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Blackthorn

Diario de Aldariath Annar'Thal

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Aquí me encuentro nuevamente, una noche más, acurrucado en la cama pequeña de la buhardilla que puedo llamar hogar, escribiendo con esta pluma entintada en las hojas de este grueso tomo en blanco que cumple las funciones de un diario. Hacía meses que no escribía aquí, y creo que es buena idea continuar la tarea que me impuse hace ya largo tiempo de comenzar a narrar mi propia vida con parte de sus viscisitudes comprimida entre estos dos lomos de cuero púrpura. Albergo la sutil esperanza de que quizás a alguien, algún día, le resulte interesante o útil aquello que yo escriba esta fría noche invernal en la ciudad de Ventormenta en la que...

Echo de menos Quel'Thalas y cada día que pasa lo hago con más ahínco. En el tiempo que llevo en este reino humano he sentido que nada de lo que aquí encuentre podrá equipararse a mi tierra natal cuándo aún refulgía de pleno esplendor, con las hojas de los altos árboles dorados meciéndose al viento y al son cántico de la noche cerniéndose sobre mí, envolviéndome y acurrucándome mientras la magia entraba en mi piel poco a poco.

Desde que estoy en Ventormenta he sido el adalid de la templanza. No hay sentimiento o sensación que pueda sentir que se pueda equiparar a las ganas que he tenido durante este tiempo a consumir magia. Mi cuerpo necesita constantemente imperativas dosis arcanas para mantenerse bien, pero poco a poco he logrado sobreponerme a esa adicción que vengo arrastrando desde que el Príncipe de los Caídos destruyese la Fuente del Sol y todo el poderío inconmesurable que de sus aguas emanaba.

A pesar de ello, las praderas de los Páramos de Poniente, allá donde el trigo absorbe la calidez del sol e imprime sus naturales colores en su textura; la floresta de Elwynn, cargada de un explosivo verde rebosante de una vida que encarnan los pájaros con su trinar, e incluso el secarral que es Crestagrana me despierta familiaridad. Porque ahora, lo quiera o no, Ventormenta es mi tierra y aquello que antaño llamé Quel'Thalas ha desaparecido para siempre, presa de la depravación y la vileza de nuestros hermanos sin'doreis, que han vendido la soberanía de nuestra patria a una siniestra Horda que antaño quiso hacerla pedazos.

Aquella Quel'Thalas en la que crecí ya se ha desvanecido y ahora forma parte del material del que se forman los sueños y las ideas... Mi amada tierra forma parte de un pasado que jamás regresará y que nunca más podré volver a vivir, a pesar de que en cada ocasión que cierre los ojos y mientras no se apague la magia que arde en ellos, sé que escucharé a mi alrededor el cántico eterno de los árboles de la gloriosa Quel'Thalas.

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Aldariath exhaló un leve suspiro henchido de pena y se frotó los ojos en silencio. Aquellos arrebatos de nostalgia y melancolía solo conseguirían arrancarle de sus propósitos e intenciones, y en absoluto eran beneficiosos para él. Más valía que se centrase en el presente y dejara atrás aquellos devaneos con el pasado. Al fin y al cabo, ya había mandado la carta con la ayuda de la señorita Yvanna LaValette a la Torre de Magos de Ventormenta. Antes de cerrar su diario, imprimió con los dedos su símbolo: un frío sol blanco que extendía sus rayos por doquier. Aldariath quería pensar que aquel astro iluminaba con su pálida luz invisible un mundo sumergido en tinieblas.

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Estos días los estoy consagrando a descubrir la ciudad de Ventormenta. No es otro mi deseo que descubrir poco a poco sus angosas callejuelas, sus amplias plazas y cada récodo que pueda encontrar. Disfruto con el murmullo de las aguas de la fuente de la Catedral de la Luz, donde una estatua de Uther el Iluminado, santo paladín, sirve como guardián silencioso a la gigantesca Catedral que se alza en la plaza como un testigo palpable de la fe y la voluntad de los humanos para...

De súbito, el diario se ve interrumpido bruscamente. La descripción se reemprende escrita de otra manera, contando otras cosas y prácticamente obviada. Casi parece como si al autor le diese pena borrar lo escrito y haya perdido la inspiración para continuar con eso.

Cada día que paso entre los humanos me sorprendo más de ellos. La narración anterior que acabo de cortar inesperadamente ha terminado en el que una joven humana llamada Martha se ha sentado a mi lado. Tras ello, ha empezado una conversación muy agradable que me ha deparado el camino al famoso Distrito Medialuna, donde la alta sociedad y los magos de mayor rango se reúnen para realizar actividades con las que mi modesto bolsillo no puede soñar. A pesar de que precisamente por eso notaba como desentonaba poderosamente con ellos, logré conseguir adaptarme a la sofisticación y la elegancia que acusaban de manera tan natural aquellos con los que me topé en Medialuna. O quizás ya disponga de ella. Supongo que mi don para la magia, heredado de mis ignotos ancestros Altonato vino acompañado por un talento para la finura y la escasa modestia. Me adentré al Distrito Medialuna junto a la señorita Martha. Al cabo de poco tiempo descubrí que Martha es una cabo en el Ejército de Ventormenta y que a pesar de ello es toda una dama, muy educada y capaz de mantener una conversación muy entretenida. No esperaba eso de una humana, y mucho menos lo esperaba de una militar, pero creo que he hecho mal en juzgar a los del estamento castrense como guerreros iletrados que solo buscan causar mal ajeno.

Después de explorarlo a fondo, he descubierto que es un lugar por el que debería pasarme mucho más a menudo. Desde luego, merece la pena que lo haga. En nuestro paseo también nos topamos con Nostiag Beltore y Astrea Stormcaller, prometidos. A pesar de que en un principio me encontrase ligeramente sorprendido por la solidez de su relación, no tardé en descubrir cómo aquello es posible. Astrea, que es maga, ha demostrado ser una mujer sabia y sagaz, a pesar de su aparente juventud. Imagino que por ello es equiparable a una quel'dorei, y que por ello el veterano paladín ha anunciado sus inminentes nupcias. Nostiag, a pesar de ir vestido de manera distinguida emanaba una sutil aura de dignidad y poderío que ha logrado que no tardase demasiado en descubrir que es un paladín. Quizás me equivoque con el tema de su relación y el por qué de ella y sencillamente el amor surja entre dos personas independientemente de su origen, raza o capacidades. No lo sé. Poco es lo que amo y nada de lo que quiero es capaz de corresponderme.

Empiezo a pensar con vehemencia que el amor no es algo que haya sido creado para mí. Empiezo a pensar que el único amor que profesaré toda mi vida es la sabiduría, el conocimiento y la magia. Quizás la magia no. Continúo aguardando a que el Archimago responda mi misiva, pero soy muy longevo. Podré esperar. Al fin y al cabo, llevo esperándolo toda mi vida. ¿Verdad?

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Aldariath se aseguró de que la tinta se secaba y acarició las finas hojas de su diario con dulzura. Mirando a su pequeña habitación repleta de libros, pergaminos y papeles se frotó las sienes no sin cierto cansancio. Marcó el sol frío y blanco al final de la hoja y cerró el tomo, viendo su sedoso lomo violeta.

"El amor es una entelequia", pensó contemplando como el sol se iba escabuyendo poco a poco a través de la ventana. Frunció el ceño profusamente al pensar cómo una frase tan rotunda y probable no se le había ocurrido mientras escribía.

Malditos hados y malditas musas musitó, haciendo que sus palabras quedasen al borde del silencio.

El sol se puso finalmente.

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Aldariath estaba verdaderamente agotado aquel día cargado de emociones intensas. Unas profundas ojeras, fruto del agotamiento y el cansancio rodeaban el contorno de sus ojos azures y todavía flotaba en su mente el nemoroso perfume de lady Astrea; al igual que las sabias palabras del Archimago Wesley. No obstante, se sobrepuso a aquella imperativa sensación y se sentó sobre la cama, tomando su pluma y su diario para comenzar a escribir sobre sus propias piernas.

Por fin he logrado acceder a la Academia de Artes y Ciencias Arcanas de Ventormenta. El júbilo ha sido la sensación propia del día de hoy, desde que me he levantado nada más salir el sol hasta que he comenzado a escribir estas líneas cuándo ya ambas lunas se esconden tras el horizonte. En definitiva, por fin el futuro me muestra con total certeza que voy a convertirme en un mago, y pondré en tan noble y elevada tarea todo mi tesón, perseverancia y empeño. Es mi destino. ¡Lo es! El Archimago Wesley me lo ha confirmado con ese magnífico apretón de manos que he compartido con él al ingresar formal y oficialmente en la Academia.

A pesar de mi futura condición, sé que no es prudente ir armado únicamente con mi labia viendo la cantidad de borrachuzos e indeseables que pululan por Ventormenta. Precisamente debido a ello ayer encargué una daga a un joven herrero llamado Osvald. Me ha sorprendido la prontitud con la que la ha forjado y la perfección con la que ha grabado los carácteres thalassianos encargados, que vienen a significar "Si no has de dar la muerte, aléjala de mí". Apropiado para un arma de filo, ¿verdad?

En otro orden de cosas, creo que por fin he encontrado a alguien capaz de entender el caos que es mi mente y responder a las preguntas que constantemente me formulo yo mismo y que en muchas ocasiones soy incapaz de responderme. No es otra persona que lady Astrea, la prometida de Nostiag Beltore, además de una maga realmente portentosa. Es una persona muy inteligente, serena y reflexiva, y mi larga charla de hoy con ella me ha servido para ponderar puntos de vista, aclarar ideas y compartir opiniones. Desde luego, cada día los humanos me sorprenden más.

He conocido a otra quel'dorei llamada Meruliel, que al parecer también es una aprendiz de magia en la Academia de Ventormenta. Me he mostrado cortés y galán con ella, más de lo acostumbrado con las otras mujeres que me he topado en mi camino por esta ciudad. Me conviene tener un trato cercano con los demás quel'dorei para así tener aliados firmes en los que apoyarme en las horas de mayor necesidad, y creo que le he causado una buena impresión al regalarle una rosa que he comprado a un curioso humano llamado Nicholas Parmellano que parece apuntar maneras a mago y que hoy ha recibido también la misiva del Archimago Wesley.

Después de todo aquello, he estado hablando largo y tendido con la criomante. Junto al Estanque de Olivia, mientras lady Astrea creaba una esfera acuosa danzante que se mecía de manera tranquila sobre las aguas, he notado un impulso mágico en mis sienes que recorría mi columna vertebral. Una llamada a la magia que ha gritado sordamente en mis oídos y me ha impelido a obrar un prodigio arcano con mis dedos y mi herencia natural ya predispuesta a lo Arcano. A pesar de que he tratado de convocar los poderes del Gran Arte, el perfume boscoso de lady Astrea me ha desconcertado unos instantes y esa sensación de magia dentro de mí se ha desvanecido.

A pesar del intento fallido de convocar los poderes de lo Arcano ante mí, me consuelo con que es dichoso conocer a personas sabias y agudas con las que compartir mis reflexiones y mis pensamientos. He invitado a la señorita Astrea a tomar un té thalassiano mañana para continuar la conversación que hemos mantenido hoy. ¿Acudirá? Solo el fluir de las arenas del tiempo que cada día se escurren más entre mis dedos lo dirán.

No hay que esperanzarse: hay que tener la certeza de que lo que está previsto tarde o temprano ocurrirá. Es mi destino ser lo que seré.

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Cerró los ojos, no sin antes grabar el sol blanco al final de la página. Estaba agotado. Aquella sensación de sueño y cansancio le recordó ligeramente a los días en los que tuvo que huir hacia Ventormenta para salvar la vida, y donde tuvo que desprenderse de todo lo que fue y lo que tuvo anteriormente para poder sobrevivir a merced de un mundo inclemente que nada tenía que ver con la ya devastada Quel'Thalas. Súbitamente, el adormilado Aldariath escuchó cómo un libro apoyado sobre el escritorio caía sordamente sobre el suelo y se irguió con lentitud con intención de recogerlo. Gateó a través de las sábanas de lana, arrastrándolas junto a él y deslizándose hasta el suelo tomó el libro, colocándolo con reverencia en el escritorio. Aldariath se dejó caer en la madera, extenuado, y cerró nuevamente los ojos para por fin caer dormido, presa de los sueños y las irrealidades sobre el malhadado suelo de la buhardilla de El Escriba de Ventormenta con el nemoroso aroma del perfume boscoso presente aún en su mente y con las palabras de Wesley flotando en sus ensoñaciones:

"Bienvenido a la Academia, aprendiz Aldariath Annar'Thal".

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Estos días que he pasado en la Academia de Ventormenta, aprendiendo los rudimentos teóricos de la magia han reavivado el helado frío de la melancolía, pues en cada una de las lecciones que memorizo se me viene a la mente la voz de mi longevo y desaparecido maestro, Ethranis Rael'Tharoi. Conforme más me adentro en los caminos de la magia y lo arcano, más me pregunto qué es lo que él pensaría de mí y de mi situación actual. ¿Aceptaría mis precarias condiciones de vida, aislado en una buhardilla malhadada en la que paso la mayor parte del día, pegando la nariz a mis libros? ¿Sentiría orgullo de mí? ¿O acaso se avergonzaría de que toda las oportunidades y educación que me brindó cayesen en saco roto? No lo sé. Sigo desconociendo su paradero actual, y a pesar de ello noto cómo su larga sombra se proyecta cada vez más sobre mi vida, cerniendo de dudas todos mis pensamientos y haciendo que me cuestione internamente el más nimio detalle. Debo tantísimo a Ethranis que sé que no he de decepcionarle, esté donde esté, y que desearía que he de seguir los pasos que él inició para mí.

Después de instruir en la Primera Guerra a una joven creyente de la Luz Sagrada llamada Joanna que me pidió que iluminase su supina ignorancia acerca de la historia del Reino de Ventormenta, he tenido una larga charla con la señorita Martha Danvers, a la que he encontrado en Villadorada. Tras hablar largo y tendido con ella, acerca de los Renegados, la Luz Sagrada y otros temas, he llegado a la conclusión de que mi visión religiosa se ajusta a los cánones tradicionales de la interpretación sincrética y filosófica que dan los sacerdotes thalassianos a la Luz Sagrada. Me vería incapaz de adorar a símbolos, como hacen los humanos, o de acudir a grandes ritos en la Catedral, pero no obstante, tengo la certeza de que la Luz Sagrada es una entidad consciente y benévola únicamente por el hecho de que sus enseñanzas nos empujan a realizar el bien, aunque sea a cambio de sus favores.

A estas horas, la luna plasma su luz a través de las ventanas de mi habitación y deja caer su fina refulgencia sobre el lecho donde me encuentro tirado escribiendo estas líneas. A medida que las horas pasan, la indecisión llena mis sentidos, pues aún desconozco qué camino tomar en las artes arcanas. Un pulso interior me arrastra hacia la adivinación, pero la escasa utilidad práctica de estas artes y la mala fama de los adivinadores, condenados a la prestidigitación y al mundo arlequinesco casi me hacen decantarme por la Conjuración centrada en la canalización de las energías de lo Arcano; pero a su vez la Abjuración también me llama, debido a que un dominio sobre ella me otorgaría una forma práctica de protegerme mediante el uso de la magia, además de proteger al resto de personas que me rodean. ¿Pero acaso es realmente necesario proteger a los demás? Quizás mi futuro esté trazado como el de un Arcanista.

De nuevo, no lo sé. Mañana he de visitar la Torre de Azora después de finalizar las clases teóricas de los principios de la magia; con el objetivo de aclarar mis ideas y dar un largo y tendido paseo. A lo mejor soy capaz de disfrutar de un día tranquilo, alejado de las mundanales preocupaciones del día a día en el que la presión sobre mí se desvanezca.

Ojalá estuvieras aquí, maestro. Tu siempre acertado consejo se añora.

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Aldariath se cubrió con las sábanas hasta el cuello, notando el gélido toque del invernal frío en su piel. Acurrucado en su pequeño lecho, cerró los ojos y dejó que la azulada luz de la luna bañase su rostro, calmado, tranquilo y sereno mientras cabalgaba sobre los sueños hacia un lugar donde sus preocupaciones jamás podrían alcanzarle.

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Al acceder a su pequeña habitación, Aldariath la repasó con la mirada. Notaba como la luna se desvanecía en el horizonte, y como poco a poco las estrellas apagaban su prístino fulgor para dejar paso a un nuevo día. A pesar de ser alguien ordenado, su buhardilla tenía guardaba un pequeño caos que le evocaba el orden particular, capaz medrar incluso entre los pergaminos desparramados sobre el vetusto escritorio de madera. A pesar de que sabía que cualquiera que entrase allá sería capaz de imaginar que era imposible encontrar algo entre aquellas montañas de libros, pergaminos, tinta y ropajes, Aldariath disfrutaba ejercitando su mente cada vez que necesitaba encontrar en su habitación desde grimorios antiguos obtenidos de las manos de buhoneros y mercaderes a pergaminos escritos por él mismo en los que anotaba fugazmente las ideas que le venían a la cabeza. Dejándose caer sobre una silla de madera escasamente decorado y escasamente cómodo, Aldariath apartó un pequeño vademécum que versaba acerca de como preparar té thalassiano y sin mayor preámbulo o ceremonia descolgó el diario de su cinto y lo depositó sobre la mesa, abriéndolo en la última página, aún vacía para acto seguido comenzar a escribir.

Desde luego, uno nunca se espera el desarrollo del día tal y como finalmente se desarrolla. Es más que evidente que los mortales encumbrados con un intelecto superior a la media somos capaces de prever el futuro, pero incluso nuestras prediciones han de girar entorno a hechos remotos y lejanos, por no hablar de que habitualmente únicamente somos capaces de rozar unas líneas generales que pueden darse o no; y para finalizar, he de decir que la exactitud y el tiempo siempre han sido enconados enemigos que es mejor no juntar. Así pues, hoy me he levantado sin esperar que me toparía nada menos que con un enano Hierro Negro que tenía el descaro de afirmar que los trols, esos seres jorobados, maliciosos y hediondos que habitan cuchitriles y casuchas y que apenas saben pronunciar palabra o tenerse en pie, eran nada menos que los ancestros directos de mi raza y que por tanto era lícito afirmar que el pueblo kaldorei, así como los Elfos de Sangre y los Altos Elfos descendemos de una despistada tribu de trols incivilizados que se acercó al Pozo de la Eternidad y mutó con el paso del tiempo hacia lo que serían los primeros kaldorei.

De todas las hipótesis que se me han presentado a lo largo de mi vida, es la más absurda que jamás he oído. ¿Los Altos Elfos descendientes de los trols? ¡Já! Todas las evidencias que se ha atrevido a formular el Hierro Negro han sido evasivas o directamente ha tenido el descaro de evitar responderlas. ¿Qué es lo que tenemos los elfos en común con los trols? ¿Las orejas puntiagudas? Por el amor de la Luz Sagrada, algo así me resulta caricaturesco y descabellado a más no poder. Está más que claro que este enano erra sobremanera en sus suposiciones y que su mente divaga demasiado, a pesar de que se escude en la Liga de Expedicionarios y lo que supuestamente se descubrió en Ulduar durante la Guerra de Rasganorte. De todas maneras, una vez tenga tiempo me molestaré en escribir una misiva a la Liga, ya sea a Brann Barbabronce o a Muninn Magellas para pedirles bibliografía, pruebas fehacientes y hechos sobre este teórico disparate y después para exigirles que pidan a los miembros de la Liga que cesen sus flagrantes calumnias hacia mi esforzado pueblo.

En otro orden de cosas, el mismo enano que menciono antes, que por cierto se llama Dunnabar, afirma categóricamente que la Luz Sagrada es una energía; y en su recalcitrante búsqueda de rebatir verdades y de contravenir dogmas es capaz de afirmar que los humanos adoran a un poder más del universo. ¿Acaso no entiende que la Luz Sagrada es una entidad divina, consciente y portentosa que hace uso de la energía divina y que la otorga a sus más fieles adalides? Es incoherente comparar a la Luz Sagrada con una energía como la Arcana, cuyo dominio únicamente se obtiene siguiendo claros patrones de búsqueda de conocimiento, autocontrol y una férrea preparación. Aún así, alabo la capacidad del maese Dunnabar de mantener una conversación sólida y sin caer en trucos, silogismos u otras figuras retóricas de menor calado. Es bueno saber que el pueblo enánico no se compone únicamente de seres hirsutos y borrachuzos entregados a una ebriedad constante en la que no deban abrir la boca más que para vomitar o beber sus apestosos brebajes y que gozan entre sus filas barbadas de personas inteligentes con las que es posible debatir, a pesar de que no lleven la razón.

En la clase de hoy he estado creando un esquema de cada una de las Escuelas Arcanas existientes y he resuelto que en los tiempos que corren lo mejor que puede hacer uno es entregarse a la magia ofensiva y emplear su increíble potencial de combate. A pesar de que la Transmutación y la Adivinación llamen mi atención, juzgo pretencioso iniciar mis senderos en lo Arcano tratando de resquebrajar las leyes elementales del espacio y el tiempo o que mi futuro se base en ir invadiendo las mentes de los demás para conocer perogrulladas de líos de alcoba o la clase de pensamientos simples y burdos que suelen pasear por las mentes más desentrenadas.

Así que he resuelto por fin que seré Aldariath Annar'Thal, Conjurador, y que a mis pies extenderé el temible y prodigioso poder de lo Arcano con el único fin de hacer que este mundo colmado de cenizas y devastado por la guerra vea que las energías mágicas que lo envuelven son por lo que únicamente alguien debería dar su vida. Y si este mundo no es capaz de entender la superioridad con la que lo Arcano trenza las hebras del universo, su última alternativa será temer a aquellos que deshilachamos la madeja mágica para obrar los más altos prodigios que se hayan visto jamás.

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Aldariath escribió el punto final e inspiró, abriendo las ventanas de su habitación y dejando que un suave viento salpicase tiernamente su rostro, moviendo sus cabellos al compás de la voluntad del aire. Fijó su mirada en el resplandeciente sol que ya nacía, y contemplando como la civilización se encendía un día más con sus rayos no pudo hacer otra cosa que murmurar un quedo juramento:

La magia es para lo que he nacido. La magia es para lo que vivo. La magia es para lo que moriré.

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Aquel día, Aldariath no escribió las líneas de su diario entre las mantas de su lecho o inclinado sobre la madera de su escritorio, si no que se decantó por tumbarse sobre la húmeda hierba del Bosque de Elwynn y apoyado en la corteza de un alto árbol, aspiró el frío aire de la madrugada en el Bosque de Elwynn y comenzó a escribir en las hojas de su diario, armado con una pluma.

Círculos...

Sigo dándole vueltas a la pregunta de lady Astrea. Aún soy incapaz de responderla, y he llenado unas tres o cuatro hojas de razonamientos e hipótesis para responder a la dichosa cuestión. ¿Por qué los magos utilizan círculos como catalizadores de hechizos y rituales? Mis pensamientos me inducen a pensar que el círculo es una figura geométrica que ayuda a la magia a permanecer encerrada, a dar vueltas para que las energías no se se escapen y que representa el infinito...

Pero a medida que más medito sobre la respuesta y más trato de plasmarla, más deficiente es la respuesta. Me veo incapaz de responder a una pregunta, y esto no me ocurría desde que era apenas un crío que recibía las lecciones de su maestro en la inmensa torre que nos servía de vivienda. La sensación de que alguien sabe más que yo, a pesar de que pueda resultarme ingrata en un principio, no tarda en transmitirme una cálida sensación de seguridad en la que me refugio, pues a pesar de que sus conocimientos superen a los míos, es grandioso saber que existen áreas del saber en las que jamás he puesto la mente y en las que podré bucear en los próximos años, si no decenios.

No he de perseguir el loco afán de tratar de responder a las preguntas inmediatamente después de que me las formulen, ni obsesionarme con la búsqueda de la respuesta. Será mejor que deje reposar la cuestión a medida que engrandezco mi sapiencia y me embarco en nuevos horizontes con los que aportar algo más que libros y tinta a mi vida. Tengo previsto unirme a la expedición que el maese Dunnabar planea celebrar dentro de un tiempo, y espero que la experiencia de vivir la exploración de las ruinas de la historia tan vívidamente con expertos arqueólogos como son los de la Liga de Expedicionarios me ayude a comprender que la experiencia empírica puede sostener un fuerte pilar del conocimiento.

Al parecer, Dunnabar se encuentra enfrascado en seguir la pista de una antigua tablilla de los primeros humanos, los Azotha, que compila las leyes principales que establecieron aquellos primitivos seres para asegurarse la convivencia con el resto de incivilizadas tribus que rodeaban a la humanidad en aquellos oscuros tiempos en los que los Altos Elfos desembarcábamos en las costas de Tirisfal y explorábamos los misterios que nos depararían los Reinos del Este. La tabla de leyes de los Azotha acabó la Luz sabe cómo en manos de un aristócrata humano que acabó perdiéndola en Crestagrana con la erupción de la montaña Roca Negra y la destrucción acaecida esos ominosos días.

Las clases se desarrollan óptimamente, y noto que aprendo ya que lo que escucho hace cuestionar mis decisiones. Quizás sea buena idea aparcar las destructivas capacidades de la Conjuración y sumergirme en la escuela de la Transmutación, que otorg al mago el dominio sobre las leyes del espacio y el tiempo que rigen el universo, permitiéndole imprimir su voluntad sobre la propia materia y alterando sus formas y patrones para conformar y alterar los fundamentos de la creación. Un poder así, expuesto a un límite...

No, no quiero ni escribirlo. Hasta nuestros más oscuros anhelos han de ser ocultos de la luz de la sabiduría y permanecer soterrados bajo el oscuro manto del secreto.

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Grabó su sello y cerró las tapas del diario sonoramente, observando a su alrededor. No recordaba como había llegado a aquel lugar del bosque, enfrascado en la búsqueda de la respuesta de la pregunta, pero aquello le era indiferente, pues Aldariath sabía que descubriría algo nuevo adentrándose en busca del retorno a Ventormenta a través de Elwynn mientras los rayos del amanecer se filtraban entre las hojas verdes y trémulas de aquella floresta que poco a poco se preparaba para dar paso a la primavera.

Una nota a pie de página, escrita apresuradamente, reza sucintamente:

He logrado sentir por unos instantes el poderío de lo Arcano recorriendo mi cuerpo... y creo que he logrado hacer funcionar un hechizo. Estoy francamente destrozado. No debería haberme arriesgado tanto. Necesito descansar.

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Nunca he sido un partidario de la fuerza bruta en ninguna de sus aplicaciones, pero a pesar de ese principio, he decidido acudir al desafortunadamente llamado Torneo del Dragón.

Al principio, dudaba si acudir o no. Es valioso el tiempo que uno puede perder viendo a botarates combatir por demostrar su supuesta valía en base a cómo golpeen con sus armas, pero aún así, considero necesario como elemento imprescindible de mi futuro conocer a aquellos que me rodean y a su vez, saber cómo combaten para cerciorarme de que algún día estaré protegido por gentes hábiles mientras practico mis hechizos en la retaguardia de una sangrienta batalla. A pesar de que no comparta el uso de utilizar la fuerza, en estos oscuros tiempos es necesario emplearla únicamente por la supervivencia propia y ajena; y con todo ello, rechazo fervientemente utilizarla yo mismo con el fin de mantener intactas mis convicciones morales.

Volviendo al Torneo, algunos combatieron bien y otros lo hicieron mal. Hubo un caso que me causó particular gracia debido a que uno de los que se apuntaron entró a la lid ataviado con una pesada armadura de combate que mostraba tiznes de ser vetusta y antigua, que negándose a revelar su nombre resolvió combatir sin arma alguna. Personalmente, yo hubiese hecho lo mismo a la hora de tener que combatir a manos desnudas en un combate en el que todos van pertrechados con afiladas y contundentes armas. Particularmente las actuaciones de Nostiag Beltore y de Bellath "el Muro", ambos compatriotas quel'dorei, que consiguieron mantener en alto el orgullo de nuestro disperso pueblo ante los pesados envites de los diferentes humanos con los que les tocó pelear.

No debemos olvidar quiénes somos, pues si caemos en el error de extraviar nuestra esencia dejaremos de ser quel'dorei y no seremos más que carcasas vacías.

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Aldariath negó con la cabeza, descontento con el resultado de la última página del diario. Últimamente, con los estudios, la inspiración se alejaba de él para verse sustituida por la sed de conocimiento que le embargaba cada mañana durante las clases en la Academia...

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¡Xaxas el Destructor!

Aquel fue el primer pensamiento que se me vino a la mente al oír el tremebundo rugido que inundó el Bosque de Elwynn e hizo temblar cada una de las ramas de los miles de árboles mecidos ante el potente aleteo del antiguo Aspecto de la Tierra. Mi pensamiento no tardó en verse sucedido por el aluvión de gritos y alaridos de pavor que dieron gran parte de los habitantes de Villadorada, mientras la sargento Susan Lionhammer ordenaba heroicamente a los civiles que nos escondiésemos en el cuartel del pueblo. ¡Maldita sea! ¿Acaso deseaba el cruel destino privarme nuevamente de contemplar a Xaxas? Cuándo vino a Ventormenta tuve que esconderme junto al resto del personal de la tienda en el sótano de la botica, sin tener la oportunidad de vislumbrar con mis propios ojos al caos encarnado.

Ayer decidí que necesitaba examinar la portentosa figura del Destructor, y aproveché el desorden resultante de su oportuna aparición para escabullirme a través del cuartel, mientras los demás trataban de serenarse y buscaban consuelo los unos con los otros. Incluso el profesor Arelmur, que me había parecido un hechicero respetable y poderoso tembló como una niña ante el presagio de la desolación fortuita con la que podría brindarnos Alamuerte. A pesar de que yo sabía que me exponía a muchos peligros, contraviniendo las órdenes de la propia guardia, me adentré en el cuartel y me asomé a la balconada de la guarnición y cubierto por la fría roca aguardé unos instantes a que su negra figura se cerniese sobre el Reino de Ventormenta, una vez más. Sería capaz de mirarlo a los ojos y experimentar con mis propios ojos esa locura primigenia y esa maldad encarnada de la que tanto hablaba todo el mundo que había sobrevivido a su ardiente paso.

Cuándo emergí al balcón, los últimos rugidos, postreras pruebas de que Alamuerte había pasado muy cerca de aquí, se desvanecieron. Aquel malévolo dragón jamás pasó por Elwynn, y una vez más los hados me habían privado de vislumbrar a todo aquello que amenazaba con destruir Azeroth por entero. Después de todo aquel caos, tuve que reincorporarme al resto en la antesala del cuartel, como si jamás me hubiese marchado, y tuve que soportar el mundanal griterío y la confusión provocada por el aleteo de un ser tan poderoso que con su mero rugido invocaba y espoleaba el terror dentro de las almas de los mortales.

Ah... Habrá que volver a la normalidad, una vez más. Continuaré mis clases de magia en la Academia de Artes y Ciencias de Ventormenta, esperando y aprendiendo la manera de trasgreder las leyes del espacio y del tiempo de una vez por todas.

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Aldariath cerró su diario silenciosamente y levantó la cabeza hacia las explicaciones del profesor acerca de las Cuatro Leyes de la Magia y el porqué de su existencia, observando de soslayo como sus compañeros de clase atendían con reverencia al instructor. Apoyó su barbilla en una de sus manos y fingió atender mientras su mente volaba lejos de allí.

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El estruendo de las aguas al caer violentamente por la cascada y deslizarse hacia el interior del Lago Espejo calmaba a Aldariath casi como si fuese el murmullo cálido y acunador de una madre que trata de hacer que su hijo llorón duerma. Rasgueaba la pluma sempretinta, un regalo de su instructor, con maestría y destreza, llenando así las páginas vacías de su diario. Mientras lo hacía, pensaba. Aldariath cogió una pequeña piedrecita y jugueteó con ella, moviéndola entre sus dedos enguantados casi sin rozarla. Antes de hundir la piedra entre las aguas del Lago Espejo, continuó escribiendo como un autómata.

Qué remanso de paz resulta el Lago Espejo.

Ojalá algún día capaz sea capaz de obtener el dinero suficiente como para asentarme a sus calmas orillas y cerrar los ojos tal y como lo hago ahora para consolarme a mí mismo con que todavía estoy en los felices días en los que aún pertenecía a Quel'Thalas. A pesar de que la Dama Blanca se alzase sobre los cielos thalassianos, el prístino fulgor que ahora despide mientras estoy en el Bosque de Elwynn me resulta apagado y escaso, carente de toda belleza.

A medida que pasan los días, las clases en la Academia de Artes y Ciencias Arcanas se recrudecen más y más; y casi diría que necesito aparcar mi ocio particular y ahuyentar la sed de conocimientos comunes para entregarme completamente a la magia. Ya lo decía Ethranis: "La magia está en la sangre, fluye del corazón. Cada vez que la utilizas, una parte de ti mismo desaparece con ella. Sólo cuándo estés preparado para entregarte sin recibir nada a cambio, la magia te servirá". Y cuánta sabiduría ahonda en las palabras de mi desaparecido tutor. ¿Acaso he de entregarme a mí mismo a la magia para que sea por fin sea mía?

Demasiadas dudas que no puedo formular en las clases. Ayer apenas presté atención a las directrices del instructor. Cada vez duermo menos y el problema de Joanna con la sombra que la persigue atenaza mi mente cada vez más... Es todo tan difícil...

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El quel'dorei exhaló un sonoro bufido, impregnado de ira e indignación, acariciando aquella roca grisácea y triste resolvió lanzarla con furia sobre las aguas, tratando de resquebrajar el diáfano encantamiento del Lago Espejo, que reflejaba como el apagado cielo estrellado.

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 Tenéis un día entero para disfrutar de Dalaran, aprendiz Aldariath. La Ciudad Violeta esconde entre sus callejuelas, plazas y barrios infinidad de secretos y maravillas que podréis desentrañar durante vuestra estancia aquí. Pero no os ensoñéis en los portentos que veréis aquí, pues mañana, a esta hora, cuándo el sol salga e ilumine las empedradas losas de la Plaza Tejerruna vos y yo marcharemos.

Al despedirse de Xemal Tulnaimo, Aldariath apretó el puño y cohibió sus ganas tremendas de dar un salto exultante de jovialidad. ¡Por fin! Tras tantos años había logrado la manera de lograr acceder a la mística Ciudad Violeta, allá donde la magia era el más alto don. Aldariath se sentía dichoso en extremo, pues sabía que aquella urbe de prodigios sin par en la que se hallaba había sido durante muchos siglos la única capaz de rivalizar con la dorada Lunargenta en materias mágicas, esplendor y fasto. Ahora que Lunargenta devenía en un espantoso  fantoche de los decrépitos sin'dorei, el quel'dorei sentía que pisar las vías del último bastión de la Magia era el mayor logro que conseguiría durante su estadía en el oneroso grado de aprendiz de mago.

No aguardó a ceremonia alguna para explorar la ciudad en todo su esplendor matinal. Los rayos del generoso sol se filtraban a través de los espigados capiteles, que coronaban la ciudad como si fuesen una suerte de lanzas purpúreas ansiosas de rozar el cielo, dotado de un agradable azul claro salpicado de nubes y nimbos. En alguna que otra techumbre emana un cálido humo, fruto de la chimenea de algún ciudadano, y Aldariath se dejó llevar por la imaginación y fantaseó en sí mismo, dentro de muchos años, como un magócrata diestro en los dones del Magno Norgannon, jugando al ajedrez mientras el fogón de su mansión rozaba con candente luz sus mejillas.

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Sin embargo, Aldariath emergió de su soñador arrobo cuándo escuchó unas voces cercanas parlamentar a la sombra de una amplia torre acerca de las Escuelas de Magia. Una voz, más pausada y grave hablaba con una singular cadencia cargada de sabiduría apacible; y no obstante, la otra defendía sus tesis y argumentos hablando de forma aparatosa y apresurada sin ni siquiera detenerse a degustar un breve espacio de silencio. Aquella charla, sin embargo, se sostenía desde un respeto mutuo y la exposición de argumentos dialécticos dignos del mejor orador, sin caer en brevas del lenguaje o en descalificaciones propias de sofistas.

El joven quel'dorei estuvo unos minutos escuchando de soslayo aquella charla entre los dos magos, degustando cada uno de sus razonamientos y juicios. El acompasamiento musical de la voz calma le recordaba al arrullo de la voz de Ethranis, su desaparecido maestro, cuándo le hablaba acerca de la filosofía que cuestionaba las raíces del propio mundo. Envuelto en aquella espontánea sensación de familiaridad, Aldariath no tardó en acercarse más a los dos interlocutores para oír mejor su elevada charla. Trató de hacerlo con sigilo, pero aquel que exponía sus razones de forma presta y rauda detectó su andar, fijando su escrupulosa vista en él.

 Veo que la charla destosdosviejos ha llamado vuestra atención, joven quel'dorei. ¡Bueno! Permitidme rectificarmispalabras, pues he sido veloz al hablar, no habiendo pensado por consiguiente en que vuestra naturaleza de quel'dorei podría ser falaz para mi aquilinavista y jugarme una mala pasada, ya que con total elegancia podríais superar mi edad en decenios, si no centenios. ¡Al fin y al cabo, los Altos Elfos vivís milenios! ¿No es así, Antimodes? Aldariath fijó entonces su vista en aquel parlanchín y enérgico personaje, transmutador y tecnomante según el debate que estaba realizando justo en aquel instante con su interlocutor. Se trataba de un gnomo de mediana edad, de cabellos parduzcos como la tierra y rutilantes ojos azules, claros como un amanecer.

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— Así es, mi buen Olith: los Altos Elfos pueden llegar a vivir largos milenios en función a la ascendencia de su casa y a la nobleza de su linaje. Algunos ven marchitar su carne en pocos siglos, mas otros, como el rey Anasterian Caminante del Sol alcanzan con brío los cuatro mil años sin ver ajada su tersa piel. Pero nosotros dos, solo viejos carcamales que debaten como niños en el patio del colegio, no debemos arrollar al joven visitante con nuestra verborrea: mejor dejémosla escondida hasta que uno de los dos deba exponer algún intrincado proyecto frente al Senado de los Magos. — repuso el otro arcanista, de voz serena y calma que defendía con los mejores argumentos como la Conjuración podía ser infinitamente más útil a cualquier mago que se preciase de la tecnomagia. Aquel mago emitía magnanimidad y porte incluso estando sentado distendidamente en uno de los bancos de la luminosa Plaza Tejerruna, con sus largos cabellos peinados a la perfección hacia atrás y recogidos hasta caer a la espalda en rizos pálidos como la nieve.

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Aldariath no se sintió amilanado lo más mínimo por la verbosidad de ambos personajes, si no que avanzó un par de pasos con gentileza hacia ellos. Colocándose una mano sobre el pecho, justo encima del corazón, practicó una elegante reverencia que sirvió a modo de saludo para ambos magos, que correspondieron con sendos meneos de testa informales.

— Y sin embargo, lo que para vosotros es nada más que una insana verborrea para mí es una delicia de oír, ya que pocas oportunidades poseo de oír tan encumbrados argumentos del lugar del que provengo. Con gusto pasaría algún que otro decenio de los que me ha sido otorgado vivir escuchando enfrascado en los tonos de ambas voces vuestro debate, que estaba resultando tan instructivo como interesante. 

En ese momento, Aldariath esbozó una leve sonrisa, comprendiendo lo descuidado de las salutaciones de los dos magos. Debió haberlo previsto: en aquella ciudad, cuyo gobierno era único en todo lo largo y ancho de Azeroth, los destinos y las riendas de Dalaran las regían los magos, debido a que así se acordó en la ya lejana fundación de Dalaran tras la independencia del Imperio de Arathor. Siguiendo ese razonamiento, todos los magos de Dalaran ejercían un puesto similar en la escala de valores sociales, por lo que ellos se consideraban iguales los unos con los otros y no sentían necesidad de altas ceremoniosidades para saludar a un equivalente. Sin embargo, el Alto Elfo no tuvo instante para el sonrojo y la vergüenza, pensando para sí mismo que ya tendría ocasión de saludar a los aprendices con desganados movimientos de la cabeza.

— ¡Oh! Me honra, almenosamí, escuchar semejantes palabras salir de vuestros labios. No sabéis como es la sensación que se tiene cuándo alguien valora de corazón nuestras prácticas de discusión de índole mágica. Si venís a Dalaran para quedaros, yo, Olith Tintagrís, os doy la bienvenida más clara y límpida que pueda formular diciéndoos que en esta ciudad, la gente como vos, de oídoatentoyojopresto termina ensalzada en alguna plaza con una gloriosa estatua dedicada a su nombre. 

Aquel curioso gnomo se puso en pie a medida que hablaba y caminó a Aldariath a paso ligero, alargando su mano regordeta y tendiéndosela con educación al presentarse. Aldariath estrechó la mano del gnomo con firmeza, sonriéndose a sí mismo. Acto seguido, al ver que su colega se levantaba tan enérgicamente, el llamado Antimodes no tuvo mayor elección que hacerlo él también y dirigirse a Aldariath.

— Por mi parte, os diré que yo soy Antimodes Hilarcana, Conjurador de la Ciudadela Violeta, cargo que comparto con las esforzadas labores de ocupar un sitial en el Kirin Tor como uno de sus muchos miembros. Resalto las palabras de mi compañero Olith diciéndoos que espero que ojalá vengáis a Dalaran para quedaros. Se necesita sangre nueva que haga resplandecer la Ciudad Violeta.

— Mi nombre es Aldariath Annar'Thal, futuro mago, y he de deciros que me sacaréis una carcajada o un sonrojo si seguís con semejantes palabras, Conjurador Antimodes. A decir verdad, entre mis esperanzas más enconadas se encuentra la de habitar algún día en la dulce Dalaran, mas ahora tan solo soy un mero aprendiz de mago incapaz de disponer de los medios que me permitiesen vivir en semejante maravilla de urbe. 

Quélástima, quélástima   — negó para sí el gnomo, con vehementes cabeceos  —  ¡Disfrutad entonces de Dalaran, joven Aldariath! Estos dos carcamales no os molestarán más, pues estoy seguro de que el tiempo corre en vuestra contra si deséais visitar la portentosa Dalaran.

— Sed bienvenido al mayor baluarte que queda en Azeroth que abandera la más alta de las virtudes que jamás se hallarán en el universo: templanza, sabiduría, tesón y... ¿cuál diríais vos, Aldariath? — inquirió Antimodes inquisitivamente, alzando una de sus cejas. Desde aquella posición parecía un inteligente búho que observaba con sus prístinos ojos azules al joven quel'dorei.

— Curiosidad, maese Antimodes. Sin duda, os digo curiosidad — repuso Aldariath girando la cabeza con un meneo de sus largos cabellos carmesíes y dirigiendo su vista hacia la miríada de oportunidades que se extendía ante él, en aquella increíble aún Dalaran por descubrir que por fin, tras tanto tiempo, pisaba fuera de los sueños y los deseos.

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Luz Arcana

Año 15, antes de la Apertura del Portal Oscuro

Durante aquella templada noche primaveral en Quel'Thalas, los pensamientos de Aldariath resonaban tal y como si fuesen gritos exhalados en la más pura de las culpabilidades. Las frías paredes de su alcoba le envolvían, encerrándole y oprimiéndole; mientras que la tenue luz de la Dama Blanca se filtraba a través de los cortinajes traslúcidos que cubrían el balcón, movidos por un suave viento fantasmal. Las palabras que se atrevía a susurrar quedamente  aquel joven Aldariath mostraban un impulso angustioso de conocer más y más, pero en su fuero interno, sabía que lo que estaba tratando de hacer era una traición inequívoca a su maestro.

"No debo titubear ni por un instante. Es mi futuro. Estoy destinado a ser mago. Ethranis siempre me lo ha dicho, desde que tengo uso de memoria. Pero, ¿por qué no confía en mí? ¿Acaso piensa que no estoy preparado? ¿Dispone de otro aprendiz? ¿Me ha mentido...?". Las dudas nacían de su pensamiento como las rosas florecen en la primavera. No era capaz de responder a sus propias preguntas, y ni si quiera se sentía capaz de resolverlas con la intención de reconfortarse a sí mismo.

Aldariath sintió como la oscuridad imperante en su habitación le sugería procazmente que acabase con ella de un  sereno plumazo. Sabía que con un sencillo gesto de su mano podría desterrar a las sombras y las tinieblas de su lado para siempre, y con ello lograría resquebrajar el muro de penumbra que lo separaba de la realidad y de los sueños para siempre. Aquella sería su prueba de fuego. Embriagado por el opio de la tentación, extendió la mano hacia el aire y masculló las palabras del tan ansiado hechizo, repitiéndolas tal y como se las había oído conjurar a Ethranis desde que tenía uso de razón.

— Anar...  — durante unos breves instantes de indecisión, Aldariath mantuvo un lóbrego silencio que le recordó que trasgredía hasta el propio manto de sosiego que imperaba en la torre después del anochecer — Anar'alah arkhana.

De corazón, Aldariath no esperaba que funcionase. A pesar de que tuviese la predisposición y los dones naturales otorgados a su raza jugando a su favor, jamás había estado seguro de ser alguien digno de esgrimir las dádivas que emanaban del propio tejido fundamental del universo: la magia. Con su habitual manto de seguridad, Ethranis siempre le garantizaba que llegaría a ser un magíster y que incluso le superaría con creces si se esforzaba lo suficiente. Sin embargo, lo que más amedrentaba a Aldariath y lo que su corazón más temía en aquellos instantes era ser alguien indigno de lo que su maestro esperaba de él.

Por eso, la primera de las lágrimas que derramaría aquella noche cayó límpidamente por su mejilla le sorprendió tanto o más como la brillante acumulación de energía mágica que crepitaba rebosante de poder en su mano desnuda, aparecida después de la invocación. En aquel momento, Aldariath Annar'Thal sintió como todas las dudas que había sentido hasta aquel instante se desvanecían arrastradas por las lágrimas que brotaron de sus ojos cuando vio el prodigio que emanaba de sí mismo, de su mano, de su mente y de su alma.

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El siguiente poema es una ligera adaptación de "Little Gidding", escrito por Thomas Stearns Eliot,

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"Rompe el aire la paloma y baja 
con una flama de incandescente terror 
y lenguas que proclaman 
el único remedio del pecado y el error. 
La única desesperación, o aun esperanza 
     reposa en elegir entre pira y pira— 
     para que el fuego del fuego nos redima.

¿Quién entonces sino Amor planeó la tormenta? 
Amor es el nombre ciego 
detrás de las manos que tejieron con ardor 
la intolerable túnica de fuego 
que no puede arrancar ningún humano valor. 
      Sólo suspiramos, sólo vivimos
      por fuego o fuego consumidos"

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La marca aún le dolía, grabada a fuego en su enteco pecho, merced de la fina mano ardiente de su tutor, Ethranis. Aldariath erraba con paso inseguro, abnegado al tormento que inundaba su alma, mientras notaba con mayor insistencia que tras él se alzaban unos árboles del Bosque Canción Eterna carcomidos por la negra sombra que su maestro para él había dispuesto. Las palabras del insidioso Ethranis, pronunciadas en un susurro cautivador y aletargante no hicieron más que hacer vacilar sus ya indecisos pasos:

"Recuerda quién soy y porque te encuentras junto a mí. Yo te he erigido y yo te puedo derrumbar. Sobre tu frágil carne grabo mi tacto inefable para que rememores a quién perteneces en cada ocasión en la que titubees o tu corazón veleidoso se entenebrezca con la sombra de la duda".

Cada desafortunada ocasión en la que su corazón palpitase, el estigma del nefando tacto de Ethranis le causaba el dolor de mil y una punzadas clavadas en su piel; e incluso la vista se le oscurecía a medida que avanzaba, errático y perdido entre los majestuosos árboles. Su caminar fue disperso, vago y descuidado hasta el momento en el que Aldariath no pudo más hacer más que titubear en sus zancadas. Así pues, tambaleándose mientras el aire salpicaba sus cabellos con grácil perfidia, cayó sobre la hierba húmeda y cerró los ojos, entregándose a aquel calvario con los brazos extendidos sobre el suelo y la expresión desvaída en un rictus lacrimoso.

La luna apareció por fin, recortada entre las altas ramas doradas de los árboles de Canción Eterna, iluminando aquel rostro frío convertido en una mueca del más infinito dolor. Tan solo la Dama Blanca fue capaz de contemplar las pálidas lágrimas que brotaban de aquellos ojos ahora ya inconscientes.

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La salvación vino de aquel al que menos esperaba. La figura de un regio Alto Elfo se dibujó en sus ojos húmedos, que aún no se acostumbraban a la fría luz que iluminaba el bosque. Pues ante él descubrió nada menos que al clérigo Quarath, a quién se le conocía popularmente como el Orador del Sol. Algunos lo llamaban "el hijo primogénito del Sol Eterno", pues en él convergían todas las virtudes, dones y dádivas que un Bien Nacido podría enarbolar jamás en su piel.

De cabellos dorados, que caían como una cascada de pura luz  sobre su torso, expresión beatífica, solemne y noble, Quarath encarnaba con su mera presencia las doctrinas que se impartían en los Sagrarios de la Luz que se recortaban sobre el paisaje thalassiano. En el pasado, aquel santo personaje se instituyó como una figura de renombre en la ciudad de Lunargenta, donde se le otorgó por primera vez el título de "Orador del Sol" durante sus acertados desempeños como Sumo Sacerdote.

Sin embargo, Quarath terminó por alejarse de aquella vida en los Sagrarios de la capital thalassiana, marchándose hacia las montañas con un séquito de feligreses y fieles que lo acompañaron sin reparo alguna. Estableciéndose en una cueva enclavada en las cordilleras, Quarath se entregó a una vida de eremitismo con tal de alcanzar la comunión con el Sol Eterno. Aldariath conocía a aquel apostólico personaje gracias a su maestro, que de tanto en tanto criticaba su figura alegando que se sobredimensionaba la importancia del clérigo y que los motivos que lo habían llevado a alejarse de la sociedad eran más bajos y mundanos.

Fuera cual fuera la realidad, en aquel preciso instante, Quarath tendió su mano a Aldariath; y en su situación desesperada impregnada del más oscuro de los dolores no pudo hacer mayor esfuerzo que tomarla y ponerse en pie a duras penas.

Toma mi mano y camina a mi vera, joven vástago del Sol.

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El siguiente poema es una ligera adaptación de "Ozymandias", escrito por Percy Bysshe Shelley.
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Conocí a un viajero de una tierra antigua
que dijo: «dos enormes piernas pétreas, sin su tronco
se yerguen en el desierto. A su lado, en la arena,
semihundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño
y mueca en la boca, y desdén de frío dominio,
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones
las cuales aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos,
a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó.
Y en el pedestal se leen estas palabras:
"Mi nombre es Tebhotep, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!"
Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas»
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Aldariath tamborileaba los dedos con hastío sobre su pálida mejilla, mientras apoyaba con languideza la barbilla en el dorso de su mano. Su mirada zafiro se perdía a través de las empapadas vidrieras del aula de la Academia donde su tutor Krolit les impartía sus lecciones a él y a un puñado más de aprendices especialmente seleccionados por el anciano gnomo para transmitirles de manera especial las enseñanzas más avanzadas y más selectas de las que el anciano gnomo barbirrosado pudiera esgrimir. Los labios de Aldariath, no obstante, estaban perpetuamente,fruncidos suavemente en especial gesto de aburrimiento dejaban traslucir la más soberana de las inapetencias.

 Cuando sintáis en vuestros dedos el chispazo arcano que os transmite la magia, deberéis aguantar con templanza las tentaciones que el maná recabado del ambiente os otorgue...

Aldariath ya era perfectamente consciente de ello incluso desde antes de ser aprendiz. No soportaba perder el tiempo. Era una sensación detestable y cada vez que la sufría desearía estar muy lejos aprendiendo de su propia cuenta en lugar de atender a lecciones insulsas que no hacían más que quebrar su espíritu. Al cabo de un rato, por fin Krolit cesó su parloteo chillón y agudo. Su voz era tan discordante que incluso era capaz de sobreponerse a las gotas de agua que caían sobre la Torre de Ventormenta en aquella plácida tarde de llovizna.

La lección había acabado. Aldariath se puso en pie sonoramente, arrancando del suelo el sonido que hace la madera al arrastrarse por la piedra. Suspiró, mientras sus grises compañeros lo miraban con una nota de estupefacción al ver lo rápido que se había levantado y lo pronto que deseaba marcharse. Krolit arrugó su ceño.

¿Nadie tiene ninguna pregunta?  inquirió el colorido gnomo, arrastrando su voz por la sala como el chillido de un ratón enfurismado. El anciano arcanista se alzaba por encima de sus discípulos, ensalzado sobre un montón de libros de todo tipo que le servían de zanco y de trono.

Yo la tengo.  espetó con frialdad Aldariath, colocando las manos sobre la mesa.  ¿Cuándo consideraréis enseñarnos algo más que esta ínfima teoría? ¿Cuándo nos instruiréis en algo más que sujetar bolas de maná cuando, al menos yo soy capaz de invocar más que esa magia?

 ¿De veras queréis saberlo, Aldariath? Cuando todos tus compañeros  recalcó   estén preparados y sean capaces de obrar lo que tú obras.

¡Relegáis mi talento a la mediocridad haciéndome esto! ¡Ahogáis la llama del aprendizaje y del saber relegándome a estas lecciones! ¡No quedarán si no cenizas cuando mis... compañeros, si he de llamarlos así, sepan hacer algo más que mover pelotas mágicas en sus manos!   gritó Aldariath, fuera de sí. El resto de aprendices lo miraban con los ojos como platos, sorprendidos por la inédita osadía de aquel callado y templado quel'dorei.

De las cenizas surge siempre el ave fénix, Aldariath. Harías bien en recordarlo...  respondió Krolit para ser interrumpido por su aprendiz.

Lo recuerdo cada día de mi vida, maestro.   Aldariath se giró con un aleteo de su capa de seda, tomando su libro de hechizos y marchándose por donde había venido, mientras su mirada celeste se enturbiaba por las lágrimas de la impotencia, la rabia y la certeza de que había estado equivocado mucho tiempo...

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Tengo el pasaje de vuelta a Quel'Thalas. Tengo el maldito pasaje de vuelta a casa.

No quepo en mi júbilo. Sol Eterno, ¡gracias! Todavía no me puedo creer que posea, con total seguridad, el billete que me devolverá de una vez por todas al Alto Reino. Ah, cuánto he añorado durante todos estos largos años los árboles de rugosa corteza coronados por diademas de hoja y flor dorada. Aún a día de hoy escucho su canción danzando en mi mente a la hora de rendirme al sueño. No me lo puedo creer.

¡Dalion! Bendito sea ese Alto Elfo. Será todo lo siniestro que quiera, pero no obstante, su trato conmigo ha sido impecable. La misión que me encargó a cambio del retorno, del preciado retorno a mi hogar, ha sido tan ínfima como sencilla de acometer. Un niño de cuatro años habría logrado los mismos resultados que la dispar banda que reuní para recuperar las mercancías robadas. ¿Quizás llegue a echar de menos a 

Sí, sé que probablemente sea un asunto más turbio el que se oculte tras el trasfondo de este particular requerimiento que Dalion me impuso para obtener la llave que me llevará otra vez a las costas tocadas por el radiante Sol Eterno. ¿Pero qué importa? Retornaré a Lunargenta, convertido en un mago hecho y derecho, y nada me impedirá encontrar de nuevo a Ethranis y demostrarle que yo siempre fui digno de su tutela. Que no le debo nada. Que él ya no tiene ningún poder sobre mí.

Estas son las últimas hojas que escribiré en este diario, que con suerte pasará al baúl de mis recuerdos narrando mi anodina estancia en Ventormenta. Pues dentro de poco, por fin volveré a casa.

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Aldariath destaponó el corcho de la botella de Dalaran Noir que acababa de adquirir con el pulgar. Se la llevó a los labios y bebió, bebió, bebió henchido de un júbilo rutilante como el pálido sol que acababa de grabar en las postreras hojas de su diario.

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