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  1. //Bien antes de nada, este es un libro que comenzaria a escribir el padre de Magnus Piconegro, pero al ser asesinado lo iria terminando y editando su hijo, realmente es un libro que onrol solo podrian leer miembros del ejercito de forjaz, pero prefiero hacerlo públicamente para que la gente me pueda enviar mp ideas o corregirme fallos aparte de poder disfrutar entre todos de una guía de materia militar//. CAPITULOS: CAPÍTULO 1: PROLOGO CAPÍTULO 2: ORGANIZACIÓN MILITAR CAPÍTULO 3: UNIDADES MILITARES CAPÍTULO 4: ARMAS, ARMADURAS CAPÍTULO 5: TÁCTICA, ESTRATEGÍA, LOGISTICA Y MORAL CAPÍTULO 6: MANIOBRAS Y CONSEJOS.
  2. Nueva Novela Anunciada- "Crímenes de Guerra" El brutal Asedio de Orgrimmar ha terminado. Garrosh Grito Infernal, el más infame orco en Azeroth, aguarda encadenado. Su tiránico liderazgo de la Horda ha sido terminado por sus muchos enemigos, y debe responder por sus crímenes. Renombrados líderes de todo el mundo se reúnen en Pandaria para ser testigos del juicio a Garroh. Visiones de sus atrocidades pasadas son presentadas en vívido detalle para que vean todos. Pero a medida que la historia se revisa, viejas asperezas y agrios recuerdos salen a la luz, y aquellos presentes comienzan a preguntarse si alguno de entre ellos es verdaderamente inocente. Tensiones crecientes y enemistades en alza ponen a la corte al borde del caos... al tiempo que el mundo espera con gran expectación el veredicto por los crímenes de guerra de Garrosh Grito Infernal. A continuación, la traducción de la exclusiva entrevista realizada por WoW Insider a la autora de la novela, Christie Golden. ¡Nos preguntábamos cuándo veríamos tu próxima novela! Cuéntanos un poco de Crímenes de Guerra. Estoy muy alegre de poder al fin hablar, ¡porque he estado tan ansiosa sobre el libro! He trabajado en él desde marzo: entonces salió el tema y comenzamos a plantear ideas para el mismo. Es tan... lo que más me emociona es que es una novela bastante arriesgada por parte de Blizzard. Básicamente vamos a ver un tribunal de crímenes de guerra, y también intrigas de corte y un "quién es quién" en Azeroth. Todos tienen su momento bajo el reflector. Y también veremos los momentos destacados de Warcraft... de Azeroth, los importantes sucesos históricos, en retrospectiva. Como parte de la historia, la fiscalía y la defensa presentan sus casos, y somos capaces de ver los verdaderos incidentes. Llevaste a Garrosh por el camino del mal en Mareas de Guerra... ¿cómo es el Garrosh de Crímenes de Guerra? ¡Bueno, tú sabes, ése es el gran misterio de la narración! Lo divertido de todo esto es que Garrosh es el sometido a juicio, pero todo se presente desde la perspectiva de los otros sobre él, sobre cómo piensan que es él y sobre qué creen que es él. ¿Entonces no se cuenta parte de la historia desde el punto de vista de Garrosh? Al principio, en el prólogo, Garrosh tiene un sueño. Pero aparte de ello, he cuidado de no meterme en su cabeza. Porque deseaba... ya sabes, ésto es como la recompensa por haber tratado con él toda esta expansión y en la novela "Devastación", y para analizar qué piensan y qué sienten los demás sobre él, sobre ellos mismos y sobre todo lo que pasó. Y es un poco engañoso, porque puedes pensar: "Oh, es todo sobre Garrosh"; cuando él es más bien un espejo de todo lo que les sucede a los demás. Suena como si este libro mostrará un reparto enorme de personajes... ¿A quiénes podemos esperar? Probablemente sería más fácil decir quién NO será visto, ¡porque sólo muy pocos no aparecen! Para dejarlo en claro, todos los líderes de facción se reunirán en un único lugar. Así que por supuesto veremos a Garrosh, Thrall, Aggra, Vol'jin, Baine y... veremos mucho de Sylvanas. Ella tiene una importante línea argumental secundaria esencial para su desarrollo como personaje. Acabas de hacer a mucha gente feliz. Sabes, sobre eso se trataba: cuando estábamos haciendo una tormenta de ideas, ¡una de las mías fue traerla para esta trama particular que no revelará! Y la tuve en cuenta, porque siempre me lo piden: "¿Cuándo escribirás a Sylvanas?" Tengo mi camiseta de Sylvanas puesta y todos: "¿Cuándo contarás su historia?" (risas) Así que ahora puedo decir que veremos mucho de ella y nos meteremos dentro de su cabeza de seguro. Veremos a Anduin -veremos mucho de él-, también a Varian y también a Tyrande en profundidad. El primer capítulo se trata de establecer el contexto de cómo este proceso judicial se desarrollará. No usaremos los términos específicos, pero: hay una parte acusadora y una parte defensora. Y cada facción debe seleccionar a alguien. Como resultado de una bien planeada manipulación, el pobre Baine debe encargarse de defender a Garrosh Grito Infernal, porque es el único en el que todos confían en que hará lo correcto y proveerá una justa defensa. Y el fiscal no será Varian, sino que será Tyrande. Algo que tiene mucho sentido, después de todo lo que pasó en Vallefresno. ¡Exacto! Vamos a ver mucho sobre ella, algo que no había pasado recientemente. Fue muy divertido para mí, porque tuve la oportunidad de escribir a todos esos personajes que no había tenido la oportunidad de tratar demasiado, incluso aún como pequeños cameos: ver sus historias y hacer cosas con ellos. Como dije, este libro busca mostrar quién es quién en Azeroth, así que hemos reunido a todos, y me refiero a todos. Pido disculpas a los fans de Lor'themar: él está ahí, pero los personajes en los que decidimos enfocarnos fueron esos que tienen una conexión real con Garrosh. Una conexión particularmente fuerte: quizás un incidente, un desaire, una herida personal. Así que quisimos centrarnos en cómo se siente la gente que más conexión tiene con Garrosh. Pero todos están ahí: todos. La novelización de un juicio tribunalicio no suena como algo con mucha acción. ¿Hay cosas que den un poco de variedad? Una de las cosas geniales que haremos es usar las habilidades del Vuelo Bronce para literalmente volver atrás en el tiempo a los fines de una muestra, para ver los eventos reales, los grandes momentos: así lo harán el jurado y todos aquellos reunido para ser testigos del juicio. Así es como tendremos un poco de acción, visitando los sucesos decisivos de la historia, particularmente los que tienen que ver con Garrosh. Así que no puede haber mentiras, ni testigos diciendo algo falso: esto que veremos es la absoluta verdad y es exactamente lo que pasó. Estos momentos realmente importantes serán geniales para aquellos que recién comienzan en la franquicia: muchos sacarán ventaja de este "Volvamos a los '90", y les permitirá entender el gran trasfondo de todo pues experimentarán esto y aquellos y porqué todo tiene su importancia. ¿Servirá para guiarnos a Warlords of Draenor, como lo fueron Mareas de Guerra y Devastación? Es más que un puente: nos llevará de un lugar a otro. Thrall ha recorrido un largo camino en los últimos años. ¿Crees que siente culpa por apuntar a Garrosh en su rol? Thrall testificará. Es todo lo que diré. Jaina ha tenido una etapa muy complicada y una transición muy brusca como personaje en Mareas de Guerra, así como en Mists. ¿Cómo es Jaina hoy en día? Es un personaje muy importante. Veremos mucho de ella y desde su punto de vista. Y además, (voy a deciros un datito jugoso) las cosas no están tan bien entre ella y Kalecgos. Hay problemas en el "paraíso dragón azul". (Risas). Y sí, con todas las cosas que ha pasado... para mí, ella es como un guerrero, tú sabes: bloquea este golpe, luego aquel y todos, pero que sigue recibiendo más y comienza a cansarse. Está siendo muy "golpeada", pero recibirá un poco de "amor" de parte mía y será desarrollada como personaje. Sé que Anduin ha sido algo así como tu creación, dado que tú le diste trasfondo y lo desarrollaste... y sufrió un seria paliza por parte de Garrosh durante esta expansión. ¿Cómo crees que eso afecto el aparentemente eterno optimismo del personaje? Anduin es otro personaje principal, que se mostrará prominentemente. Y como dije, Garrosh es un espejo y no veremos mucho de él, y aunque sigue siendo considerado, sólo veremos los efectos de sus actos. Veremos el detrito que quedó como consecuencia. Y Anduin... sí, ha tenido mucho en qué pensar. Es decir, ¿cuál es su camino ahora? ¿Cómo se siente realmente cuando es presionado? Así que tendrá su desarrollo, buscando su camino, casi como un desafío. ¿Sabes cuando veremos el libro en las estanterías? Ahora mismo, sólo sabemos que será el año próximo. ¡Pero nos enteraremos pronto! Muchas gracias por charlar con nosotros, Christie... ¡estaremos esperando que Crímenes de Guerra sea publicado!
  3. Publicado en General - Varios por Blosc , el Miércoles 19/2/2014 - 12:30 Hemos analizado los acontecimientos que rodean a la Alianza y a la Horda en el tiempo que va de la Segunda a la Tercera Guerra. Pero nos falta una última facción por ver: los muertos vivientes. La invasión de la Plaga no ocurrió de un día para otro: necesitó de varios años de preparación por parte del Rey Exánime antes de lanzarse contra los reinos humanos del norte. Así pues, en esta última entrega de esta etapa de paz nos centraremos en los hechos que llevaron definitivamente a la Tercera Guerra. La conquista de Rasganorte El chamán orco Ner'zhul fue finalmente capturado por Kil'jaeden y torturado por su traición. El demonio disfrutó destruyendo el cuerpo del orco, siempre manteniendo el alma intacta. Pasado el tiempo, Kil'jaeden hizo lo que mejor sabía: urdir un elaborado plan para atacar otro mundo. No habiendo olvidado lo que ocurrió en el mundo de Azeroth y la derrota que allí sufrió la Legión hacía ya casi diez mil años, se procedería a una segunda invasión. Para asegurarse de que esta vez iba a ser un éxito, Kil'jaeden planeó debilitar a las razas que pudieran hacerles frente antes de que la verdadera invasión empezara. De esta manera, introdujo el alma de Ner'zhul en una armadura y lo encerró en un boque de hielo. Después, envió a la nueva criatura a Azeroth, estrellándose en el helado y poco poblado continente de Rasganorte. Sabiendo que ya le había traicionado una vez, las precauciones de Kil'jaeden con Ner'zhul no se limitaron a su prisión. Junto con él, envió a algunos Señores del Terror, como Mal'Ganis, para que garantizaran que el orco no volviera a actuar por su cuenta. Ner'zhul pudo comprobar que ahora tenía nuevos y muy superiores poderes que cuando estaba en su antiguo cuerpo; sin embargo, seguía limitado por su prisión. Desde el principio, tuvo claro que encontraría la forma de liberarse de sus señores demoníacos e hizo uso de sus nuevas facultades para localizar a un recipiente, un cuerpo mortal, acorde a sus exigencias. A pesar de que el Príncipe Arthas era todavía joven, Ner'zhul consideró que era lo que buscaba y preparó una estrategia para hacerse con él. Pero primero iba a tener que conseguir un ejército, pues a pesar de sus grandes poderes, no iba a ser capaz de enfrentarse él sólo a toda la Alianza. Otra de sus nuevas habilidades eran propias de un nigromante: podía levantar algunos cadáveres no muy lejos de Corona de Hielo, el lugar en el que había impactado. Con ellos, se hizo con un pequeño poblado humano y procedió a resucitar a todos los muertos. Día a día y a medida que crecían sus efectivos lo hacían también sus poderes mentales. Si iba a conquistar Rasganorte, primero debería eliminar a al menos uno de los dos Imperios que lo poblaban: los nerubianos y los trols. Los nerubianos estaban mucho más cerca y fueron los que primero opusieron resistencia. Ner'zhul casi habría perdido la guerra -y la vida- a causa de la resistencia innata de esta raza de insectos a ser resucitados. Por suerte, sí podían levantar sus cadáveres mediante nigromancia. Poco a poco, las tropas no-muertas se impusieron en la que se ha denominado Guerra de la Araña. Al final, incluso el último de los reyes de los nerubianos, Anub'arak, cayó ante las tropas de la Plaga y fue resucitado como elmayordomo de Ner'zhul. Los que todavía vivían empezaron a excavar más profundo, tratando de huir de la muerte. Sin embargo, despertaron a un antiguo mal que dormía bajo la tierra helada de Rasganorte y los Ignotos empezaron a emerger de las profundidades. Atrapado entre dos frentes, el reino de Azjol'Nerub, uno de los más antiguos del planeta, cayó. La Guerra de la Araña finalizó y todos los cadáveres de las arañas fueron resucitados para servir en la muerte a Ner'zhul. Además de nuevas tropas, el señor de los muertos hizo incorporar la arquitectura nerubiana en sus futuras construcciones, como por ejemplo Naxxramas. No obstante, las arañas habían despertado a los Ignotos; era un enemigo muy igualado, pues ninguno de los dos podía controlar mentalmente al otro. Por suerte, los servidores de los Dioses Antiguos preferiblemente permanecieron bajo tierra la mayor parte del tiempo y no resultaron ser una amenaza potencial para la Plaga. En cuanto al otro de los Imperios de Rasganorte, el de los trols Drakkari, inexplicablemente fue ignorado: no se tiene conocimiento de un asalto a sus tierras hasta que la Alianza y la Horda invaden el continente. Con la caída de Azjol'Nerub, se dio la zona por conquistada y tampoco se intentó asaltar las tierras más sureñas y costeras, en las que los dragones tenían sus santuarios más sagrados. En vez de eso, se iniciaron los preparativos para el ataque a Lordaeron. El culto de los malditos Para hacer todavía más fácil la invasión, se buscó entre los humanos aquellos que podrían servirle voluntariamente a cambio de promesas de poder. Seguramente ignoraban donde se estaban metiendo y después ya era demasiado tarde. Es el caso de Kel'thuzad, uno de los magos del Kirin Tor, miembro del Consejo de los Seis y poseedor de gran riqueza material. Kel'thuzad fue engañado por Ner'zhul mediante susurros para que practicara un nuevo tipo de magia: la nigromancia. Bajo promesas de un mayor poder, el mago empezó sus experimentos en secreto, aunque finalmente fue descubierto, así como todas sus pruebas, por el Kirin Tor. No queriendo renunciar a sus prácticas, prohibidas por la sociedad de magos, Kel'thuzad abandonó el Kirin Tor y renunció a su posición. Sus intenciones no eran tan malvadas, pues consideraba que como magos y protectores del reino, debían estudiar todo tipo de magia; los brujos orcos habían sorprendido a la humanidad con un tipo de magia muy superior al suyo y era su deber volverse más fuertes. Antonidas y lo demás no compartían esta visión. Kel'thuzad aprovechó que el Consejo no denunciaría públicamente sus crímenes por temor a la vergüenza que sufriría el Kirin Tor y marchó ileso a Rasganorte para encontrarse con aquél que le susurraba continuamente y convertirse directamente en su aprendiz. Llegó a Corona de Hielo con dificultad y fue bien recibido por Anub'arak, ya advertido de la visita del mago. El antiguo rey nerubiano le enseñó todo Naxxramas. Kel'thuzad se mostró desconfiado por la gran sala de entrenamiento y la gran cantidad de provisiones, pero le restó importancia. Estaba mucho más sorprendido por la capacidad de su nuevo señor de resucitar cuerpos tan grandes como lo de las arañas, sobretodo el enorme Anub'arak, y que encima todavía tuvieran la capacidad intelectual suficiente como para hablar. Sus experimentos con ratas habían sito un fracaso tras otro. Estaba convencido de que allí iba a aprender mucho. Toda su posible felicidad se destruyó en un instante, cuándo Anub'arak le enseñó lo que de verdad planeaba el maestro. Tras resucitar un cuerpo humano y obligarlo a matar a otro delante de sus ojos, Kel'thuzad se tele trasportó lo más lejos que pudo y reflexionó sobre lo que había visto. Todas esas preparaciones que había visto no eran medidas defensivas, se estaban preparando para atacar. No obstante, fue localizado enseguida y entonces supo que no podía huir; era demasiado tarde para él. De los pocos pensamientos que tuvo, fueron el de aparentar servir a Ner'zhul, aprender lo más posible de él y traicionarle en un momento de descuido. Poco después, al conocer directamente a su maestro, éste le doblegó rápidamente. Con facilidad Kel'thuzad yacía en el suelo, sin poder levantarse y sometido a un gran dolor. Ner'zhul le comunicó que no sentía ningún tipo de aprecio hacia los humanos y que pensaba eliminarlos a todos; además, tenía los medios para hacerlo. Con gusto le hizo saber que era imposible traicionarle, pues podía leer la mente de los demás. Kel'thuzad le serviría en vida o lo haría en la muerte. De todas maneras, era más útil vivo, por lo que no le mató. A partir de ese momento, el antiguo mago del Kirin Tor estuvo ligado a la Plaga y fue enviado, junto con Naxxramas, la cual lideraría, a Lordaeron. Durante un tiempo, debía encontrar a otros que voluntariamente ayudarían en su causa. Kel'thuzad sería el fundador del Culto de los Malditos, aquellos que sirven en vida al Rey Exánime (tal y como empezó a llamarle) y también su líder. Permanecieron ocultos hasta que llegó el momento indicado de sembrar el caos entre la humanidad. El plan era simple: debían infectar el grano, la comida principal de la raza humana, mediante magia oscura, de tal manera que al poco tiempo se convirtieran en muertos vivientes. La paz llega a su fin Los orcos, después de destruir Durnholde, llegaron a una especie de acuerdo con los humanos y se establecieron en algún punto al sur de Lordaeron. No obstante, sus días de paz y tranquilidad no iban a durar mucho tiempo. Su Jefe de Guerra, el joven Thrall, era un chamán muy dotado y pudo notar que los elementos estaban inquietos. Estos mismos elementos le animaron a confiar en el extraño profeta que se apareció ante él y le insistió en abandonar este lugar y dirigirse al Oeste. Thrall mandó reunir a todos los jefes de la Horda para no dejar a nadie atrás; sin embargo, los humanos aparecieron nuevamente, ya que las acciones de Thrall iban en contra de la tregua. Por si no fuera suficiente, habían capturado a Grito Infernal y todo su clan; la Horda tuvo que luchar para liberarles. Fue Grommash quien propuso la idea de robar los barcos humanos en su nueva travesía. Así, la Horda abandonaba finalmente Lordaeron y se dirigía al lejano y desconocido Kalimdor. Por otro lado, el Culto de los Malditos renunció a su secretismo y se mostró al mundo. Se empezó a infectar las aldeas de más al norte del reino de Lordaeron, un reino ocupado con un serio problema de orcos que se estaban liberando de los campos de internamiento y asolado por las continuas deudas que arrastraba desde la Segunda Guerra. Lordaeron tardó un tiempo en responder a la llamada de ayuda y para entonces algunas poblaciones pequeñas habían sucumbido por completo a la enfermedad, transformando a sus habitantes en esqueletos o zombis. Los nigromantes del culto experimentaron un sistema para unir diversos cuerpos en uno solo, más grande y fuerte: lo llamaron Abominación y causó estragos entre los soldados humanos. Además, el proceso de abominación causaba grandes daños cerebrales, por lo que la criatura era sumamente manipulable y útil. Finalmente, el reino de Lordaeron entendió que esto iba mucho más allá que una simple epidemia y puso todo su esfuerzo en combatir esta nueva amenaza que ponía en peligro su seguridad. El Rey Terenas y el archimago Antonidas no quisieron escuchar al enigmático Profeta que les advertía al igual que había hecho con Thrall. Creían que ganarían; es más, los orcos habían partido hacía poco, hacia rumbo desconocido. En realidad no importaba, lo esencial era que se habían ido al fin de sus tierras, y podrían centrarse totalmente en este nuevo enemigo. Así, empieza una nueva etapa que se conoce como la Tercera Guerra y que tuvo un impacto a nivel mundial. Fuente: World of Warcraft - WowChakra Fansite Oficial de Wolrd of Warcraft en Español - Con G de Warcraft: Vientos fríos de Guerra
  4. Garrosh Grito Infernal - Corazón de Guerra por Sarah Pine Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF Me decepcionas, Garrosh. Hiciera lo que hiciera, el recuerdo de aquellas palabras no se apagaba. No importaba cuántas veces escuchara los orgullosos vítores de «¡Bienvenido, Señor supremo!» mientras atravesaba El Martillo de Agmar, ni cuánto tiempo permaneció en las ruinas ante la Puerta de Cólera observando las llamas encantadas que todavía ardían allí. Incluso el choque de sus filos contra las bestias o los miembros de la Plaga que se atrevían a enfrentarse a él solo le proporcionaba un alivio temporal. Todas las cálidas salpicaduras de sangre contra su cara no eran capaces de ahogar aquella voz. En el momento en que regresaba al camino escuchaba esas palabras en su mente cada vez que la pata de su gran lobo se posaba sobre la nieve. Quizá fuera la continua presencia del Jefe de Guerra en su flanco lo que hacía que las palabras permanecieran. Thrall había decidido acompañar a Garrosh de vuelta al Bastión Grito de Guerra desde Dalaran. Había dicho que quería ver sus territorios en Rasganorte. Garrosh se sentía como si llevara un carabina, pero también era una oportunidad. Las incursiones de la Horda en Rasganorte no eran precisamente triviales. Seguro que Thrall se había dado cuenta. Seguramente apreciaría todo lo que se había conseguido en ese frente. Garrosh escupió a la espalda de su lobo, Malak, y contra los juncos. El lago Kum’uya quedaba tras ellos, tranquilo como un espejo en el gris cielo de la mañana. Llegarían al Bastión Grito de Guerra a media tarde, o al anochecer si iban despacio. En privado tenía que admitir que estaba ansioso por ver la mirada en los ojos de Thrall cuando llegaran. Por desgracia no podrían admirarlo debidamente mientras se acercaban. En un instante, Garrosh supo que los nerubianos habían vuelto a entrar en la Cantera de Piedra de Poderío. Hizo una mueca. Daba igual lo efectivo que fuera su bloqueo de Azjol-Nerub, los insectos siempre se las arreglaban para encontrar el modo de volver al oeste. Sus espeluznantes chillidos eran inconfundibles, llevados a todos los rincones por el gélido viento de la tundra. —¡Adelante! ¡Atacad! —ordenó Garrosh a los jinetes Kor’kron que les acompañaban, olvidando que, en realidad, él no era el comandante del grupo. Había espoleado a Malak al galope y los había dejado atrás antes de recordar que el decoro dictaba que defiriera en Thrall. Bueno, el decoro no ganaba batallas. La acción, sí—. Más sonidos de la pelea se hicieron audibles mientras se acercaba: gritos de los guardas de batalla, las pesadas explosiones de la artillería y el distintivo sonido de las armas de metal al astillarse contra la quitina nerubiana. Garrosh preparó sus hachas, su pulso acelerándose por la emoción. Cabalgó hacia el borde de la cantera, Malak no perdía el paso. Se deslizaron pared abajo, saltaron sobre las rocas y los andamiajes y, con un grito, Garrosh se lanzó al combate. El nerubiano ante él no le vio venir. El primer golpe de Garrosh le hizo un profundo corte en el tórax y el segundo separó su parte delantera de su cuerpo. El guarda Grito de Guerra que había estado luchando contra él levantó la vista con su hacha lista por encima de su hombro. Garrosh sonrió. —¡Grito Infernal! —gritó el guerrero, a modo de saludo. Se dirigió a los que le rodeaban—. ¡El señor supremo Grito Infernal ha regresado! Garrosh levantó su hacha como respuesta. «¡Derrotadlos!», gritó a sus soldados. «¡Recordad a estas alimañas lo que significa atacar a la Horda! ¡Lok-tar ogar!» La arenga de Garrosh inyectó un fervor renovado en los defensores. Un enorme monstruo con aspecto de escarabajo dominaba el suelo de la cantera y Garrosh azuzó a su lobo para enfrentarse a él. Los lobos orcos estaban entrenados para la batalla al igual que sus jinetes y Malak propinó un profundo mordisco al tarso del nerubiano, desequilibrándolo mientras Garrosh saltaba sobre él. A pesar de lo ventajoso que podía llegar a ser el combate montado, siempre se sentía mejor con los pies sobre la tierra. El nerubiano bufó y lanzó sus miembros delanteros contra su cuello. Garrosh paró el golpe y con un barrido de su hacha envió los extremos cortados a tierra. El insecto caminó hacia atrás y Garrosh prácticamente bailó tras él, moviendo sus hachas con gélida gracia. La sangre cantaba en sus venas, el fervor de la batalla ardía en su pecho. Nunca se le ocurriría pensar en la ironía de que cuando más vivo se sentía era cuando se enfrentaba a la muerte. Garrosh golpeó el tórax del monstruo mientras Malak atacaba a sus piernas para evitar que pudiera conseguir estabilidad. Mientras preparaba el siguiente golpe, un brillante destello seguido de un afilado crujido y el olor de quitina cortada le desorientaron momentáneamente y anunciaron la entrada del Jefe de Guerra Thrall en la batalla. El nerubiano estaba derrotado y no tenía adonde ir. Garrosh sintió una oleada de certeza mientras levantaba el hacha y asestaba el golpe final, partiendo la cabeza del enorme insecto en dos. Con eso, Garrosh sabía que había ganado la batalla. Todo lo que faltaba era que las tropas de Grito de Guerra se encargaran de las tropas de nerubianos que aún se ocultaban en la cantera. Al ver que los guardas tenían dificultades, Thrall levantó el Martillo Maldito, murmurando algo que Garrosh no pudo oír. A la orden del Jefe de Guerra, el viento repentinamente se convirtió en un aullante vendaval de furia y el aire crujió, levantando los pelillos de la parte trasera del cuello de Garrosh. Thrall invocó un rayo de luz cegadora contra el último grupo que quedaba, mientras los soldados se apartaban del camino. La explosión hizo que llovieran trocitos de caparazón sobre las rocas. Garrosh llamó a Malak a su lado y pasó el brazo sobre su grupa, observando a las tropas agradado por su éxito. La lucha había sido rápida, pero satisfactoria. Por desgracia, la Horda había construido su fortaleza en lo alto de una zona muy concurrida del antiguo reino nerubiano, pero los ataques eran cada vez menos frecuentes y él confiaba en que en algún momento cesarían por completo. Sus soldados se volvían más eficientes con cada oportunidad de defensa y las tropas habían aguantado. Las tropas seguirían aguantando. Caminó hacia la rampa en la parte delantera del Bastión Grito de Guerra, donde esperaba el supervisor Razgor cuya espada todavía goteaba icor. —Ya era hora de que aparecieras —dijo secándose el sudor de la frente. Garrosh rio—. —No me perdería la oportunidad de matar algunos insectos tamaño familiar —contestó. Razgor sonrió—. —El Jefe de Guerra Thrall me ha acompañado desde Dalaran —continuó Garrosh—, para inspeccionar nuestras conquistas en Rasganorte. —Mientras hablaba, Thrall ascendió por el camino detrás de Garrosh—. Los ojos de Razgor se abrieron y asintió. Se giró para enfrentarse a la multitud de soldados a su alrededor. —¡Bienvenidos al retorno del señor supremo Grito Infernal! —anunció. Los soldados jalearon y alzaron sus armas—. Y dad la bienvenida —continuó en voz más alta—, a nuestro Jefe de Guerra Thrall, hijo de Durotan! —Todos se giraron casi a la vez y saludaron también, todos los ojos humildemente puestos en Thrall. Razgor dio un paso hacia delante y saludó también—. —Nos honra tu presencia en el Bastión Grito de Guerra, Jefe de Guerra —dijo. Los ojos de Thrall recorrieron las altas paredes de piedra de la fortaleza, a través de las murallas de hierro, por el foso de la cantera en el que acababan de luchar y finalmente se paró en Garrosh, quien le devolvió la mirada—. —Me recuerda a Orgrimmar —dijo Thrall—. Impresionante. —Lo es aún más en el interior —respondió Garrosh—. Te lo enseñaremos. —Estoy seguro de que no me decepcionará —respondió Thrall. Garrosh apretó los dientes al oírlo. * * * * * Orgrimmar. La primera vez que la había visto casi se quedó en el sitio. No hacía mucho que habían dejado atrás el Cañón del Ventajo, surgiendo entre sus altas murallas de arenisca bajo el implacable sol de Durotar. Ante ellos se extendía sin fin la roja explanada y el horizonte se perdía entre el resplandor del calor que distorsionaba la distancia. Aquello no se parecía en nada a las verdes montañas onduladas de Nagrand. —¡Ahí! ¿La ves? —Thrall detuvo su montura y señaló hacia el horizonte al norte. Garrosh se colocó a su altura y entornó los ojos. Tras ellos su cortejo redujo la velocidad y comenzó a dar vueltas-. En la distancia vio una alta puerta, una muralla de columnas de madera afiladas, torres con tejados rojos… No, sus ojos le engañaban. Estaba sorprendido. Orgrimmar no podía ser tan grande. Miró y vio a Thrall observándole intensamente, la más tímida de las sonrisas en su rostro. Era evidente que esperaba ansioso la reacción de Garrosh. Garrosh sintió como ardían sus pómulos. Puede que Garadar no fuera especialmente espectacular, pero él era el cabecilla. Era el hijo de su padre. —Impresionante —gruñó—. Si es tan grande como parece. Thrall rio. «Solo espera», dijo sonriendo. Las puertas no solo eran altas, eran enormes. Los guardas saludaron elaboradamente mientras pasaban, reconociendo al Jefe de Guerra. Garrosh concentró su mirada en el frente y enderezó sus hombros. De pronto sintió la garganta seca. Era el polvo, por supuesto. Thrall había llenado su mente con imágenes de la ciudad durante las semanas de viaje. Garrosh había pensado que sabía razonablemente bien qué esperar. Estaba equivocado. Nada, ni todas las palabras del mundo podrían haberle preparado para lo que vio. Los edificios se alzaban ante él en dos o tres alturas y sus fachadas desaparecían en aireados callejones que recibían sombra de los árboles y las rocas que sobresalían. Si un asentamiento orco la mitad de grande había existido en Draenor, hacía mucho que había sido arrasado o abandonado. Pero Orgrimmar rezumaba vida. En la plaza había docenas y docenas de orcos. Más orcos de los que había visto en años, más de los que pensaba que aún vivían. Era una imagen para la que no podría haberse preparado. Cuando Garrosh no era más que un niño, los clanes se habían consolidado para formar la Horda y habían pasado meses preparándose para lo que se conocería como la Primera Guerra. Años después, tras la Segunda Guerra, la Alianza había invadido a su vez la tierra natal de los orcos y Garrosh había ansiado unirse a las filas de Horda y luchar junto a su padre. Pero su oportunidad pasaba, y en cambio él se encontraba bajo cuarentena en Garadar por culpa de la viruela roja, apenas capaz de caminar, sufriendo por la fiebre de su enfermedad y la vergüenza de su debilidad. Su propio padre había ido a Azeroth sin mirar atrás, para no volver a ver Garadar ni a su hijo. Él, Garrosh Grito Infernal, heredero del clan Grito de Guerra, no había tenido fuerza para ayudar a su gente. La Horda lo había rechazado. Podría haber sido un Mag’har, incorrupto, pero también era indeseado. Finalmente la Horda había caído. Los humanos habían destruido el Portal Oscuro, apresado a los orcos derrotados y las tremendas guerras habían terminado. Los Mag’har estaban completamente solos. Algunos de los orcos de la Horda se habían quedado, seguramente, pero habían evitado Garadar, cautelosos y despreciando a sus enfermos habitantes. La epidemia había seguido su curso, pero la superstición y la amargura eran difíciles de borrar. Los orcos se convirtieron en un pueblo menguante. fragmentados y luchando siempre al borde de la supervivencia. Con el tiempo se había vuelto evidente que la Horda había sufrido verdaderos estragos y sus enemigos habían continuado presionando hasta que la esperanza se había convertido en cenizas y la supervivencia parecía una locura imposible. Aquí, ante él, la Horda no solo había sobrevivido: prosperaba. La plaza estaba abarrotada de orcos. Los mercaderes anunciaban sus objetos, atrayendo a sus clientes potenciales con descuentos. Los niños correteaban entre los puestos, simulando batallas de broma contra un enemigo invisible. Los brutos patrullaban las calles. Garrosh apenas podía creer la escena que veía ante él. Junto a él, Thrall rio. Garrosh le miró. —Es una vista agradable —dijo Thrall—. Garrosh asintió, pero no habló. —Lo verás todo, Garrosh —continuó Thrall. Sonrió ampliamente—. ¡Bienvenido a Orgrimmar! * * * * * En el Bastión Grito de Guerra caminaron por las murallas, treparon a lo alto de las torres y pasearon por las forjas y por la curtiduría. Cuando regresaron a la Gran Sala, Thrall pasó lo que parecieron siglos examinando un enorme mapa táctico de Rasganorte extendido en el suelo. Laboriosamente grabado y bordado en trozos de cuero, detallaba todas las conquistas y frentes conocidos en Rasganorte, amigos y enemigos. Garrosh se fijó especialmente en la intensidad con la que Thrall miraba en el norte la península de Las Cumbres Tormentosas, donde se encontraba Ulduar. La mente de Garrosh se desplazó repentinamente de vuelta a su breve reunión con el Kirin Tor en Dalaran. Defraudas. Apretó los puños hasta que le dolieron los nudillos. —¿Dónde —dijo Thrall repentinamente—, está el frente en Corona de Hielo? —Estudió el mapa, solo había una marca de tiza—. —En la tierra al sudeste —contestó Garrosh—, en manos de la Cruzada Argenta. —Señaló a otro punto del mapa, justo al norte del territorio de la Cruzada—. Enviamos al Martillo de Orgrim aquí. Atacaremos las murallas de Corona de Hielo desde el aire. —Miró a Thrall—. Nuestros exploradores dicen que la Alianza planea hacer lo mismo. Antes de que Thrall pudiera responder, se escuchó otra voz en la sala. —El ataque ya ha comenzado. —Thrall y Garrosh se giraron para mirar al orador—. El alto señor supremo Varok Colmillosauro sostenía un pergamino sellado en su mano mientras caminaba hacia ellos. —Esta misiva ha llegado esta tarde —continuó—. Lleva el sello personal de Korm Marcanegra. —Throm-ka, Varok —dijo Thrall—. —Throm-ka, Jefe de Guerra —respondió—. —Vinimos desde Dalaran pasando por el Martillo de Agmar —le dijo Thrall. Hizo una pausa—. Rendimos homenaje a la Puerta de Cólera. Varok se quedó en silencio. —Siento lo de Dranosh —dijo Thrall—. —Mi hijo murió de forma honorable defendiendo a su gente —respondió Varok, quizá demasiado deprisa—. Su espíritu será vengado cuando derrotemos al Rey Exánime. Thrall asintió. —Aquí está el informe de Marcanegra —continuó Varok, devolviendo su atención al pergamino—. Veamos qué noticias nos llegan del frente. * * * * * Garrosh adoraba Orgrimmar. Adoraba caminar por sus calles, adoraba visitar los mercados, adoraba los establos y las zonas de entrenamiento, y las herrerías y las tiendas. Lo que más le gustaba eran los estandartes que ondeaban al viento en lo alto de los postes repartidos por la ciudad: los estandartes rojos y negros de la Horda. Bajo esas banderas sabía cuál era su lugar. Servía a la Horda, al igual que su padre antes que él. Sin embargo, se encontraba bastante solo a pesar de estar rodeado de su gente. Fuera donde fuera, la gente le miraba. Las noticias de que el hijo de Grom Grito Infernal vivía y que había llegado a Orgrimmar se extendieron deprisa y al principio había dado por hecho que ese tenía que ser el motivo. Pero un día escuchó a un niño pequeño hablando en alto con su madre. —¡Mira ahí! ¡Parece tan raro! —¡Shhh! ¡Calla! —¡Pero su piel! ¡No es verde como la nuestra! ¿Qué orcos no tienen piel verde? Garrosh se giró hacia el niño que había hablado. Todavía le miraba, con los ojos muy abiertos, chupándose un dedo a un lado de la boca. Garrosh le devolvió la mirada y la madre le vio brevemente. Dejó de mirarle y agarró el brazo de su hijo, marchándose apresuradamente. Lentamente, Garrosh desplazó su mirada por la acerca, retando silenciosamente a cualquiera que hubiera oído la conversación a que dijera algo. No, mi piel no es verde, es marrón, decían sus ojos. Soy uno de los Mag’har. Cuando estuvo convencido de que había intimidado adecuadamente a cualquier mirón, se giró y continuó con su camino despacio. Solo había avanzado una corta distancia cuando una mano ligera en su brazo le detuvo. Garrosh se giró sorprendido. —Perdóname, joven, pero puedo explicarlo. Se trataba de un orco anciano, su largo cabello hacía tiempo que se había vuelto plateado, pero todavía lo llevaba trenzado. La cantidad de cicatrices en su cara y brazos dejaban claro que era un experimentado guerrero. Garrosh le miró. —¿Qué tienes que decir, viejo? —Ese niño decía la verdad, pero no lo entiende. —El viejo orco agitó la cabeza—. Garrosh se liberó del contacto. «No me interesa tu explicación», dijo volviendo a girarse para irse. —Yo luché junto a tu padre, Grito Infernal —dijo el guerrero. Garrosh se quedó quieto—. Le seguí desde el saqueo de Shattrath hasta los bosques de Vallefresno. Bebí la sangre de Mannoroth junto a él y sentí la maldición evaporarse tras su sacrificio. —No puedes imaginar lo que significa verte para aquellos como yo. Una vez que la maldición desapareció, fuimos libres de recordar lo que habíamos abandonado y lo que habíamos destruido. Pensábamos que no quedaba nada de lo que había sido nuestra gente una vez. Verte… —se calló y miró a Garrosh de arriba abajo—. Saber que nuestro pasado no se ha perdido del todo… hace que tengamos esperanza en el futuro. —Grom era un gran guerrero. Le seguí hasta el fin de Draenor y más allá. Ahora ya no sirvo para el campo de batalla, pero si pudiera, te seguiría a ti también. Garrosh no podía sentirse más perdido. Miraba al anciano guerrero, incapaz de hablar. Sabía que Thrall había sido un compañero cercano de su padre y Thrall había hablado mucho de Grom. Pero Thrall no había conocido a Grom durante mucho tiempo y había muchas cosas que Garrosh ansiaba oír, aunque era demasiado orgulloso para admitirlo. Quería conocer las historias, las buenas. Había crecido rodeado de las malas. —Harás que tu gente esté orgullosa, Grito Infernal —dijo el orco. Por fin se giró y se marchó, dejando a Garrosh solo en la calle con un montón de pensamientos que no hacían más que irritarle. No podía recordar qué era lo que iba a hacer. Con un bufido eligió una dirección y comenzó a andar. Era mejor que quedarse quieto—. Sus pies le llevaron a la zona este de la ciudad, al Valle del Honor y a la amplia laguna donde se acumulaba el agua del manantial. Se sentó en una roca en la orilla y observó cómo caía el agua desde la roca y salpicaba en el pequeño lago. El flujo constante y la sombra del salto refrescaban el aire y proporcionaban un agradable alivio contra el calor del desierto. El agua era agradable contra su piel. Su piel. Se miró la parte trasera de las manos y vio su exuberante color marrón contra la roca manchada de rojo. Frunció el ceño. ¿Era cierto que los orcos de la Horda de Thrall no recordaban de dónde venían? ¿Realmente su aspecto tenía tanto significado? Un salpicón cercano le hizo levantar la vista. Una joven orco estaba lanzando una red de pesca. Él la miro trabajar ausentemente. Su piel, por supuesto, era verde. Ella se giró para acercarse a la orilla y sus dos ojos se encontraron con el de ella. Un parche cubría el lugar donde debería haber estado su ojo derecho. Para su sorpresa, le miró con el ceño fruncido. —Es divertido, ¿verdad? —le dijo, su voz llena de desprecio mientras su red goteaba agua—, sentarse ahí y mirar cómo forcejeo con unos cuantos peces. Espero que lo disfrutes. Garrosh resopló. «No me importa lo que hagas. Pesca o no como te parezca. Cómpralo en el mercado si no te gusta la labor». —¿Comprarlo? —Echó la cabeza hacia atrás y rio—. ¿Vas a pagarlo tú? ¡Es fácil decirlo, Grito Infernal! Sí, sé quién eres. El volvió a reírse. «Claro que lo sabes. Soy el único Mag’har de Orgrimmar. Si no lo supieras, tendría que faltarte el otro ojo también». —Arrogante igual que tu padre. —Comenzó a recoger su red y a guardarla en un saco de tela burda—. “Eres un insensato, igual que él. Sus palabras hicieron hervir la sangre en las venas de Garrosh. Saltó desde la roca en la que había estado sentado y caminó hacia ella. «Mi padre sacrificó su vida por ti y por el resto de la gente de Thrall. Creo que gracias a él estás libre de la maldición de sangre». —¡La maldición existió gracias a él! —replicó ella—. ¡Y yo no formo parte de la gente del Jefe de Guerra! ¡Soy una hija de la Horda, al igual que mis padres antes que yo, pero mi deber no va más allá! Sus palabras enfurecieron a Garrosh. «¿Dices que no tienes deber? ¿Dices que no formas parte de la gente del Jefe de Guerra? ¿Mientras estás en esta ciudad? ¿Dónde podemos vivir libres en nuestro espacio sin miedo a que nos aniquilen? ¿Dónde tenemos todo lo que necesitamos?» —¡Ja! —gruñó ella—. Deja que te pregunte esto, Grito Infernal: ¿es que realmente no has visto esta ciudad? Sí, el mercado está lleno. ¿Pero de dónde viene eso? ¿Dónde están las granjas en Durotar? Garrosh entornó los ojos. Sabía que había algunas en las afueras de Orgrimmar, pero la mayoría solo criaban cerdos y no proporcionaban cosechas de grano ni fruta. —¡Exacto! —continuó—. No hay ninguna. Todo lo que tenemos se trae desde kilómetros de distancia. —Miró hacia la bolsa en la que guardaba su red—. O de lo que podemos arrebatar al desierto. Y en lo referente a seguridad —rio—, la Alianza se adentra más en nuestra tierra cada día. ¡Si es que puede llamar a este pedrusco rojo tierra! Al norte se encuentra el bosque de Vallefresno, lleno de todo lo que podríamos necesitar, pero ¿nos asentamos allí? ¡No! ¡En cambio vivimos en un desierto! Así que, dime, Grito Infernal, ¿por qué el buen Jefe de Guerra que ama a su gente nos condenaría a este baldío cuando en lo alto del río hay más recompensas? O está corrupto o es un incompetente o ambas, y tu pareces encajar en eso. Esa había sido la gota que colmaba el vaso. —¡Traición! —gritó Garrosh. Dio un paso amenazador contra ella—. ¡Osas insultar al Jefe de Guerra! ¡Cierra la boca, traidora, o te la cerraré yo! —Adelante y… —comenzó ella, apretando los puños, preparándose para el golpe—. —¡No! ¡Krenna! —gritó una voz nueva. Garrosh miró, otra orco corría hacia ellos—. —¡Krenna, cierra la boca! —continuó interponiéndose entre ellos—. La del parche en el ojo, Krenna, miró a la persona que se dirigía a ella, después bufó y se retiró. —Entonces me iré. Gorgonna. —Se echó la bolsa sobre el hombro y se fue sin decirles nada más. Garrosh fue a seguirla, pero Gorgonna se giró inmediatamente y le agarró el brazo—. —Por favor, detente —dijo—. Disculpa a mi hermana. No siente lo que dice. —Será mejor que no —gruñó Garrosh. Gorgonna suspiró, soltándole—. —Nosotras pasamos nuestra niñez en los campos de internamiento tras la Segunda Guerra. Está agradecida de que el Jefe de Guerra nos liberara, pero… —dudó y después añadió en voz baja—: Cree que no hace lo suficiente. —¿Y tú? —preguntó Garrosh. Gorgonna miró hacia el camino que había tomado Krenna y no habló inmediatamente—. —Nuestros padres lucharon en las guerras —dijo lentamente—. Bebieron la sangre de Mannoroth al igual que tu padre y compartieron su maldición. Cometieron actos terribles en nombre de la Horda. Atacaron y asesinaron a gente inocente. Garrosh se erizó. Su padre no era un asesino. «¡Hicieron lo que creían necesario! ¿Profanas el nombre de tu propia sangre?» —¡No te equivoques, yo honro la memoria de mis padres! —gritó ella—. Pero se equivocaban en lo que creían. ¡Todos los orcos se equivocaban! Debemos sufrir por ello. El Jefe de Guerra lo entiende y yo también. Mi hermana no. —Eso es ridículo. ¡Nunca luchaste en las guerras! Has dicho que estuvisteis en los campos de internamiento. ¿Es que no es suficiente castigo? ¿Por qué deberíais sufrir más? —De todas formas llevo la marca —dijo levantando las manos, verdes como las de su hermana y como las de todos los orcos de Orgrimmar menos él—. Recojo los frutos que sembraron. ¿Acaso no todo tiene un precio? —¿Y quién decide el precio? —preguntó Garrosh. Su actitud le enfadaba. ¿Es que no tenía orgullo?— ¿Quién podría tener el derecho de tomar esa decisión? —Pagaré lo que pida el Jefe de Guerra —respondió ella—. —Thrall nunca sería tan poco razonable. No le debemos nada a nadie. Gorgonna le miro durante un momento y, de repente, se rió de forma tan amarga como lo había hecho su hermana. «Claro que no», dijo. «Tú no le debes nada a nadie, Mag’har. Pero nosotras no somos tú». * * * * * —Esto es una atrocidad —dijo Thrall. Caminaba inquieto por la sala—. No puedo creer que el atracador del cielo apruebe una cosa así. Varok estaba sentado en la mesa, las páginas del informe de Marcanegra esparcidas ante él. Al otro lado de la habitación, Garrosh cogió unas cuantas fichas pintadas de azul que representaban a la Alianza, unas cuantas pintadas de rojo que representaban a la Horda y unas cuantas pintadas con calaveras que representaban a la Plaga. Las echó todas sobre el mapa de Corona de Hielo, al sur de Mord’rethar, en el Portón de la Muerte de la Ciudadela de la Corona de Hielo. Con un trozo de carbón dibujo una gran X sobre el retorcido cuero. El informe había dado un nombre a esta región: El Frente Roto. La Alianza había intentado conquistar Mord’rethar, pero una patrulla de la Horda había visto al regimiento y había conseguido evitar el asalto… atacándoles desde detrás. Atrapados entre la Plaga por delante y la Horda por detrás, las tropas de la Alianza habían fallecido, pero también lo habían hecho las de la Horda. También la Plaga había sufrido pérdidas, pero el Portón continuaba bajo el control del Rey Exánime. Las tropas de Marcanegra habían esperado deliberadamente hasta que los soldados de la Alianza estuvieron en combate y después los asesinaron. La cara de Thrall se contorsionaba mientras leía las palabras del atracador del cielo: «Aunque les ha costado la vida, su desinteresado valor evitó que la Alianza capturara un punto estratégico. ¡Ese valor es digno de auténticos guerreros de la Horda!» —Desinteresado valor. Valor digno de la Horda. —Thrall casi escupió las palabras—. Y la Plaga aún controla el Portón de la Muerte. ¿Es eso lo que quiere? ¿Es esto lo que consideramos gloria? Garrosh se mantuvo atípicamente callado, mirando las fichas de madera sobre el mapa. Casi podía sentir los ojos de Varok clavándose en su espalda y los de Thrall pronto caerían sobre él también. Era bueno que la Alianza no controlara Mord’rethar, Garrosh estaba seguro de eso. Pero continuaba observando los pequeños marcadores de madera y, entrada la noche, mucho después de que los demás comandantes se hubieran retirado a dormir, Garrosh volvió a leer la carta de Marcanegra. —¡Ese valor es digno de auténticos guerreros de la Horda! Llamó a un mensajero. «Ve a buscar al atracador del cielo Korm Marcanegra en el Martillo de Orgrim», dijo entregándole un pergamino. «Debe regresar al Bastión Grito de Guerra inmediatamente. Dile que el señor supremo Grito Infernal quiere verle». * * * * * Garrosh pensaba que lo que Gorgonna había dicho junto al lago era absurdo. Su propio padre había sido el primero en beber la sangre de Mannoroth, eso lo sabía, por los ancestros que lo sabía, nadie le dejaría olvidarlo, pero, a cambio, Grom había matado a Mannoroth poniendo fin a la maldición a costa de su propia vida. Su deuda fue pagada en sangre. ¿Qué más podían pedir? Lo que de verdad le fastidiaba eran las palabras de Krenna. Le fastidiaban cuando los elfos de la noche asaltaban las caravanas de madera de Vallefresno. Le fastidiaban cuando los soldados del Fuerte de Tiragarde robaban en Cerrotajo. Le fastidiaban cuando los enanos de Bael Modan y los humanos del Fuerte del Norte se negaban a abandonar el territorio de la Horda que habían usurpado. Ninguna de esas cosas estaba ocurriendo por primera vez. Era cierto que había habido enfrentamientos y muchas de las avanzadas habían actuado en defensa propia. Garrosh ansiaba viajar y prestarles su apoyo. Estaría encantado de luchar para asegurarlas. Le encantaría enseñar a la Alianza a dejarles tranquilos, a dejarles coger lo que necesitaban para sobrevivir. Al contrario que Garadar, Orgrimmar tenía la fuerza y los números para defenderse. Bueno, las habría tenido si las tropas orcas no estuvieran enredadas en Molino Tarren, ayudando a los Renegados (una gente con un nombre muy apropiado, en opinión de Garrosh). Garrosh no alcanzaba a comprender qué veía Thrall en ellos. Todavía más orcos habían sido enviados a Quel’Thalas. Las propias interacciones de Garrosh con los elfos en Orgrimmar le habían hecho preguntarse por qué la Horda debería preocuparse por ellos. Su respeto parecía flaquear. Y los trols. Garrosh apenas podía soportar pensar en ellos. Recluta tras recluta era enviado a ayudarles a reclamar su territorio en el sur y, de algún modo, todos los intentos fracasaban. Por lo visto esto llevaba pasando años. ¿Qué clase de gente no podía derrotar ni a un solo médico brujo? ¿Iba a ser necesaria una invasión a gran escala, otra distracción para las tropas de la Horda, para reclamar unas cuantas miserables islas? Cuanto más pensaba Garrosh en ello, más ardía su rabia. Con cada día que pasaba lo que había dicho Krenna llamaba a su conciencia. La impaciencia de Garrosh aumentaba. Entonces comenzaron los rumores. Desde Trinquete escucharon, a través de Bahía del Botín, que pasaba algo raro con los envíos de grano. La gente comenzó a cuchichear. Los pocos Renegados que habitaban en Orgrimmar avisaron a sus líderes: Está ocurriendo de nuevo. No se equivocaban. Nadie había vivido tiempos como estos. Los amigos se convertían en enemigos, la vida en una muerte que no lo era del todo. No había lugar para las dudas, la piedad, el cuartel. Esto era la peste. Era brujería de una maldad que solo Gul’dan podría haber imaginado, pero hacía mucho que Gul’dan estaba muerto. Garrosh descubrió que era otro el que orquestaba estas atrocidades: un antiguo príncipe de la Alianza. Uno que había sido demasiado ingenuo, demasiado débil y demasiado estúpido para evitar que lo manipularan hasta volverse malo. Ahora hacía que la muerte cayera sobre ellos. Las hachas de Garrosh se habían levantado y vuelto a caer una y otra vez en defensa de Orgrimmar. Protegería a su gente. Entonces, de pronto, pareció detenerse. La extensión de la peste se detuvo. Se encargaron de los últimos infectados, pero Garrosh sabía que eso no era el final. Ni de lejos. El único recurso contra un enemigo tan descarado era la guerra, brutal y despiadada. La deseaba. Guiaría a sus ejércitos para que repartieran la justicia de la Horda. Solo tenía que esperar la orden de Thrall. Llegan informes de todo el mundo. La peste nos ha diezmado y las ciudadelas voladoras envían a sus tropas a profanar nuestras tierras. Pero sigues esperando, Jefe de Guerra. Convocas un consejo cuando deberías llamar a la guerra. Incuso estos… aliados… a los que has aceptado en nuestra Horda se han reunido aquí y lo único que nos dices es que aguantemos. Estamos aguantando, Thrall. Tú estás dudando. —¿Me estás retando, chico? —respondió Thrall en una voz terriblemente calmada—. No tengo tiempo para esto… —se dio la vuelta—. —¿Así que lo rechazas? ¿Es el hijo de Durontan un cobarde? Eso captó la atención de Thrall. Se giró y a Garrosh le agradó ver la furia en sus ojos. —¡Dentro! —gruñó, señalando al Círculo del Valor. Garrosh podría haber cantado—. Te haré actuar. * * * * * En retrospectiva Garrosh sabía que había tenido mucha suerte de que hubieran interrumpido el duelo, aunque preferiría morir a admitirlo. No era un problema. Thrall había recuperado la razón y había dado la orden de ir a Rasganorte, una orden en la que Garrosh había comenzado a trabajar con fervor. Ahora se encontraba en la sala frontal de la ciudadela que había construido, en la tierra que había conquistado, esperando la llegada de Korm Marcanegra. Thrall se había quedado en Rasganorte. Garrosh estaba seguro de que deseaba ser testigo de cómo Garrosh se encargaba del atracador del cielo. ¿Volverás a sentirte decepcionado, Jefe de Guerra? Marcanegra caminaba pesadamente a través de la entrada, mirando alrededor sorprendido por el público. A pesar de la presencia del Jefe de Guerra, se dirigió a Garrosh. «Has solicitado que regrese al Bastión Grito de Guerra, Señor Supremo», dijo. «He honrado esa petición». Garrosh levantó la carta sobre El Frente Roto. «Aquí detallas cómo una de tus patrullas evitó que la Alianza conquistara un punto estratégico en la lucha contra la Plaga». Marcanegra sonrió ampliamente. «¡Un gran trabajo por su parte! ¿No es glorioso?» Garrosh volvió a mirar al informe y, de nuevo, a Marcanegra. «No». Marcanegra levantó las cejas sorprendido. —Un emboscada sobre tropas esperando para luchar es una cosa. ¿Atacar a un regimiento que ya está luchando contra otro desde detrás? ¿Qué será lo próximo que hagas? —preguntó Garrosh—. ¿Infiltrarte en su campamento y envenenar su agua? ¿Esclavizar a uno de sus comandantes con magia y obligarle a asesinar a su tropas mientras duermen? ¿Rociarlos con una enfermedad como los Renegados? ¿Lucharás como ellos? Marcanegra tartamudeó sin encontrar las palabras adecuadas. —No hay más combate que el honorable, Marcanegra. —Garrosh sostuvo el informe frente a su cara y lo arrugó en su mano—. ¿Esto? ¡Esto es el trabajo de un cobarde! ¡No habrá cobardes en mi ejército! —Señor Supremo —tartamudeó Marcanegra—. Si he avergonzado a nuestra causa, abandonaré mi puesto. —¿Admites que eres un cobarde? De nuevo: No habrá cobardes en mi ejército. Demuestra que no eres uno, Marcanegra. Regresa al Martillo de Orgrim y dirige a tus soldados de un modo digno de la Horda. Si fracasas, no querré tu dimisión, si no tu cabeza empalada. Ahora desaparece de mi vista. Garrosh no esperó a ver cómo se marchaba Marcanegra. Salió de la sala dando grandes zancadas y subió las escaleras hasta lo alto de uno de los baluartes del Bastión. Caminó de arriba abajo, con el ceño fruncido. Examinó el estado de las defensas y se fijó en qué habría que reparar y quién era responsable de que estuviera en ese estado. Volvió a caminar junto a la muralla y se sobresaltó cuando Thrall apareció en su camino. «¿Sí, Jefe de Guerra?» Thrall le miró pensativo. A Garrosh no le gustaba la expresión de su cara. —Creo que lo has hecho bien con Marcanegra —dijo Thrall—. Las acciones de sus soldados en El Frente Roto fueron inconcebibles, pero él sigue siendo un comandante fuerte. Nuestro avance en Corona de Hielo sufriría con su pérdida. Has tomado la decisión acertada. Garrosh se abrió paso. «Solo tendrá una oportunidad más. No toleraré que haya tramposos e impostores en mi ejército», respondió. —Ciertamente —le dijo Thrall irónicamente—. Recuerdo algo que alguien me dijo en lo alto de la Torre Violeta no hace demasiadas semanas. ‘Un verdadero Jefe de Guerra nunca se asociaría con cobardes’. Garrosh se paró en seco y se giró lentamente. Escuchar a Thrall repetir sus propias palabras le inquietó. «Yo no soy el Jefe de Guerra», respondió tras un momento. Thrall rio. «Lo sé. Pero esas palabras son ciertas. También dignas de un Señor Supremo». Thrall miró alrededor, observando el Bastión, el mar gris al oeste y la llanura de la tundra que se extendía alrededor de ellos. «Este no es un logro pequeño, Garrosh. Nuestros asentamientos son seguros y el frente de Rasganorte sigue presionando. Luchas junto a tus soldados con valor y te respetan. Deberías estar orgulloso». Garrosh entornó los ojos. —No lamento mi elección de comandante para esta ofensiva —dijo Thrall—. Garrosh parpadeó sorprendido, inseguro de qué decir. Esta reacción era inesperada. Cambiaba el peso de su cuerpo de un pie a otro, incómodo por la sensación del elogio de Thrall, pero no le disgustaba. «Sirvo a la Horda», dijo por fin Garrosh. «Haré lo que sea mejor para ella». —De eso no me cabe ninguna duda —respondió Thrall—. Y me enorgullece decir que lo haces bien. Garrosh volvió a cambiar el peso de pie y miró sobre el hombro de Thrall hacia la pared de enfrente. El estandarte granate de la Horda se agitaba con la leve brisa. —Sin embargo —continuó Thrall—, creo que tu actitud hacia la Alianza es errónea. No podemos ganar esta guerra sin ellos. Garrosh volvió a mirar a los ojos de Thrall. «Mi deber es para con la Horda», respondió, «y solo con la Horda». —Quizá, Garrosh —dijo Thrall—, pero derramar sangre no es la única manera de cumplir ese deber. —¡Bah! Garrosh se giró y apoyó ambas manos contra el parapeto. Tras él podía escuchar las pisadas de Thrall bajando las escaleras. Garrosh miró hacia el nublado cielo. Thrall no comprendía que la Alianza nunca les dejaría en paz. Cruzaría todos los límites, como los enemigos de los orcos en Garadar, hasta que la Horda cediera. La única opción era luchar, echar a los humanos primero. La seguridad de los orcos estaba por encima de todo. No habría ninguna negociación hasta que la Alianza comprendiera aquello. Garrosh no se detendría. Su gente nunca volvería a menguar, no de nuevo. La Horda nunca caería.
  5. La Guerra de los Ancestros Hace aproximadamente 10.000 años el irresponsable uso de la magia por parte de los Bien Nacidos, envió ondas de energía desde el Pozo de la Eternidad a través de la Gran Oscuridad del Más Allá. Las desordenadas ondas de energía fueron percibidas por terribles mentes alienígenas. Sargeras – el Gran Enemigo de toda vida, el Destructor de Mundos – percibió los poderes del Pozo y buscó el distante punto de origen. Espiando el primigenio mundo de Azeroth y sintiendo las energías ilimitadas del Pozo de la Eternidad, Sargeras fue consumido por un insaciable apetito. El gran dios oscuro resolvió destruir el joven mundo y reclaman sus energías para si mismo. Sargeras condujo a su vasta Legión Ardiente e hizo su camino hacia el inocente mundo de Azeroth. La Legión fue conformada por un millón de escandalosos demonios, recogidos de todos los rincones del universo, ansiosos por la conquista. Los tenientes de Sargeras, Archimonde el Profanador y Mannoroth el Destructor, prepararon sus infernales monstruos para el ataque. La Reina Azshara, obcecada por el terrible éxtasis mágico, cayó víctima del imparable poder de Sargeras, y le ofreció abrirle una entrada al mundo. Incluso sus Bien Nacidos, caídos bajo la inevitable corrupción mágica, convirtieron a Sargeras en su dios. Para demostrar su fidelidad a la Legión, los Bien Nacidos convencieron a su reina de abrir un portal mágico en el Pozo de la Eternidad. Una vez que los preparativos estuvieron terminados, Sargeras comenzó su catastrófica invasión sobre Azeroth. El delgado velo que separa la realidad del mundo de las sombras finalmente fue roto. Los guerreros de la Legión Ardiente entraron en el mundo a través del Pozo de la Eternidad y comenzaron el asedio sobre las durmientes ciudades de los elfos nocturnos. Liderados por Archimonde y Mannoroth, la Legión marchó sobre las tierras de Kalimdor, dejando solo desolación y terror a su paso. Los brujos demoníacos Eredar invocaron a los Infernales, unos inmensos gigantes de piedra y fuego verde que cayeron del cielo en forma de meteoros sobre los templos. Una banda de ardientes y sanguinarios asesinos llamada la Guardia de la Perdición, dirigidos por el voraz Azzinoth, marchó sobre las tierras de Kalimdor, acabando con todo a su paso. Jaurías de salvajes Felhounds (sabuesos diabólicos) atacaron salvajemente sin oposición. Aunque los guerreros elfos defendieron su ancestral hogar, se vieron forzados a retroceder, pulgada a pulgada, ante el avance de la Legión. Ante el terrible ataque, Malfurion Stormrage escapó para buscar ayuda para su gente. Su propio hermano gemelo, Illidan Stormrage, aunque no era parte de los Bien Nacidos, practicaba sus artes mágicas. Convenciendo a Illidan de olvidar su peligrosa obsesión, ambos escaparon al bosque para organizar la resistencia. La hermosa y joven sacerdotisa de la luna, Tyrande Whisperwind, se decidió a acompañarles en el nombre de Elune. Ambos hermanos profesaban un amor insaciable por la idealista sacerdotisa, pero el corazón de Tyrande suspiraba solamente por Malfurion. Illidan se sentía resentido por el naciente romance entre su hermano y Tyrande, pero su corazón roto no era nada comparado por el dolor que le producía su adicción a la magia. En efecto, el continuo contacto de Illidan con las magias arcanas del Pozo, lo había corrompido a tal punto de desarrollar en él la temible sed de magia que a su vez consumía a los Bien Nacidos. Illidan creyó que, utilizando las mismas energías malignas de los demonios contra ellos, podría lograr derrotarlos de una vez por todas, por lo cual él y algunos de sus seguidores más cercanos, formaron una secta secreta cuyo objetivo era erradicar a los demonios de Kalimdor. Estos guerreros, conocidos como los Cazadores de Demonios, se sacaban ritualmente los ojos, para de este modo, utilizar toda su energía mágica contra la Legión. Malfurion nunca le perdonaría esto, pero Illidan no combatiría por él: lo haría por amor a Tyrande. Mientras tanto, Cenarius, quien se ocultaba en los sagrados Claros de la Luna en el distante Monte Hyjal, se comprometió a ayudar a los elfos nocturnos buscando a los ancestrales dragones y asegurándose su ayuda. Los dragones, liderados por la grandiosa Alexstrasza la Roja, atacaron desde el aire a los demonios y sus amos infernales. Cenarius mismo llamó a los espíritus de los bosques encantados, reclutando un ejército de Ancestros y Treants, los hombres-árbol, y los guió en un sorpresivo asalto sobre la Legión. Malfurion, Illidan y Tyrande, al mando de las fuerzas de los elfos, organizaron un valiente y feroz contraataque. El ágil y valiente Cazador de Demonios se habría paso a través de las fuerzas de la Legión, destrozando las filas de los demonios, mientras su cuerpo ardía en un incandescente aura mágica de fuego que había creado a su alrededor, dañando todo lo que tocaba. Fue así como se encontró cara a cara con el terrible Azzinoth, capitán de la Guardia de la Perdición, y una gran batalla se entabló entre ambos contendientes. Illidan, utilizando todos los poderes concebidos por su secta, logró derrotar a Azzinoth y se apoderó de sus espadas curvas, las cuales, con el transcurso del tiempo, logró dominar con tal habilidad, que se volvieron un rasgo distintivo de su personalidad y casi eran extensiones de sus brazos. Las fuerzas aliadas a los elfos nocturnos convergieron sobre el templo de Azshara y el Pozo de la Eternidad. Conociendo la fuerza de sus nuevos aliados, Malfurion y sus colegas sabían que la Legión no sería derrotada solamente por la fuerza de las armas. Mientras la titánica batalla alrededor de la ciudad capital aumentaba, Azshara esperaba con ansiedad el arribo de Sargeras. El señor de la Legión preparaba su paso a través del Pozo de la Eternidad y su entrada en el mundo. Conforme su enorme sombra se acercaba a la superficie del Pozo, Azshara guió a los más poderosos de sus Bien Nacidos cerca de la superficie. Solamente enfocando sus poderes mágicos sobre el Pozo podrían abrir un portal lo suficientemente grande para que Sargeras penetrara. Mannoroth el Destructor en persona, el terrible Señor del Foso, General de los Ejércitos de la Legión, guardaba la entrada al Templo de Azshara. Cenarius invocó los altos poderes de los bosques y se enfrentó a Mannoroth, dándoles suficiente tiempo a Malfurion, Tyrande y sus guerreros de penetrar en el templo. Mientras la batalla bramada sobre los ardientes campos de Kalimdor, un terrible evento volcaría la situación. Los detalles de tal evento se han perdido en el tiempo, pero es conocido que Neltharion, el Gran Dragón Negro de la Tierra, se volvió loco durante un crítico ataque de la Legión Ardiente. El empezó a lanzar flamas sin sentido y la ira hizo brotar su lado oscuro. Renombrándose asimismo Ala de la Muerte (Deathwing), el dragón traicionó a sus hermanos y dejó el campo de batalla. La traición sorpresiva de Neltharion fue tan destructiva que sus hermanos nunca se recobraron de ella. Herida y aturdida, Alexstrazsa y los otros nobles dragones se vieron obligados a abandonar a sus aliados mortales. Malfurion y sus compañeros, ahora desesperanzados, temieron no sobrevivir el abandono de sus poderosos aliados. Malfurion, convencido de que el Pozo de la Eternidad era el cordón umbilical que unía a los demonios con el mundo físico, insistía en que debía ser destruido. Sus compañeros elfos, conociendo que el Pozo era la fuente de su inmortalidad y sus poderes, se horrorizaron ante esta noción. Pero Tyrande creía en la teoría de Malfurion, y convenció a Cenarius y sus camaradas de atacar el templo de Azshara y encontrar el modo de destruir el Pozo para bien.
  6. Crónicas de la Guerra en Azeroth La ascensión de Llane y Medivh Yo soy Sir Anduin Lothar, hombre de armas de la Hermandad de los Caballos, y guerrero al servicio del Rey. Siento la necesidad de informarte acerca de los eventos que en este tiempo determinan este conflicto. La historia de nuestra batalla contra los orcos inicia cerca de cuarenta años en el pasado. Debo decirte que lo que vas a escuchar al principio te parecerá incomprensible, por la incomprensión misma de la naturaleza de nuestro enemigo. Como estudiante de la historia y de la guerra, lo único que sé es que entender nuestro pasado es determinante para tomar las decisiones de nuestro futuro. 559 Todo ha sido pacífico por muchas generaciones, y el reinado de Wrynn III es fuerte y próspero. Las constantes revueltas y luchas por el trono que han caracterizado a reyes anteriores no tienen lugar en la corte de Wrynn. El niño mago Medivh ha nacido de la unión del Conjurador de la Corte y una misteriosa viajera. Después de que el niño nació, la mujer desapareció, y el bebé ha sido admitido en la corte como hijo del reino. 564 El niño príncipe Llane ha nacido del Rey Wrynn y Lady Varia. Él es el primero y único hijo de ambos, pero su nacimiento permitirá la continuación de su línea real. Es un gran día para el reino, que se ha celebrado con fiestas y torneos. El Rey Wrynn ha declarado el día festivo para celebrase durante todo su reinado y para marcar la ocasión, le ha dado a cada ciudadano de Azeroth oro sobre su salario. 571 La celebración de la Edad de la Ascensión desde la niñez a la adultez es uno de los mayores acontecimientos de padres e hijos. A Medivh le ha llegado al momento en que se le dé el título de Aprendiz de Conjurador de la Corte. Al acercarse la celebración, el muchacho ha presentado problemas para dormir porque oscuros sueños y figuras aparecen en lo más profundo de sus sueños. Sudando frío, Medivh camina hacia la recámara de su padre. En el momento en que el Conjurador toca su frente buscando la fiebre, un ardiente fuego ha brotado de los ojos del niño. Este haz de luz ha sido observado en la lejana Abadía de Northshire, y un centenar de clérigos ha arribado al castillo. Solamente sus habilidades combinadas con los poderes del Conjurador pudieron contener a Medivh. Como estos poderes son demasiado elevados para él, el muchacho grita en un terrible dolor por las energías que son canalizadas a través suyo. Las horas pasan, quizás incluso días, durante los cuales han luchado para derrotar la furia. Entonces, tan simple como soplar una vela, padre e hijo caen sobre el suelo. El Conjurador yace muerto, drenada su vida, y Medivh ha caído en un profundo sueño – su corazón apenas late, y solamente un leve suspiro escapa de sus labios. Luego de una larga discusión, el Rey y el Abad de Northshire han decidido llevarlo a la Abadía, para seguridad de niño y reino. 577 Llane ha llegado a su Edad de la Ascensión, y el título completo de Príncipe de Azeroth ha sido investido en él. En su ceremonia, decenas de miles de devotos le han deseado soporte y larga vida. Durante la noche con su familia, y cerca del crono, un viento helado ha comenzado a soplar en el aire. Una gentil brisa al principio, crece luego en intensidad, hasta que las puertas del gran salón se han arrancado de sus bases. Tan pronto ha cesado el viento, una figura ha entrado, semejante a un gran cuervo. Las antorchas del gran salón se han reencendido con un halo azul y la figura de Medivh ha sido revelada. Como el se ha colocado en frente de la mesa del Rey, los guardas le han cerrado el paso. Un simple movimiento de su mano los ha detenido, congelados en sus puestos. El hechicero, hecho ahora un hombre, explica que sus años de sueño han finalizado. Los años de constantes oraciones de los clérigos de la Abadía de Northshire le han permitido tener control de sus poderes. Cuando su espíritu y su cuerpo estuvieron a tono, ha despertado, y ha salido hacia la Fortaleza de Stormwind. Medivh explica que ha venido a reparar el daño que le hizo a la corte y ha aprovechado la ocasión de la ceremonia de Ascensión del Príncipe Llane. De una bolsa que cuelga de su cinturón, ha sacado un cristal de obsidiana, con arenas blancas como la nieve. El joven príncipe lo ha mirado de cerca, pero las arenas se encuentran en constante flujo y nunca se acaban. Medivh clama que estas arenas representan al reino, y tanto tiempo como las arenas nunca se acaben, el reino del Rey Wrynn nunca caerá. 583 Seis años han pasado, y la tierra lentamente se ha secado. Los cultivos han muerto en los ricos suelos del reino. Los niños enferman y nunca se recuperan totalmente. Incluso los corazones de las personas de Azeroth se han vuelto oscuros. El invierno ha sido inexplicablemente más frío y más largo, y el sol del verano crea sequías en la tierra y los días son más oscuros de lo usual. Ningún clérigo o mago ha podido explicar cuál ha sido la causa de estos cambios. Más y más personas se sienten descorazonadas, y donde antes había optimismo, ahora solo hay incertidumbre. Durante una oscura mañana, el Príncipe Llane acude al lado de su padre, cargando el cristal de las arenas. Durante la noche, las arenas han corrido hacia abajo, y están casi vacías. El Rey Wrynn toma el cristal entre sus manos. Tan pronto como las últimas arenas caen sobre la base del cristal, un sonido estrepitoso rompe las puertas de la ciudadela de Stormwind. Repentinamente, los salones se han llenado de criaturas horribles. Groseramente deformadas, un cruel reflejo de la humanidad, se lanzan sobre los guardias del Rey y los aniquilan. El rey Wrynn, Llane y lady Varia son escoltados por unos caballeros hacia la Abadía de Northshire, prometiendo que las agresivas bestias serán destruidas. Este día no ha llegado aún. El Reinado del Rey Llane y la invasión orca 584 A la edad de veinte años, Llane ha sido pronunciado rey de Azeroth. Su misión es clara – raer de la tierra a estas criaturas. Los pocos que han sobrevivido a la batalla se refieren a si mismos como orcos. Cuando son interrogados, prefieren la muerte a dar información. Son crueles, sádicos y viles – no hacen distinción entre soldado o niño, guerrero o mujer. Matan a cualquiera que encuentran sin derecho a súplica. Los pocos humanos que no han muerto por la espada orca son tomados como esclavos y llevados al este, donde los orcos han hecho sus campamentos. Qué hacen con estas personas es aún desconocido, pero lo cierto es que ninguno ha vuelto. 93 Cerca de diez años de escaramuzas y luchas a lo largo de las fronteras ha tenido que resistir el pueblo de Azeroth, pero las hordas orcas siempre han sido rechazadas hacia los pantanos. El rey Llane ha descubierto que los orcos, además de increíblemente fuertes y viciosos, no están bien entrenados en combate, y siempre atacan desorganizados. Esta puede ser la llave para derrotarles, y es una debilidad que piensa utilizar en el futuro. El misterio al que ningún clérigo o mago ha podido encontrar respuesta es el origen de estas criaturas. En el décimo año de su reinado, el rey Llane recibe la visita de una viajera misteriosa. Ella ha venido a advertir al Rey que la gran batalla contra su némesis esta cercana. También le dice que la unión entre el Conjurador del Rey y ella tenía la intención de crear un niño al cual ella pudiera transmitir sus conocimientos y poderes para bien. Pero no contaba con que fuerzas de otros mundos tratarían de dominar al niño. Ahora ha descubierto que los poderes que corren por sus venas han enloquecido a su hijo. Estos poderes han aumentado tanto que ni ella misma ha podido derrotarlo. La viajera también informa al Rey Llane que Medivh fue el responsable de la llegada de los orcos a Azeroth. Cuando niño, durante la batalla con su padre, había abierto un portal a un lugar al que los orcos, y muchas otras criaturas, llamaban hogar. Los orcos son discípulos del caos, y ni siquiera Medivh tiene control sobre ellos. Asimismo, la viajera advierte al rey que con el tiempo, Azeroth se verá obligado a luchar contra él y si no logran derrotarlo, ciertamente el mundo sufrirá. Rumores de guerra llegan desde los pantanos. Los ataques sobre nuestros asentamientos, al principio pobremente ejecutados, ahora se han vuelto más organizados. El rey se ha visto en la necesidad de enviar soldados y arqueros a proteger los asentamientos de la Frontera. Rumores del advenimiento de un gran Señor de la Guerra Orco se han expandido por la tierra. Este se ha mostrado como un gran líder y ha unido a los orcos bajo un solo estandarte. Los espías y scouts del rey Llane lo han descrito como astuto y sanguinario. Esta temible criatura tiene por nombre Blackhand el Destructor y su control sobre la Horda orca se ha convertido en una maldición para Azeroth. El rey ha ordenado enlistar nuevos reclutas y entrenarlos en los rudimentos del combate, porque ha llegado el tiempo en que el pueblo de Azeroth deba prepararse para la guerra. Fuente: Chronicles of the War in Azeroth - Wowpedia
  7. El Clan Grito de Guerra recibe su nombre por los sonidos que emiten sus soldados en la batalla y, sobre todo, por el grito increíblemente fuerte de su líder. Era famoso entre los Clanes orcos por ser uno de los más fuertes: los miembros del Clan se especializaron como guerreros en su mayoría. Cuando un Ner’zhul engañado quiso mover los clanes en contra de los Draenei, Grommash se puso de su lado. Incluso lideró el ataque contra la Ciudad de Shattrath. Llegado el momento crucial de beber la sangre de Mannoroth, Grommash se adelantó a Jefe de Guerra Puño Negro y fue el primero. A pesar de su reputación en la batalla, no fueron llamados a participar en la Horda que atacó Azeroth, por lo que no fueron derrotados por los humanos al final de la Segunda Guerra. Pero sí que fueron utilizador por Ner’zhul para recuperar el control del Portal Oscuro (recién reconstruido) y robar alguno de los objetos mágicos que el chamán requería. Pronto se dieron cuenta que los planes de Ner’zhul iban a traer más desgracia a los orcos, por lo que Grommash comandó a todo su clan en un escape de Draenor. Con esfuerzo, atravesaron el Portal Oscuro; Khadgar lo destruyó, y dejó para siempre a este Clan atrapado en Azeroth. Grommash los llevó hasta el territorio de Lordaeron, dónde se escondieron de las patrullas humanas, a las que evitaron durante muchos años. La situación parecía desesperada, pues sus opciones de sobrevivir disminuían con el tiempo. Ellos también sufrieron los efectos secundarios de la energía vil: se volvieron menos agresivos y perdieron la voluntad de luchar. Eso no iba a ser de ayuda. Pero, al fin, llegó su oportunidad. Thrall, que ya había pasado un tiempo entre el Clan Grito de Guerra, de dónde había aprendido sobre la raza orca y que su familia era el Clan Lobo Gélido, regresó con Orgrim Martillo Maldito y con una salida para los Grito de Guerra. Unidos los dos clanes y liderados por el antiguo Jefe de Guerra Orgrim, empezó la liberación de los orcos cautivos y la formación de una nueva Horda. Grommash ya respetaba a Thrall desde que le conoció cuando fue a parar accidentalmente a su guarida, así que no se opuso cuando fue nombrado nuevo Jefe de Guerra a la muerte de Orgrim. También estuvo complacido con la idea de abandonar la tierra de los humanos, partiendo hacia el oeste. Seguramente ya estaba cansado de la humanidad. Nada más llegar a Kalimdor, y separado del resto de la Horda y de Thrall, el Clan Grito de Guerra empezó a sentir sed de sangre por la proximidad de la Legión, aunque ellos todavía lo ignoraban. Para cuando Thrall consigue localizarles, ya están matando humanos. No queriendo arriesgarse a que esto se extienda entre los demás, Thrall manda a todo el Clan Grito de Guerra lejos, a construir una base avanzada en los bosques, zona que más tarde se conocerá como Aserradero Grito de Guerra. La tala sin tregua del bosque de Vallefresno provoca la ira de Cenarius, el semidiós. Como se esperaría de un ancestro, su poder era demasiado para que Grommash y su clan pudieran ganar esa batalla. No obstante, La Legión Ardiente, sabiendo que los orcos por sí solos no podrían derrotar a Cenarius, dejaron un regalo a los orcos para potenciarlos. El Clan Grito de Guerra, arrinconado en su base principal, pronto notó una energía poderosa que provenía del bosque. De nuevo, Grommash fue el primero de los orcos en beber de las aguas corruptas con la sangre de Mannoroth e hizo que todos bebieran. Ahora, con su sed de sangre renovada, ni el ancestro pudo detenerles. “El semidiós ha caído. Los Grito de Guerra son superiores”. Thrall regresó a por los Grito de Guerra con sus nuevos aliados humanos, liderados por Lady Jaina Valiente. Hicieron falta las dos fuerzas para derrotarles al fin. Grommash recobró el sentido y supo lo que había que hacer para salvar a los orcos: matar a Mannoroth. Junto con Thrall, fueron al encuentro del Señor del Foso. Thrall fue rápidamente derrotado, así que le tocó a Grommash acabar el trabajo. Mannoroth murió ese día a sus manos, aunque eso le costó la vida. Thrall mandó construir un monumento en el lugar en el que murió su viejo amigo y lideró al Grito de Guerra desde su posición de Jefe de Guerra. El Clan se quedó sin líder (que sepamos) hasta la llegada de Garrosh Grito Infernal. Pero eso ya es otra historia. Fuente: Historias de Azeroth: Clan Grito de Guerra
  8. [Avances Lore] El nuevo Jefe de Guerra de la Horda Y el nuevo Jefe de Guerra de la Horda es... ¡VOL'JIN! Con la derrota de Garrosh en la nueva Raid por parte de los Clanes <Availed> en Anvilmar (Alianza) y <Apophais> en Shattered Hand-US (Horda), ya tenemos respuesta sobre quién es el nuevo Jefe de Guerra de la Horda y podemos ver las cinemáticas de ambas facciones. Actu 13-09-2013: Actualizada la Cinemática de la Alianza, con audio Castellano. Actu 17-09-2013: Actualizada la Cinemática de la Horda, con audio Castellano. Cinemática Alianza (ES): Cinemática Horda (ES): ¿Qué os parece este final? ¿Creéis que Blizzard podría habernos sorprendido más y haber dado otro giro menos esperado? ¡Opinad!
  9. ¡Muy buenas, Warcrafteros! Mucho se ha hablado respecto a los nuevos avances del Lore en el presente de "Misterios de Pandaria", donde nos encontramos con el Jefe de Guerra de La Horda, Garrosh, con una trayectoria que ha enfurecido a los suyos sobremanera e influenciado por los Sha, provocando que tanto "los suyos" como los miembros de la Alianza, se lancen en su contra para derrocarle. Y una de las preguntas que más se nos vienen a la cabeza con este suceso a la cabeza del protagonismo es... ¿Quién será el nuevo Jefe de Guerra de La Horda? ¿Os animáis a especular? ¿Quién creéis que será? ¡Opinad!
  10. La Guerra del Mar de Dunas por Micky Neilson Léela en el Sitio Oficial El sol de mediodía mantenía su inquebrantable mirada fija sobre la arena de Silithus, convertido en un testigo mudo sobre la multitud de soldados reunida alrededor del Muro del Escarabajo. Continuó su travesía, entre de las masas reunidas bajo él. Era como si el orbe se hubiera detenido para lanzar implacables oleadas de calor hasta que los vastos ejércitos se colapsaran a causa de la exposición. Entre las agitadas formaciones destacaba una solitaria elfa de la noche meditando en silencio. Sus compañeros la miraban admirados; algunos casi con reverencia. Los demás allí reunidos, una selección de representantes de cada raza de todas las regiones del mundo conocido, la escrutaban afectados por sus propios prejuicios raciales. Después de todo, la mortal enemistad entre los elfos de la noche y los trols y tauren se remontaba a años atrás. Sin tener en cuenta sus afiliaciones, todos los que se habían unido a la batalla aquel día compartían el mismo sentimiento hacia la elfa de la noche: respeto. Shiromar era como el sol en el cielo: impasible, inquebrantable y resuelta. Estas cualidades le habían venido bien en los últimos meses, concediéndole la fuerza para continuar cuando todo parecía perdido, cuando la misión parecía interminable y cuando sus compañeros se habían rendido. Habían pasado por el vigilante y las Cavernas del Tiempo; por el dragón de bronce, el Señor de linaje y las colmenas de retorcidos insectos; entonces se encontraron con los fragmentos y sus guardianes, los ancianos dragones, que no estaban dispuestos a ceder fácilmente. Para completar la tarea hubo que recurrir a la coacción, el ingenio y, en ocasiones, a la violencia pura y dura. Y todo aquello por un objeto, el objeto que Shiromar sostenía en sus manos en ese preciso instante: el cetro del Mar de Dunas, al fin reconstruido tras mil años. Al final todos los caminos conducían aquí, a Silithus y a las puertas del Muro del Escarabajo. Al lugar donde el cetro fue destrozado. Shiromar miró hacia el cielo y recordó la época en la que el sol había quedado eclipsado por los dragones, en que los Qiraji y los silítidos caían sobre las legiones de elfos de la noche en oleadas aparentemente interminables, en que la suerte no era más que una sombra. Parecía que nadie fuera a sobrevivir a aquellos terribles meses, pero allí estaba ella, de pie ante la sagrada barrera que había salvado sus vidas tantos años atrás, durante la Guerra del Mar de Dunas… * * * * * Fandral Corzocelada dirigía el ataque junto con su hijo Valstann. Habían elegido el desfiladero para que sus flancos estuvieran protegidos ante el infinito flujo de silítidos. Shiromar estaba cerca, tras la primera línea, lanzando hechizos tan rápido como sus energías se lo permitían. Fandral y Valstann, acompañados por los centinelas, sacerdotisas y vigilantes más endurecidos por la batalla habían conseguido llegar hasta la boca del desfiladero, mientras los druidas lanzaban hechizos y curaban afanosamente. Parecía que cada gran grupo de silítidos que conseguían eliminar era reemplazado por cientos. Así había sido durante los últimos días, desde que habían tenido noticias de la incursión de silítidos y Fandral había llamado a las armas. La sacerdotisa Shiromar y sus compañeras habían recuperado energía suficiente como para invocar simultáneamente la gracia de Elune: observaron mientras una cegadora columna de luz destruía al enjambre que bloqueaba el final del desfiladero. Entonces un sonido grave y vibrante llenó el aire. Uno a uno, los insectos voladores —los Qiraji alados— volaron sobre el borde del desfiladero y atacaron a los druidas que se encontraban en las posiciones de apoyo. Fandral condujo a las primeras líneas desde el desfiladero hasta la arena abierta, pisando montones de cadáveres de silítidos. El aire había cobrado vida con el zumbido de los Qiraji mientras descendían en picado y usaban sus apéndices en forma de garra para atacar. Fandral continuó hacia delante para permitir que las filas de apoyo pudieran dispersarse. Al mirar hacia una cresta distante, Shiromar observó que enjambres de Qiraji terrestres se acercaban por la cresta como hormigas saliendo de su hormiguero. Una monstruosidad gigante apareció, moviendo sus extremidades con forma de garra, acechando sobre todos y gritando órdenes a los soldados-insecto. Entre el parloteo y zumbido de los enjambres, un sonido parecía repetirse en la presencia del guerrero que tenía el control: Rajaxx, Rajaxx… Aunque Shiromar no entendía las comunicaciones de los Qiraji, se preguntó si no sería ése el nombre de la criatura. Al acercarse la siguiente oleada de Qiraji, se escuchó el sonido de un gran cuerno: desde el este y el oeste una multitud de elfos de la noche cargó. Con un grito capaz de helar la sangre de cualquiera, Fandral y Valstann se lanzaron contra el corazón del enjambre, ambos bandos chocaron y se mezclaron uno en el otro cuando las recién llegadas tropas golpearon a ambos lados. Shiromar estaba segura de que habían ganado, pero cuando las sombras fueron creciendo y el día se convirtió en noche, la batalla continuaba. En el centro del encuentro Fandral, Valstann y el general Qiraji luchaban desesperadamente. Evitando con dificultad varios ataques de Qiraji alados, Shiromar miró hacia donde el general luchaba contra padre e hijo. Los números de los Qiraji estaban menguando y el general parecía sentirlo, ya que con un gran salto se apartó, regresando hacia la cresta donde Fandral lo había visto por primera vez. Desde allí desapareció y las pocas criaturas insecto que quedaban fueron rápidamente erradicadas. Aquella noche hicieron turnos de guardia mientras el ejército de los elfos de la noche descansaba. Fandral sabía que la amenaza Qiraji no había sido del todo eliminada y esperaba que la batalla volviera a comenzar por la mañana. A lo largo de la noche, Shiromar sólo pudo dormir en breves periodos, con el estruendo de la batalla resonando en sus oídos, a pesar de que el desierto estaba en calma. Al llegar la mañana, el ejército volvió a formar filas y marchó hacia la cresta donde fueron recibidos por una inquietante tranquilidad. Shiromar miró hacia el horizonte, pero no había rastro alguno de los Qiraji y silítidos. Cuando Fandral se preparó para continuar avanzando, llegó un mensajero con terribles noticias: la Aldea del Viento del Sur estaba siendo atacada. Fandral pensó en enviar las tropas a defender la aldea, pero presintió que aquella acción dejaría una puerta abierta a la invasión de los Qiraji supervivientes. Aún no sabían cuál era el número exacto de insectos o si habían visto todo lo que esta nueva raza tenía para atacarles. Valstann adivinó los pensamientos de su padre y se ofreció a dirigir un destacamento a la aldea para que Fandral pudiera quedarse donde estaba y contener posibles ataques. Desde cerca Shiromar escuchó el resto de la conversación: —Podría ser una trampa —dijo Fandral. —No podemos arriesgarnos, padre —. Respondió Valstann. —Yo iré. Defenderé la ciudad y regresaré victorioso, manteniendo el honor de tu nombre. Fandral asintió de mala gana. —Vuelve vivo y estaré más que satisfecho. Valstann reunió un destacamento y Fandral contempló a su hijo mientras partía. A Shiromar le preocupaba que sus fuerzas estuvieran divididas, pero entendía la necesidad de hacerlo. Durante los siguientes días, Shiromar y los demás lucharon contra una oleada tras otra de silítidos que surgían de las colmenas repartidas por la tierra. Pero seguía sin haber rastro de los Qiraji. Una sensación de temor empezó a crecer en el interior de Shiromar; creía que el hecho de que el Señor de los silítidos no hubiera dado señales de vida durante tanto tiempo era un mal augurio. Le preocupaba el destino de Valstann y en diversos momentos del día, entre la continua carnicería, veía a Fandral mirando silencioso hacia el horizonte, esperando ansiosamente el retorno de su hijo. El tercer día, cuando el sol alcanzó su cenit, aparecieron los Qiraji, más numerosos que antes. Una vez más el zumbido de sus alas de insecto se hizo patente en el aire, y una vez más la interminable multitud apareció en el horizonte. Se desplegaron ante Fandral y los demás como la tenebrosa sombra de una nube que oscurece el sol… y se detuvieron. Y esperaron. Fandral colocó a sus tropas en formación y se mantuvo al frente mientras los cuervos tormentosos volaban a su alrededor en círculo y los druidas en forma de oso arañaban la tierra ansiosos, todos observando con atención. Momentos después, la marea de insectos se abrió y la corpulenta silueta del general Qiraji se acercó, llevando una figura herida en su apéndice con forma de garra. Llegó hasta el frente de las líneas Qiraji y sostuvo a Valstann Corzocelada en lo alto para que todos lo vieran. Se escucharon gritos sofocados entre los soldados. Shiromar sintió cómo su corazón se partía. Fandral permaneció de pie, en silencio… sabía que Viento del Sur había caído y temía que su hijo pudiera estar ya muerto. Se maldijo por haberle permitido partir y permaneció inmovilizado por una mezcla de miedo, ira y desesperación. Entre las garras del general, Valstann se revolvió y habló al general, aunque estaba demasiado lejos como para que se le pudiera oír. Al fin, el hechizo que había caído sobre Fandral se rompió y cargó hacia delante, seguido por el ejército de elfos de la noche, pero la distancia era demasiado grande… y antes de que el general Qiraji actuara, Shiromar sabía que no podrían llegar hasta Valstann a tiempo. El general Qiraji apoyó su segunda garra sobre la silueta ensangrentada de Valstann; apretó y las separó cercenando el cuerpo del joven elfo de la noche por la cintura. Fandral aflojó el paso, vaciló y cayó de rodillas. Los elfos de la noche pasaron a su lado. Cuando los dos ejércitos chocaron, una tormenta de arena llegó desde el este, bloqueando la luz, asfixiando, sofocando. El viento casi detuvo el movimiento de Shiromar. Tapó sus ojos lo mejor que pudo, el bramante viento azotando sus oídos, ahogando los sonidos de la batalla y los gritos de sus compañeros moribundos. Entre el caos vio la turbia y enorme sombra del general Qiraji no muy lejos, tajando y matando entre las líneas de elfos de la noche como un recolector cortando trigo. Entonces escuchó a Fandral, su voz fantasmagórica entre la tormenta, ordenando al ejército que se replegara. Lo que vino después pareció ocurrir muy deprisa, aunque en realidad duró varios días: Fandral guió a las tropas hasta Silithus, a través de los pasos de la montaña y hasta la cuenca del Cráter de Un’Goro. Los ejércitos de Qiraji y silítidos nunca quedaron atrás, matando a todos los que caían fuera de la protección de las fuerzas principales. Pero una vez dentro de Un’Goro algo extraño ocurrió: entre las filas se corrió el rumor de que los Qiraji se habían replegado, justo cuando las tropas atravesaron el borde del cráter. El archidruida reunió a las tropas que quedaban en el centro de la cuenca y ordenó que no cedieran. Al fin los que luchaban, los que huían y los moribundos podrían disfrutar de una tregua. Pero los elfos de la noche habían sufrido una amarga derrota y el gesto de Fandral Corzocelada había cambiado irremediablemente. Shiromar observó mientras Fandral hacía guardia vigilando desde la Cresta del Penacho en Llamas, con el vapor de los respiraderos del volcán alzándose tras él y el brillo naranja de la lava iluminaba su cara, con una mueca que escondía la tristeza más profunda: una pena que sólo los padres que han enterrado a sus hijos conocen. La repentina retirada de los Qiraji desconcertaba a Shiromar. Cuanto más pensaba en ello, más recordaba acerca de las leyendas acerca del Cráter, los rumores de que había sido construido en la edad primordial por los propios dioses. Quizá ellos vigilaran aquella tierra. Quizá sus bendiciones aún ungieran ese lugar. Sin embargo, una cosa era segura: si no se concebía un plan para detener la marea de la raza insecto… Kalimdor se perdería para siempre. La Guerra del Mar de Dunas continuó durante varios largos y agónicos meses. Shiromar consiguió sobrevivir batalla tras batalla, pero los elfos de la noche siempre estaban a la defensiva, siempre inferiores en número y siempre obligados a retroceder. Desesperado, Fandral buscó la ayuda del escurridizo Vuelo de Bronce. Su negativa inicial a interferir fue revocada cuando los descarados Qiraji atacaron las Cavernas del Tiempo, hogar y dominio del Nozdormu, el Atemporal. El heredero de Nozdormu, Anacronos, aceptó alistar al Vuelo de Bronce contra los acechantes Qiraji. Cada elfo de la noche que se encontraba en buenas condiciones físicas se unió a la causa y juntos iniciaron una campaña para retomar Silithus. Pero incluso con el poder de los dragones respaldándoles, la cantidad de Qiraji y silítidos era abrumadora, así que Anacronos invocó a la progenie de los demás Vuelos: Merithra, hija de Ysera el Vuelo Verde; Caelestrasz, hijo de Alexstrasza del Rojo y Arygos, hijo de Malygos del Azul. Los dragones y los Qiraji alados lucharon en el cielo despejado sobre Silithus mientras todas las fuerzas de los elfos de la noche de Kalimdor lo hacían en la tierra. A pesar de ello, parecía que los ejércitos de Qiraji y silítidos fueran interminables. Más tarde, Shiromar escuchó susurros que afirmaban que los dragones que sobrevolaban la antigua ciudad de la que emergían los Qiraji habían visto algo preocupante allí. Algo que apuntaba a que una presencia más antigua y terrorífica se escondía detrás del violento ataque. Quizá fuera esta revelación lo que apresuró a los dragones y a Fandral a concebir su desesperado plan final: contener a los Qiraji dentro de la ciudad y levantar una barrera que los confinara dentro hasta que pudieran elaborar una estratagema más esperanzadora. Con la ayuda de los cuatro Vuelos, comenzó el ataque final a la ciudad. Shiromar avanzaba detrás de Fandral mientras los cadáveres de los Qiraji alados caían del cielo. En lo alto, los dragones estaban eliminando a los soldados-insecto. Como si fueran uno solo, los elfos de la noche y los dragones formaron una muralla andante que forzaba a los Qiraji a retroceder hacia la ciudad de Ahn’Qiraj. Pero, al llegar a las puertas de la ciudad, la situación cambió y eso era todo lo que los ejércitos combinados podían hacer para resistir. Seguir presionando era imposible. Merithra, Caelestrasz y Arygos decidieron adentrarse en la ciudad y contener a los Qiraji durante tiempo suficiente para que Anacronos, Fandral y los demás druidas y sacerdotisas crearan la barrera mágica. Y así los tres dragones y sus compañeros volaron directos hacia las legiones Qiraji, hacia la ciudad, con la esperanza de que su sacrificio no fuera en vano. Fuera de las puertas, Fandral pidió a los druidas que concentraran sus energías mientras Anacronos invocaba la barrera encantada. Más allá de las puertas, los tres dragones sucumbieron ante las abrumadoras fuerzas mientras los Qiraji seguían brotando. Shiromar concentró sus energías e invocó la bendición de Elune mientras la barrera se erigía ante sus ojos: piedra, roca y raíces emergían desde debajo de la arena creando un muro impenetrable. Incluso los soldados alados que intentaban sobrevolarlo se encontraban con un obstáculo invisible que no podían sortear. Los Qiraji que quedaban fuera del muro fueron rápidamente eliminados. Los cadáveres de los Qiraji, elfos de la noche y dragones ensuciaban la ensangrentada arena. Anacronos señaló a un escarabajo que se escabullía entre sus pies. Mientras Shiromar lo observaba, la criatura se quedó quieta, después se aplastó, transformándose en un gong metálico. Las piedras se movieron a una nueva posición cerca del muro, creando el estrado sobre el que el gong fue finalmente colocado. El gran dragón caminó hasta la extremidad cortada de uno de sus compañeros caídos. Sostuvo el apéndice y, tras una serie de encantamientos, la extremidad cambió de forma hasta convertirse en un cetro. El dragón le explicó a Fandral que si alguna vez algún mortal deseaba atravesar la barrera mágica y acceder a la Antigua ciudad, tan solo tendría que golpear el gong con el cetro y las puertas se abrirían. Entonces, entregó el cetro al archidruida. Fandral miró hacia abajo, retorciendo la cara con desdén. —¡No quiero tener nada que ver con Silithus ni con los Qiraji y mucho menos con los malditos dragones! —Y después de decir aquello, Fandral lanzó el objeto contra las puertas mágicas, donde se hizo añicos con una lluvia de fragmentos, y se fue. —¿Destrozarías nuestro vínculo por una cuestión de orgullo? —preguntó el dragón. Fandral se giró. —El alma de mi hijo no encontrará consuelo en esta victoria vacía, dragón. Lo recuperaré. ¡Incluso si tardo milenios, recuperaré a mi hijo! Fandral pasó de largo junto a Shiromar… …quien podía verlo claramente en su mente, como si sólo hubiera pasado un día en vez de mil años. Uno a uno los ejércitos reunidos de Kalimdor la miraron, esperando. Ella se acercó hacia el estrado entre humanos y tauren, gnomos y enanos e incluso trols, razas contra las que su gente había luchado y que ahora se habían unido para acabar con la amenaza de los Qiraji de una vez por todas. Shiromar permaneció ante la base de los escalones y respiró hondo. Subió a lo alto del estrado y dudó durante un solo segundo. Entonces, golpeó fuertemente el cetro contra el antiguo gong.

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