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La vida de Kradseen Huesoscuro

Parte 1: De Gilneas a Lordaeron.

Capítulo 1: Aterrador

Parte 1

Las mañanas de los tiempos pasados siempre lucían brillantes en su memoria. Sin embargo el joven Sigmund, con su piel morena y cabellos oscuros como el carbón olvidaría para siempre todo aquello que alguna vez soñó, todo aquello que deseo. El pequeño fue encontrado a la sombra de un manzano, lucia pálido y había perdido el conocimiento.

La primera en percatarse de él fue la sirvienta encargada de los jardines esa mañana. El pequeño solía jugar en los árboles, subirse a ellos y comer una o dos manzanas, era una rutina que hacía cuatro años no cambiaba no desde que en su quinto cumpleaños lograse subir a uno de los múltiples árboles que adornaban el jardín de su padre. Ni una sola vez había el niño resbalado ni un solo rasguño o golpe, nada hasta ese día, la preocupación de sus padres no se hizo esperar, era su único hijo por entonces, heredero de toda la fortuna.

El medico más caro que pudieran pagar, no pudo hacer nada por el pobre pequeño. Y los días pasaron, 6 días sin que el muchacho diera señal alguna, respiraba, su pulso era débil pero estable, tan solo lucia como inducido en un eterno soñar. Pronto sus padres comenzaron a correr la voz, una fortuna, un dineral, en monedas de oro, sería el precio por rescatar a su hijo de las profundidades de aquel sueño, y la voz se corrió, quizá, más de lo les habría gustado. Estafadores y mentirosos de diversos tipos no se hicieron esperar, en realidad, fueron los primeros en llamar a la puerta de la gran mansión los primeros en ser puestos de vuelta a la calle sin ningún pesar. El segundo tipo de persona en acercarse fueron los médicos más competentes, pero ni ellos fueron capaces de adivinar donde estaba el mal en aquel pequeño niño de nueve años.

Los días pasaron y se convirtieron en semanas, entonces, la desesperanza rondaba la casa y la oscuridad tan solo fue disipada por un acontecimiento del mismo grosor que el aparente eterno sueño de su hizo, pero de contraria potencia. La madre, estaba embarazada. Pronto la noticia corrió por la casa y las luces y buenas esperanzas se recobraron, entonces, sin más espera, como si el universo conspirara por ello, un hombre de negras túnicas toco a la puerta de la mansión. Un extranjero adivino la sirvienta, por su extraño aspecto y acento, quizá un doctor, y lo confirmo cuando este se presentó.

El extraño tenía el cabello y los ojos oscuros y profundos, como el pequeño, mas su mirada despedía algo antinatural. La sirvienta tan solo logro mirarle a los ojos unos segundos, entonces sintió como el miedo le escalaba la espalda y la sensación de huir se apodero de ella, el hombre le miro, complacido en su mirada y con una tierna e inocente sonrisa, que en contraste con su dura mirada tan solo logro espantar más a la pobre mujer, temblaba cuando el dueño de la casa, y padre del pequeño Sigmund se acercó, su mano la llevo al hombro de la mujer, y como si de un trance despertase dio un salto y como si nada siguió las ordenes de su señor.

- Si ha venido a sacarnos dinero será mejor que se largue de inmediato, no tolerare que otro mentiroso me haga perder el valioso tiempo que poseo. - Altanero como buen noble, miro al hombre al menos media vez más alto que él y unas dos más fuerte.

El hombre lo miro desde su cara mojada y dura y tan solo cambio la dirección de su mirada. Un par de minutos de contemplación después abrió lentamente su boca y pronuncio profundas y graves palabras.

- He venido a ver al niño - No cambio su expresión, neutra e indiferente - Su cura esta en mis manos -

El padre se quedó atónito esperando que prosiguiera mantuvo el silencio, y su altanera y fingida postura de superioridad, que apenas y lograba llenar sus inseguridades frente al extraño que pisaba su hogar. No hizo mala cara, tan solo se dedicó a repetir lo que antes repitió al menos un centenar de veces. Una taza de té para el médico, unja explicación del renombre de la casa y el apellido, y una mucha más corta explicación de la condición del pequeño.

El hombre mostró su rostro indiferente en todo momento, hasta que la razón por la que estaba allí estuvo frente a sus ojos, una sonrisa, bastante oscura, se manifestó, rompiendo la fría maldición de su seriedad. Sus ojos también brillaban, como sus afilados dientes, parecía seguro su caminar cuando daba los pasos que lo acercaban a su meta, casi se podía adivinar, era su presa. El padre y compañía tan solo lograron percibir un leve escalofrió en sus espaldas.

- Puedo despertarlo... - El hombre se pauso por unos segundos - Pero el precio será alto -

- Te pagare cada moneda de oro que este en mi presupue... - No puedo terminar de hablar.

- No son sus brillantes monedas de oro lo que busco... No, yo pido algo más.... mucho más valioso - hablaba de manera pausada y suave, con una mirada que podría arrebatar la esperanza de cualquiera, el vació en ella se volvió terriblemente aterrador.

- No comprendo - respondió tras un momento.

- Oh, lo comprenderá . - dijo a la vez que se acercaba al niño, y justo frente a él, levanto su mano y palma sobre el pequeño, una humeante y oscura esencia descendió lentamente hacia él, el hombre sonreía el padre tan solo observaba atónito como tras que aquella cosa saliera de la mano del extraño y llegase a su hijo. Y como si tan solo despertara de un largo sueño, abrió sus ojos. Sigmund estaba desierto de nuevo... y algo más.

Fuera de la casa, un estruendo, un rayo, y a la mañana siguiente, un manzano carbonizado era todo lo que quedaba.

Parte 2

El viejo árbol quedo en el jardín hecho un tronco carbonizado, era el recordatorio de aquella misteriosa noche, de aquel misteriosos hombre y de sus últimas palabras al salir de enorme casa:

" Cuando el día llegue, el precio de sus servicios será cobrado, hasta entonces, vivid en paz, disfrutad de vuestra riqueza, porque al renacer, ya no importara. "

Y como sugirió, la vida continúo. El pequeño Sigmund tenía apenas algunas secuelas de sus tres semanas en cama, despertó como si tan solo fuese el sueño de una noche. Su memoria estaba intacta, con una pequeña excepción Desde el momento de su caída y todo un año tras este evento se perdió en las sombras del olvido, sin embargo poca o ninguna importancia fue puesto aquel insulso detalle, el heredero despertó sano y salvo, eso era todo lo que importaba... Y que no habían tenido que pagar una sola moneda por ello.

El primer año o los primeros meses tras despertar fueron algo tensos, le observaban día y noche, a la espera de alguna maldición o maleficio, de alguna locura desenfrenada, el temor de los primeros días es algo que el pequeño jamás olvidara, el temor los ojos de su padre y de las sirvientas que presenciaron el acto que desencadeno su libertad era demasiado profundo, y aquel temor cayó sobre él, sobre sus hombros. Rápidamente el niño se hizo a la idea de ser temido, incluso comenzó a disfrutarlo. Su padre aumentó sus regalos, todo para mantenerlo feliz, pero más que los regalos, el control sobre los que con sus ojos le alejaban, el poder sobre otros, era casi embriagante para el pequeño quien siempre se sintió víctima de los caprichos de sus padres.

Luego del año, las cosas comenzaron a cambiar radicalmente. A los once años el pequeño ya había dejado por completo los juegos, lo que comenzó con un desinterés en los otros niños y sus pasatiempos, maduro para convertirse en un aislamiento intelectual, libros, era todo lo que Sigmund pedía como regalo, docenas de libros, en estantes de su cuarto, que no era nada pequeño, el piso, sobre la cama, libros sobre libros se fueron acumulando junto al polvo. Pronto la mente de Sigmund tendría la capacidad suficiente para desatar sus deseos y albergar sus pesadillas, y junto a la altanería de los nobles, predecible era que el pequeño aprendiera pronto, el valor de una vida, y lo fácil que es tomarla.

Ardillas, ratones, conejos, los de su jardín, los de otros niños, no le importaba la procedencia realmente. Si había algo que los libros no mostraban, entonces lo vería por su cuenta. Los cadáveres comenzaron a acumularse, y en lo único que logro pensar fue en alimentarse. Extraña, la carne cruda, pero la sangre le daba una sensación que el clasificaba como agradable a la garganta y su sabor no le era para nada desagradable. No sabía tan bien como la de las cocineras, jamás habría dicho eso, pero algo era distinto, algo que lo hacía mejor.

Colecciono dibujos hechos por el mismo y recortados de libros, sobre las funciones del cuerpo, los seres vivos, animales, plantas y humanos, aunque de estos últimos era de los que más faltaban. Esos libros estaban prohibidos, y su uso era asociado con prácticas aún más oscuras, como apenas un niño era imposible llegar a poseer tal instrumento de enseñanza, sin algo de controversia al menos y Sigmund estaba consciente de eso. Su única opción, era matar y abrir roedores, y uno que otro gato o perro.

No tardo mucho más que seis meses, que su secreto pasatiempo fuese descubierto. Por su suerte, mala o buena, su padre callo su macabro descubrimiento en el sótano de su propia casa. Su pequeño tan solo contaba con trece años, eran errores, cosas de niños, y en silencio otorgo a su hijo las herramientas que necesitaba para abandonar sus retorcidas prácticas. Libros, viejos y ennegrecidos, por las opiniones y el polvo.

El pequeño aprendió que el miedo es tan poderoso, que a pesar de los años y la paz, tan solo una sacudida es necesaria para recordables su débil voluntad, para recordar a quien deben temer y apreciar. Y decidió que era el miedo el arma más poderosa.

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Capítulo 2: Muerte

Parte 1

Sus dorados cabellos y rosados cachetes relucían al sol de esa mañana, ojos azules como el cielo y el mar, la pequeña Evanel tan solo tenía seis años de edad. La Hermana de Adam nació dos o tres meses después de que este despertase.

Contraria a la vida de su hermano mayor, Evanel era una pequeña bastante normal, aunque sus cuidados eran excesivos, su padre seguía repitiendo que jamás cometería los mismos errores, se había vuelto un viejo paranoico y temeroso, esto se reflejaba en su creciente odio contra la plebe y la manera en que trataba, cada vez de maneras más humillantes, a sus sirvientas. Adam consciente observaba con cierta envidia el dominio despótico del poder de su padre.

La relación entre hermanos no era lo que podría esperarse, pues en realidad, pasaba con completa normalidad, Sigmund no había demostrado extrañas o inadecuadas intensiones para con su hermana menor, la cuidada como cualquier hermano cuidaría a una pequeña como ella. Era una de esas pocas coas por las que no se preocupaban sus padres en cuanto a Sigmund, y sus padres lo agradecían pues el resto de problemas que había causado los últimos años los arrastraban cada vez más vertiginosamente al límite de la desesperación y la desesperanza.

Cuando cumplió quince inviernos, la solución final a sus conductas anormales con los animales fue enviarlo a un viejo y apartado monasterio de la iglesia de la Luz, donde un sacerdote, viejo amigo de la familia residía, si el alma de joven chico no podía ser aplacada y purificada allí, entonces nada más podrían hacer.

Al pisar la sacra tierra sintió un pesar en su pecho, oprimido algo en su interior suspiro, algo andaba mal. Mientras más tiempo pasaba allí mas era consciente del encierro en su pecho, que significaba, porque se sentía tan sumiso ante aquellos viejos sacerdotes. Nunca nadie tuvo sobre el tal control, era como si durmiera mientras hablaba, como si le fuese imposible decir lo que deseaba, tan solo obedecer. La tortura que significaba para él se acrecentó con el pasar del tiempo, odio, y resentimiento fueron creciendo en su interior, odio hacia aquellos monjes y sus padres.

Su formación en las filosofías de la luz no paso de la teoría. Jamás creería en absurdas patrañas como esas sobre paz en un mundo de humanos que buscan gobernarse los unos a los otros, que buscan tan solo de manera egoísta sus propias metas y beneficios, tonterías absurdas de ilusos que jamás vieron el mundo tal como era, encerrados en aquellas montañas, estos eran los pensamientos diarios de joven muchacho. Una competencia, una guerra, una traición, eran cosas que le sonaban más realista, eran cosas que había presenciado como normales en sus padres, en su hogar.

Las enseñanzas de la Luz sin embargo poseían una ventaja bastante grande. Había logrado actuar correctamente gracias a ese extraño adormecimiento, al cual se acostumbró luego de unas cuantas semanas, y luego de otras pocas ya poseía la confianza de la mayoría de los sacerdotes, con un par de excepciones. Sin embargo, poco faltaría después de cumplidos sus primeros meses para que fuera a cubrir el puesto de bibliotecario, su amor por el saber, la lectura, y los libros no era un secreto entre los monjes, pero más allá de la mayoría, sobresalía la sospecha.

Amigo de su padre, hermano de su madre, el hombre que siempre observaba de lejos, nunca le instruyó en ninguna tarea o disciplina, en ninguna clase, jamás. Era un hombre alto, bastante más que él, de cabellos negros y ojos oscuros como el carbón, su rostro era pálido y endurecido por los años. Su nombre era Kardian Lightbone, él era el otro bibliotecario.

Tan solo una vez, hablo con él. Una noche de tantas, en busca de un libro de tantos, uno de una zona no muy cercana ni muy recomendada, pero, donde más han de guardarse los libros que fuesen en sus momento estudiados por los sacerdotes que iban a morir a la segunda de las grandes guerras, para conocer el poder del enemigo, Sigmund admiro la maravillosa forma de adaptarse de aquellos Lordaeroneanos, y aprovecho su descuido. Pero esa noche no pudo obtener lo que buscaba, Kardian mantenía su mirada enfocada en el mismo libro que buscaba, bajo la luz de la luna y una vela, lo observo de reojo por unos segundos, hasta que su macabra sonrisa brillo.

- Los secretos más oscuros han de leerse en silencio. - Y como si nada hubiese pasado, levanto y coloco el libro en su lugar.

- Os dejare un consejo joven curioso... No los dejéis entrar en tu alma. - Y entonces marcho.

Le tomo su tiempo, pero copio la mayoría de los libros, en su mente o por escrito. Todos eran suyos ya, aquellos demasiado grandes simplemente eran reemplazados por libros en blanco con cubiertas cambiadas otros que ya nadie recordaba solo desaparecían. Mientras, guardaba todo lo que leído ya en un lugar en el que jamás seria encontrados por otro que no fuese él.

Sus tesoros más grandes aun eran los libros y el conocimiento que aguardaba en ellos.

Parte 2

Cuando cumplió la edad necesaria para huir lo hizo. No era poco lo que poseía su padre enviaba dinero a modo de donación cada semana y acumuló el suficiente de moneda en moneda para salir de allí, e incluso para sobornar al pobre mensajero que traía consigo el dinero, cuya llave permaneció en el cuello de Sigmund desde que fuera enviado al monasterio.

Cuando marchaba, justo a la media noche, un verano bastante cálido, uno de los sacerdotes se acercó a la puerta de la salida con una vela, el hermano Lightbone lo estaba esperando allí.

- Cuando llegue el momento, sabrás el precio de tu libertad -

Sigmund salió de la capilla y nunca miro atrás Las palabras de ese sacerdote acrecentaban en su mente y corazón a cada paso que daba lejos de las tierras sacras que habito durante al menos cuatro años. Durante tanto, su padre no envió si quiera una carta, no tenía apenas recuerdo del rostro de su madre y su hermana tan solo era la intrusa, su reemplazo y la razón por la que fue enviado a aquel sitio infernal, sin ella, sus padres jamás se rebelarían contra él, pues su preocupación sería suficiente para permitir sus oscuros y enfermizos caprichos. Para Sigmund ya estaba claro quien cometió el error, quien lo impulso...Quien pagaría.

Durante un año se estableció en Lordaeron, con otro nombre e identidad, manteniéndose con las donaciones periódicas de su padre invento una fachada, él era el hijo de un noble de tierras lejanas, más allá del mar, que llego a cultivarse en distintas materias, tanto artes como ciencias de todo tipo, y para su padre, con quien estableció una, bastante insípida, correspondencia era un fiel sacerdote de la Luz. Mientras tanto pasaba sus días ideando maneras de atraer presas, usar animales era simple, pagar a cazadores por comida o hacer una caminata por los bosques con alguno que otro cazador, pero había perdido cierta gracia después de un tiempo, Sigmund ocupaba presas más grandes.

Pronto encontró entre los más pobres y desdichados la manera, muertos de hambre, algunos de los habitantes de las profundidades no dudarían en entregar a sus hijos a un "fiel miembro" de la iglesia de la Luz por algo de comida, y la promesa de un buen futuro para el pequeño. Así pasaría ese año, entre experimentos y placeres, pero sabía que pronto tendría que acabar con los que por tanto le causaron mal.

Las cartas era concisas y amables, expresaban los muchos sentimientos de añoranza que tenía por su familia y explica las mil y un razones por las que abandonar su trabajo cuidando niños y haciendo múltiples obras de caridad sería una injusticia para la Luz, y así, con palabrerías y mentiras como dulces, logro engañar a madre y hermana una carta tras otra, hasta que la quinta les llego, junto a ella una invitación tan solo a ellas dos, para ir hasta Lordaeron, en una carroza pagada por el mismo, la respuesta no se hizo esperar, un sí rotundo.

Su llegada fue extremadamente esperada, Sigmund estaba en su momento. Todo fue preparado, la sala donde se daría la cena era grande aunque modesta en comparación con las riquezas en la vecina Gilneas. Su madre vestía un vestido oscuro, a juego con ojos y cabello, su pequeña hermana, cuya edad rondaba los diez venía con uno del color pastel que llevaba en las mejillas, sus risos dorados como los de su padre irritaban a Sigmund con tan solo mirarlos, pero el mantenía una sonrisa en su rostro.

Mantuvo la conversación durante un par de horas. Comento más mentiras en aquellas dos horas en el resto de su vida. Su madre y hermana tan solo escuchaban pacientemente, alegres observaban al joven redimido que tan solo le servía con sumo cuidado la cena, sin sospecha alguna de que sería la última.

Describir lo que vino después... no sería tan agradable.

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Capítulo 3: Vacío Profundo:

Parte 1

Las semanas pasaron prestas, el plan fue adecuado y veloz, todo fue ejecutado a la perfección su padre no volvería al reino hasta en mes y medio, tiempo que tendría para planear la segunda de sus ejecuciones o al menos eso era lo que estaba esperando Lo que nos sabia era que su invitación llegaría justo antes de la salida de su padre, el mismo había aplazado la salida sospechando, siempre sumido en su paranoia, y esperado correspondencia de sus mujeres durante varias semanas ya. Preocupado tomo las riendas de su caballo haca Lordaeron, a la vez que su hijo tomaba la ruta alterna, al reino de Gilneas en una carroza. Sus caminos se cruzarían pero ninguno podría ver al otro.

Su padre llego a la dirección a la que estuvo enviando la correspondencia, la casa que encontró era mediana, dos plantas y bastantes cuartos podrían adivinarse, no era nada en comparación a la mansión Gilneana, pensó su padre, y bajo de su corcel para percatarse de una propiedad sin ningún guarda, parecía de alguna forma abandonada. En los jardines la hierba crecía sin control, y no había arreglos de ningún tipo. Al entrar a la casa, cuya puerta cedió tras un fuerte empujón, encontró una habitación a oscuras, y al fondo un brillo entre rojizo y dorado, una vela. Camino en su dirección esperando poder manipular la poca luz que emanaba. Una vez ahí logro vislumbrar que se trataba de la cocina, justo bajo la vela, una mesa llena de sangre sostenía dos enormes y filosos cuchillos de carnicero y unos cuantos cuchillos más delgados, todos manchados, recientemente usados. En el suelo había manchas también como si hubiesen arrastrado por el piso el bulto de carne y sangre, la puerta a la que dirigía daba al sótano. Antes de bajar busco por la casa para abrir las ventanas, pero todas ellas habían sido bloqueas, bloqueando así casi por completo cualquier luz. Se rindió e hizo lo único que quedaba, bajo las escaleras, rezando por miedo y egoísmo más que por fe.

Un cuarto maso menos grande, dos enormes y largas mesas, y varias velas encendidas por doquier, el cuarto estaba iluminado, e incluso una pequeña ventana que daba al jardín trasero dejaba entrar algo de luz, aunque no en exceso aun. Acercándose más fue capaz de distinguir en el miedo del suelo de la sala extrañas marcas en una formación circular, no supo reconocer nada de aquello, pobremente versado en literatura y aun más en magia, las runas le parecían garabatos de un niño, sin embargo, la sensación perturbadora al verlas no disminuía. Camino hacia atrás y tropezó con un bulto, cayó al suelo y sintió la humedad empapar sus pantalones, y sus manos, callo en un charco, se levantó con cuidado y se vio las manos a la luz de las velas, ensangrentadas y rojas, como toda su ropa, espantado tomo la vela que portaba y la acerco al bulto sin vida que tenía a los pies.

- No... No puede ser... - retrocedió, y toco con su pie otro más, no quiso voltear, sintiendo a este último más pequeño y ligero.

Se marchó de allí de inmediato, escurriendo sangre a media mañana, en su corcel, corría de vuelta a su hogar, debía reunir a sus hombres más fieles, ese era su plan.

Cuando logro llegar a Su hogar, a las afueras del reino era ya tarde, la oscuridad hacia mucho cubría el cielo nocturno y poco se veía por allí. Observo la casa, sintió algo extraño al verla, pero no se percató hasta que estuvo frente a ella, no había luces. Era imposible, que todas las luces hubiesen quedado apagadas, las habitaciones de los sirvientes, e incluso la cocina, todo estaba completamente sumido en la oscuridad, por alguna razón aquello recordaba lo vivido hacia tan poco.

Ingreso por la puerta del frente, tenía las llaves, pero no fueron necesarias, la puerta estaba ligeramente abierta, en el interior no se veía absolutamente nada. Prosiguió no podía detenerse, quería una explicación razonable, algo lógico y correcto, estaba a punto de enloquecer necesitaba algo en que sostenerse pero lo único que le entregaron fue una risa estruendosa que resonó en toda la casa a la vez que círculos como los que haba visto en el sótano se iluminaban en el suelo, revelando los cuerpos mutilados brutalmente y la sangre encharcando grandes sectores del suelo de la sala principal. Al menos quince cuerpos podían observarse.

- Es la hora de que pagues... Padre - La voz sonaba aterradora a sus oídos como si un demonio hablase, desde lo alto de las escaleras que daban al segundo piso, Sigmund susurraba una maldición, y reía mientras los ojos de su padre se desorbitaban de dolor.

Escapo por los jardines hacia los bosques argénteos, Gilneas jamás volvería a ser su hogar, se había asegurado de eso, la casa comenzó a arder poco después de su partida, todo lo que había pasado allí se lo llevaría el fuego, pero tampoco podía volver a su casa en Lordaeron, no si su padre estuvo allí. Se detuvo en la mitad del bosque, el lago brillaba con el reflejo de las lunas. Miro hacia el cielo, y sintió un dolor punzante en su pecho, y un susurro le indico cual era el siguiente paso.

Parte 2

Las montañas del sur mostraban ya los fuertes vientos, los pinos se mecían lenta y ruidosamente en aquel sector del oscuro bosque, pronto el invierno llegaría a las tierras verdes y frondosas de Lordaeron.

Lordaeron era un reino tranquilo, devoto a sus más fieles creencias, las que llenaban sus almas y cubrían las necesidades de su consciencia. Allá bajo todos aquellos infelices que a diario rezaban a su gloriosa Luz, en el fondo de los abandonados abismos del reino, donde nadie decente jamás se atrevería a poner pie. Fue allí fue donde su laboratorio improvisado comenzó a crecer y pronto, entre los mendigos que habitaban las alcantarillas y las profundas entrañas del reino, los rumores de la sombra comenzaron a rodar y a consumirlos.

Cuantos años tenía el miserable ser, víctima de esta narración por entonces unas veinticinco inviernos, quizá veinticuatro, uno de sus años estaba perdido en su memoria. Acaudala su vida antes de la gran decepción, le fue difícil acomodarse a su nuevo hogar, en la mugre y sangre de un reino que lentamente se pudría desde dentro pero era al menos capaz de hacer lo que le daba la gana, y eso valía más que cualquier mansión o banquete Gilneano pagado por el dinero de su padre.

Intento recordarse como un niño y jamás recordó haber sentido un ápice de aprecio por su familia, todo lo que el recordaba eran grandes libros. Leyó toda su vida, y no existía otra pasión en el que la del conocer, la de conseguir el saber, a cualquier precio. Y ahora estaba a oscuras, sin saber alguno.

Retrocedió y observo su trabajo, en aquella extraña cueva, entre los conductos de piedra abandonados ya hace tiempo, logro reunir los materiales, una cama de paja improvisada, algunas telas hacían por turnos de sabanas o ropajes, y de partes y piezas robadas un juego de alquimia deficiente desde sus bases y un circulo de runas antiguas y malditas grabado en la roca directamente, eso era todo lo que el poseía, y aun así lo único que lograba extrañar eran sus libros. Más de cinco años habían pasado ya, y ahora, la última puerta a ellos estaba sellada por una muralla impenetrable.

Su vida anterior en Gilneas era tan solo un viejo espejismo, su apariencia recatada , su cabello corto, su apariencia y su físico bastante bien cuidados se transformaron en una capa de piel y un débil musculo que denotaba su pobre alimentación y falta de sol, su barba crecía hasta casi alcanzar su pecho y sus cabellos completamente enmarañados en una extraña formación que recordaba a un nido de roedores. Aquel aspecto el otorgaba el paso libre por entre sus iguales en las oscuras mazmorras, sin embargo, allá en los mercados que frecuentaba, tan solo para alcanzar algo de alimento no tan podrido, o algún poco de agua limpia, su aspecto era motivo de asco y desprecio.

Aprendió a vivir con la ambivalencia de su aspecto, la superficie poco le ofrecían y los mendigos no parecían preocuparles que les depara a sus cuerpos después de la muerte, entre experimentación y canibalismo, se deshacía rápidamente de los muertos más frescos, los cuales nunca faltaban, aunque esta no era la única forma de conseguirlos, la Sombra tenia uno o dos trucos más bajo la manga. La comida que robaba servía de cebo, venenos eran fáciles de fabricar allí abajo, la muerte rondaba las esquinas y la suciedad era cosa de cada día Algunas veces los dejaban vivir un poco más, se encargaba de las molestias con uno o dos golpes en su cabeza, los vivos eran útiles también, los sacrificios debían hacerse regularmente ahora que el día prometido estaba tan cercano. Lo estuvo esperado desde la noche que no lograba recordar, pero lo sabía, el despertar sucedería pronto, en aquel reino, él podía oler la podredumbre al dormir, y escuchar los gritos de agonía justo antes de despertar, la sangre correría y los corredores llenos de excremento y aguas sucias se volverían rojos escarlata, lo esperaba con ansias, el renacer, Él se lo susurró todo.

Al principio no se sintió seguro de esa sensación más la certeza vino con la muerte de su padre, su última atadura al mundo de los vivos. Entonces logro llegar a Lordaeron, donde sus sueños y visiones solo se hicieron más poderosos, donde la sombra de su corazón tomo al fin partido en su poder. Lordaeron, la tierra de la Santa Luz, dio origen a su monstruosidad, y él estuvo más que contento de dejar a la oscura criatura morar en su corazón, en su alma. Desde entonces las sensaciones se volvieron susurro los presentimientos se volvieron ilusiones y la esperan alucinaciones oscuras, de sangre y viseras de muerte y agonía, su mente se pudrió casi tan rápido como la ciudad, como su alma. Y cuando esta hubo alcanzado su punto máximo entonces los rituales comenzaron, un corazón, un alma desdichada, por su bendición, por su poder y protección, por las visiones que le servirían como preparación para lo que vendría después.

El espera vivir en tranquila espera hasta entonces, pero como era obvio, el hedor a demonio, y el poder que su cuerpo expedía, no pasaría desapercibido del todo, no al menos para un agente de la muerte. Poco tiempo después de que las noticias de la victoria sobre los orcos fuera llegando hasta las profundidades comenzaron a cambiar los sueños de nuevo. Esta vez podría ver a un hombre encapuchado, en su pecho desnudo se dibujaba un ojo, purpura por la extraña sangre, más densa y humeante que salía del hombre, su túnica purpura como su ojo resplandecía, hasta que en algún punto comenzó a arder en un verde esplendor uno que le recordó a las demoníacas llamas que antes vio e invoco. Despertó de su sueño para verse frente a frente con la misma figura, pero su pecho no estaba descubierto, y su túnica describía patrones distintos a la simplemente purpura de sus sueños, esta vez, los patrones eran señales de muerte, el mensajero que estaba esperando, pensó en aquel momento, y sin dudar se arrodillo y le tendió su respeto. La figura tan solo sonrió y unos ojos verdes brillaron desde el interior de su capucha, su macabra sonrisa se hizo entonces visible por la fuerza del brillo de los ojos.

- Levántate y anda, hijo de la oscuridad - le dijo como una orden antes de volverle la espalda y alejarse tres pasos.

- El día que has estado esperando en este oscuro agujero esta por empezar, tu renacer ha llegado. - Volvió su rostro y su sonrisa hacia él y continúo su camino. Lentamente se levantó y le siguió el paso.

Su destino estaba por empezar.

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Interludio: La superficie.

Lo vistieron y asearon, como si fuesen parte de su familia, lo alimentaron y curaron. En dos meses había vuelto a ser el mismo. Junto a ellos generaban lo que traería el exterminio y la salvación los pueblos se habían unido en un solo cántico de muerte, pronto, muy pronto se desataría.

Recupero su identidad en Lordaeron, como aristócrata y aun algo acaudalado podía infiltrarse para su nueva familia en las altas esferas de la sociedad, la puerta estaba abierta, una brecha en el reino que buscaba la libertad real de las almas, el infinito vivir y la perfección.

Y al final, su destino le fue concedido.

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La No Muerte de Sigmund Gustav F. Wundt

Parte 2:"Oh, Lordaeron, dulce y oscuro Lordaeron"

Capítulo 4: Renacer.

Parte 1

Mis ojos se llenaron de oscuridad y poder...

- Oh... Por fin, mi destino, mi.. Cuerpo, pero... ¿Que es esto?... Ha fallado el diseño, o quizá, quizá los cálculos... Fueron muy débiles los conjuros del señor... ¡¿QUE SIGNIFICA ESTO?! -

Mi cuerpo estaba inmóvil, pesado.

- ... ¿Por qué... mi cuerpo... no obedece...? -

Sentí un extraño roce en mi cara, y la vertiginosa sensación del movimiento completo e involuntario.

- .... -

- ¡DEBES ANIQUILAR! -

- ... M... Mi señor... Es acaso.... Mis manos se mueven a su servicio... -

Las palabras eran imposiciones.

- Mis pies, mi cuerpo responde solo a.. -

Mis acciones fueron sus deseos.

- ALIMÉNTATE DE SU CARNE. -

- Mi deber... es... alimentarme... -

Debía alimentarme.

- ... ¿Por qué no puedo... no puedo ver... Por qué solo puedo... Debo.... Obedecer... -

Mis ojos estaban ciegos acaso, la oscuridad me domino... Su fuerza de voluntad era tan poderosa...

Y se hizo el silencio, en aquel instante, la oscuridad infinita me cubrió, cuantos años pase en el silencio pero tan solo un parpadeo, tan solo eso fue lo que sentí.

Parte 2

Mi despertar... Escuche mi horrenda vos por primera vez durante el silencio, mis quejidos agravados, toscos y los carraspeos me revelaron la verdad, al fin la perfección alcanzo mi cuerpo, por un momento me sentí... aliviado. Pero no feliz, no entusiasmado, fue una sensación más bien algo... neutra. Fueron los primeros 3 segundos en los que comencé a reconocer mis funciones sensoriales más básicas, el tacto, la piel podrida no podía poseer uno tan avanzado pero a cambio dejaríamos el dolor de lado, eso estaba bien, debía seguir examinando, algo salió mal, ese silencio... No estaba en los planes.

La segunda sensación fue el oído, un incesante goteo. Lo comencé a notar justo al caer la oscuridad junto al silencio, la transición fue inmediata y yo estaba consciente de eso, en ese momento supe que mi capacidad de razonamiento también aumento considerablemente. Moví entonces la lengua y por un reflejo, que luego descubrí ser tan solo memoria refleja, subí mis brazos a mi rostro.

El tacto no tan desarrollado en mi nueva apariencia acompañaba a una adormecida lengua, sus músculos estaban intactos. Mi mandíbula algo desencajada, goteaba, ese era el incesante goteo. Algo se movió junto a mi lengua y mis manos tocaron algo largo y cálido mis dientes rebanaron cual navajas y el sabor de la sangre reanimo toda mi boca como si de un festín se tratara. Los dedos de la mano que acababa de arrancar se dejaron de mover.

Su agudo gritar me hizo abrir los ojos pero la poca luz incluso en esa sombra nocturna me cegó momentáneamente, escupí y retrocedí tanto como pude, toque la pared de madera, la escuche sonar vacía cuando mis huesudas manos las alcanzaron, también sentí mis nuevos dedos, filoso, clavados en la madera. Cuando por fin pude ver, una mujer gritaba en el suelo, era una anciana, la mire largo rato, ella se volvió hacia mí y me examino el rostro, como si mi despertar se hubiese reflejado de alguna manera en mí mirar. La devore lentamente esa noche.

Mis ojos veían mejor ahora, busque un reflejo, pero la oscuridad no me dejaba entrever nada útil en la casa en la que estaba. El salir era silencioso, el bosque se encontraba en una profunda tranquilidad, no duraría demasiado sin embargo. Entendí entonces mis nuevas sensaciones. Entendí la inmortalidad. Y justo en ese momento, todo lo que había pasado recorrió mi mente en una línea: mi renacer.

​Fue en un viejo y deshabitado sótano. Junto a mi hermana o al menos sus huesos y trozos de mi madre, todo estaba listo para mi transformación. La inmortalidad que espere durante dos años. Cuando me sacaron de las alcantarillas jugué como miembro de los círculos altos, comerciantes, aristócratas hasta nobles... Todos reclutados, todos soñando con la inmortalidad, y no solo ellos, en mayor cantidad incluso se unían los más pobres. Un mundo sin dolor, sin hambre ni sed. Un mundo perfecto, creábamos la perfecta armonía.

El primero de los mandatos fue mi matrimonio, ella, la hija de una noble familia, fue una distracción del verdadero objetivo, su padre en nuestro bando. Tuve una pequeña niña. Ambas fueron cruelmente devoradas, de manera tan sádica como pude disfrutarlo en aquel inconsciente silencio.

La segunda orden fue masacrarlos... La granja entera debía morir. Mi poder se había acrecentado, tan solo levantas mis manos y el fuego condeno las almas de los que cuidaban, armados, el resto dormía y mis hermanos a lo lejos se encargarían de las maldiciones, uno a uno, todos los trabajadores de aquella granja cayeron con su cuello rebanado, jamás despertarían. Los cuerpos fueron recolectados, algunos vivirían, para experimentación, su antídoto seria otorgado, otros, se convertirían en materia prima. No temía a hacer crueles esfuerzos por mis hermanos, sabia además, que ataques como aquellos delataban un enorme movimiento, y mi pronta transformación.

Tareas como esas se hicieron comunes durante dos años... dos años serví y fui recompensado, mi carne, mis huesos, mi alma se convirtieron en un nuevo ser, uno superior. Pero algo salió mal, y ahora llegaba el momento de recordarlo. Mi cambio, mi piel, no recuerdo que tanto fui enterrado, pero si el poder recorriendo mis venas, y al muerte susurrando a mi oído las buenas virtudes del pacto y la inmortalidad que adquiría al dejar entrar en mí el poderoso ritual.

Al renacer por primera vez no sentí las mis sensaciones que ahora sentía no pude reconocer mi raciocinio y mi mente y juicio estaban nublados por la oscuridad. No sentí ni reconocí los cambios en mi cuerpo, en mi mente, tan solo fui un observador, observe la carne de mi retoño deshacerse bajo el poder de mis colmillos, era tan solo una pequeña de unos cuantos meses, recordé a mi mujer gritando con horror al ver al monstruo con las ropas y joyas de su marido alimentándose de su pequeña, recuerdo como su nuca se partió en mi mandíbula El crack habría sido orgásmico de no haber estado en aquel frio letargo. Haber escuchado cada orden como un esclavo, o quizá haber servido mis años al Maestro, no terminaba de decidir lo que había ocurrido conmigo. Mientras tanto, mi mente seguía mostrando las deliciosas y sádicas órdenes que en aquel sueño cumplí. Cada imagen era más poderosa que la anterior, el fuego salía de mis manos y cruelmente ardía en la piel de los que se oponían, de los inocentes, de todo.

Creí ser poderoso, pero tan solo fui una marioneta sin embargo algo había fallado en el plan de aquel que con su voluntad intento dominarnos, la mía era más fuerte, ahora, era libre de recorrer eternamente el mundo que me vio nacer, un mundo que jamás me vería morir humillado bajo el pie de nadie.

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