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Retratos de Azeroth: Arthas

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Retratos de Azeroth: Arthas

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Matad a los Orcos, ¡Matadlos a todos!

- Arthas a sus hombres, cerca del campamento orco -

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Primeros años

La infancia de Arthas viene marcada por su condición social. Como único hijo del rey Terenas Menethil II, el pequeño Arthas era, además de un miembro de la realeza, el heredero al trono de Lordaeron, la nación humana más poderosa al norte del puente Thandol.

Como futuro rey, debía aprender a luchar, algo para lo que demostró no tener nada de talento. No obstante, tuvo la suerte de que Muradin Barbabronce se ofreció voluntariamente a instruirlo, después de observar al pequeño príncipe hacer el ridículo con la espada. De esta manera, aprendió las técnicas de lucha de los enanos, algo que le servirían más adelante.

De muy pequeño conoció a otros dos niños nobles que ejercieron de alguna manera influencia sobre él. Viniendo como un exiliado, llegó a Lordaeron el príncipe Varian, de la recién destruida Ventormenta. Varian era unos años más grande que Arthas, y, por el contrario, sí tenía talento para la lucha. Eso no fue impedimento para que ambos fueran amigos.

Arthas sentía lástima por Varian, porque había perdido a su padre y su reino; mucha más que la que le daban los pobres refugiados de Ventormenta, que también lo habían perdido todo. Varian no vino solo: la Horda orca siguió a los supervivientes hasta las fronteras de Lordaeron y empezó la Segunda Guerra. Desde ese momento, Terenas mantuvo mucha más vigilancia sobre su hijo y heredero.

El otro era una niña, la hija del Almirante Valiente: Jaina. Ya desde entonces ambos tenían algo más que una amistad, pero todavía eran muy pequeños. La pequeña Jaina iba a convertirse en una maga de Dalaran. Allí, ni Arthas ni su padre tenían autoridad alguna, no porque fuera un reino independiente, sino porque el título de rey no tenía ningún valor para los magos de esa ciudad. Así que una vez que Jaina penetrara sus muros, se separarían.

Arthas le prometió muchas cosas a Jaina y consiguió mantener relaciones con ella. Pero después prefirió que tomaran caminos separados, para qué cada uno pudiera centrarse en la tarea que tenía por delante. Así, aun cuando todo el reino sabía de la “curiosa” amistad de ambos y esperaba que ella fuera la futura reina con ilusión, Arthas prefirió apartarla temporalmente de su vida. Jaina no le guardo rencor.

Por último, mencionar a la criatura que más huella dejó en el pequeño príncipe, y que configuró sus actos del futuro. Hablamos de Invincible, su amado caballo. Jinete y animal compartían un vínculo muy especial y estaban muy unidos. Su muerte traumatizó al pequeño Arthas. Primero, porque fue culpa suya, algo que sabía; segundo, porque tuvo que matarlo con sus propias manos para que dejara de sufrir. Desde ese día, Arthas juró que protegería a cualquier precio a su gente; que algo así no volviera a ocurrirle.

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La amenaza del Clan Rocanegra

Terenas Menethil II prefirió que su hijo formara parte de la creciente Orden de la Mano de Planta antes de que se convirtiera en un simple guerrero como él. Muy amigo de Uther el Iluminado, líder de los paladines, le encargó su adiestramiento en las artes divinas. Así, Arthas se convierte en un paladín en potencia.

Años después, se une a su maestro en la defensa del reino. En Lordaeron existía un grupo de orcos del Clan Roca Negra que había evitado ser capturado. En lugar de esconderse, cómo había hecho prudentemente Drek’thar o Grommash, el Clan Roca Negra se dedicó a atacar los asentamientos humanos y secuestrar a todos los supervivientes, independientemente de su edad.

Arthas, siempre bajo las órdenes de su maestro Uther (a pesar de ser el Príncipe) fue encargado de defender la pequeña y desprotegida aldea de Stranbrand. Desgraciadamente, llegó demasiado tarde, algo que le trajo recuerdos de su caballo. Lo único que podía hacer ahora, e iba a hacer, era recuperar a todos los prisioneros que los orcos se habían llevado a su escondite.

Uther ya le estaba esperando en su pequeño destacamento, cercano a la base de los orcos. Viendo que los orcos se negaban a negociar, Arthas se enfureció; su maestro le advirtió que la ira y la venganza son contrarias a la filosofía de los Paladines y que seguirlas puede conllevar grandes peligros para todos. Pero Arthas no podía olvidar y simplemente fingió obedecer. Volvió a estallar en cólera al presenciar cómo los orcos sacrificaban a los humanos capturados, fracasando nuevamente en su intento de protegerlos. No dejó a ningún orco con vida.

El Iluminado ignoró los signos demoníacos que encontraron. Creyendo que una destrucción como la Segunda Guerra no iba a repetirse, dio el asunto por finalizado. La paz volvió a Lordaeron, por poco tiempo.

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El levantamiento de los muertos

Una de las preocupaciones que aparecieron en la Corte de Terenas fue una extraña epidemia que asolaba a las tierras norteñas de Lordaeron. De todas formas, lo que más preocupaba al rey eran los orcos y las deudas. Terenas ignoró las advertencias del desconocido profeta que se coló en su sala del trono y que presagiaban un oscuro futuro para la nación.

A pesar de todo, Terenas siempre fue un gran político. No prestar atención a las quejas de los nobles de la corte, con respecto al asunto de la epidemia, no era la decisión más prudente. Seguía sin ser su máxima preocupación, pero enviar a su hijo Arthas a lo que él consideraba algo secundario, daría a entender que la monarquía está realmente preocupada. A su vez, Antonidas envió a Jaina Valiente, temiendo que la naturaleza de la infección fuera mágica. Cómo siempre había predicado el sabio líder del Kirin Tor: <<la magia con magia se vence>>.

Pasó poco tiempo hasta que ambos encontraran a los primeros muertos vivientes, atacando a los pocos supervivientes de una aldea, tan desconcertados cómo ellos por la aparición de los esqueletos. La misión se había vuelto mucho más importante y peligrosa, aunque estaban lejos de adivinar lo que en realidad estaba sucediendo. El hallazgo de un almacén de grano vacío, destruido y, de alguna manera, enfermo, alarmó a todos. Si la enfermedad llegaba a infectar el alimento básico de la nación, sería imposible calcular la gravedad de los daños.

En las proximidades de Andorhal, hallaron al que parecía ser el causante de todo esto. Un nigromante, que declaró ser Kel’thuzad, antiguo mago del Kirin Tor y ex miembro del Consejo de los Seis de la ciudad. La hipótesis inicial fue pensar que él era el causante de todo y que su muerte pondría fin a toda esta locura. No obstante, el nigromante se escapó, camino a Andorhal. Nuevamente, eso eran terribles noticias: Andorhal era uno de los principales centros distribuidores de Lordaeron. Fácilmente esparciría la enfermedad por medio reino sin que se pudiera hacer nada para evitarlo.

Los fracasos se siguieron acumulando. No sólo llegaron demasiado tarde y encontraron la ciudad destruida y vacía de mercancías, enviadas antes de su llegada a sus destinos, sino que Kel’thuzad volvió a escaparse. Arthas ardía por dentro, estaba fallando en proteger a su pueblo. La muerte del nigromante a estas alturas no cambiaría el problema, pero tampoco se le podía dejar vivir. Las últimas palabras de Kel’thuzad no tuvieron efecto en el príncipe, centrado en su tarea. Solamente la revelación del cerebro detrás toda esta destrucción y su localización se quedaron en su mente.

En Stratholme encontraría al líder de los no-muertos. Se debía poner fin cuánto antes a su existencia y recuperar el control del reino. No podía permitir que otra ciudad fuera destruida. Poco a poco, la venganza se habría un lugar entre sus ideales de paladín y de heredero al trono. Estaba descendiendo en el camino oscuro sin que se diera cuenta.

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Con los no-muertos rechazados en Vega del Amparo y protegido el pueblo, no había más razón para seguir allí. No había tiempo para discutir con Uther si su precipitada defensa era o no acertada y qué debería haber hecho en su lugar; Mal'Ganis no iba a esperar. Así pues, el príncipe Arthas partió solo hacia Stratholme.

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La humanidad de Arthas

De camino a la ciudad más grande de la parte oriental del reino de Lordaeron, el príncipe Arthas encontró un extraño personaje. El mismo Profeta que había intentado advertir a su padre primero y Antonidas después, se encontraba ahora tratando de prevenirle a él. Huir a Kalimdor; abandonar Lordaeron. Para Arthas eso no era más que tonterías; había jurado jurar a su gente y eso es lo que iba a hacer, aunque le profetizara el fracaso.

Poco después de su llegada a Stratholme lo hacía Uther, acompañado por sus hombres y por Jaina Valiente. Arthas se alegró que su mentor y amigo se encontrara allí, hasta que vió que iba a sermonearle de nuevo. Antes que eso sucediera, Arthas desvió el tema, queriendo hablar de la verdadera amenaza de la enfermedad: convertía a los vivos en muertos vivientes. Entonces, se dio cuenta: los ciudadados de Stratholme ya había comido el grano contaminado; ya estaban infectados. Había vuelto a llegar demasiado tarde.

Nada se podía hacer para salvarles, Arthas lo sabía. Pero lo peor es que atacarían e infectarían a las poblaciones cercanas. No, debían ser detenidos ahí; ningún habitante de Stratholme podía salir de la ciudad bajo ninguna circunstancia. Y dado que pronto serían muertos vivientes, sería mejor si morían antes que eso; sí, en ese caso les estaba haciendo un favor. Todos debían morir; había que purgar la ciudad.

Jaina y Uther no podían creer lo que Arthas acababa de decir. ¿Matar a los ciudadanos? Debía haber otro modo. Esto iba en contra de las enseñanzas de la Luz que tanto predicaba Uther. Jaina, por su parte, tampoco podía imaginarse esa situación; intentó detenerle, le prometió que en Dalaran encontrarían un modo de combatir la enfermedad: era magia después de todo, solo debían encontrar un conjuro que lo rechazara. Pero no, no había tiempo. En cualquier momento esos inocentes habitantes de Stratholme se convertirian en zombies y matarían a cualquier no infectado que se encontraran. Y puesto que no los podía diferenciar, Arthas no se arriesgaría a intentarlo.

Uther se opuso totalmente a seguir con ese plan y Arthas simplemente lo apartó, junto con todo aquél que no pensara ayudarle a salvar Lordaeron. Entonces, ocurrió algo que no se esperaba: Jaina se alejó de él; no quería presenciar la matanza y se marchaba. Lo abandonaba. Uther también se había puesto en su contra, estaba solo en esto. Pero daba igual, él se encargaría de proteger Lordaeron.

Arthas cruzó una línea sin retorno, tal y como le advirtió su mentor. No disfrutó quitando las vidas de sus ciudadanos, que no entendían qué estaba pasando, pero tampoco tenía otra opción: estaba haciendo lo mejor para el reino. Y, sin embargo, Mal'Ganis escapó. Aunque huyó de Lordaeron, Arthas no iba a dejarlo estar. Su deseo de protección había muerto y ese día la venganza ocupó su mente por completo: vengarse por lo que había hecho y por lo que le había obligado a hacer a él. Haciendo uso de su posición como príncipe, reunió una de las flotas del reino y partió con un gran ejército hacia las heladas tierras de Rasganorte.

Ese día marcó un antes y un después para el heredero de Lordaeron. Hay quien dice que fue el principio del fin de su humanidad. En cierto modo, después de aquello, la Luz empezó a debilitarse por momentos en su interior. La mejor prueba visible era su arma: el martillo brillaba con menos intensidad que antes; una singularidad que no iba a detenerle.

La Agonía de Escarcha, ladrona de almas

Rasganorte era un continente hostil, poco conocido por los humanos y lleno de amenazas. Además, la Plaga sabía que iban. Fue una gran sorpresa encontrar a Muradin barbabronce y a un grupo de enanos no lejos de la costa. El primer mentor de Arthas se encontraba allí para encontrar una legendaria espada de gran poder, pero los muertos vivientes se lo estaban poniendo difícil; se había separado del grupo principal y habría muerto si Arthas no llega a aparecer.

Junto con la expedición de los enanos, fue fácil derrotar el ejército de no-muertos que defendían el lugar. Para demostrar que iba enserio, Arthas mandó trasladar el centro de operaciones, la base principal, al antiguo emplazamiento de la Plaga, más tierra adentro. Dejó a los hombres trabajando y partió momentáneamente con Muradin, sin temer que nada pudiera ocurrir en su ausencia.

A su regreso, encontró la base diferente: la gente no estaba haciendo lo que se esperaba que hiciera en esa situación. Ciertamente, los hombres habían recibido nuevas ordenes, de alguien con un rango superior al príncipe. Y es que su padre, el Rey, había ordenado que el ejército regresara a Lordaeron sin demora. Si el ejercito le abandonaba, Arthas sabía que sería incapaz de reclamar su venganza. No podían irse, pero tampoco tenía la autoridad para obligarles a quedarse. Pero si que podía destruir los barcos, sin los cuales nadie sería capaz de salir de allí.

Fue una carrera a contrarreloj, en contra de sus propios soldados, para llegar a las embarcaciones antes que ellos y quemarlas totalmente. Esto no habría sido posible sin la ayuda de un grupo de mercenarios que contrató, unos que acusó después de ser los culpables y dejó que los mataran sin decir nada. Muradin no entendía las acciones de Arthas; no era el mismo chico que recordaba y sus intentos de dialogar con él fracasaban constantemente. Pero le había prometido ayudarle hasta el final y pensaba cumplir su promesa.

Fue entonces cuándo apareció finalmente Mal'Ganis, descubriéndose de su escondite. Claramente no vino solo: un gran ejército de muertos vivientes rodeó por completo el campamento humano y solo esperaba una orden para atacar en massa y matarlos a todos. Nadie sobreviviria. En ese momento Arthas se acordó de la legendaria espada que había mencionado el enano en su primer encuentro; si era tan poderosa como suponía Muradin, podría ser su salvación. Dejó a sus capitanes al mando del campamento y partió en su búsqueda.

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Las notas de Muradin fueron muy útiles para localizar la cueva dónde se decía que estaba la espada. Lo que no aparecía en los documentos es que un guardian poderoso estaba resguardando la entrada. Tuvieron que lidiar con ese obstáculo antes de poder accerder, no sin que antes el derrotado espíritu guardián le advirtiera que en realidad los estaba protegiendo a ellos de la espada. Y ahí estaba, la Agonía de Escarcha, el arma que iba a salvarlos a todos de un destino peor que la muerte.

Nuevamente, Arthas ignoró los sabios consejos de su amigo Muradin, quien ya no le decía nada, más bien le suplicaba que olvidara la espada, pues estaba maldita, y que volviera a Lordaeron tal y como su padre había ordenado. Tendría su venganza, Mal'Ganis moriría; nadie se lo iba a impedir, ni aunque fuera un aliado. El estallido del hielo que cubría la espalda hirió gravemente a Muradin y Arthas pareció volver en sí. Se apresuró a sanar a su viejo amigo, invocó la Luz y, sorprendentemente, esta respondió; le sanaría, no dejaría que muriera por su culpa.

Lo que pudo ser un regreso al buen camino fue detenido por la espada. La Agonia de Escarcha, desprendiendo la voluntad de su oscuro señor, Ner'zhul, hizo olvidar de una vez y para siempre el camino de la Luz al joven príncipe. Arthas, como hechizado, olvidó lo que estaba haciendo, agarró la espada y dejó la cueva y a Muradin en su interior. De regreso al campamento se limitó a anunciar que el enano había muerto, pero que había valido la pena, porque ahora tenían la espada.

La Agonía de Escarcha ni hizo sino culminar con éxito un plan que llevaba años en marcha: el de traer al príncipe de Lordaeron al lado del Rey Exánime. Su habilidad especial era la capacidad de robar las almas, y eso incluía la de su portador. También es cierto que proporcionó un gran poder a Arthas, y le permitió abrirse paso hasta el Señor del Terror que largamente había perseguido. Mal'Ganis, en su inocencia, creyó que ahora el humano era de los suyos y le animó a escuchar la voz de la espada, pero el Rey Exánime tenía otros planes y él era un obstáculo. Arthas, desconcertado por lo que le acababan de decir, que había sido engañado desde el principio y ahora obedecía al "Señor Oscuro", obedeció finalmente a la espada con gusto, pues le indicó que asestara un golpe mortal a su enemigo.

Después de eso, el príncipe humano regreso a su campamento para dar muerte a todo ser vivo. Sus capitanes, siempre leales, fueron levantados y le continuaron sirviendo en la muerte. Los demás se convirtieron en fantasmas; atrapados en este mundo y olvidando que habían muerto, continuaron esperando que su querido príncipe regresara para poner rumbo a casa. El único que regresó a Lordaeron fue Arthas, aunque no como se esperaría.

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"¡Este reino debe caer! ¡Y de sus cenizas resurgirá una nueva orden

que hará temblar los mismos cimientos del mundo!"

Con el alma capturada en el interior de la espada y dueño de voz de Ner'zhul que oye a través de ella, el Príncipe Arthas regresa a Lordaeron capital acompañado por sus dos capitanes, convertidos ya en muertos vivientes, siendo recibido como un héroe, que ha salvado el reino de los muertos.

El príncipe maldito

Arthas no prestó atención a los festejos que se producían en la capital en su honor. Fue directamente a la sala del trono, donde le esperaba su padre, el Rey Terenas, dispuesto a felicitarle. Pero sus agradecimientos tampoco fueron escuchados. La espada hablaba y todo lo demás no importaba. Las ordenes del maestro eran claras: matar al Rey. Mientras los cuerpos si vida de sus capitanes eliminaban a los pocos guardias que protegían al monarca, Arthas clavó sin piedad la Agonía de Escarcha en el cuerpo de un atónito Terenas, matándole y haciéndose con su alma.

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Después de eso huyó de la capital sin ser detectado, seguramente gracias a la confusión que causó el asesinato del Rey, y desapareció por un tiempo. El reino, desmoralizado por la pérdida del monarca y conocedor que el culpable era el príncipe, se vio incapaz de oponer resistencia a una segunda invasión de los Muertos Vivientes a los que hace un momento creía vencidos y la capital se perdió al poco tiempo.

Arthas se ocultó por una temporada, esperando el momento que volviera a ser solicitado. En ese tiempo, visitó la tumba de Invencible, el caballo de su infancia que todavía seguía en su cabeza. Usando los nuevos poderes que le había otorgado el Rey Lich, resucitó al animal; una vez más, el jinete y su montura volvían a estar juntos.

Fue el Señor del Terror Tichondrius el que invocó al príncipe maldito. Arthas en un primer momento le confundió con Mal'Ganis y se dispuso a matarle otra vez, pero Tichondruis pronto le sacó de su error: no era su enemigo; estaba allí para solicitar su colaboración en una campaña futura de la Plaga. El primer paso sería reunir a los acólitos que secretamente se habían escondido entre la población humana, miembros del Culto de los Malditos que había creado Kel'thuzad.

El objetivo principal parecía ser resucitar al nigromante, pero antes debían recuperar sus restos y salvaguardarlos en una urna de calidad. Ambas cosas estaban siendo custodiadas por la Mano de Plata, la orden de paladines en la que en un tiempo anterior había sido miembro. En especial la urna estaba siendo protegida por su líder, Uther el Iluminado, antiguo mentor. La Luz y la Oscuridad lucharon a muerte y Uther parecía ser claramente superior, desprendiendo una luz muy intensa, mucho más de lo que Arthas podría haber conseguido en sus tiempos como paladín. A unos segundos estuvo Arthas de morir de un golpe certero, si no hubiera sido por la intervención de la Agonía de Escarcha y una de las técnicas de lucha de los enanos que Muradin le había enseñado en su niñez. Empezó la contraofensiva a medida que Uther brillaba cada vez menos, hasta que fue capaz de clavar su espada en su enemigo, robando otra vida y alma.

El Iluminado tuvo como último deseo un lugar especial en el infierno para Arthas, después de lo que había hecho, pero el príncipe maldito no tenía ninguna intención de morir: como no-muerto, viviría eternamente. Cogió la urna del cuerpo sin vida de su antiguo mentor y tiró al viento los restos que contenía en su interior: las cenizas de Terenas, su padre. Ahora solo faltaba dirigirse al lugar del renacimiento de Kel'thuzad.

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Invasión de Quel'Thalas

Ex miembro del Consejo de los Seis y principal instrumento de la voluntad de Ner'zhul, Kel'thuzad no era un ser cualquiera que pudiera ser revivido fácilmente. Su resurrección iba a requerir gran cantidad de magia, algo que escaseaba en Lordaeron. Por suerte, el vecino reino élfico de Quel'thalas tenía lo que hacía falta: su Fuente del Sol era perfecta. La ocasión no podía ser mejor: por un lado invadirían y derrotarían a los ejércitos de los Altos Elfos, y por otro devolverían al nigromante a la vida.

Famosos por su superior dominio de la magia, los Altos Elfos pusieron una y otra vez impedimentos en el avance de la Plaga. Especialmente la General de sus ejércitos, Sylvannas Brisaveloz, causó muchas molestias a Arthas. Sin embargo, los elfos no tardarían en descubrir que la Plaga era imparable. Sus puertas mágicas serían abiertas y los bosques serían talados. Nada impidió a la Plaga avanzar en línea recta hasta la capital, Lunargenta, sin desviarse ni un metro, y creando un camino de muerte a su paso.

A las afueras de Lunargenta moría Sylvannas, solicitando a su enemigo una muerte rápida por lo buena combatiente que había sido. Arthas, no obstante, no pensaba dar el placer de no sufrir a aquella persona que tantos problemas le había causado en su avance. Sylvannas no conocería la tranquilidad de la muerte; con un gesto, fue levantada como un fantasma y obligada a dar muerte a los Altos Elfos de la capital. Lunargenta cayó y Arthas alcanzó su meta, la Fuente del Sol. La resurrección de Kel'thuzad corrompió por completo la Fuente y la dejó inservible para los Altos Elfos supervivientes. El nigromante regresó como un Exánime de gran poder y los muertos vivientes abandonaron Quel'thalas, en dirección a su próximo objetivo.

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De Orcos y magos

Kel'thuzad dirigió al príncipe maldito y al resto de sus ejércitos a las frías montañas de Alterac; Arthas se disculpó por matarlo en el pasado, pero él no necesitaba ninguna disculpa: el maestro ya le había dicho que moriría. Allí, los orcos restantes del Clan Roca Negra, con los que el príncipe había peleado en vida, defendían a muerte una puerta demoníaca. Era de suma importancia que el Exámine hiciera un uso de dicha puerta para entrar en contacto con Archimonde, uno de los Comandantes de la Legión Ardiente.

El Clan Roca Negra de Lordaeron, fiel servidor de los demonios, fue destruido por los servidores de estos, los no-muertos. Archimonde indicó que abrir un portal lo suficientemente grande para que él mismo y los demonios lo cruzaran iba a requerir de un poderoso conjuro. El Guardián Medivh había realizado una proeza similar en la creación del Portal Oscuro, por lo que los conocimientos escritos en su libro serían de gran ayuda. Tal objeto de incalculable valor mágico se encontraba resguardado en la ciudad mágica de Dalaran, por lo que ese era su nuevo objetivo.

En Dalaran, un sabio Antonidas ordenó a su aprendiza Jaina Valiente que huyera de la ciudad con cientos de civiles rumbo al oeste, denegando completamente su petición de ayudar en la defensa de la ciudad. Antonidas seguramente ya sabía que no iban a sobrevivir a este ataque, pero no por ello se iban a rendir. Haciendo gala de sus cualidades mágicas, los más poderosos de entre ellos crearon y mantuvieron activo un campo que dañaría progresivamente a todo ser no-muerto que se encontrara en su área de efecto.

Eso ralentizó en gran medida a los ejércitos de la Plaga, pero al final todos los magos fueron asesinados y el campo desapareció. Antonidas fue el último en caer: Arthas en persona se encargó de ello. Desde lo mas alto de la ciudad Kelt'huzad se preparó para la invocación a la vez que las tropas preparaban las defensas: no cabía ninguna duda que los magos de Dalaran lanzarían ataques contra ellos. No obstante, de la misma manera que fueron incapaces de impedir que la Plaga entrara, tampoco tuvieron éxito en el intento de expulsarlos.

Archimonde entró en Azeroth, y con ello la invasión de la Legión daba comienzo. Lo primero que hizo el demonio fue relegar al Rey Exánime del control de la Plaga, dejando sin "trabajo" a Arthas y Kel'thuzad. Esto no gustó nada al príncipe, pero el Exánime le tranquilizó: su maestro ya había predicho esto y tenían un plan en consecuencia. Archimonde se encargó de que la humanidad fuera consciente de que el final había llegado: su final; le bastó con un conjuro para que todo Dalaran fuera destruido.

Arthas, por su lado, fue enviado lejos, a Kalimdor, por orden de Ner'zhul. El campeón de la Plaga debía tener éxito en esta simple misión o de lo contrario era posible que fuera eliminado por la Legión, junto a Ner'zhul. Lo único que tenía que hacer era localizar a aquél que llamaban Illidan y ofrecerle un trato muy provechoso para ambos lados.

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El Príncipe Arthas localizó a Illidan muy poco después de que éste saliera a la superficie, tras permanecer encerrado por 10.000 años. Es de suponer que un encuentro tan rápido, y justo en un momento en que el Elfo de la Noche estaba solo, se produjo gracias a la capacidad del Rey Exánime de predecir el futuro, algo que los pasos de su campeón. Illidan no tardó en lanzarse sobre el humano que desprendía una sensación de muerte y combatieron por un buen rato. Finalmente, el elfo accede a escuchar al menos lo que Arthas le ha venido a decir. Habiendo convencido a Illidan para robar la Calavera de Gul'dan, el príncipe ha terminado sus asuntos en Kalimdor y pone rumbo de regreso a Lordaeron.

El Rey de Lordaeron

El viaje de regreso tomaría más de tres meses. Para ese entonces la Legión Ardiente había sido vencida en la Batalla del Monte Hyjal y la Tercera Guerra había terminado. Los Señores del Terror restantes, ajenos a la derrota de sus superiores, continuaban ejerciendo la última orden que habían recibido de Archimonde: ser los amos de la Plaga y cuidar de los terrenos conquistados. Con un tono sarcástico, Arthas les agradeció el haber vigilado el reino en su ausencia y les comunicó que sus servicios ya no eran necesarios.

Los tres demonios (Balnazzar, Detheroc y Varimathras) desaparecieron jurando vengarse por tal afrenta mientras que Kel'thuzad se acercaba, acompañado por Sylvannas, a saludar el regreso del Príncipe. <<He regresado, Lich, pero habrás de dirigirte a mí como a un Rey. Después de todo, esta es mi tierra.>> Ciertamente, con la muerte de su padre, Arthas era el heredero al trono. El nuevo rey adoptó una actitud típica de los de su condición al sentir predilección por el acto de cazar; la diferencia, claro está, radica en que no cazaba animales, sino humanos.

A pesar de sufrir tres invasiones, dos por parte de los Muertos Vivientes y una de la Legión Ardiente, todavía había muchos humanos habitando en el desolado reino de Lordaeron. No obstante, se estaban movilizando para huir a zonas más seguras, dónde la Plaga tendría problemas para encontrarlos. Arthas no tenía intención de dejar que eso ocurriera y dividió sus fuerzas, bloqueando todas las salidas. Fue una gran sorpresa encontrar miembros de la Mano de Plata entre los supervivientes: se les daba a todos por muertos. Fue un error que solucionó con satisfacción.

La caza se desarrollaba satisfactoriamente, hasta que un dolor intenso se apoderó de su cuerpo. No era causado por ningún arma, sino por el Rey Exánime, que se comunicaba directamente con él a marchas forzadas. Arthas rechazó la ayuda de su fiel servidor, Kel'Thuzad: <<No. El dolor ha pasado pero mis poderes han disminuido. Aquí hay algo que va muy mal>>. Tampoco pudo entender lo que ocurría porque todo sucedió muy deprisa, así que ordenó continuar con la matanza, creyendo que no se repetiría. Pero una vez se terminó con todo signo de vida en la región, volvió a ocurrir; esta vez, el Rey Exánime fue más claro: <<Soy yo, el Rey Lich. ¡El peligro se acerca al Trono de Hielo! ¡Tienes que volver a Northrend de inmediato! ¡Obedece!>>. Había que volver a la capital cuánto antes.

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De nuevo en Rasganorte

Por el camino, Kel'thuzad fue informado de lo que estaba ocurriendo. Se debían iniciar los preparativos para que Arthas viajara a Rasganorte lo más pronto posible. Una vez entraron a la capital, se dieron cuenta que acababan de caer en la trampa. El Rey fue separado de los demás, tal y como los Señores del Terror habían planeado. En la ausencia del monarca, los demonios se habían apoderado de la capital y de un gran número de los No-muertos, pues habían descubierto que el Ner'zhul estaba perdiendo sus poderes a medida que pasaba el tiempo y su control mental sobre la Plaga era cada vez menor. Ese también era el motivo por el que los poderes de Arthas habían decrecido y seguirían haciéndolo.

Tuvo que atravesar la ciudad con las pocas fuerzas que encontró y que todavía seguían fieles a su señor. Esperaba encontrar a Kel'thuzad en el exterior, pero en su lugar estaba Sylvannas. La Reina Alma en pena se lo llevó al interior del bosque, haciéndole creer que estaba de su parte. No sospechó nada hasta que el Rey Exánime se lo comunicó. Antes de que pudiera reaccionar, ya tenía clavada una flecha. Quedó paralizado, tal y como se esperaba, pues el deseo de Sylvannas era que sufriera; pero el hecho de no matarlo directamente fue un gran error. Kel'thuzad intervino en el momento justo y la obligó a huir.

El Rey, aún con los efectos de la flecha paralizante, no podía quedarse para poner fin a la guerra civil a tres bandos que se había originado en Lordaeron: asuntos más urgentes le llamaban desde Rasganorte. En su lugar, encargó al Kel'thuzad que mantuviera el orden en el reino y se despidió de él, pues no estaba seguro si iba a regresar de esa misión. Arthas sintió algo de nostalgia cuándo desembarco en las tierras heladas del norte; parecía que hacía muchísimo tiempo desde la última vez. Pero no tenía tiempo para esas cosas.

Si la vez anterior se había encontrado con los Enanos y había contado con su ayuda, esta vez se presentaban ante él los Elfos, ahora convertidos en Elfos de Sangre y como enemigos. Fue una gran sorpresa, ya que él en persona había dirigido el asalto a Quel'thalas: la Plaga no deja supervivientes. Desde sus monturas aladas, los elfos permanecían a salvo de las garras de la Plaga. Nada podían hacer los soldados de Arthas para hacerles frente... hasta la llegada de la ayuda. Enormes arañas aparecieron de la nada y atraparon con sus redes al enemigo, matándolos después.

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Hacia el Trono Helado

El salvador se identificó como Anub'arak, último rey de Azjol'Nerub, líder de los nerubianos. El Rey Exánime lo había enviado para acelerar la travesía de Arthas y sus soldados. Con su ayuda, el primero de los asentamientos de los Elfos de Sangre fue destruido. Fue entonces cuando su líder se mostró: Kael'thas Caminante del Sol. Arthas lo conocía bien; El elfole recordó a Jaina Valiente, y por un momento pareció dudar, recordando a la única persona que había amado; pero también le había abandonado en su momento de mayor necesidad. No, Jaina Valiente ya no importaba.

Kaelt'has combatió a Arthas, jurando que, de haber estado él presente en el ataque a Quel'thalas, las cosas hubieran sido diferentes. Sin embargo, fue derrotado, al igual que lo fue en su día su padre ,Anasterian Caminante del Sol. Antes de desaparecer mágicamente, tuvo la satisfacción de anunciar que esta pequeña victoria no significaba nada: las fuerzas de su señor Illidan se encontraban ya muy avanzadas en el camino a Corona de Hielo y nunca les alcanzarían a tiempo.

La Plaga se encargó de todos los Elfos de Sangre que restaban en la costa, y de unas extrañas criaturas serpiente que luchaban a su lado, los que se hacían llamar Naga. Arthas también encontró tiempo para encontrar y matar a un poderoso dragón que tenía su guarida no muy lejos de ahí, y del que se decía que guardaba objetos de gran valor, unos que le serían de ayuda en su lucha. Una vez muerta la bestia, el Campeón de la Plaga hizo gala de sus poderes, los cuales, a pesar de ser inferiores, eran capaces de resucitar a ese gran dragón llamado Sapphiron.

Pero todo esto sería en vano si el príncipe Kael'thas estaba en lo cierto: si realmente no llegarían a tiempo a Corona de Hielo para salvar a Ner'zhul. Anub'arak recomendó otro camino, más directo, que pasaba por los túneles de su antiguo reino de Azjol'Nerub y partieron hacia allá. El enorme Sapphiron no podía entrar, por lo que tuvo que ser dejado atrás. Entonces, en la entrada del túnel, supuestamente vigilada por nerubianos de Anub'arak, otra sorpresa apareció. De pronto, unos Enanos abrieron fuego contra los no-muertos. Arthas los reconoció de inmediato: <<¡Los enanos de Muradin? Es imposible... ¿Es que ya nadie se queda muerto cuando lo matas?>>.

Esos enanos habían deambulado por Rasganorte desde que el príncipe humano los abandonara y matara a Muradin, el líder de la expedición. Ahora, habían hecho de los túneles subterráneos su hogar y no dejarían entrar a la Plaga por las buenas. Arthas y Anub'arak no tenían tiempo para esto, pero tampoco había opción. Además, el nuevo líder enano guardaba la llave a la parte inferior de Azjol'Nerub, por lo que era preciso robársela de su frío cadáver. También encontraron nerubianos que lucharon a muerte contra los muertos, algo que Arthas no entendió: Anub'arak le explicó que eran supervivientes de la Guerra de la Araña y que continuaban luchando inútilmente contra Ner'zhul.

Ignoto_large.jpg

Antes de descender todavía más en la montaña, Anub'arak recomendó prudencia. Antes de morir, el enano mencionó unos oscuros seres vagando por los túneles inferiores, motivo por el que habían decidido sellar la puerta. Ciertamente, tenían razón: había Ignotos, unos seres que servían a los Dioses Antiguos. No obstante, el problema principal fue el Olvidado, algo que hizo temblar a Anub'arak. Fue una dura batalla, más aún por los poderes cada vez menores del Campeón de la Plaga, pero prevalecieron y continuaron con su camino.

De pronto, un terremoto apareció y el techo empezó a derrumbarse. Arthas se adelantó para evitar las rocas y quedó totalmente separado de sus aliados nerubianos. Era muy peligroso continuar en un reino que no conocía y que estaba lleno de trampas mortales, pero no había tiempo para esperar a que fueran a buscarle: cada segundo era crucial; además, los túneles se estaban derrumbando. Anub'arak estuvo realmente sorprendido de que lo consiguiera y entonces entendió por qué Ner'zhul lo había escogido como su campeón.

ArthasVsIllidan_large.jpg

El triunfo del Rey Exánime

Su travesía por Azjol'Nerub valió la pena y llegaron a Corona de Hielo poco después que Illidan y sus fuerzas. Al sentir su presencia, el Rey Exánime estuvo muy contento que por fin hubiera llegado. Le explicó el motivo de los problemas: había una brecha en el hielo y por ella estaba perdiendo los poderes. Sin embargo, Ner'zhul se concentró para potenciar al máximo a su campeón. Ahora solo faltaba la batalla final.

Fue una verdadera carrera por activar los Obeliscos que permitían la entrada al Glaciar donde se encontraba Ner'zhul. A pesar de que Arthas los activó primero, Illidan llegó antes a la entrada. Allí, tuvo lugar el segundo combate de estos dos seres tan poderosos. Aunque Arthas estuviera al máximo, Illidan también era mucho más poderoso, sobre todo gracias a la Calavera de Gul'dan. Seguramente el semi-elfo era más fuerte, y fue eso lo que causó su perdición. Illidan, confiado, no prestó la suficiente atención a su defensa, algo que Arthas supo aprovechar. Bastó con un movimiento para que la Agonía de Escarcha abriera el pecho del Traidor.

Arthas dejó a su oponente agonizando en la nieve, pensando que moriría por la herida o por el frío y se dispuso a ascender por el glaciar. A medida que subía, los recuerdos de su vida como príncipe de Lordaeron retumbaron por el lugar. Se podían escuchar las voces de Uther, Jaina y Muradin, entre otros. Pero no prestó atención a ello y continuó con su camino. En lo más alto estaba esperando Ner'zhul, encerrado en el hielo. Arthas recibió una última orden: <<Devolved la espada... completad el círculo... ¡liberadme de esta prisión!>>.

Con un fuerte golpe de la espada, Arthas rompió la prisión de su maestro. La armadura cayó al suelo y el casco quedó cerca de sus pies. Lo recogió y lo puso en su cabeza. <<Ahora... ¡Somos uno solo!>>. Era el triunfo de los planes de Ner'zhul. Su objetivo último de liberarse del hielo y obtener un nuevo cuerpo había tenido éxito. Junto a los poderes del humano, serían imparables. Sin embargo, durante 5 años, el Rey Exánime permaneció en estado de hibernación, sentado en el Trono Helado. Por cinco años, una lucha mental tenía lugar en su cabeza, por el control: ese es el tiempo que tardó Arthas en deshacerse de la pequeña parte de humanidad que le quedaba, o es pensó. También lo creyó Ner'zhul, quien a pesar de todos sus poderes de visión del futuro, no fue capaz de prevenir lo que vino a continuación. El orco fue el siguiente en desaparecer. Ya sólo quedaba una entidad: Arthas, al que se le conocería a partir de ahora como Rey Exánime.


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