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Aiza E. Abbott Relatos.

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I

Sus ojos por primera vez se posaron con suma curiosidad, propia de los niños, en aquel peculiar árbol. Podría fácilmente carecer de singularidad y ser como cualquier árbol de los frondosos bosques del Reino. Imponente rodeado de un aire arcaico y silencio se alzaba en medio del patio del templo. Como si fuera más que un simple adorno. Cuatro pilares de piedra rodeaban su tronco, y a su vez, varias cuerdas se entrelazaban entre los pilares sosteniendo en ellas diferentes tipos de amuletos y escritos encerrándole así en aquella curiosa aura de misticismo.

Era la primera vez que le observaba, desde que poseía consciencia de ser, al menos en profundidad y con suma atención intentado descifrar su razón y se vio sorprendida al poder sentir, al poder compartir y ser parte del ambiente del aura que emanaba de él. Se mantuvo perpleja contemplándole por un tiempo e inconscientemente musito “Tú no eres como los demás árboles. Entonces, ¿Qué eres?” como si el árbol pudiera ofrecerle alguna respuesta.

-Yo también me lo he preguntado hace tiempo ya.- Se hizo escuchar a sus espaldas una suave voz, una voz familiar, una voz apaciguada y serena. – Claro que, nunca intente preguntarle al árbol.

En un efímero momento de sorpresa la niña observo el árbol y luego al definir de donde provenía aquella voz se dio vuelta sobre si misma encontrándose con la mirada serena de su maestra y madre.

-Y bien Aiza, ¿Qué te ha respondido él?-

-…- Pregunta ante la cual la niña respondió con una avergonzada mirada. Después de todo Aiza resultaba una niña muy tímida. Aun si se tratara de su madre. Ante tal actitud Mariel no pudo hacer más que ofrecer sus brazos como refugio para su hija junto a una maternal sonrisa. A lo cual Aiza accedió sin mucha vacilación. Y una vez en sus brazos alzo su mirada hacia su madre con una expresión interrogativa antes de volver a mirar con curiosidad el árbol.

-¿Tú también lo sientes no es así? Hija mía. Las emociones que circundan alrededor de él. – Pregunto contemplando con el mismo brillo en sus ojos con el que Aiza le observaba hacia instantes para luego volver la vista a su hija en brazos.- Me he hecho esa misma pregunta hace tiempo ya. Siempre intentando descifrar todo acerca de él, he pensado sobre su procedencia, el origen de su poder y su razón de permanecer. Qué es lo que lo liga a nosotros. Ya que tu abuela nunca me ilustro, hasta llegado su momento, sobre él. –Explico con detenimiento mientras observaba y mantenía en sus brazos con profundo cariño a su hija. – Llegara el día para ti también hija mía en que comprendas la historia y la razón tras él. Aunque me temo que aún es demasiado pronto querida hija mía.

-Maestra, maestra~ - Casi interrumpiendo se hizo oír la voz de Lilianne. Una de las jóvenes aprendices de la sacerdotisa Abbott. – Necesitamos de usted en la entrada. Tenemos visitas. –explico conforme a paso ligero se acercaba donde ambas.

Lentamente y con suavidad Mariel soltó a su hija. Y asintiendo marcho junto a Liliane hacia el interior del templo dejando a Aiza nuevamente a solas frente al estoico y silencioso habitante. Una suave brisa se hizo presente acentuando el aura que emanaba de él. Por un momento ante la atenta mirada de la niña, al ver algunas hojas de este caer, el ambiente pareció cargarse de una extraña y momentánea melancolía. Como si tras toda aquella calma y serenidad existiera algo más.

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II

-Señorita Liliane, señorita Liliane! – conforme sus pasos de oían a través de los pasillos del templo exclamaba una de las pequeñas aprendices. Encontrándose con la alarmada mirada de su maestra, tratándose de altas horas de la noche, asomándose por unas de las habitaciones. – El Guardia Hives. Esta aquí. E-Es una emergencia.

-…-

-----------~------------

La seria expresión del rostro adentrado en la madures del guardia se tornó hacia la mujer que le recibía en el vestíbulo del templo. A Liliane no le quedo alternativa que imitar tal seriedad. Hives de por si era un hombre serio, de aquellos que no tiene un cabello de chistosos, y el ambiente a su alrededor, a veces, no resultaba del todo cómodo.

-¿Qué tan serio es el asunto?- Sin demasiadas mediaciones pregunto.

-Bastante, tratándose de asuntos propios de su templo.

Liliane abrió, un poco más, ambos ojos alzando de forma leve las cejas.

-Tenemos reportes de Villa Carolina. Algunos de mis hombres han visto luces extrañas manifestándose en las cercanías de esta. Tengo entendido que es allí donde…

Hives simplemente fue interrumpido por el cabeceo de la mujer.

-Es uno de los puntos donde hemos tenido incidentes. No me atrevo a poner en duda la veracidad de vuestras palabras Iann. Prepare a sus hombres partiremos raudos hacia el poblado. Me temo que no me agrada demasiado el asunto.

Ambos instantáneamente se pusieron de pie cada uno partiendo a diferentes puntos del vestíbulo a paso rápido.

-----------~------------

La noche se cernía sobre el camino y el mismo bosque adquiría aquella perpetua aura propia de él. Entre la oscuridad las antorchas y farolas se abrían paso acompañado del sonido de cascos de caballos. Era casi una locura adentrarse de forma apurada por aquellos caminos aun así no perdían tiempo.

Frente al grupo marchaban ambos. Hives con la misma expresión de seriedad y, por otro lado, el rostro de Liliane mostraba una evidente preocupación acerca del asunto. Gran parte del camino guardaron silencio. Ya yendo a mitad de este.

Hives volvió sus ojos de soslayo a hacia ella, a su derecha, - Exactamente… ¿por qué se encuentra tan preocupada? – Casi como si evidentemente se hubiera percatado de su expresión. – Desconozco los detalles acerca del caso.

Liliane por un momento también dirigió sus ojos hacia él antes de volverlos hacia el frente.

-Aquel poblado… en él se perdieron cientos de vidas durante la invasión orca. A partir de ello varias de las víctimas, de aquella masacre, al encontrar una muerte atroz e injusta ante la propia naturaleza de la vida fueron convertidas en almas en pena. Al dejar de forma tan violenta sus deseos, sus seres amados, esta vida, no fueron capaces de encontrar paz consigo mismo y por ende no fueron capaces de dejar este mundo. Confundidas, furiosas, sofocadas y adoloridas vagaron por años dañando a cualquiera que se acercara lo suficiente. Hasta que, junto a la Matriarca Abbott, establecimos el sello de redención algunos años atrás.

-¿Un sello? ¿Qué clase de sello? – Se limitó a preguntar el hombre con un ápice de curiosidad.

-Un sello que imposibilitaría la manifestación de aquellas animas con el fin de que no fueran capaces de herir a nadie. Aunque pueda parecer algo desconsiderado tal cosa, a su vez, este les brindaría la tranquilidad y la posibilidad de que pudieran encontrar, para sí mismos, la paz y el camino hacia la otra vida. – Explico desviando levemente la mirada hacia algún punto de aquella infinita oscuridad, en las entrañas del bosque, pensativa al recordar algo. – Me preocupa que algo esté funcionando mal con el sello.

Hives simplemente pestañeo volviendo la vista al frente asintiendo ante lo expresado por la mujer. Como si en aquel mismo momento se hubiera levantado un ínfimo e incómodo silencio. En ese mismo momento los caballos del grupo detuvieron su paso en seco.

Mas allá, terreno abajo, pocos kilómetros más adelante podía discernirse, de forma parcial, el claro en la frondosa vegetación donde se hallaba el poblado. En medio de la diurna penumbra que les rodeaba a ellos, y a aquellas tierras, terreno abajo, fueron testigos de aquello que los sentidos equinos habían podido percibir. Tanto con asombro, como preocupación, creyeron discernir como, una a una, pequeñas luces comenzaban a aparecer. Recubriendo y llenando en cuestión de poco tiempo gran parte del claro. Todos y cada uno de los hombres se observaron entre ellos con momentánea azoramiento.

A su vez tanto la sacerdotisa como el guardia cruzaron miradas. Como si eso bastara para entender que ambos estaban pensando lo mismo en ese momento. Ambos agitaron las riendas, sin vacilación alguna, obligando a los caballos a retomar a galope presuroso el camino hacia el poblado. El resto les siguió luchando contra la duda. Así a través del camino, partiendo la espesa oscuridad, el grupo encaro rumbo hacia el poblado dispuestos a hacer frente a cual fuera la situación que se estaba desarrollando en este.

-----------~------------

Las calles vacías, desiertas, desoladas, silentes y efímeras. Las ventanas hechas trizas y los edificios en ruinas. Los escombros y la invasiva vegetación adornaban todo el lugar. A través y a lo largo de estas resplandecía de forma tenue, iluminando solemnemente, proyectándose en todo el poblado una luminiscencia de un tono azulado espectral. Vagando por las calles de forma confusa, junto con un mudo llanto de consternación y un aura angustiante que anudaba la garganta, aquellas luces deambulaban a lo largo del poblado. Apenas en el fulgor de su existencia podía entreverse algo de humanidad en sus expresiones.

Los ojos por igual de angustiados de Liliane les observaron. El aura que emanaban resultaba tan nocivo que podía llenar el corazón de aquellos que se acercaran demasiado de los más fieros pesares y sufrimientos experimentados por aquellas ánimas.

Ninguna palabra tuvo la valentía de emerger del grupo al adentrarse en Villa Carolina. Cautelosos ante el sepulcral ambiente que les rodeaban se adentraron entre los espíritus. Estos absortos en su propio y solitario lamento les ignoraron como si no fueran conscientes de su existencia.

-El sello ha sido destruido…– Paseando la vista entre las diferentes manifestaciones. – Es imposible. Es necesaria una cantidad considerable de voluntad para inhabilitarlo de forma abrupta.

Poco a poco conforme se adentraban aquellas ánimas comenzaban a mermar en cantidad. Hasta que simplemente solo quedo una vagando solitariamente en medio de una calle alejada. Una leve sospecha hizo entrecerrar la mirada de la sacerdotisa. Algo no iba definitivamente del todo bien.

Aquella solitaria alma vagaba perdida cruzando la calle presurosa intentando escapar. En ese momento en pocos instantes su forma se desvaneció poco a poco. Siendo absorbido en la misma dirección de la que huía. Al momento de desaparecer una figura emergió a la vista. Por unos momentos la sangre se helo ante la imagen de aquella persona. Su pálido rostro se volvió curioso hacia ellos poco antes de esgrimir una amplia y entumecida sonrisa.

Hives fue el primero en derrotar al temor y desenvainar su espada. Aun así antes de que pudiera alentar a los suyos Liliane le detuvo. Y pese a ello aquella mujer les seguía viendo con aquella expresión burlona como si resultara gracioso e irónico el ver la presencia de ellos. Sus ojos opacos en conjunto a sus facciones denotaban un sutil e inocente desdén.

-¿Así que esto es obra de tu Maestra? ¿! Con que intenciones se toman el atrevimiento de profanar este lugar de descanso!?- Alzando el brazo que detenía el avance de Iann.

-Tsss—ha, hahahaha~ ¿Lugar de descanso? ¿Qué es lo que dices? A mí me suenan a puras tonterías. ¿Por qué habría de interesarle esta… esta pocilga? Yo solo andaba de paseo~, ¿sabes? ¿Se van a quedar ahí parados? Si no tienen más que decir…

Iann, tensando la mandíbula de la rabia, atino a dar un paso hacia adelante al ver que aquella profanación andante se marchaba solo para ser nuevamente detenido, y de forma más acentuada, por la sacerdotisa.

-Sera mejor dejarle ir. - - Antes de que vuelvas a tu agujero tengo un mensaje para tu ama.

La mujer detuvo el paso y volvió su rostro por encima de su hombro observando con aquella mórbida curiosidad a Liliane.

-Dejen de dar la cara tan a la ligera en estas tierras. No sé qué están tramando ambas. Pero sepan que mi paciencia y mi piedad tienen un límite. Dejare de darles el privilegio de existir pese a su mórbida y profana esencia y a quienes hayan sido. -Comento estrechando la mirada con evidente desagrada y hasta resentimiento notorio en su tono de voz.

-¿Ah? Si es todo… se lo diré, sí. –Respondiendo junto a una mueca antes de alejarse perdiéndose entre de la vista entre las calles en dirección al bosque.

-¿Quién era aquella mujer? –pregunto tiempo después de una forma un tanto privada Hives a la Sacerdotisa.

-Alguien que conocí años atrás. – Respondió simplemente y de forma esquiva antes de detenerse frente al edificio donde habían colocado el sello observando las cenizas en el suelo y la puerta atrancada.

Para ese entonces unos débiles indicios del alba lograban hacerse notar.

Relacionado a los eventos ocurridos en los

Roles de Gadner.

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III

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Esperanza… - musito para sí misma caminando por las calles de la ciudad, estas, aun inmersas en un remanente desorden a causa de los últimos acontecimientos. – ¿Es que acaso la hemos perdido? - Le interrumpieron nuevamente los sonidos a su alrededor. Los pasos presurosos de los soldados, voces acumulándose una encima de otra, voces cargadas de duda y confusión, pena y desasosiego frente a las carteleras de desaparecidos.

¿Cuándo había ocurrido realmente? ¿Cuándo se habían robado el corazón de esta gente? Inclusive ella misma se veía prisionera de aquella angustia. Eran días difíciles… esta sensación le rodeaba constantemente arrebatándole toda pequeña alegría o leve consuelo. ¿Acaso no estaba ella también perdiendo la fe?

Estrecho la mirada con cierta tristeza y resignación mientras sentía como su garganta se cerraba. Creyó ver a su alrededor, entre la gente, algunas motas dispersas símiles a cenizas siendo remontadas por el viento. Se trataba de eso… No pudo evitarse sentirse ingenua. Su corazón se sentía profundamente dolido de aquel día. ¿Realmente era justo que ella aun estuviera allí en vez de tantas otras personas? Personas que había conocido y otras tantas que no. ¿Y si solo sobrevendría el fin? ¿Qué diferencia habría? Pensó de forma penosa en un vano y equivoco intento de consuelo.

Aun permanecia en su mente la furia con la cual el fuego le contemplo. La misma con cual consumio la vida de los suyos frente a sus ojos.

Aiza sabía que el mundo estaba plagado de injusticias, había sido siempre consciente de ello, y sabía que era quien menos podía resentirse de aquello. Y aun así las personas poseían el fervor y la fuerza suficiente para continuar. ¿No era aquello lo que realmente era la esperanza? La tenacidad.

Tenacidad…- musito de forma insconsciente mientras con sus ojos cansados no hallo más que miradas entristecidas. Miradas perdidas buscando un hilo de luz entre tanta penumbra. ¿No era ella quien debía enarbolarla cual estandarte?

Llevaría mucho más tiempo, de lo que al mundo le costó cambiarle, el remediar esta situación. El recuperar la fe por un mañana claro, próspero y apacible en su gente. No sería ella también a quien le robaran su corazón.

Aiza sabía que el mundo estaba plagado de maldad e injusticias. Ahora era consciente de ello. Y aun así las personas poseían el fervor suficiente para continuar. No por uno mismo, sino por los demás. Su corazón, después de días, entonces hallo cálido consuelo y devoción.

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