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Publicado (editado)

Este relato es la culminación de una serie de roles que he estado llevando a cabo con Fausto :^]

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El mismo día que llegó Miranda, comenzaron con las investigaciones, el Conde había pedido a su vieja compañera de estudios que trajera un par de cristales canalizadores, de esos que podían contener cantidades moderadas de energía arcana y las podían transmitir a otros objetos.

No fue un trabajo fácil; Fausto traducía incansable los pergaminos del orco, mientras que Miranda sintetizaba la información en hojas escritas de su puño y letra, lo más duro quizá para el Conde fue tener que soportar los recuerdos y comentarios de la mujer, remontándose a épocas pasadas en Dalaran, lo cual entorpecía su arduo trabajo, pero cada vez que escuchaba uno de esos comentarios, se obligaba a ofrecer una sonrisa, y corresponderle como era debido.

Fue una velada, a altas horas de la madrugada, cuando comenzaron a salir a la luz los descubrimientos fuertes.

— Ah, Fausto, como aquella noche que no dormimos leyendo la teoría de la prueba del Arcanista Jormund…

Fausto recordaba bien aquella prueba; Jormund impartía adivinación, y pese a que no era la escuela ideal para el Conde, se las había arreglado para sacarla adelante. La prueba era bastante sencilla; un examen teórico de cuatrocientas preguntas, el truco estaba en que Jormund había dejado fragmentos de sus memorias en cada una de las hojas, de manera que un adivinador que hubiera usado la más mínima concentración, habría visto la instrucción de Jormund; contestar sólo dos preguntas por página y firmar la última hoja con un “Travesura realizada”.

— Lo recuerdo, sí. –Respondió Fausto- sólo unos pocos lo completamos como era debido, y la inmensa mayoría  tuvo que repetir el curso.

Miranda soltó una risita.

— Siempre tan suspicaz… recuerdo que cuando dijiste eso luego de la prueba, te tomé por loco y anda, prueba superada respondiendo un par de preguntas.

Fausto había notado una costumbre en la mujer, y era que siempre que evocaba un recuerdo, quedaba contemplándole al terminar la oración, lo que él consideraba cuando menos molesto, pero hacía como que no lo notaba.

Luego de eso, Miranda había continuado con su labor de sintetizar la información que Fausto le pasaba, pues luego de tanto trabajo, se limitaba solamente a traducir, dejando que fuera ella quien sacara a la luz la información.

— Oye, Fausto. Le llamó la pelirroja.

Por un momento, el Conde se encolerizó, pensando que traería a la luz otra de sus estúpidas anécdotas.

— ¿Qué escribiste aquí? Apoyada de la pluma, la mujer le señaló un punto.

La verdad es que ahí Fausto había fallado, pues donde debería haber una palabra, sólo estaba un garabato, ininteligible.

— Déjame ver.

El Conde tomó la transcripción y la comparó con el pergamino, tratando de dar forma a la oración.

— Podría ser anulada. Leyó Fausto, aunque rápidamente volvió a leer toda la línea.

— ¿Qué pasa? Preguntó Miranda, con una ceja alzada.

El Conde levantó la mirada hacia la mujer, detallándola a la luz de las velas, pese a tener su edad, tenía los ojos azules y una mirada serena, la piel totalmente blanca y el cabello rojo, no como si fuera una pelirroja, sino que este era carmesí, por un momento, Fausto logró ver a la chica que tantas veces le había acompañado en la cama cuando jóvenes, pero lejos de eso, se limitó a leer la línea completa.

— “Pese a que la cadena es de por sí, muy estable, de recibir concentraciones peligrosamente altas de una energía contraria podría ser anulada”.

Miranda abrió mucho los ojos, sorprendida, como si no pudiera creerlo, fue ahí cuando Fausto reconoció que, como mujer, podría ser cualquier ama de casa ventormentina, pero como hechicera, nadie podía decir que Miranda Murray no superara por mucho las expectativas.

— Entonces, podríamos usar el mismo principio para curarte, Fausto –hizo una pausa, y a continuación se incorporó, tomando quizá el aura que usara para con sus estudiantes- si utilizamos los cristales canalizadores e imitamos el tramado de la cadena, podríamos infundir el suficiente poder para romperlas.

Fausto meditó un momento la respuesta.

— Sí, sí, sin embargo, necesitaríamos toda la energía posible –el Conde levantó la mirada verde hacia Miranda, y ella notó que aquellos iris verdes casi parecían querer salir- Toda.

Miranda, que ahora dudaba, quedó otro momento pensativa.

— Quizá si usamos patrones externos… Fausto, es muy peligroso.

— Y ni siquiera así podríamos estar seguros, necesitamos algo más.

El Conde barajaba sus opciones, revisando cada centímetro de la habitación, no distaba mucho de una habitación normal, una cama decente, el escritorio que los hechiceros usaban como mesa de trabajo y los cajones, en los cuales Fausto había guardado sus pertenencias, incluso aquellos pergaminos que podría usar en el futuro y no quería que ojos curiosos le vieran.

Se miró las manos, un tanto frustrado, una vocecilla en su cabeza le decía que la energía que podrían reunir de la manera propuesta sería más que suficiente, pero otra voz, más grave, la que siempre tenía las ideas más extremistas y, a menudo, las que solían funcionar, le instaba a reunir todavía más energía.

Por fin, pasó la vista a los cristales canalizadores, estaban en una bolsa, por lo que la tomó y extrajo todos; eran seis, sin embargo, tres eran demasiado pequeños.

Sin reparar en el gesto del Conde, Miranda hablaba para sí.

— Me tomará un par de días describir los trazos, además, hay no sabemos si tu cuerpo, en ese estado, podría soportar una cantidad así de energía.

Fausto la escuchaba ausente, hasta que levantó la mano, en la cual estaban los cristales pequeños.

— Eran los únicos que tenían –la mujer parecía escudarse con una mueca- hice todo lo que pude, Fausto.

— Cárgalos. Ordenó el Conde.

Miranda, por su parte, se quedó observándolo durante un momento, que casi se extendió demasiado.

— ¿De qué hablas?

— Si los cristales están dentro de mi cuerpo, entonces podrían tener más efecto y actuar como repetidores.

Esta vez Miranda parecía estar en shock, completamente anonadada ante la sugerencia de su viejo compañero.

— ¿Fausto de qué estás hablando?

— Es la única manera, Miranda –Dirigió la mirada a ella, y de una manera muy inteligente, fingió estar desesperado- ¿No lo entiendes? Diez, ¡Diez malditos años he tenido estas ataduras! ¡Preferiría arriesgarme y morir antes que vivir otro año más con esto!

Como el Conde esperaba, ahora Miranda lucía consternada, quizá al borde de las lágrimas al ver la fingida desesperación de su antiguo amante.

— ¿Estás seguro, Fausto?

Con un muy ortopédico movimiento, el Conde se arrodilló frente a ella, tomando sus manos y hundiendo el rostro en su abdomen, y muerto de humillación por dentro.

— Te lo ruego, Miranda, te lo imploro.

La mujer acariciaba la cabeza de Fausto, mordiéndose el labio mientras pensaba si aceptar o no.

— Lo haré por ti, y sólo por ti, Fausto, porque espero de corazón y rezo para que vuelvas a ser el grandioso hechicero que fuiste en su día.

El Conde volvió a su asiento y observó impaciente cómo la mujer cargaba los cristales, y no se inmutó ni un poco cuando hacía los pequeños cortes para introducirlos en su cuerpo, por supuesto que volvería a ser un gran hechicero, pero esta vez, no usaría caminos tan ortodoxos.

Tres días habrían pasado desde aquel momento, en los que Miranda habría dado todo para describir los patrones arcanos que usarían en Fausto, tanto en su cuerpo como en el suelo, y para la tarde en la que el Conde se decidió en acudir a Villadorada para beber una buena copa de vino, el “ritual” que montarían estaba en completado en un 80%.

— ¿Quieres venir? Preguntó Fausto, quien veía cómo la mujer lo daba todo por él, aunque la invitación fue más una formalidad.

— Ya iremos después –ella le sonrió, cansada- lo importante es terminar esto cuanto antes.

Luego de eso, el Conde habría partido hacia Villadorada, aunque apoyado de su bastón, pues tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para mantener la energía arcana en su sitio, evitando que las cadenas viles la consumieran.

Aquel día era particularmente doloroso, tanto que estuvo a punto de volver y beber toda una botella de la pócima, pero casi había llegado a la villa, por lo que decidió continuar.

Nada más entró a la posada, divisó al joven Prichard, por el cual había desarrollado una suerte de estima, ya que el pobre había accedido a ayudarle sin preguntar demasiado, cosa que al Conde le venía de perlas.

— Buenas noches, Fausto. Saludó Prichard dejando a un lado su lectura.

— Katz… Saludó, aunque para su sorpresa, casi se le fue el aire en esa mísera palabra.

El suspicaz aprendiz notó esto, por lo cual dobló la página y cerró por fin su libro.

— ¿Ocurre algo?

— Parece que la medicina ya no suerte efecto. Mintió el Conde, el cual tomó rápidamente la copa que le acababan de servir, esperando que el vino se llevara un poco de su agonía.

— ¿Y su compañera? ¿Ha podido reunirse con ella? Preguntaba el joven, quien parecía honesto en su preocupación.

— Ya está preparando los encantamientos –hizo una pausa al sentir un latigazo de dolor, que afloró en él algo que lo hizo decir la verdad- pero ahora dudo de si me queda tiempo a mí.

El mago negó para sí, y lanzó una mirada al Conde repleta de determinación.

— No se puede rendir ahora, vamos…

—Eso espero... -Bebe del trago de la copa de vino- ¿Cómo fue tu... asunto personal?

— Está solucionado, ahora estoy centrado en mí y en mis proyectos –hizo una pausa, esbozando una sonrisa juvenil- estudiando y pienso abrir un negocio cuando me sea posible.

— Todo un emprendedor.

El Conde trató de tomar nuevamente la copa de la barra, sin embargo, sintió una descarga de dolor proveniente de su pecho tal que tuvo un espasmo en la muñeca, lo cual envió a la copa irremediablemente al suelo, donde estalló dejando una gran mancha en el suelo, a sus espaldas, Zafiro se acercaba a la barra, mientras el Conde se desplomaba.

— ¿Qué sucede?

Preguntó esta, en su desconcierto, mientras el joven mago se lanzaba para evitar que el anciano tocara el suelo.

— Vamos, Fausto, aguante.

El Conde sintió cómo era salvado de la caída, sin embargo había caído en un estado de sopor, la cabeza le retumbaba y las pocas fuerzas que tenía las usaba para mantener la energía en los cristales, pues sentía cómo las cadenas se abalanzaban sobre ellos, tratando de drenarlos, la elfa se llevó la mano al pecho, apartándose unos pasos, pero sin duda, había detectado aquellas energías.

— No le deje ganar Fausto, luche con un poco más de fuerza, joder. Murmuraba Prichard.

— L-llévame con Miranda… a la posada.

— Katz... Le instaba la elfa.

— ¡La capa, Zafiro! Pidió Katz, señalándola con la mirada.

Fausto sentía las marcas movilizarse, decididas a drenar todo rastro de energía en su cuerpo, las sentía quemar, incluso Katz se percató de ello.

— Está enfermo, necesita ayuda… ayuda que sólo un mago le puede dar –dijo Katz mientras se preparaba para partir. Luz, está ardiendo.

— Si, puedo notar ese desequilibrio que posee... Y por efectos antinaturales.

— Más vale que haya traído su caballo.

La pareja logró llevar al anciano hasta Azrael, el corcel negro del Conde que descansaba en los establos, haciendo acopio de sus fuerzas, Katz logró subirlo a él.

— Yo no dispongo de una bestia para andar, será mejor que se encargue de esto –comentó Zafiro, quien observaba alternativamente a ambos hombres- Debe comunicar esto a la Academia, Katz… dado que este tipo de situaciones no es común.

El joven se montó también en el caballo, dispuesto a cabalgar el camino hacia Ventormenta y no dejar morir al anciano, quien murmuraba el nombre de Miranda y otro par de palabras en Orco.

— Lo haré Zafiro, pero lo primero es que pase de esta noche, sé que hay alguien en la ciudad con la capacidad de tratarle.

— Esto no es una enfermedad –volvió a sentenciar la pelirroja- adelante.

Katz espoleó a Azrael, y pese a que el animal no reconocía al jinete, espoleó rápido como lo solía hacer, a lo largo del camino, Prichard vislumbraba las marcas brillar, incluso a través de la tela blanca de los guantes.

— Algo me dice que va a ser una noche larga… Dijo para sí, y espoleó lo que quedaba de camino hasta el Barrio de los Magos.

El Barrio de los Magos estaba tan pacífico a aquellas horas de la noche como siempre solía estarlo, pues no tenía el jolgorio de cientos de estudiantes que partían diariamente hacia la Academia, la mayoría de los locales estaban cerrados y ningún alma se paseaba a esas horas por los hermosos jardines del lugar.

El joven dirigió la montura al establo, y sin reparar en si había o no un caballerizo, tomó al anciano en brazos y entró corriendo a la posada, donde preguntó específicamente por la habitación de la señorita Murray, hacia la cual corrió apenas el posadero le indicó dónde estaba.

— Miranda Murray, soy Katz Prichard y vengo con Fausto, abra es urgente. Exclamó el joven, casi como un grito, luego de golpear repetidas veces la puerta.

La pelirroja abrió la puerta luego de un rato, se le notaba visiblemente cansada, pero nada más ver a su compañero al borde de la muerte, rápidamente se incorporó, abriendo la puerta y con la preocupación casi tangible en su rostro.

— ¡Luz! ¿Qué ha pasado?

— Se ha desmoronado en la posada de Villadorada, he venido tan rápido como el pobre caballo de Fausto nos ha permitido.

— Luz... déjale en la cama, y quítale la camisa y los guantes.

Luego de dar las instrucciones, Miranda se acercó al escritorio en el que ambos solían trabajar, para tomar los tres cristales que habían sobrado, llevándoselos rápidamente a Katz, quien terminaba de desvestir al Conde, ambos contemplaron con horror las marcas, las cuales casi parecían moverse y tener vida propia, tan espantosa era la visión que el joven mago se apartó unos pasos, dirigiendo la vista a la mujer.

— Dígame que tiene una idea de cómo parar esto.

— Estuvimos estudiando esos malditos pergaminos durante días, hasta que dimos con la respuesta –Miranda miraba visiblemente triste a su antiguo amante, el cual se retorcía de dolor- sin embargo, esto nos ha tomado por sorpresa, ya que el patrón no está del todo terminado, por lo que si llegáramos a cometer el más pequeño de los errores…

— No nos queda otra, hagamos lo que podamos...o  quedémonos mirando. –El joven soltó un suspiro, pero rápidamente se incorporó, con la frente en alto-  Dígame que necesita, no le fallaré.

Miranda tomó un poco de esa determinación, por lo cual, esbozando una sonrisa, le tendió los cristales.

— Toma esto, infunde un poco de energía y dibuja una marca paralela a los patrones del pecho… y tranquilo, no son contagiosas.

— Dudo que se me pueda contagiar algo más a estas alturas.

Katz seguiría las instrucciones, mientras Miranda encantaba una alfombra para que volara, revelando que en el suelo estaba plasmado un complejo patrón que brillaba en celeste, sin embargo, cuando Katz se disponía a dibujar el patrón sobre el cuerpo del Conde, las marcas aledañas al cristal brillarían y consumirían la magia en él, rompiéndose en el acto y dando una pequeña descarga dolorosa

— Mierda.

— Con más fuerza, chico. Le animaba Miranda, quien terminaba de describir los últimos patrones en el suelo.

— Sí, sí, lo siento. Se excusó él, intentando repetir el proceso, aunque con el mismo resultado.

— ¡Venga, no voy a ser yo el que le falle ahora, Conde!

Apenas terminar su oración, Katz infundiría más energía en el cristal, llegando al punto de que este casi reventaría, y esta vez lograría exitosamente trazar el patrón en el cuerpo demacrado de Fausto.

— Ahora ven, a mi lado. Ordenó Miranda, hizo un leve movimiento con las manos y la alfombra voló hacia la cama, metiéndose de bajo de Fausto y levantándolo, de manera que pudo llevar el cuerpo hasta el suelo, para dejarlo sobre el patrón.

— Usted dígame que hacer, Miranda.

— Esto necesita demasiada energía, trataré de hacerlo yo sola, pero es probable que necesite de tu ayuda, ¿entendido?

El joven mago se limitó a asentir.

La hechicera comenzó a murmurar una serie de conjuros y encantamientos, tal era la energía que estaba reuniendo que incluso Katz se sorprendió, esta fluía a través de los ojos de la mujer, y en cada palma había aparecido un círculo morado, con los mismos patrones que había grabado en el suelo, de un segundo a otro, dicha energía fue a impactar con el cuerpo del Conde, ahí donde Katz había dibujado las pequeñas marcas, sin embargo, el primer intento no había tenido éxito.

Miranda volvió a concentrar una cantidad exorbitante de energía, pero nuevamente, no fue suficiente como para romper las cadenas de Fausto.

— Es hora de ver cómo les educan en Ventormenta... ¿has encantado algo antes, chico?

— No, pero si hace falta puedo aprender rápido.

Miranda sonrió con ironía ante la negativa de Katz, murando una grosería para sí.

— Entonces ven, párate tras de mí, y trata de liberar energía, sólo eso.

— En seguida.

Apenas Katz tocó el cuerpo de Miranda, de las manos de ella salió un torrente directo al cuerpo de Fausto, y el patrón que éste había marcado alrededor del tórax se iluminó en un poderoso azul celeste, que por momentos opacó la luz de las velas,

— Así... lo estamos haciendo bien, chico. Murmuró la mujer, que por poco se quedaba encandilada.

Sin embargo, el sortilegio no era una situación nada agradable, y eso lo podían ver ambos, pues el cuerpo del Conde se movía estrepitosamente, soltaba gritos y alaridos, y parecía emanar humo ahí donde la arcana estaba surtiendo efecto.

— ¡Cede! –Gritó Miranda, en un momento de debilidad- estamos cerca de terminar.

Ambos seguirían canalizando hacia energía hacia el cuerpo del anciano, y estaría resultando efecto, el resplandor celeste en su cuerpo iba ganando terreno, pues seguía el patrón de Katz como una llama seguiría un camino descrito con pólvora, cuando estaban cerca de terminar, sin embargo, fue Miranda la que soltó un alarido, el resplandor azul cesó y la mujer se hacía un ovillo, con las manos visiblemente quemadas.

— ¡Miranda!

— ¡Estaré bien! tú termina el ritual.

Katz la miraba, pero sus nervios eran tales que se limitó a asentir, dispuesto a terminar la maldición de una vez por todas.

—Tócalo, como si se hubiera ahogado, y dale la descarga... Murmuró la mujer, aunque sin estar muy segura.

Prichard se acercó, con sus dudas también, pero terminó por obedecer, posó ambas manos a la altura del esternón del Conde, donde pudo sentir uno de los cristales que le habían implantado, canalizando la energía a través de él en una última y poderosa descarga.

Las marcas refulgieron y danzaron, esta vez sobre la piel de Fausto, quien había abierto los ojos, hubo una pequeña explosión, y de su pecho se elevó una nube verde con olor a azufre, y sin que alguien pudiera explicar por qué, se escucharon alaridos sobrenaturales, Miranda cayó al suelo, cubriéndose el rostro con las manos quemadas, mientras que Katz retrocedía también, hasta tropezar con una silla y terminar por caer al suelo.

Sin embargo esta vez fue el Conde quien se levantó, durante un segundo, seguro por la descarga adrenérgica, sentía inmolarse y la cabeza le retumbaba, tenía la visión doble, literalmente doble, pues por una parte veía la habitación, el resplandor azul y la nube verde, mientras que por otra veía una cueva iluminada por antorchas, y la boca de ella, a través de la cual se veía una ventisca, vio un par de manos verdes y escuchó un alarido de dolor que bien podría haber causado una avalancha; vio a Gorath, escondido en lo que no sería otro lugar que Alterac.

— Soy… libre. Murmuró el Conde, antes de caer desplomado, primero de rodillas, y luego completamente al suelo.

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Spoiler

Y poh gracias a @Astley y @Blue que fueron los que ayudaron al Conde, valen mil :^]

 

Editado por Senkarudai
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