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Blackthorn

La fundación de Dalaran

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letter_a_medieval_monogram_vintage_initi ciencia cierta y sin dar pábulo a cualquier tipo de duda, la ciudad de Dalaran debe sus orígenes de una manera u otra a la fabulosa instrucción de los Cien Magos del Imperio de Arathor, los cuales fueron instruidos en los profundos misterios de lo Arcano por parte de los magisteres Altos Elfos enviados a Strom gracias a la merced del Alto Rey Anasterian Caminante del Sol, con el fin de que pudiesen hacer frente junto a los guerreros arathorianos a las hordas andrajosas que acaudillaba el Imperio Amani, el cual amenazaba con aplastar cualquier atisbo de civilización que pudiese crecer y prosperar en los ahora llamados Reinos del Este.

Así pues, el éxito del que disfrutaron los magos humanos en la batalla definitiva contra las mesnadas de los Amani en las montañas de Alterac fue aquello que supuso el inicio de una larga y próspera amistad entre los Altos Elfos y los humanos, estableciéndose así firmes vínculos de alianza y fraternidad entre sendos pueblos. El Alto Rey Anasterian, agradeciendo al Imperio de Arathor su inestimable ayuda en la sangrienta guerra contra los Amani no pudo hacer más que prometer al rey Thoradin y a sus descendientes hermandad eterna entre ambas naciones, juramento que aún a día de hoy fomenta los vínculos entre los fieles Altos Elfos y los humanos.

Sin embargo, a pesar de su rutilante victoria contra los Amani, en la que fueron capaces de calcinar incluso a los primitivos loas del norte y al propio caudillo amani Jintha, los magos humanos no estuvieron exentos de ser el foco de la suspicacia y la sospecha por parte de la grey, debido a los grandes poderes que en sus manos manejaban. En un principio, se tiene noticia de que los magos de Arathor dejaron de ser cien al cabo de muy poco tiempo, pues los hechiceros humanos llegaron a la conclusión de que la magia debía ser un arte que se enseñase y se transmitiese de maestro a aprendiz para que así todos pudieran contemplar la inmensa grandeza de lo Arcano. A pesar de la patente habilidad de los cien magos de alterar el universo con los dones que los Altos Elfos les habían otorgado, el vulgo de Arathor desconfiaba de aquella nueva clase social cuyo poder giraba entorno a la magia.

En aquel momento, la luz de la esperanza brilló para los magos humanos, pues vieron en la ciudad de Dalaran un lugar donde desarrollar sus recién adquiridos poderes sin miradas reticentes. En tiempos del rey Thoradin, Dalaran sencillamente no había alcanzado mayor lugar en la historia que haber sido un puesto comercial fundado por los comerciantes que atravesaban el sur de Lordaeron; nada más que una mera villa más entre las muchas que poblaban el contorno de las laderas de Trabalomas. Llamada por los Altos Elfos como Dalaran, que en la lengua común viene a significar "Estrella Hermosa", su nombre original se ha perdido, y fue su posición privilegiada a orillas del río Lordamere junto con el potencial que se podía entrever entre sus muros aquello que llamó la atención a uno de aquellos magos nóveles que habían vencido en la batalla de Alterac, un tal Ardogan.

Poco se nos ha deparado conocer de Ardogan, que ha terminado pasando a los anales de la historia como una suerte de padre de la patria para los habitantes de la Ciudad Violeta. No conocemos de que parte del Imperio provenía, pero sabemos que cuando llegó a Dalaran contempló con agrado que aquel puesto avanzado comercial sería un lugar idóneo para desarrollar las artes que sus maestros quel'dorei le habían enseñado sin intromisión alguna. A aquellos habitantes originales de Dalaran no les molestaba tanto el uso de la magia como a sus homólogos de Strom, e incluso la toleraban entre sus calles. Pronto Ardogan se ganó la admiración de los residentes de Dalaran, a pesar de sus excentricidades, y se convirtió en un ciudadano ejemplar al que convenía seguir y al que todos aplaudían por su modélica actitud.

Y como cabría esperar, sus compatriotas no tardaron mucho en elegirlo como líder. El margen estructural administrativo del Imperio de Arathor permitió sin altercados la llegada al poder de Ardogan, que sustentaba su recién adquirido gobierno en el poder popular emanado de la elección del pueblo de Dalaran. Ardogan no se demoró demasiado en comenzar a realizar útiles políticas en la ciudad, e incluso una de las primeras medidas de las que se tiene constancia que realizó fue nada más y nada menos que invitar a muchos de sus antiguos compañeros magos y a sus aprendices a acudir a Dalaran, prometiéndoles que allí sus prácticas arcanas jamás serían enturbiadas por la supersticiosa visión que los humanos del resto del Imperio tenían de los magos.

Decidiendo centrar sus esfuerzos en remodelar el sistema burocrático de la ciudad de Dalaran, Ardogan logró potenciar con sus firmes leyes el comercio que daba sustento a los habitantes, consolidando así la incipiente Dalaran como una de las urbes mercantiles más importantes del Imperio, que tan solo podía ver eclipsada su riqueza por los emporios marítimos que sustentaban Kul Tiras y el potente comercio interior que ejercía Gilneas; ciudades del Imperio que incluso se hallaban inmersas en una particular pugna con el fin de determinar cual de las dos era la más rica y poderosa. Ignorando esas inermes luchas, Dalaran creció en población, atrayendo cada vez a más nuevos inmigrantes y viajeros que veían en Dalaran una oportunidad de ganarse la vida y hacer fortuna.

Muchos de los cien magos originales y sus aprendices acudieron hacia la protección que les brindaba el perspicaz Ardogan. A pesar de que algunos se habían asentado en las fronteras de Arathor, como bien puede ser la Fortaleza de Alterac, gran parte de conjuradores abandonaron sus torres y escuelas para ponerse en camino hacia esa ciudad soñada que pronto rivalizaría con la mismísima Lunargenta; y el éxodo de aquellos magos se debió a algunos altercados sufridos por la ignorancia del vulgo, que a lo largo del Imperio había llegado a alzarse en armas contra de los magos humanos y sus discípulos, temiendo que pudiesen obrar contra ellos su magia.

El pueblo de Dalaran, que ya estaba acostumbrado a los muchos portentos y prodigios que desarrollaba Ardogan en sus continuos estudios sobre lo Arcano, no titubeó en aceptar al resto de magos exiliados en su pequeña ciudad comercial, hecho que terminó redundando en el beneficio de Dalaran y en sus habitantes. Nada más llegar a la ciudad, algunos de los magos sugirieron emplear sus poderes para engrandecer y embellecer la ciudad; sugestión que Ardogan aceptó sin reservas. Utilizando sus maravillosos poderes, los hechiceros desataron todo su poder para ampliar las calles de Dalaran, haciendo crecer sus plazas, casas y parques, haciendo reverdecer la vida y convirtiendo aquella pequeña ciudad en la urbe de ensueño en la que todo aprendiz de magia desearía estudiar. Se construyeron grandes bibliotecas repletas del conocimiento que compilaban los sabios, así como depósitos en los que se guardaban los artefactos de poder creados por los avezados encantadores entre otras muchas maravillas que aún a día de hoy permanecen en las avenidas de la Ciudad Violeta.

A pesar de que Arathor desconfiase con creces de los Cien Magos, los seguía necesitando. Al fin y al cabo, habían sido ellos quiénes les otorgaron la brillante victoria en la Batalla de Alterac, permitiendo a Arathor alzarse con el triunfo y aplastar la amenaza que suponía el vasto imperio de los trols. Ardogan, en su astucia y sabiduría conocía esa necesidad de los gobernantes del Imperio de la ilustrada mano de los magos, por lo que con sus medidas logró que el Imperio necesitase también a Dalaran, convertida ya en la gran capital de los magos. Si alguien deseaba disponer del favor de los magos, por consiguiente necesitaría también el favor de Dalaran, convertida ahora en la más relumbrante joya de los Reinos del Este.

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