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Becka

[Primer borrador] El baile de los seres fantásticos

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El baile de los seres fantásticos

 

   

Cuentan las historias que en los tiempos del Rey del Mediodía se construyó el colosal Palacio de Cristal sobre la cumbre nevada de las montañas del norte. En él, rodeados de lujos y maravillas, se daban cita las criaturas de leyenda para celebrar un baile de máscaras cada veintiocho días, coincidiendo con las noches de plenilunio.

 

El Rey del Mediodía daba la bienvenida a sus invitados y los hacía entrar en el gran salón, donde las charlas, el vino y la música se entretejían con la magia, el sueño y el mito.

 

Entre los invitados se movía, con una gracia natural, el hermano del Rey del Mediodía. Hermanos de sangre y de carne, tan distintos como la noche y el día, y a la vez tan iguales. El Príncipe de la Medianoche saltaba de una conversación a otra, danzaba y bebía, y la música encendía cada uno de sus movimientos, los acompañaba y los mecía, como si el baile estuviera hecho para él.

 

En el Palacio de Cristal, si el Rey era el protector, el Príncipe era sin duda el cazador, y cualquier invitado era su presa. Sin embargo, y durante varias noches, había una que siempre huía. Aquella que llegaba al salón envuelta en sedas y llevaba el cabello trenzado con flores y hojas de azahar y hierbabuena: la noble Dama de la Primavera.

 

Y es que ella era, muy para desgracia del Príncipe, quien, entre sombras y fronteras, nunca baila pero todo observa, siempre lejos de su vista, y dejando tras de sí cuando la busca solo un manto de secretos y estrellas.

 

En ello pierde las horas, las notas y otras presas, en seguirla por el salón sin descanso, siempre detrás de una estela difusa que se desvanece al llegar el amanecer. Infame sol que con su luz la magia del palacio arranca, se lleva con él la Primavera y el consuelo del Príncipe hasta la próxima Luna Llena.

 

Al Rey en audiencia le habla siempre de ella. Bien porque la odia, bien porque la anhela. Bien porque le evita o bien porque le tienta. Más todas sus razones en el vacío siempre quedan, pues ella no habla y el Rey sus secretos le guarda, que mejor que él nadie los conoce, pues de su cuello pende la llave que con celo los apresa.

 

“¡Déjame ir a buscarla!” le ruega, “que por conjuro o maleficio mi sueño altera y con mi mente juega, entre sus flores y sus sedas. Y no hay ya consuelo para aquel que sueña, pues hasta en sueños la busco y al no hallarla el alma se me enciende y me quema.”

 

Más el Rey le niega, día tras día, su petición en la audiencia.

 

“Si te dejo ir tras ella no la hallarás si así lo desea, pues no tiene hogar ni propiedad para quien, de querer encontrarla, así lo hiciera. Es mi llamada la que escucha y por la que al Palacio entra, pero solo para un baile, solo entonces se descubre.”

 

Ya derrotado, el Príncipe se recluye en el palacio. Ronda los pasillos como una bestia enjaulada, hambrienta y desesperada, esperando el regreso de la Primavera a sus salones.

 

Y cuando la Luna se alza y el baile comienza, a ella la busca pero, de nuevo, no la encuentra. Así en un ciclo constante lo atormenta, tanto que de maldad y sortilegios la engalana, a modo de odiarla para que de su mente desaparezca y dé descanso a su alma. Pero testigo de tal sufrimiento es su hermano quien lo observa, y por aquel sentimiento que la fraternidad conlleva a la Dama implora su clemencia.

 

“Un baile. Un baile en la próxima Luna Llena. Si soledad buscas a los cielos juro por que de mi mano la obtengas, si tú tu palabra dieses, y mi deseo así cumplieras, de que bailarás con él y lo liberarás de tan injusta condena.”

 

Sucede que al fin sus palabras la encuentran, en los jardines del Palacio que ella misma engalana con esquirlas de hielo y aroma de tormentas. Tan lejos y tan cerca, que de haberlo sabido el Príncipe mismo la habría ido a buscar. Apenas da unos pasos hasta llegar al salón donde el Rey la aguarda, sentado sobre el trono que las manos de la Dama habían tallado para él tiempo atrás.

 

“¿De qué adolece tu hermano que con tanta urgencia me llamas? ¿Quién lo atormenta de esa forma que incluso mi propio refugio se me ofrece sin recelo a mi capricho?”

 

El Rey se incorpora, más no se acerca, pues bien sabe que no es ella quien es, en otro tiempo Primavera, ahora secretos, solo humo y estrellas. En su mano sostiene la llave que siempre al cuello lleva, y se la tiende, pero tampoco ella se adelanta.

 

“Es tuya si lo deseas, tuya es y siempre lo ha sido, que por honor a nuestro pacto la he guardado. Más ahora ya no la merezco, pues mejor que nadie entiendo el valor de lo que te pido, el ponerte en peligro solo por el necio deseo de un ser querido.

Tú eres su deseo, su tormento y dolencia, que tras verte en el baile, noche tras noche, vela tu imagen en el recuerdo, y se pierde a sí mismo entre inventivas, entre odio y amor y sueños, de si eres demonio, mujer, diosa o engendro.”

 

A tal forma, que de verlo tan abatido, la Dama se acerca, más no lo roza, dando solo el consuelo de la cercanía. Con recelo la llave observa y no la toma.

 

“Déjala para mí en el Salón de las Bestias, que es más recogido, difícil su acceso, y haz acudir allí al Príncipe que, según veo, por voluntad es ya mi prisionero.”

 

Y tras despedirse el Rey a toda su corte informa de que no habrá baile en el siguiente ciclo, no lo ha de haber para nadie más que para el Príncipe y su delirio. Dispone órdenes aquí y allá, hace limpiar el Salón elegido, y lo hace adornar. Allí despliega la música y deja que lo inunde el olor de la magia, para que todo comulgue en el cercano atardecer que el sol anuncia y sus invitados aguardan.

 

“Ven, hermano. Que por descontado tus lamentos he oído y al fin les tengo remedio. Acudirá a ti la Primavera y será la única, pues quedarse a solas contigo en este Salón de las Bestias desea.”

 

“¡Cuan valioso regalo, que de mi propia sangre de esperarlo no obtuviera! Más aquí esta, al fin, mi Primavera... sin huida, escapatoria ni frontera ¿Y sin excusa ha accedido? De seguro en mi busca también su descanso perezca, noche tras noche. Que ya sabía que tanta dulzura no podía ser condena...”

 

Devuelto a la vida, el Príncipe ordena a sus sirvientes que traigan sus mejores galas, mientras el Rey cumple su promesa, y en el centro del Salón deposita la llave que con tanto dolor deja. Aún con ella a sus pies observa la puerta y reza al destino porque el delirio no convierta la brisa en tormenta.

 

Entre sus pertenencias busca la Dama y encuentra, las flores, las sedas, y la máscara de oro y perlas. Y que aún vestida de gala y enjoyada, insista en cubrir sus ropas con una capa, su naturaleza demuestra.

 

Allí acude, obligada por su promesa, y entra al Salón de las Bestias antes de tiempo, donde ni un alma la observa. Y ahí esta la llave, sin su custodio, abandonada y hueca, pues ese fue el trato con su dueño aunque ambos supiesen las consecuencias. Miró a un lado y al contrario, y viéndose o creyéndose sola avanzó hasta la llave, la recogió y se la colgó al cuello. Casi con la misma ligereza se giró de nuevo hacia la puerta sintiendo la urgencia de una huida a tiempo, una huida que protegiese los secretos del corazón tanto tiempo sellado.

 

“ No intentéis escapar, dulce Primavera mía. Ahora se porqué aquí os encontráis, ladrona traviesa, que en mis salones irrumpís para robar lo que mío es y a vos no sé porqué razón interesa.”

 

En un jadeo la Dama, en su capa aún envuelta, esconde la llave y con ella la afrenta, maldiciendo la suerte que el destino a su existencia otorga.

 

“Desconozco el crimen que con tanta ligereza a acusarme os lleva, más si este es el trato que recibo tras atender tan desgarradora petición, ¿cómo he de atenderla? Temprana es la hora en la que bajáis del trono, al Salón que a la noche os entrega, y es esa línea lo que vuestro juicio enturbia y falsos crímenes revela.”

 

A pasos seguros y firmes el Príncipe se acerca, y a su costado reposa, envolviéndola, pero sin tocarla ni retenerla. En un descuido, cuando la máscara de oro se vuelve hacia él, en su reflejo delata la cadena que la llave sujeta, oculta tras la capa. Con malicia en la sonrisa y en la mano que tiende hacia ella, la capa retira y el crimen desvela, retira de su cuello la llave y de triunfo el Salón llena.

 

“Ahora veo con claridad porqué la Primavera huye, dejándome solo su estela. Pues es demonio y engendro, no diosa o doncella, solo una ladrona que a los hombres enreda en sus conjuros y a la locura los lleva... Y sin embargo hermosa sois, ataviada con vuestras flores y sedas, oculta tras el oro y las perlas, que no habría hombre capaz de atribuir crimen alguno a semejante belleza.

 

¡Ay de mí! Que al fin al alcance os tengo, y aún así siento que hay algo que no veo, que incluso tras una máscara lo he de notar, por mis bienes vuestros males, que tan real os siento y aún así nos cubren en este, nuestro primer encuentro, a vos en pena, a mi en gloria.”

 

“No vengo pidiendo al cielo clemencia o a vos la admiración de mi belleza, tan falsa como errática y traicionera, que por igual a todos embauca y envenena... A otros confunde y a la locura lleva. Y he de aborrecer a la bestia que frente a mí hoy se presenta, vestida con ceremonias y emblemas, que no por ventura ha sido este escogido como Salón de las Bestias, pues aquí es donde todo concuerda y las verdades se ahogan, cercadas por el animal que las puertas guarda del llanto, el temor y la pena.”

 

“Mayor gloria me daréis cuanto mayor sea la pena, pues cuanto más me aborrezcáis tengo de quereros más. Y si es en este salón donde como bestias venimos a ser lo que somos, así, entre el placer y el pesar, aprended a amar o enseñadme a aborrecer. Enseñadme vuestros rigores, yo os enseñaré finezas; enseñadme vuestras asperezas, yo os enseñaré favores; vos desprecios y yo amores.

 

¡Quién pudiera disimular el afecto! ¡Quién pusiera límite al pensamiento, freno a la voz y ley al sentimiento! Que ante mí se presentasen las pruebas y yo de buena gana las viera, de que siendo bestia u hombre, amaros no pudiera solo porque así vuestra voluntad lo quisiera.”

 

“Y ese amor que tanto predicáis y al que tanto apego le tenéis, no es más que dolor y desdicha, pues si solo mi presencia os consuela y mi ausencia os mortifica, ¿qué hay de bondad en el amor? No... ni siquiera amor podría llamarse a aquello que de mentiras se alimenta, de engaños y conjuros se crece, y entre fronteras se protege de ser descubierto.

 

Aquello que robé y que jurasteis os pertenece, una llave que guardáis sin saber lo que contiene, solo la celáis porque yo quise tenerla. Y aún digo más, pues quizá que esté en vuestras manos es el destino que el Rey y yo hemos temido en los tiempo del verano. Castigo y ruina que a mi viniesen, a vos, olvido y dicha, si el hechizo esa llave rompiese.”

 

Con el cuidado y la delicadeza merecidos de semejante revelación, el Príncipe observa la llave y, casi sin demorarse, implora.

 

“¿Y si aquello que guarda fuese mi deseo conocerlo? ¿Qué mal habría, pues, si la llave es mía, en saber yo lo que guarda y tantas penas arrastra? Mencionáis a mi hermano y las dudas me asaltan, ¿qué sabe él de la Primavera que con tanto esfuerzo se me oculta? ¿O qué le confía la Primavera a él que a mi entendimiento escapa?”

 

Pero la noche se cierra y la música conquista los ecos del Salón, inundando el pecho de los dos moradores que en la distancia se reclaman, que se tientan al baile. Y las preguntas quedan en el aire, entregados los dos a la danza provistos de máscaras.

 

Jura al cielo quien los viese, que, si de ensayo habrían de haberse servido para aquella noche, mejor espectáculo no habrían ofrecido. Dos que se movían como uno, y no había compás en el que sus pasos muriesen, fluidos y nobles, imbuidos en la noche y la magia del pueblo de los seres fantásticos a quienes los mortales solo envidiar pueden.

 

Comprendieron entonces que habían nacido para aquel momento, para ese baile, para esa noche. Ambos cedieron a sonrisas, a miradas y a caricias que solo rozaron el aire. Y cuando la música se hizo suave, de la mano tomó gentil la Medianoche a la Primavera y la llevó al jardín, al camino de rosales en flor que junto a la fuente lleva, a fin de encontrarla más pura y más bella, bajo el filtro de la luz que toda magia renueva; la luna en su plenilunio.

 

“Negarlo sería jugar con aquella que de la mano esta luna me contempla. Mi Primavera... solo algo me inquieta. Si con esta llave liberarte pudiera, de tu máscara y tu manto de estrellas, así el infierno me espere tras semejante afrenta, debo, debo hacerlo y ver tu pena.”

 

Respondió la Dama sin palabras, que sin detenerlo dejó que la máscara cayera. Y ahí la llave firmó su verdad, pues la Dama es y siempre fue Invierno y no Primavera, que las flores no eran flores y las sedas no eran sedas. Y el jardín, de rosas cubierto, que al pasar ellos mismo vieran, enjauladas ahora en el hielo quedan. Hasta la fuente ante la verdad hiela.

 

“Esta es mi verdad, aquella que el Rey de buena gana oculta de ti y de buen gesto no desvela. Pues yo soy Dama, si, pero no de flores cubierta. De flores me disfrazo y viene a mí la Primavera, que si en otro tiempo me viera huiría sin pensarlo. De ella hago mi máscara y el sol la llena y el hielo aleja, más solo en las noches del baile, solo ante la Luna Llena.

 

Y si de ti he huido no es historia nueva, pues yo levanté este Palacio para servir de morada al Rey y sus vasallos. Y a esto que apareces, en manto real oculto y resguardado, que vienes a perseguirme sin respetar aquello que guardo. Pues piensa que si guardado está una buena razón ha de haber, y es que, por una noche, Primavera junto a él me deje ser.

 

Falsedad o miedo, ambas. Si por la primera de ellas esta hecho el agravio, tuyo imploro el perdón y acepto mi castigo. Más si por la segunda llegase a ser, te pido: ayuda, amabilidad y olvido.”

 

Y así acaba el cuento pues de todos es sabido que ningún final es querido. Si el olvido eligió el Príncipe imposible sería de saber.

 

Más una verdad esta clara, el baile sigue y el Palacio de Cristal se mantiene en pie, luego ni una verdad tan amarga al corazón logra vencer.

 

Primer borrador del argumento de la obra "El baile de los seres fantásticos"

Autor: Belaen Dawnveil "Illien"

   

 

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