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Tali_Zorah_N7

Corona de Espinas

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Índice
       Introducción - Llamas liberadas
II El Chico de las Flores
III Noche de Estrellas
IV Una Luz en la Oscuridad
V Redención

 

(Esta serie de relatos narra historias acontecidas durante los tres años previos a la "aparición" de Eileen.)

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Eileen no estaba preparada para esa vida, de pequeña solía soñar con ser una bailarina y tener una vida tranquila. Nunca le interesaron las armas ni el arte del combate. En ese entonces no se había imaginado empuñando un arma y matando a sangre fría. Nunca quiso que nada de eso sucediera… Pero no tuvo opción.

La ceniza y la sangre adornaban la pálida piel de su rostro y sus ojos estaban inyectados en furia. Tal vez podría haber salvado a algunas personas más, pero era un riesgo que no estaba dispuesta a correr. Había bloqueado todas las salidas de ese infierno y prendido en llamas el lugar, sin importarle quién o qué hubiese dentro.

Los gritos y súplicas aún eran audibles en el interior de la estructura, todos estaban encerrados ahí dentro; guardias, sirvientes, clientes y más esclavos. Aunque eso no le carcomía la conciencia. Que arda, y que ellos ardan en ella…

Ese burdel había sido su prisión durante doce largos años, y en ese tiempo había tenido noches en vela suficientes como para imaginar mil y una formas de escapar. Mil y una torturas para todos aquellos que la habían maltratado, violado y humillado. A pesar de ello nunca creyó que fuese posible lograrlo, pero ahí estaba, frente a una orgía de gritos y un mar de llamas que lo devoraba todo.

 

¿Sabes? Algún día me gustaría ir a ver los fuegos artificiales. Le había comentado Jesper una vez. Siempre había tenido una buena relación con su hermano mayor. Ambos habían sido como uña y carne, jamás se separaban el uno del otro y no existían secretos entre ellos. Es posible que tal vez te lleve conmigo.

¿Pero papá y mamá...? Había preguntado Eileen.

Una escapada nocturna no le hará daño a nadie. La interrumpió. Además, serán solo un par de horas, no tienen porqué enterarse. Jesper le había sonreído entonces. Por algún extraño motivo la sonrisa de su hermano siempre la había tranquilizado. Sabía que estaba a salvo junto a él. Que nada malo le podía pasar… Y ahora él estaba muerto.

 

La cabeza de Madame Helen colgaba de la mano de Eileen, sujeta por esa melena rubia que incluso ahora seguía pareciendo perfecta. Sus cuencas oculares yacían vacías, y la parte inferior de la mandíbula se sostenía por finos hilos de carne y músculo que se balanceaban con el andar de la joven elfa, dejando un reguero de sangre a su paso. No podía negar que había disfrutado haciéndola sufrir, que había sentido placer al verla llorar y suplicar. Ni en sus sueños más dulces se había imaginado que sería tan satisfactorio acabar con la vida de esa mujer. La mujer que la utilizó como un juguete sexual para todos sus clientes. La mujer que solo la veía como un objeto con el que hacer dinero.
 

Los gritos se apagaban conforme se iba alejando, y tras ella una enorme columna humeante trepaba por la noche, fragmentando el cielo.

Cuando estuvo en el enorme portón principal de la finca se acercó a la verja y ensartó la cabeza de Madame Helen en uno de los afilados barrotes acabados en punta, como si fueran enormes lanzas de hierro negro, elevándose desde el suelo para no dejar que ningún atisbo de esperanza o sueños escapen de ese horrible lugar. Aún no hemos terminado… Le susurró con picardía a la cabeza  antes de empuñar un cuchillo de cocina, pequeño y oxidado. Se lo acercó a la frente y grabó dos grandes “JJ” en ella. Una advertencia... una promesa de venganza, de que iba a por ellos...

 

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Los hermanos Jefferson. Aquellos que habían matado a su familia. Aquellos que la habían confinado a esa vida, a esa celda con esa odiosa mujer. Dos criminales al mando de una peligrosa y reputada banda criminal.  Podía verlos cada vez que cerraba los ojos. Nunca olvidaría esas caras... esas voces... Siempre que lo hacía tenía que reprimir un escalofrío, pero se obligaba a si misma a no sentir miedo, castigándose físicamente cuando lo hacía. Pues si quería vengarse de ellos, tarde o temprano tendría que superar los fantasmas de su pasado, y eso los incluía a ellos.

¿Se acordarían de ella, de lo que le hicieron? ¿Se acordarían de la familia que le habían arrebatado? ¿La habrían olvidado ya? Esas preguntas rondaban la cabeza de Eileen y la asaltaban constantemente. Pero ahora era libre, ya no tenía ataduras, ni físicas ni morales. No le importaba nada, no habría nadie capaz de detenerla. Doce años de sufrimiento, y ellos eran los responsables… Pagarían por cada día que ella había sufrido, y por cada día que su familia hubiese vivido… Llegado el momento no tendría piedad.

Para cuando Eileen se bajó de la verja y cruzó el portón, el fuego ya se había extendido hacia el sótano del edificio principal, encontrándose con las reservas de pólvora, químicos y demás, provocando una enorme explosión que terminó de acallar los pocos gritos de agonía que se oían en la lejanía. Eileen se permitió el lujo de mirar por encima del hombro aquel espectáculo. Siempre quisiste ir a ver fuegos artificiales, hermano. Esto va por ti...  musitó para si misma antes de perderse entre la maleza que marcaba el nacimiento del bosque.
 

 

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El naranja de un sol poniente bañaba los dos muelles, y nubes de pólvora se elevaban hasta morir bajo su vera. Los atronadores sonidos de los disparos envolvían el puerto. El aire olía a pólvora, sal y humedad. Aún había luz, pero pronto el sol se ocultaría.

Y en uno de esos muelles Eileen se cubría de los disparos junto a su buen amigo Cassian.

Cassian se asomó un poco, y cuando lo tuvo claro apuntó con la pistola y no dudó en disparar, envolviéndose en una nube negra. Un grito pudo oírse en el muelle de enfrente. Rápidamente Cassian volvió a tomar posición en las cajas que usaban como cobertura. Tenía la cara negra de tantos disparos, la pólvora se le había quedado pegada a la piel debido a la humedad del lugar, pero aún así, a Eileen le seguía pareciendo hermoso; Tenía unos ojos grandes y marrones como el tarro de la más dulce de las mieles, el cabello corto, castaño, ondulado y revuelto y la piel tostada como el cielo de un atardecer. Desprendía un olor a limpio, a natural, como césped recién cortado que incluso en ese momento era perceptible. Alto y de constitución atlética, los músculos de los  brazos se le marcaban cada vez que doblaba los codos y un par de hoyuelos que hacían acto de presencia en sus mejillas cuando sonreía.

 

- ¡Eileen, necesito que acabes con el del tejado!.- Gritó Cassian, agachado como podía contra la caja que se quejaba con cada disparo amortiguado. La madera saltaba por los aires y dentro de poco no tendrían dónde cubrirse. Cassian sabía que aquel tirador era un peligro, y no tenían las armas adecuadas para alcanzarle.

-¿¡Dónde!?- Preguntó ella sin asomarse.

- ¡Edificio de la izquierda, al final de la calle, dos bloques antes de llegar a la esquina!

- ¡Hecho, pero me debes una cena, que no se te olvide!

- ¡Te deberé dos si salimos de esta!

- ¿¡Y si no!?

- ¡Si no, espero que haya alguna taberna allí arriba!

Entonces Eileen gritó y Cassian disparó para cubrirla mientras ella corría de caja en caja a través del muelle, hasta llegar al pie de los edificios, resguardandose del caos de aquel tiroteo. Varios contenedores metálicos de transporte estaban ahí apilados, no sería difícil llegar a algún balcón y de ahí trepar hasta el tejado. Los disparos solo dejaban de sonar cuando tenían que recargar, y de vez en cuando algún grito invadía el lugar. Más te vale que no seas tu… se decía cada vez que los oía, a Cassian se le acababa el tiempo.

Eileen saltó y se agarró con los dedos al extremo de un contenedor, apoyando las suelas de goma contra el mismo para ayudarse a subir. Repitió la acción con los dos siguientes y cuando tuvo la oportunidad saltó a la cornisa de una ventana. De momento nadie la había visto. Desde allí podía observar como cinco hombres disparaban sin cesar contra la caja de Cassian, que de vez en cuando se asomaba para devolver los disparos.

No se detuvo más de lo necesario, rápidamente buscó agarres en la pared y saltó hacia las imperfecciones de la estructura, aferrándose a ellas y ayudándose de la suela especial de su calzado. Y así fue trepando por la fachada, de ventana en ventana y apoyándose en rocas que sobresalían. Las manos le dolían, los dedos le sangraban y los pies resbalaban cada vez más, pero siguió trepando.

 

Cuando llegó al tejado estaba sin aliento, había sido un esfuerzo muy grande después del día que llevaba, pero no podía detenerse. Se tomó un par de segundos para ponerse en pie y corrió, tomando carrerilla para saltar al tejado de enfrente, y luego al siguiente y al siguiente… Entonces pudo verle, un tirador con un enorme rifle apostado en la barandilla de la azotea, aún no se había percatado de la presencia de Eileen. Ella se acercó a él sigilosamente, con pies de pluma mientras empuñaba cuidadosamente una daga en su mano diestra.

- Vamos, saca la cabeza pequeño hijo de puta…- Musitó el tirador, con la mirada fija en la caja de Cassian. Su voz era grave y ronca, seguramente por el exceso de tabaco y el alcohol. - Venga, no tengo todo el d....- La daga de Eileen atravesó la garganta del hombre, que comenzó a convulsionar y luchar por una bocanada de aire mientras la sangre salía a borbotones de su cuello, y extendía los brazos, como tratando de aferrarse a la vida que se le escapaba.

- Tienes razón, no tienes todo el día.- Le susurró Eileen al oído. Acto seguido retiró la daga y empujó al hombre hacia abajo. Incluso desde esa altura y con el tiroteo allí abajo, pudo oírse el golpe seco contra el suelo y como se partían los huesos. Se permitió un par de segundos para descansar y recuperar el aliento, las rodillas le dolían tanto que apenas se atrevía a sentarse.

 

- ¡Eileen!- El viento arrastró la voz de Cassian hasta ella, era un eco lejano que rebotaba entre el conglomerado de edificios alrededor del puerto. - ¡Eileen!

Cuando ella echó la mirada hacia el muelle pudo ver como lo habían rodeado, Cassian había tenido que retroceder más y estaba al borde del mar, tras una caja que poco le faltaba para ceder ante los disparos. Mierda, corrió como si le fuera la vida en ello. Los pulmones le ardían, el corazón latía con tanta fuerza que le dolía el pecho, y sus piernas apenas respondían por la fatiga, pero no se detuvo. Saltó de tejado en tejado y continuó corriendo. Tropezó varias veces en el proceso, rasgándose los codos y las manos, pero se levantaba siempre. Arriba Eileen, podía oír la voz de su padre cada vez que le flaqueaban las fuerzas, cada vez que caía, Arriba. Logró llegar al tejado por el que había subido, pero descender sería más difícil. Los disparos resonaban constantemente, si no hacía algo Cassian moriría. Y lo haría por su culpa.

Echó un vistazo hacia abajo y un escalofrío le recorrió la médula. Tendría que saltar hacia los contenedores, tal vez con suerte no se rompería nada. Era la única opción. No había tenido en cuenta que Cassian se había quedado solo. Había hecho mal, se había equivocado. No había pensado en que tal vez tendría que volver, no barajó la posibilidad de tener que bajar tan rápido de los tejados. Tragó saliva y cogió carrerilla hasta llegar al borde donde saltó hacia los contenedores, varios metros más abajo.

Todas las lecciones de su padre pasaron por su cabeza durante esos segundos de caída. Él siempre le había enseñado a caer, a rodar y repartir la fuerza del impacto por todo el cuerpo. Y ella así lo hizo, flexionó las rodillas y estiró las los dedos de los pies cuando estos llegaron a tocar el metal del contenedor, se dió impulso y se hizo un ovillo, rodando sobre la superficie metálica de la caja.

Un dolor inmenso le recorrió las piernas y sollozó con fuerza, tumbada. Los disparos cada vez era más fuertes, estaba cerca de ellos. Pero todo le daba vueltas, los oídos le pitaban y el cansancio había hecho mella en ella al momento de amortiguar la caída. Se había hecho daño, y la idea de poder haberse esguinzado algún hueso la aterró. Se arrastró hacia el borde del contenedor y se dejó caer hacia el que estaba un nivel inferior a este, gritando de dolor. Las costillas, sollozó de nuevo. Las costillas también dolían, pero Cassian corría peligro, iba a morir si ella no llegaba a tiempo, así que se arrastró de nuevo y se dejó caer en el contenedor de abajo, y luego hacia el suelo ahogando otro grito de dolor.

 

¿Te cuento el secreto del verdadero amor? Le había preguntado una vez su padre. A un amigo mío le gustaba decirme que a las mujeres les adoran las flores. Tenía muchos coqueteos, pero jamás encontró esposa. ¿Sabes por qué? Porque puede que a las mujeres les encanten las flores, pero solo a una le encanta el aroma a gardenias de finales de verano que le recuerda al porche de su abuela. Solo a una mujer le encantan las flores del manzano en una taza azul. Solo a una mujer le encantan los geranios silvestres.

¡Esa es mamá!, había gritado Eileen.

Si, a mamá le encantan los geranios silvestres porque no hay otra flor que tenga ese color, y dice que cuando parte el tallo y se lo pone detrás de la oreja, el mundo entero huele a verano. Muchos chicos te traerán flores, pero algún día conocerás a uno que aprenda cuál es tu flor favorita, tu canción favorita, tu dulce favorito. Y aunque sea demasiado pobre para darte nada de eso, no importará porque se habrá tomado el tiempo de conocerte como nadie más lo habrá hecho. Solo ese chico merecerá tu corazón.

 

Eileen gruñó y apoyó ambas manos en el suelo para ponerse en pie. Más le vale que sea un ramo bien grande… Masculló mientras caminaba entre los contenedores, apoyándose con una mano para no perder el equilibrio. Tal vez algún día Cassian le regalara flores, pero por el momento se conformaba con que siguiera con vida un rato más.

Los disparos cada vez eran más cercanos, y cuando se acercó pudo verle desde el lateral del muelle, tras la caja, hecho un ovillo para evitar que los disparos acertásen en él, y tres hombres que avanzaban poco a poco hacia Cassian. Ha tirado a dos… Se permitió el lujo de sentir un ligero alivio y se cruzó de miradas con Cassian.

- ¡Eileen, cierra los ojos!- Gritó con fuerza mientras se llevaba una mano al bolsillo de su cazadora.

- ¡No puedes besarme desde ahí, Cassian! - Ladró mientras trataba de idear un plan para acabar con los tres hombres restantes.

- ¡Hazme caso por una vez en tu vida, cierra los ojos!

- ¡Más te vale que me guste! - Cerró los ojos con fuerza.

- ¿¡Están cerrados!?

- ¡Si joder, están cerrados!

Entonces pudo sentir como una luz blanca, intensa le iluminaba los párpados que permanecían cerrados. Y acto seguido los gritos y gruñidos de los tres hombres. Cuando abrió los ojos pudo verlos tumbados en el suelo, con las manos frotándose los ojos. Una bomba lumínica… cabrón astuto. No perdió el tiempo y fue hacia ellos, acabando con sus vidas de una puñalada certera, estaba demasiado cansada como para jugar con ellos.

Cassian salió de la caja y dejó escapar un suspiro de alivio. Se acercó tambaleándose a Eileen.

- ¿Quién demonios eran? - Preguntó exhausto, pasándose una mano por la frente ennegrecida por la pólvora.

Eileen se acuclilló frente uno de ellos y le levantó la manga de la camisa, hasta el codo, dejando al descubierto un tatuaje en el antebrazo, dos “JJ”. - Jeffersons.- Respondió Eileen, poniéndose en pie de nuevo.

- ¿Nos han seguido? ¿Cómo?

- No lo se, pero hay que irse de aquí, ya.

- El mar ya no es un lugar seguro, si se han enterado de que íbamos a bordear el continente seguramente hayan enviado barcos a buscarnos.

- Y desde el mar no podemos escapar si nos atrapan…

- Exacto, hay que buscar otro camino.

Eileen se llevó las manos a la cabeza y dejó escapar una maldición. - Pasaremos la noche en las afueras, cámbiate de ropa y búscame algo bonito para ponerme. Yo iré a por provisiones. Te veo en unas horas en la posada. - Comentó mientras se alejaba despacio, cojeando, con el dolor aún palpitante en las piernas y costillas.

- Hecho, ve con cuidado, y no te entretengas.- Respondió Cassian viéndola marchar.

- Tu tampoco. - Le miró por encima del hombro. - Y espero que esa cena merezca la pena...

 

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El olor a sal y pescado llenaba las fosas nasales de Eileen, llevaba días en esa bodega, oscura y maloliente, y ahora al fin iban a sacarla de ese agujero pestilente. Maniatada y cabizbaja avanzaba despacio, arrastrando los pies desnudos y llenos de heridas, unidos por unas pesadas cadenas que le dificultaban la tarea. Un hombre alto y corpulento, de manos grande y ásperas la llevaba sujeta del brazo por la cubierta. La condujo a través de un puente de madera que unía al barco con el puerto y se detuvo frente a una mujer. Eileen, con la mirada agachada, vió sus lujosos zapatos; deslumbrantes y de un color rojo tan vivo que parecía brillar por sí solo, casi candente. Hubiese jurado que podía verse reflejada en ellos. El hombre la zarandeó del brazo y ella alzó la vista, hacia la mujer; Era hermosa, tenía una mirada penetrante de color verde esmeralda, adornada con algo de maquillaje, tal vez demasiado. Unos labios carnosos pintados a la perfección de un rojo carmesí. Una larga y perfecta melena rubia y un precioso vestido de color rubí que envolvía su también perfecta silueta. Costaba creer que era humana.

 

- ¿Y bien, que me habéis traído esta vez?- Siseó la mujer, su voz era dulce y melodiosa, como el canto de un pájaro en primavera.

- Madam Helen…- El hombre se inclinó ligeramente, dedicándole una reverencia. - Tres chicas, humanas-. Respondió.- Y, como puedes ver, una elfa.- Alzó un poco a Eileen del brazo, recibiendo un gruñido de la misma como respuesta.

- Vaya vaya… - Deslizó la mirada hacia Eileen.- Una pieza exótica, sin duda. Pagarán bien por pasar el rato con ella.

 

Una sonrisa felina se dibujó en los labios de la mujer mientras examinaba cada centímetro de su cuerpo. Eileen temblaba de miedo, trataba de no mostrarlo pero era una batalla perdida, ahora sabía que hubiese preferido permanecer en esa bodega. Tenía la blusa abierta de arriba a abajo y con las manos atadas por las muñecas se cubría el pecho. Llevaba la falda levantada por encima de la cintura y aquella mujer le tocaba los muslos y las nalgas de forma descarada, analizandola como si fuera ganado.

 

- Bajita, delgaducha y plana como una mesa. Pero es guapa y a mis clientes les interesará una elfa, es algo que no se ve todos los días. Me la quedo.- Al fin apartó las manos y la atención de Eileen.- ¿Cuánto tiempo ha sido educada?

- Cuatro años.- Respondió de nuevo el hombre, que se había deleitado mientras la mujer examinaba a la elfa.

- Confío en que no me de muchos problemas, ya sabéis que mi clientela exige ciertos estándares, esto no es un burdel de poca monta.

- ¿Cuando le han defraudado mis señores, Madam? -Dijo- Esta ha sido elegida por ellos, no tenga duda de que vale hasta la última moneda...

 

Entonces hubo gritos, llantos, golpes, sudor y finalmente… silencio. La pálida luz de la luna atravesaba y se difuminaba a través de las cortinas. Descubrió que había sido otro mal sueño de tiempos más oscuros, pues estaba en su habitación, a salvo. Respiraba de forma agitada e irregular, tragó saliva y fue como si mil agujas le atravesaran la garganta a la vez. Se oyeron unos silenciosos pasos tras la puerta y la manecilla bajó despacio. En menos de un segundo, la elfa tenía sus dagas en las manos y miraba hacia la puerta que poco a poco se abría, dejando ver una figura conocida:

- ¿Eileen?. -Musitó Cassian mientras asomaba la cabeza. Ella suspiró aliviada y dejó las dagas sobre la mesita, en el lado derecho de la cama, junto a la ventana.- ¿Otra pesadilla? -Preguntó mientras cerraba la puerta detrás de él.

- Algo así…

- ¿Estás bien?- Dijo, y se sentó en los pies de la cama, posando la mirada sobre ella.

- Podría estar mejor.- Admitió, y se pasó las manos por la cara, con algunos mechones pegados a ella por el sudor.

- Bueno, al menos has ganado tu batalla contra las sabanas. Estoy seguro de que no se volverán a meter contigo.- Dijo, dejando escapar una leve risa que acompañaba su adorable sonrisa.

- Idiota...- Respondió Eileen, dejando escapar también una risa.

- ¿Quieres subir al tejado?

- Si, necesito algo de aire fresco.

Cassian le tendió la mano y salieron despacio de la habitación, procurando no hacer mucho ruido hasta llegar a las escaleras que conducían al tejado. Era una pequeña azotea cuadrada, con algunas barandillas caídas a los extremos y huecos que permitían el acceso a unas tejas sin demasiada pendiente, y que comunicaban con otros edificios un par de pisos más bajos, separados tan solo por unos tres metros de largo. Los días anteriores había habido lluvia, por lo que el ambiente era algo húmedo, pero el aire era puro y el cielo estaba despejado esa noche. Ambos se tumbaron en las tejas, acompañados por una brisa suave, y dirigieron la mirada hacia el cielo cubierto por un manto de centelleantes astros a la deriva que palpitaban en un lienzo oscuro, presidido por una luna llena.

 

- ¿Por qué te gustan tanto?- Preguntó Cassian mientras miraba las estrellas, con los brazos cruzados tras la nuca.

- Mi padre solía contarme historias sobre ellas.

- ¿Las estrellas?

- Si.

- ¿Qué historias se pueden contar sobre unos puntos blancos?- Arrugó un poco las cejas.

- Son más que eso.

- Cuéntame alguna.

- ¿Seguro, no te reirás?

- No prometo nada.- Eileen dejó escapar un bufido y Cassian alzó las manos, como a quien le apuntan con un arma.- Está bien, no me reiré, lo prometo.- Luego volvió a ponerlas en su nuca, con una media sonrisa dibujada en el rostro.

Entonces Eileen alzó el dedo índice y señaló hacia un grupo de estrellas.- ¿Ves esas dos de allí, las que brillan con un poco más de fuerza?

- ¿Junto a esa que brilla tan poco?.- Señaló una cercana.

- Si, ¿Las ves?

- Las veo.- Asintió.

El dedo de Eileen recorrió despacio una serie de estrellas, uniéndo a unas con otras y trazando una figura que iba cobrando vida en la noche mientras ella deslizaba el dedo, resaltando una figura que parecía dividirse en dos y que, con suficiente imaginación, se parecía a dos personas abrazadas junto a una estrella más brillante que destacaba entre ellos.

- Esos son los amantes, Jurian y Elain.- Indicó Eileen.

- ¿Y esas tienen alguna historia, o las llamaron así sin motivo?

- Claro que la tienen, todas tienen una.

- ¿Y no me la vas a contar?- Enarcó una ceja y la miró por un instante antes de devolver la mirada hacia la constelación.

- Si quieres…

- Claro que quiero.

- Pensaba que solo eran puntos blancos.- Le miró con una sonrisa burlona en el rostro.

- Está bien, tú ganas.- Se rió y le devolvió la mirada a ella un instante para luego perderla de nuevo entre las estrellas.- ¿Me la cuentas?

Ella asintió, y tras una breve pausa comenzo a relatar.

- Se dice que Jurian era un humano de familia pobre, humilde, y Elain una elfa de la aristocracia, de quién además, de decía que poseía una voz tan dulce y hermosa que podía dormir a cualquiera con ella. -Dijo ella.- Sin embargo, nada de eso importó a la hora de enlazarse sus caminos. La semilla del amor germinó en sus corazones y no tardó en aflorar con la fuerza de mil lunas. Ambos supieron que el destino que aquél amor aguardaba no sería sencillo, y pese a todas las dificultades que eso significaba, pese a los ojos con los que la sociedad los miraría… ellos decidieron estar juntos. -Indicó, con la mirada fija en la constelación.- Sin embargo el padre de Elain no aprobaba esa relación y les prohibió a ambos volver a verse. Su furia y desesperación fueron tales que terminó encerrando a su propia hija en una torre, custodiada por varios guardias para que nadie se acercara a ella, encomendándole después una misión a Jurian. Le dijo que si de verdad amaba a su hija debería de demostrarlo con una prueba de valía. Iría él solo a la fortaleza de un orco, que antaño le había arrebatado una joya familiar, que ahora adornaba  la corona que siempre portaba encima, y se la traería de vuelta. Si lo conseguía obtendría su beneplácito y podría casarse con su hija.

- ¿Y lo consiguió?- Murmuró Cassian, que había dejado de mirar hacia las estrellas para contemplar a Eileen.

- Lo intentó.- Continuó ella.- Partió en soledad hacia dicha fortaleza, y tres días y tres noches eran los que tardaría en llegar a su destino, y tres días y tres noches cabalgó sin descanso a lomos de su corcel hasta finalmente dar con la fortaleza. Pero el cansancio hizo mella en él y fue apresado por los orcos, que tras una dura batalla terminaron por reducirlo. Desde la distancia, su amada pudo llegar a sentir que él estaba en peligro, así que empleó aquél don que se le había sido otorgado y logró escaparse de su prisión cantando una melodía que durmió a los guardias que la custodiaban, y así partió para ayudar a su amado a lomos del caballo robado de su padre, y tres días y tres noches cabalgó en busca de su amado. Una vez se hubo llegado, Elain tejió un manto de estrellas que la mantuvieron oculta de las miradas enemigas y se infiltró en la fortaleza. Y ccuando encontró a Jurian no tardó en liberarlo. Pese a las insistencias de Elain, Jurian quiso seguir manteniendo la promesa que le hizo al padre de su amada y recuperar aquella joya, pues solo así podrían contraer matrimonio.-Hizo una breve pausa y se mordió la mejilla por dentro, recordando todas las noches que le pedía a su padre que contara esa historia antes de ir a dormir.- Así pues juntos partieron en busca de aquella joya.- Prosiguió.- Ella entró en los salones cubierta por aquél manto de estrellas y entonó una melodía que durmió a todos los que allí se encontraban, incluido el orco cuya ostentosa corona adornaba su cabeza. Jurian trepó por el trono en el que se encontraba sentado y se la arrebató, y juntos se dispusieron a salieron de allí, sin embargo mientras huían, el orco, con su corona por aquél entonces ya vacía despertó y no tardó en atrapar a Jurian, quién espada en mano se dispuso a combatir contra él.- Endureció el gesto y continuó narrando.- Ambos se batieron en duelo entonces, y narran las historias que la batalla entre ambos fue de las más sangrientas y brutales que jamás hayan sido presenciadas. Tan sangrienta fue, que ambos terminaron perdiendo la vida por las heridas ocasionadas. Y Elain, quién no pudo soportar la pérdida de su amado entonó la más triste de las melodías jamás cantadas. Y tan triste fue aquella melodía, que arrastrada por el viento llegó a ser oída por la luna, quién nunca antes se había conmovido y quién nunca después volvería a conmoverse, y le ofreció a Elain un lugar junto a ella en el firmamento, un lugar donde brillar por toda la eternidad junto a su amado, a lo que Elain aceptó.-Alzó entonces el dedo índice, señalando a un punto muy concreto de la constelación.- Y se dice, que la estrella que brilla entre ambos es la joya que Jurian logró recuperar, símbolo de su amor.

- Es una historia muy triste…- Murmuró tras un breve silencio.

- Lo es, pero al final acabaron juntos... por siempre.- Dejó escapar un suspiro y entonces miró a Cassian, con cierta lástima.

- Eh…-Le colocó una mano en la mejilla y se la acarició con el pulgar.- Nosotros también estaremos juntos para siempre, Eileen.-Hizo una pausa.- Cuando… cuando todo esto haya terminado.

- ¿Crees que existe un "para siempre" para nosotros, un final feliz?

Cassian le dedicó una media sonrisa, con ternura y amargura a partes iguales mientras deslizaba la mano hasta el mentón de la elfa para que lo mirase a los ojos. - Sonríe y pregunta de nuevo... Eileen no pudo evitar sonreir, y Cassian prosiguió.Y te prometo que cuando todo esto haya terminado al fin, seremos la constelación más hermosa, y brillaremos más que cualquier otra que el mundo haya conocido…- Se acercó a ella y la besó con dulzura.

- Te quiero...

- Y yo a ti...

 

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Vannan adoraba la tranquilidad que acompañaba a la noche, el silencio y la soledad. Inspiró y llenó sus pulmones de aire mientras observaba plácidamente el jardín, apoyado en la barandilla de la terraza, en el piso superior. El viento arrastraba hacia él la dulce melodía que producían las hojas de los árboles al ser mecidas, los grillos hacían notar su presencia con sus cánticos y las luciérnagas bailaban al compás, alrededor de su hija, Eileen, que danzaba, saltaba y reía sobre la hierba. Él adoraba todos esos sonidos, le traían paz, pero la dulce risa de su hija le llenaba de felicidad.

Admiró aquella estampa durante una hora, y la hubiese admirado durante el resto de la noche si la pequeña no se hubiese percatado y corrido hacia el interior de la casa para subir junto a él al balcón, en busca de historias de constelaciones remotas, olvidadas por el resto del mundo...

 

- És una noche preciosa ¿Verdad?- Preguntó al oír los pasos descalzos acercarse, y posando con delicadeza la mano diestra sobre la cabeza de su hija una vez se hubo acercado. La brisa era suave, el cielo estaba despejado y aquella terraza era un palco privilegiado desde el cual contemplar una ópera de estrellas que brillaban en armonía.

- Todas las noches con bonitas papá.- Respondió Eileen con una amplia sonrisa.

- ¿Pero quién te has creído que eres para darle lecciones a tu padre?- Agachó la mirada hacia ella y deslizó los dedos hasta su cuello para hacerle cosquillas, a lo que la pequeña reaccionó con una sonora carcajada.

-¡Ay, Papá!- Logró decir entre risas y encogiéndose.- ¡Para!

- ¿Qué, sigues queriendo darme lecciones? ¿Eh? -Sonrió y siguió haciéndole un poco más de cosquillas.

-¡Papiiii!- Rogó en una carcajada.

- Está bien… está bien- Se detuvo y se arrodilló para estar a su altura, le acarició la mejilla con dulzura, usando el dorso de la mano mientras la miraba a los ojos. -Eileen, quiero que me prometas una cosa.- Algo en su mirada cambió, se tornó seria, con un deje de… temor, tal vez preocupación, y la pequeña se percató.

- ¿Qué ocurre papá?

- Nada, es solo que no quiero que esa sonrisa desaparezca nunca. Y para ello quiero que me prometas algo. ¿Vale?

- Vale

- ¿Ves esas estrellas?- Le puso una mano en el mentón y con delicadeza le dirigió la mirada hacia el cielo.

- Ahá…- Asintió.

- Habrá días en los que quizá llueva, truene o incluso granice.- Llevó lentamente la mano al hombro de su hija.- Habrá noches en los que el cielo quizá esté nublado, y días en los que el sol no permita que se las admire. Pero ellas siempre estarán allí... brillando, aunque nadie crea en ellas, aunque nadie sepa que están ahí…

- Pero papá.-Desvió la mirada hacia él.- ¿Por qué estás…?

- Quiero que sepas... - La interrumpió, buscando su mirada mientras se retiraba un anillo del dedo índice, que depositó con mimo en la palma de la mano de su hija para luego cerrarla entorno al objeto.- Que habrá momentos en los que la vida te ponga a prueba. Momentos en los que tendrás que demostrar lo fuerte y valiente que eres… y brillar aunque nadie crea en ti. Y en esos momentos, mi pequeña estrella, recuerda que pase lo que pase...


 

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La tenue luz del atardecer atravesaba la ventana por la que ella había entrado, iluminando pobremente aquél despacho situado en el segundo piso de la casa. Entrar había sido un juego de niños, la ventana ni siquiera tenía el pestillo echado, y si la información que su contacto le había proporcionado era cierta, en aquella casa encontraría los documentos con nombres y apodos de todos y cada uno de los cabezas de la mafia, a todos y cada uno de los Jefferson. Y si los planos que habían robado del ayuntamiento eran fieles, debería de haber un sótano oculto en algún lugar cerca del salón principal, construido después de que se edificara la casa. Su intuición le decía que allí encontraría lo que buscaba, y esa era una oportunidad que no podía dejar escapar, pues el juego se había convertido en una cacería que no se detendría hasta que sólo quedase el vencedor en pie, y a Eileen no le gustaba perder.

Había dejado a Cassian y Morrigan vigilando en los alrededores. La casa estaba apartada e internada en el bosque, el pueblo más cercano estaba a quince minutos a pie. Por lo que si alguien más merodeaba cerca sería uno de los Jefferon o alguno de sus lacayos, ambos sabrían cómo arreglárselas para darle más tiempo.

Los tres habían invertido una semana en averiguar los horarios de los integrantes de aquella casa, las rondas de los criados y cuándo quedaba vacía y desprotegida. Si todo iba conforme al plan, Eileen tenía una media hora para dar con los documentos y volver junto a Cassian y Morrigan para salir de allí. Y si algo iba mal, habían acordado que Eileen dejaría un pañuelo en la ventana de la habitación noroeste del piso superior, pues tras estudiar los planos, era la que tenía un acceso más fácil, junto a la escalera que descendía al primer piso, y la ventana era perfectamente visible desde donde ambos vigilaban el camino que conducía a la puerta de la verja que rodeaba la casa.

 

Calculaba que llevaría alrededor de unos diez minutos en aquel despacho, y no había logrado dar con nada de interés. Había buscado en todos y cada uno de los estantes, tras cada libro, en cada armario y en los cajones de las dos mesas que había allí. Sabía que no podía perder mucho más tiempo. Abrió la puerta del despacho y se asomó al pasillo; era largo y con cuatro puertas, dos a cada extremo. Las paredes estaban pintadas de un azul cian y adornadas con varios cuadros; paisajes y algún que otro retrato, una moqueta roja y gris cubría el suelo hacia las escaleras, que se hallaban al final del mismo pasillo y las cuales no tardó en descender.

Una vez llegó al piso inferior hizo memoria del plano de la casa, el salón estaba en el ala este, no muy lejos de la puerta principal; estaba cerca. Cruzó un pasillo, ignorando la hilera de puertas que lo atravesaban y fue directa hacia el salón. Una gran puerta de madera y cristales adornados por grabados dóricos separaba el salón de Eileen, la llave estaba echada pero a la elfa no le costó demasiado forzar la cerradura y adentrarse en el.

Dentro del salón pudo observar varios sofás apostados junto a las paredes, las cuales estaban cubiertas por una capa de madera que terminaba a poco más de dos metros de altura, el resto de la pared estaba forrada por una especie de papel sintético que simulaba terciopelo teñido de rojo con espirales negras que subían y bajaban, varios divanes descansaban sobre una inmensa alfombra a juego con las paredes y una mesa alargada con multitud de sillas en el centro de la estancia, sobre la cual colgaba una lámpara de araña de cristal, con multitud de adornos llamativos que deformaban los rayos de luz que los atravesaban.

Quince minutos. Debería de llevar algo no muy alejado de esa cifra en la casa. No quería perder más tiempo, así que se dirigió hacia la alfombra y comenzó a palpar sobre la misma hasta que encontró una irregularidad, la levantó un poco, sin tener que llegar a mover el mobiliario, y pudo contemplar como allí había una trampilla y una anilla de hierro que sobresalía. La agarró y tiró de ella con fuerza. Una vez abierta, Eileen contempló como unas largas escaleras hechas de piedra conducían a una puerta. Bingo. Descendió y tanteó la puerta, ni siquiera estaba cerrada con llave. Eso sin duda le sacó una sonrisa, pues eran uno o dos minutos más de tiempo regalado. 

Tras la puerta sólo había oscuridad, la tenue luz que llegaba a entrar por la puerta no alumbraba más de dos palmos lejos de esta, de modo que la elfa tuvo que recurrir a uno de sus frascos luminosos; un alga especial atrapada en un vial con agua de mar que al ser agitado desprendía una moderada cantidad de luz azulada, lo suficiente como para ver algo.

Pudo ver entonces una mesa no muy lejos de su posición, el lugar era grande, podía sentirlo por cómo resonaban los ecos de sus acciones. Se acercó a la mesa y contempló libros, papeles, plumas y un tintero, todo estaba desordenado, como si alguien hubiese recogido apresuradamente todo lo que hubiese en aquel lugar. Cuando fue a echar mano de uno de esos papeles, la sala se iluminó… Una trampa. Nos han vendido.

No tardó ni un segundo en empuñar sus dagas y observar alrededor; Un hombre apoyado en la pared, con un rifle a la espalda y un estoque envainado, estaba situado al lado de una especie de manivela que seguramente había accionado el sistema de iluminación por gas de aquél lugar. Eileen lo reconoció al momento; Rogers. En el pasado ya habían combatido antes. Junto a él había tres hombres más y una mujer, todos armados y con una afilada sonrisa dibujada en el rostro. La luz que ahora alumbraba el lugar confirmó las sospechas de la elfa, aquél sitio había sido limpiado por completo, había estanterías vacías, papeles tirados por todas partes, muebles volcados y documentos quemados en la chimenea que yacía al final de la alargada sala.

Entonces Rogers se incorporó y comenzó a aplaudir.

- Enhorabuena Eileen, parece que has encontrado que andabas buscando.-Dijo con un tono de voz cargado de sarcasmo mientras se acariciaba el bigote que adornaba su rostro.

- Vete al infierno.-Ladró la elfa, señalándole con una daga.-¿También huirás esta vez?

- Esta vez vengo a proponerte un trato.

Los hombres y aquella mujer se acercaron lentamente a ella, que no vaciló en alzar sus armas contra ellos.

- No tienes porque morir aquí.- Prosiguió Rogers.- Ríndete, ven con nosotros y mis señores tal vez consideren en perdonarte la vida por todo lo que has hecho.

- No negocio con basura.-escupió y clavó la mirada en Rogers, sin perder del campo visual al resto.- Esta vez pienso acabar contigo.

Rogers se rió.

- Te diré lo que va a pasar Eileen. Vas a ser sensata y usar eso que tienes por cabeza, y soltar las armas, porque si no ésta habitación será tu tumba. ¿Entiendes? -Comentó con calma.- No eres más que carne y huesos, por mucho que quieras creerte invencible, sangras como todos.

- No Rogers, yo te diré lo que va a pasar.- Barrió al grupo que la rodeaba con la mirada.- Caerá uno de ellos, y tú aún creerás que estás a salvo tras este muro escoria que tienes por guardaespaldas. Luego caerá otro, y entonces comenzarás a preocuparte y a preguntarte por qué no has traído más hombres.- Señaló entonces a la mujer, quién se acercaba peligrosamente a ella, tal vez intimidada por sus palabras, tal vez envalentonada, no creyéndola capaz.- Y cuando caiga el tercero… entonces será cuando tú vengas a por mi, desesperado, con solo uno de tus hombres con vida. Y cuando le de muerte a él también, oh entonces comenzará la parte divertida Rogers, porque sentirás un dolor que ningún ser humano haya experimentado antes, y lo último que verás en esta vida será mi rostro con una sonrisa placentera dibujada mientras te extirpo la vida.

Rogers palideció un instante, creyendo capaz a la elfa de sus palabras, pero camufló su miedo con arrogancia y la señaló.

- Matadla.- Ordenó.

 

Eileen miró entonces a los cuatro que la rodeaban. Mi ventaja; mi agilidad, su ventaja; la superioridad numérica. Primero, cubrir parte del rostro con el pañuelo y desviar la atención. Aprovechar el entorno y los segundos iniciales para lanzar una bomba de humo; causará desconcierto y me permitirá asestar los primeros golpes y tal vez evadir algunos. El hombre de la izquierda era el más próximo, empuñaba una espada y tenía la piel castigada, unos cuantos kilos de más y los dientes amarillentos que asomaban tras su sonrisa putrefacta. Fuma, bebe y se cuida poco. Golpe en el hígado, lo dejará fuera de combate unos segundos, apenas sabrá de dónde viene el golpe. Arma larga, me dará tiempo a evitar su ataque cuando se recupere. Desvío entonces la mirada hacia el que había al lado de él, era fuerte, alto y empuñaba una daga. Golpe en la entrepierna para hacer que se incline, luego una puñalada en la garganta. Es posible que reciba un tajo de su parte mientras me encargo del primero. Apretar los dientes y soportar el dolor si se da el caso. Miró entonces a la mujer, a su derecha, era baja, delgada y con armadura de cuero, experimentada a simple vista en el combate cuerpo a cuerpo, o al menos había venido preparada. Empuñaba una espada en la mano izquierda y una pistola en la diestra. De mi altura, no podré evitar el disparo, darle la espalda y agachar la cabeza mientras me encargo del segundo. Previsión del impacto: En el hombro derecho. Incapacidad para usar el brazo con agilidad, lanzarle la daga con la zurda al cuello antes de que se acerque con la espada. Rogers entraría después en acción, Eileen lo sabía, estudió entonces al cuarto hombre. Tenía estatura media, estaba algo más alejado que el resto, sería el último en atacar, una espada en cada mano y un jubón de cuero desgastado por el costado. Rogers disparará el rifle primero, un solo tiro, no podrá recargar. Previsión del impacto: En el torso. La armadura mitigará parte del impacto, el humo no le permitirá ser preciso y no será mortal, la bala quedará alojada dentro. Luego usar la diestra para clavar la daga en el costado del hombre, aprovechando el desgaste de la armadura, retorcerla e impedir que pueda usar las espadas, será doloroso pero eficaz, soportaré el dolor. Es posible que reciba un corte por parte de su diestra en el proceso. Cuando Rogers se acerque, echarle el cuerpo de hombre encima para desequilibrarlo, luego saltar hacia él e impedirle usar su espada, tratará de contraatacar con su mano libre, aprovechar el movimiento de su brazo para hundir la daga en su axila, luego acometer contra el cuello y buscar la muerte antes de que mis heridas pasen factura.

 

- Juguemos…- Respondió Eileen.

 

 

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Hacía diez minutos que Eileen había partido hacia la casa, no había ocurrido nada digno de mención. Cassian permanecía sentado sobre la rama de un árbol, con la pierna izquierda colgando y siendo balanceada de vez en cuando. El bosque era frondoso pero los árboles eran altos, proporcionaban una buena perspectiva de la zona. Miró hacia la ventana por instinto, comprobando si Eileen había dado alguna señal. Es muy pronto, dale tiempo. La casa era grande, y la verja que la rodeaba cubría gran parte del terreno y los perros guardianes roían ahora los huesos de un par de filetes que “casualmente” habían caído en la parcela, dando vía libre a la elfa para que se colase. El cántico de los insectos típicos del verano se le hacía insoportable, y el calor del lugar le hacía sudar.

- ¿A quién se le ocurrió inventar esta estación?.-Gruñó.

Morrigan alzó la vista, se encontraba apoyada de espaldas al tronco del mismo árbol, ataviada con ropa de manga larga y armadura de cuero, a Cassian le entraba dolor de cabeza solo de verla..

- ¿Es que acaso te va a derrotar un poco de calor, Cass?- Respondió divertida.

- ¿No podemos simplemente alejar el sol unos pocos de cuantos de miles de millones de kilómetros y librarnos de esta tortura infernal?

- No será para tanto…

- Lo dice la bruja que ni siente ni padece…-Espetó mientras miraba al frente, como si Morrigan estuviese delante. Era bien sabido por todos que Morrigan era un misterio, pues no mostraba el más mínimo signo de dolor frente a cualquier herida, ni siquiera parecía perturbarle el frío o el calor.

- Cassian deberías de estar vigilando mientras tu chica se juega el cuello ahí dentro. ¿Qué le dirás si se cuelan enemigos?.-Dijo mientras jugueteaba con su bastón.- ¿Que estabas demasiado ocupado quejándote del calor?

- Pues si.

- No tienes remedio…

- ¿Has mirado la ventana?

- Si.

- Cass…

Cassian rodó los ojos y echó un vistazo hacia la ventana.

- Ahora si.- Respondió mientras se abanicaba con la mano.

Morrigan se llevó una mano hacia la parte interna de su cazadora y extrajo su reloj de bolsillo, observando el tiempo.

- Lleva poco más de quince minutos ahí dentro.- Indicó.

- Al menos ella está resguardada de este calor infernal.

- Cassian, ¿puedes recordarme por qué Eileen no te ha abierto en canal aún?

- Porque soy irresistible.

Morrigan blanqueó los ojos.

 

Cassian confiaba plenamente en Eileen, y pese a ello en el fondo sentía miedo, pero era demasiado orgulloso como para mostrarlo. Siempre camuflaba toda debilidad con algo de humor y sarcasmo, el mundo ya era un lugar muy oscuro como para andar muriéndose por las esquinas. 

Los días previos a la operación había estado investigando con Eileen, juntando piezas de un puzle demasiado grande como para comprenderlo sin estudiarlo previamente, pero esas piezas les habían guiado hacia aquella casa. Un contacto les había informado de movimiento entre los dirigentes de la mafia, corrían rumores de una reunión entre los peces más gordos de la misma, y eso significaba que tendrían una lista con nombres o apodos y códigos para verificar la identidad de cada uno de ellos y de sus contactos o invitados. Era una oportunidad demasiado suculenta como para dejarla pasar. Dar con los primeros detalles había sido una tarea difícil, los Jefferson eran muy meticulosos con la información que movían, y para ello siempre la cifraban, particionaban o enviaban mediante cuervos entrenados. La opción de capturar uno de esos cuervos había sido descartada desde un inicio, demasiado costosa y llevaría mucho tiempo. Descifrar la información era tarea imposible, no estaban seguros pero se hacían a la idea de que únicamente los altos mandos de la mafia tenían el código necesario para llevar a cabo tal tarea, que para cualquier otra persona sería prácticamente imposible. Por lo tanto, la opción de conseguir un fragmento de información y a raíz de ahí tratar de tirar del hilo era la más segura. Si bien es cierto que capturar a uno de sus mensajeros fue complicado, el hecho de que la información fuese meramente verbal, y no contase con ningún tipo de nota o carta fue totalmente desconcertante. El cómo validaban si la información era legítima o no, no lo sabían. 

Tras capturarlo con éxito, llevaron al mensajero a lo alto de un faro, bajo el manto de la noche. Y allí lo interrogaron, mientras Cassian lo sostenía por un pie, siendo su mano y su resistencia física lo único que se interponía entre aquél hombre y una muerte segura; un acantilado de afiladas rocas donde las olas rompían y rugían con fiereza, ansiosas de engullir la vida del muchacho.

- No te lo repetiré, chico.- Había dicho Cassian.- Danos la información y antes de que amanezca estarás de nuevo en el calor de tu hogar. De lo contrario las rocas de ahí abajo y tú tendréis un desafortunado encuentro.

- P-por favor, os lo ruego.- Había suplicado.- S-si digo algo ellos… matarán a mi familia. Mis hijos no tienen madre. N-no saben valerse por sí mismos son muy pequeños aún, este es el único modo que tengo de mantenerlos.

- En ese caso no tardarán en reunirse contigo.-Lo hizo balancear, moviendo el brazo despacio.

El hombre había sollozado entonces, había llorado y suplicado durante largos y preciados minutos.

- ¿Cuánto crees que le aguantará el brazo?.- Había dicho Eileen, que se encontraba apoyada contra la cúpula de cristal que coronaba del edificio.- Calculo que te quedan alrededor de cinco minutos de vida. Cinco minutos en los que lo que digas puede decidir el futuro de tus mocosos.

Finalmente el hombre se rindió y se quebró, y entre lágrimas que descendían por su frente habló:

- S-solo me dijeron un lugar, una casa donde se me darían más instrucciones.

- ¿Qué casa? -Había ladrado Cassian antes de agitarlo con violencia.

- ¡La casa Glotter! -Sollozó.- ¡La casa Glotter santo cielo, no me matéis por favor!

El silencio se apoderó entonces de ambos, siendo los llantos y gritos del hombre lo único que interrumpía la fiereza con la que las olas reclamaban su vida para arrastrarla a las profundidades. La casa Glotter no estaba lejos de allí, hasta dónde sabían era una casa de una familia noble de humanos que nunca habían llamado demasiado la atención, dueños de varios negocios poco llamativos, entre ellos varias panaderías, floristerías y demás.

- Por favor dejadme ir, os lo suplico. Es todo cuanto sé.- Había rogado entonces el hombre, cuya cabeza ya se encontraba roja de haber permanecido largo tiempo boca abajo.

Las miradas de la pareja se cruzaron entonces, en un debate silencioso sobre lo que acontecería allí en ese momento. Pues ambos sabían que dejar a aquel hombre con vida sería un peligro, no podían haber cabos sueltos. Cassian lo sabía, en el fondo era algo que despreciaba hacer. Él sabía que aquél hombre no tenía culpa de nada, no era más que un simple peón en un tablero que no alcanzaba a comprender, y lamentablemente sus hijos iban a pagar también las consecuencias de un juego al que no habían sido invitados. La mirada de Eileen era clara; El hombre debía morir. Y Cassian asintió.

- Como gustes…- Respondió Cassian tras un pesado suspiro, cumpliendo con la orden del hombre antes de soltar su pie.- Te dejaré ir…- Al precipitarse al vacío, sus gritos y sus voces tan solo fueron audibles unos pocos segundos, hasta que quedar silenciadas por las afiladas rocas

 

- ¿Cass…? - La voz de Morrigan lo despertó de su letargo.- ¿Cassian?

Agitó el rostro y pestañeó varias veces, volviendo en sí.

- ¿Qué? - Miró hacia abajo, buscando a Mor con la mirada- ¿Qué pasa?

- Problemas…

- ¿Pro… blemas? - Cassian frució el ceño y dirigió la mirada hacia la ventana; no había nada. Pero entonces algo captó su atención, la chimenea echaba humo. Mierda

Bajó de un salto y dejó escapar una maldición.

- No ha entrado nadie, no debería de haber nadie dentro.- Miró entonces a Morrigan, consternado.- L-la reunión no es hasta dentro de dos días. Hemos estudiado todos los horarios desde hace hace una semana.

- Pues nos han tendido una trampa.- Afirmó, temiendose lo peor para la elfa que llevaba poco más de media hora en el interior de la casa.

Ambos echaron a correr. Cassian se adelantó y saltó la verja. Los perros, cansados de roer huesos gruñeron y ladraron en carrera hacia él. Morrigan no tardó en superar el obstáculo pese a su cojera.

- ¡Ve por ella, yo me ocupo de los chuchos! - Gritó Morrigan blandiendo su bastón y desencajando de un golpe la mandíbula de uno de los canes que saltaba dispuesto a atraparla. - ¡Corre! 

La respiración de Cassian se había disparado, le costaba pensar con claridad. ¿Qué había pasado para que Eileen tuviese que alertarlos de ese modo? Fuera lo que fuera, no podía ser nada bueno. Aguanta. Aguanta. Aguanta… Embistió con su cuerpo la puerta principal del lugar, quebrando parte de la madera y rompiendo la cristalera que la adornaba. Lo volvió a intentar dos, tres veces, hasta que finalmente la puerta cedió y pudo entrar. Miró hacia todas partes, buscando entre las hileras de puertas hasta que dio con la que había dejado Eileen abierta para entrar al salón. No escuchaba nada, ni ruidos de armas, ni gritos, nada salvo los gruñidos y quejidos de los perros en el jardín. 

Una vez en el salón principal sus ojos bailaron por todo el lugar, observando el resto de puertas, las paredes, los muebles, la alfombra y la trampilla que había quedado al descubierto. No dudó ni un instante en empuñar una espada y una pistola y bajar corriendo los escalones que conducían a ese sótano. Lo que allí encontró le heló la sangre.

El suelo y las paredes estaban teñidos de rojo carmesí, y el aire parecía cargado, sucio, causandole tos y un leve picor en los ojos. A sus pies yacía un hombre no muy alto y con sobrepeso, con cuchillo atravesándole  la boca. Apenas a un metro de él yacía un segundo hombre más alto con un corte profundo en el pecho y el cuello abierto en canal, a su lado una mujer con otra daga incrustada en el cuello; tenía ambas manos sobre la misma, como si hubiese intentado retirarla escasos segundos antes de morir. Y algo más alejados se encontraban dos cuerpos más con varias heridas mortales. Cassian contuvo la respiración cuando reconoció a Rogers; su cara era de pavor, tenía la mandíbula desencajada, los ojos en blanco y sangre por todo su torso, habiendo emanado de una herida amplia en su cuello. No tardó en desviar más la mirada y encontrar un rastro de sangre que se dirigía hacia la chimenea en funcionamiento. Entonces la vio, y el mundo entero se le vino abajo.

-¡Eileen! - Gritó desesperado mientras corría a través de aquella masacre. El cuerpo de su amada se encontraba lleno de sangre; había sufrido numerosas heridas. Una vez la tuvo entre sus brazos pudo comprobar que no tenía pulso, pero aún estaba caliente.

Morrigan entró en ese momento, deteniéndose un instante al ver aquel caos. Más cuando sus ojos alcanzaron a Cassian con Eileen entre sus brazos se acercó. Cassian seguía gritando, zarandeando el cuerpo de la elfa, tratando de arrebatarsela a la muerte, quien la reclamaba con ahínco. 

- C-cassian…- Musitó y colocó con precaución su mano enguantada sobre el hombro del chico.

- No tiene pulso.- Alcanzó a decir entre sollozos, mientras la acunaba en sus brazos.- Pero no voy a dejar que se vaya tan fácilmente…- Gruñó entonces, apretando los dientes y dejando el cuerpo de Eileen en el suelo.- No me va a abandonar…- Negó para sí.- No así.- Masculló antes de colocar las palmas de las manos sobre el pecho de la elfa y comenzar a hacerle un masaje cardíaco. Primero despacio, sin efecto. Y a medida que pasaban los segundos aumentaba la fuerza y la frecuencia de los mismos, parando únicamente para soplar en su boca e inflarle los pulmones cada poco rato.

Morrigan cierro los ojos, reprimiendo una mueca y apretó con más fuerza la mano sobre el hombro del chico.

- Cassian…- Negó despacio, creyéndola por perdida.

- ¡Y una mierda! - Ladró, interrumpiéndola y apartando la mano del hombro.- ¡Vamos cabrona egoísta, sé que me estás escuchando! - Colocó una mano extendida sobre el esternón de la chica y dio un fuerte golpe con el puño cerrado sobre la mano.- ¡Vamos! - Lo repitió de nuevo, sin éxito, y siguió hasta que finalmente Morrigan se arrodilló y lo abrazó por detrás, en silencio. No pudo evitar entonces romper a llorar, abrazándose al cuerpo de Eileen. No había nada que hacer.


 

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Sentía frío, mucho frío. No sabía dónde estaba, todo era oscuro. Palpó el suelo, creyendo estar ciega y se puso en pie como pudo. Tardó varios segundos en reaccionar y llevarse de forma apresurada las manos al cuerpo; no tenía heridas. Ni siquiera oía sisear las voces que ocupaban su cabeza. Su respiración era irregular, errática, y era el único sonido audible en aquel lugar. Sonido que era devuelto a ella en forma de eco. Sentía miedo, terror, un pánico que jamás antes había experimentado. ¿Qué era ese lugar? ¿Qué había ocurrido? Hacía apenas unos instantes se encontraba en el frenesí de la batalla, y poco después recordaba haberse arrastrado por el suelo, gritando de dolor y con el sabor metálico de la sangre colmando su boca. Instantes que se sentían años, siglos, eones… ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

Las dudas no hacían más que acumularse y no había nada que suscitase respuesta alguna; solo… vacío, oscuridad.

Vagó durante un tiempo que no fue capaz de contabilizar, sin rumbo, simplemente caminaba hacia algún lugar en aquel infinito mar negro en el que se encontraba. Y finalmente se derrumbó, cayó sobre sus rodillas y rompió a llorar; desesperada; sola; perdida. Más en mitad de aquella desesperación, de entre la nada y el todo, de entre la oscura estancia infinita emergió una luz, tenue pero brillante. Y atraída como una polilla a una luna lejana Eileen la siguió hasta que finalmente ésta tomó forma…

- ¿P-papá? - Preguntó, perpleja, creyendo ser víctima de algún juego macabro.

- Hola mi pequeña estrella…- Murmuró Vannan con ternura, alzando una mano para acariciar las mejillas húmedas de la chiquilla.

Ella sintió la calidez de esa caricia, la suavidad del tacto e infinitud de recuerdos inundaron su mente, recuerdos felices que se alojaban en lo más profundo de su memoria.

- ¿Dónde estamos, qué es este lugar? - Alcanzó a preguntar.- ¿Estoy muerta…?

Vannan la tranquilizó entonces, arrullandola entre sus brazos y colmandola de calor.

- Todavía no…- Susurró, manteniendo un tono calmo, relajante y sereno.

- ¿Todavía? -El miedo se apoderó de ella en ese instante.- E-entonces… ¿me estoy muriendo? - Sollozó, escondiendo el rostro bajo ese abrazo protector que hacía años que no sentía.

Vannan apretó los labios durante unos segundos y asintió.

- Si, mi pequeña.

- He fracasado… os he fallado. Lo siento.

- No… - La liberó del abrazo y la tomó entonces de los hombros, con delicadeza, cruzando miradas con ella.- No has fracasado, mi vida… Estoy orgulloso de tí, de la mujer en la que te has convertido.

Eileen rompió a llorar y buscó de nuevo los brazos de su padre.

- Te he echado de menos.

- Y yo a ti estrellita… - La acogió de nuevo entre sus brazos y depositó un beso en su cabeza.- ...y yo a ti.

Eileen se tomó un tiempo antes de terminar el abrazo. Y una vez lo hizo, observó a su padre.

- ¿Y ahora qué? .- Se secó las lágrimas que aún se deslizaban por sus mejillas.- ¿Q-qué se supone que he de ocurrir?

- Lo que ocurra ahora dependerá de tí.

- ¿De mí?

- Te estás muriendo… pero tu brillo aún no ha desaparecido, mi pequeña estrella.- Le acarició la mejilla con el dorso de su mano.- De ti dependerá que tu luz henchida deslumbre al mundo entero… o se extinga para siempre...

- P-pero… quiero estar contigo papá… -Se mordió el labio y agachó la mirada, que amenazaba con nublarse de lágrimas una vez más.

- Yo no me iré de aquí, estrellita. Te esperaré siempre. -Deslizó una de sus manos hasta el mentón de su hija y lo hizo alzarse para poder mirarla a los ojos.- ¿Recuerdas lo que te dije aquella noche, la promesa que me hiciste?- Sonrió con ternura.- Habrá momentos en los que la vida te ponga a prueba.- Acentuó su sonrisa mientras pronunciaba esas palabras como un día hubo hecho.- Momentos en los que tendrás que demostrar lo fuerte y valiente que eres… y brillar aunque nadie crea en ti. Y en esos momentos, mi pequeña estrella, recuerda que pase lo que pase...

- Que pase lo que pase.- Reunió fuerzas para no quebrarse y dirigió la mirada hacia el anillo que llevaba puesto. Cuya gema, por algún extraño motivo había comenzado a brillar de forma tenue pero creciente.- Y esté donde esté… tú siempre estarás velando por mí… brillando con la fuerza de mil lunas.

Vannan sonrío entonces, feliz.

- Hay alguien que aún te necesita.- Musitó.

- Cassian… - Eileen abrió con fuerza los ojos, apenas recordaba nada más allá de la negrura que se había cernido sobre ella.

- Vuelve, Eileen. - La tomó de ambas manos y las apretó con delicadeza.- Vuelve y brilla… brilla por mi.

El gesto no tardó en tornarse en abrazo, y Eileen se aferró a él con fuerza, como si así pudiese llevárselo de vuelta con ella. Parte de ella no quería abandonarlo, no quería irse. Allí no había voces siseando en su cabeza, no había dolor. Quizá la inocencia de la niña que un día fue hubiese optado por quedarse en aquel lugar, ajena al mundo. Sin embargo, la mujer que era hoy no podía abandonar a Cassian, no así. Ambos tenían un papel que cumplir, no podía tirarlo todo por la borda... aunque le hubiese gustado poder renunciar a todo, no era el momento, su hora aún no había llegado.

- Te quiero papá… te quiero mucho.

- Y yo a ti, mi pequeña estrella. No lo olvides nunca.

 

Eileen cerró los ojos con fuerza, reprimiendo las lágrimas que luchaban por salir mientras le abrazaba. Pudo sentir entonces un gran dolor en su cuerpo. El frío se había desvanecido. Casi podría oír murmullos a lo lejos, sonidos apenas audibles que poco a poco cobraban forma y tono. Pudo llegar a reconocer la voz. Cassian… Su cabeza giraba como si se encontrase en una espiral sin fin y la condujese hacia las profundidades de la tierra misma. No se atrevía a abrir los ojos aún, seguía sintiendo el abrazo de su padre, su calor, su presencia… pero sin embargo el olor no era el suyo. En ese entonces abrió los ojos y pudo ver a Cassian, estaba llorando, y Morrigan le abrazaba.

- ¿Q-quién ha estado bailando sobre mi pecho?- Alcanzó a decir con la voz ronca, apagada y débil.

Ambos abrieron en ese instante los ojos con fuerza, y la sorpresa invadió sus rostros.

-¿¡Eileen!? - Exclamaron prácticamente al unísono, incrédulos.

- Eso creo… -Torció el gesto y apretó los dientes, sentía un dolor intenso e indescriptible en todo su cuerpo a causa de las heridas provocadas y las acciones de Cassian. Aún así pudo alcanzar a ver como algunas habían sido tapadas con trozos de tela empapados ahora en sangre.

- Eres… eres… -Cassian negó y se mordió el labio con fuerza, tanta que casi parecía que se lo iba a arrancar- No vuelvas a hacerme esto. Nunca.- Más que una reprimenda sonaba como una súplica.

- Yo también me alegro de verte.- Masculló, dolorida.- Espera…- Afiló la mirada y los observó a ambos.- ¿Alguno me ha llamado cabrona egoísta?

Morrigan no pudo evitar sonreír una pizca y señalar a Cassian desde su espalda.

- Eso es lo de menos.- Respondió él, con una leve risa nerviosa mientras comprobaba y ajustaba las telas que le cubrían las heridas.- Hay que vendar las heridas en condiciones y llevarte a algún lugar seguro.

A lo que Eileen no puso pega alguna. Descendió la mirada un instante y se observó el anillo de su padre. Casi pareciera en ese momento que un último brillo, fugaz, abandonaba la gema engarzada a el.

- Llevadme a casa…-Dijo entonces.

 

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El local se encontraba casi a oscuras, iluminándose únicamente por las primeras luces del alba que se colaban entre los tablones que cubrían las ventanas, enclaustrando el lugar. Había costado cerrar la puerta, las bisagras estaban oxidadas, tanto como los clavos que sostenían aquellas maderas, y le había costado aún más arrastrar algunos muebles para atrancar la puerta. El plan no había salido según lo previsto, el rescate de aquella niña debería de haber pasado desapercibido, sin embargo aquella noche habían ido demasiadas cosas mal. Eileen apretó los dientes, conteniendo el dolor de su herida mientras se sentaba tras la barra de aquella taberna abandonada, por si a alguien le daba por mirar en las rendijas que dejaban entrever los tablones. Condujo a la niña con ella.

La pequeña se sentó a su lado y observó la pierna de Eileen.

- Está sangrando mucho.- Indicó, con cierta preocupación en su tono de voz.

- ¿No me digas? - Gruñó Eileen, que rompía un pedazo de tela de su camisa para hacer una tira y colocársela alrededor del muslo.- No sabía que me habían enviado a rescatar a una niña con ojos.- Farfulló con sarcasmo, sin alzar demasiado el tono.

- Pues los tengo, y nariz y boca.- Dijo con inocencia, la chiquilla apenas tendría cinco años.

Eileen contuvo un gemido de dolor al apretar con fuerza el vendaje para impedir la hemorragia, la bala había quedado alojada en su muslo derecho.

- ¿Qué tal si jugamos a un juego, Marta?

- Mirta.- La corrigió.

- Lo que sea.- Gruñó.- ¿Qué tal si jugamos a mantener el pico cerrado hasta que se calmen las cosas ahí fuera y podamos largarnos de aquí? ¿Qué te parece?

- Ese es un juego aburrido.- Replicó.

- No todos los juegos pueden ser divertidos.- Se oyeron pasos acelerados de unas tres personas cruzando la calle y asomó la mirada por encima de la barra, tratando de no forzar demasiado la pierna.- Y baja la voz. Como nos oigan no podremos jugar a nada nunca más.

- ¿Me volverán a llevar con ellos si nos pillan?

- Si, Marta. Así que ten esa boca cerrada, ¿quieres?

- Mirta.- Volvió a corregir.

- Joder.- Gruñó, exhasperada.

- Has dicho un taco…-Se llevó ambas manos a la boca.

- Y voy a decir muchos más como sigas así.

Eileen se frotó los ojos con el índice y el pulgar, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para no estallar el cráneo de aquella niña en alguno de los pedazos de techo caídos que había desperdigados por ahí. El local estaba en ruinas.

- Mirta…- Dijo entonces, dejando escapar un suspiro y con él sus ansias homicidas.- Tu padre me ha contratado para llevarte a casa de una pieza. Deja de ponerme más difícil el trabajo, ¿quieres?

Mirta se cruzó de brazos e infló los carrillos.

- ¿Quienes eran los que iban contigo?- Preguntó tras un minuto de silencio.

 

La niña hacía demasiadas preguntas, aunque en el fondo Eileen podía entenderla. Sin embargo, esa pregunta hizo crecer algo semejante a la preocupación en su interior. ¿Dónde estarían Miryam y Jared? No había sabido nada de ellos tras la explosión, se suponía que los explosivos eran solo por si algo salía mal, que se usarían a modo de distracción para sembrar un poco el caos y poder escapar si Eileen era descubierta. Jared el Mofeta había sido el encargado de colocarlos mientras ella se colaba en la casa. Eileen se encontraba en ese entonces en una de las habitaciones del piso superior de aquella mansión, mientras los explosivos eran colocados y repartidos, había atado una cuerda en el tejado y se había deslizado por la pared para adentrarse, no le había costado demasiado. Miryam se había infiltrado como sirvienta esa misma mañana, haciéndose pasar por una de ellas. Habían tenido que teñirle el pelo y añadirle algo de maquillaje para camuflar algunas de sus facciones, y dejar fuera de juego a aquella por la que se estaba haciendo pasar, por supuesto. Le había abierto la ventana a Eileen tal y como habían acordado.

- Yo que tu que andaría con ojo, Espectro.- Había advertido Miryam.

- ¿Son demasiados? - Gruñó mientras se deslizaba por la ventana.

- Unos seis.

Eileen se había asomado entonces por el marco de la puerta, procurando de no hacer ruido. Algunas sombras danzaban en el piso intermedio.

- Parece haber actividad.- Inquirió.

- Son las sirvientas, están recogiendo todo lo del banquete.

- ¿Notarán tu ausencia? - Se había acercado a ella, observando el uniforme que llevaba.- Es horrible.

- Lo sé.- Reprimió un gesto de asco.- Y lo dudo, están demasiado ocupadas con el desorden. Imagino que sabrás arreglártelas para que no te vean.

- Imaginas bien.- Le había tendido entonces la cuerda a Miryam.- Jared está colocando explosivos en el tejado, cargas inofensivas pero que llamarán la atención si la cosa se tuerce.- Había explicado.- Luego dejará algunas a la altura del primer piso, pegadas cerca de las ventanas. Sabes qué hacer si oyes la señal.

Miryam había asentido y tras tomar la cuerda desapareció por la ventana, trepando sin demasiada maña hacia el tejado.

 Eileen había descendido entonces, eludiendo a algunas de las doncellas que subían y bajaban escaleras con manteles sucios y otros limpios; había sido un gran banquete. Evitar a las sirvientas era como un juego de niños, algunas iban tan agitadas que de haber bajado las escaleras de forma normal, seguramente no se hubiesen siquiera parado a pensar en quién era. Llegó a descender hasta el sótano sin ser vista, la vigilancia era tan pésima como insultante; tan solo un puñado de guardias ebrios que contaban chistes tan lamentables como sucios, sentados en la mesa del salón principal, ignorantes de la oscuridad que se cernía sobre aquella casa. Una vez abajo, había logrado forzar un par de cerraduras en un entresijo de pasillos y dar con la sala en la que tenían a los niños. Verlos tumbados sobre colchones raídos en el suelo le había revuelto el estómago, pues aquella era una imagen que le era demasiado familiar. Algunas miradas se alzaron, otras no se atrevieron a ello. Si hubiese podido se los habría llevado a todos, pero había venido a por una en concreto, y llevarse a los once niños que había era tarea imposible sin alertar a todo el mundo. Buscó entre todas las cabezas que se escondían entre almohadas desplumadas hasta dar con la cabellera rubia de la niña. Y entonces todo tembló, los cristales de los pisos superiores se partieron y cundió el caos.

- Compañeros… supongo.- Respondió Eileen a Mirta.- Sería difícil darles una descripción adecuada.

- ¿No son tus amigos? - Preguntó.- ¿Y dónde están?

- N-no lo sé, Mirta.-Se ajustó un poco más el vendaje, apretando los dientes.- No sé dónde están, ¿por qué haces tantas preguntas?

- Porque no sé quién eres… -Murmuró, agachando ligeramente la mirada.

Y tenía razón, ni siquiera le había dicho su nombre. Eileen suspiró, conteniendo la hemorragia y el dolor palpitante de la herida.

- Me llamo Eileen.

- Pues es un nombre muy bonito.- Dijo, con sorpresa en el rostro.

- ¿Esperabas uno feo? - La miró, arrugando parcialmente una ceja.

- No lo sé.- Admitió.- Es que nunca he conocido a alguien como tú.

- ¿Alguien como yo?

- Si… - La examinó de arriba a abajo, evitando mirar hacia la sangre que emanaba del vendaje improvisado.- Ya sabes, gente peligrosa.- Dijo, bajando ligeramente el tono, como si dijese algo prohibido.

- ¿Gente peligrosa? - Aquello casi le sacó una risa.- Mirta yo solo soy peligrosa para la gente a la que tu llamas peligrosa.

Mirta la miró, sin comprender. Y Eileen sonrió una pizca.

- Que yo me encargo de que esa gente peligrosa deje de serlo, ¿hm? - Aclaró entonces.

- ¿Por eso… mataste a esos tipos?

Eileen torció el gesto, ojalá la pequeña no hubiese tenido que ver aquello. Poco después de la explosión y de sacarla de aquél sótano, se toparon con tres de los guardias bajando las escaleras, asustados y desorientados. Los otros tres al parecer habían subido. Cuando se vieron hubo un segundo de silencio, y cuando pudieron ver a Mirta cogida de la mano de Eileen habían ido a empuñar sus armas. Sin embargo ella se había adelantado. Soltó la mano de Mirta y placó contra el primer hombre, que chocó con el segundo, que estaba tras él. El tercero se encontraba un poco más atrás. Había empuñado su daga y la había clavado entonces en el costado del hombre, retorciéndola. La sangre manó al instante, tornando roja su mano. Había dejado caer el cuerpo al suelo y tan pronto como el segundo guardia fue a atacarla con una espada, Eileen lo bloqueó con su otra daga, obligándole a trazar un arco con el arma hasta que esta hubo chocado con la pared, desarmandolo. Había hecho deslizarse la hoja de una de sus dagas por el cuello del hombre, abriendo una amplia herida que no tardó en terminar con la vida del hombre. El tercero había tenido más tiempo para desenvainar el arma y mentalizarse de la situación, chocaron aceros varias veces, Eileen recibió un leve corte en el antebrazo pero había logrado finalizar el combate con una puñalada en el bazo del hombre, que había sido derribado a causa de esta. El resultado del combate que no había llegado a durar más de un minuto, y la imagen que quedó en aquellas escaleras, teñidas de rojo por la sangre derramada no fueron plato de buen gusto para los ojos de Mirta, aún así había permanecido callada, con los ojos abiertos como platos y el terror invadiendo cada centímetro de su diminuto cuerpo.

- Esas personas querían hacerte daño, Mirta.- Arrugó el gesto, con cierto asco a aquella gente.- Están mejor muertos.- Sentenció.

- ¿Por qué, a ti también te han hecho daño?

Hubo un silencio incómodo.

- Me lo hicieron… hace tiempo.- Miró a Mirta y le pasó una de sus manos por el pelo.- Pero ahora estamos a salvo, las dos. ¿Verdad?

Mirta asintió con algo parecido a una sonrisa dibujada en su rostro, y sus ojos fueron atraídos por el brillo reflejado en el metal del anillo que portaba Eileen.

- ¿Estás casada? - Preguntó.- No pareces tener años para esas cosas.

- ¿Casada? - Aquello casi la hizo reír de nuevo, aunque el dolor palpitante de su muslo se lo impidió.- ¿Por qué iba a estar casada?

- Por eso.- Señaló al anillo de Eileen.

Eileen enarcó ambas cejas y se miró el anillo que le había otorgado su padre hacía tantos años: eran dos serpientes de ojos esmeralda entrelazadas, rodeando el dedo y sujetando una gema.

- Es… - Negó, dejando escapar un suspiro en el proceso.- No, no estoy casada.- Aclaró.- Es el anillo de mi familia.

- ¿Tu familia tiene anillo, como mi papá?

- Algo así, si.

- ¿También eres noble? - Dijo con la sorpresa impresa en su voz.

Eileen arrugó los labios y parte del gesto frente aquella pregunta.

- Es… difícil de explicar, Mirta.

- Pero es mejor que jugar a ese juego tan feo.- Replicó.

- No es un juego feo.

- Lo es…

- Que no.- Señaló Eileen.

- Que si…- Replicó de nuevo Mirta.

- Es divertido.

- ¿Por qué?

- Porque así no tengo que escuchar tus preguntas.

Mirta afiló la mirada y Eileen reaccionó con una risa entrecortada.

- Está bien… está bien, me rindo. Pero deja de mirarme así, no te sale bien.- Indicó Eileen.

- Entonces sigue contándome la historia.

- No había empezado a contar nada.

- Pero yo quiero oírla.- Se quejó, haciendo un mohín.

Eileen dejó escapar un suspiro de exasperación.

- Vale…- Se aclaró la garganta.- Soy… y no soy noble. Mi familia piensa que estoy muerta.

- ¿Y tus papás?

- Ellos…- Se pasó la mano por el rostro. De pronto la pierna parecía doler más.- Ellos no están aquí.

- ¿Por qué? ¿Dónde están? - Quiso saber.

- M-murieron…- Le dijo, acariciándose el anillo con el pulgar.

Mirta la observó con atención, dibujando un puchero al oír aquella noticia.

- ¿Por qué murieron…? ¿Qué les pasó?

- Mirta…- Tragó saliva.- No quiero hablar de esas cosas, ¿vale? - La miró.- Cambiemos de tema.

- Pero papá dice que los problemas hay que hablarlos, que si no se clavan como astillas y luego no se pueden sacar nunca.

La maldita cría tenía razón, otra vez. Ojalá se hubiese traído sedantes, le hubiese gustado tener a la niña dormida durante el tiempo que tendrían que permanecer ocultas mientras los hombres de los Jefferson les buscaban. Realmente ni siquiera sabía por qué le estaba contando aquellas cosas a Mirta… quizá en cierto modo le recordaba a ella. Ojalá hubiese tenido la suerte de que alguien la rescatara cuando fue esclava. Quizá por eso aceptó también el trabajo. Quizá por eso sintió una punzada de dolor en el pecho cuando tuvo que dejar atrás a los niños en aquella habitación y llevarse solo a Mirta. Quizá era por eso por lo que las miradas asustadas de más de una decena de infantes la habían perseguido desde que habían logrado escapar.

Una oleada de repulsión sacudió el cuerpo de Eileen. No le gustaba hablar de esas cosas. Nunca hablaba de esas cosas. Comprobó el vendaje y maldijo para sus adentros cuando vio que necesitaba cambiarlo.

- Mira...- Masculló.- No es momento para esas preguntas.- Indicó mientras se quitaba el pañuelo envuelto al cuello y rompía aún más su camisa. Necesitaba detener esa hemorragia.

- Pero...-Quiso reprochar Mirta.

- Mirta.- Intervino.- Necesito que me hagas un favor. Una tarea muy importante.

La pequeña se señaló a sí misma con el dedo.

- ¿Yo?

- ¿Ves alguna otra Mirta por aquí?

Mirta negó.

- Bien...- Prosiguió Eileen.- es un alivio para ambas...- Musitó.- Necesito que vayas a buscar algún palo.- Le indicó.- Uno no demasiado largo ni tampoco demasiado grueso, pero que sea robusto.

- ¿Como la pata de una silla, una pequeña?

- Más o menos... como una pequeña rama de un árbol. Pero no hagas ruido o podrían encontrarnos. ¿Crees que puedes hacerlo?

Mirta asintió y comenzó a deslizarse a gatas, silenciosa, hasta que Eileen la perdió de vista cuando giró la esquina que conformaba la barra. En aquel bar en ruinas debería de haber algo útil entre todo ese caos. Eileen agradeció los minutos de silencio que había conseguido. Se retiró el vendaje y con uno de sus cuchillos rompió parte de su pantalón, agrandando más el agujero para comprobar el estado de la herida; no tenía buena pinta. Había un boquete abierto en su muslo, y una cantidad preocupante de sangre emanaba de ella. Sin la indumentaria adecuada sería imposible retirar la bala. Se llevó el pañuelo a la boca y lo mordió con fuerza mientras con uno de los trozos de su camisa trataba de limpiar un poco la sangre. Luego dobló cuatro veces una de las tiras y formó algo similar a un cuadrado de tela. Lo colocó sobre la herida, gimiendo de dolor y reprimiendo los gritos. Daba gracias a que Mirta se hubiese alejado. Se rodeó la pierna con una tira de tela y respiró hondo antes de apretarla con fuerza. Si se hubiese podido permitir el lujo de gritar, toda la ciudad sabría dónde estaba, sin embargo mordió con todas las fuerzas el pañuelo y presionó con fuerza la espalda contra la barra.

De no haber llegado a ser herida, las cosas seguramente serían muy distintas. Sin embargo le habían acertado el tiro cuando ella corría para recoger a Mirta, que había quedado rezagada tras tropezar, a unos quince metros del edificio. Los tres guardias que habían subido al piso superior tras la explosión se habían percatado de la escaramuza ocurrida en las escaleras que conducían al sótano. Uno de ellos había corrido tras ellas cuando abandonaban la casa por la puerta del servicio, y Eileen lo había despachado sin demasiadas dificultades. Sin embargo mientras huían Mirta cayó al suelo, y los dos guardias restantes se asomaron por las ventanas del primer piso. Pudo ver como uno de ellos sacaba una pistola. Eileen había maldecido a aquella niña con todos los insultos en lengua común y Thalassiana que conocía. Había corrido para recuperarla mientras ella aleteaba patosamente sobre el asfalto, como un pez sacado del agua, fruto de los nervios del momento. Eileen se había deslizado hacia ella con la mayor agilidad posible, tratando de ejecutar movimientos erráticos para lograr evadir los disparos cuando estos se efectuaran. Y llegó el primero, por el sonido supo que era el revólver. La bala le silbó cerca del oído izquierdo, produciendo un pitido molesto tras ello. Ella siguió corriendo a por Mirta. Otra bala del revólver hizo saltar gravilla del suelo con el impacto, la tercera estuvo cerca, la cuarta no fue tan precisa. Eileen estaba contando las balas que disparaba, conocía el arma por el sonido, similar a las que usaba Cassian, con un tambor con capacidad para seis. Cuando el sexto disparo fue errado, Eileen corrió de forma más directa a por Mirta. Sin embargo el segundo guardia sacó un rifle por la ventana. Mierda, se dijo. No tuvo tiempo de esquivar ni ponerse a cubierto, el sonido del rifle invadió el lugar y ella sintió como su pierna derecha se sacudía. Durante los primeros tres segundos apenas sintió dolor… pero luego llegó, rugiente como las llamas de un dragón. Había reprimido un alarido de dolor mientras cogía a Mirta en sus brazos  y agachaba la cabeza, corriendo como podía hacia uno de los callejones laterales. Eileen sabía que no tardaría demasiado en recargar el arma. Cuando se adentraron en el callejón, parte de la roca que conformaba la esquina voló por los aires tras el impacto de la bala del rifle. Había estado cerca. Tras la adrenalina del momento y haber girado algunas calles más, bajo el amparo de las sombras que les regalaba la noche, Eileen pudo sentir como su pierna se entumecía y el dolor se apoderaba de ella. Necesitaban un lugar donde ocultarse, un lugar donde poder vendarse aquella herida y quizá descansar. No podía huir de allí de ese modo, el hombre con el carruaje al que ella había sobornado días atrás se encontraba a demasiadas manzanas de distancia, cerca de la salida de la ciudad. Había sabido que aquellos disparos alertarían a la guardia y al resto de miembros de los Jefferson, esconderse de forma temporal había sido la mejor opción que habían tenido.

 

Ahora empezaba a marearse. Había perdido mucha sangre, demasiada. El sonido de Mirta arrastrándose de nuevo hacia ella la hizo desviar la mirada hacia la esquina.

La pequeña alzó un fragmento de madera de no más de dos palmos de largo: Un palo de billar partido, astillado en uno de sus extremos.

- ¿Vale esto?

Eileen forzó una pequeña sonrisa.

- Si, esto servirá.- Estiró la mano para tomar el palo y dispuso las tiras restantes que tenía de la camisa; necesitaba hacer un torniquete.

- Tienes mala cara…- Expuso Mirta, preocupada por el tono que utilizó.

- No me sienta bien que me disparen.- Respondió mientras ataba las telas al palo y se las enrollaba en su muslo, a unos pocos centímetros sobre la herida de bala.

- ¿Duele mucho? - Quiso saber.

- ¿Te has caído alguna vez del columpio? - Preguntó Eileen, apretando con fuerza las telas sobre su muslo, haciendo girar el palo con ellas para tensarlas y cortar parte de la circulación de la sangre.

- Si…- Admitió, avergonzada por ello.

- Pues un poquito más…- Indicó Eileen, atándose el palo a la pierna cuando tuvo la presión necesaria, para mantener el torniquete estable. Era difícil explicarle a una niña tan pequeña lo que era el dolor, y más aún el de un disparo.

- ¿Más? - Su expresión se tornó en una de sorpresa.- No sé cómo lo soportas.

- A veces, Mirta, hay que ser fuerte.- Murmuró.- Aunque no te queden fuerzas, siempre hay un recoveco del que sacarlas.

- Pues tienes que ser muy fuerte, caerse del columpio duele mucho.

- ¿Sabes cuál es el secreto de caerse, Mirta? - La miró, estirando la pierna herida y dejándola reposar.

- ¿Poner las manos para no darte en la cara? - Preguntó.

Eileen se rió una pizca y negó.

- El secreto está en volver a levantarse. Siempre.- Indicó.

Mirta la observó, meditando quizá sobre esa respuesta.

- No sabía que fueras tan lista.

- ¿Lista? - Aquello la cogía por sorpresa.

- Si.- Asintió.- Es un consejo muy de esa gente…- Arrugó un poco el gesto mientras buscaba la palabra indicada.

- ¿Gente sabia? - Intervino.

- Eso, gente sabia.

- Me lo dio mi padre…

- Pues él también era listo, y sabio.- Indicó.- Además…

Eileen le puso una mano en la boca de forma apresurada. Mirta la observó aterrorizada, sin entender qué ocurría. Pasos, en la entrada. Antes de liberarle la boca, se llevó un dedo a los labios para indicarle que no hablase. Con lentitud le retiró la mano y señaló hacia uno de los armarios que adornaban la parte trasera de la barra.

- Métete.- Susurró en el tono más bajo posible mientras se arrastraba para abrir la puertecita de madera de forma silenciosa.

Mirta ni siquiera lo cuestionó, se deslizó a gatas hasta el pequeño armario; no era demasiado grande, pero ella tampoco. Se metió sin demasiadas dificultades.

- Me da miedo la oscuridad.- Confesó en un murmullo apenas audible.

Eileen dejó escapar un suspiro y se llevó una de las manos al cinto, tomando un vial. Al agitarlo se iluminó de forma discreta.

- Toma…- Se lo entregó

Mirta lo sostuvo entre sus manos, asombrada.

- Si las cosas salen mal aquí, Mirta.- Le susurró de nuevo.- Ve a la salida que da al este de la ciudad, la del puente sobre el río. Allí te recogerán mis compañeros, ¿entendido?

Mirta asintió, asustada.

- Vale…

- ¿Me lo prometes?

- Prometido.

 Eileen cerró entonces la puertecita del armario.

 

Los pasos del exterior se hicieron más evidentes ahora, quizá serían unas cuatro personas, tres con suerte. La puerta crujió y se quejó cuando alguien hizo fuerza desde el exterior. Los muebles que atrancaban la puerta le impidieron abrirla, sin embargo no resistieron demasiado. Tras varios golpes, la puerta cedió, los muebles se hicieron a un lado y el sonido de las pisadas sobre la madera podrida de aquél lugar se hizo eco. Definitivamente eran cuatro. Eileen trató de contener la respiración, oculta tras la barra. Tragó saliva, tenía la garganta seca y no se había dado cuenta hasta ahora. La herida de su pierna comenzó a doler de forma insoportable una vez más, la conversación con Mirta la había mantenido entretenida, lo suficiente como para mantener su mente en otros asuntos. Pero ahora todo se le venía encima.

Entonces una voz masculina se elevó en el local.

- Vamos Espectro… sabemos que estás aquí, has dejado gotas de sangre en la entrada.

Mierda.

- Nadie tiene porqué salir herido…- Añadió una segunda voz, masculina también.

- Más aún.- Indicó una tercera, femenina.

La cuarta no se pronunció, pero Eileen oía sus pasos.Cerró los ojos unos instantes y dejó salir el aire por la nariz antes de asentir.

- Está bien.- Dijo cuando los pasos estaban peligrosamente cerca de la barra. Necesitaba verlos, saber qué indumentaria llevaban, si tendría posibilidades de enfrentarlos… aún estando herida. Si se acercaban demasiado todos ellos, esa oportunidad se esfumaría. Se puso en pie, apoyándose a la barra para mantener el equilibrio. La pierna le ardía, el dolor era cada vez más intenso. Pudo ver entonces a cuatro figuras con el uniforme de los Jefferson que habitaban aquella casa. La guardia personal de uno de ellos. Dos hombres y dos mujeres. 

Uno de ellos alzó un revólver en cuanto la vió. Eileen alzó las manos.

- Ni un puto movimiento, Espectro.- Advirtió.

- ¿Tienes miedo? - Preguntó Eileen, tratando de ganar tiempo para analizar a los otros tres. El más cercano a ella tenía una espada, aunque la llevaba empuñada, no estaba alzada. Las dos mujeres no parecían estar apuntándola con ningún arma, aunque si llevaban una espada cada una en el cinto, acompañadas de un revólver. Estaban alejadas, tendrían tiempo de empuñar sus armas, debería de usar el cuerpo de uno de los hombres como escudo.

- ¿De una muerta? - Se rió.- Me temo que preferirás que te hubiese volado la cabeza a lo que van a hacerte cuando te entreguemos.

- Suficiente.- Dijo el hombre más cercano.- ¿Y la niña?

- No sé de qué niña me hablas.- Indicó Eileen.

- Esa que te han visto llevarte.

- Me temo que la perdí entre las callejuelas… ¿O quizá se la entregué a alguien para que la sacase de la ciudad? - Afiló la mirada, desafiante.- No logro recordarlo.

- Lo recordarás.- Le indicó el hombre.- Acércate, y no quiero ni un movimiento extraño. De lo contrario quizá te hiramos la otra pierna.

Eileen gruñó y se acercó, cojeando, maldiciendo para sus adentros aquella puñetera herida. Tenía que pensar algo, un plan, lo que fuese. Pero el dolor era demasiado intenso como para permitirle pensar en algo. Giró la esquina de la barra y casi se cayó cuando tuvo que bajar un pequeño desnivel que la separaba del suelo. Luego se tambaleó hacia el hombre, quién no tardó en sujetarla de uno de los brazos, con firmeza. Ella agitó la extremidad.

- Suéltame.- Advirtió, mientras forcejeaba con la mano con la fuerza necesaria como para que el hombre la tuviese que apresar con más firmeza.

- Me temo que no estás en condiciones de exigir nada.- Sonrió.

Los labios de Eileen se curvaron en una sonrisa afilada.

- ¿Alguna vez has jugado al billar?- Preguntó en un susurro.

- ¿Qué? - El hombre arrugó el gesto, sin comprender la absurda pregunta. Pero para cuando quiso darse cuenta de lo que había ocurrido ya era demasiado tarde.

Eileen había estado distrayendo al hombre. Se había tambaleado a propósito para colocarse en un ángulo en el que el cuerpo de él sirviese como obstáculo. Había atraído su atención a la mano izquierda, aquella que le había apresado. Y cuando lo había tenido donde quería, había tomado con sutileza el palo de billar roto, astillado en uno de sus extremos que usaba como torniquete y se lo había incrustado en la garganta.

Reprimió el dolor de la pierna y se aferró al cuerpo del hombre para usarlo como escudo cuando el segundo disparó, lo empujó contra él para desestabilizarlo y cuando lo hubo logrado empuñó su daga y acortó distancias. Le tomó el brazo que sostenía el revólver con una mano mientras le rajaba el cuello con la otra, no le dio tiempo a reaccionar. El disparo fue errado y rompió uno de los cristales de una vitrina, detrás de la barra. Quería usar el cuerpo como escudo contra las otras dos mujeres, pero la pierna le falló, al haberse quitado el torniquete y forzar tanto movimiento había perdido demasiada sangre, y el dolor ya era muy intenso antes de realizar aquello. El cuerpo del hombre cayó al suelo y ella lo hizo con él, hincando la rodilla, apretando los dientes. Escuchó los pasos de una de las mujeres y pudo ver como sus botas se detenían a poco menos de un metro de ella; un movimiento arriesgado. Alzó la mirada y vio el oscuro cañón de un revólver apuntándole al rostro. Afiló la mirada y observó los ojos de aquella mujer, con furia, con rabia. Si iba a morir ahí, no lo haría suplicando ni llorando. Le daría a aquella mujer una mirada que le acompañaría durante el resto de su miserable existencia.

Entonces se oyó el disparo, y Eileen cerró los ojos cuando eso ocurrió. No había escapatoria de aquello. Cassian no llegaría en el último momento para reanimarla. Morrigan no estaría ahí para consolarlo. Moriría sola, sin una lápida con su nombre grabado en ella que fuera adornada con bonitas flores cada fin de semana. Sin nadie que fuese a visitarla y cambiase las flores cuando estas marchitasen. Moriría como lo que era: una asesina, una ladrona, una espía. Moriría entre aquello en lo que había vivido: oscuridad y sombra.

El cuerpo se desplomó, con un sonido desagradable. Eileen abrió los ojos y vio a la mujer; estaba muerta. Desvió la mirada hacia aquella que la había matado, portando el mismo uniforme. Ella se bajó el pañuelo. Miryam. Que hija de puta.

- Tendrías que verte la cara, Espectro.- Dijo, perfilando una sonrisilla.

- Vete al infierno.- Profirió Eileen.

- Entonces tendría que pasar más tiempo contigo…

Eileen gruñó como respuesta.

- ¿Cómo?- Quiso saber.

- Dejaste varios cadáveres en aquella escalera. Supuse que a uno de ellos no le importaría perder la ropa.- Se encogió de hombros.

- Mirta.- Pronunció Eileen.- Sal…

La pequeña tardó unos pocos segundos en mostrarse. Estaba aferrada al vial luminiscente que le había entregado Eileen, y tenía la cara casi tan roja como los ojos, y las mejillas húmedas. Había estado llorando en silencio.

Eileen chasqueó la lengua y estiró una mano para que Mirta se acercase.

- Ven aquí…- Murmuró antes de arrullarla entre sus brazos y darle un beso en la frente.- Tenemos que irnos.

Miryam las observó y asintió, guardando el revólver.

- Y deprisa, hay cuatro patrullas más buscándoos.

Eileen se puso en pie, con muchas dificultades. Estaba pálida y se sentía mareada, fría. Había perdido demasiada sangre. Se apoyó en el hombro de Miryam y Mirta la tomó de la mano. Abandonaron el local y caminaron por las callejuelas del lugar, en dirección hacia la salida este de la ciudad.

- ¿Y Jared?- Quiso saber Eileen.

Miryam torció el gesto.

- No lo ha logrado.

- ¿Qué narices ocurrió, Miryam?

- Nos descubrieron mientras colocábamos las cargas restantes… Él trató de ganarme tiempo.

- Joder…- Chasqueó la lengua, mareada.

- Habrá tiempo para lamentarse más tarde, Eileen. Tenemos que llegar a la salida.

- No... - Negó.- No es eso.

- ¿Entonces qué? - La miró, confusa.

- Vas a tener que llevar tú a la niña.

- ¿Qué? - Frunció el ceño.

- Y a mi…

- ¿...Qué? - Lo frunció aún más.

- Creo… que me voy a desmayar.

Su mirada se nubló y el mundo se tiñó de negro.

 

El traqueteo del carruaje y el sonido de los cascos de los caballos la hizo despertar. Estaba tumbada en los asientos. Cuando abrió los ojos lo primero que vio fue a Mirta, dormida en el asiento frente a ella. Miryam estaba a su lado. Desvió la mirada hacia la ventana y pudo ver el bosque; hacía rato que habían abandonado la ciudad. Tras ello se miró la pierna; tenía el vendaje limpio, nuevo. Miryam tenía las manos llenas de sangre, la había estado curando y tratando; era bastante diestra con ese tipo de cosas. Miryam se percató entonces de que estaba despierta.

- Algún día tu suerte no te salvará, Eileen.- Le indicó, centrando su atención en ella.

- No necesito suerte… Me las hubiese arreglado, como siempre.- Protestó, tratando de incorporarse.

- Estate quieta.- Advirtió Miryam.

Eileen gruñó, pero obedeció.

- ¿Qué hubiese pasado de no haber estado yo allí? - Preguntó Miryam.

- Me las habría ingeniado.

- Estarías muerta.- Alzó el tono, molesta.- Puede que la avaricia te sirva, Eileen. Pero la muerte no sirve a ningún hombre o mujer. Ni siquiera a ti.

- Mejor muerta que en manos de esa gente.

- De esa gente puedes escapar, de la muerte no.- Señaló.- No de nuevo, Eileen.

 

Hoy todo el puñetero mundo parecía tener razón en las malditas cosas que decía. Era demasiado orgullosa como para admitir que era cierto. Había jugado bien sus cartas, era inteligente, diestra, letal… pero una herida así no podía pasarse por alto, y ella lo había hecho. Odiaba que el resto de gente le diese lecciones de vida, que le restregasen por el rostro lo que había hecho mal y cómo podía mejorar. Ella ya lo sabía, no necesitaba a nadie para que se lo recalcara. O quizá si, pero no era algo que fuese a admitir. Pese a la rivalidad que tenían Miryam y ella, debía de agradecerle aquello. De alguna forma le había salvado la vida, seguía siendo mejor que ella en muchos aspectos. Al llegar a casa, tendría que soportar la bronca de Kaz y Cassian cuando Miryam les contase lo ocurrido. Todos le tenían dicho a Eileen que no cometiese ese tipo de estupideces. De algún modo ella lograba convertir las locuras en victorias, pero Miryam tenía razón; algún día su suerte no la salvaría. La demencia de sus planes no sería suficiente para sacarla del apuro. ¿Y entonces qué? Moriría. Le dolía admitirlo pero debía mejorar en muchos aspectos. Necesitaba entrenamiento, y era lo primero que le pediría a Cassian cuando se recuperase de la herida.

- Gracias…- Murmuró Eileen, casi como si le costase pronunciar aquellas palabras hacia su compañera.

Miryam dibujó una sutil sonrisa en el rostro.

- Descansa, llegaremos en un par de horas.

Se acomodó de nuevo en los asientos, tumbada y miró al techo, pensativa. Cerró los ojos y dejó que su mente vagase hasta quedar dormida de nuevo.

 

Taberna.thumb.jpg.689dbe435cf5e9fdaacb8924441b4432.jpg

 

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Editado por Tali_Zorah_N7
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