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Añil

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1.734 Fuera de Serie

Sobre Añil

Primer Personaje

  • División
    Cobre

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  1. Añil

    Un regalo especial.

    Ya a media tarde, horas después de pasar un rato escribiendo y viajando, la castaña salía de la posada de Villadorada cargando con una coraza y unos brazaletes de cuero, piezas a las que se les notaba el fino trabajo realizado por las manos élficas. Portaba además varios papeles en la otra mano, una carta y una invitación a una obra de teatro a la cual no sabía si quiera si iba a asistir. Leyó la carta de despedida de Lysanthir con lágrimas en los ojos, pues ya Berthold le había dicho que ella también se había marchado. Sin embargo, cuando leyó que hablaba de Ivano y que Kianna se iba también, las lágrimas fueron más sinceras aún. Se preguntaba cuánto tiempo habían estado los de la posada guardándole aquello, pero de lo que no tenía duda alguna era de que utilizaría aquellas piezas de armadura con el mismo cariño con el que utilizaría los vestidos de Linzi si aún los tuviera. Esperaría con ansia las cartas de la elfa y la enana. Por otro lado salía de la posada, aparte de con los ojos húmedos, releyendo la invitación al teatro. Por parte de Eileen, le dijo Brog. Y no conocía a otra Eileen que aquella elfa peliblanca, pareja de Katz. Lo único que se le ocurría era que hubiera sido idea de Katz mismo, pues por algún motivo no se veía a aquella mujer tratando de socializar con ella, mucho menos invitándola al teatro. ¡¿Al teatro...?! Y ni si quiera tenía a alguien con quien ir. —¿Ruthie...? ¿Ruthie Maddison? —oyó a alguien llamarla, una voz masculina algo desgastada por los años y por efecto del tabaco, los conflictos y los disgustos. Ruthie se secó rápidamente los ojos, sorbiendo por la nariz a la vez, antes de mirar a quien la llamaba. Un hombre elegante, con la castaña melena recogida en una cola de caballo sujeta por un lazo en la nuca, ropas vistosas, sombrero de chistera y bastón. Llevaba algo empaquetado colgado a la espalda, una especie de palo bien envuelto en una tela de tercipelo, sujeta con lazos. —No puede ser... ¡Lord Adams! —exclamó la castaña con extrema sorpresa, acercándose al varón. Él sonreía ampliamente, alzando ambas manos en cruz. No la recibió con un abrazo, no tenían tal confianza, pero sí colocó las manos en los hombros de la estrecha muchacha. —Increíble, ¡es una grata sorpresa encontrarte viva, muchacha! —dijo él—. ¿Y qué hace una dama como tú en un pueblecillo como este? Por la Luz, qué aspecto tan... triste tienes... —detalló él tras su pregunta. —Venía a recoger unas cosas y... —comenzó a responder Ruthie, sonriendo cordial e ignorando el comentario acerca de su aspecto— ...y... ¿Y alguien como vos en un pueblecillo como este? —preguntó luego alzando una ceja, pues era más extraño que estuviera __él__ allí. —Oh, pues a llevar una cosa. Casi como tú, joven —respondió tratándola de joven a pesar de que su edad no era tan extremadamente distante como pudiera parecer—. A Ventormenta iba, tengo que entregar un regalo un tanto especial. —Puedo llevaros —ofreció la mensajera señalando con la cabeza hacia el establo mientras se apartaba de Lord Adams y apartaba de la carta de Lysanthir la invitación al teatro, mostrándosela al varón—. ¿Os gusta el teatro? —Lo agradecería. El camino desde Bosque del Ocaso se hace largo a pie —afirmó él siguiéndola con la mirada, prestando atención luego a la entrada—. Si es una buena obra... —A decir verdad no tengo ni idea de cuál es una buena obra y cuál no. Podríais explicármelo por el camino... —insistió de forma sutil mientras iba a por su yegua Nyel. —Apuesto... a que podría ser el motivo perfecto para recuperar la relación con la familia Maddison. —Nnnsí... con lo que queda de ella. —¡Uff...! Lo siento mucho, chiquilla... Tenemos tanto de lo que hablar... —Y tiempo para ello —afirmó Ruthie antes de entrar al establo, dedicándole una breve sonrisa al noble.
  2. Añil

    Condena y libertad.

    Si rápido llegó a Ventormenta, más rápido fue capturada a mitad de su camino hacia el barrio de mercaderes. Hacía una mañana radiante, soleada y cálida, pero tal esplendor no se relacionaría en absoluto con la suerte de Ruthie aquella mañana. La muchacha se había adaptado a un tipo de ropa muy diferente a la que solía usar antes de su estadía en Bahía del Botín, además de la costumbre de llevar siempre encima el sombrero de Ivano desde que no le veía. Aún así la guardia de la ciudad la reconoció, pues los carteles de se busca con su descripción y su nombre estaban pegados por doquier. Ese mismo día Ruthie fue llevada a los calabozos de Villadorada por su propio amigo y casero, Berthold, el enorme alteraquí que había acogido en su casa a la castaña y a su yegua. Y aquello sí que fue una suerte para ella, pues le explicó al menos por qué se la buscaba y… y que Ivano se había ido de Elwynn. En un principio no se lo creyó, pero otros temas la retenían, literalmente, en ese momento. Pasó tres días con sus tres noches encarcelada y, tal como habló con Berthold el mismo día en que él mismo la encerró, se negó a hablar con nadie que no fuera aquel tal Kethrian Dawnblade. La segunda noche recibió la visita de una mujer que dejó caer una indirecta sobre Oliver, una mujer a la que probablemente buscaría en cuanto saliese de allí. También una conocida, Susan Lionhammer, le hizo una fugaz visita. Venía con intención de interrogarla, pero Ruthie se negó a soltar palabra, más aún estando sin testigos, sin defensa y sin si quiera juez. Únicamente hablaría con su superior, y así fue la tercera noche. Kethrian Dawnblade en persona se presentó frente a la celda de Ruthie y con él la humana se desahogó. A la tarde siguiente quedó libre y sintiéndose victoriosa y orgullosa, pues fue la misma Susan quien la fue a buscar a la celda para sacarla de allí. Aquella misma que había ordenado su busca y captura. Ruthie se las arreglaría para quedarse uno de aquellos carteles como recuerdo. Ruthie estaba libre por fin, y sin embargo, ahora se sentía vigilada.
  3. Añil

    Bienvenida sorpresa.

    Estuvo varios días buscando a la chica a la que creía su prima, sin embargo en ninguno de sus ratos libres coincidió con ella ni llegó tampoco a ver a Giorno, por lo que decidió que no quería esperar más. Aquella mañana Ruthie se dirigió al puerto. Ya tenía la mochila preparada, pero la había dejado en la habitación donde vivía. Aquella mañana solo iba en busca de trabajo. Pensaba que le resultaría difícil, que la echarían de allí a patadas y que incluso se burlarían de ella... pero para su sorpresa fue bien recibida. —¿Una mujer en un barco? Por supuesto, siempre vienen bien a bordo... —respondió aquel con quien hablaba, que no era él capitán del barco, pero sí quien se encargaba de los contratos. Tras explicar que su única intención era viajar a Ventormenta Ruthie recibió ciertas explicaciones. Aquel barco hacía un viaje al mes. Tras llegar a Ventormenta volvería a Tuercespina una semana después, para esperar otra semana más antes de su siguiente viaje. Ruthie entendió que había alrededor de una semana de viaje en barco según aquellas esperas. No tenía claro si hacían alguna parada, la velocidad, la urgencia de los viajes... solo que solían rondar entre cinco y casi dos semanas. Galeb, aquel tipo orondo, cojo y de pelo pobre con el que hablaba, le explicó que sus labores serían limpiar la borda, estar en la cocina e “integrarse” con la tripulación. Aquello último Galeb no lo dio a entender como realmente quería. Ruthie aceptó. Dos días después subió al barco tras dejar un mensaje a Isela. Se había cruzado, como todos los días, con algunos cuervos de aquella extraña plaga que asolaba la ciudad, sin embargo no estaba preocupada en absoluto por aquellos seres. De hecho se aseguró de que la veían subir y de que su rostro era reconocible en aquel instante, pues conocía a aquel que veía a través de los animales. Por suerte para la joven el viaje duró lo normal. En seis días estaba en Ventormenta. Estuvo la mayor parte del tiempo pelando papas, fregando vajillas y limpiando la cubierta, tal como se le dijo. Se alegraba de que al menos no la obligaron a limpiar letrinas. El único incidente que hubo fue la segunda noche, que un tipo parecía excesivamente empeñado en pasar la noche con ella. Supo darle evasivas, bastante cortantes, por supuesto, y la noche siguiente se vio obligada a amenazarle de que sí acabaría yendo a su cama por la noche, pero que él no amanecería despierto. Aparentemente, y aunque Ruthie no tenía la verdadera intención de asesinarle, aquello funcionó, ya que entre tal contestación y lo arisca que solía ser con la tripulación, nadie volvió a molestarla. Sí se ganó bastantes malas miradas y el vacío de la gente. El resto del tiempo lo pasó echando de menos las plantitas que habían comenzado a crecer en aquel macetero que compró en Bahía del Botín, pues era lo que más le había dado compañía durante su estancia en aquella ciudad. El único motivo por el que no se había llevado la maceta era porque todos los brotes de ésta se habían secado sin más, lo cual dio a Ruthie una extraña sensación de desaliento. Se le habían muerto las plantitas aún habiendo estado regándolas con agua potable y dándoles la luz necesaria. Y aún así, aquello era lo de menos para Ruthie. Pronto podría volver a ver a aquellos a quienes quería. Especialmente ansiaba ver a Ivano... lo que ella no sabía es la sorpresa que le esperaba en Elwynn. Una digna bienvenida. Difícil era a aquellas alturas reconocer a la Ruthie que bajó de la nave, tan diferente a la que había desaparecido más de un mes atrás. Su pelo había crecido, sus brazos tenían algo más de fuerza y su ropa era totalmente distinta a la que solía utilizar. Vaqueros, camisa de cuadros y sombrero de cuero estilo vaquero. Por supuesto incluso su piel era más oscura debido al sol. La muchacha, que quería dar una sorpresa a quienes la querían, no sospechaba que no tardaría ni un día en tener más roce aún con su tan detestado ejército. La sorpresa se la llevaría ella.
  4. Añil

    Mensajería goblin.

    —¿Qué quieres decir con que “no ha habido respuesta”? —preguntó una furiosa Ruthie sin fiarse en absoluto de la palabra de la goblin. Resultó ser exactamente la misma a la que entregó la primera carta dos semanas atrás. —¡Pues que no fue nadie a dejar correo para la vuelta de la rapaz, chica, yo qué sé! —la pequeña mujer estaba alterada esa mañana. —Como me entere de que no habéis mandado la carta... —Ruthie sin embargo también parecía de bastante mal humor, alzando un dedo hacia la goblin a medida que hablaba. Se vio arena bajo la uña, pues la tarde anterior había estado en la playa, en una situación no demasiado agradable, lo cual la irritó aún más. —Oye, mira, hacemos una cosa. Si quieres, me encargo de que se amenace al destinatario para que escriba una respuesta, ¿quieres? Por un módico precio te encuentro a alguien que lo haga incluso allí en Elwynn. —¡¿Todos los goblins son igual de estúpidos?! —preguntó Ruthie exasperada al escuchar la oferta de la mujer, pensando que aquella propuesta se trataría de algo serio y viable. —Tan estúpidos como para que una humana no sepa si su carta ha llegado a ser enviada o no, chica —respondió la otra en defensa propia. Ruthie la miró con los ojos muy abiertos, volviendo a señalarla a la cara, ofendida. —Vas a tener problemas tú en cuanto me asegure de unas cuantas cosas —amenazó en un tono más siseante, dejándola con la palabra en la boca y volviendo al lugar en el que se alojaba. Por supuesto volvería a escribir, aunque ahora debía buscar un cetrero por sí misma, alguien que le asegurase el envío y la entrega de la carta.
  5. Añil

    Desaparición.

    Se aproximaba el ocaso y la joven volvía a Villa Azora. Llevaba bastante tiempo sin hacer tal recorrido sin compañía, ya fuera al atardecer o a plena luz del día, sin embargo no podía estar siempre dependiendo de todos. Había recuperado algo de confianza desde que se aseguró de que los últimos que la atacaron quedaron entre rejas, y aún así iba completamente cubierta de pies a cabeza, siendo imposible reconocerla de no ser por la yegua, la armadura de cuero y la silueta. Y aún con todo, aquel que había estado vigilándola durante a saber cuánto tiempo, la reconoció. Ruthie había visto al varón encapuchado apoyado sobre el tronco, pero no le prestó atención. Tenía pensamiento de pasar de largo junto a él y seguir hacia casa. Sin embargo, reconocer la piel gris, el pelo blanco y los ojos rojos de Leanfriel cuando éste se irguió y descubrió su cabeza la hizo darle la vuelta a la tortilla: ya no quería pasar junto a él, quería girar a la yegua para irse corriendo en la dirección contraria. Pero no sería la situación. La vaga Nyel estaba cansada del camino y decidió que aquellos tirones de riendas la iban a irritar en ese preciso instante. Y le dio un ataque de desobediencia. —Hey, hey, hey, tranquila, que si quisiera matarte ya te habría sepultado bajo tu caballo —el elfo no era precisamente experto en calmar a las adolescentes asustadas, a pesar de que mostró las palmas de las manos desarmadas, no como Ruthie, que había desenvainado una de sus dagas con la mano derecha mientras seguía espoleando a la yegua y mantenía la tirantez de las riendas—. A ver, solo quiero hablar. Bueno, en realidad vengo a pedírtelo de nuevo —explicó el elfo—. Me tengo que ir al lugar de donde vine, pero me gustaría que me acompañases. —¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué quieres de mí? —preguntó nerviosa la muchacha castaña, que no se había quitado el simple pañuelo, ni la capucha que emulaba la cara de una rapaz nocturna. Acabó gruñendo de resignación, dando un guantacito a la crin de Nyel a modo de castigo, desistiendo en su intento por obligarla a sacarla de aquella situación. —Mira, te lo explico. Estoy buscando a alguien inteligente, con ganas de sobrevivir. Además necesito que sea guapa y que parezca inocente. Tú parece que tienes dos dedos de frente, así que me tendré que conformar con eso —tampoco parecía del todo experto en convencer a la gente—. Vale, es broma. También eres guapa —añadió tras soltar una carcajada. Ruthie hundió los hombros y alzó una mano palma arriba en gesto interrogante. Su cuerpo decía a voces que estaba totalmente confundida con aquella actuación. —Es… cuanto menos… el intento de flirteo más irracional que he visto en mi vida… —murmuró lentamente la muchacha, volviendo luego a tirar de las riendas de Nyel, por si acaso a ésta le había dado por obedecer. El animal no movió más que las orejas hacia atrás, resoplando. —Tampoco te me vengas arriba —respondió Leanfriel—. Mira, con esta cara no puedo pasearme mucho por ningún lado, así que necesito de alguien discreto. Y tú eres alguien discreto —agregó tras una pausa. Parecía convencido de querer llevar a la joven consigo—. Además, tienes talento; sabes con quién juntarte cuando te conviene. ¿Me equivoco? —¿Y para qué se supone que me... necesitas? —preguntó ella de nuevo, con desconfianza, entrecerrando los ojos al escuchar su última frase, pensándoselo—. ¿y qué ganaría yo? —¿Qué ganas? Una nueva vida. Mucho más cara que... ¿llevar el correo, era lo que hacías? —Ruthie no pareció darse cuenta de que solo le respondió una parte de sus preguntas, pero sí se dio cuenta de que la había estudiado más de la cuenta. —¿Pero cuánto tiempo llevas espiándome...? —esa vez era una pregunta retórica que salía tras varias respiraciones nerviosas. Y más se asustó cuando notó que su montura de repente quería comer unas golosinas. La yegua cabeceó un poco y dio un par de pasos hacia el elfo, parándose a masticar hierba del suelo—. Nyel... —llamó Ruthie, tensa. —Es mi trabajo. Bueno, además de matar gente —Leanfriel, que se encogió de hombros al responder, parecía bastante despreocupado dando tal respuesta—. En todo caso, te puedo ofrecer un nuevo hogar, sin tener que trabajar mucho y teniendo todo el dinero que quitas. Bueno, no todo, pero seguirá siendo bastante más de lo que tienes ahora. —No es tan fácil —dijo la encapuchada, dejando a la dichosa yegua en paz y centrando de nuevo su atención en el varón. Finalmente envainó la daga—. Cuánto tiempo sería, dónde, cuándo... —Ahora. Iremos a Bahía del Botín. Y es una nueva vida, tendrás lo que te ofrezco para siempre, aunque podrás volver si quieres a esto. Pero vamos, muy mal tienes que estar para... ¿repartir correo? Bueno, lo que sea. Podrías estar en un cotillón bebiendo cócteles de gambas —una vez más se encogió de hombros, como si aquello no fuera nada del otro mundo. —Sería un ir y venir... —murmuró la joven arrugando las cejas al escuchar el «para siempre» y girando la cabeza en la dirección hacia la que iba en un principio, para luego volverse hacia Villadorada—. Hay cosas que no quiero dejar atrás. Y aún así, es todo demasiado sospechoso. Lo pintas demasiado idílico —obviamente no podía fiarse de aquel hombre que en cierto momento la atacó. —No hay trampa ni cartón, lo prometo. Solo tendrás que ir a fiestas y hacer sociedad en Bahía del Botín. Como si fueras una ricachona más —ninguno de los dos hizo nada ante los pasitos que daba la yegua de vez en cuando en busca de más hierba. —Si tuviera solo dos dedos de frente, como dices, te creería. —Bueno, también tendrás que enterarte de lo que diga esa gente. No todo va a ser disfrutar de la comida... —esa vez su propio comentario pareció divertirle, pues el elfo de echó a reír. —Una espía… —murmuró la castaña, alzando las cejas y comprendiendo entonces lo que él quería. Ahora parecía más convencida. —En fin… Se me hace tarde —apremió Leanfriel mirando al cielo y comenzando a caminar—. ¿Vamos? —¡¿P… pero ya?! ¿Ahora? —balbuceó Ruthie dando un leve respingo al verle alejarse tan convencido. Ante la urgencia, su cerebro pensó en seguirle de inmediato, pero su cuerpo se quedó bloqueado. —Sí, ahora —fue la única respuesta del elfo de piel gris. —¡Deja que al menos me despida, maldita sea! —se quejó ella entonces, dando un fuerte tirón de las riendas del animal, que por suerte parecía bastante más obediente después de haber comido su golosina. La chica, al ver que el otro no la esperaba, gruñó por lo bajo y saltó al suelo desde el lomo de la yegua, a la cual no tenía pensamientos de llevarse, bajándose el pañuelo y acercándose a su testa. Se quitó un guante para acariciarla y le dio un beso entre los ojos, a los cuales estaba mirando con insistencia. Movió los labios, pero casi no salieron palabras. Le susurró algo y tiró de las riendas haciéndola girar en la dirección en la que iban antes. Tal cual, el animal continuó caminando, no sin antes pararse un momento para mirar a Ruthie, la cual hizo un gesto brusco con los brazos hacia arriba para espantarla. Nyel creyó que estaban jugando, por lo que salió trotando hacia donde la dirigía la humana. Tan solo unos pocos minutos después, el animal, que conocía el camino y lo había hecho sola en algunas ocasiones, llegaría a casa de Berthold sin entender que aquello había sido una despedida.
  6. Añil

    No debía enterarse.

    Vale, esta vez sí me acuerdo de poner una pequeña introducción. Esto es un pequeño relato sobre cómo Ruthie se enteró de que Ivano (@Senkarudai)es un huargen. Aquellos que la conocen saben por qué es un episodio importante para ella. Los presentes lo narrado son: Ruthie (PJ propio), Kianna (@IDwarf), Elasay (@Alphalari) y Noldrenai (@MoonlessCry). —¡No somos pareja...! —Ruthie se había encontrado con Elasay y Kianna justo después de que Ivano se fuera a dormir aquella noche. Suficiente tiempo de descanso le había robado ya, a cambio de que él le robase su primer beso. Por fortuna o por desgracia para la joven, decidió acercarse a aquellas dos, y probablemente le notaron la boba felicidad que emanaba su cuerpo, pues comenzaron a acosarla con preguntas y falsas afirmaciones hasta acabar sonsacándole qué había ocurrido con el ex-granjero. —Qué irónico, tratándose de un gilneano —dijo Kianna, muy convencida de que aquel beso entre los humanos significaba mucho más de lo que la involucrada en el mismo quería reconocer. —¿Cómo que irónico…? ¿Por qué…? —la castaña comenzó a sospechar en ese instante. Sentía que en la procedencia del varón había algo más que a la enana se le había escapado, algún detalle que luego la pelirroja intentó ocultar. Y tratándose de un gilneano, a la muchacha solo se le ocurría un motivo por el cual fuera irónico que se hubiera acercado a él, y aquel motivo era su mayor fobia. —No, por nada… —respondió la pequeña mujer abriendo mucho los ojos y carraspeando, expresión que solo sirvió para atraer aún más la atención de la delgada mensajera. —Habla —dijo la joven con un tono imponente que se convirtió en un agudo gritito al escuchar una voz tras ella, una que, por supuesto, no se esperaba. Elasay oraba en voz alta por alguien sin pelos en la lengua que fuera a ayudarles en aquel momento en que trataban de hacer ver a la chica que ahora estaba emparejada. Y pareció que sus plegarias fueron escuchadas, pues justamente entonces Noldrenai iba saliendo de la posada a la que la gilneana trataba de huir. —¿He oído «sin pelos en la lengua»? —preguntó el gigante azul desde detrás de Ruthie para luego apoyarse contra el marco de la puerta con una postura estúpidamente sensual. —¿Qué hay, Nol? —la enana trató de evadir la conversación. —No, no hay nada. ¿Qué pasa con que sea gilneano? —insistía Ruthie tratando de volver a captar la atención de Kianna. —Anda, qué oportuno —se alegró Elasay, saludando al otro draenei—. Buenas, Nol. —Hey, estoy bien. Bastante bien, de hecho —respondió el ser azul—. ¿Vosotras? —Aahhh… es que… ya sabes… —la pequeña tartamudeó haciendo gestos con la mano con intención de quitar importancia al desliz que tuvo. Su expresión estaba totalmente rígida y la mirada se dirigía a la pared, recta hacia al infinito—. Venís de la misma ciudad y eso… —Ocultas algo… —acusó entonces la castaña, llevándose una mano al pecho y respirando hondo. —Aquí, enterándonos de secretos oscuros —era la mujer más alta quien respondía ahora a su paisano, mirando a Ruthie con media sonrisa pilla en los labios. Ella no parecía notar que la humana estaba bastante tensa. —Me gustan los secretos oscuros —el varón azul hablaba ahora. —A mí no… —gimió la chica de corta melena, nerviosa, comenzando a temerse de verdad que el hombre con el que se había sentido tan unida en tan poco tiempo portara la maldición caída en Gilneas años atrás. Respiró hondo de nuevo y se sentó en el último peldaño de la pequeña escalinata hacia la posada. —Eeeh… —Kianna ahora también parecía nerviosa. Era evidente que intentaba pensar algo a toda prisa. —Mientras no tengan que ver con parejas… Me estoy hartando de… —Noldrenai no terminó de decir lo que tenía pensado, clavó una mirada desorbitada en la enana cuando la escuchó. De repente, como si fuese al ser de otro mundo a quien escondiera información, reveló falsamente: —¡Me gusta Ivano! —en ese momento miró a todos, cuchicheó un poco con Elasay y se fijó finalmente en Ruthie, mientras sudaba por los nervios. —¿Qué cojones…? —preguntó el draenei, descolocado—. Nah, ahora en serio… —pidió desviando también su atención disimuladamente hacia la chica que se acababa de sentar. —¡Es en serio! Pienso todos los días en él, no hay otra cosa que amejoder más —se le escapó tal vulgarismo por los nervios, mezclándolo con la frase con la que trataba de mentir. —De verdad, Kianna tiene gustos muy… exóticos —secundó Elasay pasándole un pañuelo a la nombrada. —Me cago en lo quiero mucho, de verdad —volvió a errar la pelirroja, aceptando el pañuelo y usándolo para palmearse la frente con él, mirando a la nada. —¿Y qué es lo que amas joder de él? —Noldrenai, por supuesto, siguió los juegos de palabras—. Suena a romance de mierda. Vale, es cosa de pareja, pero me intriga porque suena horrible. —Su… eeeh… Que es granjero. Sí —respondió la pequeña—. Muy de clase baja, sí señor. —Necesitas que te plante la patata —definitivamente, Noldrenai no tenía pelos en la lengua. Elasay tuvo que apartar la cabeza y hasta taparse la boca para aguantar la risa mientras Kianna intentaba seguir desviando la atención de Ruthie. La humana, sin embargo, no dejaba de dar vueltas a la cabeza durante aquella conversación. —¡Olvidadlo! Solo es… un gusto —una vez más se aclaró la garganta, llevándose las manos a la espalda y sonriendo. —¿Te ha rechazado? ¿No te permite ir al huerto de nabos? —Noldrenai preguntaba muy serio, cualquiera diría que sus dudas eran reales. —Vaya, las preguntas con problemas de amores de Noldrenai son tan increíbles… —comentó la draenei mientras Kianna apretaba los labios y temblaba. Para ella, estar al borde de la muerte no se comparaba a aguantar la risa en aquel momento. —Es que no cuela —se excusó Noldrenai. —Aish, ya —replicó la mujer con cuernos, moviendo la mano de lado a lado para quitar importancia a la conversación—. Deja a la pobre con sus gustos campestres —en respuesta recibió una mirada sospechosa del varón. Ruthie, finalmente, decidió marcharse del lugar. El ir escuchando la conversación retiró su atención de lo que temía, aunque su rostro ahora estaba pálido, quizás había pensado demasiado. Aún así se levantó lentamente, incluso sabiendo que sus temores volverían más tarde, una vez se metiera en la cama para dormir, pues Ivano se encontraba en una habitación cerca de la de ella, en la misma posada. —Yo… ya me deshice de esa sequedad de boca que tenía… y ahora debería descansar —de repente la castaña sonaba agotada. En ese momento quería era escabullirse por detrás de Noldrenai hacia la posada. —Claro, que descanses, Ruthie —se despidió Elasay. —¡Hasta pronto! —añadió Kianna. —¿Dónde va…? —preguntó Noldrenai extrañado, girándose hacia la que huía, pero la draenei le tiró de la cola para que no fuera tras ella— Eh —se quejó éste. La enana pelirroja se dejó caer de rodillas en el suelo, llevándose las manos al vientre y sintiéndose liberada en cuanto vio desaparecer a la otra, quien se mareó en cuanto entró al edificio, dejando su cuerpo reposar contra la pared justo al lado de la puerta. Llevaba ya varias emociones fuertes aquella noche, aunque no sabía que lo peor estaba por llegar, y era inminente. Se llevó una mano a la cabeza como si con aquello el mundo fuera a dejar de movérsele. Por un momento perdió la visión y el equilibrio, aunque seguía escuchando a su alrededor de forma casi completamente nítida. Escuchó lo justo: —Uugh… casi le digo que es un maldito huargen… —soltó finalmente para que los otros dos entendieran por qué había estado tan rara durante aquel rato. —¿Ella no lo sabe aún? —preguntó Elasay. —Ya decía yo que un cateto no iba a seducir a Kianna antes que yo —de nuevo parecía muy serio diciendo aquello, aunque esa vez se le escapó una risita cabrona. —Por lo visto no… Aagh… —respondió la enana a Elasay. En ese momento la humana, dentro de la posada, sí dejó de escuchar. Todos los pensamientos de su cabeza se desvanecieron poco a poco, ésta le dolía bestialmente de forma repentina. Las palabras se borraron, las imágenes, incluida la de Ivano, se difuminaron… y solo quedaron dos esferas de color miel en su cabeza antes de desaparecer el mundo. Todos pudieron escuchar un golpe sordo dentro de la taberna, junto a la puerta.
  7. Añil

    El primer silencio.

    Llevaba ya bastante rato sin decir ni una palabra. Prácticamente desde antes de comenzar a caminar de vuelta desde el lago hasta la villa. E Ivano se había dado cuenta de aquello, como era de esperar. —¿Y ese silencio? —preguntó. Ruthie negó con la cabeza, abriendo los ojos rápidamente, pero seguía sin decir nada. No sabía mentir. En ese momento el huargen detuvo la marcha y se colocó frente a ella para cortarle el paso, obligándola a alzar la cabeza con el dedo índice, con el que tiró de su barbilla hacia arriba— Ruthie… —la nombrada no levantó la mirada de su pecho, aunque el rostro apuntaba hacia el suyo. Ninguno de los dos se dio cuenta de que la draenei Elasay vagaba aburrida entre los árboles del huerto junto al que estaban. La chica estaba demasiado ocupada intentando guardar sus nervios; el antiguo granjero tenía otra tarea, que era abrazarla. Las manos varoniles fueron directas a la fina cinturita vestida con el corpiño blanco. La única respuesta de la muchacha fue subir por instinto las manos al pecho de él. Seguía sin mirarle y, qué decir, mucho menos hablaba. El siguiente acercamiento fue tan simple e inocente como decisivo: colocó la frente apoyada con la de la humana, lo cual alteró visiblemente la respiración de la joven. Por puro instinto, sus labios se abrieron levemente en un intento por captar más aire. Además, tal confusión que sentía la llevó a mirarle, finalmente. En mal momento, porque justo lo que vislumbró a través de las pestañas fue al soldado acercar los labios hacia los de ella. Y poco después no siguió viendo, cerró los ojos y sintió su mandíbula temblorosa, del mismo modo que le temblaban manos y rodillas. Luego fue al varón lo que sintió. En cuanto Ivano la besó con tanta calidez y con tanto cariño, el mundo dejó de existir para la gilneana, que centró todos sus sentidos en los labios masculinos. En ese momento no le importaban Baethal, ni casarse, ni qué pudieran decir los demás, ni los nobles, ni si quiera la voluntad de su difunta familia; en su mente solo estaba el contacto del ajeno. Extrañamente, en lugar de ponerse más nerviosa, aquel beso paralizó todo el miedo y la tensión, haciendo que se desvanecieran en una oscura calma que le decía a su cuerpo que dejara de sentir. Mas sí se puso algo tensa cuando con la fogosidad, el huargen rodeó su cintura. Ruthie no lo sabía, pero estaba atrapada. Aunque, a decir verdad, ella misma colaboró en cautivarse entre sus brazos; no sabía cómo reaccionar, solo se dejó llevar y deslizó las manos hacia su cintura, acariciando por el camino torso y abdomen de forma distraída. Pero como todo lo bueno, aquello no fue eterno. Una vez su compañero consideró que estaba satisfecho, separó los labios de los de ella, recibiendo como queja un suave suspirito entrecortado con sabor y olor a vino, junto con una desconcertada y perdida mirada marrón. —Me he… propasado… —declaró lo obvio— Si ha sido demasiado, por favor, házmelo saber —pero no la soltaba. Poco a poco las palabras de voz grave la devolvieron al mundo real, aunque lejos de hacerla entrar en razón y apartarse e incluso abofetearle por robarle su primer beso, aquel que con tanto celo guardaba para el esposo adecuado, el tono de su paisano la atrajo más. Apretó el abrazo a la vez que cerraba los párpados y hundía la frente en su cuello, refugiándose entre la corta melena varonil y su barba. Tras unos instantes murmuró: —Me da vueltas la cabeza… —¿Te sientes bien? —No lo sé… Creo que sí… —respondió la muchacha hinchando el pecho contra él. —Perdóname, Ruthie…
  8. Añil

    Confesiones.

    ANTES QUE NADA: gracias a quienes lo habéis pedido y mostrado interés y perdón a quienes he hecho esperar. De algún modo aún hay cosas que no me dejan totalmente a gusto con el relato, entre otras cosas, que me ha salido demasiado largo, pero es que quería abarcar toda la conversación que tuvieron los personajes. Si realmente vais a leerlo todo (?), a quienes lo hagáis, acompañad la lectura con esto: [OST del lugar en el que se roleó] La noche había sido intensa para ella. Las horas que llevaba en Villadorada habían sido empleadas para recibir varias charlas y lidiar con el pésimo estado que Oliver parecía haber cultivado en bastante poco tiempo. Después de hablar con el enano, que parecía decirle «lo que tienes que hacer es esto, pero tú haz lo que quieras», Ruthie entró a la posada y, tras saludar a los presentes, reparó en el mal estado del arquero. Se le acercó, le escondió la botella de ron que acaparaba y le insistió en que saliera a tomar el aire. Sus malas compañías de la infancia le habían dejado el recuerdo de cómo debía tratar con borrachos, así que, por suerte, consiguió convencerle y se lo llevó de la taberna. El rubio, para sorpresa de la mensajera, aparte de la borrachera tenía una depresión tremenda. Y mayor aún fue la sorpresa cuando comprobó que también tenía confianza suficiente para contarle qué le pasaba. Baethal, el joven elfo que atraía en demasía la atención de la joven, había llegado a la misma zona, pero no era él precisamente quien ayudaba a animar al arquero, sino que más bien se llevó varias regañinas por parte de la chica por no animarle como ella pensaba que sería más correcto. No fueron demasiadas riñas, después de todo, pues Oliver no tardó en marchar. Tampoco Baethal estuvo mucho más tiempo allí, el suficiente como para saludar a la enana Kianna y a Ivano, paisano de Ruthie, que habían llegado poco después. Fue esa misma noche cuando la muchacha humana se enteró finalmente de si Baethal iba a ir o no a la fiesta organizada por los nobles de la casa Tudor, y ante la negativa del elfo, la humana quedó algo desanimada, descartando así su propia asistencia. Por supuesto los presentes lo notaron, y fue Kianna, que ya tenía algo de confianza con ella, la que comenzó a regañarla. Nadie parecía aprobar las relaciones entre humanos y elfos, pero tampoco parecían entender que Ruthie solo se sentía atraída por su físico y que lo que quería realmente era honrar el recuerdo de sus padres casándose con alguien de alta cuna. Por último llegó Zafiro, aquella elfa a la que la enana había encargado un vestido justamente para estar guapa en la verbena. —No lo entendéis… es que no quiero una relación con él —insistía la muchacha. Sin embargo fue una frase de Kianna, repitiendo sus propias palabras, la que la hizo llorar: —«Ni si quiera sé lo que quiero» —le dijo, girando la cabeza hacia Ruthie como si le echara en cara tal verdad. La tuvieron llorando un rato más mientras seguían aconsejándole de una forma que la chica consideraba algo agresiva. Fue finalmente Ivano, quien había sido mucho más suave con ella, el que la salvó de la situación invitándola a un paseo. Ruthie sabía que quería seguir con aquella charla a solas, pero igualmente aceptó y se levantó del banco en el que reposaba con la enana. Antes de alejarse con él, se acercó y agachó hacia la pequeña mujer, dándole un fuerte abrazo y susurrándole un sincero «gracias», para acto seguido levantarse, dedicarle una cálida sonrisa y despedirse con la mano de Zafiro, con quien se quedó la enana. Se pusieron rumbo a Ventormenta, estando gran parte del camino en silencio. Parecía que Ivano quisiera dejar a propósito aquel lapso para que la chica se calmara. Por suerte no fueron silencios largos ni incómodos. Tuvieron alguna cháchara casual acerca de los enanos y los elfos, de lo curiosas que eran las relaciones de cualquier tipo con ellos, que eran humanos, lo que hizo sonreír levemente a Ruthie en alguna ocasión. No hasta que llegaron a donde el varón quería llevarla volvió a sacar temas incómodos. —¿Sabes qué es lo que nos diferencia como pueblo de los demás, Ruthie? —le preguntó dejando de lado las formalidades, con aquella voz profunda y grave. Ella movió la cabeza de lado a lado, haciéndole responder—: Nosotros no olvidamos de dónde venimos. Los gilneanos somos diferentes de todos los otros reinos porque amamos demasiado nuestra tierra. ¿No es así? La chica de pelo castaño le miraba en silencio mientras él hablaba, hasta que el otro calló y ella suspiró. —Echo de menos mi hogar… —murmuró bajando la cabeza, de modo que el corto cabello caoba le cayó frente a la cara, tapándole levemente la cara. —Nosotros amamos nuestra tierra, nuestra familia y nuestras tradiciones, el respeto que le tenemos a los nuestros no lo tiene ningún otro reino. Eso es lo que les cuesta entender a los extranjeros —de nuevo hablaba el que años atrás fue granjero. Esa vez sonreía levemente mientras la miraba. —Es lo que me hace pensar que no pueden entender… por eso quiero honrar a mis padres. Tú puedes entenderme mejor que nadie. —Y lo haré siempre que pueda, Ruthie. ¿Sabes qué querían que hiciera mis padres? —la nombrada negó con la cabeza, esperando que lo revelara— El día que mi hermano se unió a las fuerzas, mi padre, Pietro, vino conmigo y tuvo una charla especial. —Dichosas charlas… —murmuró ella aún cabizbaja, sonriendo de medio lado mientras recordaba a Dunnabar y Lysanthir, y después también a Kianna, Zafiro e Ivano mismo. —«Ivano», me dijo. «Ahora que tu hermano sirve a nuestra gran nación, te toca a ti conservar el buen trabajo de los Fabinson». Era apenas un crío, y mi padre me decía que yo tomaría su lugar cuando él ya no estuviera. Era mi trabajo seguir con la granja Fabinson —pudo ver que Ruthie arrugaba las cejas, levantando finalmente la cabeza y ladeando ésta a la vez que le dedicaba una mirada de intriga: quería saber más—. Creo haber escuchado que tus padres también tenían planes para ti. —Así es —confirmó la joven—. Muy diferentes. —Pero planes al fin y al cabo, ¿no es así? —Sí… A medida que hablaban, seguían paseando por la ciudad de Ventormenta, a la que habían llegado tras largo rato de camino por los bosques de Elwynn, paseo relativamente silencioso y ameno que Ruthie necesitaba de verdad. La compañía no podía ser menos excelente en sus circunstancias. Sin embargo Ivano volvió a quedar en silencio en cierta ocasión mientras caminaban. Esa vez sí fue un silencio algo incómodo para ella, aunque no hizo mucho para remediarlo, pues entendió que su acompañante quería mantenerse en silencio y no era porque no supiera qué decir. Resultó que realmente le estaba dando la palabra para que le explicase aquello, había entendido aquel silencio mal y se dio cuenta un poco tarde. Mientras tanto se dirigían al puerto. —Teníamos un comercio de correo y criábamos caballos… —comenzó, redundando con sus palabras—: Criaron a mi hermana para que heredase el comercio y a mí me enseñaron desde pequeña cómo ser una buena esposa. Querían que me casara con un burgués o un noble. De ese modo no tendría que trabajar, como mi hermana mayor. Hubo otro silencio. Cuando llegaron al destino elegido por el varón, el belvedere conocido como Reposo del León, Ivano colocó ambas manos sobre el bajo muro, mirando al abismo que se dibujaba hasta el puerto. La que le seguía se quedó un poco más apartada. —¿Sabes qué otra cosa tenemos los gilneanos que a otras personas les cuesta entender? —preguntó el mayor, mirándola a los ojos, recibiendo de vuelta una confiada mirada de la castaña, que negó con la cabeza—. Nosotros tenemos que luchar por ganarnos un lugar, Ruthie. Nuestro hogar ha desaparecido por el momento y, lastimosamente, poco podemos hacer al respecto —le explicó tomándole una mano con la intención de darle apoyo mediante su contacto físico. La chica tragó saliva y hundió los hombros, bajando la mirada hacia el océano, pensativa—. Para nosotros no hay un matrimonio al que esperar, o una granja de la que debamos encargarnos, no de momento. Por eso lo que debemos hacer es plantarnos bien fuerte en el suelo y fijar nuestro curso hacia donde queremos dirigirnos, y luchar con todo para conseguirlo. ¿Entiendes lo que trato de decir, Ruthie? —preguntó al verla tan silenciosa, mirándola con pesar en el rostro. —No me enseñaron a luchar por mí misma… —murmuró la aludida con voz temblorosa, alzando sus ojos, de nuevo húmedos, hacia los de color miel del varón—. Yo… aprendí a pelear cuando me escapaba de casa… cuando huía de la exquisitez de mi familia y jugaba con los niños de las cloacas —tragó saliva antes de continuar, fijándose esa vez en las manos de ambos, aún sujetas, de las que la pequeña y fina temblaba más incluso que su voz— Eran ladrones. Y… fue gracias a ellos por lo que mi hermana y mi madre sobrevivieron un poco más de tiempo. Ellos me enseñaron los recovecos de la ciudad y cómo llegar aquí y allá desde las alcantarillas. Desde que llegaron aquellos no-muertos y mi padre murió, fui yo quien guió a mi hermana y a mi madre. Después de eso… ya no fui capaz de luchar contra los otros monstruos que llegaron… —el temblor de sus manos aumentó al referirse a los huargen. Apartó la mirada bajándola finalmente al suelo y respirando hondo—. Por ellos me dan tanto miedo los lobos —añadió en un último comentario en el que se le quebró la voz. Ivano era uno de aquellos seres a los que la gilneana llamaba monstruos, pero lejos de ofenderse, le mantuvo su realidad oculta con tal de no asustarla, y se le acercó con intención de abrazarla, tímidamente en un principio. Él entendía muy bien a Ruthie, pocas personas podrían tener hacia su historia tanta empatía como la de aquel joven. El fraternal y cariñoso abrazo que le dio no habría sido el mismo en ninguna circunstancia. Era, sin duda, el gesto más acertado en aquel instante. Y ella, cómo no, aceptó el abrazo, apoyando la frente sobre el hombro derecho de Ivano. El silencio momentáneo solo se rompió con un leve sollozo de la muchacha. —Ruthie, en este mundo trastornado… lo único que tenemos son las relaciones que hacemos —la castaña podía notar que, con aquellas palabras, la voz de él poco a poco se tornaba dolida. El abrazó tomó un poco más de fuerza, envolviéndola el varón con su cuerpo de forma que la hizo sentir protegida y cubierta. La gilneana no notó las lágrimas que se iban formando en los ojos ambarinos—. Somos supervivientes, no vale la pena mirar el pasado —Ivano tuvo que tragar saliva en ese momento para calmar la voz y que no se le quebrase—. Tenemos que plantarnos como un roble y ver directo hacia el futuro. No podemos dudar… La joven no tardó demasiado en echarse a llorar otra vez con sus palabras, aunque procuraba no dejarle lágrimas en el hombro. Sabía que era eso lo que tenía que hacer, era también lo que ella deseaba, sin embargo, había viajado a Ventormenta con el pensamiento de que, si dejaba a los elfos atrás, olvidaría el pasado que la atormentaba. No tenía la fortaleza necesaria para plantar cara al pasado, mucho menos al futuro. —Pero yo no sé cómo será mi futuro. No sé… no sé nada… —murmuró con la voz llorosa, negando con la cabeza y apretando un poco más el abrazo, rodeándole la cintura hasta donde sus brazos abarcaban. —Un paso a la vez, Ruthie. Un paso a la vez —calmó el mayor de los dos, haciendo acopio de sus fuerzas para no derrumbarse frente a ella—. Juntos, como pueblo, podemos lograr lo que sea, lo que nos propongamos. Solo necesitamos determinación —trataba de mirarla a la cara aunque la otra intentaba evitarlo, pues no quería que la viese llorando. Mientras él seguía hablando, Ruthie se apartó de su hombro y descolgó el abrazo al que correspondía, secándose la cara sin apartarse del todo—. Recuerda: incluso si ahora no lo sabes, puedes tomar el camino que desees. Sin embargo eso es algo que debes encontrar por ti misma. —Les echo tanto de menos… —gimoteó la pobre chica. —¿Puedo contarte algo personal, Ruthie? —preguntó el varón, comenzando a sentir que no soportaría mucho más tiempo las lágrimas. Quien le escuchaba asintió con la cabeza, respirando hondo e intentando calmarse, viéndose totalmente incapaz de hablar—. El día que me alisté fue el primer día de felicidad que sentí en mucho tiempo. Mi meta, la razón por la que había venido aquí, comenzaba a lograrse. Ya no era más un sueño, se estaba volviendo una realidad. Tenía amigos que celebraron conmigo ese logro, pero… —en ese momento no pudo aguantarlas más, sin que lo quisiera se desbordaron aquellos bonitos ojos del color del sol, aunque la entereza que mostró el guerrero fue realmente admirable: su rostro no cambió ni un ápice, lloraba sereno— ...no era lo que mis padres habrían querido, yo debía vivir y morir siendo granjero. Pero incluso yo sabía que mis padres celebrarían ese logro conmigo. —Vine para intentar olvidar todo… pero no consigo quitarme nada de la cabeza —replicó la castaña sonriendo con tristeza, aunque al verle llorar se quedó seria mirándole, bloqueada. El antiguo granjero continuó: —Mi padre y mi hermano me darían un fuerte apretón y mi madre un gran abrazo. ¿Sabes qué fue lo más duro? El saber que nunca los vería hacer eso y que jamás tendría sus felicitaciones —las lágrimas de la muchacha volvieron a salir cuando le escuchó imaginar cómo le felicitarían de haber seguido vivos. Sintió que le temblaba la mandíbula y volvió a bajar la mirada, escuchándole—. Les escribí una carta agradeciendo sus enhorabuenas y diciendo que daría lo mejor, no por mí, sino por ellos. Sería mi manera de honrarlos —explicó, mirándola finalmente con una triste sonrisa—. Quizás pueda servirte de algo el dar honor a tu apellido, aunque sea lo único que quede de tu familia. Convierte la piedra del olvido en una armadura de orgullo y aférrate a ella, Ruthie —en ese momento Ivano se pasó una mano por los ojos para secarse las lágrimas y giró la cabeza hacia el océano. —No sé hacer eso. En realidad… —respiró hondo, recordando las palabras que siempre le decían—: En realidad no soy más que una niña… —murmuró. —Somos supervivientes, Ruthie. Tú y yo. ¿Crees que una niña habría podido con todo lo que hemos vivido? —¿Pero por qué yo? —preguntó la joven negando— ¿Por qué todo esto, yo sola, sin alguien que me guíe o me diga qué he de hacer? —No estás sola, Ruthie —sentenció el otro con firmeza—. Me tienes a mí —Ruthie le miró con algo de sorpresa, en silencio, sin saber del todo cómo interpretarle—. Debemos estar unidos, como nación, como pueblo, como familia. Y siempre que me necesites, estaré ahí para ti —dijo por último, observándola con detenimiento por primera vez y fijándose bien en sus facciones. La humana volvió a sentir una vez más cómo las lágrimas brotaban de sus ojos. Dio un leve sollozo y esta vez inició ella el abrazo, con fuerza. El ancho varón correspondió con la misma fuerza. Pensaba añadir algo más, pero decidió que un acto valía más que mil palabras. La chica respiró hondo varias veces aún abrazándole antes de apartarse despacio y con suavidad. —Gracias… —gimió con voz de llanto—. Gracias por todo, Ivano Fabinson. —No ha sido nada, Ruthie Maddison —dijo él limpiándole un poco las lágrimas, sonriendo antes de pronunciar su nombre completo del mismo modo que había hecho ella. Aquello sacó otra leve sonrisa de los suaves labios femeninos. Ruthie acarició la mano de él con su mejilla con cierto cariño, como haría un gato en busca de mimos, y luego la sujetó con las suyas más pequeñas, bajándola y envolviéndola. —Haré todo lo posible por ayudarte también. Cuenta conmigo siempre que necesites algo. —Y nada de llorar por elfos —comentó el humano con una sonrisa, intentando cambiar los ánimos de la charla. —Que no me gusta… —insistió una vez más la aludida, riendo por lo bajo y apartando la mirada para secarse ella misma las lágrimas de la cara y los ojos. —Bueno, nunca está de más advertir —se excusó el barbudo, apoyándose contra el muro y echando un vistazo más al muelle. Ruthie se le quedó mirando unos instantes mientras el viento les volaba el cabello a ambos, tras lo que miró hacia donde miraba él, imitándole en postura para acomodarse. Tras unos momentos más de silencio y relajación, preguntó: —¿Cómo puedo saber… quién es el adecuado? —El tipo adecuado te lo haría saber desde el primer segundo, anteponiendo tus intereses antes que los suyos, y demostrándote su amor y afecto sin si quiera decir palabra —explicó él sonriendo con nostalgia—. O eso solía decir mi madre. —Mi madre decía que ella diría quién es el adecuado… —respondió la huérfana sonriendo de medio lado tras mirarle de nuevo, ladeando la cabeza, para después volver a mirar al agua allá a lo lejos. —Bueno, entonces debes honrarla tomando una buena decisión por tu cuenta. Aunque aún te queda bastante para encontrar al indicado, eres joven y linda, tampoco es como que tengas problema —añadió con una sonrisa. —Nunca me dijo cómo ha de ser un buen hombre —dijo respirando hondo y alzando la vista al cielo. Luego la tornó hacia él algo sonrojada cuando le escuchó decirle joven y linda, volviendo a bajar los ojos hacia el muelle—. ¿Sabes…? Creo que sigue viva en algún sitio… —La esperanza es lo último que muere, Ruthie. Si crees que sigue viva, entonces también lo creo. Y deseo de corazón que puedas encontrarla algún día. —Yo… no sé si querría verla… —confesó la melancólica muchacha, esa vez poniéndose más seria. —¿Por qué lo dices? —preguntó el otro realmente extrañado. —La última vez que la vi estaba intentando devorar a mi hermanan muerta. Era uno de aquellos monstruos… —relató tras morderse los labios como hacía a menudo, cerrando los párpados y respirando hondo. Su voz se tornó cada vez más baja. —No tienes que contarlo —quien la escuchaba hizo una mueca de incomodidad, intentando que no lo notase. —Eres el único que conoce a estas alturas toda mi historia… —dijo la otra encogiéndose de hombros. —Entiendo que no es algo que uno vaya contando por ahí a menudo. Además… puedo decir lo mismo contigo, Ruthie. —Mi hermana desapareció un día mientras vivíamos en las cloacas. No volvimos a verla. Tiempo después desapareció también mi madre. Y durante uno de los últimos casos de Gilneas, mientras intentaba huir… la vi. —¿La viste? —¿Sabes…? Antes de desaparecer, mi madre me dijo que nunca dejara de correr… —dijo asintiendo a el gilneano y mirándole. Ladeó la cabeza con aire cansado pero relajado, como si se hubiera quitado un gigantesco peso de encima—. Primero vi a mi hermana tumbada en el suelo, pero cuando me iba a acercar a ella, vi que… no estaba viva, precisamente… —se llevó una mano al vientre y puso una mueca de asco, sintiendo náuseas solo con recordarlo—. Luego llegó uno de aquellos huargen. Vestía las ropas que vi a mi madre la última vez —en esa ocasión Ivano estaba verdaderamente sorprendido y se le notaba en la expresión: sabía bien lo que significaba todo aquello—. Y bueno… le hice caso. No dejé de correr —añadió Ruthie encogiéndose de hombros ligeramente—. No hasta que los elfos de la noche vinieron. —Y viviste para ver otro día. —Siempre fui obediente —asintió a su comentario—. ¿Y sabes qué hice una vez llegamos a Darnassus? —Ivano enarcó una ceja, haciéndose una idea, pero dejando que ella respondiera—. Seguí corriendo —se respondió ella sola, sonriendo levemente, divertida—. Siempre he sido rápida, y mi tamaño pequeño me hace liviana, lo que me facilita aún más la velocidad. Fui mensajera en Darnassus. —No recuerdo haberte visto nunca por ahí. Y eso que tuve que trabajar duro para conseguir mi pasaje. —Siempre andaba escondida. Los mismos elfos me recordaban a aquellos seres y a todo lo acontecido. Por eso quise venir aquí, como dije antes: para olvidar. —Aquí has podido empezar de nuevo, como todos, Ruthie. En ese sentido, la Alianza ha hecho mucho por nosotros. Ruthie ladeó la cabeza pensativa un momento, asintiendo luego. Alzó una vez más la mirada hacia él y vio un tenue brillo en el horizonte. —Está amaneciendo… —Parece que nos hemos tomado nuestro tiempo… —dijo el varón riendo por lo bajo. Ella le dedicó una sonrisa, asintiendo y observando en silencio al hombre mirar el horizonte. Él también estaba callado, quería disfrutar aquel momento. Ruthie cerró los ojos unos segundos, inspirando hondo el aroma del mar y, finalmente los abrió y volvió a mirar a Ivano un poco más antes de colocar una mano en su brazo con suavidad, murmurando con voz dulce: —Deberíamos ir a descansar.
  9. Añil

    Por aquí, noveando

    —Me asomo con cuidadito por el foro después de haber estado tiempo observando desde lejos—. Eehmmm... hola... —intento atraer la atención de algunos, pero no muchos—. Ejem... Eeeeh... Hola —asiento con la cabeza, con decisión—. Bueno... soy Añil y... no tengo ni idea de cómo presentarme, nunca he sabido. :c Llevo mucho tiempo roleando, aunque últimamente he estado en una larga época de escasez en la que solo tenía actividad con una persona vía chat, espero de verdad que mi presencia en este servidor cambie mi actividad rolera. Conozco WoW desde hace también muchos años y ya he estado en varios servidores de rol, pero nunca salió bien. Poca actividad, grupitos en los que nunca conseguí integrarme, poco tiempo libre, demasiada actividad y presencia imprescindible por parte de los usuarios (cosa que yo no me podía permitir)... ¡Pero he decidido dar otra oportunidad al rol en WoW porque me han hablado bastante bien de este servidor! Tengo en mente actualmente tres personajes, de los que usaré por el momento a uno para entrar cuando todo sea formalizado. No sé qué más puedo decir, en realidad, así que... ^^' Hola~ —me alejo despacio, caminando hacia atrás para hundirme en las sombras de la vergüenza (wtf)—.

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Somos una Comunidad dedicada exclusivamente al Rol en World of Warcraft. Proporcionamos un punto de encuentro para compartir nuestra afición por el Lore de Warcraft.

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