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  1. Klaxxi - Muerte desde el Cielo por Robert Brooks Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF Descarga el .ePUB Descarga el .MOBI I Flotaba solo. El tiempo no existía. Finalmente, el sonido de la música de ella llegó como un susurro en medio de la quietud. Asaltad la muralla —cantó la Emperatriz—. Los fuertes regresarán. Los débiles no. Kil'ruk abrió los ojos por primera vez. * * * * * El humo y el polvo envolvían en un velo el horizonte al este. A través de la bruma solo se veía el débil contorno de la muralla, el Espinazo del Dragón. Ecos de guerra resonaban en el aire, las exclamaciones de júbilo de los jóvenes mántides y los gritos de los moribundos se fusionaban con la inconfundible armonía del entrechocar de espadas y la carne al desgarrarse. El nuevo ciclo había comenzado realmente y en todo su esplendor. Un grupo de mántides de mayor edad observaba desde una colina al oeste. —Los enjambrenatos se ven sanos, radiantes. La Emperatriz los ha alimentado bien —dijo uno. Ninguno discrepó. Todos ellos habían presenciado cómo los jóvenes mántides se abalanzaban en estampida hacia la muralla apenas minutos después de llegar al mundo, incapaces de pensar en otra cosa que no fuera masacrar a las criaturas inferiores—. Su entusiasmo resultará útil si los mogu siguen provocándonos. Nada debilita más la ambición que el miedo al olvido. Los otros ancianos parlotearon emitiendo leves ruidos sin palabras. Era un sonido de asentimiento, pero no de compromiso. Aún no había necesidad de tomar una decisión. Por ahora, los Klaxxi se limitarían a observar. Los acontecimientos se desarrollaban según lo esperado. * * * * * Un mogu solitario, ataviado con vestiduras ornamentadas y de esmerada confección, entró en la gran tienda y miró fríamente a los esclavos que correteaban en torno a la extraña colección de blancos y pulidos tubos huecos. En voz alta y con tono desdeñoso, exclamó: —Le dijiste al señor de la guerra Gurthan que tus armas ya estarían listas. Tu fracaso lo decepciona. Los dieciséis esclavos —la mayoría pandaren, aunque había unos pocos jinyu— se quedaron paralizados por el miedo. Al fondo de la tienda, una figura corpulenta se puso en pie lentamente, con su rostro envuelto en sombras. Se inclinó hacia delante. El extremo de su mandíbula se iluminó con el resplandor titilante de un brasero. A pesar de la hostilidad en las palabras del visitante, la expresión de ese mogu de mayor tamaño intimidaba por su calma. —Si el señor de la guerra Gurthan estuviera decepcionado conmigo, me lo habría dicho él mismo, Hixin —dijo el capataz Xuexing. —Tal vez no seas consciente de los últimos acontecimientos. Los mántides nos atacan —dijo Hixin de un modo insulso, como si fuera posible ignorar el horroroso sonido del combate al oeste—. El señor de la guerra tiene asuntos más importantes que atender que un arcanista que no rinde por un mal uso de unos cuantos esclavos. ¿Que no rinde? Xuexing se esforzó por mantener la calma. Hixin era con diferencia el más malicioso de los asesores del señor de la guerra Gurthan. Nunca provocaba a alguien sin un motivo. Sin duda deseaba volver con el señor de la guerra y contarle el ataque de ira de Xuexing. Si ni siquiera puede responder calmadamente a una simple crítica, señor de la guerra —le diría Hixin sin duda—, ¿de verdad podemos encomendarle tareas vitales? No era ningún secreto que Xuexing contaba con la confianza del señor de la guerra en casi todos los aspectos de lo arcano. Incluso los Zandalari buscaban su consejo y asesoramiento. Hixin tendría que desacreditarlo para poder suplantarlo. Busca ascender pisando mi cabeza. —El huatang estará listo cuando esté listo —dijo Xuexing—. Y cuando esté listo, yo mismo se lo diré al señor de la guerra Gurthan. —¿Le digo que tendrá un arma funcional en cuestión de días? ¿Semanas? ¿Meses? Los insectos no van a esperar —dijo Hixin en el mismo tono político e insulso. Pasó el dedo distraídamente por el borde de una extraña urna ornamentada que había en una mesa junto a él. —Dile lo que quieras —dijo Xuexing. —Supongo que tendré que informar al señor de la guerra de que no tienes una respuesta. —No me busques, consejero. * * * * * Todos juntos. Asaltad la muralla. Las palabras de la Emperatriz llenaban sus mentes. Ella les había dado una razón de ser. Los deseos de ella eran los de ellos, y no dudaban en obedecer. Sin ella, los mántides no eran nada. Los fuertes regresarán. Los débiles no —había dicho. Kil'ruk y docenas de otros voladores se elevaron por los aires y fueron de nuevo hacia el este. Era su tercer viaje hacia la muralla, o tal vez el cuarto. Kil'ruk no había llevado la cuenta. Lo único que le importaba era la voz de ella, instándolo a avanzar. Había ansiado el combate desde sus primeros instantes de vida. Su instinto se encargó del resto. Sus antenas se movían inquietas. Sus patas delanteras permanecían flexionadas por debajo de su abdomen, descansando sobre su caparazón. Incluso el acto de mantener sus cuatro alas transparentes zumbando al unísono a su espalda le resultaba tan natural como respirar. Las criaturas inferiores deben morir —les cantaba ella a todos—. Erradicadlas. Desde esa gran altura, el suelo mismo parecía estremecerse con la ira de la Emperatriz. Miles y miles de mántides avanzaban hacia el este en dirección a las criaturas inferiores y su patético obstáculo. Aunque su muralla se proyectaba hacia el cielo, la Emperatriz había ordenado que cayera. Y así sería. Lo llaman el Espinazo del Dragón —había dicho la Emperatriz con sorna—. Destruidlo. En el suelo, los enjambrenatos cargaron contra la muralla, intentando escalar su escarpada superficie. Pilas crecientes de caparazones rotos se amontonaban ya en la base del Espinazo. La escalada era agotadora y peligrosa, y los pocos mántides que lograban llegar a lo alto se encontraban solos frente a un gran número de defensores. No sobrevivían mucho tiempo. Kil'ruk y los demás voladores revoloteaban muy por encima de las almenas de la muralla, lejos del alcance de los arqueros. Cada uno de los mántides transportaba una red llena hasta los topes de extrañas pepitas que dejaban escapar volutas de un humo repugnante. Un herrero de ámbar con un solo ojo las había llamado cartuchos. —Decora sus cabezas con esto —había dicho entre dientes mientras le acercaba las redes. Los voladores se sacaron los cartuchos de las redes y los dejaron caer. Se reventaron provocando una lluvia de veneno y ácido que roció a los defensores más cercanos. Las criaturas inferiores corrieron de aquí para allá durante unos instantes, gritando de dolor en medio de una gran confusión, pero el veneno no tardó en dispersarse con el viento. Los defensores retomaron sus posiciones en el borde de la muralla y lanzaron nuevas flechas y rocas contra los mántides escaladores. Kil'ruk siguió dejando caer cartuchos. Era extrañamente decepcionante. Él quería ver de cerca la agonía de las criaturas inferiores. Quería teñir las almenas con su sangre. Soltar bombas desde tan alto resultaba demasiado aséptico, demasiado distante, y no muy útil. Cuando el grupo se quedó sin cartuchos, volvieron con el herrero de ámbar. Los demás voladores parloteaban alegremente en el camino de vuelta. Kil'ruk meditaba en silencio. El herrero de ámbar tenía más redes esperando a la sombra de un joven árbol kypari. Durante dos días y dos noches repitieron el mismo procedimiento: volar hasta la muralla, soltar cartuchos desde el aire, volver a por más redes, una y otra vez. Hacia la segunda noche del ciclo, la mayoría de los de la bandada de Kil'ruk se habían acurrucado agotados bajo algunos de los árboles kypari más grandes. Kil'ruk se limitó a tomar otra red de cartuchos y a seguir volando sin ellos. La muralla permanecía en pie. Los enemigos de la Emperatriz seguían con vida. ¿Cómo iba a descansar? No sucumbió a la fatiga hasta que salió el sol al cuarto día. II Un halcón cabalgaba sobre la brisa de la tarde allá en lo alto, cazando en solitario. Casi todas las demás bestias de las tierras mántides habían huido en cuanto comenzó el ciclo. Solo unas cuantas crías de mures, demasiado jóvenes para aguantar el ritmo del éxodo masivo, permanecían en sus madrigueras, estremeciéndose por los sonidos de la batalla a lo lejos. Una de las criaturas minúsculas asomó la cabeza por encima del suelo, olfateando el aire, esperando hallar un rastro de comida. El halcón la detectó. Plegó sus alas cerca del cuerpo y descendió. Justo un instante antes de llegar al suelo desplegó las alas, acuchillando el aire. Se produjo un instante de agitación y luego el halcón remontó el vuelo con una cría de mur retorciéndose atrapada en sus garras. Con un fuerte apretón, silenció a la cría para siempre. El halcón revoloteó hacia su nido en lo alto de un árbol kypari. De repente cambió su rumbo, desviándose para rodear a un volador mántide que se acercaba en solitario. El halcón lo contempló con recelo, pero cuando quedó claro que el volador no se disponía a atacar, el ave chilló enfadada por el retraso y se alejó sin más. La ausencia de presas fáciles había hecho que estuviera hambrienta. Ese mántide solitario, Kil'ruk, se limitó a ver marcharse al halcón con expresión de asombro. —¿Un halcón? —Un halcón —dijo el mántide anciano conocido como Klaxxi'va Pok—. Este mántide está fascinado con él. Obsesionado, tal vez. No para de intentar imitarlo. —Lanzarse en picado desde el cielo es imposible para nosotro —objetó el otro. Él tenía alas. Klaxxi'va Pok no—. Los que tenemos el don del vuelo podemos revolotear. Podemos ir rápidamente de un sitio a otro. Esa es nuestra ventaja. Este enjambrenato es un suicida. La tensión al frenar una caída en picado desde tan alto le arrancará las alas de la espalda. —Tal como decía, practica sin cesar —dijo Klaxxi'va Pok—. Ayer era capaz de efectuar una caída de unas diez zancadas. Esta mañana, de quince. —Eso no sirve de mucho, solo… —Esta tarde, veinticinco zancadas —remató Klaxxi'va Pok. El otro mántide anciano se quedó en silencio. Se frotó las patas delanteras, meditabundo. Recuperarse de una caída descontrolada de veinticinco zancadas era el límite incluso para voladores mántides altamente cualificados. —¿O sea que cada vez será más fuerte? —Sí. —¿Mucho más? —Eso parece —dijo Klaxxi'va Pok —Interesante. —Por muchas más razones de lo que imaginas —añadió Pok—. Apenas ha transcurrido una semana. Los enjambrenatos aún son frágiles y terriblemente inmaduros. Dependen totalmente de la voz de la Emperatriz, y ella no ha comentado nada sobre tácticas así de extrañas. El otro mántide hizo tabletear lentamente sus mandíbulas, asintiendo. —Está actuando por iniciativa propia. Está dejando a un lado los deseos de ella. Prometedor, viniendo de alguien tan joven. —Sus antenas se movieron ligeramente, y una risita áspera se escapó de su boca—. Han pasado tres ciclos desde que surgió un dechado entre los enjambrenatos. Tal vez este se gane pronto un segundo nombre. —Tal vez —dijo Klaxxi'va Pok—. O tal vez sea simplemente otro de los que muere antes de alcanzar su potencial. —Cierto. Así es como funciona el ciclo, después de todo. * * * * * Yong se consoló con un simple pensamiento. Pronto habrá acabado todo. Las palizas salvajes de las últimas horas habían dejado al esclavo pandaren casi totalmente ciego, capaz solo de distinguir sombras y formas borrosas. Dos guardias mogu lo sacaron a rastras hacia la brillante luz del sol y lo encadenaron a un poste de gran altura. No estaba seguro de si eran los mismos a los que había atacado el día anterior. Espero que les hubiera hecho daño —pensó cansadamente. Había sido un gesto penoso que sabía que le iba a suponer la muerte, pero no lo lamentó ni un solo instante—. Ya no pueden tener mi obediencia. No la merecen. —Vamos a probar algo nuevo contigo —dijo uno de los mogu—. Xuexing, puedes disparar cuando estés listo. Yong estaba demasiado exhausto para tener realmente miedo, pero desde luego sentía curiosidad. Pestañeó fuertemente e intentó discernir la forma que tenía ante él. Curioso. Era como si los mogu fueran a ejecutarlo con un gran panal blanco. Lo último que Yong oyó antes de morir fue un sonido crepitante de energía arcana. * * * * * La puesta de sol del noveno día se fue como llegó. Al amanecer, Kil'ruk podía con una caída de cincuenta zancadas. No estaba satisfecho: el halcón se había lanzado hasta cien, por lo menos. Aun así, sentía que sus alas se volvían más fuertes, que los tendones de su espalda se endurecían. El herrero de ámbar había cambiado de ubicación por la noche, colocando sus redes en las cuestas que había frente a Klaxxi'vess, el hogar del consejo cultural mántide. Cuando Kil'ruk regresó de la muralla, se quedó un rato absorto ante la visión de la arquitectura de ámbar en lo alto de la colina. La entrada allí estaba prohibida, claro. Acceder al reino de Klaxxi sin invitación significaba la muerte. Kil'ruk se preguntó, no por primera vez, por qué los Klaxxi se dejaban ver tan poco. Los mántides trataban al consejo con respeto, pero pocos de los enjambrenatos habían visto a sus miembros más allá de los límites de su hogar. Nunca se había visto a uno de los Klaxxi unirse al combate. Durante una gran y gloriosa batalla, el consejo parecía no tener utilidad. El herrero de ámbar sacó a Kil'ruk de su ensoñación. —¿Te preocupa algo, enjambrenato? Muchas cosas. —Kil'ruk hizo la pregunta que llevaba todo un día ocupándole el pensamiento—: ¿Qué hay de las criaturas inferiores? —¿A qué te refieres? ¿Cómo puede un halcón volar mejor que yo? Soy uno de los elegidos de la Emperatriz —se abstuvo Kil'ruk de decir. Se avergonzaba de su propia incapacidad y no tenía ningún deseo de revelárselo a nadie. Planteó una pregunta distinta—. Veo a criaturas distintas luchando en nuestra contra en la muralla. Formas distintas. Tamaños distintos. Seres distintos. ¿Por qué trabajan juntos? El herrero de ámbar chasqueó divertido. —¿Juntos? Los saurok y los pandaren son esclavos de los mogu. No tienen más opción que enfrentarse a nosotros. ¿Saurok? ¿Pandaren? Kil'ruk no conocía esos nombres. Nunca se había molestado en pensar en los defensores como otra cosa que criaturas inferiores. El herrero de ámbar no tuvo inconveniente en explicárselo. —Esos hábiles luchadores con escamas se llaman saurok. Las criaturas con pelo y de panza grande se llaman pandaren. El herrero de ámbar habló largo y tendido sobre los mogu y cómo habían utilizado el poder de los usurpadores para establecer su imperio en milenios pasados, fortaleciéndose a sí mismos y sometiendo a otros. Gran parte de la mayor obra de los mogu no se habría podido completar de no haber sido por la fuerza de los esclavos a los que habían conquistado. Cuando Kil'ruk preguntó cómo habían aprendido los esclavos a luchar, el herrero de ámbar se rió de nuevo. —Los saurok nacieron para matar. Aún no han encontrado otra razón de ser. En cuanto a los pandaren, en fin —dijo—, tienen prohibido empuñar arma alguna hasta que se encuentran en su muralla luchando con nosotros. Kil'ruk movió las patas delanteras con incredulidad. —¿Los mogu envían a criaturas no adiestradas a combatir? No pueden ser tan insensatos. —Es la verdad, enjambrenato —dijo el herrero de ámbar—. Los mogu atajan la rebelión de raíz. Cualquier pandaren que da señales de disconformidad es enviado a la muralla como castigo. Así, son los más fuertes de ellos los que están aquí para hacernos frente. Pero solo vienen a morir. Kil'ruk no sabía que los mogu tuvieran tanto sentido del humor. Se echó a reír hasta que le dolieron las antenas. * * * * * Un joven pandaren sirvió otra taza de té. Unas cuantas gotas salpicaron en el suelo, y chilló atemorizado. Xuexing no le hizo caso y bebió a sorbos el té educadamente. —Me ha alegrado ver el éxito de la demostración del huatang. El señor de la guerra Gurthan desea usarlo en combate inmediatamente —dijo Hixin. —Dile al señor de la guerra Gurthan —dijo Xuexing, con sus palabras retumbando por toda la tienda—, que deseo discutir personalmente y en privado cómo le gustaría usar el huatang. —No será necesario —dijo Hixin. El consejero le acercó un pergamino enrollado: una orden oficial del clan Gurthan, sellado con magia. Xuexing lo cogió y lo examinó, suspicaz. —¿Qué es esto? Hixin tomó un sorbo de té. —La voluntad del señor de la guerra Gurthan. Xuexing miró detenidamente al otro mogu. Era inconcebible que el señor de la guerra Gurthan usara a este animal político como intermediario, pero el sello parecía auténtico. Conjuró un poco de magia y desprecintó el pergamino. Contenía un breve mensaje. Muéstrame tu potencial al anochecer. No me decepciones otra vez. Xuexing no dijo nada. Solo se oía el sonido lejano de la batalla y los jadeos entrecortados y asustados del esclavo pandaren arrodillado en uno de los rincones de la tienda. El huatang solo se había probado una vez. Con un esclavo. No se había puesto a prueba en combate. El más leve desajuste en el flujo de energía podía alterarlo. Un desajuste importante podía ser catastrófico. Siempre hay desajustes en una batalla —pensó Xuexing circunspecto. Aunque tampoco es que fuera a admitírselo a ese buitre que tenía sentado delante. Xuexing vació su taza. —Que así sea. Dile al señor de la guerra que los cielos pronto serán suyos. —Se levantó para irse—. Gracias por el té. No se molestó en llevarse el pergamino consigo. Hixin observó cómo se iba, conteniendo su sonrisa hasta que Xuexing hubo desaparecido de su vista. —Deshazte de esto —le dijo Hixin al esclavo, entregándole el pergamino. * * * * * —Quiero una espada —dijo Kil'ruk. El herrero de ámbar se quedó perplejo. —¿Por qué? —Necesito garras. —¿Qué? —He visto que los mántides del suelo luchan con espadas —dijo Kil'ruk—. Deseo unirme a ellos. —Eres un volador —dijo el herrero de ámbar—. No es esa tu función. —Los que no tienen alas no pueden llegar a las almenas —dijo Kil'ruk—. El ascenso es demasiado peligroso. Hay pilas de mántides muertos a lo largo de la base de la muralla. Yo tengo alas. Puedo lanzarme sobre sus almenas desde arriba. —No es esa tu función —repitió el herrero de ámbar, más desconcertado que nunca—. Todavía oyes la voluntad de la Emperatriz, ¿no? Te dice que te quedes en el aire. —Yo seré sus garras —masculló Kil'ruk. —No te entiendo. —Entonces no hace falta que sigamos hablando. Hacia el ocaso de la décima noche, Kil'ruk podía sobrevivir a una caída de setenta y cinco zancadas. III En el decimocuarto día de su vida, Kil'ruk se ganó el favor de la Emperatriz. Kil'ruk y el resto la bandada estaban dejando caer cartuchos sobre las almenas, revoloteando a salvo, lejos del alcance de atacantes. La persistente sensación de inutilidad seguía carcomiendo a Kil'ruk, pero obedecía las órdenes de la Emperatriz lanzando veneno sobre las criaturas inferiores. Su red estaba solo medio vacía cuando se produjeron unos extraños sonidos: un crujido, y luego una profunda vibración, como si el tronco de un árbol gigantesco se partiera por la mitad en el vendaval de una tormenta. La primera reacción de Kil'ruk fue de confusión. Nunca antes había oído un sonido tan raro. Un instante después, el aire se llenó de alaridos sobresaltados de dolor y sorpresa. Cinco voladores que se encontraban al norte se desplomaron, con trozos de carne y ala cayendo a su lado. Los demás mántides chasquearon y castañetearon, alarmados. ¿Arqueros? ¿Tal vez con arcos mejorados? Apenas habían supuesto una amenaza en incursiones anteriores. Tras unos instantes inspeccionando el terreno, Kil'ruk descubrió una forma extraña en el borde del campamento mogu de detrás de la muralla. Desde su perspectiva, al principio parecía un panal, pero, a medida que se acercaba, Kil'ruk se dio cuenta de que se trataba de una serie de tubos apilados en un fardo redondo tan alto como un mogu. De sus aberturas salía un humo blanco. Le habían puesto ruedas al fardo de tubos y lo habían apuntado directamente hacia la bandada de mántides. Había esclavos correteando ante la parte delantera del panal, metiendo guijarros a puñados en los tubos. El aire volvió a crepitar. Kil'ruk lo comprendió justo a tiempo. * * * * * Xuexing alimentó con poder arcano la parte trasera del arma mediante una violenta descarga. BUM. El sonido de la andanada ahogó todos los demás ruidos, con el impacto de la sacudida de un martillo en el pecho. Un humo blanco le nubló la visión. Veía vagamente a varios esclavos pandaren que yacían inertes en el suelo ante el huatang. Muertos, seguramente. Xuexing no había esperado a que se apartaran. Eso enseñaría a los demás a moverse más deprisa. Al dispersarse la humareda, se hicieron manifiestos los efectos del arma. El primer disparo había salido ligeramente desviado, matando solo a unos cuantos de los voladores del extremo norte de la bandada, pero el segundo tiro había impactado justo en el centro. Docenas de mántides cayeron hacia el suelo. Algunos caían hechos pedazos. Xuexing vio incluso a uno aferrado aún a su red, con las alas inmóviles. Quizás eran tres o cuatro los voladores que habían escapado ilesos y habían tenido el buen juicio de dar media vuelta y huir hacia sus tierras, lejos del alcance de Xuexing. —¡Recargad! —bramó Xuexing. Los esclavos introdujeron más guijarros y piedrecitas en los tubos, compactándolo todo bien. Xuexing comenzó a reunir cuidadosamente más energía para volver a disparar. Probablemente no hacía falta un tercer disparo, pero ¿para qué arriesgarse? Esta arma funcionaba mejor de lo que había imaginado. Los cielos sobre esta sección del Espinazo del Dragón habían quedado despejados con dos andanadas. Solo dos. Tendré que agradecérselo a los Zandalari —pensó. El dominio que los trols tenían de lo arcano era primitivo comparado con el de los mogu, pero la observación de sus técnicas había impulsado las ideas de Xuexing en direcciones inesperadas. ¿Qué otro mogu habría imaginado que piedras diminutas, propulsadas a velocidades increíbles con energía arcana, podían hacer tanto daño? * * * * * Los gritos de los heridos llegaban de todas partes. Casi toda la bandada había sido hecha pedazos. Chinas y guijarros habían atravesado a docenas y docenas de voladores, abriendo agujeros en sus caparazones. Cayeron fuera de control. Kil'ruk cayó con ellos, pero él no estaba fuera de control. Él no estaba muriendo. Él se lanzaba. Como el halcón. Justo antes de que el panal hubiera disparado, Kil'ruk se había arrimado la red contra el pecho y se había colocado las alas detrás del cuerpo. Los cartuchos de su red lo habían escudado frente a lo peor de la descarga del arma. El resto de guijarros habían pasado silbando a su alrededor. El viento pasaba a su lado a una velocidad prodigiosa. Mientras Kil'ruk descendía, su ánimo se levantaba. Los mogu no habían efectuado un tercer disparo. Debían de pensar que todos los voladores habían muerto. Era hora de hacerles ver su error. —¿Me ves, Emperatriz? —susurró Kil'ruk. La conmoción por el ataque había hecho que se olvidara de su canción, pero ahora podía oírla de nuevo, cantando bajito y ordenando al enjambrenato seguir adelante. ¿Había un deje de tristeza en su melodía? ¿Había visto lo que había hecho la nueva arma de los mogu? Kil'ruk soltó la red. Pareció que se alejaba flotando lentamente. Abrió ligeramente las alas, captando solo un poco del aire que circulaba a toda velocidad. Dolía. Aquello amenazaba con arrancarle las alas de cuajo. Sería una caída mucho, mucho más extensa de lo que hubiera intentado nunca. Tal vez caería durante doscientas zancadas. Quizás doscientas cincuenta. —Emperatriz, mírame. * * * * * —¡Están todos muertos! —exclamó Xuexing. Tras girar cuidadosamente la muñeca y relajar su voluntad, la energía arcana que había reunido se esfumó sin peligro—. ¡Vayamos al norte! El norte significaba la Puerta del Sol Poniente y la mayor concentración de mántides. Primero aniquilaría a los voladores que aún quedaran por allí, y luego… Una sombra cayó sobre Xuexing. Apenas tuvo tiempo de mirar hacia arriba antes de que un estridente chirrido de furia mántide se abalanzara sobre él. * * * * * Kil'ruk cayó de pie sobre el estómago del mogu. Intentó perforar el pecho de la criatura con sus patas delanteras, pero el impacto fue de una violencia extraordinaria; el mogu cayó despatarrado y Kil'ruk salió despedido, deslizándose por el barro y rodando hasta chocar con las endebles paredes de tela de la tienda de un esclavo. Un pensamiento sosegado llenó la mente de Kil'ruk. Tengo que practicar los aterrizajes. Kil'ruk se sacudió el aturdimiento y se puso en pie de un salto. Estaba rodeado por criaturas inferiores, pero su espectacular llegada las había puesto nerviosas. Los pandaren e incluso los saurok se encogieron instintivamente, sorprendidos. Un pandaren muerto yacía a los pies de Kil'ruk. Heridas extrañas; tal vez lo hubiera matado el panal. Fuego amigo. Junto a la criatura había una espada mellada. Acero barato, de baja calidad. Patético. Kil'ruk se hizo con ella de todos modos. Al principio el peso se le hizo extraño y se sintió torpe manejándola. Entonces Kil'ruk se acordó del halcón, de sus garras, de la naturalidad con la que había atrapado a su presa.Ya tengo una garra. De repente la espada era como una prolongación de su cuerpo. Ya se la sentía tan propia como las alas a su espalda. Kil'ruk oyó una explosión ensordecedora en las almenas. Tanto él como las criaturas inferiores se estremecieron. Ah, sí. Mi red. Todavía contenía muchos cartuchos cuando Kil'ruk la había soltado en su caída. Al chocar con la parte superior de las almenas, habían estallado todos a la vez. Una nube de veneno y ácido se expandió rápidamente. Al menos tendría un rato ocupados a los defensores de la muralla. Kil'ruk dejó que sus alas lo propulsaran hacia la masa de criaturas inferiores que se encontraban cerca del panal. Su nueva garra probó la sangre casi de inmediato. * * * * * Era una locura. Los voladores mántides jamás luchaban cuerpo a cuerpo en tierra. Nysis gritó una orden a sus compañeros saurok: rodearlo y atacar. Incluso los mejores luchadores mántides acabarían sucumbiendo a esa táctica. Si los esclavos pandaren eran lo suficientemente listos, se apartarían. Si no… El volador enloquecido se arrojó contra un pandaren que huía y le hundió las patas delanteras en el abdomen. Nysis se lanzó a la carga blandiendo su espada de acero, pero las alas del mántide zumbaron y la criatura se elevó lejos de su alcance. Nysis titubeó. El mántide se posó y destripó a otro saurok con un golpe que casi pareció desganado. Luego volvió a alzarse por los aires. Rodearlo no iba a funcionar. Tiene alas. Aquel pensamiento agarrotó las ideas a Nysis. Si no podían rodearlo, ¿qué podían hacer? El mántide se inclinó sobre un saurok agonizante, y Nysis se abalanzó para lanzarle una estocada al flanco desarmado. Para su sorpresa, su golpe fue detenido por acero. El mántide había cogido una segunda espada, la del saurok moribundo. El volador giró y asestó sendos golpes con ambas espadas. Nysis solo logró parar uno. El colmillo de una herida mortal le abrasó el pecho. El mántide se dio la vuelta y se lanzó hacia nuevos oponentes, gritando algo extraño, algo acerca de una "Emperatriz". Nysis se desplomó al suelo y sintió la calidez de su vida fundirse con el frío barro. Qué locura. * * * * * Esto no está pasando. Xuexing disparó otra descarga fundida y falló de nuevo. Esto no puede estar pasando. El otro mogu que había por allí se alejó tambaleándose, con el muslo desgarrado hasta mostrar el hueso. ¡Es un solo mántide! El volador se elevó mientras Xuexing incendiaba el suelo bajo sus pies. No era momento para sutilezas. Xuexing se encorvó y ahuecó las manos, reuniendo todo el poder al que se atrevía, sin importarle lo cerca que estaba el nuevo huatang. Era muy sensible. Podía reaccionar mal a un exceso de energía, pero ya se preocuparía de eso más tarde. Ahora… Chunk. Xuexing contempló sorprendido el acero que le sobresalía del pecho. El mántide había lanzado una de sus espadas. Esto no está pasando —gimió mentalmente. Cayó a cuatro patas. No. No dejaría que este mántide sobreviviera. Xuexing siguió acumulando poder aun cuando la oscuridad comenzaba a nublarle la vista. El aire que lo rodeaba pareció imbuirse de una energía crepitante. Levantó una mano debilitada y temblorosa hacia el volador. * * * * * De todas partes llegaban ruidos de chisporroteo desbocados. La expresión en el rostro del mogu moribundo le dijo a Kil'ruk cuanto necesitaba saber. El volador alzó el vuelo sin pensárselo dos veces. El mogu levantó la mano hacia Kil'ruk con su aliento final, pero, justo antes de poder lanzar el hechizo, el último hálito de vida abandonó su cuerpo. La criatura quedó inerte. La energía que había reunido se desparramó de pronto en todas direcciones. El panal se agitó y estremeció y despareció en medio de una brillante onda expansiva de luz pura. Kil'ruk siguió elevándose hasta que los ecos de la explosión se desvanecieron. Allá abajo, podía ver el borde del campamento mogu en llamas. Tiendas y defensores de las cercanías habían quedado destrozados por la explosión. Incluso la cara trasera del Espinazo el Dragón parecía chamuscada. Fuera la que fuera aquella horrible arma, era inestable. Propensa a causar el desastre total para quienes intentaran usarla. Kil'ruk lo tendría presente si veía otra. Mientras volaba de vuelta hacia el herrero de ámbar, se dio cuenta de que algo había cambiado. La Emperatriz cantaba una canción nueva. Contemplad nuestro poder —decía la Emperatriz—. Contemplad nuestra fortaleza. Ved el humo elevarse desde el campamento de las criaturas inferiores. Su nueva arma ha desaparecido, destruida por uno solo de mis favoritos. —¿Emperatriz? —musitó Kil'ruk—. Emperatriz, ¿estabas mirando? —Sus antenas se rizaron, en éxtasis. La Emperatriz cantaba sobre él—. Mis favoritos. Los enjambrenatos del suelo alzaron la cabeza para verlo pasar. Bandadas de voladores lo rodearon y lo siguieron a casa. Contemplad mi ira, golpeando desde lo alto —cantaba la Emperatriz—. Contemplad mi muerte, descendiendo desde el cielo alto. Contemplad al Atracavientos. La multitud repitió sus palabras con un respeto reverencial. "Atracavientos". —Emperatriz —dijo Kil'ruk. Ella lo había visto. Atracavientos. Cuando Kil'ruk se aproximaba a Klaxxi'vess, avistó un halcón volando en círculos cerca de uno de los árboles kypari. Era el mismo halcón que había visto días antes. Kil'ruk voló hacia él. El ave lo vio y se lanzó en picado. * * * * * El halcón —pensó Kil'ruk unos minutos después— sabe delicioso.

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