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Liga del Foro


Contenido Popular

Mostrando el contenido más gustado desde 15/02/18 en todas las areas

  1. 11 puntos
    Próximamente - Legion ¡Buenas roleros! Como ya vinimos anunciando desde nuestro Twitter y aquí en el foro. Finalmente tenemos listo para migrar el Servidor a un emulador de la expansión Legion. Sólo cambiamos de versión, no de tiempo Cabe aclarar especialmente, igual que en la migración a Pandaria, ahora hacia Legion, es un traspaso a una versión del juego más nueva, pero On-Rol el timeline sigue siendo el mismo, los personajes están en el año 28, más o menos a poco más de la mitad de Cataclismo. ¿porque cambiamos? Creemos que es interesante disponer de escenarios que aportan las nuevas versiones del juego, ya que si bien en muchos de ellos no se accede onrol todavía por el timeline, sí muchos pueden ser usados como escenarios de rol, representando que son otras zonas. También las mejoras gráficas del juego son un aliciente a disfrutar. Obtener más objetos para decorar escenarios especiales. Disponer de muchas más ropas ¡y mucho más! Usar versiones nuevas suele traer añadidos interesantes para los roleros. Tendremos muchas más skins, varios bugs se han arreglado, y también nos funcionará de nuevo el TotalRP3 Mantenimiento el Sábado 24 A diferencia de otras migraciones que hemos hecho, en esta hemos optado por hacer todo en limpio. Es importante pues saber que: Habrá que crear las cuentas de nuevo en el servidor Cada uno se tendrá que crear de nuevo sus personajes (disfrutando los modelos nuevos, por supuesto) Las decoraciones se han tenido que rehacer El Servidor Dedicado será formateado y se instalará todo de 0, en un Sistema Operativo más nuevo Durante la tarde-noche (hora España) del próximo Sábado, 24 de Febrero, empezaremos un mantenimiento, que esperamos no dure más de unas horas, aunque advertimos puede demorarse a lo largo de la madrugada y el Domingo, en el que el servidor de rol quedará Off-Line, para montar todo lo nuevo. Por supuesto tendréis el foro y las redes sociales, mientras dura el mantenimiento, e informaremos de todo cuanto haya que saber. Además varios posts de información y normativas, serán modificadas para adaptarse a cambios que se implementarán en la versión de Legion. De momento os recomendamos ir bajando desde ya el juego, con la versión necesaria de Legion 7.2.5 (release 24742). Encontraréis el botón de descarga por Torrent, en la siguiente guía: En ese enlace encontraréis un Botón negro para descargar el Wow Legion completo. ¡Solo descargad el wow legion! Parche y demás, está todavía en la version de Pandaria. Ya os informaremos del Parche para Legion, en los próximos días. Y esto es todo por ahora. ¡Saludos!
  2. 5 puntos
    @Natea ¿Solo por eso...? Las ardillas HD estarán descontentas con Redyan.
  3. 5 puntos
    Pronto Alessandra sera HD y se verá todavía más potentorra!
  4. 4 puntos
    Mi cuerpo está tan listo.... bfff.... grrr.... ñam.
  5. 4 puntos
    Todos disfrutaremos de cabelleras HD pronto... Muy pronto...
  6. 3 puntos
    De aquí al sábado (domingo suponiendo las cosas tarden y demás cosas), estaré visitando asiduamente Wowhead en búsqueda de objetos chulos para los Pjs; iré armando una extensa lista con el .additem para cada personaje y que Dios me perdone si me excito dándome items a diestro y siniestro golpeando el teclado... Pero vamos, siempre me emociona, aunque sea un poquito, ver esos saltos de una versión a otra. Me pasó viendo la transición de WotLK a Cata, de Cata a MoP y ahora de MoP hacia Legión. Se pierden cosas y se ganan otras con estos cambios, pero MundoWarcraft se lo merece y espero al final el cambio le caiga de maravilla. PD: ¿Battle for Azeroth en MundoWarcraft el próximo año? ¿Sí? ¿No? Lean a este iluso soñador (?).
  7. 3 puntos
    Descontentas no! Ya se están organizando para crear el nuevo ejército ardillesco HD de Azeroth! xDDDD @Ethan
  8. 2 puntos
    Siempre dejando las cosas para último momento... hay que ver. Yo ya tengo mi lista de objetos lista para el Sábado-Domingo. Mientras tanto solo me queda hypearme y esperar.
  9. 2 puntos
    Yo ya he hecho las pruebas en wowhead, así se vería Anna en HD: No puedo esperar!!
  10. 2 puntos
  11. 2 puntos
    -Uffff que cansancio llevo encima, mejor me voy a dorm... HAAAAAAAUAAAAAIAAAAA HOOKED ON A FEEEELING! *Empieza a bailar por la habitación*
  12. 1 puntos
    Por si querían ver a Anduin y Sylvanas de una manera distinta... http://www.wowhead.com/news=282141/korea-warcraft-art-collaboration-with-nayoung-wooh
  13. 1 puntos
    Así se pone Sacro cuando está ebrio.
  14. 1 puntos
    ¡Que subidón! ¡Que subidón! Saltamos de version, @Armandox xDDD
  15. 1 puntos
  16. 1 puntos
    Cuando a viejos Enanos como Sorin les da por volver a las andanzas como cuando eran jóvenes: Del segundo 35 al 43, vaya xDD. @Sorin
  17. 1 puntos
    Hola. Si mal no recuerdo antes en el videojuego de world warcraft cuando explorabas con tu personaje el mundo, en las ciudades y en los asentamientos podías con tu pj abrir unos libros que se encontraban a veces encima de mesitas y leías allí la historia del mundo. Esta es una compilación que hizo la pagina web e4zone e4zone-historia-de-warcraft-spanish.pdf
  18. 1 puntos
    Ya que se borró mi comentario anterior, vuelvo a ponerlo. Me gustan los penes.
  19. 1 puntos
    Varios días después, Hamuul volvió con Baine seguido por un enorme e imponente orco. El orco hizo una profunda reverencia y dijo: —Soy Swart de Cerrotajo, Gran jefe. Es un honor para mí conocerte al fin. Baine inclinó la cabeza en respuesta y dijo: —El honor es mío. Hamuul me ha hablado de ti, y cualquier amigo suyo es más que bienvenido en Cima del Trueno. ¿A qué debo esta visita? Hamuul dijo: —Traemos buenas nuevas. Nos pediste que resolviésemos de forma pacífica el conflicto con los jabaespines. No ha sido fácil, pero creemos haber encontrado una solución. Baine sonrió. —Ah, maravillosas noticias, sin duda. Mi padre siempre estuvo demasiado ocupado en otros asuntos como para dedicarles demasiada atención, aunque sospechaba que se podría razonar con ellos. Continúa, por favor. Hamuul continuó: —Llevamos ya bastante tiempo entregados a una profunda meditación y creemos haber descubierto por fin el origen de estos disturbios. ¿Swart? Swart se aclaró la garganta. —Los jabaespines tienen individuos especializados denominados buscaqua que, por lo visto debido a la agitación reciente de la tierra, han perdido su capacidad para encontrar agua. Desesperados por encontrar agua fresca, se aventuran cada vez más y con más agresividad, y por la noche se retiran a sus zarzas. Creemos que la solución es sencilla: encontrarles una fuente de agua local, de algún modo. —Miró a Hamuul—. Hamuul sonrió. —Y ahí es donde entro yo... * * * * * Baine y Hamuul esperaron en la antecámara de Garrosh mientras agitaban las colas indignados. Garrosh no se apresuraba por nadie, se tratase de un líder o no. Cuando llegó por fin, Baine, contrariamente a lo dictado por el protocolo, fue directo al grano. —Jefe de Guerra, tenemos información que puede resultar crucial para el futuro de nuestros envíos de agua. Creímos necesario discutir este asunto contigo. —Los ataques se han vuelto cada vez más osados en las últimas semanas, pero creemos haber encontrado la fuente del problema, así como el origen de los envíos de agua contaminada que recibiste. Los jabaespines son una amenaza que ha castigado a nuestro pueblo durante años, pero nunca habían querido más que territorio para expandirse, algo que podían hacer perfectamente de forma subterránea. Por lo visto, con la reciente agitación de la tierra, también ellos necesitan agua. Un joven mensajero tauren irrumpió corriendo en la cámara e interrumpió a Baine. —¡Gran jefe! Te pido disculpas, pero me han enviado para informarte de que hemos descubierto un nuevo ataque. ¡Han asesinado al personal y han robado el agua y el equipo! Baine asintió con la cabeza. —Gracias por informarme. Vuelve a Cima del Trueno e informa a Ruk Embestida de Guerra de que volveré pronto para ocuparme de la situación. Al marcharse el mensajero, Garrosh comenzó a pasearse de un lado a otro de la sala. —Este es el tercer ataque en esta semana. Sabemos quiénes son los responsables y sin embargo, no han sufrido castigo alguno, y encima estos jabaespines se ríen de ti atacando en vuestras fronteras. Empiezo a perder la confianza. Baine alzó la mano. —Garrosh, lo que no acabas de comprender es que este es un asunto que afecta al territorio tauren y, como tal, nuestro pueblo se encargará de solucionarlo. Yo me encargaré de ello. En este mismo momento estamos buscando la guía de la Madre Tierra. Garrosh levantó las manos y gritó: —¡La Madre Tierra! ¡La Madre Tierra! No hago más que escuchar esa letanía. ¿Pero qué es eso de la Madre Tierra? —Es la creadora de nuestro pueblo y la voz de la sabiduría de la tierra que guía nuestros pasos... —Pero utilizáis a la Madre Tierra como excusa —interrumpió Garrosh—. ¡Os quedáis quietos y habláis, pero nunca actuáis! Estos jabaespines quieren hacer una demostración de fuerza y la Horda hará su propia demostración de fuerza también... Baine tomó aire y continuó en tono calmado. —Garrosh, te pido amablemente que respetes nuestras costumbres y nuestros métodos. Solucionaremos este problema rápidamente y sin derramamiento de sangre innecesario. Esto es mucho más complicado de lo que parece a simple vista. Estos ataques surgen de la desesperación, y solucionar sus problemas servirá para solucionar también los nuestros. Baine terminó de hablar mientras Garrosh le fulminaba con la mirada. —Puedo comprender tu deseo de hacerlos retroceder por la fuerza, pero los jabaespines son más astutos de lo que imaginas. Un ataque directo tendría consecuencias, y mi pueblo sufriría por su causa. —En el momento en que atacaron nuestros suministros de agua, se convirtieron en un problema de la Horda. Sufrimos como un único ser, y vuestros retrasos nos pasan factura todos los días. No me quedaré parado observando cómo conviertes en un chiste la fuerza y la determinación de la Horda. Pondremos fin a esta agresión, y rápido. —Dicho esto, Garrosh salió de la sala y desapareció—. Hamuul observó a Garrosh mientras salía y resopló. —Ni siquiera escucha. Típico. ¿Y qué es lo que cree que puede hacer al respecto? Baine blandió Rompemiedos, y la maza de cabeza de plata ribeteada de bandas doradas y runas lanzó brillantes destellos. Inclinó la cabeza brevemente y se dirigió al zepelín que le esperaba. —Temo que Garrosh esté subestimando enormemente a nuestros enemigos. Cuando volvamos a Cima del Trueno, prepara a los caminasol. Tal vez todavía necesite nuestra ayuda, la quiera o no. * * * * * Esa noche, mientras Cima del Trueno descansaba, Baine se paseaba inquieto en su cabaña. Su insistencia en conseguir una solución pacífica había provocado más ataques a caravanas, incluido un ataque a gran escala en su territorio que podría poner en peligro la vida del Jefe de Guerra. Al entrar Hamuul en la sala, Baine salió de su ensoñación y levantó la vista para decir con tono apesadumbrado: —Tengo mis dudas, Hamuul, de que este sea el camino adecuado. Tal vez los Sendaeterna tengan razón después de todo. La Horda era diferente cuando mi padre era el Gran jefe. —Hizo una pausa—. No es la primera vez que me pregunto si seré capaz de liderar a nuestro pueblo. Pero en esta ocasión, me pregunto si debo hacerlo. Hamuul respondió con cierta emoción en la voz. —No es momento para dudar de uno mismo, joven Baine. Estás haciendo un trabajo tan bueno como el de tu padre. No me cabe duda de que aprobaría la sabiduría con la que has guiado tus pasos y el empeño que pones para que esto se solucione de la forma correcta. —Hizo un gesto con la mano—. Dejemos que aquellos que no son capaces de verlo se vayan y encuentren su propio camino. Baine sonrió ligeramente. —Recuerdo que no hace tanto tiempo compartías con ellos esa opinión. Hamuul se tensó visiblemente. —Hablé de forma precipitada y dejándome llevar por la frustración. No tengo inconveniente en admitir que me equivoqué. Saldremos de esto y comprobarás que eres un buen líder, a pesar de que todavía no lo creas. * * * * * En ese mismo momento, Garrosh estaba preparando a los Kor'kron para la invasión del Barranco Cortazarza. Quince de ellos estaban ante él en posición de firmes, con los ojos fijos y brillantes a causa de la maliciosa excitación de la batalla que se avecinaba. —Estos tauren son capaces de hablar hasta el final de los días, ¡¿pero acaso actúan cuando su propio territorio sufre la amenaza de una invasión?! —maldijo Garrosh—. Tenemos que demostrarles de lo que son capaces los verdaderos guerreros. Nuestro objetivo son los cubiles de los jabaespines el sur de Mulgore. El ataque comenzará poco después del alba. Preparaos. Sus guerreros saludaron y corrieron a prepararse. Garrosh tomó asiento de nuevo y se colocó a Aullavísceras sobre el regazo. Los llevaría a la victoria y el hacha de su padre danzaría en la gloria de la batalla una vez más. Garrosh mostró los dientes con una dura sonrisa. * * * * * Los Kor'kron eran la élite; eran letales y además contaban con el elemento de la sorpresa. Los oscuros zepelines se deslizaron en silencio por el aire en las tempranas horas previas al amanecer, y se detuvieron cerca de los territorios ocupados por los jabaespines. Liderados por Garrosh, los guerreros descendieron por sogas para aterrizar casi en las cabezas de las patrullas de jabaespines. Las espadas relucieron en una ráfaga de ataques y diez jabaespines permanecieron inmóviles en el suelo. Solo un ligero chillido escapó de uno de ellos, y los guardias que se encontraban junto a la entrada de la madriguera avanzaron para investigar. Ellos también cayeron rápidamente ante la avalancha de hachas y espadas que se desató frente al asombrado grupo. Cuando los zepelines se retiraron a una distancia segura, los Kor'kron avanzaron por los túneles, eliminando rápida y eficazmente toda la resistencia que iban encontrando. La batalla fue corta pero intensa, y los jabaespines defendieron su territorio con una ferocidad que sorprendió incluso a Garrosh. Acostumbrados a luchar en túneles estrechos, emplearon incluso los colmillos si era necesario; luchaban con un entusiasmo ciego. No temían morir defendiendo su hogar. Garrosh sonrió mientras los jabaespines con los que se topaba caían uno tras otro. Hoy les enseñaría lo que era el miedo. Unos minutos después, el grupo alcanzó la cámara principal. Garrosh los lideraba triunfal con Aullavísceras en alto, preparada para golpear. Asintió con orgullo. El suelo estaba cubierto de cadáveres, y no se oía nada más que la esforzada respiración de los guerreros. Investigaron la zona en busca de alguna señal, tratando de decidir cuál de la multitud de túneles debían seguir. Tras unos minutos, se oyó el sonido de una escaramuza detrás de ellos, y se volvieron lentamente, esperando encontrarse a unos pocos rezagados. En lugar de unos cuantos rezagados, descubrieron que los túneles de la retaguardia estaban plagados de bestias. Los recién llegados se detuvieron un instante para observar las docenas de cadáveres de sus hermanos que cubrían el suelo. Garrosh les gritó: —Hoy pagaréis. ¡Hoy conoceréis la ira de la Horda! A la señal de Garrosh, los Kor'kron lanzaron una lluvia de hachas contra la multitud, y una decena de chillidos retumbaron por toda la caverna. Pero los jabaespines no hicieron ningún amago de atacar. Otra oleada de hachas cayó sobre ellos, pero las bestias permanecían inmóviles. —¡¿Qué significa esto?! —gritó Garrosh—. ¿Os rendís tan fácilmente? ¡No tendré compasión, os haré pedazos aquí mismo! Como si fueran un solo ser, la multitud que tenía ante él alzó sus armas y chilló de forma atronadora. La caverna en la retaguardia de los Kor'kron retumbó, y al girarse, los orcos descubrieron una marea de cientos de bestias que avanzaba con rapidez provenientes de túneles que surgían del suelo y de agujeros en el techo. —¡Moveos al flanco izquierdo! Hacia delante, ¡vamos! —gritó Garrosh—. ¡No permitáis que nos corten el camino a la superficie!— Los guerreros se lanzaron contra los jabaespines, dejando la salida a sus espaldas. Aullavísceras danzaba en el aire como una imagen borrosa y descendía a toda velocidad sobre los líderes del ataque. Cayeron con un sonido sordo, y más bestias sustituyeron a sus hermanos muertos. Resonó una orden: —¡Avanzad! —Y los guerreros avanzaron con más fuerza hacia los ensordecedores chillidos y gruñidos de los jabaespines que respondían al avance sin dudarlo. Destellos de color iluminaban los rostros crispados de los Kor'kron mientras los chamanes jabaespines lanzaban hechizos a sus filas. Cada vez que alcanzaban un objetivo, se oía una explosión de rugidos que retumbaba en toda la caverna. Garrosh comprobó con desazón que cada uno de los destellos significaba que sus filas perdían un guerrero. A medida que resultaban abatidos, los guerreros dejaban caer las antorchas, que se apagaban con rapidez. Garrosh gruñó y luchó con renovado vigor y aún más rabia. Era un Grito Infernal, y un Grito Infernal no se dejaba vencer por bestias patéticas. Sacaría a los suyos de esta—. Blandió a Aullavísceras de un lado a otro cada vez más rápido, y el aire se preñó del sobrenatural silbido del movimiento del hacha. El aullido retumbó por los túneles y recibió como respuesta los chillidos de más bestias. Los jabaespines caían por doquier, desmembrados al paso del hacha de Garrosh, pero su número no disminuía. Ni transigían ni se retiraban; y Garrosh se vio forzado a avanzar cada vez más hacia el interior de la cueva, hasta que ya no pudo ver la luz de la superficie. Estaba solo, prácticamente a oscuras y rodeado de una corriente interminable de jabaespines que chillaban de forma horrenda. Comenzaron a arrancarle la armadura, arañaban y mordían la carne que quedaba expuesta, y le forzaban a adentrarse aún más en las profundidades del túnel. No le quedaba otra opción que la de retroceder en la dirección en la que le obligaban a hacerlo, siempre hacia abajo. Podía sentir sus cálidos alientos y sus alaridos de emoción. Se giró y buscó a tientas un camino para salir a la superficie pero lo único que encontró fue un pequeño túnel lateral sin salida. Finalmente, cuando su espalda tocó la pared del túnel, Aullavísceras se quedó encajada en una grieta de la roca y no pudo liberarla. Con un rugido ronco, Garrosh se lanzó contra la marea erizada de espadas. Forcejeó con uno de los atacantes hasta quitarle la lanza, que acto seguido ensartó en la cabeza de otro. Al hacerlo, la antorcha que llevaba la bestia, la única fuente de luz restante, cayó al suelo y se apagó. La oscuridad se hizo absoluta. No dejaban de llegar y, a pesar de que estaba solo y perdido en la oscuridad, Garrosh no pensaba parar hasta que estuviesen todos muertos. Empezaron a dolerle los brazos y su respiración se volvió entrecortada, pero continuó luchando con todas las armas al alcance de su mano. Por cada bestia que caía, otra ocupaba su lugar. Poco a poco, empezó a verse superado, cada vez más ataques de los jabaespines alcanzaban su objetivo. Entonces percibió una tenue luz que teñía la oscuridad, pero siguió concentrado en la lucha. A medida que la luz aumentaba, muchos de sus atacantes se detuvieron y escuchó un ligero alboroto en el túnel principal. De pronto, una luz tremendamente brillante descendió en varios halos radiantes; la fuente de la que provenían se acercaba cada vez más. Los jabaespines que le rodeaban chillaron con rabia y volvieron por donde habían venido. A pesar de estar cegado, Garrosh vio a las bestias volar por todas partes, como si fuesen mero muñecos de papel. La luz se hizo todavía más brillante y se acercó a la curva en la que se encontraba luchando por su vida. A la vuelta de la curva pudo ver a Baine acompañado por Hamuul Tótem de Runa y un puñado de caminasoles. Baine gritó hacia la parte interior del túnel: —¡Manteneos firmes, hermanos! ¡No temáis la oscuridad! —Rompemiedos brillaba intensamente en sus manos, incluso más que la Luz radiante que emanaba de los propios caminasoles. Baine se preguntó por un momento si Anduin Wrynn aprobaría el uso de su regalo para algo así; las bestias caían una tras otra bajo la maza enana hasta que, por fin, se retiraron en masa al interior de sus madrigueras, buscando el refugio de la oscuridad—. Baine se acercó rápidamente al Jefe de Guerra. —Garrosh, coge tu arma y vámonos. Tenemos que salir de aquí antes de que nos rodeen. —Ayudó a Garrosh a ponerse en pie y le ayudó a sacar el arma de la grieta del muro—. Date prisa. Se abrieron camino rápidamente hasta la superficie y, a excepción de los cadáveres que cubrían el suelo, el camino se encontraba libre de obstáculos. Mientras atravesaban una caverna más grande, Baine confió en su buena fortuna, esperó que los jabaespines se hubieran retirado por completo. Al llegar al otro lado, Hamuul ordenó que se detuvieran. Se arrodilló y comenzó a murmurar, en busca de un consejo que le ayudara a tomar el camino correcto que los llevase al exterior. En el momento en que se puso de pie y tomó la dirección adecuada, los muros de las cuevas estallaron. El grupo se giró para enfrentarse al nuevo ataque, pero se detuvo abruptamente al ver a los atacantes. El grito de Garrosh se elevó por encima del estruendo: —¡¿Qué son esas cosas?! Baine dio un paso hacia atrás movido por la cautela. —Ojalá lo supiera, Jefe de Guerra... Jabaespines mucho más grandes y pálidos de lo normal comenzaron a rodear a los guerreros. A medida que avanzaban, emitieron unos sonidos sobrenaturalmente agudos que perforaban los oídos de los guerreros. Sus cuerpos eran blancos, estaban cubiertos de espinas de un tono verde enfermizo y tenían unos ojos protuberantes que sobresalían en sus rostros. Eran al menos un palmo más altos que cualquier otro jabaespín conocido por los tauren o por cualquier otra raza, y la maliciosa inteligencia que se reflejaba en sus miradas demostraba que se trataba de criaturas mucho más capaces que sus hermanos caídos durante el ataque de Baine, Hamuul y los caminasoles. Baine ordenó a sus caminasoles que se detuvieran y ambas facciones se encontraron frente a frente. Solo había una opción: retroceder. El ambiente se volvió pesado y se alzó un olor empalagoso y terroso a medida que las bestias pálidas ocupaban cada uno de los resquicios de la caverna. Pero no atacaron. Parecían estar midiendo a sus invasores, ideando un plan para su próximo movimiento. Garrosh levantó su hacha y gritó: —¡Bestias fantasmales! ¡Acabemos con esto ahora! Baine gritó más alto que Garrosh: —¡Jefe de Guerra, tenemos que salir a espacio abierto! ¡Si permanecemos aquí, todo estará perdido! —Hamuul hizo un gesto y unas pequeñas vides surgieron de la tierra y se enroscaron creando un camino que atravesaba el laberinto de túneles hasta llegar al exterior—. ¡Seguidlo, rápido! —ordenó Baine—. Mientras Garrosh los seguía a regañadientes Baine, Hamuul y los caminasoles corrieron hacia la superficie y alcanzaron la cima justo en el momento en que el hechizo de Hamuul se extinguía. Ahora tenían espacio para maniobrar. Mientras Garrosh se centraba en la salida del túnel, Baine cogió la pistola de bengalas goblin del cinturón de Garrosh y la disparó al aire. Los zepelines comenzaron a moverse para recogerlos, pero no con la velocidad suficiente. Las bestias antinaturales aparecieron en la superficie; parpadeando debido a la luz de la mañana. Baine avanzó hacia ellos a medida que iban emergiendo, y estos retrocedieron, conscientes de que no se encontraban en su ambiente. Baine se giró hacia Hamuul mientras el archidruida hacía un gesto y gritaba a la multitud que se apelotonaba frente a él: —Había una solución mejor. Una solución que todos habéis preferido ignorar. ¡Observad la bendición de la Madre Tierra! —Y dicho esto, Hamuul avanzó y con un grito, clavó su bastón en el suelo—. El agua comenzó a manar de una enorme fuente delante de él, rodeó a los jabaespines albinos y, con un tremendo estruendo, los barrió de nuevo hacia el túnel. Los que permanecieron en la superficie cayeron al suelo debido a la explosión, y lo mismo le ocurrió a un disgustado Garrosh. Los tauren permanecieron inmóviles y firmes, clavados a la tierra que tanto veneraban. Un río nuevo surgió del punto en el que Hamuul había clavado su bastón y avanzó entre las rocas para llegar hasta el interior de los túneles en las profundidades de la tierra. Cuando los jabaespines se levantaron, Baine avanzó otro paso hacia ellos. —La tierra es generosa con aquellos que la tratan con respeto. Hay agua suficiente para todos. Observaréis que este río ha trazado su propio curso entre estos túneles hasta llegar a un lago subterráneo. Tomad este presente y no nos molestéis más. Los jabaespines regresaron lentamente a los túneles mientras la luz coronaba ya, por completo, las colinas que rodeaban Mulgore. El amanecer era muy importante para los tauren, pues simbolizaba el renacimiento, pero en este día, añadía un renovado respeto por la Madre Tierra y sus múltiples dones. Avanzaron entre los cadáveres de los jabaespines caídos en el ataque inicial y se dirigieron hacia el Campamento Narache. Garrosh avanzaba en silencio, demasiado enfurecido como para hablar. Baine se dio cuenta de que no le sorprendía para nada esa reacción mientras estudiaba los rígidos movimientos de Garrosh. El primer zepelín llegó por fin al punto de recogida y se detuvo mientras la escala de cuerda descendía hasta el suelo. Baine miró hacia arriba y luego bajó la vista hacia los caminasoles reunidos a su alrededor. Miró a Garrosh un instante antes de señalar la nave con la cabeza y decir: —Ve y lidera a la Horda. Si volvemos a necesitar tu ayuda en Mulgore, te lo haremos saber. Dicho esto, dio la espalda al Jefe de Guerra, que permanecía en silencio, y comenzó el camino de vuelta a Cima del Trueno con los caminasoles que le seguían de cerca. * * * * * La noche se cernía ya sobre Mulgore y las sombras cubrían la tierra. Los fuegos iluminaban tanto las mesetas como las llanuras a medida que los tauren se preparaban para la noche. Esa noche dormirían profundamente sabiendo que su territorio se encontraba a salvo de nuevo. En el exterior de la cabaña de Baine, Pezuñagris Sendaeterna y unos cuantos miembros de su tribu dudaban. Por fin, dijo: —Armémonos de valor. Tenemos que hacerlo. Los miembros de su tribu le seguían de cerca cuando entró en la sala principal, donde Baine trataba de relajarse, y preguntó con voz queda: —Gran jefe, ¿nos concedes unos minutos de tu tiempo? Baine se levantó con una sonrisa cansada. —Por supuesto. ¿Qué puedo hacer por vosotros? El anciano tauren inclinó la cabeza y dijo: —A pesar de tus ánimos, nuestros corazones seguían atribulados. Nos preparamos para partir y en las tempranas horas del alba, marchamos. Fuimos testigos de tu victoria sobre los jabaespines y resultó realmente inspirador. Posees la fuerza de un líder y confías en una sabiduría que nosotros no fuimos capaces de ver. Nos avergüenza admitir que sentimos la necesidad de abandonar esta tierra y queremos que aceptes nuestras humildes disculpas, Gran jefe. Baine hizo un gesto con la mano. —Vivimos tiempos turbulentos e inciertos. Vuestros corazones atribulados son fáciles de perdonar. Esos jabaespines no volverán a hostigarnos en Mulgore, pero eso no quiere decir que ya no tengamos problemas. Los problemas nos acosan tanto dentro como fuera, pero solo si permanecemos unidos podremos superarlos. Baine avanzó hasta la entrada de la cabaña y miró hacia el exterior durante un largo rato. Observó cómo Cima del Trueno se preparaba para la noche, las fogatas ardían desperdigadas en la distancia. Podía distinguir vagamente la silueta del Campamento Narache, donde los jóvenes valientes tauren habían retomado su instrucción. Los necesitarían en futuras tribulaciones, tribulaciones que volverían a poner a prueba la fe y la imperturbabilidad de su pueblo. Baine asintió y volvió su atención al pequeño grupo reunido ante él. —Nuestro pueblo ha recorrido estas tierras durante muchos años y durante ese tiempo hemos aprendido mucho sobre el mundo. Nuestros aliados tendrán que contar con nosotros por nuestra sabiduría y conocimiento. Mi padre hizo en otro tiempo una promesa a la Horda, prometió devolver el servicio que está le había prestado a nuestra raza. Y yo pretendo mantener esa promesa.
  20. 1 puntos
    —No formaré parte de esta mentira. Moira subió la rampa con elegancia. —Me recuerdas a Fenran cuando sujeta uno de sus juguetes como si la vida le fuera en ello. Cuando intentó quitárselo se coge una buena pataleta. —Nunca has comprendido qué significa esto para mí… y nunca lo harás. La heredera de Forjaz caminó hasta el trono de Kurdran y lo miró de arriba abajo. —Todavía sigo sin comprender por qué viniste aquí —dijo Moira—. Tú y tu clan no tenéis nada que hacer en Forjaz. Y, al parecer, tú tampoco quieres estar aquí. —Se me pidió que viniera. —No fui yo. Cierto. Cuando Moira había llegado a Forjaz con sus Hierro Negro, había sitiado la ciudad. Uno de los visitantes que se había quedado atrapado dentro era el príncipe Anduin Wrynn de Ventormenta. Como reacción, su padre, el rey Varian, había acompañado a un grupo de asesinos del IV:7 a Forjaz con la intención de matar a Moira por sus faltas. Finalmente, el rey humano había optado por perdonarle la vida, pero había decidido crear el Consejo de los Tres Martillos para mantener la paz. Al hacerlo, Varian había nombrado a Falstad representante de los Martillo Salvaje. Durante unos instantes, los dos enanos se miraron el uno al otro, hasta que Moira rompió el silencio. —Me pregunto cómo asume la derrota un enano como tú, que has ganado tantas batallas. —¿A qué te refieres? Moira dejó a Fenran cerca el trono de Muradin y el pequeño trepó hasta sentarse en el asiento de piedra, riéndose y ajeno a la conversación que estaba teniendo lugar. —Debe de ser un sentimiento terrible. —¿De qué estás hablando? —insistió Kurdran a la vez que crecía su nerviosismo—. Una sonrisa asomó en el rostro de Moira. Era el mismo gesto estudiado que Kurdran habían visto cientos de veces, pero en la situación actual reflejaba algo siniestro. De pronto, empezó a darse cuenta de lo que ocurría. —Me preocupé bastante cuando te uniste al consejo. Eras un enano con voluntad de hierro, con fuerza y resolución, que lo había sacrificado todo para proteger nuestro mundo. Cuando por fin llegaste, noté la fuerza con la que te aferrabas a ese pedazo de hierro. Era una visión extraña… como si, de alguna manera, hubieras depositado todo tu orgullo en ese único objeto. Kurdran apenas oyó las palabras de Moira. Sus pensamientos iban a toda velocidad. Los extraños rumores sobre los Martillo Salvaje. La creciente tensión originada a causa del pergamino falsificado que encontraron en la biblioteca. Incluso el hecho de que Moira hubiera defendido al clan de Kurdran. Todo aquello dibujaba a los Martillo Salvaje como una banda de inconformistas y poco a poco había minado su reputación. Como resultado, la atención de todo el mundo había sido desviada del objeto de odio habitual en Forjaz: los Hierro Negro. La simplicidad de aquello llenó a Kurdran con ese terrible sentimiento de ineptitud propio del que se ve superado por un enemigo que no está a su nivel. Aquel era el tipo de comportamiento taimado que uno podía esperar de Moira, pero él no había confiado en su intuición. —¿Así que fuiste tú la que colocó ese pergamino en la biblioteca? ¿O dejaste que esa rata de Drukan lo hiciera por ti? La heredera de Forjaz simplemente sonrió irónica y dio unas palmaditas en el hombro de Fenran mientras ignoraba la pregunta. —He colocado guardias en la biblioteca. Puedo asegurarte de que no volverá a suceder algo así. —¡Responde a la pregunta! —rugió Kurdran a la vez que sacaba su martillo de tormenta y apuntaba a Moira con él—. Moira lo miró fría, como si nada. —Has matado dragones con ese martillo, ¿verdad? Cientos de orcos también, ¿supongo? Puedo imaginarme qué me haría a mí. —Te abriría el cráneo antes de que pudieras abrir la boca. Moira ahogó una carcajada. —Y mientras mi sangre, aún caliente, bañara el suelo, mi gente se alzaría y quemaría tu ciudad. Tú y tu clan de brutos seríais los primeros en ser arrojados al fuego. —Si tuvieras una pizca de honor, admitirías lo que hiciste. —Se acabó, Kurdran. Eres un enano de acción, se te dan mal las palabras. Y en Forjaz, lo que importan son las palabras. Esto no es Terrallende, donde la victoria se mide por la cantidad de sangre que derramas. Aquí se mide por el número de corazones que ganas. Y tú has fallado de forma estrepitosa. Después de todo, quizá Falstad hubiera sido un enano más apropiado para representar a tu clan. —Todo este tiempo has estado hablando sobre unidad —dijo Kurdran mientras sujetaba el martillo de tormenta con más fuerza—. Ni siquiera sabes lo que quieres. El rostro de Moira se tensó y tuvo que esforzarse para seguir sonriendo. —Sé exactamente lo que quiero —respondió entre dientes—. Tú nunca has estado dispuesto a tender la mano de la paz a los Hierro Negro. Ya habías tomado tus decisiones antes de venir aquí, guiadas por un antiguo odio. —¿Así que nos sacrificaste a mí y a mi clan para que los Hierro Negro no fuerais tratados como la basura que sois? —preguntó Kurdran—. —Hice lo que hice pensando en el futuro. Para que cuando mi hijo herede el trono, no gobierne una ciudad que lo trata como a un paria por culpa de la sangre que corre por sus venas. —Si Magni pudiera verte ahora… Imagino el dolor que sentiría al ver a la trogg de su hija destruir todo lo que luchó por construir en vida. —No me hables como si conocieras mi pasado, o el de Magni. —Moira había explotado de ira—. Tú y tu clan sois invitados en esta ciudad. ¡Cuanto antes os marchéis, mejor! —Inconscientemente, Moira apretó el brazo de Fenran y el bebé empezó a llorar—. —Siempre esperé que… —Kurdran se detuvo en seco. De pronto, se materializó en él un sentimiento terrible. Avanzó un paso hacia Moira y colocó el martillo de tormenta a unos centímetros del rostro de la enana—. Has… has matado a Cielo’ree. Has ordenado a tu sucio clan que comenzaran el incendio. —No —respondió Moira rebosante de indignación—, no me acuses de algo de lo que solo tú eres responsable. He castigado a los Hierro Negro que han participado en la pelea; pero por lo que me han dicho, tú fuiste el primero en golpear. La culpabilidad arraigó dentro de Kurdran. Desde el incendio había intentado olvidar que había podido evitar la pelea. Relajó los brazos y bajó el martillo de tormenta. —Cógelo y vete —dijo Moira mirando el cetro—. O no. Cogió a Fenran en brazos y descendió por la rampa sin volver la vista atrás ni una sola vez. —Sea como sea, comenzaremos con la forja. Por la mañana, será un Hierro Negro el que traiga la unidad a los clanes —añadió Moira mientras entraba en sus aposentos privados y daba un portazo tras ella—. La verdad que contenían las palabras de Moira, todo lo que había dicho, suponía una pesada carga. El enemigo que Kurdran siempre había deseado encontrar se había descubierto ante él, pero no podía hacer nada para luchar contra ella sin poner en peligro a toda la ciudad. Estaba tan indefenso como la estatua cristalina que era el rey Magni. De pronto, el sentimiento de derrota, extraño para él, lo alcanzó. El sudor empezó a cubrir todo su cuerpo. Con cada respiración, sentía como si inspirase calor estancado en vez de aire. Kurdran deslizó el cetro por una abertura de su pechera, cerca del brazo. Con la reliquia bien escondida, corrió por la sala hacia las puertas de Forjaz mientras sentía que las paredes de piedra de la ciudad se cerraban sobre él. **** A las puertas de Forjaz, Kurdran inhaló profundamente el aire helado. El sudor que cubría su cuerpo se enfrió en la noche gélida y sintió un escalofrío. A lo lejos, a través de una cortina de nieve, algunas siluetas iluminadas por la luz de las puertas abiertas de la ciudad descargaban cajones de un carro. Una de las siluetas miró a Kurdran. Después avanzó con dificultad por la nieve hacia él. Era Muradin. —Te he estado buscando, muchacho —dijo el Barbabronce mientras se quitaba la nieve de los hombros cubiertos de placas—. No sé cómo decirte cuánto siento lo de Cielo’ree. Ha muerto como vivió, sin miedo. Luchando por lo que era más importante para ella… los suyos. Su futuro. —Su futuro ha muerto con ella —respondió Kurdran. Dejó escapar un largo suspiro y el aliento se convirtió en una nube blanca por el frío—. Muradin guardó silencio durante unos instantes. —Sí… pero yo preferiría morir por mi gente en una pelea que sé que puedo ganar que no luchar en absoluto. Supongo que sabes bien de lo que hablo, ¿no es cierto? Kurdran entrecerró los ojos ante la afrenta, pero se sentía débil después del encuentro con Moira. —He luchado por mi pueblo desde el día que puse un pie en Forjaz. —No confundas cabezonería con valor. No es lo mismo —replicó Muradin—. —No lo entiendes. Eres igual que Moira. Muradin suspiró y agachó la cabeza. —Cuando te uniste al consejo, pensé: «He aquí un enano que puede poner fin a todas estas disputas». Pero lo único que has hecho es empeorar las cosas. —Sí, porque he tenido que enfrentarme a todo solo. Tú me recibiste con los brazos abiertos, pero en cuanto adopté una posición firme sobre algo en lo que creía, me diste la espalda. —¿Cuántas veces te he dicho que no merecía la pena pelearse por ese asunto del martillo? Decidí ahorrar energías cuando me quedó claro que no estabas dispuesto a atender a razones —replicó Muradin—. Kurdran tuvo que admitir, a favor del Barbabronce, que recordaba todas las veces que Muradin se había acercado a él en privado para intentar convencerlo de que renunciara al cetro de los Martillo Salvaje. Pero cada una de las conversaciones le había parecido a Kurdran más un ataque personal que un consejo. —¿Es que no lo ves, muchacho? —continuó Muradin—. Ese viejo hierrucho es un cepo que te tiene preso. A ti y a toda la ciudad. Cuando más discutimos sobre él, más nos oprime. —¿Y qué ocurriría si no quiero seguir adelante con la forja de mañana? —le espetó Kurdran. Mientras las palabras salían de su boca, sintió que el cetro que llevaba escondido bajo la armadura se le clavaba en las costillas—. Muradin frunció el ceño. Miró a Kurdran lleno de desdén. —Magni disfrutaba de tus aventuras en Terrallende, de cómo luchabas con Cielo’ree. Me alegro de que no esté aquí para ver lo necio que eres en realidad. Kurdran había sopesado la idea de hablarle a Muradin sobre su encuentro con Moira. Pero ahora se preguntaba si Muradin estaría compinchado con la hija de Magni. Sin embargo, Muradin poseía una franqueza que acallaba todos sus temores. En cierto sentido, eso hacía que las palabras del Barbabronce le dolieran aún más. —¡En Terrallende, el cetro mantuvo vivo el corazón de mi clan! —gritó Kurdran—. —¡El corazón de tu clan está en ti! —La voz de Muradin se alzó también para equipararse a la de Kurdran—. Estaba en Cielo’ree. Y está en todos los Martillo Salvaje que hay en la ciudad, sufriendo cada vez que te empeñas en seguir discutiendo. Intento que esta ciudad avance, no quiero que se hunda con esas tonterías sobre hierro antiguo. —¿Que avance? —se burló Kurdran—. El martillo no era la mejor manera de avanzar cuando pensábamos que era real, y estoy seguro de que no lo es ahora que sabemos que es una mentira. Muradin inspiró profundamente y apoyó una mano en el hombro de Kurdran. —Déjalo estar, muchacho. Sin sacrificio no se consigue nada bueno. Tú lo sabes mejor que todos nosotros. Kurdran se quitó el brazo del Barbabronce de encima. —¿Por eso me estabas buscando? ¿Para darme lecciones sobre cómo tengo que gobernar a mi clan? El rostro de Muradin se contorsionó de ira. Volvió la vista hacia las misteriosas siluetas que trabajaban en medio de la noche. Los otros enanos seguían descargando cajones, ajenos a Muradin y a Kurdran. Cuando el Barbabronce volvió a concentrarse en Kurdran, le cruzó la cara de un bofetón y el Martillo Salvaje retrocedió. —No, muchacho. Solo quería ver con mis propios ojos dónde está la línea que separa la realidad de la ficción. Cuando Kurdran se recuperó del impacto, Muradin ya había echado a andar hacia el carro. El Martillo Salvaje se quedó en las puertas, mirando fijamente la oscuridad de la noche. El cetro de los Martillo Salvaje le resultaba extrañamente pesado. Muchos de sus recuerdos de Terrallende estaban vinculados a él. Pero antes de eso, no se había sentido especialmente unido a la reliquia. De hecho, recordaba que casi se la había dejado olvidada cuando partió hacia el mundo natal de los orcos. El cetro había estado colgado en una pared, cubierto por una capa de polvo, cuando, por capricho, había decidido meterlo en su equipaje. De pronto, se sintió estúpido por haberse llevado el cetro d El Trono. ¿Qué iba a hacer con él? ¿Abandonar la ciudad y renegar de sus deberes como miembro del consejo, manchando no solo su honor sino también el de Falstad y el del resto de su clan? Kurdran sopesó la pregunta mientras cruzaba las puertas y regresaba al calor de Forjaz. Caminaba sin rumbo por el anillo exterior de la ciudad cuando alguien lo llamó. Era Eli, que corría hacia él cargado con un puñado de pieles. —No estoy de humor —murmuró Kurdran—. —Sí, sí. Ya sé cómo te sientes. ¡Pero seguro que quieres ver esto, muchacho! —dijo Eli, que casi se cayó al suelo—. El cuidador de grifos dejó las pieles y se arrodilló al lado. Kurdran lo imitó y observó muy intrigado mientras Eli desliaba el paquete. —Es de ella —afirmó Eli. Una sonrisa bordeada por su poblada barba se dibujó de oreja a oreja. Kurdran se inclinó aún más, incrédulo. Dentro, bien arrullado por las pieles, había un huevo manchado de hollín—. —¿Pero cómo…? —A Kurdran no le salían las palabras—. —Lo llevaba uno de los grifos. Ha estado escondiéndose en una percha en La Gran Fundición. Probablemente haya cogido el huevo durante el incendio. Ninguno de los otros se ha ocupado de los huevos —explicó Eli—. Te he estado buscando desde entonces. Kurdran recordó entonces que, entre el caos del incendio, las cenizas, las plumas y los terribles gritos, un grifo que había acompañado a Cielo’ree había alzado el vuelo con las patas delanteras pegadas con fuerza contra el pecho. Kurdran levantó la cabeza y vio que a Eli se le humedecían los ojos. El cuidador de grifos se los secó rápidamente. —No se lo digas a nadie. Si los muchachos se enteran de que he estado llorando, nunca me dejarán en paz. —No sería la primera vez que te pones llorón. —Una carcajada atronó desde el interior de Kurdran mientras las palabras salían de su boca. Sin embargo, la alegría estaba teñida de ira y miró de nuevo el huevo. Los acontecimientos habían dado un giro milagroso, pero si tuviera la oportunidad, cambiaría el huevo por Cielo’ree sin pensarlo dos veces—. —No es Cielo’ree… —dijo Kurdran—. —Ay, un pensamiento como ese te envenenará la mente, muchacho. Olvídalo o, de lo contrario, pasarás toda la vida esperando algo que no llegará nunca. —Eli agarró el antebrazo de Kurdran—. Este nunca será Cielo’ree —continuó Eli más serio de lo que Kurdran le había visto nunca—. Pero lleva su sangre. Es su regalo para ti. Y puedo prometerte que un día se convertirá en un grifo tan hermoso como su madre. —Sí…—, dijo Kurdran y sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Lleno de dudas, apoyó la palma de la mano en el huevo. Estaba caliente, pero era una sensación complemente diferente al sofocante calor de Forjaz. La calidez recorrió las venas de Kurdran y le hizo sentir como si estuviera bajo los azules cielos de las Tierras del Interior, bañado por la luz del sol. En aquel instante lo vio todo claro. Sabía lo que tenía que hacer, sin importar las consecuencias, para honrar al rey Magni y cumplir con sus deberes como miembro del Consejo de los Tres Martillos. **** Cuando Kurdran llegó, La Gran Fundición estaba abarrotada de enanos que se apelotonaban hombro con hombro. Casi toda la ciudad había acudido a la forja del martillo de Modimus. Incluso estaban presentes unos pocos gnomos, draenei y otros miembros de la Alianza, aunque se mantenían alejados de los enanos que se arremolinaban alrededor del monstruoso Gran Yunque en el corazón de la fundición. Una hilera de guardias de Forjaz acordonaba el área que rodeaba el yunque, y solo Moira, Muradin y el herrero Hierro Negro estaban dentro. Muchos de los enanos allí presentes iban armados, tensos por la ira acumulada. Los Martillo Salvaje se habían reunido cerca de la entrada a El Trono, lejos de su lugar habitual, en el nidal de grifos. Tras el incendio, se habían llevado a sus compañeros alados fuera de la ciudad. Ahora, el nidal, una vez limpio y arreglado con paja nueva, acomodaba tan solo a los grifos de Forjaz. Kurdran se abrió camino por la fundición abarrotada. Un clamor gigantesco se alzó de la masa que lo rodeaba y, entre el rugido indescifrable, Kurdran captó la palabra —ladrón— proferida una y otra vez. A medida que se acercaba al centro de la estancia, vio a Moira de pie detrás de sus guardias, dirigiéndose al público. —Tenemos nuestras sospechas sobre quién robó el mango del martillo de Modimus —dijo Moira—. Se llevará a cabo una investigación. Sin embargo, no permitiremos que esos ladrones desbaraten nuestros planes. Comenzaremos con la forja tal y como… —Moira dejó la frase inacabada cuando vio a Kurdran atravesar la línea de guardias que rodeaba el Gran Yunque—. —Kurdran —dijo Moira con indiferencia, como si el encuentro de la noche anterior no hubiera tenido lugar—. Hay un ladrón entre nosotros. La heredera de Forjaz señaló el Gran Yunque, donde descansaban el cabezal del martillo de los Barbabronce y la gema de los Hierro Negro, a la vista de todos. —¿Tienes alguna información que pueda arrojar algo de luz en este asunto? —preguntó en voz alta para que la oyeran todos los espectadores—. Bajo la máscara de cortesía, Kurdran podía percibir que Moira estaba saboreando cada instante de lo que probablemente creía que era su momento de dominación total sobre el representante de los Martillo Salvaje. —Sí, la tengo —respondió Kurdran mientras miraba brevemente a Muradin. El Barbabronce observó a Kurdran indignado, pero no dijo nada—. Kurdran caminó hasta el borde del Gran Yunque. Sacó la reliquia de los Martillo Salvaje de su armadura y alzó el cetro en el aire, hacia los enanos allí presentes. —¡Forjaz! ——rugió—. He sido yo quien se ha llevado la pieza del martillo. Los gritos se alzaron entre la multitud y los enanos empezaron a empujar contra el anillo de guardias del Gran Yunque. Otros se acercaron hacia los Martillo Salvaje de la entrada de El Trono. Muradin se acercó más al yunque y agarró el brazo libre de Kurdran. —¡Kurdran! —El Barbabronce bullía de ira—. ¡Vas a provocar un motín! —Dijiste que yo podía ser el que pusiera fin a las disputas en esta ciudad. Y eso es lo que pretendo hacer. —¿Cómo? —preguntó Muradin—. —Rompiendo la cadena, muchacho. Muradin frunció el ceño confuso. Pero, poco a poco, Kurdran tuvo la impresión de que el Barbabronce empezaba a darse cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir. Muradin caminó hacia la multitud y rugió: —¡Dejad que hable! Cuando el clamor se apagó, Kurdran continuó. —Durante mucho años estuve atrapado en Terrallende, sin saber a ciencia cierta si alguna vez podría regresar a casa. Durante todo ese tiempo, este pedazo de hierro nos dio esperanzas a mis muchachos y a mí. ¡Nos recordó quiénes éramos y por qué estábamos luchando! Kurdran miró la reliquia. La noche anterior, arrodillado al lado del huevo de Cielo’ree, por fin se había dado cuenta de lo que era el cetro: un viejo pedazo de hierro. Metal templado que había enfrentado a los enanos, y había instigado el miedo y el odio en el corazón del propio Kurdran. Nada lo había diferenciado de la airada y descerebrada masa que se enfrentaba a él en aquel instante. Un enano asustado de lo desconocido, negándose a avanzar si ello significaba renunciar a algo conocido. Pero era lo que había hecho en Terrallende. Había renunciado a su título de gran señor feudal a favor de Falstad. Había entregado los mejores años de su vida a Pico Nidal para asegurar un futuro mejor para los suyos. En comparación, el cetro era algo demasiado trivial. —Pero esto no es Terrallende —continuó Kurdran—, y esta no es la Forjaz de nuestros ancestros. De modo que, ¿por qué estamos intentando forjar este martillo para que lo sea? Esta es una nueva Forjaz. ¡Nunca será como la del pasado y forjar el martillo de Modimus no cambiará absolutamente nada! —Kurdran golpeó el yunque con la reliquia de los Martillo Salvaje—. ¡Mi clan y yo no queremos ver cómo esta nueva era comienza encadenándonos a un martillo! Los movimientos de la multitud empezaron a ser erráticos. En las sombras de La Gran Fundición, los enanos parecían un único organismo, expandiéndose y contrayéndose, a punto de reventar por las costuras. —¡Se va a llevar la pieza! —¡Los Martillos Salvaje descubren sus verdaderas intenciones! Sin decir una palabra más, Kurdran sacó su martillo de tormenta. Con un solo movimiento veloz, alzó el arma y la dejó caer sobre el cetro en medio de un relámpago. El trueno que surgió hizo que le pitaran los oídos a pesar de llevar muchas décadas utilizando el arma. La reliquia explotó en una lluvia de astillas de hierro. La multitud se quedó helada, perpleja. La confusión asomó en los tensos rostros de los enanos. —La nueva Forjaz empieza aquí. Preguntaos a vosotros mismos: ¿queréis comenzar reforjando este martillo que un día podría volver a romperse? Los Martillo Salvaje hemos decidido dar un paso adelante, no atrás. ¿Quién está con nosotros? Cuando Kurdran se volvió y ofreció su martillo de tormenta a los demás miembros del consejo, se sorprendió al ver que Muradin ya iba de camino al yunque. —¡Los Barbabronce! —gritó Muradin, y agarró el martillo de tormenta con una mano—. Al unísono, Muradin y Kurdran miraron a Moira, al igual que todos los que se habían reunido en la Gran Fundición. Ella estaba sola. La heredera de Forjaz miró alrededor como si estuviera buscando una salida. El silencio se hacía interminable, pero finalmente se acercó al yunque dando unos pasos extraños, como si su cuerpo y su mente estuvieran luchando el uno contra el otro. Con los ojos fijos en Kurdran, puso la mano sobre la de Muradin en el mango del martillo de tormenta. Con la mano libre, Kurdran colocó el cabezal del martillo de los Barbabronce y la gema de los Hierro Negro en el centro del enorme yunque. Como si fueran una misma persona, los miembros del consejo dejaron caer el arma de Kurdran. Sonaron más truenos y los artefactos restantes se hicieron añicos. Y con ellos, murió la mentira. Después, los tres enanos permanecieron en el yunque, inmóviles, con una mano en el martillo de tormenta, manteniéndolo en alto. La multitud aplaudió y pronto empezaron a vitorear. En todo momento, Moira miró a Kurdran como si estuviera esperando que él le dijera algo. Kurdran no dijo nada. **** A la semana siguiente, la tensión entre los clanes se había convertido en una brasa que ardía lentamente: seguía presente, pero la amenaza de la violencia parecía distante. Kurdran se estaba bebiendo su segunda pinta de cerveza en la taberna Roca de Fuego, sentado en una mesa, solo, en un rincón del establecimiento. Sin embargo, su soledad no nacía de la ira o la culpa. Estaba esperando a alguien con nerviosa ilusión. —Si al final no viene —pensó Kurdran—, ¿quién podría culparle? Como respuesta a su pregunta silenciosa, Falstad Martillo Salvaje entró en la taberna, con el pelo rojo recogido en una coleta como lo llevaba Kurdran. Se detuvo en el umbral mientras sus ojos buscaban en la penumbra de la estancia hasta que encontró a Kurdran. Sin sonreír ni hacer gesto alguno, Falstad se acercó a la mesa de Kurdran y tomó asiento. —Me alegro de verte, muchacho —dijo Kurdran—. —Lo mismo digo —respondió Falstad sin mucho entusiasmo—. Pasó un instante de silencio incómodo. Kurdran había hecho venir a Falstad a Forjaz al poco de haber destruido el cetro de los Martillo Salvaje, sin tener ni idea de cómo reaccionaría su amigo a la llamada. Ahora que Falstad estaba en la ciudad, Kurdran se sentía aliviado e inseguro. —No es necesario que hagas esto. Tienes más derecho que yo a estar en ese consejo —añadió Falstad—. —No —replicó Kurdran—. Has sido el gran señor feudal de los Martillo Salvaje durante veinte años. Lo único que ha cambiado eso ha sido un enano cabezota que pensó que podía hacer el trabajo mejor que tú… —He hablado con Eli hace un momento. Al parecer ya has dejado tu marca en Forjaz. —Lo único que he hecho ha sido arreglar un lío que había formado yo mismo. Un lío que no habría tenido lugar si tú hubieras estado aquí. Falstad miró con dureza a Kurdran, frunciendo la boca. Kurdran se preparó, ya que esperaba que su amigo le reprendiera por su arrogancia e, incluso se regodeara del malestar que había causado en Forjaz. —Aunque no lo hagas por mí —dijo Kurdran de forma repentina—, ocupa tu lugar en el consejo por el bien de nuestro clan. Falstad se reclinó en la silla con los brazos cruzados. Sus ojos miraron a Kurdran en todo momento. —Así que esperas que te perdone y me una al consejo… ¿cuando ni siquiera hay una pinta bien fría esperándome en la mesa? —preguntó Falstad mientras gran una sonrisa cruzaba su rostro—. Kurdran soltó una sonora carcajada y sintió que se quitaba un gran peso de encima. En ese instante, reconoció la inmensa sabiduría y capacidad de perdón que poseía Falstad. Eran rasgos que llevarían a los Martillo Salvaje a hacer grandes cosas, incluso a pesar de la incertidumbre que reinaba sobre la formación del consejo. Después de que Kurdran hubiera pedido una pinta para Falstad, los dos enanos alzaron sus jarras. —Por el consejo —dijo Falstad—. —Por el gran señor feudal de los Martillo Salvaje —añadió Kurdran—. —Por Cielo’ree. —Falstad se llevó la jarra a los labios antes de que Kurdran pudiera añadir otro brindis. No cabía duda de que Eli había informado a Falstad de la muerte de Cielo’ree. Kurdran apreció la brevedad del homenaje porque sabía, como Falstad y otros jinetes de grifos, que las condolencias prolongadas no podían atenuar el dolor provocado por la muerte de una amiga como Cielo’ree—. Falstad dejó la jarra sobre la mesa con un golpe hueco y preguntó: —Entonces, ¿qué harás ahora? —Quizá viaje a Ventormenta. He tenido buenas experiencias con los humanos en el pasado y tengo ganas de conocer a ese tal rey Varian. Y… he oído que levantaron una estatua en mi honor tras darme por muerto en Terrallende, justo en la entrada de la ciudad. —Kurdran sonrió—. —Sí… Yo escribí la placa. Me resultó muy difícil encontrar algo bueno que decir sobre ti —replicó Falstad con una risita—. A medida que avanzó la noche, otros enanos se unieron a Kurdran y a Falstad en su mesa. Charlaron sobre los grandes cambios políticos que estaban ocurriendo en todos los reinos de Azeroth, y de los desastres naturales que habían dado nueva forma al mundo tras el cataclismo. Entre los temas que más interesaban a Kurdran estaba el de los enanos Martillo Salvaje que vivían desperdigados por las Tierras Altas Crepusculares. Valoraban mucho su independencia y se habían mantenido ajenos al gobierno de Pico Nidal. Sin embargo, hace poco, habían llegado noticias de que algo oscuro había echado raíces entre las verdes colinas de las tierras del norte. Cuando los enanos abordaron otros temas, Kurdran dejó volar su mente. Una semana atrás habría estado preocupado pensando que, al renunciar a su puesto en el consejo, había perdido poder ante los ojos de su clan. Ahora, eso no tenía gran importancia. Había algo en el sacrificio, algo en el hecho de conseguir que su voluntad ignorara los deseos personales por el bien de su pueblo que hacía que Kurdran ardiera en su interior. Era la misma sensación que lo había llevado a Terrallende y le había permitido romper el cetro de los Martillo Salvaje. Su destino no estaba en Forjaz, ni tampoco sentado dejando pasar el tiempo en Pico Nidal. Estaba aquí y allá: en una vida guiada por los vientos. En esa incertidumbre residía la fuerza para plantar cara a cualquier desafío, para mantenerse firme ante las insalvables probabilidades y luchar por el más mínimo atisbo de esperanza. Aquel era el deseo de un Martillo Salvaje. Por primera vez desde que había llegado a la ciudad; de hecho, desde que había llegado de Terrallende; se sintió libre, como si estuviera volando entre las nubes con Cielo’ree. En su imaginación, era lo que hacía. Kurdran estaba con el espíritu del grifo, surcando la extensión azul sin nubes que parecía infinita. Más adelante, le aguardaba algo indescifrable, titilando como un espejismo. En su corazón, sabía que era la paz para Pico Nidal y todos los Martillo Salvaje. Resultaba imposible predecir si tardaría en llegar un día, una semana o diez años, y era ridículo preocuparse. Resuelto y lleno de determinación, dio a Cielo’ree una firme palmadita en el cuello y dejó que los vientos los guiaran hacia el horizonte.
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    Desde hace tiempo Blizzard ha puesto en marcha una política de diversificación de fuentes por lo que muchas de las partes de la historia que no se explican en los videojuegos de World of Warcraft lo acaban siendo en novelas y cómics que no siempre están disponibles en español. Esto hace que exista entre mucha gente un gran desconocimiento de algunos aspectos importantes básicos de la historia que no pueden acceder a las fuentes oficiales porque no existen en su idioma y tengan que recurrir a traducciones amateurs que no siempre son las más acertadas. Internet está lleno de historias desordenadas de la historia de Warcraft sin ningún tipo de fuente de referencia totalmente desactualizadas y fuera del contexto actual de los acontecimientos por lo que se hace necesario un lugar donde se aúne toda la información posible. Voy a unificar aquí un índice de todos los relatos sobre la historia de Warcraft para que pueda comprenderse la cronología de sus acontecimientos más relevantes y al mismo tiempo consultar información canónica de las publicaciones que Blizzard ha puesto a disposición. 1. Historia de Warcraft 1.1 - Línea Temporal 1.2 - Capítulo I: Mitos 1.3 - Capítulo II: El nuevo mundo 1.4 - Capítulo III: La condena de Draenor 1.5 - Capítulo IV: Alianza y Horda 1.6 - Capítulo V: El retorno de la Legión Ardiente 2. Proyectos Web 2.1 - World of Warcraft: Classic [Relato] La Guerra del Mar de Dunas [Relato] Camino a la perdición [info] Troll Compendium [info] La peste de los no-muertos [info] Los múrlocs 2.2 - The Burning Crusade [Lore] La historia hasta ahora [Relato] Intacto [info] Chamanes y Paladines 2.3 - Wrath of the Lich King [Lore] El auge del Rey Exánime [Lore] La historia hasta ahora [Relato] Gloria 2.4 - Cataclysm [Lore] La historia hasta el momento [Relato] La Ofensiva de los Aspectos Serie "Líderes de Azeroth":[Relato] Corazón de Guerra (Garrosh) [Relato] A la sombra del Sol (Lor'themar Theron) [Relato] Señor de su manada (Genn Cringris) [Relato] Secretos mercantes de un Príncipe mercante (Gallywix) [Relato] Hierro y fuego (Consejo de los Tres Martillos) [Relato] El Juicio (Vol'jin) [Relato] Acortado (Gelbin Mekkatorque) [Relato] Al Igual que Nuestros Padres (Baine) [Relato] Semillas de fe (Tyrande y Malfurion) [Relato] Filo de la noche (Sylvanas) [Relato] Sangre de nuestros antepasados (Varian) [Relato] Lección de profeta (Velen) 2.5 - Mists of Pandaria [Relato] Diario de viaje de Li Li (14 capítulos) [Relato] Misión en Pandaria [Relato] La Prueba de las Flores Rojas [Relato] Sol Sangrante [Relato] El pergamino en blanco [Relato] Muerte desde el cielo [Relato] La fuerza del acero [Relato] Sobre el agua [Relato] El Valle Indómito [Relato] Los buscadores de jade [Vídeos] Las cargas de Shaohao 2.6 - Warlords of Draenor [Vídeos] Señores de la Guerra [Relato] Grito Infernal + Referencias: Wowpedia y Sitio Oficial de Blizzard.
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    —¿Desde cuándo eres experto en mogu? —respondió desafiante otro pandaren—. He oído que los grupos de asaltantes Shao-Tien merodean por todo el valle, matan a todo aquel que se cruza en su camino y desaparecen como fantasmas. El fuego puede ser una trampa para que nos acerquemos. Se hizo un silencio incómodo en el grupo. Dezco agitó la cola de un lado a otro en un intento por aligerar su ansiedad; se decía que era imposible que los mogu hubiesen llegado hasta este extremo tan alejado del valle. El explorador regresó al poco tiempo; hacía gestos a la caravana para que continuase la marcha. —¡Es seguro! Los pandaren alrededor de Dezco suspiraron aliviados, pero él permaneció cauteloso. —¿Más refugiados? —gritó al explorador en la distancia. Aparte de los mogu, le preocupaba otro enemigo: la Alianza. Los adversarios de la Horda habían situado una embajada en una fortaleza similar al Santuario de las Dos Lunas en esa zona del valle. Dezco había creado un vínculo con uno de los líderes de la Alianza: el príncipe Anduin Wrynn. Al igual que los tauren, el joven humano no quería conflictos. Se había desplazado hasta el valle movido por la promesa de esperanza y paz. Pero aun así, el tauren no estaba seguro de la fortaleza de esa camaradería. Había tantos fanáticos belicistas en la Alianza como en la propia Horda. —No —respondió el explorador. Dezco observó vagamente una sonrisa en su rostro—. ¡Es el Loto Dorado! * * * * * —¡Sentaos! ¡Comed! ¡Descansad! —gritó Mokimo con los brazos extendidos. Un gran fuego crepitaba detrás del hozen. Sobre las llamas colgaban ollas de hierro de las que surgía vapor que se rizaba en el aire. Al lado, Weng el Indulgente servía arroz de las calderas en cazos de madera decorados con tallas de los cuatro Celestiales. Un pandaren que Dezco no conocía rellenaba tazas con un orbe de viaje. Era tremendo, el tauren a su lado parecía minúsculo, y llevaba una armadura oscura enorme. Aparte de un moño y la barba de tono castaño, su pelaje era completamente blanco. Los refugiados pasaron a Dezco de largo mientras avanzaban a toda prisa hacia la fogata; estaban famélicos y exhaustos. El propio estómago del tauren rugió cuando el viento llevó hasta él el sabroso aroma de la comida caliente, pero se mantuvo donde estaba. La presencia del Loto le irritaba. Seguro que a esas alturas ya estaban enterados de su elección. La respuesta honorable sería permitirle llevar a cabo su decisión y vivir con las consecuencias de la misma. Pero en lugar de eso, le habían seguido. —¡Dezco! —Mokimo le hizo un gesto con la mano—. ¡Ven! ¡Debes de estar muerto de hambre! Dezco parpadeó y resopló, irritado por el tono casual. La forma de hablar de Mokimo daba la impresión de que no era una sorpresa encontrarse al tauren en medio del valle. Sin responder, el tauren dio unos cuantos pasos para alejarse del campamento y se detuvo en un claro. Al poco tiempo, había encendido su propia hoguera que crepitaba en mitad de la noche. Sacó a Cirropezuña y Cuerno Rojo de sus cestas y comenzó a alimentarlos con el brebaje de leche de yak. El proceso se había vuelto más sencillo. Los pequeños incluso habían comenzado a apreciar la bebida. Los críos acababan de terminar de alimentarse cuando Mokimo se acercó al fuego de Dezco. —Habría venido antes, pero los refugiados tenían mucha hambre —dijo el hozen—. Gracias a los Celestiales que tú y los cachorros estáis bien. Estábamos preocupados. —Se inclinó y regaló una amplia sonrisa a Cuerno Rojo y Cirropezuña. Los pequeños rieron y juguetearon con los largos mechones de pelaje blanco que rodeaban las mejillas del hozen. —¿Te acuerdas de Weng? —Mokimo hizo un gesto hacia sus dos compañeros, que se mezclaban con los refugiados—. Y el grandulón es Rook. Nunca se le han dado bien los formalismos, pero es tan leal como el que más. Un amigo atento, pero también un enemigo feroz. Creo que te gustaría. ¿Por qué no te unes a nosotros? Hay sitio de sobra en nuestro... —Me habéis seguido — dijo Dezco. —Bueno... no exactamente —respondió Mokimo—. Supusimos dónde te dirigirías. Con la Puerta de los Augustos Celestiales bloqueada, quedan muy pocos lugares en el valle a los que ir. —Esta es mi elección, Mokimo —dijo Dezco con voz firme—. No hice bien al no decírtelo en persona. Me disculpo por ello. Pero el que me sigáis no cambiará nada. Mis hijos pertenecen a mi hogar en Mulgore. Juntos. Esa es mi decisión —añadió—. Los demás miembros del santuario no tienen nada que ver con ello. —Nala me lo dijo. Me reuní con Zhi, y está de acuerdo en que si deseas irte, eres libre de hacerlo. Dezco no supo cómo reaccionar. Había esperado algún tipo de resistencia. —El otro día me hablaste de lo importante que eran mis hijos para el futuro de vuestra orden —dijo el tauren. —Y estaba feliz. Al igual que el resto de los miembros del Loto. Pero no es mi decisión, ¿verdad? Es la tuya. —¿Entonces, por qué habéis venido? —Tus hijos han sido elegidos; están vinculados a Chi-Ji, y por lo tanto al valle. El Loto ha jurado proteger esta tierra sin descanso. Hasta que tus cachorros abandonen la región, los protegeremos. Lo que no entiendo es por qué quieres abandonarnos. Creí que viajaste hasta tan lejos para permanecer aquí. —Es... Era. —Dezco bajó la cabeza—. Si Chi-Ji me hubiera pedido que avanzase hacia las líneas mogu solo, habría honrado su petición sin pensarlo ni un segundo. Habría hecho cualquier cosa. Cualquier cosa, menos esto... —Miró a Mokimo—. A esto no vine aquí. —¿Cómo lo sabes? —Lo sé —replicó Dezco, que notaba cómo le invadía la ira. Comprendió lo que estaba ocurriendo: Mokimo estaba intentando convencerle. Probablemente Zhi había enviado al hozen y a los demás para que le disuadieran de marcharse. —Ya he perdido demasiado —continuó el tauren—. No vine aquí a perderlo todo. A mi tribu se le prometió la paz. Esperanza. Y no... no hemos encontrado nada de lo que yo esperaba. —El tauren respiró profundamente para calmarse. Casi sin darse cuenta, había comenzado a dar coces con sus pezuñas. Weng, Rook y el resto de los refugiados de la otra hoguera le observaban en silencio. Mokimo permaneció impasible. —Las expectativas... son algo peligroso. —Y atizó el fuego con una rama—. Yo esperaba grandes cosas cuando me uní al Loto. Pero a medida que pasaban los años, comencé a odiar este lugar. Todo era tan extraño y confuso. Quería irme a casa. Y bueno, un día decidí hacerlo, pero Zhi me cazó cuando trataba de escabullirme para huir del valle. Pero no me reprendió. Me comprendía. De hecho, me prometió llevarme a ver a mi familia. Es poco habitual que un miembro del Loto abandone el valle si no es por asuntos oficiales. Me hizo un gran honor. —Cuando llegó el día prometido, viajamos hasta mi aldea en las brumosas colinas de El Bosque de Jade. Estaba asustado y emocionado, todo a la vez. Hacía años que no veía a mi familia. —Mokimo se desató una pequeña cinta azul de la coleta y se la mostró a Dezco. No era gran cosa: una sencilla tira de cuero, ajada y vieja—. Era de mi madre. Lo encontramos en las ruinas de la vieja cabaña de mi familia. La aldea había sido destruida por completo. Todos habían muerto. Las tribus hozen suelen enfrentarse entre sí, ¿sabes? —Lo siento —dijo Dezco, avergonzado por su salida de tono. —¿Por qué? Si no hubiese sido uno de los elegidos, ahora estaría muerto. No podemos predecir dónde nos llevará la vida. Es mejor no enfrentarse a lo que está fuera de nuestro control. El momento en que abandonas las expectativas es el momento en que eres realmente libre. Lo único que podemos hacer es servir al valle y ser conscientes de que, nos lleve donde nos lleve el viento, habremos vivido por algo más importante que nosotros mismos. Para nosotros, eso es suficiente. Mokimo se levantó y se sacudió el polvo. —Vuelve al santuario. Es todo lo que te pido. ¿Por qué poner en peligro a los cachorros aquí? No hay lugar seguro en el valle en estos tiempos. Ni un solo lugar. Dezco respiró profundamente y miró fijamente a las llamas, que titilaban y parpadeaban. En movimiento constante, nunca se detenían. Impredecibles, como tantas otras cosas en Pandaria. La única constante era él mismo, sus propias decisiones. Había recorrido las costas selváticas, las montañas del norte y otras regiones con sus hijos. Se había enfrentado a enemigos brutales, que acechaban en cada recoveco oscuro del continente. Durante todo ese tiempo, había protegido a sus hijos. El santuario no era una fortaleza impenetrable. De hecho, una parte de Dezco sospechaba que el Loto solo quería que estuviese allí por si conseguían convencerle. Estaría acorralado. Atrapado. Dezco agitó la cabeza. —Tienes razón cuando dices que esta tierra es peligrosa, pero hay un lugar seguro para mis hijos: a mi lado. Y ahí es donde permanecerán. Si queréis seguirnos, que así sea, pero nos dirigimos a Bruma Otoñal. * * * * * Aún era de noche cuando Dezco se despertó de pronto. Se apoyó en los codos enfadado por haberse quedado dormido. Había pensado hacer guardia toda la noche, pero el largo viaje le pasó factura por fin. Muy cerca, los yaks, asustados, resoplaban y golpeaban sus pezuñas contra el suelo. Dezco pensó en Cuerno Rojo y Cirropezuña. Estaban a salvo; dormían profundamente sobre mantas al lado de la hoguera. Colocó con cuidado a sus hijos en sus cestas y se los colgó a los hombros. En el otro campamento, unos cuantos refugiados comenzaban a despertarse poco a poco, y se frotaban los ojos cansados. Mokimo, Weng y Rook permanecían inmóviles al otro lado de la fogata observando la oscuridad. —¿Qué ocurre? —preguntó Dezco cuando estuvo a su altura. Mokimo puso un dedo delante de sus labios en un gesto de silencio. —Rook ha visto algo —susurró. Un profundo rugido surgió de la garganta de Rook. Agarró con más fuerza la gigantesca maza con pinchos de hierro que tenía en la pezuña. —A Rook no le gustan esas rocas —masculló el pandaren blanco. —¿Por qué no te gustan? —inquirió Weng. —No se están quietas. —Rook rechinó los dientes—. Rocas malas. Rocas estúpidas. Dezco se colocó de espaldas al fuego para que se le acostumbrase la vista a la oscuridad. Poco a poco fueron apareciendo los detalles: una cuesta empinada y una parte del paso de montaña que pretendían atravesar. Rocas de diferentes tamaños esparcidas por toda la ladera. Pero no parecía que nada estuviese fuera de lugar. Tan solo era... De pronto percibió un movimiento en la pendiente. Tan solo fue un instante, pero Dezco lo vio. —Weng —dijo Mokimo—. Despierta a los refugiados. Silenciosamente. Engancha los carros a los yaks. Weng asintió con la cabeza y se apresuró hacia los refugiados. Dezco mantuvo la vista fija en la montaña; no estaba seguro de si lo que había visto había sido real o fruto de su imaginación. Entonces el movimiento se repitió. Pero esta vez no se detuvo. —Corre. —Mokimo se giró hacia Dezco—. ¡Corre! Diez gigantescas rocas comenzaron a rodar por la pendiente en lo que parecía un desprendimiento. No, no rodaban, comprendió Dezco. Estaban corriendo. Rook levantó los brazos cuando las rocas saltaron desde la montaña, en ese momento los detalles de sus cuerpos robustos y caninos, y de sus feroces rostros se hicieron visibles con la luz de la hoguera. —Quilen. —Dezco contuvo la respiración. Las bestias avanzaban a toda velocidad hacia el campamento, su piel de granito se tensaba y retorcía de forma extraña y antinatural. Eran los perros de caza de los mogu, crueles criaturas de piedra viviente como muchos de sus amos. Los yaks se alejaban avanzando con sus patas traseras, tan solo un par de ellos estaba enganchado a las carretas. Weng los sujetó con las riendas y tuvo que esforzarse para evitar que salieran huyendo. Los refugiados salieron en desbandada alrededor del campamento; encendieron ramas que encontraban a modo de antorchas. Cuerno Rojo y Cirropezuña berreaban alarmados. En lugar de atacar, los quilen formaron un amplio semicírculo alrededor del campamento y crearon una barrera entre los refugiados y el norte del valle, pero dejaron el paso de montaña abierto. —¡El paso a Bruma Otoñal es seguro! —gritó Weng—. Que todo el mundo vaya a... —¡Quedaos donde estáis! —gritó Dezco, que se había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo—. Están intentando dirigirnos hacia el paso. —Tiene razón. —Mokimo llegó hasta Dezco a grandes zancadas; respiraba pesadamente. Los quilen cerraron sus mandíbulas de forma amenazadora y se acercaron al campamento, pero seguían sin atacar—. Tenemos que ir hacia el norte, al centro del valle de nuevo. —Rook abre camino. —El pandaren blanco levantó la carreta que no estaba enganchada por encima de su cabeza, le temblaban los brazos, del tamaño de troncos de árbol, con el esfuerzo. Y dando un alarido ensordecedor, lanzó la carreta hacia delante. Se hizo mil pedazos en el centro de la fila de quilen, lo que hizo que las bestias se desperdigaran a derecha e izquierda. —¡Ahora! —Dezco hizo una señal con la mano. Los refugiados avanzaron precipitadamente. Los quilen trataban de cerrar el paso desde todos los flancos. Rook cazó a uno con su maza en mitad de un salto. Otros cuatro cargaron contra Dezco. Este rezó una oración a An'she, y el aire frío que le rodeaba se encrespó debido al poder que lo calentó e iluminó como si la noche se hubiera transformado en día. Se soltó el escudo del antebrazo y arrojó la pieza dentada de hierro contra los quilen. Giró brillante por los aires y golpeó a la primera de las bestias, incrustándose en la cabeza de la criatura. El impacto hizo que la bestia saliese disparada contra uno de sus hermanos, que resultó cercenado en dos partes. Las otras dos bestias seguían ilesas. Mokimo saltó hacia una de ellas con sus largos brazos, y golpeó a uno de los quilen con la pata. Dezco tuvo justo el tiempo suficiente para girarse y cubrirse el pecho con el brazo que le quedaba libre, para proteger a Cirropezuña, antes de que el otro sabueso saltara hacia delante e impactara contra él. Algo se rasgó. Dezco sintió que se libraba de un peso en sus hombros. El quilen había cortado la cuerda. El tauren cazó la cesta de Cirropezuña en plena caída. Se giró con la maza en alto, pero descubrió que el quilen huía hacia el paso de la montaña. Arrastraba la otra cesta con lo que quedaba de la cuerda. Cuerno Rojo, atrapado dentro, estaba gritando. El tauren salió a toda velocidad a por su hijo que seguía llorando; sus pezuñas rasgaban el suelo a medida que avanzaba. Mokimo corrió al lado de Dezco y le agarró del brazo lo bastante fuerte como para obligarle a detenerse. —Yo me encargo —dijo el hozen—. Coge a Cirropezuña y ve con los refugiados. —¡No pienso dejar a Cuerno Rojo! —Dezco se soltó el brazo que Mokimo le tenía agarrado. —Entonces dame a Cirropezuña y yo le pondré a salvo —suplicó el hozen. Dezco dudó un momento, la indecisión le invadió. Los refugiados se retiraban de forma caótica, perseguidos de cerca por los quilen. Dos de las bestias habían conseguido derribar a Rook, que estaba en el suelo. Y golpeaba frenéticamente las cabezas de las bestias con sus garras. —¡¿Dónde?! —gritó el tauren—. Ya te lo dije antes... Un alarido espeluznante surgió del paso de montaña. Dezco empujó a Mokimo y se dirigió a toda velocidad hacia el sonido, mientras aferraba con fuerza la cesta de Cirropezuña bajo el brazo. Susurró una plegaria a An'she y creó un escudo de luz protector alrededor de Cirropezuña para mantenerlo a salvo de la batalla que sabía que se avecinaba. El tauren se dio cuenta de que Mokimo le seguía cuando se acercó al paso oscuro, pero estaba concentrado en el lejano llanto de Cuerno Rojo. Más adelante titilaba la luz de una hoguera, el débil resplandor anaranjado aumentaba y disminuía en las laderas de la montaña. Siguió la luz, mientras la sangre le tamborileaba en las sienes. Tras dar unos pasos en el interior del pasaje, Dezco encontró a su hijo. Cuerno Rojo colgaba del gigantesco puño tallado de un Shao-Tien. Aparte de una intricada falda de cuero, la musculosa bestia no llevaba armadura alguna. Su piel de tonalidad azul oscuro y rocosa brillaba bajo la luz de la antorcha que llevaba en la otra mano. El quilen se encontraba delante del mogu, muy cerca de él, junto con otros dos Shao-Tien que vestían armaduras pesadas y blandían lanzas con enormes filos. Los mogu no dijeron nada. Dezco no esperaba que lo hicieran. No eran una raza con la que se pudiera razonar. Sus actos desafiaban la lógica que regía la vida de las criaturas honorables. Se limitaban a observar a Dezco con el ceño fruncido. El jefe Shao-Tien sacudió a Cuerno Rojo en el aire, como para atraer al tauren hacia sí. Este aceptó el desafío. —¡Dezco! —gritó Mokimo desde la boca del paso, pero el tauren le ignoró por completo. Los únicos sonidos que era capaz de oír eran los llantos de Cuerno Rojo y Cirropezuña, además de la lejana voz de su esposa, suplicante. "Amor mío... pase lo que pase... tienes que proteger a nuestro... hijo". El mogu de la armadura y el quilen avanzaron. Dezco golpeó con su maza al sabueso, y le destrozó la cabeza. Una onda luminosa se desprendió del golpe, y se dirigió hacia uno de los Shao-Tien. El mogu se echó a un lado, pero no lo bastante rápido. La mitad de su cuerpo alcanzada por la luz de An'she, se desplomó convertida en polvo. Más adelante, el jefe mogu se echó hacia atrás, y se protegió los ojos de la luz. Agitó la cabeza y tiró su antorcha al suelo. La bestia, sacó una espada corta de la falda. Largos bucles de energía negra y carmesí se desprendían del arma, y giraban alrededor del acero. Dezco observó aterrorizado cómo el Shao-Tien levantaba el brazo que sostenía el arma, con la intención de asestar un golpe a Cuerno Rojo. La luz de la antorcha disminuyó... y la oscuridad reinó en el paso. Una sombra se movió en lo alto: era Mokimo, que saltaba por los aires. El otro mogu con armadura saltó delante de Dezco, y le bloqueó la visión. El Shao-Tien giró la lanza entre sus manos y después acometió contra el tauren. Este esquivó la pesada hoja, pero la parte de madera del arma le golpeó la muñeca, lo que hizo que su maza saliese disparada de su mano. El mogu se abalanzó contra Dezco e impactó de lleno contra él con la intención de abatirlo. Pero este se mantuvo en la misma posición y golpeó su cabeza contra el rostro de la bestia. El Shao-Tien se tambaleó hacia un lado, aturdido. Dezco cayó de rodillas, cegado por la sangre que le corría desde la frente y se le introducía en los ojos. Buscaba frenéticamente un arma a tientas. Lo que fuera. La mano que tenía libre encontró el cadáver del quilen. Dezco agarró la pata trasera de la bestia y se levantó, lanzó su peso hacia delante y giró. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron como el acero. El paso de montaña estaba en silencio. Los llantos habían cesado. —¡ Cuerno Rojo! —rugió mientras golpeaba con el quilen en el pecho del mogu de la armadura, causando un enorme estruendo. La bestia salió disparada hacia atrás y se golpeó contra el suelo, donde se quedó inmóvil. Las sombras se agitaron más adelante. Dezco se dirigió hacia ellas. Sintió que la cesta de Cirropezuña se balanceaba bajo su brazo izquierdo; estaba a salvo. El tauren se restregó la sangre que le inundaba los ojos hasta que recobró la vista. Mokimo estaba arrodillado. El jefe mogu estaba tendido a su lado, con su propia lanza incrustada en la cabeza rocosa. —¿Dónde está? —preguntó Dezco. —Aquí. —La voz de Mokimo sonaba como un ronquido húmedo. Le brotaba sangre de una profunda herida en el cuello. Extendió las manos y mostró a Cuerno Rojo. Los ojos del cachorro estaban cerrados. Estaba cubierto de sangre, parte de la cual le pertenecía. Antes de coger a su pequeño, Dezco suplicó a An'she que curase las heridas del crío. Una luz amarilla y brillante envolvió al cachorro, pero cuando se desvaneció, este no abrió los ojos. —No... —Dezco rechinó los dientes lleno de furia. Era inútil. No podía hacer nada. Igual que con la muerte de Leza. Intentó salvarla por todos los medios, trató de mantenerla en su vida. Pero no funcionó. Nada funcionó. —El filo del mogu le alcanzó —dijo Mokimo con voz ronca—. El arma estaba envenenada. El veneno es demasiado potente como para que puedas sanar sus heridas... o las mías. Pero aún hay esperanza. —Mokimo agarró débilmente la mano de Dezco y la llevó hasta el pecho de Cuerno Rojo. El corazón estaba latiendo. Débil y lentamente, pero latía—. El cachorro está vivo. —No puedo ayudarle... —Dezco golpeó el suelo con el puño lleno de frustración. —Hay otra manera. —Mokimo se levantó lentamente. Se balanceó de un lado a otro durante un momento y casi se desploma—. Las pozas sagradas. Mientras el cachorro siga con vida, las aguas del valle pueden... Su voz se hizo casi inaudible y abrió mucho los ojos. —Cirropezuña —dijo el hozen. Dezco miró al lugar en que había acurrucado a su hijo en la seguridad de sus propios brazos. —¿Está...? —Las lágrimas brotaron de los ojos de Mokimo—. Oh, no. La cesta colgaba hecha jirones alrededor del crío. Cirropezuña estaba rodeado por el brazo de Dezco, su cuerpo estaba quebrado, destrozado. El tauren se dejó caer sobre las rodillas y soltó al bebé, que cayó en su regazo. Se quedó helado, acunando a su pequeño, mientras comprendió el hecho que le taladraba el corazón como la más afilada de las espadas. Se había concentrado completamente en Cuerno Rojo. Ni siquiera se había percatado del momento de la muerte de Cirropezuña. * * * * * —¡Por aquí! —gritó Mokimo. De algún modo, el hozen había encontrado la energía para moverse a pesar de sus heridas. Ondeaba frenéticamente la antorcha mogu en el aire, para atraer a Dezco hacia delante. El tauren le seguía, mientras sostenía a Cuerno Rojo con cuidado en un brazo y el cadáver de Cirropezuña en el otro. Detrás del hozen, una gran poza brillaba suavemente en la noche. Estaba rodeada por intricados arcos de madera, que surgían de las rocas planas colocadas alrededor del agua sagrada. Era la poza más meridional del valle, no se encontraba muy lejos del paso de montaña en el que había tenido lugar el ataque. Dezco luchaba para mantener el ritmo de Mokimo. Por enésima vez, su mente se zambulló en la batalla. Recordó cada uno de los acontecimientos, intentando localizar el momento de la muerte de Cirropezuña. ¿Cuándo fue? ¿Cuando el mogu le embistió, y casi le derribó? ¿O había sido él mismo? ¿Le había aplastado él? El tauren cayó al suelo, agobiado por las náuseas. —Por An'she, fui yo —dijo—. Sé que fui yo. —¡Levántate! —Mokimo golpeó a Dezco en la cabeza con la parte trasera de la antorcha. El golpe sacó al tauren de su aturdimiento. Miró a su alrededor hasta que sus ojos se fijaron en el hozen ensangrentado. —Se ha ido. Y nunca sabrás cómo —afirmó Mokimo—. Ahora lo único que importa es Cuerno Rojo. Dezco se esforzó por ponerse en pie, y siguió a Mokimo hasta la orilla de la poza. —En otro tiempo, los mogu usaron estas aguas para el mal, pero también pueden obtenerse buenas cosas de ellas —dijo el hozen—. Cada una de estas pozas representa una emoción. Valor... Paz... —Mokimo se introdujo en la poza con un gesto de dolor. La sangre de sus heridas enturbiaba el agua—. Esta es la poza de la esperanza. —¿Qué... qué debo hacer? —preguntó el tauren. Un puñado de peces, iluminados por la energía de la poza, huyeron despavoridos al ver que se acercaba. —Dame a Cuerno Rojo. Dezco le entregó al niño sin dudarlo. No podía hacer nada más. Nada. Lo único que el tauren podía hacer era mirar a Mokimo mientras sumergía a Cuerno Rojo en el agua hasta el cuello, con mucho cuidado y cariño. La escena le impresionó: la forma en que Mokimo sostenía a su hijo como si fuese suyo propio, lo mucho que el hozen había arriesgado para darle una oportunidad de vida a Cuerno Rojo, por pequeña que fuera. Si echaba la vista atrás a la batalla, estaba claro lo que había sucedido. Mokimo se había interpuesto entre el filo del mogu y el chico. A pesar de que el arma consiguió alcanzar a Cuerno Rojo, Dezco sabía que el crío estaría muerto de no ser por el hozen. —Ven. —Mokimo se esforzó para hacer un gesto con la mano. Estaba muy débil—. Deja a... Cirropezuña en la orilla. Con cierta indecisión, Dezco depositó el cadáver de Cirropezuña en la orilla de la poza y después lo sumergió en el agua. —Llénate... la mano —dijo Mokimo—. Y derrámala... sobre Cuerno Rojo. Dezco obedeció, el corazón le latía a toda velocidad. Dejó que el agua cayera sobre la cabeza de su hijo. Mokimo hizo lo mismo. Las gotas brillantes corrían por la nariz de Cuerno Rojo. Pero no parecían tener efecto alguno en el crío. —No pasa nada. —Dezco cogió más agua, pero Mokimo le agarró la mano. —Deja... al valle hacer su parte —dijo el hozen; su respiración se debilitaba por momentos—. No puedes controlarlo. Solo puedes tener... esperanza. Cree, como creía Leza. Cuando se enfrentó a la muerte, ¿acaso... desesperó? —No. —Dezco cerró los ojos con fuerza. Ella siempre creyó. Fue siempre tan fuerte. Leza merecía estar aquí. No él. Si ella estuviera aquí, nada de todo esto habría... Una ola de calor se desplazó hasta Dezco, y este abrió los ojos. Una imagen translúcida de Chi-Ji caminaba sobre las aguas como si se tratase de suelo firme. Desde los puntos en los que plantaba sus talones, se desprendían rayos luminosos dorados. Con cada paso, sonaba un suave repicar, como el de una diminuta campana. El Celestial abrió las alas, y la repentina corriente de agua empapó al tauren y al hozen. Mokimo se irguió y se tocó el cuello. La herida se había cerrado por completo. Chi-Ji se inclinó hacia delante, introdujo el pico en el agua y tocó el pecho de Cuerno Rojo. Dezco observó y esperó; tenía la sensación de que el momento era eterno. Y justo cuando empezó a temer lo peor, el cachorro se movió. Dezco lo miró fijamente, incrédulo. Cuerno Rojo abrió los ojos y se movió en todas direcciones hasta que vio a su padre. Entonces, extendió los brazos hacia Dezco, llorando. —¡Gracias! —Dezco abrazó con fuerza a su hijo. Entonces se acordó de Cirropezuña, y se giró hacia la orilla de la poza, donde había depositado el cuerpo de su hijo—. Mi pequeño. Grulla Roja, existe aún algún modo de... Sus palabras se desvanecieron al girarse hacia Chi-Ji. La Grulla Roja se había ido. * * * * * —Los quilen muertos. Los refugiados con Weng. —Rook se golpeó con su enorme garra el pecho. Había llegado a las pozas poco después de la aparición de Chi-Ji. Cuando el monstruoso pandaren se enteró de lo que le había sucedido a Cirropezuña, se sentó y lloró desconsolado durante mucho tiempo antes de recuperarse. Dezco nunca pensó que su muerte causase tal impacto en Rook. Casi no había conocido a los críos. Pero así fue. De algún modo, al Loto le importaban muchísimo sus hijos. A Dezco le gustaría comprender por qué. Lo único que sabía era que la preocupación de la orden era sincera. Por algún motivo, los cachorros eran como su propia familia. —¡Bien! —le dijo Mokimo a Rook, y después se dirigió a Dezco—. Será mejor que volvamos al santuario por el momento. Sé que quieres marcharte, pero tenemos que hacer preparativos. Cueste lo que cueste, encontraré un camino seguro que os lleve a casa a Cuerno Rojo y a ti. Casa. Dezco pensó en el pequeño enclave en que vivía su tribu en las soleadas planicies de Mulgore. Cuando Leza y él lo abandonaron, se preguntaron si volverían a verlo alguna vez. Él pensó que sí que volvería, pero ahora sabía que su esposa nunca lo haría. Siempre habló de la tierra de sus visiones como si se tratase de su propio hogar. Un hogar al que siempre habían pertenecido, pero que aún no conocían. Por fin comprendió lo que ella quería decir. Había sido testigo del poder del valle, de su potencial, no solo para él, sino para las vidas de muchos seres de todo el mundo. —No me voy —dijo Dezco. —¿En serio? —respondió Mokimo. —Y hay algo más —añadió Dezco. Miró a Cuerno Rojo, al que tenía entre sus brazos—. Seguís... —comenzó a decir, pero era demasiado difícil. Le entregó el crío a Mokimo. —No es necesario. —Mokimo agitó la cabeza—. Si crees que Chi-Ji quiere algo a cambio de lo que hizo, te equivocas. Te otorgó el don desinteresadamente. —Cógelo —suplico Dezco—. Para esto venimos. Justo para esto. —"Por An'she", pensó, "fui un estúpido al no comprenderlo antes". Había viajado hasta tan lejos en busca del valle, para contemplarlo con sus propios ojos, para vivir en él. Pero formar parte de él... entrar en comunión con él. Eso era mucho más. —Si es lo que quieres —dijo Mokimo—, lo que realmente quieres, entonces por supuesto. —Lo es —respondió Dezco—. ¿Tenemos que hacer algo? Para que sea oficial, me refiero. —Tenemos... —Mokimo bajó la cabeza—. Hay rituales, sí. Llevaré al crío con Zhi, y él le presentará ante Chi-Ji para la unción. Me temo que solo los miembros del Loto Dorado pueden estar presentes durante el ritual. Lo siento. —Lo comprendo —dijo Dezco con una voz casi imperceptible—. Ahora vete. —No tiene que ser ahora mismo —respondió el hozen—. Podemos volver primero al santuario. —Vete. Antes de que cambie de opinión. —Cuando acaben los rituales podrás verle —añadió Mokimo mientras cogía a Cuerno Rojo entre sus brazos—. Estará muy ocupado con el entrenamiento en los años venideros, pero estará aquí en el valle. —Un miembro del Loto Dorado. —Y tu hijo —dijo el hozen—. Eso siempre, pero ahora algo más. Mokimo miró la cesta en la que estaba Cirropezuña, que colgaba del pecho de Dezco. El tauren había arreglado los restos de la cesta, y se la había atado al cuello con una cuerda. —¿Y él? —preguntó el hozen. —Construiré una pira y la encenderé al amanecer, para que An'she proteja a mi pequeño durante el paso —contestó Dezco—. Preferiría... hacerlo solo. Mokimo asintió lentamente con la cabeza. Sin decir una palabra más, se dirigió hacia Rook. Justo cuando salían ya para abandonar el lugar, Dezco les llamó: se había acordado de algo. —Esperad. —El tauren buscó el mechón de pelo de Leza que tenía trenzado en su propio pelaje y lo desprendió. Lo trenzó a la melena de Cuerno Rojo y después se inclinó y tocó la frente del cachorro con su hocico. Después de lo cual, Rook y Mokimo emprendieron la marcha. Dezco pasó la hora siguiente recogiendo madera para la pira, pensando en los días venideros. Volvería a hacerse cargo de sus deberes en el santuario, pero no estaba precisamente ansioso por contarle a Nala y a los demás lo sucedido. ¿Qué les iba a decir? ¿Le perdonarían por la pérdida de Cirropezuña? ¿Se perdonaría él alguna vez? Tal vez no. Pero se lo merecía. Había sido su propia elección: una elección terrible y equivocada. Dezco se sentó para descansar antes del comienzo del funeral. Todavía estaba oscuro, pero el amanecer estaba próximo. Podía sentirlo. El cuándo ya no le preocupaba. —Estamos en casa —dijo Dezco en voz alta. Cogió a Cirropezuña en su regazo y le acarició la melena. Se giró para colocarse de frente al este; sabía que solo era cuestión de tiempo que apareciesen los yeena'e.
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