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Los irrompibles lazos del destino

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''Anoche, mientras veía mi programa sobre misterios favorito que echan a la madrugada, comencé a reflexionar sobre una cosa que todos nos habremos planteado alguna vez. ¿Somos especiales? ¿Somos iguales? ¿De verdad podemos llegar tan lejos como nos propongamos? ¿O hay algo que define nuestro destino de forma innata? Complicado, ¿eh?

Yo en la secundaria era un muchacho bastante, como lo denominan los jóvenes de hoy en día, '"friki total''. Decoraba la portada de mis libretas con dibujos de dragones y criaturas que por aquel entonces me fascinaban, y por ello más de una vez llegaron a abusar de mí. ''Bullying'' lo llaman en estos tiempos que corren. Menuda gilipollez. Yo lo llamo ''tocar las pelotas al rarito de turno''. La cuestión es que, aunque fuera un friki anti-social que no tuvo una novia hasta el segundo año de carrera, me sentía superior de alguna forma a esos macarrillas de clase, peinados y/o vestidos a la moda. Sí, como lo leéis: me sentía superior a esos idiotas, e incluso a los que simplemente me ignoraban. También a mis amigos e incluso a mi familia. No podía evitarlo, por mucho que intentara reprimir ese sentimiento ególatra en mí, surgía una y otra vez.

Yo era muy bueno en letras, pero mucho más bueno en ciencias, en especial matemáticas. Me pirraba por ellas. La cuestión es que durante toda mi adolescencia luché contra ese sentimiento de superioridad a los demás, pero nunca se iba. Me gustaba ser una persona humilde, y de hecho lo era, pero nunca se fue de mí. No me instaba a tratarlos de mentes inferiores, ni nada de eso, pero de alguna forma, que nunca he podido explicarme, sabía que mi ''destino'' era sobresalir y lograr cosas grandes el día de mañana. Mucho más grandes que las que lograría la gente de mi clase en su vida. No lo veía, no lo podía demostrar, pero lo sentía. Siempre ahí.

La idea de tener que romperme el lomo por el resto de mi vida a cambio de un sueldo miserable, simplemente lo reflejaba a otros. Sabía que había nacido para triunfar en la vida, y lograr lo que ningún otro ser humano había logrado. ¿Os sigo pareciendo un idiota, cierto? Pues siento decirte, que hoy en día, estoy dirigiendo una de las principales investigaciones a nivel mundial para que un mañana, un robot con posiblemente una inteligencia igual o superior a la tuya, te despierte por las mañanas, te prepare el café y haga la colada.

Así es. Soy un imbécil, pero para potenciar más esa opinión de mí en vosotros, os diré que ese capullo de James, que se rió y abusó de mi tanto como pudo en el pasado, ahora friega de lunes a sábado el suelo de mi laboratorio. Y no, no es una metáfora.

Hoy en día, sigo pensando eso de mí mismo: que soy un engreído con afanes de superioridad genética, y a ratos trato de contrarrestarlo, pero no hay manera. Quizás también mi destino sea ser eso. Ser superior, y un imbécil. Como amigo cibernauta, me despido diciéndoos, queridos lectores, que no temáis a cumplir vuestras metas y llegar tan alto como podáis. Como genio...

Mejor quedaos donde estáis, pringaos.

Paz.''

Este era el encantador mensaje de un científico, al cual admiraba -un poquito menos desde que leí esa entrada- bastante, que colgó en su blog aquella noche en la que mi mundo, literalmente, cambió. Al principio no pude evitar pensar mal de ese tipo, pero eso no quitaba que tuviera algo de razón. Quizá demasiada. Yo desde siempre me he sentido especial de alguna forma que no comprendo, y no me refiero a triunfar en la vida o cumplir mis metas, no. Toda mi vida, desde que mi memoria era memoria, he sentido que mi existencia tiene un propósito, que mi ser, está por algo en este mundo físico. No, no soy ningún empedernido de las ciencias ocultas o la conspiración de los reptilianos, no. Es algo, que como el doctor Becket, no puedo evitar sentir.

Es algo extraño, pero aunque nunca se lo he preguntado a nadie, estoy seguro de que nadie más de mi alrededor siente lo mismo que yo. Yo me considero una persona racional, y siempre trato de buscar una explicación razonable a aquello que no entiendo. Me considero una persona más, sin demasiadas aspiraciones en la vida y que quizá, tenga que partirme el lomo en un trabajo mal asalariado por el resto de mis días. Practico esgrima desde muy joven, y aunque no he llegado nunca a un torneo siquiera nacional, me considero bueno en ello, aunque no el mejor de mis compañeros. También me fascinan las armas de fuego y las ciencias, las chicas con ojos bonitos de mi edad, y los animales. Soy bastante abierto de mente, pero no creo en deidades, detesto el fanatismo, la homofobia, la xenofobia, y cualquier forma de demostrar lo intolerante y/o idiota que es una persona.

Es eso, soy una hormiga obrera más en este hormiguero -o eso me gusta creer-. Hace no tantos años, en mis primeros años de instituto, era un fascinado por las ciencias. Creía en la reencarnación, en el karma, en la existencia de objetos voladores no identificados, y aunque me avergüence admitirlo, también lo hacía en los reptilianos y su dominación del mundo. Creía en todo aquello que me fascinaba, aunque no pudiera demostrarlo.

Pero luego crecí. Me di cuenta, de que muchas cosas si no pueden demostrarse, no deben considerarse como un hecho real y poco a poco, me fui volviendo una persona totalmente ''racional''. La magia, los reptilianos, los OVNIS, las conspiraciones, las razas perdidas, y todo eso, me sigue gustando, pero sin embargo, prefiero dejárselo al mundo de los videojuegos, el cine, o la literatura, que también me encantan. Pero atentaría contra mí mismo si creyera en esas cosas todavía, y aunque me gustaría, no puedo.

Simplemente mi ser rechaza la existencia de esa clase de cosas. Pero si me gusta vivir de manera racional, y dejar la fantasía a lo ficticio, ¿por qué sigo teniendo esta sensación de especialidad? Aunque no me crea superior a los demás, ¿seré simplemente un gilipollas como el doctor Becket?

Sin embargo, esa noche, todas mis creencias racionales recibieron una patada magistral, y me di cuenta de que no debemos creer en algo que no vemos, pero que tampoco debemos dejar de creer. Así es el dilema.

Esta es la historia de Kyle Beats. Mi historia.

Después de leer un poco más el blog de Becket y recuperar un poco mi admiración por él, cerré el portátil y me acosté. Acostado en mi cama, llegué a una conclusión sobre la cuestión que me había planteado antes y es que no tenía respuesta. Igual que cuando me planteaba qué hacer con mi futuro.

Me gustaban tantas cosas y a la vez nada, por lo que evadía aquella pregunta siempre que me la hacían o me la hacía yo mismo. Más bien, prefería evitar pensar en ello hasta el día que me sacara el título de bachiller, cosa que sucedería en un año. Hasta entonces no me quedaba otra que responder siempre con un ''me lo tendría que pensar mejor''. Por supuesto, todos mis profesores se habían dado cuenta hace ya tiempo de que siempre decía lo mismo.

Mis sentidos ya comenzaban a divagar tras un rato de reflexión y mis párpados pesaban cada segundo un poco más. Ya no escuchaba la televisión, y supe que el sueño me estaba venciendo por fin, así que cerré del todo mis ojos, aliviado, pues normalmente me cuesta coger el sueño, pero aquella vez, vino rápido.

Desconecté del mundo unos segundos, sin embargo, una de esas sensaciones tan naturales e instintivas, de esas que te empiezan en el estómago y te bajan hasta la vejiga de forma instantánea me robó el sueño: necesitaba mear. Aquella sensación me había robado algo que para mí era un lujo, así que me levanté con cierta frustración al baño. Por casualidad, de camino, me percaté de que las puertas del balcón estaban cerradas y el viento las golpeaba de vez en cuando.

Cuando terminé de vaciar el depósito en el baño, aún adormilado, me lavé las manos y me giré. En ese instante una sensación escalofriante me recorrió desde la nuca hasta la espalda baja, mientras me percataba de ese gato negro, sentado bajo la luz del umbral del baño, clavando una mirada azul en mí y meneando la cola con una calma insuperable. He de admitir que no pude evitar asustarme por un instante, y por mi mente, de forma pronta, pasó toda una serie de teorías sobre lo que podía ser, antes de darme cuenta de que era un simple gato. Negro y de mirada sospechosamente azul, pero un gato.

Lo miré fijamente. Él hacía lo mismo.

—Meow.

No tenía collar, y por su tamaño deduje que no llegaría al año de vida.

—Meow.

—¿Qué haces aquí, pequeñín? —dije con voz susurrante, no quería despertar a mis padres.

Me agaché a su altura y el gato, sorprendentemente, se acercó a mí confiado y se frotó contra mi rodilla, ronroneando.

—¿Tienes hambre, es eso?

Le serví al gato un plato con leche y en otro sobras de la comida de ese día. El minino comía de forma tranquila y no parecía tan hambriento como para colarse en una casa. En ese momento me quedé pasmado y a la vez helado, mirando al animal comer y beber, pensando en algo que cuestionaba la sola existencia del gato: vivo en un sexto piso y las puertas del balcón estaban cerradas. Era una conclusión que asustaba un poco.

¿Era un sueño?

No, demasiado real y consciente.

¿Un sueño lúcido?

Hice fuerza para despertarme...

No me desperté.

¿Tendría una explicación racional?

¡Por supuesto!

Me tranquilicé a mí mismo, así que no me molesté en buscar la entrada del gato y di por sentado que era de algún vecino. Una vez terminó con las sobras, lo cogí y lo llevé a la puerta, dejándolo en el rellano. Volví a acostarme, y para mi sorpresa, aún conservaba el sueño fácil. No demoré en desfallecer sobre mi cama.

No sé cuánto pasó hasta que el sueño de mí y la chica que me gustaba comiendo en un McDonalds felizmente, se vio alterado por un terremoto, luces parpadeantes y gritos de los comensales. Entonces miré por los ventanales de cristal y en la calle había nada más y nada menos que un enorme despertador, arrastrando todo a su paso por la calle. Gente, más gritos, alarmas de coches, cristales rompiéndose, ¡y por supuesto, un maldito despertador de campana destrozándolo todo!

Entonces todo se volvió negro.

Abrí mis ojos, tendido todavía sobre mi cama. Inmediatamente me percaté de que lo que me había golpeado había sido el despertador, que pululaba flotante sin rumbo ignorando toda ley de la física. Alcé mi vista un poco más y entre la gran mayoría de objetos ligeros de mi habitación orbitando de forma lenta, estaba ese gato de mirada azul. De hecho todo orbitaba en torno al gato.

Un destello azul oscuro, del mismo color que los ojos del gato, centelleaba a sus pies, justo donde reposaba sentado, mirándome fijamente. Por mi mente pasaba toda una serie de cosas para intentar explicarme a mí mismo qué demonios sucedía, pero era inevitablemente real.

—Meow.

—¿¡Pero qué!? ¡MAMÁ, PAPÁ! —grité, encogiéndome asustado contra el cabecero de la cama.

En ese instante, justo tras el grito, los objetos orbitantes tomaron velocidad y la centelleante luz azul oscura, aumentó de tamaño. Me percaté de que era algo parecido a una mancha. Una mancha cada vez más grande y giratoria, que por simple deducción, parecía el origen de la repentina órbita de los objetos de mi habitación.

—¿Qué ocurre, hijo? —escuché la voz lejana de mi madre.

No respondí, casi me daba miedo quitarle la mirada al gato.

—E-esto...no...n-o es real...¡no es real!

Los objetos tomaron más velocidad aún, hasta un punto que era peligroso ponerse en la trayectoria de alguno. La mancha centelleante bajo los pies del gato hacía que la cama se arrastrara por si sola, curvándose, hacia el epicentro de aquel fenómeno. Las cosas me golpeaban cada poco tiempo, y desde luego que dolía. Solo me cubría con los brazos la cabeza y parte de la cara, mientras notaba como la cama estaba cada vez más cerca del gato. El resto solo orbitaba de forma energúmena.

—¡Meow!

En ese instante la cama salió disparada hacia el techo, para sumarse a la órbita de los demás objetos. Incluso vi como el papel de las paredes comenzaba a desgarrarse, mientras yo era el único ser material de aquella habitación que era arrastrado. Cuando llegué a la mancha, descubrí que no era una mancha. Era un enorme agujero. Un agujero que inevitablemente, parecía que quería tragarme solo a mi.

El gato avanzó por encima de la mancha como si hubiera suelo y se puso al borde de aquel abismo, juntó a mí, mientras yo me aferraba con las uñas al suelo. No servía de nada, pero por un instante el fenómeno dejó de arrastrarme. El tiempo suficiente para oír al gato susurrar.

—Hoy, tu destino está sellado.

El fenómeno, la mancha, la abertura espacio-temporal de catástrofe catastrófica destructora, o lo que sea, se me tragó.

Todo se volvió negro, sin embargo mantenía la consciencia. Sentía un ligero hormigueo por todo el cuerpo, como si me estuviera moviendo en aquel espacio oscuro, aunque no era capaz de comprobarlo.

No me imagino la cara de mi madre o de mi padre abriendo la puerta y solo viendo un revoltijo de cosas y un gato negro en lugar de a su hijo.

Esa noche...mi vida cambió.

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Todo seguía oscuro. Desconocía si tenía los ojos cerrados, o simplemente era así de oscura la estancia, pero junto al hormigueo, seguía teniendo esa sensación de levitación. Me había dado cuenta de que me estaba moviendo en alguna dirección desconocida, de forma lenta, pero sin pausa.

¿Habré muerto?

¿Será esto lo que se siente al morir?

¿Mi cerebro se irá desconectando poco a poco?

No me dio tiempo a formularme del todo la última pregunta, cuando efectivamente, la sensación de hormigueo se fue desvaneciendo de mis extremidades y era incapaz de saber si podía moverlas. Mentalmente podía, pero quizás físicamente no. En el más absoluto silencio, en la ingravidez de aquel lugar, la calma me invadía.

Estaba muerto, ¿pero qué podía hacer?

Quizás ya ni siquiera fuera un ser corpóreo y todo aquello que nos inculcaron las religiones a lo largo de los años sobre el mundo etéreo era cierto, así que solo me quedaba asumirlo. Sin embargo, calculé que pasaron unos diez minutos, y no perdía la consciencia.

Según mis cálculos, había perdido la vista, el oído, el habla y la capacidad de moverme. ¿Por qué podía seguir pensando?

No lo sabía. Simplemente los pensamientos me abordaban todo el rato, como a todo ser humano vivo. Ya nada tenía sentido y la calma se fue convirtiendo en desesperación.

¿¡Qué va ser de mi!?

¿¡Por qué me pasa esto!?

¿¡Solo podría pensar por el resto de mi no-vida!?

¡Sí así es como muere la gente, lo lamento por aquellos imbéciles que se han suicidado!

Esa desesperación me causaba ira y pánico. Me enfrentaba a un destino desconocido, que según mis propias previsiones, sería la soledad absoluta excepto por la compañía pensamientos. ¿Pero quién quiere tan solo la compañía de sus pensamientos? Yo quería la compañía de mis amigos, de mis padres, incluso la efímera compañía que siente uno al esperar el autobus junto a un puñado de desconocidos. Estar a solas con tus pensamientos está bien de vez en cuando, pero no por toda la eternidad, desde luego que no...

Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que había sacado conclusiones demasiado precipitadas.

Desde aquella lejanía desconocida de la estancia, mis oídos fueron capaces de captar algo. Era el tipo de ruido que se puede imaginar uno que escucharía un paracaidista mientras cae, pero a una menor frecuencia. De repente, la frecuencia aumentó y el ruido se convirtió en ensordecedor por unos pocos segundos.

No había duda, era igual y no había perdido el oído. No me dio tiempo a pensar mucho más, cuando la frecuencia volvió a aumentar y esta vez vino acompañada de un destello blanco cegador que por un instante, fue doloroso para mis ojos. Sin embargo me alegré: tampoco había perdido la vista. Ese dolor era la prueba de que estaba vivo.

Esa serie de altibajos cegadores y ensordecedores prosiguió hasta que comencé a sentir una sensación de caída y recuperé la movilidad -o volví a ser consciente de ella- de mis brazos. El ritmo de los altibajos fue aumentando, hasta un punto que ya no me daba tiempo a apreciar la oscuridad que antes me invadía. Empecé a sentir miedo e incertidumbre, por que me fui dando cuenta de que estaba cayendo de un lugar extremadamente alto, al sentir un frío que instantáneamente me caló los huesos.

No sentí verdadero miedo hasta que repentinamente, todo se volvió azul por unos segundos. Un azul oscuro igual o parecido al que tenía el ''veteasaberque'' que me tragó y me trajo hasta aquí.

Y así fue como todas las sensaciones descritas antes, se volvieron más intensas que nunca. Ahora estaba seguro, mucho más que antes, que todo aquello era real. Me di cuenta de que estaba dentro de una nube, ya que todo a mi al rededor tenía un aspecto gaseoso y los destellos y ramificaciones iban tomando forma formando junto a mí a medida que iba cayendo, al mismo ritmo de mi caída.

Gritaba a medida que el viento me deformaba la cara y me impedía abrir los ojos en su totalidad, así que tape mi rostro con los antebrazos para cubrirme de la fuerza del helado viento. Comencé a sentir que la nube que me rodeaba comenzaba a ser menos densa, y empezaba a poder apreciar mejor las vistas, que iban clarificándose a medida que descendía.

Cuando la nube inesperadamente se expandió en todas direcciones, me dejó ver del todo las vistas. Unos cuantos rayos de sol en el horizonte, más intensos de lo que cabría esperar y tan cegadores como tibios, acariciaron mi rostro mientras un electrizante sonido emitía por todo mi alrededor.

Dejé de apreciar el bello paisaje para fijarme en que los rayos oscuramente azulados y ramificados me rodeaban y me acompañaban. Casi parecía que tuvieran vida propia pues revoloteaban como abejas junto a mí, y aunque me preocupó un poco el hecho, era más preocupante aún el suelo, que estaba cada vez más cerca.

Efectivamente, una extensa y aparentemente infinita extensión de tierra amurallada por montañas de picos nevados comenzó a "deleitar" mi vista. Reanudé mis gritos, pues no tenía otra cosa mejor que hacer. Al menos moriría con unas vistas espectaculares, tanto por cielo como por tierra, y eso de alguna forma me hacía decirme a mí mismo que era una bonita forma de morir.

Mucho mejor que la forma de morir de muchas, muchísimas, quizá muchisisisimas personas mejores que yo.

El suelo empezaba a acercarse.

Estaba muy cerca.

Demasiado cerca.

Ya no había nada que hacer.

Iba contra toda la lógica sobrevivir a eso...¿pero de verdad seguía existiendo la lógica para mí habiendo ocurrido todo lo que ha ocurrido?

Estaba en mi habitación hace menos de diez minutos, quizás menos quizás más, pero estaba en mi habitación.

¿¡Qué cojones hago cayendo a más de cien kilómetros por hora!?

Ya no tenía importancia. Iba a morir. Esta vez de verdad.

Comencé a cerrar mis ojos lentamente. Las pestañas superiores comenzaban a entrelazarse con las inferiores, cuando alcancé a ver un tenue resplandor azulado. Abrí mis ojos y percibí que los rayos comenzaban a deformarse y a entrelazarse los unos con los otros, formando una esfera semi-transparente, que me permitía ver el mundo con una lente tintada de azul oscuro, pero algo más claro que el de las ramificaciones eléctricas.

En ese momento, deseé que alguien le devolviese la lógica a mi mundo, por que desde luego empezaba echarla en falta.

Volví a mirar el suelo, ya a un palmo o dos de distancia.

Todo se volvió oscuro. De nuevo.

Y esta vez perdí la consciencia de verdad. Estaba seguro.

Desconozco cuánto fue el tiempo que pasó hasta que desperté, pero seguía vivo. Sacudí mi cabeza y de mi cabello cayó una buena cantidad de tierra y piedrecillas. Tosí más tierra y comencé a arrastrarme e incluso creo que tuve que escalar unos pocos metros para salir de donde mi instinto me decía, o más bien me forzaba.

Aunque mis movimientos eran torpes y confusos, no era el dolor o las posibles secuelas de una caída lo que lo causaba. De hecho lo único que me dolía era mi brazo izquierdo, el resto de mi ser estaba sorpresivamente intacto. Simplemente la confusión y el aturdimiento me impedía ponerme de pie y caminar, pero si no fuera por los factores anteriores, seguramente habría podido hacerlo.

Me arrastraré y me arrastré, hasta que percibí una suave brisa y entre mis dedos el tacto de la hierba. Apreté aquella brizna con fuerza y alcé mi vista con un gruñido. Solo había unos pocos árboles caídos y porciones de suelo levantadas, formando lo que era el exterior de un cráter. Un cráter enorme que había causado YO con mi caída.

Casi ni me sorprendí. Solo intenté ponerme en pie, pero las piernas me desfallecían al igual que los brazos y las fuerzas. Sencillamente, me recosté en el suelo y volví a cerrar mis ojos, apretando entre mis dedos un mechón de hierba fresca.

Estaba agotado, así que no demoré en caer presa del cansancio.

Ojalá hubiera mirado para el cielo en ese momento. Me habría ahorrado muchas preguntas para cuando despertara.

Así es, por increíble que parezca, que a su vez ya no lo es tanto, me desperté. Era un granero oscuro, por el que se colaba algo de iluminación del exterior entre las paredes constituidas por tablones de madera. Alguien me había puesto una manta encima y junto a mí había un instrumento. Tenía una forma similar a una lámpara de gas, pero el tubo que en teoría emitía luz era alargado, conformado por un cristal blanco como la leche con relieves decorativos y su base era metálicamente ancha.

Alargué mi mano hacia ese trasto y manipulé algunas palanquitas de forma aleatoria. Una sencilla luz a lo largo de todo el tubo iluminó tímidamente la estancia y ahí fue cuando comprobé que efectivamente era un granero. Avancé un poco y dejé la lámpara sobre un escritorio de áspera madera, desde donde comencé a examinar un panel con herramientas de metal.

Me pregunté qué clase de granja sería, pues algunas herramientas del panel no las había visto en mi vida. Quizá es que no conocía lo suficiente sobre el mundo de la agricultura como para deducir nada. Caminé un poco más y me di cuenta de que se escuchaban los ronquidos de un animal. Volví por la lámpara y avancé un poco, iluminando una pequeña cuadra.

En ese instante una criatura alargó el cuello hacia a mí, somnolienta. Bufó de una forma que no había escuchado nunca en ningún animal. De hecho era una criatura que no había visto en mi vida. Se puso en pie y acercó la cabeza hacia el portón de la cuadra, tratando de olisquearme. Yo obviamente retrocedí con un quejido, y me di cuenta de que tras la cuadra que había detrás mía, yacía otra criatura igual.

Solté la lámpara y la dejé caer. Me asustó pensar que se incendiaría el granero, pero me percaté de que al romperse la lámpara, las fisuras del tubo emitían un débil fulgor azulado y algún que otra centellada chispeante. No sé a base de qué funcionaba esa lámpara, pero no era ni de aceite ni de gas. Un problema menos.

Retrocedí unos pasos y mi espalda chocó contra algo. Escuché una respiración agitada por encima de mi cabeza y enseguida me encogí del susto. Ese algo más alto que yo y mucho más corpulento.

En ese momento escuché como desenfundaba un cuchillo de algún estuche y un escalofrío me recorrió la espalda. Yo solo era un muchacho con un futuro incierto y bastante normal...¿entonces por qué no hacía otra cosa que pasar de una situación peligrosa a otra?

No importaba eso ahora. No me pensaba rendir tan fácilmente. Kyle Beats no ha sobrevivido a un vórtice espacioluminínicosupertemporal y a una caída libre de muchos metros, quizás kilómetros, para nada. Me armé de valor y eché a correr hacia el escritorio, a oscuras, alcanzando unas tijeras de podar, que fueron lo primero que mi mano notó colgado del panel de herramientas.

Empezaba la lucha por mi vida. De nuevo.

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Fui siendo consciente de los primeros efectos de la adrenalina cuando me lancé sobre la figura a oscuras, tijeras de podar en mano.

―Pero bueno chico, qué te pa...

Noté como se le hundían las tijeras en la zona del muslo, y después escuché como se desplomaba en el suelo, entre gritos condimentados con miedo y rabia. Yo retrocedí, también asustado, pues jamás había tenido una experiencia similar y aquella sensación de carne desgarrándose, por efímera que fuese, no había sido nada agradable. Mi respiración agitada era lo único que se escuchaba en el lugar aparte de los quejidos, que por la voz, pude deducir que era un hombre. Un hombre de voz ronca.

Estaba bloqueado. No sabía si intentar huir o alcanzar otra arma en el escritorio, sin embargo no me sentía capaz de volver a herir al hombre, pues al fin y al cabo, no era necesario. Cuando di el primer paso para emprender mi huida, alguien empujó la puerta y dejó caer una bandeja al suelo, soltando un grito agudo y femenino. Yo me detuve, medio ciego ante la luz de la lámpara que portaba la fémina.

―¡PAPÁ! ¿¡Pero qué haces!? ―me clavó una mirada temerosa, con las manos en la boca.

―Yo...¡me iba a atacar!

En ese momento miré para el hombre, que luchaba con las tijeras, tratando de quitárselas del muslo, aún tirado en el suelo. Ahora con la estancia iluminada, me fijé en el cinturón de aquel hombre, repleto de cartucheras de cuero con distintas herramientas muy parecidas a las del panel. Junto a él, había otra herramienta, que a simple vista se deducía que era difícil usarla como un arma.

Ese hombre, de complexión gruesa, moreno, con un peto de cuero marrón claramente era el dueño de esas herramientas y la persona que me había dado su hospitalidad. El mismo hombre que había apuñalado por culpa de mi precipitación.

―Pero bueno...

Soltó un quejido, mientras se terminaba de arrancar las tijeras y se presionaba la herida con un harapo de tela rasgada.

―¿Así es como agradeces mi hospitalidad, muchacho...?

La muchacha le hizo un apaño con el harapo y me miró acusadora, mientras le ayudaba a levantarse, haciéndole sostenerse de ella. Yo estaba perplejo, y me sentía bastante culpable, así que solo observé como se iban. Justo en la entrada, se pararon y él me miró, con cierta calma.

―Cuando apuñalas a alguien por error, lo mínimo es que le ayudes a andar, ¿verdad?

―¡Oh, sí, perdón, perdón!

Pasé por encima de mí el brazo del hombre y le ayudé a caminar. Aunque no parecía molesto, era incapaz de mirarles, en especial a la chica, que en el trayecto hacia la casa, me dedicó un par de miradas. Tan azuladamente mortales, que daban sentido a la frase ''si las miradas matasen...''.

Era de noche, sin embargo había bastante claridad, cosa que me extrañó un poco justo cuando estábamos llegando a la casa de dos pisos. Nuevamente, debí haber mirado al cielo en ese momento, me habría ahorrado tantas dudas...

Yo me quedé en el salón de la casa, y mientras la chica le daba asistencia a su padre en otro cuarto aparte, me fijé en que la casa estaba totalmente iluminada por velas sobre candelabros encima de los muebles o en soportes de pared. Comencé a preguntarme dónde estaba, pues nunca había visto de cerca ese tipo de casa y arquitectura. La verdad es que me recordaba bastante a esas casas junto a las granjas estadounidenses que tanto salían por la televisión y el cine, pero no eran exactamente iguales.

«¿Estarían sin electricidad? En Estados Unidos suelen haber tornados y tormentas eléctricas.»

Que más daría. Había apuñalado a ese hombre y no era momento para ponerme a razonar sobre por qué no tenían electricidad. Me senté en una silla junto al comedor y comencé a reflexionar sobre la posibilidad de que estaba en otro país.

Poco después, apareció en el salón la muchacha, limpiándose las manos con una toalla y mirándome con bastante frialdad. En ese momento pude fijarme mejor en ella. Su cabello era rubio, tan rubio que con la iluminación adecuada podría confundirse con el blanco. Era más o menos de mi estatura, aunque mucho más delgada que yo. Sus brazos eran morenos, sin embargo su tez era blanquecina, muy contrastante con el color de sus brazos, por lo que deduje que su moreno no era natural.

La chica tenía su encanto y destacaría en cualquier lugar, pero no solo por las pecas tan marrones como encantadoras de sus mejillas, si no por sus ojos, que eran lo que más me llamaba la atención en ella. Unos ojos azules de tonalidad clara, similar al reflejo del cielo en un agua cristalina, con una mirada intensa y fascinante, pero sobre todo...intimidante, muy intimidante.

Ahí postrada, me miró y se tomó unos segundos para hablar. Desde luego no le había dado buena impresión por la forma que en lo hizo.

―Dice mi padre que si quieres comer algo.

Reflexioné unos segundos el qué decir. No quería enfadarla más.

―Sí...por favor. También me gustaría disculparme con él.

―Ahora lo harás. Cuando traiga los platos, colócalos.

Asentí. Cualquiera le habría dicho que no.

Los primeros minutos de la comida fueron muy incómodos. Me dedicaba únicamente a observar mi plato de comida, que se trataba de alguna especie de sopa espesa marrón con tropezones naranjas y blancos servida en un antiguo plato de madera con bordes irregulares. Quizás por la antigüedad, y porque el artesano o artesana que lo talló desde luego no era muy hábil. Si bien su aspecto era desagradable, desprendía un vaporcillo que olía muy bien y a la vez, era desconocido para mí. Ellos comían en silencio, como si nada, pero estaba seguro de que se habían dado cuenta hace rato de mi apatía.

―¿Qué pasa, no te gusta? ―el hombre me clavó una mirada, interrogante pero neutral.

―No...no es eso...tan solo...quería disculparme por lo que ocurrió. Me sentí en peligro y...―rasqué mi cabeza, hurgando en mis adentros en busca de palabras, pero él me interrumpió con una risa, rozando lo burlón.

―¡Desde luego eres un chico muy enérgico! Tampoco estuvo muy bien por mi parte entrar sin llamar, discúlpame.

―Lo siento, de verdad.

No podía creerme lo pasivo que se mostraba con el asunto. Eso me hizo sentirme un poco mejor, así que me relajé, tomé la cuchara y comencé a comer. Sabía a una mezcla de legumbres que no habría sido capaz de identificar y lo mismo con las especias, pero desde luego era delicioso. Poco después el ambiente se destensó y ellos comenzaron a hablar sobre asuntos de la granja, mientras yo comía en silencio, sencillamente escuchándoles.

―Niña, ve por turianetas.

―Que vaya él.

―No seas mal educada con nuestros huéspedes, Layla.

―¡Los huéspedes no te apuñalan! ―golpeó la mesa, sulfurada.

Yo dí un respingo, con la cuchara metida en la boca. Ella se levantó tomando su plato, rumbo a la cocina. La verdad es que no podía culparla de su actitud, de hecho, la entendía un poco. En ese instante el padre de la chica puso los codos sobre la mesa y situó sus manos entrecruzadas contra la barbilla, mirándome, no de mala forma, pero más serio que antes.

―¿Viajas solo?, ¿y tus padres?

―Mis padres...supongo que en casa.

En mis adentros me imaginé que estarían como locos poniendo carteles con alguna foto mía o llamando a todos los contactos habidos y por haber en mi móvil en busca de su hijo.

―Nunca he visto una vestimenta como la tuya, así que deduzco que no eres de por aquí. Escucha. No es la primera vez que acogemos errantes en esta casa, pero como padre es mi deber asegurarme de algo.

―Adelante...

―¿Huyes de alguien? ¿Has hecho algo? ¿Te persiguen? ¿Tus padres se han desentendido de ti?

―¿Cómo? ¡No, no es nada de eso!

En ese momento dubité entre mentirle o contarle mi experiencia. No quería que me tomara como un loco, pero tampoco quería mentirle al hombre que a pesar de todo se había portado tan bien conmigo. Me armé de valor, y puse la expresión más seria que me podía permitir en ese momento:

―Verá, yo hace un rato estaba en...

―No pienso pelarlas yo ―interrumpió, dejando un cuenco del que sobresalían algunas espinas.

Yo me quedé perplejo observando las frutas del interior. Tenían la forma de una pera, pero de mayor tamaño que las comunes. No solo era el tamaño, porque desde luego sus colores amarillentos, verdosos y rojizos, junto a una serie de espinas de aspecto duro y puntas azules que sobresalían de la base tampoco eran los de una pera. Alcancé una con la mano, tomando la parte desprotegida de arriba y la puse frente a mis ojos. Reflexioné durante unos segundos, ignorando todo lo que me rodeaba. Justo en ese preciso instante, una corazonada se convirtió en vaga sospecha dentro de mí, pero no podía ni quería dejar de lado mi naturaleza racional. Sin embargo esa sospecha no dejaba de crecer a medida que iba recapitulando todo lo que había visto.

―¿Qué pasa, nunca has visto una turianeta? ―la chica me clavó una mirada inquisitiva. La acentuó cada vez más, pues la ignoré durante unos segundos.

―Perdonad, pero...―desvié la mirada de la turanieta hacia ellos―. ¿En qué país estamos?

―¿País? ―Se miraron el uno al otro―. Chico...¿qué es un país?

Cada vez estaba más perplejo, y estaba seguro de que lo notaban.

―¿Estado?

―¿Eh?

―¿Comunidad autónoma?

―¿Cómo?

―¿Condado?

―¿De qué...?

―¿Estado?

―Pero chico...

Dejé la fruta en el cuenco y apoyé mis manos sobre la mesa, nervioso. En ese momento, la sospecha era imposible de ignorar, así que miré por la ventana y en ese instante se me vino una idea a la cabeza. Salí corriendo hacia la puerta de la casa, ante el asombro del padre y su hija. Miraba hacia el cielo, aunque por unos instantes el tejado del porche de madera me tapó el cielo, y solo cuando mi pie resbaló en las escaleras y caí de culo, pude observar aquella magnífica bóveda celestial, repleta de senderos estrellados de varias tonalidades entrecruzados entre ellos. Rojizos, azulados, turquesas, mezclas...Era literalmente incontable la cantidad de tonos y estrellas que había en aquel cielo. Seguí con la mirada uno de los senderos hasta un gran cuerpo celeste que ocupaba gran parte del horizonte oscurecido. Desde luego era un planeta, enorme y color jade en su totalidad. En su lado superior, había otro planeta de tamaño similar al de la Luna, literalmente, incrustado en el gran astro. De la base del cráter en torno al astro accidentado, surgían incontables grietas de muy variado grosor que llegaban casi hasta el centro del planeta. De las más grandes, y deduzco que más profundas, se podía apreciar el resplandeciente magma del interior del planeta. Junto al gran astro, había otro planeta -o más bien satélite- azulado con pinceladas blancas, mucho más pequeño que el que se había chocado contra el planeta de color jade, orbitando en torno a éste.

Giré lentamente mi vista, hacia otro horizonte, y ahí estaba, un astro exactamente igual a la Luna, rodeada de los coloridos senderos, pero definitivamente, era la Luna. Tenía hasta los mismos cráteres.

―¡Oye!, ¿¡Se puede saber qué haces!?

―Yo...

―¿Por qué has salido corriendo así de repente? ―ella me miró, asombrada por mi comportamiento― ¿Te pasa algo? ―él me observaba desde el umbral de la puerta, intentando ser ajeno a la situación.

―Yo...Creo que no pertenezco a este mundo ―alcé la vista hacia ella, asustado.

―¿Perdona?

No respondí. Seguí observando atónito el cielo.

―¿Es una broma?

―Layla. Déjale a solas.

―Pero pa....

―Layla.

Obedeció y ambos se metieron en casa, dejando entornada la puerta. De alguna forma sentí que el hombre me entendía. Le agradecí que me hubiera dejado a solas con mis pensamientos...En ese momento lo necesitaba, pues todas mis sospechas se habían convertido en hechos tan solo mirando al cielo.

Un colorido y bello cielo. Desde luego que debí haber alzado la vista mucho antes.

Estaba tan perplejo, que solo cuando me levanté me percaté del ligero dolor de coxis tras de mí. Entré a la casa de nuevo, aun abrumado por mis propios torrentes de pensamientos. Ellos estaban sentados, bebiendo algo caliente en picheles de metal, mirándome. Yo me senté y tomé el pichel que habían preparado para mí, dándole un trago.

―La verdad es que es un poco difícil de creer ―aclaró él.

―Lo es ―confirmó ella.

―Aunque eso explicaría tu ropa y el que mi hija te haya encontrado en mitad del bosque junto a un cráter.

―Desde aquí se escuchó la explosión ―comentó ella.

―Entonces...otro mundo. Nunca he oído hablar de tal cosa.

―En el mío lo consideraba únicamente material de leyendas, mitos e historias ―dije secamente, observando todavía perplejo la mesa.

Reflexionó unos segundos.

―Supongo que querrás buscar una forma de volver.

―Espera, papá...¿vas a creerle?

Él me miró fijamente. Yo alcé la vista. Simplemente lo hice. Mi mirada perpleja y asustada hizo el resto.

―No miente.

―Papá...

―Lo cierto es que me parecieron muy raras tus vestimentas cuando mi hija te trajo. Supuse que venías de un continente lejano, pero...―suspiró― seguías escapando a mi comprensión.

―No puedo culparos de no creerme...Todavía me cuesta a mí ―suspiré y di un trago.

―No nos has dicho tu nombre, por cierto.

―Me llamo Kyle. Kyle Beats.

―Bien, Kyle, puedes llamarme Ogo. Quiero que me escuches con atención. Mañana por la mañana Layla y tú iréis al cráter con las primeras horas de luz. Si fue ahí donde...apareciste, es posible que puedas encontrar alguna respuesta a tus dudas. Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites, siempre y cuando nos ayudes con la faena de la granja. ¿Estás de acuerdo?

Me sonrió cálidamente y me ofreció la mano. De verdad me alegraba que alguien hubiera creído en mí, aunque no era el caso de Layla. Todavía se mostraba escéptica al respecto, pero no podía culparla. Le tomé la mano y asentí, con un ápice de esperanza creciendo dentro de mí.

―Por ahora deberías descansar.

―Con vuestro permiso.

Me levanté y avancé hasta la puerta.

―Y Ogo...Gracias por creerme ―dije mientras cerraba con delicadeza la puerta.

Caminé bajo el manto de oscuridad hasta el granero y me tumbé sobre una colcha de paja improvisada, abrigado únicamente por el calor de mi manta. No podía dejar de pensar en el bello y a la vez tan abrumador cielo, en la caída, en mi aterrizaje, en esas extrañas lámparas, en ese gato, en lo que me susurró, en esa espiral tragalotodo, en las criaturas que dormían a pocos metros de mi lecho, en Ogo, en Layla, en mis padres, en mis amigos...En mí mismo. Pero no quería lamentarme por mucho más tiempo, solo me quedaba asumirlo y hacer algo al respecto.

Ya miré al cielo, así que ahora tocaba mirar al horizonte.

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Observaba mi mano izquierda, sentado en las mismas escaleras en las que pude apreciar por primera vez el cielo nocturno de aquel mundo desconocido para mí. La notaba dolorida y me fijé en que habían numerosas y pequeñas marcas o fisuras, similares a arañazos diminutos esparcidos hasta casi la mitad del antebrazo. Haciendo memoria, no recordaba haberlos visto antes, pero con todo lo que había ocurrido, era difícil no haber pasado algo por alto. Decidí no darle más importancia y distraje mi cabeza en otra cosa, mientras observaba el horizonte violáceo perder cada vez más fuerza, pregonando la pronta salida del Sol.

Era consciente de que mi mayor enemigo en ese momento no era aquel minino, sospechoso de mi destino incierto, si no la omnipresente soledad. Así es, la soledad. Tenía a Layla y Ogo dispuestos a ayudarme, pero seguía sintiéndome solo. Fue algo de lo que no me había dado cuenta antes, pero me percaté de que junto a esa soledad, me comenzaba a faltar algo más: ese amor que sabía que estaba ahí aunque pasara desapercibido la mayoría del tiempo. Esa cálida sensación de saber que ahí hay dos personas dispuestas a apoyarte pase lo que pase, aunque nunca llegaran a decirlo abiertamente, esas dos personas que siempre esperaban de mí lo mejor y que lucharían conmigo si fuera necesario.

Me hacían falta mis padres.

La angustia se colgaba de mi pecho cuando pensaba en lo que deberían estar pasando en aquel momento, buscando a un hijo indiferente que ni siquiera tenía claro que hacer con su vida. Recordaba con pesar lo indiferente que había sido con ellos la mayor parte de mi adolescencia -sobre todo al principio-, siempre dando por hecho que iban contra mí, cuando en realidad era todo lo contrario. También me avergonzaba pensar en todas las veces que cerré la puerta de mi habitación en la cara de las únicas personas que verdaderamente siempre estarían dispuestas a apoyarme.

Darme cuenta de lo capullo que había sido toda mi vida con ellos no era agradable, así que hurgué entre mis recuerdos y reviví las veces que llegaba a casa después de un largo día en el instituto, entraba a la cocina, saludaba a mi padre, o respondía a su saludo, ambos igual de desganados, mientras leía el periódico sentado en la mesa de la cocina. Daba un beso a mi madre, siempre atareada, cogía algún refrigerio de la nevera y desaparecía el resto del día en mi habitación o en la calle.

Antes del incidente, esos recuerdos para mí no tenían valor, pero después, descubrí que toda aquella indiferencia entre nosotros era la prueba de la existencia del amor incondicional de mis padres. Un amor en el que no se necesitaba decir -demasiadas veces- "te quiero" para que se fuese consciente de ello. Desde entonces comencé a atesorar esos recuerdos tanto como los demás, pues serían la única arma para paliar mi soledad.

No solo atesoraba recuerdos tan, a primeras impresiones, frívolos. Atesoraba los de mi infancia con más recelo que un capitán su barco puesto que ese gato pudo haberme quitado a mis padres, pero nunca conseguirá quitarme mi recuerdo de ellos. Aquellas noches de verano en el monte, a mi padre enseñándome como montar una tienda, a mis primos molestones saboteando mi sueño, a mi madre despertando a todos a las tantas de la madrugada para que pudiéramos ver el Sol naciente en el horizonte. Nada de eso podría serme arrebatado jamás.

―Kyle.

La miré. Por la mañana era más guapa e intimidante que bajo la luz tímida de algunas velas.

―Es la hora, vamos.

―¿En qué se supone qué iremos?

―¿Cómo qué en qué? Anda, coge esto y sígueme.

La seguí hasta el granero, donde había pasado la noche. Abrió los portones de las cuadras y sacó a esas desgraciadas criaturas que me habían impedido dormir como se debe debido a sus bufidos y desagradables sonidos varios. A pesar de todo no pude evitar sentirme intrigado por ellas, pues aún no las había visto bien del todo. Esperé a que Layla las sacara del granero para fijarme mejor.

Efectivamente, no me sonaban ni por asomo. Carecían de patas delanteras y yacían erguidas, casi alcanzando los dos metros de altura, sobre dos enormes patas traseras acentuadas por un enorme pie con tres dedos y una corta garra al final de estos. Sus pelajes tenían distintas tonalidades de marrón con suaves pinceladas blancas allí o allá, pero coincidían en lo corto y suave que parecía. La cola era larga y gruesa, seguramente muy musculosa, con un pequeño mechón de pelo blanco en la punta. Ambas criaturas tenían unas cabezas anchas, morrudas, acompañadas por unos pares de ojos grandes y saltones junto a unas orejas en forma de tubo, las cuales no eran muy largas y le llegaban hasta la mandíbula. Una de las criaturas tenía unos cuernos negros en forma de espiral que apuntaban hacia el frente con su par de filos burdos, mientras que la otra criatura los tenía recortados y apenas le sobresalían unos centímetros de la cabeza.

―¿Cómo se llaman? ―le pregunté mientras aguantaba por ella las sillas y correas.

―Bonnie y Vance ―respondió sin mirarme, concentrada en ensillarlos.

―Me refiero a...

―Son nuris. El tuyo es Vance, el que no tiene cuernos -arrebató el último par de correas de entre mis brazos y ató al nuri sin cuernos al suyo-. Vamos, súbete, no tenemos toda la mañana.

Obedecí y me subí al nuri sin rechistar. El nuri bufó aquejado un poco al hacerlo, pero sin previo aviso Layla chasqueo la lengua y hundió los talones sobre el torso de Bonnie, haciendo acelerar a la criatura de una forma que no era normal, y con ella, a mi nuri y a mí. Ambas criaturas alcanzaban una velocidad considerable, suficiente para tuviera que ocultar mi rostro tras el cuello del nuri por culpa del viento y tener que agarrar con recelo las correas, pues una caída a esa velocidad no pintaba demasiado bien, aunque permanecer sobre mi nuri tampoco era agradable, pues tenía la manía de sacudir la lengua al viento y algunas gotas de saliva me llegaban a la cara. Cuando mi nuri casi alcanzaba la misma velocidad que el nuri de Layla, pude fijarme mejor en ella, que se veía como toda una jinete de nuris experta, con su cabello rubio sacudiéndose violentamente por el viento mientras permanecía inclinada ligeramente sobre el nuri observando tras unas gafas, similares a las de un aviador, la dirección que debíamos tomar.

«No te odia Kyle, sencillamente se le habrá olvidado darte unas»

No me lo creía ni yo.

El primer rayo de luz saludaba desde el horizonte, justo cuando nos adentrábamos en un bosque de árboles, para mi alivio, comunes y corrientes. Poco después fue cuando me percaté nuevamente del Sol, o mejor dicho, "soles". Así es, habían nada más y nada menos que tres soles en el horizonte, uno totalmente fuera y dos aún asomando. Los tres tenían un tamaño muy pequeño respecto al Sol terrestre, pero según las teorías que formulé en ese instante, esos tres astros proporcionaban en conjunto un brillo y calor similar al Sol común. Fue algo extraño al principio percatarse de eso, pues mi caída había sido durante el día, pero hurgando en mis adentros, recordé ese preciso instante en el que los rayos de luz me cegaron y no pude ni siquiera ver uno de los tres soles.

―¿¡Queda mucho!?

―¡Un poco más y llegamos!

Tras pasar unos cuantos árboles más, casi al instante tras las palabras de Layla, llegamos a un claro. Un claro -hecho por mí- repleto de troncos partidos a la mitad, tierra removida y un enorme cráter en el centro que alcanzaba el metro de profundidad. Ambos nuris se detuvieron y Layla se bajó de un salto, descolgando de las alforjas un rifle que antes estaba parcialmente oculto y no pude ver antes. Debo admitir que una serie de pensamientos macabros se me pasaron por la cabeza en el instante en que lo vi.

―¿Por qué llevas un rifle? ―en mi voz se notaba cierto nerviosismo. Mi complejo de perro de caza lisiado hablada por mí.

―El bosque no es cosa de niños. Haz lo que tengas que hacer, vigilaré que nada se te coma mientras lo haces.

Fue muy egocéntrico por mi parte, así que no pensé más en ello y avancé hasta el cráter, fingiendo saber lo que hacía, o tan siquiera lo que buscaba. En realidad no se me ocurría nada, aquel incidente había sido tan aleatorio y tan inexplicable que era difícil hasta pensar en qué tipo de respuestas debería buscar. Me acuclillé junto al cráter y observé de reojo a Layla, que patrullaba con el rifle entre las manos, buscando entre las copas de los árboles o bajo los árboles caídos, seguramente tratando de hallar algún paracaídas o artilugio que detuviese la caída. Yo también lo haría.

Yo también decidí hacer lo mismo: buscar bajo los árboles caídos. Si ahí podría haber un paracaídas o un artilugio, también podría haber alguna pista sobre el incidente, pero no tardé más de cinco minutos en darme cuenta de que estaba buscando una aguja en un pajar. El área de impacto no era demasiado grande, sin embargo estaba repleta de obstáculos que dificultaban la búsqueda. Entonces caí: Layla y yo estábamos perdiendo el tiempo.

Me puse en pie y me senté sobre un tronco con las manos en la frente, frustrado y algo nervioso, tratando de llegar a alguna conclusión a la que no había podido llegar antes, pero era mucho pedir. Algo tan increíble como un minino abriendo un "vórticelumínicomosellame", una enorme caída y el simple hecho de estar vivo era demasiado aleatorio como para llegar a una conclusión exacta. Por lo menos para mí.

Layla se acercó a mí al ver que no hacía nada.

―¿Y bien?

No respondí. La notable frustración de mi rostro lo hizo de forma silenciosa. Ella soltó un suspiro, apoyó la culata del rifle contra el suelo y me miró, seguramente reuniendo el coraje para decir algo.

―Supongamos por un momento que te creo...

Por lo visto la búsqueda de alguien también había sido infructuosa.

―¿Hay armas en tu mundo?

Sonreí por la fácil respuesta a esa pregunta y alcé la mirada.

―Demasiadas.

―Ya veo...en este también hay demasiadas, quizás.

―Aún así no puedo evitar que me gusten.

―¿Las armas?

―Sí, lo que realmente no me gusta es lo que se hace con ellas.

Ella postró ante mí aquel rifle, enseñándomelo. No tenía nada fuera de lo común, si no fuera por el tambor de seis o siete balas que tenía en la recámara y las ornamentaciones florales sobre el metal de la recámara y el martillo.

―Es un rifle de tiro lejano Pecky, calibre .308, con propulsión mixta de pólvora y alarido.

―Semi-automático, por lo visto.

―Así es, su hermano menor Teddy, del mismo calibre tiene capacidad para una sola bala del calibre .338 ―observó su rifle, con cierto cariño y detenimiento-. Me lo dio mi madre, fue quien me enseñó a disparar. ¿Tú sabes disparar?

―Nunca he disparado una real.

―Ella siempre me decía que un arma no tenía nada de malo, siempre y cuando se supiera usar. Y no solo se refería a lo técnico.

Por la forma en que lo dijo, pude sacar conclusiones.

―¿Qué le pasó?

―Una enfermedad se la llevó hace dos años. No teníamos el dinero para pagarle el tratamiento ―se colgó el rifle a la espalda, algo seria―. Si ya has terminado, vámonos. Hay faena en la granja.

―Sí, vamos. Las respuestas no están aquí.

Ni ahí, ni en ningún lugar porque simplemente no las había, no por ahora. Sin embargo el día no había sido tan improductivo como parecía, pues había conseguido, aunque parcialmente, la confianza de Layla, cosa que me resultaba casi tan difícil de conseguir como aquellas improbables respuestas. Cuando llegamos a la granja, ya el calor de la mañana golpeaba con fuerza. Aún así debía cumplir mi parte del trato, así que me presenté ante Ogo, que me consiguió un peto de cuero, un par de botas y una horquilla.

Cuando amarraba tras de mí las correas del peto, mientras me explicaba sobre lo que tenía que hacer, Ogo me tomó del brazo, preocupado. Yo me giré, mirándole.

―Chico, ¿qué tienes ahí?

Estaba tan acostumbrado a la constante molestia en el brazo izquierdo, que no me había dado cuenta de que aquellas numerosas y ya no tan diminutas lesiones se habían abierto y aumentado de tamaño, el suficiente para sangrar. El suelo se manchó con mi sangre y el dolor se agudizaba tanto que incluso comencé a sentirme algo mareado, pero nunca fui aprensivo con la sangre, así que deduje que formaba parte de la anomalía de mi brazo.

¿Cómo era posible qué hace unas horas las lesiones fueran diminutas, y ahora sin previo aviso aumentasen de tamaño?

Fui tan lejos a buscar pistas, respuestas o lo que fuese para tratar de combatir mi incertidumbre, pero tenía la siguiente pista tan cerca, que incluso la tuve ante mis ojos esa misma mañana y no la había visto.

―¡Layla, trae toallas y vendas, rápido!

Layla se asomó unos segundos, viendo como Ogo me tapaba el brazo con una camisa, la cual era ya casi incapaz de absorber más sangre. Ella salió corriendo y no tardó en venir con lo necesario para intentar detener esa misteriosa hemorragia. Ellos parecían bastante sorprendidos, incluso asustados, pero yo solo observaba sin más lo que, según una corazonada, sería el siguiente paso para volver a mi mundo, porque estaba seguro de que lo que le ocurría a mi brazo, tenía que ver con el incidente y ese sospechoso gato.

Ellos, se asustaron. Fríamente, yo me alegré.

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La respiración se me iba agitando a medida que transcurrían los segundos. El sudor en mi mano hacía que la empuñadura de la espada se me resbalase un poco, pero estaba acostumbrado por las clases de esgrima. Miraba a mi contrincante fijamente, y trataba de no pensar en nada más. Ya no existían mis problemas, ni Layla o Ogo, solo él y yo.

Reflexioné unos segundos que flanco atacar y entonces corrí. Cargué todas mis frustraciones en mi espada y las descargué sobre el hombro de mi contrincante, el cual se le cayó al suelo con el golpe. Era normal, tratándose de un monigote constituido de tablas de madera mediocremente pegadas entre sí, sumándole el hecho de que la espada al ser una simple rama tallada, con una empuñadura improvisada a base de un madero y cuerdas, golpeaba y no cortaba.

Solté la espada entre jadeos, llevaba ya un buen rato practicando lo que se me venía a la cabeza de las clases de esgrima, pero no lo hacía por no perder la práctica, puesto que no me serviría de nada ahora. Sencillamente necesitaba desquitarme con alguna víctima inocente y aquel día le había tocado al muñeco cobrar.

A las exaltadas palpitaciones de mi corazón se le sumaron las de mi mano izquierda, tomando el mismo ritmo. Habían pasado ya varios días desde el último episodio grave con mi mano izquierda, sin embargo se habían sucedido algunos sangrados repentinos, pero nada que me impidiese trabajar en la granja. El resto de mi cuerpo estaba sano, por lo que no era excusa para perder el tiempo.

Comencé a observar mi mano a la luz de unos cuantos rayos lunares que se colaban por las juntas desgastadas de los tablones de madera del granero, reflexionando mi próximo paso hacia mi mundo.

Entonces alguien llamó a la puerta, mas no esperó que contestase, si no que entró directamente. Era Layla, que iba cargada con una bandeja de metal en la que llevaba unos cuantos menesteres médicos para primeros auxilios.

—Qué es eso tan feo —miró al inocente y golpeado monigote, con su característica mirada penetrante que a veces rozaba lo cruel.

—Es Bob, mi muñeco de prácticas.

Me senté junto a ella sobre una pila de sacos de comida para Bonnie y Vance, los babosos y simpáticos nuris de Layla.

—Así que por eso golpeabas al pobre Bob —dijo sin mucho interés por mantener la conversación, mientras comenzaba a retirarme la venda sucia, sin embargo su despreocupación por como me sintiera, de alguna forma me relajaba.

—Tampoco es que tenga nada mejor que hacer. En mi mundo practicaba con personas.

Guardó silencio durante unos segundos, pero me imagino que la duda la carcomió velozmente.

—¿Luchabas en la guerra?

—No, no, no es nada de eso. Practicaba esgrima con algunos compañeros de mi cla...—un escozor me interrumpió. Puse la mejor cara que tenía para momentos como aquel, que se me habían hecho costumbre a lo largo de los días—. Clase..

Layla se interrumpió también al escucharme, dejando de echarme aquel líquido infernal sobre las incisiones de la mano y el antebrazo. Me miró, dubitativa.

—¿A sí qué te preocupa más no perder la práctica qué el brazo?

No supe que responder.

—Kyle, estamos más preocupado por ti que tú —reveló con cierta frustración, y a la vez algo de vergüenza—. No sé que piensas hacer, pero deberías considerar seriamente la posibilidad de perder la mano. Ya llevo varios días limpiándola, y la infección no parece querer irse.

—Es...—agaché la cabeza y aparté la mirada, un poco avergonzado por mi propio egoísmo— lo más parecido a una respuesta que tengo, Layla.

—¿Respuesta a qué? —Me miró, algo incrédula— ¿De qué te sirven bajo tierra las respuestas?

Noté que la cosa comenzaba a tensarse un poco, así que opté por darle la razón sin más. Lo último que quería ahora era discutir con las personas que me ayudaban, y aunque en ese momento no lo viera así, más tarde me daría cuenta de lo equivocado que estaba.

—Tienes razón...Siento haberos preocupado de esa forma, tendré más cuidado.

—¿Por qué me incluyes a mí? —Justo en ese momento terminaba de anudarme el vendaje limpio.

—Como has dicho que estabais preocupados...

—¡Silencio! —Se puso en pie, bastante alterada. Recogió las cosas de la bandeja y avanzó rápidamente hacia la puerta. No pude evitar reírme un poco por lo bajo— Ve a hablar con mi padre en un rato, dijo que tenía algo que decirte.

—De acuerdo.

Comenzó a cerrar la puerta.

—Layla.

—Qué —se detuvo.

—Gracias por transmitirme la preocupación de tu padre —dije con cierta comprensión inevitable hacia su orgullo, una sonrisilla, y tono burlesco.

Cerró la puerta, con fuerza.

Me pregunté si empezábamos a encajar de verdad, o solo eran imaginaciones mías, pero al menos ya no trataba de exterminarme con la mirada tan a menudo como antes. Aquellos días de convivencia empezaban a servir de algo más que romperme la espalda cuidando la cosecha, lavando y alimentando a los nuris, o sencillamente esperar sentado a que algo sucediese con mi vida.

Después de asearme un poco y ponerme una muda limpia, me encaminé hacia la casa. Subí los desgastados escalones y avancé por el corto pasillo, hacia la puerta del final. Escuché vagamente como la voz de Layla y Ogo se fundían en una sola discusión que no alcanzaba a percibir de forma clara, por lo que me apoyé en la pared y esperé que terminaran. Layla salió poco después, algo sulfurada, mirándome con rencor y de soslayo. Estaba acostumbrado a que lo hiciera, pero solía haber un motivo de por medio. Teoricé que la respuesta estaba tras aquella puerta, así que hice lo propio después de que ella se perdiera de mi vista.

Se trataba de alguna especie de despacho, con sus cuatro paredes casi totalmente cubiertas de cuadros, unos más grandes que los otros y de marcos caseros. Si bien la pintura no parecía profesional más allá de la objetividad, tenía que admitir que la autora, que firmaba como Eiry sus obras, poseía una imaginación desbordante, pues todos eran una explosión de colores que de alguna manera tomaban forma y daban sentido al resto del cuadro de forma alegre. Ogo yacía sentado, con un porte algo angustiado, observando algunas pseudotorres de papeles medio desperdigados a la luz de una de aquellas lámparas metálicas ornamentadas, como la que rompí mi primera noche en el granero.

Cuando toqué con suavidad la puerta, inmediatamente escondió su angustia en algún rincón de su ser y me miró, esbozando una sonrisa contrastante pero simpática, la misma que siempre nos dirigía a Layla y a mí.

Yo me acerqué al escritorio, él se puso a darle vueltas a la alianza en su dedo anular, sin mirarme.

—Kyle, ¿qué tal está tu mano?

—A veces sangra, pero no me ha vuelto a doler la cabeza. Aunque a veces palpita...

—Me sorprende que estés tan tranquilo —sin dejar de darle vueltas, dejó de mirar la alianza y me convirtió en el objetivo de su mirada. Consiguió que sintiera algo de temor por lo que imaginaba que iba a decirme a continuación—. No sé como es en tu mundo, pero por aquí, los que vivimos al día, primamos la salud sobre casi todo lo demás, porque al fin y al cabo, es una de las cosas más valiosas que tenemos.

«¿Layla le había contado sobre lo que le he había dicho de mi mano? Puede ser, ¿pero por qué habrán discutido por eso? Ambos parecen de acuerdo en lo que respecta a mi mal, así que debe haber algo más». Asentí y pensé seriamente que decir, tomándome unos segundos.

—La visita al cráter no sirvió de nada, Ogo, pero de alguna forma sé que esto está relacionado con lo que me pasó...Es la única conexión con mi mundo, de alguna forma lo sé.

—Tú ves una relación con tu mundo. Yo veo que se está pudriendo ese brazo, chico. Y no parece mejorar a pesar de los cuidados que le ha estado dando Layla.

—Ya...Pero...

—Dime, ¿qué pasa con nosotros? ¿Crees qué nos es justo ver cómo tratas simplemente de ignorar el problema?

En ese momento, y solamente en ese momento, dejando atrás las escusas para quitarme de encima a Layla o para cualquier otra cosa, descubrí lo egoísta que estaba siendo con ellos. ¿En qué estaba pensando? No estaba solo en aquella desventura, y así se lo pagaba. «Kyle. Idiota».

Sencillamente no respondí. Le miré fijamente, él hizo lo mismo.

—Parece que lo vas entendiendo —sonrió, perspicaz—. Prometiste ayudar con la granja mientras te hospedaras aquí, así que tengo una misión para ti.

—Una...misión —repetí, algo incrédulo.

—Así es —hurgó bajo el escritorio unos segundos y puso un pequeño saco sobre el escritorio—, quiero que cojas esto y vayas a Puesto Creciente, a un día de aquí. Allí buscarás al doctor Micatrelo y le pedirás que te ayude con tu problema. Dile que vas de mi parte y le entregas el pago. Esto debería cubrir la mayoría de gastos, incluyendo el viaje.

Perplejo, observé la bolsa. No estaba muy llena, pero al fin y al cabo, era de dinero.

—Pero Ogo...¿Por qué?

—¿Por qué?

—Es decir...¿Por qué eres tan generoso conmigo? ¡Hace menos de una semana, éramos completos desconocidos!

Ogo redirigió la mirada mirada tras de mí, fijándose en la pared.

—Ella habría hecho lo mismo. Un día, dos días, no importaba...Te habría ayudado de todas formas.

—¿Ella? Te refieres a la...De Layla...

—Sí, mi esposa. Su madre —se puso en pie, con cierta derrota en su porte—. Deja que te cuente una historia, muchacho —se acercó a uno de los cuadros, el cual tomó con especial devoción—, una con la que descubrirás el porqué de mi generosidad.

Guardé silencio, mirándole observar aquella pintura, la cual acariciaba con una cara en la que se marcaba la pena y la nostalgia. La misma con la que yo habría acariciado una foto de mis padres si la hubiera tenido.

—Ella era la mujer más viva y enérgica que había conocido en mi vida —dijo, melancólico—. No pasaba un día sin que la viera sonreír. Ella vio en mí, un simple granjero, algo que ni yo mismo había visto antes. Recuerdo como si fuera ayer cuando ponía la mano en mi pecho, y me decía: "tu corazón, es tan grande como tú".

—¿Ella...pintó todos esos cuadros?

—Sí, cuando nació Layla comenzó a pintarlos. Dijo que quería expresar de alguna forma la alegría que sentía todos los días por haberla tenido...Aunque para mí, su sonrisa me bastaba para saberlo —dejó el cuadro en su sitio, y tomó otro—. Ni siquiera cuando enfermó, dejó de pintarlos de la misma forma. Alegres, todos alegres, aunque su corazón gritase de desesperación, habría seguido haciéndolos alegres. Tal era su devoción por Layla.

Noté como se me erizaban los bellos del brazo lentamente.

—¿De qué enfermó?

—Siempre tuvo problemas respiratorios, pero un día contrajo lexonia y comenzó a empeorar. Nos dijeron que tenía tratamiento, y que posiblemente se recuperaría, pero por aquel entonces la granja no era tan próspera y no pudimos hacer nada más que ver como se marchitaba de la misma manera que una flor arrancada y expuesta al calor de los tres Guardianes de la Vida —devolvió el cuadro a su sitio y se acercó a mí, posando la mano sobre mi hombro izquierdo—. ¿Sabes qué fue lo último que me dijo?

Negué con mi cabeza lentamente, viendo los ojos enrojecidos del gran Ogo, acompañados de una efímera sonrisa.

—Puso la mano en mi pecho, y entre lágrimas, me pidió que no dejara que aquello ennegreciera mi corazón, porque aún podría hacerlo todavía más grande. Y entonces, cometí una tontería. Una romántica tontería —una lágrima descendió por su mejilla, la cual se secó rápidamente con el hombro.

—Siento haber sido tan egoísta, Ogo...Con todo lo que has hecho por mí y yo...—agaché mi cabeza, mientras le agarraba el antebrazo de la mano con la que me sujetaba el hombro, en señal de apoyo.

—Quien lo siente soy yo, chico —tomó la bolsa de dinero del escritorio, tras de mí, y la puso contra mi pecho—. Pero esto no lo hago por ti. Es por ella.

Le miré fijamente y agarré la bolsa, con firmeza.

—Lo aceptaré. Por ti, por mí, por ellas.

Suspiró aliviado y sonrió un poco, ahora con aquella lágrima prófuga secándose en su mejilla. Era increíble ver a un hombre tan grande y estoico derramar aunque sea una sola lágrima. Una que en un momento de silencio y reflexión, se convirtió en varias más.

—Disculpa...—secó sus enrojecidos ojos y tomó asiento de nuevo—. Layla sabe los detalles del viaje. Por favor, cuida de ella. Ella cuidará de ti.

—Prometo que antes de volver a mi mundo, devolveré todo lo que has hecho por mí, Ogo. Lo prometo —llevé mi mano al pecho y retuve en mis ojos unas lágrimas. Haberle visto llorar y por un momento derrumbarse, de alguna forma me derrumbó a mí, pero potenció mi admiración por él.

—Cierra el pico y baja ya. Ah, no olvides mirar en el armario de la entrada, hay un regalo para ti —tomó uno de los inacabables papeles y se quedó leyéndolo, mientras yo salía de la estancia, con una sonrisilla.

Cuando bajé, antes de salir abrí las puertas del armario que Ogo había mencionado. Apoyada en un oscuro rincón del cajón, yacía un sable de un solo filo, con una empuñadura metálica y simple, pero con el puño envuelto por un cordel de lana gruesa y marrón. Su guardamanos era del mismo tono metálico, pero no cerraba con la parte trasera de la monterilla, sino que sobresalía por detrás de la espada, unos pocos centímetros, en forma de cuchilla, supongo que por motivos estéticos y/o defensivos. También había un talabarte de cuero oscurecido y algo desgastado, que sujetaba una funda especialmente diseñada para esa espada de empuñadura personalizada.

Salí al exterior, asegurándome el talabarte a la cintura. Bajé las escaleras del porche y observé al segundo piso de la casa, esbozando una sonrisa. Layla ya estaba fuera, esperándome con ambos nuris ensillados y atados el uno al otro, mientras hacía girar en su dedo un par de gafas de protección para el viento, similares a las que ya llevaba puestas.

«Gracias, Eiry».

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Habíamos estado toda la tarde recorriendo el sinuoso camino de losas de piedra desgastadas que atravesaba buena parte del bosque del Errante. En la lejanía, los tres Guardianes de Vida iban escondiéndose poco a poco, oscureciendo buena parte de la llanura a la que acabábamos de descubrir, dejando por fin atrás el oscuro bosque, que aunque era tranquilo, a Layla no parecía agradarle la idea de que cayera la noche sobre nosotros estando aún dentro, por lo que no hizo otra cosa que meterle prisa a los nuris una última vez, antes de dejarlos totalmente exhaustos.

Era una pradera enorme, la cual era atravesada por el mismo camino que veníamos siguiendo horas atrás. En mitad de la pradera, antes de que el camino se volviera a adentrar en el bosque, a los lados de este habían dos casas pequeñas, construidas en madera y de aspecto muy medieval. Frente a estas, yacía un edificio de dos pisos, con un establo adjunto, mucho más grande que las dos casas, el cual tenía unos cimientos de piedra blancuzca y gris que soportaban una estructura de madera oscura, junto a un tejado constituido por tejas de tonalidad grisácea, similar al gris de un nube apunto de soltar un chaparrón. En cada extremo del tejado sobresalía una pequeña chimenea de pocos metros, cada una largando una tierna y débil corriente de humo.

Layla hizo que los nuris disminuyeran la velocidad, reduciéndola a un simple trote agradable para mis posaderas, mientras que soltaba la correa que mantenía a ambos nuris juntos. Yo me sorprendí un poco, pues pensaba que el nuri se desviaría del camino, empezaría a dar vueltas en círculos sin rumbo alguno y me caería, o peor aún, Layla se reiría de mí mientras comenzaba a correr sin control.

—¿Qué pasa, te da miedo ir solo? —Se subió las gafas hasta la cabeza y sonrió con sorna, ante la evidente pregunta.

—¿No se va a desbocar o algo así? —También me subí las gafas, observando lo tranquilo que iba el nuri.

—Ya se ha acostumbrado a ti y a tu peso, por eso lo solté —me miró, y esbozó una sonrisa arrogante—. Es hora de que vayas aprendiendo a llevarlo, o serás más inútil de lo que ya eres.

Suspiré, ignorando la provocación.

—¿Cómo hago qué se detenga?

—Tira de las riendas y sisea.

—¿Para qué avan...?

Me interrumpió, sin darme tiempo a formular la pregunta.

—Para que avance, hundes los talones SUAVEMENTE —remarcó la palabra, con severidad en el rostro— y chasquea la lengua. Si quieres que corra, sacude las riendas y húndele los talones varias veces. Cuantas más veces lo hagas, más correrá. Y no te olvides de que son bestias resistentes, pero también se cansan como cualquier otra.

Es cierto, los nuris estaban exhaustos, aunque era imposible negar que tenían una resistencia envidiable, pero no quitaba que no tuviéramos que pararnos cada cuarenta minutos o así a darles agua, dejar que respiren y ya de paso, estirar un poco las piernas por nuestra parte. Tanto trote había hecho que me doliera el coxis.

—Entendido —acaricié el cuello de Vance, y preferí practicar luego, cuando hubiéramos descansado los dos.

Para el fin de nuestra conversación, ya estábamos llegando a las tres edificaciones del camino. Solo había un pequeño grupo de niños correteando de un lado a otro del camino, un par de ancianos en la puerta de una de las humildes casas y toda una tropa de hombres jóvenes charlando de forma jovial entre ellos a las puertas de la edificación más grande y bella del lugar.

La madera que estructuraba las dos plantas era vieja, su color oscuro y uniformidad, denotaba que era una estructura bien cuidada, y aunque no protegida al paso del tiempo, si de la carcoma y otros males de la madera que la pudieran deteriorar, dando lugar a un precioso edificio tanto de cerca, como de lejos.

—Iré a dejar los nuris, pasaremos la noche en esta posada. Espérame en la puerta y no hables con nadie, ¿entendido?

Asentí y la vi marcharse con ambos nuris a pie hacia el ruidoso establo, tirando de sus respectivas correas. Yo me acerqué a la entrada de la posada y en solitario, me crucé de brazos, esperándola. En aquel momento me di cuenta de que eran los primeros habitantes de ese mundo desconocido para mí a los que veía, aparte de Ogo y Layla, sin embargo preferí hacerle caso a esta última y sencillamente limitarme a escuchar como despotricaban sobre los impuestos o lo corrupta que se estaba volviendo la Guardia Urbana en Puesto Creciente.

No entendía mucho, pero era interesante oírles hablar. Es decir, eran seres de otro mundo, aunque totalmente iguales a mí, pero...¡Eran de otro mundo! Layla apareció como un rayo y tiró de mi camisa hacia dentro, ante las discretas burlas del grupo de hombres de la entrada, mientras me preguntaba por qué estaba tan agresiva últimamente. Normalmente se limitaba a odiarme desde la distancia.

Entre a tropezones al edificio, esperando encontrar toda una manada de bárbaros hombres sin asear desde hace días acosando sexualmente a las camareras, un incesante murmuro, o quizás un griterío, sin embargo mis expectativas estaban muy lejos de cumplirse. Era un comedor muy silencioso, limpio y tranquilo, y su supuesto gentío apenas se trataba de dos grupos de seis y cuatro hombres que charlaban tranquilamente al calor de la chimenea, mientras que el hombre más solitario de todos, bajo la protección de su capucha, permanecía inmóvil en una mesa pequeña y redonda, cercana a la barra donde las camareras charlaban tranquilamente por la falta de trabajo.

La iluminación del lugar era tenue, constituida apenas por un pequeño batallón de velas distribuidas a lo largo de las paredes de la gran estancia, mientras que los candelabros en las mesas ocupadas por los dos grupos, aportaban algo más de alegría al lugar.

Yo esperé de brazos cruzados de espaldas a la barra, mientras Layla negociaba el precio de una habitación -con dos camas- para una noche, cayendo en cuenta de que mi teoría de un lugar abarrotado y molesto desde un principio era improbable, puesto que aquella posada era un lugar de paso para viajeros de los caminos. Comencé a observar al extraño hombre solitario que permanecía cabizbajo y con las manos cruzadas en el mentón, dando la sensación de que dormitaba o algo así.

Era interesante que entre un ser de otro mundo y yo, el que más destacara fuera él, ya que incluso algunas camareras murmuraban en la distancia y se reían, en un vago disimulo. Me hizo algo de gracia aquel irónico suceso, gracia que me duró poco tiempo, cuando noté un ligero dolor en la frente y poco a poco, mi vista fue perdiendo agudeza, a la vez que el oído, con el cual percibía los sonidos de alrededor de una forma poco clara, similar a una radio mal sintonizada. Layla se percató enseguida y me cubrió la mano con su capa de tela.

—¿De nuevo? —Susurró a mi oído mientras se apegaba a mí y las miradas del lugar se dirigían a nosotros, con curiosidad. Yo asentí con un ligero cabeceo.

—¿Se siente bien ese chico? —Preguntó una camarera, preocupada ante mi pálido rostro.

—Sí, sí. No hay de que preocuparse, es que ha sido un viaje largo y no ha dormido mucho...

—Os acompaño a la habitación, yo le agarro por este lado.

Layla y la chica me comenzaron a asistir caminando, mientras un sudor frío me recorría la espalda. No habíamos evitado llamar la atención, y todos nos miraban, incluso el hombre solitario de la mesa, que yacía con la cabeza erguida, mirando de un lado a otro algo desorientado. Cuando clavó la mirada en mí, pude ver sus ojos de color indeterminado bajo la mortecina sombra de su capucha durante unos segundos, pero de forma repentina sus iris se sacudieron violentamente y dejó caer la cabeza sobre la mesa, en un golpe seco.

Sin embargo, en ese momento, debía preocuparme más por mí que por ese hombre. A medida que nos acercábamos a la habitación, yo era cada vez menos consciente de mi entorno y me invadía una clara sensación de surrealismo. Era preocupante, por que solo notaba con claridad como la mano me palpitaba, mientras que el resto de mis sentidos iban mermando su agudeza, yo cada vez iba dejando de ser más "yo" y sencillamente, solo podía dejar que me consumiera la nada imaginaria que me rodeaba.

—¡Kyle, Kyle! —Sacudía con fuerza mi rostro, tratando de devolverme a la realidad.

—Oye, ¿estás segura de qué está bien...?

—¡No, por favor, váyase!

El primer "ataque" de mi mano me había causado problemas parecidos, pero esta vez había llegado mucho más lejos de lo que cabía esperar. Esa vez llegué a caer inconsciente -por fin-, y cuando me desperté, horas más tarde, Layla dormía sentada en una silla, al lado de mi cama. Junto a ella, en una mesita, había un cuenco metálico del que sobresalían por algunas partes las vendas que yacían dentro, totalmente ensangrentadas, e incluso habían algunas por el suelo.

No era difícil darse cuenta de procedencia de toda esa sangre, lo cual al menos explicaría síntomas tan severos como los que había estado padeciendo. Recordaba haber leído hace tiempo algo sobre eso: Una pérdida de sangre desmesurada en un corto plazo de tiempo, puede causar síntomas de gravedad, daños a los órganos e incluso la muerte. Traducido al cristiano, vendría a significar que si sangras sin control, puedes morir, y es que esa noche claramente había bailado un tango con la muerte.

La habitación estaba totalmente a oscuras, y apenas entraba algo de luz por debajo de la puerta, que seguramente provenía de alguna vela en el pasillo. Aún así había la suficiente para poder ver a Layla, que dormía sobre aquella silla, aún con el semblante reflejando la preocupación que habría sentido horas atrás y las manos todavía tiznadas de sangre ya más que reseca. Mi mayor deseo en ese momento era levantarme y llevarla a su cama, a pesar de que la fatiga me saboteaba, pero algo llamó mi atención e interrumpió mi momento de caballerosidad.

Unos pasos marcados por unas botas se dejaron oír en la calma nocturna de fuera. Supe que alguien se detuvo frente a la puerta, pues podía apreciar su sombra bajo la misma. Sin más se detuvo, y permaneció ahí durante varios segundos, sencillamente observando la puerta.

«¿Será un borracho que no sabe ni cuál es su habitación? No, ya estaría intentando abrirla o algo así».

«¿Quizás Layla avisó a un médico? Lo dudo. Puede que este sea otro mundo, pero nadie trabajaría por gusto y a domicilio tan de noche. Además, dudo que lo hubiese por aquí».

Alcancé a escuchar como ponía su mano en el pomo de la puerta e hizo un intento de abrirla.

—Kyle...

Cesó su intento. Al escuchar la voz apagada y somnolienta de Layla, sencillamente se fue.

—Oye. ¿Tú le dijiste a alguien que viniera?

—Kyle...—su voz recobró algo de fuerza—. Maldita sea, pensé que no lo contabas...—suspiró y dejó caer su cabeza sobre el borde de la cama, aliviada.

—Parece que esto va a peor...

—Pero...¿Te sientes bien? Es decir, ¿te puedes mover? —Me miró, angustiada.

—Creo que sí, pero prefería dormir un poco más y descansar —observé su rostro fatigado—. Será mejor que tú también duermas, pareces muy cansada.

Ella se levantó y se dejó caer en su cama. Yo me di la vuelta hacia la puerta -obviamente- y cerré lentamente los ojos.

—Gracias por preocuparte.

No respondió, solo escuché el tímido sonido de la tela revolcarse mientras se arropaba.

Aquella noche pude dormirme rápidamente, sabiendo que Layla estaba a mi lado, lo que me causaba una cálida sensación. Sin embargo, ahora podía sumar otra preocupación más a la lista, puesto que me invadió el sueño pensando en quién era esa misteriosa sombra, y qué quería de nosotros.

Pensé incluso en contárselo a Layla la mañana siguiente, pero ya estaba bastante preocupada como para seguir poniendo peso sobre sus hombros, pues en teoría, era la encargada de nuestra seguridad.

Así que como de costumbre, no me quedaba otra que esperar un nuevo día, en el que quizás, y solo quizás, las cosas pudieran solucionarse. Era algo que llevaba haciendo desde que aparecí, o mejor dicho, caí en este mundo tan parecido y a la vez tan diferente al mío.

Pero no podía sencillamente cerrar los ojos y esperar que se solucionara por su cuenta, no. De eso nada.

Dejé que pasaran unos minutos para asegurarme de que Layla no se despertaría. Me levanté furtivamente y tomé el talabarte a un lado de la cama, para luego salir con él en la mano. Cuando caminaba por el frío pasillo, descalzo y con cada parte de mi ser todavía débil, comencé a cuestionarme si de verdad era lo correcto, pero sacudí mi cabeza y espanté aquellas ideas que trataban de sembrar la inseguridad en mí. Apresuré el paso, a medida que bajaba las escaleras.

Desde lo alto, vi que el encapuchado seguía en la mesa de siempre, pero ahora parecía despierto y leía un libro con pasividad. Él era el único que estaba en la estancia, con la única compañía de su lectura y una vela. Ni siquiera estaba el servicio de la posada.

Me volví a preguntar qué demonios estaba haciendo, pero antes de poder permitirme volver a dudar me acerqué a él, con el talabarte en la mano, asegurándome de que se percatara de mi presencia a pesar del paso lento y precavido. Me miró bajo la sombra de su capucha, y movió sus labios para decir algo, pero no se lo permití.

—¿Quién eres?

—¿Perdón? —Era voz masculina y suave, la cual, a pesar de provenir de un encapuchado solitario en mitad de la noche, no sonaba para nada intimidante.

—No te lo preguntaré de nuevo, ¿quién eres? —Sacudí la mano en la que sujetaba el talabarte, haciendo resonar el metal de la hoja del sable contra la vaina.

Él se bajó la capucha y cerró su libro, algo asustado. Se trataba de un chico de mi edad, quizás un año o dos mayor que yo, de facciones delicadas. Su pelo estaba peinado hacia un lado, era castaño oscuro y no lo llevaba muy largo, pero si lo suficiente para saber que era rizado.

—Di-disculpe...—se puso en pie—, no pensé que molestaría aquí...Yo solo...intentaba...—su voz perdía fuerza.

—¿Intentar qué, joder? —Estaba funcionando, al parecer no había visto como me temblaban a mí las piernas.

—Estudiar, solo intentaba estudiar...Es que hay una pareja en la habitación contigua que no para de...—se aclaró la garganta. Dos veces—, ya sabe...

Le miré. Eso no me lo esperaba. Él se levantó y cogió un morral al pie de la silla, con las manos bastante temblorosas y lo puso contra su pecho, mirándome una última vez, probablemente sin creerse que haya alguien con tan supuesta mala leche por aquí, en un lugar tan ameno como este.

Menudo primer contacto con la gente de este mundo...

—Ya me voy, de verdad, discúlpeme, no quería molestar...—echó a andar lentamente, mirando hacia atrás varias veces.

¿Pero qué estaba haciendo? Ese chico tan siquiera llevaba botas. No me explicaba como a veces podía ser tan capullo.

—¡Eh, te dejas eso! —Indiqué con el mentón el libro que se había dejado.

—Perdón...

Aunque había relajado un poco el tono, seguí tratando de sonar intimidante, sin saber por qué. Quizá me había metido demasiado en el papel. Cuando se fue, suspiré algo aliviado y apagué la vela con mis dedos ensalivados. Dolió de todas formas.

—Un capullo, eso es lo que soy —murmuré, algo cansado, con escozor en los dedos y en la más absoluta oscuridad.

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Desde el último ataque, he notado un dolor constante en el brazo, similar a cuando te clavas una púa y el propio cuerpo la expulsa, junto a la sensación de tener cientos o miles de diminutas laceraciones sin aspiración a cicatrizar, las cuales, según me había contado Layla esa misma mañana, habían aumentado de tamaño desde la última vez que me miró el brazo, aunque podían seguir considerándose pequeñas. Pero qué importaba como podían considerarse, el peso del asunto estaba en que posiblemente había contraído alguna enfermedad en este mundo, y para colmo, desconocida para las dos únicas personas que conocía. No es que el dolor fuese muy intenso, pero era molesto. Creaba una sensación de añoranza en mí, gracias a la cual recordaba aquellos días en los que mi brazo aún permanecía sano, pero sin duda lo más molesto de todo era saber que probablemente, la intensidad del dolor iría aumentando con el tiempo.

"Ya podría haberle pasado a otro", pensé. Y sí, así de egoísta era a veces. Yo no había pedido, literalmente, caer en un mundo, y nunca había hecho cosas lo suficientemente malas para demostrar la improbable existencia del karma, o esa ley de vida urbana que dictaba, según la creencia popular, "La vida te lo devolverá".

De eso nada. La vida no devuelve nada. Si eso fuera así yo no habría sido víctima de un minino, y mucha gente que realmente se merece la existencia del karma, no estaría donde está. Sin embargo, había algo de lo que no me arrepentía, y era el hecho de haber conocido a esos dos. En especial a Layla. Incluso cuando se acercó a mí y me lanzó un paquete envuelto en papel con mi desayuno, seguía sin arrepentirme, porque sabía que a su manera, se preocupaba por mí, y es que, ¿a quién no le gusta tener a alguien que se preocupe por ti?

Es una cálida sensación, que por desgracia, muchas veces no sabemos apreciar, y mucho menos agradecer.

—Espabila, tenemos que irnos ya.

—¿Y cuándo comemos? Aún me siento un poco mal por lo de anoche —y no me refería solo al ataque.

—Cuanto antes lleguemos a ese estúpido matasanos, antes podré deshacerme de ti.

Ahí estaba otra vez; esa cálida sensación.

—Además, no vamos a comer nada más hasta llegar a Puesto Creciente.

—Pero si...

—¿Cuánto te crees qué nos dio mi padre? —maldita sea, me leía la mente—. Como mucho tenemos para pagar a ese...médico, y alojarnos unos cuantos días allí.

—Pero bueno...¿qué te ha hecho ese hombre?

Que bocazas fui. Solo me atravesó con la mirada y se fue, para aparecer rato después con los nuris. Estuvo casi la mitad del viaje sin dirigirme la palabra, así que me concentré únicamente en dominar la monta de nuris y no romperme algo en el intento.

Con la clase rápida de Layla en mente, fui aumentando la velocidad poco a poco a medida que me acostumbraba, e incluso mejoré mis reflejos de tanto esquivar la saliva de Vance, o por lo menos los lapos más grandes. Todo el rato, permaneció unos metros delante de mí y aunque estoy seguro de que intentaba no hacerlo notar, miraba hacia atrás de vez en cuando, para comprobar si no me había roto la crisma, ya que a esas velocidades apenas se escuchan con suerte los pensamientos. Aún así estuvo sin hablarme en las tres paradas de descanso que hicimos a lo largo del camino, pero calculo que al medio día estaba ya de mejor humor y no podía resistirse a señalarme bellos detalles del paisaje que a veces se apreciaba en las praderas o entre los árboles.

Entre más avanzábamos, más vida iba cobrando el camino y menos denso iba volviéndose el bosque, cruzándonos de forma paulatina bifurcaciones, señales, granjas e incluso carretas tiradas por caballos -clavados a los normales- o granjeros y granjeras caminando a los lados del camino, ocupados en sus quehaceres del día a día. Para cuando los edificios más altos de Puesto Creciente se apreciaban a lo lejos, tras las murallas de roca gris, era más vivo que nunca.

Los nuris estaban exhaustos, así que nos paramos bajo la sombra de un árbol de frutas redondas como manzanas, pero de colores azulados con alguna que otra mota marrón por culpa de los insectos o verde, debido a la maduración de la misma.

Yo observaba ensimismado las ramas de aquel árbol, mientras Layla daba de beber a los nuris directamente de mi odre de agua.

—¿Qué pasa, quieres una? —Se acercó a mí y me lanzó el odre.

Miré hacia arriba de nuevo, y asentí. Suponía que el contenido de mi desayuno no haría callar los rugidos de mi estómago, pues a penas se trataba de una porción de pan, dos magnas lonchas de queso blanco, y un pequeño cuadrado de mantequilla para embutirlo al pan. Además, probar cosas nuevas no me haría daño, o al menos eso me gustaba decirme a mí mismo.

Ella pegó un brinco y arrancó la colorida fruta de su rama, sacó un cuchillo de su espalda, por la zona lumbar, el cual desconocía que enfundaba ahí, y realizó un corte a la zona superior de la corona, quitando el rabillo. De repente, la piel se dividió en cuatro partes y se abrieron hasta la base de forma similar a una flor, dejando al descubierto una carnosa fruta anaranjada en el centro, que goteaba algo de jugo entre los dedos de Layla. Ella la acercó a mí, y yo la tomé, oliendo el aroma dulzón y fresco que desprendía.

—Por si te lo estás preguntando, se llama zambalina. Es muy abundante y barata.

—Vaya, pues tiene muy buena pin...—Los cuatro pliegues de la piel se comenzaron a mover de forma anémica, como si tuvieran vida propia—. JODER —la tiré, obviamente—, ¡se ha movido, se ha movido!

Layla soltó una carcajada, animada.

—Pero hombre, ¿qué esperabas? Así es como cazan—se agachó con naturalidad y tomó la fruta del suelo. Le dio un golpecito con el dedo a la coronilla, para que se abriera de nuevo—. Mira, cuando caen al suelo se cierran instintivamente, para que nada las ataque.

Miré a Layla atónito durante unos segundos, aún con la respiración acelerada y la observé de cerca.

—Así que atraen a la comida, haciéndoles creer que ellas son comida...curioso. E inteligente—trataba de hacerme el hombre, pero aún me duraba el susto.

—Te tiemblan las manos, princesa.

—Qué manos, qué dices...—Evadí.

Ella negó con la cabeza y se sentó junto a mí, sobre el murito de piedra que bordeaba el camino, sonriendo con sorna. Se limitó a comerse su desayuno, mientras yo curioseaba la fruta y la hacia cerrarse y abrirse una vez, molestándola con el dedo.

—Ahora que lo pienso, ¿no nos dirán nada en la ciudad por las armas? —Observé una pequeña fila india de hombres uniformados con piezas sueltas de armadura y talabarte siguiendo a otro hombre en caballo, que dirigía la marcha.

—¿Ah? —Miró en la misma dirección que yo— Mientras no las lleves en la mano o fuera de una funda, no ocurrirá nada. Ellos son la Guardia Popular; se encargan de la seguridad fuera las ciudades.

—Algo así como guardias forestales...—Concluí— ¿Y en la ciudad?

—La Guardia Urbana. Los reconocerás porque llevan una armadura más ligera que ellos, un sable y un rifle.

Hablé un rato más con Layla sobre las diferencias entre la Guardia Popular y la Urbana, y la verdad es que resultó interesante. Al parecer la Guardia Urbana está especializada en el combate a larga distancia con armas de fuego. También me contó algo bastante interesante sobre lo que me limitaba a llamar habitantes de otro mundo; los Arial. Eran los humanos de aquel mundo, y no había ninguna diferencia fisiológica entre nosotros, pero entre los Arial si que había diferencias ideológicas, y muy grandes, tanto como para dividirse en dos subclases: Los Sytek y los Valor.

Yo escuchaba con atención las lecciones de Layla sobre la cultura general de su mundo, y de paso observando, que para haberse criado en una granja, la chica era bastante lista y aunque no le apasionaba el tema, se notaba que le gustaba informar a un a ser -según ella "engendro"- de otro mundo sobre todo aquello que nos rodeaba.

Pero yo tampoco quería quedarme atrás.

—Y por eso, el pueblo alemán comenzó a culpar de todos los males del país a los judíos. Llegaron a odiarlos tanto, que acabaron encerrándolos en campos de exterminio, donde morían asfixiados en las cámaras de gas, los usaban para trabajos forzados, o simplemente los torturaban y ejecutaban después.

—Vaya...eso es terrible. Entonces el tal Hit...Hit...¿Hitter?

—Hitler.

—Eso, Hitler. ¿Entonces, qué fue de él?

—Pues cuando...—Un sonido ensordecedor, como el de cinco turbinas a toda potencia sonando a la vez, irrumpió en nuestra conversación. El sonido provenía del cielo, así que me puse en pie y corrí lejos de la sombra del árbol, tratando de buscar el origen.

Ahí estaba. El primero de tantos cruceros de batalla que vería en los días venideros, surgiendo de entre las nubes a medida que las deshacía con sus hélices y la gran envergadura de su casco gris metalizado, dejando tras de sí una densa nube de humo negro proveniente de un enorme motor, el cual era el origen de ese sonido ensordecedor que había hecho detener el tiempo por gran parte del territorio, pues Layla y yo no eramos los únicos que nos habíamos parado a contemplar aquella gran obra maestra de la ingeniería.

Cuando ya casi estaba sobre nuestras cabezas, unos niños comenzaron a saltar y alzaban sus manos, eufóricos, tratando de alcanzar en vano aquella nave rugidora, que a simple ojo, creo que perfectamente podría alcanzar e incluso superar la altura de uno de los rascacielos más altos de Nueva York si alguien los pusiera en horizontal, y le pusiera motores y hélices. Y cañones.

Así es, ambos lados del casco estaban provistos de hileras de cientos de cabinas, de los que sobresalían dos cañones, y es que no había que ser un lumbreras como yo para deducir que era una obra maestra de la ingeniería, pero claramente destinada a la guerra. Layla, que también estaba casi tan sorprendida como yo, permaneció en silencio hasta que el crucero llegó a la ciudad, y siguió más allá, con rumbo desconocido.

—Es un crucero de batalla del reino. Seguramente se dirige a las ruinas de Opia —comentó, al ver mi mirada suplicante de explicaciones clavada en ella—.

—Espera, ¿reino? ¿Estamos en un reino?

—Pues claro que sí. ¿A quién crees qué sirve la Guardia Popular y la Guardia Urbana? Todos pertenecen, mejor dicho, pertenecemos al reino de Valoria. No te lo dije antes, pero los Sytek y los Valor llevan más de un siglo en guerra.

"Al final mi mundo podría no ser tan distinto del mío..."

—¿Por qué no me has dicho eso antes?

—No me preguntaste...—Se acarició el pelo y miró a otro lado, evadiendo la pregunta.

—¿Y por qué luchan? —Alcé la mirada hacia el crucero. Ya había desaparecido sobre el horizonte de Puesto Creciente.

—Hace mucho tiempo, los Arial luchaban bajo un mismo estandarte; el del Reino de los Guardianes. Sin embargo tras la muerte de su última reina, y la desaparición de sus dos guardianes, los Arial comenzaron a tener luchas internas por el poder.

—Y así surgieron los Sytek y los Valor...

Asintió, cruzándose de brazos.

—La lucha por el trono, se convirtió en una lucha racial también. Los Sytek creían profundamente en la supremacía del hombre negro, y los Valor en la supremacía del hombre blanco. Con el tiempo, lo que quedaba del Reino de los Guardianes se fragmentó, y comenzó la Guerra de Supremacía, que duró casi medio siglo. No sé había oído hablar de guerras entre los Arial desde que los primeros tres Guardianes unificaron bajo su estandarte todos los reinos, y detuvieron las guerras.

—¿Quién venció? —Me senté junto a ella, sin despegar la mirada de sus ojos cristalinos.

—Los Sytek. Durante mucho tiempo, dominaron todo el continente y el hombre blanco tuvo que arrodillarse ante el negro.

"¿Justicia poética? No, no puede ser"

—Pero ahora están enfrentados, y los Valor conforman un reino, ¿no?

—Así es. Tras tanto tiempo bajo el yugo de los Sytek, los Valor se sublevaron. Empezó en una ciudad pequeña del norte, sino recuerdo mal, y con el tiempo se extendió al resto, y así hasta llegar a la propia capital Sytek. Fue todo un baño de sangre, para ambos bandos, sobretodo para los Valor. Con el hombre blanco enfrentado al hombre negro, otra vez, empezó lo que se llamó la Gran Guerra de División, aunque entre los Valor se conoce como la Guerra de Libertad, y entre los Sytek como la Guerra de Traición. —Cruzó las piernas y se apoyó contra el árbol, sonriéndome un poco. La verdad es que me sorprendía de ella toda esa cantidad de conocimiento. Para ser sincero, la había tomado como una simple granjera inculta y trabajadora, pero por mi propio bien, nunca se lo pregunté para asegurarme.

—Sabes mucho.

—Cualquiera con un mínimo de interés lo sabe. A mi madre le interesaba mucho, yo y mi padre lo aprendimos de tanto oírselo decir.

Bajó la mirada y sonrió, de forma breve. Yo también sonreía así cuando recordaba como mi padre contaba sobre como empezó en su negocio como un simple celador, y acabó dirigiéndolo, aunque en mi caso nunca le presté demasiada atención, y mamá tampoco es que estuviera estaba libre de pecado. Simplemente callábamos y asentíamos durante las comidas familiares, para que se sintiera bien.

—¿Por dónde iba? Ah, sí. Desde esa división, han estado en guerra. El Reino de Valoria nació, y con el tiempo fueron arrebatando todos los territorios del sur, hasta hoy día. Pero últimamente no les está yendo muy bien.

—¿Por qué lo dices?

—El anterior Señor Supremo fue asesinado por el actual, el Señor Supremo Oriunde. No sé si es cierto, pero dicen que era uno de los mejores Señores de la Guerra al servicio del anterior, pero harto de las malas decisiones del Señor Supremo, le asesinó y tomó el poder, con el que dirige a los Sytek de manera brutal, pero tampoco haya mucha diferencia con el anterior. Ambos son igual de bestias.

—¿Y cómo se lo tomó la gente?

—Los Señores Supremos son considerados casi como una deidad, al alcance de los Tres Guardianes. Cuando los Valor empezaban a ganar la guerra, y a perder más y más territorios, quien más lo sufría era el pueblo, y comenzó a tachar de falso al Señor Supremo.

—Con ello, menos recursos, más gastos de guerra y en consecuencia, más hambre.

—Exacto. Oriunde aprovechó esa flaqueza del anterior Señor Supremo, y tomó el poder enseguida. Se hizo ver a sí mismo como un enviado para matar al farsante, y la gente, desesperada y con el estómago vacío, le creyó. Es algo similar a lo que ocurrió con los Alenazis esos.

—Alemanes.

—Eso —aleteó con su mano, quitándole peso al asunto—. Desde entonces, la balanza se ha vuelto a inclinar a favor de los Sytek, y hasta hace poco Opia era una ciudad Valor, pero fue arrasada hace unos meses. Ahora Puesto Creciente es la ciudad más cercana a la frontera.

—¿Y lo dices tan tranquila?

—Pues no. Como la cosa no cambie, el próximo crucero que verás sobre este cielo será uno de la Dominancia Orindar, y antes de que te des cuenta, estarán encadenándonos a un cepo de púas.

—No suena muy alentador, ¿qué hará Ogo si eso pasa?

—¿Y tú qué crees? Haremos lo mismo que los cientos de miles de refugiados de las otras ciudades fronterizas que cayeron ante la Dominancia Orindar; marchar al sur y esperar que el Reino haga algo útil por recuperar lo que es suyo. Kyle, literalmente, tenemos la guerra a la vuelta de la esquina.

Bufé.

—Entonces será mejor ir a ese médico cuanto antes, ¿no? —Sonreí, tratando de hacerme el ignorante ante tal problema, pero lo cierto es que me asustaba, y por lo pronto, a Layla también.

—Sí, vamos. Todavía no te veo recibiendo latigazos. Todavía —Recalcó.

Puesto Creciente, allá vamos.

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Cuando nos acercábamos a las monumentales murallas, imaginaba una ciudad medieval, sucia y sin reglamento urbanístico alguno, donde las enfermedades proliferaban por la falta de aseo. Pero antes, debíamos de atravesar las puertas, donde se acumulaba un gran gentío y una buena animalada, pues la Guardia Urbana revisaba de manera exhaustiva las mercancías de los carruajes y carretas, las alforjas de las monturas, hacía preguntas varias y comparaban la cara de algunos individuos con numerosos carteles colgados en un poste junto a ellos, en los cuales habían caras de todo tipo, e incluso por algunos se ofrecía recompensas variadas.

Un guardia de uniforme impoluto y de postura marcial y firme, subió unas pequeñas escalinatas y se situó detrás de un poste metálico que tenía una manivela conectada a una caja en la parte inferior, anexada con algunos cables a la parte superior, donde yacía un cono metálico, el cual debía de compartir parentesco con los megáfonos de mi mundo, puesto que no diferían mucho en su diseño, aunque cabe decir que aquel era más basto.

El muy cafre giró la manivela, haciendo sonar una retumbante alarma que acalló todo el bullicio de la entrada, convirtiendo al oficial en el objetivo de todas las miradas. Observó en silencio unos segundos a la multitud, y dejó de girar la manivela, mientras los susurros trataban de interrumpir en vano el repentino silencio que se había hecho con el lugar.

—¡Atención a todos los...! —Un estridente ruido le interrumpió. Golpeó el megáfono, molesto. Un hombre junto a mí bufó de forma burlona— Malditos cacharros...¡Atención a todos los habitantes de Valoria deseosos de entrar por nuestras puertas! ¡Lamentamos y comprendemos la situación que nuestras medidas cautelares puedan provocar, pero son necesarias para prevenir que nuestro vil y deshonrado enemigo traiga enfermedades y otros males a nuestra gran ciudad! ¡Les ruego que comprendan la situación fronteriza de Puesto Creciente y mantengan la calma, acaten las órdenes de nuestra honorable Guardia Urbana y disfruten de su estancia detrás de la seguridad de nuestras murallas! —Desenvolvió un papel y se aclaró la garganta, dispuesto a leerlo— ¡Aprovechamos para informar que los siguientes artículos están totalmente prohibidos, y aquellos que traten de ocultarlos de forma deliberada y no los reporten, serán sometidos a un exhaustivo interrogatorio!

El hombre se puso a recitar toda una serie de cosas, mientras la multitud avanzaba de nuevo y el bullicio volvía a cobrar vida, ansiosos por entrar —y puede que salir— cuanto antes de Puesto Creciente.

—Desgraciados...Sobre la subida de los importes de aduana no mencionan nada...—Comentó indignado el hombre de antes, mirándome— Lo único que quieren es dinero para sus estúpidas máquinas de guerra...¡Y luego que nos zurzan! ¿Verdad, chico?

Yo le miré, y como realmente no sabía que decir, me limité a darle la razón encogiéndome de hombros. Layla parecía molesta, y se abanicaba con la mano constantemente, demostrando un humor de perros, así que preferí mantenerme en silencio y esperar a pasar la aduana para preguntarle algunas cosas más sobre las que había ido hablándome todo el camino.

Después de pasar el control sin problema alguno, pude observar mejor la ciudad. Al contrario de como me la imaginaba antes de entrar, mientras nos fuimos adentrando en su núcleo, pude ir descubriendo una ciudad constituida en su mayoría por edificios enladrillados, otros más históricos construidos en madera, pero todos mantenían un orden urbanístico bien definido, dando lugar a manzanas más o menos rectas y bien definidas. Sus calles estaban enlosadas con piedras de tonos claros, y dependiendo de las calles, otras estaban más abarrotadas que otras, repletas de gente centrada nada más en sus quehaceres del día a día, mientras la Guardia Urbana patrullaba sus calles en formación, rifles al hombro, o se apostaban en sencillos puestos de altura sobre los edificios, vigilantes como halcones. En su mayoría, las calles permanecían limpias, pudiéndose observar bajo los adoquines de la calzada agujeros de desagüe que seguramente conectarían con algún sistema de alcantarillado o de cloacas.

La imagen de un "Crecentino" —como los había autodenominado yo— arrojando los deshechos de su hogar a la calle, en cubo desde la ventana de su casa, se hacía cada vez más lejana.

—¿Qué te parece? —Me miró de reojo, sonriente, subida a lomos de su nuri, que avanzaba a un ritmo tranquilo por las rutas de tránsito.

—Me la imaginaba mucho más peligrosa y sucia, la verdad.

—Es cierto que hay barrios más peligrosos que otros, pero en general es una ciudad segura. Sobretodo el centro.

—¿Cuántas veces has estado aquí?

—Pocas. Pero las suficientes para saber que prefiero el exterior.

Eché un vistazo a los alrededores y volví a mirarla.

—¿Por qué lo dices? Parece un buen lugar.

—Cuando se te pase la fiebre de la ciudad, sabrás de lo que te hablo.

—Vivía en una ciudad antes de caer...—sacudí la cabeza— venir aquí.

—Hablando de eso, ¿cómo se supone que sobreviviste? —Levantó una ceja.

—No lo tengo muy claro...una...—rebuscaba en mi diccionario interior de forma frenética, tratando de encontrar la palabra adecuada para que no sonara ridículo— Una...¿burbuja? No lo sé muy bien. Una esfera azulada me envolvió a pocos metros del suelo, e imagino que gracias a eso sobreviví. A mitad de caída ya asumía que iba a morir, pero ocurrió aquello, y luego me encontraste.

Layla me miró, un poco sorprendida. Dirigió su mirada al frente, y comenzó a emplear un tono más secretista. Incluso acercó su nuri al mío.

—Será mejor que no se lo cuentes a nadie más, ni lo menciones en alto.

—¿Por qué...? —Bajé la voz también.

—Valoria es muy inflexible con el tema de la magia, y es muy posible que te asocien a ella si mencionas eso en alto.

—Magia...—la palabrita me rechinaba un poco—, ¿está prohibida?

—No exactamente. Está prohibido saber usarla, y que el reino no sepa de ella. Todo aquel que nazca con el don, debe ser puesto bajo supervisado.

—¿Entonces la gente les teme?

—Pues sí. Pero desconozco la razón.

—Podríamos preguntárselo a algún mago...

Levantó una ceja y me miró con una mueca. Luego sonrió, arrogante.

—En el hipotético caso de que consiguieras ver uno, sortearas a su escolta y sobrevivieras lo suficiente para preguntárselo, tratándose de un debilucho como tú, dudo que te respondiera. Son personas muy raras.

—Ya tardabas.

—Entonces no digas tonterías.

—¡Y yo qué sé, por eso pregunto!

Estuvimos un buen rato más discutiendo sobre tonterías, mientras nos íbamos adentrando cada vez más en el corazón de la ciudad, hasta llegar a una calle poco concurrida y no tan amplia como las demás. Nos había costado llegar, pues Layla llevaba tanto tiempo sin venir que acabamos desorientados más de una vez, lo que echaba más leña al fuego entre nosotros.

—¿Segura qué es esta calle?

—Estoy segura.

—Pero es que eso es lo que dijiste antes...

—¡Cállate!

—Es mejor comprar un mapa...habríamos ahorrado tiempo.

—¡No necesitamos un mapa, Kyle! —Se adelantó, ofuscada, seguramente con ella misma, y yo debía de ser la víctima colateral en todo eso.

En realidad no me molestaba perder el tiempo junto a ella. Pasear, a pesar de nuestras constantes diferencias, era agradable y divertido, pero era demasiado orgulloso para decírselo, así que solo me dediqué a lanzarle puyas sobre su —nulo— sentido de la orientación.

—¡Lo ves, ya hemos llegado! Pídeme perdón por todo eso que has dicho...—Frunció el ceño, mirándome, mientras señalaba un edificio señorial y antiguo frente a ella.

—¿De qué me estás hablando? Dijiste que solo tardaríamos un par de horas en llegar y...—De forma repentina, acercó a Bonnie hasta Vance, hasta el punto de casi hacerlos chocar entre ellos y me agarró de la camisa, mirándome de cerca. No había nada que hacer ante su mirada. Era como ver un látigo apunto de estallarme en la cara— Y...siento haber dicho todo eso...y...

Me observó unos segundos más, hasta que soltó una risa ahogada y sonrió, soltándome con brusquedad.

—¡Tendrías que haberte visto la cara, te asustas enseguida! —Reía de forma tan intensa, que me irritó un poco. Y encima no sabía qué hacer al respecto, estaba anonadado.

Me bajé en silencio de Vance y até sus riendas a un poste lumínico, algo humillado. Sé que estaba mal pensar así, pero para mí, entonces, que me humillara una chica era todavía más hiriente.

—Venga, princesa...¿no te lo habrás tomado en serio, verdad? —Se rió un poco más de mí.

—Yo solo digo que...—musité, cabizbajo.

—¿El cómo...? —Dejó de reírse, apreciando la seriedad en mi actitud.

—¡Yo solo digo que así espantarás a todos tus maridos! —Aseguré el nudo con un tirón más y salí disparado hacia el interior del edificio, buscando cobertura ante los chillidos de Layla y sus posibles represalias.

Al empujar la puerta, avancé unos pocos metros, mirando hacia atrás, pero me detuve en seco al percatarme de la presencia de un hombre entrado en años, con su cabello negro peinado hacia atrás, al igual que sus patillas nevadas, vestido de buen ver. Me analizó por unos segundos, dibujó de forma lenta una sonrisa y realizó una honorífica reverencia.

—Bienvenido al edificio Comodoro, caballero. ¿Desea alquilar un apartamento? ¿Quizá desea comprarlo? —Se irguió, todavía sonriente. Yo estaba en blanco.

Layla entró veloz como un rayo poco después de mí, y me tomó de los hombros sacudiéndome.

—¡Repite eso que has dicho si te...! —Se percató de la presencia del hombre, enmudeciendo.

Él volvió a reverenciar.

—Bienvenida al edificio Comodoro, señorita. Aprecio que viene acompañada del caballero, ¿desean alquilar un apartamento? ¿Quizá desean comprarlo? —Lo dijo exactamente de la misma forma y con el mismo tono de voz, parecía una grabadora.

Layla negó con la cabeza y mirando de forma respetuosa al hombre. Me soltó los hombros, se adelantó a mí unos pasos y respondió con un tono más calmado.

—Venimos a ver al doctor Micatrelo.

El bien hablado hombre nos invitó a seguirlo con la mano, y se situó tras una puerta de madera noble, la cual abrió por nosotros y esperó a que pasáramos para entrar. Mientras subíamos las escaleras, Layla no le quitaba ojo, y lo hacía de una forma, que me daba a pensar que en cualquier momento le diría algo poco agradable, lo que me revolvía el estómago a mí, pues el señor era bastante amable y sabía que me sentiría mal por él, sin embargo, guardaron silencio unos minutos, mientras ascendíamos por las escaleras.

Yo deslizaba mi mano por la fría barandilla de madera soportada por una estructura de metal con florituras herbáceas y ramificaciones cuando Layla articuló las primeras palabras que le había oído en todo ese rato.

—Tantos años, y sigues hablando de la misma forma, Frederich...

—Tantos años, y sigue siendo usted igual de ácida, señorita Layla.

Yo puse la mejor cara que tenía, y decidí no intervenir, deseando que Layla no perdiera los papeles y que se acabara pronto la ascensión, pues ya empezaba a cansar un poco subir escaleras, por muy bonitas que fueran.

Para mi sorpresa, Layla sonrió de forma amigable.

—No me queda otro remedio, sobretodo si me ponen al cuidado de inútiles como este -no necesitó mirarme para saber que se refería a mí.

—Comprendo. No la veía por aquí desde...bueno, ya sabe. La última vez que se vio obligada a venir. ¿Qué tal se encuentra su padre? —Miró de soslayo hacia atrás, sin detenerse. Lo hizo con algo de picardía, aunque Layla no parecía haberse dado cuenta.

—Él bien. No venimos por eso, si es lo que te preguntabas. De hecho, vine solo por él —me señaló. Me gustaría creer que la mueca que puso fue forzada—. Papá me pidió que le trajese hasta aquí, sino dudo que hubiera venido a este lugar de nuevo.

—Soy Kyle...—Me rasqué la cabeza, algo fuera de lugar. Me sentía un poco intruso en la conversación.

—Encantado, chico —Dijo con presteza, demostrando poco interés en mi nombre—. Debería ser más considerada con el doctor Micatrelo, señorita Layla. Él hizo cuanto pudo en su momento y con los medios que su padre pudo costearle al buen doctor.

—La vida de una persona no tiene precio, Frederich.

—Si quiere mi consejo, aproveche el estar aquí y hable con Micatrelo al respecto. Debe reconsiderar las cosas, antes de seguir manteniendo su decisión sobre el pobre hombre —abrió otra puerta, también de madera noble, y nos dejó pasar—. No lo olvide, las personas juzgamos con mucha facilidad a otras personas, pero el verdadero error está en obstinarse. Si hablara con él del tema, sabrá de lo que le hablo.

Layla me agarró de la manga y tiró de mí, mientras apuraba el paso, herida, apenas dándome tiempo a despedirme de Frederich con un cabeceo y una sonrisa excusadora por el comportamiento silencioso de Layla, pero él se limitó a sonreír, perdonándola. Parecía acostumbrado a su temperamento. Me arrastró hasta una puerta color caoba rojiza, de la que había colgada una placa de bronce, con letras grabadas y oscuras, revelando el verdadero nombre del doctor Micatrelo: Daen Micatrelo, doctor especialista en medicina e investigación. Ella aporreó la puerta, y esperó con impaciencia, con la mirada perdida en el alto de la puerta, mientras enterraba lentamente sus dedos en mi mano izquierda. Empezaba a dolerme, pero preferí no decirle nada, sobretodo por su humor.

Estaba claro que habían hablado de Eiry, un tema que le chocaba bastante a Layla si no se le comentaba con suavidad. Por eso nunca le preguntaba sobre ella, y siempre evitaba el tema a toda costa, ya que no me gustaba ver su mirada apagarse de esa forma en la que lo hacía cuando recordaba a su madre. Aún así no me explicaba del todo a qué se debía su resentimiento con el doctor Micatrelo, pero de seguro debía estar relacionado con Eiry y lo que le pasó.

Entonces la puerta se abrió, desprendiendo del interior un aroma a bosque inexplicable, a no ser que ya alguien hubiese inventado los ambientadores. Por ella se asomó un hombre de una edad similar a la de Frederich, con el pelo castaño y oscuro, bastante descuidado e informal, pero se veía mejor conservado, y no solo era por el pelo, sino por su semblante, más terso y juvenil que el de la última víctima del humor de Layla. Iba vestido con una bata blanca, y unos pantalones de rayas negros, ambos impolutos y mantenía las manos en los bolsillos laterales de la bata. Sonrió con bastante simpatía al ver a Layla.

—Por el amor de mi abuelita, Layla. ¿Qué haces tú aquí? —Se mostraba entre sorprendido y alegre. Mientras tanto, Layla apretaba con más fuerza mi mano, causándome un agudo dolor, con el que me daban ganas de retorcerme ahí mismo.

—Te traigo un caso extraño —ella en cambio hablaba con frialdad—. Papá me pidió que tú nos dijeras de qué se trataba, porque es algo que jamás habíamos visto, y puede que tú tampoco.

Asintió con brevedad, manteniendo una mirada culpable en Layla.

—Hola...—Solté mi mano con un arrebato instintivo, ya no aguantaba más— Yo soy Kyle, doctor Micatrelo.

En ese instante me inspeccionó con premura, y no tardó en fijarse en el vendaje de mi mano izquierda. Parece que la curiosidad científica era más intensa en él que el desprecio que irradiaba Layla. Yo lo único que esperaba era que eso no la enfadará más todavía.

—Encantado Kyle. ¿Por qué no pasas y lo hablamos mejor dentro?

Asentí, y entré cuando se apartó de la puerta. Él miró a Layla, y con un tono de voz más suave y neutral, exclamó:

—Si quieres esperar fuera, lo puedo entender.

—No puedo dejar solo a ese idiota —y entró, dedicándole una última e incómoda cruel mirada. El pobre hombre suspiró, paciente.

Caminamos por el apartamento hasta un salón, donde el aroma a bosque y fresco era mucho más fuerte. Yo pasee la mirada, tratando de discernir entre los extraños instrumentos que se agolpaban contra las esquinas o en las paredes, el origen del aroma, pero fue en vano. Pude fijarme en que Micatrelo era un hombre pulcro, sin duda alguna, pero desde luego ordenar no era su fuerte. Nos invitó a sentarnos en unos cómodos sillones, puestos enfrente el uno del otro, con una mesita de cristal en medio. Él se sentó frente a nosotros y pegó una voz, llamando la atención de alguien dentro de la casa.

—¡Trae algún refrigerio para nuestros invitados, Ax! —Y nos miró, aclarándose la garganta dispuesto a hablar, pero...

—¡Se supone qué soy tu ayudante de laboratorio, no tu maldita sirvienta! —Irrumpió con una voz medio aguda, algo cómica y totalmente protestante. No había escuchado a nadie hablar así nunca, a decir verdad.

—¡Qué lo hagas! —Gruñó, molesto—. Y bien, ¿qué me traes, Kyle?

Miré a Layla unos segundos, y ella me asintió. Desanudé la venda y comencé a retirármela con suavidad, terminando por dejarla sobre la mesa. Extendí la mano hacia él, y el con sumo cuidado, al ver las numerosas incisiones, la tomó, observándola de cerca.

—Vaya...—Acarició con ambos pulgares la parte superior de mi mano— ¿Cómo te hiciste esto exactamente?

En blanco me quedé.

—Para eso venimos, para que nos lo digas tú —dijo Layla con severidad.

—Pero...

—¡Así es! —Interrumpí, antes de que la cosa fuera a más— Verás, vengo de...un continente lejano, y tras pasar un tiempo aquí, empezó a ocurrirme esto en el brazo, sin más. En mi tierra por lo menos no es una enfermedad conocida.

—Uhm...—Me giraba la mano y estrechaba mis dedos, atento a las incisiones y a mi reacción— Explícame un poco más sobre sus síntomas.

—Es algo complicado. Las heridas se han ido haciendo más grandes con el tiempo, aunque todavía parezcan pequeñas, y se han negado a sanar. Pero lo que más me preocupa, es que a veces me duele de tal forma, que ya he llegado a desmayarme...

—¿Puedes describir esa sensación al desmayarte? —Escuchaba con atención, sin perder ojo de la mano, la cual no dejaba en paz con sus tejemanejes de investigador.

—Es como...no sé...como si empezara a perder el control de mis sentidos, y poco a poco fuese perdiendo también la consciencia. Y llega un punto que todo deja de parecerme real, pero eso solo ha ocurrido una vez. El resto de las veces solo me duele y empieza a sangrar sin control.

—Para serte sincero, jamás había escuchado algo así. ¿Y dices qué solo te has desmayado una vez? —Preguntó, intrigado.

Asentí. Él asintió lentamente y siguió examinando mi mano, durante unos segundos, en silencio.

—¿Podría ser qué estén cicatrizando? —Le miré con preocupación y una vaga esperanza.

—Tendría que verla más a fondo y sacar muestras, para investigarlo. Sin embargo, dudo que esté cicatrizando. Por ahora me gustaría consultar algunos libros, y después examinarla con un oculón, para descartar una infección..., cosa que me parecería sospechosa, pues las heridas al menos parecen sanas, pero nunca se sabe.

A continuación se levantó, y me dejó ahí junto a Layla, que permanecía cruzada de brazos y piernas, sin poder dejar una de ellas quieta. Parecía bastante intranquila, y me miraba de forma extraña.

Quería decirle algo, pero un hombrecillo de no mucho más de un metro irrumpió en el salón, con una bandeja de bebidas, la cual agarraba, literalmente, enraizando, sus dedos encima y por debajo de esta. Cuando se acercó a dejar las bebidas, ante mi mirada perpleja, pude denotar que ese profundo aroma a bosque provenía de su ''piel'', que consistía en numerosas raíces verdes, nudosas y con musgos de distinta tonalidad verdosa, dando forma a un ser rechoncho, grueso, y humanoide, el cual iba vestido con ropas humanas —o Arial—, pero claramente adaptada a su característica y poco común complexión y estatura.

—¡Ahí van las bebiiidaaaas! —Las pequeñas raicillas blanquecinas se replegaron cuando dejó la bandeja sobre la mesita, dando forma a sus dedos. Me miró, y parpadeó, en silencio.

Yo agarré la rodilla de Layla, observando a la extraña criatura mirarme, mientras me echaba hacia atrás un poco, contra el respaldo.

—¡AAAARGH! —Soltó un chillido, y numerosas de hojas se rectaron por todas las partes descubiertas de su anormal anatomía, también haciendo serpentear sus dedos de forma violenta cerca de mi cara.

Layla pegó un respingo, y yo solté otro grito, asustado, mientras subía los pies al sillón y me encogía contra Layla, tratando de alejarme cuanto podía de ese feo vegetal parlanchín. La adrenalina, al hacer acopio en mis adentros, me llevó a desenvainar al menos buena parte del sable, casi como un autoreflejo, aunque en el fondo estuviese más asustado que un niño mirando bajo su cama en la más absoluta oscuridad de su cuarto. Layla agarró mi mano, deteniendo mi intento de terminar de desenvainar el sable —y atravesar esa cosa—.

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—¡KYLE! ¡Tranquilízate! ¡Sólo es un...!

—¿¡Cómo quieres qué me tranquilice!? ¡Me acaba de gritar un vegetal a la cara!

—Oye, oye, sin faltar tío.

Layla suspiró y empujó a la criatura contra la mesa, ansiosa por aclarar las cosas.

—Solo es Axfard, el ayudante de Micatrelo...—Se llevó una mano a la frente mientras suspiraba, cansada— Y es un beloide.

Observaba a la criatura, aún con la mano puesta sobre la vaina del sable, tratando de acostumbrarme a su presencia. El beloide me analizaba también, sentado contra la mesita del medio, por el empujón de Layla. Seguramente se preguntaba el por qué de mi reacción ante uno de los suyos, cuando en teoría, debería estar acostumbrado a ellos, como cualquier otro arial común, pero lo que él no sabía es que yo no era un arial como cualquier otro.

Después de unos segundos de incómodo silencio y miradas analíticas, se levantó y se sentó en el mismo sillón, lo más lejos posible de mí.

—Que tío más raro —resopló, mientras miraba a otro lado.

—¿Me estás diciendo raro tú —le señalé, y me tomé una pausa, para luego señalarme a mí mismo— a mí...?

—Kyle, no le hagas mucho caso. No se toma en serio ni a sí mismo.

—¿Qué pasa, nunca has visto a alguno de mis compadres? —Sonrió, con expresión burlona. Para ser una criatura de una morfología tan extraña, tenía mucha expresividad en el semblante.

Iba a responder, pero el doctor apareció de nuevo por el salón, asegurándose de que sus pasos se escucharan. Axfard se puso un tanto nervioso.

—¿A qué viene tanto jaleo? —Miró al beloide sin dubitar, mientras se acercaba. Ya daba por hecho quién era el culpable. Se postró, cruzado de brazos.

—Nada, no pasa nada, doc. Les traje las bebidas, y el muchacho se puso algo nervioso. ¡Por eso insisto tanto en qué no debes entrar paletos a la consulta!

—¡AXFARD, CIERRA EL PICO! —Después, me miró— Tendría que mirar más a fondo, pero en un principio no hay nada relacionado con lo que me has descrito, Kyle. Tendremos que pasar de la teoría a la práctica. Ven, acompáñame.

—¿Y yo qué?

—Tú solo ve y prepara el maldito oculón, ¿quieres? —Dijo, casi suplicándole paciencia a algún ente divino. Con semejante ayudante, yo también la suplicaría.

Axfard, sin rechistar, se dirigió a una de las esquinas del desordenado lugar, rebuscando entre varios amasijos de hierro, provenientes de los extraños instrumentos apilados entre sí de mala forma. Después de pelearse un rato con ellos, consiguió sacar el que le habían pedido. Se trataba de una silla acolchada con cuero rojo y revestida por planchas de metal amarillento. El cuero estaba ennegrecido por algunas partes debido al nulo mantenimiento, pero sus partes metálicas permanecían lustrosas, lo cual me daba una idea bastante clara sobre la persona —o beloide— encargada de limpiar el apartamento; le gustaban las cosas limpias, pero no tiene suficiente fuerza de voluntad para dedicarse a ordenarlas y mantenerlas concienzudamente, así que crea un orden en el caos. Cuando el beloide trajo la silla, haciendo chirriar las ruedas —de forma que reforzaba mi teoría—, levantó bruscamente uno de sus reposabrazos, que se trataba de un par de rieles metálicos rodeado por una serie de correas de cuero basto y un anillo metálico, el cual sostenía varillas articuladas soldadas a unas lentes de aumento, cada una más grande que la anterior. El doctor me invitó a sentarme con toda la normalidad del mundo, y yo lo hice, reticente, pues el diseño del ''oculón'' me daba una buena dosis de grima, pero ya era demasiado tarde para echarme atrás por un simple detalle como ese.

—¿Te gusta? Lo inventé yo.

Observaba sin perder detalle como Axfard apretaba concienzudamente las correas a mi brazo, dejándolo totalmente inmóvil dentro del par de rieles metálicos. Layla observaba de soslayo, todavía sentada en el sillón, con los dedos extendidos por toda la cara, para que nadie notase que también le preocupaba un poco lo que pudieran hacer esos dos; pero ella tenía más motivos que yo para desconfiar.

—¿Para qué son las correas...?

—No te preocupes por eso. Es solo que el brazo debe permanecer muy quieto durante la inspección. Si en algún momento te duele, solo dímelo y paro.

Asentí, justo cuando su ayudante terminaba de apretarme la última correa. Luego fue por un cuaderno y un lápiz y se situó junto al doctor, esperando para tomar nota.

Él se limitó a alcanzar una silla para sentarse, entonces empujó el anillo de metal a través de unos carriles y superpuso los lentes circulares los unos con los otros, de más pequeños a más grandes. Desde mi posición podía ver medianamente bien como se veía mi mano a través del aumento, y desde luego, las vistas no eran muy aceptables.

—¿Uhm? —Se mostró confuso una fracción de segundos, pero inmediatamente superpuso una lente más, y acercó todo lo que pudo su cara al mismo— Esto es...esto es...No puede ser...

—¿Qué has visto, doc?

—Axfard, apunta. Rápido.

—¡Sí! —Dijo, lápiz y cuaderno en ristre.

—Las incisiones de la mano del paciente presentan dureza debido...—tragó saliva, a él mismo le costaba creérselo—Debido...a un anómalo crecimiento mineral en la dermis. La afección se extiende desde el dedo medio de la mano izquierda, hasta unos diez u once centímetros alcanzando el largo del antebrazo.

—Espera, espera, ¿has dicho mineral...? —Interrogué, alarmado.

—Kyle, ¿has estado en alguna mina o pozo de extracción hace poco?

—Bueno, hace unos años en una excur...

—¡He dicho hace poco! —Movía el anillo con los lentes de un lado a otro, impaciente por descubrir más y más sobre las incisiones.

—¡No! —Ya empezaba a crisparme.

—¡Recuerda, colega, eso qué ha dicho el doc es un puñao de raro! —Me apuntó con el lápiz, también alarmado, lo que solo consiguió ponerme más nervioso si cabía.

Layla se puso de pie y se acercó, apartando a Micatrelo para echar un vistazo. Abrió muchos los ojos.

—¿No será una broma de las vuestras, no? —Les miró, con severidad, y volvió a observar los lentes de manera intranquila, algo la había alarmado también.

—¿Tú también lo ves, verdad, Layla? Es...

—Alarido en su forma mineral...—Concluyó ella en nombre del doctor.

—¿¡Alarido!? ¿¡Qué es eso!?

—¡Pero macho, tú de dónde has salido! ¿Cómo no vas a saber eso? Que no hayas visto un beloide pasa, pero esto...¡Esto se sale de toda lógica!

—¡A mí me lo vas a decir, verdura! —Ya histérico, comencé a quitarme las correas por mí mismo y me levanté, largándome de aquella habitación sin mirar atrás. No aguantaba un segundo más.

"¿Qué cojones es alarido?". Esa preguntaba azotaba mi interior repetidas veces. La palabra me sonaba de algo, así que me llevé las manos a la cabeza y apreté con los dientes tanto como pude, tratando de recordar con todas mis fuerzas.

Entonces caí.

"¡Es lo qué me dijo Layla en el cráter!"

—¡Kyle, Kyle! ¡Tranquilízate! ¿Quieres? —Me tomó de los hombros, tratando de detener mis movimientos erráticos.

Discutí un poco con Layla, pero acabé calmándome. Ella también parecía confusa, sin embargo sabía mantener de mejor forma la compostura, mientras que yo solo me limitaba a hacer pataletas. Los humanos y nuestro temor a lo desconocido no hacemos buena combinación.

Permanecimos en silencio alrededor de una media hora, sentados en el pasillo del rellano de la planta, mientras que desde dentro se escuchaba al par teorizar y discutir como locos, tratando de que no les oyera, pero no les salió bien el intento. Oía como me calificaban de ''interesante'', a ''tan raro como un beloide amarillo".

Layla sonrió, algo derrotada y se echó las manos a su rubia y casi blanca melena, escuchando como me ponían a caldo y me elogiaban a la misma vez.

—Parece que allá donde vas, consigues desconcertar a todos. A esos dos, a los de la posada...A nosotros...

Sonreí un poco también, con la mirada perdida en el techo. Al parecer también se habían calmado los ánimos ahí dentro.

—Tantas respuestas, tanto todo, para acabar finalmente huyendo como un cobarde.

—De verdad, no sé qué pasa contigo. Pero si estuviera en tu lugar, puede que también hubiera reaccionado así.

—Ahora qué hago...

—Ve ahí dentro y termina lo que has empezado, Kyle. Lo que hemos empezado. Tú, y yo.

La miré abrazada contra sus rodillas, reflexionando con el suelo.

—¿Qué va ser de mí una vez entre ahí? Es lo que más me preocupa, la verdad...Todo es tan incierto.

—¿Por qué mejor no te preguntas qué va a ser de nosotros? Recuerda que estamos juntos en esto.

—Pues...—me sorprendía un poco verla siendo tan considerada. Mi imagen de ella era de una joven agresiva, que me habría devuelto de dos patadas a la consulta mientras me llamaba llorica; pero no. Estaba ahí, apoyándome, y eso me desconcertaba de una forma, que me impedía pensar con claridad, pero también me alegraba y llenaba mi corazón de optimismo—Si todo sale bien, me concentraré en la forma de volver a mi mundo. Vagaré y vagaré sin rumbo, hasta encontrar una forma de volver. Puede que no lo haga, y tenga que conformarme con vivir en este mundo...¡Pero no, eso no será así!

—En el hipotético caso de que no pasara eso...podrías volver a la granja a ayudarnos —se frotaba el brazo, con vergüenza—, y así harías algo útil una vez en tu vida.

Sentí como lentamente el bello de los brazos se me erizaba y la respiración se me encontraba. Notaba la motivación crecer en mí, que me impulsó a ponerme de pie, sin decir una sola palabra y a empujar la puerta. Mis pasos eran más seguros que nunca, y mientras avanzaba hasta el salón de la casa, me pasaban por la cabeza toda serie de pensamientos sobre Layla. Esa chica de alguna forma conseguía inspirarme, había hecho que mis penas se convirtieran en autodeterminación apenas con un par de frases alentadoras, y puede que crueles, pero lo hacía. Ya no pensaba dejar de darle vueltas al asunto, y admitir, que desde el primer momento en que la vi, comencé a sentir algo por ella. Algo, que cada día era más fuerte.

Volví a sentarme y me puse las correas yo mismo, ante el asombro del par, pero no me importaba lo que pensaran de mí. Micatrelo volvió a su labor con las lentes, y mientras me preguntaba toda clase de cosas relacionadas con los lugares en los que había estado recientemente, Axfard me sacaba muestras de piel y de raspado. Notaba como les brillaba la mirada, y en el fondo me alegraba ayudarles a satisfacer su necesidad de conocimiento. Todavía armado de valor, incluso me atreví a preguntarle al beloide sobre su origen y el de su gente, y me desveló algo desgarrador e interesante a la vez. Es bien sabida la guerra y disputa racial surgida entre los propios arial, pero lo que nunca me imaginé, es que desde tiempo atrás, tenían dominadas a las otras razas humanoides de aquel extraño mundo.

Axfard provenía de el bosque del Errante, y al parecer, con cuarenta años a sus espaldas, era el miembro más joven de su familia. Incluso me contó que antes de que él naciera, su gente había tenido un gran reino, pero les arrebatado por los arial hace cuatrocientos años, cuando los reinos arial independientes y en constante guerra fueron unificados bajo un mismo estandarte. Así fragmentaron el reino beloide hasta el punto, que ahora solo se les encuentra divididos en tribus a lo ancho y largo del bosque, y que en sus profundidades más inexploradas, lejos del alcance de la mano conquistadora de —según él—, ''esos dichosos pieles blancas y pieles negras", quedan rescoldos de lo que antaño fue ese gran reino, algunos más extremistas y recelosos de las otras razas, atacando así de forma indiscriminada a aquellos que osen meterse en sus dominios. Él al parecer, nació en el seno de una tribu pacífica entre otras tantas, las cuales acogen en su mayoría a los forasteros sin problema alguno, pero me pidió encarecidamente que de todas formas no me atreviera a "tocarle las pelotas" a su gente, ya que "los siguen teniendo bien puestos".

Cada beloide es libre de acceder a las ciudades de Valoria, pero estos, por mucho tiempo que vivan allí, son catalogados siempre como extranjeros, se les niega la ciudadanía, carecen de los mismos derechos que los valorenses, y son sometidos a penas más estrictas y al esclavismo si llegan a delinquir.

Cuando le pregunté por qué había venido a Puesto Creciente, me contó con detalle como los arial, ignorante de a qué bando pertenecían, les habían echado de sus tierras para extraer del rico suelo todo el alarido, un mineral muy apreciado en el continente; fuente mágica de energía para las máquinas y la vida diaria de los ciudadanos de Valoria y la Dominancia.

"Al principio vine con la idea de darles una lección a estos flacuchos escuálidos por haber echado a mi gente con sus estúpidas guerras, pero entonces descubrí mi pasión por la medicina y decidí quedarme. Además, mi familia no me soportaría por mucho tiempo. Malditos desagradecidos...".

Él era el ayudante y único alumno del doctor Micatrelo, al que conoció dos años después de vagancia por la ciudad. Él le inspiró con sus conocimientos de medicina e inventos, y desde entonces ha estado con él. La verdad es que me sorprendió, no me esperaba que Axfard fuese también un apasionado de las ciencias.

Para cuando terminó de contarme sus desventuras en la ciudad, durante sus primeros meses de estadía, Micatrelo había terminado de inspeccionar a ojo las muestras extraídas por el beloide y de redactar un informe improvisado.

—De acuerdo, Kyle. Imagino que querrás terminar con esto cuanto antes, así que seré rápido: en tu brazo crece, todavía no sé cómo, a través de las pequeñas incisiones, alarido.

Alarido. Era estupendo; tenía el equivalente al petróleo de la Tierra creciendo de mi mano. Solo esperaba que no viniera algún país del primer mundo a secuestrarme. Sin embargo, el alarido era algo más que un simple combustible. Sus propiedades, según Axfard, son tanto físicas como metafísicas, por lo que es un recurso muy apreciado entre los estudiantes de magia e investigadores en general. Pero su uso más destacado era el dar vida al desarrollo de maquinaria de guerra y civil, que para aquel entonces, todavía estaba en auge en ambos reinos.Lo más extraño de todo, fue cuando el pequeño beloide me comentó que hoy en día solo se conoce las maneras de manipularlo, refinarlo y usarlo, pero se desconoce totalmente su procedencia. Se encuentra de forma aleatoria tanto bajo tierra, como en el fondo marino, en pequeños o grandes depósitos y no obedecen ningún tipo de patrón lógico a la hora de tratar de estimar su posición.

—Haré todas las investigaciones posibles, pero hasta entonces, no se lo digas a nadie más. Trataré de hallar una forma de detener el avance del alarido.

—¿Avance?

—Si estoy en lo cierto, y según lo que me has comentado, con el tiempo irá creciendo más y más, hasta cristalizar totalmente tu mano. Pero lo más intrigante de todo, es que la zona afectada está bien delimitada y las partes aledañas no parecen tener aspecto enfermo o dispuesto a enfermar de la misma forma que tu mano; en otras palabras...

—Solo perderías la mano —interrumpió Axfard.

—No, maldita sea. Es peor que eso, Kyle. No se sabe mucho sobre la influencia del alarido en el organismo de los seres vivos, pero es muy posible que afecte de forma negativa al resto del cuerpo. Todo ahora mismo es incierto y meras especulaciones, pero en el peor de los casos, habría que amputarte la mano en caso de que empieces a mostrar síntomas extraños. De hecho, eso podría explicar tu desmayo y las otras anomalías que me contaste.

Eso me daba mucho que pensar. Pero esta vez no pensaba huir, así que respiré hondo, acepté como buenamente pude mi nueva realidad y asentí con la cabeza ante las palabras del experto.

—De acuerdo...

—Descuida, Kyle, haremos todo lo posible por curarte, pero recuerda...Algunas personas podrían tomarse esto de una manera distinta, y podrías estar en serios problemas si eso pasa, así que no olvides mantener el secreto. No se trata solo de exclusividad para nosotros. Se trata...

—De mi seguridad.

Tenía sentido. Podrían relacionarme con la magia, en un mundo donde practicarla se hace de forma vigilada. Sería mejor no meterme en problemas en lo que era ahora mi nueva realidad, mi nuevo mundo, mi todo.

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