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  1. Antiguos dioses, Orden de Azeroth y Dragones Los Titanes comenzaron pasando de mundo a mundo dando forma y ordenando cada planeta que consideraran oportuno. A lo largo de su viaje sucedió un pequeño mundo, el cual sus habitantes lo nombrarían como Azeroth. Como los Titanes hicieron su camino a través del paisaje primordial, encontraron un número de seres hostiles, los elementales. Estos, que servían a una raza de seres conocidos como los antiguos Dioses, se comprometieron a expulsar a los Titanes y mantener inviolable su mundo de los toques metálicos de los invasores. El ejercito de los Antiguos Dioses estuvieron encabezados por los más poderosos de los tenientes elementales: Ragnaros, Therazane, Al`akir y Neptulon. Sus caóticas fuerzas hicieron estragos en toda la faz del mundo y se enfrentaron a los colosales Titanes. A pesar de que los elementales eran poderosos más allá de la comprensión mortal, sus fuerzas no pudieron detener a los poderosos Titanes y uno por uno los lideres elementales fueron derrotados, desterrados a un plano abisal donde se sostienen el uno con el otro para toda la eternidad. En este punto sus fuerzas sus fuerzas fueron dispersadas. Con los elementales desterrados, la naturaleza tranquila y el mundo asentado en una pacífica armonía los Titanes vieron que la amenaza fue contenida y se pusieron a trabajar. Lo primero que hicieron fue habilitar una serie de razas. Para ayudarles a trazar el insondable mundo cavernoso debajo de la tierra los Titanes crearon el enano como el ser mágico de la tierra, que viven de la piedra. Para ayudarles a levantar la tierra desde el mar los Titanes crearon el inmenso pero suave mar de gigantes. En el centro del continente, elaboraron un lago de energía centelleante al cual llamaron Pozo de la eternidad. Este iba a ser la fuente de la vida para el mundo, los árboles, los monstruos, y criaturas de todo tipo comenzaron a prosperar en el continente primordial. Como el crepúsculo cayó en el último día de sus labores, los Titanes llamaron al continente Kalimdor “Tierra de la Eterna Luz de Estrella”. Convencidos de que el pequeño mundo se había ordenado y que su trabajo se había hecho, los Titanes se disponían a abandonar Azeroth. Sin embargo, antes de que partieran, se encargó la especie más grande del mundo con la tarea de velar por Kalimdor a fin de cualquier amenaza para su perfecta tranquilidad. En esa era había muchos Dragones. Aman'Tul, el Alto Padre del Panteón, otorgó una parte de su energía cósmica a la enorme dragón de bronce, Nozdormu conocido como el atemporal Uno. Guardia del tiempo, de la suerte y del destino. Eonar, el Titán patrón de toda la vida, dio parte de su poder al rojo Leviatán, Alexstrasza que trabajará para salvaguardar todas las criaturas vivientes del mundo. Debido a su suprema sabiduría y compasión por toda la vida fue coronado como el Rey de los dragones y fue dado el dominio sobre su especie. Eonar también otorgo parte de su poder a la hermana menor de Alexstrasza, Ysera dragón verde con influencia en la naturaleza. Ysera cayó en un trance eterno, obligada a despertar el sueño de la Creación. Conocida como la soñadora, guardaba el significado de los sueños. Norgannon, maestro mago, que concederá al dragón azul Malygos, una parte de su gran poder. A partir de entonces Malygos sería conocido como la guardiana de la magia oculta y arcana. Khaz'Goroth, el falsificador del mundo, otorgó parte de su poder al negro Wyrm Neltharion al cual dio el dominio sobre la tierra y los profundos lugares del mundo. Él encarna la fuerza del mundo y sirve como Alexstrasza. Así facultados, los cinco dragones estarían en la defensa del mundo con la ausencia de los Titanes. Con los dragones dispuestos a salvaguardar su creación, los Titanes dejaron atrás Azeroth para siempre. Lamentablemente todos sabemos que solo es cuestión de tiempo antes de que las cosas empiecen a cambiar.
  2. La ordén Esoterica del Lagarto Negro Historia La orden esotérica del Lagarto negro fue fundada aproximadamente en el año 800 antes de la apertura del portal oscuro. Tras el combate de Magna Aegyn con Sargeras se hizo el eco entre poderosos magos del poder de los demonios, la ordén ansiaba poder capturar el poder de poderosos señores demonios para sus propios fines. La ordén fue perseguida al conocerse una serie de experimentos en Dalaran por lo que sus miembros, personas sobre todo de la nobleza y magos descontentos, comenzaron a practicar con diferentes tecnicas para buscar la mejor forma de capturar demonios y aprovechar su poder sin tener problemas colaterales o Secundarios. unas decadas antes de la primera guerra, el nuevo gran maestre Frensil Brightcold, un mago queldorei experto en rituales mágicos prohibidos, ideo una forma para poder canalizar el poder de los demonios en niños pequeños, los cuales parecian ser mas efectivos en los encantamientos para contener y menguar la capacidad de un demonio en su interior, Con los mas poderosos miembros de la ordén planeo realizar estos hechizos en niños pequeños con fuerte relación a miembros de la ordén para ser educados a su gusto y revisados de mas cerca. Lord Brightcold planeo casar a su hija , y emplear el ritual con los vastagos que tuviese, pero los planes le salieron mal cuando la chica denuncio a su padre y escapo perdiendola de vista durante años. Pero durante la primera y la segunda guerra, muchos de sus miembros fueron objetivos del clan cazasombras y el consejo de los malditos ya que la orden se oponia a sus intereses. El Lord entonces consiguo encontrar a uno de sus nietos, aunque este era demasiado mayor para el ritual, pero igualmente descubrio que otro de sus nietos acababa de ser padre y era un objetivo perfecto. Pero jugar con estas cosas le provoco que Brighcold falleciese sin ver cumplido su sueño de dominar un ente demoniaco. La ordén fue dirigida por su nieta, lady Isannia Beltore, pero las rivalidades con otro de los maestros, el Necrarca Doroth (un humano experto en nigromancia cuyo cuerpo estaba lleno de pustulas sangrantes), acabo destruyendo practicamentel o que quedaba de la orden. Miembros Destacados Gran Maestre Frensil Brightcold; (Fallecido) : Gran Maestre de la orden en el ultimo siglo, queldorei, experto en rituales que mezclan brujería y magía. Fallecio combatiendo contra una delegación comandada por Nostiag Beltore. Gran Maestre Isannia Beltore; (Prisionera en Tol Barad) : Gran Maestre en los ultimos dos años. Queldorei, experta en encantamientos tambien conocedore de los secretos de la ordén. Capturada por Lyriah Windriel, y enviada en primer lugar a Theramore y posteriormente a Tol Barad. Necrarca Doroth; (Fallecido) : Gran Maestre en funciones, experto en Nigromancia, Humano, su cuerpo estaba corrompido por un uso excesivo y desmesurado de la magía. Fallecido en un ataque organizado por la Iglesia. Conde Telbert Uzman; (¿Vivo?) : Se convirtio en uno de los principales lideres de la orden, tras la crisis producida en la segunda guerra, nacido en Gilneas era un hombre de finanzas con algunos conocimientos de brujeria, fue descubierto sacrificando prisioneros trolls para un ritual , pero consiguio escapar. La ultima vez que fue visto fue en Alterac. Posible Gran Maestre pues se encargaba de las finanzas de la orden. Hilbert Forzun (Deserto): Archimago de Stromgarde, fascinado sobre todo con la vida eterna, su unico interes era prolongar su vida de forma ilimitada, cuando descubrio el culto de los malditos, deserto y se unio a el. "Ojopipa" (¿Vivo?): Nadie sabe su nombre, enano tuerto, al mando de los mercenarios que contrataba la ordén, un testigo dice que cree que podria tratarse del Juez Self Frellus, un juez enano que perdio la cabeza hace cien años tras la muerte de sus mujer y sus hijos, y supuestamente se suicido. Merrin Pickhaid (¿Vivo?): Mago semielfo prometedor acusado de varios asesinatos y que posiblemente se unio a la orden como protección, fue gravemente herido en un combate contra sir Beltore. Formas de proceder Los informes creen que la orden esta formada por unos 80 miembros, la mayoria son cultistas simples escogidos sobre todo entre gentes deseosas de poder a cualquier precio y con poderes que sirvan para la orden. El lider es el gran maestre, seguido por los maestros que se encargan de diferentes funciones (economicas, espionaje, miilitares etc...), la orden suele contratar a sesinos a sueldo, para sus trabajos, asi como mercenarios por lo que se cree que gozan de buena salud economica. Suelen recurrir al chantaje para conseguir sus objetivos, asi evitan llamar la atención aunque a veces han hecho algun ataque de "aviso". Actualmente el estado de la ordén se estima que podria estar "Semi-Disuelta" no obstante podrian haber algunos altos rangos intentando revivir la ordén. Actualmente su "unico" exito es un ritual incompleto de demonio Lord Gaudris a un niño queldorei.
  3. Orden del Dragón Nimbo - La Fuerza del Acero por Raphael Ahad Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF Descarga el .ePUB Descarga el .MOBI Koak cayó. Se precipitó interminablemente por incontables leguas de nubes y lluvia, la tierra debajo siempre justo fuera de su vista. A su alrededor volaban los dragones, con escamas rojas como la sangre y ojos de oro fundido, fantasmas carmesí en una tormenta eterna. Koak sentía su odio bullir y zarandear su cuerpo de orco. Levantó un puño hacia los dragones y gritó con la autoridad del clan Faucedraco: —¡Obedecedme! —ordenó, pero su voz estaba contaminada por el miedo y la duda. —¡NO! —rugieron al unísono. Un millar de sus sombras se fundieron en una, mayor que el propio cielo. Centelleó un relámpago y Koak vislumbró Grim Batol en la lejanía, ruinas humeantes de lo que un día fuera su hogar. —¡Koak! —gritó alguien. El aliento de los dragones causó una conflagración y los cielos prendieron en llamas. Koak aulló de dolor mientras las nubes de tormenta se disolvían y el fuego devoraba su mundo. Su descenso se aceleró, de repente y sin previo aviso, y el suelo inmisericorde se precipitó a su encuentro… —¡KOAK! Se despertó bruscamente en el punto de impacto, con el eco de una explosión atronando en sus oídos. Debajo de él había una cubierta de madera lijada y pulida; sobre él se encontraba el globo bulboso de un zepelín goblin. La propia nave era un infierno en llamas, y su tripulación luchaba frenéticamente por mantenerla en el aire. —¡Abandonad la nave! —gritó el capitán. Koak se puso en pie tambaleándose, con sangre de una herida abierta goteando por su frente. —La Alianza... —balbuceó. Más allá del borde del casco, vio una nave de guerra en retirada desvanecerse entre las nubes sobre El Bosque de Jade. Con un chirrido de metal retorcido, el zepelín dio un pesado bandazo. Koak manoteó para agarrarse a algo, lo que fuera, mientras las aguas del Mar Velo de Niebla aparecían por la amura de estribor. Luego, otra explosión le hizo perder pie y lo lanzó por la borda y por los aires, los gritos de socorro del capitán ahogados por la brisa oceánica. * * * * * Caía una lluvia ligera y los vientos de la costa susurraban en sus oídos cuando Koak llegó a la orilla. Su pierna latía con un dolor incesante; había recibido la mayor parte del impacto cuando las corrientes lo habían arrojado contra las rocas. Tumbado en la arena, roto y sangrando, se preguntó si aquello era lo que Grito Infernal tenía en mente cuando le ordenó pintar de rojo el continente. Estaba en una isla pequeña, con una única aguja de piedra que se elevaba desde su centro hasta las nubes. A su alrededor, restos llameantes del zepelín se repartían desde la costa hacia la aguja, desechos que habían caído durante el descenso final de la nave. El resto flotaba sobre las aguas del océano junto a los cadáveres carbonizados de sus antiguos compañeros de tripulación. «Por la Horda» —pensó con amargura. Hubo un tiempo en que esas palabras significaron algo para Koak. El dolor de su pierna se avivó cuando intentó incorporarse. Apoyándose en una muleta improvisada, Koak cojeó hacia el interior entre los restos desperdigados de la nave para buscar supervivientes. El humo acre de los tanques de combustible rotos de la nave le aguijoneaba los ojos y le abrasaba los pulmones. Casi se asfixió con el humo al rodear una sección del casco destrozado del zepelín. Ante él se erguía un monstruoso dragón nimbo, sus escamas escarlata brillando con la humedad de la sangre. Koak dio un grito ahogado y se tambaleó hacia atrás, su pierna magullada cediendo bajo su peso. El dragón yacía sobre un nido de piedra aplanada en la base de la aguja, su cuerpo un retal de quemaduras y moratones. Elevó su cabeza enorme y miró directamente a los ojos de Koak. —Tranquilo… —susurró Koak en su tono más apaciguador. El dragón medía diez metros de puro músculo, con garras tan grandes que podrían rodear fácilmente el torso de Koak y aplastarle las costillas mientras las enormes mandíbulas de la criatura lo partían por la mitad. Pero no hizo intento alguno de atacarlo, y Koak comprendió que se estaba muriendo. Tomó el metal retorcido y la madera achicharrada que rodeaban el nido. «Lo hemos hecho nosotros» —pensó. De repente sintió náuseas. Lentamente, como si pretendiera mostrarle algo, el dragón se desenroscó. En el centro de su nido había un único huevo del tamaño del pecho de Koak, prístino e indemne, su cáscara brillante como un granate pulido. La dragona lo acariciaba suavemente, con una ternura que contrastaba con su aspecto feroz. Podría haber escapado a su destino, pero se había quedado para proteger su huevo. Por algún motivo, aquello llenó de ira a Koak. —Te has sacrificado en vano —rugió en voz baja—. Tu cría morirá de todos modos, abandonada y sola. —Torció el gesto cuando otro rayo de dolor le recorrió la pierna sin piedad. La sangre manaba de ella como un río, manchando la tierra bajo sus pies. «Y, seguramente, yo moriré con ella». La dragona alzó la cola y envolvió con ella la muñeca de Koak, tirando de él con insistencia hacia el nido. Se arrastró hasta estar a su lado y lo empujó por la espalda, y Koak se encontró frente al huevo. «¿Quiere que cuide de él? ¿Yo?» —No —protestó Koak, pero era incapaz de apartar la mirada. Extendió la mano hacia el huevo. El espacio entre ellos parecía denso y pesado, como la calma antes de una tormenta. Cuando lo tocó, una descarga punzante le serpenteó por el brazo. Koak notó cómo el huevo temblaba bajo su palma, sutilmente al principio, pero pronto empezó a agitarse con tanta fuerza que Koak retrocedió con recelo. De repente, la punta del huevo estalló, rociando a Koak de fragmentos de cáscara rota. Un brillante halo de humo rojo surgió de la fisura y cubrió el suelo como un banco de niebla. Del interior se elevó un reluciente dragón nimbo recién nacido, con escamas de rubí y ojos de zafiro, ojos tan profundos y fluidos que mirar en su interior era como intentar vislumbrar el fondo del mar. La cría miró a los ojos a Koak y sostuvo su mirada. Koak alargó la mano; la cría serpenteó hacia él y cerró sus minúsculas mandíbulas alrededor de la carne de su palma. Él no se inmutó, soportando el dolor hasta que el joven dragón se calmó y enroscó su cuerpo alrededor de su brazo. Koak vio a su madre observándolos, la tristeza escrita claramente en su rostro. Clavó una última mirada sobre Koak, que se estremeció ante sus ojos imperturbables. La dragona cerró los ojos y su cuerpo subió y bajó con un último y trabajoso aliento; luego se quedó quieta. La cría la miró, y por sus gritos de angustia Koak supo que había comprendido lo sucedido. Observó con un silencio estoico mientras el dragón se acercaba a su madre ya ausente, acariciándola melancólicamente con el hocico y enroscándose bajo su sombra. En los días siguientes, Koak luchó por mantenerse con vida, él y la cría de dragón, mientras esperaba una partida de rescate que sospechaba que el general Nazgrim nunca enviaría. ¿Y por qué iba a hacerlo? La vida de un solo orco no tenía importancia para Grito Infernal, al igual que la vida de un solo dragón no habría tenido importancia para los Faucedraco. Koak estaba solo. La lluvia les proporcionaba agua dulce en cantidades limitadas, y por muchos pezqueñines azucarados que pescara, el apetito voraz del dragón nunca se saciaba. Su pierna lo atormentaba sin cesar, al igual que la cuestión de qué hacer con la cría. El quinto día cesaron las lluvias. Mientras las esperanzas de salvación de Koak se reducían a polvo y el dragón temblaba de frío, vieron dos figuras en los cielos abiertos. Una pareja de dragones nimbo adultos revoloteaba sin esfuerzo entre las otras agujas del mar, cada uno con un jinete pandaren sobre su lomo. Ágilmente, trazaron un círculo alrededor de las montañas y volvieron a los acantilados de El Bosque de Jade a una velocidad asombrosa. Una historia que había oído semanas atrás a uno de los nativos resonó en la mente de Koak. «La Orden del Dragón Nimbo». * * * * * Los acantilados barridos por el viento de El Bosque de Jade se alzaban, altos y escarpados, sobre el Mar Velo de Niebla. Koak y la cría habían cruzado el agua sobre una balsa confeccionada con restos del casco destrozado del zepelín y se abrían paso con dificultad por una senda estrecha y empinada hacia el bosque en sí. A Koak le dolía la pierna sin cesar, acosado por dolores sordos y agudas punzadas. Tampoco ayudaba que el dragón luchase con él a cada insoportable paso, tirando del trozo ajado de soga con el que Koak lo había amarrado. —Tranquilízate —resopló Koak con el cansancio calando en su voz—. Llegaremos muy pronto, y entonces serás problema de la orden. Las fuerzas de avance de la Horda acababan de llegar a las costas de Pandaria, pero Koak ya había oído hablar mucho de la Orden del Dragón Nimbo. Poderosos guerreros que cabalgaban a lomos de las feroces bestias, se decía que los jinetes de dragones volaban hacia la batalla tan veloces como el propio viento y golpeaban con la fuerza de la tormenta y el cielo. Koak había albergado un secreto deseo de conocerlos, ser testigo de su poder y compararlo con el de los Faucedraco. Naturalmente, Koak no sabía mucho de los Faucedraco. Solo era un niño cuando el Vuelo Rojo había destruido Grim Batol, y se contó entre los pocos demasiado débiles para evitar ser capturados por la Alianza cuando el resto del clan escapó hacia las Tierras Altas Crepusculares. Lo que sabía sobre su clan lo había aprendido por las historias que contaban los veteranos de la Segunda Guerra, y por los sueños que atormentaban sus noches de inquietud. Nunca había doblegado un dragón a su voluntad; la testaruda cría que arrastraba colina arriba ya le estaba dando bastantes problemas. «La Orden del Dragón Nimbo debe de ser verdaderamente temible —pensó Koak— para domeñar unas bestias tan tozudas». Cuando llegaron a la cima, Koak creyó por un instante que habían escalado el acantilado equivocado. Esperaba una fortaleza de acero y hierro, una ciudadela imponente rodeada por patrullas de dragones adornados con armaduras y dispuestos para la guerra. En su lugar, vio una humilde casa campestre y un espacioso mirador, ambos construidos sencillamente con madera y piedra, rodeados de charcas de fango y balas de heno. —No puede ser aquí —murmuró para sí. Pero al doblar con la cría la esquina de la casita para llegar al área colindante, Koak se encontró con un paisaje de dragones nimbo de todos los tamaños y colores. Algunos estaban arrellanados en corrales abiertos mientras los atendían con cepillos y sacos de pienso. Otros, flotaban tranquilamente junto a sus compañeros mientras daban un paseo vespertino por los terrenos. Unas cuantas crías yacían enroscadas plácidamente en los regazos de pandaren que meditaban pacíficamente junto a un arroyo sereno. Koak estaba totalmente confundido. ¿Dónde estaban los guerreros legendarios? —¡Ah, tenemos visita! —dijo una gentil voz a sus espaldas. Koak se volvió para ver a una anciana pandaren emerger del mirador, su pelo y su pelaje grises por la edad, pero sus ojos iluminados por la chispa de la juventud. La acompañaban varios pandaren más, cada uno de ellos con un dragón nimbo de distinto color. La anciana dio un paso al frente y se inclinó. —Bienvenido a nuestro hogar, viajero —dijo con una sonrisa—. Soy la ancestro Anli y somos la Orden del Dragón Nimbo. —¿Te encuentras bien? —preguntó uno de los pandaren que la acompañaban—. No tienes buen aspecto. —Oh, ¿y quién es este pequeñuelo? —gorjeó otro con voz alegre. La cría se escudó tras la pierna de Koak, escondiéndose de las miradas de los testigos. Koak se hizo a un lado y descubrió a la cría, sacudiendo de su mente la niebla del desconcierto mientras los pandaren lisonjeaban y adulaban al bebé. —Es vuestro —contestó, ofreciéndole a Anli el extremo de la soga—. Y no me encuentro bien. Estoy herido y necesito transporte hasta el puesto de avanzada de la Horda más cercano. Si pudierais proporcionármelo, estaría en deuda con vosotros. Anli lo observó pensativa antes de negar con la cabeza. —Me temo que no será posible. —No queréis involucraros en nuestro conflicto. —Koak intentó mantener su tono libre de desprecio y expulsar de su mente la imagen de la madre mutilada de la cría—. Si en lugar de eso me llevarais a Floralba... —No —interrumpió Anli—. Quiero decir que no puedes dejar a este dragón con nosotros y marcharte. Koak frunció el ceño. —¿Qué quieres decir exactamente, pandaren? —Parece que te tiene bastante apego —contestó con calma—. Supongo que tú fuiste quien rompió su cascarón. Así que tú debes ser quien lo críe. La anciana avanzó hacia él, le cerró la mano sobre la soga y volvió a apretarla contra su pecho. Los miembros de la orden lo observaban, acariciando las escamas de sus dragones como si fueran animales de compañía. Koak los miraba con indisimulada decepción. Se suponía que eran grandes guerreros; allí no veía nada más que una guardería. Y no pensaba tener nada que ver con ella. —Pues va a ser que no —dijo con desdén. Koak tiró la soga al suelo y se dio la vuelta para marcharse, pero solo había dado unos cuantos pasos cuando un repentino dolor atravesó su pierna. Agarrándose a la muleta, Koak cayó sobre una rodilla y maldijo sus heridas. Sintió que alguien le tiraba de la muñeca. —Si no queréis llevarme a Floralba… —Koak dejó la frase inacabada cuando, al volver la cabeza, no vio a un pandaren a su lado, sino a la cría. Había rodeado su muñeca con su minúscula cola y tiraba de él hacia los demás con una mirada suplicante en los ojos. Tampoco ella quería que se fuera. Koak observó cómo un par de jinetes cruzaban las nubes sobre ellos, trazando espirales, giros serpenteantes y ejecutando maniobras temerarias con tranquilidad despreocupada en su carrera. La Orden del Dragón Nimbo no estaba compuesta por los luchadores que Koak esperaba, pero era innegable que sus miembros sabían volar. Algo cambió en el interior de Koak. Cuando volvió a mirar a la cría no vio una carga, sino una oportunidad: la opción, por fin, de convertirse en un auténtico orco Faucedraco, de adiestrar a su propia montura de guerra, de cabalgar sobre ella a la batalla y de conquistar los cielos. Que los demás preparasen a sus dragones para una vida de paz y juegos. Él prepararía al suyo para la guerra. —Muy bien —dijo, tanto a su cría como a Anli. Tomó al dragón en sus manos y lo elevó sobre su cabeza, con el sol centelleando sobre sus escamas carmesí, tan rojas como los dragones que su clan dominara antaño. «Seré el orgullo de los Faucedraco» —juró Koak. «Haré que mi dragón me obedezca». * * * * * La primera semana de adiestramiento no fue como Koak esperaba. El dragón demostró ser terco y tenaz, desde luego más que cualquier otra cría al cuidado de la orden. Parecía decidido a morder y devorarlo todo, excepto precisamente lo que Koak intentaba darle de comer, y siempre que Koak intentaba llamarlo a su lado, en su lugar decidía perseguir a las demás crías chasqueando sus fauces. El dragón era rápido y ágil, y la pierna herida de Koak seguía presentándole dificultades, dejándole pocos recursos más allá de ladrar a la cría hasta que se le enrojecía el rostro y los estudiantes de la orden lo miraban con preocupación y diversión. Pero su pierna estaba curándose gracias a los cuidados de los pandaren, y Koak imaginó que cualquier orden que intentase montar unas bestias tan revoltosas debía de estar bien versada en la sanación de huesos rotos. En su octavo día con la orden, mientras el sol se elevaba sobre los picos de las agujas de alta mar, Koak encontró el corral de su cría extrañamente vacío. Anli estaba junto al poste de la verja sonriendo con calidez. —Parece que mi cría ha empezado pronto con las travesuras de hoy —gruñó Koak. —Oh, en absoluto —explicó Anli—. Jenova se encargará de los cuidados de tu dragón por hoy. Por favor, ven a pasear conmigo. Su paseo fue silencioso y serpenteante. Anli lo llevó por el sereno esplendor de El Arboretum, moteado por la luz del sol y acariciado por una brisa tranquilizadora, hasta que por fin llegaron al Puente Lanzaviento. Fiel a su nombre, el puente cubría las distancias entre varias de las agujas naturales que se alzaban desde el océano, allá abajo. Cada uno de sus arcos era una maravilla arquitectónica, un monolito de mampostería que parecía desafiar a la gravedad y resistía el zarandeo de los vientos costeros. El puente mismo se asemejaba bastante a un dragón nimbo, una criatura enorme tallada en madera y piedra que serpenteaba sobre el Mar Velo de Niebla para vigilar El Bosque de Jade a perpetuidad. Anli esperó hasta que hubieron recorrido la mayor parte de la longitud del puente antes de darse la vuelta para dirigirse a él. —¿Ya le has puesto nombre a tu dragón, Koak? —preguntó. —No —respondió Koak—. Y no lo haré hasta que se lo haya ganado. Esa es la costumbre de los Faucedraco. —Nosotros no somos los Faucedraco —replicó Anli—. Y sus costumbres no son las nuestras. Koak se enfureció. —Lo haré a la manera de los Faucedraco o no lo haré. No hay más que hablar. —Parece que esto es muy importante para ti —observó ella. Koak se detuvo por un momento a buscar las palabras adecuadas antes de seguir caminando. —Cuando la Alianza me hizo prisionero, me separaron de mi clan. Tuve la oportunidad de reunirme con ellos después del Cataclismo, pero no la aproveché. —¿Por qué no? —preguntó Anli. —No espero que lo entiendas —respondió Koak—, pero me deshonré a mí mismo y a los Faucedraco al ser encadenado. ¿Cómo iba a presentarme ante ellos sin haber demostrado antes mi valía? Koak dio la espalda a Anli y miró al Norte, más allá del mar, en dirección a los Reinos del Este. —Soy Faucedraco de nombre, pero no por hechos. Al domar a mi dragón a nuestra manera, puedo cambiar eso y volver de nuevo con mi pueblo. —Entiendo —murmuró Anli. Habían llegado al final del puente y al santuario adornado que se erguía sobre la aguja más alta y alejada. Tras ellos se abría una visión sobrecogedora de la costa de Pandaria y el camino serpenteante del puente sobre el cielo abierto y el agua, las pagodas doradas del Templo del Dragón de Jade borrosas en la neblina lejana. Koak hizo lo que pudo para apartar los ojos del borde de la aguja y la larga y fatal caída hasta el mar. Pero no fue suficiente, aunque logró enmascarar el miedo que echó raíces en su interior. —La Orden del Dragón Nimbo —comenzó Anli con la vista fija en el océano—, fue fundada hace miles de años por Jiang, una joven muchacha de Floralba. Encontró una cría herida, la llamó Lo y la cuidó hasta que recuperó la salud. —Por aquel entonces, los ciudadanos de Pandaria temían a los dragones nimbo. Los consideraban criaturas violentas y agresivas, y solo acercarse a uno era coquetear con el peligro. Todo el mundo pensaba que las acciones de Jiang conducirían al desastre. —Domar un monstruo no es tarea para una niña —gruñó Koak. —Ah, pero se equivocaban —prosiguió Anli—. Cuando los Zandalari atacaron al imperio pandaren y nuestros ejércitos estaban perdiendo la batalla en un puente muy parecido a este, Jiang llegó a lomos de Lo y dio la vuelta a toda la guerra. Juntos, Jiang y Lo expulsaron del cielo a los jinetes de murciélagos y derribaron a los trols del puente. Jiang fundó la orden poco después, y desde entonces la visión de un dragón nimbo ha llenado de esperanza a los pandaren. Koak se burló. —¿Así que ahora todos seguís su ejemplo? Estos dragones han nacido para cazar y matar. No podéis cambiar la naturaleza de una bestia con compasión, como no se puede cambiar la naturaleza de la guerra. —No es una cuestión de cambio, Koak, sino de elección. —Anli se volvió para encararlo—. Los dragones nimbo son salvajes y tempestuosos por naturaleza, y si se los maltrata pueden crecer para seguir siendo así de adultos. Pero un dragón nimbo no está atado por su naturaleza, como no lo estamos ni tú ni yo. Jiang no obligó a Lo a luchar; Lo eligió luchar porque Jiang eligió confiar en él y tratarlo con compasión. Por eso seguimos su ejemplo. Todos elegimos quiénes vamos a ser. Koak permaneció en silencio un largo tiempo. ¿Podría ser cierto algo así? ¿Podría un jinete, con la vida en juego, soltar las riendas y confiar en que su montura obedecería su voluntad? Parecía una locura. —Una idea interesante —dijo por fin—, pero sigo diciendo que las cadenas son más efectivas que las elecciones. —¿Eso crees? —meditó Anli en silencio. Dio un paso atrás y saltó del borde de la aguja. —¡NO! —gritó Koak. Saltó hacia delante, olvidando momentáneamente el dolor de su pierna. Pero era demasiado tarde. Anli había desaparecido, y de ella solo quedaba el sonido de su risa bailando en el viento. Eso confundió a Koak; Anli no estaba riendo cuando cayó. Pero ahora sí reía. De debajo del arco más cercano del puente, emergió a lomos de su dragón nimbo de ónice. Se elevó ante Koak, meciéndose y ondeado como humo líquido. —¡¿Estás loca?! —exclamó Koak—. ¿Y si tu dragón te hubiera dejado caer? —¿Conoces la diferencia entre el acero y el hierro? —preguntó ella tranquilamente. Koak titubeó. «Sí que está loca» —pensó. —El acero es más fuerte —contestó—. Cualquier guerrero competente lo sabe. Las comisuras de la boca de Anli se curvaron formando una sonrisa enigmática. —Lo es. Tocó el lado del cuello de su dragón, que comenzó a alejarse contorsionándose en dirección a la costa lejana. —¡Confío en que encuentres tu camino, Koak! —gritó por encima del hombro, y se precipitó hacia El Bosque de Jade tan rápido como había reaparecido—. ¡Que el Dragón de Jade te guíe! Koak los miró marcharse, apoyándose con pesadez sobre su muleta en el extremo del puente, con el viento en el pelo y mucho en que pensar. * * * * * —¡Esto no era lo acordado! —gritó Koak—. ¡Me habéis engañado adrede! —¿De qué estás hablando? —preguntó As—. ¡Anli dijo que habías aceptado entrenarte a nuestra manera! As Zarpa Larga no era como los demás discípulos de la orden. Mientras los demás mostraban su humildad en su vestimenta sencilla y su deportividad, As prefería adornarse con finas camisas de seda y llamativas joyas. Se enceraba el mostacho y llevaba el pelo cuidadosamente peinado, y nunca dejaba pasar una ocasión para jactarse de su destreza, tanto en el cielo como con el sexo opuesto. Su carácter bullicioso le resultaba a Koak más bien aborrecible, sobre todo porque la orden parecía pensar que eran muy parecidos. En todo caso, era el que Anli había elegido como tutor personal de Koak, y tras semanas de hacer el papel de niñera con la cría, Koak estaba deseando empezar el entrenamiento de verdad. Sin embargo, esto no era lo que tenía en mente. —Acepté entrenarme —expuso Koak. Metió la mano en la bolsa que As había traído y sacó de ella una docena de pelotas de cuero—. ¡Pero esto es un juego de niños! —Entonces será perfecto para vosotros dos —replicó As con una sonrisita insufrible—. Todos los jinetes de la orden juegan a coger la pelota con sus dragones —explicó—. Enseña a reconocer los movimientos del otro e inculca a dragón y jinete una relación vital de dar y recibir. ¡Es una lección importante! —Eso es absurdo —se burló Koak—. En el calor de la batalla, un solo momento de deliberación puede conducir a la muerte. Tiene que haber un amo y tiene que haber un siervo. No hay espacio para dar y recibir. —Vamos, Koak —suspiró As—. Haz la prueba, ¿de acuerdo? Koak refunfuñó y miró primero la pelota y luego a su cría. No tenía nada que perder ahora que As lo había arrastrado hasta aquí, hasta un campo abierto a una hora de camino del resto de la orden. Silbando para llamar la atención del dragón, lanzó la pelota en su dirección. La cría la miró y luego la empujó hacia Koak con un movimiento de cabeza. —¿Ves? —intervino As cuando Koak recogió la pelota devuelta—. No era tan difícil, ¿verdad? —Se giró hacia los terrenos de la orden—. Ahora hazlo veinticinco veces más —seguidas, eso sí— y nos veremos cuando vuelvas. —¿Veinticinco? —siseó Koak. Pero As ya estaba alejándose, dejando a Koak con una bolsa de pelotas de cuero y una cría que tenía un historial de hacerle la vida difícil. —Acabemos con esto —rezongó Koak. Volvió a lanzarle la pelota a la cría. El dragón giró trazando un círculo cerrado y golpeó la pelota con un lado de la cola. La bola volvió en un ángulo abierto, demasiado abierto para que Koak la alcanzara, y su pierna dolorida cedió bajo su peso cuando lo intentó. Al ponerse de pie usando la muleta, miró a través del campo a la cría y habría jurado que estaba sonriendo. «Ese maldito… —pensó Koak—. ¡Lo ha hecho a propósito!» —Has cometido un grave error —dijo Koak con tono inquietante. Sacó otra pelota de la bolsa mientras la cría lo observaba con atención. Sostuvo la bola baja, ocultándola tras la cadera. —Ahora —dijo con un rugido—, tú y yo vamos a jugar a un juego. Koak tensó el brazo y lanzó la pelota hacia la cría con fuerza y velocidad. Sus ojos se abrieron de par en par y se apartó bruscamente justo cuando la bola golpeaba el suelo con un ruido sordo y fuerte, generando una nube de polvo. La cría le dedicó un chillido y Koak rió.

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