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Pana Drake

La consciencia del bienhechor

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El merecido descanso

Había sido un duro día para Ulf Rackham.

Estaba en su límite, jadeaba y media camisa se encontraba manchada por el sudor, sin embargo, el árbol cayó causando un estruendoso ruido, cuyo eco resonó por todo el valle. Suspiró con pesadez, moviendo sus hombros hacia delante y hacia atrás en un movimiento rotatorio, descargando así la pesadez del trabajo diario al que se había estado sometiendo desde el amanecer.

Alzó la mirada, ante la puesta de sol, sonriente. Recogió las herramientas y se alejó por el sendero del bosque. No le costó avanzar por los innumerables árboles gigantescos, los cuales conocía de hace años, guiado por marcas y señales dejadas por él a modo de recordatorio, atravesando con fluidez el laberinto cuyas hojas se tornaban marrones por la llegada del otoño.

Suspiró, había llegado por fin a casa, tras una larga jornada de trabajo por fin podría descansar, cenar junto a su amada esposa y acurrucarse junto a ella en el lecho. La luz del interior de la cabaña se hacía cada vez más notoria conforme se acercaba y la tenue luz del sol se escondía. Una débil humareda escapaba por la chimenea, la cual delataba su posición claramente, y, haciéndose de nuevas energías tras la carrera hasta el lugar, se adentró en el hogar.

“Cynthia, he llegado.”

Paseó sus ojos por la humilde casa, la mesa estaba puesta y se oía el canto dulce de una mujer provenir desde la cocina. Ulf se dirigió a su habitación y tomó unas ropas limpias, las cuales desprendían un delicioso aroma a cereza. Tras acomodarse, descendió por las escaleras y se sentó en el lugar que le correspondía. El canto de Cynthia había cesado, sin embargo su silueta hizo presencia en el comedor sosteniendo una olla que desprendía un apetitoso aroma a carne estofada.

Ulf sonrió y dirigió una mirada por la silueta curva de su esposa. Pasó a juguetear con los cubiertos mientras ella, con delicadeza, depositaba el recipiente junto a él. Rackham dejó los cubiertos en su lugar correspondiente y alargó la mano para destapar la olla.

“Hm, huele bien, qué ha…”

El hombre titubeó, frunciendo ambas cejas. Sin creer lo que veía, se incorporó en el asiento, y, acercando la mirada hacia el recipiente, no pudo hacer más que contener un grito, mientras una cabeza humana, a medio descomponer, se salía a flote entre las zanahorias y patatas en el interior del estofado que su amada esposa había preparado con tanto esmero.

“Por qué, Ulf…”. Musitó la cabeza, mientras que su único ojo lo miraba entristecido.

Se levantó y dio un salto hacia atrás, aterrado, sin comprender qué sucedía, y tratando de controlar el miedo, abrió la boca.

“Quié-... qué... “

Ulf profirió un grito, horrorizado ante la escena. Dirigió su mirada hasta Cynthia, que se mantenía de pie junto a la mesa, junto a la olla. Incrédulo, un segundo grito, mucho más fuerte salió de la boca de Ulf. Cynthia seguía ahí, pero su rostro se encontraba afectado por la podredumbre y la herida de una dentadura se marcaba en todo su cuello del cual emanaba pus y sangre.

“Creías que morir ahí solucionaría algo, ¿eh, Ulf?”. La mujer rió sin cesar. Sus carcajadas no hacían más que acosar y adentrarse hasta los tímpanos de Rackham, quien, horrorizado se tapaba los oídos y mantenía los ojos cerrados.

“No quería esto, Cynthia… yo…”

La risa paró repentinamente, pero muy débilmente, el quejido de la cabeza del estofado proseguía. 

“Abre los ojos, Ulf Rackham, o ellos se ofenderán”

Ulf abrió los ojos, desconcertado. Su desasosiego se acrecentó conforme su ropa empezaba a ser tirada hacia atrás y hacia abajo. Los ojos se le abrieron de par en par observando como una pila de cadáveres luchaba por tirar de él. Eran muchos, tantos que no los podía contar de un vistazo. Unos pocos lograban tirar, inútilmente, de las ropas de Rackham, incapaz de encontrar fuerzas para alejarse de ellos.

“¿Mi familia vive, Rackham?” “¿Y mis hijos?” “Yo tenía que escapar de ahí… no tú…”

Cerró nuevamente los ojos y apretó los párpados con fuerza. Las lágrimas empezaron a brotar entre sus pestañas, mientras gritaba, tratando de acallar los quejidos de los patéticos cadáveres que luchaban por tirar de él para llamar su atención.

“Lo siento…”

“Por qué… Ulf…”. Los alaridos atravesaban sus manos y se introducían en lo más recóndito de su cerebro, torturándolo en lo más profundo de su ser. Las huesudas manos se volvían cada vez más numerosas y lo atraían hacia la pared, hundiéndolo junto a ellos. Ulf no se movía, observaba el desencajado rostro de Cynthia; esta lo observaba desde la mesa, inmóvil, con la olla en las manos.

“No…” “Yo no…” “No… no…”

¡¡¡NO!!!

 

Abrió los ojos, moviéndose hacia adelante y, con esto, cayó con todo su peso sobre el suelo. Rápidamente, el dolor de la batalla de los días previos lo alcanzaron en la mente como si un golpe contundente se tratase y profirió un débil y patético quejido. Se incorporó como pudo, tomando el arma junto a la que había estado durmiendo toda la madrugada. Al tiempo, se apoyó en el saliente del barco que le había servido de cama y dirigió su mirada hacia el amanecer.  Los pocos marineros que paseaban por la cubierta apartaron sus miradas una vez vieron que despertaba, riendo en voz baja para sí mismos.

Ulf se secó las lágrimas con la palma de la mano y apretó los dientes conteniendo una fría rabia, cuyo objetivo no era otro que sí mismo. Seguía vivo un día más, sin embargo, solamente sentía se sentía más patético que antes. No había conseguido nada, y junto a esto, la culpa lo atormentaba más que nunca. Estaba en su límite, y a pesar de ello, no podía permitirse descansar. No hasta que las pesadillas cesasen y todos los fantasmas descansaran satisfechos.

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El sol bañaba con timidez la plaza de Villadorada, colándose entre los espacios de los árboles, anunciando un nuevo día. Ulf Rackham se acomodó en uno de los bancos situados en plena plazoleta y acomodó el brazo en el cabestrillo doliéndose levemente; aún era pronto para hablar de una mejoría, pero el dolor iba cesando en comparación a la mañana posterior al desastre de la Bahía de Garrafilada, habiéndose visto privado de sueño y una respiración indolora debido al golpe infligido en su espalda por los tentáculos convocados por Grito Infernal en aquel caos que resultó una derrota para el bando de la Alianza.

Le costaba procesar todavía, días después de aquel combate, la sucesión de acontecimientos tan desgraciados que había experimentado; apenas días después de ello todavía no terminaba de entender cómo sucedió todo. Había sido un iluso, creyendo que después de esa tormenta llegaría la calma. No. La tormenta prometía ser larga y él estaría ahí en la vanguardia dispuesto a afrontarla.

Se obligó a distraerse, alzando la mirada hacia la plaza, y algo más alejados, los distintos puestos comerciales que empezaban a llenarse, tímidamente, de compradores madrugadores decididos a aprovechar la mañana desde su buen comienzo. Ulf suspiró y extrajo una libreta de su bolsillo de aspecto completamente nuevo junto a un carboncillo dispuesto a practicar a duras penas algo de caligrafía. Pensó que si era difícil con una sola mano, cuando el brazo mejorase seguramente se le diera mejor, por lo que lo óptimo sería empezar de buena gana en aquel lugar cada vez mejor iluminado por la luz del sol.

La punta del carboncillo rozó la primera página de la libreta, danzando por el papel. Durante aquel momento, consideró que la intendencia no sería algo complicado de gestionar de ponerle ganas, una responsabilidad a la que podría estar a la altura con el suficiente esfuerzo y dedicación; de todas maneras, la labor del inventariado todavía le causaba algo de reticencias. Prosiguió la actividad durante unos minutos, doliéndose cada vez más a menudo de la muñeca la cual estaba muy poco acostumbrada a la precisa actividad de la caligrafía; a pesar de esto, no fue el dolor lo que lo hizo detenerse, sino unos quejidos de dolor más fuertes, que profería un anciano el cual se sentó en el banco frente suyo.

-¿Se encuentra bien…? -dijo finalmente el gilneano tras examinar al anciano dolorido durante un instante. Era un hombre viejo, flaco y canoso, con un ojo blanquecino y sin pupila, el cual probablemente sufriese de glaucoma. Le aquejaba el dolor de la espalda, lumbago probablemente, o quizás exceso de trabajo, ya que junto a los bancos, el mismo anciano había dejado un carromato sin animales de tiro, por lo que era de esperar que hubiese tirado de él hasta entonces.

-La cadera, supongo que ya estoy bastante viejo, ¿eh? -respondió el anciano son seriedad, su único ojo sano escudriñaba a Rackham con detenimiento; el corpulento gilneano sintió que, de mantener la vista un instante más sería capaz de mirar en el interior de su mente. -Vengo de Villa Azora, a recoger un encargo en el mercado, pero me temo que no podré, hoy no.

Ulf bajó la mirada hacia su libreta, pensativo. Estaba descansando y no era necesario ayudar al anciano. Alzó nuevamente la vista, observando al viejo tuerto. Su propia apariencia, a pesar de vestir bien, despertó un sentimiento similar a la pena en el interior de Ulf.

-Me falla el brazo, pero si no tiene que cargar mucho puedo tirar del carro. Si es hasta Villa Azora puedo hacerlo. -volvió a decir al rato, observando al hombre decrépito.

-Bien, pero no pienso pagarte, tú mismo te has ofrecido, joven. -sentenció el hombrecillo, poniéndose de pie quejándose nuevamente del dolor de espalda. -Tengo que cargar unas maderas, sígueme hasta el mercado.

Ulf bufó con pesadez asintiendo, no le importaba que no mostrase gratitud, de hecho, lo prefería. Últimamente la gente del pueblo y del cuartel se había volcado hacia él con cumplidos y palabras agradables, y en lugar de hacerle sentir bien consigo mismo, solamente traían el único sentimiento de sentirse indigno de tales halagos. Aquella brusquedad del anciano le pareció más acorde, y con esto, sin queja alguna comenzó a empujar el carro hacia el mercado.

"No pesa mucho", dijo para sí tirando el vehículo. Así, esperó junto a los puestos mientras el anciano saludaba y buscaba sus encargos con los carpinteros que aparentemente conocía ya de antemano y estos a su vez tomaban el carromato para cargarlo. Se aseguró de que la libreta y el carboncillo aguardaban en el interior de su bolsillo y bajó la mirada esperando. No había mucho que hacer, de hecho, los días sin poder utilizar el brazo se habían vuelto excesivamente rutinarios y aburridos, incluso dependía de ayuda para encender un cigarrillo; deseaba el momento de poder prescindir del cabestrillo y poder moverse a su voluntad. Se acomodó nuevamente en el lugar, no tenía nada previsto, así que no habría problema, Villadorada era un pueblo tranquilo salvo por algunos personajes indeseados, pero no se esperaba ningún problema hasta volver al cuartel.

-Hey, ¿eres… eres tú, Rackham? -le increpó una voz cercana con un marcado acento gilneano. -Cielos, con esa pelambre y barba estás irreconocible.

Ulf se volteó, desconcertado por aquella voz, la cual no le llegaba a sonar del todo. No fue hasta ver el rostro del hombre que sintió un vívido pánico, como un recordatorio de algo desagradable que prefería evitar rememorar. Junto a él se paraba un antiguo camarada de armas, con el que se dedicó al bandidaje años atrás. Palideció, acongojado, no por el hecho de tener al hombre de frente, sino que su vida pasada se viera expuesta a alguien conocido del pueblo que pudiera pasar por allí. Debía despacharlo con presteza.

-Te vi pescando en el río hace unas semanas. No pensé que fueras tú, pero debía asegurarme. ¿Qué tal, amigo? ¿Te dedicas al comercio ahora?

- ...Algo así. -respondió secamente Rackham, su apariencia maltrecha claramente era un indicio de que no se dedicaba al comercio. -¿Qué haces en Villadorada? -espetó con brusquedad.

-Trabajo. -dijo con picardía el hombre. Era pelirrojo y tenía el rostro afeitado a excepción del bigote; ¿Gordon? No conseguía recordar su nombre con exactitud. -He entrado al servicio de un tipo importante bastante lejos de aquí, Drake Neverland; solo estoy de paso por unos días.

-¿Sigues… dedicándote a…? -preguntó Ulf nuevamente, tenso, sin embargo la respuesta llegó antes de lo previsto, acompañada de una carcajada del hombre.

-¡No, no! Mi señor tiene asuntos nobles en el reino. Solamente necesita manos hábiles para su propia seguridad. Seré su guardaespaldas. -sonrió Gordon. -Has cambiado, ¿eh?, antes eras el alma de la fiesta. ¿Recuerdas cuando prendimos esa granja de Valletormenta? Cielos si me partí el culo. -añadió.

-La gente cambia. Lo recuerdo, claro que sí. -dijo Rackham con la mirada ensombrecida, luchando para controlarse para no hundirle el puño que todavía podía mover en el pecho.

-En fin, nos vemos, colega. Suerte con la pesca. -pronunció Gordon sonriente, todavía viendo la fría expresión de su antiguo compañero; echó rápidamente a caminar perdiéndose en el camino.

Ulf suspiró con pesadez, abrumado y molesto, pero aliviado por haber conseguido que se marchara. Paseó la mirada por el pueblo nuevamente torciendo el gesto. Había bajado la guardia otra vez; cambiar de aires y pretender resarcirse de su pasado no implicaría que su pasado se hiciera presente en algún momento. Suspiró, recordando con amargura esa época y se giró hacia el lugar donde el anciano había marchado al verse alertado nuevamente por el traqueteo de las ruedas del carro, que se aproximaba tirado por uno de los aprendices del carpintero; el carro se hallaba lleno de maderas de tamaño medio, idóneas para la construcción.

Gilneano y anciano emprendieron el camino hacia el este, parándose un par de veces para que el hombre manco recuperase el aliento debida la dificultad de la tarea, con las respectivas taras de disponer de solo un brazo para empujar el carro y tener el costillar herido, haciendo que respirar en sí fuera una labor titánica. La caminata, en la cual ninguno de los dos abrió la boca en absoluto, le sirvió para pensar introspectivamente. Todavía no había hecho suficiente para permitirse una vida tranquila, pero estaba empezando a acomodarse poco a poco en el ritmo de Elwynn. Ese pensamiento lo lo aterró discretamente, pues, junto a la culpa, el temor de encariñarse a algo y perderlo todavía estaba anclado en lo más profundo de su corazón. Junto a esto, se sumaba el hecho de las responsabilidades que estaba empezando a adquirir en el ejército y que todavía no se sentía conforme con su desempeño; “Puede que haya alguien mejor para ese trabajo”, pensó.

*********

Finalmente llegaron a un solar en las cercanías de Villa Azora, la superficie de tierra estaba aplanada y cimentada, resultando obvio que sería el emplazamiento de una futura vivienda. Ya en el lugar, Rackham comenzó a descargar los maderos en silencio. El hombre se sentó en el carromato y escudriñó con su único ojo a su acompañante.

-Me sorprende que un bandido letrado se dedique a la pesca. -comentó al rato el anciano.

Ulf frunció el ceño y se puso erguido, observando al hombrecillo con dureza. Lo había escuchado hablar en Villadorada. Suspiró sin decir nada y continuó con la tarea mientras los mechones de pelo negro cubrían su rostro y otros se pegaban a sus duras facciones por el sudor producto de la fatiga.

-Es un pasatiempo, no se pescar. -aclaró Rackham al rato, tomando un poco de aire sin establecer contacto directo con la acusadora mirada del anciano. -Soy soldado.

-Tienes más aspecto de guardia que de pescador, sí. -añadió el hombre. -¿Y qué anotabas en la libreta?

-Practicaba. -explicó Ulf, amagando una sonrisa que se perdió entre su melena y su barba. Si bien le disgustó que hubiese escuchado su conversación con Gordon, agradeció que no ahondara más en el tema. -Es probable que tenga que ocuparme de los inventarios del cuartel, pero no estoy acostumbrado a escribir con fluidez, y, como has podido escuchar he vivido únicamente con una espada en la mano; no creo que me de la muñeca para un trabajo así, por mucho que me mentalice.

El hombre se puso de pie, gruñendo, todavía afectado por el dolor de cadera y bajó del carro dirigiéndose a Ulf con severidad en la mirada. Permaneció de pie mirándolo en silencio durante un largo rato, mientras terminaba de descargar el vehículo.

-¿Quieres saber por qué estoy construyendo esta casa sin ayuda? -dijo finalmente el anciano; este aguardó durante un instante en silencio hasta ver un ademán por parte de Rackham. -Mi hijo mayor murió en Theramore, y al menor hace años que no lo veo. Mis nietos viven felices en Ventormenta y tengo todo el tiempo del mundo aunque el mundo se vaya a la mierda. -le confió, sonriente.

-¿Nunca ha… y como está tan seguro de poder hacerlo? -preguntó Ulf con curiosidad.

-¿Y qué si no? Tengo ya una edad, joven, y si me permites un consejo, el desconocimiento no es malo, puedes aprender mucho siendo un lienzo en blanco. Nunca es tarde para aprender nada, tanto para un anciano como para un soldado pescador. La única manera de saber si soy capaz de hacerlo es intentándolo, ¡y si se me cae el techo encima cuando esté acabada, pues moriré, qué remedio! Pero lo habré intentado, y eso es lo que cuenta. -respondió riendo por primera vez el anciano.

-Hm. Comprendo. -dijo con brevedad el soldado, observando con mayor interés al hombrecillo. -Si necesita ayuda puedo brindarsela. Tengo bastante tiempo libre ahora mismo.

-Haz lo que quieras, yo no te pienso pagar. Si tu objetivo es trabajar, trabaja; tal vez aprendas cómo construir una casa en el proceso.

Ulf asintió, dirigió su mirada a las maderas y se secó el sudor de la frente, observando el solar en silencio. Arqueó ligeramente las cejas, pensando en las cuestiones que habían estado asolando su mente: la guerra, su pasado, las pesadillas, las nuevas responsabilidades y los halagos innecesarios…  Quizás se había envuelto a sí mismo de muchas dudas innecesarias, y, con esto, se había visto abrumado por la tarea que se había propuesto al volver del infierno que fue Theramore. Las palabras de aquel anciano le mostraron otra perspectiva algo más esperanzadora: no solo bastaba con una intención y determinación fuerte, debía ponerse manos a la obra para acometer todo ello, cambiar no supondría una tarea fácil, y menos si se quedaba sentado pensando sobre cosas que a la larga no tendrían ningún efecto en aquel cambio. A pesar de todo, malo y bueno, solo le quedaba seguir trabajando en ello, sin pensar en nada más que en su objetivo.

-Sea. Si me da un hacha podré conseguirle madera yo mismo. -dijo Ulf, mirando con decisión al anciano.

-Bien. Me llamo Ben Dhir. -respondió el viejo. -Construyamos una bonita casa.

-Ulf Rackham, ¿cuando empezamos?


 

Spoiler

//Mucho texto, pero un poquito de progresión para Ulf 🙂, junto a la respectiva organización de los posts y la portadilla un poco pocha.

 

Editado por Pana Drake
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