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Altonato

La doncella y el mentalista

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- La Doncella y el Mentalista -

Prologo.jpg

- Ha venido alguien a verte, Elawen.

La joven no se movió. Seguía sentada junto a la ventana en actitud lánguida, con la mirada perdida en los bosques que se extendían más allá de los muros de su palacio. No había vuelto a hablar desde lo sucedido hace dos lunas, y lo que antes fue tomado como meros susurros del servicio, ahora se había convertido en un peligroso rumor sobre lo sucedido... Un rumor que el patriarca de los Galathiel pensaba aplacar con la fuerza que le caracterizaba.

- Quiero que le escuches y hagas cuanto sus palabras te ordenen -Prosiguió el Lord, impertérrito -. Con su ayuda y la sonrisa de la fortuna, logrará inculcarte la sensatez de la que te has visto extraviada... -Siseó en una amenaza velada, rezumando satisfacción y autoridad, como el perro que zafa el cuello de su presa en una cacería.

La puerta se cerró de un golpe y como tantas otras veces, la elfa sintió como la bilis acudía a su boca, como la ira atenazaba sus entrañas, presa y cautiva de poder aliviar el dolor que nublaba sus pensamientos. Sin embargo Elawen no se movió, aunque sabía que había otra persona en la habitación permaneció con la vista ausente sobre las doradas copas de los árboles que se extendían hasta las riveras del Elrendar, permitiéndose alejarse del dolor y no torcer la vista atrás... Sin embargo, el dolor se alejaba de lo físico y pese a que la abstracción de su mente lograba mitigar el mal de su cuerpo, no podía calmar la tormenta que yacía terrible en su pecho. Para ella no habrían más horizontes brillantes, solo sombra y terror.

- Me han dicho que sois una diestra hechicera, joven. - dijo a sus espaldas una voz suave y profunda, con un acento parecido al susurro de las hojas en los árboles cuando la brisa se levanta, capaz de recordar la humedad tras un día de lluvia, o la frondosidad de la espesura de Canción Eterna.

Elawen se dio la vuelta, lentamente. Tras ella se alzaba una alto elfo ataviada con una túnica gris. Su cabello era blanco, aunque su rostro no presentaba signos de vejez. Sus ojos desprendían un brillo celestino, ocultando una mirada acerada y profunda, como dos lunas llenas reflejadas en un estanque, tan magnéticos, que pese a el tormento que atenazaba el alma de la joven, un zumbido de curiosidad y anhelo despertó dentro de la melancolía.

Le reconoció. Pertenecía a la estirpe de los Elfos de las Brumas, un linaje reservado y misterioso al que se le atribuían oscuros secretos y un conocimiento tan antiguo como desconocido. Muchas leyendas y mitos rodeaban a esta casta de pálidos moradores del Sur del Reino, alejados de la pompa de la capital y recluidos en su hogar-fortaleza de Murosblancos. Para algunos, era temor, para otros, curiosidad, sin embargo eran muchos los elfos que acudían a sus puertas en busca de respuestas... Y según sospechaba Elawen en estos momentos, su padre fue uno de esos tantos.

- ¿Quien eres? -Preguntó con gesto de reina, adoptando una postura altiva y buscando mostrarse tan templada como el más fino cristal. Sin embargo, lo sombrío de sus sentimientos oscurecían su mirada, su cabello no mostraba el destello bruñido que lo caracterizaba, y su postura era más encorvada de lo que habría querido reconocer. Sus virtudes se marchitaban al mismo tiempo que su mente se iba abocando lentamente en una espiral de lamento y amargura.

- Se me conoce por el nombre de Baelor, y os he traído un presente -dijo con suavidad.

- No deseo presentes pagados por la arrogancia del que os ha llamado... Podéis marchar a vuestro cubil y olvidar la tarea que se os ha encomendado, no necesito a uno de los vuestros.

- La sombra es mala consejera. Permitidme unos instantes y tras ello, me marcharé. Sin embargo, de hacerlo la que ganaréis no seréis vos, joven Galathiel... Pues poco a poco lamentaréis y zozobraréis, hasta quedar diluida como un frío amanecer.

- ¿Que puede saber un elfo de las brumas acerca de mi dolor? -Observó al elfo, con una mirada relampagueante.

- Nada... Y todo, al mismo tiempo. -Apunto pausadamente, mientras de entre los pliegues de su túnica, sacó un objetó que relució un instante bajo la luz del atardecer.

Elawen lo contempló cuando Baelor lo colocó sobre la mesa. Era una pequeña bola de cristal.

- ¿Sabéis qué es esto?

- Es un Óculo -Respondió Elawen en voz baja-. Sirve para ver en la distancia o para analizar rastros mágicos, cualquier adivinador podría hablaros mejor que yo sobre estos objetos.

El elfo asintió suavemente, confirmando las afirmaciones de la elfa.

- Cierto, es un Óculo. Pero no uno cualquiera. Es un Óculo espejo, Elawen... Una reliquia que no muestra lo que se halla en el exterior, sino lo que existe dentro de la mente. -le dirigió una larga y profunda mirada-. Y como supongo que ya habréis imaginado, dentro de mi mente pueden haber muchas cosas.

Elawen sostuvo la mirada un momento. Luego entendió. Palideció y sacudió la cabeza.

- No pienso tolerar que mediante vuestra magia penetréis en mi mente, adivinador, ¿Me habéis entendido?

- Es justo lo que vuestro padre me ha pedido que haga -Respondió Baelor con suavidad-. Pero no tengo por costumbre el revelar los secretos que otras personas ocultan entre sus pensamientos. Si he accedido no es para complacer su favor, si no el vuestro.

- No necesito tu ayuda. Puedes retirarte, mentalista.

Este esbozó una enigmática sonrisa.

- Poco me importan a mi los secretos que puedan ocultarse en la mente de una joven como vos, Elawen. Mi misión no es mostrárselo a nadie más que a vos.

Elawen alzó la cabeza con altanería, mostrando claramente su reticencia ante lo que el elfo proponía.

- ¿Y para que necesito contemplar lo que ya se? ¿Para que torturarme con la contemplación de un crimen tan atroz, que desafía los límites de mi cordura? -increpaba, mientras su voz ganaba una octava de más- ¿Acaso en su crueldad no ha tenido bastante? ¿Acaso su deseo es verme subyugada a base del terror que me produce el saber que ha ocurrido? No necesito un mentalista para ver lo que pasó, pues la visión de lo sucedido me acosa todas las noches!

La postura y expresión de la elfa fueron decayendo en una mueca de desesperación, tristeza y culpa, cristalizando sus sentimientos en una mirada vidriosa. Sin embargo, no lloró. No permitiría que nadie la volviese a ver llorar, a mostrar sus debilidades... Jamás permitiría que nadie le hiciese el daño que ahora hacía sangrar su corazón. Un corazón que se hallaba forjándose en un fuego de odio y furia... Para poco a poco, quedar convertido en un témpano de hielo.

- Los recuerdos a veces son confusos y borrosos, y sólo podemos acceder a una pequeña parte de ellos. Pero están ahí, ocultos en alguna parte. Muchos pagarían una fortuna por tener la posibilidad de revisar los recuerdos de sus experiencias pasadas, por revivir algunos momentos de su existencia, por indagar en los abismos de su mente en busca de información perdida o de sensaciones olvidadas. Esto es lo que os ofrezco, Elawen. El vencer una debilidad que os hace vulnerable y que os hará perecer... Se avecinan tiempos oscuros y la fortaleza de un elfo marcará la diferencia entre la vida y la muerte.

- Algunas cosas es mejor no recordarlas nunca -murmuró.

- Y ojalá fuera así. Pero los recuerdos nunca se desvanecen sin más. Permanecen ocultos y nos acechan desde los rincones más sombríos de nuestra mente. Nos atacan en sueños, aprovechando nuestra indefensión, nos debilitan por dentro como parásitos que se alimentan de nuestra energía vital. La única forma de vencerlos es mirarlos a la cara, alumbrarlos con la luz de la conciencia... Conocerlos, racionalizarlos y superarlos.

- A pesar de eso, no quiero hacerlo. -Confesó con genuino temor.

- ¿No queréis saber qué sucedió aquella noche?

- No puedo. -Negó con vehemencia.

- Queréis recordar a ese joven como el elfo del que os enamorasteis. Y sin embargo, olvidáis que fue, es y será una debilidad para vos, la debilidad que os persigue en sueños, el rostro que os hizo vulnerable y que os permitió abandonaros al disfrute de las emociones...

- Vos no sabéis nada... -Siseó molesta.

Baelor esbozó una sonrisa tenue y con cierto tono condescendiente, sin perder en ningún momento ese halo de serenidad que acompañaba al elfo desde que entró en la conversación.

- Oh... Claro que se, niña tonta, más de lo que vuestra mente llegue a augurar. Yo he visto el lado oscuro de las emociones, y mientras el resto de mortales se diluyen en las virtudes del afecto, marchitan en desgracia cuando estos se truncan. El mundo es terrible y una debilidad por más virtudes que aporte, sigue siendo eso... Algo que os hace no estar en guardia y sufrir. No os diré "No améis" pues está en nuestra naturaleza el sentir afecto por lo demás, sin embargo, os puedo decir que améis con mesura y con la cautela de saber que posiblemente, ese amor algún día os acabe rompiendo el corazón, pues el destino siempre acecha con el funesto final de la muerte, y si no es la guerra, el odio o la enfermedad quien se lo lleve, será el rápido e inexorable paso del tiempo, muchacha.

Elawen no dijo nada, reflexionando sobre las palabras del sabio.

- Reprimís ese recuerdo, pero ese rostro os acompañará durante toda vuestra vida... Porque los monstruos crecen en la oscuridad y se alimentan del miedo y del odio. Si lo que buscáis es avanzar, atreveos a contemplar otra vez lo que sucedió aquella noche; lo que hagáis después con esa información es cosa vuestra. Elegid ahora si queréis afrontar los hechos o relegarlos para siempre a vuestras pesadillas.

La elfa sopesó durante unos instantes, y luego alzó la cabeza.

- Sea. -dijo-. Quiero asumir su muerte. Quiero saber que le hicieron aquella noche y tal vez de ese modo, sabré si los culpables merecen o no mi venganza. ¿Que he de hacer?

Baelor sonrió levemente.

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I. RAPTO

Rapto.jpg

 

Era noche cerrada. En su despacho del caserón de los Galathiel, situado próximo a la Corte de Lunargenta, Elawen dormitaba sobre su escritorio en un sueño intranquilo respirando entrecortadamente. Las ligeras volutas de un incensario ya extinguido se elevaban hacia los altos techos de la estancia, mecidos por la brisa que se colaba por el ventanal, revolviendo a su vez las ligeras cortinas y dejando ver un cielo sin estrellas sobre los tejados de la capital de los elfos.

Fuera, el ulular del viento llenaba falsamente el extraño silencio que ocupaba las calles próximas al hogar de la hechicera.

- Elawen.

La elfa de cabellos rubios abrió los ojos casi en seguida. Algo confusa, se volvió hacia el ventanal. Allí, recortada contra la luz de la luna creciente, estaba la silueta de Athaner, apoyado en el marco de la balconada que se abría hacia el jardín interior. Elawen se relajó un tanto, incapaz de evitar una sonrisa tímida tras haberla descubierto dormida sobre libros y pergaminos, era él y como tantas otras veces la calma y seguridad que Athaner desprendía logró hacer a un lado sus remilgos y recibir con buen ánimo su inesperada visita.

Sin embargo, lucía extraño. Su postura tensa distaba del elfo templado que tan bien conocía y la fijeza de su mirada no era natural en él.

- Athaner – Amplió su sonrisa, incapaz de dejar que minucias enturbiasen el encuentro. Los últimos acontecimientos la habían alejado demasiado del mundo y ciertamente, comenzaba a añorar sus encuentros con el soldado. – Sois vos, ¿Qué sucede?

Él le tendió la mano.

- Dame la mano, Elawen.

Ella se irguió y realizó un gesto vago con su mano. El candil que reposaba sobre la mesa se iluminó inmediatamente, bañando la estancia con una suave luz vacilante. Elawen observó el rostro de Athaner; el elfo se había incorporado y se alejaba del umbral del balcón desde donde se observaba el jardín en el que tantas veces se habían encontrado, acercándose a ella.

Su rostro lucía sereno, tranquilo, quizás demasiado… Posesor de una seriedad que pese a ser normal en él, indicaba algo extraño.

- Dame la mano –repitió.

Elawen se apartó un mechón de cabello algo intranquila y alargó la mano hacia él, vacilante. Sabía que era Athaner, no tenía que inquietarse ante su visita.

Athaner sonrió. Tomando su mano, enredó sus dedos con los de la elfa y la meció en una caricia, aproximándola hacia sí.

- ¿Qué ocurre, Athaner? – dijo mientras profería un suspiro, algo más tranquila.

Athaner mantuvo su sonrisa en silencio. La elfa lo miró a los ojos, buscando en ellos la templanza y ternura que acostumbraba a encontrar en la mirada del soldado, sin embargo, la Gran Arcanista pudo ver a la débil luz del candil que sus ojos estaban mintiendo.

- Tú no eres Athaner. –dijo con voz sorprendida, cayendo en la cuenta del engaño-. ¿Quién…?

Trató de desasirse, pero no lo consiguió. El elfo profirió una risa helada con una extraña voz de mujer, mientras sus firmes manos mantenían bien agarrada a la elfa. Sus ojos eran ahora de un profundo color negro.

- Al fin eres mía

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II. BÚSQUEDA

Invocación.jpg

Baelor cerró los ojos y juntó las manos. Frente a él, en el suelo del estudio, había dibujado un círculo bordeado de signos arcanos. Cuatro incensarios que dejaban escapar volutas de un humo azulado rodeaban el círculo. El aire tenía un aroma misterioso y amargo, con toques de extraños efluvios que comenzaban a pulular por la estancia.

<<Debo hallar respuestas>>  pensó el anciano.

Se esforzó por concentrarse. Alzó las manos y pronunció la fórmula de la invocación como si fuese una letanía, repitiendo el salmo con vehemencia y una voz cada vez más grave.

No tuvo que esperar mucho. Un aire frío y húmedo surgió del círculo y recorrió toda la habitación. Baelor siguió con los ojos cerrados, procurando no perder la concentración. Sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo ante él, y sabía que debía estar atento para evitar perder el control.

Cuando abrió los ojos vio ante él una figura de rasgos humanoides envuelta en una bruma fantasmal que hacía difusas las formas y alteraba los colores de forma inverosímil, deformando el espacio de la invocación entre destellos celestinos. Era delgada y observaba sin ojos aparentes al elfo de cabellos blancos que le había convocado, revelando un rostro alargado, de apariencia asexuada que poco o nada tenía de humano.

- ¿Por qué me has llamado, mago? – preguntó la silueta, con una voz monocorde y sobrenatural, logrando erizar la piel del anciano que se erguía sereno ante el círculo de invocación.

- Tengo algunas preguntas que hacerte.

La silueta se limitó a permanecer en silencio, expectante, sin añadir nada ante lo que ya era evidente.

- Busco a una hechicera perdida. – repuso de nuevo el elfo, manteniendo su mirada inalterable sobre la silueta.

- Muchos son los hechiceros los que moran en este mundo, ¿Por qué habría de buscar una más entre tantos otros?

- No es una hechicera cualquiera, hablo de mi protegida – Prosiguió Baelor – Se trata de la última de su linaje, la única Galathiel que queda con vida.

La figura se removió dentro del círculo, inquieta.

- Mis orbes y espejos mágicos no logran encontrarla. – prosiguió el mago- Búscala en el nombre de los elfos de las brumas.

El silencio ocupó la estancia durante unos instantes mientas la figura parecía dudar, sin embargo, algo cambió en ella y tras oscilar dentro del círculo de invocación durante varios minutos, regresó a su quietud y volvió a contemplar al sabio con su mirada muda.

- ¿Y bien?

- Aquella a la que buscas se halla perdida en un lugar lejos de tu alcance, hechicero. Intereses oscuros la guardan donde aquellos a los que tu sirves hicieron prisionera a la antigua enemiga. Olvídala, pues pronto no será más que un espectro convertido en recuerdo para los que aun la añoren.

La expresión del sabio varió por primera vez a genuina preocupación, calando las palabras del oráculo en su mente y acelerando una ola de pensamientos sombríos que se había esforzado por aparcar.

- Sin embargo, has errado en la fórmula de tu pregunta, hechicero.

La mirada de Baelor volvió a interrogar a la figura.

- Hay otra.

 

 

Cuando la figura desapareció y la estancia volvió a quedar en la penumbra, Baelor se dejó caer sobre una silla temblando y con la frente perlada de sudor. Respiró hondo.

Estaba agotado y todavía tenía la piel de gallina. Ahora todo había cambiado.

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III. PERDICIÓN

perdicion.jpg

Elawen vagaba por un mundo en el que todo parecía irreal. Un páramo brumoso en el que las formas y los contornos de las cosas se deformaban en un amasijo de sombras, se abría frente a la elfa que se esforzaba por avanzar en un paso errático y sin destino. Sabía que estaba atrapada, sabía que no lograría escapar de allí a no ser que recibiese ayuda del exterior; pero aquella idea le daba miedo y hacía que la ya maltrecha mente de la hechicera cayese poco a poco en la inquietud.

¿Cuánto tiempo llevaba caminando? ¿Qué estaría ocurriendo en Lunargenta? ¿Y Athaner? ¿Habría cumplido Wetfall con sus amenazas? Las preguntas le acosaban como dagas mientras la negrura del lugar iba tragándosela poco a poco, sin embargo, aprendió pronto a que sus propios demonios eran preferibles a los tormentos que le aguardaban entre las brumas de ese extraño lugar.

Al principio solo eran susurros entre la niebla, manos invisibles que parecían acariciar su pelo y ojos esquivos que la observaban desde la lejanía; había intentado ignorarlos, correr para alejarse de ellos, incluso taparse los oídos con tal de que dejasen de acosarla, pero siempre lograban alcanzarla hasta convertirse en algo habitual.

Hacía tiempo que la elfa se había dejado llevar por la desesperación. Sin embargo, luchaba por seguir consciente, por mantener la cordura, por continuar viva… si es que seguía viva.

Elawen ya no estaba segura de ello.

Después vinieron los espejismos. Amigos y enemigos aparecían frente a ella queriendo alcanzarla; rostros del pasado y del presente que conseguían llenar su corazón de esperanzas, a la vez que despertar sus recuerdos más tenebrosos; un castigo que cristalizaba con imágenes que la acechaban para poco después fundirse con las brumas del lugar y desconcertar todavía más a una Elawen desolada por la pena y la inquietud.

Y entonces oyó una voz familiar, alguien volvía a llamarla entre la niebla.

Lo primero que pensó fue que se trataba de una ilusión. Pero aquella voz había encendido una llamada de esperanza y avanzó entre las brumas, titubeante.

- ¿Melathar?

Pronunció su nombre con temor. Hacía ya largo tiempo que había perdido la pista de su primo y desde que supo que acabó pactando con los Sol Oscuro, en su interior había perdido la esperanza de volver a encontrarlo. Sin embargo, la voz había sonado demasiado real y el anhelo por hallarlo de nuevo podía más que los consejos de su cordura.

Las  brumas susurrantes se alejaron un tanto de ella, y Elawen se sintió un poco mejor. Pronto, pareció vislumbrar el rostro del elfo de cabellos oscuros más allá  y desesperada por la posibilidad de ser cierto, corrió a su encuentro, mirándole a los ojos.

La apariencia del elfo que tenía delante distaba mucho del orgulloso escritor que le había acompañado desde su niñez en Lunargenta; lucía el cabello muy corto, su rasgos se habían endurecido y una extraña cicatriz cruzaba desde la frente hasta su pómulo, desfigurando su hermoso rostro con una marca que posiblemente sería de por vida. La imagen de ese elfo sombrío dejó a la elfa sin aliento, sin embargo, en esos ojos enmarcados por profundas ojeras aun latía el brillo de rebeldía que siempre había apreciado en Melathar, era él y de alguna extraña forma se hallaba frente a ella en ese extraño lugar.

Se sintió exultante de alegría, y alargó la mano para rozar la de su amigo. Sin embargo, su mano atravesó el aire limpiamente sin sentir más que la bruma rozando su piel. Supo entonces que Melathar no estaba allí, con ella; tan solo era una ilusión.

<<Sé dónde encontrarte>> escuchó en su mente, mientras la figura del elfo seguía observándola.

La imagen de Melathar desapareció entre las sombras y Elawen volvió a quedarse sola.

No pudo evitar un gemido de dolor y desesperación mientras se encogía sobre sí misma

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