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Kyrie Eleison

Consejo de los Tres Martillos - Hierro y fuego

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Consejo de los Tres Martillos - Hierro y fuego

por Matt Burns

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El cielo sobre Pico Nidal atrajo a Kurdran Martillo Salvaje como el resplandor distante de una hoguera en una fría noche de invierno. Tras veinte largos años atrapado en el infernal mundo ahora conocido como Terrallende, había regresado al hogar. Nunca había lamentado haberse unido a la expedición de la Alianza para luchar contra la Horda de orcos en su propio mundo; pero tras arduos años, el anhelo de volver a ver aquel cielo se le había marcado a fuego en el corazón.

Su grifo, Cielo’ree, planeó sobre él con otros tres de su especie, tan enérgica como siempre durante las dos últimas décadas. Kurdran ansiaba estar allí arriba con ella y sentir la brisa de la montaña en el rostro. El destino caprichoso había decidido que andaría sobre dos piernas en la tierra, pero era en el cielo donde se sentía libre de verdad. Ese era el mayor regalo que Cielo’ree podía ofrecerle. Volar era más valioso que su ferocidad en el combate o la amistad que le brindaba en tiempos de paz. Sin embargo, por ahora, la dejaría remontar el vuelo a solas.

Kurdran respiró profundamente y contempló su hogar: los verdes bosques se extendían en todas direcciones, los enanos Martillo Salvaje se arremolinaban alrededor de las tiendas y las casas de las laderas de la montaña; y el colosal aviario, un recinto de piedra esculpido con la imagen de uno de los nobles grifos, coronaba la cima de Pico Nidal. Todo permanecía tal y como lo había dejado.

A continuación, sacó un cetro de hierro envuelto en briznas de hierba y adornado con plumas de grifo. No se trataba de un arma sino de un recordatorio, ya que su martillo de tormenta desgastado por la batalla pendía de su espalda. En Terrallende, el cetro se había convertido en algo místico; un símbolo de su identidad y del hogar que luchaba por proteger. En varias ocasiones lo había mantenido cerca y había sentido que la esperanza le invadía y le impulsaba a continuar. Sin embargo, ahora que ya estaba de vuelta, la potencia del cetro parecía haberse…

Un chillido estrepitoso rasgó el aire. Kurdran miró hacia arriba y una punzada de miedo le atravesó. Cielo’ree caía en espiral hacia el suelo con las alas retorcidas de forma poco natural.

—¡Cielo’ree! —gritó Kurdran—.

El grifo chocó contra el suelo con un golpe tremendo. Los huesos astillados sobresalían de sus patas traseras hechas trizas y la sangre no dejaba de brotar de una horrible brecha en el cráneo. Cielo’ree intentó levantarse pero se derrumbó por el dolor. Abrió el pico y dejó escapar un gemido débil.

—¡No te muevas, muchacha! —voceó Kurdran. Con el corazón en un puño, acudió a ayudar a su compañera caída cuando, de repente, su mano se quedó rígida—.

El cetro que sostenía comenzó a burbujear y a transformarse en algo escalofriantemente familiar… cristal… diamante. Unos tentáculos titilantes salieron del cetro y se deslizaron por su brazo, congelándolo y endureciéndolo. La sustancia viscosa alcanzó su pecho y se extendió hacia abajo hasta unir sus piernas con el suelo.

Kurdran luchó por alcanzar el martillo de tormenta de su espalda, pero el diamante recubrió su brazo antes de que pudiera empuñar su arma. Atrapado sin poder moverse, solo pudo observar con desesperación cómo el grifo que le había salvado la vida en incontables ocasiones y que se había convertido en parte de su propio ser se desangraba lentamente ante sus ojos.

La helada y pesada prisión diamantina prosiguió por el cuello de Kurdran hasta que descendió por la garganta e inundó los pulmones. Finalmente, cubrió sus ojos y orejas de forma que Cielo’ree y el tentador cielo azul se desvanecieron.

Pero a Kurdran se le negó la liberación de la muerte. Existió en un vacío mientras el terror invadía su mente como el metal líquido en una forja. Al final, oyó un ruido lejano y repetitivo que se hacía cada vez más fuerte.

PUM. PUM. PUM.

Cada golpe enviaba vibraciones sordas a través de su cuerpo, como si alguien golpeara con fuerza un objeto contundente contra su mortaja cristalina para intentar liberarlo.

PUM. PUM. PUM.

La rigidez de su cuerpo perdió intensidad. Recuperó la sensibilidad de sus extremidades. Después, el ruido cobró un tono diferente.

CLAC. CLAC. CLAC.

Aquel ruido familiar era todo lo que necesitaba para reconocer dónde se encontraba y percatarse de que había despertado de una pesadilla para entrar en otra. El tañido metálico del martillo golpeando el yunque prosiguió día y noche, crispando los oídos de Kurdran. Sentía el pulso de una ciudad que no era la suya, construida en el corazón de una montaña a una profundidad tal, que no volvería a conocer la felicidad de los cielos abiertos.

Estaba en Forjaz.

****

La ciudad de los antepasados de Kurdran era una caldera hirviendo de antiguos prejuicios. Se agitaba sin fin mientras sus gases tóxicos disolvían cualquier lógica y razón que hiciera que los enanos Barbabronce, Martillo Salvaje y Hierro Negro vivieran juntos en Forjaz por primera vez después de dos siglos. Kurdran era ajeno a todo aquello y buscaba respuestas en lo más profundo de su ardiente corazón lleno de dudas, que estaba cada vez más cerca de explotar.

De una forma perturbadora, aún se sentía como si estuviese en guerra con la Horda maldita por la sangre y atrapado en Terrallende. Sin embargo, no tenía claro quién era su enemigo en Forjaz. No había demonios enloquecidos ni violentos orcos dispuestos a diezmar toda vida en el mundo. Solo había palabras.

Cuando Kurdran había llegado a Forjaz hacía unas pocas semanas, se le había tratado como a una especie de héroe por sus sacrificios en Terrallende. Ahora era diferente. Rumores infundados sobre el clan de los Martillo Salvaje habían surgido en los pasillos más oscuros de la ciudad, como fantasmas vengativos de la sangrienta guerra de los Tres Martillos que había destruido la unidad de los clanes enanos hacía tantos años. Decían de todo, desde historias sobre rituales de sacrificio en Pico Nidal hasta cuentos que afirmaban que Kurdran había ejecutado a docenas de soldados de la Alianza en Terrallende por haberse retirado de la batalla. Hacía una semana, los enanos habían dirigido su atención hacia un nuevo tema de interés.

—El consejo aguarda, señor feudal Kurdran.

Kurdran ignoró al guardia de Forjaz y sostuvo con fuerza el cetro de los Martillo Salvaje entre sus manos. Desde su ventajosa perspectiva en el nidal de grifos de la ciudad, Kurdran echó un vistazo a la profunda y oscura Gran Fundición; el corazón de Forjaz de tan acertado nombre. Cascadas de metal fundido caían del techo hasta piscinas hirviendo de un naranja amarillento. Más allá de las cubas ardientes de metal líquido, los enanos herreros golpeaban los martillos contra los yunques. El calor, especialmente cerca de la fundición, era excesivamente agobiante y te hacía sentir como si estuvieras atrapado en una botella de cristal opaco y te hubieran dejado allí para que te asfixiases bajo el sol abrasador.

Cielo’ree yacía sobre una cama de paja a su lado, con las patas bajo su enorme cuerpo. Kurdran acarició la melena de plumas con sus dedos encallecidos y reflexionó sobre su destino.

—¿Por qué habré elegido venir a este lugar? —murmuró Kurdran para sí mismo—.

—Porque no querías que se repitiese el maldito pasado —contestó una voz tranquila. Eli Rayo se acercó a Kurdran mientras rastrillaba la paja para formar montones ordenados—. Porque el rey Magni, a pesar de ser un Barbabronce, era un enano honorable. Y porque, como bien le dijiste a Falstad, eres el único enano capaz de realizar este trabajo —continuó el cuidador de Cielo’ree—.

Las palabras de Eli trajeron recuerdos dolorosos a Kurdran. Al regresar de Terrallende, Kurdran había sido bastante irrespetuoso con su buen amigo Falstad, que había gobernado a los Martillo Salvaje en su ausencia. Sin embargo, preocuparse ahora por Falstad solo añadiría pesar a las preocupaciones de Kurdran, así que se obligó a dejar de lado los pensamientos sobre su amigo.

Cielo’ree emitió un leve arrullo y golpeó suavemente con el pico a Kurdran como si quisiera apoyar las palabras de Eli.

—No hablaba contigo. —Kurdran señaló a Eli con desdén y después se dirigió a Cielo’ree—. Contigo tampoco.

Cielo’ree cambió de postura en lo alto del nido de paja, revelando así durante unos instantes tres huevos de color crema con motas azules que había puesto poco después de llegar a Forjaz. Kurdran había querido que regresase a Pico Nidal con la nidada en vez de que permaneciera en la ciudad, pero ella no quiso abandonarlo. No era una mascota. Era un espíritu libre capaz de elegir su destino igual que Kurdran podía elegir el suyo.

La decisión de Cielo’ree de quedarse llenó a Kurdran de una mezcla de felicidad y enojo. Nada más poner los huevos, el grifo se había vuelto tan débil y frágil que no podía volar. Los numerosos sacerdotes, maestros de grifos y alquimistas que la habían examinado llegaron a la misma conclusión. El estado de Cielo’ree no se debía a ninguna extraña enfermedad que hubiese contraído en Terrallende o en Forjaz, sino que era una dolencia que no tenía cura: el tiempo.

—Señor feudal Kurdran…

—¡Ya voy! —replicó Kurdran, mirando fijamente al guardia de Forjaz—.

—No podrás ir si te quedas sentado en el suelo, ¿no? —le reprendió Eli mientras continuaba con su trabajo—.

Kurdran gruñó y se levantó. El acorazado guardia Barbabronce se dio la vuelta con brusquedad y se abrió paso con torpeza entre los montones de nidos de grifo que se extendían por la pasarela que envolvía La Gran Fundición. El nidal había duplicado su tamaño desde que los Martillo Salvaje habían llegado a la ciudad con sus propios grifos. De alguna manera, la zona se había convertido en una especie de recuerdo de Pico Nidal; un hogar lejos del hogar.

Con el cetro a un lado, Kurdran siguió al guardia saludando con un movimiento de cabeza a los jinetes de grifos Martillo Salvaje que permanecían sentados entre los montones de paja. Tan tristes como Kurdran, los enanos lo vieron pasar como quien mira al condenado a muerte de camino a su cita con el destino.

De alguna manera, así era.

Kurdran siguió los pasos del guardia por la pasarela hasta alcanzar El Trono. Una bulliciosa multitud de enanos permanecía fuera de la cámara, con sus rostros inundados de una mezcla de sombra y luz procedente de los blandones de hierro que ardían por toda la ciudad. Los miembros de cada clan estaban presentes: los Barbabronce cubiertos de placas de plata pulida; los Martillo Salvaje con sus tatuajes y adornados con plumas de grifo; y los Hierro Negro de piel cenicienta con sus mandiles de trabajo y cubiertos de hollín. La reunión ofrecía una pequeña visión de Forjaz como un todo, con un pequeño número de miembros Martillo Salvaje y Hierro Negro repartidos entre la mayoría de los urbanitas Barbabronce.

Al abrirse paso entre la multitud, Kurdran escuchó algunos comentarios que procedían de las acaloradas conversaciones de los enanos.

—Los Barbabronce conservamos nuestra pieza del martillo de Modimus tal cual, ¡como debe ser!

—Lo teníais almacenado en vuestra biblioteca cogiendo polvo. Los Martillo Salvaje hicimos algo nuevo con nuestra pieza

—Bah, muchacho, es inútil discutir sobre esto con un Barbabronce. Cualquier pieza decente de mercancía que sale de Forjaz es algo que han saqueado de alguna cámara antigua —gritó un jinete de grifos cercano—.

Alguien de entre la muchedumbre empujó al que hablaba contra Kurdran y la multitud se apartó y lo rodeó.

—¡Abrid paso! —voceó Kurdran—.

Unos pocos enanos que se encontraban cerca le abrieron camino. Otros le observaron con sus rostros contraídos por la rabia.

—¡Abrid paso a Kurdran, el representante de las ‘mariposas’! —bramó una voz cargada de sarcasmo, utilizando un término despectivo para el clan de Kurdran—.

—¡Ronda de birra a mi cuenta si Kurdran acepta ceder su pieza del martillo de Modimus!

—¡Ningún enano en sus cabales se perdería la oportunidad de apostar contra eso!

Kurdran avanzó a codazos hasta la primera fila de enanos y apareció en El Trono. La cámara, hogar de la regencia de Forjaz, era como el resto de la ciudad: oscura y sombría con altos muros de piedra metálicos iluminada por el brillo de las lámparas colgadas. En el fondo de la sala, en lo alto de una plataforma elevada, se hallaban los tres tronos idénticos del Consejo de los Tres Martillos.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kurdran cuando sus ojos se posaron sobre el trono central, el que una vez fue del rey Magni. Cuando Kurdran se había unido al consejo, el hermano de Magni, Muradin, le había enseñado las profundidades de la ciudad antigua. Allí, Kurdran había visto la imagen que más tarde atormentaría sus sueños: el rey Magni convertido en estatua de diamante. La petrificación había sucedido cuando el Rey había realizado un ritual místico para entrar en comunión con la tierra y obtener respuestas sobre los preocupantes terremotos, tormentas y demás calamidades que recaían sobre la tierra en aquel momento.

Ahora Muradin ocupaba el trono central. Kurdran observó al enano Barbabronce, quien le devolvió una mirada torva. No tenía nada que ver con la calurosa bienvenida que le había ofrecido a Kurdran al entrar en la ciudad. Durante sus primeros días en el consejo, Kurdran había compartido muchas pintas de cerveza con Muradin y había contado historias de Terrallende mientras que el Barbabronce le hablaba de las suyas en el continente helado de Rasganorte. A medida que pasaban los días, Muradin había adoptado una actitud fría con Kurdran por razones que el Martillo Salvaje no alcanzaba a comprender.

A la derecha de Muradin se encontraba Moira Thaurissan, la hija de Magni. A pesar de haber destrozado a su padre al unirse en matrimonio a los antiguos rivales del clan Barbabronce, los Hierro Negro, era la heredera legal del trono de Forjaz. Igual que su pequeño Fenran, que se mecía tranquilamente en la cuna a los pies de Moira.

La heredera, con su pelo recogido en dos moños perfectos, hizo una leve reverencia ante Kurdran.

—Bienvenido, Kurdran.

—Sí —fue todo lo que dijo Kurdran. Pasó al lado de una mesa de madera colocada al final de la rampa de acceso a los tronos. En la mesa había dos artefactos que la semana anterior habían causado un gran revuelo en el hirviente caldero de Forjaz: un bastón nudoso de madera con una gema violeta profundo engastada en él y un cabezal de martillo combado y lleno de marcas—.

Kurdran hizo una mueca cuando vio las reliquias y ocupó su lugar en el trono que había a la izquierda de Muradin. No era la primera vez que se sentía fuera de lugar desde que había llegado a Forjaz para gobernar junto con Moira y Muradin. El consejo tenía muchos apoyos Barbabronce y Hierro Negro, este último debido a Fenran. Pero Kurdran se sentía bastante solo.

El murmullo de voces a la entrada de El Trono se extinguió y el consejero Belgrum, un enano avejentado situado al pie de la rampa, hizo una reverencia. Dos jóvenes historiadores que se encontraban cerca imitaron el ademán de respeto de Belgrum. Uno de ellos era un enano Martillo Salvaje muy bajito vestido con una intensa túnica roja; un verificador con fama de concienzudo.

Belgrum se irguió y avanzó unos pasos arrastrando los pies.

—Bienvenido, señor feudal Kurdran. Supongo que ya habrás tomado una decisión, ¿no?

Kurdran echó un vistazo a la sala. Todo era igual que como hacía unos días. La misma pregunta. La misma multitud de enanos que se peleaban. El mismo sentimiento de estar arrinconado. En todas las ocasiones anteriores, siempre le había contestado a Belgrum lo mismo: no. Sin embargo, la noche anterior, un Martillo Salvaje y un Barbabronce resultaron muertos en una reyerta en la que discutían sobre el cetro que Kurdran sostenía en sus manos.

—Creo que no me queda otro remedio —contestó Kurdran—.

—Maldita sea… —suspiró Muradin—. Cuánto vas a seguir insistiendo en…

—Kurdran —interrumpió Moira—, de nosotros tres, eres el que más tiene que sacrificar. Si eliges quedarte la pieza del martillo, tendremos que renunciar a nuestros planes.

Kurdran dirigió su atención al pergamino ajado que sostenía el puño tembloroso y envejecido de Belgrum. El papiro, que había sido descubierto en la biblioteca de Forjaz la semana anterior, describía algunas partes de la guerra civil de los enanos de hacía siglos. Según la historia, cuando murió el Rey de Forjaz, Modimus Yunquemar, los clanes lucharon por el control de la ciudad. Durante los sucesos, el arma de Modimus, el Martillo del Gran Rey, desapareció de forma misteriosa. A lo largo de los años, Kurdran había oído rumores sobre el paradero del martillo. El papiro puso fin a las especulaciones. Decía que el martillo de Modimus se había dividido en tres piezas. Durante el caos de la guerra, cada uno de los clanes había conseguido, de una forma u otra, las distintas piezas. Kurdran dedujo que, ante el incierto futuro de Forjaz, los enanos inocentemente creían que unir todas las piezas del martillo forjaría el camino hacia la paz o simplemente resolvería sus antiguas rencillas y hostilidades.

Kurdran apartó la vista del pergamino.

—Ya he tomado mi decisión —gritó mientras alzaba el cetro con la mano—. Esta herencia ha pertenecido al clan de los Martillo Salvaje durante siglos. Si me uní a este consejo, fue para mantener la paz, ¡no para volver a forjar un viejo martillo!

Gritos de ira resonaron entre la masa de recios y curiosos enanos.

—¡Para empezar, el martillo era de Modimus! ¡Pertenece a la ciudad!

—¡Si los Martillo Salvaje no quieren la paz, no deben formar parte del consejo!

Agitado, Kurdran miró a su alrededor mientras la muchedumbre rodeaba a los pocos enanos Martillo Salvaje que se encontraban entre ellos, así como los guardias armados, que acudían a sofocar el disturbio.

—Pero uno de los hombres de mi clan ahora está muerto por culpa de este martillo —Kurdran voceó por encima de los clamores—. No permitiré que vuelva a suceder.

Emitiendo un ruido sordo, agarró con fuerza el cetro de los Martillo Salvaje una vez más y lo dejó sobre la mesa de madera junto con los demás artefactos. Se hizo silencio entre la multitud.

Belgrum asintió y levantó las manos hacia todos los presentes. —Que así sea. ¡Por decreto del consejo, el gran martillo de Modimus Yunquemar, último Rey de Forjaz, se volverá a forjar!—.

Un ensordecedor clamor estalló entre los enanos que asistían al acontecimiento y Kurdran frunció el ceño.

—Como veis —continuó Belgrum—, el mango del martillo de Modimus procede de los Martillo Salvaje. Alguien del clan lo cogió y lo convirtió en un cetro que porta el señor feudal Kurdran, y antes que él, el señor feudal Khardros.

Kurdran miró el cetro. Su forma y tamaño eran ligeramente distintos de la descripción del mango del martillo del pergamino. Recordaba haberle preguntado a Khardros hacía algunos años por la procedencia del cetro. El viejo enano le había contestado que el pasado de la reliquia no era importante, que su importancia solo yacía en lo que se había convertido. Kurdran siempre había visto la ambigua explicación del señor feudal como una de sus habituales meditaciones filosóficas, quizás incluso como una metáfora para el clan Martillo Salvaje. Ahora, se preguntaba si había sido Khardros quien se había apoderado del mango y había vuelto a forjarlo para nunca más hablar de su origen.

Belgrum hizo un gesto y observó el cabezal del martillo deforme situado encima de la mesa de madera.

—De los Barbabronce procede el cabezal del martillo de Modimus, que sufrió daños y quedó irreconocible tras un incendio que tuvo lugar durante la guerra civil. Después, se ocuparon de la pieza en la biblioteca de la ciudad junto con otros restos que se reunieron en memoria del conflicto.

A continuación, Belgrum extendió la mano hacia el bastón nudoso que se encontraba al lado del cabezal del martillo.

—Y de los Hierro Negro procede el cristal que una vez fue dorado y que se engastó en el cabezal del martillo de Modimus. Uno de los hechiceros del clan lo encontró y alteró su color para ocultar su identidad.

Los Hierro Negro que estaban presentes emitieron un aplauso sonoro y desigual.

—La forja comenzará en tres días. Por el momento, el consejo solicita que volváis al trabajo mientras decide quién unirá las piezas —dijo Belgrum—.

Los curiosos se dispersaron lentamente mientras retomaban sus acaloradas discusiones como si la reunión nunca se hubiese celebrado. Kurdran observó fijamente el cetro de los Martillo Salvaje que descansaba sobre la mesa de madera. Había una cuestión que le devoraba: en las próximas semanas y meses, ¿qué más le quitaría Forjaz a él y a su clan?

Sin mediar palabra, descendió de la rampa de piedra y se dirigió hacia la salida de El Trono.

—Kurdran —lo llamó Moira con preocupación—. Aún tenemos que decidir quién forjará el martillo.

—Da igual —gruñó Kurdran mientras abandonaba la sala—.

****

Kurdran paseaba junto a Cielo’ree por las filas de casas y tiendas de mercaderes del anillo exterior de la ciudad. El sonido del martillo al golpear los yunques de La Gran Fundición sonaba como un eco débil. El paso de los años se reflejaba con intensidad en los ojos del grifo y la lentitud de sus andares era dolorosamente evidente. Sin embargo, para disgusto de Kurdran, Cielo’ree parecía disfrutar explorando los rincones y recovecos de Forjaz.

Kurdran soñaba más que nada con abandonar Forjaz y volar con Cielo’ree, pero el grifo solo podía ofrecerle un simple paseo. Normalmente, pasear resultaba ser una distracción agradable, pero hoy su mente estaba inundada de pensamientos relacionados con el martillo de Modimus. Después de que Kurdran saliese furioso de la reunión del consejo el día anterior, Moira y Muradin eligieron a un herrero Hierro Negro para reforjar el martillo. A Kurdran le hirvió la sangre con esta decisión, aunque, en realidad, solo podía culparse a sí mismo por no haber querido tomar parte en la decisión. Su aversión por el clan Hierro Negro era muy intensa. La traición y la perfidia parecían estar tan arraigadas en la cultura del clan Hierro Negro como los grifos en la de los Martillo Salvaje.

Por desgracia, sacrificar su cetro no había servido para apaciguar la tensión en Forjaz. Mientras Kurdran paseaba, sintió como se clavaban en él las miradas rencorosas de los que pasaban a su lado, que se fijaban en su piel morena y curtida, en su imponente coleta roja y en sus tatuajes. Kurdran sabía que las miradas iban más allá de su apariencia de forastero. Forjaz era un choque de culturas en el que cada una se creía superior a las demás. Los Martillo Salvaje preferían vivir en la superficie y remontar el vuelo en las tierras del norte con sus queridos grifos. Los Barbabronce preferían morar en la montaña como siempre habían hecho. Y los Hierro Negro… los Hierro Negro vivían en lo más profundo de las sombras envueltos en…

Un hombro revestido de placas de acero chocó contra el costado de Kurdran y lo sacó de sus pensamientos. Se dio la vuelta y se encontró con dos Hierro Negro transportando un barril enorme. El enano con el que se había topado le lanzó una mirada con los ojos encendidos, típicos de los Hierro Negro, que le recordó a Kurdran los ojos demoniacos que había visto en Terrallende.

El enano Hierro Negro gruñó y, a continuación, él y su compañero prosiguieron su camino. Les seguía una fila de miembros del clan divida por parejas que también transportaban barriles. Un fuerte olor emanaba de los recipientes y Kurdran lo reconoció como el aroma de los licores que destilaban los Hierro Negro. El brebaje no se parecía nada a la cerveza que tanto le gustaba. Era el tipo de bebida que entumecía los sentidos y le hacía a uno olvidarse de todo tras beber un solo vaso. Kurdran había visto grupos de Hierro Negro transportar barriles de esta bebida por la ciudad muchas veces ya que, al parecer, buscaban algo más fuerte que lo que les ofrecía Forjaz.

—Kurdran —dijo alguien oculto cuando pasó el último Hierro Negro que transportaba un barril. La voz era inconfundible, tranquila y regia de una forma estudiada—.

Kurdran se dio la vuelta y vio que se le acercaba Moira. La acompañaba un robusto enano Hierro Negro llamado Drukan, con quien ya se la había visto acompañada en muchas ocasiones.

—Vaya, dando un paseo con la noble Cielo’ree… —dijo con una sonrisa cortés—.

Kurdran examinó el rostro de Moira en busca de alguna señal que desmintiera su cordialidad. Sospechaba que ella y sus Hierro Negro eran, de alguna manera, los responsables de extender los rumores que circulaban sobre el clan Martillo Salvaje.

Después de todo, el Consejo de los Tres Martillos se había creado a partir de sus acciones violentas. Tras el accidente de Magni, Moira había sitiado la ciudad con miembros del clan Hierro Negro armados y había reclamado el trono. La decisión de volver a forjar el martillo de Modimus también se había tomado a instancias suyas.

Sin embargo, Moira había demostrado repetidas veces ser la mayor aliada de Kurdran en Forjaz. Cuando surgieron quejas, la mayoría infundadas, sobre los Martillo Salvaje, y les culpaban de la escasez de comida y alojamiento y del abarrotamiento del nidal de grifos, ella les había defendido. Pero su aparente benevolencia no satisfacía a Kurdran.

—Necesitaba alejarse un poco del calor —dijo Kurdran mientras daba unas palmaditas a los cuartos traseros leoninos de Cielo’ree—.

Moira se acercó a Cielo’ree y levantó la mano hacia el pico del grifo. —Una criatura magnífica. ¿Cómo se encuentra?—.

—Va mejorando —mintió Kurdran, ya que no quería hablar del tema con Moira más de lo estrictamente necesario. De hecho, le había sorprendido que Cielo’ree se hubiese podido levantar del nido ese día—.

—Presiento que estará como nueva en menos que canta un gallo —dijo Moira. Acarició la crin de Cielo’ree y el grifo agachó la cabeza emitiendo un suave arrullo—.

Kurdran siempre había creído que Cielo’ree era buena juzgando a las personas. El hecho de que aceptase a Moira de tan buena gana le hacía dudar de sus sospechas sobre la líder de los Hierro Negro.

Moira miró a Drukan, que se encontraba más alejado con una expresión adusta.

—Acércate, Drukan. Cielo’ree es una leyenda. ¿Sabías que se ha enfrentado a dragones?

—No me fio de una bestia que tiene predilección por la sangre enana —dijo Drukan despectivo—.

Los ojos de Moira se abrieron como platos y contuvo la risa.

—No seas ridículo.

—Eso es lo que dicen de las tierras de los Martillo Salvaje —dijo Drukan—. Alimentan a sus grifos con la carne de sus prisioneros. Y, bueno, sobre esta tal Cielo’ree dicen que se ha puesto hasta arriba.

Kurdran sintió que un golpe de calor invadía su cuerpo y se acercó un paso a Drukan.

—Cuidado con lo que dices, amigo.

—Ya sabes que se han extendido rumores absurdos —dijo Moira mientras posaba su mano sobre el hombro blindado de Kurdran—.

—Drukan está… ¿Cómo te lo explicaría? Aún está aprendiendo a ser civilizado.

Se dio la vuelta hacia Drukan y dijo en un tono malévolo:

—Discúlpate.

—Pero, su Alteza…

—Ahora. —Lanzó una mirada fría a Drukan que dijo más que mil palabras—.

—Acepta mis disculpas —replicó Drukan a Kurdran entre dientes—.

—Bueno, no pretendo molestaros a ti y a Cielo’ree —dijo Moira de nuevo con su tono cordial—. Solo quería decirte que la decisión que tomaste ayer fue muy humilde… Algo que me esperaba después de haber oído hablar sobre tus actos heroicos en Terrallende. Volver a forjar el martillo nos unirá y ocurrirá gracias a ti.

—No soy como uno de esos enanos que no piensan por sí mismos —contestó Kurdran con severidad—. Lo hecho, hecho está.

La heredera de Forjaz sonrió.

—Por supuesto. Os dejo con vuestro paseo.

Kurdran observó a Moira y a Drukan mientras se alejaban después de que hubiesen arruinado el momento de paz con Cielo’ree. Quería ver un enemigo en Moira. Al menos, eso haría que la confusión en Forjaz resultase comprensible. Sin embargo, Kurdran sintió con creciente malestar que buscaba la razón en una ciudad que ya no era la misma.

—Volvamos al nidal, compañera —dijo Kurdran tirando suavemente del ala de Cielo’ree—.

****

Kurdran ocupó su lugar en El Trono y se obligó a permanecer tranquilo. Tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no arremeter contra Belgrum, que se encontraba ante los tronos.

—Asumo toda la responsabilidad —afirmó el consejero mientras agachaba la cabeza como muestra de respeto hacia Kurdran y los demás miembros del consejo—.

El Trono solo lo ocupaban Belgrum y los tres representantes de los clanes. Aún así, el viejo enano hablaba en voz baja. Entre palabra y palabra, un tenso silencio invadía la sala. En su mano sostenía el pergamino que narraba la historia del martillo de Modimus.

—Es una sarta de mentiras bien preparada. —Belgrum levantó el pergamino e hizo una mueca de disgusto—. Tras haberlo inspeccionado a fondo, parece que el pergamino fue envejecido con magia. Y estaba almacenado en los libros de registro. A simple vista, no había nada de lo que preocuparse.

—¿Qué no había nada de lo que preocuparse? —se indignó Kurdran—. ¡Uno de mis hombres ha muerto!

—Por si no te acuerdas, uno de los míos también ha muerto —replicó Muradin—. Esto no habría pasado si hubieras entregado tu pieza del martillo desde el principio.

—¿Estás sordo, amigo? ¡No es una pieza de nada!

—¡No te inventes excusas! Para empezar, ¡no querías colaborar!

—Os lo ruego, Muradin y Kurdran —dijo Moira dirigiendo su atención hacia Belgrum—. La forja es dentro de un día. Entendéis lo que esto significa, ¿verdad?

—Sí, su Alteza. Pero el pergamino es falso. Pondría la mano en el fuego por ello. Alguien se tomó el tremendo esfuerzo de hacerlo pasar por verdadero, pero la escritura no coincide con la del resto de pergaminos de la misma época.

—Entonces, ¿cuándo se originaron estas piezas? —preguntó Moira—.

—Lo que sabemos es que el cetro de los Martillo Salvaje y la gema de los Hierro Negro aparecieron después de la guerra civil. El pergamino describía en detalle los daños que sufrió el cabezal del martillo de los Barbabronce, gracias a lo que pudimos encontrarlo. Pero con lo que hemos descubierto ahora, es imposible saber cuándo se dañó y se colocó en la biblioteca.

—¿Quién lo hizo? —gruñó Kurdran. Se limpió una capa reciente de sudor de la calva. A pesar de su constitución fuerte, el calor sofocante de la ciudad empezaba a calar en él—.

—Uff… es imposible de saber. Cada día pasan muchos enanos por la biblioteca —contestó Belgrum—.

—No importa. Debemos seguir adelante con el plan —dijo Moira—. Nuestros camaradas enanos esperan un acto de unión. Si esta historia sale a la luz y cancelamos la forja, buscarán un culpable. Por lo tanto, la noticia no debe salir de esta sala —añadió mientras fijaba su mirada en Belgrum. El enano canoso asintió—.

Kurdran golpeó el puño contra su trono.

—¡No cederé algo que por derecho le pertenece a mi clan para mantener viva esta mentira!

—Ya no es una mentira para la ciudad —dijo Muradin—. No después de haberlo estado discutiendo durante días.

A pesar de su desasosiego, Kurdran reconoció la sabiduría de las palabras de Muradin. La discusión del martillo de Modimus había colocado a Forjaz en un camino sin retorno, como una avalancha incontrolada que continuaría su curso hasta que tuviera lugar la forja sin importar lo que dijese el consejo.

****

Kurdran se sentó en el nidal de grifos y reflexionó sobre la preocupante situación. La verdad sobre el martillo de Modimus le impedía pensar en otra cosa. Había tenido la esperanza de llevar a Cielo’ree a pasear y aclarar sus ideas, pero el grifo no había podido levantarse del nido. Yacía inmóvil, respirando débilmente.

Los jinetes de grifos Martillo Salvaje estaban sentados cerca de sus compañeros alados, consternados por el estado de Cielo’ree y la tensión en el ambiente de Forjaz. Hasta el comportamiento jovial de Eli había cambiado. El cuidador de grifos rastrillaba con apatía montones de paja en silencio. Muchos jinetes de grifos, incluido Eli, eran veteranos de Terrallende. Habían seguido a Kurdran a Forjaz igual que lo habían hecho al hogar de los orcos sin cuestionar jamás sus decisiones. Por primera vez en su vida, Kurdran sintió que les había conducido a una batalla inútil sin victoria posible.

Kurdran se levantó y anduvo por el nidal mientras diez Hierro Negro que transportaban unos barriles comenzaron a pasar entre los nidos que se extendían por la pasarela. A su paso, los Hierro Negro miraron con sus perturbadores ojos a los Martillo Salvaje que permanecían sentados. Uno de ellos tropezó con un montón de paja seca e hizo caer un barril al suelo. El recipiente de madera se partió en dos y un líquido de color pálido se derramó por el nidal.

El Hierro Negro que se había caído golpeó su puño contra el suelo y se esforzó por levantarse.

—¿Por qué los Martillo Salvaje tenéis que tener a los pájaros plantados por donde pasamos? —dijo el Hierro Negro y escupió al grifo que estaba más cerca. La criatura graznó, golpeó el borde de su nido con una de sus garras y lanzó un puñado de paja a la cara del enano enfurecido—.

Eli interrumpió su tarea y, con calma, se acercó al Hierro Negro.

—No es culpa suya, amigo —dijo tranquilo—.

—Vuestras bestias no han sido más que una molestia desde que llegaron. Encima de tener que andar esquivando sus sucios nidos, se puede percibir su hedor desde las puertas de la ciudad. —El Hierro Negro estaba furioso. Se chascó los nudillos y avanzó un paso hacia el grifo más cercano con las manos cerradas en un puño—.

Instintivamente, Eli apuntó al Hierro Negro con su horquilla.

—No te atrevas a tocar al grifo, amigo.

Los ojos del Hierro Negro se abrieron como platos al ver la horquilla que le apuntaba.

—¿Lo veis, compañeros? —le dijo a los demás Hierro Negro—. Un Martillo Salvaje alzando un arma contra nosotros.

Eli bajó la horquilla sin perder un instante.

—No intentes hacer que parezca lo que no es.

Cinco jinetes de grifos que permanecían acuclillados cerca, se levantaron. Uno de ellos dio un paso adelante y le clavó un dedo en el pecho armado del Hierro Negro.

—Coge al resto de tu manada de puercos y lárgate de aquí —dijo el Martillo Salvaje—.

Kurdran lo vio venir. El caldero estaba hirviendo y su interior se calentaba cada vez más. Tras la preocupante revelación sobre el martillo de Modimus, lo último que le faltaba era tener que vérselas con una pelea. Se acercó a los Hierro Negro con la esperanza de evitar lo inevitable.

—¡Los Martillo Salvaje preferiríais ver esta ciudad reducida a cenizas antes de que esas bestias sufrieran ningún daño! —rugió el Hierro Negro, y después se volvió hacia sus compañeros—. Dadles algo que les calme los nervios, camaradas.

Sin dudar un segundo, dos de los Hierro Negro lanzaron su barril al nidal. El tonel sobrevoló la cabeza de Kurdran, fue a estrellarse cerca de Cielo’ree y la roció a ella y a los grifos cercanos de licor Hierro Negro.

Por unos instantes, la ira creció en el interior de Kurdran y tuvo que respirar profundamente para recuperar la compostura. Se dirigió hacia el líder de los Hierro Negro para pedirle que se fuese por donde había venido junto con el resto de su clan. Al ver a Kurdran, el Hierro Negro dio un paso hacia atrás de forma involuntaria, se resbaló en la paja y cayó al suelo con un golpe sordo.

Escandalosas carcajadas estallaron entre los jinetes de grifos.

—¡El mozalbete se ha asustado solo con ver a Kurdran! —gritó uno de ellos—.

El Hierro Negro miró enfadado a su alrededor con la humillación reflejada en la cara. Finalmente, se levanto y avanzó hasta detenerse a unos centímetros de Kurdran.

—Señor feudal de las mariposas… ¿Por qué no vas a sentarte en la paja con el resto de los animales? —gruñó el Hierro Negro. Después escupió a Kurdran en la cara—.

La escasa intensidad del insulto activó un interruptor dentro de Kurdran, como si algo hubiera estado acechando en lo más profundo de su ser desde su llegada a Forjaz. El sueño esquivo de ver el cielo sobre Pico Nidal… su decisión de renunciar a la reliquia… la enfermedad de Cielo’ree. Todo explotó a la vez y la furia lo cegó.

El puño de Kurdran chocó con la cabeza del Hierro Negro con tal fuerza que lo tiró al suelo.

Sin recibir ninguna orden, los Martillo Salvaje que permanecían al lado de Kurdran cargaron contra los Hierro Negro. Éstos arrojaron sus barriles sobre los atacantes, que con habilidad experta los esquivaron y rodaron para sortear el peligro. Los grifos graznaron a medida que los barriles se estrellaban por todo el nidal y se hacían añicos al chocar contra el suelo apenas cubierto por una fina capa de paja. Entonces, los Martillo Salvaje y los Hierro Negro se enzarzaron en una pelea en la que se agarraban a todos los miembros o armaduras que podían.

Los grupos empujaron en un tira y afloja hasta que, finalmente, los Hierro Negro perdieron el equilibrio y colisionaron contra un blandón cercano. Brasas ardiendo saltaron del recipiente de hierro y prendieron un montón de paja. El fugo se extendió por los nidos que había alrededor, alimentado por el licor Hierro Negro.

En cuestión de segundos, el nidal entero ardía en llamas. El humo se arremolinaba subiendo hacia el techo de La Gran Fundición. Algunos grifos gritaron y chillaron y alzaron el vuelo, dejando un torrente de plumas, ceniza y brasas que giraba como un torbellino debajo de ellos.

—¡Agua! —rugió Kurdran pasando por encima del montón de enanos que yacían en el suelo—.

Algunos enanos que se encontraban en otras partes de La Gran Fundición, corrieron hacia el nidal. La mayoría de los grifos sobrevolaban los lugares más recónditos del lugar, pero algunos se habían quedado en tierra. Tres de ellos se habían apiñado alrededor de Cielo’ree y su nido.

—¡Cielo’ree! —gritó Kurdran—. ¡Sal de aquí!

El grifo emitió un chillido que hizo que Kurdran cerrara los ojos del dolor. Era un sonido que no había oído desde Terrallende. Un grito de batalla que, muchas veces, había bastado para que los enemigos de Cielo’ree echaran a correr aterrorizados.

Las llamas rugían alrededor del grifo. Kurdran apenas podía ver a Cielo’ree a través del denso humo que cubría el nidal. Uno de los grifos que tenía al lado echó a volar como una mancha borrosa y dejó un rastro de plumas carbonizadas en el aire. Los otros dos grifos también alzaron el vuelo, pero no huyeron. Planeaban mientras agarraban las alas de Cielo’ree con las garras y se lanzaban breves graznidos el uno al otro. Al unísono, los dos grifos empezaron a batir las alas con furia en un intento de elevar a Cielo’ree del suelo, pero ella se liberó de sus compañeros.

Los enanos empezaron a extinguir el fuego con barriles de agua mientras una pareja de gnomos recién llegados envueltos en túnicas largas y sueltas empezaron a murmurar hechizos que arrojaron cristales de hielo sobre el nidal. Sin embargo, el fuego continuó rugiendo. Kurdran comenzó a quitarse la armadura, pero en su estado de perplejidad lo único que pudo hacer fue manejar torpemente las ataduras. Desechó la idea y salió disparado hacia las llamas.

—¡Kurdran! —gritó Eli—.

El cuidador de grifos y otros dos Martillo Salvaje se aferraron con los brazos al cuerpo de Kurdran. Incluso con la fuerza combinada de tres enanos que no tenían intención de soltarle, Kurdran fue acercándose más y más a las llamas. Necesitaron dos Martillo Salvaje más para hacerle caer al fin.

Atrapado en el suelo, lo único que Kurdran pudo hacer fue observar cómo los dos grifos que se habían quedado con Cielo’ree huían del nidal, ya que el calor y el humo eran tan intensos que ya no se podían soportar. Tras unos segundos agonizantes, Cielo’ree finalmente se derrumbó sobre el suelo.

Cuando consiguieron apagar las últimas ascuas, Eli y los demás Martillo Salvaje soltaron a Kurdran, que corrió hacia el nidal que seguía ardiendo lentamente. Cielo’ree permanecía allí, inmóvil. Carbonizada y humeando.

Una mano tocó el hombro de Kurdran.

—Lo… lo siento —dijo Eli con voz ronca—.

—¿Por qué se ha negado a que los suyos la ayuden? Estaban intentando salvarla… —murmuró Kurdran incrédulo—.

—En fin… es normal, muchacho. ¡Estaba protegiendo los huevos! —dijo Eli de pronto—.

Los dos enanos movieron el cuerpo de Cielo’ree con cuidado. Debajo, donde antes habrían encontrado tres huevos prístinos, ahora no quedaban más que fragmentos de cáscaras carbonizadas y los restos medio cocidos de los hijos de Cielo’ree.

Kurdran se quedó mudo ante la terrible visión.

—Ella… lo intentó —añadió Eli, y se arrodilló delante del nido ennegrecido—.

La multitud que rodeaba el nidal destruido permaneció en silencio. Incluso los Hierro Negro, que habían sido en parte responsables de aquel fuego, parecían desconcertados y mudos. Todo el mundo miraba a Kurdran. El humo que lo rodeaba estaba impregnado con el olor a carne y paja quemada. El enano se mareó.

****

Kurdran salió de La Gran Fundición mientras los grifos seguían volando en círculos sobre la ciudad y los residentes intentaban averiguar qué había sucedido. Era lo único que podía hacer para no derrumbarse. El fuego había abierto una herida en él y a través de ella escapaba el último resquicio de esperanza, ambición y alegría que una vez había corrido por sus venas.

Durante horas, estuvo sentado solo en una taberna poco frecuentada con una pinta de cerveza intacta, mientras acudían a él recuerdos de Cielo’ree. Ahora, cada uno de ellos iba marcado por la imagen del cadáver carbonizado. Cielo’ree tendría que haber muerto en la batalla o, por lo menos, no tan lejos de su reconfortante hogar cerca de Pico Nidal. No en el corazón de una montaña.

Fue un error venir aquí, pensó Kurdran. Su arrepentimiento le trajo a la memoria el recuerdo de alguien a quien había mantenido alejado de su mente las últimas semanas: Falstad.

Falstad se había hecho cargo del título de señor feudal de los Martillo Salvaje los años que Kurdran había pasado en Terrallende. Después de regresar a Pico Nidal, Kurdran había sentido la imperiosa necesidad de compensar a todo el mundo por las décadas que había permanecido lejos de su hogar. Aunque oficialmente no había reclamado su antiguo puesto, Kurdran había dado órdenes a su clan sin consultar con Falstad y eso había socavado la posición del gran señor feudal.

El viaje de Kurdran a Forjaz era un ejemplo de los intentos excesivamente entusiastas de probar a todos que seguía siendo el líder de siempre. Como actual gran señor feudal, Falstad había sido convocado para unirse al Consejo de los Tres Martillos, pero Kurdran le había quitado esa oportunidad tras afirmar de una forma muy poco sutil, que su amigo no contaba con la experiencia suficiente como para desempeñar esa tarea. En medio del júbilo por el regreso de Kurdran de Terrallende, el clan había respaldado su decisión. Después de todo lo que se había dicho y hecho, Kurdran todavía podía ver la ira y el dolor en los ojos del gran señor feudal, como si para él no significaran nada los veinte años que Falstad había pasado liderando a su pueblo con valor.

Ahora Kurdran se daba cuenta de la estupidez que había cometido. Por primera vez, deseó que Falstad ocupara su lugar en la ciudad. No porque Kurdran quisiera que fuera él quien sufriera la tensión que se vivía en Forjaz, sino porque creía sinceramente que Falstad era el enano adecuado para el trabajo.

—No —se dijo Kurdran—.

Hacer venir a Falstad, a pesar de todo lo que había ocurrido, sería un signo de debilidad. Kurdran se dio cuenta de que todavía existían maneras de evitar que Forjaz le quitara todo lo que le era querido.

Todavía había algo que la ciudad no le había arrebatado.

****

El Trono estaba vacío cuando Kurdran pasó por él para llegar al trono de Muradin. Al lado del asiento de piedra yacía el enorme baúl de piedra donde se guardaban las tres piezas del martillo de Modimus. Cada miembro del consejo había recibido una llave grande y pesada para poder abrirlo. Kurdran metió la suya en la cerradura.

Abrió lentamente el baúl y sacó el cetro de su clan. Ahora tenía un aspecto vulgar, profanado, sin las plumas de grifo y las brinzas de hierba seca que habían quitado como paso previo a la reforja.

—Sabía que vendrías a recuperarlo —dijo una voz cargada de regocijo—.

Kurdran se volvió rápidamente. Moira estaba al pie de la rampa que conducía a los tronos, vestida aún con su atuendo formal, con Fenran en brazos. Un rayo de luz atravesaba El Trono desde la puerta abierta de sus aposentos situados al fondo de la sala.

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—No formaré parte de esta mentira.

Moira subió la rampa con elegancia.

—Me recuerdas a Fenran cuando sujeta uno de sus juguetes como si la vida le fuera en ello. Cuando intentó quitárselo se coge una buena pataleta.

—Nunca has comprendido qué significa esto para mí… y nunca lo harás.

La heredera de Forjaz caminó hasta el trono de Kurdran y lo miró de arriba abajo.

—Todavía sigo sin comprender por qué viniste aquí —dijo Moira—. Tú y tu clan no tenéis nada que hacer en Forjaz. Y, al parecer, tú tampoco quieres estar aquí.

—Se me pidió que viniera.

—No fui yo.

Cierto. Cuando Moira había llegado a Forjaz con sus Hierro Negro, había sitiado la ciudad. Uno de los visitantes que se había quedado atrapado dentro era el príncipe Anduin Wrynn de Ventormenta. Como reacción, su padre, el rey Varian, había acompañado a un grupo de asesinos del IV:7 a Forjaz con la intención de matar a Moira por sus faltas. Finalmente, el rey humano había optado por perdonarle la vida, pero había decidido crear el Consejo de los Tres Martillos para mantener la paz. Al hacerlo, Varian había nombrado a Falstad representante de los Martillo Salvaje.

Durante unos instantes, los dos enanos se miraron el uno al otro, hasta que Moira rompió el silencio.

—Me pregunto cómo asume la derrota un enano como tú, que has ganado tantas batallas.

—¿A qué te refieres?

Moira dejó a Fenran cerca el trono de Muradin y el pequeño trepó hasta sentarse en el asiento de piedra, riéndose y ajeno a la conversación que estaba teniendo lugar.

—Debe de ser un sentimiento terrible.

—¿De qué estás hablando? —insistió Kurdran a la vez que crecía su nerviosismo—.

Una sonrisa asomó en el rostro de Moira. Era el mismo gesto estudiado que Kurdran habían visto cientos de veces, pero en la situación actual reflejaba algo siniestro. De pronto, empezó a darse cuenta de lo que ocurría.

—Me preocupé bastante cuando te uniste al consejo. Eras un enano con voluntad de hierro, con fuerza y resolución, que lo había sacrificado todo para proteger nuestro mundo. Cuando por fin llegaste, noté la fuerza con la que te aferrabas a ese pedazo de hierro. Era una visión extraña… como si, de alguna manera, hubieras depositado todo tu orgullo en ese único objeto.

Kurdran apenas oyó las palabras de Moira. Sus pensamientos iban a toda velocidad. Los extraños rumores sobre los Martillo Salvaje. La creciente tensión originada a causa del pergamino falsificado que encontraron en la biblioteca. Incluso el hecho de que Moira hubiera defendido al clan de Kurdran. Todo aquello dibujaba a los Martillo Salvaje como una banda de inconformistas y poco a poco había minado su reputación. Como resultado, la atención de todo el mundo había sido desviada del objeto de odio habitual en Forjaz: los Hierro Negro.

La simplicidad de aquello llenó a Kurdran con ese terrible sentimiento de ineptitud propio del que se ve superado por un enemigo que no está a su nivel. Aquel era el tipo de comportamiento taimado que uno podía esperar de Moira, pero él no había confiado en su intuición.

—¿Así que fuiste tú la que colocó ese pergamino en la biblioteca? ¿O dejaste que esa rata de Drukan lo hiciera por ti?

La heredera de Forjaz simplemente sonrió irónica y dio unas palmaditas en el hombro de Fenran mientras ignoraba la pregunta.

—He colocado guardias en la biblioteca. Puedo asegurarte de que no volverá a suceder algo así.

—¡Responde a la pregunta! —rugió Kurdran a la vez que sacaba su martillo de tormenta y apuntaba a Moira con él—.

Moira lo miró fría, como si nada.

—Has matado dragones con ese martillo, ¿verdad? Cientos de orcos también, ¿supongo? Puedo imaginarme qué me haría a mí.

—Te abriría el cráneo antes de que pudieras abrir la boca.

Moira ahogó una carcajada.

—Y mientras mi sangre, aún caliente, bañara el suelo, mi gente se alzaría y quemaría tu ciudad. Tú y tu clan de brutos seríais los primeros en ser arrojados al fuego.

—Si tuvieras una pizca de honor, admitirías lo que hiciste.

—Se acabó, Kurdran. Eres un enano de acción, se te dan mal las palabras. Y en Forjaz, lo que importan son las palabras. Esto no es Terrallende, donde la victoria se mide por la cantidad de sangre que derramas. Aquí se mide por el número de corazones que ganas. Y tú has fallado de forma estrepitosa. Después de todo, quizá Falstad hubiera sido un enano más apropiado para representar a tu clan.

—Todo este tiempo has estado hablando sobre unidad —dijo Kurdran mientras sujetaba el martillo de tormenta con más fuerza—. Ni siquiera sabes lo que quieres.

El rostro de Moira se tensó y tuvo que esforzarse para seguir sonriendo.

—Sé exactamente lo que quiero —respondió entre dientes—. Tú nunca has estado dispuesto a tender la mano de la paz a los Hierro Negro. Ya habías tomado tus decisiones antes de venir aquí, guiadas por un antiguo odio.

—¿Así que nos sacrificaste a mí y a mi clan para que los Hierro Negro no fuerais tratados como la basura que sois? —preguntó Kurdran—.

—Hice lo que hice pensando en el futuro. Para que cuando mi hijo herede el trono, no gobierne una ciudad que lo trata como a un paria por culpa de la sangre que corre por sus venas.

—Si Magni pudiera verte ahora… Imagino el dolor que sentiría al ver a la trogg de su hija destruir todo lo que luchó por construir en vida.

—No me hables como si conocieras mi pasado, o el de Magni. —Moira había explotado de ira—. Tú y tu clan sois invitados en esta ciudad. ¡Cuanto antes os marchéis, mejor! —Inconscientemente, Moira apretó el brazo de Fenran y el bebé empezó a llorar—.

—Siempre esperé que… —Kurdran se detuvo en seco. De pronto, se materializó en él un sentimiento terrible. Avanzó un paso hacia Moira y colocó el martillo de tormenta a unos centímetros del rostro de la enana—. Has… has matado a Cielo’ree. Has ordenado a tu sucio clan que comenzaran el incendio.

—No —respondió Moira rebosante de indignación—, no me acuses de algo de lo que solo tú eres responsable. He castigado a los Hierro Negro que han participado en la pelea; pero por lo que me han dicho, tú fuiste el primero en golpear.

La culpabilidad arraigó dentro de Kurdran. Desde el incendio había intentado olvidar que había podido evitar la pelea. Relajó los brazos y bajó el martillo de tormenta.

—Cógelo y vete —dijo Moira mirando el cetro—. O no.

Cogió a Fenran en brazos y descendió por la rampa sin volver la vista atrás ni una sola vez.

—Sea como sea, comenzaremos con la forja. Por la mañana, será un Hierro Negro el que traiga la unidad a los clanes —añadió Moira mientras entraba en sus aposentos privados y daba un portazo tras ella—.

La verdad que contenían las palabras de Moira, todo lo que había dicho, suponía una pesada carga. El enemigo que Kurdran siempre había deseado encontrar se había descubierto ante él, pero no podía hacer nada para luchar contra ella sin poner en peligro a toda la ciudad. Estaba tan indefenso como la estatua cristalina que era el rey Magni. De pronto, el sentimiento de derrota, extraño para él, lo alcanzó.

El sudor empezó a cubrir todo su cuerpo. Con cada respiración, sentía como si inspirase calor estancado en vez de aire. Kurdran deslizó el cetro por una abertura de su pechera, cerca del brazo. Con la reliquia bien escondida, corrió por la sala hacia las puertas de Forjaz mientras sentía que las paredes de piedra de la ciudad se cerraban sobre él.

****

A las puertas de Forjaz, Kurdran inhaló profundamente el aire helado. El sudor que cubría su cuerpo se enfrió en la noche gélida y sintió un escalofrío.

A lo lejos, a través de una cortina de nieve, algunas siluetas iluminadas por la luz de las puertas abiertas de la ciudad descargaban cajones de un carro. Una de las siluetas miró a Kurdran. Después avanzó con dificultad por la nieve hacia él.

Era Muradin.

—Te he estado buscando, muchacho —dijo el Barbabronce mientras se quitaba la nieve de los hombros cubiertos de placas—. No sé cómo decirte cuánto siento lo de Cielo’ree. Ha muerto como vivió, sin miedo. Luchando por lo que era más importante para ella… los suyos. Su futuro.

—Su futuro ha muerto con ella —respondió Kurdran. Dejó escapar un largo suspiro y el aliento se convirtió en una nube blanca por el frío—.

Muradin guardó silencio durante unos instantes.

—Sí… pero yo preferiría morir por mi gente en una pelea que sé que puedo ganar que no luchar en absoluto. Supongo que sabes bien de lo que hablo, ¿no es cierto?

Kurdran entrecerró los ojos ante la afrenta, pero se sentía débil después del encuentro con Moira.

—He luchado por mi pueblo desde el día que puse un pie en Forjaz.

—No confundas cabezonería con valor. No es lo mismo —replicó Muradin—.

—No lo entiendes. Eres igual que Moira.

Muradin suspiró y agachó la cabeza.

—Cuando te uniste al consejo, pensé: «He aquí un enano que puede poner fin a todas estas disputas». Pero lo único que has hecho es empeorar las cosas.

—Sí, porque he tenido que enfrentarme a todo solo. Tú me recibiste con los brazos abiertos, pero en cuanto adopté una posición firme sobre algo en lo que creía, me diste la espalda.

—¿Cuántas veces te he dicho que no merecía la pena pelearse por ese asunto del martillo? Decidí ahorrar energías cuando me quedó claro que no estabas dispuesto a atender a razones —replicó Muradin—.

Kurdran tuvo que admitir, a favor del Barbabronce, que recordaba todas las veces que Muradin se había acercado a él en privado para intentar convencerlo de que renunciara al cetro de los Martillo Salvaje. Pero cada una de las conversaciones le había parecido a Kurdran más un ataque personal que un consejo.

—¿Es que no lo ves, muchacho? —continuó Muradin—. Ese viejo hierrucho es un cepo que te tiene preso. A ti y a toda la ciudad. Cuando más discutimos sobre él, más nos oprime.

—¿Y qué ocurriría si no quiero seguir adelante con la forja de mañana? —le espetó Kurdran. Mientras las palabras salían de su boca, sintió que el cetro que llevaba escondido bajo la armadura se le clavaba en las costillas—.

Muradin frunció el ceño. Miró a Kurdran lleno de desdén.

—Magni disfrutaba de tus aventuras en Terrallende, de cómo luchabas con Cielo’ree. Me alegro de que no esté aquí para ver lo necio que eres en realidad.

Kurdran había sopesado la idea de hablarle a Muradin sobre su encuentro con Moira. Pero ahora se preguntaba si Muradin estaría compinchado con la hija de Magni. Sin embargo, Muradin poseía una franqueza que acallaba todos sus temores. En cierto sentido, eso hacía que las palabras del Barbabronce le dolieran aún más.

—¡En Terrallende, el cetro mantuvo vivo el corazón de mi clan! —gritó Kurdran—.

—¡El corazón de tu clan está en ti! —La voz de Muradin se alzó también para equipararse a la de Kurdran—. Estaba en Cielo’ree. Y está en todos los Martillo Salvaje que hay en la ciudad, sufriendo cada vez que te empeñas en seguir discutiendo. Intento que esta ciudad avance, no quiero que se hunda con esas tonterías sobre hierro antiguo.

—¿Que avance? —se burló Kurdran—. El martillo no era la mejor manera de avanzar cuando pensábamos que era real, y estoy seguro de que no lo es ahora que sabemos que es una mentira.

Muradin inspiró profundamente y apoyó una mano en el hombro de Kurdran.

—Déjalo estar, muchacho. Sin sacrificio no se consigue nada bueno. Tú lo sabes mejor que todos nosotros.

Kurdran se quitó el brazo del Barbabronce de encima.

—¿Por eso me estabas buscando? ¿Para darme lecciones sobre cómo tengo que gobernar a mi clan?

El rostro de Muradin se contorsionó de ira. Volvió la vista hacia las misteriosas siluetas que trabajaban en medio de la noche. Los otros enanos seguían descargando cajones, ajenos a Muradin y a Kurdran. Cuando el Barbabronce volvió a concentrarse en Kurdran, le cruzó la cara de un bofetón y el Martillo Salvaje retrocedió.

—No, muchacho. Solo quería ver con mis propios ojos dónde está la línea que separa la realidad de la ficción.

Cuando Kurdran se recuperó del impacto, Muradin ya había echado a andar hacia el carro. El Martillo Salvaje se quedó en las puertas, mirando fijamente la oscuridad de la noche.

El cetro de los Martillo Salvaje le resultaba extrañamente pesado. Muchos de sus recuerdos de Terrallende estaban vinculados a él. Pero antes de eso, no se había sentido especialmente unido a la reliquia. De hecho, recordaba que casi se la había dejado olvidada cuando partió hacia el mundo natal de los orcos. El cetro había estado colgado en una pared, cubierto por una capa de polvo, cuando, por capricho, había decidido meterlo en su equipaje.

De pronto, se sintió estúpido por haberse llevado el cetro d El Trono. ¿Qué iba a hacer con él? ¿Abandonar la ciudad y renegar de sus deberes como miembro del consejo, manchando no solo su honor sino también el de Falstad y el del resto de su clan?

Kurdran sopesó la pregunta mientras cruzaba las puertas y regresaba al calor de Forjaz. Caminaba sin rumbo por el anillo exterior de la ciudad cuando alguien lo llamó.

Era Eli, que corría hacia él cargado con un puñado de pieles.

—No estoy de humor —murmuró Kurdran—.

—Sí, sí. Ya sé cómo te sientes. ¡Pero seguro que quieres ver esto, muchacho! —dijo Eli, que casi se cayó al suelo—.

El cuidador de grifos dejó las pieles y se arrodilló al lado. Kurdran lo imitó y observó muy intrigado mientras Eli desliaba el paquete.

—Es de ella —afirmó Eli. Una sonrisa bordeada por su poblada barba se dibujó de oreja a oreja.

Kurdran se inclinó aún más, incrédulo. Dentro, bien arrullado por las pieles, había un huevo manchado de hollín—.

—¿Pero cómo…? —A Kurdran no le salían las palabras—.

—Lo llevaba uno de los grifos. Ha estado escondiéndose en una percha en La Gran Fundición. Probablemente haya cogido el huevo durante el incendio. Ninguno de los otros se ha ocupado de los huevos —explicó Eli—. Te he estado buscando desde entonces.

Kurdran recordó entonces que, entre el caos del incendio, las cenizas, las plumas y los terribles gritos, un grifo que había acompañado a Cielo’ree había alzado el vuelo con las patas delanteras pegadas con fuerza contra el pecho. Kurdran levantó la cabeza y vio que a Eli se le humedecían los ojos. El cuidador de grifos se los secó rápidamente.

—No se lo digas a nadie. Si los muchachos se enteran de que he estado llorando, nunca me dejarán en paz.

—No sería la primera vez que te pones llorón. —Una carcajada atronó desde el interior de Kurdran mientras las palabras salían de su boca. Sin embargo, la alegría estaba teñida de ira y miró de nuevo el huevo. Los acontecimientos habían dado un giro milagroso, pero si tuviera la oportunidad, cambiaría el huevo por Cielo’ree sin pensarlo dos veces—.

—No es Cielo’ree… —dijo Kurdran—.

—Ay, un pensamiento como ese te envenenará la mente, muchacho. Olvídalo o, de lo contrario, pasarás toda la vida esperando algo que no llegará nunca. —Eli agarró el antebrazo de Kurdran—. Este nunca será Cielo’ree —continuó Eli más serio de lo que Kurdran le había visto nunca—. Pero lleva su sangre. Es su regalo para ti. Y puedo prometerte que un día se convertirá en un grifo tan hermoso como su madre.

—Sí…—, dijo Kurdran y sintió que se le formaba un nudo en la garganta.

Lleno de dudas, apoyó la palma de la mano en el huevo. Estaba caliente, pero era una sensación complemente diferente al sofocante calor de Forjaz. La calidez recorrió las venas de Kurdran y le hizo sentir como si estuviera bajo los azules cielos de las Tierras del Interior, bañado por la luz del sol. En aquel instante lo vio todo claro. Sabía lo que tenía que hacer, sin importar las consecuencias, para honrar al rey Magni y cumplir con sus deberes como miembro del Consejo de los Tres Martillos.

****

Cuando Kurdran llegó, La Gran Fundición estaba abarrotada de enanos que se apelotonaban hombro con hombro. Casi toda la ciudad había acudido a la forja del martillo de Modimus. Incluso estaban presentes unos pocos gnomos, draenei y otros miembros de la Alianza, aunque se mantenían alejados de los enanos que se arremolinaban alrededor del monstruoso Gran Yunque en el corazón de la fundición.

Una hilera de guardias de Forjaz acordonaba el área que rodeaba el yunque, y solo Moira, Muradin y el herrero Hierro Negro estaban dentro. Muchos de los enanos allí presentes iban armados, tensos por la ira acumulada. Los Martillo Salvaje se habían reunido cerca de la entrada a El Trono, lejos de su lugar habitual, en el nidal de grifos. Tras el incendio, se habían llevado a sus compañeros alados fuera de la ciudad. Ahora, el nidal, una vez limpio y arreglado con paja nueva, acomodaba tan solo a los grifos de Forjaz.

Kurdran se abrió camino por la fundición abarrotada. Un clamor gigantesco se alzó de la masa que lo rodeaba y, entre el rugido indescifrable, Kurdran captó la palabra —ladrón— proferida una y otra vez. A medida que se acercaba al centro de la estancia, vio a Moira de pie detrás de sus guardias, dirigiéndose al público.

—Tenemos nuestras sospechas sobre quién robó el mango del martillo de Modimus —dijo Moira—. Se llevará a cabo una investigación. Sin embargo, no permitiremos que esos ladrones desbaraten nuestros planes. Comenzaremos con la forja tal y como… —Moira dejó la frase inacabada cuando vio a Kurdran atravesar la línea de guardias que rodeaba el Gran Yunque—.

—Kurdran —dijo Moira con indiferencia, como si el encuentro de la noche anterior no hubiera tenido lugar—. Hay un ladrón entre nosotros.

La heredera de Forjaz señaló el Gran Yunque, donde descansaban el cabezal del martillo de los Barbabronce y la gema de los Hierro Negro, a la vista de todos.

—¿Tienes alguna información que pueda arrojar algo de luz en este asunto? —preguntó en voz alta para que la oyeran todos los espectadores—.

Bajo la máscara de cortesía, Kurdran podía percibir que Moira estaba saboreando cada instante de lo que probablemente creía que era su momento de dominación total sobre el representante de los Martillo Salvaje.

—Sí, la tengo —respondió Kurdran mientras miraba brevemente a Muradin. El Barbabronce observó a Kurdran indignado, pero no dijo nada—.

Kurdran caminó hasta el borde del Gran Yunque. Sacó la reliquia de los Martillo Salvaje de su armadura y alzó el cetro en el aire, hacia los enanos allí presentes.

—¡Forjaz! ——rugió—. He sido yo quien se ha llevado la pieza del martillo.

Los gritos se alzaron entre la multitud y los enanos empezaron a empujar contra el anillo de guardias del Gran Yunque. Otros se acercaron hacia los Martillo Salvaje de la entrada de El Trono.

Muradin se acercó más al yunque y agarró el brazo libre de Kurdran.

—¡Kurdran! —El Barbabronce bullía de ira—. ¡Vas a provocar un motín!

—Dijiste que yo podía ser el que pusiera fin a las disputas en esta ciudad. Y eso es lo que pretendo hacer.

—¿Cómo? —preguntó Muradin—.

—Rompiendo la cadena, muchacho.

Muradin frunció el ceño confuso. Pero, poco a poco, Kurdran tuvo la impresión de que el Barbabronce empezaba a darse cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir. Muradin caminó hacia la multitud y rugió:

—¡Dejad que hable!

Cuando el clamor se apagó, Kurdran continuó.

—Durante mucho años estuve atrapado en Terrallende, sin saber a ciencia cierta si alguna vez podría regresar a casa. Durante todo ese tiempo, este pedazo de hierro nos dio esperanzas a mis muchachos y a mí. ¡Nos recordó quiénes éramos y por qué estábamos luchando!

Kurdran miró la reliquia. La noche anterior, arrodillado al lado del huevo de Cielo’ree, por fin se había dado cuenta de lo que era el cetro: un viejo pedazo de hierro. Metal templado que había enfrentado a los enanos, y había instigado el miedo y el odio en el corazón del propio Kurdran. Nada lo había diferenciado de la airada y descerebrada masa que se enfrentaba a él en aquel instante. Un enano asustado de lo desconocido, negándose a avanzar si ello significaba renunciar a algo conocido. Pero era lo que había hecho en Terrallende. Había renunciado a su título de gran señor feudal a favor de Falstad. Había entregado los mejores años de su vida a Pico Nidal para asegurar un futuro mejor para los suyos. En comparación, el cetro era algo demasiado trivial.

—Pero esto no es Terrallende —continuó Kurdran—, y esta no es la Forjaz de nuestros ancestros. De modo que, ¿por qué estamos intentando forjar este martillo para que lo sea? Esta es una nueva Forjaz. ¡Nunca será como la del pasado y forjar el martillo de Modimus no cambiará absolutamente nada! —Kurdran golpeó el yunque con la reliquia de los Martillo Salvaje—. ¡Mi clan y yo no queremos ver cómo esta nueva era comienza encadenándonos a un martillo!

Los movimientos de la multitud empezaron a ser erráticos. En las sombras de La Gran Fundición, los enanos parecían un único organismo, expandiéndose y contrayéndose, a punto de reventar por las costuras.

—¡Se va a llevar la pieza!

—¡Los Martillos Salvaje descubren sus verdaderas intenciones!

Sin decir una palabra más, Kurdran sacó su martillo de tormenta. Con un solo movimiento veloz, alzó el arma y la dejó caer sobre el cetro en medio de un relámpago. El trueno que surgió hizo que le pitaran los oídos a pesar de llevar muchas décadas utilizando el arma. La reliquia explotó en una lluvia de astillas de hierro.

La multitud se quedó helada, perpleja. La confusión asomó en los tensos rostros de los enanos.

—La nueva Forjaz empieza aquí. Preguntaos a vosotros mismos: ¿queréis comenzar reforjando este martillo que un día podría volver a romperse? Los Martillo Salvaje hemos decidido dar un paso adelante, no atrás. ¿Quién está con nosotros?

Cuando Kurdran se volvió y ofreció su martillo de tormenta a los demás miembros del consejo, se sorprendió al ver que Muradin ya iba de camino al yunque.

—¡Los Barbabronce! —gritó Muradin, y agarró el martillo de tormenta con una mano—.

Al unísono, Muradin y Kurdran miraron a Moira, al igual que todos los que se habían reunido en la Gran Fundición. Ella estaba sola.

La heredera de Forjaz miró alrededor como si estuviera buscando una salida. El silencio se hacía interminable, pero finalmente se acercó al yunque dando unos pasos extraños, como si su cuerpo y su mente estuvieran luchando el uno contra el otro. Con los ojos fijos en Kurdran, puso la mano sobre la de Muradin en el mango del martillo de tormenta.

Con la mano libre, Kurdran colocó el cabezal del martillo de los Barbabronce y la gema de los Hierro Negro en el centro del enorme yunque. Como si fueran una misma persona, los miembros del consejo dejaron caer el arma de Kurdran. Sonaron más truenos y los artefactos restantes se hicieron añicos. Y con ellos, murió la mentira.

Después, los tres enanos permanecieron en el yunque, inmóviles, con una mano en el martillo de tormenta, manteniéndolo en alto. La multitud aplaudió y pronto empezaron a vitorear. En todo momento, Moira miró a Kurdran como si estuviera esperando que él le dijera algo. Kurdran no dijo nada.

****

A la semana siguiente, la tensión entre los clanes se había convertido en una brasa que ardía lentamente: seguía presente, pero la amenaza de la violencia parecía distante. Kurdran se estaba bebiendo su segunda pinta de cerveza en la taberna Roca de Fuego, sentado en una mesa, solo, en un rincón del establecimiento. Sin embargo, su soledad no nacía de la ira o la culpa. Estaba esperando a alguien con nerviosa ilusión.

—Si al final no viene —pensó Kurdran—, ¿quién podría culparle?

Como respuesta a su pregunta silenciosa, Falstad Martillo Salvaje entró en la taberna, con el pelo rojo recogido en una coleta como lo llevaba Kurdran. Se detuvo en el umbral mientras sus ojos buscaban en la penumbra de la estancia hasta que encontró a Kurdran. Sin sonreír ni hacer gesto alguno, Falstad se acercó a la mesa de Kurdran y tomó asiento.

—Me alegro de verte, muchacho —dijo Kurdran—.

—Lo mismo digo —respondió Falstad sin mucho entusiasmo—.

Pasó un instante de silencio incómodo. Kurdran había hecho venir a Falstad a Forjaz al poco de haber destruido el cetro de los Martillo Salvaje, sin tener ni idea de cómo reaccionaría su amigo a la llamada. Ahora que Falstad estaba en la ciudad, Kurdran se sentía aliviado e inseguro.

—No es necesario que hagas esto. Tienes más derecho que yo a estar en ese consejo —añadió Falstad—.

—No —replicó Kurdran—. Has sido el gran señor feudal de los Martillo Salvaje durante veinte años. Lo único que ha cambiado eso ha sido un enano cabezota que pensó que podía hacer el trabajo mejor que tú…

—He hablado con Eli hace un momento. Al parecer ya has dejado tu marca en Forjaz.

—Lo único que he hecho ha sido arreglar un lío que había formado yo mismo. Un lío que no habría tenido lugar si tú hubieras estado aquí.

Falstad miró con dureza a Kurdran, frunciendo la boca. Kurdran se preparó, ya que esperaba que su amigo le reprendiera por su arrogancia e, incluso se regodeara del malestar que había causado en Forjaz.

—Aunque no lo hagas por mí —dijo Kurdran de forma repentina—, ocupa tu lugar en el consejo por el bien de nuestro clan.

Falstad se reclinó en la silla con los brazos cruzados. Sus ojos miraron a Kurdran en todo momento.

—Así que esperas que te perdone y me una al consejo… ¿cuando ni siquiera hay una pinta bien fría esperándome en la mesa? —preguntó Falstad mientras gran una sonrisa cruzaba su rostro—.

Kurdran soltó una sonora carcajada y sintió que se quitaba un gran peso de encima. En ese instante, reconoció la inmensa sabiduría y capacidad de perdón que poseía Falstad. Eran rasgos que llevarían a los Martillo Salvaje a hacer grandes cosas, incluso a pesar de la incertidumbre que reinaba sobre la formación del consejo.

Después de que Kurdran hubiera pedido una pinta para Falstad, los dos enanos alzaron sus jarras.

—Por el consejo —dijo Falstad—.

—Por el gran señor feudal de los Martillo Salvaje —añadió Kurdran—.

—Por Cielo’ree. —Falstad se llevó la jarra a los labios antes de que Kurdran pudiera añadir otro brindis. No cabía duda de que Eli había informado a Falstad de la muerte de Cielo’ree. Kurdran apreció la brevedad del homenaje porque sabía, como Falstad y otros jinetes de grifos, que las condolencias prolongadas no podían atenuar el dolor provocado por la muerte de una amiga como Cielo’ree—.

Falstad dejó la jarra sobre la mesa con un golpe hueco y preguntó:

—Entonces, ¿qué harás ahora?

—Quizá viaje a Ventormenta. He tenido buenas experiencias con los humanos en el pasado y tengo ganas de conocer a ese tal rey Varian. Y… he oído que levantaron una estatua en mi honor tras darme por muerto en Terrallende, justo en la entrada de la ciudad. —Kurdran sonrió—.

—Sí… Yo escribí la placa. Me resultó muy difícil encontrar algo bueno que decir sobre ti —replicó Falstad con una risita—.

A medida que avanzó la noche, otros enanos se unieron a Kurdran y a Falstad en su mesa. Charlaron sobre los grandes cambios políticos que estaban ocurriendo en todos los reinos de Azeroth, y de los desastres naturales que habían dado nueva forma al mundo tras el cataclismo. Entre los temas que más interesaban a Kurdran estaba el de los enanos Martillo Salvaje que vivían desperdigados por las Tierras Altas Crepusculares. Valoraban mucho su independencia y se habían mantenido ajenos al gobierno de Pico Nidal. Sin embargo, hace poco, habían llegado noticias de que algo oscuro había echado raíces entre las verdes colinas de las tierras del norte.

Cuando los enanos abordaron otros temas, Kurdran dejó volar su mente. Una semana atrás habría estado preocupado pensando que, al renunciar a su puesto en el consejo, había perdido poder ante los ojos de su clan. Ahora, eso no tenía gran importancia. Había algo en el sacrificio, algo en el hecho de conseguir que su voluntad ignorara los deseos personales por el bien de su pueblo que hacía que Kurdran ardiera en su interior. Era la misma sensación que lo había llevado a Terrallende y le había permitido romper el cetro de los Martillo Salvaje. Su destino no estaba en Forjaz, ni tampoco sentado dejando pasar el tiempo en Pico Nidal. Estaba aquí y allá: en una vida guiada por los vientos. En esa incertidumbre residía la fuerza para plantar cara a cualquier desafío, para mantenerse firme ante las insalvables probabilidades y luchar por el más mínimo atisbo de esperanza. Aquel era el deseo de un Martillo Salvaje.

Por primera vez desde que había llegado a la ciudad; de hecho, desde que había llegado de Terrallende; se sintió libre, como si estuviera volando entre las nubes con Cielo’ree. En su imaginación, era lo que hacía. Kurdran estaba con el espíritu del grifo, surcando la extensión azul sin nubes que parecía infinita. Más adelante, le aguardaba algo indescifrable, titilando como un espejismo. En su corazón, sabía que era la paz para Pico Nidal y todos los Martillo Salvaje. Resultaba imposible predecir si tardaría en llegar un día, una semana o diez años, y era ridículo preocuparse. Resuelto y lleno de determinación, dio a Cielo’ree una firme palmadita en el cuello y dejó que los vientos los guiaran hacia el horizonte.

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