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Ethmund - El Justo Camino

Mensajes Recomendados

I

 

La lluvia golpeaba sin descanso las pavimentadas calles de la Ciudad Capital, centro neurálgico del Reino de Lordaeron. Formando finos torrentes entre los adoquines, el agua corría calle abajo hacia la boca de alcantarillado más cercana. Ningún paso entorpeció su avance, ni tampoco la rueda de un carro, la punta de un bastón o la pezuña de asno, penco o res. Nada ni nadie caminaba por aquellas grises calles.

Allí sobre el primer desagüe en el que todos aquellos cauces iban a desaparecer los relucientes escarpes de una armadura de soldado eran todo cuanto pisaba la calle. Calzado en ellos un guardia de la ciudad observaba con detenimiento los alargados escalones que daban continuación a la avenida, cuesta abajo, hasta la plaza del mercado.

La puerta de uno de los ventanales de madera sea abrió a su espalda, no muy lejos de su posición, y la estridente voz de una mujer exclamó:

¡Cuidado allí abajo!

Acto seguido, el chapoteo de una pestilente mezcla de deshechos del hogar golpeó el llovido pavimento y resonó en la avenida, entre el golpear del agua. El guardia se giró inmediatamente para ver como la mugre se extendía sobre la piedra y comenzaba a mezclarse con los pequeños ríos de agua que bajaban hacia su posición. La peste bajaba con ellos también.

Mas el inocente gesto por parte de aquella mujer había desatado algo más. Nerviosos zapateos arrancaron de entre una de las viviendas que quedaban a ambos lados de los escalones  cuando un muchacho joven y poca cosa echó a correr escalones abajo hacia el mercado en el preciso instante en que el guardia se había girado.

- ¡Alto a la guardia!

La vertiginosa persecución alcanzó la plaza del mercado en menos de un suspiro. De allí el joven tomó la izquierda y comenzó a ascender por un angosto callejón en el que las casas parecían echárselo a uno encima. El guardia, aún ralentizado por el peso de las mallas, recortaba la ventaja que el joven había sacado con su sorpresa. Podía incluso diferenciar las cicatrices en el antebrazo del muchacho que corría frente a él e, incluso, reconocer el sonido de la plata entrechocando en una pequeña bolsa que el mismo llevaba colgando al costado. Tan mínima era la distancia que los separaba.

El callejón ascendía sin cesar describiendo una constante curva hacia la izquierda. Finalmente la robusta fachada de una tasca se dejó ver al final de la cuesta. No era si no un callejón de salida que terminaba en una taberna, el muchacho estaba perdido, o eso pensó su perseguidor. No obstante, el joven no hizo sino hacer impactar su hombro contra la puerta del establecimiento y entrar a trompicones. Incrédulo, e incluso mosqueado, el guardia atravesó el umbral tras sus pasos.

Se detuvo al instante.

Los mesones de esta zona de la ciudad eran un habitual hervidero de gente en un día cualquiera, no obstante, cuando las nubes empañaban los cielos y la lluvia inundaba las calles, se convertían en verdaderas cuadras. No solo no había una silla libre, si no que difícilmente era posible mantenerse en pie sin tener el rostro de otro a menos de dos palmos de tus barbas. No había del muchacho.

Las miradas de los parroquianos se giraron de inmediato hacia el bordado tabardo en el pecho del hombre, más nadie hizo gesto añadido alguno, ni una voz, ni una dirección, ni una mirada cómplice.

Nada.

La palabra del Rey, aunque de enorme valor entre los habitantes del Reino, no sería suficiente para exigir el paradero del muchacho si solo la voz de un hombre las pronunciaba en lugar tan atestado. El guardia sabía esto y aderezó su rostro, colmado de cansancio por la carrera en mallas, antes de comenzar su avance, como pudo, hacia el mostrador tras el que se ubicaba el encargado de aquel establecimiento.

Reposó las manos sobre la madera y observó al hombre, que parecía ignorarlo. Su poblado bigote negro bajaba hasta la altura del mentón. Era un hombre de rostro arisco y piel rojiza, de nariz redondeada y ojos diminutos y negros como el carbón.

-          Busco a un muchacho, ha entrado apenas un instante antes de que yo lo hiciera. – dijo, sin apartar la mirada del hombre –.

El tabernero lo observó con paciencia y señalo hacia la puerta. “Os ayudaría, pero a nadie de quien entra puedo ver hoy. Demasiadas cabezas de por medio, y es un problema, un problema que se repite con cada chaparrón. Os desearía suerte, pero dudo que ni con ella vayáis a lograr que nadie de aquí os diga nada. ”

No le faltaba razón. Cuando el guardia se giró a observar la puerta por la que había entrado apenas alcanzó a ver el dintel de la misma, entre cabeza y sombrero. Con un bufido renegado asintió con un mustio agradecimiento y abandonó la taberna, de vuelta a la lluvia.

El tabernero lo había seguido con la mirada hasta que se perdió tras la puerta, moviendo su denso bigote lentamente y de lado a lado. Cuando la hoja de madera se cerró, sus diminutos ojos bajaron a la propia barra tras la que se encontraba.

- ¿Qué has hecho esta vez, demonio?

De debajo de la barra emergió un muchacho joven, de unos 14 años de edad, de pelo cobrizo y casi como el alambre mismo. Su rostro era alargado y de ojos grandes, expresivos y amarillos. Una nariz ligeramente torcida a su derecha, fruto de una probable ruptura, era lo que más desentonaba en su cara de crío. “Siguen buscándome por la cuestión de la pasada semana. Ese me ha estado siguiendo todo el día…” Lo dijo con una familiaridad pasmosa, como si aquellas carreras frente a la guardia hubiesen sido su ocupación desde el día en que vio la luz.

- Que sea la última vez.  – exigió el posadero, mientras extendía su enorme mano con naturalidad, hacia el chico –. El día marcha bien. Te costará la mitad.

Mientras dejaba caer las relucientes monedas de plata en manos del hombre, el muchacho ya no lo estaba mirando, si no que había depositado sus ojos en la marabunta de personas que llenaban el local aquel día. Allí había gentes que no había visto en su vida e, incluso, ataviados con ropas en decorados que no podía reconocer.

- Estas gentes no son de aquí, ¿no es así Donth? – El muchacho cerro la mano sobre las monedas de cobre que aún le quedaban, de modo que estas dejaron de caer sobre la mano del hombre –. Nunca había visto gente así.

El hombre observó al muchacho, visiblemente asqueado, aunque respondió a su pregunta. “Vienen del sur, en su mayoría. Dicen que allí se está levantando un mal que arrasa los bosques y quema las aldeas. Monstruos verdes que no dejan vida a su paso”. El chico lo observo inquisitivo, no sabiendo si creer las palabras del posadero, pero aun así le dio el resto de monedas que le correspondían, antes de salir por la pequeña abertura de la barra y dirigirse a la parte trasera de la taberna.

Salió por una pequeña puerta a un callejón sin salida que hacía las veces de letrina de la tasca. Caminó entre bajo el hedor a orín hasta el borde del callejón y salto una fila de barriles que bloqueaban el paso. Allí, entre la madera de los toneles, unos roídos tablones hacían de techo en un diminuto habitáculo bajo el que había algunas telas sucias pero gruesas.

El chico se sentó bajo las tablas y desanudó la bolsa de monedas, comenzando a contar sus ganancias del día. Apenas contaba 2 monedas de plata restantes tras haber pagado a Donth. No dijo nada, ni se quejó, ni si quiera resopló o refunfuñó. Dejó el par de monedas bajo un adoquín mal sellado y se tumbó entre las telas.

Si no hubiese sido por aquel inoportuno guardia, no habría tenido que correr, no habría tenido que pagar a Donth por esconderse y ahora tendría 10 monedas de plata, en vez de 2.

Pero a Ethmund no le importaba. Sus pensamientos estaban ya en otra parte. A partir de ese día, se aseguraba a sí mismo, todo iría mejor. Mucho mejor.

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II

- ¿Qué es lo que tanto miras, chico?

La áspera voz de uno de aquellos hombres despertó a Ethmund de su análisis, observando uno a uno los carros que llegaban por el camino de Trabalomas, hacia la capital.

- Cada vez llegan más. – respondió el muchacho, devolviendo la mirada a aquellos ojos marrones cargados de rabia –.

Y lo hacían. Como miembros de una triste procesión, el interminable goteo de sureños que llegaba a los campamentos improvisados a las puertas de Ciudad Capital, Lordaeron, parecía no tener fin. Desde hacía ya tres semanas, los exteriores de la muralla se habían convertido en un barrio más, levantado entre tiendas de campaña, pabellones de mil colores y carromatos cargados de hombres, mujeres y niños.

Ethmund vagaba por aquella zona desde hacía dos días. La voz se había corrido con extrema rapidez y el extendido campamento estaba ahora tan poblado de refugiados como de oportunistas y críos con las manos muy largas. Más largas de la cuenta. Tanto que a pesar de la poca presencia de la guardia en los primeros días algunos de ellos terminaron en los calabozos de todos modos.

Pero él no era estúpido, no era despreocupado y torpe como aquellos niños que pensaban que una daga herrumbrosa en su cinturón los sacaría de cualquier apuro. No, él era calculador hasta el milímetro. No obstante también comprendía que, aún allí en aquel panorama perfecto, sus estrategias no eran infalibles.

- Más fácil para ti ¿verdad? Poner la mano en la bolsa de esos desdichados y agrandar su desgracia.

El hombre insistió, mirando al muchacho. Era de hombros anchos y rostro anguloso, chupado, como si nunca hubiese estado del todo bien alimentado. Su cráneo estaba rapado, lo hacía cada mañana. Sus ojos eran los de un hombre cansado, con ojeras y cejas interrumpidas por alguna que otra cicatriz de pequeño tamaño. Su nariz parecía no haber comido del mismo plato que su cara. Era grande y robusta, dura, como si tuviese más personalidad que él mismo. Vestía cuero tachonado y teñido de verde, aunque la mayoría del color ya se había ido. Debajo tenía una malla y quien sabe que más.

- Hago lo que tengo que hacer para comer. – respondió Ethmund, con palabras secas e, incluso, amenazantes –.

- Pan y plata. – sentenció el hombre, sentado frente a él en un improvisado banco hecho de tablas y barriletes –. No te juzgo.

“Seguro que no…” dejó escapar el chico, mientras se levantaba, incómodo por la constante mirada del hombre. Tampoco quería que un buscavidas bocazas comentara nada acerca de él entre los refugiados y locales. Estaba mejor fuera de su vista.

Ethmund comenzó su habitual ronda por entre las tiendas de la zona oeste del campamento. Caminó hasta llegar a la muralla y pego la espalda a la misma, observando.

La guerra en Ventormenta no había acabado, pero Lordaeron ya se había llenado de refugiados que temían lo peor. Quizás si el enemigo fuese humano, elfo, o incluso trol, no estarían viviendo tal éxodo. No obstante, las historias de barbarie, desmembramientos, genocidios y de aquellos descomunales monstruos verdes habían acelerado todo.

Ninguno de aquellos hombres, mujeres y niños esperaban problemas en Lordaeron. Ya habían vivido un infierno, en sus mentes entrar en otro era imposible o, como poco, improbable.

Que equivocados estaban.

Mientras los más válidos habitantes de Ventormenta, aquellos que podían empuñar un arma, luchaban la amenaza aún en el sur, solo ancianos, niños e inválidos se habían adelantado a lo peor. Los hombres y mujeres hábiles se podían contar con los dedos de una mano. Todos eran presa fácil, no sólo para Ethmund, sino también para cualquier oportunista o pillastre que supiese ver la oportunidad.

Pero él era capaz de ver más allá. Él entendía que estos días de oro solo durarían un tiempo, el tiempo que el Reino tardase en reubicar a aquellas gentes y poner orden en los campamentos. Jugaban con un margen de tiempo muy estrecho, y la guardia aumentaba su presencia a cada día.

Ethmund repasó los campamentos más cercanos, anotando en su avispada cabeza un par de tiendas de campaña de las que acababan de salir algunos de sus habitantes, un saco de mediano tamaño apoyado junto a un banco y un carro que a primera vista parecía haber sido abandonado. Siguió anotando, más tiendas vacías, gentes cargando sus pertenencias en la espalda y dirigiéndose hacia la zona este de la muralla, un grupo de críos de su misma edad observando alrededor.

Ethmund se separó cuidadosamente de la muralla y observó a sus lados y arriba, a las almenas. El ambiente resultaba extraño, distinto a los días anteriores. En las almenas dos vigías observaban el campamento y hablaban entre ellos, lo suficientemente lejos del suelo para que sus palabras no fuesen más que murmullos.

No había ni una voz. El grupo de niños comenzó de improvisto a colarse en algunas de las tiendas vacías por las lonas de atrás. Ethmund esperó, y acertó. De entre dos de estas tiendas emergió un hombre grueso, serio, que señalaba varias de las tiendas que formaban ese campamento. Tras de él, un pelotón de la guardia de Lordaeron atendía a sus señas asintiendo, mientras rodeaban el campamento con extremo disimulo. No vestían mallas, ni placas, no esperaban enfrentarse a nada en particular. Sus calzas estaban atadas con fuerza y no portaban arma alguna, más que los puños metálicos de sus armaduras. Ninguno vio a Ethmund, pero él si los había visto, y comenzó a desplazarse lentamente a su derecha, pegado a la muralla.

Comenzó a escuchar el vocerío y los pasos a la carrera, mas no se detuvo. Algunos arbustos cercanos a la muralla lo ayudaron a ocultarse. Para cuando llegó a una de las esquinas del baluarte pudo ver la escena con claridad. Varios de aquellos rapaces ya habían desapareció, no obstante dos guardias aún intentaban dar caza a algunos de ellos. Ethmund no se detuvo y continuó, sin quitar ojo de la escena.

A su espalda escuchó de improvisto varios pasos atropellados y el jadeo de dos personas. Cuando giró la cabeza un muchacho pasó a su lado sin detenerse, a la carrera, apenas pudo ver su rostro de concentración y su incipiente bigotillo cuando se perdió entre dos tiendas. Tras de él un guardia de la ciudad clavo la mirada en Ethmund.

Correr.

Ethmund dejó atrás su desplazamiento sigiloso. Su estancia allí estaba vendida y la guardia no escucharía a razones. Derrapó entre la tierra del campamento y se coló por debajo de uno de los carros. Al otro lado aún podía escuchar las grandes zancadas del guardia rodeándolo. Se evadió entre varias tiendas pegadas entre sí, golpeó un barril que salió rodando tras de él. Dos giros más, un quiebro y se detuvo tras un montón de cajas acumuladas bajo un pabellón. Observó durante varios minutos, asegurándose y confirmando que estaba solo.

Su corazón palpitaba más de lo que su cuerpo podía mantener y se obligó a sentarse, a relajarse, sin dejar de estar alerta. Pasaron varios minutos hasta que escuchó un golpe y una voz suplicante.

¡Piedad! ¡Chico, piedad!

Ethmund se tensó de nuevo y miro a su alrededor, buscando la voz de nuevo para identificar de donde llegaba. No volvió a escuchar voz alguna, mas un forcejeo continuado llegaba de un campamento a su derecha. Se levantó con extrema vigilancia y se acercó lentamente al lugar.

Allí entre varias tiendas vacías que hacían un círculo, el hombre que había guiado a la guardia hasta los muchachos estaba con la espalda tendida en el suelo, totalmente indefenso. Su rostro serio era ahora uno de temor, temor por su vida, pues un muchacho de pelo negro mantenía un cuchillo apretado contra su garganta.

Ethmund rodeó la escena para observar mejor, sin ser visto aún. Entonces lo vio. Vio el incipiente bigote del crío, sus oscuras cejas y nariz regordeta. Sus ojos verdes, clavados en el hombre, no mostraban si no odio. Ethmund se quedó paralizado en el sitio.

Durante varios segundos no ocurrió nada. La mano del muchacho temblaba. El hombre no movió un músculo. Y entonces, sin previo aviso, el metal rasgó la piel y la sangre regó la tierra. Mientras el hombre se aferraba a su vida, el muchacho se apartó, observándolo, antes de poner pies en polvorosa.

Ethmund no se movió. No se fue y tampoco se acercó a ayudar al hombre. Observó como de desangraba hasta que quedó inmóvil en el suelo. Entonces se giró y comenzó a andar, con la mirada puesta en la tierra, en la hierba, en las piedras, en aquellas botas llenas de polvo.

Recibió un golpe en la cabeza y ya no vio nada.

Cuando despertó no pudo separar las manos. Le dolían las muñecas y las tenía pegadas tras la espalda, unidas con el metal de unos grilletes. Frente a él, pudo distinguir como dos figuras borrosas cargaban un bulto de buen tamaño. Aún no podía ver bien.

Cuando comenzó a distinguir formas, notó la mirada mortal del guardia que lo persiguió días atrás hasta la tasca de Donth, el cuerpo del hombre que había visto morir, y el pelotón entero de soldados que aseguraba el lugar.

 

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III

 

Tenía las manos hinchadas, desde que entró en las mazmorras. Los grilletes raspaban fríamente sus muñecas y ya le habían provocado heridas que no dejaban de sangrar.

No había nadie más que él en aquella lúgubre celda. Apenas unos haces de luz entraban por una pequeña ventana de barrotes, inalcanzable para alguien de su altura. Podía escuchar los pasos de los viandantes en la calle e incluso ver sus escarpines y botas entre los barrotes.

Era un lugar extremadamente pequeño y hecho en piedra desgastada por el tiempo, probablemente una de las primeras mazmorras construidas cuando se fundó la ciudad. Una gruesa puerta de madera oscura, sin ventanuco ni abertura visible, sellaba completamente la celda del resto de la galería, lo que también lograba un profundo silencio en la estancia.

Ethmund había contado tres noches desde que fue detenido. Tres noches, tres comidas que un guardia de mazmorra había traído para el por esa puerta. Pan y leche, nada más.

Había escuchado hablar de los procesos que conllevaban la entrada en las mazmorras de la ciudad de boca de algunos pillastres que habían sido cazados robando. No obstante, desconocía que es lo que ocurría con aquellos acusados de un asesinato.  Desde que llegó por primera vez a aquella celda lo único que pensaba era en la muerte.

Ese destino que durante sus años en la calle había conseguido evitar en múltiples ocasiones gracias a su previsión y buen juicio le llegaría ahora de la forma más ridícula. Siendo acusado de un crimen que, por una vez, él no había cometido.

¿Cómo se defiende un conocido delincuente de una acusación falsa? Sabía que sus palabras tendrían poco valor, si no ninguno.

En estos pensamientos dormitaba, sentado en la fría roca, culpándose de sus descuidados fallos en aquel fatídico día.

La puerta de la mazmorra se abrió con un sonido pesado y el chirriar de unas bisagras oxidadas. El habitual guardia de la mazmorra, vestido con una burda imitación de un traje de verdugo, apareció en el umbral de la puerta, iluminado por la luz que entraba por la ventana. No traía comida.

- En pie. – exigió, mientras se hacía a un lado de la puerta –. Delante de mí.

Ethmund atendió a sus instrucciones y se puso en pie. Notó el dolor en sus piernas y espalda al ponerse en pie de nuevo y caminó hacia el exterior de la celda, dentro de la galería.

El guardia cerró la puerta tras de él y lo picó en el hombro, instándolo a caminar hacia su izquierda. La galería era una interminable hilera de puertas de la misma manufactura que, indudablemente, daban lugar a más celdas. Al final del pasillo comenzaron a ascender varios escalones que parecían doblar en una especie espiral. Cruzaron una puerta, un pasillo bien iluminado, y accedieron a aun despacho.

Era un despacho ostentoso, probablemente en la zona superior del edificio que hacía las veces de cuartel y prisión. Un estrado de madera se alzaba frente a el sobre el que un hombre de poblada barba grisácea y ojos del color del grano observaba a los recién llegados tras de una mesa de buena madera.

La heráldica de Lordaeron estaba duplicada en varios estandartes repartidos por la estancia, así como un mapa de los Reinos del Este, bordado en la pared derecha. Un gran ventanal acabado en un arco de medio punto iluminaba toda la estancia tras del hombre.

Puede dejarnos, Gilbert. – el hombre tras la mesa alzo la mano en un gesto de relevo al guardia, a lo que este respondió cerrando la puerta y dejando a ambos solos en la estancia –. Soy el Teniente Lars,  le haré unas breves preguntas que quiero que responda, ¿de acuerdo?

Ethmund asintió sin dudar. La mirada del teniente era extremadamente neutra. Lo observó a de forma condescendiente, casi paternal, antes de bajar la mirada a su propia mesa.

¿Cuál es su nombre? – entonó, devolviéndole la mirada.

- Ethmund, señor.

- ¿Ethmund que más? – el teniente sumergió una pluma en tinta y comenzó a escribir –. Su apellido.

El chico dudo un instante y miró al teniente. Respondió.

- No lo sé, señor.

Lars evitó escribir y miró de nuevo al muchacho. Ambas miradas se cruzaron y el teniente dejó la pluma sobre la mesa. Cruzó sus toscas manos sobre el papel y le indicó que se acercara. Ehtmund así hizo, y subió los escalones del estrado hasta ponerse al otro lado de la mesa, frente al hombre.

Los hombres de la guardia dicen que eres un ladronzuelo de poca monta. Escurridizo, sí, pero no un peligro mortal para la gente. – se detuvo un instante, dando tiempo al muchacho para comprender el significado de sus palabras –. No creo que tú mataras al viejo Jebas pero debes entender que aunque esto fuese verdad, no estás libre de pecado.

Ethmund observo al teniente mientras este enunciaba sus palabras. Tenía una voz profunda, poderosa, que lo reconfortaba en cierta medida. Ethmund no se engañaba a sí mismo, sabía que acusado de asesinato o no, estaría una buena temporada en aquellas celdas.

- Yo no lo maté señor. No tenía nada en contra de ese hombre.

- No obstante te echaron el guante a escasos pasos de allí cuando su vida aún no se había terminado de ir. ¿Qué viste?

Frunció el ceño. Se habría criado entre miseria y pobredumbre, apoyándose en un código forjado entre las calles y sus habitantes. Un código que lo había mantenido vivo en más de una ocasión. Que decía cosas como “paga a Donth y no te pillarán”, “no robes a un prójimo” y “no delates a un prójimo”. Ethmund no era precisamente un devoto de estas leyes no escritas pero las respetaba hasta cierto punto pues, comprendía, sin ellas bien podría haber muerto hace años.

- Y bien. – el teniente se echó hacia atrás en la silla, mirándolo.

No vi nada, señor. Estaba allí por casualidad, intentando ocultarme de uno de sus hombres que me perseguía cuando me golpearon en la cabeza y me pusieron grilletes. No vi nada más.

El teniente frunció el ceño, mas asintió lentamente a las palabras del muchacho y retomó la pluma, terminando de escribir en el papel que tenía frente así.

- Te llevaremos a una celda más grande, con otros reclusos, hasta que se decida que hacer contigo. – sus palabras volvieron a ser serias, pero no distantes, haciendo gala de una profesionalidad que solo se lograba con gran experiencia –. No serás juzgado por asesinato, pero si por tus crímenes posteriores. ¿Lo has entendido?

Ethmund asintió rápidamente a las palabras del teniente y espero a que se le despachase. El teniente, sin ofrecer más palabras, terminó de escribir el pergamino y lo sello en tinta caliente. De una voz, llamó al guardia de mazmorras y le hizo saber sus órdenes, así como hizo entrega del pergamino sellado.

Gilbert tomó a Ethmund del hombro y lo arrastró fuera de la estancia, mientras el teniente observa al muchacho con serenidad.

Fue conducido por el mismo pasillo que habían venido y escaleras abajo, a una galería diferente. Allí las celdas eran más amplias y no estaban tras de gruesas puertas, si no tras barrotes de un metal oscuro. Los allí recluidos observaron la procesión hasta que Gilbert golpeo con su brazalete los barrotes de una de las celdas, la abrió, quitó los grilletes al muchacho, y lo echó dentro.

- Mirad que tenemos aquí. – una voz ronca surgió del interior de la celda en que lo habían puesto. En una de las literas de abajo un hombre de pecho descubierto se había sentado sobre la paja, observando al muchacho.

Otro hombre, apostado en la litera de arriba se giró también para observarlo de arriba abajo. Ambos tenían rostros sucios y carentes de varios dientes. El que se mantenía sentado tenía un ojo falso y una venda en la cabeza, de la que aún se podía distinguir la sangre seca.

Ethmund ignoró el comentario de su nuevo compañero de celda y se encaminó a la única cama vacía de la estancia, la litera de abajo que había frente a la de los dos hombres. En la de arriba, un bulto no se había movido, parecía dormido.

Ethmund se tumbó en la cama y cruzó las piernas, observando el techo de su nuevo habitáculo. Podía notar la punzante mirada de los dos curiosos puesta sobre él, pero se obcecó en no mirarlos, ni responderlos.

- Le ha comido la lengua el gato. – insistió el primero, mientras se levantaba y acercaba hacia la litera -. ¿No sabes hablar chico? ¿No vas a saludar a tus nuevos camaradas?

- Deja al chico tranquilo, Edgar.

Aquella voz áspera y carente de amabilidad, de afecto, tuvo un efecto directo en el tipejo, que reculó hacia su cama de nuevo.

Ethmund había reconocido aquella voz. La voz del hombre que en los campamentos de refugiados le había preguntado que miraba y si le era más fácil robar entre tanta gente. Clavó la mirada en el somier de la litera de arriba, sin decir nada, sin abrir la boca.

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IV

 

Había pasado ya un año desde que lo tomaran preso. Se había rapado su destellante pelo cobrizo hace unos días y este estaba comenzando a salir de nuevo. Una incipiente barba pelirroja comenzaba a surcar su rostro.

El olor a algas y agua salada lo azotó en la cara. Ayudaba a Edgar a cargar un barril al interior de una de las goletas ancladas al puerto. En otro embarcadero, un descomunal navío con velas de Ventormenta no dejaba de descargar refugiados. La guerra había terminado en el sur, según había escuchado, y Ventormenta había caído en manos de aquellas criaturas verdes, los llamados orcos.

En todo Lordaeron se escuchaban murmullos funestos. La gente estaba intranquila.

Ethmund procuraba no pensar en lo que el futuro iba a deparar a esas tierras. Estaba a unos meses de terminar su condena y por fin podría dejar de descargar cajas y barriles de los barcos que amarraban en aquel puerto. Esa había sido toda su meta desde hace tiempo, además de mantener una relación saludable con Keveth.

El stromico de voz ronca y gran nariz lo había acogido desde el primer día que llegó a la celda. Había evitado que sabuesos hambrientos de demostrarse superiores, como Edgar o Boro, hiciesen de las suyas con él. Cuando los destinaron al puerto de Costa Sur, Keveth se convirtió en una suerte de líder de ese pequeño grupo de desdichados del que Ethmund no pudo evadirse, cosa que tampoco intentó con demasiado fervor.

Por primera vez en mucho tiempo se sentía rodeado de personas que podía considerar amigos, incluso una suerte de hermanos de destino. No obstante, ardía en deseos de volver a ser libre. Libre, como Keveth le había prometido que serían muy pronto, si seguían las órdenes que se les había encomendado. Entonces, había pensado, podrían buscarse la vida juntos.

Edgar pensaba muy distinto y, tras terminar de cargar el barril, se paró un instante a observar el navío ventormentino, con ojos de avaricia. Ethmund lo miró extrañado. Alzó la voz:

- Vamos Edgar, quedan dos más.

- Si…vamos – dijo el hombre, quitando la mirada del barco no sin esfuerzo y sonriendo forzadamente a Ethmund –. Pronto seremos libres ¿eh chico?

- ¿Qué piensas hacer cuando nos suelten? –preguntó, mirando el mismo el navío.

- No lo tengo claro. Tal vez vuelva a la calle, o tal vez marche a Gilneas, o quizás al Sur. – Sus palabras dejaban entrever levemente sus intenciones. No daba la impresión de que realmente intentara ocultarlas.

- Keveth tenía pensado que trabajásemos juntos, los cuatro, Boro y tú también.

- Keveth no es más que un fanfarrón y un perdedor. Expulsado de allí donde ha puesto un pie. Un paria, eso es lo que es. Harías bien en no seguirlo fuera de aquí, chico, trae mal fario.

- Tú tampoco puedes dar lecciones a nadie. – Edgar no le daba miedo, de hecho, desde que Keveth lo hizo sentar en la litera con cuatro palabras, tenía bastante claro que Edgar temía al stromico, y con ello también a Ethmund.

- ¿Y tú sí, rata callejera? – Dejó escapar una risa despectiva y se encamino a la plataforma de bajada del barco, para cargar con la mercancía que quedaba.

Keveth y Boro llegaban en esos momentos al muelle a cargo de un carromato vacío, tirado por una mula vieja. El stromico observo al chico bajar de la goleta y después llevó los ojos al barco ventormentino.

Ethmund se acercó al carromato, mientras Boro iba a ayudar a Edgar en su tarea. El muchacho acarició la cabeza del animal y observó a Keveth.

- Edgar tiene pensado irse, a Gilneas o hacia el sur, una vez nos hayan soltado.

La atención del stromico se desvió del barco hacia el chico un ínfimo instante, pues rápidamente regresó al navío.

Edgar cree que Ventormenta está abierta al saqueo para que pobres diablos como él se hagan ricos en unos pocos días. Todavía no se cree que esos orcos han tomado la ciudad y está convencido de que son bandidos organizados. – Sonrió con inocencia – ¿Tú que crees Ethmund?

El chico miró a su camarada con los ojos entrecerrados. Realmente, nunca se había parado a pensar si la información que traían los refugiados era verdad o no.

- No creo que toda esta gente gane nada con mentir.

Keveth asintió levemente al chico, si variar ese rostro agrio que portaba como su estandarte.

- Estás en lo cierto. – llevó la mirada a Edgar y Boro, cargando barriles –. Hay que vigilarlos. Desde que los últimos refugiados vienen del sur me da la impresión de que traman algo, algo que nos pueda salpicar.

- ¿Crees que no van a esperar a terminar la condena?

El hombre volvió a mirar al chico y negó con sequedad. Arreó a la mula y dio un pequeño cocotazo al muchacho con el puño cerrado, en la cabeza, al pasar a su lado:

- Deja de hacer el vago. A trabajar.

Ethmund regresó a los barriles, decidido, corriendo tras del carro. El final estaba cera.

Llegó la hora del almuerzo y el grupo de cuatro se reunió en un punto apartado de puerto con el resto de reclusos pagando su condena en la zona. Era un antiguo picadero para caballos, vigilado por un pequeño pelotón de la guardia de Costa Sur. Había allí, al menos unos treinta reclusos trabajando, provenientes de todas partes del Reino e, incluso, de otros reinos vecinos.

Edgar observaba a su alrededor mientras comía, como una rata temerosa de que alguien le quite las migajas. Mientras, Boro discutía con Keveth el futuro que deparaba al norte. Una conversación acalorada acerca de probables guerras, alianzas y levas forzadas:

- Si hay guerra llevar a todos los reos al frente, tenlo claro Keveth. Esto no es Stromgarde, aquí nadie va a ir a morir por su honor familiar, hay que obligar a la chusma. – Boro reía y palmeaba la espalda de Keveth –.  ¿Has luchado en alguna batalla por la gloria de tu linaje, allí en Strom?

No es tan sencillo como lo pintas, Boro… - negó, mientras daba un sorbo a la bota de vino –. No todo son gritos de guerra y epopeyas al regresar. No todo el mundo quiere luchar, igual que aquí.

Mientras la conversación continuaba, Edgar se levantó y acercó a otro grupo de reclusos que compartían una humeante pipa. Se sentó junto a ellos. Ethmund no lo perdió de vista, apartando su propia comida de la boca.

Intercambiaron un buen número de cuchicheos y varios de ellos asintieron con un “Aye” a las palabras de Edgar, que gesticulaba exageradamente. Pronto comenzó a señalar a los hombres en dirección al puerto. Dos guardias se habían fijado en él y hablaban entre ellos. Boro se levantó y fue a un extremo del picadero a evacuar.

Keveth también estaba mirando al grupo de reos a los que Edgar hablaba, y se dirigió a Ethmund:

Planea algo. Ethmund, estate preparado – dijo, mientras se levantaba y observa al pelotón de la guardia.

Ethmund miró al hombre y examinó también en número de guardias que rodeaban el picadero. Maldijo a Edgar para sus adentros y también se levantó, a un lado de Keveth. No eran los únicos. Prácticamente todos los reos allí presentes hicieron lo mismo, rodeando a Edgar.

¡Volved a la comida! ¡Sentaos! – exigió uno de los dos guardias apostados en la salida del picadero mientras llevaba, con mucha calma, la mano a la empuñadura de su espada reglamentaria.

Los reos avanzaron en grupo hacia la salida, manteniéndose juntos, mientras la desagradable voz de Edgar se escuchaba desde el centro, guiándolos. El metal desenvainado se dejó escuchar desde cada esquina del picadero cuando la guardia liberó sus armas de las vainas.

Ethmund corrió a ponerse al final del grupo de reos, sin perder un instante. Keveth lo siguió cuando el gruñido de Boro se comenzó a escuchar. Un guardia lo mantenía inmovilizado, filo en su cuello.

- ¡Retroceded! Es una orden – la voz del guardia volvió a alzarse entre el murmullo de los prisioneros –. ¡Es una orden!

Los primeros cautivos comenzaron a cargar sobre los guardias de la entrada, que ya habían sido reforzados por otros apostados a lo largo del picadero. Se escucharon gritos, el contacto del metal con la carne y varios golpes. Dos guardias cayeron al suelo de espaldas mientras uno de los reos se cebaba con la cabeza de uno de ellos. La avalancha de huidos sobrepasó la entrada mientras el resto de guardias comenzaba a alcanzarlos. Salieron a una de las calles de Costa Sur.

La estampida fue trepidante. Viandantes de la población se apartaban horrorizados ante la manada de reclusos, que se dirigía al puerto. Ethmund y Keveth corrieron tras de ellos, sintiendo los gritos de los guardias cercanos a ellos, a su espalda.

Llegaron al primero de los muelles y con Edgar a la cabeza, se hicieron rápidamente con el control del puente que accedía al navío Ventormentino cuando algunos braceros empezaban a descargar los bienes que portaba.

Hubo gritos y más de un cuerpo cayó al agua del puerto. El atropello era imparable y el puente estuvo cercano a quebrarse por el peso de la treintena de presos que intentaban acceder al mismo tiempo.

-    ¡Izad! ¡Izad el ancla! – La voz de Edgar se alzaba sobre todo el escándalo, instando a sus camaradas a izar el ancla del navío. Muchos de ellos ya trepaban por las cuerdas y tiraban de la manivela que ayudaba a elevar el ancla cuando Keveth y Ethmund si quiera habían alcanzado el puente.

Ethmund sintió de nuevo la férrea mano de un guardia cerrase con fuerza en su hombro. Lo obligó a doblarse de dolor sobre el pavimento mientras varios guardias continuaban la carrera por ambos lados.

¡Escoria! – gritó el guardia, y parecía querer añadir algo más dirigido a sus compañeros de pelotón cuando un puño perfectamente colocado lo alcanzó en el mentón. Reculó y soltó el hombro de Ethmund.

- ¡Corre! – El grito era de Keveth que ya esquivaba al aturdido guardia y corría en la dirección contraria al barco.

Ethmund lo siguió, notando como tres guardias se separaban del pelotón e iban en su persecución. La calle principal de Costa Sur, que dirigía hacia Trabalomas, estaba bloqueada ya. Refuerzos desde otros puestos cercanos habían cerrado la salida.

Keveth rehusó detenerse e intentó guiarlos por una calleja secundaria que también estaba bloqueada. Finalmente varios guardias se los echaron encima e inmovilizaron contra la tierra. Gritos de júbilo inundaron la población desde el navío robado, cuando este comenzó a alejarse del puerto.

Otra vez capturado, Ethmund no pudo si no maldecir cien veces a Edgar.

 

Editado por Huwex
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