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  1. La Batalla del Bastión Plumaluna La flota de Shandris Plumaluna finalmente había llegado al bastión que llevaba su nombre y poco después de que las tropas kaldorei, draenei e incluso algunos huargen, habían desembarcado, los barcos se habían repartido por la costa para defender el puesto militar desde el mar. La general se encontraba en lo alto del árbol que funcionaba como cuartel principal del bastión, observando el mapa de Feralas que tenia en mesa frente a ella con pluma en mano, marcando las posiciones de las cuales sabia su estado de acuerdo a los informes que había solicitado. Los ojos plateados de la elfa de la noche se pasearon desde el Bastión Plumaluna, hacia la Torre de Estulan, para luego continuar hacia Nueva Thalanaar y marcar este lugar con una equis. En silencio, Shandris murmuro una maldición para quien fuera que se hubiera atrevido a atacar o sitiar el asentamiento, pues eran sus ojos hacia el mar que eran ahora las Mil Agujas. En su mente cavilo la posibilidad de que fuera la Horda la culpable, pero ella conocía Feralas, y en su interior era consciente de que también podrían haber sido los Gordunni o los Tótem Siniestro, los cuales también acechaban en los alrededores. Resignada, la kaldorei volvió a repasar el mapa, escuchando entonces unos pocos pasos detrás de ella, los cuales se detuvieron para dar pie a un simple taconazo. “General.” – Escucho decir a una centinela. Shandris se aparto de la mesa y se giro para ver a la elfa de la noche. “Las patrullas que envió a explorar el perímetro han vuelto.” – Anunció la centinela. – “No hallaron presencia enemiga en los alrededores, salvo unas pisadas de ogro que pudieron haber hecho durante el día.” La general frunció el ceño al oír aquello. Como elfos de la noche, sus costumbres eran nocturnas y por ende, toda su vida ocurría con la Diosa observándoles en todo momento. Sin embargo, como sus aliados, la Horda estaba compuesta por razas diurnas y gracias a sus oficiales, había averiguado que Garrosh Grito Infernal había aprovechado ese horario para avanzar por Vallefresno. Algo que, sin lugar a dudas, volverían a utilizar contra el bastión, incluso de manera inconsciente. “Avisa al resto de oficiales, y a la sacerdotisa Estrellaclara, de que modificaremos nuestra costumbre.” – Ordeno la general. – “Quiero a todos durmiendo dentro de las próximas dos horas. Nuestro enemigo es diurno, así que tendremos que adaptarnos a ellos si queremos resistir su ataque.” “Como ordene, general.” – Asintió la centinela, quien, si tenía algún atisbo de duda, al menos sabia esconderlo detrás de una expresión de mármol. Shandris se acerco al mapa y lo enrollo, para luego volver a acercarse a la elfa. “Lleva tu informe a la sacerdotisa Estrellaclara, también.” – Señalo Shandris. – “Y entrégale este mapa.” La centinela cogió el mapa, se cuadro y marchó bajo la atenta mirada de su oficial. Shandris suspiro, llevando su mirada hacia el horizonte nocturno y por ultimo, a la Madre Luna. No tenia ni un solo deseo de adoptar una costumbre diurna, alejada de su brillo, pero como cualquier cazador, ella debía conocer y adaptarse a su presa. No tenía otra alternativa y como si se tratara de una despedida, la kaldorei musito una plegaria a Elune antes de caminar hacia su cama.
  2. El Asalto a la Bahía Garrafilada Los barcos a vapor comenzaron a amarrar en el puerto de Ventormenta, mientras que las naves más dañadas de la séptima flota continuaban siendo reparadas en los astilleros de la ciudad humana. Muradin subió los escalones hasta finalmente llegar al castillo de proa con el fin de supervisar la llegada de la flota proveniente de Forjaz y una vez el motor a vapor de su propio barco fue apagado, el enano dirigió su mirada hacia la cubierta, donde diversos tripulantes enanos se hallaban manipulando los distintos aparejos, mientras que los soldados comenzaban a formar. Había enanos de los tres grandes clanes, pero por un instante, el consejero Barbabronce sintió un nudo en la garganta al ahogar un insulto en lo más profundo de su ser, al ver a algunos enanos hierro negro armados no solo con la armadura de la capital enana, sino también el tabardo propio de la nación. Eran aliados, pero para alguien que por años había combatido contra ellos, era difícil pensar en ellos como en algo más que enemigos. “¡Soldados de Forjaz, prepárense para desembarcar!” – Alzó la voz el consejero Barbabronce. – “¡Primero y segundo pelotón, vosotros lo haréis primero! ¡El resto os seguirá!” Los enanos golpearon sus hachas contra sus escudos, señal de que acatarían la orden y Muradin bajó del castillo de proa, notando por el rabillo del ojo a una figura humana y familiar, envuelta en una armadura de color azul, con hombreras con la forma de un águila por un lado y de un león en la otra. Su rostro tenia dos cicatrices que formaban una cruz y su cabello largo estaba tomado con una coleta. A ojos de cualquiera, ese hombre proyectaba la imagen de un guerrero, más que la de un Rey, pues contrario a otros monarcas humanos, como el viejo Terenas Menethil II, Varian Wrynn se negaba incluso a portar una corona. Antes llevaría un yelmo en vez de una corona sobre esa cabeza pensó divertido el enano, mientras desembarcaba antes que el resto de sus tropas. Tan pronto estuvo en el muelle, el enano dio un par de pasos más hasta quedar frente al alto rey de la Alianza y líder de Ventormenta. Con respeto, Muradin se inclino frente a este y Varian meramente asintió como saludo al mismo. “Bienvenido a Ventormenta, Muradin.” – Le saludo el Rey. “Me alegra estar aquí, Rey Varian.” – Dijo el enano una vez se reincorporó. – “¿Cómo están las cosas en la ciudad? ¿Esta la séptima flota lista?” “Estamos tratando de dar abasto con los refugiados de Theramore, pero no es una tarea sencilla.” – Contesto Varian con honestidad. – “Y en cuanto a la séptima flota… Más de la mitad sigue en los astilleros. Solo podré sumar un cuarto de ella.” Muradin se encogió de hombros. “Afortunadamente para ti, tengo naves a vapor de sobra.” – El enano esbozo una sonrisa debajo de su espesa barba cobriza. – “Y nuestros soldados están ansiosos de vengar a los brigadieres que perdimos en Theramore.” Varian asintió y se hizo a un lado, invitando al enano a caminar junto a él. Muradin instantáneamente comenzó a caminar, siguiendo el paso del monarca humano. Tal y como el Alto Rey le había señalado, la ciudad estaba repleta de refugiados: el puerto de la ciudad tenia a más población civil de lo que cualquier soldado podría haber imaginado y para el enano era difícil suponer si era porque no tenían donde llegar, porque estaban acostumbrados a vivir en un sitio así y el puerto les recordaba a su hogar perdido, o porque creían que aún llegarían barcos con la intención de trasladarlos a Theramore. Pobres almas… era lo único que podía pensar el enano cada vez que los veía tanto en el puerto, como también en las calles de la ciudad, una vez lo dejaron atrás. Ambas figuras se adentraron en el castillo de Ventormenta sin cruzar una sola palabra, al menos, hasta llegar a la sala de guerra. Junto al mesón ya se encontraban la gran almirante Jes-tereth y el maestro de espías, Mathias Shaw, quienes no tardaron en saludar con los debidos respetos al rey y al consejero. Muradin asintió a ambos y se aproximo a la mesa, notando los relieves de los tres continentes tallados sobre la madera, notando que diversas piezas referidas a la Horda y la Alianza se encontraban repartidas por encima de esta. No obstante, la más llamativa de todas, era la de un barco con la cresta del león sobre su vela, frente a la costa de Durotar. “¿Es ese el objetivo?” – El enano cogió la figura y busco la mirada de Varian. Su expresión delataba la sorpresa que le produjo ver esa nave allí. Varian asintió. “Tenemos información de que la flota de la Horda ha zarpado al sur de Kalimdor.” – Señalo Mathias Shaw. – “La costa de Durotar esta desprotegida.” “Un ataque rápido y certero…” – Asintió lentamente Muradin, volviendo a dejar la figura en su sitio. – “Pero atrevido.” “Atrevido, sobretodo.” – Concordó el Rey de Ventormenta. – “Pero sin su cabeza, la serpiente morirá y probablemente lo que quede de la Horda se abrirá a la paz.” “¿Y si no?” – Pregunto el enano, tanteando la posibilidad de que, como con Theramore, la Horda buscara represalias por lo ocurrido con Orgrimmar. “Acabaremos con ellos.” – Sentenció Varian Wrynn.
  3. Conocimiento olvidado Thalen Songweaver abandonó el Fuerte Grommash poco después del resto, cruzándose en la salida con el general Nazgrim, quien había sido llamado por el jefe de guerra para organizar la defensa de Orgrimmar. Las calles del Valle de la Fuerza seguían repletas de orcos borrachos, algunos de los cuales ocasionalmente se peleaban entre si, aunque quienes se llevaban la peor parte eran los esclavos humanos que habían sido tomados como prisioneros de guerra tras la victoria de la Horda en el Fuerte Triunfo. Mientras que los más afortunados aún tenían que empujar los carros con toneles de grogs, los más desafortunados eran forzados a combatir entre ellos solo para entretener a sus captores. Por un instante, el elfo de sangre sintió lastima por el maltrato que sufrían, aunque poco podía hacer por ellos y sin darse cuenta, sus pasos se volvieron más acelerados cuando comenzó a dirigirse hacia sus aposentos. El sin’dorei camino por las calles de Orgrimmar, abriéndose paso entre las multitudes de guerreros y otros tantos habitantes que celebraban la victoria en Orgrimmar. Sus pasos lo llevaron hacia la muralla que dividía el Valle del Honor con el resto de la ciudad, pero mientras se aproximaba al umbral de la entrada, una mano más grande que su cabeza lo sujeto de su brazo izquierdo y tiro de él contra la pared. Su espalda se resintió producto del fuerte golpe contra el metal y solo tras recomponerse, elevo su mirada para encontrarse con Eitrigg, cuya mirada severa reflejaba el fuego que aún ardía en el corazón guerrero del anciano. “¿Qué demonios es esto?” – Demandó saber el elfo de sangre, disimulando su sorpresa y temor. “Quiero respuestas.” – Contesto el orco con su reconocible voz rasposa. – “Tu ayudaste a Garrosh a hacerse con esa bomba que destruyó Theramore y ahora, vuelves a susurrar en su oído… ¿qué es ese hechizo del que hablaban?” Thalen esbozo una sonrisa divertida. “Podría tratar de explicarte, anciano, pero dudo que semejante conocimiento este a tu altura.” – Intento burlarse el elfo de sangre. Eitrigg emitió un gruñido y con su otra mano, tomo al elfo de sangre por el cuello y lo oprimió un poco. Lo suficiente para que un orco entendiera la amenaza, pero que para un cuello tan delgado como el de un sin’dorei, era como si fueran a pulverizarlo. Desesperado, Thalen dio varias palmadas a la firme muñeca del anciano, quien instantáneamente aflojo la presión. “¡¿Estas loco?! ¡¿Sabes lo que Garrosh te haría si me matas?!” – Le espetó el sin’dorei al orco tras recuperar el aire, pero el simple tacto de los dedos del anciano sobre su cuello dejó claro lo que pensaba sobre el riesgo que supuestamente correría. “Habla.” – Ordeno Eitrigg. “Es un hechizo de conjuración antiguo.” – Desveló el elfo de sangre. – “Uno que sospecho que podría ayudarnos a invocar criaturas marinas y someterlas al control del jefe de guerra.” “¿Criaturas marinas?” – El anciano gruño severamente entre dientes. – “¿Piensan seguir el juego de los chamanes oscuros?” Thalen hizo una mueca de desagrado. “¿Chamanes oscuros? ¡Por favor, esto es más complicado que eso!” – El sin’dorei sintió un escalofrío en su espalda, cuando noto que Eitrigg lo observaba de manera inquisitiva. Aparentemente, tampoco estaba de animo para soportar su altanería. – “… Es similar, pero no involucra elementales. No te preocupes, no corremos el riesgo de ocasionar un segundo cataclismo.” Volviendo a enseñarle sus colmillos, Eitrigg tiro de Thalen una vez más y lo empujo de vuelta las multitudes. El elfo de sangre trastabillo y quedando en medio de varios orcos que transitaban hacia el Valle del Honor, se vio forzado a caminar, perdiendo vista al anciano, quien aprovecho ese instante para perderse entre las calles de la ciudad.
  4. Retribución El luto por lo ocurrido en Theramore no solo se había apoderado de las capitales en los Reinos del Este, sino que también se había establecido en Darnassus y seguramente, según Rell Nightwhisper, el Exodar tampoco seria la excepción. A simple vista, la vida nocturna en la ciudad construida sobre las ramas de Teldrassil continuaba siendo la misma de siempre, pero para los ojos inquisitivos del elfo de la noche, era más que evidente que la preocupación por lo ocurrido con la ciudad blanca había afectado a sus congéneres. Había algo en las expresiones y la forma en que los kaldorei actuaban, incluso para realizar sus tareas más cotidianas, que indicaba que se encontraban tan alerta como la cazadora que estaba escoltándolo hacia el interior del templo de Elune. Como el resto de los habitantes, las sacerdotisas también se encontraban ocupadas con sus tareas afines a lo ocurrido; varias de ellas, independientemente de su rango dentro de la hermandad, habían colocado lirios violeta de pistilos plateados sobre las aguas de la fuente sobre la que se alzaba la estatua dedicada a Haidene, la primera de las sacerdotisas dedicada a la adoración de la Diosa. Junto a las ofrendas, las hermanas también entonaban dulces cantos con la esperanza de que Elune pudiera guiar a los caídos en Theramore a un eterno descanso en las estrellas, acompañados del resto de sus ancestros y por un solo momento, Rell sintió el deseo de aproximarse a las aguas, realizar una ofrenda y sumarse a las suplicas. No obstante, el tiempo apremiaba y Grito Infernal había dejado claro que no iba a esperar a que su enemigo reaccionada, no esta vez. El kaldorei camino detrás de la cazadora en todo momento, quien le escoltó hasta los niveles superiores del templo, a las dependencias privadas de la suma sacerdotisa Susurravientos, cuya voz ya podía escucharse desde el umbral de la puerta. La roca no le facilito a Rell el saber que estaba diciendo, pero si pudo percatarse de que no se encontraba sola, pues luego escuchó una voz masculina y templada, la cual solo pudo suponer que seria la del archidruida Tempestira. No obstante, para cuando finalmente llegaron a la entrada y la cazadora anunció su llegada, esta delato la presencia de una tercera persona en la cámara: la general Shandris Plumaluna. Rell entró en la habitación tan pronto lo anunciaron y se inclino de manera reverente ante las tres figuras, cortesía que luego fue retribuida por las mismas antes de que la suma sacerdotisa despachara a su escolta con un sencillo asentimiento. “¿Qué noticias traes de Ventormenta, Rell Nightwind?” – Preguntó la suma sacerdotisa con un tono de voz suave, pero demandante. “La inteligencia de la Alianza ha identificado a la flota de la Horda.” – Contesto el kaldorei, cuadrándose instantáneamente. – “Varias naves orcas, seguramente las que sobrevivieron a la batalla en Theramore, están navegando en dirección al sur.” “Que extraño… El único puerto y flota que hay al sur de Kalimdor, es Gadgetzan y esos goblins dicen ser neutrales.” – Señalo un confundido Malfurion, dando voz a los primeros pensamientos que surgieron en su cabeza al escuchar las palabras de Nightwind. “Tal vez se atrevan a repostar en Gadgetzan, pero sospechó que ese no es su destino final…” – Mencionó Rell antes de ser interrumpido por la general Plumaluna. “Su objetivo es el Fuerte Plumaluna.” – Señaló la elfa de la noche sin el más mínimo atisbo de duda. – “Después de Theramore, esa es la única fortaleza que nos queda al sur de Vallefresno.” Rell asintió a las palabras de Shandris, confirmando su versión. “¿Hay centinelas suficientes como para defender el fuerte?” – Preguntó instantáneamente la suma sacerdotisa, quien dirigió su atención a Shandris. Shandris resopló y tras un leve silencio, contestó: “No.” – La general negó con la cabeza. – “Antes de tomar un regimiento de centinelas y llevarlas conmigo a Theramore, descubrimos a una patrulla de ogros. No eran gordunni y por entonces solo supuse que la Horda estaba tratando de medir nuestra fuerza, y capacidad de respuesta. Ahora creo entender por qué lo hicieron… Nos van a atacar con todo lo que tienen.” “El Alto Rey Wrynn esta planeando lanzar un ataque contra la Horda pronto, pero esta dispuesto a enviaros ayuda.” – Señaló Rell al notar las miradas preocupadas del resto de elfos. Tyrande negó con la cabeza. “Incluso si solicitáramos ayuda, lo haríamos a expensas de su seguridad. No deseo convertir Ventormenta en la nueva Theramore…” – Replicó la suma sacerdotisa viendo a Rell, para luego volver su atención a Shandris. Cual madre con su hija, Tyrande se acercó a ella y reposo una mano sobre su mejilla, a la cual dio una suave caricia acompañado de una sonrisa que buscaba brindarle valor. – “Malfurion y yo protegeremos Vallefresno. Tu lleva nuestra flota a Feralas; no dudo del valor de las centinelas que has dejado allí, pero lucharan mejor con su líder a la cabeza y necesitaran toda la ayuda que necesiten.” Shandris esbozó una sonrisa y asintió a Tyrande, apoyando una de sus manos sobre aquella que aún estaba sobre su mejilla. “Así lo hare, pero si me lo permites, utilizare la flota para arrancarnos una espina que ha estado en nuestro costado por mucho tiempo.” – Shandris observó de forma determinada a su madre adoptiva, quien asintió de acuerdo con sus intenciones, casi como si las supusiera. – “No cambiara lo ocurrido en Theramore, pero tengo que vengar a Dolida y al resto de mis hermanas.”
  5. Regocijo Carros repletos de jabalíes y toneles de grog se encontraban cruzando la puerta de Orgrimmar, solo para luego ser escoltados por los brutos hacia distintos rincones del Valle de la Fuerza. Garrosh Grito Infernal seguía con la mirada a cada uno de los peones que tiraba de dichos carros, esbozando una sonrisa orgullosa al pensar en la inminente celebración de su victoria sobre Theramore. Sus seguidores y sus guerreros se embriagarían con el fruto de su triunfo sobre la Alianza, y los haría ansiar más, pues esto solo era el principio de todo. Azeroth pronto pertenecería a la Horda, a su Horda y con ese pensamiento en mente, él se giro y volvió a adentrarse en el Fuerte Grommash. El orco caminó tranquilamente por el interior del edificio, notando desinteresadamente como la sala del trono se hallaba vacía, incluso con los kor’kron vigilando cada esquina. Garrosh siguió caminando, pero una voz familiar lo forzó a detenerse cuando estaba pasando a un costado de su trono. “Jefe de guerra, ¿un momento?” – La voz rasposa de Eitrigg resonó dentro del salón. Garrosh oprimió sus colmillos, pensando en diversas maneras de quitarse al anciano de encima. Sin embargo, no podía hacerlo a un lado. Era un orco, después de todo, y un guerrero con gran experiencia y sabiduría, a pesar de no siempre estar de acuerdo con sus miradas. El orco aflojo la tensión de su mandíbula y suspiro con resignación, maldiciendo su astucia al buscar el momento en que podría acercarse a él sin que Malkorok o sus kor’kron pudieran impedirle acercarse. “¿Qué ocurre, anciano?” – Garrosh se giro para ver a Eitrigg. Eitrigg extendió sus brazos, como si quisiera abarcar toda la sala. “Esto ocurre, jefe de guerra.” – Señaló el anciano. – “Tu salón esta vacío. Donde debería de haber ruido, ahora solo hay silencio.” “Yo puedo escuchar tu voz haciendo ruido.” – Respondió con sarcasmo el jefe de guerra. “Mi voz no es el único ruido que deberías de poder escuchar en esta sala.” – Señaló el anciano, ignorando la burla del jefe de guerra. El mag’har oprimió sus colmillos y emitió un gruñido severo, dejando entrever a su consejero que su paciencia estaba agotándose. “Estamos en guerra, jefe de guerra.” – Agrego Eitrigg sin amedrentarse lo más mínimo y siempre hablando con un tono de voz templado. – “Tu has conocido la victoria en Rasganorte y ahora, la has vuelto a probar como líder de la Horda, pero estas olvidando algo: esas victorias no fueron solo tuyas. Varios guerreros dieron la vida para que eso ocurriera y no eran solo orcos, habían renegados, elfos de sangre, tauren y trols. El ruido que deberías poder oír en este lugar no es mi voz, sino la de tus aliados y ninguno de ellos están aquí.” “Ve al punto, anciano.” – Le espetó tajante el jefe de guerra. “Utiliza esta ocasión no solo para celebrar, sino también para saber con que aliados cuentas aún, jefe de guerra.” – Sugirió su consejero. – “Ambos sabemos que la victoria en Theramore es solo el primer paso para un plan más grande, pero después de lo ocurrido allí, tienes que saber si cuentas con la misma fuerza y si no lo haces, crear puentes para que así sea. Incluso tus predecesores supieron ver la necesidad de contar con aliados para poder llevar a cabo sus planes.” Los ojos fieros e inquisitivos de Grito Infernal miraron fijamente a los del anciano rocanegra, para luego observar una vez más la sala donde se encontraba su trono de hueso, cuero y hierro. El lugar era una fortaleza, del mismo modo que la ciudad de Orgrimmar lo era también, pero Eitrigg tenia un punto. Incluso si no creía necesitar aliados, necesitaba a sus guerreros y para saber eso, tendría que moverse cuidadosamente. Sin otra alternativa, el jefe de guerra volvió a ver su consejero y asintió, aceptando utilizar la celebración no solo para conmemorar y honrar la victoria en Theramore, sino también averiguar que tan ciertas fueron las palabras dichas en el Poblado Murohelecho poco después de haber destruido la ciudad humana.
  6. Acto III Un ciclo de odio La puerta del despacho del archimago Aethas se abrió sin previo aviso y desde el umbral, el sin’dorei pudo ver al señor regente de Quel’thalas caminar directamente hacia él, con una expresión severa y su mano derecha enroscada en torno al mango de su espada, como si estuviera listo para desenvainarla en cualquier momento. Detrás de él, uno de los criados de la aguja atracasol caminaba apresuradamente con la vana esperanza de adelantar a Lor’themar y anunciar su llegada. No obstante, era evidente que no lograría hacerlo y Aethas agitó su mano izquierda, obligándolo a marchar poco antes de volver a ver al elfo de sangre, quien ya se encontraba de pie frente a su escritorio en ese mismo momento. “Lord Theron, no sabía que vos…” – Empezó a hablar el archimago con un tono de voz templado. “Ahórrate la palabrería, Aethas.” – Le interrumpió Lor’themar con un tono tajante. – “Estoy aquí por respuestas y para demandar la entrega de Thalen.” El líder de los Atracasol parpadeó con evidente sorpresa ante el tono del señor regente, así como también las razones del por qué de su visita. Aun sentado, intento sopesar las palabras de Lor’themar, mientras ocasionalmente alternaba su mirada entre la madera de su escritorio y la cada vez más amenazante figura del sin’dorei, cuya postura parecía más la del líder militar que era antes de poseer su titulo actual, a que la de un político enfurecido. “Me temo que no se donde se encuentra el archimago Songweaver en estos momentos, mi señor.” – Respondió con un tono cauteloso el mago. – “Pero si pudierais explicarme el por qué de vuestras demandas, quizá podría entender y ayudaros mejor…” “Mis fuerzas han vuelto de Kalimdor y me han informado que vuestro archimago estuvo haciendo de espía para Garrosh todo este tiempo.” – Acusó el señor regente con la mirada acerada sobre Aethas. – “Él saboteó la defensa de Theramore y ambos sabemos como terminaron las cosas allí. Él no estaba a mis ordenes, sino a las vuestras…” Aethas frunció marcadamente el ceño y negó efusivamente. “Lo que decís es grave, mi señor.” – El archimago se puso de pie, manteniendo la mirada del señor regente. – “¿Tenéis pruebas de estas acusaciones?” “Eso depende…” – Contesto el señor regente, flexionando los dedos sobre el mango de su espada. – “¿Dónde está Thalen?” “No se donde esta. Después de regresar, se ausento de sus labores y considerando por lo que paso en Theramore, y como están las cosas aquí, no quise…” – Aethas se detuvo y se llevo una mano al rostro. Se froto la cuenca de sus ojos con los dedos de la mano derecha, pensando entonces en las acusaciones de Lord Theron y como los hechos no hacían nada por jugar a favor del archimago Thalen. “Lo dejaste escapar.” – Gruño furibundo el señor regente de Quel’thalas, cuya mirada inquisitiva se mantuvo fija en el mago. “Os lo juro, mi señor, si hubiera tenido la más mínima sospecha de que Thalen era un espía, nada de esto habría ocurrido.” – Se apresuro en señalar el archimago, percatándose del matiz en el único ojo de Lor’themar. “… Eso espero.” – Contesto Lor’themar con un tono severo tras permanecer unos segundos en silencio. – “Y ahora que sabes la verdad, espero que esta vez si seas lo suficientemente capaz como para tener los ojos abiertos, en caso de que aparezca. Como también espero que sepas tener la boca cerrada sobre este asunto para con el Kirin Tor.” Aethas parpadeó con obvia confusión, aunque no por lo que Lor’themar señalaba, sino porque tales ordenes iban en contra de lo que su deber con el Consejo de los Seis significaba. Si Thalen realmente era un traidor, significaba que él había jugado un papel en la caída de Theramore y la muerte de Rhonin. Peor aún, él podría haber sabido todo este tiempo sobre la bomba de maná… El archimago se hallaba ante una encrucijada; informar al Kirin Tor daría argumentos para aquellos que aún protestaban por la presencia de los sin’dorei en el Consejo, incluso podría sumar adherentes. Esconder algo así, por otro lado, implicaría faltar a su deber y si la verdad llegaba a oídos de alguien ajeno a los Atracasol, surgirían los cuestionamientos hacia él y su gente. ¿Cómo has podido hacer esto, Thalen…? “¿He sido claro, archimago?” – Preguntó con tono demandante el señor regente. “… Sí, mi señor.” – Contesto finalmente el sin’dorei. Thalen Songweaver se apareció frente a las puertas de hierro de la ciudad de Orgrimmar e instantáneamente dejo escapar un suspiro de resignación, consciente de que, le gustara o no, ese lugar poco decoroso para los estándares de vida a los cuales él estaba acostumbrado seria su refugio mientras las aguas por lo ocurrido en Theramore se calmaban. Sin otra opción, se adentró en la ciudad, cruzando su muralla para ser recibido por el sofocante calor del cañón en el cual se encontraba construida la capital de la Horda y sin ninguna otra opción, camino por el Valle de la Fuerza hasta quedar a los pies del Fuerte Grommash. “Deseo hablar con el jefe de guerra.” – Dijo el sin’dorei, dirigiendo su mirada a uno de los kor’kron. El orco no emitió respuesta alguna, mucho menos profirió alguna reacción, tan solo escuchó y entro al fuerte para volver solo unos minutos después, acompañado de la figura de un siniestro orco rocanegra bastante familiar. “Tenia que verlo con mis propios ojos.” – Comento Malkorok, viendo al elfo de pies a cabeza antes de hacer un gesto indicándole que podía entrar. – “El jefe de guerra te recibirá.” El sin’dorei levanto una ceja ante las palabras de Malkorok, pero se limito a asentir y camino detrás del rocanegra hacia el interior del fuerte. Lo primero que llamó la atención del elfo de sangre era lo vacío que estaba; con la excepción de sus kor’kron y un par de consejeros orcos, la sala donde yacía el trono del jefe de guerra de la Horda no tenia el numero de ocupantes que él había visto en sus visitas anteriores, aunque a Garrosh, quien se encontraba sentado con una sonrisa orgullosa sobre su trono, no parecía importarle. “Thalen Songweaver.” – Pronunció su nombre el mag’har. – “Es bueno ver que has sobrevivido a la bomba.” “Para seros honesto: jamás pensé que tendría que sobrevivir a mi propia creación.” – El elfo de sangre hizo una mueca. “Sugerí sacarte de ahí al resto de oficiales en mi ejército, pero tu pueblo decidió que era mejor dejarte a tu suerte.” – Garrosh se encogió de hombros y se puso de pie, para luego caminar hacia el sin’dorei. – “Pero yo no olvido a quienes han ayudado a la Horda.” El orco apoyó su mano izquierda sobre el hombro de Thalen y asintió varias veces frente a él, en un gesto que el elfo de sangre considero innecesariamente paternalista; como si un padre quisiera decirle a un niño lo orgulloso que estaba de él. Aunque lo que realmente le molestaba, era la noción de que, si los oficiales sin’dorei habían decidido dejarlo a su suerte, era porque no estaban de acuerdo con lo ocurrido y probablemente, eso significaría que sus acciones llegarían a oídos de Lor’themar y luego, Aethas. El segundo estaría en una posición complicada y seguramente cedería ante la presión, pero él no podía prever que haría el señor regente de Quel’thalas y si la postura de sus oficiales era un augurio, era evidente que buscarían detenerlo. “Y es por eso que estoy aquí, jefe de guerra.” – Dijo el elfo de sangre con un tono templado, disimulando su orgullo herido. – “Dalaran ha perdido a su líder y pensé que podría quedarme en Orgrimmar, mientras las cosas se calmaban. Aunque por lo que decís, parece ser que mi estadía tendrá que ser más prolongada de lo que esperaba…” “Como dije: yo no olvido a quienes han ayudado a la Horda.” – Repitió un orgulloso Garrosh. – “Puedes quedarte en Orgrimmar cuanto tiempo quieras. Tendrás el trato que un verdadero héroe merece.” “Sois demasiado amable, jefe de guerra, gracias.” – Respondió Thalen con una modesta sonrisa, mientras que en su cabeza pensaba despectivamente en lo que para un orco seria tratar a alguien de acuerdo con su estatus. “Y llegas en buen momento, también.” – Agrego el orco. – “Justo para celebrar nuestra victoria en Theramore, pero primero, comamos y bebamos en tu honor. Quiero saber todo lo relacionado a nuestra victoria.” “Sera un placer, jefe de guerra.” – Contesto de manera condescendiente el sin’dorei. Mientras Garrosh rugió sus ordenes para tratar a su invitado con el llamado honor que debían de darle a un héroe, Eitrigg observaba con una expresión de decepción al fondo de la sala. En su mano sostenía un pellejo enrollado sobre el cual había escrito algunas palabras dirigidas a Thrall. El anciano había consultado a Garrosh por lo ocurrido, en especial por todas las cosas que había oído y consciente de lo que eso significaba, en especial cuando él corroboro algunas de las acusaciones, este sugirió informar personalmente a Thrall en pos de que la noticia no le tomara por sorpresa y no sufriera una nueva emboscada, como la que había sufrido en el pasado. “Haz lo que quieras, anciano.” Era lo que había contestado el joven guerrero y Eitrigg había acatado, pues con ese permiso, nadie cuestionaría, ni se atrevería a leer un mensaje con el sello del jefe de guerra. Nadie, ni siquiera sus kor’kron, sabrían que entre las palabras ahí escritas, el viejo guerrero rocanegra informaba a Thrall del camino al que Garrosh estaba llevando a la Horda y le solicitaba interceder para aportar algo de razón al mag’har antes de que todo aquello por lo que habían luchado tanto, quedara hecho añicos igual que Theramore.
  7. Acto II : Cubiertos de Gloria Resoluciones Es solo un buen negocio Aguas de la Horda Con el Fuerte del Norte destruido, Garrosh Grito Infernal, jefe de guerra de la Horda, ha reconocido la neutralidad del Cartel Bonvapor. Sin embargo, ha dejado claro a Gazlowe, barón de Trinquete, que su puerto se halla próximo a las aguas de la Horda y no tolerara que la Alianza se atreva a utilizar su neutralidad para amenazar sus dominios. Calmando al león. El Alto Rey Varian Wrynn de Ventormenta ha puesto en entredicho la neutralidad del Cartel Bonvapor y despachó una pequeña flota a la Bahía del Botín, exigiendo una compensación por lo ocurrido en Kalimdor. Tras una inicialmente tensa negociación, el Cartel Bonvapor accedió a entregarle suministros para el ejército que iria en ayuda de Theramore, además de ofrecerle cartas maritimas con sus rutas comerciales para facilitar la evacuación de civiles. La gloria del sol eterno El voto decisivo. A pedido del señor regente, el gran magister Rommath organizo una delegación de nobles para presionar diplomaticamente al archimago Aethas Sunreaver con la intención de que el Kirin Tor intercediera en el inminente conflicto a favor de Theramore. Producto de ello, el archimago sin'dorei votó, para sorpresa de varios en el Consejo de los Seis, a favor de ayudar a la ciudad blanca. Rehenes políticos. Suponiendo las razones detras del voto de Aethas, el archimago Rhonin extendión una "invitación" a la delegación sin'dorei para apoyar al Kirin Tor en su tarea de ayudar en la defensa de Theramore. Sus intenciones eran evidentes y sus miembros aceptaron acudir en compañia del archimago Thalen Songweaver, quien fue sugerido por el propio archimago Sunreaver. Camino al oeste Evacuación de civiles. Poco después de la llegada de la 7ma flota a Theramore, el alto mando decidió evacuar a los civiles de Theramore. Habiendo confiado la operación a la maestra Merúliel Giovanni, la travesía no estuvo excenta de peligros. No obstante, los civiles llegaron a salvo a las costas del Reino de Ventormenta. Piratería en la ruta Bonvapor. Un grupo de piratas intento hacer de las suyas contra la flotilla que evacuaba a los civiles a Ventormenta. Gracias a un trato, los ciudadanos de Theramore lograron llegar sanos y salvos, mientras que la ruta que el Cartel Bonvapor facilito a la Alianza para la debida evacuación es ahora conocida por los piratas que transitan los mares del sur. Una flota a espera de ordenes. Con más dudas que certezas sobre el por qué la Horda mantenía su flota en los limites maritimos de Theramore, el alto mando confió una tarea de infiltración a Eileen Reveck. La quel'dorei logro infiltrarse en la nave insignia y descubrir que la flota había recibido ordenes de permanecer allí hasta que se les indicara lo contrario. El Poblado Pezuñanegra. No dejando nada al azar, el alto mando de la Alianza en Theramore decidió ofrecer un salvoconducto para que los tauren tótem siniestro del Poblado Pezuñanegra dejaran el Marjal Revolcafango con tal de no darles oportunidad de unirse a la Horda. Durante las negociaciones, el capitán Kethrian Dawnblade, el sargento Máximo Hate y el cabo Nathaniel Riley no solo descubrieron una vieja alianza entre sus aliados y los tótem siniestro, sino también que estos tenian algunos prisioneros de Theramore, a quienes mataron a sangre fría. Sin otra alternativa, la Alianza y los tótem siniestro chocaron a las afueras del poblado, el cual quedo abandonado tras la derrota de sus antiguos ocupantes. El Asalto al Fuerte Triunfo Devueltos a Orgrimmar. Para sorpresa de varios, el jefe de guerra ordeno a Xorenth dejar a un par de sus chamanes oscuros en el Fuerte del Norte, como parte de la guarnición del nuevo puesto de la Horda, y regresar con el resto a Orgrimmar, impidiendoles acompañarles durante el resto de la campaña. Un dragón azul en Kalimdor. Durante su marcha al Fuerte Triunfo, el ejército de la Horda avisto a un dragón azul sobrevolando los cielos de Kalimdor por razones desconocidas para ellos, despertando preguntas tales como el qué estaría haciendo una criatura así tan lejos de su guarida. Refuerzos del Bastión de la Desolación. Por orden del jefe de guerra, el Bastión de la Desolación sumo sus mejores guerreros al ejército de la Horda en visperas del ataque contra el Fuerte Triunfo y el eventual asedio a Theramore. Retirada. La Horda ha sorprendido a las fuerzas del Fuerte Triunfo en plena retirada, razón por la cual su numero era menor y al verse rapidamente superados, no dudaron en rendirse. Los sobrevivientes fueron tomados como prisioneros y trasladados a Orgrimmar. Un espía en filas enemigas. El jefe de guerra compartió sus planes de batalla con el resto de lideres y oficiales de su ejército, desvelando no solo que el Kirin Tor opto por sumarse a la defensa de Theramore, sino que también contaban con un espia sin'dorei dentro de sus filas, el cual sabotearía sus esfuerzos desde dentro. Garrosh dejo la decisión de rescatarlo, una vez cumpliera su labor, en manos de los oficiales sin'dorei, quienes optaron por dejarlo a su suerte. Elección que fue apoyada por el resto de lideres. La Caída de Theramore Theramore destruida. Para la sorpresa y horror de muchos, la batalla de Theramore culmino con la absoluta destrucción de la ciudad. El iris de enfoque, el artefacto que había sido robado a los dragones azules, fue utilizado como parte de un explosivo para aniquilar toda resistencia que se hallara en la ciudad, la cual yace en ruinas. Anomalías arcanas. El manto de la realidad en las ruinas de Theramore es debil, gracias a la bomba de maná, razón por la cual en el espacio aereo de la antigua ciudad pueden verse luces similares a las auroras boreales de Rasganorte. Paralelamente, ocasionales descargas de energía arcana, en forma de relampagos de diversos colores, brotan de la nada. Por ahora, las ruinas son un lugar magicamente inestable y solo con el tiempo pasaran sus efectos. Un ejército diezmado. Las fuerzas de la Alianza han sufrido bajas significativas en la defensa de Theramore, producto de la bomba de maná. Algunos de sus mejores oficiales han muerto en la ciudad, junto a cientos de soldados. Nada más un puñado de personas han logrado sobrevivir a la catástrofe. La confesión del Gran jefe. Cuando Garrosh habló de la victoria en Theramore y fue cuestionado por haber escondido detalles de sus planes a sus mandos, el jefe de guerra fue enfático al señalar que sus motivos se debían a la presencia de traidores entre sus filas. El orco acuso a Baine de haber informado a Theramore de sus planes y el gran jefe admitió haberlo hecho, pues tenia una deuda de honor con Lady Jaina. A pesar de ello, el jefe de guerra decidió perdonar la vida del gran jefe. Una Horda dividida. Lejos de celebrar la victoria, varios miembros de la Horda han mostrado su descontento con la forma en que el jefe de guerra opto por llevar a cabo su campaña contra Theramore. Mientras los orcos se disponen a celebrar en Orgrimmar - salvo los Lobo Gélido y otros pocos que han desaprobado lo ocurrido -, los lideres restantes han optado por regresar a sus hogares al considerar que no hay nada para conmemorar. El Consejo de los Cinco. Rhonin, archimago y líder del Kirin Tor, sacrifico su vida para garantizar que algunos magos y miembros del grupo de los Atracasol pudieran escapar de la explosión, además de atraer la bomba hacia la torre central de Theramore con la esperanza de poder contener parte de la explosión y sus catastróficos efectos. Dalaran llora no solo la perdida de algunos de sus más renombrados magos, sino también la perdida de quien los lidero en sus horas más oscuras tras la Tercera Guerra. El Iris en Manos del Kirin Tor. Habiendo sobrevivido a la detonación de la bomba de maná, el Iris de Enfoque ha sido trasladado a Dalaran por Jaina y Vereesa Brisaveloz, confiando que el artefacto estará seguro en las bovedas del Kirin Tor.
  8. La Caída de Theramore “Temed, temed, a la hija del mar. Al hombre oí decir. La voz viajó, con la espuma y la sal. Y en el mar, halló su fin.” Las lagrimas continuaban surcando sus mejillas como una marea incontrolable, siquiera sus manos eran capaces de contener el llanto desesperado que se había apoderado de ella. Allí, recogida sobre si misma en una cama de la seda más exquisita, la ahora antigua dama de Theramore se encontraba completamente destrozada. Siquiera el saber que los civiles de la ciudad habían escapado al horrendo destino de los soldados era suficiente calmar su espíritu, el cual estaba hecho añicos. Dos veces. En dos ocasiones la guerra había llegado a Theramore y en ambas situaciones sus adoquines se habían manchado con la sangre de los valientes, solo que esta vez siquiera quedaban los cimientos de la ciudad que con tanto esfuerzo había ayudado a construir. Por años, Theramore había sido un faro de luz y esperanza que se alzaba sobre un mar de guerra incesante. Una y otra vez, el ancla dorada había sido el símbolo de la resilencia de Jaina Proudmoore, señora de Theramore, aquella que buscaba la paz entre la Horda y la Alianza. Aquella dama inocente que, en pos de sus convicciones, había permitido que la Horda entrara en su ciudad y diera muerte a su padre. Sin embargo, el solo pensar en ello no había más que arrojarla en un ya de por si interminable abismo de dolor y culpa; todos esos años, todos esos insultos que tuvo que soportar, los sacrificios que tuvo que hacer, para que al final acabaran en nada. Marcus Jonathan, Tiras’alan, Rhonin, Tervosh, Dolida, Kinndy… No solo los nombres, sino también sus rostros, en especial el de aquellos más cercanos a ella, ahora eran solo recuerdos que temía olvidar a pesar de lo doloroso que fuera el pensar en ellos. Todos ellos y muchos más habían dado todo lo que tenían por defender su ciudad. Ella les había pedido estar allí y por ella, ahora eran solo fantasmas. Aunque en medio del dolor, un nombre surgió: Thrall o Go’el, como se hacia llamar ahora. Él fue quien había decidido nombrar a Garrosh como nuevo jefe de guerra de la Horda y como a muchos otros, ella le había pedido su ayuda para mediar con el nuevo líder de la Horda, para evitar una catástrofe, pues como ella – o eso creía -, el chamán también creía que la paz era el camino indicado tras años de conflicto entre la Horda y la Alianza. Lamentablemente, el chamán del mundo, quien fuera su amigo, solo se había hecho a un lado y en un modo, ella consideraba que él también era responsable de lo ocurrido. En medio del dolor y la rabia, con las lagrimas aún enjuagando sus ojos, Jaina Proudmoore solo fue capaz de llegar a una conclusión: no tenia sentido seguir buscando la paz, cuando bestias como Garrosh Grito Infernal solo ansiaban un baño de sangre y en tanto él siguiera respirando, ella le haría pagar por cada vida que había arrebatado en su ciudad, pues los fantasmas de Theramore clamaban por venganza y ya fuera por un extraño sentido del deber, o el simple sentimiento de culpa, ella sentía que debía de retribuirles, pues si nadie se atrevía a detenerlo, su ciudad solo seria la primera de tantas en sufrir el mismo destino.
  9. La Batalla de Theramore Horda Ficha de combate Fuerza 3 Agilidad 2 Resistencia 3 Voluntad 2 Hacha de dos manos 15 (+3) Combate sin armas 8 (+3) Defensa fisica 12 (+3 / +2) Voluntad mental 10 (+2) Ficha de combate Fuerza 3 Agilidad 2 Resistencia 3 Voluntad 2 Hacha de dos manos 8 (+3) Combate sin armas 8 (+3) Defensa fisica 8 (+3 / +2) Voluntad mental 8 (+2) Ficha de combate Fuerza 3 Agilidad 2 Resistencia 3 Voluntad 2 Hacha de dos manos 6 (+3) Combate sin armas 5 (+3) Defensa fisica 6 (+3 / +2) Voluntad mental 4 (+2) Ficha de combate Fuerza 4 Agilidad 3 Resistencia 3 Hacha de dos manos 5 (+3) Combate sin armas 2 (+3) Defensa fisica 5 (+3 / +2) Ficha de combate Destreza 3 Agilidad 2 Percepción 3 Voluntad 2 Armas de filo de una mano 12 (+3) Armas de tiro 10 (+3) Defensa fisica 10 (+2) Percepción sensorial 5 (+3) Percepción extrasensorial 5 (+3) Voluntad mental 3 (+2) Ficha de combate Fuerza 2 Destreza 3 Agilidad 2 Percepción 3 Hacha de una mano 4 (+2 / +3) Defensa fisica 4 (+2) Percepción sensorial 4 (+3) Ficha de combate Fuerza 3 Agilidad 2 Percepción 3 Resistencia 2 Mazas de dos manos 15 (+3) Combate sin armas 10 (+3) Defensa fisica 10 (+2) Percepción sensorial 10 (+3) Ficha de combate Fuerza 4 Agilidad 2 Resistencia 4 Hachas de dos manos 6 (+4) Defensa fisica 6 (+2 / +4) Ficha de combate Destreza 2 Percepción 3 Agilidad 3 Resistencia 2 Armas de tiro 4 (+3) Armas de filo de una mano 4 (+2) Defensa fisica 4 (+3 / +2) Ficha de combate Destreza 2 Percepción 3 Conocimiento 3 Resistencia 2 Armas de filo de una mano 4 (+2) Defensa fisica 3 (+2) Percepción extrasensorial 2 (+3) Hechizos ofensivos 3 (+3) Ficha de combate Destreza 2 Voluntad 3 Agilidad 3 Resistencia 2 Armas de filo de una mano (+2) Defensa fisica (+3 / +2) Voluntad (+3) Ficha de combate Destreza 2 Percepción 3 Agilidad 3 Resistencia 2 Armas de tiro 4 (+3) Armas de filo de una mano 4 (+2) Defensa fisica 4 (+3 / +2) Alianza Ficha de combate Conocimiento 3 Voluntad 3 Agilidad 2 Percepción 2 Hechizos ofensivos 10 (+3) Hechizos defensivos 10 (+3) Hechizos con efecto 10 (+3) Percepción extrasensorial 10 (+2) Defensa fisica 5 (+2) Ficha de combate Fuerza 3 Resistencia 2 Voluntad 3 Percepción 2 Mazas de dos manos 8 (+3) Defensa fisica 8 (+2) Hechizos defensivos 8 (+3) Percepción extrasensorial 8 (+2) Ficha de combate Fuerza 3 Resistencia 3 Voluntad 2 Percepción 2 Maza de una mano 10 (+3) Defensa fisica 10 (+3) Voluntad mental 6 (+2) Percepción sensorial 5 (+2) Ficha de combate Destreza 3 Percepción 3 Agilidad 2 Resistencia 2 Armas de tiro 10 (+3) Armas de filo de una mano 8 (+3) Resistencia fisica 6 (+2) Percepción sensorial 7 (+3) Ficha de combate Destreza 4 Percepción 2 Agilidad 1 Resistencia 3 Armas de Filo de una mano: 5 (+4) Percepción sensorial: 3 (+2 ) Defensa fisica: 4 (+1 / +3 ) Ficha de combate Destreza 2 Percepción 3 Agilidad 3 Resistencia 2 Armas de tiro 4 (+3) Armas de filo de una mano 4 (+2) Defensa fisica 4 (+3 / +2) Ficha de combate Fuerza 4 Resistencia 3 Agilidad 3 Maza de una mano 6 (+4) Defensa fisica 6 (+3) Ficha de combate Destreza 2 Percepción 4 Agilidad 3 Resistencia 1 Armas de Filo de una mano: 3 (+2) Armas de Fuego: 4 (+4) Percepción sensorial: 3 (+4 ) Defensa fisica: 2 (+3 / +1) Ficha de combate Fuerza 3 Destreza 2 Percepción 2 Resistencia 3 Hachas de una mano 3 (+3) Combates sin armas 3 (+2) Defensa física 3 (+3) Percepción sensorial 3 (+2) Dalaran Ficha de combate Conocimiento 3 Voluntad 3 Agilidad 2 Percepción 2 Hechizos ofensivos 10 (+3) Hechizos defensivos 10 (+3) Hechizos con efecto 10 (+3) Percepción extrasensorial 10 (+2) Defensa fisica 5 (+2) Vuelo Azul
  10. Poblado Pezuña Negra Ficha de Combate Fuerza 3 Agilidad 2 Percepción 2 Resistencia 3 Hacha de dos manos 7 (+3) Combate sin armas 6 (+3) Lanzar 3 (+2) Defensa fisica 5 (+3 / +2) Ficha de Combate Fuerza 4 Agilidad 2 Resistencia 4 Martillo de dos manos 5 (+4) Combate sin armas 3 (+3) Defensa fisica 4 (+4 / +2)
  11. La amenaza de Pezuñanegra Las hogueras de la aldea Pezuñanegra estaban apagadas esa noche, algo que se había vuelto habitual en los últimos días. Los avizores tótem siniestro se paseaban por el interior del asentamiento y al mismo tiempo, los vigías a las afueras de este observaban atentos sus alrededores, siendo ellos los únicos que portaban antorchas. Hace tiempo que habían oído ya sobre los movimientos de la Horda más allá del Marjal Revolcafango y aunque el corazón de Baine Pezuña de Sangre no era vengativo, el de Garrosh Grito Infernal era todo lo contrario. Había sido su líder quien le había manipulado para acabar con la vida de Cairne de la forma más cobarde y deshonrosa posible, algo que ningún orco, en especial el jefe de guerra, olvidaría con facilidad. Era evidente que la Horda tenia sus ojos puestos sobre la Alianza, pero para Grundig Nubeoscura, ellos también podrían convertirse en un objetivo si no permanecían escondidos. El cielo se oscurecio y las nubes escondieron a Mu’sha detrás de un manto gris. Pequeñas gotas comenzaron a caer del cielo, al principio de forma gentil, pero luego de forma más pronunciada y por ultimo, todos los alrededores se iluminaron. En esa fracción de segundo, los ojos marrones de Nubeoscura notaron las tres figuras de sus exploradores, quienes escoltaban a cuatro siluetas más pequeñas y delgadas que ellos. Grundig camino al encuentro de sus tótem siniestro. “¿Quiénes son ellos?” – Pregunto el tauren de manera inquisitiva, poco antes de que un trueno inminente ensordeciera los alrededores con su estruendo. “Humanos.” – Contesto el líder de la partida de exploradores. – “Los encontramos rondando por el pantano, muy cerca del campamento.” El cielo se ilumino una vez más y luego, este rugió furioso. Nubeoscura noto la mirada nerviosa de uno de los humanos sobre él. “Tú.” – El tauren señalo al humano nervioso. – “¿Qué hacían por este lado del pantano?” “Solo explorábamos…” – Respondió apresuradamente el prisionero. – “Lo juro. Solo estábamos explorando… Queríamos estar seguros de que la Horda no había enviado exploradores.” “¿Y bien?” – Preguntó de inmediato Nubeoscura. El soldado miro con expresión confusa a Grundig, seguramente habiendo esperado otro tipo de palabras por parte del tauren. Nuevamente, el silencio se vio interrumpido por un trueno y Nubeoscura camino hacia el humano, cogiéndolo por los brazos y lo levanto, para enfrentarlo con la mirada. “Te he hecho una pregunta, humano.” – Bramo Nubeoscura. – “¿Hallaron algo?” “N-no…” – Contesto asustado el humano, notando como el tauren lo oprimía con más fuerza. – “¡No, no encontramos nada!” Grundig asintió y dejo caer al humano al suelo, quien cayo sobre el barro a los pies de su captor. El soldado se limpio el rostro y levanto la mirada, notando los ojos inquisitivos de Nubeoscura, quien parecía estar sopesando que hacer con él y el resto de su patrulla. “Llevenselos.” – Ordeno el tauren al resto de sus guerreros. – “Pero redoblen la guardia. La Alianza vendrá a por estos y quizá podamos hacer un trato, como lo hicimos en la Sierra Espolón.”
  12. El Asalto al Fuerte Triunfo El general Trenzado camino decidido a la cima de la colina en el mando de vanguardia, seguido de uno de los jinetes de grifos martillo salvaje que había traído desde Bael Modan. Los soldados se cuadraron y lo saludaron según lo vieron llegar, aunque cuando alcanzo la tienda de mando del general Hawthorne, el humano simplemente desvió su mirada de los mapas para asentir como saludo al enano. Luego, tan solo miro los mapas nuevamente, esperando que fuera el propio Trenzado quien diera paso a la conversación. “Mis jinetes están listos para bombardear Taurajo, general Hawthorne.” – Dijo con voz atronadora el enano. “Bien, que vuestros jinetes despeguen y sobrevuelen nuestro ejército.” – Contesto con un tono templado el humano, volviendo a ver al enano. – “Dejaremos un flanco abierto para que los civiles de Taurajo puedan escapar.” El enano levanto una ceja con evidente incredulidad. “¿Un flanco?” – Trenzado frunció el ceño. – “¿Estas loco, Hawthorne? Cada tauren que dejes escapar, será un nuevo guerrero o cazador mañana, viniendo a por nuestras cabezas.” “Tal vez.” – Admitió con fría honestidad el humano. – “Pero no voy a masacrar civiles, mucho menos por cosas que puede que hagan, o no, en el futuro.” “Lady Jaina te puso al mando de esto, así que tu sabrás.” – Rezongó el general enano. – “Pero ya veras lo equivocado que estas, cuando los que dejaste escapar vuelvan para buscar venganza.” Trenzado observó el Fuerte Triunfo con el ceño severamente fruncido, pues aunque los muros habían terminado de ser construidos en su mayoría, las torres seguían en plena construcción, con andamios aún apoyados a los costados y ni hablar de la barraca; siquiera habían llegado a colocar los cimientos. Era un milagro que hubieran logrado resistir los embates de la Horda, cada vez que algunas de sus armas de asedio lograba posicionarse en la tierra de nadie que separaba ambas bases, y disparar contra el fuerte. “¡Vosotros ahí arriba!” – Alzo la voz el enano, mirando a los albañiles. – “¡Bajen de ahí y cojan un arma! ¡Si no acabaron esas torres, no van a hacerlo para cuando la Horda llegue aquí!” Aunque con claras miradas confusas, los albañiles acataron las ordenes y dejaron sus herramientas a un lado para ir a por las armas. Paralelamente, el general enano comenzó a caminar por el interior del fuerte, gritando distintas ordenes, poniendo en alerta máxima a la guarnición local. Hacia no mucho habían llegado noticias sobre el ejército de la Horda, compuesto por trols y taurens. Estos últimos habían abierto la Gran Puerta y era evidente que seguirían su marcha contra el Fuerte del Norte o el Fuerte Triunfo, después de todo, ya habían cobrado venganza con Bael Dun y entre las victimas de ese desastre, estaba su hijo, Marley. Sin darle la más mínima importancia a las expresiones o a algunas de las quejas de sus hombres, Trenzado logro que los soldados tomaran sus posiciones y además, movieran las armas de asedio para estar listas en caso de ser necesarias. Así pasaron un par de días desde que supo lo ocurrido en la entrada de Mulgore, pero la Horda nunca se mostro en el horizonte. Sin embargo, cuando el sol ya se ponía sobre las colinas doradas de los Baldíos del Sur, los vigías alzaron la voz al reconocer algunas figuras en el horizonte y al instante todos tomaron posiciones de batalla. No obstante, tan pronto uno de ellos se percato que las siluetas del horizonte no eran más que humanos y enanos, estos se acercaron a ellos a la orden del general. Trenzado observo a los pocos soldados exhaustos entrar al Fuerte Triunfo y tras llevarlos a una de las torres, y ofrecerles comida y agua, el general finalmente decidió interrogarlos. “¿De donde vienen? ¿El Fuerte del Norte necesita ayuda?” – Preguntó el enano de manera expectante a sus respuestas. Uno de los soldados humanos dejo escapar un vago intento de risa de manera despectiva y luego negó con la cabeza. “El Fuerte del Norte ha caído, general.” – Respondió uno de los fusileros enanos. – “La Horda nos rodeo y desato unas bestias de lava sobre nosotros.” El general suspiro con resignación y se limito a negar con la cabeza. Seguidamente ordeno a los soldados descansar y recomponerse, pues los sumaria a la guarnición local. Era evidente que, tarde o temprano, ellos serian los siguientes y mientras abandonaba el interior de la torre a medio construir, el enano recordó su ultima conversación con el general Hawthorne, aquel que los tauren titularon como el carnicero de Taurajo. “Te lo adverti ese día, Hawthorne.” Pensó con desdén el enano. “Los que sobrevivieran vendrían a por nosotros. Fueron a por mi hijo y ahora, vendrán a por tus hombres. Tu estas muerto, así que no lo veras, pero me encantaría que lo hicieras… Así entenderías porque no había que dejar a nadie vivo ese día y en vez de castigar a mis jinetes de grifos, los habrías condecorado.” “Pero no lo hiciste… y aquí estamos ahora, esperando a ser los siguientes.”
  13. Camino al oeste Las campanas del puerto resonaron con fuerza por toda la ciudad-estado y una vez más, Jaina Proudmoore, antigua aprendiz del Kirin Tor y señora de Theramore, se encontraba frente a frente con su destino. Sin embargo, esta vez, frente a ella, no estaban Rexxar, Rokhan y Chen Stormstour, sino que Thrall y Garrosh. El primero llevaba una sencilla túnica de cuero, mientras que el otro iba con el pecho descubierto y con los colmillos del temible Mannoroth sobre sus hombros. Las miradas de los tres se encontraron y sin otra alternativa, Jaina se vio forzada a dirigirse al muelle de la ciudad, seguida por ambos arcos. Tres fragatas y tres enormes buques de batalla se encontraban amarrando en el puerto de Theramore. Sus velas verdes con un ancla en el centro hacia evidente lo que ella había averiguado: el Gran Almirante de Kul Tiras, Daelin Proudmoore, su padre, había venido de los lejanos mares del este al encuentro de su hija. Jaina observo desesperadamente a los distintos humanos que descendían de las naves, notando a los soldados, tripulantes y fusileros. Apenas si alcanzo a notar a su padre, quien le reconoció inmediatamente al pie del puerto y camino presuroso para abrazar a su hija con todas sus fuerzas. “¡Jaina, benditas sean las estrellas! ¡Por fin te he encontrado!” – Exclamo su padre, mientras se acercaba a ella con una sonrisa de alivio en el rostro. – “Cuando oí que Lordaeron había caído, me desesperé” La maga camino al encuentro de su padre y le abrazo con fuerza, como cuando era pequeña y él le sostenía entre sus brazos. “Pero sabía que habías encontrado la forma de escapar...” – Dijo su padre con un tono más esperanzador. Sin embargo, por el rabillo de uno de sus ojos noto las dos figuras toscas que se acercaron al puerto detrás de su hija. – “Yo… ¿Qué es esto? ¡¿Orcos?!” Thrall y Garrosh se detuvieron apenas un metro detrás de Jaina. El primero frunció el ceño, pero no dijo nada. El segundo, en cambio, inmediatamente cogió su hacha y enseño los colmillos. “¡Padre, espera!” – Alzo la voz la maga, separándose del gran almirante por unos instantes. – “¡La Horda ya no es nuestro enemigo! Ahora los orcos tienen su propio reino. Nosotros…” “Siempre has sido muy ingenua, hija mía.” – Señaló el gran almirante con un tono de voz inquisitivo y un claro atisbo de decepción. “¡No, no lo entiendes, padre!” – Reclamo Jaina, negando con la cabeza, buscando desesperadamente su mirada para hacerlo ver lo que ella había visto. “Entiendo más de lo que sospechas, querida. Con el tiempo, quizá tú también lo hagas.” – Respondió el gran almirante, a cuyas voces se sumaron los de tantos otros líderes de la Alianza, todas con un marcado tono de ofuscación. – “¡Encierrenlos!” “¡Padre, no!” – Exclamo con un tono suplicante la magia, mientras su padre desenfundaba su alfanje. Varios de sus soldados se acercaron y trataron de rodear a los orcos. Thrall intento dialogar, como era propio en él, pero Garrosh no dudo en blandir Aullavisceras y empezar a combatir a los humanos a su alrededor. Thrall no tuvo otra alternativa más que unirse a la refriega frente a la mirada atónita de Jaina, quien dejo escapar un grito de dolor y horror al ver que el hacha de Grito Infernal reclamaba la vida de su padre, y los soldados muertos a su alrededor no eran los hombres de Kul Tiras, sino los de Theramore. El cielo se ilumino con fuerza y un estruendo en las alturas la hizo despertar de la pesadilla. La maga estaba sudorosa y miro un instante por la ventana, notando que aún era de noche y que una de las tantas tormentas costeras se encontraba sobre Theramore. Kinndy y el resto seguramente seguían descansando, y ella era consciente de que debería de hacerlo también, pero su cabeza seguía llena de preguntas e inseguridades. Había solicitado ayuda al Kirin Tor y a la Alianza, ¿pero había sido suficiente? “Tal vez Kul Tiras… No, ellos no responderán.” Pensó para sus adentros, mientras observaba en dirección al este, sintiéndose más sola que nunca al recordar en esos momentos que por ella, su patria había abandonado la Alianza y por no tener la fuerza suficiente, había facilitado la muerte de su padre a manos de quienes hoy marchaban para invadir su ciudad. No, estaba sola y debía de enfrentar ese hecho. Por años había buscado la paz con la Horda y cuando Garrosh había invadido Vallefresno, no tuvo otra alternativa más que prestar apoyo a los elfos de la noche en los meses posteriores. En más de una ocasión había tratado de que los kaldorei volvieran a permitir a la Horda tomar los recursos que recolectaban antes del incidente de la Puerta de Colera, pero Tyrande se había negado tajantemente más de una vez y tanto los enanos, como Varian, apoyaban su decisión. “No hay modo de saber si Sylvanas o esos traidores de la Horda realmente causaron el desastre de la Puerta de Cólera.” Habían dicho en más de una ocasión los distintos lideres de la Alianza, cada vez que ella trataba de buscar un acercamiento diplomático con la Horda para alcanzar una tregua o un armisticio. “Pero lo que si sabemos, es que en sus manos tienen la sangre de cientos, sino miles, de hombres y mujeres de la Alianza. Gente que creyó que, por una vez, la Horda realmente actuaria con honor.” En un modo, pensó Jaina, ella misma había provocado que Grito Infernal decidiera ir a por Theramore. Aunque en su interior culpaba al orco con cada fibra de su ser, pues si no hubiera sido por su invasión, tal vez, con el tiempo, habría logrado que los orcos volvieran a gozar del beneficio de la duda de los elfos de la noche. De esa forma, él no habría decidido invadir a un aliado y ella no se habría visto obligada a entrar en una guerra que deseaba evitar a toda costa. Jaina suspiro, sintiéndose derrotada y resignada a asumir las consecuencias. Nuevamente observo al horizonte, deseando con todo su ser que la ayuda para su ciudad llegara pronto, pues de lo contrario solo encontrarían cadáveres y escombros.
  14. La Gloria del Sol Eterno Aethas Sunreaver abandonó la sala del Consejo de los Seis en un simple parpadeo, trasladándose desde la cámara del cielo hasta la sala principal de la Ciudadela Violeta. La ultima sesión había tomado más horas de las que él había imaginado y, por un solo instante, maldijo al Tejehechizos por haberle declarado la guerra a los mortales tiempo atrás. El Kirin Tor ya tenia bastantes preocupaciones con respecto al mundo mágico, y que ahora el Vuelo Azul se apoyara en ellos, no había hecho más que aumentarlas. El elfo de sangre suspiro con cansancio y bajo las escaleras, notando la presencia de Vereesa Windrunner y un archimago que, en vez de llevar la insignia de la ciudad, llevaba la del Pacto de Plata bordada en su tabardo. Tan pronto las miradas de los tres elfos se encontraron, el ambiente se volvió tenso. “¿Han acabado ya la sesión, archimago Sunreaver?” – Pregunto Vereesa con un tono de voz inquisitivo. – “No veo al resto de los Seis detrás de vos.” “Sí, Lady Vereesa, hemos terminado.” – Respondió tan cortes como pudo el elfo de sangre. – “Supongo que el resto bajara muy pronto.” “Que curioso que seáis el primero en marchar.” – Agrego el mago quel’dorei que acompañaba a la general-forestal. – “¿Tal vez la sed de magia os fuerza a ir a por un… aperitivo?” Los ojos esmeralda de Aethas fulminaron con la mirada al alto elfo, quien no tuvo disimulo alguno al sonreírle de forma burlona. Instantáneamente la mirada del archimago sin’dorei buscaron la de Vereesa, esperando que ella impusiera orden en uno de los suyos, pero esta simplemente guardo silencio. “Agradezco vuestro interés.” – Respondió de forma fría, pero cordial y siguió avanzando hasta la salida, agregando en el camino: - “Pero agradecería que, del mismo modo en que yo no me preocupo por vuestros asuntos, tampoco os involucréis en los míos.” Si Vereesa o su acompañante dijeron algo, Aethas no presto atención como para oír el qué, pues continuo su camino hasta encontrarse en las calles de Dalaran y una vez en ellas, tomo rumbo inmediato al distrito Atracasol, aquel que otros sin’dorei como él habían decidido nombrar en su honor. Allí, el recibimiento fue más cálido, como cabía esperar, incluso por parte de quienes no siempre concordaban con él. Después de todo, todos allí eran sin’dorei y habían sentido la ausencia de la Fuente del Sol en su momento, viéndose forzados a tener que alimentarse de algún elemento mágico para saciar esa necesidad que repentinamente había surgido en ellos. Una tentación que se volvió aún más imposible de ignorar, cuando todavía quedaban rastros de la magia vil alrededor de Dalaran, producto de la invasión de la Legión Ardiente, antes de ser aislada del resto del mundo para su reconstrucción. Los pasos del archimago lo guiaron a la aguja principal del distrito, cuyos guardias lo saludaron al pasar. Este los saludo del mismo modo y subió las escaleras. Una vez dentro del edificio, se dirigió a sus aposentos, notando entonces a Thalen Songweaver con su espalda apoyada sobre la pared aledaña al umbral de su puerta. “¿Lleváis mucho tiempo esperando allí, Thalen?” – Pregunto Aethas con un tono curioso. “Solo un poco.” – Thalen se encogió de hombros. – “Pensé en ir a buscaros a la ciudadela violeta, pero no quería dar pie a saber que otro estúpido rumor sobre vos a los del Pacto de Plata.” “Hicisteis bien.” – Admitió el archimago, esbozando una sonrisa cómplice. – “Vereesa y uno de los suyos estaban ahí, cuando acabo la sesión.” Aethas camino hasta su puerta y la abrió. Luego miro a Thalen y extendió una mano hacia el interior de su recamara, invitándolo a pasar. “No hará falta.” – Comento Thalen, negando con las manos ante el ofrecimiento. – "Solo venia a deciros que un emisario del Alto Reino vino hace poco. Estaba buscándoos; por lo visto, un grupo de nobles y figuras de renombre de Quel’thalas quieren reunirse con vos.” “¿Conmigo?” – Preguntó tan sorprendido, como confuso, el archimago. – “¿Dijo las razones?” Thalen negó con la cabeza. “Solo dijo que era urgente.” – El sin’dorei se encogió de hombros. “¿Por qué no me extraña?” – Aethas suspiro con resignación. – “Como sea, tal vez algo bueno pueda salir de todo esto. Quizá con su ayuda podamos sobreponernos a esta crisis…” Ante la simple mención de aquellas palabras, el verde de los ojos de Thalen se intensificaron por un momento, sorprendido por lo sugerido. “Ciertamente su ayuda podría resultarnos útil, pero si el Kirin Tor no quiso notificarles antes… ¿no creéis que se lo podrían tomar mal?” – Inquirió Thalen. – “El gran magister podría tomárselo como un insulto.” “Rommath se lo habría tomado como un insulto por el solo hecho de haberle pedido ayuda en nombre del Kirin Tor, fuera cual fuera la circunstancia.” – Respondió Aethas, para luego suspirar con resignación. – “Sea como sea, tal vez tengas razón. Aunque lo pensare de todos modos.” “Os dejare descansar.” – Asintió el elfo de sangre, despidiéndose con un simple asentimiento respetuoso. Aethas asintió y entro a sus aposentos, cerrando la puerta detrás de si. El elfo de sangre inhalo hondo y con su cabeza todavía dándole vuelta a varios asuntos tratados durante la sesión del Consejo de los Seis, acudió a por una copa de vino, mientras sumaba la curiosidad del por qué de esa reunión a sus pensamientos.
  15. Es solo un buen negocio Era de madrugada y a pesar de la humedad en el ambiente, la temperatura era templada en las costas del Cabo de la Vega de Tuercespina. La Vanguardia, capitaneada por el almirante Taylor, avanzaba a oscuras en dirección a la Bahía del Botín seguida de cerca por la Cortaolas y la Garra del León. Dado que la Horda tenia un puesto de avanzada en la costa de la Vega de Tuercespina y otro en el propio Cabo, Taylor había ordenado que no hubiera ni una sola luz encendida en las naves. Algo que parecía haber funcionado fenomenalmente hasta ahora, pues no habían recibido ni un solo disparo de cañón desde la costa, ni tampoco ningún zepelín se había asomado sobre los cielos. Sin embargo, cuando la difusa silueta de la estatua de un goblin de brazos abiertos fue divisada en el horizonte por el vigía de la Vanguardia, este inmediatamente extendió su catalejo al notar otra mancha oscura a los pies del islote, cuya forma parecía ser la de una bestia marina con enormes colmillos que se asomaba sobre las olas. El vigía levantó sus cejas con sorpresa y alzó la voz desde el nido, gritando en dirección al puente de mando tan pronto reconoció a esa figura. “¡Almiranteee!” – Gritó el vigía. – “¡Nave de la Horda al frente! ¡Esta dejando la bahía!” Taylor miro hacia el nido sobre su mástil mayor y no tardo ni medio segundo en coger su catalejo, extenderlo y observar hacia el frente de la nave. Efectivamente, un barco orco estaba dejando atrás la Bahía del Botín. Detrás de ese navío, otro con la bandera del Cartel Bonvapor, pero con velas negras, hacia de escolta y aminoraba su velocidad a medida que se aproximaba al límite de las aguas neutrales. “Al menos parece ser que no están de su lado…” – Taylor cerró su catalejo y empezó a ordenar a sus hombres. – “¡Timonel, vira hacia el suroeste! ¡Preparen cañones y avisen a la Cortaolas y a la Garra del León que hagan lo mismo! ¡No dejaremos que esa nave vuelva con los suyos!” Varias campanadas comenzaron a sonar de manera frenética sobre la cubierta de la Vanguardia, las cuales fueron acompañadas por los otros dos navíos minutos después. El barco de los Aguasnegras había cerrado sus velas, mientras el barco de la Horda extendía completamente las suyas para dejarse llevar por el viento y aunque había una suave neblina matutina sobre las aguas, esta no era tan densa como para no poder ver al enemigo acercarse cuando ya estaba al alcance del ojo. El barco de la Horda no se hizo esperar y tan pronto diviso a la Vanguardia, la cual todavía giraba hacia el suroeste, aprovecho su posición ventajosa para disparar sus cañones. Uno, dos y tres cañones fueron disparados, pero salvo una sola, las otras dos cayeron al agua sin dar en el blanco. La tripulación rápidamente empezó a preparar sus armas para disparar otra salva, pero la Vanguardia ya había logrado posicionarse y descargo una andanada de hierro sobre su oponente. Algunas impactaron en el agua, pero otras dieron en el casco metálico. Afortunadamente, ninguna había penetrado, pero luego el Cortaolas y la Garra de León abrieron fuego también, y algunas de sus balas acertaron en el costado de madera expuesto del barco, y otro incluso había logrado dar en su mástil mayor, el cual se derrumbó sobre la cubierta. Esperando ser abordados, gritos de batalla y golpes de armas se escucharon desde la cubierta del navío de la Horda. Taylor palpo el mango de su alfanje y noto las miradas atentas de su tripulación encima de él. “¡Prepárense para abordar esa nave!” – Alzó la voz el almirante. Los marinos vitorearon y gritaron el habitual ¡por la Alianza!, mientras la Vanguardia se aproximaba velozmente al burdo barco recubierto de metal, el cual volvió a disparar sus cañones tan pronto adivino las intenciones de su oponente. “¡Malditas bestias!” – Masculló Taylor al sacudirse su nave insignia. – “¡Abran fuego!” Los cañones de la Vanguardia volvieron a disparar y como los de la Horda, ninguno de ellos falló. Astillas de madera saltaron por los aires, mientras que algunas balas rebotaron al dar contra los revestimientos de metal. Tripulantes de ambos lados trataron de abordar las naves de sus enemigos respectivamente, ya fuera lanzándose a través de las cuerdas o extendiendo planchas de madera. Sin embargo, tan pronto dieron inicio los intentos de abordaje, se hizo evidente que la fortuna había querido que la Alianza se alzara con la victoria dadas las bajas que ya había producido anteriormente a la tripulación de la Horda, cuyos sobrevivientes lucharon hasta el final y salvo los heridos, cuyos cuerpos les impidieron seguir luchando, cayendo prisioneros, el resto murió en glorioso combate. “¡Lleven a estos animales a la sentina!” – Ordenó Taylor, una vez la batalla había terminado. “¡Almirante, la Bahía del Botín!” – Alzo la voz uno de sus marinos, señalando hacia la Bahía del Botín. Con todo el caos de la batalla, el almirante había perdido de vista la Bahía del Botín, donde un campanario se encontraba dando la alarma a todos los habitantes y truhanes de la cala. El barco aguasnegras que había escoltado a la nave de la Horda seguía con sus velas recogidas, pero mantenía su posición al limite de las aguas Bonvapor y las escotillas de sus cañones estaban abiertas, con las boquillas de los mismos asomando por los costados. Detrás de esta, otros navíos con los mismos colores empezaban a zarpar para proteger el asentamiento si hiciera falta. “Ahí quedó el elemento sorpresa…” – Murmuró ofuscado el almirante, quien luego rogo a la Luz Sagrada que, a pesar de lo ocurrido, los goblins se mostraran abiertos a parlamentar antes de abrir fuego contra su flota.

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