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Tali_Zorah_N7

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Sobre Tali_Zorah_N7

  • Rango
    Usuario Colaborador
  • Cumpleaños Mayo 21

Información Personal

  • Género
    Mujer

Primer Personaje

  • Nombre
    Eileen Reveck
  • División
    Oro
  • Raza
    Alto elfo
  • Clase
    Picaro

Otros Personajes

  • 2do Personaje
    Ariel Du Couteau
  • 3er Personaje
    Nina Zenik

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  1. Hola, bienvenido al servidor ^^ Espero que te lo pases bien y poder coincidir contigo en el rol :3
  2. El atardecer bañaba de tonos amarillos y anaranjados los tejados de la ciudad de Dalaran, como un cuadro al que aún le faltan retoques en la mezcla de colores. Sin embargo en aquel lienzo podía vislumbrarse una protuberancia únicamente perceptible para los ojos más entrenados; Eileen estaba situada bajo el amparo de la sombra de una pequeña torre en uno de los tejados, no siendo más que el trazo de una silueta diluida en acuarela en aquella estampa, invisible a las miradas de los transeúntes que caminaban de allí para allá varios metros más abajo, enfrascados en sus quehaceres. Le había costado tener que cobrarse un par de favores para poder llegar a la ciudad y abandonarla más adelante de forma no oficial, por suerte para ella más de uno se encontraba endeudado en favores hacia su persona. Los ojos de la asesina habían estado fijos en una vivienda, en un negocio, en dos figuras que vagaban de un lugar al otro como lo hacían muchos otros comerciantes de la ciudad. Sin embargo ella ya había estado antaño en aquella casa, en el local y junto a aquella pareja. Había reconocido el emblema familiar tallado en piedra justo encima de la entrada a la casa, dos serpientes enroscadas con unos ojos que antaño relucieron, y que ahora se habían apagado casi tanto como el sol que le delegaba su lugar a una luna a la que aún le faltaban un par de horas para ser coronada. El emblema había sido casi borrado de forma intencionada, quizá podía pasar desapercibido ante los ojos de quien no lo conociese, pero no frente a los de ella, ella portaba aquél emblema enroscado en su dedo anular. Del mismo modo, había reconocido los rostros de sus abuelos, castigados por una suerte de peso a sus espaldas que ella conocía a la perfección; era el peso de la pérdida, de la responsabilidad, el peso de un legado que recaía sobre los hombros de aquellos que creían ser los últimos de un linaje manchado en sangre y hacía tiempo olvidado. - …¿estás segura de querer hacerlo…? - Susurró una de las muchas voces siseantes en su cabeza que parecía querer tomar la iniciativa y alzarse sobre todas sus hermanas; sonaba como una y varias al mismo tiempo, luchando todas al unísono por decir la misma palabra con tonos distintos y a destiempo. - He de hacerlo.- Musitó ella. - ...siempre podemos volver, hacer como que nada de esto ha ocurrido… - Hemos llegado demasiado lejos para ello, la decisión está tomada. Un silencio. - …¿Eileen?... - ¿Si? - ...tienes miedo, no tienes por qué tenerlo… - No tengo miedo. - ...tampoco tienes por qué mentir… Un gruñido escapó de su garganta, seguido de una mueca. Era cierto, de algún modo u otro tenía miedo. Tenía miedo de arrastrar la ruina a los guijarros que quedaban de lo que una vez fue su familia, pues ella sabía que la muerte y las sombras iban de su mano, para lo bueno y para lo malo; y eran dos acompañantes que habían estado a su vera desde que no era más que una niña… una niña que se manchó las manos de sangre demasiado pronto, tan pronto como vió derramarse la de sus seres queridos. Y la vió, por supuesto que la vió, y jamás olvidó lo que fue obligada a presenciar, pues a día de hoy aquella escena se repetía una y otra vez en sus más oscuras pesadillas. Tenía seis años, no hacía demasiado que había sido su cumpleaños y su madre había encargado un vestido para ella; era de color azúl celeste y se iba degradando a medida que descendía hasta tornarse más oscuro, sin mangas y con estrellas que brillaban en sus faldas, allí donde el color simulaba el de un cielo nocturno. Ella había adorado aquél vestido, lo había cuidado e incluso había reservado un lugar para él en su cuarto, en uno de los maniquíes donde solían estar sus vestidos de baile. Sin embargo, aquella noche ensució su vestido, y para su desgracia aquél fue el menor de sus problemas. Se encontraba en su cuarto, junto a su madre y Ferguson, su fiel acompañante gatuno que se hallaba enroscado sobre sus piernas emitiendo la dulce melodía de un ronroneo; era negro como la tinta y estaba algo relleno porque Eileen le consentía demasiado. Su madre le estaba leyendo un cuento cuando los gritos de algunos miembros del servicio se hicieron audibles pese a provenir del piso inferior. El libro se cerró de forma brusca y la pequeña Eileen había discernido algo parecido a la preocupación dibujándose en el rostro de su madre. - ¿Qué ocurre? - Había preguntado. Elana le colocó un dedo en los labios con delicadeza - Espera aquí, pequeña.- Se deslizó por el borde de la cama hasta ponerse en pie y, con sutileza empuñó un cuchillo de la bandeja donde le habían traído la cena a Eileen, había estado enferma un par de noches. Eileen vio como su madre se acercaba a la puerta, cautelosa, no entendía el por qué. - Mamá, no hemos terminado el cuento.- Reprochó. - Cielo, baja la voz.- Le indicó en un tono privado mientras acercaba la oreja a la puerta. - Pero… Su madre retrocedió. Varios pasos eran audibles ahora desde el pasillo, eran violentos, imponentes y no pretendían esconderse. Elana se acercó hasta a los pies de la cama, Eileen no entendía qué estaba ocurriendo, tan solo quería terminar su cuento. Ferguson tensó las orejas y dirigió la mirada hacia la puerta que no tardó en abrirse como si un vendaval la hubiese obligado a abandonar su postura. La mano de Elana brilló y el frío se condensó a su alrededor, pero al ver las figuras al otro lado del umbral ese brillo se apagó. - Tú… La silueta de un hombre se dibujaba tras el cuerpo de una de las sirvientas que sollozaba con una hoja al cuello, sin embargo, las palabras de su madre no iban dirigidas hacia él, sino al hombre que se le adelantó y entró en el cuarto, observando con curiosidad los peluches, los vestidos y el maniquí vacío donde debía de estar el que Eileen llevaba puesto. - Ha pasado mucho tiempo, mi querida Elana.- Entonó aquél hombre, su voz era firme, segura, e iba vestido con ropas de cuero oscuro. Sus facciones eran difíciles de reconocer en la sombra, sin embargo su barba negra y larga, con varias canas era más que llamativa.- Veo que la pequeña ha crecido…- Le dedicó una mirada a Eileen. - Saca tus asquerosos ojos de encima suyo, ni la mires. - ¿Dónde ha quedado la cortesía de los Reveck, querida? El hombre se acercó más a la cama, y una estaca de hielo salió desprendida de la mano de Elana hacia él; sin embargo fue absorbida por un vórtice del vacío sin llegar siquiera a acercarse a su objetivo. Eileen se asustó y se cubrió con las sábanas, como si estas fueran un escudo que pudiese protegerla contra todos los males del mundo, arrulló a Ferguson con ella y cerró los ojos con tanta fuerza que le dolió. - Sal de mi casa, Julius… Julius sonrió y le dedicó una mirada al hombre que había abierto la puerta. - Déjanos. El hombre no parecía estar muy de acuerdo con aquella orden, pero la obedeció a sabiendas de que Julius era mucho más poderoso que Elana, llevándose consigo a la mujer que seguía sollozando. - ¿Qué es lo que quieres? - Preguntó Elana.- ¿Dónde está mi marido? - Esperándote.- Afiló su sonrisa.- Tendréis que venir con nosotros para verle... sin cometer ninguna estupidez, por supuesto. - A mi hija no la vais a meter en esto. - Me temo que es tarde para eso, ¿no crees? - Se acercó a Elana y aprisionó su rostro con la mano, ejerciendo presión sobre sus mejillas.- Que desperdicio…- Siseó, observándola. Elana le escupió a la cara. Julius la soltó solo para pasarse la mano por el rostro y mirarla, molesto. Luego le dio un bofetón a Elana con la suficiente fuerza como para hacer que se tambaleara, sin embargo Elana respondió, y lo hizo con el cuchillo que había tomado, regalándole un corte profundo en el pómulo y parte de la mejilla. Julius dejó escapar un gruñido que a Eileen le había parecido el de una bestia enfurecida. - ¿Desafiante hasta el final, verdad? - Se cubrió la herida con la mano antes de abofetear la de la elfa. El cuchillo voló hacia la cama, tiñendo las sábanas de rojo conforme las sombras comenzaban a engullir la habitación. A día de hoy, Eileen conocía multitud de insectos y animales venenosos de los que extraía veneno. Hay una raza de arácnido conocida como araña de manantial. Las hembras son negras como un trazo de noche y poseen el instinto maternal más extraordinario de todo el reino animal. Cuando queda fecundada, la hembra construye una suerte de receptáculo y lo abastece de cadáveres para luego encerrarse dentro. Si el nido se incendia, preferiría morir entre las llamas que abandonarlo. Si la asedia un depredador, morirá defendiendo a su camada. Tan firme es el rechazo a abandonar a sus crías que, una vez puestos los huevos no saldrá ni siquiera para cazar. Y se hace merecedora de su título como la madre más feroz del reino animal porque, cuando ya ha devorado todas las existencias que había almacenado, la hembra empieza a devorarse a sí misma. Pata tras pata. Arranca las extremidades de su tórax. Come solo cuanto necesita para mantener su vigilia. Cercena y mastica hasta que solo le queda una pata, aferrada al sedoso tesoro que crece debajo de ella. Y cuando sus crías rompen la cáscara y emergen de las hebras en las que tanto amor las envolvió su madre, disfrutan allí mismo del primer festín de sus vidas. La madre que las concibió. Eileen, hoy día, sabía que su madre no había tenido nada, absolutamente nada que envidiar de la más fiera araña de manantial de todo Azeroth. - ...se agota el tiempo... Eileen alzó la mirada y contempló que el sol estaba por desvanecerse. Vio salir a una última clienta, se había tomado su tiempo en rellenar una pequeña cesta de mimbre que llevaba colgada del brazo, podía distinguir algunos de los ingredientes que había adquirido por su color al estar embutidos en bolsitas transparentes. Se deslizó por los tejados con soltura, como un felino transformado en sombra que surcaba un mar de tejas. Se aferró a uno de los bordes del tejado que daba a la callejuela tras el negocio y se dejó caer para pivotar en la fachada y aferrarse a la ventana de lo que suponía, era una casa. Se dejó caer y repitió el proceso en dos ventanas más hasta poder tocar tierra. Una vez abajo se ajustó como pudo sus ropas, obviamente no había ido embutida en su armadura de cuero; llevaba puesta una blusa blanca con mangas anchas y los hombros al descubierto, con un escote apenas visible, atado por un cordel blanco en forma de lazo. Llevaba unos pantalones ajustados de tela oscura, elástica, y unos zapatos que le permitiesen trepar y a su vez fueran decentes. Pudo verse reflejada en el cristal de la ventana que daba a un bajo en ese mismo callejón, estaba ligeramente despeinada tras el descenso. - Van a pensar que soy un desastre.- Dijo, tratando de peinarse con las manos. - ...no estarían muy alejados de la realidad… - No ayudas. - …¿te has acordado de comer hoy?... Un breve silencio. - Vete a la mierda Una risa en su cabeza. Y un quejido en su estómago. Abandonó el callejón y echó un vistazo a las calles que poco a poco comenzaban a dejar de ser tan transitadas. Se internó en ellas y dobló la esquina, observó la fachada que tanto tiempo llevaba vigilando desde la lejanía, el emblema rascado sobre la roca para tratar de borrarlo, los dos peldaños descompensados con los que tantas veces se había tropezado de pequeña y el mismo aroma a productos naturales y químicos en sus fosas nasales. Tomó aire y subió aquellos escalones, sin tropezar esta vez, y al entrar le dio la vuelta a un pequeño cartel indicando que el negocio ahora se encontraba cerrado. Cuando cruzó la puerta vio de cerca a aquella pareja, se encontraban tras el mostrador, a pocos metros de distancia. Su abuelo, Aulë, estaba ordenando una pequeña estantería, rellenando huecos para que quedase más bonito a la vista; sin embargo su abuela Yavanna la estaba observando a ella. El quejido de su estómago se convirtió en un una contracción que le hizo subir la bilis por la garganta. Tuvo que controlarse para evitar una arcada. - Buenas tardes, jovencita. ¿Puedo ayudarla en algo? - Pronunció la mujer. Eileen no recordaba su voz, pero sí sus facciones, su cabello que ondulaba como una cascada de oscuridad a su espalda y el maquillaje discreto que siempre había adornado su ya de por sí perfecto rostro. - ...ya es tarde para huír… Una mueca torció sus labios. - B-buenas tardes.- Dijo tras darse cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin hablar, el suficiente como para atraer también la atención de su abuelo. Ambos parecían estar observándola con curiosidad.- Yo… tan solo…- Estaba buscando las palabras, sin embargo todas batallaban a la vez en su lengua y ninguna parecía alzarse con la victoria.- Yo… - Tranquila joven, aquí no nos comemos a nadie, ¿hm? - Entonó su abuelo, tratando de tranquilizarla.- ¿Te ha mandado tu madre a por algo y no recuerdas el qué? - Aquello era algo habitual, muchos de los nombres de los ingredientes no eran fáciles de recordar. Ella negó. - N-no, no es eso, yo tan solo… - Disculpa, ¿nos hemos visto antes? - Preguntó su abuela. Bilis otra vez. - No. Osea… sí. Quiero decir… - Las palabras se tropezaban ahora sin llegar siquiera a entonarse, sentía un sudor frío recorrer su cuerpo a medida que su respiración se aceleraba. - ¿Quieres un vaso de agua? Tienes mala cara… - Le ofreció su abuelo. Ella asintió. Aulë se agachó y tomó una jarra de agua de detrás del mostrador junto a un vaso de cristal y los dejó frente a él. Habían varios pasos que los separaban y Eileen no estaba segura de si podría atravesar la distancia. - ...estás quedando como una inútil… Apretó los labios y se acercó al mostrador, tratando de no tropezarse por el camino. - Tu cara me es familiar.- Indicó su abuela, que al tenerla más cerca la observaba con detenimiento. Eileen tomó el vaso con la mano temblorosa, derramando ligeramente un par de gotas que no tardaron en besar el suelo en lo que ella daba un par de largos tragos, retrasando la respuesta. - Yo… estuve aquí hace varios años.- Confesó. - No suelo quedarme con las caras de todos nuestros clientes.- Respondió, sin estar del todo convencida por la respuesta de Eileen. Lo cierto era que Eileen era el vivo retrato de su madre, y quizá sentía algo de pena por el hecho de que fuera a Elana a quién recordaban al verla a ella. Su abuelo se apoyó con ambos codos en la barra, observándola. Él era rubio, de facciones más marcadas y con un hoyuelo en la barbilla, similar al de su padre. - Yo… - Suspiró, tomando al miedo del cuello y obligándole a ponerse de rodillas. Sabía que si no era directa no sería capaz de decirlo, este tipo de sutilezas nunca había sido su fuerte.- Vosotros no erais los encargados de este local hace años, ¿verdad? La sorpresa invadió el rostro de ambos, pues aquella pregunta les había cogido por sorpresa. - ¿Por qué preguntas eso, jovencita? - Quiso saber su abuelo. Eileen tomó aire, llenándose del coraje que no había tenido durante los últimos años. - Porque yo solía acompañar a mi padre, hace años, cada fin de semana durante sus jornadas.- Miró hacia los estantes de la izquierda, donde había una gran selección de componentes.- Yo le ayudaba a ordenar los ingrediente antes de abrir, a hacer el recuento del dinero al cerrar a cambio de un puñado de cobres para comprar una bolsa de dulces...- No pudo ocultar una leve sonrisa de añoranza.- Porque cada sábado, después de cerrar, íbamos a cenar con mi madre a casa de mis abuelos... Y porque en el marco de esa puerta, - Señaló en dirección a la puerta tras el mostrador que daba a la trastienda.- están marcados los centímetros que crecía cada mes... Hubo un silencio, un silencio de incredulidad, de asimilación. Sus abuelos se miraron el uno al otro en un par de ocasiones, no hizo falta que observasen el marco o las muescas que había en él, luego centraron nuevamente la atención en ella. - Por todas las estrellas… -Musitó su abuela, cubriéndose la boca con una mano.- ¿Eileen? ¿La pequeña Eileen? El miedo se liberó de su agarre y respondió aún con más dureza. La pequeña Eileen había muerto hacía demasiados años, la noche que se manchó su vestido, la noche en que la muerte y las sombras se habían convertido en sus acompañantes. El hombre que se había marchado había vuelto sin la mujer que sollozaba, tan solo para aprisionar ahora a su madre entre sus brazos, quién se retorcía como un pez en su anzuelo. Julius se había acercado ahora a la cama y destapado a Eileen para tomarla del brazo, sin embargo Ferguson había erizado su pelo y alertado al hombre con un bufido que poco tenía que envidiar al de la más fiera de las serpientes. La advertencia fue ignorada y cuando Julius tomó a la pequeña Eileen del brazo, Ferguson saltó y se aferró con sus zarpas al torso del hombre, lanzando un fiero arañazo en su cuello. - ¡Estúpido gato! - Ladró, cogiéndo con brusquedad al animal de su pellejo. - ¡No! - Gritó Eileen, rompiendo el silencio en el que se había sumido bajo esa barrera de sábanas que ya no la protegía.- ¡Suéltalo! - Suplicó entre lágrimas, con la cara mocosa, entre hipidos y sollozos. Julius agarró la cabeza del valiente Ferguson con una mano y los hombros con la otra, y con facilidad, retorció. El sonido fue como el de palos mojados al partirse, demasiado intenso para que lo ahogara el chillido de Eileen; un sonido que ella jamás olvidaría. Y al final de aquellos chasquidos húmedos, la mano de Julius sostenía la flácida silueta negra, una forma cálida, suave y ronroneante junto a la que Eileen había dormido desde que tenía uso de razón, y que ya nunca ronronearía más. Eileen aulló, se retorció, gritó y lloró, se resistió tanto que a Julius le fue difícil arrastrarla fuera de la cama a la que ella se aferraba como si su vida dependiera de ello; sin embargo terminó por soltar las cobijas... y más tarde alguien lamentaría el motivo. Fue arrastrada junto a su madre a lo largo del pasillo plagado de puertas a ambos lados, muchas de ellas abiertas y registradas, hasta ser llevadas al salón del piso superior, donde Vannan, su padre, y Jesper, su hermano, se encontraban arrodillados y con los rostros maltratados. Habían varios cuerpos sin vida tras ellos, rastros de sangre y varios muebles volcados y rotos, la gran mesa en la que siempre cenaban se encontraba ahora astillada y parcialmente tumbada, le faltaban dos patas. Las sillas desperdigadas por el salón, tiradas por ahí sin ningún tipo de cuidado, platos y vasos rotos bañaban el suelo en decenas de esquirlas de cristal y porcelana. Eileen lloró aún más cuando vio lo que le había ocurrido también a su hogar, no podía dejar de preguntarse por qué ocurría aquello, quién era esa gente y por qué les hacían eso. Con brusquedad fue lanzada al suelo y un hombre se colocó detrás de ella para agarrarla de los brazos, se los retorció hasta el punto en el que ella creía que iban a partirse, no podía quitarse de la cabeza el sonido que había emitido el cuello de Ferguson al quebrarse, y que sus brazos pronto podrían emitir aquel sonido también. Su madre la siguió, siendo inmovilizada también, y un hombre alto, similar a Julius pero con una barba más cuidada, colocó la hoja de una espada en el cuello de su padre, obligándole a alzar la mirada. - Esto, Vannan, es lo que ocurre cuando luchas contra el destino, cuando no dejas que… se te guíe por el buen camino.- Dijo, casi con un tono lastimero muy mal interpretado, mientras se llevaba la otra mano al pecho, regocijándose del estado en el que se encontraba.- Se me… parte el corazón tan solo de pensar en cómo tu familia va a tener que pagar el precio de tus actos. - Eres una escoria que jamás logrará su cometido, Marcus. No mientras...- Espetó su padre. La hoja de la espada se elevó un tanto más y golpeó de costado y con brusquedad la mejilla de Vannan. - ¿Mientras vivas? - Preguntó Marcus, afilando una sonrisa en su rostro.- Ese es un problema que no tardaremos en solventar. - Vas a tener que pasar por encima de mí.- Se revolvió Jesper, agitando los brazos de aquel que le sujetaba a él también. - Oh vaya, la pequeña culebra saca sus colmillos a relucir.- Añadió Julius, que se acercaba por el lado opuesto a Marcus, rodeando a Jesper como un depredador. - ¡No le toques Julius! - Exclamó Elana. - ¿Por qué? - Sonrió él, colocándose detrás de Jesper.- ¿Acaso temes que pueda hacerle daño? - Ya tenéis lo que queríais.- Gruñó Vannan.- Soltad a nuestros hijos, ellos no tienen nada que ver con esto. Marcus se enroscó alrededor de Vannan, esgrimiendo una sonrisa cargada de malicia. - Tan solo… si nos lo suplicas. Vannan apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, y se retorció inútilmente del agarre de quien lo tenía sujeto. - Por favor.- Ladró entre dientes, como si aquellas palabras le ardieran en la lengua.- Suelta a nuestros hijos. Marcus afiló su sonrisa. - Me temo que no te he oído, ¿podrías decirlo con más claridad? - Le obligó a alzar más el rostro con la hoja de aquella espada. Vannan cerró los ojos y llenó sus pulmones de aire, dejando escapar su orgullo y la ira en un suspiro. - Por favor… - Sus facciones se endurecieron, y los músculos de su mandíbula se tensaron.- os lo ruego... soltad a mis hijos, dejad que se vayan… me lo debéis. Marcus aplaudió entonces, aspirando el aroma y embriagándose de aquellas palabras, de la situación. Sus aplausos sobrevolaban por los sollozos de Eileen como un ave que desciende y roza la superficie del mar. - Entrañable, ¿no lo crees, querido hermano? - Sin duda.- Añadió Julius.- Sería una completa falta de compasión hacer algo como… esto.- No había terminado siquiera de pronunciar sus palabras cuando el acero de una daga extraída de su cinto brilló y danzó, abriéndole el cuello a Jesper sin miramiento alguno. Su expresión fue de horror, de sorpresa y de desesperación cuando cayó al suelo, trataba inútilmente de respirar y convulsionaba, ahogándose con su propia sangre, pataleaba y se retorcía, arqueando su cuerpo con las manos sobre su herida mientras la alfombra se teñía de rojo. Eileen chilló y agachó la mirada, llorando, no había dejado de hacerlo desde que toda aquella pesadilla había comenzado. Vannan y Elana se retorcieron, maldijeron, clamaron y escupieron insultos entre lágrimas… sin embargo, Eileen solo oía el sonido de su hermano luchando por respirar, las risas de aquellos dos hombres seguidas por el resto de sus secuaces, y un millar de voces en su cabeza que parecían agitarse con la misma intensidad que la mayor tormenta que el mundo haya presenciado jamás. Todo se nubló, su mundo entero se derrumbó cuando la hoja de otro verdugo silenció los gritos y llantos de su madre, y la lanzó al suelo para que agonizase junto a Jesper. Vannan se quebró y se retorció inútilmente con todas sus fuerzas. - Esto no quedará así… - Sollozó.- Tarde o temprano obtendréis lo que os merecéis. Marcus y Julius rieron al unísono. - ¿Si? ¿Y quién te vengará, Vannan? ¿Hm? - Canturreo Marcus.- ¿Tu preciada luna? ¿Tus insignificantes estrellas? - El mundo te olvidará.- Añadió Julius.- Tu recuerdo se perderá y tu legado no serán más que cenizas arrastradas por el viento, condenadas a dispersarse y desaparecer. - Aquí termina tu historia, Vannan.- Prosiguió Marcus, colocando la hoja de la espada en su cuello.- ¿Unas últimas palabras? Vannan alzó la mirada y buscó los ojos llorosos de Eileen, como si se tratase de la única estrella solitaria que brilla en una noche sin luna. - Te qui… La hoja de Marcus se deslizó por su garganta, silenciando su derecho a despedirse. El grito de horror de Eileen fue audible por toda la estancia, un grito que le heló la sangre incluso a los hermanos, cuya sonrisa flaqueó durante un instante. - ¿Qué hacemos con la cría? - Preguntó el verdugo de Elana. - Matadla.- Ordenó Marcus. - Será un placer…- Siseó, acercándose a ella y ordenando con un cabeceo que la soltaran. Error. Eileen lloriqueaba, estirando ambos brazos hacia la nada, tratando de alcanzar las figuras borrosas de su familia con los ojos empañados en lágrimas; su nariz moqueaba y sus labios temblorosos apenas eran capaces de contener la saliva. - Tranquila, pequeña, será solo un momento.- Dijo el verdugo, que se acercó para tomarla de las mejillas con una mano y alzarle el rostro mientras preparaba el cuchillo. - ...mátale… Eileen había escuchado aquella voz antes, una más fuerte que el resto, una que casi parecía inteligente. Le había ordenado algo cuando Julius la intentó arrastrar fuera de la cama, y ella había obedecido. Jugó con las manos debajo de la falda del vestido que tanto amaba, recordando las palabras que su padre le había dicho una vez: “cuando una estrella va a morir, brilla con más fuerza que nunca antes de desvanecerse”; y así lo haría ella. Cuando la sonrisa del verdugo se encontraba en su cenit, cuando el cazador creía que su presa había sido abatida, Eileen empuñó el cuchillo que había caído en la cama cuando Julius se lo arrebató a su madre, y con todas las fuerzas de las que pudo hacer acopio lo clavó en el ojo de aquél hombre, que emitió un alarido y se alejó con el acero incrustado en él, derramando sangre sobre las manos y el vestido de Eileen. La sensación y el sonido fueron como cortar fruta demasiado madura con un cuchillo recién afilado, algo que resultó escalofriante para ella. El enorme verdugo no tardó en desplomarse, y las miradas de todos los presentes quedaron ahora fijas en Eileen, que seguía manteniendo ambas manos en alto como si aún sostuviera el cuchillo, temblando. El silencio que aquello ocasionó fue interrumpido tan solo por ligeros espasmos que emitía el cuerpo del verdugo, que poco a poco se iba apagando. - Vaya, vaya…- profirió Marcus.- Al parecer es cierto eso que dicen de que las crías de serpiente son las que tienen el veneno más peligroso.- Caminó hacia Eileen, evitando pisar el cadáver del verdugo.- Asombroso… ¿no creeis? - Preguntó al resto de sus hombres, que asintieron en un silencio incómodo. - Me parece que… nuestra pequeña víbora no está dispuesta a morir, ¿qué te parece eso, querido hermano? Julius se acercó, examinando a una Eileen que se encontraba en shock. - Quizá podamos enseñarle que… la muerte es un regalo que, gentil y caballerosamente quisimos otorgarle y que sin embargo rechazó, querido hermano.- Una sonrisa se dibujó en su rostro. - Sin duda me parece un destino más que acertado.- Marcus tomó a Eileen de ambas manos y la alzó como quien arranca una planta de la tierra húmeda. La miró fijamente a los ojos.- Ten por cierto, pequeña, que quebrantaremos tu cuerpo y espíritu de formas que no serías capaz de imaginar, hasta que no seas más que polvo. Empuñaras unos barrotes hasta que la edad y la costumbre los acepten y tu mente delire con una libertad que jamás se te tendrá permitida alcanzar. Desearás haber compartido el destino de tu patética familia y no haberte negado a aceptar el regalo de la muerte, pues nosotros no ofrecemos segundas oportunidades.- La dejó caer al suelo.- Lleváosla, harán buen uso de ella en la Reserva. Eileen se había quedado en el suelo, sin importarle la caída, observando los cuerpos sin vida de su familia, sumiéndose en una oscuridad que la devoraba por dentro mientras era arrastrada de nuevo. - ...yo cuidaré de ti ahora… El sonido del reloj indicando que era la hora de cerrar el negocio la hizo volver en sí. Tuvo que pestañear un par de veces y mirar a su alrededor para cerciorarse de que aquello era real. Sus abuelos la observaban, incrédulos. - ¿Eileen? - Repitió su abuela, que avanzaba ahora tras el mostrador para rodearlo y acercarse a ella.- ¿Eres tú… la pequeña Eileen? - Le colocó ambas manos en las mejillas tan pálidas como su rostro. Ella tragó saliva. - M-me temo que… la pequeña Eileen murió; hace mucho.- Eileen negó.- No soy la misma que antaño fui. - Por todas las constelaciones.- Musitó su abuelo, acercándose también.- ¿cómo? - quiso saber.- ¿cómo pudo una niña de seis años sobrevivir? ¿dónde has estado? ¿qué ha sido de tí? - Las preguntas parecían acumularse a medida que el impacto de la noticia iba menguando.- ¿por qué no viniste antes? Eileen se tensó, alzando un poco las manos para pedir tiempo. - Sé... que son muchas las preguntas que os invaden la mente ahora, y os prometo que las responderé todas… pero por favor, antes tan solo quisiera pediros una cosa…- Se mordió la mejilla por dentro, tratando de contener el temblor que amenazaba con apoderarse de su labio inferior. - Lo que sea.- Murmuró su abuela. - ¿Qué necesitas, pequeña? - Añadió su abuelo. Eileen trató de deshacer el nudo que se había formado en su garganta. - Un abrazo. Había vuelto a casa.
  3. El viento gélido de aquel lugar aullaba arrastrando los copos de nieve contra su piel desnuda, como si se tratasen de diminutas estacas de hielo enfurecidas, dispuestas a desgastarla, a erosionarla como lo haría un mar revuelto con una roca solitaria en mitad del océano. El único ruido que contrastaba con aquello era el castañeo de sus dientes y el sonido del acero chocando contra el acero. Los pies de Eileen comenzaban a no sentir nada al estar en contacto perpetuo contra el frío invernal en forma de una capa helada, cubriendo la superficie del lago sobre el cual se encontraba. El resto de su piel se encontraba también al descubierto, a excepción de un par de zonas refugiadas en telas maltrechas. Se hallaba enrojecida y magullada por las caídas sufridas contra la capa sólida de hielo bajo ella, sus largas orejas comenzaban a estar amoratadas en sus extremos, al igual que sus dedos. Cada bocanada de aire eran un millar de agujas perforando sus pulmones desde el interior, conquistando el calor de su interior como si un ejército helado se dispusiera a doblegarla. Cassian estaba a poco más de un metro de ella, sosteniendo una espada en cada mano mientras la rodeaba como un lobo lo hace con su presa, a la espera del momento oportuno para abrir sus fauces. Él sí que iba vestido, protegido contra el frío que amenazaba con llevarse la poca cordura que le restaba a Eileen. Se estaba volviendo loca solo de verle: llevaba unas gruesas botas de piel de oso, recubiertas por dentro, unos pantalones forrados, no muy delgados pero tampoco demasiado gruesos, lo suficiente como para otorgarle movilidad y protegerlo del clima, su chaqueta de un marrón oscuro le escalaba hasta el cuello, ocultando el vaho que sus labios desprendían al soltar el aire, y sus manos enguantadas no se veían castigadas ni agarrotadas por el frío al sostener el arma. Seguía dando vueltas a su alrededor. Ella seguía sus movimientos, ambos trazaban círculos que de poder verse el rastro, seguramente se sobrepondrían los unos con los otros, casi formando una espiral interminable. Eileen sabía que Cassian la quería poner a prueba, quería que sus pies no pudiesen más con el contacto del hielo, que sus dedos no respondiesen aferrados a la empuñadura congelada de sus dagas, que su respiración se descontrolase, presa del frío y la hipotermia; pero no iba a permitirlo. Se mantenía centrada en la mirada de ojos castaños de su amante, de su maestro; y de vez en cuando se atrevía a mirar sus pies por si arremetía contra ella de nuevo. Y entonces llegó, un pie se adelantó y luego el otro, y tan pronto como pudo haber ocurrido un pestañeo las armas de ambos chocaron a la altura de la cintura, y luego otra vez a la altura del hombro, Cassian trató de barrerla con un ágil movimiento del pie izquierdo pero ella saltó y lo esquivó, entonces contraatacó; buscó un golpe en su brazo, pero Cassian lo bloqueó con soltura, luego intentó golpearle en el muslo con una de las dagas, pero tampoco dio resultado. Antes de que pudiese darse cuenta, la rodilla de Cassian había tenido un encuentro con su rostro y la había hecho caer de costado. Se llevó las manos a la nariz y pudo comprobar que sangraba, el hielo teñido de rojo bajo ella lo confirmó. Escupió y se puso en pie de nuevo, o lo intentó, resbalando varias veces en el proceso, con magulladuras nuevas en los codos y en su hombro izquierdo, algunas de ellas comenzaban a sangrar. Cassian la observó, sin compasión. - Tu exigiste este entrenamiento. Levanta, no seré clemente contigo.- Indicó con dureza. - No he pedido tal clemencia… - Escupió de nuevo y terminó por ponerse en pié. - Bien, pues no habrás de esperar tal cosa de tus enemigos.- Enunció poco antes de lanzar un ataque contra ella, haciendo descender la hoja de la espada en dirección al hombro de la chica. Fue desviado por una de las dagas, pero sin querer darle tiempo Cassian trató de atacar de nuevo; dos veces su hoja fue bloqueada por las dagas de Eileen en la guardia alta, y una en la baja, más no pudo bloquear un corte poco profundo en el costado. La espada de Cassian se tiñó de rojo. Ella no gritó.- Te confías demasiado rápido, cuando has bloqueado un par de golpes crees que todos serán igual de rápidos, que todos tendrán la misma fuerza. - Cierra el pico y sigue atacando.- Espetó Eileen, temblando, tiritando, congelada… pero con la mirada ardiente. - ¿Estás segura de eso? Eileen asintió. El vaho escapó del cuello alto de Cassian en lo que seguramente fue un suspiro, asintió y tan pronto como la nube de vapor que había generado se hubo evaporado reanudó sus ataques. Golpes horizontales y verticales trataron de romper la guardia de Eileen, siendo bloqueados o desviados la mayoría de ellos, recibiendo un par de cortes en el hombro y otro a la altura del pecho, en una de sus costillas. Sin detenerse, Cassian lanzó algunas estocadas, buscando que Eileen retrocediera; y lo logró. Luego volvió a acometer con varios golpes, más ninguno de ellos parecía tan fuerte ni certero como los anteriores, Eileen se dio cuenta, pese a ello seguía retrocediendo con cada choque de aceros, adentrándose más en el lago. Finalmente, Cassian tras romper la guardia de Eileen hizo un arco en el aire con la espada y terminó por hacerle un corte en el muslo, provocando la caída de la elfa. Sin embargo, el grosor del hielo esta vez no era como el de la orilla, se habían internado más en el lago. Eileen vio a Cassian retroceder con gráciles y cuidadosos movimientos cuando ella se desplomó, y se preguntó el motivo. Poco antes de plantearse siquiera lo que iba a acontecer… ocurrió, el hielo se quebró bajo sus piernas flexionadas y cayó a lo que parecía ser un abismo oscuro y más frío que la muerte misma. Sentía como si docenas de manos la apresaran de las extremidades y la arrastrasen hacia el fondo, provocándole punzadas de dolor que a duras penas conseguía ignorar. Aleteaba torpemente en un círculo imperfecto que se había formado a su alrededor, tratando de aferrarse a algo. Clavó las uñas en el hielo mientras tomaba bocanadas de aire que no hacían más que apuñalarle el pecho cada vez que respiraba. Cassian no la ayudó. Tras unos pocos minutos logró subir al hielo y tumbarse boca arriba, con la respiración descontrolada, su pecho subía y bajaba a un ritmo preocupantemente alto, con temblores en todo su amoratado cuerpo. Cassian la miró, se le había desprendido la tela que cubría su pecho, no pareció importarle y ella no parecía haberse dado cuenta. - Te dejas llevar por la rabia, la ira. Eso te vuelve débil, predecible, errática. Apenas podía moverse, no sentía los dedos de las manos y apenas sentía los pies, su mundo se vio reducido a ese lago sobre el que se encontraba, y fue en ese momento en el que entendió que el color de la muerte, es el blanco. Quizá fuera la brisa marina que el viento arrastraba con crueldad a través de la ventana entreabierta, quizá fuera el frío que había reclamado cada ápice del pequeño cuarto del Barril en el que se encontraba Eileen, o quizá fuera la imagen de Cassian recogiendo su cuerpo al borde de la inconsciencia tendido en el hielo lo que la hizo abrir los ojos y tomar aire de forma abrupta. Se incorporó con la misma velocidad a la que una serpiente embiste para sentenciar una vida y se llevó una mano al pecho; estaba seca, sin embargo sentía el agua calando a través de su piel hasta sus huesos, aún sentía la nieve en sus pestañas y sus mejillas congeladas. Tres largos años se interponían entre aquél invierno y esa noche. Tres largos años que parecían disfrazarse de milenios. ¿Cómo podría alguien estar muerto si su recuerdo seguía estando tan presente? ¿Cómo podía haberse apagado aquella mirada si cada vez que la recordaba le ardía el pecho? Dejó escapar un pesado suspiro cargado de melancolía, puso los pies desnudos sobre el suelo de madera y se dirigió hacia la ventana para cerrarla. A través del cristal podía contemplar la noche; la luna aún reinaba sobre el cielo junto a un millar de estrellas henchidas que ponían su belleza y esplendor a disposición de cualquiera dispuesto a alzar la mirada, y no podía evitar preguntarse si él estaría allí, acompañado del resto que hacía largo tiempo habían partido. El cristal se empañó tras otro suspiro antes de que se alejara. Empuñó la espada rota de Cassian, que reposaba sobre el escritorio y se sentó en la cama son ella en su regazo. Observó los grabados de la hoja y la frase ahora incompleta que una vez hubo adornado la espada en todo su esplendor. Le costó mucho aceptar su pérdida cuando recibió la noticia. Ni siquiera pudo despedirse de él como es debido. Kaz había sido para ella un apoyo desde que se reencontraron, la seguía tratando como a una hermana, de algún modo seguían unidos por un vínculo que Cassian había forjado. Cassian había hecho tantas cosas… no podía evitar sentirse perdida cuando pensaba en él, en lo fácil que sería todo si siguiera con vida. - ¿Sabes? Dicen que todos morimos dos veces.- Le habiá dicho Kaz una noche-. Una cuando dejamos escapar nuestro último aliento, y otra; cuando la última persona que nos recuerda pronuncia nuestro nombre por última vez. Ella atesoraba aquellas palabras como algo más valioso que el oro o la información, pues en cierto modo la reconfortaban, le hacían creer que sus seres queridos aún seguían con ella; como una rosa en un campo de lodo, lleno de caballos al galope. No pudo volver a dormir, las voces de su cabeza siseaban inquietas, y la imagen que se vislumbraba a través de la ventana la atraía más que volver a sumirse en otro de sus sueños o pesadillas, siendo las segundas las más abundantes. Dejó de nuevo la espada en su lugar y se vistió con unos calcetines simples y ropa cómoda; unos pantalones largos que le iban algo grandes y una camisa holgada que había pertenecido a Kaz. Se puso su calzado, abrió la puerta con cuidado de que las bisagras no se quejasen demasiado y atravesó el pasillo de habitaciones. La mayoría de los Despojos dormían en los pisos inferiores, a nivel de calle, sin embargo el piso superior de aquél edificio estaba reservado para ciertos miembros; Eileen ocupaba la habitación con mejores vistas a la mar, Kaz se la había cedido tras su retorno hacía ya un un tiempo a pesar de que ella apenas le daba uso; él se había quedado con la habitación contigua. Al llegar a las escaleras subió en dirección a la azotea, palpando las paredes con las manos a causa de la oscuridad, tocó la puerta y al intentar abrirla pudo comprobar que estaba cerrada. Un pequeño gruñido escapó de su garganta y a tientas se quitó un par de horquillas y maniobró para forzar la cerradura. A Kaz no le gustaba que nadie saliese a la azotea, algunos de los Despojos tenían enemigos y otros simplemente armaban demasiado jaleo, así que solía mantenerla cerrada casi siempre. Finalmente la cerradura cedió y la puerta le permitió el paso. La azotea en sí no era demasiado grande, un cuadrado de unos 10 metros de ancho y otros 10 de largo con una barandilla a su alrededor. Las vistas daban al puerto y a las calles por la parte derecha, conectaba con un edificio a varios metros de distancia en la parte trasera e izquierda y de cara podía verse una imagen limpia del mar y el cielo. Cerró con delicadeza la puerta y se dirigió hacia el frente, apoyándose sobre la barandilla con los codos, cruzando los antebrazos y relajando los hombros. La brisa pese a ser fría era refrescante, y sin duda prefería pasar frío al aire libre que encerrada entre cuatro paredes. Suspiró y contempló como una nube de vapor se elevaba por encima de sus labios, esparciéndose en el infinito. Las estrellas brillaban con intensidad y las constelaciones eran más que visibles desde allí, se acomodó la trenza a la espalda y alzó la mirada para deslizarla entre todas ellas, desde el herrero, pasando por el bardo hasta la de los amantes. Eileen apretó los puños, recordando las historias que su padre narraba cada noche antes de acostarla; aún recordaba su voz, o eso creía, había pasado tanto tiempo… No podía evitar preguntarse cómo sería su vida si nada de aquello hubiese ocurrido. Ese tipo de pensamientos la atosigaban más veces de lo que le gustaría admitir. ¿Habría decidido estudiar magia como sus padres, sería hoy una gran aprendiz de maga? ¿Habría seguido los pasos de su tía y se habría convertido en forestal? ¿En una gran bailarina? ¿En mercader? Pensar en aquello no hacía más que alimentar a las voces más oscuras, y lamentó no haberse llevado consigo su petaca y su medicación. Permaneció varios minutos allí, respirando el aire húmedo del lugar e intentando conciliar su mente más revuelta que la mar. Llevaba varias noches sin poder dormir y demasiadas cosas dando vueltas alrededor de su cabeza, quizá no había sido tan buena idea tratar de reflexionar, siempre que lo intentaba terminaba sucumbiendo ante las dudas y la melancolía. Se dio la vuelta para volver a su cuarto, tal vez intentar dormir un par de horas más era mejor idea que perder el tiempo con preguntas absurdas que nadie iba a responder; sin embargo al girarse un frío similar al de aquél invierno arremetió contra ella, endureció el gesto y apretó la mandíbula antes de volver a mirar hacia la mar y las estrellas. - No eres real…- Dijo, esforzándose por tragar saliva, su boca se había quedado seca en cuestión de segundos.- Lárgate… te ignoraré como al resto-. Llevaba varios meses sufriendo de alucinaciones; ella lo había atribuído a la falta de sueño y efectos secundarios de las drogas y la medicación que solía tomar con frecuencia para calmar su mente. - Soy tan real como tú me lo permitas-. Pronunció en Thalassiano una voz femenina. El labio de Eileen tembló, amenazando con quebrarla. Su corazón parecía estar aferrado por un puño que no estaba dispuesto a liberarlo. - M-mamá…- Pronunció en el mismo idioma, con algo de dificultad para mantener el tono firme. - Mi pequeña flor-. Murmuró Elana, acercándose a ella para posar con delicadeza una de sus manos sobre la de Eileen. - ¿Por qué? - Preguntó, sintiendo el tacto y negándose a mirarla de nuevo.- ¿Por qué me haces esto? - Tú me has puesto aquí, cielo.- Sonrió, Eileen no la veía pero sabía que lo hacía.- Quizá sea por el frío. Eileen trató de centrar sus pensamientos que vagaban de un lado para otro, casi tan descontrolados como su respiración. Quizá hubiese sido el frío, quizá… Su madre fue una gran criomante antaño, de pequeña solía jugar con ella lanzando bolas de nieve en verano, en el jardín trasero de la casa, su padre siempre aparecía para emboscarla cuando menos lo esperaba y poco después acudía su hermano al rescate. Aquellos instantes de felicidad en familia los guardaba bajo llave en lo más profundo de su memoria, donde ninguna voz pudiese corromperlos. - Quizá.- Endureció más el gesto.- ¿Cuánto tiempo llevas ahí? - Mi niña, siempre estoy ahí.- Murmuró con la más dulce de las voces y haciendo girar el rostro de Eileen con una de sus manos para que la mirase.- Porque siempre me has llevado aquí.- Puso un dedo sobre el pecho de su hija y luego lo deslizó hacia su frente.- Y aquí. Eileen no opuso resistencia, la observó y la mano que aprisionaba su corazón lo hizo ahora con más fuerza. Su rostro era como lo recordaba, eran tan parecidas… De pequeña siempre le dijeron que era el vivo retrato de su madre, no se equivocaban. - Dudo que te haya traído para filosofar.- Dijo mientras se le escapaba una pequeña risa que buscaba enmascarar la lágrima que rodaba ahora por su mejilla. - ¿Y por qué me has traído? - Volvió a deslizar las manos hasta posarlas sobre las de Eileen, aunque su zurda tomó un desvío para acariciarle la trenza.- Te ha crecido mucho el pelo-. Añadió. Por algún motivo aquellas palabras no hicieron más que aumentar la presión sobre su pecho. Se suponía que ella estaba destinada a seguir los pasos de su madre, siempre soñó con ser una bailarina y danzar con la misma majestuosidad que ella. A menudo solía practicar a solas en su cuarto, cuando cumplió los seis años le regalaron un surtido de vestidos como los de su madre y decoraron una parte del salón para asemejarlo a un escenario y que les hiciera una actuación a los tres. Poco después había hecho un pacto con su madre, una suerte de juego que consistía en ver cuál de las dos lograba tener el pelo más largo. - Hicimos una apuesta, ¿recuerdas? - Como si fuera ayer. Eileen chasqueó la lengua y apartó ligeramente la mirada. - Esto es inútil, estoy hablando conmigo misma. - Estás evadiendo mi pregunta, pequeña. Aquello provocó que emitiera un gruñido mudo. - No lo sé, mamá, no sé por qué te he traído. No sé por qué traje a papá o a Cassian, a Jesper o a los muchos otros a los que he tenido que ignorar durante este tiempo.- Respodió, hastiada.- No lo sé… - Calma, está bien no saber las cosas, no tienes que entenderlo todo, cielo. - No, no está bien, mamá.- Buscó su mirada.- No está bien porque me estoy volviendo loca; más aún. Elana le acarició la trenza unos instantes más antes de ponerle la zurda sobre el hombro. - ¿Qué es lo que te atormenta? Esa pregunta casi provocó que se riese con amargura. - No lo sé… ¿todo? - Dejó escapar un bufido, negando.- Estoy intentando juntar los fragmentos que quedaron de nuestra familia, buscando a tus parientes y a los de papá y cruzando los dedos porque nada malo les haya ocurrido, entrenando y cuidando a Arthur y rezando a todos los astros por que no cometa una estupidez, tratando de seguir con el legado de Cassian, luchando contra una mafia que me viene grande, sobreviviendo e intentando llevar una vida medianamente decente-. Su respiración se había acelerado y agitado a medida que pronunciaba aquellas frases.- Estoy aterrada, mamá.- Confesó tras una breve pausa. Su madre pareció sonreír con ternura y deslizó la mano por el brazo de Eileen hasta llegar al encuentro con la suya. - Mi dulce estrella, ¿recuerdas qué hicimos tu padre y yo cuando dijiste que querías ser maga? Eileen apretó los labios, dibujando una línea tan delgada como tensa. - Me regalásteis una varita y un par de libros. - ¿Y cuando decías que querías ser una forestal? - Me hicisteis un arco y colgasteis dianas del jardín… se me daba de pena. - ¿Y cuando te dio por querer ser una acróbata? - Papá puso una cuerda entre dos árboles y una red bajo ella. - ¿Hace falta que siga con más ejemplos? De pequeña cambiabas de idea más que de calcetines. - N-no… pero no sé a dónde quieres llegar con esto. - ¿Qué es lo que te decíamos cuando preguntabas si podías ser una cosa u otra? - No lo sé. - Piensa. Eileen chasqueó la lengua. - Decíais que podía ser lo que quisiera… - Exacto, porque solo tú eres dueña de tu destino, mi vida. Deja que el miedo y la duda guíen tus pasos y serán ellos quienes los den por tí. - ¿Y… qué hago? - Me temo que ya conoces la respuesta a esa pregunta. Suspiró y desvió la mirada hacia el mar, la oscuridad de la noche hacía parecer que el propio cielo se fusionaba con el océano en el horizonte, creando una bella estampa con el efecto del oleaje y las estrellas sobre él. - Conozco la respuesta, pero… no sé si soy capaz.- Musitó, buscando algo de consuelo en aquél paisaje. - Si tú no eres capaz, entonces nadie lo será.- Le acarició la mano.- Siempre has tenido elección, pudiste haberte rendido tantas veces… y mira lo lejos que has llegado. - ¿Y de qué sirve… si todos a los que he amado no viven para verlo? - Mi niña, no puedes cargar con la muerte de todos, es un peso que no te corresponde. Eileen apretó los puños alrededor de la barandilla con tanta fuerza que se volvieron blancos y un nudo se apoderó de su garganta. - T-te echo de menos… Elana sonrió. - Estoy orgullosa de tí, mi vida. Aquellas palabras aliviaron toda la presión que había sobre su pecho, la liberaron. El nudo de su garganta se deshizo tan solo para dar rienda suelta a todas las lágrimas que había estado conteniendo, y caían por sus mejillas como estrellas que descendían a la mar. Sentía las caricias de su madre en la mano y un brazo rodeándola, sintió paz pese a llorar de tristeza, alegría y añoranza al mismo tiempo. - No hay cerradura que te detenga, ¿verdad? - Entonó una voz, pero aquella no era la de su madre, no. Era la de Kaz.- ¿Con quién hablas? - Preguntó mientras cruzaba la puerta y oteaba la azotea, en busca de otra persona. Eileen se enjugó las lágrimas de forma torpe y apresurada. - Con nadie, tan solo... - se giró un mero instante para ver a Kaz, percatándose también de la ausencia de la figura que hacía escasos segundos la había estado abrazando. Hubiese jurado que aún sentía el calor donde antes la había acariciado.- tan solo divagaba a solas. Kaz afiló la mirada. - ¿Estás llorando? - No.- Negó rápidamente mientras le daba nuevamente la espalda y se secaba las mejillas con las mangas de la camisa.- El… el viento debe de haber arrastrado algo y se me ha metido en el ojo. - Ya… ¿en los dos? - En los dos. - ¿Y esa cosa que se te ha metido en los dos ojos, se ha ido ya, o necesitas ayuda? Eileen se tomó unos segundos para llenar los pulmones de aire y dejar escapar un suspiro mientras dirigía la mirada a aquella preciosa estampa una vez más. - Se ha ido ya…
  4. Hacía pocas horas que la noche había engullido la luz y una luna creciente había coronado el cielo. Aquel embarcadero se encontraba vigilado, Eileen había contado un total de cinco guardias con pintas de ensartar primero y preguntar después. La rama de un álamo le proporcionaba la altura suficiente como para poder tener una buena perspectiva de la zona, además de un denso follaje tras el que ocultarse. Dos de aquellos hombres se encontraban en el nacimiento del embarcadero, el cual se adentraba varios metros en el mar antes de torcer y ofrecer una pasarela con suficiente espacio para dos barcos pequeños o uno mediano. El objetivo era el cargamento de aquél barco mercante que ocupaba gran parte de la plataforma. El plan había sido trazado varios días atrás, cuando uno de los contactos de Eileen le había conseguido un contrato de sabotaje. Al parecer un mercader ricachón quería ganar terreno en el mercado y le ofrecían una generosa cantidad a Eileen por influir de forma negativa en aquél cargamento con el objetivo de ahuyentar clientela y diezmar la reputación de la competencia. Arthur, su aprendiz más reciente, la acompañaba en aquella misión; se encontraba agazapado entre la maleza, no muy lejos del embarcadero, a pocos metros del dúo de guardias que vigilaban la entrada mientras los demás ayudaban a cargar la mercancía. Eileen aguardaba la señal de su pupilo. Pudo oír murmullos entre los guardias y como debatían sobre algo antes de alarmarse por una pequeña bomba lumínica que Arthur había lanzado hacia el lado opuesto. La potencia de la misma era mínima, lo suficiente como para emitir un ligero resplandor, que sumado al ruido del recipiente al romperse fue suficiente para atraer la atención del par, que espada en mano se adentraron en la maleza, apartando plantas y tratando de averiguar qué había sido aquello. Eileen no tardó demasiado en vislumbrar un tenue haz de luz que se reflejaba en el diminuto espejo que le había entregado a Arthur, aquella era la señal. El chico se había colocado en posición, había logrado llegar al embarcadero y quedarse bajo la pasarela, en una zona poco profunda que apenas le llegaba a la rodilla. Eileen, por su parte, aprovechó y descendió con agilidad del álamo, deslizándose de rama en rama como una sombra, pues ni siquiera las hojas se alteraron frente la ligereza de sus pasos y la sutileza de su presencia. Logró acercarse a su aprendiz, y sin mediar palabra prosiguió, ambos tenían claro cuál era su papel, no eran necesarias las palabras. Nadó en silencio y con cautela, enmascarando el sonido de sus pequeñas brazadas con el de los guardias moviendo el cargamento hasta que se hubo situado junto al barco. Lo rodeó y se encaramó a la madera para comenzar a escalar. Se apresuró en el ascenso y cuando estuvo a la altura de la barandilla de cubierta, asomó ligeramente su mirada para observar a los guardias; se encontraban descendiendo por una plataforma de madera que unía el barco con el embarcadero, en busca de más barriles y cajas que cargar. Dos muchachos se encontraban a la espera. Uno de ellos colocaba la mercancía y el otro la llevaba a la bodega, haciendo uso de un sistema de poleas que rechinaba y conectaba el nivel inferior con la cubierta en una suerte de elevador. No pasó mucho hasta que subieron un cargamento lo suficientemente grande como para mantener ocupado a uno de los mozos mientras el otro se disponía a preparar el descenso de la mercancía en el elevador. Eileen esperó al momento oportuno antes de subir y deslizarse hacia el cúmulo de cajas y barriles que no tardaron en ser descendidos. Se había situado tras ellos cuando el chico había apartado la mirada para preparar el mecanismo, enviando a Eileen a la bodega junto a él. No se percató de la presencia de la asesina, que había usado el cobijo de las sombras para ocultarse mientras esperaba a que la plataforma hubiese quedado descargada. A los pocos minutos el chico hizo subir de nuevo el mecanismo, dejando la bodega en completa oscuridad. Eileen tomó uno de sus viales luminiscentes y lo agitó para generar algo de luz. Paseó con calma por el lugar, sabía que tenía unos quince minutos de margen hasta que la plataforma hubiese sido cargada por completo, pues no había personal para acelerar el proceso. Dedujo que el capitán del navío estaría durmiendo, esperando a que sus mozos terminaran el trabajo duro o algo similar, dado que ni siquiera se había dignado a mostrarse en cubierta. El barco se balanceaba de forma leve, algunas maderas se quejaban y la humedad era la dueña de aquél lugar. No tardó en dar con las cajas de la mercancía en cuestión. Se colocó el vial entre los dientes mientras sujetaba las herramientas para abrir una de las cajas; tenía varios viales de un veneno leve para sabotear aquél cargamento, tan solo para causar ligeros problemas estomacales y digestivos a quienes lo ingiriesen. Sin embargo, cuando la caja se abrió un aroma peculiar inundó las fosas nasales de Eileen. Una densa nube de perfume con un intenso olor a azúcar y melaza. De pronto, volvió a estar en aquel burdel, con una gruesa y áspera mano sujetándole la muñeca, exigente, autoritaria. A Eileen se le habia dado bien prever cuándo podía atraparla un recuerdo para huír de él, pero en esa ocasión no estaba preparada, aquello la había golpeado por sorpresa. El recuerdo acudió a ella con la misma insistencia con la que el oleaje mecía el barco o el viento agitaba las velas plegadas, dispersándole la mente. Aunque el hombre olía a vainilla, a dulce, bajo aquél aroma podía oler el ajo y el alcohol. Sintió la seda que se deslizaba a su alrededor, como si la propia cama y las sábanas fueran un objeto viviente, animado. Eileen no los recordaba a todos. Multitud de noches en aquél lugar se habían fusionado, congregado en una maraña de horror; ella misma había mejorado y perfeccionado a la hora de abstraerse, de desvanecerse de una forma tan completa que casi no le importaba lo que le hicieran al cuerpo que dejaba atrás. Aprendió que los hombres que acudían allí nunca miraban con demasiada atención, nunca hacían demasiadas preguntas. Querían una ilusión, una fantasía, y pagarían e ignorarían cualquier cosa con tal de conservarla durante el tiempo que les durase. Había llorado la primera noche. Madame Helen había usado el látigo con ella, y tras ello la vara que era tan temida por todas, y después la asfixió hasta que se desmayó, hundiendo con suma violencia su rostro en un balde a rebosar de agua. Las siguientes veces, el miedo de Eileen fue más grande y pesaba más que su dolor. Aprendió a sonreír, a susurrar, a arquear la espalda y a producir los sonidos que requerían los clientes. Seguía llorando, pero las lágrimas nunca se derramaban. Llenaban un lugar vacío en su interior, un pozo de tristeza donde cada noche se hundía como una piedra. Los clientes eran hombres jóvenes, mayores, guapos, feos. Estaba el hombre que lloró y le pegó cuando no pudo cumplir. El hombre que quería que fingiera que era su noche de bodas y le diera lo que quería. El hombre con los dientes tan afilados como un gato que le había mordido los pechos hasta que sangraron. Madame Helen añadió a su deuda las sábanas manchadas de sangre y los días que Eileen perdió por culpa de clientes similares. Pero él no había sido el peor. El peor había sido un gilneano que la había escogido en el vestíbulo, el hombre que olía a vainilla y a dulce. Solo cuando estuvieron en la habitación entre las sedas púrpuras y el incienso, dijo: - Te he visto antes, ¿sabes? Eileen se había reído, pensando que aquello era parte del juego, de la fantasía que quería para él aquella noche, y le sirvió una copa de una botella de vino. - Lo dudo mucho. - Hace unos años, en uno de los antros de juego de bahía. El vino se derramó por el lateral de la copa, creando un pequeño charco que oscureció parte de la mesita. - Creo que me confundes con otra.- Se apresuró a decir. - No.- Insistió él.- Estoy convencido. Te vi sirviendo copas en una ropa no muy distinta a esta. Quizá con menos clase.- Añadió.- Pero pude observar cómo con una sonrisa amable distraías a la clientela lo suficiente como para arrebatarles lo que llevaran encima.- Movió los dedos en el aire, como imitando una nevada.- Los hacías desvanecerse entre tus dedos, ni siquiera yo pude seguir el rastro de algunos relojes de bolsillo o adornos. Eileen trató de calmar sus manos temblorosas, su pulso creciente, la bilis que parecía acumularse en su garganta. Aquello había sido poco después de ser raptada, cuando aún era muy jóven para ser entregada a Madame Helen. Había servido como camarera y en aquél lugar la habían instruído para saber satisfacer a un hombre. - Hacías que pareciera demasiado fácil.- Prosiguió él.- Engañar a la vista con un par de movimientos rápidos y medidos. Casi como si pudieses tejer la realidad misma con tus propios dedos. Aquella había sido sin duda la peor noche, porque cuando el hombre que olía a vainilla, a dulce, a azúcar y melaza había comenzado a besarle el cuello y quitarle las sedas, ella había sido incapaz de dejar su cuerpo atrás. Se había quedado clavada bajo él. Había llorado, pero a él no había parecido importarle. Eileen podía oír ahora el sonido del mecanismo chirriando y la luz que bañaba de nuevo la bodega. Había perdido la noción del tiempo, sumergida en aquél recuerdo. Ocultó el vial bajo sus ropas y se agazapó tras las cajas, tratando de digerir aquello que acababa de rememorar. Las voces de su cabeza se volvieron inquietas, intranquilas, querían salir de allí. Eileen trató de concentrarse, de ignorarlas, de calmarlas, pero fue en vano. Un sudor frío se había apoderado de ella y aquellas paredes de madera que crujían de vez en cuando parecían estrecharse más y más. Quería gritar, sentía la necesidad de salir corriendo, de empuñar sus armas y degollar a toda esa gente para hallar algo de paz en el sufrimiento, en el miedo y el terror que se reflejaría en los ojos de aquellos hombres. Sin embargo uno de sus dedos, en su inquietud, se topó con el anillo familiar que llevaba puesto, y como si aquello fuese la cornisa del más alto de los edificios, una cuerda floja tendida frente a un abismo oscuro, se aferró a él, calmando su respiración. Tan pronto como la luz se desvaneció y las poleas se quejaron nuevamente, Eileen se incorporó y se lanzó contra uno de los barriles vacíos que reposaban contra la pared para vomitar. Hacía mucho tiempo que no le ocurría algo así, salvo cuando tenía alguna pesadilla por las noches. Aquello era un peligro, un riesgo, no podía permitirse que algo así la arrastrase a los confines más oscuros de su memoria durante una infiltración. Tragó saliva y dio un par de tragos a su petaca para quitarse el sabor a bilis de la boca. Luego recuperó su vial lumínico y tuvo que contener la respiración mientras vertía el veneno en el cargamento. Más adelante empapó un pañuelo en ron para ponérselo en el rostro y evitar oler de nuevo aquello. Tardó más de lo esperado, mucho más de lo que le habría gustado, pero terminó con todas las cajas, al parecer habían terminado de cargar la mercancía y ya no bajaban más cargamentos. Tuvo un momento de paz en el que trató de recomponerse de nuevo antes de salir. Sin embargo, una voz se elevó con discreción a través de la oscuridad de la bodega: - ¿Maestra? - ¿Arthur? - Preguntó Eileen, alzando el vial para alumbrar más, divisando la figura de su aprendiz tras unos barriles que por el etiquetado debían de ser de vino.- ¿Qué narices haces aquí? - Tranquila, nadie me ha visto.- Aseguró el semielfo, no mucho más joven que ella, acercándose. Eileen gruñó por lo bajo. - ¿Por qué has venido? - No regresabas, creía que había ocurrido algo. - No… tan solo había muchas cajas. ¿Cómo has entrado? - Observó el elevador, que permanecía subido y cerrado. - Encontré unas escaleras que conducían a la bodega.- Señaló hacia atrás con el pulgar. - ¿Y los guardias? - Se han ido. - ¿El timón? - Inutilizado, tardarán un tiempo en dar con el problema y solventarlo. - Bien hecho.- Le dio una palmada en el hombro y se quitó el pañuelo del rostro. Arthur era un buen chico, de los pocos que habían quedado tras los duros entrenamientos a los que les había expuesto. Durante la etapa final se había asignado a un aprendiz a cada uno de los cinco miembros que iban a ejercer como maestros. Eileen había elegido a Arthur, quizá no fuese el mejor duelista, ni el más fuerte o diestro. Pero tenía cualidades que Eileen valoraba mucho, y otras cosas que le despertaban inquietud; pues ese chico pecaba de mucho de lo que ella misma hubo pecado cuando era una novata. Arthur no tenía nada que perder, y como tal actuaba de forma temeraria y poco precisa, se dejaba llevar por la ira en demasiadas ocasiones y no le importaba fallar durante el camino si al final lograba su objetivo, y eso era un error que Eileen debía de corregir en él, entre otros muchos. Quizá en un principio tuviese miedo, pero Eileen sabía que había tomado la decisión correcta al entrenarle, pues la evolución de su aprendiz era favorable, estaba dispuesto a escuchar y a aprender, a mejorar. Si algo le enseñó Cassian en su día, fue que si el vínculo que se establece entre maestro y aprendiz es fuerte, pocas cosas pueden llegar a quebrarlo. Es lo más parecido a hacerse cargo de un hermano menor, a mostrarle cómo valerse por sí mismo. Quizá en un futuro, Arthur la recordase a ella como ella lo hacía con Cassian, en cuanto a maestro se refería. Eileen tuvo que aprender a separar su vida amorosa de los entrenamientos con Cassian, y soportar la dureza y severidad de alguien que le dio las herramientas para labrarse un futuro, una reputación, una vida. El vínculo entre Arthur y ella aún era débil, pero poco a poco iba cobrando fuerza, y era algo que sentía de algún modo en lo más profundo de su ser. Salir de allí fue más sencillo que entrar. El personal estaba ocupado tratando de arreglar el problema con el timón, y la guardia que hubo escoltado el cargamento había cumplido su contrato y se habían esfumado, como así lo debían de hacer ellos, como sombras, como espectros. Se deslizaron como uno solo por la cubierta, aprovechando el cobijo que la noche les tendía y descendieron con sigilo hasta el agua, en la cara opuesta al embarcadero. Nadar hasta la orilla y abandonar la escena no fue más que un mero protocolo, nadie les había visto entrar o salir. Eileen sentía el agua más fría que cuando había nadado hacia el barco, aún seguía con parte de su cabeza situada en el pasado, su trenza la seguía por el agua, ondeando como una serpiente blanca, inmensa sobre la superficie del mar. Llegaron a la costa y se ocultaron entre las hierbas altas hasta alejarse lo suficiente de aquél lugar e internarse en el bosque. El silencio era únicamente interrumpido por el sonido del agua goteando por sus ropas o algunas hojas y pequeñas ramas al quebrarse bajo el peso de los cuerpos de ambos. La luna seguía coronando el cielo y el cántico de los grillos y algunos búhos le rendían homenaje. - Esta vez no has cometido errores.- Dijo Eileen, sin detener el paso. - Gracias, maestra. Las últimas lecciones fueron duras pero creo que han dado resultado.- Se acomodó algunos mechones negros pegados a su frente por el agua.- Al menos no ha sido necesario reducir a nadie o usar tus agujas. - No me recuerdes el estropicio que armaste en el almacén de Greta… - Ya, respecto a aquello... lo lamento. - Me es indiferente que lo lamentes. Quiero que aprendas de tus errores, eres demasiado descuidado.- Le miró por encima del hombro.- No te traigo como un adorno, te traigo para que aprendas a desenvolverte más allá de la teoría o lo que pueda enseñarte en un entorno protegido. Arthur se mordió el labio y asintió. - Lo sé, maestra, y te agradezco la oportunidad. Eileen agitó la mano mientras avanzaba por el bosque, no necesitaba agradecimientos, no quería las gracias, quería verlo mejorar. - Aunque has hecho algo que podría habernos costado la misión, Arthur. Cuando has venido a buscarme te has saltado mis órdenes, has ignorado el protocolo que te enseñé y puesto en peligro tanto a ti como a mi.- Su tono no era dulce, no era agradable, sabía que tenía que ser severa con ese tipo de actos.- ¿Qué hubiese pasado si te llegan a ver? ¿O si entras en la bodega y yo ya no estoy allí? ¿Has pensado siquiera en eso? - Buscó su mirada de nuevo.- Eres mi responsabilidad, y si salgo y no te encuentro en el lugar que habíamos acordado, puedo asumir que algo ha ido mal. Y el precio de tu insensatez podría haber costado varias vidas de ser el caso. Arthur endureció el gesto, y la escasa luz de la luna que el follaje del bosque permitía pasar iluminó los músculos en tensión de su mandíbula. Así como sus puños tan apretados que los nudillos se habían vuelto blancos. - Lo siento, maestra.- Dijo, apartando la mirada, con rabia en la voz, no hacia Eileen, sino hacia sí mismo. - Tan solo tenlo en mente para la próxima vez, Arthur. No quiero tener que llevar el cadáver de un aprendiz ante Kaz. No quiero tener que incinerarte. La gente como nosotros no tiene bellos funerales repletos de gente derramando lágrimas y lluvias de pétalos que guíen el camino del ataúd hacia su lugar. No tendremos cánticos ni una lápida bonita con nuestro nombre grabado en mármol y una familia que cambie el ramo de flores cada fin de semana. Morimos… - ...y vivimos en la sombra.- Prosiguió Arthur.- Lo sé, Maestra, compensaré mis errores y los corregiré, lo prometo. Eileen suspiró y asintió, sin pronunciarse más. Esa era una lección que había aprendido por las malas, había perdido a multitud de amigos, de hermanos y hermanas de armas, a Cassian… y ninguno había tenido una tumba, algunos ni siquiera pudieron ser incinerados, pues sus cuerpos se perdieron o no pudieron ser recuperados. Eileen recordaba todos y cada uno de los nombres de aquellos que había perdido, en especial su familia y Cassian; a menudo cuando no podía dormir se pasaba horas mirando al cielo, susurrando sus nombres a la noche y buscándoles entre las estrellas, con la esperanza de encontrarles allí, velando por ella. No quería tener que sumar el nombre de Arthur a aquellas plegarias.
  5. Aww bienvenido de nuevo, se te echaba de menos ^^
  6. El viento aullaba a través de la ventana abierta, meciendo las cortinas cual espectros al amparo de la oscura noche sin luna que teñía la cúpula celeste de luto, reclamando las vidas que iban a ser segadas. La cama, en la pared opuesta a la ventana, se encontraba deshecha, las sábanas estaban parcialmente por el suelo junto a una almohada ligeramente desplumada, manchada por el charco de vino sobre el cual se encontraba. Una copa volcada yacía junto a la mesita de noche del lado diestro de la cama, agrietada en uno de sus extremos, y el contenido se mezclaba más adelante junto a la sangre del cadáver de una mujer desnuda, cuyos hilos de sangre provenientes de nariz, ojos, boca y orejas, creaban delgados ríos carmesí que se dispersaban a pocos metros del cuerpo. El hombre jadeaba y sollozaba, confuso, atónito, aterrorizado mientras el frío filo de la daga presionaba peligrosamente contra su cuello. Los muslos del hombre chorreaban; se lo había hecho encima cuando tras la confusión de la repentina muerte de su amante, dos ojos azules habían resplandecido en la oscuridad de la habitación, delatando la posición de la asesina, quien ahora se encontraba frente a él, presionándole contra la pared y obligándole a mirar la máscara que portaba. - ¿P-por qué? - Alcanzó a decir él, que apenas se atrevía a tragar saliva por si el afilado filo del arma penetraba en su piel. - ¿Por qué? - Sonrió ella, acercándose al oído para acariciarlo con su aliento.- Porque el mundo no es justo. La vida no es justa...-dijo.- Juria te manda recuerdos...- Susurró entonces con una frialdad equiparable a la del acero que no tardó en rebanar el cuello del individuo. Él abrió con fuerza los ojos, comprendiendo. La observó con pavor mientras se llevaba ambas manos a su cuello, tratando de aferrarse a la vida que se le escapaba a raudales a través de aquella herida… pronto cayó al suelo y las convulsiones se fueron apagando, al igual que sus jadeos ahogados en sangre, muriendo a los pies de Eileen; como muchos otros lo habían hecho antes… como muchos otros lo harían después. Se arrodilló y limpió la sangre de la daga en la almohada manchada de vino envenenado, luego observó a la mujer. Ella no tenía culpa de nada, tan solo de haber aparecido en el lugar equivocado en el momento equivocado, de juntarse con quién no debía. Eileen le cerró los ojos que aún permanecían abiertos, con las venas marcadas en una mirada vacía que se perdía en las enrevesadas sombras de la noche, aquellas que habían presenciado su muerte y que ahora acunaban su cuerpo. Ricfrid había sido su objetivo desde hacía dos semanas. Tiempo en el que estuvo estudiando a su víctima desde que salía el sol hasta que se ponía. Lo había seguido a todas partes, había sido su sombra, un espectro. Había estudiado su comportamiento, los lugares que frecuentaba, la gente con la que socializaba y lo más importante: sus hábitos. Ridfric era un putero adinerado que había perdido a su mujer hacía una década, el hombre rondaría los cincuenta y pocos años y era un habitual en el prostíbulo del puerto de Ventormenta, estaba cerca de su negocio e iba siempre que terminaba su jornada. Eileen había tenido que infiltrarse como una de las cortesanas para seguirle y buscar una oportunidad para conseguir lo que quería. Fue en el prostíbulo donde se percató de que el hombre detestaba el vino, pero que sin embargo siempre invitaba a sus “compañeras de cama” a un par de copas antes de proceder al acto, todo un caballero. Y allí fue donde ataviada en sedas, tropezó y derramó una bebida sobre la camisa del hombre para desviar su atención, y quitarle la llave de su casa de la parte interior de la chaqueta: El lugar donde le había visto guardarla cada mañana al salir de su casa. Aguardó una semana antes de introducirse en la vivienda. Una semana en la que le dio tiempo al hombre a olvidarse de que había perdido la llave seguramente en algún lugar de la ciudad, y que nadie sabría qué puerta abria. Cuán equivocado estaba de pensar aquello. Esa noche se había traído compañía a casa, como cada día libre que tenía. Cuando no trabajaba prefería la intimidad de su casa y una noche pagada al completo con una cortesana de lujo. A sabiendas de aquello, Eileen había comprado una de las botellas de vino que usaba Ricfrid, y la hubo intercambiado aquella misma mañana, cuando el hombre había salido a jugar a los dados con su grupo habitual. Había aguardado hasta llegada la noche y esperado a que el veneno eliminase al estorbo que iba a suponer la mujer. Ella no merecía morir por el acero de sus dagas. Eileen observó los cadáveres y la sangre que teñía el suelo de rojo. Tomó aire y se quitó la máscara para que el viento que atravesaba la ventana acariciase su rostro al completo. No sentía lástima por ellos, ni siquiera por la mujer. No merecía morir, aquello era innegable, sin embargo cada quién se busca su propia suerte, o eso creía Eileen, y sin saberlo, la mujer había pasado a ser el peón en un tablero en el que no había lugar para ella. El juego había terminado. Puso rumbo a la ventana, evitando pisar los charcos de sangre cuyos brazos eran cada vez más extensos. Se encaramó a la misma y respaldada por las sombras trepó bajo la negrura de la noche, en silencio hasta llegar al tejado. Se acomodó la capucha y tomó asiento en el borde, dejando sus piernas caer y meciéndolas con calma mientras observaba el mar y el ruido de las olas romperse contra los muros del puerto, siendo la única fuente de sonido. La brisa marina era agradable y la humedad más que palpable, sin embargo una voz rompió aquella calma. - Eres más rápida de lo que recuerdo. Eileen no se tensó, tampoco se sorprendió. - ¿No tenías mejores cosas que hacer, Kaz?- Preguntó, sin desviar la mirada del horizonte, donde las estrellas se fusionaban con la mar. - Esta noche tenía poco de lo que ocuparme.- Indicó, acercándose y tomando asiento junto a ella, tratando de seguirle la mirada hacia la lejanía.- Y Donovan me había comentado acerca de lo que estabas tramando, quería ver cuánto habías mejorado. - ¿Satisfecho? - Es posible…- Dijo mientras se dibujaba una carismática sonrisa en su rostro.- ¿Por qué él?- Preguntó, curioso. Ella dejó escapar un pequeño suspiro y apoyó las palmas de las manos sobre las tejas, reclinándose un poco hacia atrás, lo suficiente como para poder ver a Kaz a su izquierda. - Era una persona deleznable... - La caridad nunca ha sido una de tus virtudes. - No fue la caridad lo que me impulsó a aceptar el trabajo. - ¿Una buena paga? - La miró. - No…- Meditó esa respuesta un par de segundos.- En parte, pero no. - ¿Entonces? - Su hija.- Indicó tras un suspiro.- Las maltrataba a ella y a su madre cuando era una infante, y cosas peores. Iba a cambiar el testamento. Cuando me contrató…-Dijo, mientras sacaba la llave que había robado hacía ya una semana, mostrando seis dígitos impresos en ella.- me dijo que su padre era muy olvidadizo, y tenía la combinación de su caja fuerte grabada en su llave. - ¿Y había algo más de interés aparte del nuevo testamento? - Libros de contabilidad de su negocio y una dorada.- Explicó, dando un leve toque a una bolsita que colgaba de su cinto. Luego le observó con más detenimiento.- No has venido a ver si había mejorado, ¿verdad? - En absoluto. - ¿Qué ocurre? Kaz subió uno de los pies al tejado y dejó el otro colgando, apoyó su antebrazo en la rodilla y paseó la mirada por las calles vacías. - Me gustaría que volvieras a ser mi araña. Eileen crispó los labios durante un mero instante. Su araña… Lo fue en un pasado, era una forma elegante de camuflar las palabras “espía” y “asesina” en una sola. - Tienes a Miryam y a un montón de candidatos que seguro que matarían por ese puesto… - Eileen, sé que tienes mucho encima con lo de los Jefferson, yo también estoy moviendo hilos, ya lo sabes.- Indicó, dirigiendo la mirada hacia ella.- Fuiste un efectivo muy importante para nosotros. Muchos no comprendieron los motivos de tu marcha tras lo ocurrido, pero no te odian, aún sienten respeto… han pasado unos años y algunos aún hablan de ti, ¿sabes? Ella suspiró de forma pesada y se pasó ambas manos por el rostro, inclinándose de nuevo. - ¿Y qué es lo que quieres que haga, Kaz?- Lo miró, arrugando parcialmente el gesto. - Mírate…- La señaló vagamente con un gesto de la mano que reposaba sobre su rodilla.- Surgiste de la nada, Eileen. Pasaste de ser noble a esclava, de esclava a mendiga, de mendiga a ladrona… y ahora eres una de las más reputadas en tu campo. Y lo has hecho sola. - No lo hice sola.- Replicó frunciendo el entrecejo.- Cassian y tu… Kaz la interrumpió. - Nosotros te dimos los medios… pero tú forjaste tu propio camino. Cualquiera puede recibir una espada y que le enseñen a usarla… Pero no todos son capaces de hacerse un nombre por ello, la mayoría acaban como meros mercenarios o simples soldados a las órdenes de otros, sin cuestionarse para qué utilizan esa espada.- Hizo una breve pausa, observando la hoja quebrada que Eileen llevaba en el cinto, la espada que había pertenecido a Cassian, su hermano.- Tengo entendido que incluso partiste hacia el norte, a la caída del Destructor. He oído las cosas que hiciste, y no soy el único… la gente te necesita, Eileen. Eileen no pudo evitar dejar escapar una risa seca, apagada. - ¿Y qué les enseño, Kaz? ¿A dormir con un cuchillo bajo la almohada todas las noches? ¿A instalar siete cerraduras en la puerta de sus casas por si una mafia viene a matarles? ¿A cómo despertarse cada noche por las pesadillas de la gente que van a perder? - Chasqueó la lengua, negando.- ¿Cuántos aprendices novatos tienes, Kaz? ¿Diez, quince, veinte quizá? La mitad habrán muerto antes de terminar los entrenamientos y tras las primeras misiones. - No todos valen para esta vida, Eileen, lo sabes perfectamente. Nadie les obliga a ello y están avisados de los riesgos. Tu, sin ir más lejos estuviste al borde de la muerte en varias ocasiones, incluso llegaste a morir una vez. - No me lo recuerdes… - Olvidar nunca te hará ningún bien. Es esencial recordar tu pasado, tus fracasos, tus derrotas y tus victorias… y aprender de ellas. - Ya no eres mi maestro… no me des la vara con lecciones filosóficas. - Te guste o no, siempre seré tu maestro. No olvides quién eres ni de dónde vienes. Eileen no pudo evitar desviar la mirada hacia su anillo familiar. - Lo tengo más que presente, Kaz. - ¿Sabes qué diría Cassian en estas circunstancias? - ¿Qué? - Que no conviene quedarse tanto tiempo cerca de la escena de un crimen.- Bromeó. Los labios de Eileen se curvaron ligeramente en una sutil sonrisa, y Kaz prosiguió.- Pero lo segundo que diría… es que confía en ti. Y yo también.- Estiró el brazo para colocarlo sobre los hombros de Eileen, de forma casi fraternal.- Sé que duermes con ese cuchillo bajo la almohada para sentirte segura, pero te aseguro que tus enemigos, además de eso, duermen con un ojo abierto y el frío aliento de la muerte erizando el vello de sus nucas. Te temen, Eileen, temen al monstruo que han creado y que ahora no pueden detener… no les devuelvas el favor. Ella frunció los labios, apretándolos y dibujando una delgada y tensa línea entre ellos. - Eres un cabrón al que siempre se le ha dado demasiado bien convencerme de las cosas, ¿lo sabías? Kaz dejó escapar algo similar a una risa. - Por supuesto que lo sé. Y más te vale aceptar mi oferta… tengo a casi una veintena de novatos con la promesa de que “el Espectro” en persona les iba a entrenar.- Se encogió de hombros. Eileen lo fulminó con la mirada. - ¿Y qué ocurriría si me niego? - Me temo que nunca lo sabremos.- Le dio un par de palmadas en el hombro antes de ponerse en pie.- Te veo mañana por la mañana. - ¿Por la mañana?- Alzó la mirada hacia él.- Odio madrugar, ¿recuerdas por qué me quitaste todos los turnos de guardia hace años? Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kaz. - Cierto… Con tenerte de un humor de perros una vez al mes me era suficiente. Al atardecer pues.- Indicó, paseando por el tejado y acercándose al borde que daba al patio trasero.- Intenta no matar a nadie durante la primera sesión. - No prometo nada.- Respondió, girándose para ello y no encontrando a nadie allí. Se había esfumado. Negó con la cabeza y se puso en pie, divisando una vez más el horizonte antes de abandonar también el tejado de aquella casa. No tardó demasiado en alejarse del lugar y llegar al conglomerado de edificios, el cual atravesó por los tejados, como era habitual en ella. Varias dudas orbitaban alrededor de su cabeza, no era la primera vez que tenía aprendices, en el pasado había entrenado a algunas personas, y actualmente se encontraba entrenando a Kiran y Runa… Sin embargo acababa de aceptar algo más que ser la maestra de un puñado de novatos, estaba ocupando el lugar que antaño le había correspondido a Cassian, su legado… La espada rota que portaba a la cintura parecía pesar más que nunca mientras se deslizaba de tejado en tejado, ¿daría la talla? ¿sería una buena maestra para tantos novatos? ¿estaría a la altura de lo que Cassian fue en su día? Las preguntas la asaltaban de forma constante, angustiante incluso. Hacía años ella había sido una de esos aprendices, había tenido que aprender a sostener un arma entre sus manos hasta que sus dedos se llenaron de callos. Había tenido que aprender a dormir por turnos de pocos minutos para entrenar el subconsciente y despertarse con el más mínimo sonido para estar alerta, a moverse sin ser vista, a robar, a matar y a engañar, a ser eficaz y letal. Ya había sido la Araña de Kaz en el pasado, sin embargo, ahora era algo a una escala mucho mayor. Se detuvo en uno de los tejados, sintiendo una presión en el pecho que casi amenazaba con expulsar su corazón, las voces de su cabeza se hallaban inquietas, intranquilas. Algunas de ellas con dudas, otras orgullosas, felices y tristes… era un vendaval de emociones, demasiadas al mismo tiempo. Con la mano algo temblorosa se llevó su petaca a los labios y dio tres largos tragos al contenido de la misma, secándose después con la manga. Había convivido con esas voces desde que tenía uso de razón, no era algo que la atormentase, sin embargo no podía evitar preguntarse por qué sentía miedo, ella era Eileen, el Espectro, entrenada bajo las condiciones más duras y superviviente de múltiples encuentros, había conocido a la muerte y había partido hacia el fin del mundo… esto no era nada. Agitó la cabeza y guardó la petaca, sin embargo, en el proceso sus dedos rozaron la empuñadura de la espada de Cassian, todo pareció calmarse en cuestión de meros segundos. La empuñó, deslizó los dedos con delicadeza por la hoja, ofreciéndole una caricia desde el nacimiento hasta la zona astillada donde se había quebrado. Sus ojos se dirigieron a la gema engarzada en la empuñadura, roja y casi con vida propia, podía sentir el fuego latente dentro de ella, un fuego que le insuflaba valor, coraje y esperanza. Acercó la empuñadura a sus labios y besó con ternura aquella gema, colocando después la espada contra su pecho mientras cerraba los ojos. - Tu legado vivirá conmigo…- Susurró al viento, a la noche, a la luna y las estrellas… a su amado.
  7. I La Araña II Recuerdos amargos y futuros inciertos III Estrellas de Hielo IV Linaje (Capítulo 1) (Serie de relatos que acontecerán en el presente del personaje de Eileen)
  8. El local se encontraba casi a oscuras, iluminándose únicamente por las primeras luces del alba que se colaban entre los tablones que cubrían las ventanas, enclaustrando el lugar. Había costado cerrar la puerta, las bisagras estaban oxidadas, tanto como los clavos que sostenían aquellas maderas, y le había costado aún más arrastrar algunos muebles para atrancar la puerta. El plan no había salido según lo previsto, el rescate de aquella niña debería de haber pasado desapercibido, sin embargo aquella noche habían ido demasiadas cosas mal. Eileen apretó los dientes, conteniendo el dolor de su herida mientras se sentaba tras la barra de aquella taberna abandonada, por si a alguien le daba por mirar en las rendijas que dejaban entrever los tablones. Condujo a la niña con ella. La pequeña se sentó a su lado y observó la pierna de Eileen. - Está sangrando mucho.- Indicó, con cierta preocupación en su tono de voz. - ¿No me digas? - Gruñó Eileen, que rompía un pedazo de tela de su camisa para hacer una tira y colocársela alrededor del muslo.- No sabía que me habían enviado a rescatar a una niña con ojos.- Farfulló con sarcasmo, sin alzar demasiado el tono. - Pues los tengo, y nariz y boca.- Dijo con inocencia, la chiquilla apenas tendría cinco años. Eileen contuvo un gemido de dolor al apretar con fuerza el vendaje para impedir la hemorragia, la bala había quedado alojada en su muslo derecho. - ¿Qué tal si jugamos a un juego, Marta? - Mirta.- La corrigió. - Lo que sea.- Gruñó.- ¿Qué tal si jugamos a mantener el pico cerrado hasta que se calmen las cosas ahí fuera y podamos largarnos de aquí? ¿Qué te parece? - Ese es un juego aburrido.- Replicó. - No todos los juegos pueden ser divertidos.- Se oyeron pasos acelerados de unas tres personas cruzando la calle y asomó la mirada por encima de la barra, tratando de no forzar demasiado la pierna.- Y baja la voz. Como nos oigan no podremos jugar a nada nunca más. - ¿Me volverán a llevar con ellos si nos pillan? - Si, Marta. Así que ten esa boca cerrada, ¿quieres? - Mirta.- Volvió a corregir. - Joder.- Gruñó, exhasperada. - Has dicho un taco…-Se llevó ambas manos a la boca. - Y voy a decir muchos más como sigas así. Eileen se frotó los ojos con el índice y el pulgar, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para no estallar el cráneo de aquella niña en alguno de los pedazos de techo caídos que había desperdigados por ahí. El local estaba en ruinas. - Mirta…- Dijo entonces, dejando escapar un suspiro y con él sus ansias homicidas.- Tu padre me ha contratado para llevarte a casa de una pieza. Deja de ponerme más difícil el trabajo, ¿quieres? Mirta se cruzó de brazos e infló los carrillos. - ¿Quienes eran los que iban contigo?- Preguntó tras un minuto de silencio. La niña hacía demasiadas preguntas, aunque en el fondo Eileen podía entenderla. Sin embargo, esa pregunta hizo crecer algo semejante a la preocupación en su interior. ¿Dónde estarían Miryam y Jared? No había sabido nada de ellos tras la explosión, se suponía que los explosivos eran solo por si algo salía mal, que se usarían a modo de distracción para sembrar un poco el caos y poder escapar si Eileen era descubierta. Jared el Mofeta había sido el encargado de colocarlos mientras ella se colaba en la casa. Eileen se encontraba en ese entonces en una de las habitaciones del piso superior de aquella mansión, mientras los explosivos eran colocados y repartidos, había atado una cuerda en el tejado y se había deslizado por la pared para adentrarse, no le había costado demasiado. Miryam se había infiltrado como sirvienta esa misma mañana, haciéndose pasar por una de ellas. Habían tenido que teñirle el pelo y añadirle algo de maquillaje para camuflar algunas de sus facciones, y dejar fuera de juego a aquella por la que se estaba haciendo pasar, por supuesto. Le había abierto la ventana a Eileen tal y como habían acordado. - Yo que tu que andaría con ojo, Espectro.- Había advertido Miryam. - ¿Son demasiados? - Gruñó mientras se deslizaba por la ventana. - Unos seis. Eileen se había asomado entonces por el marco de la puerta, procurando de no hacer ruido. Algunas sombras danzaban en el piso intermedio. - Parece haber actividad.- Inquirió. - Son las sirvientas, están recogiendo todo lo del banquete. - ¿Notarán tu ausencia? - Se había acercado a ella, observando el uniforme que llevaba.- Es horrible. - Lo sé.- Reprimió un gesto de asco.- Y lo dudo, están demasiado ocupadas con el desorden. Imagino que sabrás arreglártelas para que no te vean. - Imaginas bien.- Le había tendido entonces la cuerda a Miryam.- Jared está colocando explosivos en el tejado, cargas inofensivas pero que llamarán la atención si la cosa se tuerce.- Había explicado.- Luego dejará algunas a la altura del primer piso, pegadas cerca de las ventanas. Sabes qué hacer si oyes la señal. Miryam había asentido y tras tomar la cuerda desapareció por la ventana, trepando sin demasiada maña hacia el tejado. Eileen había descendido entonces, eludiendo a algunas de las doncellas que subían y bajaban escaleras con manteles sucios y otros limpios; había sido un gran banquete. Evitar a las sirvientas era como un juego de niños, algunas iban tan agitadas que de haber bajado las escaleras de forma normal, seguramente no se hubiesen siquiera parado a pensar en quién era. Llegó a descender hasta el sótano sin ser vista, la vigilancia era tan pésima como insultante; tan solo un puñado de guardias ebrios que contaban chistes tan lamentables como sucios, sentados en la mesa del salón principal, ignorantes de la oscuridad que se cernía sobre aquella casa. Una vez abajo, había logrado forzar un par de cerraduras en un entresijo de pasillos y dar con la sala en la que tenían a los niños. Verlos tumbados sobre colchones raídos en el suelo le había revuelto el estómago, pues aquella era una imagen que le era demasiado familiar. Algunas miradas se alzaron, otras no se atrevieron a ello. Si hubiese podido se los habría llevado a todos, pero había venido a por una en concreto, y llevarse a los once niños que había era tarea imposible sin alertar a todo el mundo. Buscó entre todas las cabezas que se escondían entre almohadas desplumadas hasta dar con la cabellera rubia de la niña. Y entonces todo tembló, los cristales de los pisos superiores se partieron y cundió el caos. - Compañeros… supongo.- Respondió Eileen a Mirta.- Sería difícil darles una descripción adecuada. - ¿No son tus amigos? - Preguntó.- ¿Y dónde están? - N-no lo sé, Mirta.-Se ajustó un poco más el vendaje, apretando los dientes.- No sé dónde están, ¿por qué haces tantas preguntas? - Porque no sé quién eres… -Murmuró, agachando ligeramente la mirada. Y tenía razón, ni siquiera le había dicho su nombre. Eileen suspiró, conteniendo la hemorragia y el dolor palpitante de la herida. - Me llamo Eileen. - Pues es un nombre muy bonito.- Dijo, con sorpresa en el rostro. - ¿Esperabas uno feo? - La miró, arrugando parcialmente una ceja. - No lo sé.- Admitió.- Es que nunca he conocido a alguien como tú. - ¿Alguien como yo? - Si… - La examinó de arriba a abajo, evitando mirar hacia la sangre que emanaba del vendaje improvisado.- Ya sabes, gente peligrosa.- Dijo, bajando ligeramente el tono, como si dijese algo prohibido. - ¿Gente peligrosa? - Aquello casi le sacó una risa.- Mirta yo solo soy peligrosa para la gente a la que tu llamas peligrosa. Mirta la miró, sin comprender. Y Eileen sonrió una pizca. - Que yo me encargo de que esa gente peligrosa deje de serlo, ¿hm? - Aclaró entonces. - ¿Por eso… mataste a esos tipos? Eileen torció el gesto, ojalá la pequeña no hubiese tenido que ver aquello. Poco después de la explosión y de sacarla de aquél sótano, se toparon con tres de los guardias bajando las escaleras, asustados y desorientados. Los otros tres al parecer habían subido. Cuando se vieron hubo un segundo de silencio, y cuando pudieron ver a Mirta cogida de la mano de Eileen habían ido a empuñar sus armas. Sin embargo ella se había adelantado. Soltó la mano de Mirta y placó contra el primer hombre, que a causa del empujón chocó con el segundo, que estaba a su espalda. El tercero se encontraba un poco más atrás. Eileen había empuñado su daga y la había clavado entonces en el costado del primer hombre, retorciéndola. La sangre manó al instante, tornando roja su mano. Había dejado caer el cuerpo al suelo y tan pronto como el segundo guardia fue a atacarla con una espada, Eileen lo bloqueó con su otra daga, obligándole a trazar un arco con el arma hasta que esta hubo chocado con la pared, aprovechando así la longitud de la hoja enemiga y desarmándolo. Había hecho deslizarse la hoja de una de sus dagas por el cuello del hombre, abriendo una amplia herida que no tardó en terminar con la vida del hombre. El tercero había tenido más tiempo para desenvainar el arma y mentalizarse de la situación, chocaron aceros varias veces, Eileen recibió un leve corte en el antebrazo pero había logrado finalizar el combate con una puñalada en el bazo del hombre, que había sido derribado a causa de esta. El resultado del combate que no había llegado a durar más de un minuto, y la imagen que quedó en aquellas escaleras, teñidas de rojo por la sangre derramada no fueron plato de buen gusto para los ojos de Mirta, aún así había permanecido callada, con los ojos abiertos como platos y el terror invadiendo cada centímetro de su diminuto cuerpo. - Esas personas querían hacerte daño, Mirta.- Arrugó el gesto, con cierto asco a aquella gente.- Están mejor muertos.- Sentenció. - ¿Por qué, a ti también te han hecho daño? Hubo un silencio incómodo. - Me lo hicieron… hace tiempo.- Miró a Mirta y le pasó una de sus manos por el pelo.- Pero ahora estamos a salvo, las dos. ¿Verdad? Mirta asintió con algo parecido a una sonrisa dibujada en su rostro, y sus ojos fueron atraídos por el brillo reflejado en el metal del anillo que portaba Eileen. - ¿Estás casada? - Preguntó.- No pareces tener años para esas cosas. - ¿Casada? - Aquello casi la hizo reír de nuevo, aunque el dolor palpitante de su muslo se lo impidió.- ¿Por qué iba a estar casada? - Por eso.- Señaló al anillo de Eileen. Eileen enarcó ambas cejas y se miró el anillo que le había otorgado su padre hacía tantos años: eran dos serpientes de ojos esmeralda entrelazadas, rodeando el dedo y sujetando una gema. - Es… - Negó, dejando escapar un suspiro en el proceso.- No, no estoy casada.- Aclaró.- Es el anillo de mi familia. - ¿Tu familia tiene anillo, como mi papá? - Algo así, si. - ¿También eres noble? - Dijo con la sorpresa impresa en su voz. Eileen arrugó los labios y parte del gesto frente aquella pregunta. - Es… difícil de explicar, Mirta. - Pero es mejor que jugar a ese juego tan feo.- Replicó. - No es un juego feo. - Lo es… - Que no.- Señaló Eileen. - Que si…- Replicó de nuevo Mirta. - Es divertido. - ¿Por qué? - Porque así no tengo que escuchar tus preguntas. Mirta afiló la mirada y Eileen reaccionó con una risa entrecortada. - Está bien… está bien, me rindo. Pero deja de mirarme así, no te sale bien.- Indicó Eileen. - Entonces sigue contándome la historia. - No había empezado a contar nada. - Pero yo quiero oírla.- Se quejó, haciendo un mohín. Eileen dejó escapar un suspiro de exasperación. - Vale…- Se aclaró la garganta.- Soy… y no soy noble. Mi familia piensa que estoy muerta. - ¿Y tus papás? - Ellos…- Se pasó la mano por el rostro. De pronto la pierna parecía doler más.- Ellos no están aquí. - ¿Por qué? ¿Dónde están? - Quiso saber. - M-murieron…- Le dijo, acariciándose el anillo con el pulgar. Mirta la observó con atención, dibujando un puchero al oír aquella noticia. - ¿Por qué murieron…? ¿Qué les pasó? - Mirta…- Tragó saliva.- No quiero hablar de esas cosas, ¿vale? - La miró.- Cambiemos de tema. - Pero papá dice que los problemas hay que hablarlos, que si no se clavan como astillas y luego no se pueden sacar nunca. La maldita cría tenía razón, otra vez. Ojalá se hubiese traído sedantes, le hubiese gustado tener a la niña dormida durante el tiempo que tendrían que permanecer ocultas mientras los hombres de los Jefferson les buscaban. Realmente ni siquiera sabía por qué le estaba contando aquellas cosas a Mirta… quizá en cierto modo le recordaba a ella. Ojalá hubiese tenido la suerte de que alguien la rescatara cuando fue esclava. Quizá por eso aceptó también el trabajo. Quizá por eso sintió una punzada de dolor en el pecho cuando tuvo que dejar atrás a los niños en aquella habitación y llevarse solo a Mirta. Quizá era por eso por lo que las miradas asustadas de más de una decena de infantes la habían perseguido desde que habían logrado escapar. Una oleada de repulsión sacudió el cuerpo de Eileen. No le gustaba hablar de esas cosas. Nunca hablaba de esas cosas. Comprobó el vendaje y maldijo para sus adentros cuando vio que necesitaba cambiarlo. - Mira...- Masculló.- No es momento para esas preguntas.- Indicó mientras se quitaba el pañuelo envuelto al cuello y rompía aún más su camisa. Necesitaba detener esa hemorragia. - Pero...-Quiso reprochar Mirta. - Mirta.- Intervino.- Necesito que me hagas un favor. Una tarea muy importante. La pequeña se señaló a sí misma con el dedo. - ¿Yo? - ¿Ves alguna otra Mirta por aquí? Mirta negó. - Bien...- Prosiguió Eileen.- es un alivio para ambas...- Musitó.- Necesito que vayas a buscar algún palo.- Le indicó.- Uno no demasiado largo ni tampoco demasiado grueso, pero que sea robusto. - ¿Como la pata de una silla, una pequeña? - Más o menos... como una pequeña rama de un árbol. Pero no hagas ruido o podrían encontrarnos. ¿Crees que puedes hacerlo? Mirta asintió y comenzó a deslizarse a gatas, silenciosa, hasta que Eileen la perdió de vista cuando giró la esquina que conformaba la barra. En aquel bar en ruinas debería de haber algo útil entre todo ese caos. Eileen agradeció los minutos de silencio que había conseguido. Se retiró el vendaje y con uno de sus cuchillos rompió parte de su pantalón, agrandando más el agujero para comprobar el estado de la herida; no tenía buena pinta. Había un boquete abierto en su muslo, y una cantidad preocupante de sangre emanaba de ella. Sin la indumentaria adecuada sería imposible retirar la bala. Se llevó el pañuelo a la boca y lo mordió con fuerza mientras con uno de los trozos de su camisa trataba de limpiar un poco la sangre. Luego dobló cuatro veces una de las tiras y formó algo similar a un cuadrado de tela. Lo colocó sobre la herida, gimiendo de dolor y reprimiendo los gritos. Daba gracias a que Mirta se hubiese alejado. Se rodeó la pierna con una tira de tela y respiró hondo antes de apretarla con fuerza. Si se hubiese podido permitir el lujo de gritar, toda la ciudad sabría dónde estaba, sin embargo mordió con todas las fuerzas el pañuelo y presionó con fuerza la espalda contra la barra. De no haber llegado a ser herida, las cosas seguramente serían muy distintas. Sin embargo le habían acertado el tiro cuando ella corría para recoger a Mirta, que había quedado rezagada tras tropezar, a unos quince metros del edificio. Los tres guardias que habían subido al piso superior tras la explosión se habían percatado de la escaramuza ocurrida en las escaleras que conducían al sótano. Uno de ellos había corrido tras ellas cuando abandonaban la casa por la puerta del servicio, y Eileen lo había despachado sin demasiadas dificultades. Sin embargo mientras huían Mirta cayó al suelo, y los dos guardias restantes se asomaron por las ventanas del primer piso. Pudo ver como uno de ellos sacaba una pistola. Eileen había maldecido a aquella niña con todos los insultos en lengua común y Thalassiana que conocía. Había corrido para recuperarla mientras ella aleteaba patosamente sobre el asfalto, como un pez sacado del agua, fruto de los nervios del momento. Eileen se había deslizado hacia ella con la mayor agilidad posible, tratando de ejecutar movimientos erráticos para lograr evadir los disparos cuando estos se efectuaran. Y llegó el primero, por el sonido supo que era el revólver. La bala le silbó cerca del oído izquierdo, produciendo un pitido molesto tras ello. Ella siguió corriendo a por Mirta. Otra bala del revólver hizo saltar gravilla del suelo con el impacto, la tercera estuvo cerca, la cuarta no fue tan precisa. Eileen estaba contando las balas que disparaba, conocía el arma por el sonido, similar a las que usaba Cassian, con un tambor con capacidad para seis. Cuando el sexto disparo fue errado, Eileen corrió de forma más directa a por Mirta. Sin embargo el segundo guardia sacó un rifle por la ventana. Mierda, se dijo. No tuvo tiempo de esquivar ni ponerse a cubierto, el sonido del rifle invadió el lugar y ella sintió como su pierna derecha se sacudía. Durante los primeros tres segundos apenas sintió dolor… pero luego llegó, rugiente como las llamas de un dragón. Había reprimido un alarido de dolor mientras cogía a Mirta en sus brazos y agachaba la cabeza, corriendo como podía hacia uno de los callejones laterales. Eileen sabía que no tardaría demasiado en recargar el arma. Cuando se adentraron en el callejón, parte de la roca que conformaba la esquina voló por los aires tras el impacto de la bala del rifle. Había estado cerca. Tras la adrenalina del momento y haber girado algunas calles más, bajo el amparo de las sombras que les regalaba la noche, Eileen pudo sentir como su pierna se entumecía y el dolor se apoderaba de ella. Necesitaban un lugar donde ocultarse, un lugar donde poder vendarse aquella herida y quizá descansar. No podía huir de allí de ese modo, el hombre con el carruaje al que ella había sobornado días atrás se encontraba a demasiadas manzanas de distancia, cerca de la salida de la ciudad. Había sabido que aquellos disparos alertarían a la guardia y al resto de miembros de los Jefferson, esconderse de forma temporal había sido la mejor opción que habían tenido. Ahora empezaba a marearse. Había perdido mucha sangre, demasiada. El sonido de Mirta arrastrándose de nuevo hacia ella la hizo desviar la mirada hacia la esquina. La pequeña alzó un fragmento de madera de no más de dos palmos de largo: Un palo de billar partido, astillado en uno de sus extremos. - ¿Vale esto? Eileen forzó una pequeña sonrisa. - Si, esto servirá.- Estiró la mano para tomar el palo y dispuso las tiras restantes que tenía de la camisa; necesitaba hacer un torniquete. - Tienes mala cara…- Expuso Mirta, preocupada por el tono que utilizó. - No me sienta bien que me disparen.- Respondió mientras ataba las telas al palo y se las enrollaba en su muslo, a unos pocos centímetros sobre la herida de bala. - ¿Duele mucho? - Quiso saber. - ¿Te has caído alguna vez del columpio? - Preguntó Eileen, apretando con fuerza las telas sobre su muslo, haciendo girar el palo con ellas para tensarlas y cortar parte de la circulación de la sangre. - Si…- Admitió, avergonzada por ello. - Pues un poquito más…- Indicó Eileen, atándose el palo a la pierna cuando tuvo la presión necesaria, para mantener el torniquete estable. Era difícil explicarle a una niña tan pequeña lo que era el dolor, y más aún el de un disparo. - ¿Más? - Su expresión se tornó en una de sorpresa.- No sé cómo lo soportas. - A veces, Mirta, hay que ser fuerte.- Murmuró.- Aunque no te queden fuerzas, siempre hay un recoveco del que sacarlas. - Pues tienes que ser muy fuerte, caerse del columpio duele mucho. - ¿Sabes cuál es el secreto de caerse, Mirta? - La miró, estirando la pierna herida y dejándola reposar. - ¿Poner las manos para no darte en la cara? - Preguntó. Eileen se rió una pizca y negó. - El secreto está en volver a levantarse. Siempre.- Indicó. Mirta la observó, meditando quizá sobre esa respuesta. - No sabía que fueras tan lista. - ¿Lista? - Aquello la cogía por sorpresa. - Si.- Asintió.- Es un consejo muy de esa gente…- Arrugó un poco el gesto mientras buscaba la palabra indicada. - ¿Gente sabia? - Intervino. - Eso, gente sabia. - Me lo dio mi padre… - Pues él también era listo, y sabio.- Indicó.- Además… Eileen le puso una mano en la boca de forma apresurada. Mirta la observó aterrorizada, sin entender qué ocurría. Pasos, en la entrada. Antes de liberarle la boca, se llevó un dedo a los labios para indicarle que no hablase. Con lentitud le retiró la mano y señaló hacia uno de los armarios que adornaban la parte trasera de la barra. - Métete.- Susurró en el tono más bajo posible mientras se arrastraba para abrir la puertecita de madera de forma silenciosa. Mirta ni siquiera lo cuestionó, se deslizó a gatas hasta el pequeño armario; no era demasiado grande, pero ella tampoco. Se metió sin demasiadas dificultades. - Me da miedo la oscuridad.- Confesó en un murmullo apenas audible. Eileen dejó escapar un suspiro y se llevó una de las manos al cinto, tomando un vial. Al agitarlo se iluminó de forma discreta. - Toma…- Se lo entregó Mirta lo sostuvo entre sus manos, asombrada. - Si las cosas salen mal aquí, Mirta.- Le susurró de nuevo.- Ve a la salida que da al este de la ciudad, la del puente sobre el río. Allí te recogerán mis compañeros, ¿entendido? Mirta asintió, asustada. - Vale… - ¿Me lo prometes? - Prometido. Eileen cerró entonces la puertecita del armario. Los pasos del exterior se hicieron más evidentes ahora, quizá serían unas cuatro personas, tres con suerte. La puerta crujió y se quejó cuando alguien hizo fuerza desde el exterior. Los muebles que atrancaban la puerta le impidieron abrirla, sin embargo no resistieron demasiado. Tras varios golpes, la puerta cedió, los muebles se hicieron a un lado y el sonido de las pisadas sobre la madera podrida de aquél lugar se hizo eco. Definitivamente eran cuatro. Eileen trató de contener la respiración, oculta tras la barra. Tragó saliva, tenía la garganta seca y no se había dado cuenta hasta ahora. La herida de su pierna comenzó a doler de forma insoportable una vez más, la conversación con Mirta la había mantenido entretenida, lo suficiente como para mantener su mente en otros asuntos. Pero ahora todo se le venía encima. Entonces una voz masculina se elevó en el local. - Vamos Espectro… sabemos que estás aquí, has dejado gotas de sangre en la entrada. Mierda. - Nadie tiene porqué salir herido…- Añadió una segunda voz, masculina también. - Más aún.- Indicó una tercera, femenina. La cuarta no se pronunció, pero Eileen oía sus pasos.Cerró los ojos unos instantes y dejó salir el aire por la nariz antes de asentir. - Está bien.- Dijo cuando los pasos estaban peligrosamente cerca de la barra. Necesitaba verlos, saber qué indumentaria llevaban, si tendría posibilidades de enfrentarlos… aún estando herida. Si se acercaban demasiado todos ellos, esa oportunidad se esfumaría. Se puso en pie, apoyándose a la barra para mantener el equilibrio. La pierna le ardía, el dolor era cada vez más intenso. Pudo ver entonces a cuatro figuras con el uniforme de los Jefferson que habitaban aquella casa. La guardia personal de uno de ellos. Dos hombres y dos mujeres. Uno de ellos alzó un revólver en cuanto la vió. Eileen alzó las manos. - Ni un puto movimiento, Espectro.- Advirtió. - ¿Tienes miedo? - Preguntó Eileen, tratando de ganar tiempo para analizar a los otros tres. El más cercano a ella tenía una espada, aunque la llevaba empuñada, no estaba alzada. Las dos mujeres no parecían estar apuntándola con ningún arma, aunque si llevaban una espada cada una en el cinto, acompañadas de un revólver. Estaban alejadas, tendrían tiempo de empuñar sus armas, debería de usar el cuerpo de uno de los hombres como escudo. - ¿De una muerta? - Se rió.- Me temo que preferirás que te hubiese volado la cabeza a lo que van a hacerte cuando te entreguemos. - Suficiente.- Dijo el hombre más cercano.- ¿Y la niña? - No sé de qué niña me hablas.- Indicó Eileen. - Esa que te han visto llevarte. - Me temo que la perdí entre las callejuelas… ¿O quizá se la entregué a alguien para que la sacase de la ciudad? - Afiló la mirada, desafiante.- No logro recordarlo. - Lo recordarás.- Le indicó el hombre.- Acércate, y no quiero ni un movimiento extraño. De lo contrario quizá te hiramos la otra pierna. Eileen gruñó y se acercó, cojeando, maldiciendo para sus adentros aquella puñetera herida. Tenía que pensar algo, un plan, lo que fuese. Pero el dolor era demasiado intenso como para permitirle pensar en algo. Giró la esquina de la barra y casi se cayó cuando tuvo que bajar un pequeño desnivel que la separaba del suelo. Luego se tambaleó hacia el hombre, quién no tardó en sujetarla de uno de los brazos, con firmeza. Ella agitó la extremidad. - Suéltame.- Advirtió, mientras forcejeaba con la mano con la fuerza necesaria como para que el hombre la tuviese que apresar con más firmeza. - Me temo que no estás en condiciones de exigir nada.- Sonrió. Los labios de Eileen se curvaron en una sonrisa afilada. - ¿Alguna vez has jugado al billar?- Preguntó en un susurro. - ¿Qué? - El hombre arrugó el gesto, sin comprender la absurda pregunta. Pero para cuando quiso darse cuenta de lo que había ocurrido ya era demasiado tarde. Eileen había estado distrayendo al hombre. Se había tambaleado a propósito para colocarse en un ángulo en el que el cuerpo de él sirviese como obstáculo. Había atraído su atención a la mano izquierda, aquella que le había apresado. Y cuando lo había tenido donde quería, había tomado con sutileza el palo de billar roto, astillado en uno de sus extremos que usaba como torniquete y se lo había incrustado en la garganta. Reprimió el dolor de la pierna y se aferró al cuerpo del hombre para usarlo como escudo cuando el segundo disparó, lo empujó contra él para desestabilizarlo y cuando lo hubo logrado empuñó su daga y acortó distancias. Le tomó el brazo que sostenía el revólver con una mano mientras le rajaba el cuello con la otra, no le dio tiempo a reaccionar. El disparo fue errado y rompió uno de los cristales de una vitrina, detrás de la barra. Quería usar el cuerpo como escudo contra las otras dos mujeres, pero la pierna le falló, al haberse quitado el torniquete y forzar tanto movimiento había perdido demasiada sangre, y el dolor ya era muy intenso antes de realizar aquello. El cuerpo del hombre cayó al suelo y ella lo hizo con él, hincando la rodilla, apretando los dientes. Escuchó los pasos de una de las mujeres y pudo ver como sus botas se detenían a poco menos de un metro de ella; un movimiento arriesgado. Alzó la mirada y vio el oscuro cañón de un revólver apuntándole al rostro. Afiló la mirada y observó los ojos de aquella mujer, con furia, con rabia. Si iba a morir ahí, no lo haría suplicando ni llorando. Le daría a aquella mujer una mirada que le acompañaría durante el resto de su miserable existencia. Entonces se oyó el disparo, y Eileen cerró los ojos cuando eso ocurrió. No había escapatoria de aquello. Cassian no llegaría en el último momento para reanimarla. Morrigan no estaría ahí para consolarlo. Moriría sola, sin una lápida con su nombre grabado en ella que fuera adornada con bonitas flores cada fin de semana. Sin nadie que fuese a visitarla y cambiase las flores cuando estas marchitasen. Moriría como lo que era: una asesina, una ladrona, una espía. Moriría entre aquello en lo que había vivido: oscuridad y sombra. El cuerpo se desplomó, con un sonido desagradable. Eileen abrió los ojos y vio a la mujer; estaba muerta. Desvió la mirada hacia aquella que la había matado, portando el mismo uniforme. Ella se bajó el pañuelo. Miryam. Que hija de puta. - Tendrías que verte la cara, Espectro.- Dijo, perfilando una sonrisilla. - Vete al infierno.- Profirió Eileen. - Entonces tendría que pasar más tiempo contigo… Eileen gruñó como respuesta. - ¿Cómo?- Quiso saber. - Dejaste varios cadáveres en aquella escalera. Supuse que a uno de ellos no le importaría perder la ropa.- Se encogió de hombros. - Mirta.- Pronunció Eileen.- Sal… La pequeña tardó unos pocos segundos en mostrarse. Estaba aferrada al vial luminiscente que le había entregado Eileen, y tenía la cara casi tan roja como los ojos, y las mejillas húmedas. Había estado llorando en silencio. Eileen chasqueó la lengua y estiró una mano para que Mirta se acercase. - Ven aquí…- Murmuró antes de arrullarla entre sus brazos y darle un beso en la frente.- Tenemos que irnos. Miryam las observó y asintió, guardando el revólver. - Y deprisa, hay cuatro patrullas más buscándoos. Eileen se puso en pie, con muchas dificultades. Estaba pálida y se sentía mareada, fría. Había perdido demasiada sangre. Se apoyó en el hombro de Miryam y Mirta la tomó de la mano. Abandonaron el local y caminaron por las callejuelas del lugar, en dirección hacia la salida este de la ciudad. - ¿Y Jared?- Quiso saber Eileen. Miryam torció el gesto. - No lo ha logrado. - ¿Qué narices ocurrió, Miryam? - Nos descubrieron mientras colocábamos las cargas restantes… Él trató de ganarme tiempo. - Joder…- Chasqueó la lengua, mareada. - Habrá tiempo para lamentarse más tarde, Eileen. Tenemos que llegar a la salida. - No... - Negó.- No es eso. - ¿Entonces qué? - La miró, confusa. - Vas a tener que llevar tú a la niña. - ¿Qué? - Frunció el ceño. - Y a mi… - ¿...Qué? - Lo frunció aún más. - Creo… que me voy a desmayar. Su mirada se nubló y el mundo se tiñó de negro. El traqueteo del carruaje y el sonido de los cascos de los caballos la hizo despertar. Estaba tumbada en los asientos. Cuando abrió los ojos lo primero que vio fue a Mirta, dormida en el asiento frente a ella. Miryam estaba a su lado. Desvió la mirada hacia la ventana y pudo ver el bosque; hacía rato que habían abandonado la ciudad. Tras ello se miró la pierna; tenía el vendaje limpio, nuevo. Miryam tenía las manos llenas de sangre, la había estado curando y tratando; era bastante diestra con ese tipo de cosas. Miryam se percató entonces de que estaba despierta. - Algún día tu suerte no te salvará, Eileen.- Le indicó, centrando su atención en ella. - No necesito suerte… Me las hubiese arreglado, como siempre.- Protestó, tratando de incorporarse. - Estate quieta.- Advirtió Miryam. Eileen gruñó, pero obedeció. - ¿Qué hubiese pasado de no haber estado yo allí? - Preguntó Miryam. - Me las habría ingeniado. - Estarías muerta.- Alzó el tono, molesta.- Puede que la avaricia te sirva, Eileen. Pero la muerte no sirve a ningún hombre o mujer. Ni siquiera a ti. - Mejor muerta que en manos de esa gente. - De esa gente puedes escapar, de la muerte no.- Señaló.- No de nuevo, Eileen. Hoy todo el puñetero mundo parecía tener razón en las malditas cosas que decía. Era demasiado orgullosa como para admitir que era cierto. Había jugado bien sus cartas, era inteligente, diestra, letal… pero una herida así no podía pasarse por alto, y ella lo había hecho. Odiaba que el resto de gente le diese lecciones de vida, que le restregasen por el rostro lo que había hecho mal y cómo podía mejorar. Ella ya lo sabía, no necesitaba a nadie para que se lo recalcara. O quizá si, pero no era algo que fuese a admitir. Pese a la rivalidad que tenían Miryam y ella, debía de agradecerle aquello. De alguna forma le había salvado la vida, seguía siendo mejor que ella en muchos aspectos. Al llegar a casa, tendría que soportar la bronca de Kaz y Cassian cuando Miryam les contase lo ocurrido. Todos le tenían dicho a Eileen que no cometiese ese tipo de estupideces. De algún modo ella lograba convertir las locuras en victorias, pero Miryam tenía razón; algún día su suerte no la salvaría. La demencia de sus planes no sería suficiente para sacarla del apuro. ¿Y entonces qué? Moriría. Le dolía admitirlo pero debía mejorar en muchos aspectos. Necesitaba entrenamiento, y era lo primero que le pediría a Cassian cuando se recuperase de la herida. - Gracias…- Murmuró Eileen, casi como si le costase pronunciar aquellas palabras hacia su compañera. Miryam dibujó una sutil sonrisa en el rostro. - Descansa, llegaremos en un par de horas. Se acomodó de nuevo en los asientos, tumbada y miró al techo, pensativa. Cerró los ojos y dejó que su mente vagase hasta quedar dormida de nuevo.
  9. Felices 18 señor mamadísimo. Te dejo por aquí algo que me pediste hace ya mil. Un año más de amistad, casi parece que fuese ayer cuando nos conocimos, se te quiere :3 (La constelación del mamadísimo) Y dejo esto también por aquí... por la tradición... e.e
  10. ¡Holi! Bienvenido al servidor. Si te has hecho un personaje por Elwynn seguramente nos veamos por esos bosques. Espero que te adaptes rápido y disfrutes del rol :3 (Como ya te han comentado, cualquier duda no tengas miedo en preguntar).
  11. Muchas felicidades, y gracias por esos momentos de rol tan bonitos y desternillantes que nos has dado. Por muchos más :3
  12. Pocas cosas puedo decirte por aquí que no sepas ya... Felices 18
  13. Vannan adoraba la tranquilidad que acompañaba a la noche, el silencio y la soledad. Inspiró y llenó sus pulmones de aire mientras observaba plácidamente el jardín, apoyado en la barandilla de la terraza, en el piso superior. El viento arrastraba hacia él la dulce melodía que producían las hojas de los árboles al ser mecidas, los grillos hacían notar su presencia con sus cánticos y las luciérnagas bailaban al compás, alrededor de su hija, Eileen, que danzaba, saltaba y reía sobre la hierba. Él adoraba todos esos sonidos, le traían paz, pero la dulce risa de su hija le llenaba de felicidad. Admiró aquella estampa durante una hora, y la hubiese admirado durante el resto de la noche si la pequeña no se hubiese percatado y corrido hacia el interior de la casa para subir junto a él al balcón, en busca de historias de constelaciones remotas, olvidadas por el resto del mundo... - És una noche preciosa ¿Verdad?- Preguntó al oír los pasos descalzos acercarse, y posando con delicadeza la mano diestra sobre la cabeza de su hija una vez se hubo acercado. La brisa era suave, el cielo estaba despejado y aquella terraza era un palco privilegiado desde el cual contemplar una ópera de estrellas que brillaban en armonía. - Todas las noches con bonitas papá.- Respondió Eileen con una amplia sonrisa. - ¿Pero quién te has creído que eres para darle lecciones a tu padre?- Agachó la mirada hacia ella y deslizó los dedos hasta su cuello para hacerle cosquillas, a lo que la pequeña reaccionó con una sonora carcajada. -¡Ay, Papá!- Logró decir entre risas y encogiéndose.- ¡Para! - ¿Qué, sigues queriendo darme lecciones? ¿Eh? -Sonrió y siguió haciéndole un poco más de cosquillas. -¡Papiiii!- Rogó en una carcajada. - Está bien… está bien- Se detuvo y se arrodilló para estar a su altura, le acarició la mejilla con dulzura, usando el dorso de la mano mientras la miraba a los ojos. -Eileen, quiero que me prometas una cosa.- Algo en su mirada cambió, se tornó seria, con un deje de… temor, tal vez preocupación, y la pequeña se percató. - ¿Qué ocurre papá? - Nada, es solo que no quiero que esa sonrisa desaparezca nunca. Y para ello quiero que me prometas algo. ¿Vale? - Vale - ¿Ves esas estrellas?- Le puso una mano en el mentón y con delicadeza le dirigió la mirada hacia el cielo. - Ahá…- Asintió. - Habrá días en los que quizá llueva, truene o incluso granice.- Llevó lentamente la mano al hombro de su hija.- Habrá noches en los que el cielo quizá esté nublado, y días en los que el sol no permita que se las admire. Pero ellas siempre estarán allí... brillando, aunque nadie crea en ellas, aunque nadie sepa que están ahí… - Pero papá.-Desvió la mirada hacia él.- ¿Por qué estás…? - Quiero que sepas... - La interrumpió, buscando su mirada mientras se retiraba un anillo del dedo índice, que depositó con mimo en la palma de la mano de su hija para luego cerrarla entorno al objeto.- Que habrá momentos en los que la vida te ponga a prueba. Momentos en los que tendrás que demostrar lo fuerte y valiente que eres… y brillar aunque nadie crea en ti. Y en esos momentos, mi pequeña estrella, recuerda que pase lo que pase... La tenue luz del atardecer atravesaba la ventana por la que ella había entrado, iluminando pobremente aquél despacho situado en el segundo piso de la casa. Entrar había sido un juego de niños, la ventana ni siquiera tenía el pestillo echado, y si la información que su contacto le había proporcionado era cierta, en aquella casa encontraría los documentos con nombres y apodos de todos y cada uno de los cabezas de la mafia, a todos y cada uno de los Jefferson. Y si los planos que habían robado del ayuntamiento eran fieles, debería de haber un sótano oculto en algún lugar cerca del salón principal, construido después de que se edificara la casa. Su intuición le decía que allí encontraría lo que buscaba, y esa era una oportunidad que no podía dejar escapar, pues el juego se había convertido en una cacería que no se detendría hasta que sólo quedase el vencedor en pie, y a Eileen no le gustaba perder. Había dejado a Cassian y Morrigan vigilando en los alrededores. La casa estaba apartada e internada en el bosque, el pueblo más cercano estaba a quince minutos a pie. Por lo que si alguien más merodeaba cerca sería uno de los Jefferon o alguno de sus lacayos, ambos sabrían cómo arreglárselas para darle más tiempo. Los tres habían invertido una semana en averiguar los horarios de los integrantes de aquella casa, las rondas de los criados y cuándo quedaba vacía y desprotegida. Si todo iba conforme al plan, Eileen tenía una media hora para dar con los documentos y volver junto a Cassian y Morrigan para salir de allí. Y si algo iba mal, habían acordado que Eileen dejaría un pañuelo en la ventana de la habitación noroeste del piso superior, pues tras estudiar los planos, era la que tenía un acceso más fácil, junto a la escalera que descendía al primer piso, y la ventana era perfectamente visible desde donde ambos vigilaban el camino que conducía a la puerta de la verja que rodeaba la casa. Calculaba que llevaría alrededor de unos diez minutos en aquel despacho, y no había logrado dar con nada de interés. Había buscado en todos y cada uno de los estantes, tras cada libro, en cada armario y en los cajones de las dos mesas que había allí. Sabía que no podía perder mucho más tiempo. Abrió la puerta del despacho y se asomó al pasillo; era largo y con cuatro puertas, dos a cada extremo. Las paredes estaban pintadas de un azul cian y adornadas con varios cuadros; paisajes y algún que otro retrato, una moqueta roja y gris cubría el suelo hacia las escaleras, que se hallaban al final del mismo pasillo y las cuales no tardó en descender. Una vez llegó al piso inferior hizo memoria del plano de la casa, el salón estaba en el ala este, no muy lejos de la puerta principal; estaba cerca. Cruzó un pasillo, ignorando la hilera de puertas que lo atravesaban y fue directa hacia el salón. Una gran puerta de madera y cristales adornados por grabados dóricos separaba el salón de Eileen, la llave estaba echada pero a la elfa no le costó demasiado forzar la cerradura y adentrarse en el. Dentro del salón pudo observar varios sofás apostados junto a las paredes, las cuales estaban cubiertas por una capa de madera que terminaba a poco más de dos metros de altura, el resto de la pared estaba forrada por una especie de papel sintético que simulaba terciopelo teñido de rojo con espirales negras que subían y bajaban, varios divanes descansaban sobre una inmensa alfombra a juego con las paredes y una mesa alargada con multitud de sillas en el centro de la estancia, sobre la cual colgaba una lámpara de araña de cristal, con multitud de adornos llamativos que deformaban los rayos de luz que los atravesaban. Quince minutos. Debería de llevar algo no muy alejado de esa cifra en la casa. No quería perder más tiempo, así que se dirigió hacia la alfombra y comenzó a palpar sobre la misma hasta que encontró una irregularidad, la levantó un poco, sin tener que llegar a mover el mobiliario, y pudo contemplar como allí había una trampilla y una anilla de hierro que sobresalía. La agarró y tiró de ella con fuerza. Una vez abierta, Eileen contempló como unas largas escaleras hechas de piedra conducían a una puerta. Bingo. Descendió y tanteó la puerta, ni siquiera estaba cerrada con llave. Eso sin duda le sacó una sonrisa, pues eran uno o dos minutos más de tiempo regalado. Tras la puerta sólo había oscuridad, la tenue luz que llegaba a entrar por la puerta no alumbraba más de dos palmos lejos de esta, de modo que la elfa tuvo que recurrir a uno de sus frascos luminosos; un alga especial atrapada en un vial con agua de mar que al ser agitado desprendía una moderada cantidad de luz azulada, lo suficiente como para ver algo. Pudo ver entonces una mesa no muy lejos de su posición, el lugar era grande, podía sentirlo por cómo resonaban los ecos de sus acciones. Se acercó a la mesa y contempló libros, papeles, plumas y un tintero, todo estaba desordenado, como si alguien hubiese recogido apresuradamente todo lo que hubiese en aquel lugar. Cuando fue a echar mano de uno de esos papeles, la sala se iluminó… Una trampa. Nos han vendido. No tardó ni un segundo en empuñar sus dagas y observar alrededor; Un hombre apoyado en la pared, con un rifle a la espalda y un estoque envainado, estaba situado al lado de una especie de manivela que seguramente había accionado el sistema de iluminación por gas de aquél lugar. Eileen lo reconoció al momento; Rogers. En el pasado ya habían combatido antes. Junto a él había tres hombres más y una mujer, todos armados y con una afilada sonrisa dibujada en el rostro. La luz que ahora alumbraba el lugar confirmó las sospechas de la elfa, aquél sitio había sido limpiado por completo, había estanterías vacías, papeles tirados por todas partes, muebles volcados y documentos quemados en la chimenea que yacía al final de la alargada sala. Entonces Rogers se incorporó y comenzó a aplaudir. - Enhorabuena Eileen, parece que has encontrado que andabas buscando.-Dijo con un tono de voz cargado de sarcasmo mientras se acariciaba el bigote que adornaba su rostro. - Vete al infierno.-Ladró la elfa, señalándole con una daga.-¿También huirás esta vez? - Esta vez vengo a proponerte un trato. Los hombres y aquella mujer se acercaron lentamente a ella, que no vaciló en alzar sus armas contra ellos. - No tienes porque morir aquí.- Prosiguió Rogers.- Ríndete, ven con nosotros y mis señores tal vez consideren en perdonarte la vida por todo lo que has hecho. - No negocio con basura.-escupió y clavó la mirada en Rogers, sin perder del campo visual al resto.- Esta vez pienso acabar contigo. Rogers se rió. - Te diré lo que va a pasar Eileen. Vas a ser sensata y usar eso que tienes por cabeza, y soltar las armas, porque si no ésta habitación será tu tumba. ¿Entiendes? -Comentó con calma.- No eres más que carne y huesos, por mucho que quieras creerte invencible, sangras como todos. - No Rogers, yo te diré lo que va a pasar.- Barrió al grupo que la rodeaba con la mirada.- Caerá uno de ellos, y tú aún creerás que estás a salvo tras este muro escoria que tienes por guardaespaldas. Luego caerá otro, y entonces comenzarás a preocuparte y a preguntarte por qué no has traído más hombres.- Señaló entonces a la mujer, quién se acercaba peligrosamente a ella, tal vez intimidada por sus palabras, tal vez envalentonada, no creyéndola capaz.- Y cuando caiga el tercero… entonces será cuando tú vengas a por mi, desesperado, con solo uno de tus hombres con vida. Y cuando le de muerte a él también, oh entonces comenzará la parte divertida Rogers, porque sentirás un dolor que ningún ser humano haya experimentado antes, y lo último que verás en esta vida será mi rostro con una sonrisa placentera dibujada mientras te extirpo la vida. Rogers palideció un instante, creyendo capaz a la elfa de sus palabras, pero camufló su miedo con arrogancia y la señaló. - Matadla.- Ordenó. Eileen miró entonces a los cuatro que la rodeaban. Mi ventaja; mi agilidad, su ventaja; la superioridad numérica. Primero, cubrir parte del rostro con el pañuelo y desviar la atención. Aprovechar el entorno y los segundos iniciales para lanzar una bomba de humo; causará desconcierto y me permitirá asestar los primeros golpes y tal vez evadir algunos. El hombre de la izquierda era el más próximo, empuñaba una espada y tenía la piel castigada, unos cuantos kilos de más y los dientes amarillentos que asomaban tras su sonrisa putrefacta. Fuma, bebe y se cuida poco. Golpe en el hígado, lo dejará fuera de combate unos segundos, apenas sabrá de dónde viene el golpe. Arma larga, me dará tiempo a evitar su ataque cuando se recupere. Desvío entonces la mirada hacia el que había al lado de él, era fuerte, alto y empuñaba una daga. Golpe en la entrepierna para hacer que se incline, luego una puñalada en la garganta. Es posible que reciba un tajo de su parte mientras me encargo del primero. Apretar los dientes y soportar el dolor si se da el caso. Miró entonces a la mujer, a su derecha, era baja, delgada y con armadura de cuero, experimentada a simple vista en el combate cuerpo a cuerpo, o al menos había venido preparada. Empuñaba una espada en la mano izquierda y una pistola en la diestra. De mi altura, no podré evitar el disparo, darle la espalda y agachar la cabeza mientras me encargo del segundo. Previsión del impacto: En el hombro derecho. Incapacidad para usar el brazo con agilidad, lanzarle la daga con la zurda al cuello antes de que se acerque con la espada. Rogers entraría después en acción, Eileen lo sabía, estudió entonces al cuarto hombre. Tenía estatura media, estaba algo más alejado que el resto, sería el último en atacar, una espada en cada mano y un jubón de cuero desgastado por el costado. Rogers disparará el rifle primero, un solo tiro, no podrá recargar. Previsión del impacto: En el torso. La armadura mitigará parte del impacto, el humo no le permitirá ser preciso y no será mortal, la bala quedará alojada dentro. Luego usar la diestra para clavar la daga en el costado del hombre, aprovechando el desgaste de la armadura, retorcerla e impedir que pueda usar las espadas, será doloroso pero eficaz, soportaré el dolor. Es posible que reciba un corte por parte de su diestra en el proceso. Cuando Rogers se acerque, echarle el cuerpo de hombre encima para desequilibrarlo, luego saltar hacia él e impedirle usar su espada, tratará de contraatacar con su mano libre, aprovechar el movimiento de su brazo para hundir la daga en su axila, luego acometer contra el cuello y buscar la muerte antes de que mis heridas pasen factura. - Juguemos…- Respondió Eileen. Hacía diez minutos que Eileen había partido hacia la casa, no había ocurrido nada digno de mención. Cassian permanecía sentado sobre la rama de un árbol, con la pierna izquierda colgando y siendo balanceada de vez en cuando. El bosque era frondoso pero los árboles eran altos, proporcionaban una buena perspectiva de la zona. Miró hacia la ventana por instinto, comprobando si Eileen había dado alguna señal. Es muy pronto, dale tiempo. La casa era grande, y la verja que la rodeaba cubría gran parte del terreno y los perros guardianes roían ahora los huesos de un par de filetes que “casualmente” habían caído en la parcela, dando vía libre a la elfa para que se colase. El cántico de los insectos típicos del verano se le hacía insoportable, y el calor del lugar le hacía sudar. - ¿A quién se le ocurrió inventar esta estación?.-Gruñó. Morrigan alzó la vista, se encontraba apoyada de espaldas al tronco del mismo árbol, ataviada con ropa de manga larga y armadura de cuero, a Cassian le entraba dolor de cabeza solo de verla.. - ¿Es que acaso te va a derrotar un poco de calor, Cass?- Respondió divertida. - ¿No podemos simplemente alejar el sol unos pocos de cuantos de miles de millones de kilómetros y librarnos de esta tortura infernal? - No será para tanto… - Lo dice la bruja que ni siente ni padece…-Espetó mientras miraba al frente, como si Morrigan estuviese delante. Era bien sabido por todos que Morrigan era un misterio, pues no mostraba el más mínimo signo de dolor frente a cualquier herida, ni siquiera parecía perturbarle el frío o el calor. - Cassian deberías de estar vigilando mientras tu chica se juega el cuello ahí dentro. ¿Qué le dirás si se cuelan enemigos?.-Dijo mientras jugueteaba con su bastón.- ¿Que estabas demasiado ocupado quejándote del calor? - Pues si. - No tienes remedio… - ¿Has mirado la ventana? - Si. - Cass… Cassian rodó los ojos y echó un vistazo hacia la ventana. - Ahora si.- Respondió mientras se abanicaba con la mano. Morrigan se llevó una mano hacia la parte interna de su cazadora y extrajo su reloj de bolsillo, observando el tiempo. - Lleva poco más de quince minutos ahí dentro.- Indicó. - Al menos ella está resguardada de este calor infernal. - Cassian, ¿puedes recordarme por qué Eileen no te ha abierto en canal aún? - Porque soy irresistible. Morrigan blanqueó los ojos. Cassian confiaba plenamente en Eileen, y pese a ello en el fondo sentía miedo, pero era demasiado orgulloso como para mostrarlo. Siempre camuflaba toda debilidad con algo de humor y sarcasmo, el mundo ya era un lugar muy oscuro como para andar muriéndose por las esquinas. Los días previos a la operación había estado investigando con Eileen, juntando piezas de un puzle demasiado grande como para comprenderlo sin estudiarlo previamente, pero esas piezas les habían guiado hacia aquella casa. Un contacto les había informado de movimiento entre los dirigentes de la mafia, corrían rumores de una reunión entre los peces más gordos de la misma, y eso significaba que tendrían una lista con nombres o apodos y códigos para verificar la identidad de cada uno de ellos y de sus contactos o invitados. Era una oportunidad demasiado suculenta como para dejarla pasar. Dar con los primeros detalles había sido una tarea difícil, los Jefferson eran muy meticulosos con la información que movían, y para ello siempre la cifraban, particionaban o enviaban mediante cuervos entrenados. La opción de capturar uno de esos cuervos había sido descartada desde un inicio, demasiado costosa y llevaría mucho tiempo. Descifrar la información era tarea imposible, no estaban seguros pero se hacían a la idea de que únicamente los altos mandos de la mafia tenían el código necesario para llevar a cabo tal tarea, que para cualquier otra persona sería prácticamente imposible. Por lo tanto, la opción de conseguir un fragmento de información y a raíz de ahí tratar de tirar del hilo era la más segura. Si bien es cierto que capturar a uno de sus mensajeros fue complicado, el hecho de que la información fuese meramente verbal, y no contase con ningún tipo de nota o carta fue totalmente desconcertante. El cómo validaban si la información era legítima o no, no lo sabían. Tras capturarlo con éxito, llevaron al mensajero a lo alto de un faro, bajo el manto de la noche. Y allí lo interrogaron, mientras Cassian lo sostenía por un pie, siendo su mano y su resistencia física lo único que se interponía entre aquél hombre y una muerte segura; un acantilado de afiladas rocas donde las olas rompían y rugían con fiereza, ansiosas de engullir la vida del muchacho. - No te lo repetiré, chico.- Había dicho Cassian.- Danos la información y antes de que amanezca estarás de nuevo en el calor de tu hogar. De lo contrario las rocas de ahí abajo y tú tendréis un desafortunado encuentro. - P-por favor, os lo ruego.- Había suplicado.- S-si digo algo ellos… matarán a mi familia. Mis hijos no tienen madre. N-no saben valerse por sí mismos son muy pequeños aún, este es el único modo que tengo de mantenerlos. - En ese caso no tardarán en reunirse contigo.-Lo hizo balancear, moviendo el brazo despacio. El hombre había sollozado entonces, había llorado y suplicado durante largos y preciados minutos. - ¿Cuánto crees que le aguantará el brazo?.- Había dicho Eileen, que se encontraba apoyada contra la cúpula de cristal que coronaba del edificio.- Calculo que te quedan alrededor de cinco minutos de vida. Cinco minutos en los que lo que digas puede decidir el futuro de tus mocosos. Finalmente el hombre se rindió y se quebró, y entre lágrimas que descendían por su frente habló: - S-solo me dijeron un lugar, una casa donde se me darían más instrucciones. - ¿Qué casa? -Había ladrado Cassian antes de agitarlo con violencia. - ¡La casa Glotter! -Sollozó.- ¡La casa Glotter santo cielo, no me matéis por favor! El silencio se apoderó entonces de ambos, siendo los llantos y gritos del hombre lo único que interrumpía la fiereza con la que las olas reclamaban su vida para arrastrarla a las profundidades. La casa Glotter no estaba lejos de allí, hasta dónde sabían era una casa de una familia noble de humanos que nunca habían llamado demasiado la atención, dueños de varios negocios poco llamativos, entre ellos varias panaderías, floristerías y demás. - Por favor dejadme ir, os lo suplico. Es todo cuanto sé.- Había rogado entonces el hombre, cuya cabeza ya se encontraba roja de haber permanecido largo tiempo boca abajo. Las miradas de la pareja se cruzaron entonces, en un debate silencioso sobre lo que acontecería allí en ese momento. Pues ambos sabían que dejar a aquel hombre con vida sería un peligro, no podían haber cabos sueltos. Cassian lo sabía, en el fondo era algo que despreciaba hacer. Él sabía que aquél hombre no tenía culpa de nada, no era más que un simple peón en un tablero que no alcanzaba a comprender, y lamentablemente sus hijos iban a pagar también las consecuencias de un juego al que no habían sido invitados. La mirada de Eileen era clara; El hombre debía morir. Y Cassian asintió. - Como gustes…- Respondió Cassian tras un pesado suspiro, cumpliendo con la orden del hombre antes de soltar su pie.- Te dejaré ir…- Al precipitarse al vacío, sus gritos y sus voces tan solo fueron audibles unos pocos segundos, hasta que quedar silenciadas por las afiladas rocas - ¿Cass…? - La voz de Morrigan lo despertó de su letargo.- ¿Cassian? Agitó el rostro y pestañeó varias veces, volviendo en sí. - ¿Qué? - Miró hacia abajo, buscando a Mor con la mirada- ¿Qué pasa? - Problemas… - ¿Pro… blemas? - Cassian frució el ceño y dirigió la mirada hacia la ventana; no había nada. Pero entonces algo captó su atención, la chimenea echaba humo. Mierda Bajó de un salto y dejó escapar una maldición. - No ha entrado nadie, no debería de haber nadie dentro.- Miró entonces a Morrigan, consternado.- L-la reunión no es hasta dentro de dos días. Hemos estudiado todos los horarios desde hace hace una semana. - Pues nos han tendido una trampa.- Afirmó, temiendose lo peor para la elfa que llevaba poco más de media hora en el interior de la casa. Ambos echaron a correr. Cassian se adelantó y saltó la verja. Los perros, cansados de roer huesos gruñeron y ladraron en carrera hacia él. Morrigan no tardó en superar el obstáculo pese a su cojera. - ¡Ve por ella, yo me ocupo de los chuchos! - Gritó Morrigan blandiendo su bastón y desencajando de un golpe la mandíbula de uno de los canes que saltaba dispuesto a atraparla. - ¡Corre! La respiración de Cassian se había disparado, le costaba pensar con claridad. ¿Qué había pasado para que Eileen tuviese que alertarlos de ese modo? Fuera lo que fuera, no podía ser nada bueno. Aguanta. Aguanta. Aguanta… Embistió con su cuerpo la puerta principal del lugar, quebrando parte de la madera y rompiendo la cristalera que la adornaba. Lo volvió a intentar dos, tres veces, hasta que finalmente la puerta cedió y pudo entrar. Miró hacia todas partes, buscando entre las hileras de puertas hasta que dio con la que había dejado Eileen abierta para entrar al salón. No escuchaba nada, ni ruidos de armas, ni gritos, nada salvo los gruñidos y quejidos de los perros en el jardín. Una vez en el salón principal sus ojos bailaron por todo el lugar, observando el resto de puertas, las paredes, los muebles, la alfombra y la trampilla que había quedado al descubierto. No dudó ni un instante en empuñar una espada y una pistola y bajar corriendo los escalones que conducían a ese sótano. Lo que allí encontró le heló la sangre. El suelo y las paredes estaban teñidos de rojo carmesí, y el aire parecía cargado, sucio, causandole tos y un leve picor en los ojos. A sus pies yacía un hombre no muy alto y con sobrepeso, con cuchillo atravesándole la boca. Apenas a un metro de él yacía un segundo hombre más alto con un corte profundo en el pecho y el cuello abierto en canal, a su lado una mujer con otra daga incrustada en el cuello; tenía ambas manos sobre la misma, como si hubiese intentado retirarla escasos segundos antes de morir. Y algo más alejados se encontraban dos cuerpos más con varias heridas mortales. Cassian contuvo la respiración cuando reconoció a Rogers; su cara era de pavor, tenía la mandíbula desencajada, los ojos en blanco y sangre por todo su torso, habiendo emanado de una herida amplia en su cuello. No tardó en desviar más la mirada y encontrar un rastro de sangre que se dirigía hacia la chimenea en funcionamiento. Entonces la vio, y el mundo entero se le vino abajo. -¡Eileen! - Gritó desesperado mientras corría a través de aquella masacre. El cuerpo de su amada se encontraba lleno de sangre; había sufrido numerosas heridas. Una vez la tuvo entre sus brazos pudo comprobar que no tenía pulso, pero aún estaba caliente. Morrigan entró en ese momento, deteniéndose un instante al ver aquel caos. Más cuando sus ojos alcanzaron a Cassian con Eileen entre sus brazos se acercó. Cassian seguía gritando, zarandeando el cuerpo de la elfa, tratando de arrebatarsela a la muerte, quien la reclamaba con ahínco. - C-cassian…- Musitó y colocó con precaución su mano enguantada sobre el hombro del chico. - No tiene pulso.- Alcanzó a decir entre sollozos, mientras la acunaba en sus brazos.- Pero no voy a dejar que se vaya tan fácilmente…- Gruñó entonces, apretando los dientes y dejando el cuerpo de Eileen en el suelo.- No me va a abandonar…- Negó para sí.- No así.- Masculló antes de colocar las palmas de las manos sobre el pecho de la elfa y comenzar a hacerle un masaje cardíaco. Primero despacio, sin efecto. Y a medida que pasaban los segundos aumentaba la fuerza y la frecuencia de los mismos, parando únicamente para soplar en su boca e inflarle los pulmones cada poco rato. Morrigan cierro los ojos, reprimiendo una mueca y apretó con más fuerza la mano sobre el hombro del chico. - Cassian…- Negó despacio, creyéndola por perdida. - ¡Y una mierda! - Ladró, interrumpiéndola y apartando la mano del hombro.- ¡Vamos cabrona egoísta, sé que me estás escuchando! - Colocó una mano extendida sobre el esternón de la chica y dio un fuerte golpe con el puño cerrado sobre la mano.- ¡Vamos! - Lo repitió de nuevo, sin éxito, y siguió hasta que finalmente Morrigan se arrodilló y lo abrazó por detrás, en silencio. No pudo evitar entonces romper a llorar, abrazándose al cuerpo de Eileen. No había nada que hacer. Sentía frío, mucho frío. No sabía dónde estaba, todo era oscuro. Palpó el suelo, creyendo estar ciega y se puso en pie como pudo. Tardó varios segundos en reaccionar y llevarse de forma apresurada las manos al cuerpo; no tenía heridas. Ni siquiera oía sisear las voces que ocupaban su cabeza. Su respiración era irregular, errática, y era el único sonido audible en aquel lugar. Sonido que era devuelto a ella en forma de eco. Sentía miedo, terror, un pánico que jamás antes había experimentado. ¿Qué era ese lugar? ¿Qué había ocurrido? Hacía apenas unos instantes se encontraba en el frenesí de la batalla, y poco después recordaba haberse arrastrado por el suelo, gritando de dolor y con el sabor metálico de la sangre colmando su boca. Instantes que se sentían años, siglos, eones… ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Las dudas no hacían más que acumularse y no había nada que suscitase respuesta alguna; solo… vacío, oscuridad. Vagó durante un tiempo que no fue capaz de contabilizar, sin rumbo, simplemente caminaba hacia algún lugar en aquel infinito mar negro en el que se encontraba. Y finalmente se derrumbó, cayó sobre sus rodillas y rompió a llorar; desesperada; sola; perdida. Más en mitad de aquella desesperación, de entre la nada y el todo, de entre la oscura estancia infinita emergió una luz, tenue pero brillante. Y atraída como una polilla a una luna lejana Eileen la siguió hasta que finalmente ésta tomó forma… - ¿P-papá? - Preguntó, perpleja, creyendo ser víctima de algún juego macabro. - Hola mi pequeña estrella…- Murmuró Vannan con ternura, alzando una mano para acariciar las mejillas húmedas de la chiquilla. Ella sintió la calidez de esa caricia, la suavidad del tacto e infinitud de recuerdos inundaron su mente, recuerdos felices que se alojaban en lo más profundo de su memoria. - ¿Dónde estamos, qué es este lugar? - Alcanzó a preguntar.- ¿Estoy muerta…? Vannan la tranquilizó entonces, arrullandola entre sus brazos y colmandola de calor. - Todavía no…- Susurró, manteniendo un tono calmo, relajante y sereno. - ¿Todavía? -El miedo se apoderó de ella en ese instante.- E-entonces… ¿me estoy muriendo? - Sollozó, escondiendo el rostro bajo ese abrazo protector que hacía años que no sentía. Vannan apretó los labios durante unos segundos y asintió. - Si, mi pequeña. - He fracasado… os he fallado. Lo siento. - No… - La liberó del abrazo y la tomó entonces de los hombros, con delicadeza, cruzando miradas con ella.- No has fracasado, mi vida… Estoy orgulloso de tí, de la mujer en la que te has convertido. Eileen rompió a llorar y buscó de nuevo los brazos de su padre. - Te he echado de menos. - Y yo a ti estrellita… - La acogió de nuevo entre sus brazos y depositó un beso en su cabeza.- ...y yo a ti. Eileen se tomó un tiempo antes de terminar el abrazo. Y una vez lo hizo, observó a su padre. - ¿Y ahora qué? .- Se secó las lágrimas que aún se deslizaban por sus mejillas.- ¿Q-qué se supone que he de ocurrir? - Lo que ocurra ahora dependerá de tí. - ¿De mí? - Te estás muriendo… pero tu brillo aún no ha desaparecido, mi pequeña estrella.- Le acarició la mejilla con el dorso de su mano.- De ti dependerá que tu luz henchida deslumbre al mundo entero… o se extinga para siempre... - P-pero… quiero estar contigo papá… -Se mordió el labio y agachó la mirada, que amenazaba con nublarse de lágrimas una vez más. - Yo no me iré de aquí, estrellita. Te esperaré siempre. -Deslizó una de sus manos hasta el mentón de su hija y lo hizo alzarse para poder mirarla a los ojos.- ¿Recuerdas lo que te dije aquella noche, la promesa que me hiciste?- Sonrió con ternura.- Habrá momentos en los que la vida te ponga a prueba.- Acentuó su sonrisa mientras pronunciaba esas palabras como un día hubo hecho.- Momentos en los que tendrás que demostrar lo fuerte y valiente que eres… y brillar aunque nadie crea en ti. Y en esos momentos, mi pequeña estrella, recuerda que pase lo que pase... - Que pase lo que pase.- Reunió fuerzas para no quebrarse y dirigió la mirada hacia el anillo que llevaba puesto. Cuya gema, por algún extraño motivo había comenzado a brillar de forma tenue pero creciente.- Y esté donde esté… tú siempre estarás velando por mí… brillando con la fuerza de mil lunas. Vannan sonrío entonces, feliz. - Hay alguien que aún te necesita.- Musitó. - Cassian… - Eileen abrió con fuerza los ojos, apenas recordaba nada más allá de la negrura que se había cernido sobre ella. - Vuelve, Eileen. - La tomó de ambas manos y las apretó con delicadeza.- Vuelve y brilla… brilla por mi. El gesto no tardó en tornarse en abrazo, y Eileen se aferró a él con fuerza, como si así pudiese llevárselo de vuelta con ella. Parte de ella no quería abandonarlo, no quería irse. Allí no había voces siseando en su cabeza, no había dolor. Quizá la inocencia de la niña que un día fue hubiese optado por quedarse en aquel lugar, ajena al mundo. Sin embargo, la mujer que era hoy no podía abandonar a Cassian, no así. Ambos tenían un papel que cumplir, no podía tirarlo todo por la borda... aunque le hubiese gustado poder renunciar a todo, no era el momento, su hora aún no había llegado. - Te quiero papá… te quiero mucho. - Y yo a ti, mi pequeña estrella. No lo olvides nunca. Eileen cerró los ojos con fuerza, reprimiendo las lágrimas que luchaban por salir mientras le abrazaba. Pudo sentir entonces un gran dolor en su cuerpo. El frío se había desvanecido. Casi podría oír murmullos a lo lejos, sonidos apenas audibles que poco a poco cobraban forma y tono. Pudo llegar a reconocer la voz. Cassian… Su cabeza giraba como si se encontrase en una espiral sin fin y la condujese hacia las profundidades de la tierra misma. No se atrevía a abrir los ojos aún, seguía sintiendo el abrazo de su padre, su calor, su presencia… pero sin embargo el olor no era el suyo. En ese entonces abrió los ojos y pudo ver a Cassian, estaba llorando, y Morrigan le abrazaba. - ¿Q-quién ha estado bailando sobre mi pecho?- Alcanzó a decir con la voz ronca, apagada y débil. Ambos abrieron en ese instante los ojos con fuerza, y la sorpresa invadió sus rostros. -¿¡Eileen!? - Exclamaron prácticamente al unísono, incrédulos. - Eso creo… -Torció el gesto y apretó los dientes, sentía un dolor intenso e indescriptible en todo su cuerpo a causa de las heridas provocadas y las acciones de Cassian. Aún así pudo alcanzar a ver como algunas habían sido tapadas con trozos de tela empapados ahora en sangre. - Eres… eres… -Cassian negó y se mordió el labio con fuerza, tanta que casi parecía que se lo iba a arrancar- No vuelvas a hacerme esto. Nunca.- Más que una reprimenda sonaba como una súplica. - Yo también me alegro de verte.- Masculló, dolorida.- Espera…- Afiló la mirada y los observó a ambos.- ¿Alguno me ha llamado cabrona egoísta? Morrigan no pudo evitar sonreír una pizca y señalar a Cassian desde su espalda. - Eso es lo de menos.- Respondió él, con una leve risa nerviosa mientras comprobaba y ajustaba las telas que le cubrían las heridas.- Hay que vendar las heridas en condiciones y llevarte a algún lugar seguro. A lo que Eileen no puso pega alguna. Descendió la mirada un instante y se observó el anillo de su padre. Casi pareciera en ese momento que un último brillo, fugaz, abandonaba la gema engarzada a el. - Llevadme a casa…-Dijo entonces.
  14. AY DIOS, me encanta *-* Muchas gracias

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