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Tali_Zorah_N7

Legado de Sombra y Ruina

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I La Araña

 

(Serie de relatos que acontecerán en el presente del personaje de Eileen)

Editado por Tali_Zorah_N7
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El viento aullaba a través de la ventana abierta, meciendo las cortinas cual espectros al amparo de la oscura noche sin luna que teñía la cúpula celeste de luto, reclamando las vidas que iban a ser segadas. La cama, en la pared opuesta a la ventana, se encontraba deshecha, las sábanas estaban parcialmente por el suelo junto a una almohada ligeramente desplumada, manchada por el charco de vino sobre el cual se encontraba. Una copa volcada yacía junto a la mesita de noche del lado diestro de la cama, agrietada en uno de sus extremos, y el contenido se mezclaba más adelante junto a la sangre del cadáver de una mujer desnuda, cuyos hilos de sangre provenientes de nariz, ojos, boca y orejas, creaban delgados ríos carmesí que se dispersaban a pocos metros del cuerpo. El hombre jadeaba y sollozaba, confuso, atónito, aterrorizado mientras el frío filo de la daga presionaba peligrosamente contra su cuello. Los muslos del hombre chorreaban; se lo había hecho encima cuando tras la confusión de la repentina muerte de su amante, dos ojos azules habían resplandecido en la oscuridad de la habitación, delatando la posición de la asesina, quien ahora se encontraba frente a él, presionándole contra la pared y obligándole a mirar la máscara que portaba.

- ¿P-por qué? - Alcanzó a decir él, que apenas se atrevía a tragar saliva por si el afilado filo del arma penetraba en su piel.

- ¿Por qué? - Sonrió ella, acercándose al oído para acariciarlo con su aliento.- Porque el mundo no es justo. La vida no es justa...-dijo.- Juria te manda recuerdos...- Susurró entonces con una frialdad equiparable a la del acero que no tardó en rebanar el cuello del individuo.

Él abrió con fuerza los ojos, comprendiendo. La observó con pavor mientras se llevaba ambas manos a su cuello, tratando de aferrarse a la vida que se le escapaba a raudales a través de aquella herida… pronto cayó al suelo y las convulsiones se fueron apagando, al igual que sus jadeos ahogados en sangre, muriendo a los pies de Eileen; como muchos otros lo habían hecho antes… como muchos otros lo harían después.

Se arrodilló y limpió la sangre de la daga en la almohada manchada de vino envenenado, luego observó a la mujer. Ella no tenía culpa de nada, tan solo de haber aparecido en el lugar equivocado en el momento equivocado, de juntarse con quién no debía. Eileen le cerró los ojos que aún permanecían abiertos, con las venas marcadas en una mirada vacía que se perdía en las enrevesadas sombras de la noche, aquellas que habían presenciado su muerte y que ahora acunaban su cuerpo. 

Ricfrid había sido su objetivo desde hacía dos semanas. Tiempo en el que estuvo estudiando a su víctima desde que salía el sol hasta que se ponía. Lo había seguido a todas partes, había sido su sombra, un espectro. Había estudiado su comportamiento, los lugares que frecuentaba, la gente con la que socializaba y lo más importante: sus hábitos. Ridfric era un putero adinerado que había perdido a su mujer hacía una década, el hombre rondaría los cincuenta y pocos años y era un habitual en el prostíbulo del puerto de Ventormenta, estaba cerca de su negocio e iba siempre que terminaba su jornada. Eileen había tenido que infiltrarse como una de las cortesanas para seguirle y buscar una oportunidad para conseguir lo que quería. Fue en el prostíbulo donde se percató de que el hombre detestaba el vino, pero que sin embargo siempre invitaba a sus “compañeras de cama” a un par de copas antes de proceder al acto, todo un caballero. Y allí fue donde ataviada en sedas, tropezó y derramó una bebida sobre la camisa del hombre para desviar su atención, y quitarle la llave de su casa de la parte interior de la chaqueta: El lugar donde le había visto guardarla cada mañana al salir de su casa. Aguardó una semana antes de introducirse en la vivienda. Una semana en la que le dio tiempo al hombre a olvidarse de que había perdido la llave seguramente en algún lugar de la ciudad, y que nadie sabría qué puerta abria. Cuán equivocado estaba de pensar aquello. Esa noche se había traído compañía a casa, como cada día libre que tenía. Cuando no trabajaba prefería la intimidad de su casa y una noche pagada al completo con una cortesana de lujo. A sabiendas de aquello, Eileen había comprado una de las botellas de vino que usaba Ricfrid, y la hubo intercambiado aquella misma mañana, cuando el hombre había salido a jugar a los dados con su grupo habitual. Había aguardado hasta llegada la noche y esperado a que el veneno eliminase al estorbo que iba a suponer la mujer. Ella no merecía morir por el acero de sus dagas.

Eileen observó los cadáveres y la sangre que teñía el suelo de rojo. Tomó aire y se quitó la máscara para que el viento que atravesaba la ventana acariciase su rostro al completo. No sentía lástima por ellos, ni siquiera por la mujer. No merecía morir, aquello era innegable, sin embargo cada quién se busca su propia suerte, o eso creía Eileen, y sin saberlo, la mujer había pasado a ser el peón en un tablero en el que no había lugar para ella. El juego había terminado. 

 

Puso rumbo a la ventana, evitando pisar los charcos de sangre cuyos brazos eran cada vez más extensos. Se encaramó a la misma y respaldada por las sombras trepó bajo la negrura de la noche, en silencio hasta llegar al tejado. Se acomodó la capucha y tomó asiento en el borde, dejando sus piernas caer y meciéndolas con calma mientras observaba el mar y el ruido de las olas romperse contra los muros del puerto, siendo la única fuente de sonido. La brisa marina era agradable y la humedad más que palpable, sin embargo una voz rompió aquella calma.

- Eres más rápida de lo que recuerdo.

Eileen no se tensó, tampoco se sorprendió. 

- ¿No tenías mejores cosas que hacer, Kaz?- Preguntó, sin desviar la mirada del horizonte, donde las estrellas se fusionaban con la mar.

- Esta noche tenía poco de lo que ocuparme.- Indicó, acercándose y tomando asiento junto a ella, tratando de seguirle la mirada hacia la lejanía.- Y Donovan me había comentado acerca de lo que estabas tramando, quería ver cuánto habías mejorado.

- ¿Satisfecho?

- Es posible…- Dijo mientras se dibujaba una carismática sonrisa en su rostro.- ¿Por qué él?- Preguntó, curioso.

Ella dejó escapar un pequeño suspiro y apoyó las palmas de las manos sobre las tejas, reclinándose un poco hacia atrás, lo suficiente como para poder ver a Kaz a su izquierda.

- Era una persona deleznable...

- La caridad nunca ha sido una de tus virtudes.

- No fue la caridad lo que me impulsó a aceptar el trabajo.

- ¿Una buena paga? - La miró.

- No…- Meditó esa respuesta un par de segundos.- En parte, pero no.

- ¿Entonces?

- Su hija.- Indicó tras un suspiro.- Las maltrataba a ella y a su madre cuando era una infante, y cosas peores. Iba a cambiar el testamento. Cuando me contrató…-Dijo, mientras sacaba la llave que había robado hacía ya una semana, mostrando seis dígitos impresos en ella.- me dijo que su padre era muy olvidadizo, y tenía la combinación de su caja fuerte grabada en su llave.

- ¿Y había algo más de interés aparte del nuevo testamento?

- Libros de contabilidad de su negocio y una dorada.- Explicó, dando un leve toque a una bolsita que colgaba de su cinto. Luego le observó con más detenimiento.- No has venido a ver si había mejorado, ¿verdad?

- En absoluto.

- ¿Qué ocurre?

Kaz subió uno de los pies al tejado y dejó el otro colgando, apoyó su antebrazo en la rodilla  y paseó la mirada por las calles vacías.

- Me gustaría que volvieras a ser mi araña.

Eileen crispó los labios durante un mero instante. Su araña… Lo fue en un pasado, era una forma elegante de camuflar las palabras “espía” y “asesina” en una sola.

- Tienes a Miryam y a un montón de candidatos que seguro que matarían por ese puesto…

- Eileen, sé que tienes mucho encima con lo de los Jefferson, yo también estoy moviendo hilos, ya lo sabes.- Indicó, dirigiendo la mirada hacia ella.- Fuiste un efectivo muy importante para nosotros. Muchos no comprendieron los motivos de tu marcha tras lo ocurrido, pero no te odian, aún sienten respeto… han pasado unos años y algunos aún hablan de ti, ¿sabes?

Ella suspiró de forma pesada y se pasó ambas manos por el rostro, inclinándose de nuevo.

- ¿Y qué es lo que quieres que haga, Kaz?- Lo miró, arrugando parcialmente el gesto.

- Mírate…- La señaló vagamente con un gesto de la mano que reposaba sobre su rodilla.- Surgiste de la nada, Eileen. Pasaste de ser noble a esclava, de esclava a mendiga, de mendiga a ladrona… y ahora eres una de las más reputadas en tu campo. Y lo has hecho sola.

- No lo hice sola.- Replicó frunciendo el entrecejo.- Cassian y tu…

Kaz la interrumpió.

- Nosotros te dimos los medios… pero tú forjaste tu propio camino. Cualquiera puede recibir una espada y que le enseñen a usarla… Pero no todos son capaces de hacerse un nombre por ello, la mayoría acaban como meros mercenarios o simples soldados a las órdenes de otros, sin cuestionarse para qué utilizan esa espada.- Hizo una breve pausa, observando la hoja quebrada que Eileen llevaba en el cinto, la espada que había pertenecido a Cassian, su hermano.- Tengo entendido que incluso partiste hacia el norte, a la caída del Destructor. He oído las cosas que hiciste, y no soy el único… la gente te necesita, Eileen.

Eileen no pudo evitar dejar escapar una risa seca, apagada.

- ¿Y qué les enseño, Kaz? ¿A dormir con un cuchillo bajo la almohada todas las noches? ¿A instalar siete cerraduras en la puerta de sus casas por si una mafia viene a matarles? ¿A cómo despertarse cada noche por las pesadillas de la gente que van a perder? - Chasqueó la lengua, negando.- ¿Cuántos aprendices novatos tienes, Kaz? ¿Diez, quince, veinte quizá? La mitad habrán muerto antes de terminar los entrenamientos y tras las primeras misiones.

- No todos valen para esta vida, Eileen, lo sabes perfectamente. Nadie les obliga a ello y están avisados de los riesgos. Tu, sin ir más lejos estuviste al borde de la muerte en varias ocasiones, incluso llegaste a morir una vez.

- No me lo recuerdes…

- Olvidar nunca te hará ningún bien. Es esencial recordar tu pasado, tus fracasos, tus derrotas y tus victorias… y aprender de ellas.

- Ya no eres mi maestro… no me des la vara con lecciones filosóficas.

- Te guste o no, siempre seré tu maestro. No olvides quién eres ni de dónde vienes.

Eileen no pudo evitar desviar la mirada hacia su anillo familiar.

- Lo tengo más que presente, Kaz.

- ¿Sabes qué diría Cassian en estas circunstancias?

- ¿Qué?

- Que no conviene quedarse tanto tiempo cerca de la escena de un crimen.- Bromeó. Los labios de Eileen se curvaron ligeramente en una sutil sonrisa, y Kaz prosiguió.- Pero lo segundo que diría… es que confía en ti. Y yo también.- Estiró el brazo para colocarlo sobre los hombros de Eileen, de forma casi fraternal.- Sé que duermes con ese cuchillo bajo la almohada para sentirte segura, pero te aseguro que tus enemigos, además de eso, duermen con un ojo abierto y el frío aliento de la muerte erizando el vello de sus nucas. Te temen, Eileen, temen al monstruo que han creado y que ahora no pueden detener… no les devuelvas el favor.

Ella frunció los labios, apretándolos y dibujando una delgada y tensa línea entre ellos.

- Eres un cabrón al que siempre se le ha dado demasiado bien convencerme de las cosas, ¿lo sabías?

Kaz dejó escapar algo similar a una risa.

- Por supuesto que lo sé. Y más te vale aceptar mi oferta… tengo a casi una veintena de novatos con la promesa de que “el Espectro” en persona les iba a entrenar.- Se encogió de hombros.

Eileen lo fulminó con la mirada.

- ¿Y qué ocurriría si me niego?

- Me temo que nunca lo sabremos.- Le dio un par de palmadas en el hombro antes de ponerse en pie.- Te veo mañana por la mañana.

- ¿Por la mañana?- Alzó la mirada hacia él.- Odio madrugar, ¿recuerdas por qué me quitaste todos los turnos de guardia hace años?

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kaz.

- Cierto… Con tenerte de un humor de perros una vez al mes me era suficiente. Al atardecer pues.- Indicó, paseando por el tejado y acercándose al borde que daba al patio trasero.- Intenta no matar a nadie durante la primera sesión.

- No prometo nada.- Respondió, girándose para ello y no encontrando a nadie allí. Se había esfumado. Negó con la cabeza y se puso en pie, divisando una vez más el horizonte antes de abandonar también el tejado de aquella casa.

 

No tardó demasiado en alejarse del lugar y llegar al conglomerado de edificios, el cual atravesó por los tejados, como era habitual en ella. Varias dudas orbitaban alrededor de su cabeza, no era la primera vez que tenía aprendices, en el pasado había entrenado a algunas personas, y actualmente se encontraba entrenando a Kiran y Runa… Sin embargo acababa de aceptar algo más que ser la maestra de un puñado de novatos, estaba ocupando el lugar que antaño le había correspondido a Cassian, su legado… La espada rota que portaba a la cintura parecía pesar más que nunca mientras se deslizaba de tejado en tejado, ¿daría la talla? ¿sería una buena maestra para tantos novatos? ¿estaría a la altura de lo que Cassian fue en su día? Las preguntas la asaltaban de forma constante, angustiante incluso. Hacía años ella había sido una de esos aprendices, había tenido que aprender a sostener un arma entre sus manos hasta que sus dedos se llenaron de callos. Había tenido que aprender a dormir por turnos de pocos minutos para entrenar el subconsciente y despertarse con el más mínimo sonido para estar alerta, a moverse sin ser vista, a robar, a matar y a engañar, a ser eficaz y letal. Ya había sido la Araña de Kaz en el pasado, sin embargo, ahora era algo a una escala mucho mayor.

Se detuvo en uno de los tejados, sintiendo una presión en el pecho que casi amenazaba con expulsar su corazón, las voces de su cabeza se hallaban inquietas, intranquilas. Algunas de ellas con dudas, otras orgullosas, felices y tristes… era un vendaval de emociones, demasiadas al mismo tiempo. Con la mano algo temblorosa se llevó su petaca a los labios y dio tres largos tragos al contenido de la misma, secándose después con la manga. Había convivido con esas voces desde que tenía uso de razón, no era algo que la atormentase, sin embargo no podía evitar preguntarse por qué sentía miedo, ella era Eileen, el Espectro, entrenada bajo las condiciones más duras y superviviente de múltiples encuentros, había conocido a la muerte y había partido hacia el fin del mundo… esto no era nada. Agitó la cabeza y guardó la petaca, sin embargo, en el proceso sus dedos rozaron la empuñadura de la espada de Cassian, todo pareció calmarse en cuestión de meros segundos. La empuñó, deslizó los dedos con delicadeza por la hoja, ofreciéndole una caricia desde el nacimiento hasta la zona astillada donde se había quebrado. Sus ojos se dirigieron a la gema engarzada en la empuñadura, roja y casi con vida propia, podía sentir el fuego latente dentro de ella, un fuego que le insuflaba valor, coraje y esperanza.

Acercó la empuñadura a sus labios y besó con ternura aquella gema, colocando después la espada contra su pecho mientras cerraba los ojos.

- Tu legado vivirá conmigo…- Susurró al viento, a la noche, a la luna y las estrellas… a su amado.

 

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