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Índice
       Introducción - Llamas liberadas
II El Chico de las Flores
III Noche de Estrellas
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Eileen no estaba preparada para esa vida, de pequeña solía soñar con ser una bailarina y tener una vida tranquila. Nunca le interesaron las armas ni el arte del combate. En ese entonces no se había imaginado empuñando un arma y matando a sangre fría. Nunca quiso que nada de eso sucediera… Pero no tuvo opción.

La ceniza y la sangre adornaban la pálida piel de su rostro y sus ojos estaban inyectados en furia. Tal vez podría haber salvado a algunas personas más, pero era un riesgo que no estaba dispuesta a correr. Había bloqueado todas las salidas de ese infierno y prendido en llamas el lugar, sin importarle quién o qué hubiese dentro.

Los gritos y súplicas aún eran audibles en el interior de la estructura, todos estaban encerrados ahí dentro; guardias, sirvientes, clientes y más esclavos. Aunque eso no le carcomía la conciencia. Que arda, y que ellos ardan en ella…

Ese burdel había sido su prisión durante doce largos años, y en ese tiempo había tenido noches en vela suficientes como para imaginar mil y una formas de escapar. Mil y una torturas para todos aquellos que la habían maltratado, violado y humillado. A pesar de ello nunca creyó que fuese posible lograrlo, pero ahí estaba, frente a una orgía de gritos y un mar de llamas que lo devoraba todo.

 

¿Sabes? Algún día me gustaría ir a ver los fuegos artificiales. Le había comentado Jesper una vez. Siempre había tenido una buena relación con su hermano mayor. Ambos habían sido como uña y carne, jamás se separaban el uno del otro y no existían secretos entre ellos. Es posible que tal vez te lleve conmigo.

¿Pero papá y mamá...? Había preguntado Eileen.

Una escapada nocturna no le hará daño a nadie. La interrumpió. Además, serán solo un par de horas, no tienen porqué enterarse. Jesper le había sonreído entonces. Por algún extraño motivo la sonrisa de su hermano siempre la había tranquilizado. Sabía que estaba a salvo junto a él. Que nada malo le podía pasar… Y ahora él estaba muerto.

 

La cabeza de Madame Helen colgaba de la mano de Eileen, sujeta por esa melena rubia que incluso ahora seguía pareciendo perfecta. Sus cuencas oculares yacían vacías, y la parte inferior de la mandíbula se sostenía por finos hilos de carne y músculo que se balanceaban con el andar de la joven elfa, dejando un reguero de sangre a su paso. No podía negar que había disfrutado haciéndola sufrir, que había sentido placer al verla llorar y suplicar. Ni en sus sueños más dulces se había imaginado que sería tan satisfactorio acabar con la vida de esa mujer. La mujer que la utilizó como un juguete sexual para todos sus clientes. La mujer que solo la veía como un objeto con el que hacer dinero.
 

Los gritos se apagaban conforme se iba alejando, y tras ella una enorme columna humeante trepaba por la noche, fragmentando el cielo.

Cuando estuvo en el enorme portón principal de la finca se acercó a la verja y ensartó la cabeza de Madame Helen en uno de los afilados barrotes acabados en punta, como si fueran enormes lanzas de hierro negro, elevándose desde el suelo para no dejar que ningún atisbo de esperanza o sueños escapen de ese horrible lugar. Aún no hemos terminado… Le susurró con picardía a la cabeza  antes de empuñar un cuchillo de cocina, pequeño y oxidado. Se lo acercó a la frente y grabó dos grandes “JJ” en ella. Una advertencia... una promesa de venganza, de que iba a por ellos...

 

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Los hermanos Jefferson. Aquellos que habían matado a su familia. Aquellos que la habían confinado a esa vida, a esa celda con esa odiosa mujer. Dos criminales al mando de una peligrosa y reputada banda criminal.  Podía verlos cada vez que cerraba los ojos. Nunca olvidaría esas caras... esas voces... Siempre que lo hacía tenía que reprimir un escalofrío, pero se obligaba a si misma a no sentir miedo, castigándose físicamente cuando lo hacía. Pues si quería vengarse de ellos, tarde o temprano tendría que superar los fantasmas de su pasado, y eso los incluía a ellos.

¿Se acordarían de ella, de lo que le hicieron? ¿Se acordarían de la familia que le habían arrebatado? ¿La habrían olvidado ya? Esas preguntas rondaban la cabeza de Eileen y la asaltaban constantemente. Pero ahora era libre, ya no tenía ataduras, ni físicas ni morales. No le importaba nada, no habría nadie capaz de detenerla. Doce años de sufrimiento, y ellos eran los responsables… Pagarían por cada día que ella había sufrido, y por cada día que su familia hubiese vivido… Llegado el momento no tendría piedad.

Para cuando Eileen se bajó de la verja y cruzó el portón, el fuego ya se había extendido hacia el sótano del edificio principal, encontrándose con las reservas de pólvora, químicos y demás, provocando una enorme explosión que terminó de acallar los pocos gritos de agonía que se oían en la lejanía. Eileen se permitió el lujo de mirar por encima del hombro aquel espectáculo. Siempre quisiste ir a ver fuegos artificiales, hermano. Esto va por ti...  musitó para si misma antes de perderse entre la maleza que marcaba el nacimiento del bosque.
 

 

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El naranja de un sol poniente bañaba los dos muelles, y nubes de pólvora se elevaban hasta morir bajo su vera. Los atronadores sonidos de los disparos envolvían el puerto. El aire olía a pólvora, sal y humedad. Aún había luz, pero pronto el sol se ocultaría.

Y en uno de esos muelles Eileen se cubría de los disparos junto a su buen amigo Cassian.

Cassian se asomó un poco, y cuando lo tuvo claro apuntó con la pistola y no dudó en disparar, envolviéndose en una nube negra. Un grito pudo oírse en el muelle de enfrente. Rápidamente Cassian volvió a tomar posición en las cajas que usaban como cobertura. Tenía la cara negra de tantos disparos, la pólvora se le había quedado pegada a la piel debido a la humedad del lugar, pero aún así, a Eileen le seguía pareciendo hermoso; Tenía unos ojos grandes y marrones como el tarro de la más dulce de las mieles, el cabello corto, castaño, ondulado y revuelto y la piel tostada como el cielo de un atardecer. Desprendía un olor a limpio, a natural, como césped recién cortado que incluso en ese momento era perceptible. Alto y de constitución atlética, los músculos de los  brazos se le marcaban cada vez que doblaba los codos y un par de hoyuelos que hacían acto de presencia en sus mejillas cuando sonreía.

 

- ¡Eileen, necesito que acabes con el del tejado!.- Gritó Cassian, agachado como podía contra la caja que se quejaba con cada disparo amortiguado. La madera saltaba por los aires y dentro de poco no tendrían dónde cubrirse. Cassian sabía que aquel tirador era un peligro, y no tenían las armas adecuadas para alcanzarle.

-¿¡Dónde!?- Preguntó ella sin asomarse.

- ¡Edificio de la izquierda, al final de la calle, dos bloques antes de llegar a la esquina!

- ¡Hecho, pero me debes una cena, que no se te olvide!

- ¡Te deberé dos si salimos de esta!

- ¿¡Y si no!?

- ¡Si no, espero que haya alguna taberna allí arriba!

Entonces Eileen gritó y Cassian disparó para cubrirla mientras ella corría de caja en caja a través del muelle, hasta llegar al pie de los edificios, resguardandose del caos de aquel tiroteo. Varios contenedores metálicos de transporte estaban ahí apilados, no sería difícil llegar a algún balcón y de ahí trepar hasta el tejado. Los disparos solo dejaban de sonar cuando tenían que recargar, y de vez en cuando algún grito invadía el lugar. Más te vale que no seas tu… se decía cada vez que los oía, a Cassian se le acababa el tiempo.

Eileen saltó y se agarró con los dedos al extremo de un contenedor, apoyando las suelas de goma contra el mismo para ayudarse a subir. Repitió la acción con los dos siguientes y cuando tuvo la oportunidad saltó a la cornisa de una ventana. De momento nadie la había visto. Desde allí podía observar como cinco hombres disparaban sin cesar contra la caja de Cassian, que de vez en cuando se asomaba para devolver los disparos.

No se detuvo más de lo necesario, rápidamente buscó agarres en la pared y saltó hacia las imperfecciones de la estructura, aferrándose a ellas y ayudándose de la suela especial de su calzado. Y así fue trepando por la fachada, de ventana en ventana y apoyándose en rocas que sobresalían. Las manos le dolían, los dedos le sangraban y los pies resbalaban cada vez más, pero siguió trepando.

 

Cuando llegó al tejado estaba sin aliento, había sido un esfuerzo muy grande después del día que llevaba, pero no podía detenerse. Se tomó un par de segundos para ponerse en pie y corrió, tomando carrerilla para saltar al tejado de enfrente, y luego al siguiente y al siguiente… Entonces pudo verle, un tirador con un enorme rifle apostado en la barandilla de la azotea, aún no se había percatado de la presencia de Eileen. Ella se acercó a él sigilosamente, con pies de pluma mientras empuñaba cuidadosamente una daga en su mano diestra.

- Vamos, saca la cabeza pequeño hijo de puta…- Musitó el tirador, con la mirada fija en la caja de Cassian. Su voz era grave y ronca, seguramente por el exceso de tabaco y el alcohol. - Venga, no tengo todo el d....- La daga de Eileen atravesó la garganta del hombre, que comenzó a convulsionar y luchar por una bocanada de aire mientras la sangre salía a borbotones de su cuello, y extendía los brazos, como tratando de aferrarse a la vida que se le escapaba.

- Tienes razón, no tienes todo el día.- Le susurró Eileen al oído. Acto seguido retiró la daga y empujó al hombre hacia abajo. Incluso desde esa altura y con el tiroteo allí abajo, pudo oírse el golpe seco contra el suelo y como se partían los huesos. Se permitió un par de segundos para descansar y recuperar el aliento, las rodillas le dolían tanto que apenas se atrevía a sentarse.

 

- ¡Eileen!- El viento arrastró la voz de Cassian hasta ella, era un eco lejano que rebotaba entre el conglomerado de edificios alrededor del puerto. - ¡Eileen!

Cuando ella echó la mirada hacia el muelle pudo ver como lo habían rodeado, Cassian había tenido que retroceder más y estaba al borde del mar, tras una caja que poco le faltaba para ceder ante los disparos. Mierda, corrió como si le fuera la vida en ello. Los pulmones le ardían, el corazón latía con tanta fuerza que le dolía el pecho, y sus piernas apenas respondían por la fatiga, pero no se detuvo. Saltó de tejado en tejado y continuó corriendo. Tropezó varias veces en el proceso, rasgándose los codos y las manos, pero se levantaba siempre. Arriba Eileen, podía oír la voz de su padre cada vez que le flaqueaban las fuerzas, cada vez que caía, Arriba. Logró llegar al tejado por el que había subido, pero descender sería más difícil. Los disparos resonaban constantemente, si no hacía algo Cassian moriría. Y lo haría por su culpa.

Echó un vistazo hacia abajo y un escalofrío le recorrió la médula. Tendría que saltar hacia los contenedores, tal vez con suerte no se rompería nada. Era la única opción. No había tenido en cuenta que Cassian se había quedado solo. Había hecho mal, se había equivocado. No había pensado en que tal vez tendría que volver, no barajó la posibilidad de tener que bajar tan rápido de los tejados. Tragó saliva y cogió carrerilla hasta llegar al borde donde saltó hacia los contenedores, varios metros más abajo.

Todas las lecciones de su padre pasaron por su cabeza durante esos segundos de caída. Él siempre le había enseñado a caer, a rodar y repartir la fuerza del impacto por todo el cuerpo. Y ella así lo hizo, flexionó las rodillas y estiró las los dedos de los pies cuando estos llegaron a tocar el metal del contenedor, se dió impulso y se hizo un ovillo, rodando sobre la superficie metálica de la caja.

Un dolor inmenso le recorrió las piernas y sollozó con fuerza, tumbada. Los disparos cada vez era más fuertes, estaba cerca de ellos. Pero todo le daba vueltas, los oídos le pitaban y el cansancio había hecho mella en ella al momento de amortiguar la caída. Se había hecho daño, y la idea de poder haberse esguinzado algún hueso la aterró. Se arrastró hacia el borde del contenedor y se dejó caer hacia el que estaba un nivel inferior a este, gritando de dolor. Las costillas, sollozó de nuevo. Las costillas también dolían, pero Cassian corría peligro, iba a morir si ella no llegaba a tiempo, así que se arrastró de nuevo y se dejó caer en el contenedor de abajo, y luego hacia el suelo ahogando otro grito de dolor.

 

¿Te cuento el secreto del verdadero amor? Le había preguntado una vez su padre. A un amigo mío le gustaba decirme que a las mujeres les adoran las flores. Tenía muchos coqueteos, pero jamás encontró esposa. ¿Sabes por qué? Porque puede que a las mujeres les encanten las flores, pero solo a una le encanta el aroma a gardenias de finales de verano que le recuerda al porche de su abuela. Solo a una mujer le encantan las flores del manzano en una taza azul. Solo a una mujer le encantan los geranios silvestres.

¡Esa es mamá!, había gritado Eileen.

Si, a mamá le encantan los geranios silvestres porque no hay otra flor que tenga ese color, y dice que cuando parte el tallo y se lo pone detrás de la oreja, el mundo entero huele a verano. Muchos chicos te traerán flores, pero algún día conocerás a uno que aprenda cuál es tu flor favorita, tu canción favorita, tu dulce favorito. Y aunque sea demasiado pobre para darte nada de eso, no importará porque se habrá tomado el tiempo de conocerte como nadie más lo habrá hecho. Solo ese chico merecerá tu corazón.

 

Eileen gruñó y apoyó ambas manos en el suelo para ponerse en pie. Más le vale que sea un ramo bien grande… Masculló mientras caminaba entre los contenedores, apoyándose con una mano para no perder el equilibrio. Tal vez algún día Cassian le regalara flores, pero por el momento se conformaba con que siguiera con vida un rato más.

Los disparos cada vez eran más cercanos, y cuando se acercó pudo verle desde el lateral del muelle, tras la caja, hecho un ovillo para evitar que los disparos acertásen en él, y tres hombres que avanzaban poco a poco hacia Cassian. Ha tirado a dos… Se permitió el lujo de sentir un ligero alivio y se cruzó de miradas con Cassian.

- ¡Eileen, cierra los ojos!- Gritó con fuerza mientras se llevaba una mano al bolsillo de su cazadora.

- ¡No puedes besarme desde ahí, Cassian! - Ladró mientras trataba de idear un plan para acabar con los tres hombres restantes.

- ¡Hazme caso por una vez en tu vida, cierra los ojos!

- ¡Más te vale que me guste! - Cerró los ojos con fuerza.

- ¿¡Están cerrados!?

- ¡Si joder, están cerrados!

Entonces pudo sentir como una luz blanca, intensa le iluminaba los párpados que permanecían cerrados. Y acto seguido los gritos y gruñidos de los tres hombres. Cuando abrió los ojos pudo verlos tumbados en el suelo, con las manos frotándose los ojos. Una bomba lumínica… cabrón astuto. No perdió el tiempo y fue hacia ellos, acabando con sus vidas de una puñalada certera, estaba demasiado cansada como para jugar con ellos.

Cassian salió de la caja y dejó escapar un suspiro de alivio. Se acercó tambaleándose a Eileen.

- ¿Quién demonios eran? - Preguntó exhausto, pasándose una mano por la frente ennegrecida por la pólvora.

Eileen se acuclilló frente uno de ellos y le levantó la manga de la camisa, hasta el codo, dejando al descubierto un tatuaje en el antebrazo, dos “JJ”. - Jeffersons.- Respondió Eileen, poniéndose en pie de nuevo.

- ¿Nos han seguido? ¿Cómo?

- No lo se, pero hay que irse de aquí, ya.

- El mar ya no es un lugar seguro, si se han enterado de que íbamos a bordear el continente seguramente hayan enviado barcos a buscarnos.

- Y desde el mar no podemos escapar si nos atrapan…

- Exacto, hay que buscar otro camino.

Eileen se llevó las manos a la cabeza y dejó escapar una maldición. - Pasaremos la noche en las afueras, cámbiate de ropa y búscame algo bonito para ponerme. Yo iré a por provisiones. Te veo en unas horas en la posada. - Comentó mientras se alejaba despacio, cojeando, con el dolor aún palpitante en las piernas y costillas.

- Hecho, ve con cuidado, y no te entretengas.- Respondió Cassian viéndola marchar.

- Tu tampoco. - Le miró por encima del hombro. - Y espero que esa cena merezca la pena...

 

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El olor a sal y pescado llenaba las fosas nasales de Eileen, llevaba días en esa bodega, oscura y maloliente, y ahora al fin iban a sacarla de ese agujero pestilente. Maniatada y cabizbaja avanzaba despacio, arrastrando los pies desnudos y llenos de heridas, unidos por unas pesadas cadenas que le dificultaban la tarea. Un hombre alto y corpulento, de manos grande y ásperas la llevaba sujeta del brazo por la cubierta. La condujo a través de un puente de madera que unía al barco con el puerto y se detuvo frente a una mujer. Eileen, con la mirada agachada, vió sus lujosos zapatos; deslumbrantes y de un color rojo tan vivo que parecía brillar por sí solo, casi candente. Hubiese jurado que podía verse reflejada en ellos. El hombre la zarandeó del brazo y ella alzó la vista, hacia la mujer; Era hermosa, tenía una mirada penetrante de color verde esmeralda, adornada con algo de maquillaje, tal vez demasiado. Unos labios carnosos pintados a la perfección de un rojo carmesí. Una larga y perfecta melena rubia y un precioso vestido de color rubí que envolvía su también perfecta silueta. Costaba creer que era humana.

 

- ¿Y bien, que me habéis traído esta vez?- Siseó la mujer, su voz era dulce y melodiosa, como el canto de un pájaro en primavera.

- Madam Helen…- El hombre se inclinó ligeramente, dedicándole una reverencia. - Tres chicas, humanas-. Respondió.- Y, como puedes ver, una elfa.- Alzó un poco a Eileen del brazo, recibiendo un gruñido de la misma como respuesta.

- Vaya vaya… - Deslizó la mirada hacia Eileen.- Una pieza exótica, sin duda. Pagarán bien por pasar el rato con ella.

 

Una sonrisa felina se dibujó en los labios de la mujer mientras examinaba cada centímetro de su cuerpo. Eileen temblaba de miedo, trataba de no mostrarlo pero era una batalla perdida, ahora sabía que hubiese preferido permanecer en esa bodega. Tenía la blusa abierta de arriba a abajo y con las manos atadas por las muñecas se cubría el pecho. Llevaba la falda levantada por encima de la cintura y aquella mujer le tocaba los muslos y las nalgas de forma descarada, analizandola como si fuera ganado.

 

- Bajita, delgaducha y plana como una mesa. Pero es guapa y a mis clientes les interesará una elfa, es algo que no se ve todos los días. Me la quedo.- Al fin apartó las manos y la atención de Eileen.- ¿Cuánto tiempo ha sido educada?

- Cuatro años.- Respondió de nuevo el hombre, que se había deleitado mientras la mujer examinaba a la elfa.

- Confío en que no me de muchos problemas, ya sabéis que mi clientela exige ciertos estándares, esto no es un burdel de poca monta.

- ¿Cuando le han defraudado mis señores, Madam? -Dijo- Esta ha sido elegida por ellos, no tenga duda de que vale hasta la última moneda...

 

Entonces hubo gritos, llantos, golpes, sudor y finalmente… silencio. La pálida luz de la luna atravesaba y se difuminaba a través de las cortinas. Descubrió que había sido otro mal sueño de tiempos más oscuros, pues estaba en su habitación, a salvo. Respiraba de forma agitada e irregular, tragó saliva y fue como si mil agujas le atravesaran la garganta a la vez. Se oyeron unos silenciosos pasos tras la puerta y la manecilla bajó despacio. En menos de un segundo, la elfa tenía sus dagas en las manos y miraba hacia la puerta que poco a poco se abría, dejando ver una figura conocida:

- ¿Eileen?. -Musitó Cassian mientras asomaba la cabeza. Ella suspiró aliviada y dejó las dagas sobre la mesita, en el lado derecho de la cama, junto a la ventana.- ¿Otra pesadilla? -Preguntó mientras cerraba la puerta detrás de él.

- Algo así…

- ¿Estás bien?- Dijo, y se sentó en los pies de la cama, posando la mirada sobre ella.

- Podría estar mejor.- Admitió, y se pasó las manos por la cara, con algunos mechones pegados a ella por el sudor.

- Bueno, al menos has ganado tu batalla contra las sabanas. Estoy seguro de que no se volverán a meter contigo.- Dijo, dejando escapar una leve risa que acompañaba su adorable sonrisa.

- Idiota...- Respondió Eileen, dejando escapar también una risa.

- ¿Quieres subir al tejado?

- Si, necesito algo de aire fresco.

Cassian le tendió la mano y salieron despacio de la habitación, procurando no hacer mucho ruido hasta llegar a las escaleras que conducían al tejado. Era una pequeña azotea cuadrada, con algunas barandillas caídas a los extremos y huecos que permitían el acceso a unas tejas sin demasiada pendiente, y que comunicaban con otros edificios un par de pisos más bajos, separados tan solo por unos tres metros de largo. Los días anteriores había habido lluvia, por lo que el ambiente era algo húmedo, pero el aire era puro y el cielo estaba despejado esa noche. Ambos se tumbaron en las tejas, acompañados por una brisa suave, y dirigieron la mirada hacia el cielo cubierto por un manto de centelleantes astros a la deriva que palpitaban en un lienzo oscuro, presidido por una luna llena.

 

- ¿Por qué te gustan tanto?- Preguntó Cassian mientras miraba las estrellas, con los brazos cruzados tras la nuca.

- Mi padre solía contarme historias sobre ellas.

- ¿Las estrellas?

- Si.

- ¿Qué historias se pueden contar sobre unos puntos blancos?- Arrugó un poco las cejas.

- Son más que eso.

- Cuéntame alguna.

- ¿Seguro, no te reirás?

- No prometo nada.- Eileen dejó escapar un bufido y Cassian alzó las manos, como a quien le apuntan con un arma.- Está bien, no me reiré, lo prometo.- Luego volvió a ponerlas en su nuca, con una media sonrisa dibujada en el rostro.

Entonces Eileen alzó el dedo índice y señaló hacia un grupo de estrellas.- ¿Ves esas dos de allí, las que brillan con un poco más de fuerza?

- ¿Junto a esa que brilla tan poco?.- Señaló una cercana.

- Si, ¿Las ves?

- Las veo.- Asintió.

El dedo de Eileen recorrió despacio una serie de estrellas, uniéndo a unas con otras y trazando una figura que iba cobrando vida en la noche mientras ella deslizaba el dedo, resaltando una figura que parecía dividirse en dos y que, con suficiente imaginación, se parecía a dos personas abrazadas junto a una estrella más brillante que destacaba entre ellos.

- Esos son los amantes, Jurian y Elain.- Indicó Eileen.

- ¿Y esas tienen alguna historia, o las llamaron así sin motivo?

- Claro que la tienen, todas tienen una.

- ¿Y no me la vas a contar?- Enarcó una ceja y la miró por un instante antes de devolver la mirada hacia la constelación.

- Si quieres…

- Claro que quiero.

- Pensaba que solo eran puntos blancos.- Le miró con una sonrisa burlona en el rostro.

- Está bien, tú ganas.- Se rió y le devolvió la mirada a ella un instante para luego perderla de nuevo entre las estrellas.- ¿Me la cuentas?

- Se dice que Jurian era un humano de familia pobre, y Elain una elfa de la aristocracia, quién además, decían que poseía una voz tan dulce y hermosa que podía dormir a cualquiera con ella.- Dijo Eileen.- Y pese a todas las dificultades que eso significaba, pese a los ojos con los que la sociedad los miraría… ellos se enamoraron y decidieron estar juntos. Pero el padre de Elain no aprobaba esa relación y les prohibió volver a verse. Terminó encerrando a su propia hija en una torre, custodiada por varios guardias, y le encomendó una misión a Jurian. Le dijo que si de verdad amaba a su hija se lo demostraría con una prueba de valía. Iría él solo a la fortaleza de un orco, que antaño le había arrebatado una joya familiar que ahora usaba en su corona, y se la traería de vuelta. Si lo conseguía podría casarse con su hija.

- ¿Y lo consiguió?- Murmuró Cassian, que había dejado de mirar hacia las estrellas para contemplar a Eileen.

- Lo intentó.- Continuó ella.- Pero fue apresado por los orcos, y su amada pudo llegar a sentir que él estaba en peligro, así que logró escaparse de su prisión cantando una melodía que durmió a los guardias que la custodiaban, y así partió para ayudar a su amado. Una vez se hubo infiltrado en la fortaleza y lo hubo encontrado lo liberó, y juntos fueron a buscar la joya. Ella entró en los salones y durmió a todos los que allí se encontraban, incluído el orco con la joya en su corona. Jurian se la arrebató y juntos salieron de allí, pero mientras huían, el orco, con su corona entonces vacía despertó y lo atrapó. Ambos se batieron en duelo, y se dice que la pelea entre ambos fue de las más sangrientas y brutales que se recuerdan, perdiendo los dos la vida en ella. Y Elain, que no pudo soportar perder a su amado, le suplicó a la luna en forma de canción, pidiéndole que les dejara estar juntos de nuevo. La luna escuchó su melodía y sintió lástima por ambos, así que se apiadó y decidió subirlos al cielo y hacerlos brillar juntos, por toda la eternidad… Y esa estrella que brilla entre ambos, es la joya que lograron recuperar.

- Es una historia muy triste…- Murmuró tras un breve silencio.

- Lo es, pero al final acabaron juntos... por siempre.- Dejó escapar un suspiro y entonces miró a Cassian, con cierta lástima.

- Eh…-Le colocó una mano en la mejilla y se la acarició con el pulgar.- Nosotros también estaremos juntos para siempre, Eileen.-Hizo una pausa.- Cuando… cuando todo esto haya terminado.

- ¿Crees que existe un "para siempre" para nosotros?

Cassian le dedicó una media sonrisa, con ternura y amargura a partes iguales mientras deslizaba la mano hasta el mentón de la elfa para que lo mirase a los ojos. - Sonríe y pregunta otra vez...

Eileen no pudo evitar sonreir

Y te prometo que cuando todo esto haya terminado al fin, seremos la constelación más hermosa, y brillaremos más que cualquier otra que el mundo haya conocido…- Se acercó a ella y la besó con dulzura.

- Te quiero...

- Y yo a ti...

 

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