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  1. Consejo de los Tres Martillos - Hierro y fuego por Matt Burns Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF El cielo sobre Pico Nidal atrajo a Kurdran Martillo Salvaje como el resplandor distante de una hoguera en una fría noche de invierno. Tras veinte largos años atrapado en el infernal mundo ahora conocido como Terrallende, había regresado al hogar. Nunca había lamentado haberse unido a la expedición de la Alianza para luchar contra la Horda de orcos en su propio mundo; pero tras arduos años, el anhelo de volver a ver aquel cielo se le había marcado a fuego en el corazón. Su grifo, Cielo’ree, planeó sobre él con otros tres de su especie, tan enérgica como siempre durante las dos últimas décadas. Kurdran ansiaba estar allí arriba con ella y sentir la brisa de la montaña en el rostro. El destino caprichoso había decidido que andaría sobre dos piernas en la tierra, pero era en el cielo donde se sentía libre de verdad. Ese era el mayor regalo que Cielo’ree podía ofrecerle. Volar era más valioso que su ferocidad en el combate o la amistad que le brindaba en tiempos de paz. Sin embargo, por ahora, la dejaría remontar el vuelo a solas. Kurdran respiró profundamente y contempló su hogar: los verdes bosques se extendían en todas direcciones, los enanos Martillo Salvaje se arremolinaban alrededor de las tiendas y las casas de las laderas de la montaña; y el colosal aviario, un recinto de piedra esculpido con la imagen de uno de los nobles grifos, coronaba la cima de Pico Nidal. Todo permanecía tal y como lo había dejado. A continuación, sacó un cetro de hierro envuelto en briznas de hierba y adornado con plumas de grifo. No se trataba de un arma sino de un recordatorio, ya que su martillo de tormenta desgastado por la batalla pendía de su espalda. En Terrallende, el cetro se había convertido en algo místico; un símbolo de su identidad y del hogar que luchaba por proteger. En varias ocasiones lo había mantenido cerca y había sentido que la esperanza le invadía y le impulsaba a continuar. Sin embargo, ahora que ya estaba de vuelta, la potencia del cetro parecía haberse… Un chillido estrepitoso rasgó el aire. Kurdran miró hacia arriba y una punzada de miedo le atravesó. Cielo’ree caía en espiral hacia el suelo con las alas retorcidas de forma poco natural. —¡Cielo’ree! —gritó Kurdran—. El grifo chocó contra el suelo con un golpe tremendo. Los huesos astillados sobresalían de sus patas traseras hechas trizas y la sangre no dejaba de brotar de una horrible brecha en el cráneo. Cielo’ree intentó levantarse pero se derrumbó por el dolor. Abrió el pico y dejó escapar un gemido débil. —¡No te muevas, muchacha! —voceó Kurdran. Con el corazón en un puño, acudió a ayudar a su compañera caída cuando, de repente, su mano se quedó rígida—. El cetro que sostenía comenzó a burbujear y a transformarse en algo escalofriantemente familiar… cristal… diamante. Unos tentáculos titilantes salieron del cetro y se deslizaron por su brazo, congelándolo y endureciéndolo. La sustancia viscosa alcanzó su pecho y se extendió hacia abajo hasta unir sus piernas con el suelo. Kurdran luchó por alcanzar el martillo de tormenta de su espalda, pero el diamante recubrió su brazo antes de que pudiera empuñar su arma. Atrapado sin poder moverse, solo pudo observar con desesperación cómo el grifo que le había salvado la vida en incontables ocasiones y que se había convertido en parte de su propio ser se desangraba lentamente ante sus ojos. La helada y pesada prisión diamantina prosiguió por el cuello de Kurdran hasta que descendió por la garganta e inundó los pulmones. Finalmente, cubrió sus ojos y orejas de forma que Cielo’ree y el tentador cielo azul se desvanecieron. Pero a Kurdran se le negó la liberación de la muerte. Existió en un vacío mientras el terror invadía su mente como el metal líquido en una forja. Al final, oyó un ruido lejano y repetitivo que se hacía cada vez más fuerte. PUM. PUM. PUM. Cada golpe enviaba vibraciones sordas a través de su cuerpo, como si alguien golpeara con fuerza un objeto contundente contra su mortaja cristalina para intentar liberarlo. PUM. PUM. PUM. La rigidez de su cuerpo perdió intensidad. Recuperó la sensibilidad de sus extremidades. Después, el ruido cobró un tono diferente. CLAC. CLAC. CLAC. Aquel ruido familiar era todo lo que necesitaba para reconocer dónde se encontraba y percatarse de que había despertado de una pesadilla para entrar en otra. El tañido metálico del martillo golpeando el yunque prosiguió día y noche, crispando los oídos de Kurdran. Sentía el pulso de una ciudad que no era la suya, construida en el corazón de una montaña a una profundidad tal, que no volvería a conocer la felicidad de los cielos abiertos. Estaba en Forjaz. **** La ciudad de los antepasados de Kurdran era una caldera hirviendo de antiguos prejuicios. Se agitaba sin fin mientras sus gases tóxicos disolvían cualquier lógica y razón que hiciera que los enanos Barbabronce, Martillo Salvaje y Hierro Negro vivieran juntos en Forjaz por primera vez después de dos siglos. Kurdran era ajeno a todo aquello y buscaba respuestas en lo más profundo de su ardiente corazón lleno de dudas, que estaba cada vez más cerca de explotar. De una forma perturbadora, aún se sentía como si estuviese en guerra con la Horda maldita por la sangre y atrapado en Terrallende. Sin embargo, no tenía claro quién era su enemigo en Forjaz. No había demonios enloquecidos ni violentos orcos dispuestos a diezmar toda vida en el mundo. Solo había palabras. Cuando Kurdran había llegado a Forjaz hacía unas pocas semanas, se le había tratado como a una especie de héroe por sus sacrificios en Terrallende. Ahora era diferente. Rumores infundados sobre el clan de los Martillo Salvaje habían surgido en los pasillos más oscuros de la ciudad, como fantasmas vengativos de la sangrienta guerra de los Tres Martillos que había destruido la unidad de los clanes enanos hacía tantos años. Decían de todo, desde historias sobre rituales de sacrificio en Pico Nidal hasta cuentos que afirmaban que Kurdran había ejecutado a docenas de soldados de la Alianza en Terrallende por haberse retirado de la batalla. Hacía una semana, los enanos habían dirigido su atención hacia un nuevo tema de interés. —El consejo aguarda, señor feudal Kurdran. Kurdran ignoró al guardia de Forjaz y sostuvo con fuerza el cetro de los Martillo Salvaje entre sus manos. Desde su ventajosa perspectiva en el nidal de grifos de la ciudad, Kurdran echó un vistazo a la profunda y oscura Gran Fundición; el corazón de Forjaz de tan acertado nombre. Cascadas de metal fundido caían del techo hasta piscinas hirviendo de un naranja amarillento. Más allá de las cubas ardientes de metal líquido, los enanos herreros golpeaban los martillos contra los yunques. El calor, especialmente cerca de la fundición, era excesivamente agobiante y te hacía sentir como si estuvieras atrapado en una botella de cristal opaco y te hubieran dejado allí para que te asfixiases bajo el sol abrasador. Cielo’ree yacía sobre una cama de paja a su lado, con las patas bajo su enorme cuerpo. Kurdran acarició la melena de plumas con sus dedos encallecidos y reflexionó sobre su destino. —¿Por qué habré elegido venir a este lugar? —murmuró Kurdran para sí mismo—. —Porque no querías que se repitiese el maldito pasado —contestó una voz tranquila. Eli Rayo se acercó a Kurdran mientras rastrillaba la paja para formar montones ordenados—. Porque el rey Magni, a pesar de ser un Barbabronce, era un enano honorable. Y porque, como bien le dijiste a Falstad, eres el único enano capaz de realizar este trabajo —continuó el cuidador de Cielo’ree—. Las palabras de Eli trajeron recuerdos dolorosos a Kurdran. Al regresar de Terrallende, Kurdran había sido bastante irrespetuoso con su buen amigo Falstad, que había gobernado a los Martillo Salvaje en su ausencia. Sin embargo, preocuparse ahora por Falstad solo añadiría pesar a las preocupaciones de Kurdran, así que se obligó a dejar de lado los pensamientos sobre su amigo. Cielo’ree emitió un leve arrullo y golpeó suavemente con el pico a Kurdran como si quisiera apoyar las palabras de Eli. —No hablaba contigo. —Kurdran señaló a Eli con desdén y después se dirigió a Cielo’ree—. Contigo tampoco. Cielo’ree cambió de postura en lo alto del nido de paja, revelando así durante unos instantes tres huevos de color crema con motas azules que había puesto poco después de llegar a Forjaz. Kurdran había querido que regresase a Pico Nidal con la nidada en vez de que permaneciera en la ciudad, pero ella no quiso abandonarlo. No era una mascota. Era un espíritu libre capaz de elegir su destino igual que Kurdran podía elegir el suyo. La decisión de Cielo’ree de quedarse llenó a Kurdran de una mezcla de felicidad y enojo. Nada más poner los huevos, el grifo se había vuelto tan débil y frágil que no podía volar. Los numerosos sacerdotes, maestros de grifos y alquimistas que la habían examinado llegaron a la misma conclusión. El estado de Cielo’ree no se debía a ninguna extraña enfermedad que hubiese contraído en Terrallende o en Forjaz, sino que era una dolencia que no tenía cura: el tiempo. —Señor feudal Kurdran… —¡Ya voy! —replicó Kurdran, mirando fijamente al guardia de Forjaz—. —No podrás ir si te quedas sentado en el suelo, ¿no? —le reprendió Eli mientras continuaba con su trabajo—. Kurdran gruñó y se levantó. El acorazado guardia Barbabronce se dio la vuelta con brusquedad y se abrió paso con torpeza entre los montones de nidos de grifo que se extendían por la pasarela que envolvía La Gran Fundición. El nidal había duplicado su tamaño desde que los Martillo Salvaje habían llegado a la ciudad con sus propios grifos. De alguna manera, la zona se había convertido en una especie de recuerdo de Pico Nidal; un hogar lejos del hogar. Con el cetro a un lado, Kurdran siguió al guardia saludando con un movimiento de cabeza a los jinetes de grifos Martillo Salvaje que permanecían sentados entre los montones de paja. Tan tristes como Kurdran, los enanos lo vieron pasar como quien mira al condenado a muerte de camino a su cita con el destino. De alguna manera, así era. Kurdran siguió los pasos del guardia por la pasarela hasta alcanzar El Trono. Una bulliciosa multitud de enanos permanecía fuera de la cámara, con sus rostros inundados de una mezcla de sombra y luz procedente de los blandones de hierro que ardían por toda la ciudad. Los miembros de cada clan estaban presentes: los Barbabronce cubiertos de placas de plata pulida; los Martillo Salvaje con sus tatuajes y adornados con plumas de grifo; y los Hierro Negro de piel cenicienta con sus mandiles de trabajo y cubiertos de hollín. La reunión ofrecía una pequeña visión de Forjaz como un todo, con un pequeño número de miembros Martillo Salvaje y Hierro Negro repartidos entre la mayoría de los urbanitas Barbabronce. Al abrirse paso entre la multitud, Kurdran escuchó algunos comentarios que procedían de las acaloradas conversaciones de los enanos. —Los Barbabronce conservamos nuestra pieza del martillo de Modimus tal cual, ¡como debe ser! —Lo teníais almacenado en vuestra biblioteca cogiendo polvo. Los Martillo Salvaje hicimos algo nuevo con nuestra pieza —Bah, muchacho, es inútil discutir sobre esto con un Barbabronce. Cualquier pieza decente de mercancía que sale de Forjaz es algo que han saqueado de alguna cámara antigua —gritó un jinete de grifos cercano—. Alguien de entre la muchedumbre empujó al que hablaba contra Kurdran y la multitud se apartó y lo rodeó. —¡Abrid paso! —voceó Kurdran—. Unos pocos enanos que se encontraban cerca le abrieron camino. Otros le observaron con sus rostros contraídos por la rabia. —¡Abrid paso a Kurdran, el representante de las ‘mariposas’! —bramó una voz cargada de sarcasmo, utilizando un término despectivo para el clan de Kurdran—. —¡Ronda de birra a mi cuenta si Kurdran acepta ceder su pieza del martillo de Modimus! —¡Ningún enano en sus cabales se perdería la oportunidad de apostar contra eso! Kurdran avanzó a codazos hasta la primera fila de enanos y apareció en El Trono. La cámara, hogar de la regencia de Forjaz, era como el resto de la ciudad: oscura y sombría con altos muros de piedra metálicos iluminada por el brillo de las lámparas colgadas. En el fondo de la sala, en lo alto de una plataforma elevada, se hallaban los tres tronos idénticos del Consejo de los Tres Martillos. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kurdran cuando sus ojos se posaron sobre el trono central, el que una vez fue del rey Magni. Cuando Kurdran se había unido al consejo, el hermano de Magni, Muradin, le había enseñado las profundidades de la ciudad antigua. Allí, Kurdran había visto la imagen que más tarde atormentaría sus sueños: el rey Magni convertido en estatua de diamante. La petrificación había sucedido cuando el Rey había realizado un ritual místico para entrar en comunión con la tierra y obtener respuestas sobre los preocupantes terremotos, tormentas y demás calamidades que recaían sobre la tierra en aquel momento. Ahora Muradin ocupaba el trono central. Kurdran observó al enano Barbabronce, quien le devolvió una mirada torva. No tenía nada que ver con la calurosa bienvenida que le había ofrecido a Kurdran al entrar en la ciudad. Durante sus primeros días en el consejo, Kurdran había compartido muchas pintas de cerveza con Muradin y había contado historias de Terrallende mientras que el Barbabronce le hablaba de las suyas en el continente helado de Rasganorte. A medida que pasaban los días, Muradin había adoptado una actitud fría con Kurdran por razones que el Martillo Salvaje no alcanzaba a comprender. A la derecha de Muradin se encontraba Moira Thaurissan, la hija de Magni. A pesar de haber destrozado a su padre al unirse en matrimonio a los antiguos rivales del clan Barbabronce, los Hierro Negro, era la heredera legal del trono de Forjaz. Igual que su pequeño Fenran, que se mecía tranquilamente en la cuna a los pies de Moira. La heredera, con su pelo recogido en dos moños perfectos, hizo una leve reverencia ante Kurdran. —Bienvenido, Kurdran. —Sí —fue todo lo que dijo Kurdran. Pasó al lado de una mesa de madera colocada al final de la rampa de acceso a los tronos. En la mesa había dos artefactos que la semana anterior habían causado un gran revuelo en el hirviente caldero de Forjaz: un bastón nudoso de madera con una gema violeta profundo engastada en él y un cabezal de martillo combado y lleno de marcas—. Kurdran hizo una mueca cuando vio las reliquias y ocupó su lugar en el trono que había a la izquierda de Muradin. No era la primera vez que se sentía fuera de lugar desde que había llegado a Forjaz para gobernar junto con Moira y Muradin. El consejo tenía muchos apoyos Barbabronce y Hierro Negro, este último debido a Fenran. Pero Kurdran se sentía bastante solo. El murmullo de voces a la entrada de El Trono se extinguió y el consejero Belgrum, un enano avejentado situado al pie de la rampa, hizo una reverencia. Dos jóvenes historiadores que se encontraban cerca imitaron el ademán de respeto de Belgrum. Uno de ellos era un enano Martillo Salvaje muy bajito vestido con una intensa túnica roja; un verificador con fama de concienzudo. Belgrum se irguió y avanzó unos pasos arrastrando los pies. —Bienvenido, señor feudal Kurdran. Supongo que ya habrás tomado una decisión, ¿no? Kurdran echó un vistazo a la sala. Todo era igual que como hacía unos días. La misma pregunta. La misma multitud de enanos que se peleaban. El mismo sentimiento de estar arrinconado. En todas las ocasiones anteriores, siempre le había contestado a Belgrum lo mismo: no. Sin embargo, la noche anterior, un Martillo Salvaje y un Barbabronce resultaron muertos en una reyerta en la que discutían sobre el cetro que Kurdran sostenía en sus manos. —Creo que no me queda otro remedio —contestó Kurdran—. —Maldita sea… —suspiró Muradin—. Cuánto vas a seguir insistiendo en… —Kurdran —interrumpió Moira—, de nosotros tres, eres el que más tiene que sacrificar. Si eliges quedarte la pieza del martillo, tendremos que renunciar a nuestros planes. Kurdran dirigió su atención al pergamino ajado que sostenía el puño tembloroso y envejecido de Belgrum. El papiro, que había sido descubierto en la biblioteca de Forjaz la semana anterior, describía algunas partes de la guerra civil de los enanos de hacía siglos. Según la historia, cuando murió el Rey de Forjaz, Modimus Yunquemar, los clanes lucharon por el control de la ciudad. Durante los sucesos, el arma de Modimus, el Martillo del Gran Rey, desapareció de forma misteriosa. A lo largo de los años, Kurdran había oído rumores sobre el paradero del martillo. El papiro puso fin a las especulaciones. Decía que el martillo de Modimus se había dividido en tres piezas. Durante el caos de la guerra, cada uno de los clanes había conseguido, de una forma u otra, las distintas piezas. Kurdran dedujo que, ante el incierto futuro de Forjaz, los enanos inocentemente creían que unir todas las piezas del martillo forjaría el camino hacia la paz o simplemente resolvería sus antiguas rencillas y hostilidades. Kurdran apartó la vista del pergamino. —Ya he tomado mi decisión —gritó mientras alzaba el cetro con la mano—. Esta herencia ha pertenecido al clan de los Martillo Salvaje durante siglos. Si me uní a este consejo, fue para mantener la paz, ¡no para volver a forjar un viejo martillo! Gritos de ira resonaron entre la masa de recios y curiosos enanos. —¡Para empezar, el martillo era de Modimus! ¡Pertenece a la ciudad! —¡Si los Martillo Salvaje no quieren la paz, no deben formar parte del consejo! Agitado, Kurdran miró a su alrededor mientras la muchedumbre rodeaba a los pocos enanos Martillo Salvaje que se encontraban entre ellos, así como los guardias armados, que acudían a sofocar el disturbio. —Pero uno de los hombres de mi clan ahora está muerto por culpa de este martillo —Kurdran voceó por encima de los clamores—. No permitiré que vuelva a suceder. Emitiendo un ruido sordo, agarró con fuerza el cetro de los Martillo Salvaje una vez más y lo dejó sobre la mesa de madera junto con los demás artefactos. Se hizo silencio entre la multitud. Belgrum asintió y levantó las manos hacia todos los presentes. —Que así sea. ¡Por decreto del consejo, el gran martillo de Modimus Yunquemar, último Rey de Forjaz, se volverá a forjar!—. Un ensordecedor clamor estalló entre los enanos que asistían al acontecimiento y Kurdran frunció el ceño. —Como veis —continuó Belgrum—, el mango del martillo de Modimus procede de los Martillo Salvaje. Alguien del clan lo cogió y lo convirtió en un cetro que porta el señor feudal Kurdran, y antes que él, el señor feudal Khardros. Kurdran miró el cetro. Su forma y tamaño eran ligeramente distintos de la descripción del mango del martillo del pergamino. Recordaba haberle preguntado a Khardros hacía algunos años por la procedencia del cetro. El viejo enano le había contestado que el pasado de la reliquia no era importante, que su importancia solo yacía en lo que se había convertido. Kurdran siempre había visto la ambigua explicación del señor feudal como una de sus habituales meditaciones filosóficas, quizás incluso como una metáfora para el clan Martillo Salvaje. Ahora, se preguntaba si había sido Khardros quien se había apoderado del mango y había vuelto a forjarlo para nunca más hablar de su origen. Belgrum hizo un gesto y observó el cabezal del martillo deforme situado encima de la mesa de madera. —De los Barbabronce procede el cabezal del martillo de Modimus, que sufrió daños y quedó irreconocible tras un incendio que tuvo lugar durante la guerra civil. Después, se ocuparon de la pieza en la biblioteca de la ciudad junto con otros restos que se reunieron en memoria del conflicto. A continuación, Belgrum extendió la mano hacia el bastón nudoso que se encontraba al lado del cabezal del martillo. —Y de los Hierro Negro procede el cristal que una vez fue dorado y que se engastó en el cabezal del martillo de Modimus. Uno de los hechiceros del clan lo encontró y alteró su color para ocultar su identidad. Los Hierro Negro que estaban presentes emitieron un aplauso sonoro y desigual. —La forja comenzará en tres días. Por el momento, el consejo solicita que volváis al trabajo mientras decide quién unirá las piezas —dijo Belgrum—. Los curiosos se dispersaron lentamente mientras retomaban sus acaloradas discusiones como si la reunión nunca se hubiese celebrado. Kurdran observó fijamente el cetro de los Martillo Salvaje que descansaba sobre la mesa de madera. Había una cuestión que le devoraba: en las próximas semanas y meses, ¿qué más le quitaría Forjaz a él y a su clan? Sin mediar palabra, descendió de la rampa de piedra y se dirigió hacia la salida de El Trono. —Kurdran —lo llamó Moira con preocupación—. Aún tenemos que decidir quién forjará el martillo. —Da igual —gruñó Kurdran mientras abandonaba la sala—. **** Kurdran paseaba junto a Cielo’ree por las filas de casas y tiendas de mercaderes del anillo exterior de la ciudad. El sonido del martillo al golpear los yunques de La Gran Fundición sonaba como un eco débil. El paso de los años se reflejaba con intensidad en los ojos del grifo y la lentitud de sus andares era dolorosamente evidente. Sin embargo, para disgusto de Kurdran, Cielo’ree parecía disfrutar explorando los rincones y recovecos de Forjaz. Kurdran soñaba más que nada con abandonar Forjaz y volar con Cielo’ree, pero el grifo solo podía ofrecerle un simple paseo. Normalmente, pasear resultaba ser una distracción agradable, pero hoy su mente estaba inundada de pensamientos relacionados con el martillo de Modimus. Después de que Kurdran saliese furioso de la reunión del consejo el día anterior, Moira y Muradin eligieron a un herrero Hierro Negro para reforjar el martillo. A Kurdran le hirvió la sangre con esta decisión, aunque, en realidad, solo podía culparse a sí mismo por no haber querido tomar parte en la decisión. Su aversión por el clan Hierro Negro era muy intensa. La traición y la perfidia parecían estar tan arraigadas en la cultura del clan Hierro Negro como los grifos en la de los Martillo Salvaje. Por desgracia, sacrificar su cetro no había servido para apaciguar la tensión en Forjaz. Mientras Kurdran paseaba, sintió como se clavaban en él las miradas rencorosas de los que pasaban a su lado, que se fijaban en su piel morena y curtida, en su imponente coleta roja y en sus tatuajes. Kurdran sabía que las miradas iban más allá de su apariencia de forastero. Forjaz era un choque de culturas en el que cada una se creía superior a las demás. Los Martillo Salvaje preferían vivir en la superficie y remontar el vuelo en las tierras del norte con sus queridos grifos. Los Barbabronce preferían morar en la montaña como siempre habían hecho. Y los Hierro Negro… los Hierro Negro vivían en lo más profundo de las sombras envueltos en… Un hombro revestido de placas de acero chocó contra el costado de Kurdran y lo sacó de sus pensamientos. Se dio la vuelta y se encontró con dos Hierro Negro transportando un barril enorme. El enano con el que se había topado le lanzó una mirada con los ojos encendidos, típicos de los Hierro Negro, que le recordó a Kurdran los ojos demoniacos que había visto en Terrallende. El enano Hierro Negro gruñó y, a continuación, él y su compañero prosiguieron su camino. Les seguía una fila de miembros del clan divida por parejas que también transportaban barriles. Un fuerte olor emanaba de los recipientes y Kurdran lo reconoció como el aroma de los licores que destilaban los Hierro Negro. El brebaje no se parecía nada a la cerveza que tanto le gustaba. Era el tipo de bebida que entumecía los sentidos y le hacía a uno olvidarse de todo tras beber un solo vaso. Kurdran había visto grupos de Hierro Negro transportar barriles de esta bebida por la ciudad muchas veces ya que, al parecer, buscaban algo más fuerte que lo que les ofrecía Forjaz. —Kurdran —dijo alguien oculto cuando pasó el último Hierro Negro que transportaba un barril. La voz era inconfundible, tranquila y regia de una forma estudiada—. Kurdran se dio la vuelta y vio que se le acercaba Moira. La acompañaba un robusto enano Hierro Negro llamado Drukan, con quien ya se la había visto acompañada en muchas ocasiones. —Vaya, dando un paseo con la noble Cielo’ree… —dijo con una sonrisa cortés—. Kurdran examinó el rostro de Moira en busca de alguna señal que desmintiera su cordialidad. Sospechaba que ella y sus Hierro Negro eran, de alguna manera, los responsables de extender los rumores que circulaban sobre el clan Martillo Salvaje. Después de todo, el Consejo de los Tres Martillos se había creado a partir de sus acciones violentas. Tras el accidente de Magni, Moira había sitiado la ciudad con miembros del clan Hierro Negro armados y había reclamado el trono. La decisión de volver a forjar el martillo de Modimus también se había tomado a instancias suyas. Sin embargo, Moira había demostrado repetidas veces ser la mayor aliada de Kurdran en Forjaz. Cuando surgieron quejas, la mayoría infundadas, sobre los Martillo Salvaje, y les culpaban de la escasez de comida y alojamiento y del abarrotamiento del nidal de grifos, ella les había defendido. Pero su aparente benevolencia no satisfacía a Kurdran. —Necesitaba alejarse un poco del calor —dijo Kurdran mientras daba unas palmaditas a los cuartos traseros leoninos de Cielo’ree—. Moira se acercó a Cielo’ree y levantó la mano hacia el pico del grifo. —Una criatura magnífica. ¿Cómo se encuentra?—. —Va mejorando —mintió Kurdran, ya que no quería hablar del tema con Moira más de lo estrictamente necesario. De hecho, le había sorprendido que Cielo’ree se hubiese podido levantar del nido ese día—. —Presiento que estará como nueva en menos que canta un gallo —dijo Moira. Acarició la crin de Cielo’ree y el grifo agachó la cabeza emitiendo un suave arrullo—. Kurdran siempre había creído que Cielo’ree era buena juzgando a las personas. El hecho de que aceptase a Moira de tan buena gana le hacía dudar de sus sospechas sobre la líder de los Hierro Negro. Moira miró a Drukan, que se encontraba más alejado con una expresión adusta. —Acércate, Drukan. Cielo’ree es una leyenda. ¿Sabías que se ha enfrentado a dragones? —No me fio de una bestia que tiene predilección por la sangre enana —dijo Drukan despectivo—. Los ojos de Moira se abrieron como platos y contuvo la risa. —No seas ridículo. —Eso es lo que dicen de las tierras de los Martillo Salvaje —dijo Drukan—. Alimentan a sus grifos con la carne de sus prisioneros. Y, bueno, sobre esta tal Cielo’ree dicen que se ha puesto hasta arriba. Kurdran sintió que un golpe de calor invadía su cuerpo y se acercó un paso a Drukan. —Cuidado con lo que dices, amigo. —Ya sabes que se han extendido rumores absurdos —dijo Moira mientras posaba su mano sobre el hombro blindado de Kurdran—. —Drukan está… ¿Cómo te lo explicaría? Aún está aprendiendo a ser civilizado. Se dio la vuelta hacia Drukan y dijo en un tono malévolo: —Discúlpate. —Pero, su Alteza… —Ahora. —Lanzó una mirada fría a Drukan que dijo más que mil palabras—. —Acepta mis disculpas —replicó Drukan a Kurdran entre dientes—. —Bueno, no pretendo molestaros a ti y a Cielo’ree —dijo Moira de nuevo con su tono cordial—. Solo quería decirte que la decisión que tomaste ayer fue muy humilde… Algo que me esperaba después de haber oído hablar sobre tus actos heroicos en Terrallende. Volver a forjar el martillo nos unirá y ocurrirá gracias a ti. —No soy como uno de esos enanos que no piensan por sí mismos —contestó Kurdran con severidad—. Lo hecho, hecho está. La heredera de Forjaz sonrió. —Por supuesto. Os dejo con vuestro paseo. Kurdran observó a Moira y a Drukan mientras se alejaban después de que hubiesen arruinado el momento de paz con Cielo’ree. Quería ver un enemigo en Moira. Al menos, eso haría que la confusión en Forjaz resultase comprensible. Sin embargo, Kurdran sintió con creciente malestar que buscaba la razón en una ciudad que ya no era la misma. —Volvamos al nidal, compañera —dijo Kurdran tirando suavemente del ala de Cielo’ree—. **** Kurdran ocupó su lugar en El Trono y se obligó a permanecer tranquilo. Tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no arremeter contra Belgrum, que se encontraba ante los tronos. —Asumo toda la responsabilidad —afirmó el consejero mientras agachaba la cabeza como muestra de respeto hacia Kurdran y los demás miembros del consejo—. El Trono solo lo ocupaban Belgrum y los tres representantes de los clanes. Aún así, el viejo enano hablaba en voz baja. Entre palabra y palabra, un tenso silencio invadía la sala. En su mano sostenía el pergamino que narraba la historia del martillo de Modimus. —Es una sarta de mentiras bien preparada. —Belgrum levantó el pergamino e hizo una mueca de disgusto—. Tras haberlo inspeccionado a fondo, parece que el pergamino fue envejecido con magia. Y estaba almacenado en los libros de registro. A simple vista, no había nada de lo que preocuparse. —¿Qué no había nada de lo que preocuparse? —se indignó Kurdran—. ¡Uno de mis hombres ha muerto! —Por si no te acuerdas, uno de los míos también ha muerto —replicó Muradin—. Esto no habría pasado si hubieras entregado tu pieza del martillo desde el principio. —¿Estás sordo, amigo? ¡No es una pieza de nada! —¡No te inventes excusas! Para empezar, ¡no querías colaborar! —Os lo ruego, Muradin y Kurdran —dijo Moira dirigiendo su atención hacia Belgrum—. La forja es dentro de un día. Entendéis lo que esto significa, ¿verdad? —Sí, su Alteza. Pero el pergamino es falso. Pondría la mano en el fuego por ello. Alguien se tomó el tremendo esfuerzo de hacerlo pasar por verdadero, pero la escritura no coincide con la del resto de pergaminos de la misma época. —Entonces, ¿cuándo se originaron estas piezas? —preguntó Moira—. —Lo que sabemos es que el cetro de los Martillo Salvaje y la gema de los Hierro Negro aparecieron después de la guerra civil. El pergamino describía en detalle los daños que sufrió el cabezal del martillo de los Barbabronce, gracias a lo que pudimos encontrarlo. Pero con lo que hemos descubierto ahora, es imposible saber cuándo se dañó y se colocó en la biblioteca. —¿Quién lo hizo? —gruñó Kurdran. Se limpió una capa reciente de sudor de la calva. A pesar de su constitución fuerte, el calor sofocante de la ciudad empezaba a calar en él—. —Uff… es imposible de saber. Cada día pasan muchos enanos por la biblioteca —contestó Belgrum—. —No importa. Debemos seguir adelante con el plan —dijo Moira—. Nuestros camaradas enanos esperan un acto de unión. Si esta historia sale a la luz y cancelamos la forja, buscarán un culpable. Por lo tanto, la noticia no debe salir de esta sala —añadió mientras fijaba su mirada en Belgrum. El enano canoso asintió—. Kurdran golpeó el puño contra su trono. —¡No cederé algo que por derecho le pertenece a mi clan para mantener viva esta mentira! —Ya no es una mentira para la ciudad —dijo Muradin—. No después de haberlo estado discutiendo durante días. A pesar de su desasosiego, Kurdran reconoció la sabiduría de las palabras de Muradin. La discusión del martillo de Modimus había colocado a Forjaz en un camino sin retorno, como una avalancha incontrolada que continuaría su curso hasta que tuviera lugar la forja sin importar lo que dijese el consejo. **** Kurdran se sentó en el nidal de grifos y reflexionó sobre la preocupante situación. La verdad sobre el martillo de Modimus le impedía pensar en otra cosa. Había tenido la esperanza de llevar a Cielo’ree a pasear y aclarar sus ideas, pero el grifo no había podido levantarse del nido. Yacía inmóvil, respirando débilmente. Los jinetes de grifos Martillo Salvaje estaban sentados cerca de sus compañeros alados, consternados por el estado de Cielo’ree y la tensión en el ambiente de Forjaz. Hasta el comportamiento jovial de Eli había cambiado. El cuidador de grifos rastrillaba con apatía montones de paja en silencio. Muchos jinetes de grifos, incluido Eli, eran veteranos de Terrallende. Habían seguido a Kurdran a Forjaz igual que lo habían hecho al hogar de los orcos sin cuestionar jamás sus decisiones. Por primera vez en su vida, Kurdran sintió que les había conducido a una batalla inútil sin victoria posible. Kurdran se levantó y anduvo por el nidal mientras diez Hierro Negro que transportaban unos barriles comenzaron a pasar entre los nidos que se extendían por la pasarela. A su paso, los Hierro Negro miraron con sus perturbadores ojos a los Martillo Salvaje que permanecían sentados. Uno de ellos tropezó con un montón de paja seca e hizo caer un barril al suelo. El recipiente de madera se partió en dos y un líquido de color pálido se derramó por el nidal. El Hierro Negro que se había caído golpeó su puño contra el suelo y se esforzó por levantarse. —¿Por qué los Martillo Salvaje tenéis que tener a los pájaros plantados por donde pasamos? —dijo el Hierro Negro y escupió al grifo que estaba más cerca. La criatura graznó, golpeó el borde de su nido con una de sus garras y lanzó un puñado de paja a la cara del enano enfurecido—. Eli interrumpió su tarea y, con calma, se acercó al Hierro Negro. —No es culpa suya, amigo —dijo tranquilo—. —Vuestras bestias no han sido más que una molestia desde que llegaron. Encima de tener que andar esquivando sus sucios nidos, se puede percibir su hedor desde las puertas de la ciudad. —El Hierro Negro estaba furioso. Se chascó los nudillos y avanzó un paso hacia el grifo más cercano con las manos cerradas en un puño—. Instintivamente, Eli apuntó al Hierro Negro con su horquilla. —No te atrevas a tocar al grifo, amigo. Los ojos del Hierro Negro se abrieron como platos al ver la horquilla que le apuntaba. —¿Lo veis, compañeros? —le dijo a los demás Hierro Negro—. Un Martillo Salvaje alzando un arma contra nosotros. Eli bajó la horquilla sin perder un instante. —No intentes hacer que parezca lo que no es. Cinco jinetes de grifos que permanecían acuclillados cerca, se levantaron. Uno de ellos dio un paso adelante y le clavó un dedo en el pecho armado del Hierro Negro. —Coge al resto de tu manada de puercos y lárgate de aquí —dijo el Martillo Salvaje—. Kurdran lo vio venir. El caldero estaba hirviendo y su interior se calentaba cada vez más. Tras la preocupante revelación sobre el martillo de Modimus, lo último que le faltaba era tener que vérselas con una pelea. Se acercó a los Hierro Negro con la esperanza de evitar lo inevitable. —¡Los Martillo Salvaje preferiríais ver esta ciudad reducida a cenizas antes de que esas bestias sufrieran ningún daño! —rugió el Hierro Negro, y después se volvió hacia sus compañeros—. Dadles algo que les calme los nervios, camaradas. Sin dudar un segundo, dos de los Hierro Negro lanzaron su barril al nidal. El tonel sobrevoló la cabeza de Kurdran, fue a estrellarse cerca de Cielo’ree y la roció a ella y a los grifos cercanos de licor Hierro Negro. Por unos instantes, la ira creció en el interior de Kurdran y tuvo que respirar profundamente para recuperar la compostura. Se dirigió hacia el líder de los Hierro Negro para pedirle que se fuese por donde había venido junto con el resto de su clan. Al ver a Kurdran, el Hierro Negro dio un paso hacia atrás de forma involuntaria, se resbaló en la paja y cayó al suelo con un golpe sordo. Escandalosas carcajadas estallaron entre los jinetes de grifos. —¡El mozalbete se ha asustado solo con ver a Kurdran! —gritó uno de ellos—. El Hierro Negro miró enfadado a su alrededor con la humillación reflejada en la cara. Finalmente, se levanto y avanzó hasta detenerse a unos centímetros de Kurdran. —Señor feudal de las mariposas… ¿Por qué no vas a sentarte en la paja con el resto de los animales? —gruñó el Hierro Negro. Después escupió a Kurdran en la cara—. La escasa intensidad del insulto activó un interruptor dentro de Kurdran, como si algo hubiera estado acechando en lo más profundo de su ser desde su llegada a Forjaz. El sueño esquivo de ver el cielo sobre Pico Nidal… su decisión de renunciar a la reliquia… la enfermedad de Cielo’ree. Todo explotó a la vez y la furia lo cegó. El puño de Kurdran chocó con la cabeza del Hierro Negro con tal fuerza que lo tiró al suelo. Sin recibir ninguna orden, los Martillo Salvaje que permanecían al lado de Kurdran cargaron contra los Hierro Negro. Éstos arrojaron sus barriles sobre los atacantes, que con habilidad experta los esquivaron y rodaron para sortear el peligro. Los grifos graznaron a medida que los barriles se estrellaban por todo el nidal y se hacían añicos al chocar contra el suelo apenas cubierto por una fina capa de paja. Entonces, los Martillo Salvaje y los Hierro Negro se enzarzaron en una pelea en la que se agarraban a todos los miembros o armaduras que podían. Los grupos empujaron en un tira y afloja hasta que, finalmente, los Hierro Negro perdieron el equilibrio y colisionaron contra un blandón cercano. Brasas ardiendo saltaron del recipiente de hierro y prendieron un montón de paja. El fugo se extendió por los nidos que había alrededor, alimentado por el licor Hierro Negro. En cuestión de segundos, el nidal entero ardía en llamas. El humo se arremolinaba subiendo hacia el techo de La Gran Fundición. Algunos grifos gritaron y chillaron y alzaron el vuelo, dejando un torrente de plumas, ceniza y brasas que giraba como un torbellino debajo de ellos. —¡Agua! —rugió Kurdran pasando por encima del montón de enanos que yacían en el suelo—. Algunos enanos que se encontraban en otras partes de La Gran Fundición, corrieron hacia el nidal. La mayoría de los grifos sobrevolaban los lugares más recónditos del lugar, pero algunos se habían quedado en tierra. Tres de ellos se habían apiñado alrededor de Cielo’ree y su nido. —¡Cielo’ree! —gritó Kurdran—. ¡Sal de aquí! El grifo emitió un chillido que hizo que Kurdran cerrara los ojos del dolor. Era un sonido que no había oído desde Terrallende. Un grito de batalla que, muchas veces, había bastado para que los enemigos de Cielo’ree echaran a correr aterrorizados. Las llamas rugían alrededor del grifo. Kurdran apenas podía ver a Cielo’ree a través del denso humo que cubría el nidal. Uno de los grifos que tenía al lado echó a volar como una mancha borrosa y dejó un rastro de plumas carbonizadas en el aire. Los otros dos grifos también alzaron el vuelo, pero no huyeron. Planeaban mientras agarraban las alas de Cielo’ree con las garras y se lanzaban breves graznidos el uno al otro. Al unísono, los dos grifos empezaron a batir las alas con furia en un intento de elevar a Cielo’ree del suelo, pero ella se liberó de sus compañeros. Los enanos empezaron a extinguir el fuego con barriles de agua mientras una pareja de gnomos recién llegados envueltos en túnicas largas y sueltas empezaron a murmurar hechizos que arrojaron cristales de hielo sobre el nidal. Sin embargo, el fuego continuó rugiendo. Kurdran comenzó a quitarse la armadura, pero en su estado de perplejidad lo único que pudo hacer fue manejar torpemente las ataduras. Desechó la idea y salió disparado hacia las llamas. —¡Kurdran! —gritó Eli—. El cuidador de grifos y otros dos Martillo Salvaje se aferraron con los brazos al cuerpo de Kurdran. Incluso con la fuerza combinada de tres enanos que no tenían intención de soltarle, Kurdran fue acercándose más y más a las llamas. Necesitaron dos Martillo Salvaje más para hacerle caer al fin. Atrapado en el suelo, lo único que Kurdran pudo hacer fue observar cómo los dos grifos que se habían quedado con Cielo’ree huían del nidal, ya que el calor y el humo eran tan intensos que ya no se podían soportar. Tras unos segundos agonizantes, Cielo’ree finalmente se derrumbó sobre el suelo. Cuando consiguieron apagar las últimas ascuas, Eli y los demás Martillo Salvaje soltaron a Kurdran, que corrió hacia el nidal que seguía ardiendo lentamente. Cielo’ree permanecía allí, inmóvil. Carbonizada y humeando. Una mano tocó el hombro de Kurdran. —Lo… lo siento —dijo Eli con voz ronca—. —¿Por qué se ha negado a que los suyos la ayuden? Estaban intentando salvarla… —murmuró Kurdran incrédulo—. —En fin… es normal, muchacho. ¡Estaba protegiendo los huevos! —dijo Eli de pronto—. Los dos enanos movieron el cuerpo de Cielo’ree con cuidado. Debajo, donde antes habrían encontrado tres huevos prístinos, ahora no quedaban más que fragmentos de cáscaras carbonizadas y los restos medio cocidos de los hijos de Cielo’ree. Kurdran se quedó mudo ante la terrible visión. —Ella… lo intentó —añadió Eli, y se arrodilló delante del nido ennegrecido—. La multitud que rodeaba el nidal destruido permaneció en silencio. Incluso los Hierro Negro, que habían sido en parte responsables de aquel fuego, parecían desconcertados y mudos. Todo el mundo miraba a Kurdran. El humo que lo rodeaba estaba impregnado con el olor a carne y paja quemada. El enano se mareó. **** Kurdran salió de La Gran Fundición mientras los grifos seguían volando en círculos sobre la ciudad y los residentes intentaban averiguar qué había sucedido. Era lo único que podía hacer para no derrumbarse. El fuego había abierto una herida en él y a través de ella escapaba el último resquicio de esperanza, ambición y alegría que una vez había corrido por sus venas. Durante horas, estuvo sentado solo en una taberna poco frecuentada con una pinta de cerveza intacta, mientras acudían a él recuerdos de Cielo’ree. Ahora, cada uno de ellos iba marcado por la imagen del cadáver carbonizado. Cielo’ree tendría que haber muerto en la batalla o, por lo menos, no tan lejos de su reconfortante hogar cerca de Pico Nidal. No en el corazón de una montaña. Fue un error venir aquí, pensó Kurdran. Su arrepentimiento le trajo a la memoria el recuerdo de alguien a quien había mantenido alejado de su mente las últimas semanas: Falstad. Falstad se había hecho cargo del título de señor feudal de los Martillo Salvaje los años que Kurdran había pasado en Terrallende. Después de regresar a Pico Nidal, Kurdran había sentido la imperiosa necesidad de compensar a todo el mundo por las décadas que había permanecido lejos de su hogar. Aunque oficialmente no había reclamado su antiguo puesto, Kurdran había dado órdenes a su clan sin consultar con Falstad y eso había socavado la posición del gran señor feudal. El viaje de Kurdran a Forjaz era un ejemplo de los intentos excesivamente entusiastas de probar a todos que seguía siendo el líder de siempre. Como actual gran señor feudal, Falstad había sido convocado para unirse al Consejo de los Tres Martillos, pero Kurdran le había quitado esa oportunidad tras afirmar de una forma muy poco sutil, que su amigo no contaba con la experiencia suficiente como para desempeñar esa tarea. En medio del júbilo por el regreso de Kurdran de Terrallende, el clan había respaldado su decisión. Después de todo lo que se había dicho y hecho, Kurdran todavía podía ver la ira y el dolor en los ojos del gran señor feudal, como si para él no significaran nada los veinte años que Falstad había pasado liderando a su pueblo con valor. Ahora Kurdran se daba cuenta de la estupidez que había cometido. Por primera vez, deseó que Falstad ocupara su lugar en la ciudad. No porque Kurdran quisiera que fuera él quien sufriera la tensión que se vivía en Forjaz, sino porque creía sinceramente que Falstad era el enano adecuado para el trabajo. —No —se dijo Kurdran—. Hacer venir a Falstad, a pesar de todo lo que había ocurrido, sería un signo de debilidad. Kurdran se dio cuenta de que todavía existían maneras de evitar que Forjaz le quitara todo lo que le era querido. Todavía había algo que la ciudad no le había arrebatado. **** El Trono estaba vacío cuando Kurdran pasó por él para llegar al trono de Muradin. Al lado del asiento de piedra yacía el enorme baúl de piedra donde se guardaban las tres piezas del martillo de Modimus. Cada miembro del consejo había recibido una llave grande y pesada para poder abrirlo. Kurdran metió la suya en la cerradura. Abrió lentamente el baúl y sacó el cetro de su clan. Ahora tenía un aspecto vulgar, profanado, sin las plumas de grifo y las brinzas de hierba seca que habían quitado como paso previo a la reforja. —Sabía que vendrías a recuperarlo —dijo una voz cargada de regocijo—. Kurdran se volvió rápidamente. Moira estaba al pie de la rampa que conducía a los tronos, vestida aún con su atuendo formal, con Fenran en brazos. Un rayo de luz atravesaba El Trono desde la puerta abierta de sus aposentos situados al fondo de la sala.
  2. World Of Warcraft Una Sinfonía de Escarcha y Fuego Brayden –¡Gracias, muchas gracias, Sir! –dijo el mercader con alivio al otro lado de la fogata–. Si no hubiera aparecido en el momento en que lo hizo, creo que ahora sería hombre muerto. Brayden atizó las llamas y se permitió esbozar una ligera sonrisa bajo la poblada barba. Necesitaba mucha llama sí quería cocinar los pescados que había logrado sacar del pequeño lago y, aunque no era mucho, al menos bastaría para no dormir con el estomago vacío. «Hay que agradecer por estos pequeños regalos.» –¡La forma en que derrotó a esos bandidos Defias! –prosiguió el comerciante en tono emocionado–. ¡Jamás había visto a alguien manejarse así de bien con la espada! ¡y he visto a muchos en mis viajes, lo juro por la Luz! Brayden se había topado con el mercader y quienes le robaban por pura casualidad mientras recorría el camino. A pesar de que eran cuatro jóvenes rufianes, y de que se habían burlado de él por su edad avanzada, logró rendir cuenta de ellos con la facilidad que solo da la experiencia. «Estaban demasiado confiados por el hecho de que soy viejo, y esa fue su perdición.» Luego de prometerle al vendedor que lo llevaría a salvo hacia Goldshire, la villa más cercana al oeste del bosque de Elwynn, este no dejó de darle las gracias durante todo el viaje. Aunque no puso buena cara cuando Brayden le dijo que tendrían que hacer un campamento para pasar la noche en el bosque. –Una vez lleguemos a Goldshire –dijo–, me aseguraré de que sea bien recompensado. –No se preocupe –Brayden se sintió tentado apenas oyó la palabra “recompensa”. Con algunas monedas podría pagar por una buena cama sin pulgas en la posada Lion’s Pride y una comida mucho mejor que aquellos escuálidos pescados, pero se obligó a sí mismo a rechazar la oferta–. De verdad no es necesario. –¡No sea tan modesto! –apostilló el mercader e hizo una mueca cuando sus pies volvieron a enviarle punzadas de dolor. Brayden se fijó que las zapatillas de cuero que llevaba no eran aptas para el accidentado terreno del bosque, y ni siquiera para los caminos, pero supuso que nadie se lo había dicho a aquel hombre de aspecto acaudalado–. ¡Después de haberme salvado, me siento en deuda con usted! –Ya le dije –dijo Brayden, clavando los pescados en unas ramas a modo de varillas y acercándolos al fuego para que fueran cocinándose–. No es necesario, mi señor. Hice lo que era mi deber para con usted. Realmente no espero ninguna recompensa por lo que hago. –¿Nunca ha pensando en ser mercenario o algo por estilo, Sir? –preguntó el mercader. Se había quitado el gorro y su cabeza brillaba bajo la luna debido a la calvicie–. Cualquiera pagaría una buena suma por tener a alguien que sepa manejar la espada igual que usted lo hace. Conozco a algunas personas en Stormwind que… –No –le interrumpió Brayden, también quitándose el capuchón no para revelar una calva, sino una espesa mata de pelo entrecano–. No trabajo a sueldo, mi señor. Va en contra de mis principios. Las llamas emitieron un chisporroteo cuando las primeras gotas de grasa empezaron a chorrear de los pescados. El mercader se relamió con anticipación a la vez que le dedicaba a Brayden una mirada no muy convencida. –¿Qué es usted, Sir? –preguntó el vendedor, apoyando la mano de una rodilla–. ¿Un paladín, acaso? Brayden ni siquiera apartó la mirada de las llamas crepitantes. De repente la mención de esa sola palabra había desencadenado una serie de recuerdos de unos tiempos de gloria ya olvidados. Tiempos que, dada su difícil situación actual, no creía que volverían. Y sí regresaban… ¿cómo los tomaría? –¿Usted qué cree? –dijo Brayden, dejando la pregunta al aire a medida que se sumergía en los recuerdos. * * * * * * Fortaleza de Mardenholde, Hearthglen 5 años antes… Los paladines venían descendiendo por las escaleras que daban hacia el salón de reuniones del Alto Mando. Sir Brayden Osgrey se encontraba sentado en un rincón del amplio salón comedor de cara a las escaleras, y al ver sus caras, se preguntó qué se habría dicho en la reunión. «Nada bueno.» supuso, ya que muchos de sus camaradas se mostraban a sí mismos abatidos y desmoralizados. Algunos que pasaban a su lado, con las armaduras tintineando y arrastrando las largas capas de lana azules, le dirigieron miradas duras y desconsoladas, como sí quisieran decirle que allí no quedaba nada más que hacer. A pesar del desconcierto que aquello le causaba, el paladín se mantuvo a la espera. Sintió una punzada de anticipación al ver descender a un caballero de cabello castaño rojizo, con una barba espesa del mismo color y un parche cubriéndole el ojo derecho. Lo acompañaba una joven de porte erguido, con el largo cabello pajizo sostenido por una diadema azulada en su frente. Ambos eran personajes importantes dentro de la Mano de Plata, superiores con un rango mucho mayor que el de Brayden y de quienes podría conseguir información más detallada del estado en que se encontraba la Orden en ese momento. Pero una vez más, el viejo caballero se abstuvo de acercárseles. «Pronto –pensó Sir Brayden dando un suspiro–. Pronto sabrás que ocurrió.» Su espera terminó cuando Thoros de Tyr, su amigo y consejero, apareció por las escaleras y se dirigió directo hacia donde estaba. Su rostro, se fijo el paladín, tampoco se mostraba tranquilo ante la situación. –Hermano –dijo Thoros, indicándole que le acompañara–. Me temo que la Orden ha dejado de existir. Brayden se detuvo, perplejo ante lo que acababa de oír. –¿Qué ya no existe? –preguntó el caballero–. ¿Qué quieres decir? Thoros volvió con él y le instó a que siguiera caminando. Brayden lo siguió a regañadientes, notando al mismo tiempo que no dejaba de mirar hacia los lados a cada momento, como si temiera que lo escucharan. ¿Por qué el sacerdote debía comportarse de esa manera estando en los cuarteles de la Orden? Era algo que no entendía. –Sus restos acaban de desperdigarse con el viento –dijo el sacerdote. Brayden odiaba que hablara con elocuencia a veces, aunque no le pasó desapercibido el deje iracundo en su voz–. Lo que inició el príncipe Arthas al principio de esta guerra, lo terminó hoy el Alto Mando. Brayden comprendió entonces el por qué de las expresiones de sus otros compañeros. Al ser desbandada la Orden oficialmente muchos, incluido él, se habían quedado sin nada. Sus meras existencias, sus razones de ser y el por qué estaban allí había dejado de tener sentido. Al principio tuvo que detenerse a causa del vértigo que le produjo la noticia, ya que había sido como un golpe duro que Thoros no había sido capaz de suavizar. «No existe –pensó Brayden, incrédulo–. ¿Cómo ocurrió todo esto?» –Pero –articuló el viejo caballero–. ¿Qué hay de Lord Alexandros? –Está muerto –dijo Thoros a secas–… y con él se fue la última esperanza que tenía esta Orden de ganar la guerra. –¿Qué vamos a hacer entonces? –preguntó el paladín. Ambos habían llegado junto a la salida de la fortaleza. La noche, oscura y estrellada, los recibió con una brisa gélida proveniente del norte. Brayden lo tomó como un mal presagio. –No lo sé –tuvo que admitir Thoros, arrebujándose entre su túnica monástica. Al verlo así, Brayden pensó que era como si la Luz los hubiera abandonado de repente, dejándoles desamparados–. Lo tengo incierto en estos momentos. Puede que me una a Tyrosus y sus hombres –dedicó un vistazo al cielo y suspiró–… parecen ser los únicos que llevan la razón en todo esto. Brayden sabía a lo que se refería. La Mano de Plata carecía de efectivos para combatir al Azote y desde hacía un tiempo Maxwell Tyrosus había propuesto una y otra vez que se permitiera la admisión de otras razas de la Alianza, incluso de la Horda, para aumentar sus filas. Aducía que la lucha contra el Azote concernía a todo el mundo, no solamente a la humanidad, pero su propuesta había caído en oídos sordos. Solo Lord Alexandros Mograine había visto la razón en su propuesta, más no había tomado una decisión con respecto a llevarla a cabo. «Y ahora que está muerto –se dijo el viejo paladín–, Abbendis y los otros jamás aceptaran la admisión de otras razas.» –¿Qué hay del Comandante Dathrohan? –preguntó Brayden. –Está tan loco como Abbendis y su grupo –replicó Thoros–. He oído rumores en el cuartel que de un tiempo acá se ha vuelto igual de celoso con la causa que Abbendis, su lunática hija e Isillien. Algunos dicen que eso no es nada bueno y que por esa razón estamos como estamos. –Maldita sea –masculló Brayden. Él también había escuchado los rumores y aunque no había tenido oportunidad de servir bajo el mando de Dathrohan para comprobarlo, las palabras de Thoros le bastaban y sobraban para darse cuenta de su veracidad. Siempre había odiado las luchas internas dentro de la Orden. Para él no eran más que retrasos innecesarios en el esfuerzo de guerra para recuperar Lordaeron. Descubrir que por esa falta de liderazgo la Orden había terminado de desaparecer, lo sumieron en una gran depresión. –¿Qué piensas hacer? –le preguntó Thoros. Al principio Brayden no supo qué responder a eso. La Orden había sido su hogar y sustento desde que se uniera a ella. Si ya no existía no le quedaba ningún otro sitio al que recurrir. Tampoco podía considerar las tierras de su hermano Benjen, pues habían sido arrasadas por los muertos vivientes. Tampoco creía que este lo recibiera con los brazos abiertos debido a desavenencias producidas por la disputa de la propiedad. «Es como sí me hubieran exiliado…» pensó el paladín. –¿Brayden? –volvió a preguntar Thoros, con tono preocupado. –No lo sé, viejo amigo –respondió el paladín–. No lo sé. –Puedes unirte al grupo de Tyrosus –le aconsejó el sacerdote–. Van a hacerle falta veteranos para lo que se dispone a hacer. –No –negó Brayden con amargura–. No voy a ponerme de parte de ninguno, ni del Lord Comandante, ni de Tyrosus. Buscaré mi propio camino. A Thoros no parecieron gustarle sus palabras, aunque se limitó a encogerse de hombros. Brayden no pensaba seguir a ninguno. El único hombre que estaba dispuesto a seguir había muerto y sin ningún pilar dentro de su Orden en el que apoyarse no le quedaba razón alguna para quedarse. Que ellos se pelearan por los restos de la Mano de Plata como perros por un hueso; Brayden Osgrey no tomaría parte en ello. Los dos empezaron a alejarse de la fortaleza de Mardenholde para tomar cada uno su propio camino. Sir Brayden se detuvo un instante. Al volverse vio con desolación como era recogido el estandarte azulado con el puño plateado que colgaba de los muros del castillo. «¿Cómo ha podido pasar esto?» se preguntó el viejo paladín, recordando como ondeaba aquella misma insignia treinta años antes bajo el sol radiante, y como pensaba en su juventud que seguiría ondeando por siempre. Se había unido a la Mano de Plata desde sus inicios, respondiendo a la llamada de los clérigos cuando servía como caballero bajo las órdenes de algún comandante de la Alianza cuyo nombre ni siquiera recordaba. Por tal decisión, se había ganado la enemistad de su propio padre, Lord Brandon Osgrey, al rechazar su herencia de tierras a cambio de tomar el hábito. Aunque su padre nunca se lo perdonó, Brayden igual se esforzó por enorgullecerlo, al igual que a la Luz, luchando contra la oscuridad y todo aquel que amenazara la paz y a la gente inocente de sus tierras. «Fueron tiempos gloriosos, sin duda.» rememoró el viejo paladín. Se había separado de Thoros, ya que éste partiría junto a Tyrosus para ir a las Tierras Plagadas del Este. Brayden se despidió de él, no sin cierta tristeza, y le prometió que hiciera lo que hiciera, tendría noticias de él. «No me cabe duda de ello, viejo amigo –le dijo Thoros, palmeándole el hombro–. La Luz bendiga tu camino a donde quiera que vayas.» Ahora se encontraba en los establos, organizando sus pertenencias encima de su viejo caballo de guerra, Whitemane. Salió de Hearthglen esa misma noche, de forma subrepticia y como un paria, como un exiliado sin hogar. Aunque no le gustaba su nuevo estatus, le reconfortó saber que muchos otros habían elegido su misma suerte: Andruin Fordmane, Aretain Harridan y muchos otros caballeros que conocía abandonaron la Mano de Plata igual que él, tomando caminos completamente diferentes. «Lordaeron está perdida definitivamente.» pensó el caballero a medida que recorría los caminos abandonados en medio de bosques muertos de ramas retorcidas. Nunca se había imaginado que aquel día llegaría, el de ver su propia tierra convertida en un erial; la misma por la que se había esforzado tanto en defender y preservar. «Todo por culpa de Arthas.» Su príncipe y futuro rey había enloquecido, matando a su propio padre y entregando Lordaeron al Azote. Cuando se le quiso detener fue demasiado tarde. Para esos días la Orden enfrentaba los primeros atisbos de la decadencia. Brayden había visto su propia fe vacilar unas cuantas veces, pero no lo suficiente como para abandonar la lucha. Combatió en diversas batallas importantes y vivió en carne propia muchas derrotas en el transcurso de la guerra. La mayor de ellas, cuando fue incapaz de mantener a salvo las tierras de su hermano. Benjen era el segundo hijo de Lord Brandon y el siguiente en heredar cuando su padre murió. Brayden le había aconsejado que cediera su pequeño feudo a la Mano de Plata, tanto para que pudiera ser bien defendida como para que sirviera de encomienda de la cual obtener suministros. Pero Benjen, creyendo que su hermano mayor planeaba de alguna forma arrebatarle lo que le pertenecía por derecho de sucesión –ya que al unirse a la Orden, Brayden había perdido el derecho a heredar–, se negó en rotundo. Brayden lamentaba que pensara de aquella manera, y cuando Benjen se decidió por fin a pedir ayuda, al tener a los muertos vivientes atacándole constantemente, ya era demasiado tarde. «Hicimos lo que pudimos.» se dijo Brayden, pero para Benjen había sido más duro todavía. El Azote arrasó sus tierras, las tierras que su padre había cuidado con tanto esmero, y en vez de reconocer la pérdida, prefirió culpar a su hermano por el fracaso. A partir de entonces su relación familiar quedó deteriorada, y explicaba la razón por la cual el caballero no tenía a nadie más a quien recurrir. «Soy un hombre quebrado –pensó Sir Brayden con abatimiento ante el camino que tenía delante–… No me queda de otra que errar por los caminos.» Y esa parecía ser la única solución posible. Quizá no tuviera a la Orden para que lo sustentase y le diera un techo, pero todavía tenía la Luz Sagrada, su fe y un propósito que cumplir para con su gente. Al pensar en su fuerte sentido del deber, supo que aunque todo estaba perdido, debía mantener la lucha por su cuenta. Con esa resolución en mente, empezó una nueva vida esa misma noche, bajo el apagado brillo de las estrellas. * * * * * * El mercader itinerante hacía horas que se había quedado dormido. Roncaba ligeramente, aunque Brayden no creyó que eso fuera atraer algún lobo salvaje o bandido. Si se aparecían, allí estaría él para hacer su trabajo. Se había quedado despierto para hacer guardia y vigilar los alrededores, agradeciendo a la Luz por otorgarles una noche tranquila. Durante todo aquel tiempo había meditado sobre su estatus actual. ¿Seguía siendo un defensor de la Luz como antaño, un paladín en justa regla? No. Aunque seguía creyendo con firmeza en la Luz, el paso de los años había hecho menguar sus poderes. Brayden se miró la palma de la mano derecha, detallando sus líneas y callosidades, recordando cómo podía obrar milagros de la misma forma que podía castigar a las sombras. «Ahora solo es una mano común y corriente.» pensó el viejo caballero, volviendo a centrar la mirada en las llamas. El mercader se revolvió en sueños entre su manto y le dio la espalda. Quizá ya no tuviera sus poderes, y quizá se había visto obligado a vivir en condiciones extremas, pero su resolución y su fe seguían siendo las mismas que hacía años. Estaba viejo pero no derrotado todavía, y ese pensamiento le hizo sonreír. Mientras le quedara aliento en sus pulmones, seguiría llevando por los caminos los preceptos de la Luz y seguiría defendiendo al inocente como siempre había hecho. «Por mi Sangre y Honor, sirvo.» Reanudaron la marcha en cuanto llegó el amanecer. El mercader se quejó de que le dolía la espalda y que cuando se quitó las zapatillas creyó ver sangre en la planta de sus pies. Brayden lo tranquilizó ofreciéndole un poco de pomada que guardaba para sí. Al aplacar sus constantes quejas, siguieron su viaje en absoluto silencio hasta que llegaron a Goldshire. Una vez más, el mercader dio las gracias al caballero e insistió en ofrecerle oro por haberle ayudado, más Brayden volvió a negarse rotundo. –¿Seguro, Sir? –preguntó el vendedor con verdadero desconcierto. Brayden supuso que ninguno de los que le habrían ayudado en el pasado se había negado a recibir el oro–. Al menos permita que le pague con algún regalo, es lo menos que puedo ofrecerle–insistió pero Brayden volvió a negarse. Quizá pensase que era un viejo demasiado ingenuo o que por el estado de sus harapos necesitaba desesperadamente que lo ayudasen, pero su negativa iba mucho más allá de eso. Al no conseguir que aceptara sus ofrecimientos, el mercader puso los brazos en jarra y le preguntó: –. ¿Quién es usted, Sir? –Solo otro vagabundo de los caminos, mi señor –respondió Brayden, volviéndose para tomar el camino a Northshire–. Un Caballero Errante.

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