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Diario de Tilarïa Lahad'bi

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Diario de la Dra. Tilarïa Lahad'bi

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Introducción

Hoy, en la madrugada del dieciocho del octavo mes del año veintisiete, en mi habitación de la Posada Orgullo de León, en Villadorada, he decidido iniciar este diario en un libro cuyas páginas y portadas están -por ahora- vacías y con una fabulosa pluma negra que he podido adquirir en Dalaran justo antes de despedirme de la ciudad -aunque espero volver a visitarla pronto, echaré de menos perseguir a un Snext hasta arriba de setas por las cloacas y los demás desfases que he podido presenciar-.

La razón por la que lo escribo es, sencillamente, que deseo dejar constancia en algún sitio de las aventuras -y desventuras, todo sea dicho- que me vayan pasando, de modo que dentro de unos cuantos años, cuando sea una anciana al borde de la muerte, pueda leerlas y quizá felicitarme a mí misma por haber tenido la genial idea de preservar mis recuerdos para mi futura yo -o para todo aquel que desee echarle un ojo a estas páginas-.

Sin más, comenzaré a relatar mi historia.

*Una firma en tinta negra finaliza la primera página y con ella la introducción al diario*

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Celebración en Dalaran

Agotada, acabo de regresar de una de las experiencias más... Curiosas, de mis ochenta y seis años de vida, la festividad del Triunfo en Dalaran, con motivo de la victoria de la campaña en Rasganorte sobre el Rey Exánime -a la cual no participé, por cierto-. Han sido tres días de celebración, festividad, alegría, desfase e insomnio por un lado y de sermones y alguna que otra tensión por el otro.

El primer día, tras atravesar el portal de Ventormenta que nos llevaría a Dalaran, algún personaje importante dio el típico discurso autocomplaciente que detesto tanto como tan acostumbrada estoy a oírlo. Tras esto, la celebración comenzó, los fuegos artificiales iluminaron la mágica ciudad, las calles se llenaron de gente festejando, bebiendo y... Otras cosas que, en resumidas cuentas, no me molestaré en incluir entre estas líneas. Si no recuerdo mal, los integrantes de la organización a la que pertenezco, La Llave Negra, y yo fuimos de los primeros en ponernos en marcha a buscar algo con lo que divertirnos -cosa que inevitablemente lleva, cómo no, a la misma respuesta siempre: alcohol-. Tras probar la mitad de barriles de la ciudad, en los cuales se encontraban las mejores cervezas, vinos y licores que he probado jamás, nos dirigimos hacia los Bajos Fondos de Dalaran, unas cloacas apestosas, sucias y llenas de borrachos, truhanes, vendedores de alcohol y drogas y demás especímenes de dudosa confianza. Pude comprobar cómo ahí se encontraba la verdadera fiesta, no en la superficie. El ambiente era sobrecogedor: un estruendo musical que apenas te permitía escuchar a quien te hablase a medio metro de distancia, un penetrante olor a alcohol, sudor, suciedad y alcantarilla, cientos de personas bailando y bebiendo... En resumen, lo que se dice una fiesta en condiciones, y no el muermo de la superficie. Pasamos ahí un buen rato, durante el cual, al parecer, se pusieron de moda las setas entre los integrantes de La Llave -especialmente Snext, que dio más problemas que nadie... *se puede ver cómo el trazo se detiene durante unos momentos, ya que unas gotas de tinta quedan marcadas sobre el mismo sitio* Bueno, nadie... Exactamente nadie no, lo de Eliott fue peor, pero ya hablaré de eso-. Mientras la gente se atiborraba a alcohol, setas y demás estupefacientes mientras bailaba, se me ocurrió la maravillosa idea de acercarme a una elfa renegada que andaba por ahí. ¿Cómo iba a desaprovechar algo así? ¡Es un cadáver con ciertas funciones vitales, merece ser objeto de estudio! El caso es que sentí curiosidad y poco a poco una conversación más o menos tensa se entabló -con conversación, todo sea dicho, me refiero a yo preguntándole qué se siente al morir y ella tocándome y amenazándome muy sutilmente de muerte, claro-.

Por supuesto, los problemas no tardaron en aparecer. Eliott, nuestro joven, impulsivo e ignorante recluta de dieciséis años al que más de una vez le hemos tenido que salvar la vida y sacarle de problemas, decidió ponerse a hablar con la gurth'dorei. Esta, con una labia que, en cierto modo, he de reconocer, admiro, lo puso poco a poco en nuestra contra y lo convenció para que se fuera con ella -claramente no le contó que lo iba a asesinar y convertirlo en un cadáver andante, si no que le llenó de promesas de volver a ver a sus padres, de vengarlos, de poseer un cuerpo casi invencible...-. Si a esto le sumamos que tuve que drogar al muchacho en contra de mi voluntad para impedir que se lo llevaran, su escasa inteligencia se encontraba ya completamente atrofiada. Tomó una decisión, buena o no, y tuvimos que respetarla. Imagino que a estas alturas ya estará en Entrañas, buscando su brazo o colocándose uno nuevo...

Cómo no, al día siguiente, justo cuando creía que por fin iba a poder disfrutar de la fiesta, a Yvore y a Snext les dio un ataque de locura e hiperactividad causados por el alcohol y las setas. Hans y yo no pasamos un buen rato persiguiendo a ambos por toda la ciudad, atando a Yvore a una farola y tirando varias veces a Snext al suelo. Al final, tuve que engañar a Snext y dormirlo -joder, ya es la segunda vez que le hago eso a un compañero en dos días- para encerrarlo en mi habitación hasta que se hubiese calmado. El resto del día transcurrió sin pena ni gloria, Brienne y yo nos divertimos un rato a costa de Zert y de un orco llamado Zug-zug -a pesar de que me negase constantemente que ese era su nombre, pero era lo que me dijo cuando le pregunté por primera vez cómo se llamaba, así que así se queda- y... poco más.

El tercer y último día, se hizo entrega de las medallas por parte de ese idio... *el trazo se vuelve a detener durante unos segundos* Por parte de Rhonin, a los héroes -y mira que se parecían poco entre ellos esos héroes- de la campaña contra el Rey Exánime y la Plaga. Como siempre, hubo sermones, discursitos irritantes, autocomplacencia, peloteo a las figuras que se consideran "honorables" y desprecio a las que tienen orígenes más humildes o no se comportan según el código moral que esos acicalados y enlatados imponen... El ejemplo más visible es Yvore, al que directamente denegaron la medalla en pleno estrado e invitaron cordialmente a volver al público.

Por fin, los sermones, los silencios incómodos y las tonterías sobre el honor y la paz que nadie se cree, pero les hace estar más seguros de sí mismos, finalizaron, y los portales se abrieron. Volvimos a Ventormenta, nos encaminamos hacia Elwynn y... Aquí me hallo, escribiendo estas líneas, pero me parece que voy a dejarlo ya por hoy.

Expedición Cylider

Hoy hemos partido a eso de las siete de la tarde en la expedición que Yvore Cylider, el demente, organizaba a Alterac. Salimos del puerto de Ventormenta en la Última Fantasía, un humilde navío el cual no se encontraba en las mejores condiciones capitaneado por el capitán Grigs, tripulado por unos escasos marineros y que constaba con un solo cañón.

Todo iba relativamente bien hasta que nos topamos con un piratilla náufrago reciente en plena alta mar, el cual decía llamarse Eduardo y alegaba que su barco lo habían hundido una horda de nagas. Contratamos a Eduardo entre la tripulación hasta que llegásemos al puerto de Menethil, le dimos comida, ropa y una litera. Pasadas unas horas, otro náufrago apareció entre las aguas. Cuando nos acercamos lo suficiente, escuchamos que el desventurado marinero nos gritaba: "Es una trampa, ¡es una trampa!", justo antes de que un tridente le atravesara la cabeza. Ahí empezaron los problemas. Una ingente cantidad de nagas, liderados por una Bruja de mar naga y acompañados por una terrible tormenta, nos atacó. Nos defendimos como pudimos, fue una batalla larga y en la cual murió gente, y fue herida todavía más. Ana, la otra médico, y yo no dábamos a basto con tanto herido, pero afortunadamente la batalla finalizó y se dispusieron unas mesas para que pudiésemos hacer nuestro trabajo. Atendimos a los marineros y a los expedicionarios según la gravedad, tuvimos una pequeña disputa con algunos de los integrantes de la expedición y... Poco más. A Ana y a mí nos costó hacer que todos los malditos cabezotas heridos se fuesen a descansar pero, afortunadamente, al final conseguimos controlar la situación.

Nos hallamos actualmente rumbo a Menethil, con el barco destrozado y la tripulación diezmada. Llegaremos mañana por la mañana, según me ha dicho Yvore, solo espero que no suframos más ataques; no sobreviviríamos.

Segundo día. Nada más levantarme, he podido ver cómo habíamos llegado ya al puerto de Menethil. Ahí, descansamos, compramos suministros, reparamos el barco... Ayudé a un marinero a escribir una carta de amor para su amada -la cual funcionó, de hecho, ahora la amada es marinera también en la Última Fantasía, además de haber establecido un vínculo amoroso con el marinero-, ayudé a otro marinero a recuperar su pichel robado...

En fin, después de comer, nos pusimos rumbo a Costasur, pero, cómo no, los problemas no tardaron en volver a aparecer. Una fuerte tormenta con agresivos oleajes nos sorprendió, pero salimos por los pelos. El viaje transcurrió sin muchas más cosas que destacar, excepto que el náufrago al que rescatamos, Eduardo, inventó algo llamado El club de la Ducha, que consistía, básicamente, en pelearse. Quien ganase, se quedaba con la ducha del capitán Gigs, la única del navío y la sola forma de lavarse en él.

Llegamos, por fin, al puerto de Costasur, donde nos dividimos un rato hasta que Yvore encontró un guía. Encontró uno, sí, pero a qué precio. Este nos dijo que nos llevaría encantados a Alterac, pero que antes debíamos rescatar a su hermano, que había sido secuestrado por unos yetis. Y fuimos a la cueva donde estaban los yetis, claro que fuimos. Salvamos al hermano, un gnomo desnudo, por los pelos, y nos fuimos pitando de ahí. Cuando llegamos a la casa del guía, este resultó ser una gnoma de pelo rosa que... Se tomaba muchas confianzas, por así decirlo.

Nos pusimos camino hacia Alterac, por fin, pero nos paramos en el cráter de Dalaran, para investigarlo y ver si podíamos rapiñar algo. Montamos un campamento no demasiado lejos y nos dirigimos al cráter. La imagen de este era asombrosa... La energía arcana se podía percibir con todos los sentidos, te empapaba. Buscamos un poco, pero, como era de esperar, un guardia del Kirin Tor apareció y nos pidió que nos fuéramos. Tuvimos que volver al campamento, donde estoy escribiendo esto ahora mismo, compartiendo tienda con Lady Astrea.

Vuelta a la rutina... ¿O no?

Hemos llegado, de una vez por todas, a Villadorada. El viaje de vuelta en el barco, cómo no, no estuvo libre de complicaciones, nos atacaron unos piratas y, cuando llegamos al puerto de Ventormenta, la guardia registró el barco y encontró esa extraña arma que a Yvore se le ocurrió llevar. Sancionaron al capitán Gigs por transportar tal arma y le avisaron de que la próxima vez que encontrasen algo así se le bloquearía el acceso al puerto de Ventormenta y serían calificados de contrabandistas.

A pesar de todo, llegamos por fin a la posada Orgullo de León, a nuestra querida y aburrida posada, a disfrutar, otra vez, de la monotonía de ese bosque del diablo. Pero, claramente, los misterios no tardaron en reaparecer.

Un adinerado y perfumado quel'dorei llamado Zeta apareció en la posada, se presentó, le dijo a Bael no sé qué sobre unas negociaciones y los bajos fondos del Barrio de los Magos de Ventormenta, se sentó en una mesa y estuvo un tiempo, esperando a alguien. Dicha persona no apareció, así que salió de la posada y Bael y yo decidimos seguirlo, por si acaso. Se detuvo en medio del camino que sale de Villadorada para ir a Ventormenta, ya que una humana llorosa apareció. Nos acercamos para escuchar mejor y mis sospechas se vieron confirmadas, en parte. La mujer no dejaba de llorar y hablaban de algo sobre "un trabajito", y "unos polvos en un vaso". Por lo que escuché, lo más lógico es que se trate de algo relacionado con asesinatos y esos negocios turbios.

En fin, avisé a Bael de que tuviera cuidado con los negocios que hacía y le dije a Dwyrn lo que había escuchado, pero, como siempre, no le dio importancia. Estoy segura de que algo raro se cuece con ese elfo y pienso averiguarlo, a pesar de lo mucho que me arriesgo metiéndome continuamente en estos asuntos. Algún día me costará la vida o algo peor, pero no puedo evitarlo.

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Sin título

Parece que hace ya tiempo que no te visito. Deberás perdonarme, he tenido unos días algo agitados y... Al borde de la muerte. Y los sigo teniendo. Ya nada es seguro, ya nada está claro, el peligro acecha en cada esquina y la muerte es lo más inequívoco y definitivo que una se puede echar en cara. ¿Acaso no fue siempre así, de todos modos? ¿Acaso no es esa la única forma en la que sé -y me gusta- vivir? ¿Cuál sería el propósito de todo esto si no existiese un riesgo constante, si esta vida, que se me escurre entre las manos como el agua que uso para limpiar estas putas letrinas día y noche, no fuese tan impredecible, si tuviese la desgracia de vivir de forma acomodada y aburrida?

Estar en aquella celda durante el tiempo que estuve me hizo darme cuenta de esto de manera infalible. Allí dentro llegué a pensar cosas que creí que nunca pensaría, incluso estuve a punto de volverme loca. ¿O quizás me lo volví de verdad? Al fin y al cabo, los locos raramente saben que lo son. Probablemente nunca lo llegaré a saber, pero está bien así. La incertidumbre y el desconocimiento no son más que palancas que nos obligan a seguir adelante, a saber más, son las ruedas que impiden que nos estanquemos en un punto de nuestras vidas.

Nunca más podré ejercer la medicina profesionalmente, y no veo en un futuro próximo cómo ganarme la vida. Además de sobrevivir, tengo que pagar una multa. Toda esperanza está perdida, diría alguno, y, sin embargo, aquí me hallo, escribiendo estas líneas con una pluma que perteneció a otra yo, en un diario que ya había olvidado, con la certeza de que nadie llegará a leerlas jamás. Cuando me dijeron mi destino, creí que me lo tomaría de otra forma. Que quizá me derrumbaría e hiciese alguna estupidez. No fue así. Parece que, lentamente, voy perdiendo el poco sentimiento que me queda, a la par que me doy cada vez más cuenta de que la única emoción remanente en esta vida es la del peligro y la duda, la del no saber si mañana despertarás bajo tierra, o estarás oscilando tu hoja para salvar la vida.

Creo que podré acostumbrarme a esto. Ya encontraré la forma de seguir adelante, de salvar el culo. Al fin y al cabo, llevo viviendo así durante muchos años, esto tan solo es un desafío más, otra página de este libro.

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