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Becka

Noche sin luna

Mensajes Recomendados

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ÍNDICE

01.-Introducción

02.-Juegos

03.-Canciones

04.-Loreen

05.-Más oscuro

06.-Traición

07.-Tablero

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INTRODUCCIÓN

Un mar de niebla, la luna luchando por extender su luz a través de los árboles y el graznido de un cuervo sobre su cabeza. Escenario de pesadilla, digno de los más lúgubres y atemorizantes relatos que buscan alejar a los incautos de caminos donde los peligros se asientan con facilidad.

Había caminado durante varias horas, ni siquiera sabría señalar cuántas. Quizá dos, quizá más, e incluso puede que los minutos deambulando a solas por aquellos parajes se hubiesen extendido más allá de la contemplación consciente de una mente despierta. Los sonidos a su alrededor eran murmullos. En un estado más alerta habría tenido en cuenta lo que siempre le habían enseñado, y era que en Ocaso no se deben ignorar los avisos del entorno si quieres regresar a casa, al menos de una pieza. Ella lo sabía, y, aún así,el eco de su propio y pesado silencio no dejaban espacio para nada más.

Todo su plan estaba llegando al punto más delicado. La maquinaria ahora era imparable. Y es ahí, en ese instante, al ser consciente de ello, donde se había empezado a sentir más vulnerable. No poseía un brazo fuerte ni un poder destacable. Su única arma eran la red de mentiras e ilusiones que había tejido con tanto esmero, una red en la que incluso ella misma sentía deseos de caer de vez en cuando.

Cada detalle, cada palabra y cada gesto, habían estado medidos desde el inicio. Todo tenía un porqué, nada se había dejado al azar, y todos aquellos problemas que habían surgido durante el camino habían sido resueltos de forma satisfactoria, en mayor o menor medida.

Entonces, ¿por qué?

La inquietud había empezado a invadirla. Por norma general, nada ni nadie la había visto realmente en aquel estado de incertidumbre. Todas sus emociones siempre iban aderezadas con algo de teatralidad y estudiado énfasis para hacer que otros crean que es verdad lo que quieren creer al mirarla. Y, si bien era cierto que aún podía sentir retazos de aquellas sensaciones que otros asociarían a la humanidad más común, la verdad es que sus actuaciones eran tan buenas que podía pasar como una mujer fuerte, altruista, educada y respetable. Francamente, había veces que ni ella misma podía distinguir dónde acababa la mentira y dónde empezaba a dejar ver retazos de su verdadera naturaleza.

Entonces, ¿por qué? Volvía a repetirse mientras caminaba.

Casi sin quererlo había llegado a aquel lugar. Para muchos no habría sido más que un fragmento más del bosque moribundo, pero quizá ojos más acostumbrados a mirar más allá de lo que se ve a simple vista hubieran notado que estaba lejos de serlo.

El roble, anciano y de aspecto robusto, se alzaba majestuoso hacia la bóveda celeste. Sus ramas parecían querer alcanzar el cielo a la vez que se extendían para formar un techo natural que privase de tan delicada visión a los mortales. Antaño quizá esa contemplación habría sido hermosa. Antaño, quizá la gente se habría maravillado con el tamaño y la eminente paz de aquel árbol, aquella que solo desprenden aquellas criaturas que han visto y oído mucho. Pero no era el caso, al menos no desde hacía bastante tiempo, pues las sensaciones que provocaba ahora distaban mucho de ser aquello que su corteza y sus ramas parecían añorar. Estaba seco y ensombrecido, su ramaje era retorcido y parecía clamar a gritos por el fin de su existencia.

Ella conocía aquel árbol demasiado bien, más de lo que le gustaría. Miró a su alrededor, sorprendida de verse a sí misma allí. Miró en dirección al camino que había tomado para llegar. Miró el sendero lleno de hojas y tierra alisada, provocadas por su vestido al arrastrar por el suelo a su paso. Miró a todas partes antes de verse casi obligada a tener que volver a ver ese árbol. No se acercó. Bordeó el tronco, alejada de sus raíces salientes, como quien evita acercarse a una bestia salvaje temiendo su reacción. Había algo en aquel lugar, no era difícil notarlo. Era un aura pesada y somnolienta que se extendía a su alrededor, perezosa y espesa, muy concentrada y fría, sobretodo fría, tanto que podía arrebatarte el calor del cuerpo sin que te dieras cuenta.

Se quedó quieta, con la espalda recta, el porte digno de una dama bien instruida. Alzó la vista desde la base del tronco hasta llegar a sus retorcidas ramas para después volver a fijarla en el suelo, concretamente, en un punto entre las raíces. No se dio cuenta, pero durante unos escasos segundos su cuerpo se olvidó de respirar. Tras eso, dio una profunda bocanada de aire y la soltó lentamente, sin desviar la mirada, ahora empañada por el vaho que producía su aliento al chocar con la temperatura instalada en el entorno.

Habían pasado diez años desde aquel día y aún hoy, tras todo ese estoicismo estudiado, era capaz de arrancarle un escalofrío y hacer temblar todos sus huesos. Para quien la conociese bien se diría que era una reacción normal y humana, comprensible. Pero nadie la conocía bien. Directamente se podría decir que nadie la conocía, a secas. De haber sido así, esa persona habría visto que el miedo no era fingido, ensalzado ni teatral. Pero allí no había nadie que pudiera observarla, al menos no en el plano que ella ocupaba en ese momento.

El silencio y el miedo fueron dos pesadas losas que la aislaron de las tan temidas señales del bosque, hasta tal punto, que no escuchó los susurros hasta que se hicieron claros. Al principio pensó que su mente rememoraba tiempos pasados. Recuerdos que parecían rodearla dentro de ese pequeño rincón apartado de todo y de todos. Pronto empezó a darse cuenta de que las voces no estaban en su cabeza, si no a su alrededor.

“¿Lo has visto? Tú no debes verlo ¿Dónde está tu sombra ahora? Madre no me deja venir a jugar aquí ¿Por qué estás aquí? No puedes verlo comer. No lo saben. Madre lo sabe... “

Frases suspendidas en el aire, rodeando aquel mortecino árbol, provenientes de todas partes y de ninguna. Conocía esas voces. Se repetían, superpuestas, en un caos que terminó siendo difícil de entender hasta que una voz y una frase silenciaron a todas las demás, firme y clara a su espalda, en un susurro confidente.

“Sal del bosque”

Dio un respingo y se quedó quieta, no se giró ni quería girarse. No hacía falta. Un mar de emociones contradictorias vinieron a ella. Confusión, miedo, ira, tristeza… alegría, calor, añoranza.

  • Erin…

A pesar de pronunciar ese nombre en voz alta no recibió respuesta, al menos palabras. Todo lo que había llenado el silencio era el sonido de una respiración dificultosa, áspera y mecánica.

No se giró.

Parpadeó un par de veces, notando la quemazón en sus ojos y aliviándola con un par de lágrimas que resbalaron por sus mejillas. Entreabrió los labios pero no dijo nada. Sabía que ella estaba allí y a la vez no. Ella ya no estaba, ni allí ni en ningún otro lugar. Se había ido, había muerto, y para ella, morir era dejar de existir. Pero era ella… Antes de que consiguiera articular palabra, ella habló.

  • No debes… verlo…

Su voz no era el eco infantil que había escuchado unos segundos atrás. Era costosa y estaba entrecortada, mezclada con aquella incesante respiración mecánica. No hizo falta el sonido para alertarla esta vez. Sabía que se estaba acercando.

No se giró.

Nerviosa empezó a inspeccionar los ángulos que su visión le revelaba, aún con los ojos vidriosos por aquel miedo incontrolable.

  • No lo saben…

Su respiración se aceleraba a la vez que un nudo en la garganta le impedía tragar. Notaba el frío, más afilado que el que reinaba en la zona. La atravesaba. Era un frío húmedo que se calaba hasta sus huesos.

  • No debes…

Hubo unos segundos de silencio que parecieron eternos. Una pausa tortuosa en la que la joven dama se quedó sin respiración, a la espera de la conclusión de esa frase.

  • No debes verle comer…

Un grito se ahogó en su garganta cuando una mano blanca y congelada se posó sobre sus ojos. Todo se oscureció a su alrededor. Sintió sus piernas doblarse y cómo su espalda se golpeaba contra el suelo. Ahí, entre el frío, la niebla y el miedo, durmió.

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JUEGOS

La imagen, a simple vista, era agradable, fresca, o al menos lo parecía, si se tenía en cuenta menos el escenario y más las figuras que se movían en él. Incluso la suave brisa compartía aquella sensación. Cuando correteas entre árboles y matorrales la brisa en el rostro es siempre un presente agradecido si no cometes el error de parar a dejarte enfriar por ella. Por lo general los niños pasan por alto esas nimiedades cuando se trata de jugar. A menor edad, más despreocupación, y más vitalidad cedida al ambiente.

Rebecca zarandeaba un pañuelo de color azul oscuro en el aire, mientras reía y se paseaba entre las cerosas y ovaladas hojas de las garryas y las cinerarias. Unos metros más atrás, sin llegar a perderla de vista, estaba su hermana Erin. Las dos llevaban vestidos a juego, poco llamativos, en diferentes tonalidades de gris, pero elegantes y de buena calidad.

Todo aquel que las veía pasar guardaba diferentes opiniones sobre ellas, unas más adustas que otras. Algunos sentían algo de ternura al ver a dos criaturas tan llenas de vida. Otros, por el contrario, consideraban que eran el perfecto ejemplo de la burbuja en la que se desenvuelven los hijos de los nobles, tan acostumbrados al lujo y los caprichos que su visión y su comportamiento distan mucho de ser cercanos a la realidad. Los había que hasta llegaban al punto de molestarse por las risas, ya que, en un lugar como aquel, tan lleno de dolor, de muerte y de sangre, el escuchar aquellas cantarinas voces resaltando sobre el silencio perpetuo de la villa resultaba frívolo e insultante.

Aunque se podría decir que algunas de las opiniones daban una petulante muestra de los prejuicios sobre la nobleza, lo cierto es que no iban del todo desencaminadas. Las dos hijas de la familia, hermanas que solo se llevaban un año o dos, habían nacido en la villa. Pero sus padres no, o sería más justo decir los que se creía que eran sus padres. Desde su llegaba hacía casi diez años, apenas si se habían relacionado con los lugareños, y esa práctica o costumbre habían procurado inculcarla en las niñas.

Por lo general, las niñas siempre salían acompañadas por el silencioso mayordomo de la casa, pero aquel día estaban solas, debían haberle perdido algunos metros atrás, como parte del juego.

La más joven, Rebecca, avanzaba sin consideración por terrenos muy alejados de los caminos. Todo eran risas y alegría para ella mientras escuchaba las de su hermana, como una segunda voz de esa maravillosa canción que solo ellas conocían. No pasó mucho rato hasta que esa segunda voz empezó a cambiar, convirtiéndose en una advertencia. Pero Rebecca seguía avanzando, eran muy pocas las veces que les dejaban salir de la casa, y aún menos las que tenían para moverse sin vigilancia por los alrededores. Erin no tardó en alcanzarla y sujetarla por el codo para tirar de ella.

  • No, por aquí no. -repuso Erin, jadeando y dejando que un mechón de su pelo se pegara a su frente, cubierta de sudor.
  • ¿Por qué no? -preguntó Rebecca, arrugando la nariz, visiblemente molesta.

Erin elevó la vista al cielo, completamente despejado y oscuro. De no haber sido por las copas de los árboles ambas se habrían encontrado bajo un manto uniforme salpicado de luces brillantes.

  • No hay luna…

Imitando el gesto de su hermana, la más pequeña elevó la vista y, con solo aquella frase, pronunciada tan suave como el susurro del viento, lo sabía. Pero la juventud a menudo conlleva insensatez y curiosidad, una curiosidad demasiado imperiosa como para ser detenida por la razón de una criatura con tan pocos años de vida. Rebecca se soltó de su hermana con un tirón y retrocedió algunos pasos, mirándola.

  • ¿Por qué no podemos salir en noches así? -insistió la joven- ¿Por qué no podemos ir más allá de los faroles?

Puede que Erin solo fuese un par de años mayor que ella, pero sabía cosas, y aún más, las entendía. Saber cosas no sirve de nada si no las entiendes. Es como mirar una hoja de papel escrita y no saber leer lo que dice. Sabes que la hoja está ahí, puedes tocarla, ves las letras, pero no puedes leerla, no puede revelarte aquello que intenta decirte. Rebecca era joven, ella podía ver la hoja, pero no había aprendido a leerla.

  • No debes saberlo, Becka. Todavía no. Madre dice que aún eres muy pequeña para saber esas cosas. -suavizó su expresión- Ya te han dicho que es peligroso y que no debemos acercarnos. Ven, vamos a buscar a Sebastian antes de que nos castiguen a las dos.

Pero Rebecca no se movió al notar que su hermana se la llevaba de la mano. Estaba ausente, distraída. Se había quedado clavada mirando alrededor, como si buscase algo.

  • ¿Becka?
  • ¿No lo escuchas? -habló tras unos segundos.
  • ¿Escuchar qué? -respondió Erin sin saber a qué se estaba refiriendo.

La pequeña niña de cabello negro azabache se acercó a su hermana y le tapó la boca, sin hablar. Al cabo de un rato, cuando lo único que se distinguía eran sus lentas y armónicas respiraciones, ambas lo oyeron. Era débil, un sonido aún lejano o quizá amortiguado. Un sonido tan apagado que ni siquiera se distinguía su procedencia ni quién o qué lo producía. En teoría estaban solas. Aquella porción del bosque estaba dentro del terreno propiedad de la familia. La guardia personal de la casa se encargaba de hacer algunas rondas de vigilancia alrededor del terreno, pero eso no era garantía como para asegurar que no hubiese animales salvajes rondando por la zona.

Se quedaron quietas, mirándose la una a la otra, esperando. Aquel sonido volvió a repetirse, igual de lejos, igual de ahogado, igual de irreconocible. Esperaron. Esperaron porque en realidad no sabían qué otra cosa hacer. Lo escucharon una vez más, no sonaba más cerca. Erin cogió a su hermana de la mano, dispuesta a llevársela de allí a toda prisa, lo más rápido que sus delicadas piernas les permitieran, incluso puede que más. Pero entonces volvieron a escucharlo. No se había movido pero era más claro. Reconocieron la voz al instante a pesar de estar tan apagada.

“Ayuda…”

Erin frunció el ceño y fue a apretar la mano con la que sujetaba a su hermana, pero no lo hizo con suficiente rapidez, y Rebecca corrió hacia aquella voz a toda prisa. La mayor se sobresaltó, y aquella imagen de control y calma que solía darle más edad de la que en verdad tenía, se rompió. Observó a su hermana con espanto, se quedó blanca. Ella sabía qué era lo que había en aquella dirección, lo entendía. Quiso llamarla pero no la habría escuchado. Tardó algunos segundos en reaccionar y el sudor de su frente se volvió frío. Cerró los ojos y corrió tras su hermana, sin llamarla y sin gritar, aunque era evidente que avanzar de forma tan alocada las delataba.

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CANCIONES
  • ¿¡Tío!? ¿¡Tío dónde estás!?

Rebecca rodeaba aquel roble con la absoluta certeza de estar en el lugar correcto del que provenía esa voz. Pero allí no había nadie, solo frío.

Erin había, por su parte, sido más precavida. Ella sabía dónde estaba, ella si lo entendía. No se acercó. Bordeó el anciano roble como si estuviese tanteando la paciencia de una bestia dormida. Tardó unos minutos en llamar a su hermana en voz baja y calmada, indicándole que dejase de gritar. Rebecca la ignoró y siguió llamando a su tío sin descanso, por mucho que se le helasen los pulmones al coger aliento.

  • ¡Esta aquí, Erin! ¡Tú lo has oído!
  • Rebecca… Tenemos que irnos de aquí…

La joven de cabellos dorados intentó tranquilizar a su hermana pequeña, pero cómo iba a hacerlo, aquella voz había sido tan nítida que no dejaba lugar a dudas ¿Cómo convencer a una niña de que algo que tú misma has oído no es real? Elevó la vista al techo que construían las ramas de los árboles y permaneció un rato callada, vigilando el ir y venir de su hermana en su infructuosa búsqueda. Tal y como pensaba, Rebecca se quedó quieta y dio la búsqueda por perdida. La vio cabizbaja de cara al árbol y se acercó por fin.

  • Rebecca… -suspiró- Becka, es inútil, déjalo. No hay nadie aquí. Vámonos por favor…

Avanzó hasta ella y la tomó de la muñeca, pero al hacerlo notó algo que le aceleró el pulso. La niña estaba temblando. Era leve, un temblor no perceptible a simple vista, como si un escalofrío constante la estuviese recorriendo. Tardó un instante en ponerse a su lado y, al ver la dirección de su mirada, la siguió. Tenía la vista fija entre las raíces salientes del árbol, en un punto en concreto, pero allí no había nada. Nada para aquel que no supiese qué mirar. Erin cogió aire y agarró la mano de su hermana en un gesto lento y cariñoso, como si fuese un animalillo y no quisiera asustarla. En ese momento, Rebecca levantó la mano contraria hacia el árbol, al punto exacto hacia donde estaba mirando. Alargó un dedo y señaló el espacio vacío.

  • Erin, ¿porqué hay una mano bajo el árbol?

Erin no pareció alterarse ante la pregunta, su rostro solo reflejaba la inquietud que no la había abandonado desde que se habían acercado a la zona. Sabía que esa visión no estaba reservada para ella y, que su hermana fuera capaz de verlo, no era buena señal. Se colocó detrás de Rebecca y le tapó los ojos con ambas manos. En mitad de aquel rincón helado del bosque, empezó a cantar.

Uno, dos, tres y cuatro,

Si eres rápido salta a un lado,

Canta, ríe, juega y llora,

¿Has olvidado mirar la hora?

 

Uno, dos, tres y cuatro,

Mira a la derecha si te has asustado,

Canta, ríe, juega y llora,

¿Dónde está tu sombra ahora?

 

Uno, dos, tres y cuatro,

Alza la mano y agarra un espejo,

Canta, ríe, juega y llora,

¿No es tu cara y refleja otra?

 

Uno, dos, tres y cuatro,

Cierra los ojos y evita mirarlo,

Calla, espera, corre y no vuelvas,

¿Sabes quién te sigue caminando?

Al terminar la canción, Rebecca levantó la cabeza y echó a correr, dejando a Erin atrás, quien no había intentado detenerla ni tampoco seguirla. Notaba el frío en sus pulmones, notaba las ramas enganchándose en su pequeño vestido y tirando de él, notaba los arañazos en su cara y sus manos al pasar entre la maleza, pero no se detenía. Por el rabillo del ojo veía varias figuras alargadas que desprendían tenues destellos de lo que parecían ser sus caras. No… no tenían cara, ninguna de esas figuras la tenía, pero no debía mirarlas.

Desesperada por lo que parecía ser un tramo de bosque interminable, y aterrada por la idea de haberse equivocado de camino, la niña cerró los ojos un momento a la vez que se echaba a llorar y continuó corriendo. Notó que algo la seguía y, entonces, durante un breve segundo, miró atrás. Solo fue un instante, ni siquiera llegó a verlo del todo, algo la seguía por el suelo. No tuvo tiempo de pararse a mirar. Se chocó contra alguien que la agarró al instante y la levantó del suelo, y entonces despertó.

-----

Cuando la dama abrió los ojos sintió que llevaba horas durmiendo. Tardó en reconocer los adornos de su habitación. La copa de vino a medio acabar sobre la mesita de noche, los libros amontonados sobre el tocador junto a las botellitas de perfume y esencias de varios colores. Recorrió el adorno floral que recorría parte de la pared y acababa desapareciendo tras una lámpara de aceite con el cristal ennegrecido por el uso. Finalmente reconoció el dosel de su cama, palpó las sábanas y se incorporó.

No recordaba cómo había llegado hasta allí y, al fijarse bien, recordaba aún menos cuándo se había cambiado de ropa, pues su vestido no estaba y en su lugar llevaba puesto su camisón de invierno. Había una manta extra sobre la cama. Alguien se había tomado la molestia de asegurarse que estuviera caliente aunque aún notaba la nariz helada.

Cerró un momento los ojos y trató de ordenar las ideas ¿Había sido todo un sueño? ¿de verdad había salido al bosque aquel día?

En un gesto por desperezarse estiró las manos y le extrañó notarlas tan doloridas. Las sentía agarrotadas como si llevase horas apretando los puños. Se retiró las mantas y se acercó a la ventana de su dormitorio. Desde allí podía ver el camino que llevaba a la villa y algunas de sus casas. Suspiró y apoyó la cabeza en el marco de la ventana. Cualquier otro se habría sobresaltado por lo que reflejaba el cristal, por aquella figura humana que se erguía tras ella, una que un segundo antes no estaba allí. Ni siquiera necesitó girarse para verla con nitidez, pues ya sabía qué era.

  • Hola, Eris…
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LOREEN

Lejos de la casa principal, lejos del bosque de sombríos cánticos y noches eternas, se encontraba ella. Medio sentada en la ventana, escrutando las calles como si buscase a alguien, pero sin fijarse en nada en realidad.

Su mente no estaba en los rostros que pasaban por la calle si no muy lejos de allí, al sur, donde los restos agónicos de su familia luchaban por sobrevivir a algo que no había tenido salida en más de cuatrocientos años. Nada iba a ser diferente esta vez, nadie iba a salvarse.

La promesa de salvación era algo a lo que ningún Lockless podía aspirar, pues siempre que se había establecido ese objetivo había fracasado. Ella misma había sido testigo. Fueron sus manos las que acabaron con el roble en Gilneas y, sin embargo, ahí estaba, renacido en Ocaso.

Fuerzas agotadas y esperanzas baldías, pero su sobrina no parecía tener intención de rendirse. Aquella a la que recordaba como una niña pequeña y sometida se había convertido en una mujer fuerte y decidida, y, lo más importante, no estaba sola. Su sobrina tenía muchas manos que la sostenían y que habían jurado no apartarse de ella ni siquiera en estos momentos. Era esa visión de fuerza la que la había animado a volver. Ahora había una posibilidad. Si la matriarca estaba dispuesta a luchar y a no ceder, entonces había esperanza, entonces nada estaba aún perdido.

Observó su habitación, una de tantas en las que había vivido a lo largo de su vida desde que abandonó su hogar. Detuvo la mirada sin vacilar en una prenda sobre su cama. Se acercó a tomarla, dándole la vuelta a la camisa que había llevado puesta el día anterior. Un brillo dorado apareció entre los pliegues y la mujer lo separó de la tela.

El broche de lirio.

Nadie podía imaginar que un objeto tan pequeño guardase tantos y pesados recuerdos. Como si esos mismos recuerdos le pesaran se dejó caer sobre la cama, sosteniendo el broche entre los dedos. Si cerraba los ojos aún podía verlo, y hacerlo era tan dulce como amargo, pero hay recuerdos que jamás deben ser olvidados, ni deben ni pueden...

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¿Cómo olvidar el que fue su primer y único amor? Aquel que le entregó todas sus sonrisas y todas sus caricias. La persona con la que quería pasar el resto de su vida, sin importar sangre, apellido o normas. Aquel que fue más allá de su deber, el que traspasó la función de observador de un guardián, el primero en dar el paso, el primer Grey en acercarse a ellas, al menos declarado abiertamente.

Stephan era joven y vivía enamorado de la idea del amor, igual que ella. Largos paseos y horas de conversación, miradas furtivas, caricias prohibidas.

Ninguno sabía qué tan profunda era esa unión, ni siquiera lo imaginaban, pero eso no importaba. Esos dos jóvenes eran la representación de un milagro, el fin de la maldición, la alteración forzada que haría que todo acabase.

Qué equivocados estaban.

Todas las palabras y los planes ya habían empezado a torcerse. No puedes alterar la maldición mientras esta sigue latente, pues la maldición es la diosa, y mientras ella siga viva, nada podrá escapar a su dominio.

Qué ilusos fueron al prometerse, qué ilusos al querer ocultarse y casarse en secreto el día de la boda de su hermana, y qué cruel fue la diosa al retorcer la verdad hasta hacer del final algo tan doloroso.

La misma imagen de ella sosteniendo el broche entre sus manos muchos años atrás, pero en un lugar diferente, en el camino que salía de Villa Oscura, ataviada con una larga capa de color verde oscuro que cubría un vestido negro, los colores de su casa.

Sin desmontar del caballo esperó durante unos interminables minutos. Cada segundo que pasaba la espera se hacía más insoportable. El reloj del Ayuntamiento hacía rato que había pasado de largo la hora acordada. Algo iba mal.

Decidió abandonar el camino y cabalgar de vuelta a casa atravesando algunos tramos de bosque para no cruzarse con la celebración del enlace. Los pensamientos más oscuros llegaban a ella y, fue ahí, cuando un pensamiento se hizo eco por encima de los demás.

El roble.

Dejó atrás la montura y se apresuró a adentrarse en el bosque que quedaba dentro del terreno de la familia. Corrió y corrió hasta llegar al lugar, cada vez más desesperada, rezando porque sus temores no fueran reales.

Al llegar no vio si no maleza desecha, tierra arrastrada y una niña.

La niña se encontraba arrodillada junto al roble. Miró un segundo a su tía y luego extendió la mano hacia la base del árbol, señalando algo que Loreen no podía ver.

La mujer no necesitó preguntar nada más. La mano invisible que señalaba su sobrina era la de Stephan. Loreen se dejó caer de rodillas en el sitio y cerró los ojos agotada. Luchó contra si misma y finalmente no pudo controlarse, gritando de rabia, de pena y de impotencia, pues la creencia de que el amor que existía era lo bastante fuerte como para escapar a ese destino se había esfumado, llevándose la vida de Stephan consigo.

Una mano enguantada tomó el hombro de Loreen con firmeza. Sebastian estaba allí. El mayordomo no solo había perdido un hijo, si no que había visto como el esfuerzo de toda una vida pendía de un hilo. Miró a Loreen y supo que ella era lo único que quedaba de Bellatrice, la última esperanza de la familia, quizá la alteración que marcaría la diferencia en la futura generación.

Ese día, Loreen se marchó de la casa principal para no volver, y lo hizo sola. Después de haber perdido a Stephan lo único que le quedaba de él era su recuerdo y aquel broche que le había regalado y que siempre llevaría encima.

Pero Loreen se marchó con algo más. La promesa de que la muerte de Stephan no sería en vano, y que encontraría la forma de romper la maldición que asola generación tras generación a la familia, inalterable.


Volvió a la realidad cuando llamaron a la puerta de su habitación, guardando el broche en la camisa que llevaba puesta. Cogió su lanza y se ajustó las correas del peto de cuero. Con la mano sobre el pecho se detuvo antes de abrir, rememorando aquella promesa.

“Ahora tu misión es mía y por ella vivo. Protegeré a la familia con mi vida, lo juro.”

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MÁS OSCURO

El amanecer terminaba perezosamente de levantar las nieblas con las que la noche había acariciado el suelo de los mortales. Había recorrido los tejados de las casas, observando a la gente como ovejas inconscientes de la criatura que, con total misericordia, toleraba sus vidas. Todos sucumbirían a su debido momento. 

Clavó las garras en el borde del tejado y ladeó la cabeza, escuchando. Sus blanquecinos y afilados dientes dibujaron una sonrisa, y rápidamente corrió hacia el lado opuesto del tejado en el que se encontraba, levantando el vuelo. 

Sorteaba los árboles con facilidad y usaba las ramas bajas para impulsarse. Le gustaba aquel bosque, había aprendido a apreciarlo. Era oscuro y estaba lleno de secretos, de amargura y de malicia. Si salías del camino, el bosque te consumía, perdido o devorado, era difícil regresar al camino. No echaba en falta el calor de las llamas, pues aquel frío mortecino la reconfortaba. Tanto tiempo entre humanos la había echo amoldarse a esos pequeños placeres mortales. 

Se frenó tras varios minutos de marcha, arañando la corteza de un árbol. La imponente diosa abrió sus alas en la oscuridad y se dejó caer al suelo, abrazándose con ellas, haciendo que éstas se convirtiesen en un vestido que cubría su disfraz humano.

En un gesto de sumisión que ningún mortal le había visto realizar jamás, Eris se arrodilló.

  • Mi Reina... 

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La Reina observó a la criatura, y ningún gesto de aprobación o complacencia se reflejó en su rostro, ni la más mínima emoción. Aún así, Eris no se levantó, postrada y sumisa a los pies de aquella mujer. 

Para muchos habría sido fácil reconocer sus rasgos. Cabello largo y negro, piel clara, un rostro afín a la belleza, y sus ojos... aquellos ojos aguamarina que escondían vetas de oro en su interior. Los ojos de las mujeres Lockless. Muchos la habrían reconocido, si, pero pocos habrían acertado quién era.

Aquella que lo inició todo, quien maldijo a su propia sangre. La matriarca, la primera bruja, el alquimista... un mito de carne y hueso. 

Anne Marie Lockless.

Nadie sabía de su existencia, pues esa era la piedra angular de su plan. La maldición, el destino inevitable de los Lockless, todo una artimaña bien hilada con el único fin de alimentar a la Reina y a su esbirro. Y es que no podía servirse de cualquier vida para mantener su poder inalterable, necesitaba alimentarse de su propia sangre y necesitaba que esta fuese fuerte. 

Su presencia allí confirmaba algo más, y era que Eris jamás había servido a ninguna de las matriarcas en realidad, pues su primera invocadora seguía con vida y le debía obediencia.

La verdadera maldición no era la sangre de Lockless, ni el destino forzado, ni la locura. Era ella.

  • ¿Qué noticias me traes?
  • La guerra es inminente. Las neófitas están listas, y las maestras han empezado a reunirse.
  • Deja que luchen. Ya he conseguido a alguien que se encargará de mi nieta. Asegúrate de que abandone la casa sin que nadie la siga.

Anne Marie clavó los ojos en la súcubo.

  • No toleraré otro error como el de Bellatrice. Esta vez no me temblará la mano para desterrarte al agujero del que procedes.

Eris, quien era el objeto de veneración de todo un aquelarre, pareció volverse más pequeña ante aquella mirada. Y es que Anne Marie tenía a su servicio a demonios más poderosos que ella. La súcubo era útil, pero sabía que su maestra no mentía cuando decía que la desterraría. Útil no es imprescindible.

  • No fallaré, mi Reina.

Sin esperar gesto alguno por parte de Anne Marie, retomó su verdadera forma y levantó el vuelo. Tenía muchos detalles que cerrar antes del gran día.

Anne Marie se quedó estática en el bosque. Acompañada solo por el graznido de algunos cuervos que habían sido espectadores de la conversación entre ambas. La Reina los miró con calma y alzó una mano, en un gesto lento y simple, que bastó para acallarlos.

  • Pronto.
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TRAICIÓN

 

Evan se había marchado hace rato pero Bree seguía mirando por la ventana, quizá un poco adormilada. Hacía rato que había oscurecido y las figuras del exterior eran solo siluetas confusas. Dejaba a su mente libertad para saltar de un pensamiento a otro. Había aceptado luchar al lado de la matriarca. Después de todo, ella le había perdonado la vida y le había dado un hogar y una maestra más confiable. Sin embargo, luchar en su bando significaba tener que pelear contra las que un día fueron sus hermanas. No les profesaba cariño, pero sabía que, al igual que ella en su día, estaban cegadas por las falsas promesas y las ansias de poder. 

Un leve roce contra su pierna la sacó de aquel estado de ausencia. Miró al suelo y vio a Ceniba reclamando atención. Sonrió un poco y se agachó para tomarla en brazos mientras se acercaba a la chimenea, donde había dejado una tetera con agua para preparar el té de menta que la anciana Mary tanto disfrutaba al volver a casa. 

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Tomó un paño para apartar la tetera y la colocó sobre la mesa, preparando dos tazas y el tarro de hierbas. Ceniba se acomodó a un lado de la mesa. Era una gata señorial y muy inteligente. Bree entornó un poco los ojos mirándola... ¿desde cuándo estaba allí? Ceniba era la gata de Rebecca, eso lo sabía, al igual que conocía la costumbre del animal por ir y venir a su antojo. Y aún así, ¿cómo había ido a parar a Elwynn? 

La puerta se abrió de golpe y dejó a Bree sobresaltada, dando un bote en el sitio. Un inmenso abisario se adentró en la casa, acompañando su avance con un suspiro hueco y difuso. Bree lo siguió con la mirada, aún sin acostumbrarse a su presencia del todo. Ceniba se limitó a mirarle de reojo, sin alterar su comodidad gatuna.

  • ...Hola Denys -dijo Bree como si saludase a un vecino de carne y hueso y no a un ente incorpóreo.

Tras el abisario entró Mary, quitándose varias ramitas del pelo y profiriendo algunos insultos. La vieja bruja sacudió su menudo y encorvado cuerpo y se acercó al fuego.

  • ¿Porqué hay una bola de pelo en mi mesa? -preguntó sin girarse.

Bree miró a Ceniba, quien para su sorpresa bufó a la anciana como si la hubiera entendido. Alargó la mano y le dio un toque en el costado para que bajase de la mesa, gesto que la gata obedeció, solo para ir a tumbarse sobre la cama. La joven empezó a preparar el té mientras observaba de reojo al abisario. La anciana pareció darse cuenta y lo devolvió a su plano con un par de gestos. Bree miró el hueco donde antes estaba la criatura de vacío. Aquella facilidad con la que Mary hacía y deshacía a su antojo la tenía cautivada desde el primer momento. Se preguntó hasta dónde llegaría su poder y si algún día tendría ocasión de verla en acción, pero ese pensamiento solo le recordó la batalla en ciernes. Sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en el té.

  • ¿Ya se ha ido nuestro apuesto guerrero?
  • Si... Hace bastante, ya debe estar en casa.
  • Que pena, quedaba bonito como adorno de salón -contestó la anciana mientras se volvía a la mesa, buscando su taza de té de menta.
  • Abuela Mary... 
  • Lo se, niña -la interrumpió- Todos estamos nerviosos. Uno no marcha al combate todos los días y menos a uno en el que parte con desventaja.

La joven suspiró lentamente, acomodando las manos en torno a la curvatura de la taza, dejando que ese calor la reconfortase. Ambas se quedaron en silencio unos minutos mientras Mary disfrutaba del té con una solemnidad ceremonial.

  • Willow no vacilará en matarte si te ve -dijo de pronto la anciana, antes de que su calmado rostro fuese invadido por el vapor del té mientras lo acercaba a sus labios.
  • ... Lo se.

De nuevo el silencio, esta vez algo más tenso. Bree alternaba miradas entre el líquido verdoso y la anciana, entreabriendo los labios sin llegar a pronunciar palabra. Era consciente de que ella apenas era una neófita. No controlaba la energía que consumía, su cuerpo se agotaba deprisa, y no siempre lograba evocar el hechizo deseado. Meterse de lleno en una batalla siendo tan consciente de sus debilidades le helaba la sangre. Había conocido pocas primaveras, y no tenía intención de dejar de acumular más. Su deber era luchar, lo debía, tanto a Rebecca como a Evan, y sabía que Mary estaría a su lado, pero sentía un miedo terrible, tanto que las manos con las que abrazaba la taza empezaban a temblarle.

La anciana miró la taza de su joven acogida y luego a ella. Vio en su rostro toda la inquietud y el temor que la invadían por dentro. Luego miró a la gata y deseó hacer sopa con ella, pero eso era otra historia. 

  • Bree, el miedo no es malo, es lo que te da coraje. Solo los locos no tienen miedo. Lo que no debes permitir es que te domine. Deja que acelere tu corazón, abrázalo, nota como vuelve frío tu sudor. A las neófitas les han arrebatado el miedo dándole una seguridad falsa, basada en un poder y un control que en realidad no tienen. -sonrió- Si tú lo estas sintiendo, es una buena señal. Eso significa que no harás tonterías, que pensarás bien tus pasos, y que no te lanzarás rabiosa a una muerte anunciada.

Bree escuchó con atención, y si bien eso no le quitó en nerviosismo, al menos dejó de temblar. Asintió en silencio y acabó su taza de té. Mientras la anciana se retiraba de la mesa y espantaba a Ceniba de la cama, Bree se dedicó a recoger la cocina procurando no hacer ruido. Saldrían a Ocaso al amanecer y quién sabe cuándo regresarían, cómo o, siquiera, si lo harían.

Esa noche decidió dormir fuera, dejando que el frescor nocturno y la mullida hierba la tranquilizaran. Recordó otras noches como esa, en otro hogar, con otra gente, cuando todo era paz, cuando tenía una familia de verdad. Eran recuerdos amargos, pero necesarios, pues eran la razón de haber escogido este camino. No debía olvidarlo por mucho que doliese el recuerdo o se acabaría por perder. 

Ella había sido diferente del resto de neófitas, no había sucumbido del todo a las mentiras de Willow, y eso la había salvado. Ahora debía agradecer ese perdón y, aunque su pulso se acelerase, permanecería fiel a ese deber. Después de todo no en vano su padre la llamaba "mi pequeña valiente".

 

 

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TABLERO

 

Que maravillosa expresión de dolor es la que llevaba sobre el rostro, casada y viuda en el mismo día. Caras compungidas a su paso, una tragedia más en Ocaso.  El alma en duelo de la viuda que caminaba al cementerio, vestida de negro y con sobriedad, para adornar la tumba de aquel que ya no está.

Se arrodilló frente a la lápida que contenía los restos de Dorian, con una expresión apagada. Algunos visitantes la miraban y se compadecían. Pobre Lady Lockless, tan joven y desdichada. Pobre y desgraciada niña, conociendo la amargura a una edad tan temprana. Pobre muchacha, tan buena y dulce, una flor radiante ahora marchita. Y así cruzaban, de un rincón a otro del cementerio, la compasión y la pena, mientras la muchacha rezaba en silencio.


Muchas eran las vidas que aquel bosque se había cobrado, y muchas las tragedias que aún se forjan en sus abandonados caminos. Los que vivían allí ya estaban advertidos, y nunca traspasaban el borde del camino que la Guardia Nocturna patrullaba. Pero, de vez en cuando, un niño se perdía jugando, unos amantes descuidados buscaban más intimidad de la debida, un forastero ignoraba las advertencias, e incluso, a veces, muy pocas, un vecino se cansaba de vivir con el miedo y salía a enfrentarlo, dejando tras de si el misterio de si llegó o no a conseguirlo.


La dama terminó los rezos y se levantó de tan humilde y simbólica posición, mirando a una de las vecinas que tenía cerca y saludándola con amabilidad antes de retirarse. 


Aquellas visitas al cementerio eran una muy necesaria aparición pública y una muestra de conducta correcta. Nada más. La dama aprovechaba en realidad esas visitas para meditar en silencio mientras sus labios trazaban un rezo silencioso. Poco o nada le importaba rendir culto al recuerdo del que había sido su esposo durante dos horas, pero el cementerio estaba lejos de casa, y era un lugar seguro al que poder desplazarse en soledad. Lejos de las voces y opiniones de la casa, le ayudaba a relajarse y pensar. 

 

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La noche anterior se habían reunido todos en torno a una mesa. Debatiendo y preparando la defensa de la casa. 


¿Debían huir o quedarse? ¿Desplazar la lucha a otra zona? ¿Quemar la casa con las neófitas dentro? Ideas no faltaron, pero si información. Todos se guardaban algo, incluida la joven dama, y era en ese momento a solas en el cementerio donde pensaba si realmente había hecho lo correcto. Pero... ¿Y qué pretendía decirles? ¿Que cabía la posibilidad de que la mujer que inició toda aquella locura siglos antes estuviera viva? Solo eran teorías, y no quería, ni siquiera de lejos, llegar a creerlas. Si la amenaza de un aquelarre furioso no era precisamente leve, menos sería la de una bruja ancestral. 
Mientras caminaba de regreso a casa, posaba la mirada por las casas de sus vecinos. Le tenía una especie de cariño singular a aquella ciudad, era su hogar después de todo, el único que había conocido. Desde niña siempre había sentido el mismo deseo, y ese deseo era ver a su tierra crecer y recuperarse al fin.


- Plantando flores en las jardineras… -se dijo para sí mientras caminaba, rememorando aquellas ideas infantiles que evocaban tiempos pasados. 


No pudo evitar que una sonrisa se escapase de entre sus sellados labios. Que fácil y simple lo vemos todo cuando somos niños. Tan fácil y simple como creer que todos serán felices y vivirán mejor por plantar flores de colores alegres bajo sus ventanas.


Llegó a casa y rodó la mirada por el jardín, solo basto en arbustos y espino. Esperó con la llave encajada en la puerta unos segundos, mientras su cabeza trazaba planes para ese jardín, un desahogo momentáneo y frívolo, y entró. 


Las ventanas aseguradas, la mesa del salón, las sillas y los barriles vacíos conformando una barricada frente a la puerta principal. Ambas plantas vigiladas, su casa convertida en un fuerte listo para soportar un asalto. Se movió de una habitación a otra, saludando a los suyos y a los aliados de los suyos. 


Todo estaba listo.


Subió a su dormitorio para cambiarse de ropa, mientras seguía escuchando las idas y venidas de la planta inferior, más repleta de gente que nunca. 
Se miró al espejo, directamente a los ojos. Llevaba el miedo escrito en ellos y los cerró al instante. Aguardó unos segundos y volvió a mirarse con otra máscara. Alargó la mano al tocador para repasar con delicados toques el carmín de sus labios, un sello permanente en ella.


El tablero estaba preparado y las piezas colocadas. 


- Que empiece la partida.

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