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Dsaille

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  1. Dsaille

    La Hora del Crepúsculo

    Acto I La Voluntad del Vacío Los fuegos al interior del Bastión Crepuscular crepitaban y la sombra de las llamas oscilantes parecían dar la impresión de ser tentáculos que se extendían sobre las paredes de la fortaleza. Cho’gall estaba sentado sobre su trono elaborado con el cráneo de un dragón rojo, los supuestos protectores de la vida y miembro de uno de los tantos vuelos dedicados a proteger Azeroth de amenazas como la Hora del Crepúsculo. El ogro estaba solo dentro de su propia recamara, pero podía sentir la presencia de su maestro envolviéndolo todo a su alrededor y pronto, el resto del Consejo Crepuscular llegaría a su encuentro también. Tres figuras asomaron por el umbral del Trono del Apocalipsis; un humano y dos orcos, aunque solo uno de ellos estaba vestido con las indumentarias del Culto del Martillo Crepuscular. El humano vestía sus pulcras togas clericales, mientras que el orco hacia lo propio llevando encima sus ropajes de cuero y enseñas de la Horda. Los tres caminaron hacia el trono y se arrodillaron frente a Cho’gall, como si se dirigieran a un rey. Una parte del ogro se hincho de orgullo ante la escena, pero este rápidamente se deshizo de esos sentimientos y se puso de pie. Él no era un rey, ni tampoco un imperator ogro, era simplemente otro servidor más en la mesa del maestro y sus planes estaban lejos de terminar. “¡DE PIEEEE!” – Ordeno con un tono chillón la cabeza deforme del ogro y todos lo hicieron. “¿Han tenido éxito?” – Preguntó la otra cabeza, observando con una mirada inquisitiva a cada uno de los presentes. “El Señor del Fuego ha hecho avances increíbles con sus fuerzas en el Monte Hyjal.” – Comentó Dessirik, el único orco envuelto en las vestimentas del Culto del Martillo Crepuscular. – “Es solo cosa de tiempo para que estemos en la cumbre y prendamos fuego al árbol del mundo.” “El segundo intento de cortar la cabeza de Ventormenta ha fallado. Descubrieron a nuestros cultistas y a los explosivos debajo del castillo.” – El humano inclino su cabeza, como si estuviera ofreciendo unas solemnes disculpas por lo ocurrido. – “Y hemos perdido al Mayor Samuelson.” “Así que Ventormenta prevalece…” – La cabeza del ogro que aun conservaba sus facciones resopló, pero era consciente de que no podía esperar un éxito absoluto. – “No importa. La distracción de Alamuerte los entretuvo ocupándose de la Montaña Rocanegra y nos ha permitido reclamar este lugar. Los haremos caer de todas formas.” “El león sangrara. ¡Sangrara!” – Elevo su voz la otra cabeza, como si pregonara el futuro. El otro orco guardo en silencio y cuando las miradas de Cho’gall se posaron sobre él, entonces habló. “El jefe de guerra sigue concentrado en la guerra. Ha notado las llamas del Monte Hyjal, pero he logrado convencerlo de dejar a los elfos de la noche con sus problemas y seguir ocupado en combatir a la Alianza.” – El orco esbozo una velada sonrisa, orgulloso del alcance de su influencia. – “Hay un refugio de druidas allí, nos ocuparemos de ellos para evitar que envíen refuerzos al árbol del mundo o intenten hacer ver la verdad a Grito Infernal.” Cho’gall asintió satisfecho y volvió a tomar asiento sobre su trono. Inhalo hondo por ambas narices, pudiendo percibir las ordenes de su maestro inundar su mente: Manten el caos. Mina sus esfuerzos y evitan que se unan. Solo así podremos triunfar… El ogro asintió para sus adentros y observo al resto del consejo, ordenándoles marchar para continuar con sus actividades. Así lo haremos, maestro. Así lo haremos. Eventos y sucesos La Defensa del Monte Hyjal (Kalimdor) Espíritu de Lobo (Kalimdor) En el vuelo de una ardiente pesadilla (Kalimdor) La Sangre de los Caminarrisco (Kalimdor) La Piedra Alma de Sulfuras (Kalimdor) El Desastre de la Puerta Faucedraco (Reinos del Este) El Orgullo de Grito Infernal (Reinos del Este) Enemigos a la vista (Reinos del Este) Proximamente más...
  2. Prologo Una solitaria y rudimentaria nave, elaborada de gruesos troncos de madera, huesos y pellejo de dragón, se aproximó a la costa olvidada de Thal’dranath. A la sombra del edificio estéril que se alzaba sobre su pequeño territorio, varios botes más pequeños se acercaron a la costa trayendo consigo cuerdas que les unían al barco del que habían descendido, llegando a parecer tentáculos o garras que se dirigían hacia la playa. Posteriormente, los ocupantes de los botes, una selección de razas de lo más variopintas, desembarcaron y todos empezaron a tirar de las cuerdas para arrastrar su transporte principal hasta hacerlo encallar en la costa. Bajo los pálidos ojos de las dos lunas, y de las distantes elfas esculpidas sobre el templo dedicado a la falsa diosa, oscuras figuras envueltas en ropas desaliñadas empezaron a caminar hacia el interior del territorio. Algunas de ellas lo hacían con tal seguridad, que daba la impresión de ya habían estado allí en el pasado. Cuando finalmente todos quedaron frente a la entrada del antiguo suelo más sagrado de los elfos de la noche, la más grande y deforme de las figuras se despojo de su ruinosa capa con capucha, observando fijamente con los ojos de ambas cabezas lo que termino siendo no solo el fin de su maestro, sino también de la Horda durante la Segunda Guerra y el casi sitio de su muerte. “K’tanth.” – Pronuncio la cabeza que aun conservaba sus facciones de ogro, con un tono comedido. “Lugar de horrores y pesadillas. Muerte. Dolor. Y oscuridad. Sí, sí, muchísima oscuridad.” – Dijo la otra cabeza de aspecto más deforme y de un solo ojo, con un evidente tono de excitación. Un humano y un trol se adelantaron unos cuantos pasos, encaminándose hacia la entrada del templo, dispuestos a abrir sus puertas frente a los ojos del resto. Sin embargo, la voz de Cho’gall los hizo detenerse. “No hagan eso.” – Les alertó el ogro. – “Hay una razón de por qué este sitio esta sellado. No tenemos que entrar.” “El brujo entro… y murió. Demonios, demonios por montones.” – La otra cabeza del ogro asintió varias veces. – “Viviremos con el ritual fuera. Afuera será mejor.” Ambos cultistas se miraron entre si, pero no contradijeron la orden de su señor. Mientras ellos volvían con el resto del grupo, un orco de piel tan blanca que le daba un aspecto insano y hasta sobrenatural, avanzó hacia el ogro, tirando de una cadena donde varios esclavos se hallaban atrapados por grilletes. Todos de diversas razas, al igual que los cultistas. Y todos sentenciados al mismo propósito: ser sacrificados. Con gran detalle, Cho’gall empezó a dibujar sobre la tierra un enorme circulo, en cuyo centro elaboro una elipsis mucho más pequeña, con extraños símbolos en su interior. Luego, a los costados del circulo mayor, trazo unas curiosas líneas que parecían dar forma a una extraña criatura de enormes proporciones, con tentáculos por brazos, una cabeza que parecía el hocico cosido de una bestia cuyos colmillos sobresalían por los costados y diversos óvalos delgados que se podía pensar que eran ojos. Los prisioneros entraron al circulo tan pronto el ogro termino y para sorpresa de muchos, los cultistas aflojaron los grilletes, liberándolos. Algunos se miraron entre si, confundidos y asustados. Otros, en cambio, se apresuraron a escapar o al menos, intentarlo. El ogro concentró el vacío en su mano izquierda, para luego extender la derecha hacia los prisioneros, quienes sintieron un terrible escalofrió recorrer su espalda poco antes de escuchar una infinidad de voces en forma de gritos y susurros que depredaban sus temores, sus anhelos y sus ansias, pero aun peor, que de algún modo los inducían a rasgar las ropas a la altura de su pecho y con sus propias uñas, hurgar en su piel hasta arrancarse el corazón frente a sus propios ojos. Sucumbiendo entonces al helado abrazo de la muerte. Los esclavos se derrumbaron sobre el suelo de forma unánime, bañando de sangre el circulo. Cho’gall extendió sus brazos y ambas cabezas entonaron extrañas palabras al unisono, elevando su tono de voz tan pronto sus ojos se tornaron igual de oscuros que el vacío que empezó a envolver sus manos. Y entonces se hizo el silencio… Cho’gall observo pirámides en medio de un desierto. El viento soplaba y causaba que cayeran en el olvido. Luego, tras un parpadeo, observo el Monte Hyjal con sus bosques ardiendo en llamas y una enorme criatura aproximándose a Nordrassil, pero no era un demonio esta vez, sino el Señor Elemental del Fuego. El ogro volvió a parpadear y esta vez, observo una serie de obeliscos y pirámides ser construidos por incontables esclavos sobre un suelo gris, bajo la atenta mirada de los deformes n’raqi y sus cultistas, cuyas carcasas físicas se habían transformado para asemejarse mejor la forma de su maestro. Y todo frente a una enorme estructura de elementium, con forma de aguja, la cual volvía a expandirse en su cúspide para dar forma a una especie de arco que simulaba ser el sol que ya no se ponía, ni se alzaba, sobre ese mundo de eterna penumbra. Era glorioso, era único. Era todo y aun más de lo que había llegado a imaginar. Él no estaba ahí, pero estaba seguro de que, incluso habiendo muerto, él había sido el artífice de la Hora Crepuscular. De cumplir la profecía que por tantos años había trabajado en realizar. Ese era el futuro. Ese era el deseo. No, esas eran las ordenes de su maestro. El mundo estaba listo. El Martillo Crepuscular había propiciado el caos que ahora engullía el mundo, convirtiéndolo en un yunque sobre el cual debían dejar de caer toda su fuerza para moldear la nueva era. La visión concluyo abruptamente y los ojos de las cabezas del ogro volvieron a la normalidad. La sangre, los órganos, y hasta los cuerpos, de las victimas del sacrificio se habían secado por completo, como si hubieran pasado varios años desde que dio inicio al ritual. Pero sus cultistas seguían alrededor suyo, luciendo igual que como se veían al empezar. Apenas habían pasado unos minutos, así que todo lo que dio vida a sus victimas había sido reclamado por su maestro, en realidad. Un alimento para aquel que había sido acusado de ser el más débil, pero que estaba más cerca que ningún otro, de regresar Azeroth a su antigua gloria y más. “Preparen la nave. La hora ha llegado.” – Dijo nada más una de las cabezas del ogro, mientras la otra solo reía suavemente, de forma siniestra, consciente de lo que estaba por venir. Eventos y sucesos Los Secretos de la Reina (Kalimdor) El Gambito de Neltharion (Reinos del Este) El Día del Recuerdo (Reinos del Este) ¡Explosiones en Dun Morogh! (Reinos del Este) El Asalto a la Montaña Rocanegra (Reinos del Este)
  3. Consecuencias Vashj'ir Vashj'ir La Brecha Abisal El portal de acceso al Plano Elemental del Agua conocido como la Brecha Abisal continua presente en las Profundidades Abisales de Vashj'ir. Segun Neptulon, quizá esta entrada permanezca de forma permanente, lo cual implia que siempre habra quienes amenazaran la Fauce Abisal. La Fauce Abisal El Plano Elemental del Agua conocido como la Fauce Abisal ha logrado repeler la invasión gracias a la ayuda de valientes exploradores, soldados, guerreros e investigadores. Pese a que aun quedan remanentes de las fuerzas naga e ignotos invasores dentro de los dominios de Neptulon, corresponde al Señor Elemental del Agua concluir la amenaza que estos suponen. Aquel que duerme en las Profundidades Aunque el influjo de los Forjados Titanicos aun lo retienen, los hechos ocurridos en Vashj'ir se han desarrollado de acuerdo a sus deseos. Algo se agita en las profundidades y segun sus extrañas articulaciones se contraen, o se extienden, su voluntad comienza a manifestarse y antiguos horrores despiertan. La oscuridad se acerca y nada más ha concluido el principio de la pesadilla que se cierne sobre Azeroth... Horda El Puño de Grito Infernal Tras los acontecimientos vividos en Vashj'ir, la Horda ha accedido a ceder la isla conocida como El Puño de Grito Infernal al Anillo de la Tierra para que los chamanes puedan vigilar la Brecha Abisal, y evitar que el Plano Elemental del Agua vuelva a verse amenazado por aquellos que desean esclavizarles o usurpar el dominio del Cazamareas. La Ofensiva Okril'lon Sin las líneas de suministros provenientes de Kalimdor, debido principalmente a la perdida del puesto de avanzada maritimo conocido como el Puño de Grito de Infernal, la Ofensiva Okril'lon en las Tierras Devastadas comienza a ver agotados sus pertrechos y a forzar a sus guerreros a reorganizar sus filas para cazar los escasos animales que aun habitan el territorio. La Batalla en Vallefresno continua... Aunque no lo ha expresado abiertamente, es obvio que el Jefe de Guerra esta disgustado con el desenlace de los hechos ocurridos en Vashj'ir y ha vuelto a poner sus ojos sobre Vallefresno, pero esta vez, la victoria ya no es una posibilidad, es un hecho. La Horda triunfara sobre los Elfos de la Noche o morira en el intento. Alianza La isla frente a la costa de Ventormenta La Alianza ha acordado no continuar la lucha por la isla frente a sus costas, que ahora se halla en poder del Anillo de la Tierra. Aunque no todos dentro del Alto Mando del Ejército de la Alianza estan de acuerdo con la decisión del ahora Almirante Taylor, el Rey Varian ha ordenado respetar el acuerdo y construir nuevas naves para reemplazar la flota perdida, y así poder recuperar el control de los mares. El Sitio de la Fortaleza de Nethergarde Aunque encerrados dentro de la Fortaleza de Nethergarde, algunos de los magos que componen su guarnición han mantenido contacto con Dalaran y Ventormenta, quienes han sido informados de como las fuerzas de la Horda, pese a mantener el sitio de la fortaleza, han reducido, convenientemente, el numero de sus guerreros apostados a los alrededores de la barrera magica protectora por razones que aun se desconocen. La Montaña Rocanegra Informes provenientes desde la Vigilia de Morgan indican que la actividad volcanica de la Montaña Rocanegra ha comenzado a aumentar. Las ocasionales erupciones han crecido en numero, pese a no representar una amenaza para las tropas apostadas fuera de su entrada. Sin embargo, la enorme fumarola se alcanza a ver incluso desde la bahía de la Ciudad de Ventormenta. Anillo de la Tierra El Santuario de Coral La Horda ha cedido la isla que planeaba utilizar para una futura invasión a la Ciudad de Ventormenta al Anillo de la Tierra, quien ha titulado la isla como el Santuario de Coral. Pese a aun tener a varios de sus miembros en Infralar, algunos chamanes han comenzado ya a ocupar la isla para entrar en contacto con el espiritu del agua y realizar su vigilia sobre la Brecha Abisal. La Amenaza de las Tierras Altas El interrogatorio de Cho'gall sobre Erunak permitió al Culto del Martillo Crepuscular descubrir la posición del santuario que el Anillo de la Tierra mantiene en las Tierras Altas. Aunque el chamán desconoce el proposito detras del interes del ogro de dos cabezas en ese lugar, ha alertado al resto de sus hermanos y algunos chamanes se han trasladado allí para protegerlo. Además de alertar a los Clanes Martillo Salvaje que habitan el area para estar atentos a cualquier presencia del Culto. Cartel Bonvapor Despojos marinos El Cartel Bonvapor ha prometido suministrar pertrechos al Santuario de Coral a cambio de poder reclamar no solo la carga dentro de sus naves hundidas en el area, sino también aquellas pertenecientes a la Horda y la Alianza. El acuerdo entra en funcionamiento de forma inmediata.
  4. Epilogo El enemigo que acecha en las sombras Taylor se adentró en el salón del trono, nuevamente envuelto en su uniforme. Las placas pesaban sobre su cuerpo, oprimiendo algunas heridas que aún no habían sanado del todo, pero entre sentir esos molestos rasguños y estar muerto en el fondo del mar, ciertamente era preferible lo primero. La mirada de los guardias reales que flanqueaban cada rincón de la sala le seguían con cada paso que daba, pero era una en especial que incluso se ocupaba de analizar su estado físico: el Mayor Samuelson, capitán de la Guardia Real, quien se encontraba al costado izquierdo del trono, acompañado de la Gran Almirante Jes-tereth. Al lado derecho, en cambio, se hallaba el Rey Cringris, erguido y con una postura gallarda como de costumbre. Y en el centro de todos, sentado sobre el trono con su mano izquierda apoyada sobre la cabeza dorada de un león que decoraba el brazo de su asiento, y con la diestra sujetando la empuñadura de Shallamayne, se encontraba el Rey Varian Wrynn con su rostro cicatrizado, cual vivo reflejo de las adversidades que se había visto obligado a sortear a lo largo de su vida. El Capitán de las Fuerzas de Elite Acuáticas y Terrestres continúo caminando hasta quedar un metro frente a los pies del trono, y se arrodillo frente a su monarca con un gesto solemne. “Su Majestad.” – Hablo con un tono fuerte y claro el oficial. “Capitán Taylor.” – Varian realizó un simple asentimiento. – “Es bueno volver a veros de pie. Aunque no os he hecho llamar para intercambiar formalidades. Poneros de pie.” Taylor se puso de pie, no sin cierta dificultad dadas las dolencias de su cuerpo y se mantuvo firme, con la vista al frente. El Rey era reconocido por ser alguien más militarizado y por ende, no necesariamente dado a las formalidades. Y en esos momentos, el capitán suponía que era lo que el Rey de Ventormenta querría de él: explicaciones sobre su cargo y quizá, en el peor de los casos, su vida. Después de todo, había cedido un objetivo militar que comprometía la seguridad de la capital. “Leí vuestro informe, capitán. Algunos oficiales del Alto Mando cuestionan vuestras elecciones y se preguntan si las cosas habrían sido distintas, si el Almirante Dvorek hubiera estado dirigiendo toda esa inesperada operación.” – El ceño del Rey de Ventormenta se frunció, causando que su expresión inspirara cierto temor dadas sus cicatrices. – “Pero quiero escuchar vuestras razones para ceder esa posición…” El capitán inhalo hondo, consciente de que sus próximas palabras definirían su destino. Intento pensar en el mejor discurso posible, más las palabras brotaron por si solas. “Estoy dispuesto a responder ante una corte marcial, si así lo desea, su Majestad.” – Admitió con la frente en alto el capitán. – “Hice lo que hice porque esa isla ha sido un foco de conflicto constante. Es un riesgo para nuestras costas, pero si se quedaba en manos de la Horda, eventualmente Grito Infernal habría lanzado una invasión a Ventormenta. Y si nosotros nos la hubiéramos quedado, solo habría sido cosa de tiempo para que a Horda intentara recuperarlas. En manos del Anillo de la Tierra, al menos estaremos seguros de que no lanzaran ningún ataque en nuestra contra. Ellos tienen su propio enemigo y su propio objetivo en estos momentos, Majestad. El mismo que deberíamos tener nosotros.” “El Culto del Martillo Crepuscular.” – Pronunció su nombre el Rey de Ventormenta. Genn Cringris carraspeo en ese momento, alzando su voz luego. “¿Y qué seguridad tenemos de que el Anillo de la Tierra no nos traicionara? Hay razas que componen la Horda en ella. Su antiguo Jefe de Guerra camina entre ellos. Es un riesgo darles tanta libertad y peor, una isla completa.” – La mirada del Rey de Gilneas se encontró con la del Rey Varian, quien giro su cabeza al oírle. “El Anillo está preocupado por el Culto y según dijo Erunak, parece ser que un asentamiento suyo esta amenazado por ellos. No serán un peligro. Al menos, no inmediato.” – Respondió Taylor con un tono firme, observando al Rey de Gilneas. “Sigue siendo un riesgo…” – Señaló Genn, insistiendo con la idea. “Y uno que correremos.” – Sentenció Varian. – “Ya habíamos visto a estos cultistas actuar en Infralar. Ahora están amenazando otro mundo, otra vez, y sabemos que cuentan con la ayuda de los naga. Si alguno dudaba de que fueran una fuerza capaz de rivalizar con la nuestra, ahora han probado que lo son.” Varian giro su cabeza y observo a Taylor, continuando. “En cualquier otra circunstancia, habría cuestionado su elección, capitán. Pero este enemigo no es uno que podamos ver con facilidad y se han beneficiado de nuestro conflicto, para amenazar otros mundos que podrían destruir el nuestro.” – Varian se puso de pie y camino hasta Taylor, apoyando su mano izquierda sobre su hombrera. – “Ventormenta y la Alianza están en deuda con todos los hombres, y mujeres, que combatieron a vuestro lado. Y contigo, capitán. Por eso y por vuestro servicio a la Alianza, os nombro Almirante.” La Bahía Garrafilada asomó por el horizonte y cuando uno de los vigías anunció que el propio Jefe de Guerra se encontraba en el muelle, Nazgrim inmediatamente sintió que sus minutos de vida estaban contados. Había accedido a ceder el Puño de Grito Infernal, el puesto de avanzada marítimo de la Horda y quizá, una de las mejores oportunidades de poder asestar un duro golpe a la Alianza. Incluso como consecuencia, también podría haber condenado todo el frente sostenido en las Tierras Devastadas. Sin embargo, había visto con sus propios ojos la amenaza de los naga y el Culto del Martillo Crepuscular. La Horda luchaba por tierras, por sobrevivir. Si con eso permitía que la Horda tuviera más tiempo para vivir del que él tenía en esos momentos, era suficiente recompensa para él. La Canción de Guerra siguió navegando sobre las olas cerca de las costas de Durotar, hasta finalmente entrar en la bahía, seguida de otras dos naves, las cuales arriaron sus velas una vez la nave insignia amarro a un costado del muelle. Nazgrim se armó como era debido para un guerrero como él y abandono el puente de la nave, una vez le indicaron que habían amarrado. Salió a la cubierta, notando entonces la mirada de Garrosh sobre él, cuyo semblante inquisitivo dejaba entrever que el Jefe de Guerra solo esperaba oír sobre su victoria en el Puño de Grito Infernal y nada más. El legionario desembarco de la nave y se detuvo en frente de su Jefe de Guerra, golpeándose su pecho al saludarlo con el respeto que era debido, para luego arrodillarse frente a él, exhibiendo su cuello desnudo, clara señal de que ponía su vida en las manos del mag’har. Garrosh frunció severamente el ceño y oprimió con algo más de fuerza el mango de Aullavisceras, suponiendo lo que ese gesto quería decir. “¿Derrotado?” – La palabra supo a cenizas en la boca de Garrosh, quien solo esperaba un triunfo. “No, Jefe de Guerra. Victoria, pero no del modo que esperabas.” – Respondió entonces el legionario. “Explícate, legionario.” – Demando el Jefe de Guerra. “Encontramos y enfrentamos a la Alianza en el Puño, pero los naga se atrevieron a interferir y nos hundieron a todos. Allí en el fondo, descubrimos una entrada al mundo del agua. Como en el dominio de la tierra, los naga estaban amenazando este lugar también y esos cultistas estaban ahí, también.” – Relato Nazgrim, sin levantar su cabeza. – “Los que sobrevivimos tuvimos que luchar al lado de nuestro enemigo, acordando una tregua momentánea, para hacer frente a los naga. Impedimos que reclamaran el mundo del agua, pero tuvimos que ceder a isla al Anillo de la Tierra. Ese portal sigue abierto y solo los chamanes pueden asegurarse de que los naga no vuelvan a intentar reclamar los océanos.” La presión de Garrosh sobre el mango de su hacha se mantuvo y un gruñido escapo de entre sus colmillos. Su expresión aún era severa y en cuanto Nazgrim escucho el silbido del metal, aquel claro sonido al que debía su nombre la renombrada hacha de dos manos, el legionario intuyo que había llegado su hora. “¿Olvidas acaso, legionario, que la Horda tiene chamanes, también?” – Hablo Garrosh para sorpresa de Nazgrim. Lejos de haber dejado caer el hacha sobre su cuello, solo la había apoyado sobre uno de los enormes colmillos de Mannoroth, que servían como hombreras. “No, pero de esa forma podremos asegurarnos de que la Alianza no tendrá poder sobre la isla y no controlará los mares. Y nuestros guerreros no tendrán que estar mirando al horizonte y por la borda.” – Comento Nazgrim, respirando hondo, aguardando el filo que separaría su cuello del resto de su cuerpo. – “No es la victoria que querías, Jefe de Guerra. Mi vida está en tus manos.” “Sí, lo está.” – Admitió Garrosh con un tono grave. – “Pero no matare a uno de mis mejores veteranos. Has derramado sangre enemiga en nombre de la Horda. Y la Horda aun requiere de tu hacha; descansa, bebe y come. Volverás a Vallefresno para traerme la victoria que deseo, General.” Garrosh se dio media vuelta, marchando en silencio, con cada paso sonando con fuerza cuando lo daba. Nazgrim sintió un profundo alivio y agradecimiento en esos momentos. Al menos por unos pocos segundos, pues su repentino ascenso no era en realidad una recompensa. El Jefe de Guerra no había obtenido lo que deseaba; todo lo contrario, había cedido un territorio crucial para su campaña contra la Alianza y de forma voluntaria. No, su ascenso era en realidad un castigo. Si Vallefresno no sucumbía a la Horda, la culpa y la deshonra recaería sobre Nazgrim, y sería su cabeza la que decoraría las estacas sobre la puerta de Orgrimmar. El ahora General Nazgrim en realidad solo había conseguido mantener unida su cabeza al resto de su cuerpo por otro tiempo más, pero si quería que eso continuara siendo así, la victoria era su única salida. “Lo hare, Jefe de Guerra.” – Asintió Nazgrim, poniéndose de pie para verlo marchar. – “Lo hare.”
  5. El rol continua mañana lunes 25 de septiembre sobre las 20 hrs, tanto para el hilo de los expedicionarios, como para los militares.
  6. Se continuara con el avance de la trama en el lado expedicionario del Relicario y el Cartel Bonvapor mañana domingo 24 de septiembre, sobre las 18:00 hrs.
  7. Se continuara con el avance de la trama en el lado expedicionario del Relicario y el Cartel Bonvapor mañana sabado 23 de septiembre, sobre las 19:30 hrs.
  8. Se continuara con el avance de la trama en el lado expedicionario de la Alianza mañana sabado 23 de septiembre, sobre las 18 hrs.
  9. El Misterio de las Profundidades Bom-bom bom-bom bom-bom. Wilkins frunció el ceño y oprimió sus parpados, mientras que el molesto sonido ambiental de un corazón palpitante seguía resonando en su cabeza. Bom-bom bom-bom bom-bom. El humano resoplo y aunque agotado, se llevó una mano a su rostro, sintiendo al instante una tenue oleada de dolor en sus articulaciones, producto de la fatiga muscular. Sus captores los hacían trabajar hasta el límite de sus capacidades e incluso más allá de ellas. Condenadas bestias. Una vez despierto, apoyo sus manos sobre el suave y húmedo suelo en el que se encontraba durmiendo; lo único realmente cómodo en ese sitio y que podía recordarle a una cama, si no fuera por el extraño fluido viscoso que le cubría. Seguidamente, ya sentado sobre el suelo, observo al resto de sus compañeros, todos con aspecto igual de cansado que él, otros incluso lucían enfermos y no era para menos, pensó Wilkins, después de todo, su prisión era un sitio donde cualquiera podría perder la cordura y si tu mente era lo suficientemente capaz de soportar eso, el húmedo ambiente y el nulo cuidado de los captores eventualmente llevaría a uno a caer enfermo. Uno a uno el Cabo de las Fuerzas de Elite Acuaticas y Terrestres de Ventormenta fue paseando su mirada sobre los soldados, pasando por alto únicamente a los guerreros orcos que se encontraban entre ellos, los cuales se aferraban a su orgullo y nunca demostraban sentirse cansados, a pesar de que el temblor de sus brazos delatara lo contrario cuando estaban minando lo que fuera que estuvieran extrayendo de ese sitio. "¿Dónde está Thomas?" – Preguntó cuándo se percató que uno de sus hombres no estaba entre los prisioneros. "La rata intentó huir." – Respondió no uno de los marineros, sino uno de los orcos, con su tono de voz grave y despectivo. "¿Es eso verdad?" – Wilkins frunció el ceño y observo a uno de sus hombres, buscando confirmación a las palabras del orco. "Sí, lo hizo…" - Contesto uno de los marineros con voz débil. El cabo resopló con fuerza. Sin embargo, si Thomas había intentado huir, eso significaba que sus captores no siempre estaban vigilándolos. Habían ventanas que podía aprovechar para huir o tratar de hacer llegar un mensaje desesperado a Ventormenta. Solo tenia que ser astuto y cuidadoso. Wilkins se frotó la barbilla y observó su camisa. Al instante, la rompió y corto una parte. Posteriormente, y sin pensarlo dos veces, acercó la yema de uno de sus dedos a los bordes afilados de los grilletes de coral que tenía en torno a sus muñecas. La sangre broto de la herida y al instante se puso manos a la obra; aunque no era la tinta más idónea, era eso o nada. Aunque habría deseado que solo unas gotas de sangre hubieran bastado, pues más de un corte fue necesario para poder escribir las palabras adecuadas, hasta la repentina llegada de esas siniestras serpientes marinas que sin pudor alguno, arrojaron a un apaleado Thomas al suelo, frente al resto de prisioneros. El marino tenía algunas heridas en sus brazos y pecho, pero sobretodo unos horrendos moratones de todos los golpes que le habían dado. Aun tenia, incluso, una red enredada en sus piernas y entre ellas, no solo algas, sino una botella de vidrio. El siguiente que intente escapar, sufrirá un destino peor que morir ahogado. – Amenazo el capataz naga. Tan pronto la criatura se marchó, Wilkins se apresuró a coger la botella y a esconderla. Podría serle útil. Thomas apenas reaccionó, pero en cuanto lo hizo, sus captores lo forzaron a trabajar como al resto. El cabo había perdido ya no solo la cuenta de las horas, sino también de los días que llevaba ahí abajo, pero una vez volvieron a tener un momento para descansar, ocupo sus minutos para preguntar a Thomas lo que le habían hecho, hasta donde había llegado y que había visto. Pero el soldado hablaba cosas sin sentido, como si finalmente la prisión en la que estaban le hubiera consumido lo último que tenia de cordura. No obstante, tenia que darle el beneficio de la duda. Después de todo, nada de lo que estaba ocurriendo tenia sentido… Con los minutos en su contra, el Cabo solo atino a añadir la nueva información proporcionada por el marino al trozo de tela escrito con su propia sangre. Enrollo el improvisado escrito una vez termino y lo introdujo en la botella, tapeando la boquilla con otro jirón de tela. Inhalo hondo y consciente de lo que seria de él, corrió en la misma dirección que Thomas le había dicho, pudiendo oir el sonido reptante de los naga deslizándose tras de él. Apenas si sabia por donde iba, pero tan pronto noto un pozo de agua, se lanzó sobre el mismo y noto la tenue fuerza de succión de este. Intento nadar por dicho pasaje, sintiendo entonces cuando un tridente atravesó su torso y con sus últimas fuerzas, empujo la botella hacia el fondo, rogando a la Luz que pudiera llegar a la superficie y sus palabras no cayeran en el olvido. Pues de hacerlo, todo estaría perdido. * * * * * * * * * *
  10. Consecuencias y Resoluciones Quel'Thalas Seguridad Quel'Thalas ha logrado prevalecer frente a la amenaza combinada de los Amani y los Zandalari. Aunque aun quedan algunos trols del bosque desperdigados por entre las montañas del borde este del Bosque Canción Eterna y las Tierras Fantasmas, estos apenas llegan a suponer siquiera una verdadera amenaza. Un solo pueblo Pese a las diferencias politicas, quel'dorei y sin'dorei han combatido hombro con hombro contra los trols. La posibilidad de que el pueblo de Lunargenta se reuna nuevamente como uno solo esta más que latente y prueba de ello, es la inscripción de los nombres de los valientes quel'dorei que lucharon por su tierra, en el Registro de Quel'Thalas, como testamento de lo ocurrido. Las demandas de Grito Infernal Como fruto de las elecciones de Halduron, el Jefe de Guerra de la Horda ha exigido que los elfos de sangre se sumen al conflicto contra la Alianza como prueba de lealtad. Aunque Lor'themar logra disminuir parte del numero de soldados reclamados para la guerra, Quel'Thalas se ve forzada a entrar en el conflicto irremediablemente. Entrañas Espías de la Horda Por orden del Jefe de Guerra, los mortacechadores comienzan a informar al Capitán Bragor de los Kor'kron en Entrañas, no solo sobre cualquier actividad extraña de los renegados o sus enemigos en la Alianza, sino también de sus aliados elfos de sangre. Tribu Sañadientes Afiliación Habiendose decantado por la Horda gracias a la intervención de Vol'jin y los suyos durante su viaje a Quel'Thalas, mientras los Amani y los Zandalari reunian al resto de tribus de trols del bosque. La Tribu Sañadientes se ha unido formalmente a la Horda. Tribu Lanza Negra Valentía Fruto de sus hazañas durante la Rebelión de los Zandalari, la valentía de la Tribu Lanza Negra se ha hecho eco no solo dentro de la Horda, sino también de la propia Alianza y los Zandalari, siendo estos ultimos quienes toman nota de las capacidades de la supuestamente insignificante tribu que logro truncar sus planes. Desconfianza Algunos miembros de la Horda, en especial orcos y otros que comparten el punto de vista de Garrosh, observan con desconfianza a la Tribu Lanza Negra, tildándolos de poco confiables para lo que a la Horda respecta. Los ojos de Grito Infernal Agentes del Clan Mano Destrozada comienzan a vigilar muy de cerca la Aldea Sen'jin y las Islas Eco por orden del Jefe de Guerra, atentos a cualquier otra acción desafiante de los Lanza Negra y su líder. Los Amani La Caída de Zul'Aman Gracias a las acciones de Malacrass, Zul'Aman ha caído y tras el victorioso asalto de las fuerzas combinadas de Quel'Thalas, y los Zandalari liderados por el Profeta Khar'zul, la antigua capital del Imperio Amani ha quedado abandonada y poblada solo por los cadaveres de quienes se dejaron manipular, o siguieron, al Señor Aojador en su oscuro fin de revivir a Kith'ix. Un nuevo Señor de la Guerra Con Daakara muerto, los Zandalari han nombrado a Kazra'jin, uno de los antiguos guerreros de Daakara, como nuevo Señor de la Guerra de los Amani. Los Zandalari La Tierra Prometida Con sus pretensiones de reconstruir el Imperio Trol a traves de Zul'Aman y Zul'Gurub completamente destruidas, el Profeta Oscuro Zul ha movilizado la flota de guerra zandalari hacia los confines de los mares de Azeroth con el unico fin de hallar la tierra prometida por el Rey del Trueno y reclamar así un nuevo hogar para las tribus. Culto del Martillo Crepuscular Manipulaciones Aunque el retorno de Kith'ix no ha logrado su cometido, el Culto del Martillo Crepuscular mantiene a sus infiltrados dentro de la Horda y la Alianza, conspirando para prolongar la guerra y mantener la atención de las facciones lejos del verdadero problema. Oportunismo Con el caos desatado en Azeroth y aprovechándose de las circunstancias, el Culto del Martillo Crepuscular comienza a reunir a todos sus aliados para proceder con sus planes y reclamar nuevos territorios por el mundo para traer la Hora Crepuscular.
  11. Epilogo La Promesa del Rey del Trueno Zul se sumergió en las sombras tras beber del pozo de sangre y de pronto, en medio de la oscuridad, una solitaria luz incandescente se encontraba frente a Zul. Era Grimath, un antiguo loa de los Zandalari. El ritual había funcionado y sin oponer resistencia, Zul dejo que Grimath entrara en él y lo guiara en su sueño, hacia su destino. Poco a poco la oscuridad fue disipándose, dando lugar a un hermoso valle de enormes y altas cataratas de aguas claras, provenientes de picos y montañas blancas, de suelo fértil y arboles de hojas doradas, vibrantes de vida. Un lugar armónico y hermoso, adornado con unas extrañas, pero majestuosamente bellas estructuras salidas de leyendas. Grimath guío por el idílico valle a Zul, cuyos ojos maravillados observaron todo lo que esa tierra tenía por ofrecer, hasta finalmente ser detenido frente a un enorme palacio labrado con roca y oro. El profeta oscuro subió sus escaleras, sintiendo como el propio suelo se movía bajo sus pies a una velocidad inusitada y en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba al interior de una sala que parecía ser la cámara del trono: tres enormes criaturas se hallaban al fondo de la sala, de aspecto poderoso y aparente rostro leonino, aunque labrado en piedra. Pero de los tres, el más impresionante era el que se encontraba sentado en el trono, justo en el medio. Su cuerpo era azul, en vez de gris y cobrizo como el de sus aparentes guardias. Sobre su cabeza se hallaba una especie de corona de la cual sobresalían unos brazos de oro que parecían reflejar relámpagos y sus ojos centelleaban como si se tratan de una tormenta. A simple vista, cualquiera habría dicho que estaba ante la presencia de un trol. Tres trols zandalari envueltos en atavíos ceremoniales atravesaron la imagen de Zul y se arrodillaron frente a la majestuosa criatura. El profeta oscuro observo tan atento como maravillado, pues las visiones que le habían enseñado una tierra prometida no habían llegado a ser tan exactas hasta ahora. “¿En qué puedo servirte, Emperador Lei Shen?” – Pregunto el trol con atavíos de sumo sacerdote. El Rey del Trueno, poderoso como ninguno, se puso de pie. “Camina conmigo, Zulathra.” – Su voz retumbo en la cámara del trono, demandante y el trol no dudo en ponerse de pie y seguirlo. Sin poder evitarlo, el suelo bajo los pies de Zul volvió a moverse y el zandalari se hallaba siguiendo a ambas figuras, quienes estaban descendiendo unas escaleras en espiral, a cuyos costados había distintas estatuas y sepulturas de quienes parecían haber sido los predecesores del emperador. Pero más interesante que aquello, eran las palabras que Lei Shen y Zulathra se hallaban intercambiando en ese momento. “Tú y tus zandalari han probado ser un aliado valioso del Imperio Mogu. Hemos logrado mucho, apoyándonos mutuamente, pero necesitare algo más de tu parte, Zulathra.” – Comento con un tono que reflejaba aparente aprecio por los zandalari. “La magia que nos has enseñado nos ha permitido ser mejores aliados que nunca, emperador. Pero si hay algo más que pueda hacer por ti, solo tienes que pedirlo.” – Respondió complaciente el trol. “Antes de mi llegada, mi gente, los Mogu, no eran más que clanes sangrientos que se mataban entre ellos. Yo traje orden a los clanes y los convertí en lo que son ahora. Pero a pesar de todo mi poder, se que la muerte siempre estará al acecho.” – Zulathra asintió a las palabras de Lei Shen, según este hablaba. – “Si muero, solo será cosa de tiempo para que los clanes vuelvan a luchar entre si, tratando de llenar el vacío de poder que dejara mi muerte y todo por lo que he trabajo, habrá sido en vano. Algo que no dejare que ocurra.” “¿Y cómo espera que eso no ocurra, emperador?” “Te enseñare personalmente a ti, y a tu círculo más cercano, un ritual con el cual devolverme la vida si es que llegara a morir.” – Desvelo Lei Shen. – “Y a cambio, no solo te enseñare el modo de prolongar la tuya, Zulathra. Sino que también te entregare a ti y a tus zandalari una porción de tierra fértil cerca de este valle, como recompensa por tu servicio.” Zulathran asintió complacido e inclino su cabeza, según descendían hasta llegar a una bóveda subterránea. “Ojalá tuviera palabras para reflejar el honor y el agradecimiento que siento, emperador.” “Lo probaras, cuando el día llegue.” – Lei Shen abrió las puertas de la cámara y entro, seguido de Zulathra. Aunque el profeta oscuro intento seguirlos, Grimath tiro de él y rápidamente la tierra bajo sus pies comenzó a retroceder. Pronto, el profeta oscuro vio como el palacio y el valle iban quedando atrás, seguido de una tierra misteriosa que pronto quedo escondida en un inexpugnable manto de bruma. Solo cuando logro salir de ella, vislumbro mar y nada más, hasta finalmente dar con la inmensa flota de guerra zandalari y su espíritu aterrizar sobre su cuerpo, forzándolo a abrir sus ojos súbitamente. Zul paso una mano por su rostro, tratando de rememorar y resguardar en su cabeza todo lo que había visto. Aun no sabía con exactitud el destino de la tierra prometida, pero al menos sabía que criaturas le habitaban y como era que se habían logrado hacer con ese territorio, aunque fuera en la forma de una promesa de palabra. Sin embargo, en ese mismo momento uno de los guardias zandalari se adentró en su cámara y tras saludarlo con un gesto reverente, le anuncio la llegada del Profeta Khar’zul y las naves que habían viajado a Zul’Aman, así como de todo lo ocurrido allí. “No importa… los Amani y los Gurubashi probaron ser unos inútiles. Pero ya no importa. He visto nuestro nuevo hogar y será por las manos zandalari, que los trols resurgirán de los escombros de este mundo.” – Respondió el Profeta Oscuro a su guardia, tras ser informado de todo. – “Ve con el capitán, dile que avise al resto de la flota que se preparen para zarpar… Nos perderemos en el basto mar, para hallar esa tierra perdida que será la nueva Zuldazar.”
  12. Epilogo Dudosa lealtad El rugido y el golpe furioso del puño de Garrosh contra uno de los brazos de su trono acallo de inmediato las palabras de la clériga oscura Cecille, delegada de los renegados frente al Jefe de Guerra. Suya había sido la labor de informar los más recientes movimientos de Vol’jin, recopilados por los mortacechadores en las Tierras Fantasma y enviados por el Capitán Bragor de los Kor’kron. La sangre de Garrosh hervía por dentro y la rabia le consumía por dentro; no solo Vol’jin se había atrevido a ignorar las ordenes de su jefe de guerra, desafiándolo al aliarse con sus enemigos para combatir a los Gurubashi en la jungla de Tuercespina. Sino también ahora los elfos de sangre estaban siguiendo su ejemplo o al menos, una parte de su población liderada por el general-forestal de Lunargenta, cuya cabeza Garrosh habría colocado sobre una pica de haber hecho lo que hizo si él hubiera estado presente en el territorio. “Eso… es todo cuanto tengo para informarle ahora, jefe de guerra…” – Cecille se inclinó, sin atreverse a mirar a Garrosh. Aguardando el momento para que este le dejara volver a su sitio. Por un solo momento considero la idea de romper el cuello de la renegada en un arranque de ira. Si algo bueno tenían los muertos vivientes, es que podían ser reconstruidos. Sin embargo, cuando iba a disponerse a retirar a la clériga oscura, el chamán orco a su derecha se le acercó para delatar a la figura trol que estaba asomando bajo el umbral de la entrada a su cámara. “Es el jefe Vol’jin, jefe de guerra.” – Anunció Sauranok con un tono discreto y templado. La mirada colérica de Garrosh inmediatamente se posó sobre Vol’jin, quien camino hacia el centro del Fuerte Grommash con una expresión seria y su mirada desafiante posada sobre el jefe de guerra. Grito Infernal se puso de pie, recogiendo al instante a Aullavisceras y descendió de su trono a pasos pesados, al encuentro del líder de los Lanza Negra, momento que Cecille aprovecho para volver a su sitio discretamente. “¡TÚ!” – Bramó Garrosh con furia. – “¡¿CÓMO TE ATREVES A DESAFIAR A TU JEFE DE GUERRA ALIANDOTE CON SUS ENEMIGOS SOLO PARA ENTRETENERTE MATANDO A UN PUÑADO DE TROLS INSIGNIFICANTES? La voz de Garrosh resonó por todo el interior del fuerte y sin embargo, Vol’jin no se amedrento. Siguió caminando hasta detenerse en el centro y una vez allí, se irguió para quedar a la altura del aguerrido orco marrón. “Ese puña’o de trol casi dehtruye tu puehto’ en Tue’cehpina y acaba con tuh alia’o, loh elfoh de sang’e.” – Contesto con tono inquisitivo el líder de los Lanza Negra. – “Yo te adve’ti, Grito Infe’nal. Pero tú no ehcucha’te. ¡Ehto habría si’o diferente, si me hubierah hecho caso!” Garrosh finalmente se detuvo frente a Vol’jin, con su mandíbula apretada al vislumbrar que el trol seguía actuando de forma desafiante, aun cuando su vida pendia de un hilo en esos momentos. “¡Los orcos de Grom’gol habrían luchado y bañado sus hojas en victoria, con la patética sangre de los trols que atacaran ese puesto! ¡Y si los elfos de sangre hubieran caído, habrían probado simplemente su debilidad y ser indignos de la Horda! ¡Esto habría servido como una prueba de fuerza!” “¿Y cuándo hubieran caí’o?” – Vol’jin entrecerró sus ojos sobre la mirada de Garrosh, sin variar su tono de voz severo. – “La Ho’da habría pe’dido su puehto en la jungla y a un valioso alia’o en el no’te. ¿Habria sehvi’o eso pa’ tu guerra, jefe de guerra?” Garrosh rugió furioso y sin mediar una sola palabra, levanto su puño derecho y lo hundió sobre la mejilla de Vol’jin, haciéndolo caer al suelo y quedar arrodillado a sus pies. La mandíbula del trol aun temblaba tras el golpe e incluso, había quedado desencajada. A duras penas el líder de los Lanza Negra evito empuñar su guja y aprovechar esa postura para desgarrar las piernas del bruto frente a él, para luego aprovechar su caída y ejecutarlo. “¡Habrás salvado algunos puestos y aliados de la Horda! ¡Pero tienes suerte de que no decida colocar tu cabeza en una pica!” – Grito Infernal respiraba agitado, con sus músculos tensos por la rabia que se había apoderado de él. – “Vete ahora, perro asqueroso. Pero escúchame bien, Vol’jin… Si vuelves a desafiarme otra vez, tú y tu insignificante tribu recibirán el castigo que se merecen.” Vol’jin volvió a encajar su quijada, sintiendo una oleada de dolor sacudir su rostro por un momento. Gruño severo viendo a Garrosh, pero no añadió ninguna otra palabra y se marchó en silencio tras ponerse de pie. Al menos sus argumentos habían hecho ver al orco que si no hubiera actuado, la Horda habría perdido algo. Pero también habían dejado de manifiesto que con Garrosh a la cabeza, era solo cosa de tiempo para que la Horda terminara muriendo o volviéndose contra si misma… Una vez fuera del Fuerte Grommash, Garrosh volvió a caminar hacia su trono y tomo asiento, dejándose caer pesadamente. Todo bajo la atenta mirada de Sauranok, quien no dudo en acercarse a su Jefe de Guerra una vez más y hablar. “Has hecho bien al dejarlo marchar con vida, jefe de guerra. El desafiante líder de los Lanza Negra sabe que, si intenta oponerse a ti, su pueblo lo pagara y un líder sin gente que le siga, no es jefe de nada.” – La asesina, pero silenciosa mirada de Garrosh se puso sobre Sauranok. – “Pero aún quedan los elfos y la Alianza… Demanda su presencia en la guerra como prueba de lealtad y ataca a la Alianza, antes de que utilicen lo que sea que Vol’jin les haya dicho, contra nosotros.” “Vol’jin es un idiota, ¿pero por qué crees que le diría nada a esa escoria de la Alianza?” – Garrosh hablo entre dientes, aun tratando de sosegar su furia. “No tiene por qué haberles dicho nada, pero el enemigo habrá interpretado esto como una señal de debilidad dentro de la Horda y tratará de explotarla.” – Explico Sauranok con un tono seguro de ello. El jefe de guerra emitió un molesto gruñido, pero asintió de acuerdo con las palabras de su consejero personal. Tan pronto su ira se apaciguo, ordeno a la embajadora Cantoalba de los elfos de sangre enviar un contundente mensaje a Lunargenta, exigiendo que sus fuerzas participaran en la guerra. Además de instruir al Maestro Pyreanor de los Caballeros de Sangre que acudiera con sus señores supremos para discutir los planes de batalla contra la Alianza.
  13. Epilogo - Venganza Un pueblo dividido Halduron camino con mayor tranquilidad de la que había sentido en los últimos días desde que la crisis con los Zandalari y los Amani diera inicio; el peso sobre sus hombros había sido retirado en cuanto Lor’themar finalmente había pensado no como el político que era, sino como el errante que era debajo de su título como Señor Regente de Quel’Thalas. Y más sorprendente, incluso había permitido que Vereesa y sus quel’dorei marcharan en paz, tras sus heridos ser tratados. Oportunidad que el general-forestal de Lunargenta había aprovechado para ordenar a uno de los taumaturgos que trajeran desde su propio despacho el Registro de Quel’Thalas, cuyo tomo llevaba en sus manos en ese momento. Cuando el sin’dorei finalmente llego a la tienda de mando y subió las escaleras laterales para subir al segundo nivel, vislumbro a Vereesa distribuyendo ordenes al capitán de exploradores Daelin y a Auric, quienes, tras cuadrarse y girarse, saludaron con el mismo gesto marcial y respetuoso a Halduron. El elfo no tardo en saludarlos del mismo modo, sintiendo en esos momentos que, a pesar de las diferencias políticas, aún seguían siendo el mismo pueblo. El mismo cuerpo de errantes y forestales ocupados de la defensa de Quel’Thalas. Una vez concluido el saludo, Halduron se acercó a un mesón cercano y con un leve movimiento de su mano, llamo a Vereesa para que se acercase. La alta elfa arqueo una ceja, pero se aproximó de todos modos, llevada por la curiosidad y esta no hizo más que aumentar al vislumbrar el simple título labrado con letras doradas sobre la cubierta de cuero marrón del libro frente a ella. “Creía que había se perdido durante el ataque de la Plaga…” – Comento Vereesa con cierta sorpresa. “En cierta forma, sí.” – Admitió Halduron, frunciendo el ceño. – “El original estaba en el Refugio de Quel’Lithien y nunca lo recuperamos. Pero Nathanos sí; lo robo a la fuerza. Yo decidí hacer uno nuevo.” Vereesa suspiro largamente, con evidente incomodidad. Como muchos, sabia la historia de Nathanos Marris, primer humano entre los errantes y ascendido por su hermana a Señor Forestal de Lordaeron, aun cuando el propio príncipe Kael’thas se había negado a reconocer tal título. “… Te habrá tomado bastante trabajo.” – Dijo Vereesa tratando de disimular su incomodidad. “Tiene todos los nombres de los errantes que lucharon por Quel’Thalas desde la llegada de la Plaga. Incluso agregue aquellos de Quel’Lithien.” – Halduron guardo un honroso silencio en la memoria de dichos caídos. Aún era un misterio que había ocasionado la caída del refugio, pero ya poco caso tenía el seguir indagando en ello, pese a todas sus sospechas. – “Y después de todo lo que ocurrió estos días, creo que es justo que vuestros nombres sean escritos en el registro también.” La general-forestal del Pacto de Plata arqueo ambas cejas y parpadeo con evidente sorpresa. Una ligera sonrisa divertida, pero cómplice, curvo sus labios solo segundos después de asimilar la propuesta. “Lor’themar evita que el Gran Magister te aprese y decida tu ejecución, ¿y ya quieres arriesgar tu cuello, otra vez?” “Rommath es un político y no es el mejor para hablar de traición.” – Halduron se encogió de hombros y cogio una pluma, y un frasco de tinta, que luego los acerco a Vereesa. – “En el pasado, el cuerpo de forestales estaba encargado de proteger Quel’Thalas y un pequeño grupo conocido como los errantes, velaba también por su protección fuera de las fronteras del Alto Reino. La historia es diferente ahora, pero tu y todos quienes te siguieron aquí, probaron lo que es ser un errante. Por ese honor y porque quiero dejar registro de que el pueblo de Lunargenta es capaz de dejar a un lado sus diferencias, si su tierra lo requiere, te pido que inscribas tu nombre, tu título y el de todos los que te han seguido.” Brisaveloz dejó escapar una pequeña risilla con cierto tono irónico al imaginarse el rostro de futuros errantes que llegaran a leer el registro, y vieran entre sus páginas a dos generales-forestales en servicio activo, con la única diferencia siendo su facción y procedencia. Sin embargo, la sonrisa divertida se desvaneció en cosa de pocos segundos, adoptando su rostro un semblante serio y respetuoso, al tiempo que tomó la pluma y el frasco de tinta. Lo que decía Halduron era cierto; incluso su hermana, Alleria, a pesar de los deseos de su madre, había decidido sumarse al entonces pequeño cuerpo de errantes, pasando el título de general-forestal a su hermana Sylvanas. Y aunque Alleria combatió a la Horda más allá de las fronteras, suponiéndola una amenaza para el Alto Reino, también había regresado a su tierra cuando esta logro penetrar más allá de la primera puerta. Su corazón se contrajo cuando una oleada de nostalgia se apodero de ella al recordarla y sentir la leve similitud que ahora ambas compartían, pese a ella no haber tenido que sufrir todo lo que ella si paso desde la caída de Quel’Thalas a manos de la Plaga. “Escribiré todos los nombres, pero no solo el de mis forestales del Pacto de Plata. Sino también de aquellos hermanos que vinieron de Ventormenta.” – Comentó Vereesa viendo fijamente a los ojos a Halduron, con un tono que dejaba de manifiesto que esa era una condición que no estaba dispuesta a negociar. Halduron asintió con reverente solemnidad. “No esperaría menos.” – Halduron se cuadro y Vereesa le regreso el saludo, de general-forestal a general-forestal. – “Iré a revisar que todos nuestros heridos han sido tratados y que los portales que facilitaran vuestros retornos, estén listos para el momento de vuestra marcha.” Vereesa asintió y Halduron marchó de la tienda de mando, dejándole proceder con la inscripción de los nombres en el registro. Después de lo que había visto en la puerta de Zul’Aman, estaba más que seguro que Lor’themar no se opondría. Como Señor Regente, tenía el poder de revisar el registro y seguramente lo haría cuando fuera informado de que Halduron lo había tomado. El único que se terminaría mostrando contrario a su idea, seria Rommath y no le importaba en lo más mínimo lo que el Gran Magister de Lunargenta tuviera que decir al respecto. Halduron no iba a renunciar a sus virtudes, ni a su honor, él era un errante y el general-forestal de Lunargenta, y como tal, haría lo que fuera necesario para proteger su tierra y reconocer a aquellos que habían derramado su sangre por su patria, fueran exiliados o ciudadanos. Al final, para él, todos eran hijos de Lunargenta.
  14. Prologo - Venganza Los días pasaron y tras enviar las ordenes preliminares para todos sus errantes a lo largo del Bosque Canción Eterna y las Tierras Fantasmas, así como sus puestos principales en dichos territorios, Halduron se encontraba en el último sitio que su mente pragmática le habría dicho donde esta en una situación como la suya: la Meseta de la Fuente del Sol. Busca a los espíritus, eso dijo él. Halduron rememoro las palabras de Vol’jin a medida que observaba la brillante columna dorada de una luminiscencia cósmica que emanaba de la tranquila poza en el centro del santuario. Bueno, esto es lo más cercano a ellos para mi. Halduron nunca había sido un devoto seguidor de la Luz, pero en ese lugar eso no parecía importar. No podía dilucidar que era exactamente, pero la Fuente del Sol tenía una habilidad única para calmar incluso las mentes más atribuladas. Fuera esto algo real o un simple truco de su mente, a Halduron no le importaba. En ese momento, él tomaría la fortaleza mental que le ofrecieran sin importar de donde. “La ultima vez que vi esa mirada en el rostro de alguien, un niño había perdido su gato.” Aunque el interprete estaba detrás de Halduron, su voz era inconfundible. “Me alegra verte también,” replico el General-Forestal de forma seca, difícilmente emocionado ante la intrusión. Auric Cazasol avanzo hasta quedar a un lado de Halduron, ahorrándose una sonrisa ironica. “Lástima que no pueda decir lo mismo. Disculpa que lo diga, pero francamente luces terrible.” Halduron no pudo evitar dejar escapar una leve risilla ante la contundente honestidad de Auric. Era refrescante y él estaba agradecido por ello. “Aquí es cuando yo debería decir que las he pasado peores, y probablemente sea cierto. Pero bajo estas circunstancias, eso no resulta reconfortante.” “¿Lo dices por el levantamiento Zandalari, verdad?” Confuso y un tanto suspicaz, Halduron giro su rostro hacia Auric. “¿Sabes sobre eso?” Auric asintió. “Toda la Alianza sabe de ello, cortesía de tus amigos trols. Solo puedo imaginarme la cara del Rey Varian cuando los emisarios Lanza Negra se presentaron en el Puerto de Ventormenta.” Su sonrisa entretenida entonces cambio, tornándose más sincera. “Es bastante admirable, en realidad. No cualquiera tiene la fuerza de voluntad necesaria para pedir ayuda a un enemigo durante una crisis.” Halduron difícilmente podía creerlo. ¿En que estaba pensando Vol’jin? ¿Acaso Garrosh sabia de esto? Fuera cual fuera el caso, era una apuesta peligrosa para ambos lados, y ciertamente habrían terribles consecuencias. Vol’jin debía de estar más desesperado de lo que él había imaginado. O tal vez, él es el único colocando las cosas en perspectiva. Parpadeando, Halduron ignoro su pensamiento. “De todas formas, como líder de los Lanza Negra, el Jefe Vol’jin tiene ciertas libertades a su disposición que el resto de nosotros no.” Auric ladeo su cabeza ligeramente, regalando a Halduron una mirada pensativa y distante. “Sabes, una vez alguien me dijo que cada hombre prevalece o cae de acuerdo a sus propias elecciones, no aquellas que fueron hechas para él.” En su periferia, Halduron podría haber jurado que la Fuente del Sol se encendió aun más por un sutil instante. También se sintió más cálido que antes, pero no en una manera incomoda. Se preguntó brevemente si es que el estrés finalmente estaba apoderándose de él o quizá – solo quizá – había algo más en el discurso devoto de Lady Liadrin que hasta ese momento no había pensado. De cualquier manera, Halduron estaba atónito. Repentinamente, todo se estaba volviendo más claro para él y una posible solución para su desesperada situación estaba formándose en su mente. “Auric,” Halduron disminuyo el volumen de su voz y su tono se volvió suplicante, “se que nuestros caminos nos han puesto en direcciones opuestas, y no tienes ninguna razón para confiar en mi, pero… por el bienestar de nuestra tierra, si yo llegara a necesitar pedir tu ayuda. ¿Me la darías?” Sin ningún atisbo de duda, Auric respondió, “Por Quel’Thalas, si llega a ser necesario, tan solo tendrás que pedirlo.” Halduron asintió agradecido. “Te lo agradezco. Solo espero que la situación no llegue a ser tan desesperada como temo…”
  15. Consecuencias y Resoluciones Reino de Ventormenta Reafirmando posiciones Con la victoria sobre los Gurubashi y los Zandalari al sur de sus fronteras, el Reino de Ventormenta ha reafirmado parte de su control sobre el Norte de la Vega de Tuercespina no solo al recuperar de posesión enemiga el Fuerte Livingston, sino también tras reclamar la Base de Kurzen para la Alianza. Cartel Bonvapor Dominio del sur Habiéndose sobrepuesto a la amenaza de los Bucaneros Velasangre anteriormente y ahora, del levantamiento Gurubashi y Zandalari, la hegemonía del Cartel Bonvapor con la Bahía del Botín en el Cabo de Tuercespina queda indiscutida. De forma lenta, pero segura, el comercio en sus puertos se restablece, permitiendo que el Cartel Bonvapor finalmente pueda comenzar a reportar ganancias similares a las obtenidas previo al Cataclismo, que solo les ocasiono perdidas. Botín de Guerra Aunque el Escondrijo Malallave ha tenido que ser devuelto a la Horda para que el Cartel Pantoque vuelva a tomar posesión del lugar, la victoria sobre los Gurubashi y las acciones de ellos mismos, han facilitado que varios sitios que alguna vez los trols habitaron en el Norte de la Vega de Tuercespina y el Cabo de Tuercespina, incluida la ciudad de Zul'Gurub, quedaran completamente abandonados. Momento que el Cartel Bonvapor ha aprovechado para reclamar algunos de sus tesoros como 'compensación' por los daños ocasionados. Horda Recaptura Gracias a la oportuna intervención de Vol'jin y los suyos, el Campamento Grom'gol no cayo bajo el influjo vudú de Zanzil. Del mismo modo, y con la ayuda del Cartel Bonvapor, el Escondrijo Malallave fue recuperado de las manos trols y con la crisis concluida, el Cartel Pantoque ha vuelto a reclamar el sitio para la Horda. La osadía de los Lanza Negra Rumores sobre las acciones de Vol'jin y su tribu, han comenzado a circular dentro de la Horda. Especialmente gracias a la presencia de puestos del Cartel Bonvapor muy cerca de centros urbanos de la Horda en Kalimdor, como Trinquete y el Cruce, lo cual ha favorecido el rápido esparcimiento de los mismos. Sin embargo, mientras algunos consideran que el compromiso del líder Lanza Negra y su tribu para con la Horda ha quedado más que comprobado al reafirmar quien es su pueblo, otros consideran sus acciones como cuestionables dados los métodos empleados, y la procedencia de sus aliados. Los ojos de Grito Infernal Los crecientes rumores de las acciones de Vol'jin y sus aliados han llegado a oídos del Jefe de Guerra de la Horda, Garrosh Grito Infernal, quien se ha mostrado en claro desacuerdo con lo ocurrido al considerar que miembros de la Horda están actuando fuera de los intereses de la misma facción, ignorando sus necesidades y desafiando los designios de su Jefe de Guerra. Los ojos de Grito Infernal ya se ciernen sobre los trols y quienes quieran seguir a su líder desafiante. Los Zandalari El Imperio Trol Aunque la intervención de Vol'jin ha truncado el exitoso resurgimiento de los Gurubashi y Zul'Gurub, los planes de los Zandalari de restaurar el antiguo Imperio Trol desde los restos del mundo dejado tras el Cataclismo, están lejos de terminar. La enorme flota de guerra Zandalari ahora navega hacia lo profundo del Mare Magnum, mientras una infima parte viaja hacia el norte, esperando que los Amani prueben tener la fortaleza que los Gurubashi no demostraron poseer. Remanentes Gurubashi Pese a haber sido derrotados, los Zandalari han dado cobijo a los remanentes de la Tribu Gurubashi en sus filas, aumentando parte del numero de sus filas al no solo recuperar el numero de guerreros perdidos durante su ayuda, sino también ganando algunos nuevos. Los Gurubashi La derrota La restauración de la antigua gloria de Zul'Gurub y los Gurubashi ha vuelto a ser un simple sueño idealista en la cabeza de muchos trols. La derrota de Jin'do y el Señor de Sangre Mandokir en Zul'Gurub augura el posible fin de una tribu cuyos números ya estaban decreciendo. Una nueva líder Aunque derrotados y con un bajo numero, la tribu Gurubashi continua existiendo y bajo la tutela de los Zandalari, una nueva cabecilla se ha alzado: la Suma Sacerdotisa Mar'li, sirviente de Shadra, la Loa araña. Tribus trols de Tuercespina Supervivencia Aunque las dos grandes tribus después de los Gurubashi; los Sangrapellejo y Machacacráneos, han sido eliminadas por decreto de los Zandalari. Algunos lograron escapar al exterminio y siguen habitando la jungla, aferrándose a la supervivencia y actuando de forma hostil con el resto de moradores en sus antiguas tierras. Culto del Martillo Crepuscular Los ogros Mosh'Ogg Aunque no han conseguido acceso a la sangre de Hakkar, los ogros Mosh'Ogg de Mai'zoth se han unido a las filas de Cho'gall y el Culto del Martillo Crepuscular. Zul'Aman El Culto del Martillo Crepuscular tiene en su conocimiento la existencia de un oscuro secreto bajo el dominio de la Tribu de los Amani. Sus ojos ahora se encuentran puestos en la antigua capital de los trols del bosque.

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