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Yvendel

Yahn: El huracán del sur

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Preludio

Notas del autor:

Aún recuerdo muy bien la primera vez que lo he tenido en brazos; esas mejillas rosas tan redonditas,

esas manos tan suaves y pequeñas... Y esos ojos azules claros y profundos que nunca han cambiado desde entonces. Creo incluso recordar haber visto a Edward llorar al verle; Para el era lo mejor que le podía haber pasado en aquel momento. Estaba tan orgulloso de su hijo: el niño era grande y fuerte, tal y como el había soñado, sus llantos, al salir hacia el nuevo mundo, habían atemorizado a los vecinos. "¡Mira, Elizabeth! ¡Mira que vitalidad tiene nuestro hijo!" Decía una y otra vez. Fue una de las pocas veces en la que me había dicho un te quiero; En aquella época, era la mujer más feliz de toda Ventormenta.

Quien diría que una mujer tan aventurera y curiosa como yo se casaría con uno de los paladines más rectos y serios que podría haber existido; Si un mago del futuro hubiera vuelto hacía el pasado solo para contarme de que me iba a casar con un hombre tan recio de mente, simplemente no me lo habría creído. Edward me había salvado la vida, tanto físicamente como psicológicamente. El me dio luz y esperanza, algo que necesitaba desesperadamente, y aunque no pueda expresarlo con meras palabras, bañarse en su luz fue como renacer para mi; A veces vivir entre humanos puede llegar a ser muy difícil, incluso más que robarle un buen caballo a un noble Ventormentino de alta casta de vez en cuando. Pero, cuando estábamos juntos, el resto del mundo ya no importaba. Al menos así lo veía yo. De esa unión nació Yahn, aunque...

... Nadie hubiera podido saber que poco tiempo después la gran guerra arrasaría con nuestros hogares. La mayoría de mis familiares habían muerto- excepto mis padres- y si no fuera por Edward, yo y nuestro hijo posiblemente hubiéramos tenido el mismo destino; Si no fuera por el, hubiéramos quedado en la capital, posiblemente a la merced de las hachas de los malditos y salvajes orcos.

No puedo imaginar lo que podría haber pasado por la cabeza de un niño al vivir en una época semejante; Creo que hoy día mi hijo todavía sufre por ello. Aún así, tuve la fuerza y la habilidad suficiente para protegerlo, mientras que Edward luchaba junto al ejército que más tarde se vería obligado a dirigirse hacía el norte, dejándonos a los dos solos durante unos años más. Hice lo que pude para mantener a Yahn sano y darle de comer, no es que precisamente quería volver a mis antiguos trapicheos, simplemente no tuve mucha elección al respecto. Al fin al cabo, solo era una joven hija de un par de granjeros, a los que finalmente me vi obligada a pedirles ayuda.

Cuando los orcos habían destrozado la capital, mi hijo y yo aún estábamos vivos, refugiados en los Paramos de poniente, y allí habíamos quedado durante los tres años siguientes.

Cuando Yahn cumplió la edad de diez años, Edward había vuelto a casa, aunque parecía haber envejecido más de la cuenta. La guerra había sido terrible y no había conseguido hablar con nadie sobre ella, pero consiguió sobrevivir y ver a la nueva alianza triunfar. Nosotros, los granjeros y ladrones de poca monta, como mis padres y yo, lo único que nos importaba en aquella época era sobrevivir al día a día, y a reconstruir todo lo que había sido destruido durante la primera guerra. La mayoría de la gente ignora que mientras los soldados luchaban al norte con el vientre lleno, nosotros sudábamos para reconstruir una patria que había sido completamente destruida, comiendo poco y trabajando duro, mientras que la mayoría de los nobles se repartían las nuevas tierras que la gente les había devuelto la vida, gente como mis padres.

Yahn ni siquiera lo recordaba a decir la verdad... pero tras un tiempo todo volvió a la normalidad. Había vuelto a dejar los negocios sucios que me llenaban de culpabilidad y los tres nos fuimos a vivir en una casa que mi marido había conseguido por haber luchado en la guerra, en las tierras rojizas del este que la horda había dejado tras su ida al norte, en las Montañas Crestagrana. En aquel momento pensé que Edward había vuelto a alumbrar nuestro camino con la esperanza y, aunque nunca volvió a ser el mismo, lo seguía queriendo como la primera vez; Para mi era como un faro de esperanzas.

Ni el mejor de mis poemas, ni la más dulce de todas las canciones hubiera podido componer el amor que sentíamos el uno al otro por aquel entonces. Ojala hubiéramos quedado en Crestagrana, y vivir allí felices para siempre...

Al fin al cabo, un paladín siempre antepone la importancia de sus creencias antes que cualquier cosa, inevitablemente; Incluso ante el bienestar de su familia. No puedo culparle, el había nacido para ello, hizo lo mejor que pudo y creo que me amaba tanto como yo a el.

Pero este libro que estoy por empezar a escribir no esta centrado en mi querido Edward, ni en los desvaríos de una mujer enamorada, sino en ti, Hijo mío. Sé que sufriste por lo que tu padre esperaba de ti y por lo que te he hecho.

Los años no pasan en balde y la vejez ahora es mi amante; He pasado tanto tiempo aquí, encerrada en cuatro paredes, que ni siquiera sé cuantos años han pasado desde la ultima vez que te vi. Mientras, poco a poco, puedo sentir mis huesos volverse más frágiles, mi respiración más débil y mis músculos más flojos cada día un poquito más, el recuerdo que tengo de ti, de tu valentía, tu furia, de tu propio honor y de la bondad que has heredado de tu padre, escondida tras tu dura y desinteresada faceta, tanto como la curiosidad que ambos compartimos en nuestrras entrañas, han hecho de mi una madre orgullosa de su hijo, aunque él ya esté lejos de aquí; Todo lo que he visto de ti y todo lo que me has contado sigue haciéndome llorar y sonreír hoy por hoy. Me emociona.

Sé que has sufrido-todos lo hemos hecho- y disculparse ahora no serviría de mucho, pero sé que al final, fuiste tú quien ha elegido su propio camino, tú y solo tú. Lo menos que puedo hacer por ti es hacer lo que siempre se me ha dado bien hacer, aparte de los hurtos, robos, escapadas, y los problemas que lleven consigo: Escribir.

Así pues, Yo, Elizabeth Montiel, mujer del difunto caballero Edward Kinglight de Ventormenta, contaré la historia de mi propio hijo, un niño que vivió y creció rodeado por el conflicto, pero acompañado con la esperanzas de sus padres, aunque ambos hayamos hecho terribles errores. Aún así, a pesar de las adversidades, el siempre tuvo su propia luz, si se le puede llamar así. Siempre encontraba la manera de abrirse su propio camino y seguir adelante para ver adonde acabaría; Una persona que se forjó su destino blandiendo mazas, hachas y espadas, con la furia de un ejército entero, arremetiendo contra los problemas sin pensárselo dos veces, aunque sabía muy bien que podría hacerlo de otra forma, algo que muy pocos fuimos capaces de hacer... algo que yo no fui capaz de hacer tampoco.

Si alguna vez llegas a leer este libro, espero que sea de tu gusto, Yahn.

Tu madre que te quiere.

“Luces y cristales, fuegos danzantes

el refjejo prisma de un color escarlata

Gran mar azul, cielo sin estrellas

Tus ojos invitan a llorar

o a gritar sin consuelo

Tu corazón se tornó hielo

más su esencia es incandescente.

La esperanza puede ser perdición

las sombras nos traícionan

ellas van y vienen

pero permaneces aquí

Grande y fuerte

Y perduras por siempre

en las memorias de una anciana

Y en el amor que ella te dió

hace ya tiempos atrás.”


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Capitulo 1

Un juego de niños

Era un día normal de verano y el sol, esa luz infinita, brillaba con intensidad, reflejando su fuerza sobre las rojas tierras del este. Las montañas, altas y orgullosas, daban sombra al pacifico pueblo de Lakeshire, donde los humanos más simple y humildes vivían relativamente en paz. Era un buen lugar donde vivir, donde uno podría asentarse toda la vida, una tierra en la que los cambios no llevaron el peso del sufrimiento con ello, lo que no se podría decir de todo el resto del reino del Sur.

Y aún así, la amenaza de los orcos seguía presente en Crestagrana. Un clan de oscura y sombría piel permanecían en aquellas tierras, proyectando una sombra invisible llamada miedo y terror, una sombra malévola que los orcos tenían por costumbre proyectar allá donde iban, sin importar el precio, o las consecuencias.

Esa es la misma razón por la que Edward, el corazón de Reyes, hijo de Frank Kinglight, El León Melenas, una familia nacida y recordada por la compasión de su luz y la retribución de su omnipresente fuerza, Recorría los caminos de las afueras del pueblo, maza en mano, un arma forjada en honor a su nombre y imbuida por la mismísima luz de su corazón fiero y bondadoso. Era un hombre de brillantes ojos azules y largo cabello dorado que el viento hacía bailar a unísono con su tímida melodía del mediodía. Su enorme perilla estaba recogida por una larga y cuidada trenza. Sus brazos eran gruesos y fuertes y su cuerpo, aunque desgastado por la guerra, seguía siendo una verdadera fortaleza. Los hombres de su familia siempre habían sido así y siempre llevaron la luz en su alma y espíritu.

Las guerras... Culpa de ellas, el hombre parecía tener diez años más de lo que en realidad tenía. Algunas canas ya habían aparecidas y su frente dibujaba unas cuantas arrugas. Edward había visto de todo y había servido en las dos primeras guerras pero, aún así, no le había quitado las ganas de vivir y sonreír. El paladín, a diferencia de otros, seguía teniendo a su familia viva y sana viviendo con el, aquí, en Lakeshire.

Su mujer había dejado a sus padres y a la miseria de los Paramos para vivir con el aquí, lejos de los problemas de la capital.

La reluciente maza apoyada sobre su hombro, Kinglight silbaba entonando una simple y pegadiza melodía, pensando en lo que su mujer cocinaría hoy; Quizás tuviera suerte y comería guiso de Jabalí con patatas otra vez.

Su marcha alegre y despreocupada se vio alterada cuando, al llegar al pueblo, cerca del puente, oyó un gemido de algo que parecía ser un niño, y de una voz que pensaba reconocer. Sin saber muy bien de que se trataba se dirigió hacía donde provenía esos llantos.

"-¡NO!- dijo el niño más grande y corpulento- ¡Por qué habéis hecho esto! ¡Sois malvados!- afirmó

-Vamos, llorón.-dijo otro más pequeño- Solo es un maldito animal, ya era tiempo que nos deshiciéramos de el por ti, niño mimado.

-¡Sigmund es mi amigo!-gritó de nuevo- ¡No tenéis ningún derecho!

-Si tanto tiempo tienes para quejarte- dijo el otro de pelo oscuro, uno delgado- ¿Por qué no saltas al lago y lo salvas, eh?-preguntó.

-¿O quizás eres un niñito de papa y tienes miedo del agua?-dijo el otro, sonriendo con maldad- ¡JA! ¡El niño de papa no sabe nadar!

-¡No sabe nadar! ¡Mira que grande, mira que tonto y que cobarde!"

Los tres estaban discutiendo cerca del puente del pueblo, a orillas del lago; a unos pocos metros había un arbusto luchando para crecer cerca de la ciudad humana. En el lago, a unos cinco metros de la orilla, se podía ver algo burbujear en su profundidad.

Los dos niños seguían burlándose del más grande, señalándolo con el dedo, quien intentaba entrar en el agua. Pero el lago era demasiado profundo; Ni siquiera veía ya a su pobre gato, quien fue atado anteriormente con una cuerda a una piedra, en el fondo del lago. A los ojos de un adulto, quizás no hubiera tenido tanta importancia, pero, para un niño, era una de las cosas más horribles que le podían hacer.

Cada vez que intentaba aventurarse en el agua y sentía que sus pies no tocaban fondo, daba unos pasos atrás, maldiciéndose a sí mismo. poco después el burbujeo cesó.

Finalmente, tras ver que ya era demasiado tarde, abandonó sus intentos y se puso a llorar desconsoladamente.

"-Menudo bebé estas hecho, Yahn.

-¡Sí!-afirmó el otro- El bebé ahora irá con su mamá a hacer sus plegarias.

-¡Que la luz abrace a mi gatito, Sigmund, quien ahora yace en el fondo del lago!- los dos niños malvados se echaron a reír.

-Sois...- susurró, limpiándose las lágrimas- Sois unos jodidos cabrones.

-¡Uh! ¿Has oído lo que ha dicho, Martín? Ha dicho una palabrota.

-Su papá le va a regañar, siii, si si.- se volvieron a echar a reír a carcajadas.

-¡SOIS UNOS JODIDOS CABRONES!"

Tras gritar como un poseso, el joven Yahn se abalanzó sobre el más pequeño y le proporcionó un buen golpe en la nariz con el puño izquierdo cerrado con fuerza y le rompió la nariz. El moreno empezó a llorar, viendo que estaba chorreando de sangre y, atemorizado, corrió hacía el pueblo llamando a su madre una y otra vez.

Pero el segundo chaval no tuvo esa suerte: la rabia del niño era tal que, cogiendo a aquel que había ahogado a su mascota, lo levantó y lo tiró unos metros más lejos del lago, su espalda chocó con aquel arbusto. El niño empezó a pedir perdón, pero para el joven Kinglight ya era demasiado tarde; Se sentó sobre el y empezó a darle puñetazos en la cara una y otra vez, provocándole una serie de moratones en toda la cara.

Entonces es cuando Edward llegó en el momento justo y, consternado, levanta a su hijo en el aire, cogiéndolo de los pantalones.

"-¡Por la Luz Yhan!-exclamó, viendo al otro niño escapar el rabo entre las piernas-

¡¿ Que estás haciendo?! ¡¿Te has vuelto Loco?!

-¡Han matado a Sigmund!-gritó, en sollozos- ¡Estos cabrones han matado a Sigmund!

-Joven, vigila esa lengua,- replicó severamente- tu y yo tenemos que hablar. Ahora.- dijo, imponente, mirando al joven moviendose de un lado a otro, como si fuese un conejo cogido por las orejas- Y vete a limpiarte estas manos, por la luz, que las tienes llenas de sangre." -lo soltó y le dio un golpe en el trasero con la palma de la mano, lo suficiente para que su hijo pudiese entender lo que había pasado y lo que iba a pasar después.

El joven miró fijamente a su padre a los ojos y, tras secarse las lágrimas, se dirigió hacía su casa, cerca del lago a unos cuantos metros del puente.

Al llegar Edward a casa, un humilde pero acomodador hogar, encerró a su hijo en su habitación y discutió con su mujer, contándole lo que había pasado. "Estos chavales han matado a su única mascota, Ed, entiéndelo." La madre sentía mucha empatía con el niño, probablemente porque había pasado más de 6 años pegado a el desde que nació y, aunque ahora tuviese 10, seguía siendo para ella aquel niño que había visto muertes, sangre y todo tipo de injusticias desde muy joven, cuando, después de la destrucción de Ventormenta, se vieron obligados a vagar por el sur, hasta finalmente quedar en Paramos de Poniente con los abuelos. "¿Entender? Casi mata al otro niño a puños limpios, Elizabeth." Ser un Kinglight significaba portar un escudo familiar, un renombre que durante años había sido el credo de la familia, una familia arraigada al poder de las tres virtudes de la luz y el coraje del caballero. Lo que acababa de hacer Yahn no era caballeresco de ninguna manera.

"No permitiré JAMÁS que mi hijo tenga este tipo de comportamiento. Jamás. ¿Me has oído? He sido demasiado pasivo con él, tengo que enseñarle lo que es pertenecer a esta familia, y no solo con lo que esta escrito en los libros." El padre sintió en parte que había sido por su culpa, y el hombre quería que su hijo siguiese la costumbre familiar y su voluntad inquebrantable. Quería que su hijo fuese alguien que pueda ser un ejemplo para todos, un arma de bondad y rectitud que alumbraría su corazón de padre y que pudiera estar orgulloso de el. No quería que su hijo fuese un simple matón de poca monta al que todos podrían aprovecharse de el. "Edward..."

Aquel triste y violento mediodía, a los ojos de un simple niño, bajo el resplandor cegador de la luz del sol, el joven Yahn no había comido nada y seguía encerrado en su habitación; Y sí, era Jabalí con patatas otra vez.

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Capitulo 2

Brisa del sur

Era un día de octubre más frío que de costumbre. El color de la tierra había invadido la piel de las hojas,

que ya estaban empezando a caer, de los brazos de los pocos valientes árboles que aún se mantenían en pie bajo la luz del sol, que ya se había despertado a buenas horas de la mañana, quien seguía aún presente, aunque fuera más humilde este mes. Los gallos cantaron temprano hoy. El viento soplaba con más fuerza del que se solía recordar en las montañas rojizas del este, y este orgulloso viento del sur traería malas noticias más adelante.

Elizabeth ya se había despertado y se preparaba para ir de caza, como ya era de costumbre para ella, ballesta en mano y el aljaba en su sitio que colgaba de su cinturón que apretaba su bonita cintura. Tenía su largo y pelirrojo cabello, de color fuego, recogido con una cómoda trenza. A pesar de haber tenido un hijo hacía doce años atrás ya, seguía siendo una mujer de buenas curvas, ya que nunca había sido de las que quedaban todo el día en casa haciendo coladas, esperando a su marido que volviese a casa durante todo el día y lavarle sus botas sucias y desgastadas, o haciendo las coladas para toda la familia. Sus caderas, ahora más fértiles que en sus tiempos de juventud, le hacía aún más bella, lo que a menudo atraían miradas furtivas de algunos hombres, maduros y jóvenes por igual, del pueblo de Lakeshire, aunque nunca se les pasaría por la cabeza mandarle un piropo, por muy humilde que fuera, ni siquiera un simple cumplido acerca de su físico, siendo la mujer del Gran Edward Kinglight, el corazón de Reyes, a quien le tenían mucho respeto, en el buen sentido de la palabra.

El paladín también se había levantado temprano hoy, aún estaba en casa sin vestir, dejando su esculpido torso al aire, fuera de toda mirada ajena. El hombre estaba sentado sobre una silla simplona de madera, los brazos apoyados sobre la mesa del mismo material del salón, con un pequeño cuchillo mal afilado en una mano y un salchichón curado en la otra. Cortó unas generosas rodajas y las dejó caer sobre la dichosa mesa, cerca del pan y de la mantequilla, hasta finalmente servirse con gusto utilizando siempre el mismo cuchillo torcido.

Mientras el aún estaba comiendo, su mujer se acercó cerca de la mesa y, de espaldas a Edward, bajó la parte delantera de su cuerpo para recoger una espada que estaba apoyada sobre la pared de la sala, justo entre la mesa y la chimenea que ahora estaba apagada, dejando totalmente sin defensas a sus encantos ante los ojos de su marido, quien ahora le estaba mirando el trasero con los ojos bien abiertos.

“-Mi dama-dijo-, sois la mujer más bella que he conocido en toda mi vida.-añadió, tras sacudirse la cabeza.

-Y vos mi señor-replicó la mujer- el hombre más fuerte y bondadoso que jamás pudiera haber encontrado.

Tras tontear entre ellos un poco más, mientras su hijo estaba durmiendo, se dieron un largo y dulce beso a modo de despedida. El hombre dejó en los labios de su mujer el gusto de la mantequilla que acababa de comer. La mujer sonrió ante su hombre y se lamió los labios lentamente, tras finalmente dirigirse hacía la puerta y dejar el hogar con un “nos vemos más tarde”.

Cuando ya por fin había salido de la casa, Elizabeth miró a su alrededor y dejó entrar el aire fresco de la mañana en sus pulmones. El lago estaba solo a unos pocos metros y podía ver desde allí al pueblo de Lakeshire desde lejos.

En aquel momento pensó que su vida era maravillosa y que por fin había encontrado el hogar que siempre había esperado. Habiendo vivido tantos años escapando de un lugar a otro del azote y la destrucción de sus tierras, ese aburrido y pacífico pasaje era para ella un verdadero paraíso. Incluso había vuelto a creer en la luz, gracias a su marido quien la portaba siempre con el. Observó las aguas del lago unos instantes y respiró hondo; “Así que esto es vivir en paz.” Dijo, en susurros. Ensimismada entre sus propios pensamientos, anduvo a orillas del lago para dirigirse al pueblo a pasos ligeros.

Pero todo lo que había pensado unos segundos antes se vio desvanecer al llegar cerca del pueblo.

“-¡POR LA LUZ! AYUDADNOS, POR FAVOR!- gritaba un hombre a riendas de dos caballos pintos que tiraban de una caravana a galope que estaba a punto de desviarse del camino por la velocidad que estos iban.

-¡Pat, nuestra hija! ¡Laure ha caído al suelo!¡ PARA LA CARAVANA, YA!-exclamó una mujer de dorados cabellos que asomó la cabeza fuera de la simple caravana.”

Detrás de ellos, una horda de gnolls armados hasta los dientes, con mazas, ballestas y escudos, corrían, quizás una decena de ellos o más, soltando gruños que despertaron a los guardias del puente de Lakeshire, que finalmente echaron a correr hacía el lugar de donde provenían los gritos.

-Mierda Patrick, ¡PARA LA PUTA CARAVANA YA!”-gritó la mujer lo más fuerte que pudo.

El grito, como si fuera un trueno, hizo retroceder a los caballos y tropezar entre ellos mismos, lo que les volvieron aún más asustadizos; Levantaron las patas delanteras uno tras el otro y se pusieron a gemir. Súbitamente, cambiaron de trayectoria, tirando del carruaje hacía la derecha tan fuerte que esta cayó de lado sobre la rojiza tierra.

En este momento es cuando Elizabeth vio a uno de los gnolls cargar con una niña de cabello rubio extremadamente claro sobre el hombro. La mujer no se lo pensó dos veces y, tras cargar su ballesta, apuntó a la cabeza de la bestia. Apretó el gatillo.

El virote perforó no al cerebro, sino a al cuello del gnoll. Su punta lo atravesó por completo y salía por el otro lado, lo que hizo que este chorreó sangre a brotes sobre el rostro de la niña. El monstruo dejó caer a la joven y se llevó su mano, ahora libre, sobre el virote que le estaba quitando la vida lentamente. Cuanto más intentaba respiraba, más sangre salía de su boca y del orificio que ahora tenía debajo de la barbilla. La pequeña Laure se puso a llorar y gritar, llamando a su madre.

“-¡Laure! ¿¡Laure donde estas!?- gritó su padre mientras estaba intentando levantarse, aún atontado por la enorme caída.

-Por la luz… ¡Soldado! Ve a pedir refuerzos. ¡AHORA!- gritó uno de los guardias que había llegado a otro.

-S-Sí, señor.- exclamó el otro, hasta finalmente esprintar con su pesada armadura puesta después de tirar sus guantes y su casco al suelo.”

Patrick ya se había levantado, mirando a sus caballos echar a correr hacía las lejanas colinas desenfrenadamente, mientras su mujer, cerca de la caravana volteada, estaba siendo protegida por el valiente guardia que había llegado justo a tiempo. Con una buena espada afilada y un largo y pesado escudo azul, con el majestuoso símbolo del gran león en su centro, paraba los golpes, flechas y mazazos de tres de los seis gnolls restantes- Elizabeth ya había matado a 3 más desde la seguridad de la distancia con certera y precisa puntería. En el fragor de la batalla, el soldado consiguió dar una estocada a uno más quien echó a correr, tirando sus armas al suelo.

La entrada del puente se había transformado ahorra en un campo de batalla.

Junto al guardia, Elizabeth podría haberse encargado de las cinco bestias restantes, si no fuera porque otra, escondida tras una roca, le disparó con su propia ballesta y su virote sigilosamente acabó en el hombro derecho de la mujer. Ella se echó al suelo y llevó su mano izquierda sobre su recién herida; en el proceso había hecho caer su querida ballesta. El gnoll cargó hacía la mujer, mientras ella, con su mano torpe, intentaba desenvainar su espada; Pero el Gnoll era demasiado rápido. Entonces, entre ruidos de choques de espadas, golpeos de metales, gritos y gruñidos, la mujer cerró los ojos, maldiciendo su suerte.

"-¡Que la luz se apiade de ti, monstruo! ¡Porque yo no lo haré!"

Cuando Elizabeth volvió a abrir los ojos, vio ante ella a un hombre que parecía relucir bajo la luz del imponente sol, quien llevaba una impecable y pesada maza en su mano derecha y un libro sagrado que pendía de su cinturón. Este le tendió la otra mano para ayudarla a levantarse.

"-¡Edward!- exclamó impresionada- No te preocupes por mí. Tienes que ir a salvar a la niña.-afirmó- La niña, Edward. -repitió

-No te muevas, ahora volveré.-dijo con seguridad"

Tras dejar estas ultimas palabras en el aire, se abalanzó sobre los gnolls restantes como una bestia, rezando a la luz continuamente. Su arma brillaba con tal intensidad que algunos de los gnolls se tapaban los ojos justo antes de ser aplastados literalmente por la maza. Se oyan con claridad el crugido de los huesos de sus cráneos cada vez que el arma sagrada del paladín se encontraba con su cabeza. Mientras tanto, Patrick rebuscó en las cosas que, ahora caídas al suelo, llevaba la caravana, y sacó una espada para echar una mano al guardia y proteger el mismo a su mujer.

La lucha prosiguió durante unos intensos minutos más hasta que la amenaza fue completamente neutralizada, por fín.

El corazón de reyes volvió hacía su mujer, quien estaba recostada sobre el único arbol que se alzaba, arraigado con fuerza en la tierra. Dejó caer su pesada maza al suelo que levantó polvo al contacto con el suelo, cogió su sagrado libro y empezó a recitar unas conocidas bendiciones de curación que durante años había estudiado en su antigua orden de paladines. El azulado libro empezó a brillar de un color amarillento, hasta que finalmente este aura rodeó la mano que lo sostenía, el brazo, hasta llegar a la otra mano que pausó sobre la herida de la mujer- que previamente se había quitado sola el virote con la ayuda de un cuchillo- con delicadeza.

"-Me has salvado una vez más, amor mío. ¿Cuantas veces tendrá que ser así?

-Las veces que hagan falta, cariño. Las veces que hagan falta, hasta que la muerte nos separe."

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