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Huwex

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Sobre Huwex

  • Rango
    Usuario Colaborador
  • Cumpleaños 09/11/1995

Información Personal

  • Género
    Hombre
  • Nacionalidad

Redes Sociales y Contacto

  • Steam ID
    Huwex

Primer Personaje

  • Nombre
    Orym
  • División
    Plata
  • Raza
    Alto elfo
  • Clase
    Picaro

Otros Personajes

  • 2do Personaje
    Eltheas/Elfo de Sangre/Mago
  • 3er Personaje
    Hrunm/Tauren/Cazador
  • 4to Personaje
    Leofric/Humano/Guerrero

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  1. Huwex

    ¡Feliz cumpleaños Starlight!

    Feliz cumpleaños Starlight. Le regalo unos tomates frrrrresssquisimos
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    Ethmund - El Justo Camino

    IX Las caravanas de desplazados se extendían por toda la campiña, al otro lado del bosque. Los carromatos, cargados con enseres y bienes preciados de todos los tipos, seguían senderos recién abiertos entre las hierbas altas. Una procesión cuyo final la vista no alcanzaba a diferenciar. Venían del sur del Reino, con la esperanza de que las criaturas orcas no alcanzasen la tierra a la que ahora huían. Entre oportunistas que hacían lo posible por vender los pocos bienes que llevaban consigo y familias enteras que lo habían perdido todo, Ethmund pasaba desapercibido. No había soldados franqueando aquella comitiva, ni tampoco milicias o voluntarios. El paso de los hombres estaba totalmente dejado a su suerte, mientras los jóvenes luchaban la guerra a leguas de allí. A Ethmund no le quedaba prácticamente nada de aquello que el anciano hombre le había dado en el bosque pero, su suerte lo hizo toparse con aquella caravana en la que nadie parecía hacer ascos a compartir guisos y sopas con el resto de viajeros, sin hacer demasiadas preguntas. Durante unas horas había seguido el sendero en el bosque, con la intención de encontrar la cabaña que aquel anciano había mencionado y agradecer la comida que le había dado. No obstante, pasado el tiempo, su mente cambó y decidió caminar en otra dirección. Viajó solo unos días más por la espesura de aquel bosque hasta que el trajín de las caravanas llamó su atención en los campos y salió a su encuentro, mezclandose entre los transeuntes, sabedor de que sus recursos pronto tocarían a su fin. Por varios días pudo disfrutar de la compañía de otras gentes y de su hospitalidad. Las caravanas hacían alto cada noche para establecer un breve campamento. Allí se compartía comida, bebida y noticias, como plato fuerte. Ethmund había dejado atrás su espada reglamentaria, en sus últimos días en el bosque, temeroso de que arma tan reconocible delatara su situación. Descubrió que varios otros hombres y mujeres que caminaban con la caravana también tenían una historia turbia, y que muy probablemente unos cuantos de ellos habían abandonado espada y escudo en algún bosque del camino como él lo había hecho. No obstante, los días de calma no duraron demasiado. El campamento aquella noche se había establecido en un claro no muy alejado del camino que llevaba a Vega del Amparo, lugar al que todos los desplazados se dirigían. Los cielos estaban despejados y corría una leve brisa que avivaba los fuegos de las hogueras. El ambiente era apacible ante todo, y Ethmund compartía un estofado con un grupo de tres carpinteros de Andorhal que habían decidido desplazarse por la guerra. Era un grupo variopinto, pues aunque uno de ellos era un lordaeriense, el segundo humano clamaba que había nacido en Alterac, y el tercero no era si no un enano de Forjaz que vivía en Andorhal desde hacía años. Ethmund había vuelto a divertirse con aquel trío. Eran presonas afables y mundanas, con sueños sencillos y ambiciones cortas. Borgulf, el enano, incluso le estaba enseñando el oficio en el tiempo que el viaje les permitía. - No, así no. Mira. – El enano arrebató el pedazo de madera a Ethmund, con una sonrisa paternal, y comenzó a retirar sobrantes con su propia herramienta, de forma exquisita. Orgulloso, mostró el acabado al muchacho -. ¿Eh? ¿Lo ves? Tienes que hacerlo con más cuidado, y más natural. Ethmund tomó la madera de nuevo, de manos del enano y sonrío a este, asintiendo a sus palabras. - Aún no tienes manos de carpintero. – El enano rió sonoramente, tomando una de las manos del chico en la suya, notablemente más pequeñas -. Pero te saldrán, descuida. La práctica lo es todo, y vas por muy buen camino. - Vas a hacer de él todo un tallador, Borgulf. – comentó jocosamente el lordaeriense, sentado al otro lado de la hoguera -. - Hacemos lo que podemos, Lucius. – la respuesta del enano fue en el mismo tono alegre, mientras miraba al humano -. Si el chico puede dejar esta caravana con algo aprendido, eso que se lleva. Y nosotros nos llevamos una buena amistad, ¿no es así Ethmund? El muchacho asintió al enano y volvió a la tarea que se le había encomendado. Golpeteaba el pedazo de madera con la herramienta, concentrado. Aquella tarea le estaba ayudando a dejar su mente en blanco y olvidar acciones pasadas. Un trabajo mundando y sencillo como aquel le hacía sentir libre y realizado, más incluso, le hacía sentir que estaba limpiando sus malas decisiones. Algunas voces disconformes se alzaron en el campamento, de aquí y allá. No eran gritos, pero eran algunas discusiones. Los dos humanos comenzaron a mirar alrededor, intrigados, mientras Borgulf ocupaba con cuidado que el estofado no se quemase. Unos cuantos pasos, pesados, se acercaban a la posición del grupo, indiscutiblemente. Ambos humanos se levantaron de sus improvisados asientos. Cinco soldados ataviados con armadura y armas llegaron al lugar, observando al pintoresco grupo. El enano dejó de cuidar de la cena y se giró también a la escuadra, adelantando unos pasos hasta situarse a la altura de sus dos compañeros. Ethmund quedó clavado en el sitio y tragó saliva. Nunca en los últimos meses había sentido la presión que se estaba apoderando del mismo en aquellos momentos. Sintió el impulso de correr, pero habría sido en vano. Reconoció en sus adentros que su única oportunidad en aquella situación era jugarlo todo, de nuevo, a la suerte y esperar que aquellos soldados no estuviesen allí por él. - Buenas noches. – dijo el que parecía el superior del grupo. Su voz era extraña, como la de aquella persona que reprime un impulso. Algo no natural. Su mirada se clavó en la de los humanos presentes, observándolos -. Estamos en busca de desertores de las filas. - No hay soldados aquí, oficial. – Borgulf respondió mientras cruzaba sus brazos, observando por el rabillo del ojo como Ethmund había detenido completamente su tarea en la madera ante aquellas palabras. - Solo carpinteros, venimos de Andorhal. - No hay soldados. – repitió el oficial, avanzando dos pasos hasta la pareja de hombres que estaban con Borgulf, pareció ignorar la presencia de Ethmund, como si no fuese lo que buscaba -. Nombre, edad, oficio y lugar de nacimiento. - Lucius de Rem, 32 veranos, carpintero, Costasur. – enumeró, observando al oficial sin temor alguno en los ojos -. - ¡Tu también chico! – gritó el oficial hacia el muchacho, de improvisto, mientras señalaba al alteraqui -. Tú. Ethmund dió un respingo y su cuerpo se tensó completamente. De nuevo su instinto lo instó a correr, a huir de allí. No obstante, pudo sentir como la mirada de Borgulf estaba puesta sobre él, y se levantó, acercándose a la posición del enano mientras el alteraqui respondía a la pregunta. - Dillon Verus, 30 inviernos, carpintero, Alterac .- enumeró también el hombre, igual de calmado que su compañero -. Tras del oficial, los otros cuatro soldados giraron la cabeza para mirar a Dillon instintivamente, al unísono. El propio oficial hizo lo propio y se acercó lentamente a apenas dos pasos de Dillon, observándolo tras del yelmo. - Alterac. - Si, señor. – reafirmó Dillon -. De Alterac. Tanto Ethmund como Borgulf observaron entonces a Dillon y los soldados. Una calma chicha se apoderó del ambiente. Nadie dijo nada, ni un sonido. Entonces, el oficial al mando echó la cabeza apenas un palmo para atrás y golpeó la frente de Dillon fuertemente con la cabeza, forrada en el yelmo. El alteraqui gritó de dolor y se llevó las manos a la frente, dando varios pasos para atrás mientras se doblaba sobre si mismo. Lucius corrió a socorrerlo, inclinandose a su lado mientras lo tomaba de los hombros. - ¡Que diablos crees que estás haciendo! – Borgulf se separó de Ethmund e interpuso entre los dos hombres y los soldados, señalando con su gruesa mano al oficial. - Ya te hemos dicho que somos carpinteros. - Apartate enano, esto no va contigo. – El hombre hizo un gesto con la mano a sus inquietos soldados, que avanzaron junto a él, hacia la posición de Dillon-. - Y una mala cabra que me aparto. – Lejos de hacer caso a la orden del soldado, Borgulf se plantó en el sitio con gesto pétreo-. Uno de los soldados golpeó con el dorso del guantelete al enano, a su paso, haciendo recular a este. El barbabronce, lejos de achantarse, se avalanzó sobre el soldado con un grito de malas pulgas. Hubo una pequeña trifulca en el momento a la que se sumó también Lucius. Ethmund observaba sin palabras mientras su instinto lo obligaba a ir reculando, alejándose de la situación. Cuando la trifulca terminó, Borgulf miraba sorpendido el rostro semioculto tras su yelmo de uno de los soldados. Su espada reglamentaria, undida en el bazo del enano, comenzó a relucir en rojo cuando el grueso cuerpo se deslizó hacia atrás y cayó de espaldas al suelo. Los soldados miraron a su semejante con la misma sorpresa, pero nada hicieron para reducirlo o juzgarlo. Ethmund, arrancado de súbito de su plan de huida observó estupefacto como Borgulf se retorcía sin fuerzas en el suelo. Lucius, amoratado y sangrando de nariz y labio, trastablillo temeroso fuera del lugar, para no volver a ser visto, mientras Dillon observaba a los soldados completamente mareado. Ethmund corrió hasta la posición del enano y tomó sus manos. Su corazón latiendo a centenas de revoluciones. Los cansados ojos del enano lo miraron y una leve sonrisa se dibujó en su boca para musitar la palabra "vete". El muchacho miró trás de si a los soldados, que en retorno lo estaban mirando a él también en aquellos indecisos instantes. No lo dudó y echó a correr fuera del lugar. Dos tímidos pasos metálicos hicieron el amago de seguirlo, pero era demasiado tarde. Se había pasado la vida corriendo, era lo único que sabía hacer en condiciones, ningún perro o chacal lo podrían seguir, ningún soldado. En su mente solo se dibujo una cosa. Una cabaña desconocida en el linde de un bosque.
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    Ethmund - El Justo Camino

    VIII Los tañidos del campanario de la iglesia se escuchaban al frente, así como el jaleo habitual de cualquier aldea en las primeras horas de la mañana. Allí, al norte del Reino, parecía que la guerra no había llegado, y si lo había hecho, ya no estaba allí. Reculó tras de los matorrales y se volvió a sentar, postrando la espalda contra el tronco de un árbol. Se miró las manos, magulladas y sucias, un instante. Del suelo tomó un morral en el que había portado sus escasos recursos los últimos días. Ahora estaba vacío, y únicamente unas migas resecas se dejaban deslizar por el fondo. Lanzó el objeto de cuero al frente, contra los matorrales, y se llevó las manos al rostro. Había postergado este momento hasta el último suspiro, rogando, instando al destino que la suerte jugase por una vez de su mano y no tuviese que verse obligado a adentrarse en una aldea. No obstante reconoció el primer día, muy a su pesar, que la suerte lo había abandonado ya años atrás junto a las murallas de la Capital. Se irritó consigo mismo, con su debilidad y su inocencia. ¿Cómo aún a pesar de todo lo ocurrido era capaz de implorar a la suerte? ¿A la intervención divina? Nada de lo que necesitaba se lo daría un milagro. Tendría que tomarlo con sus manos. Igual que había tomado la vida de Keveth, y con ella la justicia. No había una noche a la intemperie en que aquellos pequeños ojos se olvidarán de aparecerse para atormentarlo, para juzgarlo por lo que hizo. Intentaba justificarse entre pesadillas, buscar una razón digna de redención, pero aquella voz susurraba: "Se lo merecía". Entonces la pesadilla se hacía más llevadera y los pequeños ojos de Keveth no eran distintos a los ojos de una liebre a la que arrebatas la vida por necesidad. Al despertar todo era sudor y temblores. Los mismos que los que un inocente niño sufre cuando sabe que ha hecho algo malo, pero no lo quiere contar. Ethmund era un alma en pena vagando por los tensos bosques de Lordaeron. Sin saber dónde ir, sin preguntarse donde caminar, incapaz si quiera de aventurarse a tomar comida para sobrevivir, temeroso de lo que le podría esperar entre los hombres. De improvisto, el ´duro tacto de la madera lo golpeó en las manos. Las separó instantáneamente y las apartó de la cara, intentando arrastrarse en vano hacia atrás. - Disculpa – La voz sobresaltada de un anciano hombre salió de aquella boca rodeada de finos pelos grisáceos -. Por un momento pensé que no estabas muy vivo. Ethmund perdió la mirada en aquellos ojos ambarinos, preguntándose que sabía ese hombre y porqué estaba allí. Preguntandose si lo habían enviado a buscarlo y había dado con el. Sospechando conspiraanoicamente de aquella sonrisa afable y de ese rostro paternal. - Ten. - el anciano se agachó ayudandose del alargado bastón de avellano, hasta poner a la altura de los ojos de Ethmund una manzana -. Come, pareces desvanecido, y en ese zurrón tuyo no queda nada que llevarse a la boca. Ethmund no despegó la mirada del hombre, más sus palabras y su gesto rompieron sus pensamientos, su temor, y con ello su precaución. Bajó la mirada a la manzana que le era ofrecida y en ella vió reflejado el milagro por el que había rogado, el milagro que le permitía evitar la aldea, los guardias, la prisión una vez más. Volvió a virar los ojos hacia el anciano y su mirada se encontró con los suyos. No había segundas intenciones en aquellos ajados ojos, no había desconfianza o dudas, no había nada. Solo la pupila y el iris de un hombre honesto. Tomó la manzana y la dió varios mordiscos, escondiéndola entre ambas manos. - ¿Cuánto tiempo llevas así? - el anciano no se movió de su sitio, y lo observó comer. Observó también sus ropas, y la espada reglamentaria en la vania, pendiendo de su cinturón - ¿Eres un soldado? El muchacho detuvo su tarea y lo miró de nuevo, quedamente. El anciano arrugo los labios y con cuidado se incorporó, apoyándose en el bastón. Descolgó su propio zurrón de cuero y lo dejó caer cuidadosamente a los pies de Ethmund, mirándolo.. - No seré yo quien juzgue a un muchacho que se esconde en el bosque, armado como un soldado o no. Vivo en el otro borde esta arboleda. - señaló con el bastón -. Si decidieras hacer una visita, eres bienvenido. Con aquellas palabras libres de cualquier tipo de desprecio, el anciano se despidió y caminó por lo que bien parecía un serpenteante sendero en el bosque. Tan pronto lo perdió de vista, Ethmund abrió de golpe el zurrón y revolvió en su interior, para encontrar otro puñado de manzanas, pan y queso. Alzo la cabeza rápidamente y miró en la dirección en la que el anciano se había ido. Después, volvió la mirada a los matorrales tras los que se encontraba el claro de la aldea. Las campanas ya no tañían pero el jaleo matutino seguía llenando el aire. Ethmund se levantó y echó el zurron del anciano al hombro. Sin pensarlo dos veces, siguió el sendero del bosque.
  4. Huwex

    Ethmund - El Justo Camino

    VII Los cielos tronaban entre el sonido de la lluvia caer. Los campos estaban empantanados y los ríos crecidos. Los caminos eran torrentes de barro que impedían ver hasta los ajados adoquines. Aun así la batalla se sucedió. La compañía no estaba preparada, ni uno solo de sus soldados. La gran horda de orcos se abalanzó sobre ellos desde la retaguardia. Los tomó a todos desprevenidos. Hubo una gran evasión, y el grueso de regulares se vio obligado a disolverse en todas direcciones, con tal de evitar la muerte. Pasaron varias horas bajo la lluvia torrencial y los orcos habían comenzado a organizar partidas de búsqueda para dar caza al resto de los huidos, una vez la batalla había terminado. Los oficiales huidos hicieron lo posible por reagruparse sabiendo que irían a buscarlos. En una pequeña loma, un contingente de supervivientes se recuperaba de la huida mientras el oficial que allí se encontraba discutía a gritos con el paladín de la compañía, que también había salvado el pellejo. Ethmund se echó a un lado y desde el borde de la colina, cercano a una roca, observó los alrededores. La lluvia apenas dejaba ver más allá de los faldones de la elevación. No había ningún movimiento, y ningún sonido sobrepasaba el tronar del agua al caer. Se dio la vuelta y levanto, pasando la mirada por el improvisado campamento, intentando reconocer alguno de los supervivientes. Entre heridos y soldados con media armadura hecha trizas, encontró a Keveth. Sus pequeños ojos estaban ensombrecidos por dos grandes ojeras. Había perdido peso y tenía la mirada algo perdida, como si cada uno de sus pensamientos estuviese perdido en la tormenta. - ¡Keveth! – gritó Ethmund, sobre la lluvia.- ¡¿Estás bien?! El muchacho intentó ayudarlo a levantar, pero Keveth no hizo ningún intento de atenderlo. Tenía la mirada clava en el oficial y el paladín, que se acercaban a grandes zancadas a la posición de ambos. - ¡Soldados! – La voz del oficial obligó a Ethmund a mirarlos también. El resto de supervivientes se congregó alrededor -. Parece ser que alguien ha vendido nuestras posiciones al enemigo. Nadie está siendo capaz de orientarse en esta tormenta y es más que seguro que hay partidas de caza entre nosotros. La mirada del oficial y el paladín fueron a posarse de forma severa entre los hombres. - ¡Si alguien sabe algo de esta traición, es su obligación hablar, ahora! Un evidente murmullo de incredulidad recorrió los vapuleados soldados, que acaban de ser arrastrados a la huida por los orcos. No obstante, tras de Ethmund, una voz ronca se elevó entre los cuchicheos: - Fue él señor, el chico. Yo lo vi con mis propios ojos, yo vi como volvía de los campamentos orcos anoche. Cuando Ethmund giró la cabeza, y vio un dedo enguantado señalándolo, el corazón casi se le detiene de súbito. No obstante, ese comenzó entonces a bombear a toda velocidad cuando tras del dedo acusador, los pequeños ojos de Keveth lo miraban, señalándolo, condenándolo. - Si, yo…vi al chico también. – Otro de los soldados habló un poco más allá, con duda-. Lo siguieron otros dos y mientras Ethmund los observaba uno a uno se dio cuenta de que se había olvidado de donde venía, se había olvidado de quien era y porqué lo era. Finalmente, sin palabras, sus ojos se clavaron en los de Keveth y en el preciso instante en que se iba a lanzar hacia él, una gruesa mano en guante de placas lo detuvo. Se giró, viendo el sereno rostro del paladín, odiándolo tanto como a todos los que lo rodeaban. Un rugido gutural avisó del sonido de un cuerno de guerra y una marabunta de orcos calló sobre los tensos soldados, pillándolos desprevenidos de nuevo. Fue una matanza. Los gritos de dolor se sobrepusieron y ya casi no se podía escuchar la lluvia. Ethmund se zafó de la mano del paladín, reaccionando a velocidad asombrosa. Echó a correr hacia la roca al borde de la colina y la pasó por encima, rodando en la embarrada tierra cuesta abajo. Se dejó caer entre la hierba aplastada hasta llegar abajo y entonces se levantó. Sin mirar atrás, corrió. Correr de nuevo, correr sin detenerse. Mientras lo hacía se iba deshaciendo de complementos inservibles. Fuera guanteletes, brazales, coraza. El rastro de lastre que fue soltando terminó con su rasgado tabardo de Lordaeron. Se perdió entre los bosques mientras la noche se cerraba y la lluvia aumentaba. No veía nada, pero no paró de correr. Solo escuchaba sus pasos chapotear en la lluvia, y nada más. Se detuvo de improvisto y miró a su alrededor, entre los árboles, sin ver nada. No sabía en qué dirección había echado a correr, pero parecía estar a salvo. Comenzó a moverse con más cautela entre los árboles, hasta que logró salir del bosque. Continuó caminando durante varias horas en la noche, sin detenerse, bajo la tormenta. En la distancia comenzó a ver luces, y su corazón dio un vuelco. Aunque no podía diferenciar de donde provenían, con precaución, apretó el paso. Solo cuando estuvo a escasos metros de distancia de las luces comenzó a distinguir las estructuras temporales que, de formas extrañas, formaban la tela, los huesos y colmillos. Parecían tener, sin duda, la forma de tiendas de campaña de alguna forma, tribales. Un orco emergió de una de las tiendas y observó en la tormenta. Ethmund echó el pecho al suelo y no se movió más, hasta que el orco se internó en el campamento. Comenzaba a escuchar algunas pisadas no lejos de su posición, y no se arriesgaría a correr ahora. Se vio obligado a tomar una decisión rápida, y comenzó a gatear hacia la tienda de la que acababa de salir el orco. Descorrió levemente la tela que cubría la entrada y pasó al interior, acuclillado. Cuando alcanzó la parte central de la tienda, se detuvo por completo. Allí, maniatado al poste central de la tienda y amordazado, estaba Keveth. Cuando los ojos de Ethmund fueron a encontrarse con los suyos, el stromico dio un respingo y comenzó a negar rápidamente con la cabeza. Ethmund no se movió. Sus músculos parecían haberse congelado, y aquella mirada vacía de un niño callejero había vuelto a su rostro, mientras observaba al hombre. Comenzó a avanzar, mientras su mano diestra hacía uso del conocimiento que había adquirido desde que fuera forzado a luchar, y desenvaino la espada reglamentaria que pendía de su cinturón. El filo estaba maltratado por las constantes batallas, el temporal, y el poco tiempo que restaba para mantenerla. La punta estaba ya a escasos dedos de la garganta de un turbado Keveth, que ya no podía quitar los ojos del arma. Ambas miradas se cruzaron una vez más. Ethmund cerró los ojos y atravesó la garganta de aquel que había creído su hermano. Salió de la tienda con algunos suministros tomados del lugar y partió de allí bajo el amparo de la noche, tras asegurarse que no había ninguna patrulla alrededor. Había dejado de llover.
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    Ethmund - El Justo Camino

    VI Ethmund dejó caer el filo de su espada sobre la húmeda tierra, cayendo de rodillas tras del arma. Llovía, llovía aún como llevaba haciéndolo durante días. El agua limpiaba la tierra de la sangre derramada, dejando lugar para la que vendría al día siguiente. No había descanso y las escaramuzas se apilaban, una tras otra, sin dejar sitio a un respiro. Y los cadáveres, esos también se acumulaban. En el perímetro del campamento, decenas de pabellones de campaña militares se habían levantado para albergar a los caídos en batalla. De allí eran trasladados a Lordaeron, una vez identificados, para que sus familias pudieran honrarlos. Ellos, los muertos, eran los que habían tenido suerte. Repartidos entre las silenciosas hileras de tiendas estaban los hospitales de campaña, donde sacerdotes y auxiliares hacían todo lo posible por remediar la infinidad de heridas con las que regresaban tras cada enfrentamiento. Amputaban piernas insalvables, suturaban cortes de forma automática de modo que el soldado pudiese volver al campo, atendían contusiones y un sinfín de resultados de la contienda. Ethmund había tenido la dudosa suerte, por ahora, de haber librado cada hacha y mazo dirigidos hacia él. No obstante, no estaba ileso. Cuando alcanzó el emplazamiento de su compañía nadie habló, como tampoco él lo hizo. Todos estaban sentados en la tierra, en silencio, separados entre ellos y absortos en sus propios pensamientos. Las voces de ánimo y jolgorio de los primeros días se habían difuminado con la primera batalla. Allí ya nadie era veterano de guerras con trols, todos eran críos asustados cada vez que el cuerno sonaba para llamarlos a la batalla. Solo los supervivientes ventormentinos mantenían su integridad, su espíritu. Solo ellos llegaron a esta guerra sabiendo lo que enfrentaban, y nadie de los allí presentes escuchó sus advertencias y, si lo hicieron, no lo suficiente. Ethmund, por primera vez en su vida, buscaba desesperadamente algo a lo que aferrarse, cree en algo, o en alguien. Pero aquel en que una vez creyó había caído en peor situación que los otros. Keveth, apartado de la compañía no había intercambiado un murmullo con ninguno de sus compañeros en días, ni si quiera con Ethmund. El veterano stromico se había visto sobrepasado en las primeras batallas, incapaz de comprender que semejantes criaturas fuesen de este mundo. Había visto a sus huargos despedazar a compañeros de arma, a los propios orcos quebrar cabezas como si fuesen nueces. Él mismo había escapado por muy poco de ese destino. Aún con todo se mantuvo firme durante los primeros días e incluso se lo podía ver pululando por el campamento, intentando ayudar. Pero Ethmund estuvo allí cuando Keveth perdió la cabeza. Fue cuatro días antes de la última batalla, en un choque de fuerzas frontal entre ambos ejércitos. Ellos estaban en la vanguardia, como venía siendo habitual desde que comenzara la contienda. Keveth se había deshecho de un orco de pequeño tamaño que se le había lanzado encima. Su pesado cadáver lo retenía contra el suelo y era incapaz de moverse. Ethmund se lanzó en su ayuda, empujado por un sentimiento fraternal, a pesar de que el epicentro de la batalla estaba ocurriendo alrededor. El frío metal del pomo de un hacha lo golpeó en el casco y lo envió varios metros atrás, completamente magullado y aturdido. Entonces se hizo el silencio en el campo de batalla, y ambos ejércitos observaron. Una figura a caballo emergió entre las filas orcas. Una figura espectral, mas salida de una mitología olvidada. Montaba un jamelgo tan fantasmagórico como él mismo. Pero no, no era un espectro. La capucha de su túnica albergaba un rostro descompuesto, humano. Las pezuñas delanteras de su montura fueron a reposar sobre la espalda desnuda del cadáver orco que impedía moverse a Keveth. La piel se descompuso bajo su peso y el stromico clavo una mirada de terror, ausente, en la pútrida figura. El jinete lanzó un grito quebrado, ininteligible, mientras señalaba las filas humanas. Ethmund, al igual que la práctica mayoría del resto de soldados, sintió como su corazón se encogía a la velocidad de una saeta. Sus heridas parecían doler más que nunca. - ¡No decaigáis! – Se armó barullo a la derecha del muchacho, cuando alguien se habría paso entre los soldados, gritando -. ¡Levantad! El hombre, fornido, de pelo ya canoso, alcanzó el frente de los hombres y se interpuso entre ellos y el espectral jinete, blandiendo un martillo de considerables dimensiones. - Ven a morir otra vez. El jinete pareció despreciar en exceso la figura del hombre y su bestia se alzó sobre los cuartos traseros. Cargó al frente, seguido de una marea de orcos que comenzaron a rugir hacia el frente. Ethmund, sin haberlo notado, se dio cuenta de que ya no estaba en el suelo, de que estaba de pie y sus heridas ya no ardían. Reaccionó en cuestión de segundos cuando sus camaradas emprendieron también la carga. Los siguió sin quitar la mirada de la posición en la que Keveth había caído. Empujó con todas sus fuerzas, interpuso su escudo y cerró los ojos. Instantes más tarde el grueso del ejército había hecho retroceder a los orcos y estos se batían en retirada. Ethmund, junto a otros dos hombres empujaban el cadáver del orco que aprisionaba a Keveth. Lo sacaron de allí sin sentido, pálido como la cera. Más parecía muerto que vivo. De regreso en el campamento avanzado fue atendió como los auxiliares y sacerdotes mejor pudieron. No obstante, estuvo desvanecido prácticamente toda la noche. A la mañana siguiente salió del hospital de campaña y regresó al emplazamiento de la compañía, donde no intercambió palabras con nadie. Ethmund estaba seguro de que la fortaleza de su compañero se había quebrado totalmente. Intentó hablar con él pero fue rechazado en múltiples ocasiones. El muchacho quería romper a llorar pero, a esas alturas, se daba cuenta de que eso era un lujo que pocos podían permitirse. De nuevo estaba solo, esta vez en el territorio más hostil de cuantos había visto. - No se ha recuperado. – una voz serena y bondadosa se dirigió a Ethmund desde su espalda -. Tu camarada, quiero decir. No parece haberse recuperado. Ethmund apartó la mirada de Keveth y la volvió atrás, distinguiendo la vetusta figura de aquel hombre que había encabezado la ofensiva en aquel aciago día. Ethmund negó, poniéndose en pie a duras penas, al asumir el rango superior del hombre. - Descansa. – dijo, mientras se acercó y le invitó a sentarse de nuevo, poniendo una mano en su hombro -. Entiendo que es difícil recuperarse después de haber mirado a la muerte a los ojos. - ¿A la muerte, señor? – Ethmund se sintió liberado de poder hablar con una persona después de todo lo ocurrido y en el decadente ambiente del campamento, no escatimó en preguntas-. - Aquella criatura no era sino una forma de la muerte, que desgraciadamente nuestros enemigos han traído a esta tierra. Debes mantenerte firme, muchacho, y nunca olvides quien eres pues es entonces cuando caemos en su perdición. – la voz del hombre se acompañó de un afable palmeo de espalda -. Permíteme hablar con tu camarada. -No te escuchará…no escucha a nadie. El hombre ignoró las palabras de Ethmund y caminó hacia Keveth y se arrodillo frente a él. Ethmund nunca supo lo que aquel hombre le dijo. Solamente pudo distinguir el llanto del stromico y el apoyo que el otro le ofreció con su brazo. Keveth volvió a sentarse con su compañía después de esto y, aunque aún se mantenía distante y taciturno, al menos volvió a intercambiar palabras con los demás. No obstante, jamás mencionó lo ocurrido, lo que vio, o lo que aquel hombre le dijo, a nadie. Ni si quiera a Ethmund.
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    Ethmund - El Justo Camino

    V Los primeros rayos de luz se colaron entre las grietas del tejadillo de madera. Ethmund se removió en el catre y acabó postrado de espaldas, mirando con ojos somnolientos esos detestables hijos del sol. Se llevó la mano al rostro mientras se desperezaba. Alguien fuera de allí hizo el toque de diana y a su alrededor los gruñidos de sus camaradas comenzaron a hacer rebosar el barracón de alegría mañanera. El trompeta repitió el toque de diana una segunda vez, logrando arrancar los primeros berridos de desagrado y amenazas de muerte de entre los soldados. Terminaba de calzarse las botas cuando Keveth se lo acercó, ya uniformado y preparado para lo que el día fuese a traer. Este le ofreció su mano para levantar del camastro, la cual tomó con firmeza fraternal una vez terminó de ajustar la bota. Ambos salieron al exterior del barracón, hacia la fría mañana de Lordaeron. Cuatro barracones como aquel del que acababan de salir se cerraban en semicírculo sobre una pequeña plaza circular de tierra batida. En el centro aguardaba un hombre de rostro robusto y alargado, de pelo oscuro extremadamente corto y embutido en una armadura completa de la que pendía un tabardo de fondo azul, con la silueta frontal de un león dorado bordado. El sargento Chad, superviviente de Ventormenta. Desde hacía meses sus días eran un durísima consecución de instrucción, entrenamiento e introducción a la disciplina militar que el Reino de Lordaeron había comenzado a imponer a aquellos reclusos que pululaban sus mazmorras. Ladrones, bandidos, timadores, y semejante tipo de personalidades de la más alta capa de la sociedad habían pasado de desgastar sus huesos en la piedra de las mazmorras a dormir en barracones militares y pasar el día preparándose para algo inminente. El enfrentamiento con los “orcos” que ahora poblaban el sur del continente. Ethmund no era una excepción, y tampoco Keveth. Desde que fuesen reducidos durante el famoso motín de reclusos de Costa Sur, ambos habían dado tumbos entre las prisiones de Trabalomas y Lordaeron hasta que se decidió poner una espada y un escudo en manos de todo aquel hombre y mujer válido para defender la tierra en la que vivían. Su condena, fueron informados, había pasado a ser una leva forzada para cooperar en la defensa de los Reinos humanos. Ethmund apenas había alcanzado la adultez para entonces y se encontró con un entorno totalmente ajeno a todo cuanto había conocido. Fue vapuleado en los entrenamientos, fue agotado hasta la saciedad en marchas forzadas por todo Trisfal, Trabalomas y Alterac. A pesar de haber vivido la mayor parte de su vida entre ladrones y pillastres, jamás se había visto en un entorno tan hostil y pronto cerró bandas en torno a si mismo. Se volvió arisco, distante y maldijo el día en que fue hecho prisionero cada mañana. Solo en Keveth encontraba cierto alivio cuando, tras cada golpe recibido, tras cada tropiezo, herida o decepción, una mano amiga que no portaba una vara de entrenamiento le palmeaba el hombro y lo ayudaba a levantar. El stromico jamás se sintió tan asfixiado en ese entorno y casi parecía disfrutarlo. Llegó a ganarse el afecto de algunos de los oficiales a cargo del entrenamiento y esto permitió a ambos raciones de comidas más abundantes o trabajos de mantenimiento más suaves. No obstante, no todos los oficiales formaban parte de esa buena relación con Keveth. El Sargento Chad, que había sobrevivido a la caída de Ventormenta, era un hombre reacio y con un código de disciplina, conducta y honor grabado a fuego en su personalidad. Curiosamente, este mismo sargento fue el elegido para supervisar la correcta instrucción de un numeroso grupo de reos forzados a servir en las filas. Toda una ironía para el veterano sargento que, aunque acepto sin trabas, no tomó con gran alegría. Una vez la totalidad de los reclutas estaba formando en la plaza de los barracones, el sargento alzó la voz con determinación: - La guerra ha comenzado,…soldados. Su compañía se pondrá en movimiento mañana en dirección a las Laderas de Trabalomas, donde se espera que los efectivos orcos intenten establecer una cabeza de playa para su desembarco. El murmullo que se extendió entre los allí convocados fue inmediato y aumentó en intensidad en escasos segundos. - ¡Basta de cuchicheo! ¿Alguno pensaba que había sido sacado de su mazmorra para pasar el resto de su vida cómodo en estos barracones? Si alguno aún lo piensa, será un placer hacer el del padre que nunca tuvo y cruzarle la cara de un guantazo. – dijo el sargento sin mover un ápice su posición, únicamente adquiriendo un tono más regio -. Es esta guerra la que os ha salvado de pudriros en una mazmorra, y es por ello que la vais a honrar como se merece, dejando vuestra alma en sus campos de batalla. El cuchicheo se había interrumpido por completo y todos los reclutas miraban fijamente al sargento. Cuando el sargento comenzó a dar órdenes en un tono más neutral a los oficiales presentes, entonces y solo entonces, Ethmund bajó la mirada al suelo mientras a su alrededor sus compañeros comenzaban a comentar las nuevas. - Todo irá bien chico. Tengo tu espalda aquí y allí fuera, ¿eh? – Keveth puso la mano en el hombro al muchacho y lo observo con firmeza -. Enfrentarse a esas bestias no será lo mismo que robar monederos o huir de la guardia, por eso debemos de permanecer juntos. Codo con codo saldremos de esta, aun te queda toda una vida por delante. Ethmund observó al stromico. Tomó el antebrazo de este con el suyo y asintió a sus palabras. Ambos se miraron como lo hacen dos hermanos, aunque no sea sangre lo que tengan en común. - ¡Eso será todo! Este será su último día en estos barracones. Pongan sus cosas en orden si es que hay alguien que aún recuerde quienes sois. – El Sargento finalizó su intervención en la plaza y la abandonó, seguido de los oficiales con los que había estado hablando -. Pronto todos los soldados comenzaron a rondar por los barracones y el exterior de los mismos. Jugando partidas de cartas y acabando con las últimas reservas de cerveza y comida. El ambiente enrarecido rápidamente escaló a uno de alegría y diversión a pesar de que sería su último día allí y, para muchos, uno de sus últimos días en ese mundo. Ethmund y Keveth terminaron bebiendo cerveza sentados en un grupo de banquetas en torno a una pequeña hoguera en la que se cocinaban dos truchas, junto con tres hombres más. - ¿Cómo es la guerra Keveth? - Caótica, sucia…oscura, apesta. Literalmente, apesta. Los campamentos de guerra son pocilgas y los campos de batalla, te lo puedes imaginar. De nada sirve comer si no tienes un estómago fuerte, acabas vomitando por el hedor. - Dicen que esto es peor aún. – Uno de los otros comensales intervino en la conversación, observando los por sobre su pichel -. Dicen que estos orcos son bestias imparables, que pocos son capaces de mantener las filas cuando cargan, por miedo. Keveth, Ethmund, y los otros dos allí presentes observaron al hombre, y el ambiente se ensombreció un poco. Los cinco bebieron. - No creo que sean muy diferentes a los trols. Salvajes, enormes, fuertes. – Keveth intentaba restar hierro a la situación -. Con un par de hombres fuertes es fácil sobrepasar a uno, no se lo esperan y no están organizados. Los sureños vienen con miedo, han perdido una guerra, es normal que exageren la situación. - No, no lo creo. – el hombre insistió -. Se pueden perder guerras en un día, pero, ¿Reinos enteros en tan poco tiempo? Estas bestias son distintas a todo lo que hayamos visto antes. Y nosotros seremos la carne de cañón, seremos los primeros en mirarlos a los ojos y despedirnos de este mundo. Ethmund tenía la mirada clavada en el hombre, absorto en sus palabras. Apretó sus manos alrededor del pichel. Nunca había tenido miedo a ser agarrado por la guardia, encerrado o golpeado. La privación de su libertado creaba rabia en su interior, pero no lo temía. Solo temía la muerte, solo temía encontrar la muerte temprana y que todos sus sacrificios hubiesen sido en vano. Cada palabra de aquel hombre era como un martillazo que poco a poco hundía más aquella tachuela en su ataúd. - ¿Crees que seremos la vanguardia? – preguntó, sin dejar de mirarlo. Keveth lo observaba a él no obstante, como si lo hubiese estado haciendo desde hace rato. - No lo creo, lo sé. Dime chico, ¿crees que pondrán a sus nobles hijos a caballo delante de nosotros? ¿o a los honorables limpiabotas que tomaron el servicio por voluntad propia? No. Seremos nosotros, los prescindibles. Keveth removió una de las truchas de la placa de pizarra en que se estaban cocinando, a fuego lento. - Si cuidamos unos de otros saldremos de esta. Sobreviviremos a los orcos, a la guerra y a quienes nos la han impuesto – Keveth sentenció, ofreciendo la trucha a Ethmund. Este lo miró asintiendo levemente, mientras tomada el pescado y daba un bocado.
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    Ethmund - El Justo Camino

    IV Había pasado ya un año desde que lo tomaran preso. Se había rapado su destellante pelo cobrizo hace unos días y este estaba comenzando a salir de nuevo. Una incipiente barba pelirroja comenzaba a surcar su rostro. El olor a algas y agua salada lo azotó en la cara. Ayudaba a Edgar a cargar un barril al interior de una de las goletas ancladas al puerto. En otro embarcadero, un descomunal navío con velas de Ventormenta no dejaba de descargar refugiados. La guerra había terminado en el sur, según había escuchado, y Ventormenta había caído en manos de aquellas criaturas verdes, los llamados orcos. En todo Lordaeron se escuchaban murmullos funestos. La gente estaba intranquila. Ethmund procuraba no pensar en lo que el futuro iba a deparar a esas tierras. Estaba a unos meses de terminar su condena y por fin podría dejar de descargar cajas y barriles de los barcos que amarraban en aquel puerto. Esa había sido toda su meta desde hace tiempo, además de mantener una relación saludable con Keveth. El stromico de voz ronca y gran nariz lo había acogido desde el primer día que llegó a la celda. Había evitado que sabuesos hambrientos de demostrarse superiores, como Edgar o Boro, hiciesen de las suyas con él. Cuando los destinaron al puerto de Costa Sur, Keveth se convirtió en una suerte de líder de ese pequeño grupo de desdichados del que Ethmund no pudo evadirse, cosa que tampoco intentó con demasiado fervor. Por primera vez en mucho tiempo se sentía rodeado de personas que podía considerar amigos, incluso una suerte de hermanos de destino. No obstante, ardía en deseos de volver a ser libre. Libre, como Keveth le había prometido que serían muy pronto, si seguían las órdenes que se les había encomendado. Entonces, había pensado, podrían buscarse la vida juntos. Edgar pensaba muy distinto y, tras terminar de cargar el barril, se paró un instante a observar el navío ventormentino, con ojos de avaricia. Ethmund lo miró extrañado. Alzó la voz: - Vamos Edgar, quedan dos más. - Si…vamos – dijo el hombre, quitando la mirada del barco no sin esfuerzo y sonriendo forzadamente a Ethmund –. Pronto seremos libres ¿eh chico? - ¿Qué piensas hacer cuando nos suelten? –preguntó, mirando el mismo el navío. - No lo tengo claro. Tal vez vuelva a la calle, o tal vez marche a Gilneas, o quizás al Sur. – Sus palabras dejaban entrever levemente sus intenciones. No daba la impresión de que realmente intentara ocultarlas. - Keveth tenía pensado que trabajásemos juntos, los cuatro, Boro y tú también. - Keveth no es más que un fanfarrón y un perdedor. Expulsado de allí donde ha puesto un pie. Un paria, eso es lo que es. Harías bien en no seguirlo fuera de aquí, chico, trae mal fario. - Tú tampoco puedes dar lecciones a nadie. – Edgar no le daba miedo, de hecho, desde que Keveth lo hizo sentar en la litera con cuatro palabras, tenía bastante claro que Edgar temía al stromico, y con ello también a Ethmund. - ¿Y tú sí, rata callejera? – Dejó escapar una risa despectiva y se encamino a la plataforma de bajada del barco, para cargar con la mercancía que quedaba. Keveth y Boro llegaban en esos momentos al muelle a cargo de un carromato vacío, tirado por una mula vieja. El stromico observo al chico bajar de la goleta y después llevó los ojos al barco ventormentino. Ethmund se acercó al carromato, mientras Boro iba a ayudar a Edgar en su tarea. El muchacho acarició la cabeza del animal y observó a Keveth. - Edgar tiene pensado irse, a Gilneas o hacia el sur, una vez nos hayan soltado. La atención del stromico se desvió del barco hacia el chico un ínfimo instante, pues rápidamente regresó al navío. - Edgar cree que Ventormenta está abierta al saqueo para que pobres diablos como él se hagan ricos en unos pocos días. Todavía no se cree que esos orcos han tomado la ciudad y está convencido de que son bandidos organizados. – Sonrió con inocencia – ¿Tú que crees Ethmund? El chico miró a su camarada con los ojos entrecerrados. Realmente, nunca se había parado a pensar si la información que traían los refugiados era verdad o no. - No creo que toda esta gente gane nada con mentir. Keveth asintió levemente al chico, si variar ese rostro agrio que portaba como su estandarte. - Estás en lo cierto. – llevó la mirada a Edgar y Boro, cargando barriles –. Hay que vigilarlos. Desde que los últimos refugiados vienen del sur me da la impresión de que traman algo, algo que nos pueda salpicar. - ¿Crees que no van a esperar a terminar la condena? El hombre volvió a mirar al chico y negó con sequedad. Arreó a la mula y dio un pequeño cocotazo al muchacho con el puño cerrado, en la cabeza, al pasar a su lado: - Deja de hacer el vago. A trabajar. Ethmund regresó a los barriles, decidido, corriendo tras del carro. El final estaba cera. Llegó la hora del almuerzo y el grupo de cuatro se reunió en un punto apartado de puerto con el resto de reclusos pagando su condena en la zona. Era un antiguo picadero para caballos, vigilado por un pequeño pelotón de la guardia de Costa Sur. Había allí, al menos unos treinta reclusos trabajando, provenientes de todas partes del Reino e, incluso, de otros reinos vecinos. Edgar observaba a su alrededor mientras comía, como una rata temerosa de que alguien le quite las migajas. Mientras, Boro discutía con Keveth el futuro que deparaba al norte. Una conversación acalorada acerca de probables guerras, alianzas y levas forzadas: - Si hay guerra llevar a todos los reos al frente, tenlo claro Keveth. Esto no es Stromgarde, aquí nadie va a ir a morir por su honor familiar, hay que obligar a la chusma. – Boro reía y palmeaba la espalda de Keveth –. ¿Has luchado en alguna batalla por la gloria de tu linaje, allí en Strom? - No es tan sencillo como lo pintas, Boro… - negó, mientras daba un sorbo a la bota de vino –. No todo son gritos de guerra y epopeyas al regresar. No todo el mundo quiere luchar, igual que aquí. Mientras la conversación continuaba, Edgar se levantó y acercó a otro grupo de reclusos que compartían una humeante pipa. Se sentó junto a ellos. Ethmund no lo perdió de vista, apartando su propia comida de la boca. Intercambiaron un buen número de cuchicheos y varios de ellos asintieron con un “Aye” a las palabras de Edgar, que gesticulaba exageradamente. Pronto comenzó a señalar a los hombres en dirección al puerto. Dos guardias se habían fijado en él y hablaban entre ellos. Boro se levantó y fue a un extremo del picadero a evacuar. Keveth también estaba mirando al grupo de reos a los que Edgar hablaba, y se dirigió a Ethmund: - Planea algo. Ethmund, estate preparado – dijo, mientras se levantaba y observa al pelotón de la guardia. Ethmund miró al hombre y examinó también en número de guardias que rodeaban el picadero. Maldijo a Edgar para sus adentros y también se levantó, a un lado de Keveth. No eran los únicos. Prácticamente todos los reos allí presentes hicieron lo mismo, rodeando a Edgar. - ¡Volved a la comida! ¡Sentaos! – exigió uno de los dos guardias apostados en la salida del picadero mientras llevaba, con mucha calma, la mano a la empuñadura de su espada reglamentaria. Los reos avanzaron en grupo hacia la salida, manteniéndose juntos, mientras la desagradable voz de Edgar se escuchaba desde el centro, guiándolos. El metal desenvainado se dejó escuchar desde cada esquina del picadero cuando la guardia liberó sus armas de las vainas. Ethmund corrió a ponerse al final del grupo de reos, sin perder un instante. Keveth lo siguió cuando el gruñido de Boro se comenzó a escuchar. Un guardia lo mantenía inmovilizado, filo en su cuello. - ¡Retroceded! Es una orden – la voz del guardia volvió a alzarse entre el murmullo de los prisioneros –. ¡Es una orden! Los primeros cautivos comenzaron a cargar sobre los guardias de la entrada, que ya habían sido reforzados por otros apostados a lo largo del picadero. Se escucharon gritos, el contacto del metal con la carne y varios golpes. Dos guardias cayeron al suelo de espaldas mientras uno de los reos se cebaba con la cabeza de uno de ellos. La avalancha de huidos sobrepasó la entrada mientras el resto de guardias comenzaba a alcanzarlos. Salieron a una de las calles de Costa Sur. La estampida fue trepidante. Viandantes de la población se apartaban horrorizados ante la manada de reclusos, que se dirigía al puerto. Ethmund y Keveth corrieron tras de ellos, sintiendo los gritos de los guardias cercanos a ellos, a su espalda. Llegaron al primero de los muelles y con Edgar a la cabeza, se hicieron rápidamente con el control del puente que accedía al navío Ventormentino cuando algunos braceros empezaban a descargar los bienes que portaba. Hubo gritos y más de un cuerpo cayó al agua del puerto. El atropello era imparable y el puente estuvo cercano a quebrarse por el peso de la treintena de presos que intentaban acceder al mismo tiempo. - ¡Izad! ¡Izad el ancla! – La voz de Edgar se alzaba sobre todo el escándalo, instando a sus camaradas a izar el ancla del navío. Muchos de ellos ya trepaban por las cuerdas y tiraban de la manivela que ayudaba a elevar el ancla cuando Keveth y Ethmund si quiera habían alcanzado el puente. Ethmund sintió de nuevo la férrea mano de un guardia cerrase con fuerza en su hombro. Lo obligó a doblarse de dolor sobre el pavimento mientras varios guardias continuaban la carrera por ambos lados. - ¡Escoria! – gritó el guardia, y parecía querer añadir algo más dirigido a sus compañeros de pelotón cuando un puño perfectamente colocado lo alcanzó en el mentón. Reculó y soltó el hombro de Ethmund. - ¡Corre! – El grito era de Keveth que ya esquivaba al aturdido guardia y corría en la dirección contraria al barco. Ethmund lo siguió, notando como tres guardias se separaban del pelotón e iban en su persecución. La calle principal de Costa Sur, que dirigía hacia Trabalomas, estaba bloqueada ya. Refuerzos desde otros puestos cercanos habían cerrado la salida. Keveth rehusó detenerse e intentó guiarlos por una calleja secundaria que también estaba bloqueada. Finalmente varios guardias se los echaron encima e inmovilizaron contra la tierra. Gritos de júbilo inundaron la población desde el navío robado, cuando este comenzó a alejarse del puerto. Otra vez capturado, Ethmund no pudo si no maldecir cien veces a Edgar.
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    Ethmund - El Justo Camino

    III Tenía las manos hinchadas, desde que entró en las mazmorras. Los grilletes raspaban fríamente sus muñecas y ya le habían provocado heridas que no dejaban de sangrar. No había nadie más que él en aquella lúgubre celda. Apenas unos haces de luz entraban por una pequeña ventana de barrotes, inalcanzable para alguien de su altura. Podía escuchar los pasos de los viandantes en la calle e incluso ver sus escarpines y botas entre los barrotes. Era un lugar extremadamente pequeño y hecho en piedra desgastada por el tiempo, probablemente una de las primeras mazmorras construidas cuando se fundó la ciudad. Una gruesa puerta de madera oscura, sin ventanuco ni abertura visible, sellaba completamente la celda del resto de la galería, lo que también lograba un profundo silencio en la estancia. Ethmund había contado tres noches desde que fue detenido. Tres noches, tres comidas que un guardia de mazmorra había traído para el por esa puerta. Pan y leche, nada más. Había escuchado hablar de los procesos que conllevaban la entrada en las mazmorras de la ciudad de boca de algunos pillastres que habían sido cazados robando. No obstante, desconocía que es lo que ocurría con aquellos acusados de un asesinato. Desde que llegó por primera vez a aquella celda lo único que pensaba era en la muerte. Ese destino que durante sus años en la calle había conseguido evitar en múltiples ocasiones gracias a su previsión y buen juicio le llegaría ahora de la forma más ridícula. Siendo acusado de un crimen que, por una vez, él no había cometido. ¿Cómo se defiende un conocido delincuente de una acusación falsa? Sabía que sus palabras tendrían poco valor, si no ninguno. En estos pensamientos dormitaba, sentado en la fría roca, culpándose de sus descuidados fallos en aquel fatídico día. La puerta de la mazmorra se abrió con un sonido pesado y el chirriar de unas bisagras oxidadas. El habitual guardia de la mazmorra, vestido con una burda imitación de un traje de verdugo, apareció en el umbral de la puerta, iluminado por la luz que entraba por la ventana. No traía comida. - En pie. – exigió, mientras se hacía a un lado de la puerta –. Delante de mí. Ethmund atendió a sus instrucciones y se puso en pie. Notó el dolor en sus piernas y espalda al ponerse en pie de nuevo y caminó hacia el exterior de la celda, dentro de la galería. El guardia cerró la puerta tras de él y lo picó en el hombro, instándolo a caminar hacia su izquierda. La galería era una interminable hilera de puertas de la misma manufactura que, indudablemente, daban lugar a más celdas. Al final del pasillo comenzaron a ascender varios escalones que parecían doblar en una especie espiral. Cruzaron una puerta, un pasillo bien iluminado, y accedieron a aun despacho. Era un despacho ostentoso, probablemente en la zona superior del edificio que hacía las veces de cuartel y prisión. Un estrado de madera se alzaba frente a el sobre el que un hombre de poblada barba grisácea y ojos del color del grano observaba a los recién llegados tras de una mesa de buena madera. La heráldica de Lordaeron estaba duplicada en varios estandartes repartidos por la estancia, así como un mapa de los Reinos del Este, bordado en la pared derecha. Un gran ventanal acabado en un arco de medio punto iluminaba toda la estancia tras del hombre. - Puede dejarnos, Gilbert. – el hombre tras la mesa alzo la mano en un gesto de relevo al guardia, a lo que este respondió cerrando la puerta y dejando a ambos solos en la estancia –. Soy el Teniente Lars, le haré unas breves preguntas que quiero que responda, ¿de acuerdo? Ethmund asintió sin dudar. La mirada del teniente era extremadamente neutra. Lo observó a de forma condescendiente, casi paternal, antes de bajar la mirada a su propia mesa. - ¿Cuál es su nombre? – entonó, devolviéndole la mirada. - Ethmund, señor. - ¿Ethmund que más? – el teniente sumergió una pluma en tinta y comenzó a escribir –. Su apellido. El chico dudo un instante y miró al teniente. Respondió. - No lo sé, señor. Lars evitó escribir y miró de nuevo al muchacho. Ambas miradas se cruzaron y el teniente dejó la pluma sobre la mesa. Cruzó sus toscas manos sobre el papel y le indicó que se acercara. Ehtmund así hizo, y subió los escalones del estrado hasta ponerse al otro lado de la mesa, frente al hombre. - Los hombres de la guardia dicen que eres un ladronzuelo de poca monta. Escurridizo, sí, pero no un peligro mortal para la gente. – se detuvo un instante, dando tiempo al muchacho para comprender el significado de sus palabras –. No creo que tú mataras al viejo Jebas pero debes entender que aunque esto fuese verdad, no estás libre de pecado. Ethmund observo al teniente mientras este enunciaba sus palabras. Tenía una voz profunda, poderosa, que lo reconfortaba en cierta medida. Ethmund no se engañaba a sí mismo, sabía que acusado de asesinato o no, estaría una buena temporada en aquellas celdas. - Yo no lo maté señor. No tenía nada en contra de ese hombre. - No obstante te echaron el guante a escasos pasos de allí cuando su vida aún no se había terminado de ir. ¿Qué viste? Frunció el ceño. Se habría criado entre miseria y pobredumbre, apoyándose en un código forjado entre las calles y sus habitantes. Un código que lo había mantenido vivo en más de una ocasión. Que decía cosas como “paga a Donth y no te pillarán”, “no robes a un prójimo” y “no delates a un prójimo”. Ethmund no era precisamente un devoto de estas leyes no escritas pero las respetaba hasta cierto punto pues, comprendía, sin ellas bien podría haber muerto hace años. - Y bien. – el teniente se echó hacia atrás en la silla, mirándolo. - No vi nada, señor. Estaba allí por casualidad, intentando ocultarme de uno de sus hombres que me perseguía cuando me golpearon en la cabeza y me pusieron grilletes. No vi nada más. El teniente frunció el ceño, mas asintió lentamente a las palabras del muchacho y retomó la pluma, terminando de escribir en el papel que tenía frente así. - Te llevaremos a una celda más grande, con otros reclusos, hasta que se decida que hacer contigo. – sus palabras volvieron a ser serias, pero no distantes, haciendo gala de una profesionalidad que solo se lograba con gran experiencia –. No serás juzgado por asesinato, pero si por tus crímenes posteriores. ¿Lo has entendido? Ethmund asintió rápidamente a las palabras del teniente y espero a que se le despachase. El teniente, sin ofrecer más palabras, terminó de escribir el pergamino y lo sello en tinta caliente. De una voz, llamó al guardia de mazmorras y le hizo saber sus órdenes, así como hizo entrega del pergamino sellado. Gilbert tomó a Ethmund del hombro y lo arrastró fuera de la estancia, mientras el teniente observa al muchacho con serenidad. Fue conducido por el mismo pasillo que habían venido y escaleras abajo, a una galería diferente. Allí las celdas eran más amplias y no estaban tras de gruesas puertas, si no tras barrotes de un metal oscuro. Los allí recluidos observaron la procesión hasta que Gilbert golpeo con su brazalete los barrotes de una de las celdas, la abrió, quitó los grilletes al muchacho, y lo echó dentro. - Mirad que tenemos aquí. – una voz ronca surgió del interior de la celda en que lo habían puesto. En una de las literas de abajo un hombre de pecho descubierto se había sentado sobre la paja, observando al muchacho. Otro hombre, apostado en la litera de arriba se giró también para observarlo de arriba abajo. Ambos tenían rostros sucios y carentes de varios dientes. El que se mantenía sentado tenía un ojo falso y una venda en la cabeza, de la que aún se podía distinguir la sangre seca. Ethmund ignoró el comentario de su nuevo compañero de celda y se encaminó a la única cama vacía de la estancia, la litera de abajo que había frente a la de los dos hombres. En la de arriba, un bulto no se había movido, parecía dormido. Ethmund se tumbó en la cama y cruzó las piernas, observando el techo de su nuevo habitáculo. Podía notar la punzante mirada de los dos curiosos puesta sobre él, pero se obcecó en no mirarlos, ni responderlos. - Le ha comido la lengua el gato. – insistió el primero, mientras se levantaba y acercaba hacia la litera -. ¿No sabes hablar chico? ¿No vas a saludar a tus nuevos camaradas? - Deja al chico tranquilo, Edgar. Aquella voz áspera y carente de amabilidad, de afecto, tuvo un efecto directo en el tipejo, que reculó hacia su cama de nuevo. Ethmund había reconocido aquella voz. La voz del hombre que en los campamentos de refugiados le había preguntado que miraba y si le era más fácil robar entre tanta gente. Clavó la mirada en el somier de la litera de arriba, sin decir nada, sin abrir la boca.
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    Ethmund - El Justo Camino

    II - ¿Qué es lo que tanto miras, chico? La áspera voz de uno de aquellos hombres despertó a Ethmund de su análisis, observando uno a uno los carros que llegaban por el camino de Trabalomas, hacia la capital. - Cada vez llegan más. – respondió el muchacho, devolviendo la mirada a aquellos ojos marrones cargados de rabia –. Y lo hacían. Como miembros de una triste procesión, el interminable goteo de sureños que llegaba a los campamentos improvisados a las puertas de Ciudad Capital, Lordaeron, parecía no tener fin. Desde hacía ya tres semanas, los exteriores de la muralla se habían convertido en un barrio más, levantado entre tiendas de campaña, pabellones de mil colores y carromatos cargados de hombres, mujeres y niños. Ethmund vagaba por aquella zona desde hacía dos días. La voz se había corrido con extrema rapidez y el extendido campamento estaba ahora tan poblado de refugiados como de oportunistas y críos con las manos muy largas. Más largas de la cuenta. Tanto que a pesar de la poca presencia de la guardia en los primeros días algunos de ellos terminaron en los calabozos de todos modos. Pero él no era estúpido, no era despreocupado y torpe como aquellos niños que pensaban que una daga herrumbrosa en su cinturón los sacaría de cualquier apuro. No, él era calculador hasta el milímetro. No obstante también comprendía que, aún allí en aquel panorama perfecto, sus estrategias no eran infalibles. - Más fácil para ti ¿verdad? Poner la mano en la bolsa de esos desdichados y agrandar su desgracia. El hombre insistió, mirando al muchacho. Era de hombros anchos y rostro anguloso, chupado, como si nunca hubiese estado del todo bien alimentado. Su cráneo estaba rapado, lo hacía cada mañana. Sus ojos eran los de un hombre cansado, con ojeras y cejas interrumpidas por alguna que otra cicatriz de pequeño tamaño. Su nariz parecía no haber comido del mismo plato que su cara. Era grande y robusta, dura, como si tuviese más personalidad que él mismo. Vestía cuero tachonado y teñido de verde, aunque la mayoría del color ya se había ido. Debajo tenía una malla y quien sabe que más. - Hago lo que tengo que hacer para comer. – respondió Ethmund, con palabras secas e, incluso, amenazantes –. - Pan y plata. – sentenció el hombre, sentado frente a él en un improvisado banco hecho de tablas y barriletes –. No te juzgo. “Seguro que no…” dejó escapar el chico, mientras se levantaba, incómodo por la constante mirada del hombre. Tampoco quería que un buscavidas bocazas comentara nada acerca de él entre los refugiados y locales. Estaba mejor fuera de su vista. Ethmund comenzó su habitual ronda por entre las tiendas de la zona oeste del campamento. Caminó hasta llegar a la muralla y pego la espalda a la misma, observando. La guerra en Ventormenta no había acabado, pero Lordaeron ya se había llenado de refugiados que temían lo peor. Quizás si el enemigo fuese humano, elfo, o incluso trol, no estarían viviendo tal éxodo. No obstante, las historias de barbarie, desmembramientos, genocidios y de aquellos descomunales monstruos verdes habían acelerado todo. Ninguno de aquellos hombres, mujeres y niños esperaban problemas en Lordaeron. Ya habían vivido un infierno, en sus mentes entrar en otro era imposible o, como poco, improbable. Que equivocados estaban. Mientras los más válidos habitantes de Ventormenta, aquellos que podían empuñar un arma, luchaban la amenaza aún en el sur, solo ancianos, niños e inválidos se habían adelantado a lo peor. Los hombres y mujeres hábiles se podían contar con los dedos de una mano. Todos eran presa fácil, no sólo para Ethmund, sino también para cualquier oportunista o pillastre que supiese ver la oportunidad. Pero él era capaz de ver más allá. Él entendía que estos días de oro solo durarían un tiempo, el tiempo que el Reino tardase en reubicar a aquellas gentes y poner orden en los campamentos. Jugaban con un margen de tiempo muy estrecho, y la guardia aumentaba su presencia a cada día. Ethmund repasó los campamentos más cercanos, anotando en su avispada cabeza un par de tiendas de campaña de las que acababan de salir algunos de sus habitantes, un saco de mediano tamaño apoyado junto a un banco y un carro que a primera vista parecía haber sido abandonado. Siguió anotando, más tiendas vacías, gentes cargando sus pertenencias en la espalda y dirigiéndose hacia la zona este de la muralla, un grupo de críos de su misma edad observando alrededor. Ethmund se separó cuidadosamente de la muralla y observó a sus lados y arriba, a las almenas. El ambiente resultaba extraño, distinto a los días anteriores. En las almenas dos vigías observaban el campamento y hablaban entre ellos, lo suficientemente lejos del suelo para que sus palabras no fuesen más que murmullos. No había ni una voz. El grupo de niños comenzó de improvisto a colarse en algunas de las tiendas vacías por las lonas de atrás. Ethmund esperó, y acertó. De entre dos de estas tiendas emergió un hombre grueso, serio, que señalaba varias de las tiendas que formaban ese campamento. Tras de él, un pelotón de la guardia de Lordaeron atendía a sus señas asintiendo, mientras rodeaban el campamento con extremo disimulo. No vestían mallas, ni placas, no esperaban enfrentarse a nada en particular. Sus calzas estaban atadas con fuerza y no portaban arma alguna, más que los puños metálicos de sus armaduras. Ninguno vio a Ethmund, pero él si los había visto, y comenzó a desplazarse lentamente a su derecha, pegado a la muralla. Comenzó a escuchar el vocerío y los pasos a la carrera, mas no se detuvo. Algunos arbustos cercanos a la muralla lo ayudaron a ocultarse. Para cuando llegó a una de las esquinas del baluarte pudo ver la escena con claridad. Varios de aquellos rapaces ya habían desapareció, no obstante dos guardias aún intentaban dar caza a algunos de ellos. Ethmund no se detuvo y continuó, sin quitar ojo de la escena. A su espalda escuchó de improvisto varios pasos atropellados y el jadeo de dos personas. Cuando giró la cabeza un muchacho pasó a su lado sin detenerse, a la carrera, apenas pudo ver su rostro de concentración y su incipiente bigotillo cuando se perdió entre dos tiendas. Tras de él un guardia de la ciudad clavo la mirada en Ethmund. Correr. Ethmund dejó atrás su desplazamiento sigiloso. Su estancia allí estaba vendida y la guardia no escucharía a razones. Derrapó entre la tierra del campamento y se coló por debajo de uno de los carros. Al otro lado aún podía escuchar las grandes zancadas del guardia rodeándolo. Se evadió entre varias tiendas pegadas entre sí, golpeó un barril que salió rodando tras de él. Dos giros más, un quiebro y se detuvo tras un montón de cajas acumuladas bajo un pabellón. Observó durante varios minutos, asegurándose y confirmando que estaba solo. Su corazón palpitaba más de lo que su cuerpo podía mantener y se obligó a sentarse, a relajarse, sin dejar de estar alerta. Pasaron varios minutos hasta que escuchó un golpe y una voz suplicante. - ¡Piedad! ¡Chico, piedad! Ethmund se tensó de nuevo y miro a su alrededor, buscando la voz de nuevo para identificar de donde llegaba. No volvió a escuchar voz alguna, mas un forcejeo continuado llegaba de un campamento a su derecha. Se levantó con extrema vigilancia y se acercó lentamente al lugar. Allí entre varias tiendas vacías que hacían un círculo, el hombre que había guiado a la guardia hasta los muchachos estaba con la espalda tendida en el suelo, totalmente indefenso. Su rostro serio era ahora uno de temor, temor por su vida, pues un muchacho de pelo negro mantenía un cuchillo apretado contra su garganta. Ethmund rodeó la escena para observar mejor, sin ser visto aún. Entonces lo vio. Vio el incipiente bigote del crío, sus oscuras cejas y nariz regordeta. Sus ojos verdes, clavados en el hombre, no mostraban si no odio. Ethmund se quedó paralizado en el sitio. Durante varios segundos no ocurrió nada. La mano del muchacho temblaba. El hombre no movió un músculo. Y entonces, sin previo aviso, el metal rasgó la piel y la sangre regó la tierra. Mientras el hombre se aferraba a su vida, el muchacho se apartó, observándolo, antes de poner pies en polvorosa. Ethmund no se movió. No se fue y tampoco se acercó a ayudar al hombre. Observó como de desangraba hasta que quedó inmóvil en el suelo. Entonces se giró y comenzó a andar, con la mirada puesta en la tierra, en la hierba, en las piedras, en aquellas botas llenas de polvo. Recibió un golpe en la cabeza y ya no vio nada. Cuando despertó no pudo separar las manos. Le dolían las muñecas y las tenía pegadas tras la espalda, unidas con el metal de unos grilletes. Frente a él, pudo distinguir como dos figuras borrosas cargaban un bulto de buen tamaño. Aún no podía ver bien. Cuando comenzó a distinguir formas, notó la mirada mortal del guardia que lo persiguió días atrás hasta la tasca de Donth, el cuerpo del hombre que había visto morir, y el pelotón entero de soldados que aseguraba el lugar.
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    Ethmund - El Justo Camino

    I La lluvia golpeaba sin descanso las pavimentadas calles de la Ciudad Capital, centro neurálgico del Reino de Lordaeron. Formando finos torrentes entre los adoquines, el agua corría calle abajo hacia la boca de alcantarillado más cercana. Ningún paso entorpeció su avance, ni tampoco la rueda de un carro, la punta de un bastón o la pezuña de asno, penco o res. Nada ni nadie caminaba por aquellas grises calles. Allí sobre el primer desagüe en el que todos aquellos cauces iban a desaparecer los relucientes escarpes de una armadura de soldado eran todo cuanto pisaba la calle. Calzado en ellos un guardia de la ciudad observaba con detenimiento los alargados escalones que daban continuación a la avenida, cuesta abajo, hasta la plaza del mercado. La puerta de uno de los ventanales de madera sea abrió a su espalda, no muy lejos de su posición, y la estridente voz de una mujer exclamó: - ¡Cuidado allí abajo! Acto seguido, el chapoteo de una pestilente mezcla de deshechos del hogar golpeó el llovido pavimento y resonó en la avenida, entre el golpear del agua. El guardia se giró inmediatamente para ver como la mugre se extendía sobre la piedra y comenzaba a mezclarse con los pequeños ríos de agua que bajaban hacia su posición. La peste bajaba con ellos también. Mas el inocente gesto por parte de aquella mujer había desatado algo más. Nerviosos zapateos arrancaron de entre una de las viviendas que quedaban a ambos lados de los escalones cuando un muchacho joven y poca cosa echó a correr escalones abajo hacia el mercado en el preciso instante en que el guardia se había girado. - ¡Alto a la guardia! La vertiginosa persecución alcanzó la plaza del mercado en menos de un suspiro. De allí el joven tomó la izquierda y comenzó a ascender por un angosto callejón en el que las casas parecían echárselo a uno encima. El guardia, aún ralentizado por el peso de las mallas, recortaba la ventaja que el joven había sacado con su sorpresa. Podía incluso diferenciar las cicatrices en el antebrazo del muchacho que corría frente a él e, incluso, reconocer el sonido de la plata entrechocando en una pequeña bolsa que el mismo llevaba colgando al costado. Tan mínima era la distancia que los separaba. El callejón ascendía sin cesar describiendo una constante curva hacia la izquierda. Finalmente la robusta fachada de una tasca se dejó ver al final de la cuesta. No era si no un callejón de salida que terminaba en una taberna, el muchacho estaba perdido, o eso pensó su perseguidor. No obstante, el joven no hizo sino hacer impactar su hombro contra la puerta del establecimiento y entrar a trompicones. Incrédulo, e incluso mosqueado, el guardia atravesó el umbral tras sus pasos. Se detuvo al instante. Los mesones de esta zona de la ciudad eran un habitual hervidero de gente en un día cualquiera, no obstante, cuando las nubes empañaban los cielos y la lluvia inundaba las calles, se convertían en verdaderas cuadras. No solo no había una silla libre, si no que difícilmente era posible mantenerse en pie sin tener el rostro de otro a menos de dos palmos de tus barbas. No había del muchacho. Las miradas de los parroquianos se giraron de inmediato hacia el bordado tabardo en el pecho del hombre, más nadie hizo gesto añadido alguno, ni una voz, ni una dirección, ni una mirada cómplice. Nada. La palabra del Rey, aunque de enorme valor entre los habitantes del Reino, no sería suficiente para exigir el paradero del muchacho si solo la voz de un hombre las pronunciaba en lugar tan atestado. El guardia sabía esto y aderezó su rostro, colmado de cansancio por la carrera en mallas, antes de comenzar su avance, como pudo, hacia el mostrador tras el que se ubicaba el encargado de aquel establecimiento. Reposó las manos sobre la madera y observó al hombre, que parecía ignorarlo. Su poblado bigote negro bajaba hasta la altura del mentón. Era un hombre de rostro arisco y piel rojiza, de nariz redondeada y ojos diminutos y negros como el carbón. - Busco a un muchacho, ha entrado apenas un instante antes de que yo lo hiciera. – dijo, sin apartar la mirada del hombre –. El tabernero lo observó con paciencia y señalo hacia la puerta. “Os ayudaría, pero a nadie de quien entra puedo ver hoy. Demasiadas cabezas de por medio, y es un problema, un problema que se repite con cada chaparrón. Os desearía suerte, pero dudo que ni con ella vayáis a lograr que nadie de aquí os diga nada. ” No le faltaba razón. Cuando el guardia se giró a observar la puerta por la que había entrado apenas alcanzó a ver el dintel de la misma, entre cabeza y sombrero. Con un bufido renegado asintió con un mustio agradecimiento y abandonó la taberna, de vuelta a la lluvia. El tabernero lo había seguido con la mirada hasta que se perdió tras la puerta, moviendo su denso bigote lentamente y de lado a lado. Cuando la hoja de madera se cerró, sus diminutos ojos bajaron a la propia barra tras la que se encontraba. - ¿Qué has hecho esta vez, demonio? De debajo de la barra emergió un muchacho joven, de unos 14 años de edad, de pelo cobrizo y casi como el alambre mismo. Su rostro era alargado y de ojos grandes, expresivos y amarillos. Una nariz ligeramente torcida a su derecha, fruto de una probable ruptura, era lo que más desentonaba en su cara de crío. “Siguen buscándome por la cuestión de la pasada semana. Ese me ha estado siguiendo todo el día…” Lo dijo con una familiaridad pasmosa, como si aquellas carreras frente a la guardia hubiesen sido su ocupación desde el día en que vio la luz. - Que sea la última vez. – exigió el posadero, mientras extendía su enorme mano con naturalidad, hacia el chico –. El día marcha bien. Te costará la mitad. Mientras dejaba caer las relucientes monedas de plata en manos del hombre, el muchacho ya no lo estaba mirando, si no que había depositado sus ojos en la marabunta de personas que llenaban el local aquel día. Allí había gentes que no había visto en su vida e, incluso, ataviados con ropas en decorados que no podía reconocer. - Estas gentes no son de aquí, ¿no es así Donth? – El muchacho cerro la mano sobre las monedas de cobre que aún le quedaban, de modo que estas dejaron de caer sobre la mano del hombre –. Nunca había visto gente así. El hombre observó al muchacho, visiblemente asqueado, aunque respondió a su pregunta. “Vienen del sur, en su mayoría. Dicen que allí se está levantando un mal que arrasa los bosques y quema las aldeas. Monstruos verdes que no dejan vida a su paso”. El chico lo observo inquisitivo, no sabiendo si creer las palabras del posadero, pero aun así le dio el resto de monedas que le correspondían, antes de salir por la pequeña abertura de la barra y dirigirse a la parte trasera de la taberna. Salió por una pequeña puerta a un callejón sin salida que hacía las veces de letrina de la tasca. Caminó entre bajo el hedor a orín hasta el borde del callejón y salto una fila de barriles que bloqueaban el paso. Allí, entre la madera de los toneles, unos roídos tablones hacían de techo en un diminuto habitáculo bajo el que había algunas telas sucias pero gruesas. El chico se sentó bajo las tablas y desanudó la bolsa de monedas, comenzando a contar sus ganancias del día. Apenas contaba 2 monedas de plata restantes tras haber pagado a Donth. No dijo nada, ni se quejó, ni si quiera resopló o refunfuñó. Dejó el par de monedas bajo un adoquín mal sellado y se tumbó entre las telas. Si no hubiese sido por aquel inoportuno guardia, no habría tenido que correr, no habría tenido que pagar a Donth por esconderse y ahora tendría 10 monedas de plata, en vez de 2. Pero a Ethmund no le importaba. Sus pensamientos estaban ya en otra parte. A partir de ese día, se aseguraba a sí mismo, todo iría mejor. Mucho mejor.
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    Tus canales de YouTube

    Fan de Extra Credits y Kurgesagt aquí. Además suelo encontrar bastante interesantes estos, la mayoría de cultura general, escritura, análisis o historia. The Great War me resulta especialmente bueno pues hacen un día a día de la 1ª Guerra Mundial y teniendo en cuenta que es uno de los conflictos sobre los que menos se educa a la gente, a mi al menos me resulta fascinante. Feature History The Great War Terrible Writing Advice WatchMojo.com Kai47 En cuanto a gamers ultimamente solo veo a Call Me Kevin . Me parto la posha.
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    Exprimiendo el Mundo

    Blizzarxiones Seguro que todos conocemos una multitud de plataformas online que nos permiten el rol (o intentos de rol) en vivo. Aunque olvidado ya destacan Neverwinter Nights, Neverwinter Nights 2 y Baldur's Gate. Otras plataformas que se han venido con el tiempo pueden son SW Galaxies, WoW, Lineage 2, SAMP, GTAV-Online, Guild Wars 2, Black Desert Online, Elder Scrolls Online, SWTOR, etc.. Muchas de estas plataformas son extremadamente moldeables, hasta el punto de que pueden ser usadas efectivamente como plataformas y nada más, sin ceñirse a la idea en tanto a la que fueron creadas pues su abstracción lo permiten. Pueden ser así Neverwinter Nights, Lineage 2, SAMP, GTAV-Online, Guild Wars 2, etc... En tanto a WoW, aunque abundan las administraciones que han tomado WoW como plataforma para rol, sin ceñirse a la línea argumental que sigue, como mera opinión personal, estas opciones no funcionan tan bien en el universo de Blizzard. Otros juegos no atan tanto al mundo, razas, ciudades, etc... a los acontecimientos que su equipo de Lore creó, y por tanto se puede jugar mucho más con su argumento. Warcraft, no obstante, es otro cantar y salirte del argumento creado por Blizzard da lugar a infinidad de inconsistencias y, al final del día, vas a tener que acabar recurriendo a él parcialmente para justificar una cantidad ingente de tu contenido personalizado. La única forma de utilizar WoW como una plataforma limpia para un proyecto distinto, sería dessarrollar un LORE 100% y completamente creado from scratch que difiera de el oficial de Blizzard desde su punto número 1. Esto es posible, pero nadie es tan subnormal para perder el tiempo en algo así, como es evidente. Para este redactor de opinión la forma más adecuada de dar uso a WoW como plataforma rolera es ceñirse a su Lore cuanto más mejor.... O eso creía. Un punto principal de la buena experiencia de rol es que la creatividad esté permitida, dentro de unos parámetros más o menos restringidos. Ejemplo, poder dar a luz a un personaje no-jugador poderoso sin salirme de la normas físicas y meta-físicas del universo en el que roleo. Esto es clave, pero WoW lo ha lapidado con cada expansión un poco más. Con "cada expansión" quiero dejar claro que Warlords of Draenor no es considerada como tal a mis ojos. Para mi, Warlords of Draenor (aunque con su magnifica historia y todo lo que querais...) es un juego a parte muy difícil, por no decir imposible, de casar con la línea rolear de un servidor de rol en WoW que se venga desarrollando desde Vanilla o Burning Crusade. ¿Por que WoW ha lapidado capacidad de creación? Aunque Blizzard ha recurrido al mal total, el peligro absoluto en todas sus expansiones, este siempre ha sido algo que no tenía por que abarcar al 100% del mundo que crearon. Afectaría a todos, pero permitía mirar a otro lado. Había gente que podía quedarse a ocupar sus mierdas mientras los ejercitos del mundo se enfrentaban al Lich, o mientras lo hacían contra Alamuerte. Pandaria en este ámbito dio un paso a un lado y aunque creó un enemigo global como lo fue Garrosh, lo hizo dentro de un conflicto que ocupó el 90% de la expansión y este "enemigo" global no surgió realmente hasta el final. La libertad que ofrece Pandaria a la narrativa personal de cada jugador es mil veces superior a la de cualquier otra expansión de Blizzard. Ahora si, con Legión, esta libertad creativa y narrativa está lapidada. La línea argumental (repetida, para variar, con las de Warcraft III y Burning Crusade, aunque tenga sus X y sus Y) obliga a cualquier personaje presente en el mundo a asistir a ella. Ahora diréis: "Que va tio, no te obliga, puedes seguir con tus cosas mientras el resto se enfrenta a la Legión y blablablabla" Efectivamente podemos hacerlo, pero romperíamos toda lógica y coherencia. Cuando el mundo es un caos constante día tras día en el que millares de demonios lo invaden, ya no hablamos de un Lich reuniendo muertos en un continente a tomar por culo en el norte, o un dragón gigante que va dando vueltas por allí sin que lo veamos personalmente hasta el fin de la expansión. Hablamos de una amenaza activa. ¿Que coño más da que aun campesino le hayan robado a la hija en estas circunstancias? ¿Que me va a pagar, si el mundo se acaba? Al contrario que sucede con Alamuerte, de quien se sospecha sus intenciones pero no se ven expuestas hasta el final, las intenciones de la Legión las conoce hasta pepito grillo, y las demuestran desde la cinemática de introducción de la expansión. No critico Legión por falta de contenido, pues lo tiene, además de información lorística, personajes y otros muy interesantes y que me han encantado. No obstante, en términos de rol, la expansión obliga a una línea argumental de A a B, sin cabos sueltos y con un fin muy concreto. Con legión termina WoW y su Lore oficial como plataforma rolera (si no terminó ya con Warlords of Draenor). Como síntesis: una vez llegado el momento, se disfrutará más jugando un Call of Duty Modern Warfare 27 World War 9 que roleando Legión. Besos de fresi
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    The Good, the Bad & the Ugly Me echabais de menos. ¿A que si? Me he tomado unas vacaciones nada sanas y he vuelto con la sola intención de escribir más basura que a nadie le interesa aquí. Si os lo estáis preguntando, no, no tengo amigos. A veces pego un par de ojos de papel a mi botella de Telling para no sentirme solo mientras bebo pero todos sabemos que el whiskey no es un amigo, y menos el whiskey irlandés. El tema de hoy es algo más pulido y que, a pesar de tratarse de algo muy obvio y constante en los últimos años de la cultura pop, hay gente que aún no lo aplica al rol. Los conceptos de héroes y villanos. El bueno y el malo como forma de vida, de rol y de todo. Creo que en este punto de la narrativa fantástica y la ficción, además de otros, todos sabemos que el bueno y el malo ya no tienen cabida, que hay un tipo de personaje que lo abarca todo, que puede ser el bueno y a la vez el malo, o el malo que en realidad es bueno, o George Lucas, o Jesucristo. Para referirme a el me gusta citar el título de la emblemática película de Sergio Leone: The Good, the Bad & the UGLY Espero no tener que traducir eso, os tengo en alta estima, además de que el google trans lo usa hasta Ana Botella. Para ponerlo blanco y en botella, el feo como personaje es lo que no es ni bueno ni malo. El gris, el personaje gris, el personaje cuyos valores no lo definen con una palabra. El personaje que está en el mundo no para hacer el bien o el mal, si no para estar, y que en su estancia puede hacer muchas cosas, buenas o malas. Durante los últimos años se ha discutido mucho acerca de la realidad de que todos los personajes son o deberían ser personajes grises. Que los personajes buenos o los malos solo existen en Disney. La respuesta de esta discusión, para mi, es un rotundo si. Todos deberíamos despojarnos de los canones de bien y mal y crear personajes grises, con matices más azules o más rojos (viva Star Wars y sus colores para representar esto). De hecho, ya es algo que casi todos en el mundo del rol hacen, al menos en tanto a sus personajes. Cada vez se ven menos justicieros más buenos que la nutella o villanos más malos que la Cruzcampo. No obstante, el gran agujero que nos queda es hacer lo propio con las tramas y eventos. Despojarnos del brujo antagonista que es malo porque es brujo y es brujo porque es malo. O del antagonista del propio brujo que es un paladín más digno y justo que samsagaz el bravo. Me gustaría centrarme en este caso en el antagonista "malo", dado que en cualquier evento o trama que yo haya visto, no suele haber un antagonista "bueno". Aquí viene un consejo narrativo con el que pretendo cerrar este post. Es un tema de discusión demasiado amplio pero creo que la idea principal es tan sencilla de entender que no os hace falta más paja para que nos pongan un 5 de nota final por el esfuerzo. A la hora de crear antagonistas, es importante crear conflicto. Un antagonista no tiene porque ser alguien poderoso con una finalidad pérfida como matar a toda la humanidad. Un antagonista puede ser alguien que desee lo mismo que tu personaje, sea lo que sea, que solo uno de los dos puede alcanzar. Un antagonista vivo, redondo y con potencial es aquel capaz de atacar a tu personaje donde este no es tan capaz, en sus debilidades, sus preocupaciones. Un antagonista constante y que aporta a la historia tanto como el protagonista es uno que, por ejemplo, busca ese arma para causar el caos, mientras que tu personaje lo busca para deshacer algún mal o simplemente para causar también el caos (uy, que gris todo, los dos son "malos") pero de otra manera. Solo de esta forma, cuando ambos tienen una meta común la línea de la historia será constante y los choque se justifican periódicamente de forma que la historia de tu personaje es tanto suya como del antagonista. De este modo, tu "villano" es real y se siente real, no es una marioneta malvada colocada para llenar el papel de malo de la película. Podéis ver esta referencia en la mayoría de libros y películas de cualquier tipo, ni si quiera tienen porque ser de ficción. Sauron y Frodo, buscando conseguir y destruir el anillo respectivamente, casi todos los personajes de Canción de Hielo y Fuego buscando ser sus propios soberanos o los de todo el mundo, Sith y Jedi buscando balancear la fuerza a un lado o el otro en la galaxia, Batman y el Joker peleando por el futuro de Gotham, uno defendiendo una ciudad libre y justa, el otro una ciudad caótica. En cada película o libro que leáis podréis ver esta forma de crear conflicto y "villanos" para con el protagonista, dando lugar a conflictos dentro del propio conflictos y peleas por un objetivo dentro de la pelea por el objetivo principal.
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    Exprimiendo el Mundo

    El Realista Erase que se era un jugador de rol en vivo, rol online "fan" de la ambientación medievo fantástica, tolkieniana, pero para quien el realismo de sus roles jugaba un papel fundamental. Se empeñaba en detallar al milímetro la ignorancia de un campesino ante el mundo en que vivía, la precisión con la que un médico extirpaba un brazo a un paciente o como sus npc luchaban siguiendo las reglas del HEMA. Siempre, y absolutamente siempre, este jugador utilizaba personajes y npcs humanos, muy puntualmente elfos (a quien curiosamente representaba con el mismo "realismo" (VÉASE LA IRONÍA)). Más tarde el mismo jugador enfrentaba a su personaje humano con un tauren, y su realismo se diluía. Su humano podía cruzar espadas con un tauren de hasta 3 metros de altura sin despeinarse, porque sus dados así lo dictaban. Ese jugador jamás fue capaz de responder porqué su elfo de 800 años de edad (según ficha) era tan ceporro e ignorante, que más parecía un matón que un individuo que ha vivido 800 años. Tampoco sabía explicar porque todos sus campesinos y mendigos eran "ateos" o si escuchaban la palabra magia decían: que eh esho? (escrito al pie de la letra, para dar más énfasis a su ignorancia realista, por supuesto) cuando todos ellos vivían en un mundo (Azeroth) que otra cosa no, pero magia y energías metafísicas, le sobraba por todas partes. Aquel jugador realista, cuyos personajes eran todos misteriosos seres sombríos que lo mucho que hacían salir de sus boca al hablar eran monosílabos. Cuatro en cada conversación, si estaba animado. ---------- El realismo mató al rol fantástico. Las ambientaciones milimetristas, principalmente de decadencia, que estaban constantemente faltos de estar correctamente ambientados en el mundo en que se roleaba, y no en los años de la Peste Negra, mataron el rol fantástico. Es un puntazo ser detallista y saber cuidar lo que creas y ambientas, pero como alguien dijo no se donde, los extremos son una mierda. Y es que cuando llevas tu detalle realista a tal punto que el maldito jodido juego al que acudes se convierte en TUVIDA 2.0 , mueres. Y lo peor es que no solo mueres tu, es que tu ambientación también hace daños a otros y no encaja, te cruzas con el iluminado que pinta la Luz como el padre, el hijo y el espiritu santo. Que te hace de un druida kaldorei un druida celta o que logran que cada personaje humano/elfo mercenario o casi, parezcan todos el mismo tipo barriobajero enigmático. Si mal no recuerdo, la cuestión de la inspiración ha sido mencionada por varios en post más arriba, pero hoy me apetecía recalcarlo levemente, dado que el fenómeno del rol decadente de Alta y Baja Edad Media, es otra enfermedad del rol.

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Somos una Comunidad dedicada exclusivamente al Rol en World of Warcraft. Proporcionamos un punto de encuentro para compartir nuestra afición por el Lore de Warcraft.

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