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Tali_Zorah_N7

Legado de Sombra y Ruina

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I La Araña
II Recuerdos amargos y futuros inciertos
III Estrellas de Hielo
IV Linaje (Capítulo 1)

 

(Serie de relatos que acontecerán en el presente del personaje de Eileen)

Editado por Tali_Zorah_N7
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El viento aullaba a través de la ventana abierta, meciendo las cortinas cual espectros al amparo de la oscura noche sin luna que teñía la cúpula celeste de luto, reclamando las vidas que iban a ser segadas. La cama, en la pared opuesta a la ventana, se encontraba deshecha, las sábanas estaban parcialmente por el suelo junto a una almohada ligeramente desplumada, manchada por el charco de vino sobre el cual se encontraba. Una copa volcada yacía junto a la mesita de noche del lado diestro de la cama, agrietada en uno de sus extremos, y el contenido se mezclaba más adelante junto a la sangre del cadáver de una mujer desnuda, cuyos hilos de sangre provenientes de nariz, ojos, boca y orejas, creaban delgados ríos carmesí que se dispersaban a pocos metros del cuerpo. El hombre jadeaba y sollozaba, confuso, atónito, aterrorizado mientras el frío filo de la daga presionaba peligrosamente contra su cuello. Los muslos del hombre chorreaban; se lo había hecho encima cuando tras la confusión de la repentina muerte de su amante, dos ojos azules habían resplandecido en la oscuridad de la habitación, delatando la posición de la asesina, quien ahora se encontraba frente a él, presionándole contra la pared y obligándole a mirar la máscara que portaba.

- ¿P-por qué? - Alcanzó a decir él, que apenas se atrevía a tragar saliva por si el afilado filo del arma penetraba en su piel.

- ¿Por qué? - Sonrió ella, acercándose al oído para acariciarlo con su aliento.- Porque el mundo no es justo. La vida no es justa...-dijo.- Juria te manda recuerdos...- Susurró entonces con una frialdad equiparable a la del acero que no tardó en rebanar el cuello del individuo.

Él abrió con fuerza los ojos, comprendiendo. La observó con pavor mientras se llevaba ambas manos a su cuello, tratando de aferrarse a la vida que se le escapaba a raudales a través de aquella herida… pronto cayó al suelo y las convulsiones se fueron apagando, al igual que sus jadeos ahogados en sangre, muriendo a los pies de Eileen; como muchos otros lo habían hecho antes… como muchos otros lo harían después.

Se arrodilló y limpió la sangre de la daga en la almohada manchada de vino envenenado, luego observó a la mujer. Ella no tenía culpa de nada, tan solo de haber aparecido en el lugar equivocado en el momento equivocado, de juntarse con quién no debía. Eileen le cerró los ojos que aún permanecían abiertos, con las venas marcadas en una mirada vacía que se perdía en las enrevesadas sombras de la noche, aquellas que habían presenciado su muerte y que ahora acunaban su cuerpo. 

Ricfrid había sido su objetivo desde hacía dos semanas. Tiempo en el que estuvo estudiando a su víctima desde que salía el sol hasta que se ponía. Lo había seguido a todas partes, había sido su sombra, un espectro. Había estudiado su comportamiento, los lugares que frecuentaba, la gente con la que socializaba y lo más importante: sus hábitos. Ridfric era un putero adinerado que había perdido a su mujer hacía una década, el hombre rondaría los cincuenta y pocos años y era un habitual en el prostíbulo del puerto de Ventormenta, estaba cerca de su negocio e iba siempre que terminaba su jornada. Eileen había tenido que infiltrarse como una de las cortesanas para seguirle y buscar una oportunidad para conseguir lo que quería. Fue en el prostíbulo donde se percató de que el hombre detestaba el vino, pero que sin embargo siempre invitaba a sus “compañeras de cama” a un par de copas antes de proceder al acto, todo un caballero. Y allí fue donde ataviada en sedas, tropezó y derramó una bebida sobre la camisa del hombre para desviar su atención, y quitarle la llave de su casa de la parte interior de la chaqueta: El lugar donde le había visto guardarla cada mañana al salir de su casa. Aguardó una semana antes de introducirse en la vivienda. Una semana en la que le dio tiempo al hombre a olvidarse de que había perdido la llave seguramente en algún lugar de la ciudad, y que nadie sabría qué puerta abria. Cuán equivocado estaba de pensar aquello. Esa noche se había traído compañía a casa, como cada día libre que tenía. Cuando no trabajaba prefería la intimidad de su casa y una noche pagada al completo con una cortesana de lujo. A sabiendas de aquello, Eileen había comprado una de las botellas de vino que usaba Ricfrid, y la hubo intercambiado aquella misma mañana, cuando el hombre había salido a jugar a los dados con su grupo habitual. Había aguardado hasta llegada la noche y esperado a que el veneno eliminase al estorbo que iba a suponer la mujer. Ella no merecía morir por el acero de sus dagas.

Eileen observó los cadáveres y la sangre que teñía el suelo de rojo. Tomó aire y se quitó la máscara para que el viento que atravesaba la ventana acariciase su rostro al completo. No sentía lástima por ellos, ni siquiera por la mujer. No merecía morir, aquello era innegable, sin embargo cada quién se busca su propia suerte, o eso creía Eileen, y sin saberlo, la mujer había pasado a ser el peón en un tablero en el que no había lugar para ella. El juego había terminado. 

 

Puso rumbo a la ventana, evitando pisar los charcos de sangre cuyos brazos eran cada vez más extensos. Se encaramó a la misma y respaldada por las sombras trepó bajo la negrura de la noche, en silencio hasta llegar al tejado. Se acomodó la capucha y tomó asiento en el borde, dejando sus piernas caer y meciéndolas con calma mientras observaba el mar y el ruido de las olas romperse contra los muros del puerto, siendo la única fuente de sonido. La brisa marina era agradable y la humedad más que palpable, sin embargo una voz rompió aquella calma.

- Eres más rápida de lo que recuerdo.

Eileen no se tensó, tampoco se sorprendió. 

- ¿No tenías mejores cosas que hacer, Kaz?- Preguntó, sin desviar la mirada del horizonte, donde las estrellas se fusionaban con la mar.

- Esta noche tenía poco de lo que ocuparme.- Indicó, acercándose y tomando asiento junto a ella, tratando de seguirle la mirada hacia la lejanía.- Y Donovan me había comentado acerca de lo que estabas tramando, quería ver cuánto habías mejorado.

- ¿Satisfecho?

- Es posible…- Dijo mientras se dibujaba una carismática sonrisa en su rostro.- ¿Por qué él?- Preguntó, curioso.

Ella dejó escapar un pequeño suspiro y apoyó las palmas de las manos sobre las tejas, reclinándose un poco hacia atrás, lo suficiente como para poder ver a Kaz a su izquierda.

- Era una persona deleznable...

- La caridad nunca ha sido una de tus virtudes.

- No fue la caridad lo que me impulsó a aceptar el trabajo.

- ¿Una buena paga? - La miró.

- No…- Meditó esa respuesta un par de segundos.- En parte, pero no.

- ¿Entonces?

- Su hija.- Indicó tras un suspiro.- Las maltrataba a ella y a su madre cuando era una infante, y cosas peores. Iba a cambiar el testamento. Cuando me contrató…-Dijo, mientras sacaba la llave que había robado hacía ya una semana, mostrando seis dígitos impresos en ella.- me dijo que su padre era muy olvidadizo, y tenía la combinación de su caja fuerte grabada en su llave.

- ¿Y había algo más de interés aparte del nuevo testamento?

- Libros de contabilidad de su negocio y una dorada.- Explicó, dando un leve toque a una bolsita que colgaba de su cinto. Luego le observó con más detenimiento.- No has venido a ver si había mejorado, ¿verdad?

- En absoluto.

- ¿Qué ocurre?

Kaz subió uno de los pies al tejado y dejó el otro colgando, apoyó su antebrazo en la rodilla  y paseó la mirada por las calles vacías.

- Me gustaría que volvieras a ser mi araña.

Eileen crispó los labios durante un mero instante. Su araña… Lo fue en un pasado, era una forma elegante de camuflar las palabras “espía” y “asesina” en una sola.

- Tienes a Miryam y a un montón de candidatos que seguro que matarían por ese puesto…

- Eileen, sé que tienes mucho encima con lo de los Jefferson, yo también estoy moviendo hilos, ya lo sabes.- Indicó, dirigiendo la mirada hacia ella.- Fuiste un efectivo muy importante para nosotros. Muchos no comprendieron los motivos de tu marcha tras lo ocurrido, pero no te odian, aún sienten respeto… han pasado unos años y algunos aún hablan de ti, ¿sabes?

Ella suspiró de forma pesada y se pasó ambas manos por el rostro, inclinándose de nuevo.

- ¿Y qué es lo que quieres que haga, Kaz?- Lo miró, arrugando parcialmente el gesto.

- Mírate…- La señaló vagamente con un gesto de la mano que reposaba sobre su rodilla.- Surgiste de la nada, Eileen. Pasaste de ser noble a esclava, de esclava a mendiga, de mendiga a ladrona… y ahora eres una de las más reputadas en tu campo. Y lo has hecho sola.

- No lo hice sola.- Replicó frunciendo el entrecejo.- Cassian y tu…

Kaz la interrumpió.

- Nosotros te dimos los medios… pero tú forjaste tu propio camino. Cualquiera puede recibir una espada y que le enseñen a usarla… Pero no todos son capaces de hacerse un nombre por ello, la mayoría acaban como meros mercenarios o simples soldados a las órdenes de otros, sin cuestionarse para qué utilizan esa espada.- Hizo una breve pausa, observando la hoja quebrada que Eileen llevaba en el cinto, la espada que había pertenecido a Cassian, su hermano.- Tengo entendido que incluso partiste hacia el norte, a la caída del Destructor. He oído las cosas que hiciste, y no soy el único… la gente te necesita, Eileen.

Eileen no pudo evitar dejar escapar una risa seca, apagada.

- ¿Y qué les enseño, Kaz? ¿A dormir con un cuchillo bajo la almohada todas las noches? ¿A instalar siete cerraduras en la puerta de sus casas por si una mafia viene a matarles? ¿A cómo despertarse cada noche por las pesadillas de la gente que van a perder? - Chasqueó la lengua, negando.- ¿Cuántos aprendices novatos tienes, Kaz? ¿Diez, quince, veinte quizá? La mitad habrán muerto antes de terminar los entrenamientos y tras las primeras misiones.

- No todos valen para esta vida, Eileen, lo sabes perfectamente. Nadie les obliga a ello y están avisados de los riesgos. Tu, sin ir más lejos estuviste al borde de la muerte en varias ocasiones, incluso llegaste a morir una vez.

- No me lo recuerdes…

- Olvidar nunca te hará ningún bien. Es esencial recordar tu pasado, tus fracasos, tus derrotas y tus victorias… y aprender de ellas.

- Ya no eres mi maestro… no me des la vara con lecciones filosóficas.

- Te guste o no, siempre seré tu maestro. No olvides quién eres ni de dónde vienes.

Eileen no pudo evitar desviar la mirada hacia su anillo familiar.

- Lo tengo más que presente, Kaz.

- ¿Sabes qué diría Cassian en estas circunstancias?

- ¿Qué?

- Que no conviene quedarse tanto tiempo cerca de la escena de un crimen.- Bromeó. Los labios de Eileen se curvaron ligeramente en una sutil sonrisa, y Kaz prosiguió.- Pero lo segundo que diría… es que confía en ti. Y yo también.- Estiró el brazo para colocarlo sobre los hombros de Eileen, de forma casi fraternal.- Sé que duermes con ese cuchillo bajo la almohada para sentirte segura, pero te aseguro que tus enemigos, además de eso, duermen con un ojo abierto y el frío aliento de la muerte erizando el vello de sus nucas. Te temen, Eileen, temen al monstruo que han creado y que ahora no pueden detener… no les devuelvas el favor.

Ella frunció los labios, apretándolos y dibujando una delgada y tensa línea entre ellos.

- Eres un cabrón al que siempre se le ha dado demasiado bien convencerme de las cosas, ¿lo sabías?

Kaz dejó escapar algo similar a una risa.

- Por supuesto que lo sé. Y más te vale aceptar mi oferta… tengo a casi una veintena de novatos con la promesa de que “el Espectro” en persona les iba a entrenar.- Se encogió de hombros.

Eileen lo fulminó con la mirada.

- ¿Y qué ocurriría si me niego?

- Me temo que nunca lo sabremos.- Le dio un par de palmadas en el hombro antes de ponerse en pie.- Te veo mañana por la mañana.

- ¿Por la mañana?- Alzó la mirada hacia él.- Odio madrugar, ¿recuerdas por qué me quitaste todos los turnos de guardia hace años?

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kaz.

- Cierto… Con tenerte de un humor de perros una vez al mes me era suficiente. Al atardecer pues.- Indicó, paseando por el tejado y acercándose al borde que daba al patio trasero.- Intenta no matar a nadie durante la primera sesión.

- No prometo nada.- Respondió, girándose para ello y no encontrando a nadie allí. Se había esfumado. Negó con la cabeza y se puso en pie, divisando una vez más el horizonte antes de abandonar también el tejado de aquella casa.

 

No tardó demasiado en alejarse del lugar y llegar al conglomerado de edificios, el cual atravesó por los tejados, como era habitual en ella. Varias dudas orbitaban alrededor de su cabeza, no era la primera vez que tenía aprendices, en el pasado había entrenado a algunas personas, y actualmente se encontraba entrenando a Kiran y Runa… Sin embargo acababa de aceptar algo más que ser la maestra de un puñado de novatos, estaba ocupando el lugar que antaño le había correspondido a Cassian, su legado… La espada rota que portaba a la cintura parecía pesar más que nunca mientras se deslizaba de tejado en tejado, ¿daría la talla? ¿sería una buena maestra para tantos novatos? ¿estaría a la altura de lo que Cassian fue en su día? Las preguntas la asaltaban de forma constante, angustiante incluso. Hacía años ella había sido una de esos aprendices, había tenido que aprender a sostener un arma entre sus manos hasta que sus dedos se llenaron de callos. Había tenido que aprender a dormir por turnos de pocos minutos para entrenar el subconsciente y despertarse con el más mínimo sonido para estar alerta, a moverse sin ser vista, a robar, a matar y a engañar, a ser eficaz y letal. Ya había sido la Araña de Kaz en el pasado, sin embargo, ahora era algo a una escala mucho mayor.

Se detuvo en uno de los tejados, sintiendo una presión en el pecho que casi amenazaba con expulsar su corazón, las voces de su cabeza se hallaban inquietas, intranquilas. Algunas de ellas con dudas, otras orgullosas, felices y tristes… era un vendaval de emociones, demasiadas al mismo tiempo. Con la mano algo temblorosa se llevó su petaca a los labios y dio tres largos tragos al contenido de la misma, secándose después con la manga. Había convivido con esas voces desde que tenía uso de razón, no era algo que la atormentase, sin embargo no podía evitar preguntarse por qué sentía miedo, ella era Eileen, el Espectro, entrenada bajo las condiciones más duras y superviviente de múltiples encuentros, había conocido a la muerte y había partido hacia el fin del mundo… esto no era nada. Agitó la cabeza y guardó la petaca, sin embargo, en el proceso sus dedos rozaron la empuñadura de la espada de Cassian, todo pareció calmarse en cuestión de meros segundos. La empuñó, deslizó los dedos con delicadeza por la hoja, ofreciéndole una caricia desde el nacimiento hasta la zona astillada donde se había quebrado. Sus ojos se dirigieron a la gema engarzada en la empuñadura, roja y casi con vida propia, podía sentir el fuego latente dentro de ella, un fuego que le insuflaba valor, coraje y esperanza.

Acercó la empuñadura a sus labios y besó con ternura aquella gema, colocando después la espada contra su pecho mientras cerraba los ojos.

- Tu legado vivirá conmigo…- Susurró al viento, a la noche, a la luna y las estrellas… a su amado.

 

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El viento gélido de aquel lugar aullaba arrastrando los copos de nieve contra su piel desnuda, como si se tratasen de diminutas estacas de hielo enfurecidas, dispuestas a desgastarla, a erosionarla como lo haría un mar revuelto con una roca solitaria en mitad del océano. El único ruido que contrastaba con aquello era el castañeo de sus dientes y el sonido del acero chocando contra el acero. Los pies de Eileen comenzaban a no sentir nada al estar en contacto perpetuo contra el frío invernal en forma de una capa helada, cubriendo la superficie del lago sobre el cual se encontraba. El resto de su piel se encontraba también al descubierto, a excepción de un par de zonas refugiadas en telas maltrechas. Se hallaba enrojecida y magullada por las caídas sufridas contra la capa sólida de hielo bajo ella, sus largas orejas comenzaban a estar amoratadas en sus extremos, al igual que sus dedos. Cada bocanada de aire eran un millar de agujas perforando sus pulmones desde el interior, conquistando el calor de su interior como si un ejército helado se dispusiera a doblegarla. 

Cassian estaba a poco más de un metro de ella, sosteniendo una espada en cada mano mientras la rodeaba como un lobo lo hace con su presa, a la espera del momento oportuno para abrir sus fauces. Él sí que iba vestido, protegido contra el frío que amenazaba con llevarse la poca cordura que le restaba a Eileen. Se estaba volviendo loca solo de verle: llevaba unas gruesas botas de piel de oso, recubiertas por dentro, unos pantalones forrados, no muy delgados pero tampoco demasiado gruesos, lo suficiente como para otorgarle movilidad y protegerlo del clima, su chaqueta de un marrón oscuro le escalaba hasta el cuello, ocultando el vaho que sus labios desprendían al soltar el aire, y sus manos enguantadas no se veían castigadas ni agarrotadas por el frío al sostener el arma. Seguía dando vueltas a su alrededor. Ella seguía sus movimientos, ambos trazaban círculos que de poder verse el rastro, seguramente se sobrepondrían los unos con los otros, casi formando una espiral interminable.

Eileen sabía que Cassian la quería poner a prueba, quería que sus pies no pudiesen más con el contacto del hielo, que sus dedos no respondiesen aferrados a la empuñadura congelada de sus dagas, que su respiración se descontrolase, presa del frío y la hipotermia; pero no iba a permitirlo. Se mantenía centrada en la mirada de ojos castaños de su amante, de su maestro; y de vez en cuando se atrevía a mirar sus pies por si arremetía contra ella de nuevo. Y entonces llegó, un pie se adelantó y luego el otro, y tan pronto como pudo haber ocurrido un pestañeo las armas de ambos chocaron a la altura de la cintura, y luego otra vez a la altura del hombro, Cassian trató de barrerla con un ágil movimiento del pie izquierdo pero ella saltó y lo esquivó, entonces contraatacó; buscó un golpe en su brazo, pero Cassian lo bloqueó con soltura, luego intentó golpearle en el muslo con una de las dagas, pero tampoco dio resultado. Antes de que pudiese darse cuenta, la rodilla de Cassian había tenido un encuentro con su rostro y la había hecho caer de costado. Se llevó las manos a la nariz y pudo comprobar que sangraba, el hielo teñido de rojo bajo ella lo confirmó. Escupió y se puso en pie de nuevo, o lo intentó, resbalando varias veces en el proceso, con magulladuras nuevas en los codos y en su hombro izquierdo, algunas de ellas comenzaban a sangrar.

Cassian la observó, sin compasión.

- Tu exigiste este entrenamiento. Levanta, no seré clemente contigo.- Indicó con dureza.

- No he pedido tal clemencia… - Escupió de nuevo y terminó por ponerse en pié.

- Bien, pues no habrás de esperar tal cosa de tus enemigos.- Enunció poco antes de lanzar un ataque contra ella, haciendo descender la hoja de la espada en dirección al hombro de la chica. Fue desviado por una de las dagas, pero sin querer darle tiempo Cassian trató de atacar de nuevo; dos veces su hoja fue bloqueada por las dagas de Eileen en la guardia alta, y una en la baja, más no pudo bloquear un corte poco profundo en el costado. La espada de Cassian se tiñó de rojo. Ella no gritó.- Te confías demasiado rápido, cuando has bloqueado un par de golpes crees que todos serán igual de rápidos, que todos tendrán la misma fuerza.

- Cierra el pico y sigue atacando.- Espetó Eileen, temblando, tiritando, congelada… pero con la mirada ardiente.

- ¿Estás segura de eso?

Eileen asintió.

El vaho escapó del cuello alto de Cassian en lo que seguramente fue un suspiro, asintió y tan pronto como la nube de vapor que había generado se hubo evaporado reanudó sus ataques. Golpes horizontales y verticales trataron de romper la guardia de Eileen, siendo bloqueados o desviados la mayoría de ellos, recibiendo un par de cortes en el hombro y otro a la altura del pecho, en una de sus costillas. Sin detenerse, Cassian lanzó algunas estocadas, buscando que Eileen retrocediera; y lo logró. Luego volvió a acometer con varios golpes, más ninguno de ellos parecía tan fuerte ni certero como los anteriores, Eileen se dio cuenta, pese a ello seguía retrocediendo con cada choque de aceros, adentrándose más en el lago. Finalmente, Cassian tras romper la guardia de Eileen hizo un arco en el aire con la espada y terminó por hacerle un corte en el muslo, provocando la caída de la elfa. Sin embargo, el grosor del hielo esta vez no era como el de la orilla, se habían internado más en el lago. Eileen vio a Cassian retroceder con gráciles y cuidadosos movimientos cuando ella se desplomó, y se preguntó el motivo. Poco antes de plantearse siquiera lo que iba a acontecer… ocurrió, el hielo se quebró bajo sus piernas flexionadas y cayó a lo que parecía ser un abismo oscuro y más frío que la muerte misma. Sentía como si docenas de manos la apresaran de las extremidades y la arrastrasen hacia el fondo, provocándole punzadas de dolor que a duras penas conseguía ignorar. Aleteaba torpemente en un círculo imperfecto que se había formado a su alrededor, tratando de aferrarse a algo. Clavó las uñas en el hielo mientras tomaba bocanadas de aire que no hacían más que apuñalarle el pecho cada vez que respiraba. Cassian no la ayudó. Tras unos pocos minutos logró subir al hielo y tumbarse boca arriba, con la respiración descontrolada, su pecho subía y bajaba a un ritmo preocupantemente alto, con temblores en todo su amoratado cuerpo. Cassian la miró, se le había desprendido la tela que cubría su pecho, no pareció importarle y ella no parecía haberse dado cuenta.

- Te dejas llevar por la rabia, la ira. Eso te vuelve débil, predecible, errática.

Apenas podía moverse, no sentía los dedos de las manos y apenas sentía los pies, su mundo se vio reducido a ese lago sobre el que se encontraba, y fue en ese momento en el que entendió que el color de la muerte, es el blanco.

 

Quizá fuera la brisa marina que el viento arrastraba con crueldad a través de la ventana entreabierta, quizá fuera el frío que había reclamado cada ápice del pequeño cuarto del Barril en el que se encontraba Eileen, o quizá fuera la imagen de Cassian recogiendo su cuerpo al borde de la inconsciencia tendido en el hielo lo que la hizo abrir los ojos y tomar aire de forma abrupta. Se incorporó con la misma velocidad a la que una serpiente embiste para sentenciar una vida y se llevó una mano al pecho; estaba seca, sin embargo sentía el agua calando a través de su piel hasta sus huesos, aún sentía la nieve en sus pestañas y sus mejillas congeladas. Tres largos años se interponían entre aquél invierno y esa noche. Tres largos años que parecían disfrazarse de milenios. ¿Cómo podría alguien estar muerto si su recuerdo seguía estando tan presente? ¿Cómo podía haberse apagado aquella mirada si cada vez que la recordaba le ardía el pecho? Dejó escapar un pesado suspiro cargado de melancolía, puso los pies desnudos sobre el suelo de madera y se dirigió hacia la ventana para cerrarla. A través del cristal podía contemplar la noche; la luna aún reinaba sobre el cielo junto a un millar de estrellas henchidas que ponían su belleza y esplendor a disposición de cualquiera dispuesto a alzar la mirada, y no podía evitar preguntarse si él estaría allí, acompañado del resto que hacía largo tiempo habían partido. El cristal se empañó tras otro suspiro antes de que se alejara. Empuñó la espada rota de Cassian, que reposaba sobre el escritorio y se sentó en la cama son ella en su regazo. Observó los grabados de la hoja y la frase ahora incompleta que una vez hubo adornado la espada en todo su esplendor.

 

Le costó mucho aceptar su pérdida cuando recibió la noticia. Ni siquiera pudo despedirse de él como es debido. Kaz había sido para ella un apoyo desde que se reencontraron, la seguía tratando como a una hermana, de algún modo seguían unidos por un vínculo que Cassian había forjado. Cassian había hecho tantas cosas… no podía evitar sentirse perdida cuando pensaba en él, en lo fácil que sería todo si siguiera con vida.

- ¿Sabes? Dicen que todos morimos dos veces.- Le habiá dicho Kaz una noche-. Una cuando dejamos escapar nuestro último aliento, y otra; cuando la última persona que nos recuerda pronuncia nuestro nombre por última vez.

Ella atesoraba aquellas palabras como algo más valioso que el oro o la información, pues en cierto modo la reconfortaban, le hacían creer que sus seres queridos aún seguían con ella; como una rosa en un campo de lodo, lleno de caballos al galope.

No pudo volver a dormir, las voces de su cabeza siseaban inquietas, y la imagen que se vislumbraba a través de la ventana la atraía más que volver a sumirse en otro de sus sueños o pesadillas, siendo las segundas las más abundantes. Dejó de nuevo la espada en su lugar y se vistió con unos calcetines simples y ropa cómoda; unos pantalones largos que le iban algo grandes y una camisa holgada que había pertenecido a Kaz. Se puso su calzado, abrió la puerta con cuidado de que las bisagras no se quejasen demasiado y atravesó el pasillo de habitaciones. La mayoría de los Despojos dormían en los pisos inferiores, a nivel de calle, sin embargo el piso superior de aquél edificio estaba reservado para ciertos miembros; Eileen ocupaba la habitación con mejores vistas a la mar, Kaz se la había cedido tras su retorno hacía ya un un tiempo a pesar de que ella apenas le daba uso; él se había quedado con la habitación contigua. Al llegar a las escaleras subió en dirección a la azotea, palpando las paredes con las manos a causa de la oscuridad, tocó la puerta y al intentar abrirla pudo comprobar que estaba cerrada. Un pequeño gruñido escapó de su garganta y a tientas se quitó un par de horquillas y maniobró para forzar la cerradura. A Kaz no le gustaba que nadie saliese a la azotea, algunos de los Despojos tenían enemigos y otros simplemente armaban demasiado jaleo, así que solía mantenerla cerrada casi siempre. Finalmente la cerradura cedió y la puerta le permitió el paso.

La azotea en sí no era demasiado grande, un cuadrado de unos 10 metros de ancho y otros 10 de largo con una barandilla a su alrededor. Las vistas daban al puerto y a las calles por la parte derecha, conectaba con un edificio a varios metros de distancia en la parte trasera e izquierda y de cara podía verse una imagen limpia del mar y el cielo. Cerró con delicadeza la puerta y se dirigió hacia el frente, apoyándose sobre la barandilla con los codos, cruzando los antebrazos y relajando los hombros. La brisa pese a ser fría era refrescante, y sin duda prefería pasar frío al aire libre que encerrada entre cuatro paredes. Suspiró y contempló como una nube de vapor se elevaba por encima de sus labios, esparciéndose en el infinito. Las estrellas brillaban con intensidad y las constelaciones eran más que visibles desde allí, se acomodó la trenza a la espalda y alzó la mirada para deslizarla entre todas ellas, desde el herrero, pasando por el bardo hasta la de los amantes. Eileen apretó los puños, recordando las historias que su padre narraba cada noche antes de acostarla; aún recordaba su voz, o eso creía, había pasado tanto tiempo… No podía evitar preguntarse cómo sería su vida si nada de aquello hubiese ocurrido. Ese tipo de pensamientos la atosigaban más veces de lo que le gustaría admitir. ¿Habría decidido estudiar magia como sus padres, sería hoy una gran aprendiz de maga? ¿Habría seguido los pasos de su tía y se habría convertido en forestal? ¿En una gran bailarina? ¿En mercader? Pensar en aquello no hacía más que alimentar a las voces más oscuras, y lamentó no haberse llevado consigo su petaca y su medicación.

Permaneció varios minutos allí, respirando el aire húmedo del lugar e intentando conciliar su mente más revuelta que la mar. Llevaba varias noches sin poder dormir y demasiadas cosas dando vueltas alrededor de su cabeza, quizá no había sido tan buena idea tratar de reflexionar, siempre que lo intentaba terminaba sucumbiendo ante las dudas y la melancolía. Se dio la vuelta para volver a su cuarto, tal vez intentar dormir un par de horas más era mejor idea que perder el tiempo con preguntas absurdas que nadie iba a responder; sin embargo al girarse un frío similar al de aquél invierno arremetió contra ella, endureció el gesto y apretó la mandíbula antes de volver a mirar hacia la mar y las estrellas.

- No eres real…- Dijo, esforzándose por tragar saliva, su boca se había quedado seca en cuestión de segundos.- Lárgate… te ignoraré como al resto-. Llevaba varios meses sufriendo de alucinaciones; ella lo había atribuído a la falta de sueño y efectos secundarios de las drogas y la medicación que solía tomar con frecuencia para calmar su mente.

- Soy tan real como tú me lo permitas-. Pronunció en Thalassiano una voz femenina.

El labio de Eileen tembló, amenazando con quebrarla. Su corazón parecía estar aferrado por un puño que no estaba dispuesto a liberarlo.

- M-mamá…- Pronunció en el mismo idioma, con algo de dificultad para mantener el tono firme.

- Mi pequeña flor-. Murmuró Elana, acercándose a ella para posar con delicadeza una de sus manos sobre la de Eileen.

- ¿Por qué? - Preguntó, sintiendo el tacto y negándose a mirarla de nuevo.- ¿Por qué me haces esto?

- Tú me has puesto aquí, cielo.- Sonrió, Eileen no la veía pero sabía que lo hacía.- Quizá sea por el frío.

Eileen trató de centrar sus pensamientos que vagaban de un lado para otro, casi tan descontrolados como su respiración. Quizá hubiese sido el frío, quizá… Su madre fue una gran criomante antaño, de pequeña solía jugar con ella lanzando bolas de nieve en verano, en el jardín trasero de la casa, su padre siempre aparecía para emboscarla cuando menos lo esperaba y poco después acudía su hermano al rescate. Aquellos instantes de felicidad en familia los guardaba bajo llave en lo más profundo de su memoria, donde ninguna voz pudiese corromperlos.

- Quizá.- Endureció más el gesto.- ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

- Mi niña, siempre estoy ahí.- Murmuró con la más dulce de las voces y haciendo girar el rostro de Eileen con una de sus manos para que la mirase.- Porque siempre me has llevado aquí.- Puso un dedo sobre el pecho de su hija y luego lo deslizó hacia su frente.- Y aquí.

Eileen no opuso resistencia, la observó y la mano que aprisionaba su corazón lo hizo ahora con más fuerza. Su rostro era como lo recordaba, eran tan parecidas… De pequeña siempre le dijeron que era el vivo retrato de su madre, no se equivocaban.

- Dudo que te haya traído para filosofar.- Dijo mientras se le escapaba una pequeña risa que buscaba enmascarar la lágrima que rodaba ahora por su mejilla.

- ¿Y por qué me has traído? - Volvió a deslizar las manos hasta posarlas sobre las de Eileen, aunque su zurda tomó un desvío para acariciarle la trenza.- Te ha crecido mucho el pelo-. Añadió.

Por algún motivo aquellas palabras no hicieron más que aumentar la presión sobre su pecho. Se suponía que ella estaba destinada a seguir los pasos de su madre, siempre soñó con ser una bailarina y danzar con la misma majestuosidad que ella. A menudo solía practicar a solas en su cuarto, cuando cumplió los seis años le regalaron un surtido de vestidos como los de su madre y decoraron una parte del salón para asemejarlo a un escenario y que les hiciera una actuación a los tres. Poco después había hecho un pacto con su madre, una suerte de juego que consistía en ver cuál de las dos lograba tener el pelo más largo.

- Hicimos una apuesta, ¿recuerdas?

- Como si fuera ayer.

Eileen chasqueó la lengua y apartó ligeramente la mirada.

- Esto es inútil, estoy hablando conmigo misma.

- Estás evadiendo mi pregunta, pequeña.

Aquello provocó que emitiera un gruñido mudo.

- No lo sé, mamá, no sé por qué te he traído. No sé por qué traje a papá o a Cassian, a Jesper o a los muchos otros a los que he tenido que ignorar durante este tiempo.- Respodió, hastiada.- No lo sé…

- Calma, está bien no saber las cosas, no tienes que entenderlo todo, cielo.

- No, no está bien, mamá.- Buscó su mirada.- No está bien porque me estoy volviendo loca; más aún.

Elana le acarició la trenza unos instantes más antes de ponerle la zurda sobre el hombro.

- ¿Qué es lo que te atormenta?

Esa pregunta casi provocó que se riese con amargura.

- No lo sé… ¿todo? - Dejó escapar un bufido, negando.- Estoy intentando juntar los fragmentos que quedaron de nuestra familia, buscando a tus parientes y a los de papá y cruzando los dedos porque nada malo les haya ocurrido, entrenando y cuidando a Arthur y rezando a todos los astros por que no cometa una estupidez, tratando de seguir con el legado de Cassian, luchando contra una mafia que me viene grande, sobreviviendo e intentando llevar una vida medianamente decente-. Su respiración se había acelerado y agitado a medida que pronunciaba aquellas frases.- Estoy aterrada, mamá.- Confesó tras una breve pausa.

Su madre pareció sonreír con ternura y deslizó la mano por el brazo de Eileen hasta llegar al encuentro con la suya.

- Mi dulce estrella, ¿recuerdas qué hicimos tu padre y yo cuando dijiste que querías ser maga?

Eileen apretó los labios, dibujando una línea tan delgada como tensa.

- Me regalásteis una varita y un par de libros.

- ¿Y cuando decías que querías ser una forestal?

- Me hicisteis un arco y colgasteis dianas del jardín… se me daba de pena.

- ¿Y cuando te dio por querer ser una acróbata?

- Papá puso una cuerda entre dos árboles y una red bajo ella.

- ¿Hace falta que siga con más ejemplos? De pequeña cambiabas de idea más que de calcetines.

- N-no… pero no sé a dónde quieres llegar con esto.

- ¿Qué es lo que te decíamos cuando preguntabas si podías ser una cosa u otra?

- No lo sé.

- Piensa.

Eileen chasqueó la lengua.

- Decíais que podía ser lo que quisiera…

- Exacto, porque solo tú eres dueña de tu destino, mi vida. Deja que el miedo y la duda guíen tus pasos y serán ellos quienes los den por tí.

- ¿Y… qué hago?

- Me temo que ya conoces la respuesta a esa pregunta.

Suspiró y desvió la mirada hacia el mar, la oscuridad de la noche hacía parecer que el propio cielo se fusionaba con el océano en el horizonte, creando una bella estampa con el efecto del oleaje y las estrellas sobre él.

- Conozco la respuesta, pero… no sé si soy capaz.- Musitó, buscando algo de consuelo en aquél paisaje.

- Si tú no eres capaz, entonces nadie lo será.- Le acarició la mano.- Siempre has tenido elección, pudiste haberte rendido tantas veces… y mira lo lejos que has llegado.

- ¿Y de qué sirve… si todos a los que he amado no viven para verlo?

- Mi niña, no puedes cargar con la muerte de todos, es un peso que no te corresponde.

Eileen apretó los puños alrededor de la barandilla con tanta fuerza que se volvieron blancos y un nudo se apoderó de su garganta.

- T-te echo de menos…

Elana sonrió.

- Estoy orgullosa de tí, mi vida.

Aquellas palabras aliviaron toda la presión que había sobre su pecho, la liberaron. El nudo de su garganta se deshizo tan solo para dar rienda suelta a todas las lágrimas que había estado conteniendo, y caían por sus mejillas como estrellas que descendían a la mar. Sentía las caricias de su madre en la mano y un brazo rodeándola, sintió paz pese a llorar de tristeza, alegría y añoranza al mismo tiempo.

- No hay cerradura que te detenga, ¿verdad? - Entonó una voz, pero aquella no era la de su madre, no. Era la de Kaz.- ¿Con quién hablas? - Preguntó mientras cruzaba la puerta y oteaba la azotea, en busca de otra persona.

Eileen se enjugó las lágrimas de forma torpe y apresurada.

- Con nadie, tan solo... - se giró un mero instante para ver a Kaz, percatándose también de la ausencia de la figura que hacía escasos segundos la había estado abrazando. Hubiese jurado que aún sentía el calor donde antes la había acariciado.- tan solo divagaba a solas.

Kaz afiló la mirada.

- ¿Estás llorando?

- No.- Negó rápidamente mientras le daba nuevamente la espalda y se secaba las mejillas con las mangas de la camisa.- El… el viento debe de haber arrastrado algo y se me ha metido en el ojo.

- Ya… ¿en los dos?

- En los dos.

- ¿Y esa cosa que se te ha metido en los dos ojos, se ha ido ya, o necesitas ayuda?

Eileen se tomó unos segundos para llenar los pulmones de aire y dejar escapar un suspiro mientras dirigía la mirada a aquella preciosa estampa una vez más.

- Se ha ido ya…

 

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El atardecer bañaba de tonos amarillos y anaranjados los tejados de la ciudad de Dalaran, como un cuadro al que aún le faltan retoques en la mezcla de colores. Sin embargo en aquel lienzo podía vislumbrarse una protuberancia únicamente perceptible para los ojos más entrenados; Eileen estaba situada bajo el amparo de la sombra de una pequeña torre en uno de los tejados, no siendo más que el trazo de una silueta diluida en acuarela en aquella estampa, invisible a las miradas de los transeúntes que caminaban de allí para allá varios metros más abajo, enfrascados en sus quehaceres. Le había costado tener que cobrarse un par de favores para poder llegar a la ciudad y abandonarla más adelante de forma no oficial, por suerte para ella más de uno se encontraba endeudado en favores hacia su persona.

Los ojos de la asesina habían estado fijos en una vivienda, en un negocio, en dos figuras que vagaban de un lugar al otro como lo hacían muchos otros comerciantes de la ciudad. Sin embargo ella ya había estado antaño en aquella casa, en el local y junto a aquella pareja. Había reconocido el emblema familiar tallado en piedra justo encima de la entrada a la casa, dos serpientes enroscadas con unos ojos que antaño relucieron, y que ahora se habían apagado casi tanto como el sol que le delegaba su lugar a una luna a la que aún le faltaban un par de horas para ser coronada. El emblema había sido casi borrado de forma intencionada, quizá podía pasar desapercibido ante los ojos de quien no lo conociese, pero no frente a los de ella, ella portaba aquél emblema enroscado en su dedo anular. Del mismo modo, había reconocido los rostros de sus abuelos, castigados por una suerte de peso a sus espaldas que ella conocía a la perfección; era el peso de la pérdida, de la responsabilidad, el peso de un legado que recaía sobre los hombros de aquellos que creían ser los últimos de un linaje manchado en sangre y hacía tiempo olvidado.

 

- …¿estás segura de querer hacerlo…? - Susurró una de las muchas voces siseantes en su cabeza que parecía querer tomar la iniciativa y alzarse sobre todas sus hermanas; sonaba como una y varias al mismo tiempo, luchando todas al unísono por decir la misma palabra con tonos distintos y a destiempo.

- He de hacerlo.- Musitó ella.

- ...siempre podemos volver, hacer como que nada de esto ha ocurrido…

- Hemos llegado demasiado lejos para ello, la decisión está tomada.

Un silencio.

- …¿Eileen?...

- ¿Si?

- ...tienes miedo, no tienes por qué tenerlo…

- No tengo miedo.

- ...tampoco tienes por qué mentir…

Un gruñido escapó de su garganta, seguido de una mueca.

Era cierto, de algún modo u otro tenía miedo. Tenía miedo de arrastrar la ruina a los guijarros que quedaban de lo que una vez fue su familia, pues ella sabía que la muerte y las sombras iban de su mano, para lo bueno y para lo malo; y eran dos acompañantes que habían estado a su vera desde que no era más que una niña… una niña que se manchó las manos de sangre demasiado pronto, tan pronto como vió derramarse la de sus seres queridos. Y la vió, por supuesto que la vió, y jamás olvidó lo que fue obligada a presenciar, pues a día de hoy aquella escena se repetía una y otra vez en sus más oscuras pesadillas.

 

Tenía seis años, no hacía demasiado que había sido su cumpleaños y su madre había encargado un vestido para ella; era de color azúl celeste y se iba degradando a medida que descendía hasta tornarse más oscuro, sin mangas y con estrellas que brillaban en sus faldas, allí donde el color simulaba el de un cielo nocturno. Ella había adorado aquél vestido, lo había cuidado e incluso había reservado un lugar para él en su cuarto, en uno de los maniquíes donde solían estar sus vestidos de baile. Sin embargo, aquella noche ensució su vestido, y para su desgracia aquél fue el menor de sus problemas. 

Se encontraba en su cuarto, junto a su madre y Ferguson, su fiel acompañante gatuno que se hallaba enroscado sobre sus piernas emitiendo la dulce melodía de un ronroneo; era negro como la tinta y estaba algo relleno porque Eileen le consentía demasiado. Su madre le estaba leyendo un cuento cuando los gritos de algunos miembros del servicio se hicieron audibles pese a provenir del piso inferior. El libro se cerró de forma brusca y la pequeña Eileen había discernido algo parecido a la preocupación dibujándose en el rostro de su madre.

¿Qué ocurre? - Había preguntado.

Elana le colocó un dedo en los labios con delicadeza

- Espera aquí, pequeña.- Se deslizó por el borde de la cama hasta ponerse en pie y, con sutileza empuñó un cuchillo de la bandeja donde le habían traído la cena a Eileen, había estado enferma un par de noches.

Eileen vio como su madre se acercaba a la puerta, cautelosa, no entendía el por qué.

- Mamá, no hemos terminado el cuento.- Reprochó.

- Cielo, baja la voz.- Le indicó en un tono privado mientras acercaba la oreja a la puerta.

- Pero…

Su madre retrocedió.

Varios pasos eran audibles ahora desde el pasillo, eran violentos, imponentes y no pretendían esconderse. Elana se acercó hasta a los pies de la cama, Eileen no entendía qué estaba ocurriendo, tan solo quería terminar su cuento. Ferguson tensó las orejas y dirigió la mirada hacia la puerta que no tardó en abrirse como si un vendaval la hubiese obligado a abandonar su postura. La mano de Elana brilló y el frío se condensó a su alrededor, pero al ver las figuras al otro lado del umbral ese brillo se apagó.

- Tú…

La silueta de un hombre se dibujaba tras el cuerpo de una de las sirvientas que sollozaba con una hoja al cuello, sin embargo, las palabras de su madre no iban dirigidas hacia él, sino al hombre que se le adelantó y entró en el cuarto, observando con curiosidad los peluches, los vestidos y el maniquí vacío donde debía de estar el que Eileen llevaba puesto.

- Ha pasado mucho tiempo, mi querida Elana.- Entonó aquél hombre, su voz era firme, segura, e iba vestido con ropas de cuero oscuro. Sus facciones eran difíciles de reconocer en la sombra, sin embargo su barba negra y larga, con varias canas era más que llamativa.- Veo que la pequeña ha crecido…- Le dedicó una mirada a Eileen.

- Saca tus asquerosos ojos de encima suyo, ni la mires.

- ¿Dónde ha quedado la cortesía de los Reveck, querida?

El hombre se acercó más a la cama, y una estaca de hielo salió desprendida de la mano de Elana hacia él; sin embargo fue absorbida por un vórtice del vacío sin llegar siquiera a acercarse a su objetivo. Eileen se asustó y se cubrió con las sábanas, como si estas fueran un escudo que pudiese protegerla contra todos los males del mundo, arrulló a Ferguson con ella y cerró los ojos con tanta fuerza que le dolió.

- Sal de mi casa, Julius…

Julius sonrió y le dedicó una mirada al hombre que había abierto la puerta.

- Déjanos.

El hombre no parecía estar muy de acuerdo con aquella orden, pero la obedeció a sabiendas de que Julius era mucho más poderoso que Elana, llevándose consigo a la mujer que seguía sollozando.

- ¿Qué es lo que quieres? - Preguntó Elana.- ¿Dónde está mi marido?

- Esperándote.- Afiló su sonrisa.- Tendréis que venir con nosotros para verle... sin cometer ninguna estupidez, por supuesto.

- A mi hija no la vais a meter en esto.

- Me temo que es tarde para eso, ¿no crees? - Se acercó a Elana y aprisionó su rostro con la mano, ejerciendo presión sobre sus mejillas.- Que desperdicio…- Siseó, observándola.

Elana le escupió a la cara.

Julius la soltó solo para pasarse la mano por el rostro y mirarla, molesto. Luego le dio un bofetón a Elana con la suficiente fuerza como para hacer que se tambaleara, sin embargo Elana respondió, y lo hizo con el cuchillo que había tomado, regalándole un corte profundo en el pómulo y parte de la mejilla.

Julius dejó escapar un gruñido que a Eileen le había parecido el de una bestia enfurecida.

- ¿Desafiante hasta el final, verdad? - Se cubrió la herida con la mano antes de abofetear la de la elfa. El cuchillo voló hacia la cama, tiñendo las sábanas de rojo conforme las sombras comenzaban a engullir la habitación.

 

A día de hoy, Eileen conocía multitud de insectos y animales venenosos de los que extraía veneno. Hay una raza de arácnido conocida como araña de manantial. Las hembras son negras como un trazo de noche y poseen el instinto maternal más extraordinario de todo el reino animal. Cuando queda fecundada, la hembra construye una suerte de receptáculo y lo abastece de cadáveres para luego encerrarse dentro. Si el nido se incendia, preferiría morir entre las llamas que abandonarlo. Si la asedia un depredador, morirá defendiendo a su camada. Tan firme es el rechazo a abandonar a sus crías que, una vez puestos los huevos no saldrá ni siquiera para cazar. Y se hace merecedora de su título como la madre más feroz del reino animal  porque, cuando ya ha devorado todas las existencias que había almacenado, la hembra empieza a devorarse a sí misma. Pata tras pata. Arranca las extremidades de su tórax. Come solo cuanto necesita para mantener su vigilia. Cercena y mastica hasta que solo le queda una pata, aferrada al sedoso tesoro que crece debajo de ella. Y cuando sus crías rompen la cáscara y emergen de las hebras en las que tanto amor las envolvió su madre, disfrutan allí mismo del primer festín de sus vidas. La madre que las concibió. Eileen, hoy día, sabía que su madre no había tenido nada, absolutamente nada que envidiar de la más fiera araña de manantial de todo Azeroth.

 

- ...se agota el tiempo...

Eileen alzó la mirada y contempló que el sol estaba por desvanecerse. Vio salir a una última clienta, se había tomado su tiempo en rellenar una pequeña cesta de mimbre que llevaba colgada del brazo, podía distinguir algunos de los ingredientes que había adquirido por su color al estar embutidos en bolsitas transparentes.

Se deslizó por los tejados con soltura, como un felino transformado en sombra que surcaba un mar de tejas. Se aferró a uno de los bordes del tejado que daba a la callejuela tras el negocio y se dejó caer para pivotar en la fachada y aferrarse a la ventana de lo que suponía, era una casa. Se dejó caer y repitió el proceso en dos ventanas más hasta poder tocar tierra. Una vez abajo se ajustó como pudo sus ropas, obviamente no había ido embutida en su armadura de cuero; llevaba puesta una blusa blanca con mangas anchas y los hombros al descubierto, con un escote apenas visible, atado por un cordel blanco en forma de lazo. Llevaba unos pantalones ajustados de tela oscura, elástica, y unos zapatos que le permitiesen trepar y a su vez fueran decentes. 

Pudo verse reflejada en el cristal de la ventana que daba a un bajo en ese mismo callejón, estaba ligeramente despeinada tras el descenso.

- Van a pensar que soy un desastre.- Dijo, tratando de peinarse con las manos.

- ...no estarían muy alejados de la realidad…

- No ayudas.

- …¿te has acordado de comer hoy?...

Un breve silencio.

- Vete a la mierda

Una risa en su cabeza.

Y un quejido en su estómago.

Abandonó el callejón y echó un vistazo a las calles que poco a poco comenzaban a dejar de ser tan transitadas. Se internó en ellas y dobló la esquina, observó la fachada que tanto tiempo llevaba vigilando desde la lejanía, el emblema rascado sobre la roca para tratar de borrarlo, los dos peldaños descompensados con los que tantas veces se había tropezado de pequeña y el mismo aroma a productos naturales y químicos en sus fosas nasales. Tomó aire y subió aquellos escalones, sin tropezar esta vez, y al entrar le dio la vuelta a un pequeño cartel indicando que el negocio ahora se encontraba cerrado. Cuando cruzó la puerta vio de cerca a aquella pareja, se encontraban tras el mostrador, a pocos metros de distancia. Su abuelo, Aulë, estaba ordenando una pequeña estantería, rellenando huecos para que quedase más bonito a la vista; sin embargo su abuela Yavanna la estaba observando a ella.

El quejido de su estómago se convirtió en un una contracción que le hizo subir la bilis por la garganta. Tuvo que controlarse para evitar una arcada.

- Buenas tardes, jovencita. ¿Puedo ayudarla en algo? - Pronunció la mujer. Eileen no recordaba su voz, pero sí sus facciones, su cabello que ondulaba como una cascada de oscuridad a su espalda y el maquillaje discreto que siempre había adornado su ya de por sí perfecto rostro.

- ...ya es tarde para huír…

Una mueca torció sus labios.

- B-buenas tardes.- Dijo tras darse cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin hablar, el suficiente como para atraer también la atención de su abuelo. Ambos parecían estar observándola con curiosidad.- Yo… tan solo…- Estaba buscando las palabras, sin embargo todas batallaban a la vez en su lengua y ninguna parecía alzarse con la victoria.- Yo…

- Tranquila joven, aquí no nos comemos a nadie, ¿hm? - Entonó su abuelo, tratando de tranquilizarla.- ¿Te ha mandado tu madre a por algo y no recuerdas el qué? - Aquello era algo habitual, muchos de los nombres de los ingredientes no eran fáciles de recordar.

Ella negó.

- N-no, no es eso, yo tan solo…

- Disculpa, ¿nos hemos visto antes? - Preguntó su abuela.

Bilis otra vez.

- No. Osea… sí. Quiero decir… - Las palabras se tropezaban ahora sin llegar siquiera a entonarse, sentía un sudor frío recorrer su cuerpo a medida que su respiración se aceleraba.

- ¿Quieres un vaso de agua? Tienes mala cara… - Le ofreció su abuelo.

Ella asintió.

Aulë se agachó y tomó una jarra de agua de detrás del mostrador junto a un vaso de cristal y los dejó frente a él. Habían varios pasos que los separaban y Eileen no estaba segura de si podría atravesar la distancia.

- ...estás quedando como una inútil…

Apretó los labios y se acercó al mostrador, tratando de no tropezarse por el camino.

- Tu cara me es familiar.- Indicó su abuela, que al tenerla más cerca la observaba con detenimiento.

Eileen tomó el vaso con la mano temblorosa, derramando ligeramente un par de gotas que no tardaron en besar el suelo en lo que ella daba un par de largos tragos, retrasando la respuesta.

- Yo… estuve aquí hace varios años.- Confesó.

- No suelo quedarme con las caras de todos nuestros clientes.- Respondió, sin estar del todo convencida por la respuesta de Eileen.

Lo cierto era que Eileen era el vivo retrato de su madre, y quizá sentía algo de pena por el hecho de que fuera a Elana a quién recordaban al verla a ella.

Su abuelo se apoyó con ambos codos en la barra, observándola. Él era rubio, de facciones más marcadas y con un hoyuelo en la barbilla, similar al de su padre.

- Yo… - Suspiró, tomando al miedo del cuello y obligándole a ponerse de rodillas. Sabía que si no era directa no sería capaz de decirlo, este tipo de sutilezas nunca había sido su fuerte.- Vosotros no erais los encargados de este local hace años, ¿verdad?

La sorpresa invadió el rostro de ambos, pues aquella pregunta les había cogido por sorpresa.

- ¿Por qué preguntas eso, jovencita? - Quiso saber su abuelo.

Eileen tomó aire, llenándose del coraje que no había tenido durante los últimos años.

Porque yo solía acompañar a mi padre, hace años, cada fin de semana durante sus jornadas.- Miró hacia los estantes de la izquierda, donde había una gran selección de componentes.- Yo le ayudaba a ordenar los ingrediente antes de abrir, a hacer el recuento del dinero al cerrar a cambio de un puñado de cobres para comprar una bolsa de dulces...- No pudo ocultar una leve sonrisa de añoranza.- Porque cada sábado, después de cerrar, íbamos a cenar con mi madre a casa de mis abuelos... Y porque en el marco de esa puerta, - Señaló en dirección a la puerta tras el mostrador que daba a la trastienda.- están marcados los centímetros que crecía cada mes... 

Hubo un silencio, un silencio de incredulidad, de asimilación. Sus abuelos se miraron el uno al otro en un par de ocasiones, no hizo falta que observasen el marco o las muescas que había en él, luego centraron nuevamente la atención en ella.

- Por todas las estrellas… -Musitó su abuela, cubriéndose la boca con una mano.- ¿Eileen? ¿La pequeña Eileen?

El miedo se liberó de su agarre y respondió aún con más dureza.

La pequeña Eileen había muerto hacía demasiados años, la noche que se manchó su vestido, la noche en que la muerte y las sombras se habían convertido en sus acompañantes.

 

El hombre que se había marchado había vuelto sin la mujer que sollozaba, tan solo para aprisionar ahora a su madre entre sus brazos, quién se retorcía como un pez en su anzuelo. Julius se había acercado ahora a la cama y destapado a Eileen para tomarla del brazo, sin embargo Ferguson había erizado su pelo y alertado al hombre con un bufido que poco tenía que envidiar al de la más fiera de las serpientes. La advertencia fue ignorada y cuando Julius tomó a la pequeña Eileen del brazo, Ferguson saltó y se aferró con sus zarpas al torso del hombre, lanzando un fiero arañazo en su cuello.

- ¡Estúpido gato! - Ladró, cogiéndo con brusquedad al animal de su pellejo.

- ¡No! - Gritó Eileen, rompiendo el silencio en el que se había sumido bajo esa barrera de sábanas que ya no la protegía.- ¡Suéltalo! - Suplicó entre lágrimas, con la cara mocosa, entre hipidos y sollozos.

Julius agarró la cabeza del valiente Ferguson con una mano y los hombros con la otra, y con facilidad, retorció. El sonido fue como el de palos mojados al partirse, demasiado intenso para que lo ahogara el chillido de Eileen; un sonido que ella jamás olvidaría. Y al final de aquellos chasquidos húmedos, la mano de Julius sostenía la flácida silueta negra, una forma cálida, suave y ronroneante junto a la que Eileen había dormido desde que tenía uso de razón, y que ya nunca ronronearía más.

Eileen aulló, se retorció, gritó y lloró, se resistió tanto que a Julius le fue difícil arrastrarla fuera de la cama a la que ella se aferraba como si su vida dependiera de ello; sin embargo terminó por soltar las cobijas... y más tarde alguien lamentaría el motivo.

Fue arrastrada junto a su madre a lo largo del pasillo plagado de puertas a ambos lados, muchas de ellas abiertas y registradas, hasta ser llevadas al salón del piso superior, donde Vannan, su padre, y Jesper, su hermano, se encontraban arrodillados y con los rostros maltratados. Habían varios cuerpos sin vida tras ellos, rastros de sangre y varios muebles volcados y rotos, la gran mesa en la que siempre cenaban se encontraba ahora astillada y parcialmente tumbada, le faltaban dos patas. Las sillas desperdigadas por el salón, tiradas por ahí sin ningún tipo de cuidado, platos y vasos rotos bañaban el suelo en decenas de esquirlas de cristal y porcelana. Eileen lloró aún más cuando vio lo que le había ocurrido también a su hogar, no podía dejar de preguntarse por qué ocurría aquello, quién era esa gente y por qué les hacían eso.

Con brusquedad fue lanzada al suelo y un hombre se colocó detrás de ella para agarrarla de los brazos, se los retorció hasta el punto en el que ella creía que iban a partirse, no podía quitarse de la cabeza el sonido que había emitido el cuello de Ferguson al quebrarse, y que sus brazos pronto podrían emitir aquel sonido también. Su madre la siguió, siendo inmovilizada también, y un hombre alto, similar a Julius pero con una barba más cuidada, colocó la hoja de una espada en el cuello de su padre, obligándole a alzar la mirada.

- Esto, Vannan, es lo que ocurre cuando luchas contra el destino, cuando no dejas que… se te guíe por el buen camino.- Dijo, casi con un tono lastimero muy mal interpretado, mientras se llevaba la otra mano al pecho, regocijándose del estado en el que se encontraba.- Se me… parte el corazón tan solo de pensar en cómo tu familia va a tener que pagar el precio de tus actos.

- Eres una escoria que jamás logrará su cometido, Marcus. No mientras...- Espetó su padre.

La hoja de la espada se elevó un tanto más y golpeó de costado y con brusquedad la mejilla de Vannan.

- ¿Mientras vivas? - Preguntó Marcus, afilando una sonrisa en su rostro.- Ese es un problema que no tardaremos en solventar. 

Vas a tener que pasar por encima de mí.- Se revolvió Jesper, agitando los brazos de aquel que le sujetaba a él también.

- Oh vaya, la pequeña culebra saca sus colmillos a relucir.- Añadió Julius, que se acercaba por el lado opuesto a Marcus, rodeando a Jesper como un depredador.

- ¡No le toques Julius! - Exclamó Elana.

- ¿Por qué? - Sonrió él, colocándose detrás de Jesper.- ¿Acaso temes que pueda hacerle daño?

- Ya tenéis lo que queríais.- Gruñó Vannan.- Soltad a nuestros hijos, ellos no tienen nada que ver con esto.

Marcus se enroscó alrededor de Vannan, esgrimiendo una sonrisa cargada de malicia.

- Tan solo… si nos lo suplicas.

Vannan apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, y se retorció inútilmente del agarre de quien lo tenía sujeto.

- Por favor.- Ladró entre dientes, como si aquellas palabras le ardieran en la lengua.- Suelta a nuestros hijos.

Marcus afiló su sonrisa.

- Me temo que no te he oído, ¿podrías decirlo con más claridad? - Le obligó a alzar más el rostro con la hoja de aquella espada.

Vannan cerró los ojos y llenó sus pulmones de aire, dejando escapar su orgullo y la ira en un suspiro.

- Por favor… - Sus facciones se endurecieron, y los músculos de su mandíbula se tensaron.- os lo ruego... soltad a mis hijos, dejad que se vayan… me lo debéis.

Marcus aplaudió entonces, aspirando el aroma y embriagándose de aquellas palabras, de la situación. Sus aplausos sobrevolaban por los sollozos de Eileen como un ave que desciende y roza la superficie del mar.

- Entrañable, ¿no lo crees, querido hermano?

- Sin duda.- Añadió Julius.- Sería una completa falta de compasión hacer algo como… esto.- No había terminado siquiera de pronunciar sus palabras cuando el acero de una daga extraída de su cinto brilló y danzó, abriéndole el cuello a Jesper sin miramiento alguno. Su expresión fue de horror, de sorpresa y de desesperación cuando cayó al suelo, trataba inútilmente de respirar y convulsionaba, ahogándose con su propia sangre, pataleaba y se retorcía, arqueando su cuerpo con las manos sobre su herida mientras la alfombra se teñía de rojo.

Eileen chilló y agachó la mirada, llorando, no había dejado de hacerlo desde que toda aquella pesadilla había comenzado. Vannan y Elana se retorcieron, maldijeron, clamaron y escupieron insultos entre lágrimas… sin embargo, Eileen solo oía el sonido de su hermano luchando por respirar, las risas de aquellos dos hombres seguidas por el resto de sus secuaces, y un millar de voces en su cabeza que parecían agitarse con la misma intensidad que la mayor tormenta que el mundo haya presenciado jamás. Todo se nubló, su mundo entero se derrumbó cuando la hoja de otro verdugo silenció los gritos y llantos de su madre, y la lanzó al suelo para que agonizase junto a Jesper. 

Vannan se quebró y se retorció inútilmente con todas sus fuerzas.

- Esto no quedará así… - Sollozó.- Tarde o temprano obtendréis lo que os merecéis.

Marcus y Julius rieron al unísono.

- ¿Si? ¿Y quién te vengará, Vannan? ¿Hm? - Canturreo Marcus.- ¿Tu preciada luna? ¿Tus insignificantes estrellas?

- El mundo te olvidará.- Añadió Julius.- Tu recuerdo se perderá y tu legado no serán más que cenizas arrastradas por el viento, condenadas a dispersarse y desaparecer.

- Aquí termina tu historia, Vannan.- Prosiguió Marcus, colocando la hoja de la espada en su cuello.- ¿Unas últimas palabras?

Vannan alzó la mirada y buscó los ojos llorosos de Eileen, como si se tratase de la única estrella solitaria que brilla en una noche sin luna.

- Te qui…

La hoja de Marcus se deslizó por su garganta, silenciando su derecho a despedirse.

El grito de horror de Eileen fue audible por toda la estancia, un grito que le heló la sangre incluso a los hermanos, cuya sonrisa flaqueó durante un instante.

- ¿Qué hacemos con la cría? - Preguntó el verdugo de Elana.

- Matadla.- Ordenó Marcus.

- Será un placer…- Siseó, acercándose a ella y ordenando con un cabeceo que la soltaran.

Error.

Eileen lloriqueaba, estirando ambos brazos hacia la nada, tratando de alcanzar las figuras borrosas de su familia con los ojos empañados en lágrimas; su nariz moqueaba y sus labios temblorosos apenas eran capaces de contener la saliva.

- Tranquila, pequeña, será solo un momento.- Dijo el verdugo, que se acercó para tomarla de las mejillas con una mano y alzarle el rostro mientras preparaba el cuchillo.

- ...mátale…

Eileen había escuchado aquella voz antes, una más fuerte que el resto, una que casi parecía inteligente. Le había ordenado algo cuando Julius la intentó arrastrar fuera de la cama, y ella había obedecido. Jugó con las manos debajo de la falda del vestido que tanto amaba, recordando las palabras que su padre le había dicho una vez: “cuando una estrella va a morir, brilla con más fuerza que nunca antes de desvanecerse”; y así lo haría ella. Cuando la sonrisa del verdugo se encontraba en su cenit, cuando el cazador creía que su presa había sido abatida, Eileen empuñó el cuchillo que había caído en la cama cuando Julius se lo arrebató a su madre, y con todas las fuerzas de las que pudo hacer acopio lo clavó en el ojo de aquél hombre, que emitió un alarido y se alejó con el acero incrustado en él, derramando sangre sobre las manos y el vestido de Eileen. La sensación y el sonido fueron como cortar fruta demasiado madura con un cuchillo recién afilado, algo que resultó escalofriante para ella.

El enorme verdugo no tardó en desplomarse, y las miradas de todos los presentes quedaron ahora fijas en Eileen, que seguía manteniendo ambas manos en alto como si aún sostuviera el cuchillo, temblando. El silencio que aquello ocasionó fue interrumpido tan solo por ligeros espasmos que emitía el cuerpo del verdugo, que poco a poco se iba apagando.

- Vaya, vaya…- profirió Marcus.- Al parecer es cierto eso que dicen de que las crías de serpiente son las que tienen el veneno más peligroso.- Caminó hacia Eileen, evitando pisar el cadáver del verdugo.- Asombroso… ¿no creeis? - Preguntó al resto de sus hombres, que asintieron en un silencio incómodo. - Me parece que… nuestra pequeña víbora no está dispuesta a morir, ¿qué te parece eso, querido hermano?

Julius se acercó, examinando a una Eileen que se encontraba en shock.

- Quizá podamos enseñarle que… la muerte es un regalo que, gentil y caballerosamente quisimos otorgarle y que sin embargo rechazó, querido hermano.- Una sonrisa se dibujó en su rostro.

- Sin duda me parece un destino más que acertado.- Marcus tomó a Eileen de ambas manos y la alzó como quien arranca una planta de la tierra húmeda. La miró fijamente a los ojos.- Ten por cierto, pequeña, que quebrantaremos tu cuerpo y espíritu de formas que no serías capaz de imaginar, hasta que no seas más que polvo. Empuñaras unos barrotes hasta que la edad y la costumbre los acepten y tu mente delire con una libertad que jamás se te tendrá permitida alcanzar. Desearás haber compartido el destino de tu patética familia y no haberte negado a aceptar el regalo de la muerte, pues nosotros no ofrecemos segundas oportunidades.- La dejó caer al suelo.- Lleváosla, harán buen uso de ella en la Reserva.

Eileen se había quedado en el suelo, sin importarle la caída, observando los cuerpos sin vida de su familia, sumiéndose en una oscuridad que la devoraba por dentro mientras era arrastrada de nuevo.

- ...yo cuidaré de ti ahora…

 

El sonido del reloj indicando que era la hora de cerrar el negocio la hizo volver en sí. Tuvo que pestañear un par de veces y mirar a su alrededor para cerciorarse de que aquello era real. Sus abuelos la observaban, incrédulos.

- ¿Eileen? - Repitió su abuela, que avanzaba ahora tras el mostrador para rodearlo y acercarse a ella.- ¿Eres tú… la pequeña Eileen? - Le colocó ambas manos en las mejillas tan pálidas como su rostro.

Ella tragó saliva.

- M-me temo que… la pequeña Eileen murió; hace mucho.- Eileen negó.- No soy la misma que antaño fui.

- Por todas las constelaciones.- Musitó su abuelo, acercándose también.- ¿cómo? - quiso saber.- ¿cómo pudo una niña de seis años sobrevivir? ¿dónde has estado? ¿qué ha sido de tí? - Las preguntas parecían acumularse a medida que el impacto de la noticia iba menguando.- ¿por qué no viniste antes?

Eileen se tensó, alzando un poco las manos para pedir tiempo.

- Sé... que son muchas las preguntas que os invaden la mente ahora, y os prometo que las responderé todas… pero por favor, antes tan solo quisiera pediros una cosa…- Se mordió la mejilla por dentro, tratando de contener el temblor que amenazaba con apoderarse de su labio inferior.

- Lo que sea.- Murmuró su abuela.

- ¿Qué necesitas, pequeña? - Añadió su abuelo.

Eileen trató de deshacer el nudo que se había formado en su garganta.

- Un abrazo.

Había vuelto a casa.

 

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