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  1. *Poco más que garabatos escritos en un pergamino quebradizo* Escribir nunca ha sido lo mío, y no estoy muy seguro de por qué hago esto ahora. Tal vez porque me convenga echar un vistazo atrás antes de decidir seguir hacia adelante. Dicho sea pues, comenzaré por el principio, matizando algo: No siempre reinó la oscuridad dentro de nuestro país. Si bien con la Muralla de Cringris nos atrapamos a nosotros mismos, condenándonos a una oscuridad insondable, hubo un tiempo en el que Gilneas era el epicentro del comercio entre los pueblos costeros del oeste de los Reinos del Este. Bajo el sol, los astilleros, cerca de donde yo vivía, rebosaban de actividad, un lugar donde se daba rienda suelta al comercio y también, en algunas ocasiones, al contrabando. Los estibadores se movían de aquí para allá cargando cajas y barriles de barco en barco, mientras que los carpinteros se apresuraban a prestarse para reparar aquellas embarcaciones que llegaban a puerto mal paradas (sea por una tormenta o un ataque pirata). Yo siempre jugaba cerca de los muelles y me paraba a escuchar las historias de los marineros; sí..aquellos eran buenos tiempos. Y si bien la capital también era un lugar concurrente y animado, nunca me gustó mucho. El agradable olor del mar daba paso al olor del pis de perro, y las calles solían estar empapadas de residuos químicos y acuosos que la gente sin ninguna discreción arrojaba desde las enormes fachadas de sus casas. Cada vez que alguien lanzaba algo desde un cubo en un balcón alzaba la mirada y recordaba por qué no me gusta nuestra capital: los enormes edificios, apostados unos frente a otros en hileras que conformaban calles estrechas y de pavimento irregular. Las paredes me estrechaban y la gente me rodeaba, yendo de arriba para abajo, y de pronto me sentía encerrado como un perro en una perrera. El sol solía alzarse desde las nueve de la mañana más o menos hasta esconderse tras los edificios cerca de las cuatro de la tarde. Yo me preguntaba como podía vivir esta gente en un lugar tan cerrado, tan denso y tan desagradable al olfato, pero lo que nunca vi venir es que todo mi país se iba a convertir precisamente en eso. Fue cuando apenas empezaba a dar mis primeros pasos en la adolescencia. Había crecido con mi madre y mi padre en una casa en las afueras del Puerto Quilla, y cada día que visitaba los muelles escuchaba historias sobre los sanguinarios orcos y la Horda. Como cualquier chico a esa edad, yo deseaba alistarme por fin y hacer frente a la amenaza de la Horda. No tardé en apuntarme en una academia militar, pero de nuevo el destino me reservaba una cruel broma; una gran estructura creada en la frontera, un enorme muro para aislar Gilneas de todos los demás reinos. Y así llegó la oscuridad a nuestra gran nación. Los días se hacían más cortos a medida que las tensiones políticas y civiles crecían día a día. El reino jamás había estado tan dividido, algo que hizo mella en mi familia cuando mi padre, que había sido apresado, se unió al bando rebelde. Y de repente, me di cuenta de que estaban instruyéndome para matar a mis compatriotas, y no a los orcos a los que tanto deseaba enfrentar. Cuando llegó el día de la batalla, ya no había rastro del sol. Unas enormes y negras nubes cubrían el cielo como si de un augurio se trata, como si la Luz fuera a enviar una lluvia con la que limpiar la tierra mancillada con la sangre de hermanos.Otros echaban la culpa a la cábala conocida como los brujos de la cosecha, gilneanos que poseían cierto talento con la magia natural, que afirmaban poder conseguir con sus poderes que las cosechas crecieran altas y sanas. Fuese como fuese, el ambiente era húmedo, frío y tenso. Por todo el frente, los hombres leales al rey, patrullaban por el campamento y cavaban trincheras mientras otros aprovechaba su tiempo libre para jugar a las cartas y contarse historietas. A su vez, los oficiales al mando pasaban revista y comprobaban una y otra vez que los números no les fallasen, comprobando que todo estaba a disposición de su monarca y señor. Yo permanecía de pie, inmóvil como una estaca, simplemente dejando que el tiempo corriera como si fuera aire. No es que ardiera en deseos de entrar en combate, pero por otro lado la larga espera resultaba terriblemente angustiosa. Trataba de convencerme de que hacía lo correcto, de que todo esto lo habían iniciado los rebeldes, y que yo únicamente defendía la soberanía y la unidad de mi país y monarca. Que necio era. Ahora lo veo más claro que nunca. Los soldados, aportamos sentido y finalidad a la guerra. Si bien matar es la profesión más aborrecible que haya conocido el hombre, nuestro cometido es transformar la maquinaria asesina en una fuerza positiva, por nuestra gente, nuestra cultura y nuestros reinos. Traer esperanza a los nuestros conlleva dejar viudas y huérfanos, llenar de desconsuelo y amargura a pueblos enteros que van a perder a sus hombres en la batalla. Pues el precio de la libertad, es el más alto de todos...y yo, como animalillo cercado en su madriguera, creía que luchaba por la libertad. Ya han pasado muchos años de todo aquello. Hoy en día soy un hombre completamente distinto. Me gusta convencerme a mí mismo de que controlo mis pasos y mis acciones y que ya no soy un títere de la sociedad aristócrata encabezada por el Rey, pero la realidad es que a día de hoy aun me pregunto por qué la Luz me permitió sobrevivir a la Guerra Civil Gilneana. ¿Tal vez para que aprendiera la lección? ¿Para dar ejemplo y testimonio? Alguien dijo una vez que a veces es mejor morir en batalla que sobrevivir y contemplar todo el horror que has causado. Que la única victoria que existe realmente es aquella en la que los dos ejércitos regresan intactos a casa. Sí, suena muy moralista. Creo que venderé mi casa y me dirigiré hacia Villadorada, con un poco de oro, un farol y las cenizas de mi madre. Que la Luz me bendiga y me otorgue sabiduría para escoger bien mis próximos pasos, pues espero encontrar en este reino una oportunidad de redención.
  2. El octavo rayo del Sol Negro -Regreso al Norte- -Tratos comerciales poco convencionales - // Colgare aqui pequeños textos y relatos referentes a Eithel. Ya sea de su pasado, presente o ajenos a ella pero de alguna forma relacionados.
  3. Lor'themar Theron - A la Sombra del Sol por Sarah Pine Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF La superficie del escritorio de Lor'themar ya no se veía bajo la gran cantidad de papeles apilados en ella. Informes, misivas, órdenes e inventarios mantenía un precario equilibrio en pilas diversas que hacía tiempo que había dejado de organizar. Todos los papeles estaban relacionados con la breve pero brutal guerra por Quel'Danas y La Fuente del Sol. En ese momento, no tenía presente ninguno de ellos. En la mano sostenía un sobre sin abrir. Había un gran ojo estampado en su sello de cera violeta, el símbolo de Dalaran. Parecía mirarlo con aire acusatorio, y recordarle todas las otras cartas similares que había recibido y tirado. Rompió el sello y sacó el pergamino cuidadosamente doblado que había en el interior del sobre. Reconoció la escritura pulcra y ordenada que adornaba la página. Últimamente, el archimago Aethas Atracasol había solicitado numerosas audiencias con el Señor regente, pero Lor'themar le había ignorado deliberadamente. Desde los sucesos de Quel'Danas había intentado olvidarse desesperadamente del resto del mundo, pero se dio cuenta de que, al final, el mundo acabaría plantándose ante él. Lor'themar suspiró y se echó hacia atrás en su silla. Esta carta era mucho más breve que las anteriores. Esta vez, Aethas no preguntaba, sino que anunciaba la fecha y hora de su llegada. Lor'themar pasó el dedo por el áspero borde del papel. Sabía de sobra lo que Aethas iba a proponer y aún no tenía claro cómo quería responder. * * * * * Lor'themar seguía sin estar convencido de sus pensamientos cuando llegó el día en que se esperaba la venida de Aethas. Mientras atravesaba la Aguja Furia del Sol hasta el vestíbulo frontal en el que aparecería el archimago, Halduron lo interceptó y le ofreció un pequeño fardo de suave lana de color escarlata. Lor'themar lo cogió y lo sostuvo mientras lo observaba, y descubrió un fénix dorado real: el tabardo de la Ciudad de Lunargenta. ―No ―dijo bruscamente mientras devolvía la prenda a su amigo con un ademán. ―Debes llevarlo ―presionó Halduron. ―¿Qué más da? ―respondió mientras avanzaba―. Todo el que está al servicio de Lunargenta debe llevarlo. ―Es un símbolo de estado ―gritó Halduron tras él―. Eres el jefe de estado. Guarda las apariencias. ―Soy el Señor regente ―dijo Lor'themar mientras se alejaba―. No el rey. ―No se trata de eso, Lor'themar. Pareces un errante. Lor'themar se detuvo en seco. ―Soy un errante ―replicó de forma aún más tajante de lo que pretendía. ―Eras un errante ―suspiró Halduron―. Y ya no puedes volver a serlo, Lor'themar. Eso lo sabemos con certeza a estas alturas. Lor'themar inclinó la cabeza y respiró profundamente. ―Llegaremos tarde, Halduron. Siguió caminando y, tras un momento de pausa, escuchó cómo le seguían las pisadas de Halduron en el suelo. Rommath ya los esperaba en el vestíbulo, con su peso apoyado en el bastón y la mirada perdida en el muro más lejano. Miró a Lor'themar y Halduron mientras entraban y un retazo de desaprobación apareció momentáneamente en su cara, pero se volvió sin hablar. Antaño habría desaprobado la elección de Lor'themar de aparecer como forestal de forma aún más enérgica que Halduron, pero ya no. A pesar de haber sido un gran problema para él, Lor'themar ya solo sentía lástima por el mago. La traición final de Kael'thas se había cobrado su mayor precio en su más leal partidario. El aire entre ellos resplandeció con un brillo violeta, la marca inconfundible de la magia Arcana. Un momento después, un destello de luz blanca azulada iluminó la sala y Aethas se materializó frente a ellos. Se puso firme, sacudiéndose la túnica, y a Lor'themar no le pasó desapercibido lo ridículo de su aspecto. El elegante tejido mágico de un tono púrpura profundo del Kirin Tor contrastaba horriblemente con su pelo cobrizo, y no tenía la caída adecuada para su fina figura. De sus cartas y de rumores de terceros, Lor'themar asumió que Aethas era idealista y sagaz, además de muy joven para la posición que se había labrado en Dalaran. Pero la mayoría de los magos sin'dorei estaban muertos. A fin de cuentas, pensó que la ambición de Aethas era algo bueno. Al menos, alguno de ellos mantenía la esperanza. ―Bienvenido a casa, archimago Atracasol ―anunció. Aethas sonrió un instante.―Gracias, Lord Theron ―respondió haciendo una grácil reverencia―. Ojalá volviese para quedarme. ―Por supuesto ―replicó Lor'themar con diplomacia―. Tu correspondencia me tiene al corriente del motivo de tu visita. Tanto mis consejeros como yo escucharemos tu petición. Normalmente, Lor'themar les habría conducido a todos a la majestuosa sala de reuniones del extremo norte del palacio. Era una cámara impresionante diseñada específicamente para este propósito. Pero el día era claro y el horizonte se límpido como un fragmento de cristal. La isla se vería al otro lado del canal. Lor'themar casi deseó no volver a ver Quel'Danas, de modo que los condujo a una alcoba al este del patio principal que daba a los oscuros tejados coronados por cúpulas de la Ciudad de Lunargenta. Se sentaron, y Aethas comenzó a hablar. ―Estoy aquí por asuntos de suma importancia que nos conciernen a todos. No me cabe duda de que estarás al corriente del motivo por el que el Kirin Tor se ha reubicado en Rasganorte. ―Sí, Malygos― respondió Lor'themar―. ¿Qué es lo que quieres? Aethas negó con la cabeza. ―El poder del Vuelo Azul y la amenaza que supone son aún mayores de lo que pensamos en un principio. Quiero formalizar el compromiso con el Kirin Tor. Es imperativo que los magos de Quel'Thalas y Dalaran trabajen juntos de nuevo, como hicimos durante años en el pasado. ―No. Aethas reaccionó irritado. Frunció profundamente el ceño y la boca. La negativa no la había pronunciado Lor'themar. Se giró hacia la persona que había hablado y dijo: ―He preguntado al Señor regente. No al gran magister. Rommath rió con tal amargura que casi pareció que tosía. ―Bueno, entonces, deja que el Señor regente decida si puedo hablar. ―Me atrevería a afirmar que escucharemos tu opinión en cualquier caso ―dijo Lor'themar tratando de controlar el tono sarcástico―. Adelante, di lo que debas decir. Los ojos de Rommath destellaron incluso a pesar de que la sala estaba muy bien iluminada. ―Cuántagenerosidad, Lor'themar ―replicó, sin dejar de fijar la mirada en el rostro de Aethas. Su voz sonó como una serpiente enrollada: suave, feroz y peligrosa. ―¿Acaso Modera te ha dado alguna pauta antes de partir, Aethas? No pareces tú mismo. Tus palabras rezuman su falsa diplomacia. Al menos, ella no se atreve a poner el pie aquí en persona. Tiene suficiente sentido común. Supongo que debería estar agradecido por estas pequeñas gentilezas. ―Modera coincide conmigo en estos asuntos ―respondió Aethas ágilmente y sin picar el anzuelo de Rommath. ―Coincide contigo ―musitó Rommath―, o, mejor dicho, coincides con ella. Dudo que te hubiesen enviado aquí a hablar en su nombre si pensaras mínimamente por ti mismo. ―Maldita sea, Rommath. ―La paciencia de Aethas se quebró―. ¿Tienes algo interesante que decir aparte de insultos personales? ―Estás ciego ―replicó Rommath con aplomo y sin alterar la voz―. Intentaron abarcar más de lo que eran capaces y ahora se enfrentan a Malygos y Arthas. Es lógico que tengan miedo. Necesitan ayuda de alguien por encima de su capacidad. Y ¿a quién se han dirigido siempre cuando entraban en juego asuntos Arcanos? A nosotros. Los miembros del Kirin Tor te jurarán que eres un elemento indispensable para ellos, que tus habilidades son inestimables. Cuando te conviertas en una molestia, se desharán de ti. ―Ladeó la cabeza. Una de sus largas orejas temblaba casi imperceptiblemente mientras su ojos se dirigieron a Halduron y luego a Lor'themar―. Pregúntales. Ellos lo saben. Pero no tan bien como yo. Aethas miró fijamente a Rommath. ―Quel'Thalas y el Kirin Tor son aliados desde hace más de dos mil años ―dijo―. Desde que nos unimos formalmente a la Horda, ha habido tensión pero... Rommath rió de nuevo, esta vez con más estruendo. ―Desde que nos unimos formalmente a la Horda ―repitió―. Claro. Supongo que resulta extraño. ¿Tú te acuerdas, archimago Atracasol, exactamente del porqué quisimos unirnos a la Horda? Aethas no respondió pero miró a Rommath directamente a los ojos, sin pestañear. ―Una traición monumental ―dijo Rommath con la voz casi convertida en un susurro. Sus ojos brillaron con una rabia furibunda que ni el paso de una década había conseguido aplacar―. En Dalaran ―continuó―, bajo la siempre atenta mirada del Kirin Tor. ―No tuvieron nada que ver con... ―Asumo que te refieres ―interrumpió Rommath―, a que el Kirin Tor no hizo nada. Ni por evitarlo, ni por detenerlo. Y, en cambio ―alzó la voz―, dejó que nos pudriésemos en las prisiones bajo la ciudad que muchos considerábamos nuestro hogar tanto como la propia Lunargenta. Una ciudad a la que nuestro propio príncipe sirvió fielmente como a su tierra natal durante más tiempo de lo que dura una vida humana. Una ciudad por la que luchamos y morimos a petición del Kirin Tor. Una ciudad desde la que observaría en silencio cómo colgábamos del cadalso. Su ciudad. ―El Kirin Tor se encuentra bajo un nuevo liderazgo ―replicó Aethas. Lor'themar pensó que su tono moderado hablaba bien del joven archimago. ―Eso es mentira y lo sabes ―dijo Rommath―. Puede que Rhonin sea la cabeza visible, pero Modera y Ansirem siguen en el consejo. La misma gente que miró a otro lado sin problemas cuando Garithos nos sentenció a muerte. Que se pudran en el infierno, o mejor, en el ejército de Arthas como la Peste ―dijo mofándose. ―Esperemos que ningún miembro del Consejo de los Seis acabe nunca bajo el dominio de Arthas, Rommath ―dijo con calma Halduron. ―A pesar de tu obvio desdén por el Kirin Tor, pareces muy bien informado, gran magister ―dijo Aethas. ―Probablemente es uno de los motivos por los que yo soy el gran magister de Quel'Thalas y tú no ―le recriminó Rommath―. Y, como tal, nunca ordenaré a mis magos que sirvan al Kirin Tor. Jamás. Los dedos de Lor'themar se crisparon contra la suave superficie de la mesa y su boca se endureció. Rommath caminaba sobre una línea muy delgada y la había cruzado. ―Ya basta ―dijo con calma Lor'themar―. No tienes autoridad para lanzar esos ultimátums. Yo decidiré si mando a nuestras fuerzas a Rasganorte y, si así lo decido, tú y tus magos cumpliréis las órdenes. ―Ahora ―dijo poniéndose en pie―, está claro que seguir con esto no causará más que disputas mezquinas y, desde luego, si vosotros dos queréis seguir así, adelante. Yo, sin embargo, no voy a perder más el tiempo. Y diría que el general forestal opina de forma similar. ―Tengo asuntos que tratar en el sur ―prosiguió―, y pensaba marcharme mañana. No creo que vaya a cambiar de planes. Puedes quedarte, archimago, pero es posible que yo me marche algunos días. Aethas no contestó, pero tampoco logró ocultar su irritación. A Lor'themar le importaba poco su enojo. Dio media vuelta para marcharse. ―Algunos irán a Dalaran lo quieras o no, Señor regente ―dijo Aethas desde el otro extremo de la sala. Lor'themar hizo una pausa y se volvió para mirarlo mientras proseguía―. Dame al menos la bendición para hablar en nombre de la regencia de Lunargenta y me encargaré de que se protejan los intereses de los sin'dorei. Rommath resopló a modo de respuesta, pero no dijo nada. Por un momento, Lor'themar consideró la petición de Aethas, pero el joven elfo no estaba en posición de negociar. Todos sabían bien que las habilidades de estado de Aethas eran muy inferiores a las de los demás hombres de la sala. ―Haré que un sirviente te muestre tus aposentos, archimago ―dijo Lor'themar. * * * * * Aethas se marchó con bastante dignidad, permitiéndose lanzar un par de duras miradas a Rommath. El gran magister parecía bastante resuelto, pero Lor'themar observó cómo su paso vacilaba y las marcas de agotamiento reaparecían en su rostro al perder de vista a Aethas. Lor'themar se había fijado en la fragilidad de Rommath: se podía doblegar su voluntad. En el pasado, Lor'themar habría considerado una bajeza el simple hecho de considerar aprovecharse de algo así. Ahora lo consideraba necesario. Se sentó a solas junto a la ventana en sus aposentos y reflexionó sobre los debates de la tarde. Seguía escuchando la resuelta voz de Aethas en su cabeza mientras retorcía las largas cortinas entre sus manos y contemplaba los jardines de la aguja. Algunos irán a Dalaran lo quieras o no. Lor'themar no podía negar esa verdad pero, en privado, sentía el mismo desdén que Rommath. ¿Cómo podía fiarse de que Aethas representase con fidelidad a la regencia cuando ya iba ataviado con los ropajes del Kirin Tor y usaba su sello en su correspondencia? Aethas estaba totalmente involucrado en la guerra de El Nexo. Eso estaba claro. ¿A cuántos más convencería para que lo siguieran? Y, como Señor regente, ¿hasta qué punto estaba obligado a proteger a su pueblo cuando este se aventuraba en territorio ambiguo? El paño se tensó y comenzó a deshilacharse bajo el brusco e inconsciente tratamiento de Lor'themar. Él no se percató. * * * * * ―No estoy seguro ―le confesó Halduron más tarde. Había encontrado al Señor regente sentado aún junto a la ventana, mirando fijamente hacia el ocaso. El primer vistazo le bastó para dirigirse al anaquel de los licores y servir un generoso trago a su viejo amigo. El general forestal se sentó frente a él. ―Creo que sus intenciones son honestas ―continuó Halduron―. Lo que no sé es hasta qué punto podemos confiar en las intenciones honestas, incluso entre nuestro propio pueblo. Lor'themar se puso en pie y fue al anaquel para rellenar su copa. ―Temo que si le damos autoridad para actuar en nuestro nombre pueda, intencionadamente o no, prometer algo que no estemos dispuestos a conceder. ―Lor'themar hizo una pausa y miró al techo tallado―. En cualquier caso, si le siguen suficientes sin'dorei a Dalaran, acabará siendo su líder de facto y no deseo que lo haga sin que tenga obligación alguna hacia la coro... hacia Lunargenta. ―Sería mejor si Rommath no fuese tan testarudo ―musitó Halduron―. Vivió en Dalaran mucho tiempo. Él mismo ostenta el título de archimago, ya sabes. Tiene suficiente experiencia con el Kirin Tor como para saber cómo manejarlos y es lo bastante leal a su tierra como para que podamos confiar en él. Sería el enlace ideal con Aethas. Lor'themar sonrió ligeramente ante las palabras de Halduron. ―Vaya, resulta extraño escucharte hablar bien de Rommath. ―Nunca aprobé aquel asunto con M'uru, ni la formación de los Caballeros de sangre, no ―admitió Halduron―. Pero eso es agua pasada y no tenemos más razones para dudar de él. Si fuera a traicionarnos, lo habría hecho cuando Kael'thas... ―Las palabras vacilaron y se helaron en la garganta de Halduron. Ninguno habló durante un largo rato. ―Bueno ―añadió al fin―, lo hubiera hecho entonces. ―¿Qué dices tú? ―Lor'themar cambió de tema y volvió a su asiento junto a la ventana―. ¿Qué crees que debemos hacer con Aethas y Dalaran? ―Aethas se considera un miembro del Kirin Tor ―replicó Halduron―. Y se me ocurren unos cuantos más que estarían encantados de volver a llevar ese manto. Si el Kirin Tor quiere admitir a elfos de sangre, no podemos evitar que lo hagan. ―No, no podemos ―respondió Lor'themar. Y permaneció en silencio un momento―. Sin embargo, mi instinto me dice que debemos evitar la participación oficial en la guerra de El Nexo. Aethas debe informarnos periódicamente y tenemos que imponerle unos límites muy claros. Pero aquellos que quieran ofrecer sus servicios lo harán bajo la bandera del Kirin Tor, no la de Quel'Thalas. La comisura de Halduron se elevó para dibujar una sonrisa sardónica, y Lor'themar fingió no advertir la melancolía que se reflejaba en los ojos de su amigo. ―¿Qué decías esta mañana acerca de ser un errante? Cada día que pasa hablas más como un rey, Lor'themar ―señaló Halduron. Desde donde estaba, Halduron no pudo ver cómo los dedos de Lor'themar se cerraban con fuerza alrededor del vaso. * * * * * Algunos días después, Lor'themar, a lomos de su halcón zancudo, recorría las laderas del norte de las Tierras de la Peste del Este. Observar aquellas tierras le producía dolor; era un elfo y, además, un forestal. Un hijo de los bosques, del agua clara y de las hojas doradas. La visión de la tierra cuarteada y contaminada y de los árboles secos del este de Lordaeron encogía su corazón y casi le provocaba arcadas. Ese sería el destino de Quel'Thalas de no ser por la incansable vigilancia de los suyos. Lor'themar miró hacia atrás. Tres guardias de honor errantes le seguían. Habían venido por insistencia de Halduron y Rommath. ―Desde luego ―había dicho Halduron―, no tendrías que ir de ningún modo, había pensado que habrías abandonado esa idea absurda cuando Aethas vino a vernos. Pero veo que nada de lo que diga te detendrá, así que al menos llevarás escolta. No me discutas. Rommath quiso enviar a algunos de los Caballeros de sangre, lo que era impensable. ―No serán bien recibidos ―señaló Lor'themar. Y tampoco yo los quiero a mi lado, añadió para sí en silencio. Por suerte Rommath no había insistido. Al fin, pudo vislumbrar el risco que buscaba. Al primer vistazo, parecía otra protuberancia en una pared rocosa baja, pero sabía que no era solo eso. Dio un giro brusco a su montura para dirigirla hacia el camino y prosiguió a paso rápido. El sigilo no serviría de nada, los exploradores ya lo habrían visto... Tal y como esperaba, cuando solo había recorrido la mitad del camino por la ventosa senda, aparecieron dos figuras de detrás de las rocas. El choque de sus hojas al bloquear el camino resonó con violencia en la inquietante tranquilidad de las Tierras de la Peste. ―¿Quién viene al Refugio Quel'Lithien? ―preguntó uno de ellos. Lor'themar los miró sin alterarse. ―No seáis necios. Ya sabéis quién soy. El otro lo miró directamente a los ojos. ―Eso no significa que seas bienvenido, señor regente Theron. Lor'themar desenvainó las dos espadas que llevaba a la espalda. Los guardias de Quel'Lithien agarraron sus propias armas con más fuerza y uno de ellos movió ligeramente los dedos, preparando la señal de ataque para los muchos otros que seguramente se ocultaban en el terreno. En silencio, el Señor regente dejó sus hojas en el suelo e hizo lo mismo con su arco y su carcaj. Realizó un gesto a su escolta para que le imitasen y, después, enarcó una ceja. ―¿Basta para convenceros de que mis intenciones son honestas? El primer explorador Quel'Lithien habló de nuevo. ―Dinos para qué has venido. ―Tengo noticias para el señor forestal Lanzalcón y la suma sacerdotisa Clamacielos ―dijo―. Acerca... ―Se aclaró la garganta― Acerca del príncipe Kael'thas. Los guardias sopesaron esta información un instante e intercambiaron miradas brevemente, pero, la mayor parte del tiempo, no apartaron la vista de Lor'themar. A Lor'themar no le pasó inadvertido que sus ojos eran azules, sin mácula. Al final, uno de ellos hizo un gesto con la cabeza hacia el risco. ―De acuerdo ―dijo―, el señor forestal decidirá qué hacer contigo. Sígueme. El otro chasqueó los dedos y, como Lor'themar había predicho, otra media docena de exploradores Quel'Lithien emergieron de diversos barrancos y fisuras para recoger las armas que él y sus hombres habían dejado en la tierra. En silencio, Lor'themar los siguió. En la parte alta del sendero, enclavado entre las rocas y los arbustos secos, Quel'Lithien apareció ante ellos. Sus preciosas vallas de madera estaban descoloridas y picadas, sin duda debido a los estragos de la Peste. Los errantes habían camuflado sus vigas con follaje podrido. Lor'themar sintió un extraño pinchazo en el estómago al ver el refugio y trató de no pensar en los días en que sus alrededores eran verdes y las visitas eran recibidas con júbilo y no con la violencia de las armas. Esos días habían pasado. Dejó su halcón zancudo a una de las exploradoras. Ella lo recogió y lo guió con mirada suspicaz. Uno de los exploradores que lo había detenido en el sendero se había adelantado hasta el refugio. Mientras Lor'themar miraba, este regresó acompañado de dos elfos a los que hacía años que no veía. ―Lor'themar Theron. ―La voz de la suma sacerdotisa Aurora Clamacielos era comedida y en absoluto hostil―. Debo admitir que me sorprende verte aquí. ―Tienes agallas ―dijo con crueldad Renthar Lanzalcón― para dejarte ver por aquí. Podría hacer que una docena de arqueros te convirtiesen en un acerico. Las palabras le dolieron, aunque las esperaba. Cerró el ojo bueno y lo volvió a abrir despacio. ―Tengo noticias ―añadió sin más― que debéis conocer. ―¿No podías haber mandado una carta? ―dijo Renthar con desdén. ―¿La habrías leído?― respondió Lor'themar. Y el pequeño movimiento en la comisura del labio de Aurora y el ceño profundamente fruncido de Renthar le respondieron aquello que ya sabía. No la habría leído―. No he venido hasta aquí por algo trivial ―dijo finalmente―. ¿Escucharéis al menos lo que tengo que decir? Renthar y Aurora lo miraron sin decir palabra. Luego se dieron la vuelta y regresaron al refugio. Lor'themar los siguió, percatándose dolido de las miradas fijas de los elfos nobles. Las avanzadas de los errantes en los Reinos del Este nunca habían sido fastuosas, pero la austeridad de Quel'Lithien daba que pensar. Algunas paredes estaban profundamente marcadas por algún tipo de filo y las manchas oscuras del suelo eran seguramente de sangre. Sin embargo, los elfos se enorgullecían del cuidado del refugio; las cortinas, aunque gastadas, estaban cuidadosamente remendadas con puntadas uniformes. El antiguo mapa del este de Lordaeron que estaba clavado en la pared tenía muchas anotaciones en una letra elegante y no había ni una sola mancha de tinta en el amarillento pergamino. Lor'themar sintió una pequeña punzada en su interior al ver todo aquello, como si hubiera redescubierto una carta olvidada de un antiguo amor. Él había vivido como un errante en un pasado que parecía ahora tan lejano que podía ser solo un sueño. ―Por aquí ―dijo Renthar, señalando con el pulgar una pequeña sala cuya puerta abrió de un empujón―. Cierra al entrar ―le dijo a Lor'themar sin mirar atrás. Lor'themar se sentó frente a Aurora. Renthar apartó varios restos de armadura de cuero ensangrentada de la estrecha mesa antes de sentarse con ella. La forma en que lo observaban, como jueces de un tribunal, casi hizo sonreír a Lor'themar. ―Decías que tenías algo que decir. ―La voz de Renthar rompió el silencio―. Dilo. ―Hace varias semanas volvieron con nosotros varios efectivos de las fuerzas Furia del Sol. Renthar y Aurora miraron incrédulos. Lor'themar experimentó cierta satisfacción. ―Por La Fuente del Sol ―dijo Aurora suavemente―. He de reconocer que no lo esperaba. ―Entonces ―los ojos de Renthar brillaron de forma extraña y a Lor'themar casi le recordó a Rommath―, ¿estás aquí por orden del príncipe para ofrecernos una disculpa oficial? ―Podría ser ―respondió Lor'themar―, si estuviese vivo. Si los elfos nobles que tenía delante habían parecido conmocionados anteriormente, esa conmoción palidecía en comparación con la que expresaban sus rostros en ese momento. El color se había esfumado de sus rostros. ―Explícate, maldita sea ―exigió Renthar. Lor'themar respiró hondo y empezó a narrar los eventos del pasado reciente. No había previsto lo doloroso que resultaría contar la historia, especialmente a dos seres que lo despreciaban profundamente. Escupió las palabras una a una, a veces a la fuerza. Tuvo que realizar un verdadero esfuerzo para hacérselas llegar. Cuando por fin terminó su relato, parpadeó como si despertase. ―La Fuente del Sol nos ha sido devuelta ―dijo Aurora. Volvió la vista hacia la ventana. ―Sí ―replicó Lor'themar. El silencio exánime y absoluto de las Tierras de la Peste los envolvió. Lor'themar inclinó la cabeza, reviviendo su propio momento de comprensión cuando el fragor de la batalla en Quel'Danas se apagó por completo y La Fuente del Sol volvió a brillar majestuosa y digna. La observó con la misma expresión paralizada que ahora veía en las caras de Renthar y Aurora, pero no halló júbilo en su brillo. Nunca imaginó que el precio de su recuperación fuese demasiado alto. La voz de Aurora lo sobresaltó. ―Me preguntaba por qué las punzadas de la adicción se habían calmado tanto últimamente. No he necesitado... ayuda... para soportarlas. ―La magia de La Fuente del Sol ha cambiado ―dijo Lor'themar―. Algunos necesitarán tiempo para adaptarse. ―Algunos, sí. ―Aurora alzó la mano y pareció coger algo que Lor'themar no podía ver, y lo retorció entre los dedos como si se tratase de una larga cinta―. Soy sacerdotisa de la Luz. Conozco esta magia. ―Fue un gran don ―se escuchó decir a sí mismo Lor'themar. Aurora lo miró de reojo y este comprendió que su falta de convicción no había pasado desapercibida. ―Si el príncipe está muerto ―dijo Renthar―, ¿qué será de la corona de Quel'Thalas? ―El propio Kael'thas decretó que Anasterian siempre sería el último rey de Quel'Thalas. Nadie ha reclamado la corona. Renthar entornó los ojos. ―¿Y si alguien la reclamase? ―No hay nadie con vida que tenga derecho a ella. Renthar lo miró directamente. Lor'themar le devolvió la mirada con la misma ferocidad. Renthar Lanzalcón podía dudar de él en todo, excepto en esto. Aurora habló de nuevo. ―Supongo que esto es lo que viniste a contarnos. ―Sí ―respondió Lor'themar. ―Entonces puedes marcharte cuando quieras ―dijo Renthar. Lor'themar cerró el ojo. ―Hay algo más. ―Esto sería lo más duro. ―¿Ah, sí? ―dijo Renthar con voz monótona―. ¿Bien? ―Como los Furia de Sol ha vuelto a nosotros ―empezó Lor'themar―, y nuestra posición en las Tierras Fantasma es más... segura... la situación de los errantes es algo menos precaria. Por lo que ellos, yo, os enviaré suministros regularmente. Lor'themar ya se estaba acostumbrado a las burlas de aquellos a los que no podía complacer, por lo que no esperaba que la risa de Renthar se le clavase como un aguijón. Incluso el rostro de Aurora, tan contenido y sereno normalmente, enrojeció con evidente desdén. ―Llevamos cinco años pudriéndonos aquí. Nos expulsaron de nuestros hogares por orden tuya por negarnos a succionar la magia de los seres vivos, como vampiros. ―Renthar se levantó del asiento y se inclinó sobre la mesa, estremecido de ira―. ¿Y ahora nos quieres ofrecer ayuda? ¿Ahora vienes, después de todo lo que hemos pasado? ¿Después de lo que nos hizo la Horda en nombre de ese bastardo humano que se hacía llamar forestal? ¿Acaso crees que estoy ciego, Lor'themar? Debería matarte. ¡Debería matarte y enviarle tu cabeza a Sylvanas! A pesar de la violenta reacción de Renthar, Lor'themar se fijó en una sola palabra: forestal. Y no uno cualquiera, uno humano. Lor'themar solo sabía de la existencia de uno. ―Pensé ―empezó a decir despacio―, que Nathanos Marris no sobrevivió a la Peste. Tanto Aurora como Renthar se volvieron despacio hacia él, con expresión fría como figuras de marfil. Por primera vez desde que comenzó esta confrontación, Lor'themar sintió el martilleo de su corazón en los oídos y un nudo en la garganta que le impedía tragar con normalidad. Aurora habló primero. ―Así fue ―dijo. Lor'themar miró fijamente a Aurora. Algo flotaba en el ambiente, como una sombra que acechaba por los rincones de la habitación; descubriría de qué se trataba antes de irse. ―No se convirtió en un miembro de la Peste ―dijo ella. ―Sylvanas siempre sintió un extraño orgullo hacia él ―musitó Renthar, mirando hacia otro lado―. No sería tan sorprendente que lo llamase a su servicio antes de que Arthas dominase su voluntad. ―Venimos en nombre del campeón de la Reina alma en pena ―citó―. Eso dijeron al llegar: Tienes algo que le pertenece. ―Renthar volvió a girar el rostro hacia Lor'themar―. Teníamos una copia del registro que detallaba la admisión de Marris en los errantes. Se lo llevaron por la fuerza y mataron a todos los forestales que encontraron en su camino. La Horda, Lor'themar. Incluidos los Renegados. El pueblo de Sylvanas. Tus aliados. Lor'themar no podía hablar. No sabía si le temblaría la voz. ―En otro tiempo habría entregado mi vida gustoso a petición del general forestal. ―La voz de Renthar se llenó de una amargura insoportable―. Ya no somos su pueblo. Y tampoco el tuyo. ―Renthar ―comenzó Lor'themar―, a pesar de todas nuestras diferencias, sabes que yo no he... Renthar se echó a reír, y lo interrumpió. ―¿Nos envías a este destierro olvidado porque te suponemos un estorbo, y te permites el lujo de escandalizarte ante nuestro sufrimiento? No hay insultos lo bastante envenenados para describirte, Lor'themar. Yo sé de quién provienen las tropas de Tranquillien, Señor regente. Me pregunto a cuántos de tus forestales sin'dorei habrán matado delante de tus propias narices. Enfréntate a la situación como quieras. Yo solo espero que tengas tu merecido. ―Ahora vete ―dijo con calma―. Envía suministros si quieres. Te enviaré los corazones de los que los traigan, envueltos en sus propios tabardos. Lor'themar se puso en pie y se giró para marcharse. Lo habían sorprendido con la guardia bajada y los muros que lo rodeaban ya no garantizaban solidez. Vio a Aurora ponerse en pie y mirarlo, con la barbilla alta y desafiante. Ni ella ni Renthar dijeron nada más y parecía que la simple fuerza de su odio lo empujaba fuera de la habitación. No tenía motivos para enfrentarse a ellos. Podía, tal vez, ofrecer la otra mejilla como penitencia, pero se habrían limitado a escupirle y sinceramente no encontraba podía reprochárselo. Si en algún momento tuvo alguna esperanza de expiación, y tal vez fuera así, la desolación de las Tierras de la Peste habían acabado con ella, como ocurría con todo lo que vivía y soñaba. Esos puentes habían ardido hacía mucho tiempo, y fue él mismo quien prendió la llama. Sus tres guardias esperaban sentados en la sala de la entrada, rodeados de forestales quel'dorei con flechas cargadas en los arcos. Salió directamente fuera y sus forestales lo siguieron. En el patio, un explorador Quel'Lithien sostenía las riendas de sus halcones zancudos y otro llevaba sus armas. Lor'themar cogió sus pertenencias, subió a su montura y volvió al lugar donde Renthar y Aurora seguían mirando. Sintió el impulso de decir algo, lo que fuera, para intentar tender un puente sobre el abismo que los separaba, pero todas las palabras que intentó decir se marchitaron y se convirtieron en polvo en su boca. Dio la vuelta a su halcón zancudo y no miró atrás. * * * * * Horas después, mientras subían por el Desfiladero Thalassiano, comenzó a nevar. Atravesaron las puertas que delimitaban la frontera sur de Quel'Thalas con apenas una mirada. Antaño, sus arcos se alzaban, blancos y dorados, de tal modo que parecían saltar desde las propias rocas y caer en cascada al suelo con destellos de tonalidades marmóreas y ambarinas. Arthas los había reducido a ruinas, como todo lo que tocaba. Los oscuros estandartes de la Peste aún colgaban de lo alto de las murallas, desde donde se agitaban y crujían con el viento de la montaña. ―Lord Theron ―dijo un miembro de la escolta―, deberías usar la capa con este tiempo. Lor'themar no respondió. No podía sentirse más helado de lo que ya estaba. Los copos de nieve le caían sobre la cara y resbalaban por su piel desnuda. * * * * * Halduron y Rommath esperaban el regreso de Lor'themar en Lunargenta. También Aethas, para mayor escarnio de Lor'themar. Cuando Halduron lo miró y dijo: ―¿Y bien? Lor'themar negó con la cabeza. Halduron alzó las cejas como preguntando: ¿Qué esperabas? Rommath no lo vio. ―¿Cómo reaccionaron ante tu presencia? ―preguntó Aethas. Lor'themar se volvió para mirarlo. ―Hace cinco años los eché de los hogares que habían defendido con la misma valentía que la que demuestran hoy en Quel'Thalas ―respondió―. ¿Cómo crees que reaccionaron? Aethas se encogió apenado. ―Vereesa Brisaveloz está casada con el nuevo líder del Kirin Tor. Yo no le gusto ni tampoco aquellos a los que represento. Esperaba que… como eres un forestal… ―Aethas se encogió de hombros―. Pensé que nos serías de ayuda para cerrar esa brecha. Supongo que me equivoqué. Lor'themar puso gesto de desagrado al oír el nombre de Vereesa. ―Supones bien ―dijo. * * * * * Esa tarde, narró a Halduron los detalles de su viaje a Quel'Lithien entre sorbos de vino de Canción Eterna. ―Estaba claro que te tratarían con desprecio. Eso lo sabías de sobra ―le recriminó su general forestal―. La verdad, no sé por qué te molestaste en ir. ―Tú habrías hecho lo mismo ―respondió Lor'themar, y Halduron frunció el ceño. ―Me conoces demasiado bien ―dijo finalmente. Se recostó en su silla y miró por la ventana. ―No sabían nada de La Fuente del Sol ―dijo Lor'themar―. Hice lo correcto al ir. ―¿A quién intentas convencer aquí? ―preguntó Halduron confundido. ―Halduron ―dijo Lor'themar rápidamente―, ¿recuerdas a Nathanos Marris? ―Claro ―dijo mientras fruncía el ceño―, ¿por qué? ―Aurora me dijo que lo convirtieron en no muerto ―respondió Lor'themar―. Sylvanas lo llamó a su servicio. Se le conoce como el campeón de la Reina alma en pena. Halduron se recostó en su silla, se balanceó sobre las patas traseras y colocó las palmas bajo su cabeza. ―Tiene gracia ―dijo―. Sylvanas siempre lo consideró un campeón. Kae..., ejem, algunos no estaban dispuestos a aceptar a un montón de humanos en los errantes. Incluido yo. ―Los forestales de Quel'Lithien fueron atacados por un grupo de la Horda bajo las órdenes del campeón de la Reina alma en pena ―dijo al fin Lor'themar. Apuró el contenido de su copa y la dejó en la mesa―. Mataron a muchos. Halduron posó de nuevo las patas delanteras de su silla con estruendo. ―¿Por qué querría atacar Quel'Lithien? Lor'themar se encogió de hombros. ―En Quel'Lithien tenían una copia del registro thalassiano en el que Sylvanas daba su autorización final para admitirlo en los errantes. Al parecer lo querían. ―¿Y por eso manda a sus subordinados a atacarlos? ¿Por un libro? ―La voz de Halduron rezumaba escepticismo. ―Eso es lo que me dijeron. ―¿Estás seguro de que no mentían? ―Lo pensé ―admitió Lor'themar―, pero Renthar Lanzalcón siempre ha tenido principios muy sólidos. ―Y no me imagino a Aurora actuando de forma deshonesta ni un solo día de su vida ―añadió Halduron. Y suspiró profundamente―. ¿Crees que Sylvanas lo sabe? Lor'themar negó con la cabeza. ―No lo sé. ―¿Si lo supiese, crees que le importaría? Esa era la pregunta que temía Lor'themar. ―Tampoco lo sé. ¿Y si no le importa? ―Se cubrió la cara con las manos―. Eran sus forestales. ―Eran los tuyos cuando los mandaste al exilio ―dijo con calma Halduron. ―En realidad eran los tuyos―replicó Lor'themar. Se erizó de furia por un momento, pero luego sus hombros se relajaron. Las palabras de Renthar resonaron de manera fantasmal en su cabeza: ¿Nos envías a este destierro olvidado porque te suponemos un estorbo, y te permites el lujo de escandalizarte ante nuestro sufrimiento? ―Yo no quería verlos muertos ―dijo finalmente Lor'themar; avergonzado de escuchar el tono de disculpa en su voz―, pero no me podía permitir tener una nación dividida... El tacto de una mano pesada en su hombro le hizo alzar la cabeza. ―Lo sé ―dijo Halduron, poniéndole un vaso lleno delante―. Contrólate. ―Su tono era duro pero no cruel―. Siempre supimos que era un riesgo confiar en los Renegados. Pero ¿acaso algún otro se ofreció a luchar por Quel'Thalas? Lor'themar levantó el vaso. El sol de la tarde brilló a través de él y tiñó su contenido de un tono rojizo como el óxido, como los campos de las Tierras de la Peste.
  4. Loto Dorado - Sol Sangrante por Matt Burns Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDFDescarga el .ePUBDescarga el .MOBI Dezco agarraba con fuerza un mechón del cabello de su mujer mientras esperaba a que comenzase el ritual. El Santuario de las Dos Lunas se alzaba ominoso a su espalda, oscuro y silencioso en la noche. Incluso La Terraza Áurea de la ciudad montañosa, que normalmente era un hervidero, se encontraba en silencio. Dezco agradecía que así fuera. Él y su tribu de Cazador del Alba tenían la gran plataforma rocosa para ellos. No era momento para distracciones. Una ráfaga de aire cálido sopló sobre la terraza, provocando el crujido de las plumas de halcón de la llanura y los pequeños amuletos de madera que colgaban de los cuernos, las muñecas y el chaleco de cuero de Dezco. Observó decepcionado el boato del ceremonial. Si estuviera en su hogar, en Mulgore, llevaría puesto el atavío ceremonial adecuado. Pero aquí, en las lejanas y extrañas tierras de Pandaria, se veía obligado a conformarse con los recursos a su disposición. Leza lo comprendería, se dijo. A ella no le habría importado. Dezco se sacudió sus preocupaciones y observó las vistas que le brindaba la terraza, miró hacia abajo, más allá de las laderas bañadas por la luz de la luna y los frondosos bosques que vestían el Valle de la Flor Eterna. Incluso en plena noche, el lugar resultaba cautivador. "Un crisol para el cambio", lo había llamado Leza. "Un valle de brotes dorados lleno de paz y esperanza." Durante cuatro meses, soñó con el valle. Dezco y otros tauren también habían experimentado visiones de este lugar, pero a Leza se le presentaban con mayor claridad. Sin ella, la tribu nunca habría tenido éxito en su arduo periplo en busca de Pandaria y, desde allí, del valle escondido en lo más profundo del corazón del continente. La búsqueda había sido brutal. Las violentas tormentas destruyeron tres naves pobladas de miembros de la tribu de Dezco. Amigos. Familia. Cuando el último navío tomó tierra en las sofocantes y selváticas costas de Pandaria, se produjeron aún más muertes. El hecho de que Leza estuviese embarazada hacía que Dezco se preocupase cada vez más de la terrible situación. Entonces, su esposa contrajo una fiebre que, a pesar de los tremendos esfuerzos de la tribu, parecía incurable. A lo largo de todas las penurias, Leza siempre se mantuvo firme, como el rayo de esperanza que todo Cazador del Alba trataba de ser. "Aún es de noche", solía decir, "pero el amanecer está cerca. Lo percibo un poco más adelante". Cuando finalmente dio a luz, el esfuerzo resultó demasiado para su debilitado cuerpo. Murió semanas antes de que la tribu alcanzase el valle, pero con la firme certeza de que lo peor estaba a punto de terminar. Dezco recordaba aquel día con una claridad hiriente: el último grito agónico de su mujer mientras la fiebre drenaba la vida de sus venas, sus fallidos intentos por evitar su muerte y, más tarde, el humo y el fuego que se elevaban desde la pira funeraria... Una luz tenue comenzaba a desplazar la oscuridad y teñía el valle de sombras violetas y doradas. Era el momento anterior al alba, ese momento fugaz del día en que An'she, el sol, permanecía oculto, pero de algún modo un ligero destello de su luz conseguía desparramarse por el mundo. —Traed a los niños. —Dezco movió la mano, pero mantuvo la mirada fija al este. La prima de Leza, Nala, se acercó en silencio, llevaba en brazos a dos crías tauren. De sus diminutos cuernos colgaban plumas y abalorios ceremoniales. El primero se llamaba Cuerno Rojo y el segundo, Cirropezuña. Dezco le entregó a Nala el mechón de la melena de su esposa y tomó entre sus brazos a los últimos regalos que Leza le dejó. —¡Comenzad! —ordenó Dezco. Sin un atisbo de duda, doce tauren que se encontraban sentados detrás de él comenzaron a golpear con los puños unos pequeños tambores de cuero. El ritmo era rápido, como el del corazón de un guerrero al comienzo de una batalla. Mientras Nala trenzaba el mechón de Leza en la cabellera de Dezco, él se inclinó hacia sus hijos. —Observad con cuidado, pequeños —susurró. Eran demasiado pequeños para comprender lo que estaba ocurriendo, pero le pareció adecuado decírselo. Los cachorros bostezaron y observaron hacia delante con los ojos entornados. —Cada mañana An'she sangra —continuó Dezco—. Sacrifica parte de su luz para anunciarnos que el amanecer se acerca. Pero no lo hace solo. Los yeena'e le ayudan. Vuestra madre le ayuda. Ayer las lunas gemelas habían aparecido en el firmamento durante el día por primera vez desde la muerte de Leza, lo que indicaba que su espíritu se había reunido finalmente con los yeena'e: "heraldos del amanecer". Ahora se encontraba en buena compañía, junto a todos los demás grandes ancestros que habían muerto salvando vidas o, como era el caso de Leza, creándolas. El redoble de tambores se hizo más lento a medida que An'she asomaba sobre las intransitables montañas que coronaban el valle. La luz del sol brillaba sobre los campos de hierba dorada como la miel. Las áureas hojas crepitaban con la brisa en los altos árboles de marfil. Dezco había visto el amanecer en este lugar muchas veces, pero no dejaba de sorprenderle lo brillante que era la luz de An'she. Daba la sensación de que su mirada se fijaba por completo en el valle, y que el resto de tierras disfrutaba del reflejo de su luz. La belleza del lugar resultaba cruel en cierto sentido. Supuestamente, todo debería haber sido más fácil una vez que Dezco y su tribu alcanzasen el valle, pero no había sido así. La batalla era intensa. La política de la Horda se había convertido en un auténtico inconveniente. Docenas de refugiados de las tierras del norte, destrozadas por la guerra, llegaban al santuario en oleadas día y noche en busca de alimento, refugio y alivio del conflicto. Y después, hacía unos cuantos días, sus niños habían enfermado; lloraban y se negaban a comer. Dezco y Nala habían intentado averiguar qué enfermedad sufrían, pero sin éxito. Por la gracia de An'she, Cuerno Rojo y Cirropezuña parecían encontrarse bien esa mañana. Tal vez el ritual los curó de algún modo, pensó Dezco. —Mira. —Nala dio un paso al frente y señaló el valle. Dezco observó por encima de la barandilla de la terraza. Un grupo de siluetas avanzaba por uno de los transitados y polvorientos caminos que llevaban al santuario. Bajo la luz del amanecer, sus sombras se alargaban como brazos extendidos. —El Loto Dorado —dijo Dezco al reconocer a un miembro del grupo que era diferente a los demás. Los andares de Mokimo el Fuerte eran inconfundibles, incluso a lo lejos. Como el resto de la raza de los hozen, tenía unos brazos largos y musculosos que casi le arrastraban por el suelo al caminar. Dezco no era capaz de reconocer a los demás miembros del Loto, pero le sorprendía que tantos guardianes antiguos del valle se dirigieran al santuario. No solían alejarse de la Pagoda Dorada, su lugar de encuentro en el centro de la región. —¿Crees que tiene algo que ver con los rumores? —inquirió Nala con tono de preocupación. —Nunca confíes tu fe a los rumores —contestó Dezco. Él también había oído cosas: historias sobre los guardianes del valle que se reunían en secreto y visitaban varios lugares en la región con un objetivo desconocido. Como embajador entre el Loto y la tribu de Dezco, Mokimo podría haberles explicado lo que estaba ocurriendo, pero llevaba más de una semana fuera del santuario. A pesar de todo, Dezco no veía motivo alguno para preocuparse. El Loto era una orden muy misteriosa, sí, pero también eran aliados de plena confianza. —Sí, lo sé. —Nala asintió con la cabeza suavemente—. Pero estoy más preocupada por los pequeños. Aún no sabemos si se han recuperado de la enfermedad. Es posible que los visitantes hagan que empeoren. Acarició la mejilla de Cuerno Rojo. Desde la muerte de Leza, su prima se había vuelto ferozmente protectora con los niños. Dezco sentía compasión por ella. Tan lejos del hogar, los niños eran prácticamente su única familia. —Llévalos dentro mientras el Loto esté aquí —dijo Dezco, y añadió— después de la ceremonia. Entonces, le dio la espalda al sol naciente. Comenzaron a oírse los ecos del estruendo de pisadas y de voces en la terraza a medida que los madrugadores comenzaron a surgir de los pasillos de las catacumbas del santuario. Los mercaderes gruñían mientras montaban sus destartalados puestos. Los refugiados se reunían y compartían alimentos. Orcos, elfos de sangre y otros miembros de la Horda que habían seguido a Dezco hasta el valle se mezclaban en la plataforma. Los tambores se detuvieron cuando An'she, en todo su esplendor, ascendió sobre las montañas. Por un momento, Dezco se sintió en paz. Tal vez este sería el día en que las penurias acabarían por fin, pensó con optimismo comedido. Es posible que el amanecer del que siempre hablaba Leza haya llegado finalmente. * * * * * Dezco ordenó que más guardias patrullaran la terraza y mantuvieran el orden para que todo estuviera listo para los visitantes. Hacía ya semanas que vivía en el santuario y que ejercía como líder de facto de la ciudad, y prácticamente a diario se veía obligado a encargarse de enfrentamientos y disputas que surgían entre los miembros de la Horda. Las trifulcas nunca eran asuntos serios, pero temía que el Loto comprobara lo caótico que podía llegar a ser el lugar. Habían acogido con los brazos abiertos a Dezco y a su pueblo aquí, una tierra que el Loto había protegido durante siglos. Era responsabilidad del tauren corresponder honorablemente a tal demostración de confianza. Tras quitarse los ropajes rituales y vestirse la armadura, Dezco reunió a cuatro guardias Cazadores del Alba y esperó a los miembros del Loto en una de las grandes escalinatas tortuosas que llevaban hasta la terraza. Dos estatuas doradas se alzaban a cada lado de los escalones. Las monstruosas figuras observaban con fiereza y apuntaban con sus puntiagudas lanzas hacia los escalones como para disuadir a todo el que se atreviese a subirlos. A Dezco le hervía la sangre solo con mirarlas. Eran mogu, una raza brutal que en otro tiempo dominaba el valle, y que empleó el poder del mismo para construir un imperio de odio y opresión. Dezco se había enfrentado a alguno de ellos en el pasado. Eran oponentes poderosos y despiadados, y no conocían el honor. Afortunadamente, hacía mucho tiempo ya de la caída de su imperio. Pero las cosas estaban cambiando. Un clan mogu, conocido como el Shao-Tien, había conseguido infiltrarse en el valle. Dezco había recibido multitud de informes sobre su creciente número. Mientras esperaba en la escalinata de la terraza, se preguntaba si la guerra entre el Shao-Tien y el Loto habría dado un giro. ¿Por qué otro motivo vendrían hasta el santuario tantos protectores del valle? La cuestión permaneció en su cabeza hasta que llegaron los visitantes. Dezco se alegró de haberse tomado la molestia de asegurar el orden en la terraza cuando vio a Zhi el Armonioso entre los protectores. Había pocas criaturas en Pandaria a las que respetase más que al sabio líder pandaren del Loto Dorado. —No interrumpimos nada, espero. Hemos oído tambores de camino aquí —dijo Zhi mientras Dezco guiaba a los miembros del Loto hacia la sombra del árbol buzao que se alzaba en el centro de la terraza. —En absoluto. Era un ritual en honor a mi esposa, pero acabó al amanecer. —Tu esposa, cierto. —Zhi inclinó la cabeza con gravedad—. ¿Todos los tauren honran a sus muertos de la misma forma? —Algunos. El ritual es antiguo. Estuvo a punto de perderse en el desuso hasta que los Caminasol lo recuperaron. La ceremonia encaja bien con nuestras creencias. —Interesante. —Zhi se mesó la barba canosa y trenzada—. Me gustaría preguntarte un sinfín de cosas sobre tu orden. Encuentro gran cantidad de similitudes con el Loto. Cuando se calme la situación en el valle, tenemos que hablar. —Me encantaría —dijo Dezco mientras observaba al resto de miembros del Loto que se encontraban cerca. El tauren había conocido a varios de ellos a su llegada al valle, pero tan solo fugazmente. Uno de los rostros familiares era el de Weng el Indulgente, un pandaren regordete y amable, y una presencia habitual en el santuario. Y también estaba Mokimo. El inmenso hozen llevaba una recia armadura con piezas de madera y hierro. Llevaba la melena recogida hacia atrás en una pequeña coleta. Mechones de pelaje blanco y plateado enmarcaban su rostro largo y lampiño decorado con pintura verde. Mokimo observó furtivamente toda la terraza y después, como solía hacer de vez en cuando, soltó una sarta de palabras incomprensibles en su lengua materna. —¿Nada de cachorros? —inquirió finalmente el hozen en un idioma que Dezco comprendía. —Me temo que necesitan descansar. Llevan despiertos desde antes del alba. —Comprendo. —La blanca cola de Mokimo cayó mostrando su decepción. —Tal vez más tarde. —Dezco le dio una palmada cordial al hozen en la espalda, pero se alegraba de que sus hijos estuvieran en el interior del santuario con Nala. Su enfermedad había vuelto a manifestarse tras el ceremonial yeena'e, lo que preocupaba enormemente a Dezco. Pero además de eso, siempre que Mokimo estaba cerca de sus hijos sentía que el desastre se avecinaba sin remedio. Los hozen eran una raza inquieta, con tendencia a la espontaneidad y a las travesuras. A pesar de que Mokimo hablaba y se comportaba de forma mucho más similar a los pandaren que a los miembros de su propia especie, los críos sacaban al hozen que llevaba dentro. —Por la forma en que Mokimo habla de ellos, uno creería que se trata de sus propios cachorros. —Zhi se rió entre dientes—. Pero he estado pensando en ellos. ¿Están sanos? —Bueno... —dijo el tauren antes de detenerse. No quería preocupar a Zhi con la enfermedad, especialmente porque no estaba seguro de su gravedad—. Crecen rápido, como debe ser. —Ya veo. —Zhi pareció reflexionar profundamente por un momento. Meneó la cabeza como para eliminar sus pensamientos y miró a Dezco—. Será mejor que nos pongamos manos a la obra. Sé que estás ocupado aquí. No quiero alejarte de tus obligaciones por más tiempo. Zhi se dirigió hacia los miembros del Loto que estaban esperando. Y estos entraron en acción. Unos cuantos se apresuraron hasta un grupo de refugiados cerca de la entrada del santuario. Los demás abrieron las cerraduras de un gran baúl de madera que habían traído. —Si puedo ser de ayuda de algún modo, decídmelo, por favor —dijo Dezco mientras sentía que su curiosidad iba en aumento. —Ojalá pudieras. Pero la verdad es que hemos venido aquí por orden de los Celestiales. Dezco trató de ocultar su sorpresa. ¿Los Celestiales les habían enviado aquí? Zhi le dijo una vez que los cuatro grandes espíritus protegían Pandaria desde tiempos inmemoriales. Eran similares a los dioses, por lo que Dezco tenía entendido. Fueron los Celestiales los que abrieron el valle a los extranjeros hacía poco tiempo, porque creían que criaturas como Dezco y sus tauren podrían ayudar al Loto a defender la región. —Como ya sabes —continuó Zhi—, el valle es grande, y en el Loto somos pocos miembros. Y ahora, con la invasión de los Shao-Tien, temo que nuestras filas disminuyan aún más. Hemos venido en busca de nuevos miembros. —Habrá miembros de la Horda que se sentirán honrados de unirse a vosotros —afirmó Dezco. —Me temo que no es tan sencillo. Los Celestiales nos guían en esta tarea; nos dicen exactamente a quién debemos buscar... Al menos hasta el momento. Los grandes espíritus están muy turbados. Sus mensajes se han vuelto confusos. Recientemente, los Celestiales me dijeron que había un guardián digno aquí mismo, en el valle. En el pasado, nuestra orden siempre ha salido al exterior en busca de guardianes nuevos. Después comprendí por qué nos enviaron aquí los espíritus: esta tierra es ahora el hogar de gentes de todas partes. —¡Maestro Zhi! —llamó Weng desde el otro lado de la terraza—. ¡Estamos listos! Al lado de Weng, habían alzado un gong plateado, tallado con símbolos que representaban a los cuatro Celestiales: Niuzao, el Buey Negro; Yu'lon, el Dragón de Jade; Xuen, el Tigre Blanco, y Chi-Ji, la Grulla Roja. Un puñado de refugiados pandaren se habían agolpado delante del gong. —¡Un momento! —respondió Zhi, y se giró de nuevo hacia Dezco—. Lo único que nosotros hacemos es realizar una sencilla prueba. Será rápido. Hablaré contigo al terminar. —Yo... —comenzó Dezco, pero Zhi ya se había alejado y caminaba hacia el gong. El tauren lo observó decepcionado. Tenía la esperanza de que el Loto le necesitase para algo, le solicitara ayuda. La Horda ayudaba en la guerra, pero Dezco se sentía personalmente cada vez más inútil. Se pasaba prácticamente todo el tiempo vigilando el santuario. Mokimo se acercó a Dezco a grandes zancadas cuando Zhi comenzó a dirigirse a los refugiados. —Espero que funcione —dijo el hozen, mientras se frotaba nervioso las manos—. Hemos recorrido hasta el último recoveco del valle esta última semana. Ya ni recuerdo a cuántos cachorros les hemos realizado la prueba. —¿Cachorros? —preguntó Dezco. De pronto se dio cuenta de que todos los refugiados que se agolpaban delante del gong llevaban un niño en sus brazos. —Siempre elegimos a nuestros miembros a una edad temprana. Cuando yo no era más que un crío, Zhi viajó hasta mi aldea en El Bosque de Jade para ofrecerme una nueva vida. Pero ahora tenemos que recurrir a otros medios para encontrar nuevos miembros. Hace tres días tocamos el Gong cantor. Lanza una llamada a todas las crías que tengan algún tipo de vínculo con los Celestiales. O al menos eso es lo que afirman las antiguas escrituras. Nunca se había realizado esta prueba hasta ahora. —Hace tres días... —dijo Dezco, más para sus adentros. Trató de recordar cuándo enfermaron Cuerno Rojo y Cirropezuña. Le parecía que fue hacía tres días. ¿O fue antes? No era capaz de recordarlo con certeza. —¿Qué ocurre cuando suena el gong? —le preguntó a Mokimo. —No lo sé. En realidad nadie lo sabe. Supongo que la cría se sentirá molesta. Algo similar a una enfermedad. El objetivo es demostrar qué cachorros tienen potencial. Al hacer sonar el gong una segunda vez se pretende calmar al cachorro en cuestión y, de este modo, se confirma si es uno de los elegidos. Tras esto, recibiríamos algún tipo de señal de los Celestiales. El pulso de Dezco se aceleró. Le corrían gotas de sudor por el hocico. Una enfermedad... Un miembro del Loto le entregó a Zhi una marra de hierro. El anciano la agarró y golpeó el gong. El disco plateado vibró y se balanceó hacia delante, pero no sonó nada. Al menos nada que Dezco o el resto fueran capaces de escuchar. Ninguna de las parejas de pandaren, ni sus cachorros, reaccionaron. No hubo ninguna señal de los Celestiales. —No ha ocurrido nada. —Dezco se llenó de alivio al pensar en sus cachorros. ¿Y por qué iba a pasarles algo a ellos? El Loto Dorado estaba compuesto por razas de Pandaria: jinyu, pandaren, hozen y otras razas que llevaban vinculadas a estas tierras durante milenios. Sus hijos eran tauren. Extranjeros. —Nada... —Mokimo bajó la cabeza. El resto de miembros del Loto miraban a su alrededor como buscando una explicación a lo que acababa de acontecer. Zhi giró la marra entre sus manos desolado. Dezco sintió una profunda tristeza por ellos. Los miembros de la orden habían vivido en paz durante tanto tiempo. Ahora, la guerra estaba a las puertas. Y ahora, los Celestiales que les habían guiado estaban... Alguien gritó entre la multitud. El gong se agitó con violencia. Las grietas comenzaron a extenderse desde el centro del disco como telas de araña. El artefacto plateado se hizo añicos en el suelo de la terraza. Una esfera de luz dorada y azul se elevó en el aire. Lentamente, se retorció y se extendió hasta formar una gigantesca grulla. La criatura estiró el pescuezo hacia delante y después agito su plumaje amarillo, rojo y blanco. —Chi-Ji —dijo Zhi, con aire calmado. Él y el resto de miembros del Loto se inclinaron al unísono. —La llamada ha sido respondida —dijo el avatar de la Grulla Roja con una voz estrepitosa y etérea. El Celestial, que duplicaba a Dezco en altura, observó a los cachorros pandaren uno por uno. —No está aquí —afirmó finalmente. La cabeza del Celestial se dirigió hacia arriba, hacia la fachada dorada del santuario que se elevaba en la ladera de la montaña. De pronto, atravesó la inmensa puerta de la ciudad. La muchedumbre se quedó inmóvil por un instante y después siguió apresurada a la Grulla Roja. Dezco avanzó con rapidez, con sus pensamientos fijos en Cuerno Rojo y Cirropezuña. Atravesó los pasillos abovedados del santuario, se dirigía al Reposo Estival a toda velocidad. Sabía que Nala habría llevado a sus pequeños a la posada que se encontraba en la parte oriental de la fortaleza. Chi-Ji también lo sabía. Dezco quedó horrorizado al comprobar que la Grulla Roja ya estaba allí, acechando sobre una de las particiones de madera y papel que delimitaban las "habitaciones" de la posada. Nala estaba dentro, en pie y en posición defensiva delante de dos pequeñas cunas. —Tú no eres la madre —dijo Chi-Ji con curiosidad. Dezco pasó por delante del Celestial y puso la mano sobre el hombro de Nala para calmarla. Cuerno Rojo y Cirropezuña levantaron la vista desde sus cunas. Sonreían por primera vez en varios días, estiraban los brazos hacia Chi-Ji. —Debe tratarse de un error. —Dezco tuvo que hacer uso de toda su fortaleza para que no le temblara la voz. —Tú eres el padre. —Los ojos del Celestial se clavaron en Dezco; ardían como soles gemelos, fieros e implacables. El tauren sintió la mirada de la Grulla Roja en su interior; buscaba entre sus pensamientos y sus recuerdos—. La madre ya no está. Murió en el parto. Pero al morir creó dos vidas. Chi-Ji inclinó la cabeza. —Los llamas Cuerno Rojo y Cirropezuña, pero esos no son sus verdaderos nombres. —¿Que no son sus verdaderos nombres? —Mokimo se abrió paso entre los refugiados, el Loto y la Horda que se acumulaban en la partición, ansiosos por observarlo todo. —No. Dezco miró a la Grulla Roja atónito. Cuerno Rojo y Cirropezuña eran los nombres infantiles de las crías, una extraña tradición de su tribu. Con el tiempo, recibirían sus verdaderos nombres: uno en honor a un buen amigo que muró en las selváticas costas de Pandaria, y el otro en honor a un nuevo amigo que había ayudado a su tribu. —No esperaba gemelos. —El avatar de Chi-Ji se giró hacia Zhi—. Tan solo uno tiene que servir al valle. —Comprendo —asintió Zhi. La calma que se dibujaba en el rostro del anciano se desvaneció. Dejando una expresión de genuina sorpresa. Miró a Dezco a los ojos—. Crías venidas de lejos... Pero nunca habría imaginado esto, amigo mío —dijo el líder del Loto—. Por supuesto que se me pasó por la cabeza, pero nunca como una posibilidad real. —Son mis hijos. —Dezco se esforzaba por comprender lo que estaba ocurriendo. Los acontecimientos se habían desarrollado con tal rapidez—. Lo que me pides es... —Que protejas aquello que viniste a proteger desde tan lejos —contestó la Grulla Roja—. Que honres el sueño de tu esposa. Que te sacrifiques por el valle, como hizo ella. Está bien que tengas dos. Uno ayudará al valle y el otro se quedará contigo. Solo queda una cosa por hacer: elegir. —El avatar de Chi-Ji comenzó a desvanecerse en el aire como si fuera humo. —¡Espera! —gritó Dezco. Pero no hubo respuesta alguna. La Grulla Roja desapareció. Los miembros del Loto aplaudieron para celebrarlo. Tras ellos, los refugiados trataban de acercarse a los niños. Sus rostros se difuminaban en un todo. Nala empujó a un pandaren que extendía los brazos hacia Cuerno Rojo, y lo lanzó contra el muro. Alguien le dio un buen golpe en la espalda a Dezco. Este se giró para defenderse y vio a Mokimo que le brindaba una amplia sonrisa. —¡Vaya día! —gritó el hozen para superar el estrépito de la multitud—. ¡Qué día tan glorioso el de hoy! * * * * * Elegir… La orden de Chi-Ji atormentaba a Dezco, le persiguió durante horas, como si se tratase de un espíritu inquieto. Para cuando su azaroso deambular le llevó al exterior de La Terraza Áurea, hacía ya bastante tiempo que An'she había desaparecido por el Oeste. Cuerno Rojo y Cirropezuña dormían tranquilamente en dos cestas, una a la espalda de Dezco y la otra en el pecho, las había fabricado él mismo cuando nacieron. Las cestas estaban conectadas por una cuerda que colgaba de sus hombros. El artilugio había sido de gran ayuda en sus viajes a lo largo de Pandaria, ya que le permitía mantener a sus crías cerca y al mismo tiempo estar preparado para blandir escudo y maza. Las tierras estaban tan plagadas de peligros que se negaba a separarse de sus hijos ni un solo instante. "De poco me sirven ahora mis armas", pensó mientras vigilaba la terraza. A una hora tan avanzada de la noche, la plataforma estaba prácticamente vacía. Unos cuantos orcos acuclillados bajo el árbol buzao afilaban sus espadas bajo la luz de un farol. Cerca de la puerta del santuario, algunos elfos de sangre enfundados en largas vestimentas discutían acaloradamente sobre las propiedades mágicas del valle. Normalmente, Dezco los habría saludado, pero esa noche pasó de largo sin intercambiar una sola palabra. —Una oportunidad de oro, eso es lo que es. —Escuchó decir a uno de los orcos entre susurros a sus camaradas—. Hay poder en el valle, ¿no? Por eso hemos venido. Bueno, la Alianza también está aquí. Ahora mismo estamos en igualdad de condiciones. Pero si tenemos un miembro de la Horda en el Loto... —No seas estúpido —respondió otro—. El cachorro dejaría de ser uno de los nuestros. La Horda no significaría nada para el crío. Mira a Mokimo. No actúa como ningún otro hozen. El Loto le arrebató su cultura, su identidad. Dezco se alejó de la conversación hasta que le resultó inaudible. Había escuchado esos argumentos cientos de veces. El día había pasado como un sueño. No, como una pesadilla. Tan solo recordaba algunos fragmentos: las felicitaciones del Loto Dorado y su posterior desaparición, tan rápida como su llegada. Reuniones interminables con otros miembros de la Horda para discutir lo ocurrido. Y el flujo constante de refugiados que querían ver a sus hijos, como si se hubieran convertido en objetos de veneración. Se alegraba de estar solo en ese momento. Había alcanzado el límite de su paciencia y había ordenado a sus consejeros, incluso a Nala, que le dejaran hacía ya horas. Dezco suspiró con frustración pensando en lo bien que había comenzado el día y en cómo había terminado por convertirse en una espiral de caos. Dezco apoyó su maza de cristal y su escudo dentado contra la barandilla de madera lacada al borde de la terraza. Al frente, podían verse luces de antorchas y hogueras esparcidas por todo el terreno. Cinco pozas sagradas brillaban con una espectral luz azul a lo lejos. Mokimo le había hablado de esas aguas a menudo. Eran el poder del valle: la sangre que le otorgaba vida. Tal vez Dezco y su pueblo habían sido atraídos hasta aquí para protegerlas o usarlas de algún modo. Había seis pozas en total, pero una de ellas estaba oculta a la vista, en el interior del Palacio Mogu'shan. Era capaz de apreciar vagamente la fachada de la colosal fortaleza, que en otro tiempo fue la sede del imperio mogu, tallada en las montañas orientales del valle. Siempre le pareció extraño que el Loto no derribara las estatuas y los edificios de los anteriores gobernantes del valle. Dejarlas en pie era darle un motivo a los mogu para volver. En una ocasión, compartió esa preocupación con Mokimo, pero este le respondió: "los mogu creían que el valle estaba a su servicio. El Loto cree que está al servicio del valle. Dejamos sus estatuas como recordatorio de la arrogancia y la vanidad". En aquel momento, Dezco quedó impresionado por la sabiduría de esas palabras, pero ahora le parecían vacías. Una excusa para la inacción. Si los Celestiales eran tan poderosos, ¿por qué no perseguían a los invasores mogu? Si el valle era un crisol para la esperanza y la paz, tal y como creía Leza, ¿por qué no se reunían las energías de la tierra para ayudar al Loto Dorado a acabar con esta guerra de una vez por todas? Dezco respiró pausada y profundamente. Demasiadas preguntas. Demasiadas incertidumbres. —Una noche hermosa, ¿verdad? —preguntó alguien. El tauren se giró hacia Mokimo, que se acercaba lentamente. —Has vuelto —dijo Dezco bruscamente. El hozen había desaparecido con el resto de los miembros del Loto tras la prueba, dejando al tauren solo a la hora de comprender los acontecimientos del día. Le daba la sensación de que Mokimo nunca estaba cuando le necesitaba. —Ahora mismo. —El hozen se inclinó sobre la barandilla que estaba al lado de Dezco—. Zhi me pidió que le acompañara. Nos reunimos con unos cuantos miembros de mi orden que regresaban de la batalla. Están entrando en el valle más Shao-Tien de los que esperábamos. Me alegro de que no estuvieras allí para ver a los defensores. Estaban al borde de la desesperación... Completamente atemorizados. —Lo lamento. —Dezco dejó a un lado su frustración ante la idea de nuevas victorias mogu. —Pero entonces les hablamos de la Grulla Roja y de tus cachorros... ¡Y cambiaron! ¡Pasaron en un instante del dolor a la alegría, de la desesperación a la esperanza! —Mokimo dio varios saltos con sus cortas y robustas patas. —No son más que niños —dijo Dezco—. No cambiarán nada en lo que respecta a la guerra. —En el Loto vivimos y morimos por el mañana. La Grulla Roja nos prometió un futuro. No hubiese venido hasta aquí si no pensase que necesitaremos una nueva generación de protectores. —Mokimo sacó una pequeña talla de madera de su túnica la colocó en la barandilla de enfrente de Dezco—. Toma. Perteneció a un miembro de mi orden. Murió ayer. No se me ocurre mejor manera de honrarle que entregártela a ti. Dezco observó el objeto: una elaboradísima talla de la Grulla Roja. El cuerpo de Chi-Ji, desde las patas hasta el pico, estaba rodeado de caracteres incomprensibles para él. No era más que un trozo de madera, pero le desconcertaba. —La inscripción dice: "el destino es como el aire, siempre cambiante. La vida es como las nubes, desaparece en un instante. El valle es como el cielo, eterno". Es un antiguo dicho de nuestra orden. Nos recuerda que incluso en los peores momentos, hay esperanza. Que nuestros esfuerzos continúan tras la muerte. Pensé que te gustaría. Siempre hablas de tu esposa y del amanecer que ella veía acercarse. —Mokimo, sabes que quiero ayudaros, pero yo... —comenzó a decir, pero se detuvo al observar la expresión de alegría del hozen. No se vio capaz de destrozar el sueño de Mokimo. Ni siquiera estaba seguro de que el protector lo comprendiera. El Loto no parecía tener ninguna duda de que Dezco elegiría. Era lo que esperaban. —No hace falta que hablemos de ello ahora —dijo Mokimo—. No debería estar aquí. Zhi me dijo que no hablara contigo hasta que tuvieses más tiempo para pensar y para elegir. Sólo quería darte el regalo. Quería hablar contigo —El hozen se alejó de la barandilla de la terraza—. Será mejor que me vaya. Me estarán buscando en la pagoda. Mokimo bajó apresuradamente las escaleras de la plataforma. Dezco cogió la talla de Chi-Ji de la barandilla. Elegir, la voz del Celestial resonaba en su cabeza. ¿Elegir qué? Le daban ganas de gritar en respuesta. Ahora el Loto consideraba a sus hijos como salvadores. Si se negase y permaneciese en el valle, sabía que él y sus hijos se convertirían en una maldición, en un recuerdo constante de un sueño roto. Dezco volvió a dejar la talla y sacó a Cuerno Rojo y Cirropezuña de las cestas. Los abrazó fuerte contra su pecho e imaginó su futuro: su aprendizaje de la filosofía de los Caminasol, ayudándole en sus rituales en honor a An'she y a la Madre Tierra, y escuchando el relato de la valentía de Leza ante la muerte. —Leza... —susurró Dezco, deseando que estuviera a su lado para ayudarle en este momento y preguntándose qué habría hecho ella. De pronto recordó algo que dijo su mujer justo antes de morir. "Amor mío... pase lo que pase... tienes que proteger a nuestro... hijo". No sabía que iba a dar a luz a gemelos. Para Dezco, eso hacía que su último deseo fuese aún más poderoso. Y su elección fue clara. —Lo haré —dijo con la mirada fija en sus hijos. —¡Nala! —llamó Dezco, y se giró. Supuso que estaría en los alrededores, entre las sombras. A pesar de que le hubiese mandado irse; la conocía demasiado bien como para no saber que le habría seguido. La prima de Leza emergió de detrás del árbol buzao. —Los miembros del Loto no lo entienden, ¿verdad? —No es culpa suya. —¿Qué debemos hacer? —preguntó Nala mientras se acercaba a la barandilla. —Nosotros... —contestó Dezco—. Te voy a dejar al cargo del santuario. —¿Qué? —Nala le miró boquiabierta, perpleja—. ¿Durante cuánto tiempo? Dezco miró la talla de Chi-Ji por última vez. —De forma permanente. * * * * * Estaba a punto de amanecer cuando Dezco salió del santuario con Cuerno Rojo y Cirropezuña en sus cestas. La despedida de Nala había estado bañada en lágrimas, pero al fin consiguió comprender su decisión. Era una Caminasol, y sabía que en todas las situaciones existía un único camino, una decisión correcta. ¿Acaso había un camino más claro que el de mantener a la familia a salvo? ¿Mantenerla unida? En realidad la preocupación de Nala brotaba de sus deseos de acompañar a Dezco y hacerse cargo de los niños, pero él la necesitaba en el santuario. No podía pensar en nadie más que fuese capaz de evitar que el lugar se desmoronase. Al igual que Leza, Nala siempre sabía cuándo ser firme y cuándo flexible. Era una líder nata. Aparte de eso, Dezco quería distanciarse de sus compañeros lo más posible. Esta era su elección, solamente suya. No sabía cómo reaccionaría el Loto Dorado, o lo que era más importante, la Grulla Roja. Lo último que deseaba era poner en peligro la posición de la Horda en el valle. Esta tierra, a pesar de los acontecimientos recientes, todavía significaba mucho para el futuro de su pueblo. Dezco se sentía avergonzado por abandonar a Mokimo a escondidas, pero no había otra opción. La separación radical, por más dolorosa que le resultase al tauren, era lo mejor. De ese modo el Loto podría continuar con sus vidas más fácilmente. El tauren avanzó a buen ritmo durante la mañana. Permaneció alejado de los caminos principales mientras avanzaba por las faldas de las montañas del norte. Calculaba que llegaría a la Puerta de los Augustos Celestiales, que llevaba al exterior del valle, antes que cayera la noche. Hacia el mediodía, se detuvo a los pies de una pequeña colina y dejó a los niños en el suelo. Sacó un odre de hierbas y leche de yak que Nala le había enseñado a preparar. Le aseguró que la bebida mantendría sanos a los niños hasta que llegase a Mulgore y encontrase a una tauren que los amamantase correctamente. De lo que no le advirtió es de lo mucho que las crías odiaban dicha bebida. Tras el primer sorbo, ambos comenzaron a llorar, y se negaron a beber más. —No está tan malo —gruñó Dezco y dio un trago a la mezcla. El sabor fuerte y amargo de la bebida le hizo toser de forma incontrolada. Los llantos de Cuerno Rojo y Cirropezuña se transformaron en risotadas. —No está bien faltarle el respeto a vuestros mayores de esa manera, pequeños —protestó Dezco en broma. Dezco estaba a punto de intentar alimentar a sus crías de nuevo cuando el suelo comenzó a temblar. Tres carretas tiradas por yaks resonaban desde lo alto de la colina, estaban sobrecargadas de pandaren. Los yaks resoplaban, y soltaban espumarajos de saliva. —¡Mogu! —gritó uno de los pasajeros cuando las carretas pasaron a la altura de Dezco—. ¡En la puerta! Imposible. Dezco se apresuró a coger las cestas de sus hijos. Ascendió la montaña despacio, con el escudo en alto. En la cima, sintió la caricia del viento, un viento preñado de humo y del olor de la batalla. A lo lejos podía vislumbrar la Puerta de los Augustos Celestiales. Las llamas se elevaban por todas partes. Un ejército de Shao-Tien de piel azul oscuro se agolpaba en la entrada del valle. Grupos de figuras con armaduras ligeras, el Loto Dorado, se dirigían a toda velocidad hacia los ejércitos mogu. El fuego de los cañones resonaba en todo el valle con la fuerza del trueno. Todo un grupo de defensores del Loto desaparecieron bajo un torrente de fuego y sangre. El resto de los miembros de la orden se batieron en retirada a toda prisa; los mogu les pisaban los talones y liquidaban a todo el que se retrasaba. Dezco los maldijo entre dientes. Le habían bloqueado el paso. Se volvió y bajó la colina, mientras ponderaba sus opciones. El tauren había oído hablar de otra puerta al oeste, pero no estaba seguro de si estaría abierta. Pero tal vez pudiera encontrar la forma de salir... un paso secreto en una montaña o algún túnel que conocieran los oriundos de la zona. Lo único de lo que estaba seguro era de que no podía volver al santuario. Ya no formaba parte de ese lugar, no ya no, ya había hecho su elección. "Mantente firme en tu elección. Sé fuerte", se dijo. Uno de los refugiados le estaba esperando a los pies de la colina. Era un viejo pandaren de barba larga y rala que descendía desde su mentón. —En esa dirección solo encontrarás muerte —aseveró. —Eso parece. ¿Hacia dónde os dirigís? —inquirió Dezco. —A Bruma Otoñal. Muchos de nosotros hemos perdido a nuestros familiares. Y hemos oído que es posible que algunos se encuentren allí. Yo estoy buscando a mis nietos. ¿Hacia dónde te dirige a ti el viento? Dezco meditó en lo poco que sabía sobre Aldea Bruma Otoñal. El pequeño campamento de refugiados se encontraba en la zona suroeste del valle. Desde allí, Dezco podría obtener información sobre la otra puerta. Y si ese acceso también estaba bloqueado, al menos el viaje le permitiría permanecer lejos del santuario durante un tiempo. Tal vez incluso el tiempo suficiente para que el Loto aniquilase a los Shao-Tien y retomase el control de la Puerta de los Augustos Celestiales. Si es que tenían la fortaleza suficiente para ello, dudó con cierta aprensión. —A Bruma Otoñal —dijo Dezco. * * * * * Dezco y los refugiados atravesaron la mitad oriental del valle, de modo que dejaron las montañas gemelas, situadas en el centro de la región, entre el frente mogu y su posición. La presencia de pandaren heridos y ancianos, hacía que el viaje se realizase a paso de tortuga, pero a Dezco no le importaba. Disfrutaba del tiempo que pasaba con sus hijos, se mantuvo al margen la mayor parte del camino. Su única preocupación era la de toparse con miembros del Loto, pero no vio ni rastro de la orden. Justo antes del anochecer del segundo día, la caravana alcanzó el extremo sur del valle y el paso de montaña que les llevaría hasta Aldea Bruma Otoñal. Las pozas sagradas brillaban bajo la huidiza luz del sol al sur, al este y al oeste. Tan cerca de las aguas, parecía que el aire resonaba con un extraño poder casi tangible. Dezco se encontraba observando las lejanas pozas cuando la caravana se detuvo. —¡Hay algo más adelante! —afirmó un grito que surgía de entre los refugiados que iban al frente. Dezco avanzó entre los demás viajeros desde el lugar en que se encontraba al final de la caravana, haciendo caso omiso al cansancio. Prácticamente no había dormido durante el viaje. Los refugiados tenían buen corazón, pero les faltaba entrenamiento militar. El tauren no confiaba en ellos lo suficiente como para dejar a sus hijos sin vigilancia ni siquiera unas horas por la noche. Un grupo de refugiados se reunió cerca de la primera carreta; estaban en plena discusión. A lo lejos, Dezco vio una gran hoguera que ardía al lado del acceso al paso, bloqueando el camino. —¿Tenéis idea de quién es? —preguntó a los pandaren que estaban reunidos. —Hemos enviado a alguien a averiguarlo —contestó un joven refugiado que vestía ropas raídas. Hizo un gesto con la mano al resto de refugiados de alrededor—. Algunos creen que se trata de mogu. Pero ellos no harían un fuego a la vista como ese.

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