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Kozlov

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  1. Bajo el sol de Gilneas

    *Poco más que garabatos escritos en un pergamino quebradizo* Escribir nunca ha sido lo mío, y no estoy muy seguro de por qué hago esto ahora. Tal vez porque me convenga echar un vistazo atrás antes de decidir seguir hacia adelante. Dicho sea pues, comenzaré por el principio, matizando algo: No siempre reinó la oscuridad dentro de nuestro país. Si bien con la Muralla de Cringris nos atrapamos a nosotros mismos, condenándonos a una oscuridad insondable, hubo un tiempo en el que Gilneas era el epicentro del comercio entre los pueblos costeros del oeste de los Reinos del Este. Bajo el sol, los astilleros, cerca de donde yo vivía, rebosaban de actividad, un lugar donde se daba rienda suelta al comercio y también, en algunas ocasiones, al contrabando. Los estibadores se movían de aquí para allá cargando cajas y barriles de barco en barco, mientras que los carpinteros se apresuraban a prestarse para reparar aquellas embarcaciones que llegaban a puerto mal paradas (sea por una tormenta o un ataque pirata). Yo siempre jugaba cerca de los muelles y me paraba a escuchar las historias de los marineros; sí..aquellos eran buenos tiempos. Y si bien la capital también era un lugar concurrente y animado, nunca me gustó mucho. El agradable olor del mar daba paso al olor del pis de perro, y las calles solían estar empapadas de residuos químicos y acuosos que la gente sin ninguna discreción arrojaba desde las enormes fachadas de sus casas. Cada vez que alguien lanzaba algo desde un cubo en un balcón alzaba la mirada y recordaba por qué no me gusta nuestra capital: los enormes edificios, apostados unos frente a otros en hileras que conformaban calles estrechas y de pavimento irregular. Las paredes me estrechaban y la gente me rodeaba, yendo de arriba para abajo, y de pronto me sentía encerrado como un perro en una perrera. El sol solía alzarse desde las nueve de la mañana más o menos hasta esconderse tras los edificios cerca de las cuatro de la tarde. Yo me preguntaba como podía vivir esta gente en un lugar tan cerrado, tan denso y tan desagradable al olfato, pero lo que nunca vi venir es que todo mi país se iba a convertir precisamente en eso. Fue cuando apenas empezaba a dar mis primeros pasos en la adolescencia. Había crecido con mi madre y mi padre en una casa en las afueras del Puerto Quilla, y cada día que visitaba los muelles escuchaba historias sobre los sanguinarios orcos y la Horda. Como cualquier chico a esa edad, yo deseaba alistarme por fin y hacer frente a la amenaza de la Horda. No tardé en apuntarme en una academia militar, pero de nuevo el destino me reservaba una cruel broma; una gran estructura creada en la frontera, un enorme muro para aislar Gilneas de todos los demás reinos. Y así llegó la oscuridad a nuestra gran nación. Los días se hacían más cortos a medida que las tensiones políticas y civiles crecían día a día. El reino jamás había estado tan dividido, algo que hizo mella en mi familia cuando mi padre, que había sido apresado, se unió al bando rebelde. Y de repente, me di cuenta de que estaban instruyéndome para matar a mis compatriotas, y no a los orcos a los que tanto deseaba enfrentar. Cuando llegó el día de la batalla, ya no había rastro del sol. Unas enormes y negras nubes cubrían el cielo como si de un augurio se trata, como si la Luz fuera a enviar una lluvia con la que limpiar la tierra mancillada con la sangre de hermanos.Otros echaban la culpa a la cábala conocida como los brujos de la cosecha, gilneanos que poseían cierto talento con la magia natural, que afirmaban poder conseguir con sus poderes que las cosechas crecieran altas y sanas. Fuese como fuese, el ambiente era húmedo, frío y tenso. Por todo el frente, los hombres leales al rey, patrullaban por el campamento y cavaban trincheras mientras otros aprovechaba su tiempo libre para jugar a las cartas y contarse historietas. A su vez, los oficiales al mando pasaban revista y comprobaban una y otra vez que los números no les fallasen, comprobando que todo estaba a disposición de su monarca y señor. Yo permanecía de pie, inmóvil como una estaca, simplemente dejando que el tiempo corriera como si fuera aire. No es que ardiera en deseos de entrar en combate, pero por otro lado la larga espera resultaba terriblemente angustiosa. Trataba de convencerme de que hacía lo correcto, de que todo esto lo habían iniciado los rebeldes, y que yo únicamente defendía la soberanía y la unidad de mi país y monarca. Que necio era. Ahora lo veo más claro que nunca. Los soldados, aportamos sentido y finalidad a la guerra. Si bien matar es la profesión más aborrecible que haya conocido el hombre, nuestro cometido es transformar la maquinaria asesina en una fuerza positiva, por nuestra gente, nuestra cultura y nuestros reinos. Traer esperanza a los nuestros conlleva dejar viudas y huérfanos, llenar de desconsuelo y amargura a pueblos enteros que van a perder a sus hombres en la batalla. Pues el precio de la libertad, es el más alto de todos...y yo, como animalillo cercado en su madriguera, creía que luchaba por la libertad. Ya han pasado muchos años de todo aquello. Hoy en día soy un hombre completamente distinto. Me gusta convencerme a mí mismo de que controlo mis pasos y mis acciones y que ya no soy un títere de la sociedad aristócrata encabezada por el Rey, pero la realidad es que a día de hoy aun me pregunto por qué la Luz me permitió sobrevivir a la Guerra Civil Gilneana. ¿Tal vez para que aprendiera la lección? ¿Para dar ejemplo y testimonio? Alguien dijo una vez que a veces es mejor morir en batalla que sobrevivir y contemplar todo el horror que has causado. Que la única victoria que existe realmente es aquella en la que los dos ejércitos regresan intactos a casa. Sí, suena muy moralista. Creo que venderé mi casa y me dirigiré hacia Villadorada, con un poco de oro, un farol y las cenizas de mi madre. Que la Luz me bendiga y me otorgue sabiduría para escoger bien mis próximos pasos, pues espero encontrar en este reino una oportunidad de redención.

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