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Huwex

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Sobre Huwex

  • Rango
    Usuario Colaborador
  • Cumpleaños Noviembre 9

Información Personal

  • Género
    Hombre

Redes Sociales y Contacto

  • Steam ID
    Huwex

Primer Personaje

  • Nombre
    Orym
  • División
    Plata
  • Raza
    Alto elfo
  • Clase
    Picaro

Otros Personajes

  • 2do Personaje
    Eltheas/Elfo de Sangre/Mago
  • 3er Personaje
    Hrunm/Tauren/Cazador
  • 4to Personaje
    Leofric/Humano/Guerrero

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  1. XIV A su alrededor, allá donde le alcanzaba la vista, se extendían interminables campos de siembra. Entre las parcelas plagadas de distintos sembrados de cereales serpenteaba una acequia de agua enclavada en la tierra, dándole ciertos nodos de frescura a aquel mar amarillo. Un poco más allá, en el límite de los cultivos, se alcanzaba a distinguir la compacta figura de un bosque de pequeño tamaño que aún quedaba enclavado en las tierras del monasterio. Todos aquellos terrenos eran rodeados por un murete de piedra rojiza, de unos dos metros de altura, que partía siguiendo una de las grandes paredes de la iglesia y rodeaba aquellas extensas hectáreas de cultivos, incluido el bosque, para luego regresar a la imponente figura del monasterio y cerrar así el recinto. Desde que había recuperado el vigor gustaba de recorrer aquel remanso de paz. Lo hacía en solitario las más veces, aunque en los últimos días Cecilia, la novicia que le había asistido, había insistido en acompañarle. Ambos habían entablado una buena relación desde que Ethmund llegase herido a aquel monasterio y ella se hubiese ocupado de sus heridas. No debían tener más de uno o dos años de diferencia, pero era evidente que provenían de caminos completamente distintos. Pocos eran los detalles sobre su pasado que aquella mujer de cabellos oscuros dejaba escapar en sus conversaciones. Casi parecía que toda su vida hubiese sido una repetición de aquellos metódicos y constantes días en el monasterio. A pesar de aquello, no era una persona arisca. Habitualmente tenía palabras buenas y pensamientos cargados de optimismo para el futuro de todos, incluido el de Ethmund. Accedía a compartir con él algunas de las reflexiones de la vida monacal, de la recién terminada guerra y el resultado de esta. Todo aquello le había ayudado a continuar estabilizando su caótica vida. Desde que recalara en la cabaña forestal del viejo Ethmund había dejado atrás muchos de sus errores y métodos que no le había sino empujado a un pozo del que le había sido muy difícil salir. Y aun cuando vio la luz al final del túnel, esta se cobró el elevado precio de la muerte una vez más. A pesar de todo aquello, la guerra había terminado y aquel muchacho se veía libre. Libre de forma terrenal, sin grilletes ni amenazas sobre si, pero preso aún de los actos que había cometido en el pasado y que aún le perseguían. Cecilia no sabía nada de aquello, no sabía que se había llevado a sangre fría la vida de Keveth el strómico o que había desertado del ejército. Ella lo veía, sin duda, como un desdichado de buen corazón, que se había enfrentado a un orco que arremetía contra un populacho enfurecido. Ethmund, por alguna razón, no la había hecho saber nada de aquello. No la había hablado de sus episodios más bajos ni del agujero de desdichas del que había salido a pesar de pensar que nunca lograría hacerlo. Era reacio a que sus antiguas acciones y derroteros sembrasen una semilla de desconfianza en aquella recién adquirida amistad, si es que así se podía llamar. Ambos caminaban por la campiña hablando de cosas mundanas, dos conocidos que se hablaban como completos desconocidos y que parecían reacios a revelar nada de importancia al otro. A pesar de aquello, se entendían. Emprendían ya el camino de regreso al monasterio, dejando atrás los campos de cereal y enfilando un sendero que bordeaba el pequeño bosque monacal. Era un camino que no tomaban habitualmente, pero tampoco les era desconocido o extraño. El bosque era, a pesar de su reducido tamaño, denso y oscuro en su interior, compacto. Las copas de los árboles se mecían con el suave viento de la tarde. Era sin duda un día tranquilo más. Toda aquella calma, aquel silencio, se vio roto cuando Ethmund y Cecilia estaban a punto de dejar atrás el bosque. Entre aquel silencio insondable propio de los terrenos que recorría, la repentina desbandada y piar de una bandada de aves que abandonó a prisa el bosque se hizo notar. Ethumnd se detuvo y siguió el vuelo de las aves con la mirada. Cecilia se detuvo también, aunque no pareció darle la extrema importancia que su acompañante le había otorgado. En ese momento la mujer captó algo por el rabillo del ojo, en el interior del bosque. Sus ojos se centraron en el interior de la árboleda y Ethmund ya se había acercado a ella para observar también hacia el interior. Una pareja de ojos pequeños los miraba fijamente. Eran los ojos de un infante, de un niño, sin lugar a dudas. Cecilia rápidamente había extendido su mano y dado dos pasos hacia el interior del bosque, buscando acercarse a la criatura. Entonces la mano firme de Ethmund rodeó la muñeca de ella y la obligó a detenerse. Otra pareja de ojos, rojos y más grandes, los observaba también unos pasos más allá. El rostro melancólico y magullado de aquella mujer orca no imprimía amenaza alguna, ni si quiera la fiereza a la que Ethmund se había acostumbrado. Aquella mujer verde imploraba misericordia a aquellos dos humanos que la habían encontrado a ella y a su retoño. Cecilia se quedó de piedra, observando con la boca abierta, tal vez por la visión de una de aquellas criaturas que tanto dolor habían causado, o quizás por haberse dado cuenta de que aquellos demonios también tenían cachorros indefensos. Ethmund miraba a la orca con tensión, conocedor de lo que tanto varones como hembras eran capaces de perpetrar. No tenía arma con la que defenderse, pero aquella orca no obstante no parecía agresiva. Todo lo contrario. El sonido taladrante del campanario llegó hasta su posición desde el monasterio. Ambos miraron en aquella dirección un mísero instante antes de darse cuenta de que, reaccionando al mismo sonido, aquella mujer orca había rodeado a su cachorro en sus brazos y se había ocultado más en el bosque. Ambos la miraron ocultarse como un animal herido. —Corre a avisar a alguien —dijo Ethmund, mirando a Cecilia—. Yo me quedaré aquí. La mujer lo miró y asintió en un mar de dudas, apretando el paso entonces por el sendero que llevaba al monasterio. Ethmund no quitaba los ojos de la figura de aquella orca. Era desconcertante ver como aquella imponente mujer se cobijaba por la presencia de dos escuálidos humanos. Mientras, su retoño lo miraba con curiosidad, sin miedo. Había dedicado tanto tiempo a cultivar su odio justificado a aquella raza que nunca se le había pasado por la cabeza una imagen así. Una madre asustada con un hijo en brazos. Verdes, si, pero madre e hijo igualmente. Comenzaron a escucharse pasos. Muchos. El tintineo de las mallas de metal acompañaba a aquella comitiva. Ethmund pudo ver un grupo de hombres de armas siendo guiados a aquella dirección por el abad del monasterio y por una Cecilia que lo miraba a él fijamente. De dónde habían salido aquellos hombres lo desconocía por completo; en el monasterio no había soldados. Ethmund creyó captar en ojos azules de Cecilia una súplica, una plegaria. Estaban ya muy cerca, el abad alzó la voz. —Apártate muchacho, deja que estos hombres saquen a la bestia. El nutrido grupo de hombres pasó junto a Ethmund y al interior del bosque sin dudar un instante. Tanto el abad como Cecilia aguardaron en el exterior, junto al que parecía el cabecilla de aquel grupo que había aparecido de improvisto. Ethmund miró inquisitivo a Cecilia, mirada que fue interceptada por aquel hombre de aspecto adusto. —Nosotros nos ocuparemos de esa bestia, chico —su voz era agria y parsimoniosa, hartas sus palabras de egocentrismo —. La seguíamos desde hace días hasta aquí y la novicia ha tenido a bien toparse con nosotros. —¿Habéis visto a la bestia aquí muchacho? —inquirió el abad, observando al interior del pequeño bosque donde se escuchaban las pisadas de los hombres—. Ethmund miró a Cecilia que, ante aquellas palabras, bajaba la cabeza. No parecía del todo conforme con lo que aquel hombre había expuesto. Asintió firmemente a las palabras del abad y aguardó en silencio sepulcral a partir de ese momento. Uno de los hombres en el interior de la arboleda dio una voz, una orden, y pudieron escuchar pasos apresurados que parecían converger en un punto. Entonces escucharon un gruñido rabioso que se ahogó en cuestión de segundos. Al cabo de unos instantes, los pasos de los hombres que regresaban sirvieron de preludio para la imagen que les siguió. La orca salió precedida de uno de aquellos hombres, presa, con un cepo de madera alrededor de su cuello y sus brazos. Tras ella fueron apareciendo el resto de los hombres hasta llegar al último, que asía del pie la pequeña figura del cachorro orco, suspendida en el aire. Una carcajada se desató en la garganta del cabecilla de aquel grupo. —¡Una cría! —su voz se volvió estridente, jocosa, cargada de desprecio—. No puede ser, hemos cazado una madre con su cría. Algunos de sus hombres sonrieron ante el comentario de su líder y el que llevaba al crio lo observo de cerca, agitándolo con el brazo, orgullo de ser él quien había atrapado la pierna de aquel renacuajo. Por las risas y la exclamación, era evidente que aquellos hombres habían perseguido a la orca desconocedores de que cargaba con ella un cachorro. —¡Nos vamos! —de nuevo la voz de aquel hombre, que ya había dejado de reir — Buen trabajo. Si el abad nos lo permite, haremos noche aquí antes de continuar con nuestro viaje. ¡Está anocheciendo! El abad del monasterio cedió sin problemas a la solicitud de aquel hombre y el grupo enfiló el sendero que regresaba al monasterio, instigando a aquella orca a caminar. A su paso junto a los dos muchachos, aquella mujer derrotada los miró con una mezcla de rabia e impotencia. Escupió a los pies de Cecilia y bufo, tras lo cual recibió un golpe en el rostro, que uno de los hombres le propinó con el dorso de la mano antes de continuar caminando. Cecilia se sentó en el suelo rodeando las rodillas con sus brazos y observando los cultivos con impotencia. Ethmund se sentía igualmente consternado. Había arrebatado la vida a algunas de aquellas bestias en la guerra, pero esto había sido distinto. Aquellas eran bestias viles, descontroladas y asesinas a cuyas espaldas nunca había imaginado que habría retoños y quizás familias. Posó una mano en el hombro de Cecilia y se acuclilló junto a ella, intentando reconfortarla. —Son carceleros. Carceleros de campos de prisioneros donde los llevan —mientras hablaba, alzó la mirada hacia Ethmund—. Estaban buscándolos, estaban hablando con el abad. Yo no supe que hacer… Él asintió a sus palabras, comprendiendo entonces de donde habían salido aquellos hombres y la situación complicada en la que ella se había encontrado. El destino parecía haber tomado ya una decisión sobre aquellos fugitivos. Quizás si aquellos hombres no hubiesen aparecido, el abad habría tenido a bien dejarlos marchar, u otra solución que no sellase el destino de aquellas dos criaturas. —Hiciste lo correcto —y dio una breve palmada en su hombro y a pesar de que sus palabras eran sinceras, a pesar de que creía en lo que decía, no pudo evitar cuestionarse—. Hicimos lo correcto. Hubo un breve silencio entre ambos. Cecilia arrancó a negar y unas gruesas lágrimas corrieron por su rostro. Las dudas surcaban su rostro otrora jovial. Ethmund se puso en pie y ofreció su mano, que ella tomó con agradecimiento. Emprendieron el camino de regreso al monasterio como dos almas en pena. Nunca Ethmund había pensado que llegaría a sentir empatía por una de aquellas criaturas.
  2. XIII Los días de aquel caluroso verano empezaban a acortarse a pasos agigantados. Las hojas ya empezaban a languidecer en los árboles y el ambiente olía a humedad, recargado por las intermitentes lluvias de los últimos días. En Lordaeron todo había cambiado. La tierra, que había sido removida y bañada en sangre durante aquellos fatídicos meses, volvía a crecer ahora. Todos aquellos que habían visto sus vidas quebradas por el conflicto, que habían dejado atrás todo lo que consideraban suyo para salvar la más importante de sus pertenencias, su vida, regresaban ahora a los escombros de lo que una vez fue su mundo. Como años atrás, los muros de la gran ciudad habían acogido bajo su sombra el interminable desfile de aquellos que tras haber regresado a sus hogares no habían encontrado nada en pie. Todos ellos ahora clavaban las rodillas en el suelo y extendían las manos, rogando por la voluntad de aquellos que aún tenían algo que dar. Rogando por la voluntad de aquellos y la del monarca, en quien confiaban les sacase de la ruina al igual que les había sacado de la guerra. No eran ya huidos de Ventomenta, emigrados de su reino en llamas. Eran esta vez hijos e hijas de aquella tierra. Gente anciana que había despedido a sus jóvenes hijos cuando fueron llamados y a quienes nunca volverían a ver. Este fue la situación que Ethmund encontró cuando sus pasos lo volvieron a llevar a la capital. Tras días de camino la vio en la distancia; la ciudad real. Lejos de la estructura gloriosa que recordaba, la visión hacia juicio al resto de la tierra. Los muros externos dejaban vislumbrar incontables cicatrices, las cúpulas de los edificios estaban quebradas, los tejados de las casas hechos añicos, y era evidente por las columnas de humo que algunos fuegos aún estaban activos. El camino se hizo eterno a pesar de la corta distancia que ahora lo separaba de la ciudad. La calzada que había tomado no era sino una constante de penitentes. Familias rotas, pelotones diezmados, vagantes en su más extensa definición. Había también a ambos lados del camino bultos, sin duda aquellos que no habían llegado a su destino. Algunos de los viajantes se afanaban por darles sepultura, otros hacían lo propio con sus pertenencias. Al cabo de unos minutos se vio obligado a detenerse. Frente a él un extenso grupo de hombres y mujeres bloqueaba el camino, observando algo que Ethmund aún no distinguía. Abriéndose paso entre algunos de ellos, un escalofrío recorrió su cuerpo cuando finalmente pudo ver: un poco más allá, siguiendo un sendero que acababa por desembocar en la calzada, un grupo de soldados marchaba en la misma dirección que seguían todos. Era evidente que se trataba de un grupo de soldados muy singular pues frente a ellos marchaba, con las dificultades propias de alguien a quien se han engrillado pies y manos, una columna de unas criaturas vistosas, grandes como un oso y verdes como la hierba: orcos. Se trataba sin duda alguna de un desfile grotesco y que levantaba los murmullo e incluso el temor entre los que los observaban en la distancia. Aquellos soldados, era evidente, tenían enormes dificultades para dirigir la comitiva a pesar de lo encadenado de sus prisioneros. Parecía que en cualquier momento aquellas criaturas podrían quitarse los grilletes como quien se extrae un guante y sembrar el caos. Algunos gruñían, otros se detenían obligando a los soldados a instigarlos. Parecían ser aquellas criaturas verdes las que decidían la dirección de la comitiva, y no sus captores. —¡Matádlos! El grito resonó entre el tumulto. Había sido lanzado por un hombre anciano, al a derecha de Ethmund. La incomodidad se hizo creciente en unos breves segundos y pronto varias otras voces repitieron la premisa. —¡Matad a esas bestias! —¡Quemadlos! Las demandas inundaron el ambiente y se comenzaba a sentir una creciente tensión. Algunos de los viandantes se adelantaron unos pasos y tomaron cantos del suelo, lanzándolos después, sin mucho éxito, hacia las criaturas. Los orcos se detuvieron firmemente, haciendo esta vez caso omiso a las demandas de los soldados, incapaces estos de hacer valer su voluntad. Uno de ellos ordenaba, casi rogaba, a los agresores que se detuviesen, sin éxito. Todo pasó muy rápido y a pesar de esto pareció una eternidad. El primero de los orcos, algo más grande que el resto, uno de sus colmillos astillado y varias cicatrices abiertas y cerradas en su piel de un verde más pálido, forcejeó con los soldados que los guiaban en la cabecera. Sus grilletes no fueron mucho más que mantequilla en sus manos. Las grandes manos libres, apartaron de un golpe seco a los dos hombres y antes de que el resto pudiese echarse sobre él, ya había liberado sus pies. Aquellos ojos ardían rojos como la sangre. Alrededor de Ethmund los gritos y las pedradas se seguían sucediendo. Solo unos pocos más ágiles de mente habían empezado ya a correr en la otra dirección cuando los pesados pasos de aquella bestia comenzaron a descender hacia el tumulto. Cuando sus zancadas habían estrechado ya notablemente la distancia que los separaba, el tumulto se desmembró en decenas de gritos de terror que se dispersaban en todas direcciones. Tarde. Aquel muchacho de pelo cobrizo que había pasado mil penurias no supo que hacer. Acostumbrado en su vida a correr, podría haberlo hecho una vez más. Cuando su esparcida cabeza logró obligarlo a correr por su vida, ya era demasiado tarde. Recibió junto a otros a su lado el impacto de algo duro como la roca y salió despedido varios metros, nublándosele la vista por momentos. La sucesión de gritos de terror y pasos precipitados a su alrededor tomó la tesitura de un sueño que se dilató durante unos interminables segundos. A ambos lados del lugar en el que había aterrizado, pasos apresurados lo rodeaban sin mirar atrás hicieron que recuperase la consciencia y se obligase a levantar. Trastabilló tras pisar la vaina de la espada y sus manos encontraron el suelo para volverlo a empujar sobre sus pies. Miró en rededor, desorientado, encontrando como único punto de referencia la descomunal espalda de piel verdosa que se desembarazaba de los soldados que intentaban reducirlo. Tiempo después, cuando intentaba hacer memoria de lo sucedido, Ethmund nunca fue capaz de poner en palabras lo que sea que le empujó a aquello: El muchacho llevó la mano a la empuñadura de la espada, aquella que se había llevado la vida del viejo, aquella espada que había arrebatado al padre de la niña. Corrió hacia aquella mole verde que, afanado en extirpar la vida de los soldados que lo habían perseguido, seguía dándole la espalda. Ethmund no contó nunca con gran fuerza, ni si quiera gran destreza. Estaba bastante seguro de que, a pesar de haber luchado en varias batallas de la guerra pasada, no había llegado a herir de muerte a ninguna de las bestias que encontró su filo. No obstante, aquel día el acero atravesó la terca piel verde hasta que la cruceta de su empuñadora le impidió continuar. Ethmund no vio nada más de aquel día. Un codo del tamaño del tamaño de un saco de cereal y con la consistencia de una asta de toro lo alcanzó en el rostro y apagó las luces. --------------------------- Despertó de improvisto, alterado, y cuando intentó incorporarse sintió que la cabeza le había sido acribillada con mil aguijones de abeja. Dos manos lo sostuvieron por pecho y espalda e invitaron a tumbarse de nuevo. Se dejó hacer y notó como la superficie que lo soportaba era blanda, incluso cómoda. Abrió un pequeño resquicio de sus ojos, viendo frente a si el rostro jovial de una mujer joven que, sonriendo, retiraba la mano de su pecho y cruzaba ambas sobre su propio regazo. Sonrió al muchacho. Ethmund, aturdido, apartó la mirada de la mujer y, abriendo completamente los ojos, buscó con prisa identificar el lugar en el que estaba. Era una sala pequeña de paredes blancas y pobremente iluminada con la luz diurna que entraba por una solitaria ventana situada a varios metros por encima de la cabecera de la cama en la que estaba. En el otro extremo de la habitación, una puerta de sólida madera, cerrada. Lo completaban un barreño de madera lleno de agua humeante, una vitrina con algunos frascos, otra cama vacía a su lado y la silla desde la que la mujer, sentada, lo miraba con curiosidad. —¿Dónde estoy? —preguntó Ethmund, cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los de la mujer. Entonces se fijó en sus rasgos. Era joven, sin duda, quizás tanto como él. Su negro pelo estaba recogido hacia atrás en una coleta. Tenía grandes ojeras a pesar de la juventud de su rostro y la frente tenía vistosas las marcas de expresión. Sobre aquellas ojeras, unos preciosos ojos azules lo miraban sin ningún tipo de prejuicio, con palpable interés. Solo cuando abrió la boca la observó Ethmund, pequeña. —Estamos en el Monasterio del norte. Esto es la enfermería —su voz era cálida y sencilla, agradable, la acompañó con una sonrisa divertida—. Mantuvieron la mirada unos instantes hasta que el torrente de preguntas sin respuesta que le acudían al muchacho se hicieron evidentes en su rostro. Avispada, supo reconocer las dudas en sus gestos. —Tres soldados te trajeron junto a otro de ellos —Señaló la cama vacía con su zurda—. Nos pidieron que cuidásemos de ambos. Ethmund miró la cama vacía y su rostro se ensombreció levemente. Se preparaba para preguntar de nuevo cuando la mujer volvió a hablar. —Está bien. Se recuperó antes que tú y se fue hace dos días. Tras sus palabras miró gratificada como la respuesta arrancaba de Ethmund un tímido asentimiento de agradecimiento. Acto seguido, se levantó de la silla y ofreció la mano al muchacho. —Intentemos caminar —dijo, instándole a que tomase su mano—. Llevas días tumbado y es mejor que vuelvas a caminar cuanto antes, ahora que has vuelto a encender la luz. Ethmund miró aquella mano amiga un segundo y sonrío por primera vez en varios días. Aquel gesto le generó algo de tirantez en el rostro, por su poco uso. Tomó la mano de la mujer y pudo notar la firmeza de esta. No era especialmente suave. Se ayudó de ella para poner se en pie y no se resistió a que ella aferrase su brazo cuando notó la falta de fuerza en las piernas. Abandonaron la habitación dando a parar a una gran galería abovedada que rodeaba un pequeño patio interno visible entre el arqueado. El claustro del monasterio era bello y la luz cálida que entraba por el jardín ensalzaba esta sensación. Las paredes tenían un color blanquecino, semejante al marfil y los arcos de la bóveda resaltaban con un rojo teja agradable. Ningún ruido alteraba la calma del lugar Tras recorrer el claustro al completo, pudo notar como tanto sus piernas como su cabeza parecían recobrar el vigor que recordaba, tenían. Ethmund no pudo esconder su sorpresa ante aquella sensación que lo embriagaba, y se detuvo. Su acompañante lo miro sonriente, quizás comprendiendo lo que debía estar pasándosele por la cabeza. —Mejor ¿verdad? —Mucho mejor.
  3. XII —Dicen que la guerra ha terminado hace unos días. La niña lo miro dubitativa un instante. Sus ojos marrones solo sostuvieron su mirada unos segundos, perdiéndose después en las aguas del arroyo a sus pies. Él, no obstante, la observaba a ella e incluso había dejado de recoger leña para hacer así énfasis en sus palabras y ver la reacción de la muchacha. Se agachó a su lado y también observó el agua. El viejo se lo había dicho; la guerra había terminado y las bestias habían sido derrotadas lejos de allí. Por qué no había sido el propio anciano quien se lo comunicase a la niña, no lo comprendía, pero él veía justo que también lo supiese. Fue al fin de al cabo esa guerra la que se llevó a su madre, y a las madres de muchos otros. Habían pasado semanas desde todo aquello. ------------------------------------- Ethmund había ayudado al anciano a cuidar de la muchacha como ya había hecho con él en el pasado. Una vez superados los primeros días en los que la niña apenas se comunicaba, manteniéndose quieta en una de las esquinas de la cabaña, comenzó a estrechar lazos con ella como buenamente pudo. En cierto sentido le recordaba a sí mismo; presa de un destino sobre el que no había tenido control. No hubo mucho cambio más allá de efímeros intercambios de miradas hasta que poco a poco comenzó a moverse por el interior, abandonando su remanso en la esquina. Poco a poco, a las tareas diarias de manutención del lugar que el muchacho llevaba a cabo se le unió la niña. Quizás, mientras Ethmund arrancaba algunas zanahorias del suelo, la niña lanzaba dos o tres de estas al cesto que tenían al lado. Era una forma discreta y sentida de ir asumiendo la mano que le había sido servida y demostrar agradecimiento, pensaba Ethmund. No muy diferente a lo que él mismo había hecho y, por tanto, sabía que llevaría tiempo que abandonase completamente aquel estado taciturno. Uno de los mayores obstáculos a salvar fue la comunicación. De lo poco que liberaron sus labios pudieron saber que su nombre era Helena, que su madre se había llamado Elvira y que su padre había marchado a la guerra. Ethumnd vio aquella información como un rayo de luz e intentó explicarla que él también había luchado y que tal vez hubiese conocido a su padre. Un intento pedagógico sincero. La niña salió por un momento de su ensimismamiento y una suerte de ilusión cruzó su rostro. Dio detalles precisos de su padre. Un hombre delgado, alto, con barba incipiente y una oreja izquierda a la que le faltaba un pedazo que perdió en un molino. Aún con esos detalles, desafortunadamente, Ethmund no lo pudo reconocer y se limitó a asegurar que se encontraría bien. A pesar de todo ello, el tiempo fue ablandando la reclusión de la niña y con paciencia había conseguido entablar conversaciones más banales con ella. Sentados al borde de la huerta, Ethmund aprendía a hacer pequeñas pulseras de flores, educado por su interlocutora. Desde la entrada de la cabaña el viejo los observaba. En el pasado habría sido él quien se sentase frente a la niña para acompañarla en su desdicha. Ahora sin embargo era aquel muchacho a quien acogió descompuesto quien se ocupaba de rehacer un alma rota frente a sus ojos. Y lo hacía con una paciencia asombrosa y una empatía que era, sin duda, habilidad innata en letargo hasta aquel momento. El viejo siempre había estado seguro desde el primer momento en que lo encontró ocultándose en el bosque. Era ese tipo de persona a quien el destino acostumbraba a situar en el momento y lugar menos oportunos. Una persona capaz de hacer tanto o más bien como el más noble de los paladines, pero a quien la vida lo había rodeado de inclemencia una vez tras otra. Verlo ahora allí sentado, obcecado en terminar una endeble pulsera de margaritas, guiado por la mano de una niña a cuya madre había enterrado con sus propias manos, no era sino una bendición, un cambio de los vientos en la dirección opuesta. ------------------------------------- Aquel torrente discurría desde una peña no muy lejana, ya fuera del bosque. La zona en la que se encontraban era frondosa, salvaje, sin duda un lugar apenas transitado por humanoide alguno. El viejo había mostrado el emplazamiento a Ethmund tiempo atrás y este había tomado la costumbre de ir cada dos días. Era la primera vez que, tras ofrecer a Helena acompañarlo, esta había aceptado. Era la primera vez que abandonaba el claro del a cabaña desde que llegó. Se quedaron allí sentados mirando las aguas. El sonido del arroyo era fresco y gratificante. Solo un ruido extremadamente fragoroso podía haberse superpuesto al gorgoteo torrencial del agua, pero así fue. Un grito quebrado, ronco, que a pesar de la distancia de la que provenía alcanzó a escucharse perfectamente. Ethmund alzó la mirada instintivamente en la dirección en la que el grito se había escuchado; la única dirección de la que un grito podía surgir en ese bosque. Sintió un breve mareo cuando una docena de pensamientos cruzó su mente a borbotones. Corría sin darse cuenta, zigzagueando vertiginosamente entre los árboles que lo separaban de la cabaña. Durante aquellos breves instantes no fue dueño de sus acciones, sus piernas respondían a un impulso, como llamado por un cuerno de guerra. En plena carrera descontrolada algo cruzó su mente como un latigazo que lo hizo frenar en seco. Allí, sofocado y rodeado de árboles su respiración nerviosa lo ensordecía todo. Miró a su alrededor, alarmado. Entonces vio aparecer la pequeña figura de Helena entre dos árboles, siguiendo sus pasos a la velocidad que le permitían sus piernas. Fue entonces cuando Ethmund reanudó la carrera en dirección a la cabaña. Alcanzó la estructura de madera en un abrir y cerrar de ojos. Todo parecía relativamente tranquilo. No había rastro alguno de actividad en todo el lugar más allá de que la puerta estaba abierta de par en par. Ethmund no se detuvo y zapateo sin descanso los escalones que daban acceso a la puerta, cruzando el umbral de la misma como un vendaval. Se detuvo. La escena en el interior era extravagante. Un hombre adulto se alzaba en el centro de la sala, dando la espalda a la puerta. Rapado, vestía partes inconexas de una armadura regular del ejército de Lordaeron. Le faltaba la pechera, que suplía con un gambesón pardo deshilachado. Aún conservaba las huesas y guanteletes metálicos. En su diestra, una tizona reglamentaria, su hoja salpicada de reluciente de sangre, roja, oscura: reciente. Frente a él, derrumbado contra la pared de la cabaña, la túnica parduzca del viejo era un paño bañado en sangre, su propia sangre. Los ojos del anciano encontraron a los del muchacho cuando este ya se abalanzaba sobre aquel hombre sin darle tiempo a girarse, precipitándolo contra el suelo. El forcejeo fue intenso y pareció prolongarse una eternidad. Los gruñidos de ambos llenaron la estancia interpelados por sendos golpes y el seco y reconocible sonido de las partes metálicas del a armadura colisionando con el suelo. El muchacho inmovilizó la mano que portaba la espada y se afanó en no dejar ir aquella extremidad. Recibió codazos en la espalda, en el cuello y en el rostro de aquel hombre que, tumbado de bruces, braceaba en su intento de desembarazarse del muchacho. No lo consiguió y, para cuando notó que la presión de Ethmund remitía, pudo comprobar que la espada ya no estaba en su mano, si no presionando ligeramente sobre su nuca, fía como el hielo. Los ojos de Ethmund no eran los de un muchacho que había tejido pulseras de flores apenas unos días atrás. Casi inyectados en sangre y fijados en la cabeza del hombre que tenía a sus pies y que ya levantaba las manos en signo de rendición. Aquella mirada podía matar y ya lo había hecho, tiempo atrás, en un campamento orco. La punta del arma aumentaba su presión sobre la nuca del hombre y ya dejaba ver un fino hilo de sangre. El hombre temblaba, lo podía notar, podía sentirlo en su cuerpo larguirucho sobre el suelo, en su cabeza, podía verlo en aquella oreja izquierda descompuesta, a la que le faltaba un pedazo. Unos pequeños pasos irrumpieron en la instancia tras de ellos, en el umbral de la puerta. Los siguió un chillido infantil y una palabra gritada, perfectamente distinguible: ¡Padre! A sus pies el hombre intentaba mirar hacia atrás mientras farfullaba el nombre de su hija entrecortado con un arranque de sollozo generado por una incipiente felicidad y, tal vez, culpabilidad. El cuerpo de Ethmund no supo reaccionar en sintonía. Su rostro y con él su mirada se destensaron mientras sus brazos aún mantenían la creciente presión sobre la nuca del hombre. La mirada del muchacho buscó ayuda desesperada mientras su mente relacionaba aquella oreja cercenada, aquel hombre estirado y maltratado, con el grito que tras de sí había proferido, sin duda, Helena. Sus ojos encontraron los del viejo. Su cabeza estaba a punto de estallar, incapaz de gestionar la situación. Entonces aquellos ojos que morían le atravesaron de pecho a espalda. Sus brazos apartaron la espada del hombre y él mismo se apartó, como llevado por un impulso diametralmente distinto, dejándolo libre. Mientras el hombre, incrédulo, se levantaba temblando y se giraba para reconocer a su hija en el umbral de la puerta. La niña no tuvo tiempo para reaccionar a la situación pues fue entonces cuando Ethmund alzó la voz en una mezcla de orden, amenaza y súplica mientras se dejaba caer sobre el suelo de la cabaña. —Marchad.
  4. XI El sol estaba en su zenit, su luz únicamente interrumpida por un grupo de aves carroñeras que sobrevolaban el lugar en círculos, tapando breve e insignificantemente la luz que emitía el astro. Abajo, Ethmund y su venerable acompañante caminaban por el centro de la aldea con más pena que gloria. A su alrededor se apilaban los escombros, rodeando a aquellos cuya vida se había llevado el ataque. Uno fugaz, perpetrado en casi un abrir y cerrar de ojos, o eso les había largado uno de los pocos supervivientes. Sin tiempo de reaccionar, como un vendaval, que aun cuando ha amainado es cuasi imposible determinar lo ocurrido, hasta que te encuentras de bruces con la vertiginosa realidad de la muerte a tu alrededor. Olía a madera quemada, a tierra removida y sangre derramada. Los que allí quedaban vivos se paseaban entre los que ya no lo estaban, buscando con temor un rostro conocido entre la debacle. El viejo se detenía aquí y allá para hablar con uno de los supervivientes o junto a alguno de los que habían perdido la vida. Mientras, Ethmund continuaba merodeando entre el desastre. Él ya había visto esta escena. Aldeas saqueadas y reducidas a poco más que grava y cimientos, posesiones familiares, mobiliario y cuerpos esparcidos por el suelo. En su experiencia, aquellos que se quedaban en un lugar así era porque lo habían perdido todo. Los que aún tenían algo que en su posesión huyen para evitar perderlo. Quizás por eso Ethmund no se sorprendió al ver, junto al cuerpo inmóvil de una mujer, una muchacha de poco más de cinco años de edad. Se acercó con cuidado, procurando no asustar a la niña, hasta que esta alzó la mirada de aquel cuerpo para mirarlo a él. Ethmund escuchó unos pasos tras él y se giró para reconocer al anciano que ya alcanzaba su posición y le ponía una mano arrugada en el hombro. —Ayúdame muchacho. El viejo caminó hasta donde la niña se situaba, su quietud únicamente rota por débiles espasmos que parecían pronto la harían arrancar a llorar. El viejo ofreció su mano y ella, ignorándola en un principio, centrados sus ojos en los del cuerpo que yacía a sus pies, terminó tomándola y clavando sus grandes ojos marrones sobre los de aquel hombre. El viejo hizo un gesto al muchacho. Comprendiendo este al instante, se acercó al cuerpo sin vida de la mujer. Debía haber sido una mujer joven, su rostro aún radiante. El cabello rubio, ahora apelmazado por la suciedad, le llegaba hasta la cintura. Una quebrada lanza de metal templado atravesaba su espalda. Ethmund hizo lo que cualquier otra persona habría hecho, pues a ella ya no le dolería. Extrajo la lanza y la dejo caer a un lado, restándole cualquier importancia que pudiese tener. Tomo el cuerpo en brazos y se alejó del lugar hacia un pequeño claro entre lo que fue una casa y un corral, en el que otras tres personas ya hacían lo propio con sus muertos. ---------------------------------------------- Trabajo durante una hora entre el tiempo que le tomó cavar un hoyo lo suficientemente profundo y encontrar algunos pedazos de tela para cubrirla. Había tomado prestada la pala de otros que ya habían terminado de preparar el lecho de los suyos. Uno, incluso, se había sumado para ayudarle a cavar. La luz del día empezaba a apagarse cuando la sepultura estaba lista. El pequeño montículo resultante no se diferenciaba en nada de los otros tres que se habían cavado aquel día. Mientras Ethmund se afanaba en recoger algunos tablones y juntarlos para marcar la tumba, los pasos del viejo y la niña se acercaban al lugar, deteniéndose a los pies del enterramiento. El semblante de la niña no era sino un retrato de mirada distante. Mejillas surcadas por la marca que la huida de sus lágrimas había dejado en la suciedad el rostro. Puso los ojos en el montón de tierra que había a sus pies y allí los dejó. Ethmund colocó una suerte de cruz precaria en la cabecera del sepulcro y se incorporó con lentitud observando a la muchacha con una empatía que le extrañaba. La relación que un hijo pueda tener con su madre o su padre le habían sido siempre desconocidas, ajenas. Miró al viejo el muchacho cuando estos pensamientos cruzaron su mente. El anciano se arrodillo junto a la tumba y dejó reposar sus manos sobre las rodillas. Cerró los ojos y susurrando palabras que Ethmund no alcanzó a comprender. Era un salmo, pensó, o algo semejante. Recordaba haber escuchado tiempo atrás palabras semejantes, antes y después de las batallas que libró como recluta en Trabalomas. Los paladines enviados a luchar junto a ellos lo hacían al comienzo de cada choque, de cada incursión. Sus voces tenaces, recordaba, le habían hecho sentir una determinación que en muy pocos momentos de su vida había sentido. Del mismo modo, cuando la escaramuza terminaba y las vidas perdidas se apilaban, aquellos paladines habían murmurado sobre los caídos. Los hombres alzaban entonces la mirada y sus llantos por los compañeros perdidos se convertían en otra cosa, algo más relevante y que reemplazaba el insondable vacío que les quedaba dentro. Como si el recuerdo de aquellos momentos se le presentara de nuevo, los seseantes susurros del viejo entraron en su cabeza y parecieron aligerar su espíritu. Una pequeña mano tomó la suya con fuerza. No era él el único que notaba su corazón en paz. ---------------------------------------------- Cargando Ethmund a la muchacha en sus hombros, el trío abandonaba aquel lugar con el surgir de la luna, de vuelta a la cabaña en el bosque. La niña, no obstante, era incapaz de dejar de mirar atrás, tirando así del cuello de Ethmund inconscientemente. El muchacho se giró un instante para echar un último vistazo a la aldea y a la tumba que habían dejado atrás. Un hombre de los que allí quedaban los observaba partir desde la lejanía y no parecían notar algo que sí pudieron ver Ethmund y la niña. La precaria cruz de madera brillaba dorada, contrastando con la creciente oscuridad de la noche. Como un oasis en medio de un desierto. Ambos niña y muchacho la observaron en silencio unos instantes, con ojos bien abiertos, antes de regresar tras los pasos del viejo al interior del bosque.
  5. Huwex

    Memes de MundoWarcraft

    Dos fun facts de MW @Sacro con amor
  6. X Se retiró el sudor de la frente y miró alrededor mientras retomaba el aire. El hazadón pesaba en su mano tanto o más que una espada, pero era muy distinto. Bajó la mirada a la zanja que estaba cavando y sonrió para si mismo. Era trabajo honesto, simple, que no implicaba herir a nadie por el camino ni correr riesgos inecesarios. Era un trabajo que no había conocido nunca y que ahora apreciaba más de lo que se imaginaba Por primera vez se sentía realmente libre, más de lo que fue incluso cuando recorría las calles de la ciudad. Nadie le había empujado allí. Habían pasado ya varios dias desde que Ethmund llegara a la cabaña en el bosque. El tiempo pasaba despacio en la compañía del viejo ermitaño. Era un hombre de pocas palabras mas siempre iban cargadas de significado y relevancia. Cuando el muchacho llamó a su puerta, desubicado y visiblemente extenuado, cansado de huir y estar siempre alerta, de la vida en el camiono, el viejo le dio a elegir; quedarse allí con él y trabajar en las tareas que le fuesen encomendadas o abandonar la cabaña. Gracias al trabajo manual Ethmund estaba siendo capaz de dejar atrás su pasado hasta aquel momento, viendose a si mismo sumido en una nueva vida que no lo consumía. No miraba al futuro pues no le interesaba. No había día marcado como fin de su condena, fin de la campaña. No había nada, solo trabajo que hacer. El viejo lo observaba desde el porche de la cabaña como quien ve a un hijo dar sus primeros pasos; —¿Que sientes, Ethmund? Salió de su ensimismamiento y miró hacia la casa. Era, tal vez, la primera vez que el viejo lo llamaba por su nombre. Sabia la respuesta, no le hacía falta pararse a pensarla. —Paz...señor —pareció dudar un instante, pensando en como corresponder a la muestra de confianza que le acababan de demostrar—. —Señor… —una ajada sonrisa se dibujó en el rostro del anciano quizás sorpresivo producto de haber escuchado esa palabra salir del muchacho—. Ambos se miraron durante algunos segundos. Una mirada recíproca que parecía hacer germinar en ambos la flor de una relación que los dos, en su interior, estaban buscando. A partir de ese día la relación tomó otro matiz. Muchas de las horas ocupadas en la manutención del huerto se convirtieron a la vez en extensas conversaciones aparentemente carentes de mayor relevancia que el simple hecho de hacer el trabajo más ameno. No obstante, con el paso de los días Ethmund comenzó a darse cuenta de que el viejo parecía analizarlo en cada conversación, y no solo eso; ante cada respuesta del muchacho el anciano comenzó a ofrecer su punto de vista particular del asunto y a explicarselo. La confianza entre ambos comenzó a fluir en aquel entorno seguro. Ethmund, que después de haber sorteado inumerables situaciones caóticas en su vida y haber vivido al filo de la muerte durante años creía haber aprendido a dejar de confiar en nadie, se vió a sí mismo confiando plenamente en aquel eremita. Una sensación de seguridad que jamás había tenido lo invadía cada mañana, cuando el viejo iniciaba alguna conversación imprevisible. El muchacho narró su vida o al menos parte de ella en varias ocasiones. El viejo lo escuchó sin hacer juicios de valor, sin aventurarse a criticar las decisiones que el muchacho habia tomado o la dirección que seguía su vida. Simplemente se mantenía allí, observándolo, y haciendo más preguntas. Ambos regresaban de un riachuelo cercano, cargando cubos de agua por un intrincado sendero del bosque, hablando del devenir de la guerra, de que es justo o injusto, cuando el viejo preguntó: —¿Cuáles son tus principios Ethmund? ¿Cuál es tu máximo en la vida? El muchacho bajó la mirada, reflexionando ante aquella pregunta y fue en aquel preciso instante en el que se dió cuenta de que su único máximo en la vida hasta ese punto había sido sobrevivir. Sobrevivir a toda costa. Trago saliva y respondió al viejo, expectante, incapaz de darle una respuesta que faltase a la verdad; —Sobrevivir, señor. Caminaron unos instantes más, en silencio, tras aquella respuesta hasta que el propio viejo volvió a hablar; —¿A toda costa? ¿Sobrevivir ante todo? —Si, señor. Así es. La conversación tomo otra pausa. Cuando la cabaña comenzó a aparecer ante sus ojos el viejo se detuvo, y Ethmund con el. El viejo alzó de nuevo la voz con calma, suavidad, mientras se sentaba en una roca de bosque y posaba el cubo de agua. —Durante nuestra vida nos enfrentamos a muchos acontecimientos, infinidad de ellos, sobre los que tenemos poco o nulo control. Dependiendo de nuestros principios tomaremos unas decisiones u otras y estas nos llevarán a consecuencias. El viejo lo miró, ofreciendo un breve silencio para asegurarse de que el muchacho comprendía. Prosiguió entonces, cruzando las manos sobre una de sus rodillas. —Solo hay una cosa entonces que está completamente bajo nuestro control; nuestros principios. Nuestros principios dictan nuestras acciones y, habitualmente, elegimos u obtenemos unos principios que nos gustaría que tuviese todo el mundo. Ethmund miro a su compañante mientras sopesaba sus palabras, primero sin comprender el significado de las mismas, luego creyendo entenderlas. —¿Te gustaría vivir en un mundo en el que todas sus gentes tuviesen como máximo sobrevivir a toda costa, sin importar el precio? —cuestionó el viejo, mirando al muchach—. El muchacho no respondió, visiblemente intentando con todo su ser digerir las primeras palabras juiciosas del anciano. Lo había hecho de tal manera, había juzgado su pasado de tal forma, que no había replica o desagrado posible. Ethmund sabía que ninguna de aquellas palabras narraban una mentira, que ni a él en sus momentos más bajos le habría gustado vivir en un mundo en el que cada cual mira por si mismo. Continuaron el camino a la cabaña y una vez allí, antes de entrar, el viejo se detuvo y lo miró a los ojos, reposando una mano en el hombro del muchacho. —Mañana debo caminar hasta una aldea cercana. Quiero que vengas conmigo. Ethmund no se negó, apenas pudo articular palabra. Asintió, dejando atrás sus miedos pasados, su temor a las consecuencias de sus actos, a ser encontrado. Ethmund decidió entonces dejar de correr.
  7. Felicidades y salud!! Por más años de rol con gente maja
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  10. IX Las caravanas de desplazados se extendían por toda la campiña, al otro lado del bosque. Los carromatos, cargados con enseres y bienes preciados de todos los tipos, seguían senderos recién abiertos entre las hierbas altas. Una procesión cuyo final la vista no alcanzaba a diferenciar. Venían del sur del Reino, con la esperanza de que las criaturas orcas no alcanzasen la tierra a la que ahora huían. Entre oportunistas que hacían lo posible por vender los pocos bienes que llevaban consigo y familias enteras que lo habían perdido todo, Ethmund pasaba desapercibido. No había soldados franqueando aquella comitiva, ni tampoco milicias o voluntarios. El paso de los hombres estaba totalmente dejado a su suerte, mientras los jóvenes luchaban la guerra a leguas de allí. A Ethmund no le quedaba prácticamente nada de aquello que el anciano le había dado en el bosque pero, su suerte lo hizo toparse con aquella caravana en la que nadie parecía hacer ascos a compartir guisos y sopas con el resto de viajeros, sin hacer demasiadas preguntas. Durante unas horas había seguido el sendero en el bosque, con la intención de encontrar la cabaña que aquel anciano había mencionado y agradecer la comida que le había dado. No obstante, pasado el tiempo decidió caminar en otra dirección. Decidió darse otra oportunidad. Viajó solo unos días más por la espesura de aquel bosque hasta que el trajín de las caravanas llamó su atención en los campos y salió a su encuentro, mezclándose entre los transeúntes, sabedor de que sus recursos pronto tocarían a su fin. Por varios días pudo disfrutar de la compañía de otras gentes y de su hospitalidad. Las caravanas hacían alto cada noche para establecer un breve campamento. Allí se compartía comida, bebida y noticias, como plato fuerte. Ethmund había dejado atrás su espada reglamentaria, en sus últimos días en el bosque, temeroso de que arma tan reconocible delatara su situación. Descubrió que varios otros hombres y mujeres que caminaban con la caravana también tenían una historia turbia, y que muy probablemente unos cuantos de ellos habían abandonado espada y escudo en algún bosque del camino como él lo había hecho. No obstante, los días de calma no duraron demasiado. Aquella noche el campamento se había establecido en un claro no muy alejado del camino que llevaba a Vega del Amparo, lugar al que todos los desplazados se dirigían. Los cielos estaban despejados y corría una leve brisa que avivaba los fuegos de las hogueras. El ambiente era apacible ante todo. Ethmund compartía un estofado con un grupo de tres carpinteros de Andorhal que habían decidido desplazarse por la guerra. Era un grupo variopinto, pues aunque uno de ellos era un oriundo del reino, el segundo humano clamaba que había nacido en Alterac, y el tercero no era si no un enano de Forjaz que vivía en Andorhal desde hacía años. Ethmund había vuelto a divertirse con aquel trío. Eran personas afables y mundanas, con sueños sencillos y ambiciones cortas. Borgulf, el enano, incluso le estaba enseñando el oficio en el tiempo que el viaje les permitía. —No, así no. Mira —El enano arrebató el pedazo de madera a Ethmund, con una sonrisa paternal, y comenzó a retirar sobrantes con su propia herramienta, de forma exquisita. Orgulloso, mostró el acabado al muchacho—. ¿Eh? ¿Lo ves? Tienes que hacerlo con más cuidado, y más natural. Ethmund tomó la madera de nuevo, de manos del enano y sonrío a este, asintiendo a sus palabras. —Aún no tienes manos de carpintero —El enano rió sonoramente, tomando una de las manos del chico en la suya, notablemente más pequeñas—. Pero te saldrán, descuida. La práctica lo es todo, y vas por muy buen camino. —Vas a hacer de él todo un tallador, Borgulf —comentó jocosamente el lordaeriense, sentado al otro lado de la hoguera—. —Hacemos lo que podemos, Lucius —La respuesta del enano fue en el mismo tono alegre, mientras miraba al humano—. Si el chico puede dejar esta caravana con algo aprendido, eso que se lleva. Y nosotros nos llevamos una buena amistad, ¿no es así Ethmund? El muchacho asintió al enano y volvió a la tarea que se le había encomendado. Golpeteaba el pedazo de madera con la herramienta, concentrado. Aquella tarea le estaba ayudando a dejar su mente en blanco y olvidar acciones pasadas. Un trabajo mundando y sencillo como aquel le hacía sentir libre y realizado, más incluso, le hacía sentir que estaba limpiando sus malas decisiones. Algunas voces disconformes se alzaron en el campamento, de aquí y allá. No eran gritos, pero eran algunas discusiones. Los dos humanos comenzaron a mirar alrededor, intrigados, mientras Borgulf ocupaba con cuidado que el estofado no se quemase. Unos cuantos pasos, pesados, se acercaban a la posición del grupo, indiscutiblemente. Ambos humanos se levantaron de sus improvisados asientos. Cinco soldados ataviados con armadura y armas llegaron al lugar, observando al pintoresco grupo. El enano dejó de cuidar de la cena y se giró también a la escuadra, adelantando unos pasos hasta situarse a la altura de sus dos compañeros. Ethmund quedó clavado en el sitio y tragó saliva. Nunca en los últimos meses había sentido la presión que se estaba apoderando del mismo en aquellos momentos. Sintió el impulso de correr, pero reconoció que sería en vano. Supo en sus adentros que su única oportunidad en aquella situación era jugarlo todo, de nuevo, a la suerte y esperar que aquellos soldados no estuviesen allí por él. —Buenas noches —dijo el que parecía el superior del grupo. Su voz era extraña, como la de aquella persona que reprime un impulso. Algo no natural. Su mirada se clavó en la de los humanos presentes, observándolos—. Estamos en busca de desertores de las filas. —No hay soldados aquí, oficial —Borgulf respondió mientras cruzaba sus brazos, observando por el rabillo del ojo como Ethmund había detenido completamente su tarea en la madera ante aquellas palabras—. Solo carpinteros, venimos de Andorhal. —No hay soldados —repitió el oficial, avanzando dos pasos hasta la pareja de hombres que estaban con Borgulf—. Nombre, edad, oficio y lugar de nacimiento. —Lucius de Rem, 32 veranos, carpintero, Costasur —enumeró, observando al oficial sin temor alguno en los ojos—. —¡Tu también chico! —gritó el oficial hacia el muchacho, de improvisto, mientras señalaba al alteraqui—. Tú. Ethmund dio un respingo y su cuerpo se tensó completamente. De nuevo su instinto lo instó a correr, a huir de allí. No obstante, pudo sentir como la mirada de Borgulf estaba puesta sobre él, y se levantó haciendo acopio de serenidad, acercándose a la posición del enano mientras el alteraqui respondía a la pregunta. —Dillon Verus, 30 inviernos, carpintero, Alterac —enumeró también el hombre, igual de calmado que su compañero—. Tras del oficial, los otros cuatro soldados giraron la cabeza para mirar a Dillon instintivamente, al unísono. El propio oficial hizo lo propio y se acercó lentamente a apenas dos pasos de Dillon, observándolo tras del yelmo. —Alterac —afirmó el oficial—. —Si, señor —reafirmó Dillon —. De Alterac. Tanto Ethmund como Borgulf observaron entonces a Dillon y los soldados. Una calma chicha se apoderó del ambiente. Nadie dijo nada, ni un sonido. Entonces, el oficial al mando echó la cabeza apenas un palmo para atrás y golpeó la frente de Dillon fuertemente con la cabeza, forrada en el yelmo. El alteraqui gritó de dolor y se llevó las manos a la frente, dando varios pasos para atrás mientras se doblaba sobre si mismo. Lucius corrió a socorrerlo, inclinandose a su lado mientras lo tomaba de los hombros. —¡Que diablos crees que estás haciendo! —Borgulf se separó de Ethmund e interpuso entre los dos hombres y los soldados, señalando con su gruesa mano al oficial —. Ya te hemos dicho que somos carpinteros. —Apartate enano, esto no va contigo —El hombre hizo un gesto con la mano a sus inquietos soldados, que avanzaron junto a él, hacia la posición de Dillon—. —Y una mala cabra que me aparto —Lejos de hacer caso a la orden del soldado, Borgulf se plantó en el sitio con gesto pétreo—. Uno de los soldados golpeó con el dorso del guantelete al enano, a su paso, haciendo retroceder a este. El barbabronce, sin achantarse, se abalanzó sobre el soldado con un grito de malas pulgas. Hubo una pequeña trifulca en el momento a la que se sumó también Lucius. Ethmund observaba sin palabras mientras su instinto lo obligaba a ir reculando, alejándose de la situación. Cuando la trifulca terminó, Borgulf miraba sorprendido el rostro semi-oculto tras el yelmo de uno de los soldados. Su espada reglamentaria, hundida en el bazo del enano, comenzó a relucir en rojo cuando el grueso cuerpo se deslizó hacia atrás y cayó de espaldas al suelo. Los soldados miraron a su semejante con la misma sorpresa, pero nada hicieron para reducirlo o juzgarlo. Ethmund, arrancado de súbito de su plan de huida observó estupefacto como Borgulf se retorcía sin fuerzas en el suelo. Lucius, amoratado y sangrando de nariz y labio, trastabilló temeroso fuera del lugar, para no volver a ser visto, mientras Dillon observaba a los soldados completamente mareado. Ethmund corrió hasta la posición del enano y tomó sus manos. Su corazón latiendo a centenas de revoluciones. Los cansados ojos del enano lo miraron y una leve sonrisa se dibujó en su boca para musitar la palabra "vete". El muchacho miró tras de si a los soldados, que en retorno lo estaban mirando a él también en aquellos indecisos instantes. No lo dudó y echó a correr fuera del lugar. Dos tímidos pasos metálicos hicieron el amago de seguirlo, pero era demasiado tarde. Se había pasado la vida corriendo, era lo único que sabía hacer en condiciones, ningún perro o chacal lo podrían seguir, ningún soldado. En su mente solo se dibujo una cosa. Una cabaña desconocida en el linde de un bosque.
  11. VIII Los tañidos del campanario de la iglesia se escuchaban al frente, así como el jaleo habitual de cualquier aldea en las primeras horas de la mañana. Allí, al norte del Reino, parecía que la guerra no había llegado, y si lo había hecho, ya se había ido. Reculó tras de los matorrales y se volvió a sentar, postrando la espalda contra el tronco de un árbol. Se miró las manos, magulladas y sucias, un instante. Del suelo tomó un morral en el que había portado sus escasos recursos los últimos días. Ahora estaba vacío, y únicamente unas migas resecas se dejaban deslizar por el fondo. Lanzó el objeto de cuero al frente, contra los matorrales, y se llevó las manos al rostro. Había postergado este momento hasta el último suspiro, rogando, instando al destino que la suerte jugase por una vez de su mano y no tuviese que verse obligado a adentrarse en una aldea. No obstante el primer día reconoció, muy a su pesar, que la suerte lo había abandonado ya años atrás junto a las murallas de la Capital. Se irritó consigo mismo, con su debilidad y su inocencia. ¿Cómo aún a pesar de todo lo ocurrido era capaz de implorar a la suerte? ¿A la intervención divina? Nada de lo que necesitaba se lo daría un milagro. Tendría que tomarlo con sus manos. Igual que había tomado la vida de Keveth, y con ella la justicia que se le debía. No había una noche a la intemperie en que aquellos pequeños ojos olvidarán aparecerse para atormentarlo, para juzgarlo por lo que hizo. Intentaba justificarse entre pesadillas, buscar una razón digna de redención, pero aquella voz susurraba: "Se lo merecía". Entonces la pesadilla se hacía más llevadera y los pequeños ojos de Keveth no eran distintos a los ojos de una liebre a la que arrebatas la vida por necesidad. Al despertar todo era sudor y temblores. Los mismos que los que un inocente niño sufre cuando sabe que ha hecho algo malo, pero no lo quiere contar. Ethmund era un alma en pena vagando por los tensos bosques de Lordaeron. Sin saber dónde ir, sin preguntarse donde caminar, incapaz si quiera de aventurarse a tomar comida para sobrevivir, temeroso de lo que le podría esperar entre los hombres. De improvisto, el ´duro tacto de la madera lo golpeó en el dorso de las manos. Las separó instantáneamente y las apartó de la cara, intentando arrastrarse en vano hacia atrás. —Disculpa —La voz sobresaltada de un anciano hombre salió de aquella boca rodeada de finos pelos grisáceos—. Por un momento pensé que no estabas muy vivo. Ethmund perdió la mirada en aquellos ojos ambarinos, preguntándose que sabía ese hombre y porqué estaba allí. Preguntándose si lo habían enviado a buscarlo y había dado con el. Sospechando conspiranoicamente de aquella sonrisa afable y de ese rostro paternal. Su mente magullada ya estaba exigiendo que sus manos aferrasen la espada. —Ten —el anciano se agachó apresuradamente, ayudándose del alargado bastón de avellano, hasta poner a la altura de los ojos de Ethmund una manzana—. Come, pareces desvanecido, y en ese zurrón tuyo no queda nada que llevarse a la boca. Ethmund no despegó la mirada del hombre, más sus palabras y su gesto rompieron sus pensamientos, su temor, y con ello su precaución. Bajó la mirada a la manzana que le era ofrecida y en ella vio reflejado el milagro por el que había rogado, el milagro que le permitía evitar la aldea, los guardias, la prisión una vez más. Volvió a virar los ojos hacia el anciano y su mirada se encontró con los suyos. No había segundas intenciones en aquellos ajados ojos, no había desconfianza o dudas, no había nada. Solo la pupila y el iris de un hombre honesto. Tomó la manzana y la dio varios mordiscos, escondiéndola entre ambas manos. —¿Cuánto tiempo llevas así? —el anciano no se movió de su sitio, y lo observó comer. Observó también sus ropas, y la espada reglamentaria en la vania, pendiendo de su cinturón—. ¿Eres un soldado? El muchacho detuvo su tarea y lo miró de nuevo, quedamente. El hombre arrugó los labios y con cuidado se incorporó, apoyándose en el bastón. Descolgó su propio zurrón de cuero y lo dejó caer cuidadosamente a los pies de Ethmund, mirándolo. —No seré yo quien juzgue a un muchacho que se esconde en el bosque, armado como un soldado o no. Vivo en el otro borde esta arboleda —señaló con el bastón—. Si decidieras hacer una visita, eres bienvenido. Con aquellas palabras libres de cualquier tipo de desprecio, el anciano se despidió y caminó por lo que bien parecía un serpenteante sendero en el bosque. Tan pronto lo perdió de vista, Ethmund abrió de golpe el zurrón y revolvió en su interior, para encontrar otro puñado de manzanas, pan y queso. Alzo la cabeza rápidamente y miró en la dirección en la que el anciano se había ido. Después, volvió la mirada a los matorrales tras los que se encontraba el claro de la aldea. Las campanas ya no tañían pero el jaleo matutino seguía llenando el aire. Ethmund se levantó y echó el zurrón del anciano al hombro. Sin pensarlo dos veces, siguió el sendero del bosque.
  12. VII Los cielos tronaban en la lejanía pero eran audibles, a pesar del sonido de la lluvia caer a jarros. Los campos estaban empantanados y los ríos y arroyos de la zona, crecidos. Los caminos eran torrentes de barro que impedían ver hasta los ajados adoquines. Aun así la batalla se sucedió, quizás planeada para sacar beneficio incluso del temporal. La compañía no estaba preparada, ni uno solo de sus soldados. La gran horda de orcos se abalanzó sobre ellos desde la retaguardia. Los tomó a todos desprevenidos. Hubo una gran evasión, y el grueso de regulares se vio obligado a disolverse en todas direcciones con tal de evitar la muerte. Pasaron varias horas bajo la lluvia torrencial. Los orcos habían comenzado a organizar partidas de búsqueda para dar caza al resto de los huidos, una vez la batalla había terminado. Los oficiales que quedaban hicieron lo posible por reagruparse, sabiendo que irían a buscarlos. En una pequeña loma, un contingente de supervivientes se recuperaba de la huida mientras el oficial que allí se encontraba, un miserable cabo, discutía a gritos con el paladín de la compañía, que también había salvado el pellejo. Ethmund se echó a un lado y desde el borde de la colina, cercano a una roca, observó los alrededores. La lluvia apenas dejaba ver más allá de los faldones de la elevación. No había ningún movimiento, y ningún sonido sobrepasaba el tronar del agua al caer. Se dio la vuelta y levanto, pasando la mirada por el improvisado campamento, intentando reconocer alguno de los supervivientes. Entre heridos y soldados con media armadura hecha trizas, encontró a Keveth. Sus pequeños ojos estaban ensombrecidos por dos grandes ojeras. Había perdido peso y tenía la mirada algo perdida, como si cada uno de sus pensamientos estuviese vagando en la tormenta. —¡Keveth! —gritó Ethmund, sobre la lluvia—. ¡¿Estás bien?! El muchacho intentó ayudarlo a levantar, pero Keveth no hizo ningún intento de atenderlo. Tenía la mirada clavada en el oficial y el paladín, que se acercaban a grandes zancadas a la posición de ambos. —¡Soldados! —La voz del oficial obligó a Ethmund a mirarlos también. El resto de supervivientes se congregó alrededor—. Parece ser que alguien ha vendido nuestras posiciones al enemigo. Nadie está siendo capaz de orientarse en esta tormenta y es más que seguro que hay partidas de caza entre nosotros. La mirada del oficial y el paladín fueron a posarse de forma severa entre los hombres. —¡Si alguien sabe algo de esta traición, es su obligación hablar, ahora! Un evidente murmullo de incredulidad recorrió los vapuleados soldados, que acaban de ser arrastrados a la huida por los orcos. No obstante, tras de Ethmund, una voz ronca se elevó entre los cuchicheos: —Fue él señor, el chico. Yo lo vi con mis propios ojos, yo vi como volvía de los campamentos orcos anoche. Cuando Ethmund giró la cabeza, y vio un dedo enguantado señalándolo, el corazón casi se le detiene de súbito. No obstante, este comenzó entonces a bombear a toda velocidad cuando vió, tras del dedo acusador, los pequeños ojos de Keveth mirándolo, señalándolo, condenándolo. —Si, yo…vi al chico también —Otro de los soldados habló un poco más allá, arrastrando las palabras como si las crease al paso—. Lo siguieron otros dos y mientras Ethmund los observaba uno a uno se dio cuenta de que se había olvidado de donde venía, se había olvidado de quien era y porqué lo era. Sin palabras, sus ojos se clavaron en los de Keveth y en el preciso instante en que todo su cuerpo le urgía a lanzarse hacia él, una gruesa mano en guante metálico lo detuvo. Se giró, viendo el sereno rostro del paladín, odiándolo tanto como a todos los que lo rodeaban. Un rugido gutural avisó del sonido de un cuerno de guerra y una marabunta de orcos calló sobre los tensos soldados, pillándolos desprevenidos de nuevo. Fue una matanza. Los gritos de dolor se sobrepusieron y ya casi no se podía escuchar la lluvia. Ethmund se zafó de la mano del paladín, reaccionando a velocidad asombrosa. Echó a correr hacia la roca al borde de la colina y la pasó por encima, rodando en la embarrada tierra cuesta abajo. Se dejó caer entre la hierba aplastada hasta llegar abajo y entonces se levantó. Sin mirar atrás, corrió. Correr de nuevo, correr sin detenerse. Mientras lo hacía se iba deshaciendo de complementos inservibles. Fuera guanteletes, brazales, coraza. El rastro de lastre que fue soltando terminó con su rasgado tabardo de Lordaeron. Se perdió entre los bosques mientras la noche se cerraba y la lluvia aumentaba. No veía nada, pero no paró de correr. Solo escuchaba sus pasos chapotear en la lluvia, y nada más. Se detuvo de improvisto y miró a su alrededor, entre los árboles, sin ver nada. No sabía en qué dirección había echado a correr, pero parecía estar a salvo. Comenzó a moverse con más cautela entre los árboles, hasta que logró salir del bosque. Continuó caminando durante varias horas en la noche, sin detenerse, bajo la tormenta. Cuanto tiempo había estado corriendo, no lo sabia, y tampoco en que dirección. Se apoyó finalmente en el tronco de un árbol, cuando creyó estar lo suficientemente alejado. Ya empezaba amanecer y aunque las ramas ramas no eran el mejor toldo ante la lluvia, allí dormitó durante varias horas No dejó de llover y pasó todo el día siguiente vagando por el bosque sin atrever a salir de este. Especialmente cauto hacia cualquier sonido, intentó encontrar algo que comer, sin demasiado éxito. El hambre comenzaba a hacer extragos. Cuando la noche empezaba a caer pudo ver en la distancia unas luces. Aunque no podía diferenciar de donde provenían, con precaución, se aproximó al lugar. Solo cuando estuvo a escasos metros de distancia de las luces comenzó a distinguir las estructuras temporales que, de formas extrañas, formaban la tela, los huesos y colmillos. Parecían tener, sin duda, la forma de tiendas de campaña de alguna forma, tribales, extendidas en un campamento en los lindes del bosque. Un orco emergió de una de las tiendas y observó hacia los árboles, como quien espera ver a alguien. Ethmund echó el pecho al suelo y no se movió más, hasta que el orco se internó en el campamento. Mantuvo su posición varios minutos, reacio a levantarse. Fue entonces cuando escuchó pisadas no lejos de su posición, quizás de una patrulla. Se vio obligado a tomar una decisión rápida, y comenzó a gatear hacia la tienda de la que acababa de salir el orco. Descorrió levemente la tela que cubría la entrada y pasó al interior, acuclillado. Cuando alcanzó la parte central de la tienda, se detuvo por completo. Allí, maniatado al poste central de la tienda y amordazado, estaba Keveth. Cuando los ojos de Ethmund fueron a encontrarse con los suyos, el stromico dio un respingo y comenzó a negar rápidamente con la cabeza. Ethmund no se movió. Sus músculos parecían haberse congelado, y aquella mirada vacía de un niño callejero había vuelto a su rostro, mientras observaba al hombre. Comenzó a avanzar mientras su mano diestra hacía uso del conocimiento que había adquirido desde que fuera forzado a luchar y desenvaino la espada reglamentaria que pendía de su cinturón. El filo estaba maltratado por las constantes batallas, el temporal, y el poco tiempo que restaba para mantenerla, pero aun era un arma peligrosa. La punta estaba ya a escasos dedos de la garganta de un turbado Keveth, que no podía quitar los ojos del arma. Ambas miradas se cruzaron una vez más. Ethmund cerró los ojos y atravesó la garganta de aquel que había creído su hermano. Salió de la tienda con algunos suministros tomados del lugar y partió bajo el amparo de la noche, tras asegurarse que no había ninguna patrulla alrededor. Había dejado de llover.
  13. VI Ethmund dejó caer el filo de su espada sobre la tierra, húmeda, cayendo de rodillas tras del arma. Llovía, llovía aún como llevaba haciéndolo durante días. El agua limpiaba la tierra de la sangre derramada, dejando lugar para la que vendría al día siguiente. No había descanso y las escaramuzas se apilaban, una tras otra, sin dejar sitio a un respiro. Y los cadáveres, esos también se acumulaban. En el perímetro del campamento, decenas de pabellones de campaña militares se habían levantado para albergar a los caídos en batalla. De allí eran trasladados a Lordaeron, una vez identificados, para que sus familias pudieran honrarlos. Ellos, los muertos, eran los que habían tenido suerte. Repartidos entre las silenciosas hileras de tiendas estaban los hospitales de campaña, donde sacerdotes y auxiliares hacían todo lo posible por remediar la infinidad de heridas con las que regresaban tras cada enfrentamiento. Amputaban piernas insalvables, suturaban cortes de forma automática de modo que el soldado pudiese volver al campo, atendían contusiones y un sinfín de resultados de la contienda. Ethmund había tenido la dudosa suerte, por ahora, de haber librado cada hacha y mazo dirigidos hacia él. No obstante, no estaba ileso. Cuando alcanzó el emplazamiento de su compañía nadie habló, como tampoco él lo hizo. Todos estaban sentados en la tierra, en silencio, separados entre ellos y absortos en sus propios pensamientos. Las voces de ánimo y jolgorio de los primeros días se habían difuminado con la primera batalla. Allí ya nadie era veterano de guerras con trols, todos eran críos asustados cada vez que el cuerno sonaba para llamarlos al escenario de la guerra. Solo los supervivientes ventormentinos mantenían su integridad, su espíritu. Solo ellos llegaron a esta guerra sabiendo lo que enfrentaban, y nadie de los allí presentes escuchó sus advertencias y, si lo hicieron, no lo suficiente. Ethmund, por primera vez en su vida, buscaba desesperadamente algo a lo que aferrarse, creer en algo, o en alguien lo suficiente como para no hundirse en el más negro de los pozos. En los primeros días de aquella contienda pensó que Keveth sería se pilar fundamental en el que, a pesar de todo, se podría apoyar. Pero aquel en que una vez creyó había caído en peor situación que los otros. Apartado de la compañía no había intercambiado un murmullo con ninguno de sus compañeros en días, ni si quiera con Ethmund. El veterano stromico se había visto sobrepasado en las primeras batallas, incapaz de comprender que semejantes criaturas fuesen de este mundo. Había visto a sus huargos despedazar a compañeros de armas, a los propios orcos quebrar cabezas como si fuesen nueces. Él mismo había escapado por muy poco de ese destino. Aún con todo se mantuvo firme durante los primeros días e incluso se lo podía ver pululando por el campamento, intentando ayudar. Pero Ethmund estuvo allí cuando Keveth perdió la cabeza. Fue cuatro días antes de la última batalla, en un choque de fuerzas frontal entre ambos ejércitos. Ellos estaban en la vanguardia, como venía siendo habitual desde que comenzara la contienda. Keveth se había deshecho de un orco de pequeño tamaño que se le había lanzado encima. Su pesado cadáver lo retenía contra el suelo y era incapaz de moverse. Ethmund se lanzó en su ayuda, empujado por un sentimiento fraternal, a pesar de que el epicentro de la batalla estaba ocurriendo alrededor. El frío metal del pomo de un hacha lo golpeó en el casco y lo envió varios metros atrás, completamente magullado y aturdido. Entonces se hizo el silencio en el campo de batalla, y ambos ejércitos observaron. Una figura a caballo emergió entre las filas orcas. Una figura espectral, mas salida de una mitología olvidada. Montaba un jamelgo tan fantasmagórico como él mismo. Pero no, no era un espectro. La capucha de su túnica albergaba un rostro descompuesto, humano. Las pezuñas delanteras de su montura fueron a reposar sobre la espalda desnuda del cadáver orco que impedía moverse a Keveth. La piel se descompuso bajo su peso y el stromico clavo una mirada de terror, ausente, en la pútrida figura. El jinete lanzó un grito quebrado, ininteligible, mientras señalaba las filas humanas. Ethmund, al igual que la práctica mayoría del resto de soldados, sintió como su corazón se encogía a la velocidad de una saeta. Sus heridas parecían doler más que nunca. —¡No decaigáis! —Se armó barullo a la derecha del muchacho, cuando alguien se habría paso entre los soldados, gritando—. ¡Levantad! El hombre, fornido, de pelo ya canoso, alcanzó el frente de los hombres y se interpuso entre ellos y el espectral jinete, blandiendo un martillo de considerables dimensiones que parecía lucir como una vela en una habitación oscura y que, con el paso de los segundos, desprendía más y más luz. —Ven a morir otra vez. El jinete pareció despreciar en exceso la figura del hombre y su bestia se alzó sobre los cuartos traseros. Cargó al frente, seguido de una marea de orcos que comenzaron a rugir hacia el frente. Ethmund, sin haberlo notado, se dio cuenta de que ya no estaba en el suelo, de que estaba de pie y sus heridas ya no ardían. Reaccionó en cuestión de segundos cuando sus camaradas emprendieron también la carga. Los siguió sin quitar la mirada de la posición en la que Keveth había caído. Empujó con todas sus fuerzas, interpuso su escudo y cerró los ojos. Instantes más tarde el grueso del ejército había hecho retroceder a los orcos y estos se batían en retirada. Ethmund, junto a otros dos hombres, empujaban el cadáver del orco que aprisionaba a Keveth. Lo sacaron de allí sin sentido, pálido como la cera. Más parecía muerto que vivo. De regreso en el campamento avanzado fue atendió por auxiliares y sacerdotes como mejor pudieron. No obstante, estuvo desvanecido prácticamente toda la noche. A la mañana siguiente salió del hospital de campaña y regresó al emplazamiento de la compañía, donde no intercambió palabras con nadie. Ethmund estaba seguro de que la fortaleza de su compañero se había quebrado totalmente. Intentó hablar con él pero fue rechazado en múltiples ocasiones. El muchacho quería romper a llorar pero, a esas alturas, se daba cuenta de que eso era un lujo que pocos podían permitirse. De nuevo estaba solo, esta vez en el territorio más hostil de cuantos había visto. —No se ha recuperado —una voz serena y bondadosa se dirigió a Ethmund desde su espalda—. Tu camarada, quiero decir. No parece haberse recuperado. Ethmund apartó la mirada de Keveth y la volvió atrás, distinguiendo la vetusta figura de aquel hombre que había encabezado la ofensiva en aquel aciago día. Ethmund negó, poniéndose en pie a duras penas, al asumir el rango superior del hombre. —Descansa —dijo, mientras se acercó y le invitó a sentarse de nuevo, poniendo una mano en su hombro—. Es difícil recuperarse después de haber mirado a la muerte a los ojos. —¿A la muerte, señor? —Ethmund se sintió liberado de poder hablar con una persona después de todo lo acontecido y entre el decadente ambiente del campamento—. —Aquella criatura no era sino una forma de la muerte, que desgraciadamente nuestros enemigos han traído a esta tierra. Debes mantenerte firme, muchacho, y nunca olvides quien eres. Es entonces, cuando nos olvidamos, cuando caemos en su perdición —la voz del hombre se acompañó de un afable palmeo de espalda—. Permíteme hablar con tu camarada. —No te escuchará, no escucha a nadie. El hombre ignoró las palabras de Ethmund y caminó hacia Keveth, arrodillándose frente a él. Ethmund nunca supo lo que aquel hombre le dijo. Solamente pudo distinguir el llanto del stromico y el apoyo que el otro le ofreció con su brazo. Keveth volvió a sentarse con su compañía después de esto y, aunque aún se mantenía distante y taciturno, al menos volvió a intercambiar palabras con los demás. No obstante, jamás mencionó lo ocurrido, lo que vio, o lo que aquel hombre le dijo, a nadie. Ni si quiera a Ethmund.
  14. V Los primeros rayos de luz se colaron entre las grietas del tejadillo de madera. Ethmund se removió en el catre y acabó postrado de espaldas, mirando con ojos somnolientos esos detestables hijos del sol. Se llevó la mano al rostro mientras se desperezaba. Alguien fuera de allí hizo el toque de diana y a su alrededor los gruñidos de sus camaradas comenzaron a hacer rebosar el barracón de alegría mañanera. El trompeta repitió el toque de diana una segunda vez, logrando arrancar los primeros berridos de desagrado y amenazas de muerte de entre los soldados. Terminaba de calzarse las botas cuando Keveth se lo acercó, ya uniformado y preparado para lo que el día fuese a traer. Este le ofreció su mano para levantar del camastro, la cual tomó con firmeza fraternal una vez terminó de ajustar la bota. Ambos salieron al exterior del barracón, hacia la fría mañana de Lordaeron. Cuatro barracones como aquel del que acababan de salir se cerraban en semicírculo sobre una pequeña plaza circular de tierra batida. En el centro aguardaba un hombre de rostro robusto y alargado, de pelo oscuro extremadamente corto y embutido en una armadura completa de la que pendía un tabardo de fondo azul, con la silueta frontal de un león dorado bordado. El sargento Chad, superviviente de Ventormenta. Desde hacía meses sus días eran un durísima consecución de instrucción, entrenamiento e introducción a la disciplina militar que el Reino de Lordaeron había comenzado a imponer a aquellos reclusos que pululaban sus mazmorras. Ladrones, bandidos, timadores, y semejante tipo de personalidades de la más alta capa de la sociedad habían pasado de desgastar sus huesos en la piedra de las mazmorras a dormir en barracones militares y pasar el día preparándose para algo inminente. El enfrentamiento con los “orcos” que ahora poblaban el sur del continente. Ethmund no era una excepción, y tampoco Keveth. Desde que fuesen reducidos durante el famoso motín de reclusos de Costa Sur, ambos habían dado tumbos entre las prisiones de Trabalomas y Lordaeron hasta que se decidió poner una espada y un escudo en manos de todo aquel hombre y mujer válido para defender la tierra en la que vivían. Su condena, fueron informados, había pasado a ser una leva forzada para cooperar en la defensa de los Reinos humanos. Ethmund apenas había alcanzado la adultez para entonces y se encontró con un entorno totalmente ajeno a todo cuanto había conocido. Fue vapuleado en los entrenamientos, fue agotado hasta la saciedad en marchas forzadas por todo Trisfal, Trabalomas y Alterac. A pesar de haber vivido la mayor parte de su vida entre ladrones y pillastres, jamás se había visto en un entorno tan hostil y pronto cerró bandas en torno a si mismo. Se volvió arisco, distante y maldijo el día en que fue hecho prisionero cada mañana. Solo en Keveth encontraba cierto alivio cuando, tras cada golpe recibido, tras cada tropiezo, herida o decepción, una mano amiga que no portaba una vara de entrenamiento le palmeaba el hombro y lo ayudaba a levantar. El stromico jamás se sintió tan asfixiado en ese entorno y casi parecía disfrutarlo. Llegó a ganarse el afecto de algunos de los oficiales a cargo del entrenamiento y esto permitió a ambos raciones de comidas más abundantes o trabajos de mantenimiento más suaves. No obstante, no todos los oficiales formaban parte de esa buena relación con Keveth. El Sargento Chad, que había sobrevivido a la caída de Ventormenta, era un hombre reacio y con un código de disciplina, conducta y honor grabado a fuego en su personalidad. Curiosamente, este mismo sargento fue el elegido para supervisar la correcta instrucción de un numeroso grupo de reos forzados a servir en las filas. Toda una ironía para el veterano sargento que, aunque acepto sin trabas, no lo tomó con gran alegría. Una vez la totalidad de los reclutas estaba formando en la plaza de los barracones, el sargento alzó la voz con determinación: —La guerra ha comenzado —Hizo una pausa, deliberada— ...soldados. Su compañía se pondrá en movimiento mañana en dirección a las Laderas de Trabalomas, donde se espera que los efectivos orcos intenten establecer una cabeza de playa para su desembarco. El murmullo que se extendió entre los allí convocados fue inmediato y aumentó en intensidad en escasos segundos. —¡Basta de cuchicheo! ¿Alguno pensaba que había sido sacado de su mazmorra para pasar el resto de su vida cómodo en estos barracones? Si realmente es así, será un placer hacer del padre que nunca tuvo y cruzarle la cara de un guantazo —dijo el sargento sin mover un ápice su posición, únicamente adquiriendo un tono más regio—. Es esta guerra la que os ha salvado de pudriros en una mazmorra, y es por ello que la vais a honrar como se merece, dejando vuestra alma en sus campos de batalla. El cuchicheo se había interrumpido por completo y todos los reclutas miraban fijamente al sargento. Cuando comenzó a dar órdenes en un tono más neutral a los oficiales presentes, entonces y solo entonces, Ethmund bajó la mirada al suelo mientras a su alrededor sus compañeros comenzaban a comentar las nuevas. —Todo irá bien chico. Tengo tu espalda allí fuera, ¿eh? —Keveth puso la mano en el hombro al muchacho y lo observo con firmeza—. Enfrentarse a esas bestias no será lo mismo que robar monederos o huir de la guardia, por eso debemos de permanecer juntos. Codo con codo saldremos de esta. Aún te queda toda una vida por delante. Ethmund observó al stromico. Tomó el antebrazo de este con el suyo y asintió a sus palabras. Ambos se miraron como lo hacen dos hermanos, aunque no sea sangre lo que tengan en común. —¡Eso será todo! Este será su último día en estos barracones. Pongan sus cosas en orden si es que hay alguien que aún recuerde quienes sois —El Sargento finalizó su intervención en la plaza y la abandonó, seguido de los oficiales con los que había estado hablando—. Pronto todos los soldados comenzaron a rondar por los barracones y el exterior de los mismos. Jugando partidas de cartas y acabando con las últimas reservas de cerveza y comida. El ambiente enrarecido rápidamente escaló a uno de alegría y diversión a pesar de que sería su último día allí y, para muchos, uno de sus últimos días en ese mundo. Ethmund y Keveth terminaron bebiendo cerveza sentados en un grupo de banquetas en torno a una pequeña hoguera en la que se cocinaban dos truchas, junto con tres hombres más. —¿Cómo es la guerra Keveth? —Caótica, sucia…oscura, apesta. Literalmente, apesta. Los campamentos de guerra son pocilgas y los campos de batalla, te lo puedes imaginar. De nada sirve comer si no tienes un estómago fuerte, acabas vomitando por el hedor. —Dicen que esto es peor aún —Uno de los otros comensales intervino en la conversación, observando los por sobre su pichel—. Dicen que estos orcos son bestias imparables, que pocos son capaces de mantener las filas cuando cargan, por miedo. Keveth, Ethmund, y los otros dos allí presentes observaron al hombre, y el ambiente se ensombreció un poco. Los cinco bebieron. —No creo que sean muy diferentes a los trols. Salvajes, enormes, fuertes —Keveth intentaba restar hierro a la situación—. Con un par de hombres fuertes es fácil sobrepasar a uno, no se lo esperan y no están organizados. Los sureños vienen con miedo, han perdido una guerra, es normal que exageren la situación. —No, no lo creo —el hombre insistió—. Se pueden perder guerras en un día, pero, ¿reinos enteros en tan poco tiempo? Estas bestias son distintas a todo lo que hayamos visto antes. Y nosotros seremos la carne de cañón, seremos los primeros en mirarlos a los ojos y despedirnos de este mundo. Ethmund tenía la mirada clavada en el hombre, absorto en sus palabras. Apretó sus manos alrededor del pichel. Nunca había tenido miedo a ser agarrado por la guardia, encerrado o golpeado. La privación de su libertado creaba rabia en su interior, pero no lo temía. Solo temía la muerte, solo temía encontrar la muerte temprana y que todos sus sacrificios hubiesen sido en vano. Cada palabra de aquel hombre era como un martillazo que poco a poco hundía más aquella tachuela en su ataúd. —¿Crees que seremos la vanguardia? —preguntó, sin dejar de mirarlo. Keveth lo observaba a él no obstante, como si lo hubiese estado haciendo desde hace rato—. —No lo creo, lo sé. Dime chico, ¿crees que pondrán a sus nobles hijos a caballo delante de nosotros? ¿o a los honorables limpiabotas que tomaron el servicio por voluntad propia? No. Seremos nosotros, los prescindibles. Keveth removió una de las truchas de la placa de pizarra en que se estaban cocinando, a fuego lento. —Si cuidamos unos de otros saldremos de esta. Sobreviviremos a los orcos, a la guerra y a quienes nos la han impuesto —Keveth sentenció, ofreciendo la trucha a Ethmund—. Este lo miró asintiendo levemente, mientras tomada el pescado y daba un bocado.

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