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  1. Hoy me acorde de este caso, cuando en 2005 (wow classic) lo lei en el teletexto de televisión española (entonces tenia una sección de informatica y videojuegos que yo leia cada semana aunque ya abandonada). Bien, El caso fue el siguiente: Año 2005, el wow aun no ha hecho un año, y acaba de salir Zul gurub, el enemigo final Hakkar, tiene un hechizo final "Sangre corrupta", el cual lanza a los jugadores produciendoles daños con el tiempo, dicha enfermedad podia contagiarse a los jugadores más cercanos y podía desaparecer , o ir dañando al personaje hasta matarlo. En principio los jugadores de Alto nivel a pesar del daño considerable podian resistirla cierto tiempo, ya que tenia que dar tiempo en Zul Gurub para matar a Hakkar. Dicho hechizo si un jugador salia de Zul'Gurub le desaparecía y hasta ahi todo bien. Ya séa provocado o por accidente, el hechizo afectaba a las máscotas y esbirros, las cuales quedaban contagiadas, pero si se sacaban de Zul gurub, las mascotas no perdian el hechizo y este empezo a infectar a los jugadores del juego con lo que comenzo la pandemia. Tres servidores oficiales fueron afectados, las ciudades de la alianza y la horda se describian en los foros como lugares llenos muertos, los jugadores de alto nivel podian sobrevivir, pero los de bajo nivel morian casi instantaneamente, muchos jugadores huyeron de las ciudades para evitar la infección, otros con poderes curativos se ofrecian a ayudar a curar a la gente hasta que la enfermedad desaparecia por si sola, pero tambien hubo algunos Troles, que buscaban jugadores no infectados para infectarlos transmitiendo la enfermedad. blizzard intento tomar medidas, desde reinicios para que desapareciese la enfermedad, y otras soluciones, pero siempre volvia la enfermedad por graciosos que la contagiaban. Blizzard además intento promover cuarentenas controladas y voluntarias para no propagar la enfermedad. Llego un momento en elq ue las grandes ciudades estaban vacias, llenas de los huesos que quedan de los cadaveres y con los jugadores escondidos en cuevas y en los bosques, mientras los troleadores con la enfermeddad buscaban a los no infectados. Un ejemplo era ironfoge que entonces era una ciudad muy populosa gracias a tener el banco frente a la subasta (se le llamaba Ironlag por la cantidad de gente) y en los foros se le llego a decir "la plaga ha arrasado Forjaz". Muchos clientes se enojaron y dejaron el juego e incluso exigieron a blizzard devolucion de dicho mes, otros clientes parecian disfrutar y lo llamaban "el primer evento global". Este evento ha sido estudiado por expertos en epidemias, para usarlo como modelo real en una supuesta epidemia producida por grupo terrorista (suponiendo que los jugadores que infectaban a posta eran terroristas), como las personas con habilidades curativas de alto nivel ayudaban a la gente , y como cuando llego un momento de caos, la gente huyo de la civilización y se concentraron en bosques, cuevas desiertos... etc...
  2. Varian Wrynn - Sangre de Nuestros Antepasados por Dan Arey Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF Algo despertó al Rey Varian Wrynn de su profundo sueño. Mientras éste se encontraba de pie, inmóvil en la penumbra, el débil sonido de un goteo distante hacía eco en las murallas del Castillo de Ventormenta. Un sentimiento de temor inundó al monarca, pues era un ruido que había escuchado antes. Varian avanzó con cuidado hacia la puerta y acercó una oreja al roble bruñido. Nada, ni movimiento, ni pisadas. Luego, como si viniera de muy lejos, el apagado murmullo de una multitud vitoreando fuera del castillo, en alguna parte. ¿Acaso no me levanté para la ceremonia del día de hoy? Una vez más hizo acto de presencia el extraño goteo. Esta vez retumbaba en el piso helado, de modo claro y húmedo. Varian abrió la puerta con lentitud y se asomó al corredor; oscuridad y silencio. Aún las antorchas parecían titilar con luz fría, que se apagaba tan pronto surgía. Para ser un hombre que se permitía pocas emociones, Varian sintió algo agitarse en su interior, algo viejo, joven, quizá olvidado por largo tiempo. Era casi como el sentimiento infantil del… ¿miedo? Descartó tal noción de inmediato. Él era Lo’Gosh, el Lobo Fantasma. El gladiador que provocaba terror en los corazones de amigos y enemigos por igual. Aun así no podía sacudirse esa sensación primigenia de inquietud y peligro que invadía su cuerpo. Al salir al corredor, Varian notó que sus guaridas no se encontraban en sus puestos habituales. ¿Están todos ocupados con el Día de Remembranza, o hay algún trasfondo siniestro? Caminó con cautela por la negrura del pasillo hasta llegar al enorme y familiar salón del trono del Castillo de Ventormenta. Sin embargo, sus imponentes muros se veían distintos; más altos, más oscuros y vacíos. Del elevado techo de piedra colgaban banderas —cuya apariencia era similar a la de estridentes telarañas— que tenían estampado el rostro dorado de un león; emblema que indicaba el orgullo y la fuerza de la gran nación de Ventormenta. En la penumbra, Varian escuchó un grito ahogado y una súbita escaramuza. Posó la vista en el suelo, donde un sendero de sangre conducía claramente al centro de la habitación. Ahí, entre la oscuridad, apenas notó dos siluetas en frenética lucha. Conforme sus ojos se ajustaron, pudo ver un hombre de rodillas, herido y sangrante. Frente a él se encontraba una tosca e imponente figura femenina. Varian la conocía a la perfección. Su silueta distorsionada revelaba la torcida naturaleza de su cuerpo y alma. Era Garona Halforcen, mitad draenei, mitad orco. La asesina creada por la enferma mente de Gul’dan. Mientras Varian permanecía inmóvil sin poder creer a sus ojos, sangre fresca escurría por el filo de la hoja de la medio orco. El líquido llegaba a la punta y goteaba… caía… hasta tornarse en un pétalo de rosa carmesí en el piso de mármol. Los recuerdos, cual avalancha, arrollaron a Varian cuando reconoció al hombre que se encontraba en el suelo. La armadura, los atavíos reales; era su padre, el rey Llane. Garona miró a Varian, mostrando una espantosa sonrisita en su rostro surcado de lágrimas antes de descargar una cuchillada. El destello del acero cortó la oscuridad y se clavó profundamente en el pecho del rey, quien se encontraba de rodillas. —¡No! —Gritó Varian mientras se abalanzaba, gateando por el suelo manchado de sangre para llegar a su padre. Levantó el cuerpo lánguido del rey y lo abrazó mientras el rostro de la medio orco se fundía con la oscuridad. —Padre, —suplicó Varian, meciéndole en sus brazos. La boca de Llane temblaba a causa del dolor y luego se abrió, dejando escapar una línea de sangre. Con un hediondo siseo, el viejo rey logró formar unas cuantas palabras. —Así es como siempre termina… para los reyes Wrynn. Con eso, los ojos de Llane se pusieron en blanco y su quijada se abrió, dando a su rostro una terrible expresión. De las profundidades de su garganta surgió una vibración quitinosa. Varian quería arrancarse los ojos, pero descubrió que le era imposible. Algo se movía en la sombra de la boca abierta de su padre, serpenteaba brillante en el crepúsculo evanescente. De las fauces del rey muerto surgieron súbitamente infinidad de gusanos. Miles y miles de estas criaturas consumieron el rostro cenizo de Llane. Varian intentó alejarse, pero los gusanos se lanzaron sobre él, gorjeando y devorando su cuerpo al son de un último grito de agonía. * * * * * Varian se enderezó en su silla de inmediato, el terrible grito todavía un eco en sus oídos. Estaba sentado frente a su mesa de mapas en los aposentos privados superiores del Castillo de Ventormenta. La cálida luz del sol, junto con el rugido de una multitud alegre, se colaba al interior de la habitación a través de una de las ventanas elevadas. La celebración del Día de Remembranza se encuentra en curso. Sostenía un relicario de plata sin lustre, el cual se encontraba cerrado con llave. Varian intentó abrirlo de modo instintivo, como había hecho ya mil veces, pero lo encontró inexorablemente sellado. La puerta se abrió de golpe y el comandante supremo de la defensa de Ventormenta entró con presura. El rostro del general Marcus Jonathan presentaba un semblante de gran preocupación. —¿Ocurre algo, su alteza? Escuchamos un grito. Varian guardó el relicario rápidamente y se incorporó. —Todo bien, Marcus. —El rey intentó acomodarse la armadura y se quitó un mechón de cabello que obstruía sus ojos cansados. Los dedos del monarca sintieron las profundas líneas de preocupación y falta de sueño de los últimos meses; un periodo de semanas borrosas dedicadas a responder a las múltiples emergencias que dejó el súbito ataque de Alamuerte contra la ciudad y el mundo. Tanto él como el general se encontraban vestidos de gala para la festividad y a Jonathan, con su estatura y facciones afiladas, le quedaba el papel mejor que a la mayoría. —La ceremonia de honor se celebrará en tres horas, su alteza, —dijo Jonathan. —¿Está listo su discurso? Varian miró el pergamino en blanco que reposaba sobre la mesa. —Aún estoy trabajando en él, Jonathan. Y no encuentro las palabras adecuadas. El comandante supremo lo estudió y Varian cambió el tema con presteza. —¿Ha llegado mi hijo? El general Jonathan negó con la cabeza. —Nadie ha visto al príncipe Anduin, su alteza. En un intento por ocultar su decepción, Varian miró por las ventanas del castillo hacia el atrio que se extendía abajo. Era un mar de gente, con banderas y serpentinas ondeando en el aire, niños vestidos como sus héroes de antaño favoritos y comida y bebida que fluia al son de las risas. El Día de Remembranza era parte en memoria de los caídos y parte celebración, sin embargo, Varian nunca hallaba regocijo en este evento. Mientras miraba, la multitud avanzaba lentamente hacia el Valle de los Héroes, donde las estatuas de los grandes campeones de la humanidad vigilaban la entrada de Ventormenta. El escenario para la Ceremonia de Honor había sido colocado a la sombra de estos famosos líderes, a quienes se les reconocería hoy con reverencia y agradecimiento por sus increíbles hazañas. Jonathan prosiguió. —Señor, cuando esté listo, el arzobispo le espera afuera para informarle de las reparaciones de la ciudad y el cuidado de los heridos. —Sí, sí, en un momento. —Varian hizo un ademán para que le dejase solo. Jonathan inclinó la cabeza y dejó la habitación sin hacer ruido, cerrando la puerta tras de sí. El monarca se sacudió las telarañas de su mente y sacó el delicado relicario una vez más, examinando su arrugado reflejo en la superficie metálica. El mundo ha cambiado, pero he de mantenerme firme. Varian posó la vista en el retrato del rey Llane que se encontraba sobre la chimenea. Hoy más que nunca, el líder de la humanidad, rey de Ventormenta, roca de la Alianza, debe presentar lo mejor de sí; su padre no esperaría menos. * * * * * El arzobispo Benedictus se encontraba ataviado con sus togas y accesorios más finos, en representación de la cultura de Ventormenta este magno día. Junto a él se encontraba un hombre pequeño y sucio que cargaba un considerable bulto de pergaminos arrugados. Benedictus miró con avidez cuando el rey salió de sus aposentos. —La Luz lo bendiga, rey Varian. —Dijo con una sonrisa en tanto que el monarca descendía por la escalinata. —Igualmente, Padre, —respondió Varian. —Parece estar vestido para una audiencia con su creador. Benedictus hizo un ademán con su bastón, un gesto solemne y bien practicado. —En estos tiempos, debemos estar listos para reunirnos con la Luz en cualquier momento. Al lado del arzobispo, el hombre pequeño, un tanto nervioso también, revisaba una y otra vez su enorme bulto de papeles y diagramas de la ciudad. De súbito, Varian cayó en la cuenta de que se trataba de Baros Alexston, el arquitecto de la ciudad. Apenas le reconoció entre la gran cantidad de lodo que cubría su rostro y ropa. Varian indicó con la mano que le siguieran y comenzó a descender las escaleras. ¿Cómo van las reparaciones de la ciudad, Baros? —Tan bien como uno pudiera esperar, majestad. —Asintió éste, luchando por no tirar sus pergaminos. Benedicutus le dio unas palmaditas en la espalda al arquitecto. —Baros está siendo muy modesto, alteza. Ha hecho milagros en la restauración de Ventormenta; sin mencionar varias mejoras notables. Varian sintió algo de alivio. Era bueno ver que sus consejeros recuperaban algo de su optimismo. —¿Qué es lo más urgente? El arquitecto asintió y, nervioso, procedió a desenrollar uno de sus tantos pergaminos mientras caminaba. Esto provocó que al menos otros tres escaparan de entre sus dedos y cayeran al suelo. —Mil disculpas, señor… sí, aquí está. —Baros señaló un punto en el mapa, dejando marcas de lodo con sus dedos sucios en el proceso. —Hemos investigado el daño causado a las dos torres primarias en la entrada de la ciudad. —El arquitecto sacudió la cabeza y emitió un silbido. —Ese dragón negro debe ser aún más pesado de lo que sugiere su tamaño; posiblemente sea por la armadura de elementio oscuro. Hemos efectuado algunas excavaciones, los cimientos se encuentran en condiciones deplorables. Baros examinó más diagramas mientras hablaba. —Lo mismo sucede con el ala este del castillo aquí… y aquí, así como algunos de los edificios de mayor tamaño en el muelle; incluyendo lo que queda de… —El arquitecto hizo una pausa, al parecer demasiado dolido como para completar la lista. Benedictus intervino. —Por supuesto, lo que queda del Antiguo Cuartel y el terrible cráter donde alguna vez existió el parque. Que la Luz bendiga sus almas. El rostro de Baros denotaba tristeza detrás de las manchas de lodo. —Me temo que será necesario efectuar reparaciones extensas y será costoso. Los ojos de Varian se posaron en el arquitecto, dolores enterrados por largo tiempo que salían a la superficie. ¿Habla de dinero? ¿En estos tiempos? Ni Benedictus ni Baros parecieron darse cuenta de su reacción y Varian apretó el paso para sofocar el nudo de ira que crecía en su estómago. En el rellano siguiente, el rey se detuvo para inspeccionar parte del daño que sufrió su castillo. La escalinata estaba cubierta de escombros donde un enorme boquete permitía ver el cielo y la ciudad abajo. Conforme Varian examinaba el área, Baros revisó sus papeles. —Ya requisamos piedra a la cantera para reemplazar esto, su alteza. —Posteriormente hizo el intento de aligerar la situación. —Estará listo antes de lo que canta un gallo. Los castillos tienen suficientes corrientes de aire aún cuando no les faltan muros enteros, ¿verdad? Varian lo ignoró mientras tocaba ensimismado las rocas irregulares con su mano enguantada. Arrancadas de la torre como si le hubieran dado una fuerte mordida, cosa que no distaba mucho de la realidad. El guante del rey entró en contacto con algo puntiagudo, una astilla de color obsidiana y con forma de daga que sobresalía de la pared dañada. Era un fragmento de la armadura de elementio del dragón —una esquirla negra como la noche— de casi dos manos de longitud y muy filosa. El trozo de armadura se encontraba profundamente clavado en la roca, pero Varian logró extraerlo con algo de esfuerzo. La mostró para que los hombres la vieran. —Esta criatura vil, este… Alamuerte… no es la primera amenaza que pone en peligro las murallas de Ventormenta. —La mirada del monarca perforó el cráneo del arquitecto. —Vamos a reconstruir y a mantenernos firmes como siempre hemos hecho, cueste lo que cueste. ¡Nos aseguraremos de que esa bestia oscura pague mil veces el precio! El rey miró su ciudad dañada a través del agujero irregular. Su guante de placas crujió al apretar el fragmento de la armadura del dragón en furia silenciosa. Abajo, el gran muelle de Ventormenta era un gran bosque poblado de mástiles de embarcaciones. El puerto estaba repleto de navíos de todos colores, tamaños y formas. El Día de Remembranza siempre contaba con gran cantidad de peregrinos para honrar y celebrar a los héroes de la humanidad, sin embargo, nunca había visto tal concurrencia en años previos. En ese instante, otro barco ingresó al puerto y tiró anclas. Era un gran barco kaldorei con filigrana plateada y velas perfumadas de color morado. Varian guardó el fragmento de la armadura de Alamuerte en su cinturón y se volvió hacia sus consejeros. —¿Habrán venido este año por el honor del pasado, o por temor del futuro? Benedictus posó su vista en la congregación de buques. —Ciertamente muchos buscan refugio de la amenaza que presenta el dragón negro, su majestad. Algunos incluso proclaman que es augurio del fin de los tiempos. Varian gruñó. —Perdería poco aliento, Padre, y aún menos sueño sobre las cavilaciones insanas de unos cuantos cultistas del Martillo Crepuscular, ¿a menos de que considere útil tal palabrería durante sus exaltados sermones en la catedral? —El rey ofreció una irónica sonrisa al arzobispo. —Lo que sea que haga que la gente crea… y actúe… —Benedictus sonrió de vuelta. —Sin duda, la gente de Ventormenta necesita esperanza pero, más que eso, es imperativo que exista un plan. Confío que nuestro soberano proporcionará a los presentes algo en que creer cuando hable en la Ceremonia de Honor más tarde. Varian pensó en su discurso del Día de Remembranza. ¿Qué podría decir para aliviar las profundas heridas que había sufrido el mundo? El general Jonathan se aproximó e hizo una cortés reverencia frente al arzobispo antes de volverse hacia el rey. —Disculpe, su alteza, pero me pidieron recordarle que la Delegación de Honor aguarda su presencia en el salón del trono. —Jonathan intentó sonreír con la esperanza de hacer las noticias más digeribles. Varian frunció el ceño. Odiaba las obligaciones del cargo, en particular la pompa y labia de las festividades. Preferiría estar en otro lado, desempeñando eso que los guerreros hacen mejor, luchar contra dragones en sus guaridas o destazar océanos de demonios; en lugar de lidiar con una delegación de diplomáticos insufribles. Eso último es más perjudicial para la salud. Varian suspiró resignado. —Muy bien general, terminemos con esto de una buena vez. * * * * * Jaina Valiente se encontraba en la sala del trono observando la ecléctica reunión de nobles, políticos y otros delegados. El gran salón del Castillo de Ventormenta era amplio, sin embargo, la perfumada multitud de dignatarios llenaba el espacio y enrarecía el ambiente. El arcoiris de luminarias se extendía a través del gran arco hasta perderse de vista. Como líder de la Isla de Theramore, Jaina era parte de la Delegación de Honor que fue seleccionada para estar de pie detrás del rey durante su discurso en memoria de los caídos. Con la Alianza bajo presión en frentes aún más peligrosos, muchos habían venido a ver que planes tenía el gran líder de Ventormenta con respecto a la reciente crisis mundial. Genn Cringris estaba cerca, sus ojos examinaban a la multitud con la misma intensidad que ella. Jaina echó un vistazo por la habitación con la esperanza de hallar el rostro de Anduin entre la muchedumbre, no obstante, quién sabe dónde se encontraba el príncipe. Se preguntó si Varian y el joven príncipe habrían resuelto su altercado más reciente, el cual separó a Anduin de su padre y lo condujo hacia la sabiduría de Velen, el profeta draenei. Sin embargo, consciente de la rigidez de Varian, Jaina sabía que éste sólo enterraba hachas en los cráneos de sus enemigos. No, la ausencia del príncipe indicaba claramente que la brecha permanecía. Cringris suspiró con impaciencia. Los presentes habían estado esperando un buen rato, deseosos de ver la sede de poder de Ventormenta y el Asiento del León, el gran trono afiligranado de los reyes Wrynn. Jaina miró los enormes felinos que adornaban la tarima, cada uno alerta y feroz como si su misión fuese salvaguardar la totalidad de Azeroth. Ella se preguntó qué tan profundamente quedó arraigado ese ideal en Varian cuando niño y qué tanta de esa presión afectó su modo de pensar. Crecer en la sombra de héroes debe haber sido difícil y creer que un solo hombre puede cargar tal peso es absurdo. Jaina alguna vez amó a un hombre que se quebró bajo una carga igualmente imposible. Poco después centró su atención en la multitud inquieta y analizó la escena. Tenía el don envidiable de poder leer a la gente con facilidad, sin embargo, el día de hoy no era necesario tener mucho talento para sentir el miedo y la frustración que permeaban el entorno; en breve ubicó una fuente de descontento entre la muchedumbre. Provenía de un grupo de nobles y delegados en torno a un hombre con complexión de oso, cuyo rostro enrojecido radiaba descontento. Lord Aldous Lescovar, hijo del traidor Gregor Lescovar, rumiaba por todo y estaba infectando a los presentes en la habitación. Los nobles habían bebido lo suficiente como para aflojar sus lenguas y, mientras Jaina escuchaba discretamente, el nombre del rey Wrynn hizo acto de presencia en la conversación una y otra vez; escupido como si fuera un amargo veneno. Jaina sabía que existía verdad en algunas de las cosas que decían los hombres. Varian era difícil en ocasiones y su intensidad era tan dura para sus amigos como para sus enemigos. No obstante, también conocía al rey lo suficiente como para saber donde se encontraba su corazón. Con gusto daría la vida para salvar a su gente. Varian se regía por preceptos antiguos que pocos entendían en la actualidad; un código de conducta que exigía más de sus líderes. Este malentendido separó gradualmente al rey de su pueblo, e incluso de su propio hijo, y sus enemigos se aprovecharon de ello con propósitos siniestros. Jaina siempre había sido aliada del rey Wrynn, sino es que su partidaria incondicional. Bien sabe la Luz que Varian no hace fácil que alguien sea su aliado, mucho menos su consejero cercano o amigo. Al tratar al Lobo Fantasma, Jaina sabía que era mejor aproximarse a su corazón en lugar de a sus colmillos. Ella misma vino para intentar disuadir al rey de su inflexible postura con respecto a la Horda, pero los delegados ebrios que rodeaban al impetuoso barón podrían descarrilar sus objetivos. Con una sonrisa forzada se aproximó al barón Lescovar y a su gentuza. —Recuerden bien, —Jaina hizo una reverencia frente a todos ellos, empleando el saludo tradicional de la festividad. —Recuerda bien, Jaina Valiente. —La mirada del barón se posó en sus aliados y luego de regreso en ella, incapaz de dilucidar si la llegada de la hechicera era una señal de apoyo o peligro. Jaina sintió el modo en que la vista del hombre la manoseó como sólo un joven barón se atrevería. Tenía cara de bruto y, pese a los abrigos caros y la seda, sus ojos ásperos traicionaban cualquier semblante de elegancia que sus atavíos intentasen crear. El barón estaba alerta, con mente vacilante al igual que su cuerpo. —¿Qué te trae de este lado del océano mientras arde tu propia tierra? Jaina notó que el barón estaba más ebrio de lo que había pensado e ignoró su pregunta. —Al igual que usted, vengo a presentar mis respetos a los héroes de antaño, pero también en busca de un plan que se ajuste a los nuevos peligros que enfrenta actualmente la Alianza. El barón gesticuló con la mano para señalar a todos sus compatriotas. —En efecto, estos nuevos peligros nos afectan a todos de igual manera. Ricos y pobres, mercaderes y chusma. ¿Cómo sucedió esto, maga? ¿A quién hemos de culpar? Jaina mantuvo un rostro serio, imposible de leer, y respondió al cabo de una cuidadosa pausa. —El liderazgo de la Alianza ha enfrentado infinidad de desafíos en fechas recientes. Sí, han existido errores de juicio y se han aprendido muchas lecciones, pero también ha habido grandes victorias. Un noble viejo y nervudo se abrió paso entre la gente, sacudiendo la cabeza con frustración. —Estamos hartos de las guerras de la Alianza que consumen nuestro oro y sangre. Las aventuras imprudentes y las venganzas personales sólo sirven para socavar las oportunidades de paz y prosperidad. Jaina alzó una mano para tranquilizar la atmósfera. —Muchos han expresado inquietudes similares. Por ejemplo, la agresión mal encausada hacia la Horda. Personalmente considero que es difícil conseguir buenos aliados en estas épocas, particularmente cuando nuestros enemigos parecen multiplicarse de modo infinito. El barón colocó su grueso brazo sobre el hombro de Jaina, cuya piel se erizó con el contacto. —Muchachos, creo que tenemos aquí a una amante de orcos. —Las risas que siguieron apestaban a cerveza rancia y el barón se aproximó a ella, demasiado cerca, su aliento caliente y burlón. —¿O quizá te inclinas por los hediondos tauren? Con gracia, ella se soltó del agarre del barón y presentó una máscara de simpatía con respecto a sus preocupaciones. En estas épocas, la Alianza no podía darse el lujo de permitir que más fisuras la debilitasen. Azeroth había revelado sus fracturas ocultas que, literalmente, partieron al mundo. Jaina intentó sonreír y el barón le devolvió el gesto, cosa que sólo sirvió para destacar los rasgos porcinos de su rostro. Él le guiñó un ojo. —Sabemos que tú y el rey son cercanos. Necesitamos que razones con él, convéncelo de buscar la paz donde exista tal posibilidad y de lidiar con ese maldito dragón antes de que no quede ciudad con la que podamos comerciar. —Entiendo sus inquietudes, comparto muchas de ellas. —Entonces haz tu deber y utiliza tu influencia, no hay ganadores con la guerra ciega. Los planes actuales del rey son… —¿Son qué? —Preguntó una voz profunda detrás del barón. Todos se volvieron para ver al rey Wrynn en el umbral. El murmullo se apagó cuando Varian entró al salón. —Por favor, barón Lescovar, ilumínenos. Díganos qué traerán mis planes. —La mirada de Varian un relámpago que se clavó en los ojos de Lescovar. Éste retrocedió a modo de sumisión. —Mil disculpas, su alteza. —El barón hizo una reverencia. —Sólo teníamos un animado debate con la estimada líder de Theramore. Varian caminó hasta el barón y sólo se detuvo una vez que se encontró dentro del espacio vital del noble; casi nariz con nariz. El rey habló suavemente, pero su gruñido retumbó fuerte y claro. —Mientras eras un cachorro en el fétido cubil de tu familia, yo guiaba a los ejércitos de Ventormenta a la victoria. —Echó una mirada a todos los presentes para ver si alguien se atrevía a desafiarle. —Nos he conducido a través del océano hasta el gélido Rasganorte, así como a las profanas profundidades de Entrañas; victoria tras victoria. Sin embargo, muchos de ustedes aún dudan. Los dignatarios se encontraban incómodos, pero nadie emitió palabra alguna. Jaina se encontraba fuera de sí por la rabia que sentía internamente. Lo bueno es que íbamos a mantener los colmillos del rey fuera de esto. Varian observó los rostros de los presentes. —¿Qué hacen aquí hoy? ¿Vinieron a hacerme perder el tiempo? ¿A exigir que escuche sus insignificantes quejas sobre mis esfuerzos por proteger este mundo? ¿¡Por protegerlos a ustedes!? Silencio. El fuego del Lobo Fantasma ardía en sus ojos. Un fulgor que se mantenía firme en la noche y obligaba a las sombras a retroceder. —¿O vinieron a ver a Lo’Gosh con sus propios ojos? A contemplar a aquel que hace la guerra con el mismo deleite que sus enemigos. Muchos empezaron a dejar el lugar, pero Varian no había terminado. —¡Hay quienes dicen que no soy mejor que nuestros enemigos, que yo soy el monstruo! Bueno, si es así, ¡soy el monstruo que necesitan! ¡Aquel que cuenta con la ferocidad suficiente como para infundir terror en el corazón de la oscuridad! ¡Alguien con el valor para hacer lo que sea necesario para defender a la humanidad del abismo! Al concluir su diatriba, Varian miró a su alrededor y se encontró con el familiar rostro de Anduin observándole fijamente desde el fondo de la sala del trono. Su hijo llegó en algún punto de su sermón. A juzgar por la cara de horror que mostraba el príncipe, quedaba claro que nada había cambiado desde que se separaron en pésimos términos. Los ojos de Anduin mostraban miedo y sorpresa; Varian sintió como el alma se le caía hasta los pies. ¿Me he convertido en tal extraño para mi propio hijo? Intentó relajar sus facciones, pero aún podía sentir su furia quemándole la piel. Anduin retrocedió y dejó la habitación. Con ello, la furia del rey escapó como agua de una presa rota, dejando sólo un vacío. Varian se sentó en su trono e hizo un gesto cansado indicando a los presentes que se fueran. Sorprendidos, los presentes salieron lentamente en fila india, temerosos del futuro y del líder de la humanidad. Sólo Jaina y el arzobispo permanecieron, mirando a Varian de reojo. Sin pensarlo, el rey deslizó la mano bajo su túnica y tocó el relicario de plata en su bolsillo. La fría superficie metálica calmó un poco el propósito que le hervía en la sangre. Varian sabía que nadie comprendía lo que debía hacer; o ser. Nadie lo comprendía y nadie lo comprendería jamás. * * * * * Jaina y Benedictus observaban en silencio como Varian iba de un lado al otro de la habitación cual fiera enjaulada. El rey daba vueltas al relicario de plata una y otra vez, la brillante cadena tensándose con la misma furia que consumía al rey. Tanto Jaina como Benedictus se sentían impotentes, e intentaban hallar un puerto seguro en la tormenta. —El príncipe entenderá algún día, su alteza. —Dijo Benedictus. —Posee un alma iluminada. —El arzobispo le lanzó una mirada a Jaina en busca de apoyo pero, antes de que pudiera decir algo, Varian gruñó. —Nunca debí permitir que partiera. El deber de Anduin se encuentra aquí con su pueblo, no con los draenei. —Pero aún es joven, —dijo Jaina. —Anduin todavía busca su lugar en el círculo. Se encuentra en una misión para descubrir quién es en realidad. Varian se detuvo y le lanzó una mirada iracunda. —Es el heredero del trono de Ventormenta, Jaina, y casi un hombre. ¡A su edad yo ya había dominado la espada y estaba listo para luchar contra los enemigos de la Alianza! Jaina se estremeció. ¿Acaso la valía de un hombre sólo se mide según lo pronto que mata, Varian? —Ella intentó regresarle una mirada con la misma ferocidad. —¿Acaso no puedes ver que Anduin ha elegido un camino distinto? Varian hizo una pausa. —He… aceptado las decisiones de Anduin, pero temo que aún carece de la fuerza necesaria para gobernar. Son tiempos difíciles como ha puntualizado, arzobispo. —De cierto que el mundo se tambalea. —El arzobispo intentó cuidadosamente dar forma a las palabras con sus manos. —Pero la Luz muestra un camino distinto para cada uno de nosotros, hasta llegar al final escrito. —¡Basta de sermones, Benedictus! El mundo real no es tan indulgente como su iglesia. Ser rey es una tarea peligrosa. ¡Un mal paso y la gente muere! Benedictus dio un paso al frente y colocó una mano sobre el hombro del rey. —En el Día de Remembranza, más que en cualquier otro, se que se considera responsable por muchas cosas; particularmente lo que hemos perdido… —Prosiguió con cuidado. —Lo que usted ha perdido. El rey apretó el relicario de plata, su mente perdida en una madeja de pensamientos y preocupaciones. —Si Anduin no está listo, si tiene alguna flaqueza, todo será… —Varian se detuvo de súbito e intentó sacudirse esa idea. Jaina intervino para disipar el temor. —Anduin tiene una fuerza distinta que dar a este mundo, Varian. Eligió el sacerdocio por algo, es un sanador y se encuentra armonizado con la Luz. Varian asintió. —Lo que dices es cierto, Jaina. Anduin nunca ha sido… como yo. —Con un suspiro, el rey se dejó caer sobre el trono. —Como dijo antes, majestad —enunció Benedictus—, los tiempos han cambiado y queda claro que debemos adaptarnos. La época en que los corazones como el de Lothar eran la única manera de sobrevivir está por terminar. El mundo parece desear algo nuevo. Varian lo miró, su mente plagada de incertidumbre. Los cimientos de Azeroth habían sido sacudidos hasta su centro y muchas de sus piezas de desprendieron o perdieron para siempre. Sus creencias alguna vez firmes se tornaron endebles. Benedictus y Jaina se encaminaron hacia la salida, pero el arzobispo tenía una última petición. —En cuanto a la renovación, su alteza. Tengo un obsequio para usted en este Día de Remembranza, de hecho, tanto para usted como para el príncipe. El rey suspiró. —Me temo que sólo yo podré recibir su generosidad hoy día, Padre. Queda claro que mi hijo no tiene deseos de estar cerca de mí. Benedictus sonrió. —No permita que su corazón se acongoje. La Luz siempre brilla, incluso en las noches más oscuras. ¿Podría reunirse conmigo más tarde? Me parece que servirá para remediar muchos de sus problemas. Varian no estaba convencido de ello. —¿Dónde y cuándo, Padre? Como sabe, tengo un día muy ocupado. El arzobispo se inclinó y le susurró la ubicación al rey. El rostro de Varian se endureció al escuchar el lugar de reunión pero, al cabo de un momento, asintió de mala gana. Mientras Jaina y el arzobispo dejaban la habitación, Varian formuló una última pregunta para Benedictus. —Dígame, arzobispo. ¿Cree que Anduin llegará a ser un buen rey? Éste se volvió y asintió con autoridad. —Por supuesto, señor. Si sobrevive al crisol de nuestros tiempos. Los días de tribulación tienden a eliminar todas las impurezas, dejando únicamente el acero más fuerte. Los reyes Wrynn siempre han demostrado su valía, su alteza. —Hizo una reverencia y salió junto con Jaina, dejando a Varian solo en la sala del trono, en compañía del peso del mando que le era tan familiar al rey. * * * * * Cuando Varian entró al cementerio de la ciudad, el sol comenzaba su lento descenso por el horizonte, proyectando rayos cálidos de color siena sobre los enormes capiteles de la catedral y las silenciosas tumbas. La tristeza inundó al rey cuando pasó cerca de las lápidas que conocía tan bien, un sendero que había recorrido en previos Días de Remembranza. El incisivo y dulce aroma de las violetas frescas llegó a su nariz y conjuró recuerdos del maravilloso perfume de su esposa Tiffin, su alegre risa, su amable sonrisa. Se aproximó a los leones de piedra que montaban guardia sobre la tumba de su esposa y pareció entrar en algún tipo de trance mientras los recuerdos perdidos formaban un torrente en sus pensamientos. Rayos de luz dorada se reflejaban en la placa de bronce de la tumba. Varian leyó la última línea de la inscripción —pues nuestro mundo se torna frío en tu ausencia— y sintió como una amarga ola de verdad inundaba su corazón. Tú y Anduin son lo único que me ha dado calidez en este mundo, Tiffin. El monarca se volvió al escuchar pasos detrás de él. Con sorpresa vio como se aproximaban Benedictus y su hijo. La emoción de ver al príncipe se apagó rápidamente al notar el shock en su rostro, así como el modo en que clavó la vista en el arzobispo. A Varian le sorprendió ver lo mucho que Anduin había crecido y se preguntó si sólo era una ilusión óptica. Frustrado, el príncipe acomodó su arco y carcaj, lanzándole una mirada fulminante al sacerdote. —Cuando me pidió que le acompañase, arzobispo, olvidó mencionar que mi padre estaba invitado. Benedictus le sonrió al joven. —En ocasiones, mi estimado príncipe, es necesario guardar ciertos secretos si hemos de sanar al mundo. Varian sintió que regresaba al rol de padre. Quería decirle al muchacho que dejara de actuar como tonto y que madurara. Deseaba ordenarle a Anduin que permaneciera en Ventormenta y cumpliera con sus deberes como príncipe y heredero al trono. Sin embargo, sabía que esto tendría el mismo resultado que la vez pasada. Mientras más severo se portaba con Anduin, más lo alejaba. —¿Es éste su obsequio del Día de Remembranza? —El rey Wrynn intentó suavizar su tono. —¿Una reunión familiar sorpresa? De manera inconsciente, sus ojos se posaron sobre la tumba de Tiffin. El arzobispo los miró a ambos y parecía satisfecho. —En parte, pero hay más. ¿Recuerda la misión que me encomendó hace mucho tiempo? ¿Justo después de que la bienamada Tiffin murió? El rey pensó por un momento. Había pasado tanto tiempo e infinidad de cosas desde la muerte de su esposa. Muchos cambios, gran parte de él había cambiado. ¿Podría Tiffin amar al hombre en el que me he convertido? Benedictus le extendió a Varian una reluciente llave de plata y al rey el impresionó el peso del objeto que ahora sostenía en la palma de su mano. Anduin supo de inmediato lo que era, —la llave del relicario de mamá. Varian se quedó sin palabras y buscó algo qué decir. —¡Lo encontró! ¿Cómo? —Sí señor, tal como ordenó. Siento que haya tomado tanto tiempo, pero consideré que hoy sería un buen día como para regresarles a ambos los recuerdos. —Benedictus dio al príncipe un par de palmaditas en la cabeza. El rey sintió como una fibra sensible se movía en su interior. —Gracias Benedictus, eres un buen hombre. No quisiera pensar que haría sin ti. El arzobispo inclinó la cabeza. —Por favor, permitan que los deje a solas. —Hizo un gesto con la mano mientras se volvía para retirarse. —La paz sea con ambos, —dijo antes de internarse en la arboleda. Varian daba vueltas a la llave de plata una y otra vez, intentando comprender la extraña despedida del arzobispo. Finalmente notó que Anduin lo observaba. Todas las cosas severas que deseaba decirle a su hijo carecían de trascendencia. Se dio cuenta de que sólo una cosa era cierta. Anduin era más importante que todo eso; le quedaba claro.
  3. I Penitencia Atrás había quedado su patria y ante él yacía el resto del mundo, ese en el que sus predecesores caminaron en las llamadas Guerras Trols hace miles de años. Sin embargo, esta vez los trols del bosque no eran la amenaza hacia su pueblo o sus aliados, los humanos. Esta vez eran otras criaturas, unas que los pocos forestales que habían marchado al sur junto a la Capitana-forestal Alleria Windrunner ya habían tenido que combatir y a las cuales se referían como orcos; fornidas criaturas de piel verde cuya fuerza y salvajismo se equiparaba con el de los trols, aunque con un intelecto mayor y una destreza mágica tenebrosa, pese a no poseer capacidad alguna de regenerar algunas de sus heridas. Ese era el enemigo que había arrasado el dominio humano más alejado de los siete reinos y que infundio temor en sus corazones, obligando al Rey de Lordaeron a crear la Alianza de Lordaeron, pero de el que su monarca nunca presto gran importancia hasta que se atrevieron a arrasar las frondosas fronteras del sur de Quel'thalas, derramando sangre thalassiana por montones y dejando nada más que ceniza y miseria con el fuego de dragón que desataron sobre sus bosques. Dicho atrevimiento fue lo que llevo al Rey Anasterian a desplegar toda la fuerza militar de Quel'thalas, dicho atrevimiento fue lo que lo aparto de su familia y lo llevo a marchar hacia la propia ciudad capital del Reino de Lordaeron, a bordo de la poderosa armada elfica. Elessar se hallaba a bordo de la Gloria del Amanecer, sentado sobre un banco a un costado del puente de mando, reclinado unos cuantos centímetros hacia adelante y con su espada sobre sus rodillas, sujeta con su mano derecha mientras que con la izquierda, deslizaba una piedra para afilarla. Había perdido la cuenta de cuanto tiempo llevaba ya en dicha labor, pero a bordo de la nave, sin contar alguna breve charla con el resto de soldados o con el capitán, era lo único que podía distraerle. Su cuerpo se hallaba en camino hacia la ciudad capital, pero su mente se encontraba aun en Quel'thalas. El rostro preocupado de su amada esposa y la expresión ofuscada de su joven hijo ocupaban su mente, pero él lo prefería así. Tenia que ser así. No podría estar dirigiendo a sus hombres y a la vez, preocuparse de su hijo. Tampoco podía actuar como un padre en el campo de batalla, ni privilegiarle. Pero aun más importante, no podía permitirse el lujo de arriesgarlo y tentar a la muerte, no cuando desde hacia tiempo esta ya llevaba rondando a su linaje y se había atrevido a arrebatarles a un hijo ya. Elessar suspiro y negó con la cabeza, mientras se dedicaba a deslizar con aun más fuerza la piedra sobre uno de los extremos de la delgada hoja elfica. Veradra… Elessar volvió a sacudir su cabeza al recordar su nombre y apenas si alcanzo a percatarse cuando el sargento-forestal Illdris Windleaf se acerco a él, se cuadro y le saludo refiriéndose por su cargo. “Teniente Dawnblade.” – Illdris se mantuvo con la mirada fija al frente y las manos a cada costado de su cuerpo, reasimilando la postura de algunas estatuas doradas que adornaban sitios como Tranquillien o la propia Lunargenta. El elfo le dedico un ligero asentimiento, antes de envainar la espada e incorporarse. “Descanse, sargento.” – Ordeno Elessar tras ponerse de pie y verlo a los ojos. – “¿Tenéis algo que decirme?” “Si, Teniente.” – Asintió el sargento-forestal y luego, agrego. – “El capitán Southwave me ha dicho que deberíamos de estar arribando a las costas del territorio humano cerca del medio día de la próxima luna.” Dawnblade asintió y volvió su mirada hacia el horizonte unos instantes, en dirección hacia el noroeste. Hacia su hogar, rezando a la Luz que su familia pudiera estar segura y él vivir lo suficiente, como para poderles volver a ver. Suspiro con resignación y volvió su atención al Sargento-Forestal solo para despedirse. Poco más podía hacer en altamar, más que afilar su espada, charlar o descansar y en aquellos momentos nada más tenia lo ultimo. Esa era su carga, después de todo; el silencio. Uno que solo se había atrevido a romper con su esposa, al no desear engañarle con respecto al fatídico destino que podía aguardar a su linaje. Ithïllien… Elessar bajo los escalones y se dejo caer sobre el camastro de su camarote, recostando su cabeza sobre las almohadas y dejándose llevar por el suave vaivén de las aguas, incapaz de apartar la citada profecía de su mente. La molesta y maldita profecía que rondaba a los suyos desde la Guerra de los Ancestros. Finalmente, se durmió sin darse cuenta. * * * * * Todo eran sombras a su alrededor, sombras difusas y sin forma alguna. El elfo intento alzar la vos, pero solo oía su propio eco. Confuso, intento llevarse una mano a su cinturón, percatándose del espacio vacío que había en el viejo lugar que ocupaba su espada. Elessar resoplo y volvió a gritar, esta vez los nombres de distintos compañeros de armas que le acompañaban dentro de la nave, pero no había respuesta hasta que de pronto, un extraño haz de luz blanquecina ilumino sus alrededores y le cegó por completo… Solo cuando abrió sus ojos, se encontró ante una gigantesca estructura de piedra blanca, con los muros derruidos, dejando entrever los distintos estandartes rasgados que decoraban los muros interiores, así como uno que otro mueble destrozado y armas oxidadas y abandonadas en el suelo. Nada más había intacto un árbol cuyo tronco se trenzaba hasta llegar a su propia copa, apenas dos metros por sobre el suelo, extendiendo sus ramas a dicha altura. Su tronco era blanquecino y sus hojas, aun más curiosas, poseían un color platinado que parecía brillar a la luz de la luna. El elfo frunció el ceño al verlo, sabia mejor que nadie donde estaba; a pesar de nunca haber pisado aquel lugar en persona, si lo había visto en sus sueños y su propio padre se lo había descrito. “Mi maldición…” – Murmuro para si mismo, viendo el árbol hacia la distancia. Temía lo que pudiera ocurrir de acercarse y por ende, Elessar se mantuvo en su sitio, negándose a caminar. Sin embargo, el propio suelo bajo sus pies parecía actuar en su contra o quizá, fuese su propio cuerpo, motivado por el profundo sentido del deber que sentía dentro de su corazón, lo que le llevo a encontrarse frente al árbol, a escasos centímetros del mismo, a pesar de desear lo contrario. “¿Por qué si es una maldición, sigues regresando a este lugar, sangre de mi sangre?” – Oyó decir a una voz suave y serena. Elessar presiono su mandíbula y observo a ambos costados, percatándose de la alta figura de piel violeta, cabellos platinados que caían por sobre sus hombros cual melena y una especie de toga del mismo color, recubierta por una especie de vestimenta superior entreabierta y de tela, de un color tan oscuro como la propia noche. Todo amarrado con un cinto del mismo material y de color blanco. Las manos del elfo se hallaban juntas y entrelazadas, cubiertas por las extensas mangas de cada brazo, las cuales se encontraban entre si. Su caminar era suave y elegante, pero su voz, aunque serena, imponía cierto respeto y solemnidad. “No regreso aquí por gusto, Ithïllien…” – Contesto entredientes Elessar, ofuscado. – “Y si lo llamo maldición, es porque lo es. ¿De qué otro modo te gustaría que llamara al mal que aflige a mi sangre? ¿A TÚ SANGRE?” Ithïllien siguió acercándose a Elessar, hasta finalmente quedar de frente a este, viéndole con sus ojos puros como estrellas en mitad de la noche. “Tu mejor que el resto que te precedieron, Elessar Dawnblade, sabes lo que es el sacrificio y lo que esto realmente significa.” – Dijo Ithïllien sin variar su tono de voz. – “Sabes que esto no es una maldición. Sino una penitencia. Una que mi padre dejo caer sobre nuestro linaje y que tarde o temprano, tomaría forma llegado el día en que nuestro numero disminuyera y la tarea fuese olvidada por el tiempo y la distancia…” Elessar rechino los dientes ante su respuesta y su tono de voz. El elfo poseía temple, pero cuando hubo de sacrificar a uno de los suyos, siquiera los relatos que su padre le había contado cuando era pequeño, con tal de prepararlo de ser él quien vislumbrara esos momentos, habían llegado a serle un consuelo o a ofrecerle la comprensión que parecía escapársele por entonces. “¡Se lo que es entregar a una hija al salvajismo del bosque de Quel’thalas, confiando en que tendrá el valor que yo no tuve!” – Alzo la voz el elfo, con un nudo en la garganta. – “¿Qué culpa tenia Veradra? ¡Ninguna! … Era inocente. Es inocente.” “Y aun así, tu hijo tendrá que seguir mis pasos, Elessar Dawnblade.” – Dichas palabras se sintieron como un millar de flechas atravesando el corazón del quel’dorei. No era la primera vez que tenían aquella conversación, pero nunca sabia como encajarla. – “Debera de enfrentar a su sangre y decidir si poner fin a la sombra que por milenios nos acoso, y que dejo caer su velo cuando vuestra hija llego a este mundo o perdonarle su vida, a costa de que eso pueda ocasionar nuestra desaparición.” Elessar intento decir algo, pero más le pudo el nudo en la garganta. Cerro sus ojos con fuerza y levanto su mirada, vislumbrando las hojas plateadas del árbol, creyendo poder ver los distintos rostros de cada uno de sus ancestros y al mismo tiempo, la vida de cada uno. Incluso la de sus hijos; las de ambos. Sin embargo, solo entonces se percato de que sus hojas apenas si desvelaban nada de su posible destino y no menor fue su sorpresa, al vislumbrar que la suya se encontraba en el mismo estado. Confuso, el elfo volvió su mirada hacia Ithïllien, tratando de poder encontrar cualquier clase de respuesta o explicación. Lo que fuera que pudiera hacerle entender dichas imágenes. Ithïllien le miro y se acerco al árbol, separando solo en esos momentos sus manos, para acercarla hacia aquellas tres hojas, apenas rozándolas con las yemas de los dedos. “Vuestra hija será quien le despierte, Elessar. Lo había visto todo, hasta que tu decidiste dejar a la naturaleza lo que tu corazón te impido a ti.” – Agrego con el mismo tono sereno y respetuoso, sin sonar como un reproche a pesar de sus palabras. – “Lo que hiciste, ha borrado toda la historia que pudo ser escrita. Solo queda su encuentro, que tarde o temprano ocurrirá y vos no podréis detenerlo.” Dawnblade descendió su mirada y de pronto, se percato: tenia elección. Aunque fuera minima y discreta, la tenia. De inmediato volvió su atención a Ithïllien. “¿Y si pudiera?” – Por primera vez, la expresión de Ithïllien había variado y en dicha ocasión, se torno severa, pero no le replico. - “Kethrian no sabe nada de esto. No sabe de ella. No sabe de esta profecía. Solo sabe de nuestra enseña y nuestra historia pasada, pero no por completo… Él puede evadirse de este destino si esto sigue siendo así.” “No puede, Elessar Dawnblade.” – Ithïllien apoyo una mano sobre su hombro, de forma conciliadora a pesar de su expresión. – “Cuando tuve que combatir a mi padre y luego, le sepulte bajo este mismo suelo que dio lugar a este árbol, lo hice con la esperanza de que en algún momento, su espíritu pudiera redimirse. Los demonios marchitaron su espíritu, pero no por completo. Este árbol es lo único que quedo de su pureza y es el reflejo de su verdadero deseo: que su Casa viviera. Ellos corrompieron ese fin y aun muerto, su espíritu siempre aguardaría el día en que pudiera regresar en la forma de otro, con tal de dirigirnos por el supuesto camino correcto, otra vez… Veradra es su reencarnación y habiendo hecho lo que hiciste, has permitido que sea tu segundo hijo quien deba encargarse del deber que su padre no tuvo el valor de realizar.” “¿Y si yo le hallara antes?” – Intento agregar otra palabra, pero nuevamente otro nudo se apodero de su garganta. Se llevo una mano a su pecho, a la altura del corazón y dejo escapar un suspiro de desolación. Palabras eran palabras y él lo sabia. Sabia que aunque lo dijera, no seria capaz de acabar con la vida de su propia hija. “No tiene caso mentirte a ti mismo, Elessar.” – Ithïllien negó con la cabeza. – “Hagas lo que hagas, hay cosas que no podrás evitar. Ni yo puedo predecir tu destino ya, pero si puedo asegurarte que sin darte cuenta, tu mismo has permitido que la profecía se deba cumplir. Recaera en las manos de tu hijo, decidir el destino de nuestra Casa y librarlo a él, del mal que aun le corroe y ciega.” Elessar negó con la cabeza varias veces, incapaz de poder decir nada. Sintio la presión de la mano de Ithïllien sobre su hombro, poco antes de entreabrir sus ojos y vislumbrar la tierra bajo el árbol. Fertil, pero no menos oscura y de tanto observarla, no pudo escapar a los tenebrosos y aparentes murmullos que parecían provenir de su interior. Inmediatamente volvió su mirada hacia Ithïllien, pero mientras este parecía responderle o querer decirle algo, los murmullos subieron en volumen, adoptando una voz familiar y que poco a poco, le apartaban aun más del sueño ¡Elessar! ¡Elessar! … ¡Teniente Elessar! * * * * * Ildris sacudía a Elessar sobre su cama, tratando de despertarle. Le había oído hablar mientras dormía y solo cuando creyó oírle sollozar, se apresuro a intentar despertarlo de cual fuera la pesadilla por la que estaba pasando. Elessar abrió sus ojos de pronto y observo al Sargento-Forestal de manera confusa. “¿Ildris…?” – Elessar parpadeo. “Al fin…” – Suspiro Ildris, con alivio. “¿Qué… Qué ocurre?” – Volvió a preguntar Dawnblade, sin variar su expresión confusa. – “¿Ya hemos llegado?” Ildris le vio y negó con la cabeza. “Estabais hablando dormido, Teniente. Incluso sollozabais…” – Ildris frunció los labios y suspiro. Conocía lo suficiente a Dawnblade, como para saber cuando algo no andaba bien. – “¿Qué ocurre, Teniente?” Elessar fruncio el ceño y desvió su mirada hacia su armadura, la cual se hallaba a un costado del camarote, junto a su escudo y su espada. Inspiro hondo y luego, suspiro pesadamente. Miro a Ildris y negó para si. Nuevamente miro hacia sus cosas y, finalmente, volvió su atención hacia sus ojos otra vez. “Nada bueno, Ildris… Pero no puedo decirte nada ahora mismo.” – La mirada confusa y desaprobadora del Sargento era algo que se esperaba y que, para nada, le extrañaba. Aun así, agrego. – “Pero necesitare que me prometas algo…” “¿Si?” – Contesto de manera escueta el Sargento-Forestal, sin quitarle los ojos de encima o variar su expresión. “No ahora…” – Respondió el elfo. – “Pero sí, si el destino quiere que yo no pueda regresar a Quel’thalas y tu si, amigo mío.” Aunque confuso, Ildris asintió y tras una breve charla, volvió a dejar a Elessar solo dentro de su camarote. Dawnblade intentaría descansar, pero más le podría incertidumbre durante el resto del viaje.
  4. Baine Pezuña de Sangre - Al Igual que Nuestros Padres por Steven Nix Léela en el Sitio Oficial Descarga el .PDF Un viejo carro desvencijado avanzaba lentamente por el camino hacia La Gran Puerta, donde le esperaba una pequeña patrulla preparada para escoltarlo hasta la lejana torre de zepelín. Allí, distribuiría el agua que transportaba por los asentamientos orcos de Durotar, que era la zona más afectada por la reciente sequía. El joven kodo que tiraba del carro avanzaba con el paso lánguido rutinario en los largos viajes y alcanzó la cima de la colina antes de desaparecer de la vista. Un exasperado goblin observaba mientras el carro desaparecía. Su propio carro tendría que haber ido tras esa caravana y, sin embargo, él seguía allí parado al lado del pozo porque la brisa había desaparecido y había convertido en inútil el surtidor accionado por el viento. —Date prisa con eso, ¿quieres? Tenemos que darnos prisa si queremos que una patrulla nos escolte en este viaje. —El goblin movía el pie irritado mientras dirigía su ira al joven orco que forcejeaba con la manivela. —Cálmate, Izwix —dijo un orco guerrero que se encontraba cerca mientras se tumbaba en la hierba—. ¿Qué van a hacer unos cuantos lacayos de la Alianza? Si hacen el más mínimo movimiento se llevarán un hachazo en la cabeza.—Cogió una ramita de un arbusto cercano y comenzó a limpiarse los dientes con ella—. —¡La Alianza es una amenaza, Grotz! —contestó el goblin—. Y la verdad es que preferiría llevar escolta en vez de tener que confiar en tus limitadas facultades… o en las suyas —dijo, señalando al asesino oculto entre los arbustos—. —No te preocupes por mí, Izwix —dijo Dras, mientras salía súbitamente de su escondrijo—. Le clavaré una pica de jabalíes en la espalda a cualquiera que se me acerque. Deja que los bellacos de la Alianza se nos acerquen. Izwix suspiró. —¿Qué he hecho yo para merecer a estos dos… eh? —Los arbustos que rodeaban el pozo se agitaron cuando asomó la cabeza—. ¿Qué ha sido eso? Todos giraron la cabeza hacia el lugar del que provenía el sonido; Grotz agarró su hacha y se puso en pie. El sonido se detuvo. Dio un cauteloso paso hacia adelante mientras un murmullo recorría todo el arbusto, de un extremo a otro. Todas y cada una de las ramas comenzaron a agitarse de forma violenta. Izwix se alejó receloso, en dirección al kodo que permanecía atado al carro del agua. Dras jugó con sus cuchillos, nervioso mientras el crujido de las hojas aumentaba. Docenas de bestias con aspecto de jabalíes, que empuñaban lanzas y todo tipo de armas diferentes y cubiertas por armaduras de retales, salieron al exterior y rodearon al grupo. Uno o dos cayeron bajo el hacha de Grotz antes de que este se viese superado. Izwix trató de huir. Dras se agachó en busca de cobertura y se encontró de bruces con el líder del ataque. El jabaespín se lanzó ferozmente contra el orco hasta chocar contra él con la cabeza. El resto de los miembros de la caravana cayeron uno tras otro y la hierba se tiñó rápidamente de rojo en las inmediaciones del pozo. Izwix había conseguido desatar al kodo, saltar sobre su lomo y espolearlo para que se pusiera en marcha antes de que una lanza surcase los aires y lo derribase de su montura. El kodo siguió avanzando mientras los jabaespines saqueaban el carro y desaparecían por donde habían venido, de vuelta al Barranco Cortazarza. * * * * * Algún tiempo antes de este ataque, Baine Pezuña de Sangre, Gran jefe de las tribus tauren, se encontraba en su cabaña en Cima del Trueno con Garrosh Grito Infernal y el archidruida Hamuul Tótem de Runa. No se trataba de un encuentro casual: Baine había decidido no vengarse de Garrosh por la muerte de Cairne Pezuña de Sangre por el bien del liderazgo de una Horda unida. Baine sabía que la Horda necesitaba un líder fuerte a la cabeza si pretendía sobrevivir; y Garrosh era capaz de inspirar a su pueblo. Pero la reunión no iba bien. Garrosh, que en un principio se había mostrado cauteloso por el papel que había desempeñado en la muerte del padre de Baine, se dejaba llevar de nuevo de sus bravuconerías y fanfarronadas, y había llegado a Mulgore con una cantidad absurda de exigencias. Las palabras vehementes se elevaban y llenaban el ambiente. Hamuul, que normalmente se mostraba reservado y silencioso, comenzaba a levantar también el tono de voz en respuesta al testarudo y descarado joven orco que tenía ante sí. La manera en la que Garrosh dirigía a la Horda dejaba mucho que desear a los ojos del tauren, y Hamuul todavía no podía creer que Cairne Pezuña de Sangre, el más grande de los líderes tauren, hubiera perecido a manos de ese cachorro. Como consejero de Baine, Hamuul había abierto las negociaciones para transportar los suministros de agua hasta Orgrimmar. Hasta el momento, las negociaciones no habían ido muy bien. Baine observaba con aire estoico mientras agarraba con una mano su maza, hasta que alzó educadamente la otra mano para intervenir. Pasado un momento, los otros dos callaron y escucharon a Baine. —Garrosh, dices que necesitas agua, pero ¿qué hay del Río Furia del Sur y de su cuenca? ¿Acaso no puedes obtener de ahí toda el agua que necesitas? A Garrosh se le escapó un gesto burlón. —En condiciones normales, sí, pero está contaminada. Podemos usarla para regar los cultivos, pero no podemos beberla. Esto nos causa problemas en la ciudad y allí donde los orcos establezcan sus hogares por estas tierras. Con la mirada fija en los ojos de Garrosh, Hamuul añadió sin preámbulos: —¿Y qué es exactamente lo que la está contaminando? Garrosh rechinó los dientes. —Los proyectos de los goblins en Azshara parecen tener… efectos colaterales. Esta contaminación provocada por sus excavaciones parece haber penetrado en la tierra y se desplaza ahora por el río hacia el sur, donde nosotros sufrimos las consecuencias. Baine cruzó la mirada con Hamuul un instante. —¿Por qué no ordenamos a los goblins que paren? Para darle tiempo a la tierra a que se sane y que continúen más adelante. Con un poco de planificación y previsión, los goblins podrán realizar sus proyectos hasta cierto punto y de esa forma no dañaremos la tierra innecesariamente. Garrosh golpeó con los nudillos en la mesa. —¡Tonterías! Sus proyectos son vitales para nuestros esfuerzos bélicos. No pondré en peligro la seguridad de la Horda. En Mulgore todavía hay mucha agua, y será esa agua la que suministraremos a Orgrimmar y a los asentamientos de los alrededores. Hamuul añadió en tono calmado: —Yo estoy de acuerdo con Baine, y tú sabes que tiene razón. Los goblins deben parar o trasladar sus edificios a otro lugar para permitir que la tierra sane y el río se recupere. —¿Y qué hace vuestras opiniones más válidas que las miles que oigo cada día? —Garrosh entornó ligeramente los ojos—. Además, no lo estoy pidiendo. Es una orden. La discusión volvió a animarse. Hamuul y Garrosh siguieron gritando hasta que Baine acabó por exasperarse y gritó: —¡Ya basta! ¡Esta discusión no nos lleva a ningún lado! Ambos se callaron, sorprendidos ante tal arranque y observaron fijamente a Baine, que añadió en un tono más calmado: —Garrosh, conseguirás tu agua. Pero quiero un representante oficial tauren que actúe como consejero en los próximos proyectos de los goblins. Garrosh fijó una mirada fría en Baine. —Por supuesto que conseguiré mi agua. Mi deber para con la Horda es mantener a todo el mundo sano y salvo. No pienso tolerar que se cuestionen ni mi liderazgo ni mis intenciones. —Y tras eso salió furioso de la tienda dando voces por encima del hombro—. ¡Mandaré pronto a mi enviado para establecer un calendario de los envíos! Hamuul observó cómo se alejaba y dijo: —Si por una vez fuese capaz de escuchar alguna opinión que no fuese la suya... Baine esbozó una sonrisa triste y colocó su enorme mano en el hombro de Hamuul. —Dale tiempo, Hamuul. Para individuos como Garrosh, el tiempo es efímero. Entrará en razón o se destruirá a sí mismo. Esos son los únicos destinos que le aguardan. En cualquiera de los casos, la paciencia es nuestro mejor aliada. Hamuul sacudió la cabeza como para despejarla. —Nosotros ya existíamos antes de la llegada de los orcos, seguro que lo recuerdas. Tal vez tu padre estuviera en deuda con Thrall por todo lo que hizo por nuestra gente, pero esta es una nueva Horda. He oído lo que susurran algunos tauren. Muchos se preguntan si en realidad debemos seguir formando parte de esta Horda. —Dio un bufido—. La Horda ha hecho mucho y le debemos mucho, pero tienes que admitir que estas dudas tienen también su sentido. Baine cogió un mapa de un estante y comenzó a buscar todos los pozos conocidos de Mulgore. —Tal y como dices, es posible que mi padre estuviera en deuda con Thrall, pero él creía en la Horda que ayudó a crear. A pesar de que mi padre ya no esté con nosotros y de los cambios a los que nos enfrentamos, yo todavía creo en la Horda. * * * * * Al cabo de poco tiempo, el trasiego de caravanas que transportaban agua desde los diversos pozos de Mulgore hasta Orgrimmar se había convertido en la norma habitual. Desde allí, el agua se distribuía para que todos los ciudadanos de Durotar volvieran a disfrutar de agua fresca en sus hogares. De vez en cuando se recibía algún informe sobre intentos de asaltos por parte de bandidos, pero en general, el transporte de agua no causaba problemas. El primer ataque sufrido en Mulgore supuso una gran sorpresa para Baine. No solo había tenido lugar en su territorio, sino que había sido una brutal matanza. La investigación del incidente no había desvelado ninguna pista sobre los atacantes o sus motivos. Los cadáveres mantenían sus pertenencias y el carro de la caravana había sido destrozado, a pesar de que en su interior no había nada de interés. El carro solo transportaba un contenedor de agua, después de todo. Las manchas de sangre de la hierba indicaban que se habían llevado a rastras varios cadáveres, pero el resto de los miembros de la caravana sí se localizaron. Baine estaba desconcertado. En un principio temió que se tratase de un ataque en represalia de los exiliados Tótem Siniestro, pero sus exploradores caminamillas no consiguieron encontrar nada que demostrase que estaban involucrados. Un día, se encontraba estudiando detenidamente uno de esos informes cuando un mensajero orco se acercó y se aclaró la garganta. Baine levantó la vista e hizo un gesto para indicar al orco que entrase. —¿A qué debo esta visita? —Mensaje del Jefe de Guerra. —El mensajero desenrolló la carta y comenzó a leerla—. A la atención del Gran jefe de los tauren Baine Pezuña de Sangre, el Jefe de Guerra de la Horda Garrosh Grito Infernal le envía lo siguiente: El transporte de agua se mantiene tal y como estaba programado y eso me agrada. Sin embargo, debes tener en cuenta que el agua de las últimas entregas estaba contaminada con algún agente desconocido. Espero que esto se solucione rápidamente. Baine pensó un instante, con el ceño fruncido por la preocupación. —Esas entregas provenían del Pozo Pezuña Invernal. Dile a Garrosh que lo investigaré personalmente. Dicho esto, el mensajero se marchó al momento y, tras dejar a uno de sus valientes a cargo de Cima del Trueno, Baine se preparó para el viaje hacia el sur de Mulgore. * * * * * Baine observó con aire solemne los cadáveres esparcidos alrededor del pozo. Era una masacre. Tres caravanas estaban destrozadas y sin posibilidad de arreglo, y habían robado todo lo que no estaba clavado, incluidos los contenedores de agua que transportaban. Los kodos de los carros habían desaparecido y los cadáveres de ocho guardias de las caravanas yacían en círculo alrededor de los seis trabajadores que habían tratado de defender. Esta vez los guardias estaban más preparados, por lo que había al menos una docena de cadáveres de jabaespines desperdigados por la zona. —Son jabaespines, pero están mejor armados. ¿Has visto la armadura de ese de ahí? Son retazos de varios diseños de la Horda. Nunca había visto jabaespines tan organizados como estos. —Baine se quedó pensativo—. Uno de los obstáculos para la paz en Mulgore ha sido siempre la tozuda amenaza de los jabaespines. Mi padre nunca consiguió entablar conversaciones con ellos. Pero si han cambiado de líderes, tal vez podamos negociar con ellos en esta ocasión. —Informa al Campamento Narache de que deben intentar ponerse en contacto con los jabaespines del Barranco Cortazarza. No podemos responder a una matanza con otra, y no permitiré que la escalada de violencia conduzca a una guerra en mi propio territorio. —Me quedaré en mi antiguo alojamiento en el Poblado Pezuña de Sangre durante unos días. Infórmame de las novedades en cuanto puedas. —A continuación Baine se giró hacia su mensajero—. Informa a Garrosh de que hemos descubierto al culpable y de que nos ocuparemos de la situación. Garrosh contestó unas horas después, exactamente como Baine había esperado. El Jefe de Guerra insistía en que las tropas debían ponerse en marcha para recuperar las tierras y expulsar a los atacantes. Terminaba su mensaje con la frase: Y si tú eres incapaz de solucionar esto, no te quepa duda de que yo lo haré. Baine resopló. —Esto no puede ser. Esperaba que fuese capaz de comprender la necesidad de evitar otro enfrentamiento. Que así sea. Dile a Garrosh que agradecemos su apoyo, pero que no hay ninguna necesidad de emprender una operación militar en este momento, ya que deseamos ver cómo resultan las negociaciones. Ruego a la Madre Tierra para que sean fructíferas. * * * * * Al día siguiente el caminamillas se acercó a Baine en su antiguo alojamiento. —Tengo noticias sobre la situación con los jabaespines, Gran jefe. Baine le miró con aire esperanzado. —¿Buenas noticias, tal vez? —Hemos tratado de ponernos en contacto con ellos de todas las formas posibles, pero atacan a nuestros enviados en cuanto los avistan. Tras cada intento, vuelven cubiertos de sangre ajena. —El explorador observó la decepción en la mirada de Baine. Y añadió rápidamente—: Pero las bajas han sido mínimas. Solo luchaban cuando era necesario durante la retirada. Baine suspiró. —Muy bien. Suspended los intentos de negociación por el momento. Tengo que encontrar el origen de sus ataques si queremos solucionar este asunto sin un innecesario derramamiento de sangre. Uno de los consejeros de Baine habló. —Con el debido respeto, Gran jefe, estoy seguro de que un pequeño grupo de efectivos podría infiltrarse sin ser visto y asesinar a su líder. Si conseguimos desorganizarlos, será más fácil acabar con ellos. —De ninguna manera. Sé que de alguna manera podemos conseguir la paz. No caeremos en la tentación de la acción militar. Ese es el estilo de Garrosh, no el mío. Y centró su atención de nuevo en el caminamillas que esperaba pacientemente. —Ve a entregarles mi mensaje y añade que nadie debe entrar en el territorio de los jabaespines sin mi permiso expreso. Encontraré una respuesta a esta nueva amenaza. —El explorador salió al momento y Baine comenzó a prepararse para el viaje de regreso al hogar paterno—. Baine se giró para mirar a sus consejeros una vez más antes de salir de la tienda. —El mundo está devastado; la Alianza nos acosa en nuestras fronteras, y la Horda trata de devorarse a sí misma desde el interior. Quiero probar otra solución que no sea el derramamiento de sangre. El mismo consejero volvió a intervenir. —Me gustaría estar de acuerdo, pero esos jabaespines no son más que bestias beligerantes que llevan años persiguiendo a nuestro pueblo. La paz con ellos no duraría mucho. Baine asintió brevemente. —Tal vez. Es posible que la paz fuera efímera, pero ¿acaso necesitamos otro conflicto en nuestro territorio ahora mismo? —Y dicho esto partió hacia Cima del Trueno—. * * * * * Una noche, poco tiempo después del último ataque, varios tauren del Campamento Narache se reunieron alrededor del fuego. Los ataques de los jabaespines habían aumentado, y parecía que cada vez drenaban más las reservas de agua de sus tierras para enviarla a otros. El más anciano intervino en primer lugar. —No deberíamos utilizar así nuestras tierras. Hasta el momento, Baine se ha sometido a todas y cada una de las demandas del fanfarrón de Garrosh, por mezquinas que estas fueran. ¿Cuánto tiempo más podemos permanecer aquí sentados observando cómo entrega todo lo que somos a los orcos? Un tauren algo más joven añadió: —No podemos ser los únicos que opinemos de esta forma. ¿Alguno de nosotros ha hablado con las otras tribus? El primer interviniente suspiró. —Yo lo he hecho, y ya sabéis lo testarudos que pueden llegar a ser los Iracerada y los Pezuña Pétrea. No son totalmente conscientes de cómo las decisiones que ha tomado Baine desde la muerte de su padre han afectado a Mulgore. —Es posible que Baine no sea su padre, pero estoy seguro que haga lo que haga será por nuestro bien. El bienestar de su pueblo es lo único que realmente le preocupa. —Puede ser, pero eso no cambia el hecho de que vivir aquí resulte cada vez más peligroso. Nosotros los Sendaeterna no somos una tribu que esté acostumbrada a permanecer estacionarios, ¿por qué no nos trasladamos? Recordad otros tiempos, cuando nos trasladábamos en busca de caza. Ahora tenemos un territorio al que podemos considerar nuestro hogar, pero a costa de nuestra libertad. —Suspiró e hizo un gesto a sus camaradas—. ¿Os acordáis de cuando observábamos una porción de cielo diferente cada mes? ¿Por qué tenemos que encadenarnos a un solo territorio cuando siempre hemos sido libres? —¿Y adónde iríamos exactamente? El tauren más anciano se encogió de hombros y atizó el fuego. —Nunca dije que se tratase de un plan perfecto... * * * * * Baine había encargado a sus caminamillas que mantuvieran vigilados los movimientos de los jabaespines y sus últimos ataques rabiosos y violentos. Los jabaespines siempre habían sido criaturas beligerantes, pero ahora su hostilidad iba en aumento. A pesar de su extensa red de exploradores, los ataques seguían sucediendo y no encontraban respuestas. Hacía tiempo que no hablaba con Hamuul y confiaba en que el viejo archidruida hubiese encontrado algunas respuestas. Baine consiguió encontrar a Hamuul en la base de Cima del Trueno, mientras el druida estudiaba la flora y la fauna. No quería molestar a su consejero, así que Baine dijo con voz suave: —Necesitaría de tu consejo, Hamuul. Hamuul se levantó esbozando una sonrisa. —Por supuesto, joven Baine. Te ofreceré toda la ayuda que pueda, ya lo sabes. —Como ya sabes, hablé hace poco con los exploradores sobre los últimos ataques de los jabaespines. Seguían perplejos y no tenían ninguna respuesta. Sé que últimamente has estado en comunión con la Madre Tierra más a menudo de lo habitual. ¿Has descubierto algo que pueda aclarar en alguna medida este misterio? Hamuul agarró un manojo de hierba, lo olió y luego dejó que se lo llevara el viento. Observó cómo caía y sacudió la cabeza. —Por desgracia, aún no. Entrar en comunión con la tierra lleva su tiempo, Baine, especialmente con la confusión en la que está sumida. Continuaré con mi meditación. Y consultar a un par de chamanes tampoco nos hará daño... * * * * * Baine sacudió su apesadumbrada cabeza mientras observaba a Hamuul alejarse murmullando. Habían pasado demasiadas cosas desde la ausencia de su padre. No estaba seguro de cómo resolvería esto, pero estaba decidido a encontrar la manera. Habían sufrido demasiados conflictos en los últimos años y una solución pacífica sería como una brisa de aire fresco. En el camino de vuelta a los elevadores, Baine se encontró con un grupo de tauren cargados con paquetes y suministros. —¡Caminamillas! ¿Os preparáis para salir de viaje? Todos inclinaron la cabeza al unísono, y el líder del grupo dijo: —Lo sentimos mucho, Gran jefe, pero no podemos permanecer en Mulgore. Baine cerró los ojos un instante. Al abrirlos de nuevo, todo el buen humor que pudiese haber tenido, había desaparecido. —Te animaría a que te quedases, Pezuñagris. Te mentiría si te dijera que estos no son tiempos difíciles, pero precisamente por eso ahora, más que nunca, debemos permanecer unidos. El anciano tauren asintió con la cabeza. —Tus palabras son ciertas, pero aquí no podemos hacer gran cosa. ¿Recuerdas nuestras viejas costumbres? Todavía existen tierras que no han sufrido la contaminación de la guerra. Podemos llevar una vida pacífica y libre, si volvemos a ser nómadas. —Pero las viejas costumbres ya no sirven como antes. Los nómadas pertenecen a un mundo mucho más amplio, no a un mundo reducido por la guerra y la conquista. Al convertirnos en sedentarios, tenemos un hogar, y para proteger ese hogar como es debido, tenemos que permanecer unidos como pueblo. Pezuñagris se movió incómodo. —Por desgracia, Mulgore, al igual que tantas otras tierras, se ha convertido en una extensión de la voluntad de Garrosh. Solo queremos trasladarnos a un territorio que no esté sometido a su arrogancia. Te agradecemos que te hayas hecho cargo del liderazgo tras la muerte de tu padre, pero estos cambios son demasiado para nosotros. Baine apretó la mandíbula y afirmó rotundo: —Garrosh es el líder de la Horda y, arrogante o no, hemos jurado lealtad a esa misma Horda. Esto va más allá de los líderes, se trata de un concepto duradero y unificador al que Thrall y mi padre ayudaron a dar forma. Si le damos una oportunidad, la Horda superará estos problemas y se salvará tanto de las amenazas externas como de las disputas internas. Te doy mi palabra. —Si tú lo dices, Gran jefe. —Baine asintió con un ademán rápido y se dirigió al elevador para volver a Cima del Trueno. Pezuñagris Sendaeterna se dirigió a su grupo diciendo: —Volvamos al Campamento Narache y preparémonos para el viaje. Los preparativos nos llevarán algo de tiempo antes de que podamos partir.
  5. De Sangre y Honor Mientras las fuerzas de la Alianza discutían acerca de los próximos pasos a tomar en contra de la naciente nueva Horda, la mayoría de los ciudadanos de Lordaeron se entregaban a una vida libre de las pestes de la guerra y la destrucción. Algunos soldados, famosos por sus hazañas durante las Guerras Orcas, fueron premiados con tierras o riqueza material. Uno de estos soldados fue Tirion Fordring, un paladín de la Mano de Plata que, por sus grandes actos al servicio de la Alianza, fue nombrado señor de la ciudadela de Mardenholde, en las afueras de Stratholme. Tirion llevaba una vida apacible y distendida a la par de su esposa, Karanda, y su hijo de cinco años, Taelan. Un día que Tirion exploraba las afueras de Mardenholde, se encontró con un viejo orco que vivía como ermitaño. Los dos inmediatamente se lanzaron a la batalla, y en la intensidad de la misma, llegaron hasta una vieja torre abandonada. Mientras combatían, una parte de la torre se desplomó sobre Tirion y lo dejó inconsciente. Días después despertó para descubrirse durmiendo en su cama, y se enteró de que había sido encontrado inconsciente vagando sobre su caballo, Mirador, por su ambicioso segundo al mando, Bartilas. Tirion se sentía tremendamente confundido, porque después de valorar todas las posibilidades, el único que había podido subirlo de nuevo al caballo, era el orco. Sin embargo, durante su sueño, Bartilas había dado la advertencia de que los orcos se preparaban para golpear la cercana villa de Hearthglen. Una vez repuesto, Tirion regresó a la torre abandonada, donde halló nuevamente al orco. Este dijo llamarse Eitrigg y le narró una impresionante e incompresible historia, en la cual los orcos, muchos años antes de invadir Azeroth, habían vivido en una sociedad noble basada en los principios del chamanismo. Durante la guerra, Eitrigg había desertado de la Horda al comprobar cuán viciosa y destructiva se había vuelto. Para Tirion aquello era algo que estaba más allá de su imaginación. Sintiendo gran honor en el viejo orco, le prometió guardar en secreto su existencia. De regreso a Stratholme, Tirion informó al pueblo que no existía ninguna amenaza orca, pero Bartilas, aprovechando la situación llamó al patrón de Stratholme, Salden Dathroham, quien organizó una partida de cazadores y salieron en busca de los orcos. Al único que hallaron fue a Eitrigg. Cuando Tirion observa la captura de Eitrigg, inmediatamente cae en una profunda depresión y a la vez enojo, por lo que atacó a los guardias de la Alianza. Bartilas inmediatamente lo acusó de traición. Tirion fue llamado a Stratholme para probar su lealtad. A pesar de los ruegos de Karandra para que olvidara su honor y dijera lo que la corte quería oir, Tirion le dijo que era su deber de paladín decir la verdad y darle así un buen ejemplo a su hijo. Tirion narró a la corte los hechos tal como sucedieron. La corte decidió que, aunque sus intenciones eran justas, había atacado a soldados de la Alianza, por lo que, para evitar su ejecución, resolvieron expulsarlo de la Mano de Plata y condenarlo al exilio. Fue enviado a Lordaeron, donde Uther Lightbringer en persona le desnudó de sus poderes como paladín y le ordenó volver a Manderholde para prepararse para el exilio. Lo pero de todo era que la corte de Stratholme, a instancias del malvado Bartilas, había decidido que Eitrigg sería condenado a muerte por crímenes de guerra. Esa noche, Tirion decidió cumplir con la promesa hecha a Eitrigg, por lo que, ensillando a Mirador, viajó a Stratholme decidido a salvar al orco. Mientras Eitrigg subía la escalinata donde sería colgado, sus verdugos se vieron repentinamente sorprendidos por el ataque del expaladín. En ese momento, la ciudad se vio repentinamente atacada por una enorme ola de orcos, que crearon tal confusión, que los guardias de la Alianza se vieron obligados a defenderla, lo que permitió a Tirion y a Eitrigg escapar. Una vez a salvo en el bosque, Tirion se da cuenta que Eitrigg se encuentra mal herido y agonizante. Sin poder hacer mayor cosa, invoca el poder de la Luz para sanarlo, como una última esperanza. Sorpresivamente y a pesar de que sus poderes le habían sido arrebatados, la Luz, que conoce la bondad de los verdaderos corazones nobles, responde a su llamado y Eitrigg es salvado. Casi de inmediato, ambos se ven rodeados por orcos. Uno en especial, montado sobre una hermosa loba blanca, portando una esplendorosa armadura negra y plateada, se acerca a Eitrigg y le ofrece reintegrarse a la Horda, que ha reiniciado un proceso de redescubrimiento de sus tradiciones chamanísticas. Eitrigg no duda en aceptar. Entonces, Thrall, el nuevo Señor de la Guerra de la Horda, saluda a Tirion y los guerreros parten. Tirion, que bien pudo acabar muerto a manos de los orcos, regresa a Manderholde al lado de su familia. Su hijo Taelan, a la edad de veinte años, ingresará a la orden de la Mano de Plata como paladín. Tirion está feliz de saber que su hijo ha aprendido que su hijo, y él también, han aprendido una valiosa lección de sangre y honor.
  6. Los altos elfos y los elfos de sangre son fisiológicamente la misma raza, y descienden de los elfos de la noche. Sin embargo, dada su historia compartida y diferencias filosóficas, los tres grupos no tienen una relación cercana. En efecto, los elfos de la noche ven a los altos elfos y elfos de sangre con sospecha, disgusto o manifiesta hostilidad. Elfos en General Los elfos tienen varias características en común. Los tres grupos tienen sentidos inusualmente agudos y son capaces de ver incluso en condiciones de luz mínima. Como regla general, los elfos son delgados, atléticos y agraciados. Inclusive, todos tienen largas orejas puntiagudas que tienden a ser vistas con admiración o burla por otras razas. Una similaridad entre los elfos de la noche, los altos elfos y los elfos de sangre ha surgido sólo recientemente. Los elfos de la noche sacrificaron su inmortalidad y mucho de su poder al final de la Tercera Guerra. Así, todos los elfos son ahora mortales y tienen esperanzas de vida comparables que pueden extenderse hasta varios miles de años.

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