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Parmellano

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Sobre Parmellano

  • Rango
    Usuario Colaborador
  • Cumpleaños 01/01/1990

Información Personal

  • Género
    Hombre
  • Nacionalidad
  • Ocupación
    Ingeniero

Primer Personaje

  • Nombre
    Nicholas Parmellano
  • División
    Plata
  • Raza
    Humano
  • Clase
    Mago

Otros Personajes

  • 2do Personaje
    Severus / Huargen / Bronce
  • 3er Personaje
    Nada/Nada
  • 4to Personaje
    Nada/Nada
  • 5to Personaje
    Nada/Nada

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  1. Parmellano

    ¡Feliz cumpleaños Starlight!

  2. Parmellano

    ¡Feliz Cumpleaños Dabo!

  3. Parmellano

    Historia de Severus

    Capítulo 3: Desterrar - Severus, por fin. Me alegra que hayas vuelto - Exclamó Turbino, en el instante en el que vio la figura del brujo entrar ala habitación donde se encontraba leyendo -. Muestra a este viejo gnomo tus regalos. Con un aire acongojado, Severus miró las togas oscuras que su maestro solía llevar cuando se encontraba en las instalaciones del Aquelarre. Si bien es verdad que un gnomo no tiende a inspirar temor en una situación normal, las posibles consecuencias de la próxima conversación eran suficientes para hacer que se doblase de miedo. Su maestro le había pedido un favor antes de embarcarse en un viaje hacia el continente de Kalimdor. Favor que no había logrado cumplir, dicho sea de paso. Y no era la primera vez que decepcionaba a Turbino desde que éste le había aceptado como pupilo. - Maestro, lo lamento. El barco no llegó a tierra, no tuve oportunidad de... - Severus - Turbino levantó una única mano, acto suficiente para que el aprendiz guardase silencio -. ¿Por qué estás tan empeñado en ser un fracaso? Te lo he dado todo: Un techo, una familia, un oficio, comida, un cuenco para el agua... Y poder. ¿Y qué recibo a cambio? Absolutamente nada. Excusas y decepciones. - Maestro, por favor. Dejadme explicarme... Turbino movió la mano que tenía levantada, como si dibujase algún símbolo extraño. En la mente de Severus comenzaron a arremolinarse sensaciones extrañas, las cuales acrecentaban el miedo que sentía. Cuando quiso darse cuenta, estaba temblando en el suelo, incapaz de moverse, ahogando gritos de terror. Aquello era nuevo, Turbino nunca había hecho ninguna muestra de su magia, y menos contra él. Debía de estar realmente enojado. - Solamente te pedí un favor. Una muestra de gratitud. Las almas de un orco, un tauren, un trol, un goblin, y ya que ibas, un naga. Y no solamente tienes el coraje de no traerlas, sino que encima ni lo has intentado. No eres capaz de esforzarte lo más mínimo, a pesar de todos mis alicientes. Volvió a mover la mano, y detuvo el hechizo. Severus respiró profundamente, llevándose las manos a la cabeza. Se recobró como pudo, mirando a Turbino. ¿Qué posibilidad habría de coger la escopeta de la funda que tenía colgada y hacer desaparecer la cabeza del gnomo en una explosión antes de que volviera a usar su magia? Prácticamente ninguna. Mejor pensar en otra cosa. - Responde, Severus. ¿Al menos avanzaste en mis pedidos? ¿La máquina de coser de la joven Airih está terminada? - El primer modelo, sí, maestro. Pero la joven insiste en que con ese diseño no puede tejer más rápido y necesita ser mejorado. - ¿Y qué me dices de los rituales de invocación? ¿Ya eres capaz de invocar algún diablillo tal y como te enseñé? - Consigo invocarlos, maestro, pero ninguno me hace caso. Todos me exigen un pacto de sangre que no estoy dispuesto a ofrecer. - ¿Y por qué crees que alguien te seguiría si no le das nada a cambio? - Turbino sonrió con malicia debajo de su capucha. La decisión del destino de su aprendiz cada vez era más clara. - No creo que los demonios solo nos sirvan si les entregamos nuestra sangre, o nuestro poder. He leído que esa exposición podría terminar sometiéndonos a ellos y acabar sirviendo a la... - Y sigues decepcionando... - Turbino murmuró unas palabras al tiempo que movía su mano esta vez. Severus cayó al suelo con un grito ahogado, presa del pánico -. ¿Tú te piensas que las artes que te enseño son una tontería, verdad? ¿Quizás no son lo suficientemente buenas para un ente tan grandioso como tú? ¿Crees que podrías superarlas, verdad? - esperó en silencio cinco segundos, mientras Severus se retorcía en el suelo gritando. En realidad el gnomo estaba disfrutando-. Pues mi generosidad se acabó. Levanta, aprendiz. ¡He dicho levanta! - Severus se levantó como pudo, aún con el miedo en el cuerpo. Las piernas le temblaban, y tuvo que apoyarse en una mesa para no volver a caer al suelo -. Todo poder conlleva un sacrificio. Y si quieres seguir distrutando del poder que te ofrezco, vas a tener que sacrificar. Volverás a Kalimdor, y conseguirás lo que te pedí. Ya no es un regalo, es una orden. No obtendrás nada de mi poder o dinero mientras no obtengas lo que te pedí. Y pobre de ti como vuelvas a esta ciudad sin lo que me pertenece. Ahora mismo, tu alma vale por esos cinco obsequios. ¡Márchate! Deshaciendo el hechizo con un gesto, Turbino esperó a que Severus se recompusiera y se fuera por donde vino, mientras caminaba en zig-zag. Sólo entonces, volvió a sus escritos, con una sonrisa macabra que helaría los pensamientos de Severus durante las próximas semanas. Por su parte, el gilneano sabía que el error que había cometido podría haberle costado más caro. Turbino no había decepcionado como brujo, y quién sabe que más podría hacer si seguía sacandole de sus casillas. Debía partir hacia Kalimdor sin demora, en Ventormenta no estaba seguro hasta que no completase el encargo de su maestro. Sin ninguna palabra de despedida hacia sus compañeros de trabajo, entró en el taller, hizo su equipaje, cogió sus ahorros y abandonó el lugar, sin prestar atención a las sonrisas de triunfo que le dedicaba el otro aprendiz. En su cabeza, solo sentía que no tenía escapatoria. Volver a Kalimdor sería exponerse a la comunidad gilneana, y por tanto al asesino de su abuela. Quedarse en Ventormenta sería afrontar la ira de su maestro. Permanecer en Kalimdor requeriría que desarrollase sus artes y astucia a la fuerza, ¿cómo sobreviviría si no? La avalancha de pensamientos le hizo querer hablar con alguien sobre su partida. Así que, antes de coger el primer barco que le llevase a Darnassus, decidió ir a casa de Airih. Si bien no le contaría todo, al menos le comunicaría que pasaría un tiempo hasta que mejorase su máquina de coser...
  4. Parmellano

    Es todo.

    Nadie deja el rol. No ha nacido quién. Mucha suerte en tus siguientes aventuras, figura. Espero que vuelvas y nos sigamos echando unas risas con Alejandro
  5. Parmellano

    El Retorno del Emperador y una ración de galletas

    ¡Ha vuelto! ¡Hail Palpatine, viva el Lado Oscuro! *nota como las fuerzas de la Luz sacan los grilletes, y comienza a tartamudear* Digo... ¡Fiesta de Luz!
  6. Parmellano

    Historia de Severus

    Capítulo 2: Liberar - Severus, hoy no trabajas, ¿eh? Me dan ganas de sonreír por saber que esta tarde el local no apestará a chucho. A pesar de ser su día de descanso, como Severus vivía en los cuartos del taller, se veía obligado a seguir viendo a todos sus compañeros de trabajo. Sospechaba que Turbino había diseñado el taller de esa forma para forzar a los trabajadores a mirar como se iban a pasarlo bien aquellos que no trabajasen ese día. Pero no parecía importarle, pues disfrutaba viendo las miradas de envidia de sus compañeros. Al menos, lo mismo que disfrutaban los demás cuando les tocaba librar de las suyas. Antes de salir por la puerta, como cada día del mes libre, Sylvarus el elfo se había dirigido a él con su particular odio. La tensión entre ambos era evidente: solo había una vacante, y dos aprendices. Severus se limitó a mirarle y sonreír mientras salía rápidamente. ¿Para qué molestarse en alguien tan débil? Le llevaba meses de ventaja en sus progresos. No obstante, nada más salir, gruñó por lo bajo. Odiaba aquella ciudad, con sus temperaturas cálidas, su gente tan sonriente y su carencia de muros sólidos y fuertes como los de su amada Gilneas. No se sentía cómodo en un sitio así, y eso se reflejaba claramente en su humor, al menos cuando no tenía que forzar la amabilidad. Con paso decidido, salió de la ciudad, y se perdió por los arbustos del bosque de Elwynn. El roce con la naturaleza pareció reconfortarle. Cuando se perdió lo suficiente como para tener la noción de que nadie le encontraría, se sentó en una raíz, y comenzó a preparar su ritual. Se había prometido que todos sus días libres se relajaría y se olvidaría de todo. Y para ello, diseñó su ritual personal. Lentamente, disfrutando el momento, se quitó las botas, y apoyó los pies en la húmeda tierra. El frío le hizo sonreír instantáneamente, pues gozaba de aquella sensación. Tras las botas, se deshizo de los guantes, el chaleco, la camisa... Hasta que únicamente se quedó con los pantalones. Qué suerte haber encontrado a un sastre que trabajase con tejidos flexibles. Inspiró profundamente, escuchando el sonido de los pájaros y el viento rozando cada hoja del bosque. Permaneció sentado, con los ojos cerrados, durante una hora aproximadamente, sin mover más músculos que aquellos necesarios para realizar una respiración calmada. Y, cuando casi parecía que iba a dormirse, los abrió, con un suspiro. Se sentía en armonía con el bosque lo rodeaba. Era el momento de cazar. Con una sonrisa macabra, recordó sus más profundos odios: una injusticia mortal, una ejecución amañada, una mirada de arrogancia de aquellos que le habían arrebatado lo poco que le pertenecía por derecho. Sus dientes comenzaron a chirriar, mientras gruñía de forma amenazadora. Pero el gruñido no duró mucho, pues poco a poco se fue convirtiendo en un rugido, al tiempo que sus labios se transformaban en un grotesco hocico lleno de colmillos. Su cuerpo se volvió mucho más grande, musculoso y cientos de miles de pelos grises iban creciendo en él. Pero sobretodo, su lado humano y su consciencia iban desapareciendo, mientras su lado salvaje se apoderaba de él. Y no lo temía. Más bien lo deseaba. Su caza comenzaba. Severus volvió a su forma humana bien entrada la tarde. Miró a su alrededor, y lo primero que vio fue el cadáver despedazado de un cervato. Se estiró y bostezó, sonriente, mientras se rascaba la tripa. No parecía tener hambre. Localizó sin mucha dificultad varias ramas rotas por las que su forma salvaje habría llegado hasta allí, y sin dudarlo un momento, se dedicó a seguir su propio rastro. Era la última parte de su ritual. Si conseguía localizar las ropas antes de la noche, llegaría al taller canturreando y silbando, lo que avivaría la envidia de sus compañeros. De lo contrario, llegaría enfadado y semidesnudo, lo que provocaría sus risas. Compañerismo laboral, divino tesoro. Por suerte, ese día encontró las ropas. Sonriendo y vestido como salió, llegó tarareando la canción que Wolfang había compuesto tiempo atrás en el Bosque del Ocaso. Sylvarus, sudoroso por el esfuerzo, le dedicó una bonita mirada de odio, que Severus mantuvo un instante. Ambos retiraron la mirada a la vez, considerando que su oponente no merecía la pena como siempre, y se fueron a sus respectivos cuartos. Una vez dentro, Severus atrancó la puerta y sacó su tratado de brujería, para volver a leerlo. También sacó de un cajón la calavera y el hueso de sucubo que había conseguido junto a Wolfang e Ilvan, y los miró con detenimiento. Era tan bello, y a la vez tan prohibido... Negó con la cabeza. Como cada noche, leyó algunas palabras en voz alta, mientras hacía los movimientos que el libro sugería para canalizar la magia de las sombras. Y como cada noche, no consiguió ningún avance. Pero no se detendría. Si algo tan bello y tan letal podía ser invocado, debía hacerlo cuanto antes.
  7. Parmellano

    Historia de Parmellano

    Capítulo 11: El regreso - Luz bendita, qué calor. Dos meses, ni más ni menos. Ese había sido el tiempo que Nicholas había pasado desaparecido desde que, según historias de los pueblerinos de Villadorada que pudieran conocerlo, se marchó de allí con un chichón en la cabeza y refunfuñando. Poco o nada se sabía de él desde entonces. ¿Qué historias habrá vivido? ¿Qué lugares visitó? ¿Cuántas hordas de enemigos habrán perecido bajo el poder de sus hechiz... Bueno. ¿Cuántos nuevos amigos habrá tenido que hacer para que le ayudasen a cumplir los encargos de aquellas zonas? Siempre para pagar la Academia, por supuesto. La Dama Blanca brillaba con intensidad cuando la figura del joven mago apareció por los caminos de las entradas de Villadorada. Poco o nada parecía haber cambiado en el pueblo; sin embargo, el aprendiz mostraba un aspecto muy diferente al que la gente podría recordar: Sus cómodas ropas, que acostumbraba a llevar en los viajes largos, estaban sucias, y todos los pelos de su cabeza parecían haber rechazado una y otra vez la oferta del filo de la cuchilla, o la tijera. Entró a la posada suspirando y sonriendo a todo aquel que se le cruzase por el camino y fuera reconocido como un antiguo amigo. Tras pedir una habitación nueva y un vaso de agua, se dejó caer en una de las sillas de la taberna, lo más alejado posible del fuego. Un parroquiano, usual cliente antaño, se dirigió a él. - Casi parece que temas al fuego. Acércate, la noche es fría. - Mejor que no - dijo Nicholas, sonriendo-. No soporto mucho el calor. El hombre rio tras proferir una frase hecha sobre la poca virilidad que mostraba Parmellano en ese momento. - Pues sí que hace tiempo que no te veía. ¿Has estado estudiando, o trabajando? - Digamos que un poco de todo. En estas épocas crece unas hierbas muy especiales lejos de aquí, así que me fui de viaje para conseguir un buen saco de ellas. Y de paso, bueno, siempre se aprende algo. - Pues te has perdido un montón de cosas. Resulta que... La charla continuó hasta altas horas de la madrugada, en un tono bastante cordial. Cuando fue lo suficientemente tarde, se despidieron, y Parmellano se fue a dormir, satisfecho. Si alguien era capaz de creerse que se había pasado dos meses únicamente buscando hierbas, más gente podría hacerlo. Subió las escaleras y abrió la puerta de su habitación, esperando encontrarla limpia y con algo de comida. Al parecer sus expectativas habían sido demasiado altas, y solo estaba limpia. Una cama pequeña estaba apretujada en una esquina, mientras que en la opuesta había una mesa con una silla, bastante sencillas. Se descolgó la mochila y se quitó la camiseta, tirándola a la cama. Si nunca había sido muy atlético, su cuerpo parecía algo más nutrido que la última vez que había pisado la posada. Acto seguido se tumbó en la cama, haciendo un mezcla entre quejido y bostezo. El cansancio no tardaría demasiado en vencerlo. Y no era para menos. En su búsqueda de los dos magos que lo atacaron, encontró algo mucho más interesante. Algo que, de ser cierto, le ayudaría a adelantar pagos de forma astronómica. Pero primero necesitaba atar los cabos que había dejado sueltos antes de desaparecer. Así que se durmió imaginando que el conseguir dinero con tiempo podría ser una acción recíproca.
  8. Parmellano

    Historia de Parmellano

    Capítulo 10: El golpe - Últimamente has progresado mucho, mi aprendiz. Nicholas salió del círculo de entrenamiento, con una clara sonrisa de satisfacción. En aquella sesión de entrenamiento, Sardino, el asistente de su maestro, había colocado en la pared opuesta a la mesa del despacho una diana. Tulnaimo le había hecho introducirse como otras veces en el círculo, y le había dicho que no debía abandonarlo hasta que uno de sus misiles arcanos impactase contra el centro de la diana. Esta vez, casi sin esfuerzo, acertó de lleno al primer intento. Conjuró un misil arcano, usando ni más ni menos magia de la empleada, y la proyectó contra el centro de la diana. Luego, se limitó a observar a su maestro, hasta que éste hizo un gesto para que saliera del círculo. Había que reconocer que haberse quedado estudiando en la Academia, en lugar de en Stromgarde, había dado sus frutos. Cada vez progresaba más en el manejo de la energía arcana. Aunque al principio había tenido ciertas reticencias en aprender hechizos ofensivos, el intento se había resuelto de forma satisfactoria. Aunque ciertamente no era su pasión: La conjuración debería esperar. - Aprendiz, ¿has pensado ya en una rama de lo Arcano en la que profundizar, verdad? - preguntó su maestro, sin dejar de mirar el escrito en el cual estaba enfrascado. - Así es, maestro. Deseo aprender Transmutación. Quiero usar la magia para cambiar la vida de la gente a mejor, y así poder... - Sí, sí. Entiendo - le cortó súbitamente Tulnaimo -. Ya hemos hablado de ello en otras ocasiones. Debes meditarlo bien, así que, por seguro que lo tengas, sigue pensando en otras posibles alternativas, y contrasta tus curiosidades para ver cual se adapta mejor. A propósito... - su maestro entonces, levantó la vista del cuaderno, mirándolo fijamente -. ¿Puedo saber cual fue tu motivación? - Unos bonitos ojos y una sonrisa aún más bella - dijo Parmellano, quien al momento enrojeció como un tomate. Su maestro no pareció darle importancia, por lo que supuso que no había notado que la propietaria de su motivación podría ser su hija (en el caso de que Tulnaimo fuera en realidad su padre, claro). - No te dejes llevar por las pasiones. Nuestro arte exige muchas horas de estudio, y los pensamientos a las mujeres suelen ocupar mucho. Puedes retirarte, la clase ha terminado. Parmellano asintió, y salió del despacho, cerrando la puerta. Bajó las escaleras de la torre, meditativo. La charla con su maestro, le había abierto de nuevo las heridas del pensamiento. ¿Y si aquella chica no le correspondía? ¿Y si al hablar con ella no le gustase su personalidad? Podría ser otra maga mimada, de las que sus ideas son tan cerradas como las mansiones en las que viven. O peor aún, una chica elitista de las que usan la magia más para presumir y ganar prestigio que para ayudar a la gente. No sabía que sus dudas se despejarían ese mismo día. Al atardecer, se dirigió por las calles del Barrio de los Magos, dirección a su posada como acostumbraba a hacer todos los días. Sin embargo, algo llamó su atención al salir de Ventormenta y entrar en el camino hacia Villadorada. Una pareja de magos se estaban riendo de un pobre campesino de espaldas a él. Su voz les delató: eran la chica de sus sueños, y el mago con el que conversaba hacía unas semanas. - Eh, plebeyo tonto. ¿Quieres una moneda? Pobre, no puede conseguir una - repetía con sorna el mago, mientras la chica le reía la gracia. Enfadado como el que más, Nick se puso al lado del pobre campesino, mirando fijamente al hombre. - ¿No te da vergüenza meterte con un campesino? A él sus papis no pueden pagarle la toga como a ti - El mago, enfurecido, dedicó le dedicó una cruel mirada, a la par de la chica. El campesino, encogiéndose de hombros, siguió su camino, dejando a los tres tipos con toga proseguir su charla. - ¿Y qué vas a hacer al respeto, aprendiz? ¿Vas a recoger un pedido con los mercenarios para matarme por un plato de sopa? No te creas que no se sabe la clase de escoria que aceptan ahora en la Academia - tanto la chica como el mago rieron. Con más decepción que rabia, Parmellano miró a la chica. ¿En serio se había enamorado de una chica así? No parecía ser más que una marioneta de un mimado niño pijo. Menudo asco de chica. Y su supuesto amado no se quedaba atrás. Echó mano al mango de su espada, al tiempo que el mago y la chica desenvainaban sus varitas, divertidos por la situación. En ese momento, Parmellano se percató de que el campesino había pasado de ellos, y se encogió de hombros, relajando el gesto. Los magos hicieron lo mismo. - No te mereces una demostración de mi magia, aprendiz. - Ni vosotros una lección - dijo Parmellano -. La calle os la dará a su tiempo. Tras la tensión inicial, Nicholas siguió su camino cuando los otros parecieron hacer lo mismo. Pero nada más lejos de la realidad. El mago, al aprovechar que se giraba, comenzó a conjurar a traición un hechizo de mentalismo. Una piedra del camino salió disparada hacia la nuca de Nick, la cual impactó de lleno. Perdiendo la inconsciencia, cayó al suelo, desplomándose de golpe. El mago asintió, satisfecho, mientras la chica reía de forma descontrolada. - Sigamos nuestro camino, querido - terminó diciendo la maga. - Sí, querida. Los parias no deben ocupar más de nuestro tiempo. Se va a hacer muy valioso una vez hayamos terminado nuestra labor. Y ambos prosiguieron el camino, dejando al pobre Nick inconsciente. Al poco, un aldeano le vio, y le llevó a la taberna para que le pusieran algo de hielo en la cabeza. Cuando recuperó la consciencia, emitió un largo suspiro. Llevaba meses pensando en una chica que no merecía atención ninguna. ¿Y esa chica podría ser la hija de su maestro? Que vergüenza. Inaceptable. Y su acompañante era incluso peor. Mira que atacar a traición... Encima no podría quejarse. ¿Qué iba a decir, que un par de magos que no conocía le habían agredido por la calle? Ni siquiera sabía quienes eran. Ni si pertenecían a la Academia. Eran acusaciones muy fuertes para decirlas en alto de una forma tan vaga. De momento, vendría bien tener los ojos abiertos. La próxima vez que viera a la pareja, no iba a bajar la guardia. A ver quien mordía el polvo del suelo entonces...
  9. Parmellano

    Historia de Severus

    Capítulo 1: Renacer El taller conocido como "Rayos y re-tuerca-nos" no gozaba de mucho prestigio dentro del Barrio de los Enanos aún. Trasladados desde Forjaz, apenas llevaba abierto un año, y si bien es verdad que los clientes quedaban satisfechos, no eran demasiados los que entraban todavía. El establecimiento parecía el típico taller gnómico, lleno de artilugios con usos dispares, herramientas esparcidas por el suelo, y manchas de grasa y suciedad. Estaba regentado por un pequeño gnomo inquieto, el maestro ingeniero Turbino, quien andaba siempre de un lado a otro, apretando tuercas y midiendo engranajes. Las malas lenguas decían que criticaba a los clientes en la trastienda, pero de cara al público lo único que se apreciaba era una sonrisa amplia y una voz demasiado chillona. Debajo suya en la jerarquía empresarial, se encontraba un enano que se dedicaba a las operaciones de venta al público; una secretaria draenei de muy buen ver que llevaba las cuentas; y dos aprendices a los que enseñaba, un queldorei un tanto extraño y un humano de aspecto desnutrido. Al contrario de lo que pudiese parecer, la situación laboral no era la idónea. Todos los empleados se llevaban mal, pues Turbino hacía lo imposible por enfrentarles entre sí, creyendo así que su productividad se dispararía por la competencia de ver quién era el que mejor hacía su labor. Por ejemplo, desde el primer día que se conocieron, los dos aprendices habían sido puestos a prueba, y habían sido forzados a competir entre sí por ver quien era capaz de ascender antes a ingeniero cualificado, pues el gnomo les aseguró que el aprendiz más rezagado se iría a la calle. Pero cuando el humano se hizo por fin con su título de ingeniería, Turbino rechazó despedir al queldorei. A cambio, y para "reforzar su entusiasmo", le anunció que le daría una última oportunidad: contrataría a un tercer aprendiz, el cual quedaría a cargo del humano. Si ese aprendiz lograse llegar a ingeniero antes que él, sería despedido de forma humillante, pues ya serían dos los que pasaron a través de él. Así fue como el gnomo colgó su trampa mortal en el escaparate: "Se busca aprendiz de ingeniería. Sueldo a convenir". Tras varios días sin recibir una respuesta por parte de nadie, en un día lluvioso, un hombre se acercó al taller. Al contrario que la mayoría de los transeúntes, los cuales se trataban de cubrir de la lluvia, él caminaba tranquilamente, sin capucha ni nada que lo resguardase. Parecía acostumbrado a la lluvia, lo cual era normal, pues en su tierra natal, lo raro era ver el astro solar. Cuando vio el cartelito, se quedó pensativo durante un tiempo, y se decidió a entrar en la tienda. Era su oportunidad. Ese taller sería el sitio donde se presenciaría su renacimiento. Con finos modales, se dirigió a la draenei del mostrador, la cual le dirigió una seductora sonrisa. El hombre, poco inmutado, solicitó hablar con el jefe, pues deseaba ser escogido para el puesto de aprendiz. Turbino, demostrando ser muy poco paciente, le recibió encantado de que alguien hubiera solicitado la oferta. - ¡Menos mal! - dijo con su voz chillona -. Ya pensaba que en esta ciudad eramos los únicos interesados en la ciencia. Pasa, pasa. ¿Quieres un poco de jugo de cebolla? No te preocupes, no pica. ¡Shal'yara, trae un par de vasos, corre! - No se moleste, muy amable - dijo el hombre, con actitud tranquila y un ligero acento gilneano, el cual parecía tratar de ocultar sin éxito. Sin embargo, la draenei ya había traído un par de vasos, y por no hacer el feo bebió de uno. Fuera lo que fuese, estaba increíblemente bueno. El gnomo se bebió el otro de un trago, y la entrevista de trabajo comenzó. - Bueno, cuéntame. ¿Quién eres, de donde, a qué te dedicabas...? - P... - el hombre tosió un poco -. Palazzo. Mi nombre es Severus Palazzo. Nací en Gilneas, allí me dedicaba a cazar animales para vender sus pieles. - Bueno, eso a mi, pues entenderás que me importa poco -cortó Turbino, de forma tajante -. ¿Qué sabes de ingeniería? Palazzo frunció el ceño. En un instante pensó en darle un buen puñetazo al gnomo. Pero entonces recordó que quería el trabajo, y eso algún punto probablemente le quitase a la hora de elegirle. Además, de que si se enfadaba, rompería esas bonitas ropas que acababa de comprar, y no tenía dinero suficiente para otras. Se decidió por adoptar un tono algo más comercial. Seguramente que vendiéndose sacaría algo más. - Soy capaz de calcular trayectorias y velocidades en cortos periodos de tiempo. También puedo preparar armas de bajo coste. Y además, fabricar artilugios, que si bien son compuestos con materiales rudimentarios, resultan casi infalibles, y muy provechosos para el sector de clientes con fines ociosos - lo que viene a ser apuntar con un arco, tensar un palo y una cuerda para crear uno, y hacer trampas para los conejos. Pero dicho de esa forma, parecía hasta bonito. No obstante, el gnomo le descubrió enseguida. - Tienes buena madera ingeniando, pero en ingeniería usamos muchos materiales más. ¿Cómo se que te esforzarás al máximo? - Bueno... - bajó la mirada a propósito. Si su labia comercial no era suficiente, probaría desde otro enfoque. Rememoró el pasado, buscando fusionar la verdad con alguna mentira que lo ayudase, al tiempo que adoptaba un tono melancólico. - Mi abuela siempre hubiera querido que fuese armero. La pobre murió hace poco de un constipado, y me gustaría que su deseo se hiciese realidad. - Entiendo... - el gnomo se apiadó de él. Para él, su familia era muy importante -. Bueno, entonces esfuérzate y haz orgullosa a tu abuela. Solo te preguntaré algo más antes de decidirme. Véndeme un reloj. - ¿Sabe cuanto tiempo le queda a su negocio para ser catapultado a la cima gracias a un empleado como yo? Si tuviera un reloj, podría responderme a esa respuesta con exactitud. En ese momento, Severus contestó de forma mecánica. El comercio lo llevaba en la sangre, y eso se notaba. El gnomo rió a carcajadas, pues no se esperaba una respuesta así. - Está bien, contratado. Mañana comienzas a trabajar. Por la mañana limpiarás el polvo del taller, y por la tarde las herramientas. A cambio, recibirás 5 monedas de plata al mes, comida, alojamiento en los cuartos de arriba del taller, y un par de horas al día te enseñaré teoría suficiente para que puedas empezar a trabajar en los diseños más simples. ¿Qué te parece? - Nada me agradaría más. Es un honor servir en esta empresa. - Solo una condición más. Y debes recordarla, pues es lo más importante. Nunca entres en la última habitación de la trastienda. Está prohibida hasta que te ganes mi total confianza. Tras un apretón de manos, se despidieron. Aunque de vez en cuando experimentaba algún traspiés con los demás empleados, y limpiar el taller era duro para alguien de origen noble como él, con el paso del tiempo se empezó a sentir como en casa. Las ciencias y teorías que Turbino enseñaba estaban cargadas de conocimiento, y ofrecían la posibilidad de crear lo imposible. Después de cada clase, Turbino le mostraba un producto de su catálogo y le explicaba sus posibles funciones. Aquello parecía magia. Aunque, ciertamente, los únicos artefactos e inventos que le interesaría comenzar a crear de verdad, por mucho que la teoría le gustase, compartían funcionalidad y sección en el catálogo. Aquellos que le ayudarían a cumplir su meta. Armas y explosivos.
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    Historia de Severus

    Introducción En el siguiente post iré colgando trozos de roles acontecidos desde el punto de vista de mi personaje Severus Palazzo, referentes a su estancia en las divisiones cobre y bronce. Se agradecen las críticas que puedan tener, tanto buenas como malas. Disfruten de la lectura.
  11. Parmellano

    Historia de Parmellano

    Capítulo 9: El estudio - ¿Qué narices estoy haciendo con mi vida...? La misma frase de siempre. Allá estaba Parmellano, tumbado en su habitación, mirando otro libro de la biblioteca más. Las clases parecían poco a poco dar sus frutos, pues ya era capaz de conjurar algo de magia siempre que lo requería. Precisamente estaba muy orgulloso de la pequeña llama arcana que acudía a su mano siempre que lo desease. Y, sin embargo, no parecía feliz. Cuanto más sabía de magia, más conjuros quería aprender. Ahora su maestro parecía interesado en la idea de que usase la magia de forma ofensiva. Esa misma mañana se lo había vuelto a recordar durante la clase, justo antes del incidente: - Ningún mago cambia el mundo sin saber lanzar un Misil Arcano. Las casas no se comienzan nunca por las bóvedas. - Pero, maestro - replicó esta vez -. No me interesan los conjuros dañinos. Quiero cambiar el mundo, no reducirlo a cenizas. - Eres demasiado joven e impaciente - el mago Tulnaimo frunció el ceño, pues era la primera vez que Parmellano le manifestaba abiertamente una opinión, y ciertamente no lo esperaba -. Deberías estudiar más para quitarte el serrín de la cabeza. - Estudio todos los días tus consejos y conocimiento, maestro. - Pero no lo suficiente. Mi antiguo aprendiz a estas alturas ya era un mago consolidado. Tulnaimo levantó la vista de sus documentos y miró a Parmellano, de forma seria. Su rostro no cambió un ápice cuando se dio cuenta de que su actual aprendiz había dejado de mirarle, y observaba el suelo en silencio, sin saber qué decir. Prosiguió hablando: - Los magos no deberían ser impulsivos. El conocimiento se aprende a base de un razonamiento calmado y meticuloso de lo que nos rodea. Un poco de curiosidad siempre es bueno, pero en exceso es nociva para el aprendizaje. - Discúlpeme, maestro, no era mi intención excederme. Es solo que hay hechizos sobre los que no encuentro una motivación para estudiarlos. - Cierto es que necesitas una motivación para el estudio. Ve a buscar una, de todas formas hoy no aprenderías nada si tu mente está cerrada. Su maestro volvió la vista a los documentos, y comenzó a escribir. Nicholas se retiró de la clase, aún pensativo. ¿Qué podría motivarle a estudiar hechizos tan banales? ¿De qué servía aprender a usar la magia de forma destructiva? ¿Cual era la proeza de calcinar a un enemigo cuando se le podría convertir en estatua, o ensartarlo con una espada? El mundo sería un lugar mejor si se enseñase que la magia está para ayudar, y un hechizo meramente destructivo de poco podría hacerlo. Y allí llevaba horas, pensando en ello. Su tripa comenzó a sonar con la llegada del atardecer, así que decidió ir a cenar a una posada cercana, dentro del Barrio de los Magos. Pero al entrar, su mente se quedó en blanco. Allí estaba ella, la chica de sus sueños, pidiendo unas bebidas del brazo de un nuevo acompañante. No parecía que ella se hubiese percatado de su presencia. De todas formas, nunca lo haría como Nicholas deseaba. Se acercó a la barra y pidió unas gachas. Mientras esperaba, no pudo evitar espiar un poco de la conversación que estaban manteniendo. El acompañante, ataviado con una toga bastante lujosa, era uno de los magos de la Academia. no dejaban de hablar de hechizos que había aprendido, y anécdotas de ellos. Parmellano comenzó a comer, en silencio. Algunas historias que contaba el hombre eran entretenidas. Al menos, pasaría a gusto la cena, dentro de lo divertido que pudiera ser ver como aquel regalo de la naturaleza conversaba con otro mago diferente. Sin embargo, algo fuera de lo normal, llamó la atención del aprendiz. El acompañante dijo: - Será mejor que nos vayamos pronto, señorita Tulnaimo. Su padre podría enfadarse demasiado si la devuelvo a casa después del anochecer. La chica rió, y se apresuraron a levantarse, mientras se daban un leve beso. Parmellano cerró los ojos, desviando la vista. Aquella visión era demasiado para él. Echó un leve vistazo al mago que la acompañaba, el cual vestía demasiado elegante para que su clase social fuese baja. Maldito niño mimado... Pero ya sabía algo más. ¿Esa chica... podría ser la hija de su mentor? En ese caso, pensó, no iba a defraudarle en sus estudios. Cabría la posibilidad, por pequeña que fuese, de que si impresionaba a su maestro, se ganase su confianza, e incluso puede que se la presentase. A fin de cuentas, no iba a perder nada por intentarlo. Si había que aprender hechizos ofensivos, los aprendería. Además, estaba seguro de que si hablaba con ella, conseguiría convencerla de que dejase a ese mago pijo y se hiciese su novia. No obstante, como su maestro le comentó, el exceso de confianza suele resultar nocivo. Aún no sabía cuanto...
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    Capítulo 8: La batalla - No era el momento más indicado para sacar conclusiones. Nicholas volvía a la pequeña posada de Villadorada. Lejos de descansar, había acordado una reunión con sus cuatro trabajadores para evaluar la situación económica de la empresa. El pequeño negocio de carritos de hierbas parecía poco a poco dar sus frutos, así que decidieron cenar todos juntos para estrechar lazos. A pesar de las distintas regiones, todos los trabajadores compartían una situación económica y social parecida, y todos habían sido ayudados por Parmellano en algún momento de sus aventuras antes de formar parte de la empresa. Además, curiosamente todos tenían menos edad que el aprendiz de mago, lo que dio a la reunión un tinte más familiar que empresarial. Al terminar los platos, todos rodearon a Nicholas, como si de un hermano mayor se tratase, y comenzaron a hablar de temas más personales: - Jefe, cuéntanos - Mary fue la primera en hablar. Normalmente la gente la reconocía porque su cara aparecía en las etiquetas del licor de hierbas, aunque no fuese muy agraciada -. ¿Por qué no nos has visitado antes? - Oh, Mary, he estado muy ocupado. La Academia me envió a investigar unos asuntos en Andorthal. - ¿Donde esta eso, jefe? - esta vez era Tom, "el barbudo", el que preguntaba. - En las Tierras de la Peste del Este - dijo Parmellano con calma, mientras los demás se asombraban. - Pero jefe, eso e'ta mu lejos - el pobre Claudio, el más joven de la compañía, se hacía notar por su acento del campo. - Sin duda. Pero ya me conocéis. Si me quedo quieto mucho tiempo en un sitio, comenzaría a echar raíces como nuestras plantas, y tendríais que venderme junto a la flor de paz. Todos rieron, y se miraron. La charla, junto al calor del fuego de la taberna, creaba un ambiente acogedor, propicio para las historias. Fue entonces cuando propuso Tino, el hermano de Claudio, que les contase sus aventuras por allí. - Jefe, hablano' de esas tierras. ¿Es verdad que hay muchos muerto' de esos? - Así es. Por suerte, también es una tierra de paladines. La Cruzada Argenta se instaló allí, y mantienen a rajatabla a todo rastro de muerte que trate de emerger. De hecho, hubo una gran batalla mientras estábamos allí investigando, pues una fortaleza había caído. Al parecer, unos hechiceros oscuros habían matado a todos sus habitantes, y los habían alzado como no muertos. Lo peor era que estos pensaban que aún estaban vivos, e invocaban a la Luz mientras lanzaban a nuestros protectores hechizos de sombra. - Eso da mal fario. La Luz nos libre - Mary se santiguó varias veces, y el resto le siguieron. - Pues sí. No me imagino un mal peor: sucumbir al mal que defiendes, y volverte una mera marioneta. Por suerte, los bravos soldados de la Alianza, y la Iglesia de la Luz, les dieron el descanso que sus almas merecían. Aunque claro, si no hubiese sido por los razonamientos de los magos, nunca hubiéramos llegado hasta el hechicero oscuro causante de todo. Pudo decirse que fue un buen trabajo en equipo, a pesar de que paladines y magos no lo viesen así. Todos miraron extrañados a Nicholas, esperando que continuase la historia. Este bebió un poco de agua, y prosiguió. - Fue un conflicto muy duro para todos, tanto mental como físicamente. Tal fue así que los escuderos de la Iglesia y los aprendices de la Academia tuvieron varias reyertas. No es justificable, por supuesto, pero se puede entender por la tensión acumulada. - ¿Te pegaste con los paladines? ¿Y les ganaste? - Oh, no, nada de eso. A mi me parece que luchar entre nosotros por tonterías está mal. Las tres organizaciones de la Alianza que participamos tenemos un objetivo mucho más noble que las disputas entre nosotros. Fuimos capaces de parar un mal que con toda seguridad hubiera perjudicado la recuperación de estas tierras, y eso debería bastar para que nuestros corazones se llenasen de alegría, a pesar de toda la tristeza que el final de aquellos hombres puros había producido. - Guau, jefe - dijo el pequeño Claudio -. Algún día me gustaría ser como tú. Así podría viajar mucho y vencer a todos los malos - comenzó entonces a emular sonidos de lucha, mientras movía el tenedor como si de una espada se tratase, y el resto se rió. - Bueno, si vendéis muchas hierbas, un día os llevo de excursión a recoger hierbas congeladas a Rasganorte. - Uy, no, que frío, quita, quita - Mary negó con la cabeza, provocando aún más risas. Tras terminar de reír, Parmellano se levantó, algo cansado. - En fin, la comida ha sido agradable, pero tenemos que continuar con los quehaceres. A ver si me da tiempo a terminar el equipaje para esta noche. Mucha suerte a todos, y que la Luz nos sonría. - Jefe, espera - preguntó Tino-. ¿Te marchas otra vez? Pero si solo llevas una semana aquí. - Sí, he prometido ayudar a unos amigos de Stromgarde, así que no me puedo quedar mucho. Como mucho, lo suficiente para que el maestro me enseñe algún conjuro de utilidad para los viajes. Oh, y hablando de utilidad... - Parmellano sacó de su mochila un libro y se lo mostró en confidencialidad. En él, se explicaban distintos materiales, así como hechizos para transmutar la veraplata, algo que en un futuro podría resultar muy útil para los negocios. Sin embargo, ninguno sabía leer, así que se quedaron igual -. Bueno, no importa. Es un mero "cuento de minerales". Y, tras despedirse, Parmellano se dirigió a su nuevo cuarto dentro de la posada, esperando que los espíritus de sus sueños le dieran fuerzas suficientes para proseguir sus aventuras.
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    Capítulo 7: El portal - ¿Qué tendrá que ver la sangrerregia con un portal? Los enemigos acechaban en cada camino de las Tierras Altas de Arathi. El humor de los strómicos era pésimo. Sin embargo, había algo en esa tierra que Nicholas adoraba, y aún desconocía que era. Por mucho que lo pensaba, no podía imaginar que era lo que tanto le agradaba de aquella tierra, pero lo hacía. Cuanto más tiempo pasaba allí, más ágil se sentía. Más alegre se levantaba, y mejor se encontraba. Incluso había comenzado a pensar que era porque su sangre reconocía el lugar en el que estaba, y eso le daba más vitalidad. Pocas cosas le hacían pensar en volver al sur en una buena temporada. Salvo que la Academia se lo pidiera. Parmellano recibió la carta del archimago por la mañana, y al leerla, suspiró. Se requería que fuese para realizar unas labores junto a los demás magos y aprendices a las lejanas tierras de Andorthal. Partirían en unos días desde la torre de magos de Ventormenta. Así que por mucho que le disgustase la idea de abandonar Arathi, sabía que se sentiría mejor ayudando a la Academia que tanto le había ayudado para aprender magia. Por tanto, solo le quedaban dos opciones. Atravesar tierras renegadas y llegar a Andorthal, o viajar a Ventormenta para desplazarse con los demás magos. Se decantó por la segunda opción porque no quería morir, principalmente. ¿La forma de volver al sur? No tenía dinero para grifos ni barcos, y si decidía a ir a pie tardaría demasiado. La solución le parecía clara: Pediría al abuelo que le crease un portal para viajar al Bosque de Elwynn. ¿Qué podría salir mal? Pues si algo podría salir mal, salió. El abuelo, claramente, le dijo malhumorado que esa clase de magia estaba muy lejos del alcance de Parmellano. Así que, a cambio de hacerle el favor, debería conseguirle varios materiales que necesitaba para sus hechizos: ramilletes de sangrerregia, una pata de raptor y una piedra de tamaño medio. Por lo que Parmellano tuvo que viajar con Valedorn a Humedales para conseguir todos esos materiales. Para conseguir sangrerregia, preguntaron en el asentamiento élfico en que parte del pantano podrían recogerla. Les avisaron de que en Humedales se había visto a gente extraña merodeando y les dijeron que tuviesen cuidado. Cuando localizaron las plantas, se encontraron a una mujer un tanto extraña: vestía ropas oscuras, y estaba sometiendo a un elemental de fuego contra su voluntad. Lejos de armar alboroto, les avisó de que no quería problemas, así que los dejaría ir si prometían no contar nada a nadie de lo visto. Parmellano y Valedorn asintieron, pero en cuanto se alejaron lo suficiente, corrieron a avisar a los kaldorei. Estos, agradecidos por la información, accedieron a dar de comer a Valedorn, y vendieron al precio de 52 monedas de cobre varios kilos de pata de raptor a Parmellano. Al día siguiente, volvieron a Arathi, de donde recogieron una piedra de buen tamaño. Entregaron todo a Magnus, el cual creó un portal que le llevaría a los Reinos del Sur. Agradecido, Parmellano se despidió de los dos: - Gracias Valedorn por ayudarme. Prometo volver cuanto antes a Stromgarde para resolver nuestros asuntos. Y gracias abuelo por hacerme el portal. Espero que nos--- Pero no pudo terminar. Magnus, enfadado por haber sido llamado "abuelo", le convirtió en ardilla, y lo lanzó contra el portal. Con Magnus el Rojo, pocos errores bastaban.
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    Capítulo 6: El entrenamiento - ¿Quién hubiera dicho que esto sería tan divertido? Los días en Stromgarde habían cambiado de forma drástica. De pasar las horas muertas en el Refugio de la Zaga leyendo y dibujando, esperando el momento de que alguno de sus amigos terminase la guardia, últimamente se habían vuelto un poco más movidos. Y es que las palabras de su abuelo Magnus habían sido decisivas: "Vuelve a proponerme defender el linaje de mi familia cuando seas capaz de blandir un arma o usar la magia". Despertaba pronto por la mañana, y junto a varios milicianos entrenaba con las armas. Había elegido como arma una espada corta y de gran filo. El motivo de este arma es que era ligera y no necesitaría de mucha fuerza para empuñarla. Además, prefería clavar o cortar en ciertos lugares estratégicos del cuerpo de sus enemigos antes que golpear con fuerza para arrasar a su paso. O, al menos, lo prefería porque de esta forma no necesitaría entrenar tanto. Sin embargo, los entrenamientos eran bastante duros. Los demás milicianos eran hombres ya muy entrenados, y Nicholas estaba a años de llegar a compararse a ellos en cualquier técnica de combate con armas. Y no por ello estos bajaban la guardia cuando se enfrentaban a él, lo que se resolvía en que cada mañana Nicholas concebía algún nuevo moratón. Por la tarde, desarrollaba la teoría que durante tanto tiempo había aprendido en la Academia. Su maestro le había dado nociones sobre la canalización y la liberación de forma práctica, y antes de irse le dio varias directrices para ser capaz de empezar a conjurar una llama arcana en su mano. Sin embargo, necesitaba entrenar mucho para que este conjuro fuese una realidad aún en su libro de hechizos. Y entrenar el cuerpo por las mañanas no ayudaba a ello. Los días se habían vuelto mucho más agotadores con tanto entrenamiento. Pero aún en el cansancio más absoluto, Nicholas no dejaba de ser feliz. Cuando el sudor caía por sus mejillas, sonriente, se imaginaba en un fuego junto a su abuelo, mientras le contaba historias de sus batallas. Por fin volvería a tener una familia... Si no moría de abatimiento antes, claro. Echó mano a su cartera, y observó las pocas monedas de plata que le quedaban. Suspirando, decidió tomar una decisión necesaria: si quería mantener el ritmo, tenía que comer y dormir mejor, y eso requería de más dinero. Tras unos cuantos días comiendo y durmiendo de manera más saludable, comenzó a notar que, aunque seguía fatigándose, poco a poco iba aguantando más, tanto en la canalización de magia como golpeando al pelele de madera, o huyendo de los palos de sus compañeros de entrenamiento. Y, tras un tiempo, se sintió con ganas de acompañar a la Milicia en alguna de sus misiones para profundizar más en su entrenamiento. Poco a poco, fue ganando más elasticidad y rapidez, y comenzó a hacer gala de la frase "Mente sana en cuerpo sano". En una lucha contra la Hermandad para recuperar el Cetro de la familia Lutece, algo se despertó en su interior. Algo que no podía creer al principio, y se negaba a admitir. Disfrutaba. Hacer ejercicio, entrenar con la magia y con la espada al mismo tiempo, le alegraba. Por primera vez en un combate, se sentía útil.
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