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Retratos de Azeroth: Uther, el Iluminado

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Retratos de Azeroth: Uther, el Iluminado

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Publicado en Retratos de Azeroth por Blosc , el Jueves 30/1/2014 - 17:00

"Recuerda, Arthas, que somos Paladines. La venganza no puede formar parte de nuestros deberes. Si dejamos que nuestras pasiones nos conviertan en seres sedientos de sangre, seremos tan viles como los orcos."

La Segunda Guerra y los Paladines

La Primera Guerra supuso la pérdida no solo del Reino de Ventormenta, sino de muchas vidas. El Arzobispo Alonsus Faol, tras la guerra, comprendió que había ocasiones en que la Fe no era suficiente: muchos sacerdotes habían muerto a manos de los orcos a causa de su inexperiencia en el combate. Por ese motivo, ideó una manera de resolver esto para el futuro conflicto que se avecinaba.

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[TD]Uther era discípulo de Alonsus Faol desde hacía ya tiempo, pero también era un soldado. Combinaba tanto la capacidad de combate con armas como la de sacerdote en las artes divinas. Uther no era el único con ambas cualidades, pero sí fue el primero. En la capilla de Stratholme y bajo la autoridad de Faol, nacían los Paladines, aquellos que debían cambiar el curso de la batalla.

El Comandante de la Alianza, Sir Anduin Lothar aceptó con gusto a esta Orden, compuesta en un principio por 5 integrantes. Parlamentó con cada uno de ellos y al final escogió al más jóven de los Paladines para que fuera su mano derecha. Fue precisamente el hecho de que Turalyon fuera el menos devoto de todos el que hizo que el experto comandante tomara esa decisión. Para Lothar, Uther y sus otros 4 compañeros sobreponían sus normas por encima de todo, y eso les impediría tomar medidas extremas (pero necesarias) en el curso de la guerra.[/TD]

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Uther participó en numerosas batallas de la Segunda Guerra, como en la defensa de Lordaeron capital. De camino al Lago Darrowemere, es atacado por sorpresa por hombres del Reino de Alterac, quién había traicionado secretamente a la Alianza. Fue apodado "El Iluminado" por su compañero Turalyon, debido a que literalmente brillaba, en la batalla de la Montaña Rocanegra. Finalmente, tomó parte en el combate final a las puertas del Portal Oscuro, en que finalmente se terminó la guerra.

El fin de la guerra no significó que su trabajo hubiera terminado. En los años posteriores, siguió trabajando en las tierras del norte ayudando a la gente y volviéndose más famoso, aunque no fuera eso lo que buscara. Terminó por convertirse en un buen amigo del Rey Terenas Menethil II de Lordaeron y fue encargado por éste a instruir al heredero al trono, el príncipe Arthas Menethil, en las artes de la Luz.

En algún momento de este período de tranquilidad, el Paladín Tirion Fordring tomaba la extraña decisión de salvarle la vida a un orco (Eitrigg) por una cuestión de honor. En su intento de salvación, Tirion no pudo evitar dañar mortalmente a inocentes soldados que cumplían con sus órdenes. Por tales acciones, el Iluminado, dada su autoridad sobre los Paladines, decretó su expulsión. Uther realmente comprendía la buena voluntad de Tirion, pero los resultados no podían ser olvidados y debía haber un castigo. No obstante, Uther se creyó más poderoso de lo que en verdad era, y procedió a retirarle a Tirion sus poderes. Contrariamente a lo que se creía, la Luz no abandonó al exiliado Fordring, pues el Campeón de la Luz no tenía tal capacidad.

La Tercera Guerra

La Orden de la Mano de Plata creció en los años de paz. El propio Uther llegó a tener más de un discípulo; pero su preferido era indudablemente el príncipe Arthas. Como defensor del reino, Terenas le encomendó solucionar el problema de los orcos y, para que continuara con su instrucción, le envió a su hijo.

El Iluminado creyó acertadamente que los orcos habían establecido en algún lugar no muy lejano y decidió que era prioritario acabar con ella. Dejó a Arthas para que defendiera Strahnbrad en su lugar y luego mandó hacerlo llamar cuando encontró a los orcos. Uther prefería solucionar la disputa sin un enfrentamiento abierto, así que envió a dos hombres para negociar; sin embargo, los orcos tenían otros planes y mataron a los dos humanos. Arthas enfureció rápidamente, pero su maestro le sermoneó enseguida, recordándole cuáles eran los métodos de los paladines. Como quería comprobar los progresos de su discípulo, permitió que fuera él quien liderara el ataque.

La muerte del líder orco de los Roca Negra supuso el fin de esta amenaza. El comandante de la Mano de Plata no vuelve a aparecer hasta ya iniciada la invasión de los muertos vivientes, en el momento que Jaina Valiente acude a él a toda prisa para pedirle ayuda en Vega del Amparo, asediada por un ejército de la Plaga y defendida por el príncipe Arthas y unos pocos soldados. Es de suponer, sin embargo, que Uther ya estaba al corriente del levantamiento de los muertos, pues no estaba muy sorprendido a su llegada a Vega del Amparo. Seguramente estuvo combatiéndoles en otros frentes paralelamente a los sucesos de Arthas.

Por un lado Uther estaba muy contento de haber llegado a tiempo al pueblo y que su discípulo preferido hubiese sido capaz de mantener la defensa por tanto tiempo; realmente no le creía tan capaz. Pero, por otro lado, su arriesgada acción le molestaba: si no hubieran llegado en ese momento crucial...el príncipe, no obstante, no estaba para ser sermoneado otra vez y simplemente partió a Stratholme; esta insubordinación fue algo que enfureció al Iluminado en su interior. Cuándo llegó a la ciudad, recordó al Príncipe que él era su superior como paladín, por muy miembro de la realeza que fuera. Y antes de que pudiera continuar, Arthas le detuvo con una revelación: los ciudadanos de Stratholme estaban infectados y en un instante serían Muertos Vivientes.

<<Hay que purgar toda la Ciudad>> había dicho Arthas sin dudarlo ni un segundo. Por muy lógico que pareciera, iba totalmente en contra de la ideología de la Luz que tanto predicaba la Orden y Uther en especial; << ¿Cómo puedes siquiera pensarlo? Tiene que haber otra opción>>. Jaina Valiente pidió más tiempo para encontrar una cura, pero Arthas ya había tomado la decisión y ordenó a los hombres purgar la ciudad. El Iluminado no iba a obedecerle: <<Todavía no eres mi rey, chico. Y tampoco obedecería esa orden si lo fueras>>.

En ese día fatídico, Uther pudo ver como la locura de Arthas se hacía una realidad y no hizo nada para detenerle. Su discípulo inocentemente disolvió la Orden de la Mano de Plata y cesó a su líder de su cargo, acosados de traidores al reino, como si tuviera autoridad para hacerlo, y les ordenó irse. Se limitó a marcharse con el resto que pensaban lo mismo que él y volvió después de que la ciudad hubiera sido totalmente destrozada para hablar con una desconcertada Jaina Valiente ante tanta muerte.

Arthas se había marchado con la mitad del ejército de Lordaeron hacia Rasganorte para perseguir al supuesto señor de los muertos, aquél que se hacía llamar Mal'Ganis. Uther lo consideró una locura, al igual que Jaina: no podía ser otra cosa que una trampa; Arthas iba a sacrificar a todos sus hombres en su necedad. Debía hablar con el Rey antes de que fuera demasiado tarde y arreglar la situación. Un mensajero transmitió las nuevas órdenes a la expedición de Rasganorte. El Rey Terenas, convencido por su fiel amigo Uther, había decretado el regreso inmediato de todos y cada uno de los soldados de la Alianza.

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La muerte del Iluminado

El único que regresó fue el propio Arthas, simulando regresar como un triunfador. No se sabe dónde estaba Uther en ese momento, pero no perece que estuviera en Lordaeron capital, pues no fue a su encuentro. La muerte de Terenas, bajo grave traición, debió ser un duro golpe para él: su querido discípulo había descendido en la senda oscura y su gran amigo Terenas yacía ahora muerto. El rey fue incinerado y Uther en persona transportaba la urna que contenía sus restos.

El príncipe caído apareció en Andorhal con un séquito de no-muertos. Quería la urna que los Paladines guardaban, aunque no esperaba que su antiguo mentor en persona la estuviera protegiendo ni tampoco que contenía los restos de su padre. El Iluminado hizo honor a su nombre, y el Campeón de la Oscuridad se enfrentó al de la Luz en un combate a muerte. Uther brillaba tanto que llegó un punto en que cegaba a Arthas; sin embargo, no mostraba sentimientos en la batalla: su rostro era completamente serio. Su poder superaba claramente al de un confiado Arthas y llegó a desmoralizar al rival.

El príncipe Arthas incluso pensó que se había equivocado de camino. Que la Luz era más fuerte y ahora iba a morir por su error. Uther no tendría compasión y el martillo que acababa de levantar pronto impactaría con su cuerpo, matándole al instante. Fue la Agonía de Escarcha la que salvó al caído príncipe y a partir de ese momento el trascurso de la batalla se inclinó en favor de la oscuridad. La Luz en Uther era cada vez más débil: tal y cómo había susurrado la voz de la espada, toda vela puede ser apagada, por muy grande que sea. Al final, fue Arthas el que ganó el combate y su espada robó otra alma.

Las últimas palabras del campeón de la Luz fueron desear un infierno especial para Arthas, pues merecía un castigo mayor al del resto de malhechores. Su cadáver fue recuperado por los humanos una vez la Plaga se marchó de Andorhal rumbo Quel'thalas y procedieron a enterrarlo cerca del pueblo. Aún muerto, su tumba está eternamente iluminada por la Luz, siendo el único lugar de las Tierras de la Peste bendecido por la Luz durante años, hasta la caída del Rey Exánime. Su fantasma sigue ligado a este mundo, bendiciendo a los viajeros que le ofrecen tributo.

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La Agonía de Escarcha

En el interior de la espada maldita, estaba, entre otras, el alma de Uther. Capturada en el momento de su muerte, estaba atrapada ahí. De esta manera, fue testigo de todas las atrocidades que su portador cometió después de su combate en Andorhal. A lo largo del tiempo, llegó a intentar perdonar a Arthas y se quedó con el recuerdo de un joven príncipe que hacía todo lo posible por proteger Lordaeron.

Cuando los aventureros se adentran en la cámara de la espada, es Uther el que se proyecta fuera de la misma para advertirles. El Rey Exánime viene de camino y no podrán derrotarlo fácilmente. Solamente en el Trono Helado se puede dar muerte al señor de los muertos. Pero con su muerte no será suficiente. Alguien ha de ocupar el rol de carcelero de los muertos; un vivo ha de ponerse el casco. Pues, según Uther, la Plaga puede ser mucho más destructiva de lo que está siendo ahora; y es sólo por la mínima parte buena de Arthas que ésta no ha liberado toda su potencial.

Tras la caída del Rey Exánime y la quiebra de la Agonía de Escarcha, las almas atrapadas pueden al fin ser libres y pasar al más allá. Uther, no obstante, decida permanecer un poco más en este mundo para agradecer a los héroes de la Alianza/Horda y despedirse del joven paladín al que una vez consideró un amigo.


Fuente: World of Warcraft - WowChakra Fansite Oficial de Wolrd of Warcraft en Español - Retratos de Azeroth: Uther, el Iluminado

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