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Kyrie Eleison

[Libro] Compendio de Mitología Tauren

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1: Compendio de Mitología Tauren

1.1: Niebla del Amanecer

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Antes de la Edad de la Memoria, la suave Madre Tierra lanzó su soplo sobre las doradas neblinas de la aurora. Cuando las ambarinas nubes se detuvieron, aparecieron interminables campos de fino trigo y cebada. Este era el cuenco de sus obras: la gran cesta de la vida y la esperanza.

Los ojos de la Madre Tierra iluminaban las tierras en las que había insuflado la creación. Su ojo derecho, An’she (el sol), proporcionaba luz y calor a la tierra. Su ojo izquierdo, Mu’sha (la luna), proporcionaba paz y sueño a las conmovedoras criaturas de la aurora. Tal era el poder de su mirada, que la Madre Tierra cerraba un ojo soñador en cada giro del cielo. De esta manera, su amorosa mirada convirtió el día en noche para la primera alborada del mundo.

Mientras el ojo derecho iluminaba la dorada aurora, las suaves manos de la Madre Tierra se extendían a lo largo de las doradas planicies. Allí por donde se extendía la sombra de sus brazos, surgía un pueblo en el rico suelo. Los Shu'halo (los tauren) surgieron para dar gracias y para orar por su amada madre. Allí, en los interminables campos de la aurora, los hijos de la tierra juraron rendirle pleitesía y bendecir su nombre hasta el ocaso final del mundo.

1.2: Dolor de la Madre Tierra

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Vagando por los campos de la aurora, los hijos de la tierra escucharon los oscuros murmullos procedentes de debajo del mundo. Estos murmullos enseñaron a estas criaturas las artes de la guerra y el engaño. Muchos de los Shu'halo cayeron bajo el influjo de la sombra y decidieron abrazar la malicia y la perversidad. Cambiaron el sino de sus hermanos de alma pura y su inocencia quedó a la deriva, marchando sobre las planicies.

La Madre Tierra, con el corazón dolido por las dificultades que atravesaban sus hijos, no pudo resistir la contemplación de su caída. En su dolor, se arrancó los ojos y estos salieron disparados hacia los infinitos y estrellados cielos. An'she y Mu'sha, en el intento de aplacar la tristeza del otro, apenas pudieron perseguir el tenue brillo del otro a través del cielo. En cada giro del mundo, los gemelos aún se persiguen el uno al otro.

Aun privada de la vista, la Madre Tierra no podía apartarse durante mucho tiempo del mundo de su corazón. Permanecía atenta al sonido del viento y escuchaba los sonidos de todo ser viviente que habitaba los campos de la aurora. Su gran corazón siempre estuvo con sus hijos y su amorosa sabiduría nunca los abandonó.

1.3: El Ciervo Blanco y la Luna

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En los valientes corazones de sus hijos puros la Madre Tierra insufló el amor por la caza. Las criaturas de la primera aurora eran salvajes y fieras. Se escondían de la Madre Tierra, encontrando la paz en las sombras y en las tierras salvajes del lugar. Los Shu'halo se dedicaron a cazar a estas bestias allí donde las encontraron y las domesticaron con la anuencia de la Madre Tierra.

Sin embargo, un gran espíritu logró eludiros. Apa'ro (conocido como Malorne entre los elfos de la noche), era un orgulloso ciervo de pelaje blanco como la nieve. Su cornamenta hería a los mismísimos cielos y sus poderosas patas dejaban su impronta en las profundidades del mundo. Los Shu'halo empujaron a Apa'ro hacia los extremos del mundo de la aurora, creando una trampa para encerrar al orgulloso ciervo.

Intentando escapar, el gran ciervo saltó hasta el cielo. Aun así, cuando su huida parecía asegurada, su poderosa cornamenta quedó enredada en las estrellas. Aunque luchó y dio coces, Apa'ro no logró zafarse de la trampa de los cielos. Fue entonces cuando Mu'sha atrapó a su hermano, An'she, poco antes de la aurora. Mu’sha contempló cómo luchaba el poderoso ciervo y se enamoró de él inmediatamente.

La astuta luna hizo un trato con el gran ciervo: lo liberaría de la trampa de las estrellas si estaba dispuesto a amarla y a terminar con su soledad.

Mu’sha amó a Apa'ro y concibió un hijo de él. El hijo, considerado por algunos un semidiós, nació en los oscuros bosques de la noche. Se llamó Cenarius y vagó por el estrellado camino que conduce del mundo de la vigilia al reino de los cielos.

1.4: El Señor del Bosque y los Primeros Druidas

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Con el tiempo, el niño Cenarius alcanzó la estatura de su orgulloso padre. Hermano de los árboles y las estrellas, el gran cazador vagó por las cuatro esquinas del mundo, entonando bellas canciones de la aurora. Todas las criaturas saludaban su gracia y su belleza: no había nadie tan bello como el hijo de la luna y el ciervo blanco.

Finalmente, Cenarius se hizo amigo de los Shu’halo y les habló del mundo que gira. Los hijos de la tierra le conocían como un hermano y juraron ayudarle a cuidar los campos de la vida y las criaturas bien amadas de la gran Madre Tierra.

Cenarius enseñó a los hijos de la tierra a hablar con los árboles y las plantas. Los Shu'halo se convirtieron en druidas y realizaron grandes hazañas mágicas para cuidar la salud de la tierra. Durante muchas generaciones, los Shu'halo cazaron junto con Cenarius y mantuvieron el mundo a salvo de las sombras que acechaban en las profundidades.

1.5: Odio del Centauro

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A medida que la niebla de la aurora se difuminó, dando paso a la Edad de la Memoria, el semidiós Cenarius continuó su marcha a través de los campos del mundo. Los Shu'halo (tauren) se mostraban muy apesadumbrados a su paso y, finalmente, olvidaron la mayor parte de los quehaceres propios de un druida que Cenarius les había enseñado. Cuando pasaron generaciones, terminaron por olvidar cómo hablar con los árboles y los seres salvajes de la tierra. Los oscuros murmullos procedentes de las profundidades del mundo rozaron sus oídos una vez más.

Si bien los hijos de la tierra liquidaron los malignos murmullos, una terrible maldición cayó sobre las tribus nómadas. Desde las oscuras tierras del oeste llegó una horda de criaturas asesinas: los centauros. Caníbales y saqueadores, los centauros cayeron sobre los Shu’halo como una plaga. Aunque los valientes y cazadores Shu’halo lucharon con la bendición de la Madre Tierra en sus corazones, los centauros no pudieron ser derrotados.

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