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Un lobo de metal y ceniza.

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Capítulo I

Entre sangre, sudor y acero.

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El agotamiento era una sensación bien recibida, los moretones vendrían después de los golpes y las lecciones, el orden no importaba pero siempre venían juntas y a buen tiempo, le hacían recordar el infierno en el que vivía, le recordaban el porqué de las cosas que pasaban, le recordaban que vivía en un mundo de mierda.

Un golpe seco, el sonido de la sangre al caer en la tierra, el polvo se levanta en fracciones de segundo, aquel liquido violáceo tocaba suelo al menos en un buche de la boca de un pequeño orco, unos nueve años a lo sumo, el golpe de un palo hacia su mandíbula hacia sido directo y sin avisar, de su labio ahora roto, brotaba un hilillo de sangre que caía por su pecho hasta que encontraba una mano verde que recogía lo que derramara el labio.

En el círculo de combate, los críos más aptos eran puestos a prueba de la mejor forma posible, haciéndolos luchar entre ellos, sin un premio alguno que no fuera la ilusión de ser el más fuerte al menos por aquella noche, en ese momento un joven orco con algunos moretones y de cabellos oscuros, sus ojos de aquel azul profundo alzaban la mirada hacia el orco mayor que dirigía aquel féretro, su sonrisa denotaba aprobación, una bien ganada aquella noche.

¡Ojiazul!...Victorioso. —— Dijo aquel viejo orco, sus cabellos blancos denotaban su edad y el hacha que yacía tras él, denotaba la experiencia al compás de su frondosa barba. el pequeño orco en aquel momento no tenía otro nombre que no fuese Ojiazul, nadie le había dado otro nombre, para todos los miembros del clan grito de guerra no era otro que el Ojiazul del clan, el único que no poseía ojos rojizos y oscuros, como era común en los hijos de los que si bebieron la sangre de mannoroth.

El ojiazul extendió su mano hacia el otro crio que yacía en el suelo, llevándose una mano al labio roto, le ayudo a levantarse y se encaminaron fuera del círculo, a pesar de luchar a diario para estar en óptimas condiciones, no albergaba odio ni rencor hacia sus iguales, puesto que de una u otra forma eran iguales que él, compartían el mismo infierno.

Ve con Zulka, te has ganado una pieza de cerdo— Escucho decir al anciano, y asintió para mirar a su ahora derrotado compañero, en aquellos momentos las reglas eran sencillas si perdías en el círculo no habría cena, lo cual los hacia luchar con fiereza siempre que entraban al mismo.
Ambos críos se encaminaron hacia Zulka, la joven orca que se encargaba de los críos sin padres o madres vivas, de los huérfanos, aunque ella tenía otro nombre para los críos bajo su cuidado, para ella no eran más que los bastardos.

Según me dijeron, no te sale pieza de cerdo hoy Croggar, Mala suerte. —Espeto Zulka, con la sutileza que la caracterizaba, su habilidad para escupir las palabras hirientes era de verdad asombrosa, pero por algún motivo estaba de buen humor aquel día.

Tan solo un pedazo de cerdo asado y un trozo de pan, adornaban el cuenco del ojiazul en aquel momento, ganado a pulso en el círculo, destino una última mirada al que hace minutos era su contrincante y se retiró, hacia el interior de aquel entramado de cavernas tan extenso, que era el hogar de los grito de guerra en Lordaeron, sin saber mucho el porqué de aquello simplemente le hacían saber que el pagaba el precio, el precio de la debilidad, el precio de la derrota.

varios de los niños del clan compartían su gusto y siempre se reunían en aquel lugar, cerca de la tienda de la madre Okana, una de las pocas orco que trataba a los pequeños con cariño y les contaba sobre las proezas de los antiguos clanes en draenor. A la hora de cenar, siempre se dirigía hacia un lugar en específico el cual consideraba era el mejor lugar de la cueva,

Allí el Ojiazul, lejos de las miradas de los guerreros del clan, solía compartir su comida con quien le acompañara a escuchar cada noche un relato fantástico, aquella noche eran sus dos compañeros de relatos, Yuri y Croggar, una joven orco de su misma edad con el cabello rojizo y ojos amarillentos, por otro lado Croggar ahora con el labio partido, era un niño orco de la misma edad de ambos, de una tonalidad más verde que el otro par, y de ojos oscuros.

Yuri y Croggar, degustaban el trozo de cerdo mientras que el Ojiazul comía su trozo de pan, escuchando el relato que la madre Okana tuviera para ellos, a pocos metros de distancia desde la oscuridad que ofrecía un rincón de aquella entramada cueva, dos ojos rojos observaban constantemente al ojiazul, frunciendo el ceño al verle compartir su botín.
Hermandad, Algo que muchos han olvidado—Dijo la madre Okana, viendo a los pequeños comer, esbozando una leve sonrisa. —Recordad jóvenes, el más fuerte no tiene por qué despreciar al más débil, debéis proteger a aquellos que no pueden, si por sus venas corre la misma sangre, la familia es lo mas importante. — Las sabias palabras de Okana, eran siempre bien recibidas por los pequeños, pero algunos de los miembros del clan discernían de sus conceptos, se aferraban a la gloria de la batalla y el saqueo, a la matanza sin sentido.

No haces más que debilitarlos de mente, anciana. — Se alcanzó a escuchar desde aquel rincón envuelto en sombras, un orco fornido y de ojos rojizos emergió de la oscuridad, plantándose frente a los pequeños que formaban un círculo con la madre Okana.

No tienes por qué compartir tu comida con estos despojos inútiles Ojiazul, guárdala para ti y te hará más fuerte. — Su tono era áspero y su mirada se fijó en el pequeño.

 

¡Son mis  hermanos y te matare si te metes con ellos!— Exclamo el pequeño, mostrando los pequeños colmillos apenas formados como para presentar una amenaza. El ojiazul lo reconoció, aquel orco siempre le veía luchar en el círculo pero nunca le había dirigido la palabra, nunca hubo motivo para tal cosa y justo ahora, sentía algo de temor ante aquel orco pero mostrarse débil seria justificación para un castigo severo, pero si se mostraba desafiante también podría ser castigado por sus insolencias, pero pensando en todo lo que tenía que hacer a diario, dejo de importarle, un profundo sentimiento de ira le abordo en aquel momento, nadie le podría decir que hacer con lo ganado mediante sangre y sudor.

La amenaza surco el aire como la bala de un cañón, aquel orco de ojos rojos no era otro que Garkus Hijo de Gru’fax uno de los antaño campeones de la horda, ahora en su vejes seguía siendo un enemigo a considerar pero prefería mantenerse desapercibido, con una fama de brutal e implacable, no dudo en acercarse al pequeño y cogerle de la camisa de piel que tenía, alzándolo a su altura,—Quizás algún día lo hagas cachorro… Dijo con un tono amenazante mostrando los colmillos. En aquel momento todos se pusieron tensos, Yuri entrecerró los ojos para no ver en su totalidad como posiblemente el ojiazul seria golpeado hasta morir, Croggar hizo lo propio bajando la cabeza no quería ver cómo le atizaban a su compañero, pero tampoco era tan estúpido como para arriesgarse a compartir su destino, la madre Okana clavo sus ojos en el par, si bien poco podía hacer le rogaba a los espíritus que no estrangularan al pequeño Ojiazul.

 — Me amenazas sabiendo que no tienes posibilidades, le escupes en la cara a la muerte, eso me agrada…mientras tus ‘’hermanos ‘’ se esconden en las faldas de una anciana, defiendes a cobardes. —Las palabras retumbaron en aquella sección de la caverna, más como un susurro que un grito, pero lo que iba a ser la ejecución del pequeño Ojiazul se convirtió en una oportunidad, Garkus observo los ojos del crio por unos instantes y vio algo, algo que solo él pudo interpretar en aquel momento, vio aquel fuego que su padre vio en el cuándo era un niño, un fuego que podría ser forjado y convertido en una máquina de matar.

A partir de mañana te entrenare, te adoptare como mi hijo…Garrus de los grito de guerra

 

Editado por CO2
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