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Reflexiones en frío


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El Halcón de Plata

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El sonido de la piedra de amolar contra la hoja brillante conseguía tranquilizar sus nervios.

 

Tampoco era que estuviera particularmente nervioso, pero para Valenric, el simple hecho de encontrarse en una misión, no permitía que mantuviera la mente serena. Siempre en estado de alerta, pendiente a la más pequeña fluctuación de sus sentidos; bien el crujir de las ramas de los pinos cuando la nieve se acumulaba sobre ellos, o la fluctuación de las líneas Ley, que ya de por sí eran tan abundantes en esa región del globo azerothiano.

 

Como si todo aquello se tratase de una sinfonía caótica de magia, nieve y el crepitar de las escasas brasas que quedaban aún en la improvisada hoguera, el sonido de la piedra afilando su hojarruna hacía las veces de metrónomo. Siempre constante, sin adelantarse ni un poco, ni retrasarse más de un segundo.

 

Había acudido al Bosque Canto de Cristal como parte de sus obligaciones del Escuadrón Alodi, liderado por el Mago de Batalla Manfred York, quien había sido en su momento el maestro de Valenric. No era una misión trascendental, pero con el advenimiento del conflicto abierto, la Academia de Ventormenta entró en una suerte de carrera armamentística respecto a organizaciones de la facción contraria. En aquella ocasión, el Alodi escoltaba a un equipo de catedráticos que, siendo informados por una avanzadilla del Pacto de la Plata (que servía, también, a intereses de la Alianza), habían descubierto un emplazamiento hasta entonces desconocido, a unas millas de las ruinas de ruinas de Shandaral.

 

Afortunadamente, la misión había resultado ser exitosa y ahora sólo quedaba volver al punto de extracción. Si todo seguía marchando como Valenric -que había asumido el liderazgo del escuadrón para esa misión en específico- esperaba, llegarían antes del anochecer.

 

El bosque en sí mismo era un lugar maravilloso. Digno de la imaginación del más afamado bardo; a ratos valle, a ratos páramo desolado y coronado por aquellos místicos pero encantadores árboles de cristal, que parecían el resultado del trabajo del más poderoso Criomante que haya pisado nunca el planeta. La tierra, medio negra-medio arcana y que brillaba en fulgores morados y cuyas luces se reflejaban en los cientos de árboles y pinos de cristal le daban aspecto de ser una ciudad en la que la oscuridad nunca existía. Yalara, una encantadora forestal que los acompañaba, incluso insistía en que, por las noches, dichos cristales eran capaces de entonar una armoniosa melodía que siempre le ablandaba el corazón, y le hacía recordar al Alto Reino. Valenric sonrió ante aquella historia, sin embargo, en todos los días que habían transcurrido, nunca llegó a escuchar la esquiva melodía.

 

Sin embargo, sí que había algo oscuro que se cernía sobre el bosque. Al noreste, visible incluso desde su ubicación (varias millas en la dirección contraria), podía divisarse las agujas más altas y lejanas de la Ciudadela Corona de Hielo. Incluso ahora, años después que el atroz nigromante que alguna vez ocupara el Trono Helado hubiera sido asesinado por los valerosos esfuerzos de la Cruzada Argenta, la siniestra efigie de saronita siempre sería un recordatorio que, incluso en un mundo donde algo tan hermoso como Canto de Cristal existía, siempre tendría que coexistir con algo tan horrendo como el Azote de los Muertos Vivientes.

 

Quizá era eso lo que perturbaba a Valenric. Él no había participado como tal durante la guerra contra el Rey Exánime, sin embargo, había experimentado sus horrores en Quel’thalas y, posteriormente, durante todos los años que pasó salvando a sobrevivientes por todo lo largo y ancho de las Tierras de la Peste. Las cicatrices físicas, espirituales y emocionales que el Príncipe caído había ejercido sobre Valenric, incluso sin conocerlo, habían hecho mella en lo más profundo de su alma.

 

Afortunadamente, el sonido de la piedra mientras se deslizaba por la hoja de Morningstar lo devolvió a la realidad. No era aquella persona y hacía meses que no pensaba en sus andanzas durante esa época. Había madurado, y había entrenado mente y cuerpo para estar preparado en el ciertamente improbable caso que algo así se repitiera. Bajó la mirada hasta divisar las runas de su hoja. Brillaban en un azul celeste-blanco y el verlas refulgir, y bailar a lo largo de la espada le devolvió la seguridad a Valenric, quien incluso se obligó a suspirar y negar para sí mismo. Se dijo a sí mismo que aquel desliz de melancolía era normal, pero no se permitió el quedarse ahí durante mucho.

 

Había sido una noche tranquila, y a él le había tocado la última guardia antes del alba. Aún faltaban unos minutos para que los primeros rayos del sol se asomaran, sin embargo, si uno era atento, podía notar como aquí y allá la oscuridad comenzaba a flaquear, difuminándose levemente ante el inminente avance del sol. Escrutó nuevamente los alrededores, ojo atento, y se sintió mejor al notar que todo seguía en calma. Por lo que se permitió bajar la guardia de nuevo, al menos, unos minutos.

 

Sus pensamientos esta vez no se centraron en las desgracias, y en su lugar viajaron cientos de kilómetros hacia el sur. Si para él estaba por amanecer y gracias a la orientación de su planeta, Tynrae debería de tener toda la noche por delante. Hizo la matemática mental y calculó que a estas alturas ya debería estar en la cama. Pese a la insistencia de la niña de que a sus diez años era perfectamente capaz de cuidarse a sí misma y la residencia Morningsong por su cuenta, Valenric se mantuvo firme, y consideró la mejor opción el que pasara esos días en la residencia de la Academia, a la que Tynrae asistía oficialmente como estudiante matriculada desde hacía X meses.

 

Pese a que a Valenric tenía toda su longeva vida por delante, comenzaba a notar los efectos del transcurrir del tiempo. No en él, claro está, que se mantenía virtualmente igual que el primer día desde que pisó las tierras de Elwynn. Sin embargo, en el par de años que habían transcurrido, notó como la señora Bouysse, dependienta de la pastelería favorita de Tynrae, cada vez escuchaba menos. Thomas Ponffrey, su vecino de al lado, había pasado a mejor vida por causas naturales. Kayrane, su mejor amiga, abandonaba los últimos rasgos de una adolescencia tardía para entrar en la temprana adultez. Incluso Manfred York comenzaba a perder la batalla contra un ejército de canas que comenzaban a abrir brechas en las defensas de su barba y las entradas de su cabello.

 

Pero en quien más había notado aquella metamorfosis era en la propia Tynrae, quien cuando llegaron todavía tenía dificultades para pronunciar las palabras más largas de la lengua Común, o tenía aquella pronunciación tan peculiar de los niños de la letra R, que bien podría ser propia de la lengua Eredún. Ahora había crecido palmo y medio, dominaba ya a la perfección el Común, y había refinado su Thalassiano tan bien, que uno podría jurar que lo había aprendido directamente en Quel’thalas. Su cabello, que acostumbraba cortar antes que llegara a los hombros, se había convertido en una melena que le llegaba hasta la cintura. Y en cualquier momento comenzaría a experimentar los cambios propios de la adolescencia.

 

Todo se trataba de ella. Había sido la última encomienda de Kelsel y Alali Morningsong, a los que cada vez, para vergüenza de Valenric, tenía que admitir que recordaba menos. Los rostros de sus padres se le antojaban como recuerdos que difuminaban. No era lo típico en los elfos, quienes gozaban de una memoria magistral, pero esa era una de las cicatrices de las que, por más que entrenara y practicara sortilegios, podría recuperarse.

 

Tynrae crecía a cada momento, y por más que dijera que Fýredel, el Dragón Negro que había adoptado, que utilizaba magia titánica para transmutarse a una gallina (porque, según la niña, ninguna gallina tendría un carácter tan agresivo) estaría para siempre. Y sí, había comenzado su instrucción en la Academia, pero con la guerra abierta contra la Horda, y la descubierta revelación que Sena Flamereaver no sólo seguía viva, sino que apoyaba al enemigo, hacía que Valenric sintiera que no estaba dotando a su hermana de las herramientas suficientes para protegerse del mundo.

 

Bajó la mirada hacia la hojarruna. Morningstar mantenía sus runas brillando y refulgiendo con la pasión gélida de una ventisca. Valenric la había blandido en un sinfín de ocasiones, y sabía que el corazón de la hojarruna no estaba corrupto, o padecía de la sed de sangre de sus hermanas profanas. Sin embargo, el corazón de la hoja tampoco se tentaba el corazón. Era justa; apagaba el brillo de los ojos de sus contrincantes, sí, pero siempre por una causa justa, o en defensa propia. Proteger a aquellos que no pueden protegerse.

 

La oscuridad continuaba mezclándose como si fuera una acuarela con los tintes rosados del alba, era cuestión de minutos que asomaran los primeros rayos de sol, por lo que Valenric se permitió mantener la guardia baja unos momentos más. Por un momento, fantaseó con su familia unida bajo un nuevo amanecer en una Quel’thalas que no había olvidado sus antiguas lealtades. Quizá el no  perfilara para ser un Mago de Batalla como lo hacía ahora, pero seguramente llegado un momento habría apoyado a Kelsel, bien grabando las runas mágicas en la hoja de una nueva generación de hojarrunas, o preparando los encantamientos que las insuflarían de la capacidad mágica que las volvía tan famosas. No habría heredado a Morningstar, pero seguramente se forjaría una hojarruna para sí, y quién sabe, quizá Tynrae tuviera la suya propia.

 

La última imagen que se permitió añorar fue la de los Morningsong sentados a la mesa y dispuestos a cenar. Kelsel explicaría a Tynrae la etiqueta thalassiana para una cena formal a Tynrae, mientras Alali, con un aplauso, ordenaría a un contingente de charolas, vajilla y copas que flotaran desde la estantería para adoptar la posición de batalla a la mesa. Con un chasquido de dedos, materializaría un banquete sobre estos y Valenric llegaría cargando con una botella de vino de la cosecha más reciente. En sus ensoñaciones, había olvidado incluso que se encontraba en Canto de Cristal, y la piedra de amolar no se deslizó más sobre la hojarruna. Incluso, había comenzado a escuchar la resonante armonía de los cristales.

Sin embargo, también escucharía el deslizar de botas corriendo sobre la nieve hacia su posición, ¿tres? ¿cuatro? Abrió los ojos justo para ver cómo un esplendor arcano se dirigía a toda velocidad hacia él. En la última milésima de segundo, logró canalizar el frío a través de su hojarruna, cuya hoja resplandeció en blanco y el grabado thalassiano de estas dejó de ser un azul celeste para brillar en azul rey, con lo que logró partir el hechizo a la mitad.

 

Cuando el fulgor del choque de morado, blanco y azul se desvaneció, logró ver cómo una sin’dorei corría hacia su posición, llevaba indumentaria roja y dorada preparada para el clima frío. Lo último que alcanzó a ver antes de soltar una maldición thalassiana fue el Fénix de Lunargenta, que ahora lo había señalado como enemigo.

 

¡Los Elfos de Sangre nos atacan! -alertó en su natal thalassiano- ¡A las armas!

 

Spoiler

Ya que son tiempos de finales e inicios, y no podemos celebrar el Winter Veil in game varias veces al año on rol, decidí escribir este pequeño relato de Valenric reflexionando sobre su vida y el futuro, con la excusa de una misión en un sitio helado.

Esto puede (y puede no hacerlo) extenderse a otros personajes a los que hecho mucho de menos(?

 

¡Felices fiestas, MundoWarcraft!

 

 

Editado por Spellman
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