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MundoWarcraft
Eridiel

Eridiel, relatos de acontecimientos. (On rol)

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Off rol;

¡Saludos a todos, roleros y roleras de Wow! He decidido ir escribiendo y narrando la historia de mi personaje a partir de los roles. Todo lo que narre a partir de ahora desde el capítulo 1 serán sólo y exclusivamente roles que mi personaje ha vivido desde su reciente creación. 

Espero que os guste tanto como a mí me han gustado y me están gustando sus roles ^^


Capítulo 1

Desde el exterior de la taberna ya se sentía el calor, se oía el bullicio y se sentía ese olor a cerveza y vino característico de la posada Orgullo de León. Un manto de estrellas cubría la cálida noche que, tras tanto tiempo, volvía a encaminar mis pasos a la humilde posada de Villadorada. A medida que la música inundaba mis sentidos, mis ojos apreciaron que el interior de la taberna estaba repleto de gentes de toda índole. Siendo paso de viajeros y extranjeros, más que de los propios nativos, el lugar rebosaba color y alegría. 

A mi derecha, enanos que bebían cerveza como si el mundo fuera a terminarse mañana. Jóvenes humanas que brindaban la luz sabe por qué.  Y ya no tan jóvenes hombres que fumaban largas pipas, desprendiendo una nube con un olor a canela que se volvía bastante delicioso. 

Me aproximé entre la multitud hasta la barra de la taberna y me sentí un poco más liberada, menos rodeada. Clavé mis ojos en el tabernero, quién parecía estar bastante ocupado. Buscaba cruzar su mirada con la mía, para poder pedirle algo para beber. 
En ese interludio en el que esperaba una mínima señal de atención hacia mi persona, me dí cuenta de que a mi lado había una humana algo bajita. ¿Había estado ahí todo el tiempo?

Sus cabellos eran rojos, y sus ropajes oscuros. Llevaba unas gafitas, o eso creo. En principio no le presté demasiada atención y esperé a que, finalmente, se me sirviera una copa de vino. 

Recuerdo que la copa dejaba mucho de desear en cuanto a limpieza, pero la calidad era innegable. Le di un leve sorbo y escuché la voz de la humana a mi lado;

"¡Ya sabes lo que quiero, Robbins!" Sentí la barra temblar cuando el tabernero dejó una pesada y enorme jarra de cerveza, que la humana cogió con ambas manos, casi relamiéndose. 

Me giré hacia ella y, esta vez sí, la miré de forma descarda. 

- ¿Vas a beberte todo eso... tú sola?

Ella sonrió. Efectivamente, iba a bebérselo sola. Entre el gentío que con el paso de la noche iba reduciéndose, la humana y yo fuimos entablando una conversación bastante interesante. Me resultaba curiosa, simpática. Más de lo que normalmente alcanzaba a encontrar por Elwynn. Su nombre era Alicia, o al menos eso me dijo. Ella tampoco pertenecía a estas tierras, como yo. Eso me hizo sentirme algo más empática hacia ella. 

Cuando la taberna casi se había desalojado y la noche era ya madrugada, sólo estábamos ella y yo. Con el simple y leve sonido del fuego crujiente y algún que otro paso de Robbins, recogiendo algunas jarras y adecentando su comercio. 

Sugerí a Alicia que nos sentásemos en el fuego. Sinceramente el bullicio se había llevado consigo algo del calor de la taberna y comenzaba a tener frío. Mis ropas no eran (ni son) precisamente ropas de alta calidad. 

La humana acercó un par de banquitos al fuego y allí divagamos durante largo y tendido sobre su procedencia, sus orígenes. Me gustan esas conversaciones profundas en las que simplemente no piensas en cómo está pasando el tiempo. 

Entonces, sentí tras de mí un sonido leve, fino, extraño. Me giré, y Alicia también. Y un bardo que había tomado presencia en la taberna estaba afinando lo que parecía ser... ¿un laud?

Cuando aparentemente consiguió afinar su instrumento, se acercó su cerveza y le dio un largo sorbo antes de decir, con un aire alegre y extrovertido; "Es un honor poder disfrutar de la belleza de tan hermosas damas"

Sí, no había dudas. Era un bardo. Y si bien es sabido que, su coqueteo con las mujeres no deja indemne a ninguno. Su fama le precedía y no dudó en tomar su laud y comenzar a hacerlo vibrar.

Realmente, la música que desprendían sus dedos y que rompía el silencio de la taberna me reconfortaba. Apenas escuchaba músicos por Elwynn y sus aldeas, y la sensación que transmitía en mitad de la solitaria noche era cuanto menos agradable. 

Comenzó a cantar y a narrar una triste historia. Una de esas historias de amor en las que, el destino juega a ser caprichoso y a concluir en irremediable tragedia. 

Durante su cántico, una elfa entró también en la taberna. Y más tarde, otro elfo. Este último, soldado de Ventormenta. O al menos eso denotaban sus placas.

La elfa desconocida parecia algo irritada. ¿Habría tenido un mal día? Simplemente encendió su pipa y comenzó a fumar, silenciosa, frente al fuego. Me hizo pensar en cuántas veces peleamos con nuestros demonios internos y, mientras el resto piensa que somos gente desagradable, simplemente estamos luchando con nosotros mismos y nuestro pasado. 
Sin embargo la elfa no dijo nada. Más tarde se sentó cerca de la barra y siguió bebiendo, silenciosa y solitaria. 

El elfo en cambio no se separó de la barra. Parecía que interrogaba a Robins, pero no conseguí acertar a oir qué hablaban con tanto ahínco. 

Centré mi atención en el bardo, quién extrañamente no nos pidió unas monedas tras terminar su actuación. He de reconocer que me provocó cierta tristeza la historia que interpretó y le felicité por ello. 

La noche había sido extraña y curiosa. No esperé ver a tantos elfos, pero en cambio ellos sí parecían estar acostumbrados a ver a más como los nuestros por dichos lares. Supongo que... me he llevado demasiado tiempo con encargos tontos para ganarme la vida y he desaparecido más tiempo del que esperaba de Elwynn. Las cosas a veces cambian en espacios muy cortos de tiempo. 

Por otra parte, parecía haber hecho una amiga, la bajita humana, Alicia. Y sin embargo, lo último que hubiera esperado habría sido encontrarme a un bardo. Jamás había visto uno, y si acaso había oído de ellos en historias y libros como los que mi madre me leía ya en una infancia demasiado olvidada. 

Tras tanto exceso de información y giros en una sola noche, decidí volver a mi habitación en la taberna, la cual de por sí me estaba costando pagar, y descansar... A expensas de un nuevo día. 

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Capítulo 2

Al día siguiente, el sol amaneció bravo. Por suerte la frondosidad del bosque de Elwynn aún nos cobijaba lo suficiente para evitar los flagelantes rayos del sol. 

- Es increíble que aún haga tanta calor a estas alturas, ¿verdad? - Asomó la voz de Robbins, mientras bajaba las escaleras de la taberna. 
- Eso parece... - Fui buscando las pocas platas que me quedaban en mi bolsa y me acerqué al tabernero. Probablemente notó el desánimo en mi mirada mientras contaba minuciosamente las monedas que le debía por la estancia de la pasada noche. 
- ¿Andas mal de dinero? - Me dijo, sonriente.
- He tenido dias mejores. - Sin levantar la mirada le dejé el pago propio y me decidí a emprender de nuevo el camino. No sin antes cerciorarme de si había algo que pudiera hacer. - Oye, Robbins, ¿verdad?
- . - Iba contando las monedas, su mirada se centraba en asegurarse de que le había dado correctamente el pago. 
- ¿Tienes algo que pueda hacer? Un encargo, un envío, si te molestas las ratas del sótano... 

Robbins pareció sorprendido ante mi pregunta y me miró curioso. 
- ¿A qué te dedicas, exactamente?
- Bueno... - Me ruboricé, a pesar de saber que ganarse la vida no era motivo para hacerlo. - Suelo ayudar a la gente a cambio de una compensación. La semana pasada me encontraba en la granja de la señora Marta, la del sur de Elwynn... Tenía problemas con los kobols y le ayudé a que dejaran de molestarle y robarle los cultivos. Al menos de momento. 

El tabernero me miró pensativo, mesándose la barba. 
- Veo que tienes un arco. ¿Sabes usarlo?
- Por suerte o por desgracia, es lo único que sé hacer. Al menos... Me da para comer. 
- Bien... Entonces puede que sí, tenga un encargo para ti.
 

Se me iluminó la mirada al pensar en que volvería a comer ese mismo día algo que no fueran manzanas o pequeños peces del lago.

- Tengo un amigo que me guarda un par de botellas de vino, en la Villa del Lago. Me pasaría yo mismo pero tú viste cómo estaba la taberna ayer noche. No puedo arriesgarme a dejar solo a mi compañero, un cliente insatisfecho son ganancias que se pierden. 

- Lo entiendo... ¿quieres que vaya por... dos botellas de vino?
- No es un vino cualquiera, por lo que debes de ser extremadamente cuidadosa. No querría que se dañaran esas botellas lo más mínimo. ¿Lo has entendido?

Asentí firmemente, de mi éxito dependía mi sustento. Además, eran solo un par de botellas.

- Bien. Toma tu caballo y traelas lo antes posible. 
- Mi... ¿caballo? - dudé. 
- ¿No tienes caballo?

Guardé silencio. Obviamente no lo tenía. 

- Entonces no sé si deber...
- ¡Sí, sí! ¿Quién no tiene un caballo? - Intervine, sin dejarle terminar. 
- Bien, si es así...- Se marchó hacia el interior de la cocina. Tras una breve pausa, me trajo un pequeño mensaje.- Dale esto al tabernero que encuentres allí. Sabrá que te he enviado yo. 

Tomé la nota y salí al exterior. Conté de nuevo el dinero que me quedaba y me aproximé hacia el pequeño establo de la taberna. Allí, el maestro de establos me miró. 
- ¿Quieres alquilar? ¿O comprar?
- Alquilar, señor. 
- ¿Cuánto tiempo?

Volví a recontar mi dinero, quizás deseando que en alguna ocasión me diera cuenta de que había contado mal y tenía más monedas de las que pensaba. Pero no. 
Entonces alcé la vista, extraña. Como quién se siente observada... Afilé la mirada ante tal sentimiento y giré mi cabeza. Junto a mí tenía plantado, a escasos centímetros, al bardo de la otra noche. 

- ¡Buenos días, bella dama!

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Capítulo 3

- Por la luz - dije, entrecerrando los ojos- ¿Cuánto tiempo lleváis ahí...?
- El suficiente. - Su sonrisa abarcaba su rostro completamente, de oreja a oreja. 

- ¿Qué queréis?
- Daros los buenos días. 

- Ya... - Mi elfa lo miró, parecía que llevaba la misma ropa que el día anterior.- ¿Qué vais a hacer? 

El bardo se encogió de hombros. 
- Realmente nada. Mi vida es sencilla. - Tenía su laud a la espalda, parecía que no se despegaba de él con facilidad. Pude fijarme más detenidamente en sus ropas, cosa que la noche anterior apenas pude hacer con la escasa luz de la lumbre. - ¿Y vos?

- ¿Yo...? Pues... - Dudé en sí decírselo. Pero tampoco me iba a influir demasiado así que brevemente le expliqué que me dirigía a hacer un encargo a la Villa del Lago.

Se sorprendió cuando mencioné el lugar. Al parecer él había vivido ahí durante un tiempo. Se ofreció a acompañarme, a lo que no me negué. Al menos tendría conversación  durante la jornada. Con suerte, llegaríamos pronto al lugar. Ví como él tomó su propio caballo, lo cual me sorprendió...

- Veo que tienes tu propio caballo.
- Sí. Todo bardo necesita un transporte, mi trabajo me lleva de aquí para allá. 

- Entiendo - Miré de nuevo al maestro de establos. - Querría alquilarlo... para un día. 

Emprendimos el camino y Azlar me miraba dudoso. 
- ¿Habéis alquilado esa yegua sólo para un día? 

La yegua era un animal bastante tranquilo, pero se denotaba fortaleza en sus patas. Era una yegua joven, sin duda. Y su pelaje blanco la hacía un ejemplar hermoso. Asentí ante sus palabras, asegurándole que si tomábamos el camino correcto llegaríamos y volveríamos antes de lo que pensábamos. No estaba demasiado segura de mis palabras, pero también pensé que si el tiempo se excedía, podría pagar el día de más con lo que el tabernero me pagara por su entrega. 
También yo le pregunté de dónde había sacado su caballo. 

- ¿Lo habéis robado?
- ¿Robado? ¡Qué va! Trabajé en la Villa del Lago por dos años. No sé ni cómo fue tanto tiempo. Me contrataron para unos meses, y al final duré dos años allí. Fue un regalo por mi labor. 
- Al menos os daban de comer. 

Azlar me explicó cómo dedicó su estancia en el lugar a enseñar música a los niños. Al parecer el alcalde también le encomendaba más tareas. Me pareció un poco un abuso el hecho de que lo hubieran hecho trabajar tanto simplemente por comida y la recompensa de un caballo al cabo de dos años, pero Azlar parecía contento. Parecía disfrutar de la vida y parecía irremediablemente feliz. 

Nuestra jornada pasó tranquila, sin muchos altibajos. Trotamos a un ritmo lento y hablamos mucho durante el camino hacia nuestro destino. Recuerdo aún con una sonrisa cómo nos topanos con un vagabundo que decía ser ciego, al cual Azlar dio unas pocas monedas de las pocas que ya de por sí tenía. El vagabundo, pidió monedas más grandes y pesadas (supongo que Azlar le daría un par de cobres), a lo que Azlar se las quitó y le puso dos piedras. Fue divertido ver como el vagabundo supuestamente ciego, maldecía a Azlar y a toda su familia y se marchaba caminando como si nada. 

Aún quedaban más vagabundos de los que creía, ¡y qué decir de mí! Que casi rozaba la pobreza, viviendo al día y haciendo encargos por ganarme el sustento. También le conté a Azlar mi día a día. 
Me preguntaba si prefería ser una noble, tejiendo y esperando a mi esposo. La verdad es que supo cómo hacer que me sintiera feliz con mi libertad, aunque algunas noches, más de las que quisiera, he pasado hambre. 

Cuando llegamos a la Villa del Lago, apostamos a los caballos en el establo. Una chica muy amable los tomó de las riendas y nos aseguró darles un buen trato mientras marchábamos a la taberna del lugar. No sin antes, detenernos varias veces por el camino debido a que Azlar conocía a muchos de los habitantes. En especial un enano malhumorado con el que se intercambiaron improperios y palabras malsonantes varias...

Una vez en la taberna, el tabernero me dio el pedido que tenía que transportar y sólo quedaba la marcha. Sin embargo hubo algo extraño en todo lo que aconteció desde ese momento. El tabernero me aseguró que tuviera cuidado con lo que había en el interior de esas botellas, y pareció extremadamente preocupado al decirlo. Sentí mucha curiosidad, pues sólo tenía entendido que eran botellas para Robbins. Sabía que Robbins vendía algunas importanciones de todo el mundo a nobles de Ventormenta. No era difícil a base de favores, pues la población que frecuentaba su taberna solían ser viajeros y aventureros que sabían que ciertos licores serían bien pagados por los codiciosos y sedentarios nobles de Ventormenta que no ponían un pie fuera de su comodidad y su amada ciudad. 

Azlar también sentía una gran curiosidad por el contenido de ambas botellas, por lo que me insistió una y otra vez que las abriésemos y viéramos qué era lo que realmente contenía. Aunque me negué, no puse demasiada fortaleza en ello. Realmente también me reconcomía la curiosidad de descubrir qué era lo que estaba transportando. 

Nos alejamos de la mirada de los curiosos y dejé con cuidado la bolsa de cuero en la cual se me habían entregado ambas botellas. La abrí y parecían botellas normales, bastante básicas. Nada en especial. Ni etiquetas ni nada. Quizás pertenecían a algún tipo de viñedo personal. 
Los corchos habían sido puesto de manera manual y descorché uno de ellos. Cuando acerqué mi olfato al interior de la botella, di un paso atrás y comencé a toser. 

Es casi indescriptible el olor intenso y espeso que había entrado en mi naríz. Era practicamente insoportable y no quería ni imaginar a qué demonios podría deberse lo que había dentro de esa botella. ¿Algún tipo de veneno?

Azlar al ver mi exagerada reacción también se acercó y tomó la botella ya abierta y la olió. No recuerdo que palabras humanas basadas en el insulto dejó escapar por esa boca, pero no fueron agradables. Aún así, en un alarde de picardía cogió un poco del contenido de la botella y lo vertió sobre uno de sus recipientes de agua, vaciándole esta última previamente. 

- No sabemos qué es esto. Pero hay alguien que estoy seguro de que sí. - Y, ni corto ni perezoso, se dirigió hacia los establos, sonriendo ya a lo lejos a su supuesto amigo enano.
 

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Capítulo 4


Azlar se acercó a su amigo enano. Yo lo miraba con recelo, a una distancia más que prudente. Los enanos no me inspiraban confianza, no sabría decir el por qué. Pero me sentía un tanto incómoda. Tan pequeños, tan barbudos, tan sinvergüenzas... 

- ¿Tienes un par de vasos, amigo enano? Traigo un trago que te encantará. 

El enano dejó escapar una sonrisa de felicidad, parece que esa invitación a beber le había gustado. Yo sólo oía más y más palabras insultantes entre ambos, pero aún así reían y reían. Prefiero no recordar tales palabras. 

Cuando Azlar le puso un poco de la bebida desconocida al enano, se sirvió para sí la mitad de lo que le puso a su amigo. También la derramó aposta al suelo, esperando ver la reacción del enano. 

Cuando los labios del enano se acercaron a la extraña bebida, el enano comenzó a patalear y maldecir. Probablemente ni la hubiera probado del todo siquiera, pero su reacción fue cuanto menos peculiar. 

- ¿¡De dónde diablos has sacado esto, Azlar!? ¿En qué lío te has metido ahora?
- En ninguno, amigo enano. ¿No te gusta?
- ¿¡Acaso sabes lo que es!?

Creo que una parte de mí no quería saber lo que iba a llevar durante todo el camino de vuelta. Pero el enano fue bastante explícito. 
- Esto es sulfurón. Los Enano Hierro Negro la fabrican y sólo se fabrica y se vende en Roca Negra. Probé una vez esto en mi vida y fue de mano de unos locos que se infiltraron años atrás en ese agujero inmundo de Hierros Negro. ¿Y sabes cuántos hombres marcharon y cuantos volvieron? Volvieron tres, marcharon muchísimos más. 

El enano le devolvió la bebida, negando con la cabeza. 
- Estoy casi seguro de que esa bebida está igualmente manchada de sangre. Los Hierro Negro no comercian con su sulfurón. 

Azlar parecía sorprendido, pero pensativo a la vez. Cogió el vaso que el enano le tendió y lo arrojó al suelo. 
- Así que es valioso...

- No encontrarás esto en tus tierras, Azlar- Dijo el enano, limpiándose los labios con la manga de manera soez. 
- ¿Crees que alguien pagaría una alta suma por esto?
- Oferta y demanda, muchacho. Es casi imposible de conseguir, a no ser que seas un enano del clan Hierro Negro. Esa bebida te acaba destrozando la laringe y el estómago, sientes como si estuvieras ardiendo, literalmente. Sólo un masoquista querría algo así. Sientes como si fueras a morir quemado vivo. - El enano negaba con la cabeza y no dejaba de escupir, se podía apreciar como sudaba y, asqueado, miraba a Azlar- No sé en qué lío te has metido para conseguir eso pero...
- Tranquilo, amigo. No tengo más. 
- Azlar, muchacho...
- Tengo que marcharme ahora, enano borrachuzo. - Azlar sonrió al enano. - Tranquilo, me cuidaré. 
- Más te vale volver vivo a la próxima, o te... - Siguió soltando improperios y yo mientras tanto me alejaba con mi yegua, tomándola por las riendas. 

Me alejé lo suficiente, camino al puente, cuando me di cuenta de que Azlar estaba tomando otro camino. 

- Azlar... - Le llamé. Detuvo su caballo. 
- Venid, Eridiel. No volváis a Elwynn. 

Extrañada no comprendí que quería decirme con eso. Me aproximé con mi yegua para hablar con él. 

Me dijo que lo mejor sería que nos marchásemos, lejos de Elwynn. Si esas dos botellas de sulfuron eran tan valiosas, ¿para qué dárselas a Robbins? Robbins problablemente se las vendería a algún noble que pagara lo suficiente por ellas como para que conseguir una bebida así costaran muertes humanas. Durante largo y tendido, Azlar intentó convencerme de que las vendiésemos por nuestra cuenta y que, si el enano estaba en lo cierto, nos daría para vivir durante mucho tiempo. 

A mí me pareció exagerado e insistí en que debía cumplir mi encargo, me pagaban por ello. Además, jamás debí de haber indagado en lo que contenían o no las botellas. 

- Igualmente dudo que su contenido sea lo que el enano dice ser... - Alegué. - De ser así, ¿me habría enviado a mí sola a por algo tan valioso?
- Por eso mismo te envió a ti. Sabía que el camino no es peligroso, o al menos no demasiado. Sabe que puedes defenderte y sabe que... - Me echó una mirada de arriba abajo- con esas togas harapientas, poco tendrías de valor. Eras la mensajera perfecta. 

No sabía si ofenderme por insultar mis ropas o sorprenderme por su lúcido planteamiento. Podía tener razón, pero un gusanillo de culpabilidad crecía en mi interior por haber llevado esto tan lejos. Me habían confiando un encargo. 

- Yo no soy así, cumplo con mi palabra y mi encargo. 
- Tienes honor, Eridiel. Pero él no lo tiene. Te está utilizando. 

Tenía razón. Estaba realizando igualmente un encargo por unas míseras platas mientras Robbins probablemente se lucrara de oro a costa de mi riesgo. 

- Hagamos una cosa, Eridiel. Déjame esas botellas, las dos. Conozco a algunos nobles, sé de uno que me las compraría. Nos repartiremos las ganancias. 
- Yo... - dudaba. No sería fácil. - ¿Qué le diré a Robbins? Pedirá mi cabeza. 
- ¿Pedir tu cabeza por dos botellas de vino? Puedes decir que se te rompieron. O mejor, que te atracaron. Ha enviado a una pobre mensajera medio harapienta sola, a por dos botellas. Y te han atracado por los caminos. Ningún jurado del mundo te condenaría. 

Sonaba demasiado bien. Y por la luz, que aún no sé ni por qué acepté. Quizás porque una parte de mí quería tener una vida mejor y sabía que a base de platas no lo conseguiría nunca. Y se produjo el plan:

Yo me revolví toda la cabellera como si me tratase de una vagabunda de Páramos. Saqué la pequeña navaja que encondía bajo mi toga, en mi muslo, y me rasgué por todo hueco que pillé mis telas. Y caminé hacia el interior de la taberna, con la noche ya entrada. Intenté simular lágrimas en mis ojos y Robbins palideció al verme entrar.

Mientras tanto, Azlar se había adelantado al trote con su caballo dirección a Ventormenta. Me informo de que, si todo salía bien, nos veríamos en la taberna del Cerdo Borracho al día siguiente. 

Yo sólo esperaba que no escapara con el extraño brebaje y no volviera a verlo de por vida. 
 

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Capítulo 5

Robbins no pudo hacer nada. No pudo regañarme, no pudo acusarme. Claramente dudaba de que yo conociera siquiera lo que transportaba, así que no levanté sospechas. Parecía decepcionado y dolido, eso me hizo entender de que realmente sí le había hecho perder bastante dinero. Por otra parte, entré tan sucia y destrozada que se imaginaría que alguien más conocía de la existencia de su encargo. No me consideró culpable, de hecho habló bastante poco. 

Yo salí cuando di por finalizada nuestra paupérrima conversación y me acerqué al riachuelo más cercano a limpiar mi cara y a cambiar mis ropas. Tejí como me fue posible mi desdichada toga, y esperé al amanecer para reunirme con Azlar en el Cerdo Borracho. 

Ya durante el día, y apenas sin pegar ojo, caminé acelerada temiendo haber sido engañada por Azlar y que no hubiera de él ni un solo rastro de su presencia. 
Para mi alivio, estaba sentado en una de las mesas de la parte alta de la taberna. 
Levantó la mano para que lo viera y me tranquilicé; Tomé aire y mis pasos se dirigieron hacia él, sentándome en una de las sillas de su lado. 

Volvía a aparentar esa sonrisa intachable, aunque no era nada nuevo. 

- ¿Y bien? - Le pregunté. Pero él se me adelantó con otra pregunta. 
- ¿Cómo se lo ha tomado Robbins?

Intenté ser más o menos específica en mi relato y le expuse cómo transcurrió la situación con el tabernero. Pareció conforme. 

- Bien. Pues yo tengo esto. - Sacó de su bolsa dos pequeñas bolsitas de cuero. - Ábrelas. Bueno, una de ellas. Una es tuya. 

Tomé una de las dos bolsitas con mis dedos y desenredé el nudo que las ataba, y lo que ví más allá me hizo quedarme petrificada.

- Azlar, esto es...
- Oro. 
- ¿¡Oro!?- Levanté sin querer la voz, no podía creer que tuviera una bolsa con oro entre mis manos. 

Azlar se rió. Luego hizo un gesto de silencio con su dedo. 
- Me ha dado dos bolsas de oro. Una por cada botella. 
- Pero Azlar, ¿¡cuánto oro hay aquí!?
- Eridiel, cálmate. Esto para un noble es calderilla. 
- No sé si alguna vez he tenido tanto dinero junto... - Estuve apunto de derramar un par de lágrimas, pero me intenté recomponer y mostrarme firme. Calmarme, en definitiva. 
- Me ha dicho que nos dará una de esta por cada botella que le traigamos. 
- No tenemos más botellas... ¿es esto en serio?

- Sí que lo es. - Sonó una voz desconocida tras de mí. Un humano de edad casi rozando la vejez se nos acercó y tomó asiento. - Una por cada botella que podáis conseguir. 
- Usted no parece...
- Para ciertos negocios se requiere de mí unas vestimentas un tanto más mundanas, elfa. Pero no dudéis en la verdad que encierran mis palabras. 

Eridiel seguía inmovil ante el giro de los acontecimientos y escuchó con atención todo lo que el noble quiso decir. Previamente ya había hablado con Azlar pero siendo yo una socia más, me comentó lo codiciado que son algunos licores poco comunes. A veces más por capricho que por delicia. Pero eso no nos importaba. Tras un diálogo no demasiado largo, se marchó. Me sentí una niña. Apenas había asentido y hablado dubitando con ese desconocido. Sentía que todo se me quedaba grande. 

- Eridiel, ¿crees que podríamos conseguir más botellas?

Negué con la cabeza, lo miraba con ojos obvios. 

- ¿Cómo vamos a conseguirla Azlar?
- Podemos ir nosotros a por ellas. 

Tuve que reir, era inevitable. ¿Cómo diablos íbamos a ir nosotros, dos muertos de hambre, a las Estepas Ardientes? Era una auténtica locura. Azlar decía que por eso mismo seríamos escurridizos. Podríamos ir con cuidado, vigilando cada tramo del camino, no llamaríamos la atención... Yo en cambio sugería agradecer a la luz la suerte que habíamos tenido y aprovechar ese oro para poder vivir y comer sin preocupaciones un tiempo. 

Pero Azlar parece que quería más, no era suficiente. Él no quería una riqueza que le durase un par de meses de comidas calientes y cama decente. Él queria dejar de ser pobre. Quién no quisiera dejar de dormir en el bosque, casas abandonadas o en camas incómodas de tabernas sucias. Pero el riesgo era enorme, podríamos morir nada más poner un pie en las Estepas Ardientes. Incluso podría morir si Robbins descubría que tenía tanto oro, sabría que le mentí y que revendí su mercancía. 

Azlar y yo marchamos hasta Villadorada. Había algo que me quedaba claro y era que, aunque me supusiera un alto costo, quería comprar la yegua blanca. Dejaría un gran vacío en mi preciado saquito de monedas de oro, pero ya había visto al maestro de establo ser injusto con sus caballos y el ejemplar lo merecía. 

Como era de esperar, me cobró un precio desmesurado por la yegua, aprovechando la situación. A regañadientes pagué lo que me pedía. 

Tras ello, me volví a sentir viva y con fuerzas. Quizás podríamos intentarlo, una parte de mi no quería pasar el resto de mis días limpiando ratas de los sótanos de las tabernas o limpiando granjas de plagas de kobolds. Así que acepté la propuesta del bardo a pesar del miedo que me infundía una empresa de tal calibre. 

Decidimos ir al herrero de Villadorada y encargar un par de armaduras decentes. No pesadas, ni de caballero. Pero algo que no fueran mis simples cueros o las livianas telas que Azlar solía vestir. Algo que nos protegiera de un golpe directo. Nos hicieron pagar la mitad por adelantado debido a que nuestras pintas no ofrecían mucha seguridad de pago y tras ello nos tomaron las medidas. Azlar intentó coquetear con una chica de la herrería, sin mucho éxito. 

Nos dijeron que estarían en un par de días y decidimos esperar. Me encontré con el problema de que no podía hospedarme en la posada Orgullo de León. Robbins volvería a preguntarse de dónde habría sacado el dinero y sospecharía. Pero la única opción era Ventormenta. 
Azlar estuvo algo más suspicaz y habló con un comerciante ambulante, de estos que marchan con un carro medianamente decente y un caballo. Le pagó suficiente para que nos dejara quedarnos ahí un par de noches. El comerciante no puso pega alguna, queja o pregunta, cuando Azlar le dio una de sus monedas de oro. Así que intentamos situarnos un poco a la linde de la aldea, encendimos un fuego, y yo robé un pez (tras dos horas intentando pescar) a un pescador que, distraido, llevaba todo el día llenando su barril de peces. Me sentí un poco culpable, pero no se daría cuenta de la pérdida de un pececito. 

Y así, al fuego de la lumbre que previamente Azlar encendió, seguimos hablando de nuestro pasado a sabiendas que, bajo aquel manto de estrellas, nuestras vidas estaban a punto de cambiar. Para bien o para mal. 

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Capítulo 6

Al cabo de un par de días el herrero tuvo nuestras armaduras listas. La mía dejaba que desear y tuve algunos problemas con el herrero. Me había realizado partes demasiado pequeñas y eso parecía hacerle risa. Me enfadé lo suficiente como para que me la cambiara por una que ya tenía hecha en su herrería. Parece que es bastante divertido reirse de alguien que sabes que no puede cortarte la cabeza y clavarte una flecha en un ojo. 

Azlar pidió que me calmara, para variar con una sonrisa de oreja a oreja. Azlar decía que la armadura me quedaba bien, a pesar de que cubriera menos de lo debido. Yo insistí en una armadura decente y no salí de la herrería hasta que la conseguí. Mis reservas económicas bajaban a ritmo de infarto y Azlar y yo tomamos de nuevo nuestros caballos para emprender nuestro viaje. Nos decidimos a pasar por Azora y más adelante volveríamos a parar en la Villa del Lago. 

No fue hasta que no llegamos a la Villa del Lago hasta que no nos sentamos debidamente a plantearnos la situación que se nos venía encima. Yo conseguí comprar un roñoso mapa que indicaba que había un único camino para entrar en las Estepas Ardientes. Sonaba claramente a suicidio, pero contaba con que el factor que el bardo previamente había nombrado, el de ser únicamente dos, nos ayudara a escurrirnos por entre los acantilados. 

Igualmente, yo siempre recorrería sola una cierta distancia en nuestros tramos y luego volvería para confirmar que el camino era seguro. Siendo la única habilidad junto con mi arco que poseía, ibamos a aprovecharla. Tras hablar sobre las provisiones y sobre que efectivamente los caballos se quedarían en la Villa del Lago, caímos en la cuenta de que una misión así necesitaría un par de efectivos más. Quizás alguien que supiera sanar o por lo menos controlar una herida. Y alguna espada más no vendría mal. Por lo que yo por mi parte dedicaría mi tiempo en crear pan élfico; Saciante y que apenas supusiera peso. Azlar se encargaría de dejar los caballos en buen recaudo y en comprar alguna que otra daga. Yo también necesitaba flechas, por lo que tendríamos bastante trabajos antes de salir a lanzarnos a la que podría ser nuestra muerte segura. 

Intentaríamos buscar a un par de locos que se unieran a nuestra causa. Dudo de si podremos dar detalles de lo que queremos conseguir, pero si lo logramos, va a ser una gran aventura.

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Capítulo 7

Cosí mis togas con un increíble pesar al recordar todo el tiempo que me hubieron acompañado en mis viajes y lo difícil y caras que me fueron de conseguir. Al menos teniendo en cuenta mi situación económica, basada en prácticamente vivir el día a día y apenas ser capaz de ahorrar con tan pocos cobres que con suerte alguna que otra vez eran un par de monedas de plata. Sin embargo no dudé en destrozarlas por el miedo a Robbins y las dejé hecha un fiasco. Intenté arreglarlas en la mayor medida posible y tras completar la chapuza, me encaminé a la cocina de la taberna. Sólo les pedí el fuego de la lumbre y un caldero, por lo que al no suponer un gasto y al estar vacía a esas horas de la mañana no dudaron en contentar a una huesped. Cree una masa de pan que cocí en el caldero, a base de especias y mejunjes. 

Cuando llevas días comiendo lo mismo repetidas veces descubres el maravilloso mundo de las especias y de cómo el hecho de sazonar un plato puede hacer que una bazofia de comida se convierta en algo delicioso y digno de reyes. No hice demasiado aún así, no podríamos cargar tantas provisiones en este viaje de locos. 

Azlar por su parte buscó y compró más flechas para mí y también consiguió algunas armaduras muy viejas. Parecían basura y dudaba de que quien le hubiera vendido eso le hubiera cobrado algo más de un cobre. Más bien creo que alguien pagaría por librarse de tanta lata inútil. Azlar las guardó en su habitación alegando que servirían para futuros compañeros si es que realmente encontrábamos a gente lo suficientemente irracional que nos acompañara en nuestra premisa. 

 

Cuando finalmente cayó la noche, yo me encontraba cerca del muelle de la Villa del Lago. Tiene dos muelles que dan cara al lago. Sus aguas son casi cristalinas y se pueden entrever los peces que se mueven por el fondo con total claridad. Me sorprendió ver que en la puerta de la taberna había un elfo con un paquete, observando uno de los carteles que alguien había puesto en la puerta. Me acerqué con curiosidad, parecía llevar ropas no tan pobres como las que acostumbro a ver, pero tampoco gran cosa aún así. Algunos grilletes y remaches, pero poco más. Me acerqué y le saludé de manera cordial, más pensando en un posible reclutamiento que en realmente interesarme del por qué de su presencia en el lugar. 

Cordialmente respondió a mi saludo y me comentó que venía a traer un encargo desde Ventormenta. Le invité a pasar dentro a tomar algo y nos topamos con una humana que, con una tez muy oscura y un sombrero algo desfasado, no dejaba libre al camarero para poder pedirle un par de bebidas. No paraba de hablar y hablar, y fue su tardanza la que le hizo quizás hablarnos por cierto respeto. Parecía joven, y bastante simpática. Y puesto que todos éramos desconocidos, comenzamos a entablar una conversación. 

Cuando te encuentras solo en un lugar con desconocidos y los desconocidos lo son igualmente entre sí, por alguna razón siempre acabas hablando. Al principio con cosas sin importancia. El tiempo, el estado de los caminos, los extranjeros que se paseaban por la taberna... Hasta que, como era de esperar, comenzaron a hablar un poco de sí mismos. Me pareció muy interesante y útil conocer sus profesiones. Quizás nos podían ser de ayuda y esperé hasta que Azlar llegara para proponerles ganar algo más de dinero del que estaban acostumbrados a ver. 

 

Azlar llegó con cara de haber dormido durante un año. Hacía tanto tiempo que no dormía en una cama de verdad que realmente se había quedado dormido nada más tumbarse. Le invité a sentarse y le presenté a ambos desconocidos. El elfo se llamaba Nathlian, la chica humana y morena se llamaba Alexa. 

Hice un inciso y le dije a Azlar de manera sutil que él era aprendíz de herrero y ella aunque panadera, estaba aprendiendo a curar con vendajes, plantas y demás. Todo era demasiado sencillo, pero Azlar y yo no es que pudiéramos pedir más teniendo en cuenta que yo no sabía hacer otra cosa que no fuera tirar al arco y él... bueno, él se defendía bastante bien con la espada. Pero su trabajo era bardo. No iba a amansar a las bestias que nos encontrásemos. Toda ayuda sería buena y quizás nuestros compañeros de cervezas de la noche se unirían.

Y como todo loco con una buena cerveza quiere cambiar el mundo, nos escucharon atónitos cuando les contamos que había un licor de enanos casi imposible de conseguir. Y que es esa misma escasez la que haría que probablemente quién tuviera dinero nos compraría tan brebaje. Lo que para un noble era insignificante para nosotros sería una fortuna. Y claramente dudo que tuvieran mucho dinero cuando aceptaron deseosos de salir de su situación y de realmente ver mundo. Emocionados, explicando cada detalle y planeando cada nuevo paso, Azlar buscó las armaduras viejas y yo tomé las que había comprado previamente en Villadorada y nos cambiamos. Ibamos a salir esa misma noche. 

 

Creo que una parte de nosotros mismos éramos conscientes de la locura que íbamos a cometer, y sabíamos que si esperábamos un día más nos arrepentiríamos y jamás emprenderíamos el paso. Por lo que, ni cortos ni perezosos, cambiamos nuestros ropajes llenos de ilusión y de ganas de ser lo que no acostumbrábamos a ser en nuestro día a día; Gente valiente, luchadores en el camino de la vida, y si todo salía bien, gente que no tendría que volver a pasar hambre ni una noche más durante mucho tiempo. 

 

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Con mi estropeado y viejo mapa comenzamos a caminar en dirección norte. Sólo aparecía ese camino en mi mapa y supuse que sería el adecuado. Los elementos orográficos que demostraba el mapa parecían determinar que habría un camino rodeado por un acantilado para pasar hacia las Estepas. Pensabamos igualmente mientras emprendíamos nuestro paso en cómo iríamos vigilando el camino. ¿Estaría lleno de algún tipo de bestias? ¿Habría algún modo de distraerlas o tendríamos que combatirlas? Nuestro objetivo sería siempre evitar el combate por razones obvias, pero rezábamos a la luz para que el hecho de ser un número bajo de componentes nos hiciera pasar desapercibidos en las vastas llanuras cenizas. 

Sin embargo, algo nos sorprendió a lo lejos; En mitad del paso, cercanos ya al acantilado, había un provisional puesto de soldados. Ataviados con armaduras de Ventormenta. Uno de los soldados nos avistó acercarnos y se nos acerco. A cada paso que daba el soldado, un regimiento de soldados comenzó a rodearnos en cuestión de segundos por todos los flancos viables. 

El soldado nos preguntó que qué hacíamos allí y nos pidió nuestra identificación. Cuando contestamos a sus preguntas, nos impidió el paso. El camino estaba restringido. Sin más le agradecimos la información y nos dimos media vuelta. Mientras caminábamos hacia atrás, nos rebanábamos los sesos para pensar en otra vía para cruzar al otro lado, una que no estuviera vigilada por soldados. No sabíamos qué hacían tantos soldados vigiliando ese puesto, ¿se nos escapaba algo?

 

Yo me mantenía en silencio, pensativa, sin saber qué decir, mientras que mis compañeros ideaban mil formas imposibles de querer cruzar. Que si escalando montañas, que si dando un rodeo increíble...

Azlar se percató de que en el mapa había lo que parecía ser una cueva y pensamos en la posibilidad de que diera al otro lado de la provincia. Volvimos a emprender el paso, empeñados en concluir nuestra misión. Pero no parábamos de ver por diestra y siniestra soldados de Ventormenta. 

Un soldado un tanto mayor nos retuvo más adelante, pero parecía agotado de una larga y prolongada guardia y cedió a dejarnos el paso. No parecía querer buscarse problemas. Avanzamos pues con cierta esperanza pero esta última no duró demasiado. Más y más soldados. El otro camino conocido estaba igualmente ocupado por soldados que, vigilantes, no parecían que fueran a marcharse en momento alguno. Todos los caminos estaban vetados y vigilados por los soldados y, tras comunicarnos que la zona estaba en guerra, vimos rotas todas nuestras esperanzas. 

Marchamos apesadumbrados de vuelta. En el camino de regreso, casi nadie hablaba. Habíamos fracasado incluso antes de empezar y parecía que todos nos habíamos concienciado de no volver a nuestra vida simple y llena de pobredumbres. 

Pese a ello, no habíamos llegado aún a la taberna cuando se me ocurrió animar al resto. O quizás intentaba animarme a mí misma. A decirles que hay cientos de misiones y problemas en el mundo esperando por mercenarios que estén dispuestos a arriesgar la vida por ayudar. Todos parecían tener un brillo en la mirada al ver que no todo estaba perdido. Así que marchamos a dormir contentos y felices porque sabíamos que al día siguiente buscaríamos el modo de que todo cambiara. Buscaríamos en tablones de las ciudades si era necesario, pero haríamos algo más que resignarnos a vivir la vida que nos había tocado.

 

Editado por Eridiel
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