Pero las armas pueden dispararse por accidente. Las balas pueden alcanzar objetivos equivocados. De modo que la eremita Shuchun apuntó con cuidado y dijo: "las imágenes que los goblins habían visto no eran reales". La habitación se retorció, y los goblins cayeron al suelo. Shuchun no se movió ni un milímetro. —Ninguno de los horrores que habían presenciado habían ocurrido realmente. Ziya inclinó la cabeza ante el peso de las menguantes y nauseabundas oleadas de recuerdos de las pérdidas y de las viejas heridas que ya no tenía. Y escuchó: —Todo permanecía igual. Ziya miró hacia arriba para observar la repentina calma. Shuchun guardó el pergamino perfectamente enrollado a su espalda. —¿Ha sido real? —preguntó Ziya—. ¿Algo al menos? Shuchun reflexionó la respuesta —Dormirás mejor —contestó— si no respondo a la pregunta. Extendió las zarpas para ayudarles a levantarse. Ziya tomó una. Druz no lo hizo. —¿Podrías haber usado así el pergamino en cualquier momento? —inquirió en tono acusador. —Sí. —Me has hecho hacer cosas... —¿Que yo te he hecho hacerlas? —espetó Shuchun, sin resto de su suavidad anterior—. Crees que la paz es imposible porque nunca lo has intentado. Crees que la guerra continuará porque nunca ha parado, y tomas decisiones difíciles sin miedo a las consecuencias. Has elegido tu camino —afirmó la eremita Shuchun, y tomó aliento—. Y yo te he salvado de él. Druz hizo un gesto de incomprensión. —¿Pero para qué nos trajiste a la cámara de conocimiento entonces? ¿Por qué no hiciste que olvidásemos que la habíamos encontrado? Ziya comprendió que estaba suplicando. La sonrisa de Shuchun era amable pero al mismo tiempo implacable. —Tal vez necesitases aprender el coste que tienen las respuestas simples —contestó. * * * * * Se despidieron en la playa, rodeados de un aire salado y fresco. —¿Tienes un lugar seguro para esa cosa? —preguntó Druz, haciendo un gesto hacia el pergamino. Algo se había roto en él; eso estaba claro. Pero se había vuelto a forjar en algo diferente. Más fuerte. —Sí —contestó Shuchun. —Bien. Sargento, tómate un tiempo de descanso. Pagado, por supuesto —añadió cuando Ziya abrió la boca—. Asegúrate de que la eremita llega a su destino. Y subió por la cuerda hasta el superzepelín sin decir ni una palabra más, una mano tras otra. Ziya y Shuchun se alejaron de la costa por un camino ascendente. El superzepelín se tambaleó en la distancia como si el piloto estuviese borracho. Probablemente lo estaba. —¿Hacia dónde? —preguntó Ziya. —Por aquí —contestó Shuchun mientras señalaba con el dedo—. Tenemos un largo camino por delante. Ziya giró el anillo que llevaba colgado al cuello. Para su sorpresa, estaba sonriendo. Sería agradable proteger en lugar de atacar, aunque fuese por una vez. Creer que la guerra y todos los horrores que la acompañan podrían acabar. Viajaban en silencio. —¿Quieres que te cuente una historia? —preguntó Shuchun.
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    Eremitas - El Pergamino en Blanco por Gavin Jurgens-Fyhrie Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF Descarga el .ePUB Descarga el .MOBI —A ver si lo he entendido —dijo Ziya, mientras afilaba sus dagas—. ¿Quieres que te cuente una historia? Se sentó con Arko apoyando la espalda contra la pared de un acantilado en la costa norte de Pandaria para cobijarse del viento más recio. No podían arriesgarse a encender una fogata; los diez escuadrones de saqueo goblin desperdigados por el continente llevaban semanas asaltando cámaras de tesoro, templos y armerías, y por algún motivo no eran demasiado populares entre los locales. El escuadrón de Ziya no estaba en su mejor momento. Luki estaba en la enfermería con una herida de Pinzaespina en... una zona delicada. La maestría de Zuzak con las bombas no se había extendido a las mechas. Strax, desobedeciendo las órdenes de Ziya, había intentado robar a un pandaren viajero solitario que resultó ser un monje del Shadopan sin el más mínimo sentido del humor. Arko, que no hacía más que prenderse fuego a los ropajes con sus propios hechizos, era el último superviviente. Ziya no tenía ni idea de cómo. —¡Sí! —dijo el pequeño mago—. Va a ser una noche larga. Tú has visto muchas cosas, ¿no? ¿Qué tal una historia de guerra? —¿Qué guerra? —Ziya soltó un bufido. Una ráfaga de viento frío se elevó desde el océano y le dio de lleno en la cara. Con los ojos llorosos, Ziya fulminó con la mirada el distante, reluciente y cálido superzepelín del príncipe mercante Gallywix que se sobrevolaba las oscuras olas. Gallywix, para sorpresa y horror de sus goblins de Pandaria, había decidido supervisar personalmente la Iniciativa escuadrón de saqueo para "inspirar" a sus tropas. Pero lo único que había inspirado hasta el momento, como de costumbre, era desprecio. Incluso desde donde se encontraban, se podía oír de vez en cuando la música festiva proveniente del océano. Arko estaba temblando, por lo que se acercó a ella en busca de un poco de calor. Ziya hundió con aire despreocupado una daga en la arena que los separaba. —¿A qué te refieres con: qué guerra? —dijo Arko, observando con tristeza la daga. Ziya suspiró. Incluso para ser un goblin, estaba muy verde. —Veamos —contestó ella, envainando su daga y contando con los dedos—. Me he enfrentado a la Alianza, a cultores Crepusculares, a elementales, a no-muertos, a mántides, al sha, a un dragón, una vez. Ah, y a Gallywix cuando trató de esclavizarnos a todos... vaya, me he quedado sin dedos. —Va a ser una noche larga —repitió Arko—. Vamos, Sargento. Ziya entornó los ojos. —Bueno, pero nada de historias de guerra —contestó. —¿Por qué? —Porque —añadió mientras jugueteaba con el anillo que llevaba colgado del cuello— esas son historias personales. ¿Qué tal... la historia de Rakalaz? ¿La conoces? —No. —Eres un chico de la superficie, ¿eh? Yo crecí en Pyrix, una de esas ciudades de los sumideros de Minahonda que nadie conoce... —¡Yo la conozco! —añadió Arko con amabilidad. —Genial —contestó Ziya—. Cállate y escucha. —Hace cien años, el príncipe mercante Leeko estaba enviando a kaja'mineros a zonas más profundas que nunca. Tenías que haber encontrado toda una vagoneta de mena para que tus sobrestantes te permitiesen volver a casa. Bastante tarde una noche, en plena oscuridad, un minero llamado Miz destruyó lo que creía que era un muro de roca y encontró... Ziya hizo una pausa. Arko no había hablado. Incluso el viento se había calmado. Pero creyó que había oído el eco susurrante de sus palabras unos instantes después de pronunciarlas. —Un agujero. N... no —continuó Ziya, recordando en ese momento lo que odiaba esa historia cuando era niña—. Un vacío. Y al fondo, dos lunas, pálidas y redondas. Eran los ojos de Rakalaz, que le observaban. El oleaje se elevaba en la costa. Arko tragó saliva. Ziya se humedeció los labios y continuó: —Soltó un rugido y comenzó a trepar hacia... Ziya se había puesto en pie de un salto con sus dagas apuntando a sus antebrazos antes de saber siquiera por qué. Las estrellas se habían desvanecido. —¿Qué? ¡¿Qué pasa?! —gritó Arko. Ziya sonrió a su pesar. Probablemente Arko pensó que Rakalaz les atacaba. Sintió cómo el frío le recorría la espalda. La costa había desaparecido, las olas se habían detenido. El aire era rancio, oleoso y familiar. Era el olor de Minahonda. Como invocada por la historia, una mano pálida gigantesca de ocho dedos surgió explosivamente del suelo a unos veinte metros de distancia y agarró la arena. Rakalaz se elevó, sus ojos refulgentes de reptil observaban a ambos por separado. La mente de Ziya aullaba, pero su cuerpo agarró a Arko por los ropajes. —Haz una señal al zepelín —le susurró al oído. Rakalaz luchaba para liberarse la pierna, lanzaba zarpazos contra ellos, pero fallaba. Aullaba y despedía un aliento tan pestilente como el de un millar de basureros de Minahonda. Arko gimoteó, pero no se movió. —¡Arko! —gritó Ziya—. ¡Dile a los del superzepelín que estamos aquí! Puede que haya alguien lo bastante sobrio como para enviar refuerzos. ¡Cuidado! Agarró al diminuto Arko, se giró y aprovechó el peso de este para apartarlos a ambos. Las garfas se incrustaron en la sólida roca en el lugar en el que se encontraban hacía un instante, y arrancaron un pedazo del acantilado. Arko fue el primero en levantarse, sin poder evitar tambalearse. Estabilizó los pies y comenzó a canturrear para invocar una bengala arcana, trataba de invocar la salvación entre sus palmas ahuecadas. Entonces cometió el error de mirar a Rakalaz. Se dirigía hacia él con la mandíbula abierta de par en par, desde la que corrían unas densas babas negras. Arko soltó un alarido, lanzó la bengala sin terminar al aire, y salió corriendo por la playa. Ziya le observó alejarse. Entonces miró el pequeño resplandor generado por la bengala justo antes de que se apagase. —Genial —dijo. La mano de Rakalaz se cerró casi con delicadeza a su alrededor y la elevó, a pesar de su lucha, en dirección a su húmeda mandíbula. Una piedra apareció de pronto proveniente de la oscuridad y acertó contra uno de los ojos de luna. La mano que sostenía a Ziya se abrió espasmódicamente, y Ziya cayó... sobre unos brazos peludos. —Hola —dijo la pandaren, dejándola en el suelo con una fortaleza que parecía no suponerle esfuerzo alguno. Miró hacia Rakalaz y dijo: —Creo que a este no lo conozco. —¿Qué? —A este personaje —añadió su salvadora, con las zarpas en jarras, mientras observaba la pesadilla juvenil de Ziya con ojo profesional. Rakalaz soltó un gruñido y dirigió el ojo bueno hacia ambas, tal vez tratando de dar con la manera de devorarlas a la vez—. Estabas contando una historia y de pronto apareció, ¿verdad? Por curiosidad, ¿cómo acaba la historia? —¿Hablas en serio? —Ziya miró hacia el superzepelín. Sorprendentemente se dirigía hacia ellos lentamente. —Casi siempre —contestó ella— Rápido ahora. —Miz le lanzó su último cartucho de dinamita a la garganta. La sonrisa suave de la pandaren se desvaneció. —Ah, una historia goblin —dijo—. Evidentemente tenía que acabar con explosiones. Que no se te caiga. Ziya se estremeció. De pronto su mano derecha le pesaba más. Y sintió un chisporroteo. Una tranquila certeza la invadió por completo. Había crecido con esa historia. Se había visto en el lugar de Miz; se había imaginado el momento con el vívido terror de una niña. Sin pensarlo ni un instante, tomó impulso y lanzó la dinamita de la historia al interior de la garganta cavernosa de Rakalaz. Rakalaz la miró fijamente, sin comprender, y tragó. Los ojos de Ziya viajaron desde la criatura hasta su palma ya vacía. —¿Mm? —balbuceó de forma ininteligible. La zarpa de la pandaren apareció de algún lugar cerca de los pies de Ziya y la lanzó hacia la arena. Tras un corto e interesante periodo de tiempo en el que reinaron el estruendo y las salpicaduras, Ziya levantó la cabeza. Los restos carbonizados fueron desapareciendo mientras los observaba. El agujero del suelo se iba cubriendo de arena. Pronto pareció que no había sucedido nada en ese lugar. Las piezas encajaron. —Lo he hecho yo —dijo. —Sí —contestó la pandaren, mientras se levantaba y se sacudía la arena con grácil precisión. El superzepelín de Gallywix estaba ya tan cerca que podían ver los toboganes de ron y los jacuzzis de néctar del interior de los niveles inferiores de la nave—. Comenzaste una historia y la has acabado. En eso consiste contar historias, lo demás son tonterías. —Pero hemos sobrevivido. —¿Y bien? —dijo la pandaren mientras miraba con desaprobación el superzepelín. —Miz no sobrevivió a la explosión en la historia. La pandaren sonrió. Tenía los dientes afilados y blanquísimos. —Bueno, me alegro de que no me lo dijeras antes. * * * * * Algo no iba bien. El superzepelín sobrevolaba las olas. Los focos se desplazaban entre Ziya, la pandaren Shuchun y el agujero que había hecho Rakalaz en el acantilado. Shuchun era una eremita, una ocupación que Ziya no comprendía bien. Los eremitas contaban historias. Buscaban artefactos antiguos de Pandaria. Y si Shuchun servía de ejemplo, hablaban despacio y sonreían mucho. Rodeada por el llameante círculo de luz, la eremita miró hacia arriba, le dio otro bocado a su rollito frío de ave silvestre, y masticó concienzudamente. —Deberías salir de aquí —dijo Ziya—. Gallywix está ahí mismo. En cualquier momento podría darle por lanzarnos megabombas solo por diversión. —¿Ah, sí? —contestó Shuchun, mientras tragaba—. He oído hablar de él. Pero creo que me voy a quedar. —¿Por qué? —Esperemos que no lo descubras. Se sentaron mientras reinaba un silencio incómodo. Por fin, Ziya dijo: —Gracias por el rescate. Tal vez debería decirte que... —¿Que estás aquí para robar tesoros y artefactos? —interrumpió Shuchun—. Ya lo sé. He venido a impedírtelo. —¡Pero me has salvado! —He dicho a impedírtelo, no a matarte —aclaró Shuchun amablemente. —Ah. ¿Y cómo hice aparecer a Rakalaz? —Magia —contestó Shuchun. —Magia. —Sí, magia —la eremita asintió—. Me alegro de que lo tengamos claro. —¡Pero eso no explica nada! —Te acuerdas —inquirió Shuchun— cuando te dije que esperaba que no descubrieras por qué sigo aquí, ¿verdad? —Sí. Lo has dicho hace como unos diez segundos. —Bueno, pues lo digo de verdad, de verdad de la buena. Una soga se desenroscó desde la cubierta distante formando una espiral irregular, hasta extenderse completamente a tan solo unos metros. Desde lo alto, una figura oscura saltó por encima de la barandilla y descendió a toda velocidad agarrándose con tan solo una mano. A mitad de camino, Ziya soltó una maldición. No se trataba de un asesino, ni de un matón, ni de ningún otro criminal a sueldo. Esto era algo peor. Druz, el déspota jefe de Gallywix, posó los pies en la arena. Su armadura de cuero estaba hecha a medida, como si se tratase de un traje. Llevaba una caja estrecha bajo el brazo musculado. Se decía por ahí, que Druz había crecido con Gallywix en Kezan. No tenía mala fama, porque nunca le habían cazado haciendo nada realmente horrible. Pero a veces, a los enemigos de Gallywix les ocurren cosas terribles, y Druz siempre era uno de los primeros en expresar sus condolencias. —Sargento —dijo Druz, haciendo un gesto con la cabeza a Ziya—, eremita Shuchun. Un momento, por favor. Se arrodilló en la arena y abrió la parte trasera de la caja delante de ellas. Sonó un ligero clic tras la pared de cuero. Ziya soltó un ligero quejido. Ese era otro detalle inquietante. Druz siempre parecía saber demasiado de todo el mundo. Nombres, rangos, fortalezas, debilidades... No estaba muy segura de si se trataba de investigación, espionaje o magia. No le sorprendió que el déspota llamase a la eremita por su nombre. Probablemente conociera los nombres, la talla de calzado y la bebida favorita de todos los habitantes de Pandaria. —Vi a Rakalaz desde el puente —dijo Druz mientras seguía manipulando la caja—. Menudo bicho. Odiaba esa historia cuando era niño. Clic. Clac-clic. —Bueno —concluyó finalmente—. Gracias por rescatar a nuestra empleada, eremita. Que pases buena noche. Y esperó. La sonrisa de Shuchun se hizo aún más amplia. Druz hizo un gesto con la cabeza y extendió el brazo para sacar algo de la caja. Ziya agarró instintivamente sus dagas... Druz lanzó una bolsa enorme de oro, o eso creyó Ziya a juzgar por el sonido tintineante que emitía, a los pies de la eremita. —Evidentemente, hay una recompensa. Mis saludos para la pequeña Fen. Tengo entendido que pronto será su cumpleaños. —¿Eso es una amenaza? —contestó Shuchun con tono calmado. Y se levantó lentamente. Druz suspiró. —No. Era mi forma de ser amable. Te ofrezco una recompensa. Te despido con mis mejores deseos para tus seres queridos. Era completamente lo opuesto a una amenaza. En un instante, Druz sacó un gran rifle de la caja, lo apuntó hacia Shuchun y lo amartilló. Las armas surgieron por ambas partes con la presteza de una máquina bien engrasada. —Ahora sí —dijo—, esto es una amenaza. Así que lo repetiré: coge tu recompensa y lárgate. —Lo has visto, ¿verdad? —inquirió Shuchun. —¿Que si he visto qué? —contestó Ziya. —Hay una puerta dorada detrás del agujero del muro —contestó Druz, señalando el lugar en el que Rakalaz había destrozado el acantilado. El peso del arma que sujetaba con una mano no parecía importunarle—. Y nos la vamos a quedar, igual que lo que sea que haya en su interior. —Me da igual el arma con la que decidas apuntarme —dijo Shuchun, mientras movía un pie hacia atrás con lenta elegancia—. No pienso dejarte entrar en la cámara de conocimiento. —Mira —añadió Druz con aire razonable—. Pongamos las cartas sobre la mesa. Parece que hay un arma ahí dentro que puede hacer que aparezcan monstruos de la nada. La queremos, y no merece la pena que pierdas la vida por ello. —Te detendré si tengo que hacerlo —replicó Shuchun. —Vale. Supongamos que acabas conmigo. —Un foco de la nave le iluminó de lleno, por lo que entornó los ojos—. El superzepelín va a acribillar la zona a cañonazos hasta que consiga acceder a la cámara. De todos modos sales perdiendo. Apareció una daga en su garganta. —Me da la extraña sensación —le dijo Ziya— de que la vas a disparar en cuanto se dé la vuelta. —Probablemente no —contestó Druz. Pero no bajó su arma. —Ese "probablemente" no me resulta muy tranquilizador. Digamos que me ha caído bien. Además, me da también en la nariz que pretendes entrar solo en la cámara. —Sí. ¿Y? —Pues está el pequeño detalle de mi recompensa por haberla encontrado. —Tu escuadrón aún no ha encontrado nada. —Exacto. Shuchun observó con curiosidad a la pareja mientras discutía sobre obligaciones contractuales y tasas de peligrosidad. Se volvió a sentar; se comió un par de albóndigas de curry que llevaba en la bolsa, y esperó, ignorando por completo el inmóvil cañón del arma. Finalmente, dijo: —No es una cámara. Su voz, firme y profunda, cortó la discusión con la eficacia de un filo incandescente. Ambos goblins se giraron para mirarla. Druz la observó con patente sospecha. —Pero dijiste que... —Dije que era una cámara de conocimiento. Utiliza historias pandaren a modo de trampa para proteger artefactos peligrosos. No quiero ni pensar lo que le ocurriría a cualquiera que entrase ahí sin la guía adecuada. ¿Una albóndiga de curry? —ofreció, extendiendo la mano en la que sostenía una. —¿Me estás ofreciendo tus servicios? —preguntó Druz. —¿Por dinero? Desde luego que no —contestó Shuchun—. Pero sin mí, ambos seréis devorados, o algo peor. Así que, os llevaré dentro y trataré de convenceros de que esto es un error. La eremita miró fijamente el rifle y después la daga, hasta que ambos goblins bajaron sus armas. Entonces, sonrió, se puso en pie y comenzó a narrar la historia con una voz potente que se superpuso al rugido de las olas. —La eremita estaba decidida —comenzó—. Se giró hacia la cámara de conocimiento, que al reconocerla por lo que era, se abrió. El acantilado se abrió con un estruendoso chasquido, y desprendió grandes cantidades de arena y de pedazos de roca. En la oscuridad del interior había una puerta dorada redonda lo bastante grande como para que un dragón la atravesase volando. Hasta el último recodo de la superficie estaba cubierto de figuras grabadas, miles de personajes en miles de historias, una tras otra. El delirante despliegue de focos que bañaba la puerta hacía que diera la sensación de que las figuras se movían... La puerta giró y se abrió revelando unas escaleras que descendían hacia un piso inferior. * * * * * La eremita Shuchun caminó delante de los dos goblins y avanzó por el curvado pasadizo de piedra. Una vez que había quedado claro que nadie iba a traicionar a nadie de manera inminente, los goblins se relajaron. El aire permanecía en calma y templado. Como expectante. Ziya rompió el silencio: —No lo entiendo. —¿El qué? —preguntó Druz. —A ti. Eres reservado y competente. ¿Cómo acabaste trabajando para "Hola, he tallado mi cara en una montaña" Gallywix? —Sr. Gallywix —corrigió Druz—. O príncipe mercante Gallywix. Nunca Gallywix a secas. Y puede que tú no le conozcas tan bien como yo. —No hay nada que conocer —replicó Ziya—. Es un monstruo. No tiene dos dedos de frente. —Claro —añadió Druz—. Y sin embargo, de algún modo, consigue mantenerse en el poder a pesar de que la mayoría del resto de príncipes mercantes y goblins quieren verle muerto. Hasta su propia madre intentó matarle en dos ocasiones. Da que pensar. El camino giró de pronto hacia la derecha. Poco a poco, las suaves paredes se convirtieron en muros dentados de ladrillos antiguos. De las grietas manaba un lodo pestilente. Ninguno de los goblins se dio cuenta. Shuchun hizo una mueca al observar el techo. —De eso nada —espetó Ziya—. ¡Nos esclavizó cuando abandonamos Kezan! ¡A su propio pueblo! —No fue culpa suya que no tú no tuvieras tu propio barco —contestó Druz—. Además, tú conseguiste luchar por tu libertad. Hiciste bien. Y estoy seguro de que ahora ya no te fías de cualquiera así como así. La suave curva se convirtió en una intersección en cuatro direcciones. Shuchun giró a la izquierda sin vacilar y los goblins la siguieron. —Esa es otra cuestión —gruñó Ziya (sabía que en eso él tenía razón) —, pero ¿estás seguro de que quieres entregarle esta arma, sea lo que sea, a Gallywix? Sabiendo lo que le gusta hacerle la pelota al lunático de nuestro Jefe de Guerra... —Sr. Gallywix —puntualizó Druz con aire de reprobación—. Y entre tú y yo, y nuestra guía, buscamos ventaja, no poder. Al principio buscábamos la paz entre la Horda y la Alianza, aunque después de lo de Theramore... —Paz —dijo Ziya—. Gallywix quiere la paz entre la Horda y la Alianza. —Sí —contestó Druz, y levantó las cejas ante el tono iracundo de la voz de Ziya. —¡Pero si son peores que él! Si volvemos ahora, nada habrá... —Espera —la interrumpió Druz. Habían cruzado ya varias intersecciones sin detenerse—. Eremita, ¿dónde estamos? —En una historia —contestó Shuchun con la vista clavada en el suelo. —¿En cuál? —En una que no es precisamente feliz, si no me equivoco —explicó ella, mientras reducía el paso para permitir que los goblins la alcanzasen—. Pero quiero asegurarme antes de... Bueno, es igual —señaló—. Estoy segura. Sus pasos resonaban delante de ellos. De algún modo habían estado avanzando en círculo, pero había algo extraño en todo ello. Resonaban otros pasos que aceleraban el ritmo tras ellos, asimétricos y temibles. Y si habían estado avanzando en círculo... —No os volváis —les dijo Shuchun. —Pero... —replicó Ziya, mientras sentía que el terror le avanzaba por la columna vertebral. Los pies ansiosos golpeaban la piedra tras ellos, cada vez más cerca. —No os volváis —repitió—. Porque este es El Laberinto del Emperador Loco Ku. El emperador Ku —continuó la eremita Shuchun— estaba sometido a sus temores. Creía que los mogu iban a regresar. La confusión de su paranoia le hacía ver traición tras cada sonrisa, un complot tras cada reverencia de devoción y trampas arteras en las benignas profecías de los oradores del agua jinyu. Por lo que hizo construir un laberinto bajo su palacio con una cámara segura en el centro. Cuando el temor volvió a asaltarle, Ku huyó a la sala, cerró la puerta y esperó a que el terror remitiera. Pero nunca volvió. El laberinto se había construido de manera tan magistral que el Emperador no consiguió recordar el modo de salir. Mientras se mordía el labio de forma inconsciente, Druz trató de girar la vista hacia... Sin apartar los ojos del túnel que tenía delante, Shuchun le golpeó en la oreja. —Ay. No vuelvas a hacer eso. —¿Qué más te da? —contestó tranquilamente Shuchun, y su voz se superpuso a los gruñidos que soltaba la criatura que se les acercaba—. Total, no la estás usando para escuchar. No. Te. Vuelvas. —¿Por qué? —Creo que está intentando decírnoslo —añadió Ziya, con los ojos cerrados ya fuera por miedo o en actitud de oración. —Las partidas de búsqueda a veces le oían llamar —continuó Shuchun—. Pero pasaron los años. De vez en cuando algún explorador accedía al laberinto y salía corriendo despavorido, gritando, ya que el tiempo que Ku había transcurrido en la oscuridad le había transformado en algo terrorífico para la vista... —¿Qué hacemos? —susurró Ziya. Se oían garras que arañaban los muros detrás de ellos. La boca recta de Druz dejaba entrever un gesto tenso, y no apartaba las manos del rifle enfundado. —Estamos reviviendo la historia —dijo la eremita—. Un pequeño llamado Li Tao persiguió a su cachorro de bandipache hasta el laberinto. Pronto se dio cuenta de que le estaban siguiendo. Una enorme cabeza colgaba más allá de los límites de su campo de visión. La respiración lenta y sollozante impregnaba de calor y de un hedor amargo sus rostros. —A pesar de que estaba demasiado aterrado como para mirar, el pequeño Li Tao comprendió que aquí había alguien aún más asustado que él. Así que extendió la mano hacia atrás... Ella extendió su mano. Una enorme zarpa deformada se cerró sobre ella con delicadeza. —... Y guió al pobre emperador Ku hasta la salida del laberinto. De pronto la luz solar, blanca y cegadora, apareció delante de ellos. Ziya y Druz deseaban a toda costa un poco de tranquilidad, por lo que aceleraron el paso en dirección a la luz. Llegaron a la zona iluminada. Y ambos goblins se estremecieron al mismo tiempo. El Emperador había desaparecido. Igual que el laberinto. La eremita Shuchun miró con tristeza su zarpa vacía. —El miedo y la paranoia convierten a nuestros enemigos en monstruos —sentenció con voz suave—. Alguien tiene que ser el primero en tender la mano. * * * * * Continuaron avanzando en la zona iluminada, seguían los pasos de la eremita. —¿Dónde estamos? —preguntó Druz. —En la cámara de conocimiento —contestó Shuchun. —Muy útil —espetó Ziya—. ¿En qué historia? ¿En "La luz del eterno aburrimiento"? —A mí me gusta el aburrimiento —contradijo Druz—. Es muy raro que trate de matarte. —Sí, estoy segura de que vives una vida peligrosa —respondió Ziya. Druz levantó una ceja. —¿Quieres decirme algo? —Pues ya que lo preguntas, sí —respondió Ziya, girándose hacia él—. A ti te resulta fácil hablar de paz. Llevas años viviendo a todo lujo con Gallywix mientras yo he estado en campos de batalla. Todos mis compañeros están muertos. La paz no es posible, Druz. ¡Si hubieses luchado tan solo una vez en las primeras líneas de fuego, lo sabrías! La luz parpadeó suavemente una vez. La eremita Shuchun se detuvo y olisqueó el aire. Ziya agarró el anillo que llevaba colgado al cuello hasta hacerse daño, esperaba que Druz la gritase. Quería que lo hiciera. Pero en vez de eso, suspiró. —¿Recuerdas las Guerras Mercantes, Sargento? —dijo. —Ca... casi nada —balbuceó Ziya—. Era demasiado joven. —Yo no. Los cárteles enfrentándose entre sí. Los hermanos luchando contra sus hermanas. Entonces no trabajaba para el Sr. Gallywix todavía, como ya sabes. Y tienes razón, nunca he visto la primera línea de fuego, porque en las Guerras Mercantes no había frente. Luchábamos en túneles y almacenes por toda Minahonda. Las emboscadas no eran maniobras de ladrones sofisticados en campo abierto, sino un malnacido que le daba una patada a una pared que creías que era sólida. Pero evidentemente, la Guerra de la Paz fue peor. En ese momento la luz parpadeaba más rápidamente. Druz miró a su alrededor, y sacó el rifle mientras hablaba. —Es imposible detener la guerra, Sargento. Al menos durante mucho tiempo. Siempre vuelve. Y el Sr. Gallywix siempre gana. A veces por colocar la bomba adecuada en el momento adecuado. Otras veces gracias a una alianza con un bobo poderoso. Y en otras ocasiones podemos usar un arma terrorífica como elemento disuasorio. —Y ahora tu maestro estratega cree que la paz es lo mejor —dijo Ziya entornando los ojos con desaprobación. —Exacto —contestó Druz con calma. —Imposible —contradijo Ziya—. Si la Alianza no acaba con los miembros de la Horda uno por uno, nos esclavizará como hizo con los orcos. —La verdad —dijo Druz— es que estoy de acuerdo contigo. —¿En serio? —Sí. Nunca he visto al Sr. Gallywix equivocarse, pero la verdad es que no apostaría ni una pieza de oro a favor de que consiga la paz. Es capaz de enemistar al resto de príncipes y princesas mercantes entre ellos y aun así quedar como pacificador y bienhechor, pero ¿con los piel rosada y sus aliados? Creo que deberíamos seguir luchando. —Alto —interrumpió la eremita Shuchun. Y a pesar de la suavidad que le imprimió a su tono, la palabra mantenía la cruda potencia de una orden. La luz que los rodeaba resplandecía ya como un fuego fuera de control, de un blanco sangrante. El calor se cernió sobre ellos como una manta seca y áspera. El vacío blanco se transformó en dunas que se curvaban en todas direcciones. Un desierto infinito. Un guantelete formado de arena surgió de la duna más cercana. Después emergió otro. A continuación siete más. —Me lo imaginaba —dijo la eremita Shuchun, satisfecha—. Esta es una de mis favoritas. "Di Chen y el desierto": el orgulloso Di Chen era el mejor luchador de su tiempo. No había monje que lo superase. Esquivaba flechas en vuelo con una facilidad pasmosa. Las montañas no eran más que ligeros inconvenientes que podían saltarse o patearse. Se aburría horriblemente. Tanto, que en su desesperación, Di Chen le pidió a Lui Ka, la bruja del desierto, que le ofreciese un auténtico desafío. Divertida ante su arrogancia, la bruja le concedió el deseo: se enfrentaría al propio desierto. Cada grano de arena se convirtió en un guerrero empeñado en matar a Di Chen. Los guerreros comenzaron a acorralarle. Parecían mogu, con armadura de placas y guanteletes en las manos. —Así que estos tipos están empeñados en matarnos —interrumpió Druz arrugando la nariz. —Sí, claro —contestó Shuchun. —Bien —añadió Druz, y disparó. Sus cabezas de arena estallaron—. Empezaba a creer que me había traído el arma para nada. ¿Sargento? —Estoy en ello —contestó Ziya. Druz se apoyó sobre una rodilla para recargar, y Ziya saltó sobre su ancha espalda y clavó sus dagas en el pecho del guerrero más cercano. Este tropezó y se derrumbó, quedó reducido a una montaña de arena. Lanzó una de las dagas contra el rostro que gruñía detrás de esta, y se lanzó hacia el enemigo en plena desintegración para recuperar el arma, se encogió, y saltó justo en mitad de los tres restantes. El acero formó una espiral, y los soldados cayeron hechos pedazos. Una brisa cálida se arremolinó en el vacío desierto. Ziya volvió con una sonrisa dibujada en el rostro, mientras envainaba sus dagas... Otros treinta guerreros emergieron de las dunas, lanzando gritos de rabia y de odio.
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    Como dice Naur, en Warcraft la palabra "hechicero" es un mero sinónimo, sin uso despectivo. Tal es así que uno de los principales magos de Ventormenta, Andromath, lleva el título de Sumo Hechicero. Con lo que respecta a la historia de los RPG, sólo haré una mera aclaración. La primera tanda de RPGs (los Warcraft RPG), eran de una empresa que desarrolló el RPG con poca incidencia de Blizzard. Ese conjunto de libros era en sí D&D con lore de Warcraft; por ende, las mecánicas mágicas de D&D se implantaron en el lore de esos libros. Es en estos en que se incluyen los hechiceros. Sin embargo, esto cambió con la segunda edición de RPG, los World of Warcraft RPG, que fueron escritos ya con mayor implicancia de Blizzard (aunque no total). Estos RPG se diferencian de los anteriores porque tienen una sistema más o menos nuevo y diferente al de D&D: es más fiel al lore del Warcraft. Ya en esta nueva edición no existen los hechiceros como clase aparte; son sólo un nombre más para un mago, como puede serlo zahorí (wizard), taumaturgo (spellcaster), etc. De todas formas, cuando Blizzard decanonizó los RPG, la discusión ya quedó cimentada. Eso sí, en Warcraft existe una discriminación hacia los magos autotidactas o que no forman sus habilidades bajo la tutela de las academias. Son considerados peligrosos o inestables, pero no hacen magia de una manera diferente a los magos de academia. La diferencia radica en el modelo de aprendizaje. Igual, quiero recalcar que es muy dificultoso ser un mago autodidacta. Para usar una analogía con el mundo real: no es nada fácil ser físico nuclear sin ir a la universidad y sin recurrir a material de estudio, sin guía alguna de parte de un tutor. Roza lo imposible.
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    Entiendo. No hay problema. Sólo ten en cuenta eso: anticonceptivos y técnicas de aborto han existido siempre. Lo que ha cambiado es la concepción que se tiene sobre esas cuestiones en cada cultura. Ja ja ja ja Que bueno tener otro compatriota en el server.
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    Agradezco la correctísima respuesta de Natea. De todas formas, sí informaré que desde antaño (y con antaño me refiero a varios milenios atrás) existen métodos anticonceptivos y abortivos, basándose en el uso de hierbas específicas, de aplicación de presión, la realización de actividades pesadas, el coitus interruptus, y otras cosas. En mi opinión, bastaba que busques un artículo en Internet sobre "Historia de la Anticoncepción" o "Historia del Aborto" para que te informes de técnicas que son diferentes a las "modernas". Pero igual te respondo para que no te quedes con la duda.
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    Es exactamente lo que dijo Naur. Y no sólo se vieron afectados los Aspectos, sino sus vuelos también. Por ejemplo, los dragones de bronce ya no pueden manipular el tiempo como antes ni los dragones verdes pueden proteger de forma tan sencilla el Sueño Esmeralda. Es por eso que, después del final de Cataclismo, los mortales deberán empezar a hacerse cargo de proteger lo que antes protegían los dragones.
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    De acuerdo a la página 83 de Devastación, se trata de metal fundido (al menos en la Gran Forja). Es probable que se mantenga caliente por algún contacto con el manto de Azeroth, aunque eso ya es una especulación.
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    Hasta donde yo sé, no se ha desarrollado este aspecto en las diferentes culturas de Azeroth. Aunque es probable que esa representación que se tenga sobre la muerte incluya o bien la palidez mortuoria o bien la presencia de huesos.
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    Intacto por Micky Neilson Léela en el Sitio Oficial Todo lo que existe está vivo. Esas palabras se habían convertido en un mantra en su cabeza, un refuerzo constante a su recién hallado entendimiento. Aún más importante, eran una epifanía, la llave para desbloquear un universo de conocimiento totalmente nuevo. Y la epifanía era por lo que se encontraba él aquí. Nobundo se reconfortaba en aquellas palabras a medida que, lentamente, atravesaba con suma dificultad el bosque de la Marisma de Zangar, lleno de setas colosales con brillantes esporas verdes y rojas entre la niebla matutina. Atravesó los chirriantes puentes de madera que sorteaban las aguas poco profundas de la marisma. En tan sólo unos instantes se encontró a sí mismo en su destino, contemplando las radiantes láminas de una seta que hacía parecer pequeñas a todas las demás. En lo alto de su sombrero, le esperaba el asentamiento draenei de Telredor. Continuó turbado, apoyándose pesadamente sobre su bastón y maldiciendo el dolor de sus articulaciones mientras subía en la plataforma que le llevaría a la cima. Estaba preocupado, pues aún no sabía cómo iban a reaccionar los demás. Había existido un tiempo en el que no se había permitido a su gente el acceso a los asentamientos de los no afectados. Se van a reír de mí. Aspiró una bocanada del frío y neblinoso aire de la marisma y le pidió que le proporcionara valor para afrontar el reto que ante él se presentaba. Cuando la plataforma se detuvo, Nobundo atravesó los arcos de la entrada arrastrando los pies, bajó unas empinadas escaleras y continuó por el rellano que daba a la pequeña plaza del asentamiento, donde la asamblea ya se había reunido. Observó las expresiones serias de los diversos draenei cuyas desdeñosas miradas de superioridad estaban fijas en él. Después de todo él era un Krokul: “Tábido". Ser Tábido era ser un infame y un paria. No estaba bien y no era justo, pero era la realidad que se había visto obligado a aceptar. Muchos de sus hermanos y hermanas no afectados no podían comprender cómo había tenido lugar el deterioro de los Krokul, especialmente en el caso de Nobundo. ¿Cómo podía haber caído tan bajo alguien tan favorecido por la Luz y con tanto talento? A pesar de que el propio Nobundo no sabía cómo, sí que sabía cuándo había sucedido. Recordaba con claridad apabullante el momento exacto que había marcado el inicio de su propia decadencia personal. * * * * * El cielo lloraba mientras los orcos asediaban la Ciudad de Shattrath. Habían pasado muchos largos meses desde que la lluvia había bendecido las tierras de Draenor, pero ahora unas nubes negras enturbiaban el cielo, como si de una protesta ante la batalla que se avecinaba se tratara. Leves chubascos empapaban la ciudad y al ejército que se encontraba fuera de sus murallas, convirtiéndose progresivamente en un constante aguacero mientras ambos bandos observaban y esperaban. Deben de ser miles, especulaba con amargura Nobundo desde su posición en lo alto de la muralla interior. Al otro lado de la fortificación, las sombras se movían entre los árboles del Bosque de Terokkar iluminadas por antorchas. Quizá, si los orcos se hubieran tomado el tiempo de planearlo todo con más cautela, habrían desforestado la región para preparar ataque, pero, por aquel entonces, la estrategia de los orcos brillaba por su ausencia. Para ellos todo se reducía a la emoción de la batalla y a la satisfacción inmediata del derramamiento de sangre. Telmor había caído, al igual que Karabor y Farahlon. Muchas de las ciudades draenei, otrora majestuosas, yacían ahora convertidas en ruinas. Shattrath era la única que resistía. Lentamente, el ensamblaje orco fue maniobrando hasta estar en posición, trayendo a la mente de Nobundo imágenes de una gran serpiente de grandes colmillos, enroscándose para preparar el ataque. No es que se suponga que vamos a sobrevivir. Sabía perfectamente que tanto él como los demás que se hallaban allí reunidos aquella noche no eran más que un sacrificio. Se habían ofrecido voluntarios para quedarse atrás y luchar su última batalla. Su inevitable derrota aplacaría a los orcos, de modo que estos darían por hecho que los draenei habían sido diezmados hasta la extinción. Aquellos que habían buscado cobijo en otros lugares sobrevivirían para volver a luchar en otro momento, cuando la balanza estuviera más equilibrada. Que así sea. Mi espíritu continuará vivo, volviéndose uno con la gloria de la Luz. Envalentonado, Nobundo se alzó en toda su magnitud preparando su fuerte y atlética corpulencia para lo que iba a ocurrir. Su gruesa cola se movía de un lado a otro con ansia mientras él apoyaba todo su peso en sus dos leoninas piernas y enterraba las pezuñas en la sólida mampostería de piedra. Respiró hondo, agarrando con fuerza el mango de su pesado martillo, bendecido por la Luz. Pero no moriré sin luchar. Él y los otros Vindicadores, guerreros sagrados de la Luz, lucharían hasta el final. Miró a sus hermanos, colocados en intervalos a lo largo de la muralla. Al igual que él, se mostraban impasibles y decididos, habiendo aceptado el destino que les esperaba. Fuera habían llegado las máquinas de guerra: catapultas, arietes, ballestas, máquinas de asedio de todo tipo que se iluminaban brevemente con la luz de las antorchas. Sus pesados aparatos crujían y gruñían de forma inquietante mientras se colocaban a distancia de lanzamiento de la muralla. Se oían tambores, al principio esporádicos, pero rápidamente se les unieron más y más hasta que el bosque entero respiró con un ritmo que había comenzado suave como la lluvia y que había crecido hasta ser un redoble atronador. Nobundo susurró una oración, pidiendo a la Luz que le diera fuerzas. Hubo un ruido sordo y profundo y el movimiento de las turbias nubes en lo alto resonó con el frenético redoble de los tambores. Durante un segundo, Nobundo se preguntó si, por casualidad, la Luz estaría intentando responder a su oración con una exhibición de poder y furia más allá de lo que nadie pudiera invocar, un gran rayo de fuego sagrado que erradicaría al salvaje ejército sediento de sangre de un solo barrido. De hecho, ocurrió algo después, pero que nada tenía que ver con los sagrados poderes de la Luz. Las nubes tronaron, se revolvieron y estallaron, taladradas por cientos de proyectiles ardientes que se precipitaban contra la tierra a velocidad meteórica y con fuerza devastadora. Un bramido ensordecedor golpeó los oídos de Nobundo cuando uno de los objetos pasó peligrosamente cerca de él, destruyendo un contrafuerte cercano y arrojándole multitud de escombros encima. Como si esperara una señal, la multitud del exterior cargó hacia delante. Sus espeluznantes gritos de guerra resonaban sobre la ciudad a medida que se movilizaban con un singular propósito: destruir todo lo que se pusiera en su camino. La intensidad de la lluvia aumentó cuando la muralla exterior comenzó a temblar con los golpes de las enormes piedras que lanzaban las primitivas catapultas. Nobundo sabía que el muro no aguantaría mucho. Se había construido con prisas: las secciones de la muralla que se extendían sobre el hundido suelo del anillo exterior eran un añadido realizado el año anterior. Esta medida de defensa se volvió necesaria ya que los ogros exterminaban su pueblo de forma metódica y pronto comprendieron que esta ciudad sería su bastión final. Algunos ogros de aspecto brutal intentaron penetrar en una zona de la muralla que ya había sido dañada durante el asalto de meteoritos. Otras dos de las gigantescas bestias golpeaban las puertas principales de la ciudad con un descomunal ariete. Los hermanos de Nobundo lanzaron algunos ataques contra el enemigo, pero por cada enemigo que eliminaban los draenei aparecían otros dos. La sección dañada de la muralla había comenzado a desmoronarse por completo. Una avalancha de orcos enloquecidos gritaba al otro lado, escalando unos encima de los otros en el frenesí de la sangría. Había llegado el momento. Nobundo alzó su martillo hacia el cielo, cerró los ojos y eliminó la insoportable cacofonía de la batalla de su cabeza. Su mente invocó a la Luz y su cuerpo sintió su calor apoderarse de él. El martillo resplandeció. Se concentró en sus intenciones y dirigió sus sagrados poderes hacia los ogros de abajo. Un destello cegador iluminó por completo y durante un breve lapso el escenario de la batalla, seguido del rugido aterrorizado de la avanzada de los orcos al sentir cómo la sagrada Luz los quemaba, dejándolos sin palabras y deteniéndolos durante tiempo suficiente para que varios guerreros draenei pudieran concentrarse en eliminar a uno de los ogros gigantes. El alivio momentáneo de Nobundo fue aniquilado por el sonido de madera astillándose: el último empujón del ariete contra las puertas había dado resultado. Nobundo observó cómo los defensores del Bajo Arrabal corrían para enfrentarse a la marea de orcos y ogros y eran eliminados al instante. Nobundo invocó de nuevo a la Luz, dirigiendo sus poderes de sanación a quién fuera posible, pero los adversarios eran demasiados. En cuanto sanaba a un draenei herido, ese mismo guerrero recibía múltiples ataques brutales en cuestión de segundos. Más ogros colaboraban en la sección dañada de la muralla exterior y comenzaban a tener éxito en su avance. Los defensores, en amplia desventaja y superados en número, estaban apostados a cada lado. Los orcos estaban enloquecidos, embriagados por la sed de sangre. A medida que invadían el anillo exterior, Nobundo podía ver sus ojos: brillaban, ardían con una furia magenta que era a la vez hipnótica y aterradora. Nobundo y los otros Vindicadores cambiaron de táctica, pasaron de curar a purgar. De nuevo, la ciudad se vio bañada en un resplandor brillante al tiempo que decenas de orcos eran golpeados por la Luz, el brillo magenta disminuía en sus ojos momentáneamente, mientras ellos se desplomaban hacia delante para ser eliminados por los guerreros draenei que aún quedaban. ¡Kra-kum! La muralla tembló y las pezuñas de Nobundo se deslizaron por la piedra humedecida por la lluvia. Recuperó el equilibrio y, al mirar hacia abajo, vio a uno de los ogros machacando la base del contrafuerte de la izquierda con un palo del tamaño de un tronco. Levantó el martillo hacia el cielo, pero su concentración se vio interrumpida por otro sonido… ¡Kra-KABUM! Esta vez no había sido el ogro, sino una explosión originada debajo, pero fuera de su campo de visión, que hizo que Nobundo perdiese el equilibrio. Rodó hacia un lado, miró por el borde y vio una ligera niebla roja que cubría el Bajo Arrabal. Los pocos defensores que aún resistían comenzaban a tener arcadas y a asfixiarse. Se agachaban, muchos de ellos dejando caer sus armas. Los bárbaros orcos se deshicieron rápidamente de los guerreros enfermos, deleitándose en la matanza. Cuando terminó la carnicería, miraron hacia arriba, rabiosos y deseando destrozar a los defensores en lo alto de la muralla, arrancándoles las extremidades una a una. Algunos orcos se subieron a la espalda de los ogros, intentando escalar la escarpada superficie con sus manos desnudas. Su agresividad y desenfrenada ferocidad resultaban asombrosas. La neblina se había extendido por todo el Bajo Arrabal y comenzaba a elevarse, oscureciendo poco a poco el tumulto inferior. Nobundo escuchó un alboroto detrás de él. Varios orcos que habían logrado atravesar las defensas del círculo interior se dirigían hacia la colina. ¡Kra-kum! La pared tembló de nuevo y Nobundo maldijo al ogro de abajo que, sin duda alguna, había comenzado a golpear el contrafuerte de nuevo. Una segunda salva de meteoritos ardientes cayó del cielo al tiempo que Nobundo se preparaba para enfrentarse a la nueva oleada de atacantes. Dirigió la furia de la Luz al primer orco que se le acercaba de frente. Los ojos de la bestia verde se enturbiaron y él se encogió. Nobundo golpeó el cráneo del orco de lleno con el martillo, después lo levantó y lo movió hacia la izquierda, sintiendo un crujido muy satisfactorio cuando oyó cómo se le rompían las costillas al orco. Se giró y trazó una curva descendiente con el martillo, golpeando el lateral de la pierna de otro orco y destrozándole la rótula. La bestia gimió de dolor y se precipitó desde la muralla. La niebla ya llegaba hasta arriba, extendiéndose y formando una especie de alfombra sobre la piedra. Nobundo y los demás Vindicadores luchaban mientras la niebla se elevaba hasta llegarles primero hasta el pecho y después hasta la cara, irritando sus ojos y quemando sus pulmones. Nobundo escuchó los gritos mortales de algunos de sus compañeros, pero no podía verlos a través de la espesa niebla roja. Por suerte, parecía haberse librado de los ataques; se tambaleó hacia atrás conteniendo la necesidad de vomitar. Parecía que la cabeza le iba a explotar. Entonces un espantoso grito de guerra que le heló la sangre surgió de la niebla. Una sombra se acercó. Nobundo intentó ver algo mientras su cuerpo se retorcía por los espasmos. Intentó por todos los medios contener la respiración, cuando, de la densa niebla granate, surgió un ser terrorífico lleno de tatuajes y de ojos fieros… un orco gigantesco cubierto del reconocible color azul de la sangre draenei, sin aliento, blandiendo un hacha a dos manos y de aspecto perverso. El pelo de color cuervo le caía sobre los hombros y el pecho, y se había pintado la mandíbula inferior de negro, dotando a su cara del semblante de una calavera. Detrás de él se alzaron decenas de orcos. Nobundo sabía que el final estaba cerca. ¡Kra-kum! La pared tembló una vez más. El temible orco cargó. Nobundo se inclinó hacia atrás. La hoja le hizo un profundo corte en el pecho, desgarrando su armadura y entumeciendo su costado izquierdo. Nobundo respondió con un golpe de su martillo que destrozó los dedos de la mano derecha del orco, inutilizándola al igual que el hacha que sujetaba. Y entonces, para horror de Nobundo, la terrible criatura sonrió. El orco le agarró con su mano buena y las calderas gemelas de sus ojos lo penetraron… lo atravesaron. Nobundo se vio obligado a jadear. Al hacerlo, sintió que le arrancaban la voluntad. Era como si algún tipo de magia oscura o demoníaca estuviera surtiendo efecto, como si parte de su propia esencia estuviera siendo destruida y ese era un ataque para el que no tenía respuesta. ¡Kra-kum! Nobundo vomitó sangre espesa sobre la cara y el pecho del orco. Cerró los ojos y frenética y desesperadamente aclamó a la Luz, suplicándole que neutralizara al orco durante tiempo suficiente como para organizar una defensa. Gritó… Y por primera vez desde que había entrado en contacto con la Luz y había sido bendecido por su sagrado resplandor… No hubo respuesta. Aterrorizado, abrió los ojos y miró a las maníacas órbitas de fuego del orco, quien abrió su gran boca y bramó, ahogando todos los demás sonidos y amenazando con destrozar sus tímpanos. Era como si de repente hubiera entrado en algún tipo de terrible sueño silencioso. La bestia se echó hacia atrás y le golpeó la cara con la cabeza. Nobundo cayó hacia atrás, sacudiendo los brazos, la lluvia le golpeaba, esos ardientes ojos abrasaban los suyos mientras caía… hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo a través de la niebla, sobre algo alargado que gimió antes de ceder bajo él. Aún atrapado en la pesadilla silenciosa, Nobundo vio al orco desaparecer por el borde del muro. Cerca, el contrafuerte arruinado cedió y una gigantesca sección de la muralla superior cayó, bloqueando la lluvia y el cielo, y atrapando a Nobundo en un mundo de sosegada oscuridad. Ahí tumbado pensó en los que se habían refugiado, rezaba para que ellos escaparan de la matanza, aquellos a quienes amaba y respetaba, aquellos por los que había entregado su… Vida. Por algún motivo aún se aferraba a la vida. Nobundo salió del oscuro pozo de la inconsciencia para encontrarse atrapado en un confinamiento asfixiante y cegador. Su respiración había quedado reducida a una serie de jadeos entrecortados y aún así seguía vivo. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde… desde que la muralla cayó… desde… Intentó alcanzar la superficie mentalmente. Es probable que en el tumulto de la batalla no hubiera sido capaz de concentrarse lo suficiente para llegar hasta la Luz, pero ahora, ahora podía contactar con ella, seguramente ahora podría… Nada. No hubo respuesta. Nobundo nunca se había sentido tan impotentemente perdido ni tan solo. Si la Luz estaba fuera de su alcance y moría ahí, ¿qué sería de su espíritu? ¿No lo recibiría la Luz? ¿Quedaría su esencia condenada a pasar la eternidad vagando por el vacío? Había vivido honorablemente. Sin embargo… ¿podía esto ser algún tipo de castigo? Mientras su mente buscaba respuestas, alzó su mano. Ésta rozó de inmediato contra la piedra. Poco a poco se dio cuenta de que estaba en una posición muy extraña, que una masa más suave, pero igualmente formidable estaba apretada junto a él y que seguramente su pierna izquierda estaba rota. Giró hacia su derecha y respiró hondo, intentado ignorar el dolor de sus costillas y de su pierna. No podía sanarse sin recurrir a la Luz, así que, de momento, tendría que soportar el dolor. Al menos volvía a sentir el lado izquierdo. Y… podía oír los sonidos apagados causados por sus movimientos, así que también había recuperado el oído. El hecho de que estuviera respirando significaba que, por algún lugar, estaba entrando aire. Mientras sus ojos continuaban acostumbrándose a la oscuridad vio un agujerito, no de luz, sino un punto donde la oscuridad era más clara que la que le rodeaba. Intentó alcanzarlo y su mano aterrizó sobre un objeto cilíndrico familiar: el mango de su martillo. Con la poca fuerza que le quedaba, Nobundo agarró el mango justo bajo la cabeza, lo levantó y golpeó en la dirección del agujerito. Trozos de mampostería cedieron, revelando vagamente un pasillo creado por enormes bloques de piedra y los ángulos en los que habían caído. Sus oídos percibieron inmediatamente el sonido de gritos enmudecidos, lamentos de auténtico terror que provenían de la distancia. Usó el martillo para elevar su torso por el agujero que había creado y salir al estrecho espacio. Al hacerlo, escuchó un profundo quejido surgir de las profundidades de los escombros detrás de él. Con un brote de fuerza se arrastró dentro del pasillo, conteniendo la necesidad de gritar cuando su pierna rota se deslizó por el umbral de piedra dentada y sacudió su cuerpo con oleadas de dolor. Los pesados lamentos continuaron. Las piedras a su alrededor se movieron y por los resquicios cayeron arena y tierra. Rápidamente se arrastró hacia una salida irregular donde pudo intuir una tenue luz. A juzgar por los lamentos cada vez más altos del ser de debajo de los escombros, Nobundo adivinó que se trataba de un ogro y que estaba tratando, por todos los medios, de salir de allí. Nobundo giró sobre su espalda y caminó con los codos hacia el aire nocturno mientras el ogro hacía otro esfuerzo. Nobundo podía ver el montículo de cascotes ahora. El ogro rugió con rabia una última vez y toda la masa se colapsó, enviando una nube de polvo en todas las direcciones y poniendo fin al arrebato. Otro grito lo siguió inmediatamente desde lo alto y a lo lejos: el sonido de una mujer aterrorizada. Nobundo se giró y observó algo que no podría olvidar jamás, sin importar cuánto lo intentara a partir de aquel momento. El Bajo Arrabal iluminado por la luna y la ambientación de las hogueras de arriba, se había convertido en una fosa común para los cuerpos de los draenei masacrados. Y a pesar de que la lluvia había parado, los montículos de cadáveres aún estaban manchados de vómito, sangre y todo tipo de residuos. El corazón de Nobundo palideció al ver a niños entre los muertos. A pesar de su juventud, muchos de ellos se habían ofrecido voluntarios para quedarse con sus padres, quienes sabían perfectamente que los orcos sospecharían de una ciudad draenei en la que no viviera ningún niño y entonces perseguirían a los demás miembros de su raza hasta extinguirlos. Aún así, una parte de Nobundo esperaba y rezaba con todas sus fuerzas para que pudiesen defender a los niños y permanecieran a salvo en los escondites que habían sido cavados a toda prisa en las montañas. La esperanza de un loco, lo sabía, pero aún así se aferraba a ella. ¿Hay algo más absurdo que matar niños? De nuevo llegaron a sus oídos los gritos de una mujer, acompañados de mofas y abucheos. Los orcos estaban de celebración, regodeándose en su victoria. Mirando hacia arriba identificó la fuente del jaleo: en lo alto, sobresaliendo por Las Colinas Barrera, los draenei habían construido el Alto Aldor. Allí los orcos estaban torturando a una pobre hembra draenei. Debo intentar detenerlos. ¿Pero cómo? Solo, con una pierna rota, uno contra cientos… sin la bendición de la Luz y armado tan sólo con su martillo. ¿Cómo podía detener la locura que se extendía sobre él? ¡He de encontrar un modo! Se arrastró frenético sobre los cadáveres, resbalando con los fluidos, intentando ignorar el hedor y las vísceras. Avanzó por el círculo exterior del Bajo Arrabal hacia la base de las colinas donde la muralla se juntaba con la montaña. Encontraría un modo de escalar hasta allí. Lo encontraría… Los gritos cesaron. Miró para ver las sombras de las siluetas a la luz de la luna. Llevaban un objeto inmóvil hacia el borde del muro y entonces lanzaron la mercancía inerte a las profundidades. Aterrizó con un ruido sordo, no muy lejos de donde Nobundo yacía inmóvil. Se arrastró hacia delante, buscando alguna señal de vida en la mujer… Cuando se acercó lo suficiente para ver sus rasgos, supo que se llamaba Shaka. La había visto varias veces, pero sólo habían hablado en un par de ocasiones. Siempre le había resultado agradable y atractiva. Ahora yacía maltratada y magullada, degollada, desangrada. Al menos para ella se había terminado el dolor. Se escuchó otro grito desde arriba, la voz volvía a ser femenina. La rabia emanó de Nobundo. Rabia y frustración acompañadas de un irrefrenable deseo de venganza. No hay nada que puedas hacer. Desesperado, agarró el martillo y volvió a intentar llamar a la Luz. Quizás con su ayuda podría hacer algo, cualquier cosa… Pero una vez más la única respuesta fue el silencio. Algo en su interior le instó a salir de allí lo antes posible, a buscar a los que estaban escondidos, a vivir… para cumplir algún propósito mejor algún día. Eso es cobardía. He de encontrar un modo. Pero en su interior Nobundo sabía que esa batalla había terminado. Si realmente le esperaba algún destino mejor, debía huir en aquel instante. Si intentaba subir, moriría sin sentido alguno. Los gritos de angustia volvieron a perforar el aire nocturno. Nobundo fijó la vista en una sección del muro exterior que yacía parcialmente en ruinas. Era un obstáculo peligroso, pero no insuperable y no estaba vigilado. Es el momento; has de tomar una decisión. Era una oportunidad. Una oportunidad de vivir y volver a marcar la diferencia algún día en el futuro. Debes sobrevivir. Debes continuar. El largo lamento resonó de nuevo, pero esta vez fue piadosamente cortado en seco. El sonido de voces orcas detrás de la esquina del muro interior llegó hasta él. Sonaba como si los orcos estuvieran deambulando entre los cadáveres, buscando algo o a alguien. Se le había acabado el tiempo. Nobundo cogió el martillo. Aunque le costó un tiempo y esfuerzo considerables, con la poca fuerza que le quedaba consiguió llegar hasta los demás cuerpos a través del hueco del muro. Mientras se arrastraba lenta y dolorosamente hacia el Bosque de Terokkar, los gritos femeninos volvieron a comenzar en el Alto Aldor. * * * * * “Seguro que tu supervivencia es una señal, un mensaje de la Luz.” Rolc era sacerdote y su amigo desde hacía tiempo. Curó las heridas de Nobundo y estaba realmente contento de volver a verlo, pero le resultaba difícil comprender por qué Nobundo insistía en que había perdido el favor de la Luz. “Nos bendice a cada uno de una manera. Cuando llegue el momento volverás a encontrarla.” “Espero que sea verdad, viejo amigo. Es sólo… que ya no me siento igual. Algo dentro de mí ha cambiado.” “Tonterías. Estas cansado y confuso, y después de todo por lo que has pasado, no se te puede culpar. Ve a descansar.” Rolc salió de la cueva. Nobundo se tumbo y cerró los ojos… Llanto. Las frenéticas súplicas de las mujeres. Los ojos de Nobundo se abrieron de golpe. Llevaba varios días aquí, en uno de los campamentos ocupados por los que se habían escondido antes de la batalla, pero aún así no podía escapar de los gritos descorazonadores de las mujeres a las que había abandonado a la muerte. Le llamaban cada vez que cerraba los ojos, suplicándole que las ayudara, que las salvara. No tuviste elección. ¿Se trataba de la verdad? No estaba seguro. Últimamente cada vez le costaba más pensar con claridad. Sus pensamientos eran turbios, inconexos. Suspiró profundamente y se levantó de la manta colocada sobre el suelo de piedra, gimiendo por las protestas de sus doloridas articulaciones. Salió al neblinoso aire de la marisma y llegó hasta una cama de juncos empapados. La Marisma de Zangar era un territorio inhóspito, pero, al menos por el momento, era su hogar. Los orcos siempre habían evitado los pantanos, y con razón. Toda la región estaba cubierta por aguas salobres y poco profundas; la mayoría de la fauna y la flora era venenosa si no se preparaba correctamente y muchas de las criaturas más grandes del pantano se comerían cualquier cosa que no se las comiera primero. Al pasar al lado de varias setas gigantes, escuchó voces elevadas: una conmoción en el límite del campamento. Se apresuró a ver qué ocurría. Tres draenei heridos, dos hombres y una mujer, eran asistidos por miembros del campamento dentro del perímetro protegido por los guardas. Nobundo lanzó una mirada interrogadora a uno de los guardas, que respondió a la pregunta jamás formulada: “Supervivientes de Shattrath". Impulsado, Nobundo siguió al grupo a las cuevas, donde tumbaron delicadamente sobre mantas a los supervivientes. Rolc colocó primero sus manos sobre el que estaba inconsciente, pero no pudo despertarlo. La mujer, aparentemente aturdida, susurraba: “¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasado? No siento… Algo está…” Rolc se acercó y la tranquilizó. “Relájate. Ahora estás entre amigos. Todo saldrá bien.” Nobundo se preguntó si todo saldría bien de verdad. Los grupos orcos de caza ya habían descubierto y borrado del mapa uno de los campamentos. Y, ¿cómo habían sobrevivido esos tres? ¿De qué horrores había sido testigo la mujer? ¿Qué había provocado su actual estado catatónico? Es más, la forma en la que se comportaba y el aspecto que tenía… Nobundo se preguntó si sus heridas iban más allá de lo puramente físico: parecían disecados, inanimados. Su aspecto se correspondía con sus propios sentimientos. Varios días después, los supervivientes se habían recuperado lo suficiente como para que Nobundo pudiera preguntarles con tranquilidad acerca de Shattrath. La mujer, Korin, habló primero. Su voz se rompió mientras recordaba la experiencia. “Tuvimos suerte. Nos quedamos en las profundidades de la montaña, en uno de los pocos escondrijos que aún no han descubierto… al menos en gran parte.” Nobundo parecía perplejo. “Hubo un momento en el que un grupo de monstruos de piel verdosa nos encontró. La batalla a continuación fue… Yo nunca había visto algo así. Cuatro de los hombres que se habían ofrecido a defender nuestro grupo fueron asesinados, aunque ellos también mataron a muchos orcos. Al final sólo quedaron Herat y Estes. Mataron al resto de las brutales criaturas. Eran bestias salvajes. Y aquellos ojos, aquellos terribles ojos…” Estes habló: “Hubo una explosión. Instantes después un gas pútrido se coló en nuestro escondite, ahogándonos, haciéndonos sentir más enfermos de lo que jamás nos habíamos sentido.” Nobundo pensó en la artificial niebla rojiza y rápidamente intentó eliminar el recuerdo. Herac interrumpió: “Parecía que estuviéramos muriendo. La mayoría nos desmayamos. Al despertar ya era de día. Los niveles superiores estaban desiertos. Llegamos a Las Colinas Barrera y desde allí viajamos a Nagrand, donde nos encontraron varios días después.” “¿Cuántos quedabais allí?” Herac respondió: “Veinte. Quizá más. La mayoría mujeres, algunos niños. Otros fueron llegando después, como el que está inconsciente en las cuevas… Dijeron que se llama Akama. Según nos han contado, inhaló una mayor dosis de gas que los demás supervivientes. Rolc aún no sabe si volverá a…" Herac interrumpió y se quedó en silencio. Estes continuó: “Más tarde nos separamos y fuimos a distintos campamentos en la Marisma de Zangar y Nagrand. A modo de precaución, así si uno de los campamentos era descubierto por los orcos, no nos matarían a todos.” “¿Alguno de vosotros era sacerdote o Vindicador, poseedor de la Luz?” Los tres sacudieron la cabeza. “No puedo hablar por Akama, pero Estes y yo sólo éramos artesanos, poco acostumbrados a blandir armas de ningún tipo. Por eso nos enviaron a las cuevas, para servir de última línea de defensa.” Korin le preguntó a Nobundo: “Cuando escapaste, ¿alguien más huyó contigo? ¿Hubo algún otro superviviente? Oímos a los orcos en los niveles inferiores, pero no queríamos arriesgarnos a que nos descubrieran, así que huimos.” Nobundo pensó en los cuerpos apilados en el Bajo Arrabal, escuchó las súplicas desde el Alto Aldor e intentó aislar los tortuosos gritos de su mente. “No", respondió. “Nadie más que yo sepa.” Pasaron varias estaciones. Velen, su líder profeta, les había visitado hacía dos días… ¿o eran cuatro? Últimamente a Nobundo le costaba recordar algunas cosas. Velen había venido desde uno de los campamentos vecinos. Su emplazamiento exacto se mantenía en secreto por si alguien era capturado vivo y torturado. Los draenei no podían transmitir información de la que no disponían. Velen les había hablado sobre el futuro, sobre la necesidad de pasar desapercibidos durante algún tiempo, probablemente años, para esperar y observar qué ocurría con los orcos. Según Velen, los pieles verdes habían comenzado a construir algo que parecía ocupar todo su tiempo y recursos. Aparentemente, este proyecto había desviado su atención de los draenei supervivientes, al menos por el momento. Lo que estaban construyendo los orcos, no muy lejos de su ciudadela principal en las tierras agostadas, parecía ser algún tipo de portal. Velen parecía saber más de lo que contaba, pero al fin y al cabo era un profeta, un vidente. Nobundo pensó que el noble sabio debía saber muchas cosas, cosas que él y los demás no eran lo suficientemente inteligentes para comprender. Nobundo observó a Korin adentrarse en el agua con su lanza de pescar. Algo en ella parecía diferente. Le daba la sensación de que su físico había variado en las últimas semanas. Sus antebrazos se habían vuelto algo más largos: su cara parecía demacrada y su postura se había deteriorado. Por improbable que pareciera, su cola parecía haber encogido. Herac y Estes se acercaron y Nobundo podría haber jurado que notaba las mismas transformaciones en ellos. Echó un vistazo a sus propios antebrazos. ¿Era su imaginación o parecían hinchados? No había vuelto a sentirse bien desde… desde aquella noche, pero había dado por hecho que se recuperaría con el tiempo. Ahora estaba empezando a preocuparse cada vez más. Korin se le acercó. “He terminado por hoy. Necesito tumbarme.” Le entregó la lanza a Nobundo. “¿Estás bien?", preguntó él. Korin trató de dibujar una sonrisa a la que le faltaba convicción. “Sólo cansada", respondió. Nobundo se sentó con los ojos cerrados en lo alto de las montañas que tenían vistas a la Marisma de Zangar. Se sentía cansado, cansado hasta el alma. Había venido aquí para estar solo. Hacía varios días que no había visto a Korin. Ella y los otros dos se habían enclaustrado en una de las cuevas y cuando preguntaba sobre su estado, todo lo que recibía a modo de respuesta eran hombros encogidos que no sabían nada. Algo iba drásticamente mal. Nobundo lo sabía: había visto los cambios en él y en los demás supervivientes, incluido Akama. El resto del campamento también lo sabía. Parecían hablarle cada vez menos, Rolc también. Y el otro día, al volver al campamento con algunos peces pequeños, le habían dicho que ya tenían suficientes, que debería comérselos él… como si la enfermedad que se estaba apoderando de él pudiera ser contagiada a los demás si tocaban la misma comida que él. Nobundo estaba asqueado. ¿Es que su servicio no significaba nada? Se había acostumbrado a pasar muchas horas en la cima de las montañas, pensando en silencio, obligando a su mente a centrarse, intentando desesperadamente lograr lo que aún estaba fuera de su alcance: el acceso a la Luz. Era como si le hubieran cerrado una puerta, como si la parte de su mente que podía contactar con ella hubiera dejado de funcionar, o aún peor, como si ya no existiera. Incluso simples pensamientos como esos le daban dolor de cabeza. Últimamente le estaba resultaba articular sus pensamientos. Sus brazos seguían hinchándose, una hinchazón que no desaparecía y sus pezuñas habían comenzado a astillarse. Incluso algunos trozos se le habían caído y no le habían vuelto a crecer. Y mientras tanto las pesadillas… las pesadillas continuaban. Al menos las patrullas orcas se habían vuelto menos frecuentes. Habían recibido informes de que fuera lo que fuera lo que estaban construyendo los orcos casi estaba terminado. Y parecía ser algún tipo de portal, tal y como Velen había dicho. Bien, pensó Nobundo. Espero que lo atraviesen y que les conduzca directos a su perdición. Se levantó lentamente y volvió al campamento pausadamente, agradecido por el apoyo que le proporcionaba el martillo que se había vuelto tan pesado en las últimas semanas. Lo llevaba con la cabeza hacia abajo, usándolo la mayoría de las veces como bastón. Horas después llegó a su destino y decidió ir a ver a Rolc. Juntos podrían convocar una reunión para tratar el problema de la creciente intolerancia mostrada por… Nobundo se detuvo a la entrada de la cueva de Rolc. Korin estaba allí, tumbada en una manta. Se había transformado de modo que ya apenas parecía una draenei, sino una parodia de su raza. Parecía enfermiza y consumida. Sus ojos eran lechosos y sus antebrazos se habían hinchado hasta ser descomunales. Sus pezuñas habían mudado hasta ser dos protuberancias óseas idénticas y su cola no era más que un pequeño bulto. A pesar de su delicada condición, forcejeaba en los brazos de Rolc. “¡Quiero morir! ¡Sólo quiero morir! ¡Quiero que acabe el dolor!” Rolc la sujetaba con firmeza. Nobundo se acerco rápidamente y se agachó. “¡No digas tonterías!” Miró a Rolc. “¿No puedes curarla?” El sacerdote frunció el ceño mirando a su amigo. “¡Lo he intentado!” “¡Déjame ir! ¡Déjame morir!” Un brillo emanó de las manos de Rolc, tranquilizando a Korin, apoderándose de ella gentilmente hasta que sus esfuerzos disminuyeron y, finalmente, cesaron. Ella rompió a llorar y se colocó en posición fetal. Rolc le hizo un gesto con la cabeza a Nobundo para que abandonaran la cueva. Una vez fuera, Rolc fijó su severa mirada en Nobundo. “He hecho todo lo que he podido. Es como si su cuerpo y su voluntad estuvieran rotos.” “Tiene que haber algo que pueda… algún modo de…" Nobundo intentó comunicar sus pensamientos correctamente. “¡Tenemos que hacer algo!", esputó al fin. Rolc permaneció un momento en silencio. “Me preocupan, al igual que tú. Hemos recibido informes que afirman que los supervivientes de Shattrath de los otros campamentos están sufriendo las mismas transformaciones. Sea lo que sea no responde a ningún tratamiento y no se cura. A nuestra gente le preocupa que, si no tomamos medidas, podamos estar todos perdidos.” “¿Qué dices? ¿Qué ha pasado?” Rolc suspiró. “Por el momento sólo son comentarios. He intentado ser la voz de la razón, pero ni siquiera yo podré defenderos durante mucho tiempo. Y, la verdad sea dicha, no estoy seguro de que deba.” Nobundo sintió que su amigo le había decepcionado amargamente, la única persona en la que creía que podía confiar estaba sucumbiendo a la misma paranoia que los demás. Sin palabras, Nobundo se dio la vuelta y se marchó. El estado de Korin empeoró y aquella decisión de la que Rolc había hablado y que Nobundo tanto temía se hizo pública unos días después. Reunieron a Nobundo, Korin, Estes y Herac ante los miembros del campamento. Algunos portaban expresiones adustas, otros parecían tristes, otros no mostraban ninguna expresión. Por su parte, Rolc parecía tener un conflicto personal, pero aún así, su expresión era resuelta, como la de un cazador que prefiere no matar, pero que sabe que debe comer y se está preparando para asestar un golpe mortal a su presa. El campamento había decidido que Rolc fuera su portavoz. “Esto no es fácil para mí, para ninguno de nosotros…" señaló a la estoica asamblea detrás de él. “Pero hemos hablado con los representantes de los otros campamentos y hemos tomado una decisión juntos. Creemos que lo mejor para todos será que los que habéis sido afectados permanezcáis juntos, pero separados de los que aún tenemos buena salud.” Korin, con un aspecto particularmente desolado, habló en un susurro rasgado: “¿Nos estáis exiliando?". Antes de que Rolc pudiera objetar algo, Nobundo interrumpió: “¡Eso es exactamente lo que están haciendo! ¡No pueden solucionar nuestro problema, así que… así que esperan poder ignorarlo! ¡Sólo quieren que nos vayamos!” “¡No podemos ayudaros!” espetó Rolc. “No sabemos si vuestra condición es contagiosa o no y vuestra menguada capacidad física y mental es un riesgo que no podemos asumir. ¡No quedamos tantos como para tentar a la suerte!” ¿Qué hay del otro, de Akama? Preguntó Korin. “Se quedará bajo mi cuidado hasta que despierte" respondió Rolc antes de añadir ”si despierta.” “¡Qué amable por tu parte!” murmuró Nobundo con un toque de sarcasmo en sus palabras. Rolc se encaró a Nobundo. A pesar de que la salud le fallaba, Nobundo se irguió y miró a Rolc fijamente a los ojos. Rolc dijo: “Te has estado preguntando si la Luz te había castigado con su silencio por tu fracaso en Shattrath". “¡Lo di todo en Shattrath! ¡Estaba dispuesto a morir para que todos vosotros pudierais vivir!” “Sí, pero no moriste.” “¿Qué estás…? ¿Insinúas que abandoné?” “Creo que si la Luz te ha abandonado, sus motivos tendrá. ¿Quiénes somos nosotros para cuestionar los designios de la Luz?” Rolc miró a los demás buscando su apoyo. Algunos de ellos apartaron la vista, pero muchos no lo hicieron. “Sea como sea, es hora de que aceptes tu nuevo lugar en el orden de las cosas. Creo que es hora de que tengas en cuenta el bienestar de los demás…” Rolc se agachó y arrancó el martillo de la mano de Nobundo. “Y creo que es hora de que dejes de pretender ser lo que no eres.”
  26. 1 puntos
    Ha sido un error venir aquí. Nada ha cambiado. Aún eres un Krokul, aún eres un Tábido. No. Le escucharían. Él les obligaría a escucharle. Después de todo había tenido una epifanía. Nobundo apartó sus ojos de la asamblea y los fijó en la fuente en el centro de la pequeña plaza. Pidió lucidez al Agua. Sintió como sus pensamientos se centraban. Dio gracias al Agua y, apoyándose pesadamente en su bastón, se obligó a sí mismo a enfrentarse al mar de miradas desaprobadoras. Hubo un silencio incómodo. “Esto no tiene ningún sentido" escuchó a alguien decir. Cuando intentó comenzar a hablar, su voz sonó diminuta y afónica, distante a sus propios oídos. Se aclaró la garganta y volvió a comenzar, más alto. “He venido a… hablaros sobre…” “Estamos perdiendo el tiempo. ¿Qué puede tener que decirnos un Krokul?” Se unieron más voces de disensión. Nobundo flaqueó. Su boca se movía, pero su voz se había perdido. Tenía razón. Ha sido un error. Nobundo se giró para marcharse y miró a los plácidos ojos del profeta, su líder, Velen. El vidente lanzó una mirada crítica a Nobundo. “¿Vas a algún lugar?” * * * * * Nobundo se sentó en lo alto de una de las colinas que daban a las tierras agostadas. No habían cambiado mucho en los últimos… ¿Cuánto hacía que había venido aquí por primera vez? ¿Cinco años? ¿Seis? Cuando él y los demás fueron expulsados del campamento por su condición de Krokul, como habían acabado llamándose, Nobundo estaba enfadado, frustrado y deprimido. Fue hasta el punto más lejano en la única dirección que le permitieron. Siempre había querido investigar las colinas que rodeaban la Marisma de Zangar, pero en la base de aquellas colinas estaban los campamentos de los no afectados, una región a la que “su especie" no podía acercarse. Así que se aventuró aquí a través del calor sofocante. Se encontraba en los picos que dominan las tierras más baldías de Draenor: tierras que habían sido claros exuberantes antes de la política de odio y genocidio de los orcos, y que ahora no eran más que baldíos creados por los brujos y su retorcida magia. Al menos los orcos ya no eran un problema tan grave. Algunas patrullas orcas aún se dejaban ver de vez en cuando y mataban a los draenei que encontraban. Pero el número de orcos se había reducido: muchos de los salvajes de piel verde habían atravesado su portal años atrás y aún no habían vuelto. Como resultado, Nobundo había escuchado que su gente estaba construyendo una nueva ciudad en algún lugar de la marisma. No importa, pensó. es una ciudad en la que nunca seré bienvenido. Nobundo y los otros continuaban experimentando cambios. Les aparecieron apéndices donde antes no tenían. Granos, pecas y extraños bultos hicieron acto de presencia en sus cuerpos. Sus pezuñas, uno de los rasgos distintivos de los draenei, habían desaparecido, siendo reemplazadas por algo que parecían unos pies deformes. Pero los cambios no se limitaban sólo a lo físico. A sus cerebros les costaba cada vez más mantener sus funciones más elevadas. Y algunos… algunos se perdieron del todo, convirtiéndose en caparazones vacíos que serpenteaban sin rumbo, conversando con audiencias que sólo existían en sus mentes. Algunos de los Perdidos se despertaban un día y comenzaban a vagar para no regresar nunca. Uno de los primeros en hacer eso fue Estes. Ahora a Korin sólo le quedaba uno de los compañeros con los que había compartido aquel oscuro momento en Shattrath. Basta, pensó. Deja de aplazarlo. Haz lo que viniste a hacer. Lo había estado aplazando porque una parte de él sabía que esta vez no sería diferente. Pero lo haría de todos modos, tal y como lo había hecho cada día durante los últimos años… porque, de algún modo, en algún lugar, una parte de él aún mantenía la esperanza. Cerró los ojos, eliminó todos los pensamientos irrelevantes de su mente e invocó a la Luz. Por favor, sólo por esta vez… deja que me regodee en tu radiante gloria. Nada. Vuelve a intentarlo. Lo intentó con cada ápice de concentración que le quedaba. “Nobundo.” El corazón estuvo a punto de salírsele por la boca, abrió los ojos de golpe y extendió una mano para recuperar el equilibrio. Miró a su alrededor, al cielo. “¡Te encontré!” Al girarse vio a Korin y soltó el aliento, agitando la cabeza. Qué tontería pensar que habías recuperado el favor de la Luz. Ella se acercó y se sentó junto a él, con aspecto agotado, enfermizo y ligeramente confuso. “¿Cómo estás?” preguntó él. “No peor que de costumbre.” Nobundo esperó algo más, pero Korin sólo miraba fijamente el árido panorama. Sin que ninguno de los dos la viera, una silueta espiaba desde un cúmulo cercano de piedras dentadas, observando. Escuchando. “¿Querías decirme algo?” Korin pensó un momento. “¡Ah sí!” dijo al fin. “Hoy ha venido un nuevo miembro al campamento. Ha dicho que los orcos se están reagrupando. Preparándose para algo. Están liderados por un nuevo… ¿cómo se llaman? ¿Los que hacen magia oscura? “¿Brujo?” “Sí, creo que era eso". Korin se levantó y se adelantó, quedando a unos centímetros del borde del acantilado. Estuvo callada durante mucho tiempo. No muy lejos, la silueta tras las piedras se marchó tan discretamente como había llegado. Los ojos de Korin se mostraban distantes, al igual que su áspera voz al hablar, como si no estuviera del todo allí. “¿Qué crees que pasaría si diera un par de pasos más?” Nobundo dudó, no sabía si estaba bromeando o no. “Creo que te caerías.” “Sí, mi cuerpo caería. Pero a veces creo que mi espíritu… ¿volaría? No, esa no es la palabra. ¿Cuál es la palabra? ¿Subir y subir como volando?” Nobundo pensó. “¿Alzarse?” “¡Sí! Mi cuerpo caería, pero mi espíritu se alzaría.” Días después Nobundo se despertó. Le dolía la cabeza y tenía el estomago vacío. Decidió aventurarse a salir y ver si quedaba algún pez de la comida del día anterior. Al salir de la cueva, se dio cuenta de que los demás estaban reunidos mirando hacia arriba con los ojos protegidos. Salió de debajo de una seta gigante, alzó la vista y también tuvo que proteger sus ojos. Se quedó boquiabierto. Había aparecido una brecha en el rojizo cielo del alba. Era como si se hubiera abierto una costura, destrozando el tejido de su mundo, permitiendo la entrada a unas luces deslumbrantes y una poderosísima energía sin refinar. La brecha temblaba y bailaba como una gigantesca serpiente de luz pura. El suelo comenzó a temblar. La presión aumentó en la cabeza de Nobundo, amenazando con hacerla explotar desde sus oídos. La electricidad crepitaba en el aire, los pelos del cuerpo de Nobundo se encresparon y durante un breve, enloquecedor segundo parecía que la propia realidad se estaba destruyendo. Mientras Nobundo observaba, durante un breve instante, los draenei reunidos parecieron separarse en imágenes gemelas: algunos mayores, otros más jóvenes, algunos que no eran Tábidos sino bastante sanos, algunos draenei no afectados. Entonces la ilusión desapareció. La tierra se tambaleó como si Nobundo estuviera de pie en la parte trasera de un carro que se había puesto en movimiento repentinamente. Él y los demás salieron despedidos al barro y allí se quedaron mientras todo seguía temblando. Tras unos minutos los temblores disminuyeron y finalmente se detuvieron. Korin observaba estupefacta la brecha, mientras volvía a sellarse. “Nuestro mundo se está acabando.” susurró. Su mundo no se había acabado. Pero había faltado poco. Cuando Nobundo regresó a su lugar habitual en la cima de las colinas al día siguiente, miró hacia el horizonte y vio que había enloquecido. Columnas de humo se elevaban en el cielo y formaban una nube negra sobre la tierra. El aire quemaba sus pulmones. En la base del precipicio en el que se encontraba se abrió una fisura gigante. De ella salía vapor, y cuando Nobundo se inclinó, pudo ver un brillo pálido que surgía de la tierra. Grandes porciones del desértico suelo habían sido arrancadas y flotaban en el aire de forma inexplicable. Y algunos trozos del cielo parecían ventanas hacia… algo. Era como si pudiera observar otros mundos a través de esas ventanas, algunas distantes, algunas aparentemente cercanas; pero Nobundo no podía decidir si aquello era real o alguna ilusión causada por la catástrofe. Y todo estaba impregnado de un silencio palpable, como si todas las criaturas de la tierra hubieran muerto o hubieran corrido a refugiarse en algún escondrijo remoto. Aún así Nobundo sentía que no estaba solo. Durante un breve instante le dio la sensación de percibir movimientos furtivos por el rabillo del ojo. Observó su alrededor, medio esperando ver a Korin. Nada. Tan sólo su turbada mente gastándole una mala pasada. Nobundo dirigió la vista una vez más hacia el escenario de pesadilla que se extendía ante él y se preguntó si el final de todo lo conocido iba a tener lugar en un futuro cercano. Pero el tiempo pasó y la vida, tal y como la conocían, continuó. Se filtraron informes en el campamento que afirmaban que regiones enteras habían sido completamente destruidas. Pero aún así el mundo había sobrevivido. Apaleado, retorcido, atormentado… El mundo había sobrevivido, al igual que los Tábidos. Comían frutos secos, raíces y los pocos peces que encontraban en los pantanos. Hervían el agua y buscaban cobijo de tormentas como jamás habían visto, pero sobrevivían. Y a medida que las estaciones pasaban, los animales comenzaron a regresar. Algunos pertenecían a especies que antes no existían, pero los animales volvieron. Cuando los Tábidos eran lo bastante afortunados como para tener éxito en la caza, se alimentaban de carne. Sobrevivían. Al menos la mayoría. Hacía unos días Herac había desaparecido. Durante largos meses había estado distante y confundido y, a pesar de que Korin nunca hablaba de ello, tanto ella como Nobundo sabían que había estado a punto de unirse a los Perdidos. Herac era el último de los defensores de Korin en Shattrath y Nobundo sintió su pérdida. Y aunque Nobundo no lo mencionaba, se preguntaba si algún día él también perdería la cordura y se aventuraría a lo desconocido para no volver jamás, convirtiéndose en poco más que un recuerdo. Continuó con su vigilia diaria, peregrinando hasta la remota cima, conservando la esperanza de que si cumplía su penitencia, algún día la Luz volvería a envolverlo con su brillo. Cada día regresaba decepcionado al campamento. Y cada noche volvía a tener la misma horrible pesadilla. Nobundo se encontraba fuera de la Ciudad de Shattrath, golpeando las puertas cerradas con los puños mientras los gritos de los moribundos desgarraban el aire nocturno. Su subconsciente sabía que era otro sueño, otra pesadilla y se preguntaba si sería la misma otra vez. Golpeaba la madera repetidamente hasta que sus maltratadas manos comenzaban a sangrar. En el interior, mujeres y niños morían lentamente, muertes terribles. Uno a uno los gritos se iban apagando hasta que sólo quedaba un último lamento atormentado. Él reconocía ese clamor: era la voz que había retumbado en el Bosque de Terokkar mientras escapaba de la ciudad. Ese grito no tardaba mucho en desvanecerse como los demás y no quedaba nada más que silencio. Nobundo se apartaba de las puertas, mirando a su débil, deformado e inútil cuerpo. Temblaba y lloraba esperando el inevitable despertar. Hubo un crujido y las puertas se abrieron lentamente. Nobundo miró hacia arriba estupefacto. Esto nunca había ocurrido antes. Esto era nuevo. ¿Qué podía significar? Las enormes puertas revelaron un Bajo Arrabal vacío, los muros y contrafuertes interiores iluminados por una sola hoguera dentro del anillo interior. Nobundo entró, atraído por el calor de las llamas. Miró alrededor, pero no había ningún cuerpo, ninguna señal de la masacre que había tenido lugar, salvo unas pocas armas abandonadas esparcidas alrededor del fuego. Un trueno retumbó suavemente y Nobundo sintió una gota de lluvia caer en su brazo. Dio un paso más y las gigantescas puertas se cerraron tras él. Entonces escuchó sonidos, sonidos arrastrados que emanaban de debajo de la hoguera y que se acercaban. Él no iba armado, ni siquiera llevaba su bastón y el hecho de saber que estaba soñando no aliviaba la sensación de peligro. Se preparó para coger un trozo de madera ardiendo de la hoguera, cuando vio a una mujer draenei salir a la luz. La lluvia esporádica persistía. Al principio sonrió, encantado de ver que uno de los suyos había sobrevivido, pero su sonrisa pronto se desvaneció al ver el sangriento corte de su garganta, los moratones de su cuerpo. Su brazo izquierdo colgaba de su cuerpo inútilmente y sin fuerzas. Le observaba con la mirada perdida y, aún así, su expresión era… acusadora. Al acercarse, se dio cuenta de que era Shaka. Pronto se le unieron las demás, decenas de ellas arrastrándose hacia delante desde todos los lados, con los ojos nublados y los cuerpos llenos de horripilantes heridas. El viento se levantó, avivando el fuego. La suave lluvia se convirtió en un chubasco constante. Una a una las mujeres se agacharon para recoger las armas del suelo, avanzando. Nobundo se hizo con una antorcha de la hoguera. ¡Quería salvaros! ¡No pude hacer nada! Quería gritar, pero no le salían las palabras. Sus movimientos parecían lentos, restringidos. El viento volvió a tomar fuerza, apagando la antorcha que sostenía Nobundo. Las mujeres asesinadas se acercaron más, alzando sus armas mientras el viento golpeaba las llamas de la hoguera hasta que esta también se apagó, dejando a Nobundo a oscuras. Esperó, escuchando… intentando oírlas acercarse entre la lluvia. De pronto sintió un gélido apretón en su muñeca. Nobundo gritó… Y se despertó. Se sentía agotado, más cansado que cuando se fue a dormir. Los sueños le estaban minando. Decidió que la brisa de la mañana podría sentarle bien. A lo mejor Korin estaba despierta y podían hablar. Fue hasta donde desayunaban reunidos algunos de los demás y preguntó a uno de los miembros más nuevos dónde se encontraba Korin. “Se ha ido.” “¿Ido? ¿Adónde? ¿Cuándo?” “Hace poco. No ha dicho adonde. Se comportaba de forma extraña… Ha dicho que iba a… ¿cómo se dice?” El Tábido hizo una pausa, pensando, luego asintió al recordarlo. “Eso es. Ha dicho que iba a ‘alzarse’.” Nobundo corrió tan deprisa como sus piernas se lo permitieron. Cuando llegó a la cima de la montaña, sus pulmones parecían arder, estaba tosiendo una espesa mucosidad verde y su pierna temblaba descontroladamente. La vio en la meseta que daba al acantilado, de pie en el borde mirando hacia abajo. “¡Korin! ¡Detente!” Ella se giró, ofreció algo parecido a una sonrisa y entonces se arrojó en silencio, despareciendo en una densa nube de vapor. Nobundo llegó hasta el borde y miró hacia abajo, pero sólo vio un lívido brillo a lo lejos. Has llegado demasiado tarde. Había vuelto a fracasar, exactamente igual que había fracasado cuando no pudo salvar a las mujeres de Shattrath. Nobundo cerró los ojos con fuerza e invocó mentalmente a la Luz: ¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué sigues atormentándome? ¿Acaso no te serví fielmente? Seguía sin obtener respuesta alguna. Sólo una suave brisa secando las lágrimas en sus mejillas. Quizá Korin tuviera razón. En el fondo Nobundo sabía por qué había hecho aquello: no quería convertirse en uno de los Perdidos. Quizá había encontrado la única salida. No le quedaba nada en el mundo. Sería tan fácil dar esos últimos pasos, saltar desde el borde y poner fin a su sufrimiento… No muy lejos una silueta salió de detrás de unas rocas que sobresalían, lista para llamarle… Pero incluso en este momento, exiliado por su gente, ignorado por la Luz, atormentado por las almas de aquellas a las que no había podido salvar… Nobundo descubrió que no podía rendirse. La brisa se convirtió en un vendaval, dispersando nubes de vapor y empujando con tanta fuerza que alejó a Nobundo del borde del acantilado. Entre la confusión distinguió una palabra: Todo… Nobundo se esforzó en escuchar. Seguramente su cordura había llegado al límite; probablemente su mente le estaba gastando una broma. La silueta de las rocas volvió a esconderse, continuando su vigilancia silenciosa. El viento volvió a tomar fuerza una vez más Todo lo que existe… Más palabras. ¿Qué locura era aquella? Esto no era obra de la Luz. La Luz no “hablaba": era un calor que le impregnaba el cuerpo. Esto era algo nuevo, algo distinto. Una última ráfaga de viento sopló en la meseta, obligando a Nobundo a sentarse. Todo lo que existe, está vivo… Después de tantos años de súplicas, Nobundo, al fin, había recibido una respuesta, una respuesta que no provenía de la Luz… sino del Viento. Nobundo había escuchado historias sobre prácticas orcas que relacionadas con los elementos: Tierra, Viento, Fuego y Agua. Su gente había sido testigo de algunos de los poderes que estos “chamanes" poseían antes de la campaña de asesinatos, pero los draenei desconocían la mayoría de estas habilidades. Los días siguientes, Nobundo volvió a la colina, donde oía los susurros del Viento: alivio, promesas y tentadoras pistas de que le aguardaba la riqueza del conocimiento. A veces la voz del Viento era tranquila y aplacadora, y otras era insistente y poderosa. Pero en la mente de Nobundo aún existía la duda de si, después de todo, se estaba volviendo loco. El quinto día, cuando estaba sentado cerca del borde del acantilado, escuchó un ruido sordo, como un trueno, a pesar de que el cielo estaba despejado. Abrió los ojos y vio una gran columna de Fuego estallar en la grieta del acantilado, elevándose desde la fisura de abajo. Las llamas se extendieron y en sus parpadeantes destellos pudo distinguir rasgos nebulosos que cambiaban. Cuando habló por primera vez, sonó como una poderosa tormenta. Ve a las montañas de Nagrand. En lo alto, en las cimas, encontrarás un lugar… ahí es donde comienza tu verdadero viaje. Nobundo pensó en ello y respondió: “Para llegar allí, tendré que pasar por los campamentos de los no afectados, donde mi gente tiene el acceso prohibido". El Fuego se expandió con velocidad y pudo sentir el calor en el rostro. ¡No pongas en entredicho la oportunidad que se te está concediendo! Las llamas amainaron. Camina con la cabeza bien alta, pues ya no estás solo. No muy lejos, aquel que tanto tiempo llevaba observando a Nobundo volvió a agacharse en su escondite. Y, aunque no podía oír a los elementos como Nobundo, había visto las llamas y sus rasgos parpadeantes. Si Nobundo hubiera podido mirar a los ojos del observador, habría visto asombro absoluto. Durante los dos días siguientes Nobundo hizo el arduo camino con el Viento en la espalda, susurrándole al oído. Aprendió que los chamanes orcos estaban en comunión con los elementos, pero su conexión se cortó cuando los orcos empezaron a practicar magia vil. Podría haber aprendido más cosas, pero a veces a Nobundo le resultaba difícil entender, como si la comunicación estuviera siendo filtrada o aguada. En varias ocasiones a lo largo del camino, tuvo la sensación de que oía pasos detrás de él. Cuando miraba hacia atrás, sentía que lo que le seguía se acababa de ocultar. Se preguntó si serían los elementos. O producto de su imaginación. Cuando por fin llegó a los campamentos de los no afectados, hacía tiempo que el sol había abandonado el cielo. No cabía duda de que los vigilantes le habían visto acercarse, pues dos guardias le estaban esperando cuando llegó al perímetro del campamento. “¿Qué te trae por aquí?” preguntó el mayor de los dos guardias. “Sólo quiero atravesar las montañas.” Algunos de los demás miembros del campamento habían salido y miraban a Nobundo con recelo. “Tenemos órdenes estrictas. Los Krokul no pueden entrar en el campamento. Tendrás que ir a otro lugar.” “No quiero quedarme en vuestro campamento, sólo pasar.” Nobundo dio un paso adelante. El más grande de los guardias extendió la mano, empujando a Nobundo hacia atrás. “Te he dicho…” Entonces se escuchó un trueno ensordecedor y una masa negra de nubes apareció donde segundos antes el cielo era azul, liberando una repentina tromba de agua. El Viento que antes había animado a Nobundo a apresurarse ahora soplaba con fuerza descomunal, forzando a los dos guardias a retroceder. Lo más increíble de todo era que, tanto el Viento como la lluvia, se movían alrededor de Nobundo para golpear a los dos guardias, que cayeron en el sucio barro. Nobundo observó los acontecimientos con los ojos como platos por el asombro. “Así que esto es lo que pasa", pensó en voz alta “cuando los elementos están de tu lado". Sonrió. Los miembros del campamento buscaron cobijo en las cuevas. Los guardias miraron a Nobundo aterrorizados. Por su parte, Nobundo simplemente avanzó, apoyándose en su bastón mientras caminaba lentamente por el campamento hasta llegar a la falda de las montañas al otro lado, dejando a los residentes del campamento sorprendidos, asustados y confundidos. La figura que había seguido a Nobundo salió de su escondite tras una de las setas gigantes. No se atrevía a continuar, pues al fin y al cabo era un Krokul. Pero los acontecimientos de los que Akama acababa de ser testigo habían plantando una semilla en su interior. Desde que se había despertado de su largo sueño, no había sentido nada más que desesperación y punzante miedo al futuro. Pero ver lo que este Krokul acababa de hacer, ver los elementos salir en su defensa, agitó un sentimiento en Akama que él creía muerto. Sintió esperanza. Con esa nueva esperanza se dio la vuelta y regresó silenciosamente a la marisma. Muchas horas después, terriblemente fatigado, Nobundo escaló a lo alto de las montañas y comenzó a ver señales de vegetación verde y fresca. Cuando sus pasos fueron más lentos debido al cansancio, el Viento le empujó y la propia Tierra bajo sus pies parecía prestarle fuerzas. Y aunque la lluvia continuaba, parecía caer en todas partes menos sobre él y proporcionaba riachuelos de los que Nobundo bebía con ansia. A medida que se acercaba a las cumbres, escuchaba voces que competían en su mente: una grave y persistente seguida del familiar sonido del Viento y finalmente la ocasional resonancia del Fuego. Las voces parecían caóticas; chocaban en su prisa por entrar en comunión con él. Tanto que llegaron a formar una cacofonía que le obligó a detenerse. Basta, si habláis todos a la vez no os entiendo. Nobundo invocó la poca fuerza que le quedaba y subió a un montículo con vistas exuberantes. Aquí Draenor era como en el pasado: fértil y sereno, un bello refugio ajardinado lleno de cascadas y vibrante vida. Debes perdonarlos: ha pasado mucho tiempo desde que sintieron la templada influencia de un chamán por última vez. Están enfadados, confundidos, aún dolidos por el golpe que les asestaron. “El cataclismo", dijo Nobundo mientras se adentraba en el tranquilo escenario. Se arrodilló y bebió de una laguna y se sintió rejuvenecer. Sintió su mente abrirse, sus pensamientos se estaban volviendo parte de lo que le rodeaba y, a cambio, lo que le rodeaban se estaba volviendo parte de él. La voz que le respondía era, a la vez, clara y relajante, fuerte y robusta. Sí. Quizá yo fui la menos afectada, pero siempre ha sido así. Es necesario que yo me adapte rápidamente, ya que yo proporciono los cimientos para la vida. “Agua.” Más que oírla, sintió la afirmación. Bienvenido. Aquí, en este silencioso refugio, los elementos coexisten en relativa paz. Así nuestra conversación contigo será más fácil, especialmente en las primeras fases de tu viaje, cuando aún no sepas sentir nuestras intenciones sin pensar. El verdadero conocimiento y su comprensión te llevarán años. Pero si sigues el camino, con el tiempo estarán a tu disposición… aunque nunca bajo tu mando. Si nos respetas y tu motivación no se vuelve egoísta, nunca te abandonaremos. “¿Por qué me habéis elegido a mí?” El cataclismo nos dejó en la incertidumbre y la confusión. Durante un tiempo estuvimos perdidos. En ti sentimos un alma gemela: confusa, descuidada. Nos llevó bastante tiempo recuperarnos lo suficiente como para poder contactar, pero cuando lo logramos esperábamos que fueses… receptivo. A Nobundo le parecía demasiado bueno para ser verdad. Pero, ¿qué pasaba con la Luz? ¿La estaba traicionando si elegía este nuevo camino? ¿Le estaba dando la espalda? ¿Era esto una prueba? El riesgo valdría la pena si… “¿Podré usar estas habilidades para ayudar a mi gente?” Sí. La relación entre los elementos y el chamán es de sincronía. La influencia del chamán ayuda a calmarnos y unirnos, del mismo modo que nuestra influencia enriquece y realiza al chamán. Cuando hayas completado tu entrenamiento, podrás invocar a los elementos en tiempos de necesidad. Si los elementos consideramos tu causa justa, te ayudaremos en la medida que podamos. El verdadero entendimiento, tal y como el Agua le había prometido, le llevó años. Pero con el tiempo Nobundo consiguió comprender las energías de vida que le rodeaban. Desde las más grandes criaturas de Draenor hasta un aparentemente insignificante grano de arena. Él era perfectamente consciente de que todo lo que existía tenía energía vital y de que estas energías estaban unidas y dependían las unas de las otras, independientemente de su ubicación geográfica y de las fuerzas opuestas. Lo que era más: podía sentir aquellas energías como si fueran parte de él y ahora comprendía que lo eran. Los elementos mantuvieron su parte del trato y le fueron concedidos algunos aspectos de su naturaleza. Del Agua obtuvo claridad y paciencia: por primera vez, después de tantos años, sus pensamientos no estaban nublados. Del Fuego consiguió pasión, una nueva apreciación de la vida y el deseo de sobreponerse a cualquier obstáculo. La Tierra le concedió firmeza, una voluntad de acero y una determinación inquebrantable. Del Viento adquirió el valor y la persistencia: cómo adentrarse y presionar ante la adversidad. Pero aún quedaba una lección de suma importancia que le evitaba. Lo notaba, sentía que los elementos se estaban guardando algo, algo que él, simplemente, no estaba preparado para entender. Y… aún seguían las pesadillas. Se habían mitigado un poco, pero noche tras noche Nobundo volvía a encontrarse golpeando las puertas de Shattrath, mientras los gritos de los moribundos resonaban en sus oídos. Y ahora, cuando atravesaba las puertas y permanecía junto al fuego, cuando las recriminadoras muertas aparecían, Korin las acompañaba. Sintió el calmante tono del Agua: Sentimos que aún estás… turbado. “Sí" respondió. “Me atormentan los espíritus de aquellos que fallecieron en Shattrath. ¿Los elementos pueden hacer algo al respecto?” El conflicto no reside en los espíritus de los que se han ido, sino en ti. Es un conflicto que has de resolver tú solo. “¿Dificultará este conflicto la realización de mi verdadero potencial como chamán?” Una sensación de júbilo surgió de las lagunas a su alrededor. De todos los elementos el Agua era el más despreocupado. Tu conflicto se refleja en el cielo sobre ti, en la Tierra bajo tus pies, en mí y sobre todo en el Fuego. Es un reflejo de la eterna lucha de la naturaleza por conseguir y mantener el equilibrio. Nobundo pensó durante un momento. “No importa hasta dónde me lleve mi viaje, supongo que el verdadero entendimiento reside en saber que el viaje nunca acabará.” Bien… muy bien. Ha llegado el momento de dar el siguiente paso, quizá el más importante de todos. “Estoy listo.” Cierra los ojos. Nobundo los cerró. Sintió como si la Tierra desapareciera bajo sus pies, sintió a los elementos retirarse y durante un aterrador segundo su mente volvió a Shattrath, abandonada en la oscuridad. Entonces sintió… algo. Algo muy diferente a los demás elementos. Parecía inmenso: frío pero no hostil. Y, en su presencia, Nobundo se sintió muy, muy pequeño. Entonces notó que esta presencia hablaba con multitud de voces, femeninas y masculinas, una armónica sinfonía dentro y alrededor de él. Abre los ojos. Nobundo los abrió. Y de nuevo volvió a experimentar la sensación de pequeñez, de insignificancia, mientras observaba una oscura extensión sin final llena de miles de mundos. Algunos como Draenor; otros, grandes bolas de fuego y escarcha; algunos cubiertos de agua; algunos inertes y desérticos. Y de pronto Nobundo comprendió… algo que parecía tan simple y sin embargo un concepto que había escapado a su mente: había incontables mundos más allá. Esto ya lo sabía, ya que su gente había viajado a muchos mundos antes de asentarse en Draenor. Pero lo que Nobundo no había logrado comprender era que el poder de los elementos llegaba más allá también. Cada mundo tenía sus propios elementos y sus propios poderes que invocar. Y había más. Aquí, en el vacío, existía otro elemento, uno que parecía unir todos los mundos, uno formando por una energía indescriptible. Si pudiera invocarlo …, pero inmediatamente se dio cuenta de que, en esta fase, aún era demasiado inexperto para entrar en comunión con este misterioso nuevo elemento. Esto no era más que un atisbo, un regalo para su entendimiento… Una epifanía. * * * * * Velen evaluó a Nobundo con sus cristalinos ojos azules. Nobundo protestó, “¡No me escucharán! Creo que esto no ha sido una buena idea.” El labio de Velen se curvó hacia un lado. Tenía esa expresión que hacía que Nobundo tuviera la sensación de que el profeta sabía muchas cosas más allá de lo que él podía comprender. “No consigo que me vean como algo más que un Krokul, independientemente de lo que pueda enseñarles.” “Quizá el auténtico problema no resida en ellos.” Eso es lo que dijeron los elementos, pensó Nobundo. Como resultado de sus conversaciones previas, Nobundo había aprendido a no intentar adivinar lo que pensaba el profeta, así que esperó en silencio. Velen continuó, “Oigo los gritos en tu mente: las mujeres de Shattrath. Estoy al tanto de la carga que soporta tu corazón. Te preguntas si tu huida fue un acto de cobardía.” Nobundo asintió, sobrecogido repentinamente por la emoción. “Una parte de ti sabía que era imperativo que sobrevivieras para abrazar tu destino. Y desde aquel día, a pesar de todas las pruebas que tuviste que superar, nunca te rendiste. Por eso te elegí. Nuestra gente te llama Krokul, Tábido, pero creo que tú nos puedes mostrar nuestra mayor esperanza.” Velen apoyó una mano amiga en el hombro de Nobundo. “Déjalas ir. Deja que sus gritos se silencien.” Era cierto. No era un cobarde. Una parte de él lo sabía, pero con todo lo que había ocurrido desde entonces, esa parte se había perdido. Nobundo dejó escapar un profundo suspiro y, de algún modo, supo que cuando se acostara esa noche, la pesadilla no le estaría esperando. Sintió la alegría de los elementos; era como si estuvieran… orgullosos. Velen sonrió. “Ahora, por el bien de todos nosotros, ve. Ve y acepta tu destino.” Nobundo volvió al alto. Los draenei reunidos conversaban entre ellos, sin prestar atención a la débil figura de arriba. Levantó su bastón. Las nubes se reunieron en el cielo azul, proyectando una oscura sombra sobre el asentamiento. Los draenei dejaron de hablar. Nobundo les llamó, su voz resonó en la marisma. “Mirad y escuchad.” Cayó un diluvio. Los rayos bailaron entre las lámparas que rodeaban la plaza, destrozando los cristales. Los draenei reunidos observaban sobrecogidos. “Habéis venido aquí a aprender y algún día obtener estos poderes: ¡los poderes del chamán! “¡Pero el chamanismo es una práctica orca!” gritó alguien desde el público. Otros se le unieron. “Sí. Una práctica que ellos abandonaron para entrar en comunión con los demonios. Ahora nosotros viajaremos por el camino del chamán, un camino que nos llevará a un futuro en el que nadie matará a nuestras mujeres…” Nobundo hizo una pausa, manteniendo su voz firme. “Ni a nuestros hijos. Donde los Krokul y los no afectados colaborarán para conseguir un sueño que nuestra gente olvidó hace mucho: la verdadera libertad.” Los miembros de la asamblea se miraron, buscando la aprobación en los demás, buscando pistas de resistencia. Al final todos parecieron llegar a la misma conclusión: escucharían. “Vuestro viaje comienza con estas simples palabras…” Nobundo sonrió. Las nubes se agitaron. Los rayos formaron un arco. La lluvia cayó. “Todo lo que existe está vivo.”
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