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Syolkiir

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Sobre Syolkiir

  • Rango
    Usuario Participativo
  • Cumpleaños 26/05/1990

Primer Personaje

  • Nombre
    Olga Castelgris
  • División
    Bronce
  • Raza
    Humano
  • Clase
    Mago

Visitantes recientes en el perfil

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  1. Syolkiir

    Feliz cumple, @Reapgrawr!

    Felicidades!!! un añete más viejo y (dicen por ahí) que más sabio
  2. Syolkiir

    Olga Castelgris

    ​ Un golpe de magia Dos largos meses habían pasado desde su vuelta de Páramos de poniente. Tiempo suficiente como para poner en orden los vaivenes de su vida familiar y sus amigos. Ronald no se había visto demasiado frustrado por la irresponsabilidad de la arcana, pero en un contraste mayor, Dee había arremetido contra ella una y otra vez, enarbolando la fusta de la razón y golpeándola reiteradas veces. Fuera como fuese, su vida había vuelto a la normalidad, y ahora avanzaba a trompicones. Olga se plantó frente a la alfombra y entrelazó los dedos de las manos. Frente a ella se abría la sala circular de recepción, en la Academia de Magia de Ventormenta. —Soy Olga Castelgris. Tenía una cita… […] Y la entrevista para la matrícula. ¿He acudido antes de tiempo? Miró a un lado y a otro, ligeramente preocupada. Siempre le había tenido un respeto importante a las normas y las leyes. —La aspirante, verdad… Cruzó la sala en un momento y le entregó un sobre abierto al humano de avanzada edad, cuyo cuerpo estaba cubierto por una túnica. —Eso depende… —El hombre enarcó una ceja, pasando la mano en torno al pedestal del báculo— ¿Qué tan temprano o qué tan tarde se está, como para estudiar los misterios arcanos? El mago miró la carta y apartó una mano. —Para los misterios arcanos quizá no sea tarde o temprano. Pero para los funcionarios y trabajadores con la burocracia… Ambos se sonrieron. —Yo seré el encargado de su entrevista, Wesley Gyllen. Archimago Wesley Gyllen. Y, más allá de toda esta teatralidad, la verdad es que estaba esperándoos, Olga Castelgris. —Encantada. El archimago la guió con un gesto. Sus pasos eran lentos, casi arrastraba los pies. La bóveda que apareció tras atravesar el portal mágico hacia una sala superior era enorme. Enorme y preciosa. Los gigantescos ventanales y vidrieras de cristal azul celeste dibujaban figuras y haces bailarines cuando la luz del mediodía se filtraba por ellas. En cuanto al suelo por donde pisaban, era una concentración de magos y maestros enfrascados en experimentos, clases y papeleos. Olga dejó el bolso a un lado y se sentó frente al escritorio y el archimago. Sus ojos vagaron por la superficie de la mesa, la silla, y por último el despacho. —Decidme, Castelgris. ¿Por qué vuestro interés en estudiar la magia? Olga respondió apoyando los codos sobre la mesa y abriendo las manos. —Porque la magia es el mundo. Es una fuerza constante y vital que rodea Azeroth, está en todas partes. Wesley sonrió. —No quiero estar ciega, quiero ver el mundo de verdad. Quiero tocarlo. Quiero sentir que formo parte de él y que puedo cambiarlo tanto como me cambia él a mí. —A menudo la magia ha jugado un papel fundamental en la historia. Tenéis ambición, eso puedo notarlo, pero también requeriréis de disciplina y paciencia… Siempre… —Siempre. Esta torre no se construyó en un día. Fue bloque a bloque, paso a paso. No tengo prisa si la dicha es buena —Sonrió y retiró las manos del escritorio, permitiéndose una relajación más profunda. —Sabia respuesta. ¿Pero qué es de vuestro conocimiento? ¿Habéis tenido ya contacto con la magia o algo sobre ella? ¿Las cuatro reglas que la rigen, por ejemplo? Olga asintió y se cruzó de piernas. Con una naturalidad que no la sorprendió, comenzó a hablar. Sólo cuando hablaba de magia se aventuraba hacia el infinito si hacía falta. —Sí. En realidad llevo años estudiando las bases de forma no oficial. Conozco las cuatro reglas que la rigen, o más bien las advertencias. Parecen un puñado de advertencias para el arcano que se precie de vivir en Azeroth —tomó aire y observó la reacción del archimago—. La magia es terriblemente poderosa; puede borrar y crear, cambiar la voluntad y una infinidad más. El hecho de que corrompa va ligado a la naturaleza humana de obtener poder e imponerse sobre los demás. Wesley asintió. —El ego, el yo mismo, la supremacía de una voluntad sobre las demás. Puede corromper tanto como un poder nobiliario de Ventormenta. La adicción que pueda crear es comprensible si entendemos la regla anterior y, que nuestro cuerpo tiene la capacidad para adaptarse a todo. »Si llevo siempre un colgante que pende de mi cuello, con una amatista pesada… en el momento en el que me lo quite mi cuerpo notará una ausencia. Echará de menos la presión sobre él. El buscar de nuevo ese efecto, de la magia en este caso, iría ligado al poder que conlleva. Sentirse poderoso, capaz de enfrentar los peligros del mundo. Finalmente, la magia está en todos los lugares y atrae más magia. A menudo la magia descontrolada genera caos, y el caos atrae… Olga mantuvo la mirada en los ojos arrugados del archimago durante toda la conversación, sin embargo, ante la última frase abierta y en suspense, apartó la mirada, sólo para volverla unos segundos más tarde con un brillo cargado de respeto y miedo a la vez. —A los demonios… —Wesley frunció el ceño y su expresión se tornó severa.— Tenéis una profunda visión sobre las Leyes, eso debo reconocerlo. Aunque he notado ese miedo en vuestros ojos… ¿Habéis visto ya a una de esas criaturas? Apretó suavemente la mandíbula, como si quisiera retener las palabras. Suerte para ella, en aquél momento los recuerdos decidieron no intervenir con más fuerza. —Una vez. Es una larga historia, personal… no me gustaría profundizar en ella si no es molestia. —Ni tendréis qué. —Asintió condescendiente.— Aunque mi deber es señalaros que esa ley no es solo una advertencia, es un hecho… Desde que se tiene registro, esas cosas han aparecido donde la magia se acumula. Hay defensas y formas de prevenirlo, pero siempre están al acecho. A pesar de que no se lo deseo a nadie, siempre está el riesgo de encontrar uno cuando estudiamos lo arcano. —Bueno, no me malinterprete, señor Wesley. Entre las competencias que deseo adquirir, además de un amplio abanico de posibilidades arcanas, quiero aprender a apagar su esencia. Desaparecerlos, matarlos. Les temo porque debo temerles. Necia sería de no hacerlo. EL miedo al fin y al cabo es la primera y más importante emoción humana, nos enseña las bases. —Olga levantó la mirada hacia el rostro del archimago— ¿Verdad? —Combatirlos sí, siempre hay un modo. Y desde que el Kirin Tor fue fundado, se ha hecho. Pero cada paso a su tiempo, joven. Es bueno que sepáis lo básico aun así —El archimago asintió con una agradable sonrisa y satisfacción— No hay mucho que quede por preguntaros, más que mencionaros que vuestra instrucción será teórica al comienzo. Se os asignará un maestro, yo mismo me encargaré de hacer saber al gran Archimago y al resto de vuestra admisión. Olga esbozó una amplia sonrisa, feliz… terriblemente feliz. Su pecho estaba a punto de estallar y las ideas que tenía sobre la magia a punto estaban de salirle por las orejas, buscando escape. Wesley le tendió la mano, y ella la estrechó. —Bienvenida a la Academia de las Artes y Ciencias Arcanas de Ventormenta, aprendiza.
  3. Syolkiir

    Treleré

    La sirenita
  4. Syolkiir

    Treleré

    Cosas que pasan...
  5. Syolkiir

    ¡Feliz Cumpleaños Heroine!

    Felicidades!!
  6. Syolkiir

    Treleré

    @Becka yo tampoco era capaz hasta que decidí probar, precisamente para el concurso. Hasta el momento... hacía años que no le dedicaba tanto tiempo a dibujar, y los resultados están ahí. Sigo sin creérmelo...
  7. Syolkiir

    Treleré

    Después de un puñado de días, al final lo tengo hecho. Tiene sus defectos, pero me conformo de momento.
  8. Syolkiir

    ¡Feliz Cumpleaños Altonato!

    Feliz cumpleaños!! Pd: muerte a los altonatos! (a ti no, eh? )
  9. Syolkiir

    Treleré

    Muchas gracias, Azalea. Usé tres colores en diferentes capas. Luz suave y diferencia si no recuerdo mal. En otra capa le puse un difuminado con un color suave lavanda (capa normal,) y encima de esta otra con un superponer.
  10. Syolkiir

    Treleré

    Tengo que decir que es el mejor dibujo que he hecho hasta la fecha. Y no habría sido posible sin los ánimos que algunos de vosotros me habéis dado para que dibujara y participase en el concurso. No pensaba participar. Me daba vergüenza en realidad. Pero después de tantos ánimos y de que me hicieseis dudar... aquí está el resultado. De verdad, muchas gracias. No me habría dado cuenta de lo que puedo hacer, con ayuda siempre, pero poco a poco. El dibujo es la recreación de un post de Olga Castelgris. En la hacienda Cejade, con los defías irrumpiendo y disparando con los trabucos.
  11. Syolkiir

    Olga Castelgris

    Resurgimiento Espada y civil Última parte —Vamos. Tenemos que irnos —dijo—. Ahora mismo. —¿Por qué? —Inquirió Olga—. ¿Qué…? No terminó la frase porque había oído los sonidos procedentes de abajo. Puede que hubiera deducido lo que significaban por los gritos que retumbaban «¡Ventormenta caerá!». En cualquier caso sabía que suponían problemas y no era tan estúpida como para pedir una explicación que podría requerir el tiempo necesario para escapar. La trampilla que daba a las escaleras no tenía cerradura, pero Olga logró volcar las pilas de arcos y el estante de madera de donde colgaban sobre ella. A duras penas llegó a tiempo: la trampilla había empezado a abrirse cuando el estante se desplomó sobre ella. Un chillido procedente de abajo reveló que a quien quiera que hubiera subido las escaleras hasta allí no le agradaba que lo arrojasen violentamente contra el suelo. Jason la cogió de la mano y tiró de ella. No podían volver atrás porque la muralla no estaba completa, y lo que tenían delante no era sino una hilera de bloques de piedra blanca que conformaban una estrecha pasarela. Al menos aquello les permitió erguirse y avanzar como trapecistas borrachos, usando los andamios de madera temblorosos para sujetarse. Naturalmente, Olga se dejó llevar. Le gustara o no, era la clase de hombre que había edificado su identidad alrededor del bendito sacramento de la fiabilidad. Lo comprobó en la hacienda de los Cejade, cuando le salvó la vida al reaccionar casi tan rápido como los jinetes. La intención de Jason era llegar al final de la hilera y bajar por el andamio a medio construir. Pero cuando todavía no estaban ni siquiera a medio camino, el ruido de unas zancadas y unos chillidos procedentes de atrás revelaron que ya no estaban solos. Unas figuras claramente perfiladas a la luz de la luna subieron a la muralla por la misma trampilla que ellos. —¡Son ellos! ¡Los Defías! Solo que había un pequeño detalle que Olga se había saltado hasta el momento. Vestían la armadura brillante de Ventormenta con el león en el pecho. Lo único que los identificaban ahora era el pañuelo cubriéndoles medio rostro, y supuso que los tatuajes ocultos bajo las ropas. El brillo del metal relució cuando el soldado desenfundó la espada. —Baje rápido. Yo la cubriré —dijo. Apenas terminó la frase cuando uno de los Defías se abalanzó hacia él con dagas como colmillos entre las manos. Jason esquivó el ataque con medio giro y dio un paso atrás. Chocó suavemente con Olga. —¡Le he dicho que baje, ahora! El soldado se tambaleó violentamente. Sintió una masa de aire impulsada por una velocidad cegadora pasarle tan cerca que pudo ver la estela mágica y oír el zumbido que emitió al pasar junto a su oído. Uno de los Defías salió despedido hacia las sombras bajo las murallas, empujado por la magia. El grito del hombre al alejarse rápidamente para luego detenerse en seco les dio la buena noticia de que al menos se había roto la cabeza contra el suelo. O eso esperaba ella. Cuando Jason se giró, Olga ya había dejado de conjurar y bajaba por el andamio resbalando cada dos por tres. Él se limitó a seguirla con brío. La bajada había sido difícil. Olga no paraba de mirar hacia la plaza y la torre de Mantorrecio. Las llamas lo estaban barriendo todo con la misma fuerza de un huracán, y el ejército, que ya había vuelto, apenas podía penetrar en la ciudad porque la gente abandonada a su suerte había formado tapón junto a los Defías. Luchaban codo con codo contra ellos. Se dieron cuenta de que habían llegado a la armería porque la puerta estaba abierta de par en par. Corrieron hacia ella, pero la luz de las llamas cercanas dibujó una silueta que acababa de colocarse en el umbral. Una figura con un trabuco entre las manos, listo para disparar. El Defías disparó y Jason derrapó agitando los brazos hasta detenerse. Olga se estampó contra su espalda. Dieron vuelta atrás y corrieron hacia la parte trasera de los barracones con la sangre en la cabeza y la respiración irregular. Empujó con todo su cuerpo la puerta de atrás. Cuando la abrió se encontró con lo que estaba pidiendo en sus oraciones: la sala acotada donde se hallaban sus pertrechos. Habría sido un refugio bastante bueno si no fuera porque el techo estaba en llamas y se caía sobre ellos; varias personas intentaban mover uno de los tabiques de madera que habían caído sobre algo o alguien. —¡Vamos, vamos! ¡Entre! —Gritó Jason—. ¡Iré a ayudar en el torreón, resista aquí! Era difícil hacerse oír porque Colina del Centinela se había vuelto un mar de ruido con olas bravas de tonos hirientes y pánico. —¡Cuídese, soldado! Un ululato procedente de atrás reveló que uno de los Defías les pisaba los talones y no se había detenido. Jason cruzó los barracones para salir por la puerta norte. Eso la dejaba directamente frente al Defías que debía de aparecer en breves. Con las manos temblorosas vació toda la mochila sobre su camastro. La varita de metal con rebordes de cobre y bronce cayó sobre su mano. Se volvió instintivamente. El umbral que acababan de atravesar se había perdido en la negrura, pero vislumbraba vagamente algún movimiento. Sacudió la varita para disparar un rayo mágico que atravesó la oscuridad y reventó parte de la madera. No se detuvo a ver si había acertado o no. Corrió. Atravesó los barracones bordeando el tabique y los dos voluntarios que intentaban sacar algo bajo él. Trató de avisarlos, pero hicieron caso omiso. Ya se había alejado unos metros del edificio cuando escuchó el tronar aterrador y ensordecedor de un arma de fuego en su interior. —Oh dioses. Y habría avanzado más. Habría llegado hacia la mismísima torre donde se concentraba el grupo principal del ejército. Habría intentado echar una mano. Pero sintió las piernas flaquear y su voluntad quebrarse. Qué raro era tener sueño de repente… El aire se había enrarecido portando un olor agrio. Cuando intentó llevarse las manos a la boca y la nariz, miró el pañuelo que le restregaban contra ella. La droga ya surtía efecto. Cayó pesadamente sobre el suelo. Le dolía la cabeza a rabiar. Un constante y feroz martilleo con cada palpitación que amenazaba con reventarle alguna vena. Los párpados los sentía tan pesados que apenas lograba entreabrirlos. Parpadeó varias veces para darse cuenta de que veía todo con una película gris, entre el humo y la visión borrosa sólo atinaba a ver figuras desenfocadas que se movían a lo lejos. Amanecía. Al menos eso sí podía saberlo a ciencia cierta por la luz. Una mujer pasó junto a ella seguida de un séquito de hombres después de haber dado un discurso. No entendió absolutamente nada, pero por el tono de voz casi ininteligible dedujo que no había dicho nada bueno. Aunque no sabía si eso lo había visto ahora, o hacía unas horas. Creyó ver a un perro sobredimensionado de un pelaje negro combatiendo contra alguien o algo. Escuchó muy cerca de ella a una compañera sanitaria. Al cabo de un rato que no supo encajar en la línea del tiempo, la ayudó a levantarse y ponerse en pie. Antes de darse siquiera cuenta de lo que estaba haciendo, se encontró plantada junto a todos los supervivientes y soldados restantes frente a la torre del alguacil. Por la rampa descendió Gyran Mantorrecio junto al semielfo. Ojeroso, pálido y con la frente de salpicada de sudor, su aspecto denotaba que se hallaba extremadamente débil y, sin embargo en toda su obstinación, lucía una pesada armadura y se alzaba frente al resto todo lo orgulloso que podía. —No me caracterizo por edulcorar las noticias por más sombrías que sean. El norte te da muchas lecciones y una de ellas es la virtud de enfrentar los problemas con una entereza mayor. »El resurgir de la hermandad Defías, de la mano de la hija perdida de VanCleef, pone a las tierras de Páramos de Poniente en un verdadero brete. Desterramos con la justicia de su majestad ese mal hace ya muchos años, sin embargo, en nuestro desconocimiento sembramos la semilla de la venganza y el odio perpetuo de esa muchacha a todo lo que luzca con el símbolo del león. Mantorrecio se aclaró la garganta y se llevó la mano hacia una herida reciente. Tenía la mirada febril, presa de la calentura y la enfermedad. —La Brigada de Páramos de Poniente necesita de nuevo vuestra ayuda. Habréis de regresar a Ventormenta y avisar al Rey Varian de todo lo ocurrido. En qué situación se hallan estas tierras y cómo de imperiosa es la necesidad de que mande efectivos. »Mientras tanto, la Brigada recuperará el control perdido en este lugar y asentará las bases para desmantelar de una vez por todas a la pesadilla de los Defías. Olga cerró una mano en un puño. Era difícil digerir que había vivido el renacimiento de la Hermandad Defías y que casi no lo cuenta. Lo único bueno de todo aquello era que había terminado, y que podría respirar tranquila sin esperar constantemente una sombra tras ella con un cuchillo embadurnado en veneno. O quizá no. Fuera como fuese ya había cumplido su papel allí. Era hora de volver a casa.
  12. Syolkiir

    Olga Castelgris

    Espada y civil Parte 7 Desde que hubiera vuelto de la hacienda de los Cejade no había parado un momento a descansar. De hecho, el mando había tensado más la cuerda y los soldados y voluntarios con ellos habían sido designados para otra misión en Arroyo de Luna. Pero ella no se iba a marchar. Principalmente, porque una reunión entre un capitán y el supuesto líder de la Hermandad Defías tenía las mismas posibilidades de acabar bien que un demonio en la recámara de la suma sacerdotisa Laurena. Desde que el sol despuntara en el horizonte había estado atendiendo a los heridos. Muchos de ellos todavía tenían la piel lacerada y con quemaduras importantes que anunciaban una cicatriz fea y arrugada a posteriori. Se había empeñado en hacerles ver lo contrario, pero la mayoría de ellos sabían el resultado y sólo agradecían sus palabras amables. Palabras amables que todos necesitaban en esos momentos. Cuando el sol empezó a caer sintió el peso de los días pasados y los muertos sobre ella. Había vivido tanto en tan pocos días, de una forma tan apresurada y brutal que no se había parado a pensar en lo que estaba viviendo. Tampoco es que hubiera tenido el lujo de detenerse a pensar más de lo estrictamente necesario porque como bien pudo razonar, las heridas no se cerraban solas. Y era por ello por lo que ahora se encontraba en los barracones, sentada en una de las mesas frente a una de las puertas, con una jarra de algún licor que había pasado de mano en mano entre los sanitarios y heridos restantes. Un pequeño descanso para recobrar el aliento. La luz de la luna pronto cubrió el bastión de manchas blancas y negras de bordes recortados, como una ilustración sacada de un libro. El negro, que era predominante, convertía las calles amplias en lechos de un río insondable allá por donde se encontraban los suministros y el aserradero, por el que circulaba un caudal de aire repentinamente fresco. —Debería intentar dormir —dijo Jason desde su camastro a Olga. Se había sentado en un rincón de los barracones y limpiaba la espada bajo la luz de una linterna de aceite. La luz recaía sobre la parte baja de su barbilla, sobre sus cavidades oculares y, lo que resultaba más inquietante aún, sobre los surcos diagonales de una cicatriz que le cruzaba el rostro. —¿Como tú? —preguntó Olga lacónicamente. El soldado se levantó y caminó hacia ella. Hasta entonces la mujer no se había detenido a fijarse mejor en su rostro. La cara de Jason salía fuera de la categoría de cosas simétricas y ordenadas que englobaba las caras de todos los demás. Su rostro era como unos dados lanzados. De alguna manera instintiva, le pareció agradable esa arbitrariedad. Con un movimiento rápido Jason le sirvió un chorro más de licor. Se estaba agotando rápidamente. Olga bebió a pesar de estar entrando en esa fase en la que sabía que no era muy buena idea. Al despertar podría estar hecha una porquería y no sabía si podrían llamarla o tendría que atender a otro herido, y desde luego no podría estudiar su grimorio de magia en ese estado. De hecho, apenas había tenido tiempo para estudiar. Con una mano se abanicó la cara, la sentía tan caliente que la incomodaba. —Necesito algo de aire. —¿Más? Podríamos subir a la muralla. —Sugirió él—. Estamos delante de una de las escaleras y allí habrá más aire. —Vale. Vamos a ver cómo está por allí arriba. Y la muralla era fantástica. Casi cinco grados más fresca que los barracones y con una agradable brisa que les soplaba en la cara. Bueno, puede que decir agradable fuera pasarse un poco, porque el viento olía a quemado, como si hubiese una enorme montaña de ceniza y brasas en la oscuridad y estuvieran inhalando el humo. Al menos no hacía calor. —Si no fuese de noche todavía veríamos el humo en el cielo —comentó Olga. La condujo hasta la esquina sudeste de la almena. En aquella dirección se encontraba el camino que serpenteaba hasta el río entrando en los límites del Bosque del Ocaso. Y a mitad de ellos vio pequeñas tiendas donde se apostaban los refugiados, camino al bastión. Un gran campo de refugiados gobernado por un terror muy real y un optimismo alimentado artificialmente. La transición para muchos de ellos iba a ser verdaderamente difícil. Y aunque aquél lugar estaba poblado de peligros seguían acudiendo en masa. No podían hacer nada —pensó—, porque, ¿qué otro sitio había? —Ese semielfo es todo un personaje, ¿eh? —murmuró Jason mientras se inclinaba sobre la abertura de la almena y contemplaba la oscuridad. —Esa palabra lo define muy bien —respondió Olga. Jason se echó a reír y levantó el vaso con aire burlón, como si estuvieran brindando por su opinión compartida sobre el estrambótico Melron. —La verdad es que —dijo—, en cierto modo me alegro de que haya terminado todo. Lo de la hacienda Cejade, me refiero, y los trapicheos que se llevaban entre manos. Preferiría que no hubiera ardido, obviamente, pero al menos se ha purificado todo. Aunque es muy probable que todavía pululen algunos por allí o intenten volver. —Eso no lo puedes saber. —Sí, lo sé. Gente pordiosera que reclama Páramos de Poniente como suya acaba volviendo como las pulgas a un perro callejero. —Los pordioseros… Olga lo dijo con tono de amargura. Había oído historias y ahora lo había visto con sus propios ojos. Gente tan decidida a sobrevivir que había olvidado cualquier otra cosa. Parásitos y carroñeros, de conducta casi tan inhumana como los gnolls. No construían ni preservaban. Se limitaban a permanecer con vida. Y su implacable estructura patriarcal reducía a las mujeres a la condición de bestias de carga o reproductoras, como ya había podido comprobar con Lou dos zapatos. Si esa era la “esperanza” de Páramos de Poniente, lo mejor que le podía pasar a las tierras era que ardiesen. —Ha habido otras épocas oscuras —dijo ella con un hilo de voz—. Las cosas se desmoronan y la gente las reconstruye. Dudo mucho que haya existido una época en la que la vida se mantuviera estática. Siempre existen las crisis, en cualquier forma… —Exacto. Además está el resto del mundo, ¿sabe? —dijo Jason con un tono más alegre. Al parecer era capaz de interpretar las reacciones de Olga mucho mejor de lo que a ella le habría gustado—. El norte ha estado sumido entre la luz y la oscuridad. Las ciudades, cualquier sitio donde viviera mucha gente apiñada es un caos, sin contar las guerras de los últimos siglos con los orcos. El soldado le tendió otro vaso lleno. —Quería preguntarle una cosa —dijo. —Adelante. —De vuelta a Colina del Centinela, tras arder la hacienda, dijo que estaba dispuesta a marcharse directamente de aquí. —Sí. —¿Lo decía en serio? No es lo que quiero preguntarle, pero ¿de verdad se separaría de los voluntarios y los heridos e intentaría volver sola a Bosque Elwynn? —Hablaba en serio cuando lo dije. Todo ha sido un caos para mí. No estoy acostumbrada a todo esto; ni a la batalla, ni a las largas travesías y mucho menos a formar como un soldado más. Estudio magia, Jason. Mi lugar no está en el frente, no de momento, sino entre las fórmulas arcanas y escudriñando las líneas ley. —Vale. —Tomó un sorbo del licor—. Me lo suponía. Bueno, el caso es que me llamó la atención algo justo antes de llegar a la hacienda de los Cejade, de camino allí. Y no lo entendí. Dijo que éramos autómatas programados. ¿Qué significa? Olga cerró los ojos ligeramente avergonzada. —Es una especie de insulto —respondió. —Ya, bueno. Me habría sorprendido que fuese un besito en la mejilla. Siento curiosidad, nada más. ¿Significa como que somos insensibles o algo así? —No. Psicología. Alude a un comportamiento con el que uno nace y no puede cambiar. O que obligan a repetir hasta que ni siquiera te lo planteas. Algo automático. Jason se echó a reír. —Como los demonios ardientes empeñados en matarnos a todos —sugirió. —Sí —admitió Olga ligeramente turbada por la imagen— Como los demonios ardientes. —Joder. Sabe insultar bien —sonrió el soldado—. En serio. Y no es habitual. Levantó de nuevo el vaso, y le pasó un brazo alrededor de los hombros. Olga se apartó bruscamente. —¿Qué haces? —Creía que tenía frío —dijo Jason de pronto con un tono creciente en sorpresa—. Estaba tiritando. Perdone. No intentaba nada. Ella se lo quedó mirando un buen rato, sumida en un silencio mortal. Al menos, hasta que los gritos dentro del bastión y las llamas anunciaron tanto dentro como fuera que les atacaban simultáneamente.
  13. Syolkiir

    Olga Castelgris

    Reyerta en la hacienda Espada y civil Parte 6 Despertó porque alguien la sacudió violentamente. Se trataba de uno de los soldados del destacamento, Jason, que se había empeñado en arrastrarla hacia la caseta cercana en busca de una cobertura. Las balas seguían cortando el aire a su alrededor y abollaban desesperadamente el metal de las armaduras ventormentinas. Los soldados corrían de aquí para allá en el caos, tratando de seguir al teniente elfo y repeler el primer embate de los jinetes que ya tenían encima. Los jinetes, eso era. Pasaban entre ellos como una ola entre las rocas y la arena. Barrían todo a su paso o sorteaban las pequeñas concentraciones de soldados unidos en formación de trébede, paveses en alza. A su paso no sólo se llevaban a los hombres del ejército por delante sino a los mendigos también, especialmente a los mendigos que rodeaban el lecho de Lou; iban a por él. Ladeó la cabeza. A su diestra escuchó la voz de Sigmar al rugir y Byrion avisando de la amenaza inminente. Ambos se habían echado encima del zarrapastroso cortando su escape. Aunque estaba gritando, apenas lo escuchó; no había sonido más alto que el de las armas de fuego. Viró hacia el grueso árbol a su izquierda. La silueta de Zafyr apareció recortada por los matojos a la falda del tronco. Se empeñaba en meter bolas de metal con brío en la boca del trabuco. Se agachó ligeramente. La formación se había roto y ahora estaban rodeados por los jinetes, completamente rodeados, y los que tenían en la parte de atrás portaban botellas ardientes que estampaban contra los edificios y la fronda seca. Lo iban a quemar todo, y como no se diesen prisa en ese todo se incluiría el grueso del destacamento. Otro grito, o quizá un rugido, le pareció difícil de discernir. Un soldado, a Máximo creyó ver, había clavado una rodilla en el suelo, cambiando su centro de gravedad y, tomando impulso, había hecho de guillotina con la espada al caballo que cruzaba peligrosamente cerca. La velocidad del jinete había hecho el resto; el cuello del mamífero se había separado con un chasquido húmedo y el hombre que lo montaba había volado. De hecho había volado hacia ella. Olga deslizó la mano hacia el cinturón y sacó la pequeña daga que Yselle le había entregado el día anterior. Con el corazón bombeando sangre y adrenalina se tiró sobre él. Un par de puñaladas limpias en la espalda fueron suficientes para asegurarse de que no se iba a levantar. Se fijó entonces, en un instante, en aquel rostro desencajado del hombre y su cuerpo espasmódico. Portaba una máscara de tela ahora empapada en sangre que le ocultaba parcialmente la boca y la nariz. Como un bandido… O como un Defías. El tatuaje que llevaba en el hombro de la rueda dentada no hizo sino corroborarlo. —¡Hate! ¡Usad vuestra lanza! —Kethrian gritó. Un tajo con la espada se había llevado por delante las dos patas delanteras del caballo cercano. Otra andanada de balas restalló sobre Byrion, Sigmar y otro alto elfo que rodeaban a Lou. El impacto fue milagrosamente amortiguado a tiempo por el metal del escudo y la malla, el resto había sido absorbido por la madera de la casa con un quejido y llanto de astillas. Uno de los paladines, que había reconocido como miembro de La Mano de Plata, estampó su martillo en el pecho de otro de los jinetes, cerca de ella. La sangre la salpicó cuando el hombre de brillante armadura había chafado la cabeza del bandido. —¡Que todos salgan de esa casa ahora! ¡No podemos con todas sus armas! Miró hacia la caseta cuyo techo empezaba a hundirse causa del fuego. Lou había entrado y dos hombres con él también. Si las armas de fuego no se encargaban de él, la estructura lo haría. —¡Replegaos! —Uno de los jinetes encabritó al caballo y salió al galope por donde habían llegado— ¡Aquí está todo hecho! La batalla terminó de nuevo tan pronto como había llegado hasta ellos. Los jinetes se reagruparon y salieron al galope con sonrisas ocultas bajo las máscaras. Tras ellos el destacamento maltrecho y las llamas de fuego expandiéndose por la hacienda. Se inclinó sobre otro de los cuerpos. Otro de los bandidos yacía frente a ella con una flecha atravesándole el pulmón, había muerto recientemente por el colapso respiratorio. Murmuró unas palabras agarrando el astil de la flecha cerca de la punta. El metal del inserto y la punta que asomaba por la herida comenzó a brillar en incandescencia y, con un tirón, salió de su cuerpo con facilidad. La tiró a su diestra con mala gana. No lo hacía por el bien, ni siquiera por apartar la visión de la muerte frente a ella. El jubón de cuero no se habría abierto si no le hubiera quitado el proyectil primero. Tampoco habría mostrado otra de las ruedas dentadas como tatuaje en la piel. —Maldita sea. —Eh. Guapita de cara. —Uno de los voluntarios se acercó a ella, arco en mano.— Deberías de atender a los heridos, hay varios. Haz algo, anda. —Por si no te has dado cuenta no tengo ningún suministro conmigo ahora mismo. Así que guárdate tus consejos de mierda para quien quiera escucharlos. Respondió con tono ácido mientras se levantaba. El guante del jinete que tenía en la mano voló hacia los pies del voluntario, que refunfuñó en respuesta. A pesar de no tener el material necesario con ella comenzó a buscar heridos. A su vera se encontraba Amber. El pelo lo tenía quemado en parte y apestaba al humo de la madera con el requemado. La piel la tenía ligeramente salpicada por el tizne y una herida de bala en la pierna manaba abundantemente. —Amber, ¿la bala ha salido o sigue dentro? —Se inclinó sobre ella. La mujer del parche extendió la pierna con un gemido dejando ver un agujero limpio. Eso era mejor, mucho mejor que la otra opción.— Bien. Levántala un poco. Con esto apenas vas a aguantar hasta Colina del Centinela. Utilizó la daga para rasgarse parte del coleto. Un par de cortes y tirones fue suficiente para separar el jirón del central. Pasó la tira por detrás de la herida mientras hablaba con ella para distraerla, aunque sus respuestas fueran monosílabos y gruñidos. Cuando menos se lo esperó, cerró el lazo y apretó la carne con tanta fuerza que dolió. El paladín se acercó a ellas y, él, que al menos podía usar la luz, detuvo la hemorragia. Yselle se acercó a ella, renqueante y con una mirada suplicante. —¿Puedes, por favor…? Un vendaje con un retal de camisa amarillento asomaba por su hombro entre la suciedad. Olga se acercó a ella con el ceño fruncido. Sus manos comenzaron a moverse sobre la herida y arrastraron los trozos de ropajes. Apenas la miraba. De hecho, a penas miraba a nadie. Parecía estar en un modo automático mientras el verdadero debate se concentraba en su cabeza. Ya está. Si bien no era oficial, ya habían vuelto.
  14. Syolkiir

    Treleré

    Aunque luego irá en Olga, quería ponerlo aquí esta vez ^^. @Natea
  15. Syolkiir

    Olga Castelgris

    Espada y civil Parte 5 Zafyr corría delante de ella dando grandes zancadas como una gacela. El terreno parecía animarla a ganar velocidad, porque Olga se quedaba rezagada fácilmente y obligaba a la ex pirata a detenerse cada pocos kilómetros. Estaban a punto de traspasar las murallas de Colina de Centinela cuando escucharon el griterío y el ruido que hacían los soldados al ponerse en formación. Ya habrían vuelto de su misión o los estarían convocando de nuevo frente a la torre del alguacil Mantorrecio. —Chica, que te quedas atrás. —Dijo—. Ya estamos llegando. —No tengo tanto aguante, diantre. —Respondió. Las piernas le temblaban y la habían obligado a descansar donde primero había pillado. Se había esclafado en la rampa que ascendía hacia la puerta de la torre, muy cerca de los soldados, para retomar el aliento. Movió una de las manos mirando a Zafyr, intentando transmitirle un mensaje similar a «Ve, sálvate tú. Infórmales y salva el día». Pero sólo consiguió una mirada confusa en respuesta. Ya trabajaría en el lenguaje de signos mejor. —La brigada que destinamos para custodiar la plaza tomada ha sido acribillada por los Zarparrío. —La poderosa voz del alguacil cubrió los murmullos de los soldados al pronunciarse— Ayer no se acabó con la totalidad de los campamentos gnoll. ¿Qué demonios ocurrió exactamente? Kethrian Dawnblade, teniente alto elfo de la división se plantó frente al alguacil, mano en pecho. —Era imposible. Tenían minas, pero el destacamento fue avisado donde estaba el campamento más cercano. Tenían escudos para protegerse de las flechas. —Yo mismo di el aviso del segundo campamento y rendí cuentas tanto al Teniente como aquí en la colina. —Uno de los soldados dio un paso al frente. —La cuestión, Teniente, es por qué un destacamento bien armado dejó focos de población gnoll sin erradicar. —Sus ojos se estrecharon hasta formar una línea recta— Fui claro con las órdenes: acabar con la presencia de esas criaturas en las tierras del estanque y una vez hecho esto, asegurar una brigada para que mantuviese el control sobre el perímetro de la zona. Si la zona no está tomada, no puede asegurarse. Por ese error he perdido hombres que son necesarios. —Porque tenían MINAS alguacil. —Kethrian frunció el ceño, tenso. Sus pobladas cejas rubias se encresparon— Y perdí cuatro hombres que ahora están en los barrancos. Dos suboficiales entre ellos. Y sólo me quedaban seis para continuar, cuando sus campamentos tenían minas alrededor. »Liberamos sólo el primer campamento y tomamos el estanque, para que ese fuese reforzado con el destacamento. Si avanzaba, arriesgaba a perder al resto. Estas alimañas no están luchando con palos y flechas como cualquiera esperaba. Alguien los está armando.« Olga que hasta el momento se había mantenido en silencio se decidió a intervenir. —¡Aquí! —Alzó la voz. Todo el destacamento, incluidos los oficiales de mayor cargo se giraron a mirarla. Como si fueran autómatas. Esa idea ya cobraba cada vez más sentido en su mente. —Ha habido un contratiempo. Uno de los gordos. —Tomó aire y continuó hablando como si no tuviera audiencia. Fijándose en Mantorrecio y Kethrian— La división encargada de la investigación se ha separado en las minas del norte […]. Durante los siguientes cinco minutos la voz la tenía ella. Les explicó todo paso a paso tratando de ser concienzuda. Cuando terminó, el destacamento la miraba con un deje de emoción y molestia por lo que significaba. Hubo un silencio prolongado. Como si ella lamentara haber hablado y no estuviera segura de querer repetirlo. —Hay que ir en su ayuda, no podemos prescindir de ese grupo. Habréis de capturar al tal pordiosero que os dio la información. —Dijo Mantorrecio. —Necesitaremos un guía allí… Si se han perdido por esos túneles no importa cuántos seamos, nos puede pasar lo mismo. —Respondió Kethrian. —La mina es estrecha y los caminos sinuosos, ¿planeáis ir todos juntos por allí como un desfile del festival de la cosecha? —Apuntó ella. —Si hemos descubierto su mercado negro… No creo que nos lo vayan a poner fácil. —No si seguimos el mismo camino que el grupo anterior. De haberse topado con explosivos, lo habrían descubierto. Aunque si los hay en la mina o no es otra historia. Olga se cruzó de brazos y, como solía hacer, adoptó el tono frío cuando estaba siendo categórica. —Sería estúpido disponer de minas preparadas en una mina de la que has hecho tu hogar. Principalmente si tu negocio gira en torno a ella. Os puedo dar las indicaciones exactas para llegar. Ahora bien, no estoy segura de que Lou dos zapatos, el zarrapastroso que nos encargó la tarea vaya a estar allí. Lo siguiente fue un despliegue de fuerzas completamente ordenado –y obligado- cuyo objetivo estaba fijado en la hacienda de los Cejade. Olga había sido puesta en la trompa de la formación, acompañada de Kethrian y otros de la vanguardia para guiarles. Por más que intentara buscar la lógica en el objetivo de capturar a Lou, mandando a un destacamento tan nutrido campo a través sin ningún cobijo, no la encontraba. Salvo el alto mando, el resto –que ahora tenía a sus espaldas- le parecía un séquito de autómatas programados cuyas funciones se habían visto reducidas al filo de la espada, el alza del pavés y el giro de la esquiva. Uno de los soldados alcanzó el ritmo de Olga, posicionándose a su lado. Hubo un momento de silencio. Un momento en el que la mirada fija del soldado y de ojos abiertos se clavó en ella. —¿Está muy cansada? —Sí. —Respondió Olga. Por desgracia, hasta ahí llegaba toda la estrategia conversacional del soldado. —Puedo cargar su bolsa de suministros. —Le dijo. No hubo respuesta— No sería molestia. Olga le dirigió una mirada fría y luego la apartó centrándose en el frente. No quería hablar con él. Tampoco esperaba que lo entendiese y, se esforzaba en no abrir la boca; no sabía qué saldría de ella en su actual estado de inestabilidad emocional. —Bueno, me llamo Jason. —Haga el favor de no dirigirme la palabra y actuar como se supone que su mando le insta a actuar; siga órdenes y no piense. Forme parte del escuadrón Autómata Programado del ejército y déjeme en paz. Una leve explosión en su cerebro había desplazado la educación y la había reemplazado por el látigo caliente del enfado. El soldado no tenía culpa alguna, y hasta que pasó un buen rato más, hasta que la penumbra del ocaso no mostró a lo lejos la hacienda de los Cejade, no se dio cuenta de ello. El destacamento avanzaba con la fuerza de un tanque sobre orugas. A su paso ni zarzas, calabazas o mendigos resistía. Era una fuerza de paso lento e inexorable cuyo poder no podía ser repelido. Como una fórmula arcana o el conjuro onda de choque que había comenzado a desarrollar por su cuenta. Uno de los hombres que deambulaban por la granja corrió hacia la casa que ya bien conocía ella. De hecho, también lo conocía a él; era uno de sus captores cuando tuvo lugar la propuesta de intercambio. Ahí iba el factor sorpresa; aunque nadie esperaba tenerlo. La marcha se detuvo, y los soldados se plantaron frente a la puerta de la casa donde Lou los esperaba con una sonrisa socarrona. —Por el orden del Alguacil de Páramos de Poniente y en nombre del Rey, estáis bajo arresto. —Kethrian rompió el súbito silencio que se había instalado entre ellos. Byrion y Sigmar avanzaron hacia Lou. —Quietos ahí. —El pordiosero alzó una mano. De las ventanas de la caseta asomaron numerosas armas de fuego sostenidas por siluetas ocultas en la oscuridad. En el techo también había un puñado de hombres apuntándoles con la misma determinación que tenía Kethrian en arrestarles.— Un paso más y os coso a balazos. Kethrian detuvo el avance de Byrion y Sigmar camino a interceptarlo. —Hemos venido a poner orden en este lugar. —¿Y poner orden es faltarme al respeto como si tuvieses alguna autoridad aquí, orejas? Olga observó a lo lejos cómo otro de los soldados, cuyo nombre recordaba vagamente, Máximo, susurraba algo en el oído del alto elfo. Probablemente le dijese la cifra aproximada de los hombres desplegados. —Os guste o no, estas son tierras del Rey. Nosotros solo somos el principio. —Ni tú ni tu rey tienen autoridad en esta tierra. Aquí vales lo que vale tu fuerza y lo capaz que eres para sobrevivir. Un rey que deja morir de hambre a sus gentes no merece serlo. Tu señor no se ha ganado el derecho de esta tierra. Así que puedes coger tu culo bonito y ese careto petulante que traes y volver a informarle. Los Páramos son libres, al igual que sus gentes. Olga se dio cuenta que todos los hombres a su alrededor asentían a Lou. Aquel discurso o rebate no hacía sino infundir más ánimos en ellos y subir la moral. —Tu Rey evitó que esta tierra sin orden fuese arrasada por la Plaga y ahora quiere regresarle la paz. ¿Quieres que las cosas mejoren? Baja las armas. ¡Y lo mismo va para el resto de vosotros! ¡Porque mientras nos matamos aquí, la Horda está cerca de nuestras fronteras y seréis los primeros en caer bajo el filo de los orcos, como en la Primera Guerra! —¡Já! Yo no he visto necrófagos pulular por los Páramos. —Lou le señaló con un dedo, acusador— He visto a niños morir de hambre, a madres enfermas incapaces de amamantarlos y ancianos ser vencidos por el frío. ¿Dónde estaba TU REY entonces? No. La guerra contra la Plaga no sólo había sido algo señalado, problema del norte o el sur. Había sido problema de todo el mundo. Muchas cosas habían salido mal. Pero esa serie de decisiones probablemente desacertadas aunque necesarias habían significado la derrota de la Plaga. ¿Cómo iban a entenderlo ellos? Olga sabía porque había ganado la cultura suficiente, ¿pero y ellos? ¿Cómo esperaban comprenderlo? Se ceñían a la parte que veían, como unos caballos cuya visión se encontraba limitada a causa de las anteojeras. Se le detuvo el corazón por un momento. Tras ella una andanada de disparos restalló rompiendo el quedo silencio de la noche. Un grupo enorme de jinetes se aproximaban a ellos por el campo de calabazas al galope, con tanta fuerza que el relinchar de los caballos se entremezclaba con los gritos de los humanos. En sus manos armas de fuego que les vomitaban proyectiles. —¡Cuidado! Un placaje la derrumbó. Sintió el metal golpearle el pecho. Voló hacia atrás con una figura encima suya rodeándola con su cuerpo. Y luego la nada. La noche se había vuelto más oscura de repente.

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