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Sacro

Relatos de Taberna.

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-Relatos de Taberna-

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En este hilo, publicaré en orden los relatos de "Tribulaciones de un Posadero", los cuales he escrito con motivo de los aniversarios del servidor. Así mismo, colocaré alguna que otra cosa que escriba que me parezca interesante poner para el disfrute de mis compañeros de rol y quien quiera leer. Sin más y con todo el cariño, les presento la saga "Tribulaciones de un Posadero".

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-Tribulaciones de un Posadero-

I

-Los Secretos del buen Posadero-

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Eran quizás altas horas de la noche; Villadorada a aquellas horas tenía un clima delicioso que no se podía comparar con nada en este mundo: La Neblina bajaba de las montañas y acariciaba desde las copas de los árboles hasta los pastos de Elwynn, haciendo que se iluminase el reverdecer gracias a las luciérnagas, que parecían igualmente disfrutar de las bendiciones de la naturaleza y casualmente salían al caer la neblina.

Sin embargo la tranquilidad del bosque era brevemente interrumpida por el clamor de la más famosa de las posadas de todo el reino; El Orgullo del León. Mientras que en los alrededores el silencio era claro, en la posada a esas horas los parroquianos se reunían para beber y charlar sobre las vanalidades del día a día y ¿cómo no? Enterarse las últimas noticias de la boca del buen Brog Patosar, quien era uno de los más icónicos personajes de todo el pueblo… sin embargo, aquella noche el campechano, avaro, amigo de todos y buen Brog, se encontraba ensimismado en sus pensamientos, pues algo en lo más profundo de su corazón le aquejaba.

-gracias maese Patosar, como siempre- levantó su tarro aquél muchacho, de mirada apacible pero rasgos varoniles y duros, que acostumbrara beber el zumo y compartir algunas palabras con él siempre que asistía al establecimiento para beber, sin embargo se hallaba hoy poco conversador-¿largo y duro día, no es así?-

-Larga vida, diría yo- contestó el posadero, limpiando con su trapo el interior de uno de los tarros con parsimonia y gesto meditabundo- y a veces me pregunto, si ha sido así como quería vivirla-

-¿A qué te refieres? – contestó el joven, mesándose la barbilla meditativo con cierta intriga quizás, pues Brog sabía de todos, pero nadie sabía mucho de él.

- No siempre fui posadero, Sir…- observó al joven por un momento dudando si hablar, pero su corazón ya no le permitía seguir guardando dentro de sí sus inquietudes… poco a poco comenzó a soltar la lengua, regresando a quince años atrás, en el año doce de nuestra era…

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La lluvia caía sobre su cabeza como baldes de agua fría, mientras aquél muchacho de hombros anchos montaba un viejo caballo que hacía esfuerzos increíbles por no desfallecer esa noche… tenía bien sabido aquél chico que en el puerto a las últimas horas de la noche saldría un barco expedicionario hacia tierras desconocidas. Y Blackhorse no tenía intenciones de dejar atrás la oportunidad de conocer nuevos lares… Ventormenta había sido todo lo que había visto desde su juventud… incluso había luchado en guerrillas durante la primera y segunda guerra a favor de la patria y a pesar de que no fue el mejor de todos los defensores de los reductos que quedaban de Ventormenta en los pueblos más huraños del bosque, había hecho lo suyo a favor de su país.

Sin embargo su sangre había sido derramada por Ventormenta, por tanto, ahora correspondía derramarla por el amor propio… detuvo por un momento al corcel, cuando escuchó un llanto cercano en la profundidad del bosque a pesar de la lluvia. Si algo le caracterizaba era su buen oído y sus ágiles reflejos…

El joven decidió amarrar al viejo Stuart y se inmiscuyó en la profundidad del matorral buscando la razón del curioso llanto… y ahí la encontró. Una joven de piel morena, alta y de buenas curvas, escondida entre las raíces de uno de los grandes árboles del bosque.

-¡eh, chica! ¿Qué haces ahí?- exclamó bajando su capucha… su cabello era largo en aquél entonces, así como su piel morena contrastaba un poco con el rojizo cabello que tenía atado a coleta, una barba tupida pero cuidada acompañaba su rostro, que poseía unos ojos café claro que dejaron por un momento anonadada a la joven… la cual agitó la cabeza y negó varias veces con la cabeza, haciendo gestos que él no pudo comprender, por lo que se acercó más- ¡está lloviendo muy fuerte, tienes que ir a un lugar seguro!-

La mujer nuevamente le hizo gestos de que se largara… pero Blackhorse no estuvo dispuesto a hacerlo… y en ese momento dos grandes hombres embutidos de armaduras de cuero y pañuelos rojos en sus rostros aparecieron detrás del árbol… ahí fue cuando el joven comprendió lo que sucedía.

-así que un bastardo ha metido las narices donde no le convenía hacerlo, ¿no?- dijo uno de ellos, desenfundado la espada mientras el segundo cogía a la chica de entre las raíces… Blackhorse comenzó a retroceder frunciendo el ceño- digamos que es nuestro día de suerte, ¿no es así, hermano?-

El segundo sonrió de forma macabra bajo su arpillera roja cuando escuchó aquella frase… cogió de las greñas a la muchacha morena y miró hacia atrás.

-dinero y fornicio- dijo, con voz ronca manoseando de forma descarada a la muchacha- y todo sin trabajar- las risas fueron estridentes y antes de lo que Blackhorse hubiese deseado el que le miraba cargó contra él con su espada en ristre, de forma atropellada y brusca… sin embargo Blackhorse se apartó con rapidez y un rápido giro… apartando su chamarra para poder moverse mejor. Sacó una espada de su vaina y se postró en posición de esgrima… un breve duelo y choque de espadas entre ambos fue suficiente como para que el joven moreno encontrase un punto flaco en la defensa de aquél y le hincase la espada en el bajo costado, matándolo en el acto...

El segundo bandido entró en pánico… y puso una daga al cuello de la joven. Blackhorse notó aquél nerviosismo enseguida y comenzó a mofarse.

-¿te sientes con suerte?-

-¡no te acerques!- la apretó contra él- ¡o la mataré!-

- ¿te sientes… con suerte?- repitió,llevando su mano otra vez al cinto, con gesto severo…

-¡más que la que tendrá ella si te acercas!-

- me temo que el azar no es más que el juego de la ruleta… no sabes donde vas a caer. ¡la suerte no existe!- y se atrevió a lanzar su daga directo al cráneo de aquél bandido, que sorprendido su gesto quedó al entrar la misma en su frente y cegarle la vida… ella se lastimó el cuello con un leve corte, pero corrió hacia él y lo abrazó. Ambos decidieron correr hacia el viejo Stuart en la oscuridad de la noche y huir de aquél lugar. Si era cierto lo que decían de esos bandidos de arpilleras rojas, las consecuencias serían nefastas.

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Aquella noche parecía monótona en la villa, sin embargo un torrencial chaparrón comenzaba a arreciar Elwynn y muchas personas se habían congregado en el naciente negocio de Farley, el propietario de Orgullo del León. Pero todo cambiaría cuando un extraño llegó al establecimiento tembloroso y cansado, así como pálido y desorientado, acompañado de una joven señorita. Ambos venían mojados del largo viaje bajo la lluvia y Farley se detuvo en su labor para atenderlos. El joven pidió una habitación y acompañó a la muchacha a la misma. Farley se acercó a ellos, pues su abrupta llegada y la herida de la chica le hicieron sospechar y fue cuando Blackhorse se vio en la obligación de contarle todo al posadero. Farley decidió dejarles aquella noche la habitación gratis… y ese día, fue cuando Brog Patosar tomó la decisión que definiría el qué haría durante el resto de su vida.

Para nadie era un secreto que esa muchacha le había prendado empero estar con ella sería sin duda difícil, pues a pesar de que le invitó a partir hacia la aventura, la joven no estaba dispuesta a abandonar su amado Elwynn a pesar del peligro que pesaba en sus hombros.

Tras verla dormir, el buen Brog bajó las escaleras… y se acercó al dueño.

-¿tienes trabajo que dar?- dijo, mientras sorprendido el buen Farley dejaba de asear la barra.

- tengo dos vacantes, chico… pero no es conveniente que tengáis problemas con bandidos, no para mi negocio-

-se defenderme bien- aseguró él, viendo con seguridad al posadero.

Farley no estaba demasiado seguro, pero ver a ese muchacho le hizo recordar a él parte de su pasado… en cierta forma se vio en su juventud.

-hay demasiado trabajo, este es un negocio en crecimiento y no es cualquier cosa-

-puedo hacer lo que sea… y ella también-

- no lo se, chico-

-por favor, ella lo necesita… y yo también… seré el mejor camarero de todo el reino- sus ojos se iluminaron un poco, pues su determinación parecía clara.

-Está bien, ella trabajará en la cocina… y tú serás mi camarero asistente- sin embargo Farley sentenció- si llego a tener problemas por ti y tu chica, estaréis fuera de mi negocio-

- os lo aseguro, no habrá problema alguno-

Y desde ese día, aquél posadero formaría parte de la mejor destilería cervecera de todo Azeroth. Con la joven Drucilda, quien sería su mujer en el futuro

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- … ¿y qué es lo que te aqueja?- preguntó el joven Paladín impresionado por lo escuchado.

- En si fue la decisión correcta haber dejado mi sueño atrás… por ella-

El joven paladín palmeó por un momento el hombro de un ya acabado Brog Patosar, marcado por las arrugas y el inclemente tiempo, pues ya su larga cabellera no existía y sus rasgos varoniles ya habían quedado atrás por la vejez.

-dicen que el futuro es incierto, Brog- comentó el joven, mientras echaba un trago al tarro y el posadero suspiraba mirándolo- sin embargo, también se dice que el destino está escrito-

-¿y tú, paladín, en qué crees?- dijo, como buscando una respuesta a sus tribulaciones.

- digo que el destino está escrito, Brog- acabó el tarro, mientras posaba el mismo vacío en la barra y dejaba una propina al camarero, que le observaba confundido- si no, juzga por ti mismo- señaló a su alrededor, a lo que Brog siguió con la mirada…

Aquella posada estaba llena de gente a la que había querido y de la que conocía todas sus historias y sus desventuras, algunos al verlo alzaron sus tarros en su honor… y el olor a pan recién horneado de la cocina entró por sus fosas nasales… de súbito, vio cómo aquella mujer, ahora pasada de peso, pero por quien había decidido quedarse salía de la cocina con su cabello cubierto por una pañoleta y su vestido manchado en harina y manteca… lo miró de forma severa, pero luego le sonrió y él la miró de forma fugaz con ojos enamorados. El buen Brog Patosar observó al Paladín, antes de sonreír una vez más.

-No cambiaría nada de esto por mil aventuras-

-y es por eso que brindaré a vuestra salud- contestó el joven Sir.

“El Destino está escrito, pues a pesar de todas las cosas que han pasado, estamos aquí”

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-Tribulaciones de un Posadero-

II

-Las Doradas Arenas del Desierto-

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-¿Quieres saber lo que pienso de los rumores?- sentenció con voz exacerbada- ¡Son más ciertos de lo que te imaginas!-

Brog limpiaba uno de sus tarros con parsimonia, mientras un cansado elfo al que le faltaba un trozo oreja sonreía burlón y rocambolesco.

-¿Qué tan dispuesto estás a arriesgar unas plateadas por probarme tal cosa?-

- No me tientes, mangurrián… ¡No me tientes!- sentenció- ¡Yo he estado ahí!-

El elfo lo observó con los ojos bien abiertos y comenzó a desternillarse, incrédulo.

-¿Tú, el calvo posadero de barriga cervecera? No me lo creo-

Nuevamente la mirada de Brog se perdió en el nirvana, recordando viejos tiempos, en los que aún se le mentaba Blackhorse en aquél barco mercante…

 

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Los días pasaban lentos.

El sol abrasaba en los mares del oeste. Marinos de espalda ancha se hallaban lacerados por el sol… sus espaldas tenían ronchas y pústulas por el inclemente astro rey de Azeroth. ¡Cualquiera diría que aquellos desdichados eran parte de una tripulación de esclavistas goblin!

Sin embargo, era un asunto completamente distinto. Comerciaban bienes exquisitos que solo podían encontrarse en los puertos del oeste, ya que de donde provenían no había tal exotismo, buscado por algunos excéntricos coleccionistas de artilugios extraños.

Hacía días que habían perdido aparentemente el rumbo, pues el mare magnun habíase ensañado con ellos en una larga tormenta, donde murieron muchos y buenos muchachos, un tanto más jóvenes que él.

Casi naufragaban y las tenebrosas profundidades les devoraban para siempre.

Lo cierto del caso es, que ese día Blackhorse estaba tirado en la cubierta, aprovechando la sombra de una de las velas. Hacía demasiado que no probaba gota de agua dulce alguna y el ron estaba a punto de escasear; estaba deshidratado y necesitaba algo de sombra o se insolaría mucho más y moriría. Sin embargo la luz era piadosa y ellos pudieron subsistir un día más.

-¡Tierra a la vista!-

Los marineros observaron con alivio en un principio las doradas costas de Tanaris. Pero luego pensaron en el terror que se les venía encima…

Las doradas arenas del desierto.

-¡Acercaros al puerto, prepararos, marineros de agua dulce, llegamos a destino!-

Blackhorse se echó hacia atrás la larga cabellera… y se santiguó.

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El puerto Bonvapor era curiosamente concurrido:

Calles angostas entre casas símiles a iglúes de arena, goblins de toda clase y género recorrían los concurridos pasillos con voz alzada, ya que desde las casuchas se veían tarantines con variopintos y curiosos artefactos más allá de la imaginación; huevos de “dinosaurios, grandes reptiles que moran en las profundidades de Un´Goro”, piedras preciosas traídas del cráter donde los grandes reptiles se encontraban, reliquias antiguas traídas de las ruinas Trol de los desiertos, perlas doradas, negras y violetas de las costas de Tanaris, piedras preciosas extraídas de las mil agujas y el desierto de sal, escamas de basilisco perfectas para hacer una infusión de muy mal sabor que haría curar los males del desierto, hacer crecer el pelo y endurecer la piel para evitar que se quemase en el horripilante sol del oeste, cabezas disecadas vudú, para la protección contra la magia negra de las ruinas de los trols de las arenas y, lo más curioso y perturbador; un inmenso falo de trol, que serviría según la codiciosa y pícara goblina que lo ofreció, para reanimar la pasión al usarlo como colgante, pues se decía que la regeneración de aquellos seres era mágica y al utilizarlo se podría tener un genial afrodisíaco.

Lo cierto del caso era, que el capitán Marstock no se detuvo ante toda esa chatarrería que ofrecían los comerciantes… él iba a por algo más.

Entraron en una curiosa casucha de aquellas, un tanto alejada del concurrido centro del pueblo. La puerta estaba hecha en una suerte de cortina de huesecillos de animales pequeños y conchas de mar… el olor del interior no era muy agradable.

Dentro había muchos artilugios trol y extraños dibujos pegados en las paredes, símiles a una inmensa puerta que no correspondían a lo que la persona que habitaba aquella casucha tenía en sus estantes.

Un anciano goblin los recibió con pistola en mano, sentado en una extraña silla de ruedas hecha de madera con las piernas cubiertas por una sábana vieja y asquerosa. Blackhorse sintió calor solo de verlo…

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Al anciano se le conocía como “El Loco” Gibbs. Loco le decían pues en sus constantes correrías en el desierto cuando era joven había encontrado maravillosas reliquias, que costaban bastante oro y que serían bien preciadas en los mercados de los excéntricos del este, sin embargo el anciano habíase negado rotundamente a vender sus hallazgos, acumulándolos en aquella casucha durante muchísimos años, justificando el bien inmemorial que tenían… contradictorio sin duda alguna para el común goblin.

Según lo que contaba, el viejo Gibbs había encontrado tras sus muchas aventuras en Tanaris pavorosos secretos al sur que le habían costado algo muy preciado para él. En aquellos infecundos desiertos corría el rumor de la existencia de una gran puerta que llevaba a una ciudad perdida repleta de tesoros ancestrales. Gibbs aseguraba que la había descubierto, pero nadie quiso creerle aún con su terrible pérdida como prueba.

-¿Y qué es ese algo, mi buen goblin?- Preguntó, curioso como era en su juventud, el buen Blackhorse- ¿Qué fue lo que perdiste allí?-

El viejo sonrió con amargura y se retiró las sábanas de lo que él pensaba eran sus piernas. Brog se horrorizó al ver dos muñones en lugar de sus extremidades inferiores…

-Este fue el precio a pagar por el hambre de conocimiento… chico- dijo el anciano piel verde con tristeza- sobreviví apenas por un poco, pues mis asistentes pudieron cargar conmigo y atenderme en unas ruinas trol que encontramos como refugio aquella noche. Cuando volvimos, creían que habíamos alucinado por el calor y aseguraron que lo que en realidad me había quitado las piernas había sido un gusano de las arenas, que abundan allá en el sur…-

Marstock interrumpió la conversación, con gesto severo, a pesar del temor y la impresión de sus acompañantes.

- ¿Y hacia donde quedan esas tierras en las que has perdido tus piernas, Gibbs? ¡Tienes una promesa que cumplir!-

El viejo Gibbs observó al capitán mercante con mala cara, aún renuente, mesándose la afilada quijada, llena de verrugas peludas.

- Que un mal rayo me parta si no cumplo mis promesas… soy goblin, pero tengo algo que otros en este lugar no tienen; Honor- El anciano cogió uno de los dibujos que se encontraba en las paredes de su refugio y un mapa bastante antiguo y ajado- Ten presente que este jodido mapa no te dará un camino claro; los vientos cambian la geografía del desierto permanentemente-

- Correré los riesgos, pues las cordilleras que me dijiste aquella vez, seguirán ahí aún hoy- El viejo bufó amargado, al ver el ímpetu de aquél capitán cegado por la codicia y el hambre de riquezas...

- Que sea la luz o lo que sea en lo que crees lo que te cuide el alma, porque allí solo encontrarás la muerte, Marstock… la avaricia romperá tu saco y la de tus compañeros-

Y tras eso, ignorando las advertencias del anciano, marcharon ansiosos de descubrir la puerta y las riquezas que decían se encontraban tras ella.

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Varios de los marineros, poco acostumbrados a marchas tan terribles y dolorosas perecieron en el camino… sin embargo, el capitán Marstock fue ajeno a las súplicas de los suyos de volver los pasos y salvar la vida.

La codicia rompía su saco…

Pero como todo hombre que era constante, alcanzó por fin sus objetivos.

Tras agónicos días abrasados por el sol, así como duras noches de frío, el grupo de menguados marineros llegó tan al sur que no se veía nada más que las inmensas cordilleras amarillentas de piedra que delimitaban el aparente fin de Tanaris. Blackhorse, con su cabello metido en un turbante improvisado con las ropas, avanzaba con un mosquete en sus manos, en bandolera. Su lengua y su boca estaban resecos por la falta de agua… y hacía días había sido víctima de los famosos espejismos del desierto. Subió una colina dorada, hecha de aquél oro sin valor y se quedó con los ojos bien abiertos… allí, de caliza blanca como el marfil y con filigranas doradas, hallábase el muro que rodeaba una puerta de acero ennegrecido antiquísimo… ¡eran ciertas las leyendas!

Y aunque al principio pensó que era imposible su empresa y que morirían… encontró aquello que tanto había esperado encontrar su cruel capitán.

-¡La he encontrado!-

Sus compañeros no lo creyeron… pero tras subir la colina, comenzaron a celebrar con alegría. Marstock, avanzó con rapidez hacia la puerta sin importarle el resto de sus compañeros para corroborar que era cierto lo que decían. Los otros también lo hicieron… Pero Blackhorse no. ¡Que un mal rayo le partiera si no tenía un mal presentimiento al respecto!...

-¡Esperad, deberíamos… deberíamos volver!- gimió con terror, mirándolos. Pero la codicia de todos aquellos les pudo más que el peligro que suponía encontrar una cosa que solo estaba en las leyendas…

Y como toda leyenda prohibida; como toda maldición del desierto, las consecuencias fueron nefastas.

- ¡La hemos encontrado!- gritó marstock con un jolgorio inmenso, pataleando y bailando delante de la puerta-¡Somos ricos, camaradas, ricos como el más adinerado de esos príncipes mercantes, os digo!-

-¡Volved, ahora mismo, Marstock!-

-¡¿Y qué me pasará, muchacho insolente?!- gritó arrogante-¡¿Las arenas me devorarán!?-

Y como la crónica de una espantosa muerte anunciada sucedió. El suelo comenzó a temblar bajo sus pies y de él emergió un terrible ser, de piedra tan blanca como las paredes de aquella puerta maldita… rugió y un sonido metálico, aterrador e indescriptible salió de sus fauces. Lo último que quiso ver Brog Patosar antes de correr fue el como aquella criatura aplastaba entre sus poderosos puños el cuerpo del insolente Marstock, quien dejó de gritar de forma súbita e inmediata.

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-¡¿Y esperas que me crea tales patrañas, Patosar?!- rió el elfo de forma estridente cuando el joven paladín se acercaba a beber su zumo respectivo de todas las tardes, ataviado de la pesada armadura de placas de la iglesia tras una misión al peligroso bosque del Ocaso- ¡Tú no eres más que un posadero, que no ha hecho más que criar y mamar en esta posada maloliente!-

Brog frunció el ceño mirando al Quel´dorei con cierta tristeza, bajando la cabeza. El paladín simplemente se puso junto a ellos, esperando su respectiva bebida. Tras el elfo reír, tomó un respiro y prosiguió…

-¿Y si fuese cierto todo eso, mi querido “aventurero”…cómo fue que sobreviviste?-

- Tenía el mapa en mis manos al ir a la cabeza… y recorrí las cordilleras hasta llegar a la costa…el resto fue relativamente fácil… casi no sobrevivo, de no ser por los merodeadores que robaban el agua dulce a los goblins en Tanaris… quizás no lo contaría ahora-

El elfo rió cínico una vez más, bebiendo de su botella de ron.

-Sí, claro y yo te dije hasta el cansancio que fui soldado, pero no me crees- dijo, sonriente- y por el principio de paridad, no te creo yo tampoco-

El joven Paladín, pues, tras escuchar aquello y recordar las tribulaciones del posadero querido por todos, pero menospreciado, sentenció…

-No siempre los héroes visten flamantes armaduras doradas, maese quel´dorei- musitó con suavidad- lo que hace a este mundo realmente vivo son los pequeños detalles; en lo cotidiano… eso es lo que realmente hace este mundo heroico… hasta el más humilde, tiene una historia detrás que nadie conoce-

El elfo bufó y el Posadero miró al paladín con un gesto agradecido. Una vez más cada quien fue a lo suyo, mientras Brog Patosar se pasaba la mano por la nuca donde aún tenía marcas de las quemaduras que en su momento le azotaron en las doradas arenas del desierto.

 

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-Tribulaciones de un Posadero-

III

-De Fragor, Lides y Patria-

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Ese día la villa estaba atiborrada de jóvenes soldados y reclutas que habían adquirido prácticamente hacía escasas horas el derecho de llamarse como tales. Algunos voceaban con petulancia de sus glorias... o más bien las glorias que obtendrían en un futuro, émulos de sus padres. El buen tabernero querido por todos, pero conocido por nadie les observaba con una sonrisa símil a la que mostraba un anciano hombre al ver a unos niños hablar de los héroes y cómo algún día los igualarían. Uno de ellos, de esos con ínfulas de teniente sin ser siquiera cabo hacía reír a los demás haciendo de chanzas y bromas la guerra.

-¡Y os lo digo, muchachos!- sentenció, con una socarrona sonrisa que era seguida por los gritos de sus compañeros, acallándolos haciendo ademanes bruscos con su mano- ¡Esa mujer no sabe de lo que habla! ¡Tanta dureza, es solo para fardear y darse de ínfulas!; Para la guerra solo se necesita saber levantar la espada y tener valor. cosas, que a vuestro humilde servidor le sobran...-

Las risas de sus compañeros se escucharon. Uno de ellos, el joven Michael Mitchelson habíase alejado ya de sus imberbes e ígnaros compañeros, pues nunca le había agradado la arrogancia de algunos. Brog simplemente se reía divertido de lo que decían, negando con la cabeza. Michael le observó, ajustándose en la nariz las gafas con el índice.

- ¿A usted también le parece gracioso lo que dice?- comentó... Michael era un muchacho poco hablador, delgado y sin la altura mínima que se requería para servir según le habían contado, sin contar su vista menguada por herencias familiares maternas, sin embargo a la que decían la "Cruel" algunos, o la "Leona" quienes parecían tenerle simpatía le había anexado a las filas de su pelotón, fuera de todo pronóstico.

-¿ Y a quién no le va a parecer gracioso, chico?- dijo Brog, lustrándose la calva y removiéndose el sudor con esmero, para luego meter el mismo trapo en el interior de un odre de Cebadíz vacío para remover la espuma de cebada reseca del fondo- Todo lo que dicen son monsergas, como lo que decía yo cuando tenía unos años menos que todos vosotros. Si algo tiene de razón de quien habla él es que la guerra no es simple valor y uso de espada... pero nadie lo aprende hasta que la vive-

Mitchelson le miró, dando un sorbo a su cerveza, con fijeza.

- Yo... realmente no se qué es lo que se necesita, mi señor- dijo, con gesto atribulado- Antes creía que lo que se necesitaba era un físico digno de esta armadura... y yo de eso no tengo absolutamente nada.... aún no se cómo es que me dejaron tomar la espada. Yo... solo quería que mi padre sintiese un mínimo de orgullo de su único hijo; él si era un gran soldado: luchó en la primera y se dejó un ojo al defender a los refugiados en su exilio de la ciudad cuando los orcos rompieron las puertas, luego perdió las piernas en la segunda en una refriega contra los jinetes de huargo de la horda según me cuenta en el pantano de las penas... yo... realmente lo más cerca que he estado de una espada de madera fue hace un par de meses, cuando la Sargento me atizó enseñándome a empuñarla.-

- ¿Y crees que perder las piernas y un ojo son suficientes para hacerte llamar un gran soldado?- dijo Brog, mientras sonreía con cierto cinismo- mira, para ser un gran guerrero no necesitas perder las piernas o el ojo y luego gritar a los cuatro vientos que lo hiciste por gloria, con el respeto de tu padre, para ser un soldado tienes que entender el por qué es que lo pierdes, lo que te motiva a llevar la espada al frente y luchar. Lo que hace a tu padre un gran soldado, es el compromiso con algo superior a él: su país, su familia y la tierra que lo ha visto nacer...-

La algazara de los soldados seguía mientras que Mitchelson ya le había perdido todo interés a lo que decían sus compañeros. El muchacho le miraba con cierta impresión, ante la profundidad del pensamiento de Brog.

- Parece saber más de lo que aparenta, Brog- dijo él, mirándolo sorprendido- No se ofenda, yo...-

- No te preocupes, sé que no parezco saber de esas cosas, no es primera vez que me lo dicen...- musitó él, suspirando con cierta nostalgia- pero sé alguna que otra cosa...- dijo él, comenzando a perderse en las inmensas bibliotecas de su memoria...

 

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hace 25 años....

 

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Brog Patosar, hace 25 años.

La Armadura le pesaba más de lo que se había imaginado antes. ¿El escudo? era insufrible y se le entumecía el brazo cada vez que tenía que hacer el doloroso esfuerzo de levantarlo para evitar su muerte a causa de una saeta o el acero dentado de las hachas de los "monstruos de otro mundo" de los que hablaban los más veteranos. Pero lo que a él le jodía más no era el pesado escudo, ni la espada, ni la molesta armadura... era el maldito yelmo de penacho azul; No solo era la pieza (según él) más ridícula de la maldita armadura, sino lo molesto que era tener el peso muerto reposando en su cuello, dificultándole la vista por esas hendijas tan estrechas, que apenas y le dejaban ver bien al enemigo y respirar con total libertad; se cansaba cada vez que tenía que correr y no poder tomar grandes bocanadas de aire fresco en ese caluroso trozo de metal le desesperaban. Sin embargo, el anciano Sargento Boyard siempre le golpeaba la cabeza con un garrote torcido cada vez que lo veía quitárselo en una formación de línea. Destestaba al maldito anciano con todo su corazón, pero poco podía hacer al respecto para decírselo; era su maldito superior aunque no quisiera.

-¡Eh, Blackhorse!- bramó uno de sus compañeros, haciendo que él volviera de sus tribulaciones- ¡El sargento os ha llamado, y está de mal humor!-

-¡Y dale!- bufó, quejumbroso...- ¡otra vez la burra al trigo!-

Un joven Patosar volvió de su ensimismamiento; Tendría apenas trece o catorce años en ese entonces y era bastante distraído; Sus distracciones constantes justamente le habían causado problemas al quedarse alelado viendo el lodazal y retrasando a su pelotón en un lugar donde hallábase su unidad potencialmente rodeada por el enemigo. Como castigo, le destinaron a las cocinas de la compañía y el buen Gibson, el cocinero de la Unidad “Vega del Este” a la que pertenecía, le había destinado a servir las bebidas de las tropas todos los días. Brog farfullaba que en lo que aquella maldita guerra acabase, él dejaría atrás el andarle sirviendo a gente que no conocía ni le importaba un carajo para irse a la aventura… decían que en el oeste habían tierras inexploradas y eso le causaba más que ensueño. Él aspiraba más que ser como su padre, un viejo posadero de Crestagrana, muerto hacía muchos años…

 

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Sargento Henry Boyard

Hacía días que lo que servía era agua hervida de los pantanos y algo de estofado maloliente hecho con la carne casi rancia de la última vitualla que habían recibido en el pantano de las penas. Ya se contaban semanas desde que esperaban la nueva llegada de refuerzos y suministros, pero no habían recibido ni avisos del mando ni vitualla alguna. La moral bajaba cada día que pasaba y comenzaba a haber demasiada tensión entre los más veteranos.

A él, eso le daba lo mismo; seguramente habría de ser alguna mala manía de los oficiales, pues solo servían para cagarse en sus rostros. Empero, estaba muy equivocado. Cuando entró a la tienda del avejentado Boyard, este no le hizo saludarle marcial, aunque él le había hecho la venia para evitarse otro regaño. Cuando se percató, dentro de la vejada tienda se encontraban dos cabos más y un par de soldados rasos. Todos tenían el rostro cariacontecido. Cuando les vió sin los yelmos, aprovechó y se lo quitó.

- Les he hecho llamar a todos porque tengo malas noticias- sentenció- Los orcos han destruido a los refuerzos que venían a socorrernos… y se han llevado consigo todos los suministros. Según lo que se, lo que hoy ha cocinado Gibson será nuestra última cena-

El silencio se hizo ya más que incómodo, sepulcral. Boyard continuó:

- Para colmo, el teniente y el capitán han abandonado sus puestos anoche en la madrugada, pero Richard encontró las cabezas empaladas de ambos a mitad del camino hacia el paso de la muerte... Los orcos nos han aislado y estamos a su merced-

Brog palideció… y sintió auténtico pavor. Nunca antes había sentido en sus carnes la posibilidad de morir tan cercana, no como aquella vez. Trémulo, no pudo evitar preguntar…

-¿Y…q-qué es lo que vamos a h-hacer?- Los soldados, de los más cercanos a Boyard salvo él, o eso creía, le miraron severos.

- ¿Tú qué crees, muchacho?- le miró con temeridad- Tenemos que luchar, para sobrevivir. Y más allá de todo, luchar por la patria que nuestros oficiales dejaron perder-

-¡Pero qué clase de tonto sois!- sentenció, asustado- ¡Nos van a cortar el gaznate! ¿Acaso váis a perder la vida por hombres que no están dispuestos a morir por vosotros?- gritó. Sin embargo Boyard mantuvo su indolente e impasible mirada sobre él.

- No moriré por ellos. Moriré por los hombres que se han quedado aquí sin faltar a su deber y moriré para que mis nietos puedan vivir en un lugar libre de la barbarie de esas bestias. No se qué fue lo que te trajo aquí, chico… pero la única forma de volver a casa, si volvemos, es peleando. Y tú tendrás, por encima de los otros imberbes la responsabilidad de no dejar que el estandarte de nuestra patria toque el suelo…la bandera guiará a los que se retiren cuando rompamos el cerco que nos rodea… y eres el más rápido que tiene esta unidad… tienes una gran responsabilidad en tus hombros; Si algo aprendí de mi padre es a no faltar a la palabra dada y tú, eres un soldado que ha jurado cumplir con su deber. Guiarás la retirada de tu compañía o morirás en el intento, pero no faltarás a tu deber... ¿Entendido? -

Brog suspiró de terror… pero no se atrevió a rechistar al anciano. Si él quería sobrevivir, tenía que obedecer.

- En…Entendido- farfulló. El anciano los hizo moverse y luego, habló con los soldados. Aún con el desconcierto, decidieron dar un último grito de guerra para intentar romper el cerco que las bestias les habían impuesto. Prefirieron morir peleando e intentando escapar, que de hambre y enfermedades en ese pantano maloliente.

Lo último que recuerda de ese día fue el cómo quebrantaron las menguadas líneas de Ventormenta la robusta resistencia de los orcos en un intento de abrir una brecha. Fue momentánea, y muchos pasaron para ser víctimas de las saetas de los tiradores orcos en las montañas… Sin embargo Brog tuvo, fuese por milagro de la luz o por la suerte del inocente, la pericia para escapar. El anciano Sargento, en un último acto de abnegación le protegió cuanto pudo en la brecha hacia el paso por la que huyó, antes de ser alcanzado por las saetas… Brog, ante el sacrificio del anciano tomó la espada del anciano en un acto que él consideró moral para con su salvador tomó la espada de sus manos ensangrentadas, para conservarla y nunca jamás olvidar el por qué aún vivía. Brog cumplió con su deber; No dejó caer el estandarte... con él, sobrevivió una mínima fracción de diez o quince hombres, casi todos los más jóvenes de aquella compañía. La retirada de los ejércitos fronterizos era inminente: Los rumores decían que un Nuevo caudillo entre los orcos había asesinado al anterior y había tomado las riendas de sus hordas, cambiando las tornas de la guerra.

Cuando regresó del pantano a Elwynn, informó al mando militar de la destrucción de su compañía y le unieron a otra unidad que luchó en los bosques, retirándose de Elwynn junto a muchos otros más cuando Ventormenta cayó a manos de la Horda Orca hacia el Norte por las montañas hacia Forjaz y ahí estableciéndose durante los años siguientes, hasta que por fin pudo volver a su patria, luchando en la reconquista y ganándose la retirada honrosa del ejército por su servicio destacado en la vanguardia que cargó detrás del general Turalyon en el contra-ataque tras la muerte del generalísimo Lothar.   

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- ¿Y qué aprendió… de todo eso?-

- Aprendí humildad, muchacho... Y compromiso- dijo, suspirando. El soldado que hacía las chanzas y las bromas sobre su sargento, seguía con sus bromas- Verlo a él es verme a mí; No comprendía el por qué los ancianos veteranos actuaban de esa forma, hasta que luché en la guerra. cuando mi sargento ofreció su vida por la mía; Aprendí que la patria, tal como la concebía Boyard, no es la defensa de la tierra en sí, sino la defensa de los hombres que la habitan en ella, pues ellos son los que le dan ese valor patriótico y por eso vale la pena luchar… ¡Ah, además de otra cosa! ¿sabes qué es de lo más curioso?-

- ¿Qué, mi señor?-

- Que de no haber tenido el casco puesto, no hubiese contado lo que hoy estoy diciéndoos…- Algunos de los que comían y bebían en la barra, miraban a Brog con miradas escépticas y cinismo, lo que causó cierta tensión en el buen posadero- Una saeta me lo arrebató justo clavándose en el maldito penacho… por poco y no la cuento; El viejo, tenía razón: más vale incómodo y casi ciego, que muerto…-

Mitchelson se rió divertido, sin embargo los otros comenzaron pues, a burlarse del buen posadero. El más charlatán de ellos, se adelantó con una socarrona sonrisa.

-¿Entonces ahora dirás que de verdad, tienes más “veteranía” que la buenaza de la sargento? ¡Y yo soy el rey de Ventormenta!-

Brog miró hacia atrás, con una sonrisa arrogante, viendo que entraba la Leona de Lordaeron y todos, salvo el arrogante se cuadraban firmes ante su llegada viendo que el soldado estaba haciéndose el valiente a sus espaldas. Cuando este volteó y sintió la gélida mirada de su suboficial clavada en él, no habló más en toda la noche sentándose de súbito causando las risas de sus compañeros, aún cuando la mujer no había dicho nada más que mirarlo severa. La temida sargento, como era la costumbre le pedía un tarro de zumo al buen posadero al culminar sus guardias y todos volvieron a la tranquilidad de la noche en sus hogares pasadas las horas.

Brog, aunque pocos lo sabían, vivía a unas pocas casas de la posada del orgullo, junto a su adorada Drucilda. Al entrar, se pasó la mano por la pelada cabeza, y se acercó a la hoguera de su hogar. La misma se encontraba coronada por una espada antigua sobre un tablón de madera con una inscripción que rezaba:  “Patria y Compromiso- Sargento Boyard”. 

Brog asintió, como si aquella frase le recordase algo...

- Patria y Compromiso- musitó, antes de marcharse a dormir, tras una breve venia militar.

 

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Brog Patosar. 

 

// actualizado el post, para cuando se acabe el concurso publicar la IV parte, que está en construcción.

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-Tribulaciones de un Posadero-

IV

-De Padres e Hijos-

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Posada del Orgullo del León

Farley era un hombre con una mente despierta muy a pesar de lo que aparentaba de buenas a primeras. Muchos le veían farfullar para sí y escupir el tabaco de mascar contra los escupideros como si se tratase de un viejo senil y retraído que había dejado en manos de Dobbins y él el cuidado de su posada hacía años. Pero Brog era el mayor confesor de ese maldito viejo bastardo. Le conocía desde que había llegado a la posada pidiéndole trabajo para él y para Drucilda cuando aún conservaba su vigorosa melena, juventud y su espíritu aventurero. De hecho sabía bien que el viejo aparentaba no estar del todo en sus cabales para enterarse de todo lo que decía y hacía la gente, pues hablaban con demasiada confianza delante de sus narices. ¿Y por qué no hacerlo, si era un viejo senil que solo farfullaba, maldecía y escupía gapos negruzcos por el tabaco de mala calidad que mascaba?

¿Astuto, no?

¡Claro que lo era!... Brog había aprendido mucho de Farley y tenía aún mucho más que agradecerle. Muchos decían que era un viejo hosco, tacaño y de mal carácter que había acabado de forma voraz con otras pequeñas posadas del pueblo con una agresiva competencia cuando era más joven y "cuerdo", sin contar que era un usurero que abusaba de sus empleados con pagas miserables y tratos injustos. Pero la verdad era que, desde mucho antes de la llegada de Brog a Villadorada, Farley había logrado echar adelante uno de los negocios más conocidos del reino por sus excelentes rones añejos.

Además de eso, le había ofrecido su confianza cuando era un simple muchacho y le había dado todo su apoyo cuando más lo necesitó. Farley gustaba del chisme, pero le beneficiaba manejar información para poder enfrentar a la competencia. ¿Tacañería? ¡claro que no! había que aprovechar todo el dinero y saberlo administrar; ¿Cómo podrías hacer próspero un negocio si no sabías guardar el dinero y aprovechar las oportunidades?. ¿Aparentar senilidad? era algo ruin o bien astuto, pues Farley se enteraba de mucha información y eso era preciado según que situaciones en el pueblo.

Fuera como fuera, Brog había aprendido cosas que le habían permitido hacer del negocio de la hostelería y la atención de los clientes un arte. Por un momento recordó a su padre y sonrió pensando "ironías de la vida", mientras su mente se proyectaba al nirvana maravilloso del pasado. 

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Crestagrana, hace 40 años.

Años atrás...

El pequeño niño moreno de cabellos cobrizos limpiaba la barra de una posada pequeña, pero bastante concurrida en algún lugar perdido de las montañas de Crestagrana, mucho antes de que los orcos hicieran inseguras esas tierras. Aunque limpiaba con esmero la mesa, su mente se encontraba en los océanos inexplorados del mundo, combatiendo a sangrientos piratas o monstruos marinos. Se encontraba atravesando las montañas duras e invernales de Dun Morogh junto a una partida de aventureros o explorando el mundo más allá de los mares del este. Soñaba en su más pueril infancia con las maravillosas aventuras que de niño le contaba su padre, el buen y campechano Brann Patosar.

 

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La Esquina de Patosar

Aún no acababa de comprender por qué su padre, un gran cazador de bestias y tesoros, había dejado su vida de cazador de bestias y explorador de la Liga de Expedicionarios para dedicarse al monótono oficio de la hostelería. Solo sabía que en determinado momento de su vida, Brann había decidido dejar atrás la más grande de sus aventuras y, con los ahorros de toda su vida conseguidos de las expediciones en busca de tesoros que había hecho por el mundo, fundó la "La Esquina de Patosar", el paradero donde él había crecido viendo los enormes trofeos de caza y reliquias que su padre había conservado de sus aventuras.

Un golpe en la mesa le hizo volver a la realidad, causando que Brog blanqueara los ojos.

-¡Vamos, muchacho alelado, te he dicho que me sirvas!- exclamó el viejo Robert Jhones, un leñador de las cercanías que se iba a la posada a embriagarse y escuchar las batallitas de su padre cada día.

- Lo siento, solamente...-

- Brog, ¿cuántas veces te he dicho que espabiles cuando haces tu trabajo?- bramó la voz hastiada de su padre- Rodrick, cubre a tu hermano. él y yo tenemos que hablar-

-¡Pero padre...!-

-¡AHORA!- sentenció Brann y su hijo pequeño no rechistó más. le llevó a la cocina, donde se encontraba su madre cocinando con esmero la comida de los clientes.

- Padre... te juro que yo...-

- Tienes que entender, Brog, que para llevar a la grandeza a un negocio, tienes que hacer de tu cliente el más feliz y conforme posible-

- ¡Pero a mi no me gusta atender la barra!- protestó- ¡Yo quiero ser como tú, papá!-

Brann apoyó las manos en sus hombros, algo agotado. Era un hombre calvo y regordete, pero conservaba brazos poderosos y piernas fuertes de sus viajes. Blanqueó los ojos, cansado, mirando ahora a su hijo con menos severidad.

- ¿Y yo que soy, Brog? un posadero- musitó- He nacido para atender a la gente y cuidar de ustedes, por eso estoy aquí. Y por eso quiero que te esmeres, para heredar el negocio junto a tu hermano, para que sigáis mi legado-

La esposa de Brann sonrió, negando un poco con la cabeza. Brog abrió la boca nuevamente, argumentando.

-¡Pero yo quiero cazar crocoliscos y asaltar tumbas, como tú!-

- Creo que se refiere, Brann, a tu pasado- sonrió su madre- ¿quién sabe? puede que el pequeño Brog acabe siguiendo tus pasos como trotamundos. ¿así no me conociste?-

Brann refunfuñó algo por lo bajo, mesándose la calva y limpiándose luego el sudor de esta con el trapo de limpiar tarros, antes de volver a ver a su segundo hijo.

- Vete a jugar con tus amigos, muchacho- sentenció, empujando un poco al  pequeño Brog hacia la puerta trasera de la posada- Regresa antes de las cinco, o haré que trabajes todo el día de mañana-

El niño, sin pensarlo dos veces echó a correr. pero una vez más su padre lo detuvo.

- ¡Pequeño Potro!- graznó- ¡Toma!- y le lanzó una espada de madera que le había tallado hacía poco. Brog tenía buenos reflejos para su edad, por lo que tomó el juguete en sus manos, con una sonrisa ilusionada.

- ¡Gracias papi!- exclamó, contento- ¡Te quiero, por eso seré como tú!-

El niño salió corriendo y se perdió entre los bosques de la montaña, junto a otros niños que jugaban ahí, mientras Brann negaba con la cabeza, reprochante.

- ¿Qué te preocupa, Brann?- dijo su mujer, con curiosidad- ¿Temes por su vida?-

- No es eso, simplemente deseo de corazón que alcance lo que quiere. Y que, de no lograrlo, entienda que el destino da muchas vueltas y que puede que el suyo sea simplemente empujar el de otros a la grandeza-

- Tranquilo, esposo mío- dijo ella conciliadora- Estoy segura de que alcanzará lo que tiene que alcanzar-

La señora Patosar besó los labios de su esposo y él le devolvió la sonrisa, breve.

- Eso espero yo también-

Y volvieron al trabajo, mientras Brog se perdía por las hermosas montañas de Crestagrana.

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Montañas de Crestagrana

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Regresó pues Brog del Nirvana, ya que el barullo de la gente era ensordecedor. Entre la grey que le saludaba, o pedía cosas, no se daba abasto. Tenía el apoyo de Dobbins, pero a veces no entendía como la gente solía buscarle más a él que a su compañero de luchas. Aquellos días Farley les había enviado al Torneo del Ciervo Blanco en un carromato que solía disponer para ese tipo de particulares; Al anciano no se le escapaba ninguna oportunidad de representar a la posada, ganar más dinero y vender licor un poco más caro. ¿Y qué mejor que el torneo que aquél enorme noble de las montañas había financiado? Nada, ciertamente, por lo que dejó en sus morenas manos la responsabilidad de la Posada Orgullo de León y su carromato en los juegos. 

Brog sin embargo, no parecía contento esta vez al servir a la gente que tanto conocía, y eso lo notó la Teniente de ojos color miel cuando se acercó junto a dos escuderas Quel´Dorei a su carro. 

- Te notas algo más callado de lo habitual, ¿se debe a algo?- 

Brog gruñó y señaló el carromato que estaba delante de él. Había un hombre joven de piel morena, con cabellos cobrizos y largos que hacía llamar a su tarantín de alimentos y licor "Coma en Joe´s". Aquél, miraba al buen posadero y le hacía gestos obscenos e irreverentes desde lejos. La teniente y sus acompañantes se extrañaron por la actitud de uno y otro, pues nunca habían visto a Patosar tan angustiado y molesto por la presencia de alguien. 

- No se debe a nada, más que a algo sencillo- alzó la voz, el posadero- ¡Y ES QUE LA COCINA POR SÍ SOLA NO LLENA EL ALMA!- 

E inmediatamente, recibía la respuesta de aquél. 

- ¡COMED AQUÍ, EN JOE´S, PORQUE SOLO SERVIR LICOR, SIN UNA BUENA COMIDA, TE MATA LENTAMENTE, COMO CUANDO NADIE TE APOYA TUS SUEÑOS!- 

Brog parecía auténticamente molesto cada vez que el muchacho le contestaba.

- ¡MUCHACHO INSOLENTE!-

- ¿A qué se debe tanta ojeriza, señor Patosar?- preguntó la escudera criada entre hombres, mirándole raro, e intrigada- son solo unas cuantas ventas menos para usted- 

- No se debe a eso, mujer...- 

Las tres mujeres tomaban por seguro que se debía a que ese joven había acaparado a las ventas, pero se debía a algo más que llevó a Brog al Nirvana una vez más. 

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Drucilda Patosar, en su juventud.

Estaba molesto, empacando todas sus cosas...

¡Ya no soportaba a esa mujer de los infiernos! ¡Le golpeaba, le gritaba y le domeñaba!... ¡Blackhorse era un hombre libre! Decidió meter su suéter verde de la suerte en su petate, llenó una petaca de ron y decidió desempolvar su fiel espada. ¡Se iba a ir definitivamente a su aventura! 

-¿Así, sin más, Brog Brandon Patosar?- sentenció, la voz de una joven Drucilda- ¡Acaso te irás después de todo lo que hemos vivido juntos!- 

-¡Qué vivir, ni qué vivir, mujer!- graznó, amargado- ¡Todo lo que he hecho es cuidar de ti y solo he recibido blasfemias; golpes y maldiciones! ¿qué es eso, vivir? ¡NO LO CREO!. Me voy a ir a las selvas, bien lejos de ti, ¡a cazar bestias y buscar tesoros, a vivir la vida... ¡no voy a ser un maldito posadero ni un minuto más!- 

-¡Es que no lo entiendes, Brog, te necesito!- 

Brog cerró su petate, lo echó a su hombro y abrió la puerta de la habitación donde le hospedaba Farley a ambos desde hacía tres años atrás, cuando llegaron en una noche tormentosa. Brog se enfiló a la cocina de la posada del Orgullo con enormes zancadas, que a esas horas estaba ya cerrada. Trataba de no ver ni de cerca a la mujer, alejarse de ella a toda costa, pues ya no soportaba ni un minuto más de una vida que él no estaba destinado a vivir. Iría, como antaño su padre, a la aventura así que tomó algunas provisiones, las metió en su petate y se giró, dispuesto a irse de la posada. Pero ella se atravesó en la puerta de la cocina, obstruyendo el paso. 

-¿Ahora qué? ¿qué sucede?- dijo, impaciente- ¡ya lo hablamos, apártate!- 

- ¡ESTOY EMBARAZADA, BROG!- 

Y él se quedó frío. En silencio sepulcral. 

- ¡No puedo criarlo sola, no puedo sin ti!- 

Brog soltó todo lo que llevaba encima y la apartó con cuidado, para sentarse en uno de los taburetes de la barra. Tardó mucho en hablar y ella se impacientaba a momentos, pero al final le preguntó, lánguido. 

- ¿Cuando pasó?- 

- Hace un mes, Brog- le miró. 

- No puedo... creerlo- dijo él, causando la exacerbación de Drucilda. 

-¡Está bien! ¿acaso no lo crees?- dijo ella, molesta- ¡Entonces vete, nunca necesité a nadie antes de ti y no será diferente ahora! ¡Ya me he cansado de tu indiferencia ante mí después de todo lo que hemos vivido! ¡VETE YA Y DÉJAME!- gritó, al borde del llanto. 

Pero Brog no se fue... se reincorporó e hincó la rodilla delante de ella. 

- Cásate conmigo- dijo, con los ojos enjugados- Cásate conmigo, te amo- 

-¿Q-qué? ¿acaso... te burlas de mí?- 

Brog negó, insistiendo.

-Cásate conmigo, Drucilda Jhones- 

Y ella no supo que hacer. y él la besó. Drucilda rompió en llanto, mirándolo enamorada y él, la alzó en sus brazos. 

- ¿N-no te irás?- 

- No, Drucilda- dijo, mirándola con amor y determinación- No dejaré a ese niño solo, ni menos a ti- 

Ella sonrió, pero le miró con dudas.

- ¿Y Farley?- 

- Farley os ayudará- dijo la voz del dueño del Orgullo del León desde la penumbra de una de las mesas, levantándose- Pueden quedarse aquí trabajando, el mocoso necesitará qué comer-

- Señor, no se cómo agradecerle, yo...- 

- Preocúpate por criar a ese muchacho y que sea lo que quiera ser, Brog- dijo el tabernero, mirándole con gesto férreo- Eres un buen hombre, ahora preocúpate por ser un padre ejemplar para ese niño y enseñarle cómo ha de ser un hombre de verdad- 

Brog asintió y le ofreció la mano al tabernero, pero este se la negó. Le dio un abrazo paternal. Brog se acercó a Drucilda, poniendo su mano en el vientre de la mujer. 

- ¿Cómo quieres que se llame nuestro hijo, amada mía?- 

Ella sonrió y le miró. 

- Quiero que se llame Joe- 

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La que mentaban la Leona de Lordaeron se quedó con la boca y los ojos bien abiertos. 

-¡TIENES UN HIJO!- 

- Y es ese muchacho desgraciado del negocio de enfrente, sí- sentenció, amargado- ¿acaso no me crees?- 

- ¿Pero... por qué está tan molesto?- preguntó la escudera, mirándole confundida- ¿acaso no debería estar orgulloso de él?- 

- ¿Cómo voy a estar orgulloso de ese desgraciado? ¡Cocina!- sentenció, como si fuese obvio- ¿acaso eso es el hacer de un posadero que se precie vendiendo licores? ¡no!-

- Pero piénselo, señor Brog... ese joven es un hombre exitoso, ha vendido mucho más que cualquier otro aquí-

- Puede que sea cierto- sentenció, mesándose la calva- pero un Patosar no cocina, un Patosar tiene quien le cocine- 

Y la teniente bufó.

- Eres un viejo amargado- 

- Y a mucha honra- gruñó, causando que las mujeres se fueran siguiendo a la Oficial, que le soltó los acostumbrados improperios tras sus frecuentes discusiones. 

Brog observó por un momento a su hijo, con gesto severo. Le vio sonreír y atender a la gente robándole sonrisas con sus comentarios despiertos. Su hijo le envió cartas contándole de sus viajes a través del mundo, conociendo las delicias culinarias de Azeroth. Le relató sus viajes y sus aventuras en cada camino; los parajes que había visitado, las tumbas que había visitado y los cocineros de culturas variopintas que había conocido en cada una de sus epopeyas. Era idéntico a él cuando era joven y hacía lo que había venido a hacer en este mundo... Brog sonrió, con satisfacción. Por fin había entendido a su padre y cuál era su destino. 

Y así volvió a su trabajo, con una sonrisa de satisfacción...

- No ha sido una mala vida, después de todo...- 

Y no lo había sido.

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-Relatos de un Caballero-

I

Al Filo de Nuestras Pértigas

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Su mirada se desparramó por el paraje delante de él. Y sonrió con ironía, pues a pesar de la hermosura del lugar, no le transmitía confianza alguna lo que observaban sus ojos.

El paisaje que se veía ante él estaba plagado de contrastes.  Allende se encontraban las montañas grises de Alterac, con sus picos nevados rodeados de nubes tintadas de lila y mandarina. Sonrió pues en el pasado, los picos de Alterac fueron para él una fuente de paz y alegría cada vez que los miraba desde el Lordamere. En las faldas de la montaña se podían ver enormes bosques de pinos, de esos que inundaban las tierras altas de Alterac; Estaban moteados de infinitas tonalidades de verdes, naranjas y rojos por la cercanía del otoño.

El verano comenzaba a ceder a los requiebros de la siguiente estación: De jaspe y dorado eran los árboles viejos, cansados ya de resistirse a las exacciones del clima y el tiempo. Esmeralda los más jóvenes y bullentes de vida, dispuestos a luchar contra las desavenencias del tiempo y la naturaleza. Mientras, el olivo se apoderaba del resto de la foresta, que esperaba el inminente resultado de aquella lucha, en la que el otoño los convertía a todos en un lienzo de rojo, dorado y naranja que pronto los hacía blancos y yermos por el invierno; El ciclo de la vida y las estaciones era pues, inevitable. Entre las montañas y bosques se podía ver las cristalinas aguas de los ríos de Alterac nutriendo al Lordamere. El astro rey convertía a las cascadas de gélidas aguas en fuentes de oro líquido por la refulgencia de sus rayos, dando la más hermosa de las vistas que un hombre de bien podría querer... ¡Ah, benditas montañas¡ ¡Aún siendo hijo de Lordaeron, había aprendido a amarlas inmensamente!

Pero entre los bosques de aquél paisaje maravilloso, enormes nubarrones negros los delataban a ellos...

Aquello era lo que le hacía sonreír con ironía:

Aún con la hermosura, con los recuerdos de su niñez y juventud que le traían las montañas, con la paz que le emulaban viejos tiempos y el agradable clima de las Tierras Altas, temía atravesar aquellos parajes. Los enormes nubarrones negros provenían de enormes braseros y hogueras hechas con árboles talados de los bosques que tanto había atravesado en tiempos pasados en jornadas de caza junto a sus parientes. Incluso si afilabas la mirada podías ver sus campamentos primitivos hechos con huesos y pieles desolladas de la caza alrededor de las hogueras. Los podías ver caminar de un lado a otro, inquietos, vociferando en sus lenguas paganas. Podías ver sus enormes cuerpos, bendecidos por los dioses de la guerra y malditos por la vil. Sus bestias aullaban famélicas, al igual que ellos.

Reprimió una mueca de asco y retumbaron los cuernos de guerra de las bestias.

Los rugidos de los engendros sorprendieron a los soldados, que emprendieron la marcha de forma estrepitosa hacia sus puestos de combate, a cien metros del campamento donde estaban.

¡Formad, firmes malditos bastardos, que nadie retroceda!

Escuchó que gritaron. Pero los infantes que les seguían no estaban acostumbrados a los rugidos de las bestias. Los muchachos, formados a trompicones, retrocedieron varios pasos al escuchar los gritos de guerra de sus enemigos. Aunque los mandos les mentaban como cobardes y les maldecían, él los comprendía; La primera vez que les vio cargar se orinó encima del terror antes de recibir la embestida de su vanguardia. Afortunadamente sobrevivió, fue de los apenas quince o veinte hombres que lo hicieron.

"Campeador" relinchó con fuerza sacándolo de su ensimismamiento, entendiendo que debía subir a su corcel inmediatamente. Tomó las riendas y avanzó con pesadez entre los hombres que corrían de un lado a otro en el campamento tirando de las riendas de su caballo. La armadura le pesaba cada día más y por ello se tomaba su tiempo. Sus articulaciones ya no eran lo que antaño fueron y con el cansancio acumulado de la marcha le exigían moderación. Bufó con amargura... No entendía por qué los oficiales y soldados jóvenes gritaban órdenes y respondían a gritos a las mismas respectivamente.

Eso no retrasaría lo inevitable.

Los tambores de guerra retumbaron en aquél valle. Él se detuvo y se giró un poco, para ver la carga. Pudo ver a una enorme bestia verde sobre un monstruoso huargo negro ataviado de placas de hierro oscuro, rabioso y hambriento, adelantarse. Levantó su enorme hacha e hizo acallar con ello a sus pares, que comenzaban a aglomerarse en las faldas del bosque golpeando sus hachas contra sus pechos y gritando en su lengua pagana. Enseguida entendió que era el señor de la guerra de esa mesnada... Llevaba consigo pesadas placas de hierro tachonadas con pinchos de hierro a suerte de hombreras y un collar de cuero adornado con los cráneos desollados de dos víctimas de sus saqueos. Sus enormes colmillos estaban llenos de anillos de hierro y sus grotescas facciones estaban marcadas por perforaciones y cicatrices que habrían sido insostenibles por un humano promedio. Los tatuajes con el símbolo de su clan en sus portentosos brazos y pecho delataban su fanatismo... Sus piernas estaban ataviadas de cuero pesado, tachonado con hierro. Y en una de sus manos llevaba el estandarte rojo, con el símbolo tribal de La Horda.

Otro de los orcos, igual de portentoso, se adelantó con un huargo pardo hacia este, voceando con fuerza...

- ¡LOK'REGAR GRULL!-

-¡Lok-Narash!-

-¡SWOBU!- Respondieron al unísono. Eran salvajes, enormes y violentos. Pero eran disciplinados. Quien creyera que aquellas bestias no estaban organizadas, estaban destinados a una muerte segura. No se les podía subestimar por su aparentemente carente inteligencia. Eran máquinas hechas por y para la guerra. El señor de la guerra se adelantó por la vanguardia, voceando en su lengua natal, levantando su hacha y con ella, señalaba la fila cada vez más eufórica y deseosa de batalla de su sanguinario séquito.

-¡Kagh Trk'hsk Lak'tuk Gol'kosh!-

- ¡DABU!- Volvieron a exclamar, soltando berridos al ritmo de sus tambores. golpeando sus hachas contra sus pechos y armaduras. Pisoteando el suelo. Sus ojos comenzaban a brillar enrojecidos.

-¡Kagh Lak'tuk Gar'mak Roghonr!-

-¡ZUG ZUG!- Respondieron cada vez más ansiosos. Su señor de la guerra comenzó a avanzar hacia el frente, su huargo rugía colérico... y sus guerreros comenzaron a correr desbocados hacia el frente.

-¡LOK'TAR OGAR!

Ahí lo supo... victoria o muerte. El Caballero aprendió que eso era lo que significaba pues cada vez que gritaban aquello, los orcos luchaban hasta el último aliento y se sacrificaban en la batalla. Si alguno cometía la osadía de retirarse, era asesinado por sus propios hermanos de armas. Desparramó su vista por la formación de su infantería y comprendió que los hombres de a pie estaban condenados. Gruñó y avanzó con algo más de rapidez, tirando con fuerza del caballo, que se había acobardado por los rugidos guturales de orcos y lobos acompasando sus tambores. 

- ¡Vos, id a la formación!- Escuchó que decían... desconocía si era el único que se encontraba en la segunda línea, pero ignoró por completo el llamamiento de aquél oficial- ¡Cobarde, perro sarnoso!-

Caminó hasta llegar a los matorrales de la retaguardia del campamento. Donde los caballos de una unidad de Caballería relinchaban con fuerza.

- ¡ Sir Lionhammer!- exclamaron- ¡Tenemos que ayudarlos!-

- Calma y cordura- sentenció, frío, subiendo al caballo en ese momento.

- ¡Pero señor, los van a masacrar!-

El Caballero se giró una vez más, afilando la mirada. Los Orcos estaban a escasos centímetros de la vanguardia del ejército de Lordaeron. Sus caballeros esperaban ansiosos la orden de carga, pero él no la dio. Los bestiales guerreros impactaron el centro y tardaron muy poco en quebrar la endeble fila de infantes. Los orcos eran, con o sin huargos, bólidos de hierro. Había que pararlos con lanzas dispersas por toda la formación y en segunda fila o romperían las líneas fácilmente.

Y si el centro cae, la lucha es insostenible.

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La escena era grotesca. Los orcos cercenaban con facilidad a los hombres del ejército. Los oficiales no podían contener el pavor de las fuerzas de infantería que reculaban cada vez más. Por un momento los caballeros sentían alivio de no estar ahí y temor... miraron a su oficial, quien no se inmutaba.

- ¿To...tocamos la retirada?-

- ¿Y Dejar a Lordaeron a expensas de esas bestias?- escupió al piso, sin dejar de ver la batalla- No soy un cobarde-

- Pero señor... están rompiendo las líneas como si fuese mantequilla... no podremos-

- Hace unos minutos estabas ansioso por luchar, Sir Frederick- sentenció, mirándole por un momento- Y vas a luchar-

Espoleó al corcel, recorriendo la línea de caballeros.

- Nuestro enemigo parece imbatible, pero la experiencia enfrentándome a esos bastardos me ha hecho comprender que hay una sola forma de vencerlos- sentenció, azuzando al caballo- ¡Y es bajo el filo de nuestras pértigas!-

Los caballeros le miraron a los ojos y notaron su determinación. Aún cuando estaban asustados, tomaron las lanzas.

-¡Quiero que formen una cuña y ataquen el flanco derecho, sin detenerse, junto a mí!- sentenció- ¡Los vamos a hacer retroceder y los mataremos a todos y cada uno!-

- ¡La lección de hoy nos enseña, que solo las lanzas detienen a la caballería! ¿no es así?-

- Sí, Sir Iván!-

- ¡Enfrentemos pues, a la caballería echa hombre que ellos representan y los venceremos!- Exclamó con fuerza, girando su caballo hacia el campo de batalla, que estaba desecho ya por la horda, que destrozaba todo a su paso- ¡Por Lordaeron y bajo el filo de nuestras pértigas!-

-¡POR LORDAERON!-

Y cargaron. Los flancos de la formación, desprotegidos al haberse roto el centro, estaban siendo superados por los jinetes de huargo y los orcos que les cercaban. Los oficiales, jóvenes en su mayoría, comenzaban a tocar las cornetas de la retirada. Pero la fanfarria de la Caballería les hizo levantar sus rostros, viendo la luz. Los Caballeros impactaron el flanco derecho devastando a las fuerzas de la horda, que desprevenidas no se esperaban tal carga. Aquello le dio un respiro al ejército y el impulso de luchar. El Caballero Iván Lionhammer incrustó su lanza contra el torso de uno de aquellos bastardos, antes de derribarlo de la montura bestial y, con su espada, matar a aquella criatura incrustando el fierro en su lomo.

El polvo que levantaban los cascos de los caballos y las portentosas patas de los huargos ensombrecía la vista.

Iván avanzó por entre los difusos cuerpos que se batían sin cuartel ante él, buscando con su mirada, cuando un rugido terrible retumbó entre la batalla.

-¡RROOOAARGH!-

Era quien buscaba. El Caballero ubicó la fuente del rugido... justo detrás de él.

- ¡Ven aquí, bestia estúpida!-

El poderoso señor de la guerra mostró sus dientes amarillentos, confiado en la victoria... y cargó contra él. El Caballero hizo lo mismo. Aquél bestial guerrero era digno de las historias que se contaban entre los refugiados de Ventormenta de cuando cayó su capital. Bestias sanguinarias, similar a gigantes que no tenían otra motivación más que destruir el mundo. Su huargo, en efecto, fue superior a "Campeador" y con sus fauces terribles mordió la cabeza de su jaco y lo sacudió hasta matárselo, derribándolo a él. El Caballero cayó al suelo como un saco, sus costillas castañearon. Mientras el Huargo se daba un festín con su corcel, el orco se acercó a él con su pesada hacha dispuesto a acabar con su existencia. Cuando levantó su hacha para acabarlo, Lionhammer se apartó y el orco clavó el hacha en el suelo.

De inmediato la criatura comprendió que no sería una batalla fácil. El Caballero avanzó contra él levantando la espada pero el orco logró bloquear su golpe, riendo estridente y, ante la cercanía, propinó un cabezazo a Iván Lionhammer, haciéndolo caer con la nariz ensangrentada al suelo. Cuando levantó otra vez su hacha para la inminente ejecución, el caballero se apartó una vez más.

Comenzó el duelo de aceros. La espada, honorable, digna, virtuosa, contra el hacha salvaje, famélica y vil. Cada golpe que se propinaban y que bloqueaban con los aceros hacía restallar chispazos horrísonos. El cansancio a cada golpe resentía las articulaciones. Iván se vio en la obligación de alejarse de la criatura, para tomar un respiro.

Y  para sorpresa del veterano, el orco también rengueaba, cansado. La bestia le miraba con desprecio y ojeriza.

La batalla a su alrededor continuaba sucediéndose sin un ganador claro ahora que la caballería había entrado en acción. Pero el empuje de la horda orca comenzaba a hacerse latente incluso sobre los caballeros. Iván comprendió que ya no podía dejar pasar más tiempo o no darían vuelta a las tornas. Decidió avanzar hacia el orco, aprovechando su última carta bajo la manga....

Y el orco aceptó el reto al cargar.

Iván corrió hacia él, deseando que la luz le asistiera en esta nueva ocasión. Cuando el orco estaba prácticamente sobre él y levantó su poderosa hacha sobre su cabeza, el caballero se apartó, girando sobre su propio eje, incrustando su espada contra el costado de la criatura alejándose...

Jadeaba con fuerza, pero había logrado su cometido. El señor de la guerra orco cayó al suelo de bruces chorreando sangre a borbotones, vencido por la astucia. El Huargo, cebado con el cadáver de su fiel Campeador fue víctima de las lanzas de sus caballeros. Aquello fue el detonante del pavor de la hueste. Sin sus líderes, las criaturas comenzaron a perder la disciplina y a retirarse acobardados. Los guerreros de Lordaeron no desaprovecharon la oportunidad y cargaron. El empuje de la Alianza fue tal, que en pocos minutos los orcos fueron destruidos. Los Caballeros corrieron a abrazar a su líder, que se arrodillaba dolorido y cansado, apoyado de su espada.

- Os lo dije...- sentenció, jadeante- No podrán vencer al filo... de nuestras pértigas- 

Desparramó su vista por el campo de batalla... la vista era devastadora. Cadáveres desparramados sobre barro, vísceras, ícor y sangre sin distingo alguno de raza o ejército. Las pérdidas habían sido cuantiosas. Cada victoria pesaba mucho sobre la moral.

- Tenemos que organizar... las defensas- sentenció, férreo- volverán...-

Él lo sabía. Los orcos no se retiraban. Solo se reagrupaban para volver con más ahínco.

- Y se hará, Sir Lionhammer- escuchó de una voz conocida. El veterano se giró, viendo al Comandante Henry Bishford acercarse- Pero vos no tenéis entre vuestros deberes ayudarnos con ello-

- ¿Y qué es lo que me manda el ejército entonces?- Preguntó, algo hosco, al ver al comandante- No voy a volver a la retaguardia a limpiar letrinas, comandante. Soy un noble de Lordaeron y exijo servir en el frente como merece mi casa-

- Iréis a la retaguardia, pero no a lo que habéis dicho, Sir Iván- dijo el oficial, extendiendo una misiva para él- La Mano de Plata os reclama-

El veterano reprimió una mueca de desconcierto. Tardó mucho en tomar la misiva, pero al hacerlo corroboró que estaba destinada, con firmas y sellos del comandante y el ejército, a presentarse al monasterio de Tirisfal para ser juramentado ante la Orden de los Paladines.

- No- espetó, seco- No soy digno de ese honor-

- ¿Y qué os hace pensar tal cosa?- preguntó el comandante, sorprendido- Habéis demostrado proezas de valor dignas de uno de ellos en el campo de batalla, Iván... creo que ello es suficiente-

- Para ser Paladín se necesita más que eso, señor- repuso, severo- No todo lo que hacen es matar a estos engendros...-

- Puede que quien te ha recomendado para tal tarea piense que estás a la altura de la orden-

Iván frunció el ceño, mirándolo con incredulidad.

- ¿Acaso no has sido tú, Bishford?-

El Comandante negó con la cabeza y le contestó- No ha sido mérito mío. Si fuese por mí, te mantendría cerca... Pocos tienen ese valor que tú para luchar.-

- ¿Entonces quién...?-

Una vez más el oficial se encogió de hombros... Iván suspiró resignado.

- Partiré con el despuntar del alba, Comandante- saludó marcial, mirándolo. Accedió pues sabía que Bishford no solía desprenderse de sus hombres con facilidad. Ambos habían combatido juntos durante años, hasta que el destino infausto de la Casa Lionhammer le había alejado de sus viejos compañeros de armas en la IV Legión Fronteriza.

A la mañana siguiente, con su armadura hecha jirones y cansado, partió junto a una pequeña escolta a lomos de un nuevo corcel. Había dormido demasiado poco, porque aún su corazón estaba lleno de dudas...

¿Quién le había recomendado para servir a la Orden cuando él se sentía menos que indigno?....

Pronto lo sabría.

 

 

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-Relatos de un Caballero-

II

El Deber de la Caballería

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Detestaba a ese viejo jaco.

La muerte de Campeador adolecía en él como la de cualquier compañero de armas. Era una bestia, pero era SU bestia. Muchos no entendían por qué un caballero tenía tantos apegos con un simple caballo, pero luego de tanto combatir a lomos de un animal con el que ibas a la guerra y atravesabas infinitos parajes de leyenda te obligaba, quisieras o no, a crear un vínculo con él. Iba sobre los lomos de un jaco viejo que el ejército le dispuso para su vuelta inmediata a Tirisfal y no se sentía cómodo.

De vez en cuando el pobre animal relinchaba cansado y se detenía, obligando al paladín a hincarle las espuelas en los costados de una forma en la que sabía que el animal sufría. El caballo relinchaba y avanzaba, pero se quejaba mucho. No estaba acostumbrado al peso de un hombre de más de dos metros, cien kilogramos y una pesada armadura que le agregaba probablemente unos cincuenta kilogramos más a su carga. Decidió desmontarlo y caminar junto a él, aunque eso significase que sus riñones y espalda se quejasen de él y le obligaran a mear sangre al final de cada día de viaje.

Aunque tenía sus reservas con respecto a esa recomendación, decidió obedecer.

Aún no acababa de comprender del todo por qué la Mano de Plata lo había reclamado a él para servir entre los primeros paladines de la orden. ¿Qué le había demostrado a la luz, más que ser un hombre miserable y pragmático? nada... o al menos eso creía. Durante la Primera Guerra, él y sus primos habían combatido a la horda dirigiendo los ejércitos de la IV Legión Fronteriza; La cual su casa había comandado tradicionalmente hacía tres generaciones atrás... Pero por las malas vueltas del destino todos habían muerto en distintos combates en la frontera. A esa desastrosa campaña la llamaron "Campaña de las Fronteras" por designio del Rey. 

Era de esperarse; La humanidad no se había enfrentado jamás a la Horda y los Orcos eran superiores a ellos en muchos sentidos. Enfrentarse a lo que no conoces normalmente provocaba duras derrotas hasta que te adaptabas al tipo de lucha. Y entre las muchas derrotas que recibió Lordaeron contra la horda tras reforzar sus fronteras el día que se supo de la caída de Ventormenta, se podían contar las de sus parientes. El primer miserable en morir había sido Igor II; Era un hombre terriblemente honrado, valiente y orgulloso; tozudo como un burro. Iván había visto a los orcos pelear días atrás, cuando le enviaron a él al mando de los reclutas a explorar más allá de las fronteras de Lordaeron y comprendió que una guerra convencional contra otros reinos, los trols o contra los gnolls no sería la apropiada para derrotar aquella amenaza. Sus formaciones y líneas fueron destruidas como una torre de naipes por el arrojo de simples partidas de exploradores. Por lo que entendió que la única forma de poder derrotarlos era reorganizando los ejércitos de forma efectiva. Logró salvar a cuantos reclutas pudo, pero sacrificó a gran parte de su partida, causando la ira de su primo.

Intentó mil veces decírselo; de explicarle que a lo que se enfrentaban era algo nunca antes visto, pero su obstinada saña contra los Leones Negros le nublaron el juicio. Le pudieron más conflictos familiares sin sentido que el bienestar de sus hombres.

Y eso fue su condena...

Tras recibir los informes de Iván, Igor partió al frente junto a una compañía, a la que dirigiría personalmente para "enseñar a los oficiales una lección de estrategia militar". Como se encontraba en superioridad numérica, los incursores orcos no le enfrentaron directamente y él confiando en que los había arredrado con sus números les siguió. Los orcos lo atrajeron hasta un valle angosto perdido entre las montañas de Alterac y le emboscaron. Sus fuerzas lograron abrir una brecha por la que pudieron huir algunos caballeros y soldados, pero él decidió quedarse a morir en las líneas para permitir la retirada de la compañía.

Pronto ascendieron a su hermano, Shonnor; Quien era el más capacitado para la comandancia de la Legión después de Igor. Un hombre capaz, valiente y arrojado, pero insensato como todo muchacho...

Como comandante, ordenó atacar a los orcos aprovechando que conocían la ubicación de sus  puestos de avanzada tras el desastre militar de su hermano. Despechado y colérico, ordenó a sus hombres formar como acostumbraba el ejército desoyendo los consejos de Iván; igualmente por el desprecio a su "casta".

Cuando ordenó atacar, los orcos les esperaron a la defensiva y muy pronto los engendros superaron a la infantería de Lordaeron, compuesta en su mayoría por jóvenes inexpertos que se enfrentaban a guerreros curtidos en la conquista de Ventormenta y que, para mayor INRI, tenían una fuerza similar a la de dos hombres adultos juntos. Todo ello sin mencionar a sus brujos y necrólitos, que sembraron el caos en las líneas de arqueros con su magia oscura. No combatió a la defensiva; Algo crucial para mantener a raya a un enemigo que no conocían y al que debían estudiar para poder vencer.

Igual que Igor, Shonnor pereció en combate defendiendo a sus hombres en la retirada.

El tercero a quién siguió a la batalla fue al menor de los hijos de Paul I, El buen Gódric. Valiente, temerario, inteligente y humilde, pues sabía escuchar. Era sensato; sabía esperar y aprovechar bien todos los recursos a su favor. Era de todos sus primos el más capaz...

Y lo demostraría con creces.

La Legión reculó bajo las órdenes de Gódric saliendo del territorio difícil de las montañas, donde las bestias de la horda tenían ventaja. Reorganizó el estado mayor y preparó sus fuerzas, destinando a Iván y a su propio hijo, Tarin de Lionhammer, como sus asesores. A esas alturas, no tenían suficientes oficiales con vida tras las dos sendas derrotas de sus primos. Los Orcos habían demostrado ser una máquina de guerra terrible, devastadora. Pero a medida que se hacían con la victoria se confiaban y volvían arrogantes, dejando a la vista una gran debilidad: Su orgullo.

Cuando los orcos vencían solían subestimar al enemigo mucho más que lo que la humanidad lo hacía. Y eso fue su perdición. Cuando los orcos les vieron retroceder no dudaron en seguirles para arrasarlos y Gódric aprovechó la oportunidad de formar en un campo abierto cercano a las fronteras de Stromgarde, donde la caballería de Lordaeron giró las tornas derrotando de forma severa al ejército de avanzada que los orcos tenían en las montañas. Aprendieron a detener las arremetidas de la horda no solo depositando a los lanceros a los flancos, sino formando una falange; Una línea de lanceros que protegía a toda la vanguardia y acuchillaba con el filo de las pértigas a los orcos.

Mientras estos se enfrascaban en una meleé en la que el ejército de Lordaeron podía resistir lo suficiente, la Caballería arrasaba sus flancos, los envolvía y pisoteaba. Así aprendieron a derrotar a la horda; A fuerza de lanzas y caballos. Aquella batalla fue la primera demostración de la efectividad de su nueva formación y de hecho derrotaron a los orcos al punto de prácticamente exterminarlos, pero a costa de grandes sacrificios.

Gódric fue herido de gravedad por el enemigo, dejando a la IV Legión Fronteriza sin líder. Pero a pesar de ello, Iván y el joven hijo de Gódric controlaron la situación a fin de evitar una retirada por falta de líder y moral baja; Reorganizaron a las fuerzas y arremetieron una vez más, venciendo al enemigo. En sus últimos suspiros, Gódric abdicó su título para Iván, con una frase digna de elogios:

"Por años, mi linaje humilló a su propia sangre por disputas sin sentido... hoy, a mis ojos no puedo seguir defendiendo ideales absurdos que solo nos separan. Por ello... abdico ante mi heredero, todos los títulos que me corresponden a favor de mi primo Lord Iván Lionhammer, de los Leones Negros... que este acto nos una para siempre y deje atrás este sin sentido"

- Y yo juré proteger a su linaje con mi vida si hacía falta-

Dijo por un momento, en voz alta, mientras meaba cerca del caballo que le habían dado en el frente. El Caballo le observaba fijamente sin entenderlo, meneando las orejas.

- Tan gran honor debería de pertenecer a un hombre como Gódric. O su hijo... yo no soy digno de eso.-

Gruñó, pues un coágulo de sangre emergió de su uretra, causándole dolor... Maldijo a la luz y a todos sus muertos, tomándose el colgajo con las manos. Y el caballo seguía viéndole, fijo. Iván soltó una risotada estridente.

- ¿Lo ves, Caballo viejo?- suspiró, guardando su miembro entre las bombachas- ¡Meo sangre y hablo con caballos, eso no es paladinezco!-

Suspiró. tomó las riendas del caballo y siguió su camino... El recordar la batalla de los campos de Strom le hizo traer a su memoria las muchas vivencias al mando de sus primos y el mal trato que estos le dieron por pertenecer a los Leones Negros. Pero de entre los hijos de Paul I solo uno de ellos le trató con dignidad y hermandad, como a uno más, sin ver que fuese un León Negro: Gódric Lionhammer.

Por esa desinteresada lealtad, hermandad y amor que le demostró sin mirar quienes eran sus ancestros, le juró lealtad a su linaje como protector. Además claro, que con su abdicación zanjó por fin las disputas entre la familia... Los había unido para siempre y en un momento en que la Casa lo necesitaba. Los oficiales más eminentes habían muerto en batalla y regresaron con una victoria pírrica a los salones del rey. Si bien no habían sido los únicos, la Casa Lionhammer tenía muchos más enemigos que los líderes de las otras legiones que la horda derrotó en lugares como Trabalomas o en Argénteos con sus incursiones marítimas.

A través de la intriga y los juegos de la corte, los enemigos de la Casa causaron que el puesto tradicional de comandante de aquella IV Legión pasase a manos de un joven oficial de la Ciudad que pertenecía a una familia mucho más cercana a la corona por decisión del propio Terenas, quien creyó las falacias sobre que los Lionhammer habían fallado en la defensa de las fronteras por cobardía. Tanto Tarin como él fueron separados de la IV Legión Fronteriza y enviados a cuerpos de ejército distintos. Él mantuvo, por los años que su familia había servido a Lordaeron y su propio nombre entre la caballería su título de Sir y señor de Casona Lionhammer, mientras que Tarin fue reclamado como Teniente de Caballería de otro cuerpo de ejército, con la promesa de otorgarle a su hermano menor títulos con tierras por el sacrificio de su padre y conservar los títulos de la Baronía que había obtenido de su esposa Laura de Sinker al final de la guerra.

Los Lionhammer apenas poseían títulos y dignidades, pues sus haberes fueron reclamados en un ochenta por ciento por la Corona para financiar los ejércitos de Lordaeron hasta que la guerra acabase, como una muestra de su lealtad y honor.

Eran entonces tiempos difíciles y si la familia no se unía, los enemigos acabarían por destruir lo poco que les quedaba... Y la unión había sido gracias a Gódric.

Una vez más volvió en sí tras sopesar su situación...

- Solo la luz sabe quien ha reclamado a un caballero sin honor a la Mano de Plata- sentenció, tras tirar de las riendas del caballo y acariciarle la crin- Un Caballero viejo, sin honor y con un rocinante desnutrido. ¿Hm?-

El caballo bufó y él tiró de las riendas atravesando el paso del Baluarte, llegando a la hermosa Tirisfal.

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Por alguna razón se sentía especialmente bien en los campos de tirisfal. El aroma de las Lavandas le era sublime y placentero. Alguna vez pensó, cuando joven, que llevaría allí a sus hijos cuando los tuviera... Sonrió con nostalgia. En aquellos años era un hombre soñador y entusiasta que añoraba hijos y formar una familia. Lamentablemente el destino le deparaba otros caminos, vinculados para siempre a la guerra y a la muerte. 

Fuera como fuera, no se lamentaba por ello. Había decidido seguir el camino de la guerra y servir al rey, así que no había motivos por los qué arrepentirse de sus actos. Era la vida que había querido. Y gracias a su pequeño aporte sirviendo con lealtad a su señor otros podrían llevar a sus hijos a los campos de lavanda a jugar.

Su camino transcurrió silencioso, respirando la tranquilidad y la paz que todavía existía en su amada Tirisfal. Cerca de la colina de los Cruzados, se subió al viejo jaco para que su llegada al portentoso Monasterio de Tirisfal fuese lo más digna posible.

 

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Cuando atravesó los jardines exteriores, observó con orgullo los estandartes con el puño de acero cerrado, en señal de victoria sobre un azul celeste, como el cielo. Había escuchado desde joven la gesta de hombres como Lord Dathrohan y Lord Vadín, quienes eran eminentes señores feudales y caballeros del rey. Electos por el monarca y el arzobispo para formar parte de los cinco primeros miembros de la orden junto a Sir Lightbringer y el poderoso Gavinrad el Terrible. No era cualquier cosa pertenecer a la orden y por ello era que dudaba.

¿Qué tenía en común él, con hombres tan píos como Los Cinco? 

No lo sabía y de hecho dudaba que fuese el mas adecuado, pero ahí estaba. Nadie podría decir jamás que Iván Lionhammer abandonaría su deber...

Dejó las riendas de su viejo jaco en manos del escudero, quien le vio con una mueca de asco. Iván le dedicó una mirada hosca... y espetó.

-Así huelen los hombres cuando vienen de la guerra, gamberro- 

El caballero le dedicó una mirada miserable y una mueca, causando que el niño se pusiese a llorar.

- Llorica- bufó, avanzando hacia los pilares del templo... Ahí le esperaban dos hombres ataviados con hábitos blancos y un hombre con armadura y el tabardo de la Mano de Plata.

Iván trataba de mantener las formas, pero a medida que se acercaba a los que parecían esperarlo se le dibujaba una mueca en el rostro; La ansiedad y los nervios le inundaban.

- Saludos, mis señorías- dijo, inclinándose un poco. Los hombres contenían miradas de asombro- Lamento las formas y las apariencias, pero vengo del frente-

- ¿Qué se le ofrece, Soldado?- 

- Soy Iván Lionhammer, Caballero de Lordaeron- se apresuró a contestar, sacando de entre su pecho la misiva- Tengo una recomendación dada para vosotros... no la he abierto, pero va firmada por mi comandante-

- ¿Es usted Sir Iván Lionhammer?- dijo uno de los sacerdotes, incrédulo...

- No esperábais a un hombre pestilente con aspecto febril- sentenció- pero soy quien digo ser-

Los clérigos y el Caballero se vieron unos a otros, pero asintieron.

- Seguidnos... luego de asearos, os presentaréis ante el obispo-

Iván abrió los ojos, sorprendido.

- No os refiréis a....-

- Así es, Sir Iván- respondió el Caballero- El Obispo Ronald Lionhammer os espera-

Si antes estaba nervioso, ahora lo estaba mucho más. ¿Por qué Ronald (Un férreo León Blanco) le había convocado a él expresamente, siendo un león negro, a servir a la Mano de Plata?

 

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-Relatos de un Caballero-

III

La Sanación de la Luz

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-¿Por qué estoy aquí?- 

-¿Y es que acaso no es obvio, Iván?-

Le preguntó. Iván se mantuvo en silencio viendo a su primo Ronald. Mantuvo el silencio el tiempo suficiente como para revelarse confuso.

- No lo es- musitó, mirándolo- En absoluto-

- ¿Y por qué dudas del destino que la luz tiene para ti?-

- No es la luz- sentenció, mirando al obispo- eres tú, Ronald-

Su primo se mantuvo en silencio, dejando que el caballero hablase.

- No me considero digno de el honor para el que me has propuesto. Nunca he sido un hombre pío, ni de grandes virtudes. Jamás he hecho proezas de fuerza o valor dignas de un paladín. Soy un hombre sin honor, que conserva meros vestigios de glorias de generaciones pasadas a la sombra de parientes más dignos que él para ser hombres de luz en armas. No entiendo cómo ella puede llamar a un hombre como yo a sus filas. Y quiero aclararte que no quiero formar parte de tus juegos políticos, Ronald. Solo quiero cumplir con mi deber y mantener el nombre de mi casa con ello en el lugar que le corresponde... No quiero arriesgar más el destino de nuestra familia-

Ronald sonrió, manteniendo el silencio y le hizo un ademán con su mano derecha.

- Sígueme, Iván-

Comenzaron a caminar por los pasillos de granito del  claustro del monasterio. Desde el lugar donde estaban se podían ver los eternos prados de tirisfal, atestadas de granjas y campos de lavandas. Al fondo de ese paisaje, se veía Ciudad Capital adornando con su esplendor el lugar. La brisa soplaba meciendo los pinos de los claros con parsimonia y los pájaros entonaban su balada de amor a la tierra.

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- Lo que hace a un hombre digno de la luz no son ni sus glorias militares ni mucho menos las dotes y títulos que posee, Iván- explicó Ronald- Lo hacen sus actos. Somos lo que hacemos... Y por esa razón es que estás aquí-

- ¿Y cómo le soy digno a la luz siendo como soy? Bebo, blasfemo y orino sangre por mis excesos... ¿De verdad siendo como soy la luz me considera digno?-

- Tal vez no lo veas ahora, primo- le miró, palmeando su hombro- Pero te puedo asegurar que puedes aportar más de lo que crees a la causa de la Luz y Lordaeron en los tiempos aciagos que corren-

Le indicó que siguieran, hasta entrar en los jardines internos del Monasterio.

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-Todos somos seres imperfectos, Iván. Pero la luz nos ama de todas formas. Somos parte del Universo y por ello podemos estar en perfecta sintonía y comunión con él. Se bien quien eres, primo. Se que eres un hombre duro, veterano, que ha cometido excesos en el pasado. Pero no por ello la luz te repudia-

Los jardines internos del monasterio estaban atestados de flores y árboles que generaban un frescor increíble en el lugar. Caminaron hasta una de las fuentes, donde se podía ver en la estatua el símbolo de la Luz. El cielo se tintaba de naranja, indicando que atardecía.

- Todos tenemos la oportunidad de redimirnos, Iván- musitó Ronald. Era un hombre muy humilde. A pesar de su posición como obispo, había tomado votos de humildad y renunciado a los títulos de su padre en honor a su fe. Iván tenía una edad parecida a la de él e incluso recordaba que habían jugado juntos de niños antes que tomase los hábitos. Desde entonces, no lo había vuelto a ver. Los años no pasaban en vano, pues se había vuelto anciano, con pelo y barba grisácea y algo de sobrepeso. Sus ojos, a pesar de todo, transmitían la sabiduría y la agilidad mental dignas de un líder; de un hombre de fe. Ronald siempre le transmitió gran simpatía, a diferencia de sus hermanos.

Solo Gódric y él le habían tratado con gran dignidad, como a un igual, a pesar de las disputas familiares. Eso le hizo recordar a su primo y le provocó enorme nostalgia.

- Habría sido mil veces más digno para esta labor tu hermano Gódric- respondió Iván, pesaroso.

Ronald mantuvo el silencio, viendo la fuente.

- Es algo que no podemos averiguar, Iván- Dijo él, con gesto calmo- Lamento profundamente la muerte de mis hermanos. No creas que no lo hago. Pero ahora están en un lugar mejor y la vida sigue. Se que Gódric fue especial contigo, pero no podemos echarnos al olvido por lo sucedido- 

Iván frunció el ceño, viendo hacia la espesura del jardín.

- Supongo que tienes razón... la vida sigue-

- Y es por eso que estás aquí, Iván- Dijo Ronald, con gesto serio- Se bien por qué tu vida ha sido tan caótica desde la juventud. Nuestros conflictos familiares han cobrado víctimas irremplazables entre nosotros y han sido tanto Stanley, como tú- 

Iván se mantuvo en silencio, ceñudo, escuchándolo.

- Soy tan culpable como cualquiera de los Leones Blancos por esto. Porque soy parte de ellos... pero mi hermano antes de morir me ha dado una lección inestimable. Y es que en los tiempos que corremos, tanto blancos como negros, los Lionhammer debemos unirnos. Y la forma en que podría ayudarte es esta-

- ¿Haciéndome entrar en la Mano de Plata con tus influencias?- comentó Iván confuso- ¿Eso te parece cónsono con el honor?-

Ronald rió tranquilo.

- No realmente, aunque luego de lo dicho hasta yo lo habría pensado- comentó, jocoso- Te he traído porque pienso que, una forma de hacerte trascender tus problemas, es esta. Sirviendo a la Mano de Plata y siguiendo los caminos de la Filosofía de la Luz se que podrás trascender y ser el hombre que debes ser. He visto en ti desde joven y a través de las cartas de mi hermano el gran hombre que eres. Amoroso, humilde, decidido, valiente y leal, Iván- 

El anciano caballero bajó la cabeza, escuchando los elogios.

- Has tenido una vida difícil por mis hermanos, te has dejado llevar al olvido por ellos...Creo que es momento de que crezcas y se que la Luz podrá ayudarte. Eres un hombre valeroso, que puede dar cosas maravillosas de sí, primo-

-¿Y cómo... cómo puede ayudarme la luz?-

- Descúbrelo tú mismo-

Sus miradas se cruzaron. Iván sintió un vuelco en el corazón.... No fue capaz de refutar lo que Ronald le decía; Tenía toda la razón. El sufrimiento por la disputa familiar, el rechazo y el aislamiento que en muchas ocasiones sintió le había llevado a rodar por los caminos de la vida. Sabía que lo que decía él era cierto. En su corazón había mucho odio reprimido que lo habían hecho desviarse. Y sintió en su interior un calor y una tranquilidad que le hicieron pensar que posiblemente fuera cierto lo que él le decía.

-Quizás tienes razón- dijo Iván- No me siento digno, pero si este camino me puede ayudar a encausar mi vida, Ronald, lo tomaré-

- Entonces sígueme, Iván- 

Y ambos caminaron nuevamente hacia el Claustro.

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-Relatos de un Caballero-

IV

Fuero Interior

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Iván jadeaba con fuerza.

Los entrenamientos eran extenuantes y él había perdido muchas de sus condiciones. Aún podía combatir, pero estaba acostumbrado a combates cortos que no requerían más que el esfuerzo suficiente para superar a sus rivales con rapidez; su edad y el daño que le hacía su pésimo estado físico no le permitían (si quería vivir, claro) hacer combates largos. A veces, el combatir sucio ganaba batallas; ¿Total? utilizar un puñal escondido en el cinto mientras estabas en el suelo debajo de un enorme orco sediento de sangre o llenarle de tierra los ojos con una patada al suelo le había salvado de la muerte en dos ocasiones. 

De nada valía enfrentarse a un orco frente a frente sin más. 

Pero aquí le estaban enseñando a ser un caballero de nuevo. Había pasado tanto tiempo sirviendo entre criminales y ladrones que había olvidado el significado de ese título y por poco el del honor. Luego de la muerte de sus parientes, la IV legión de las fronteras fue disuelta debido a los muy bajos números con los que había regresado al reino bajo el mando de él y del hijo de Gódric. La última batalla que habían librado la habían vencido, pero a costa de enormes sacrificios. La Legión perdió a más de la mitad de sus fuerzas en los combates librados por sus fallecidos primos... y la otra mitad la sacrificaron en la última lid. Al regresar, aunque los pocos oficiales y soldados que sobrevieron entendían lo que había pasado, el Alto Mando ya tenía una sentencia por órdenes del Rey y les deshonraron.

Luego del juicio militar que les hicieron a él y a Tarin donde la casa perdió todo su prestigio,  fueron enviados a distintos ejércitos: Tarin, fue enviado al ser más joven a una legión del interior del país donde necesitaban instructores. A Iván por su experiencia, le enviaron a una legión fronteriza diferente, recién fundada, que era comandada por algunos de los viejos oficiales a los que había mandado en el pasado. Pero aquellas fuerzas estaban conformadas por criminales, convictos, violadores y perros que habían quebrantado las leyes y se les había conmutado la pena con levas forzadas. Le enviaron allí como un criminal más aunque no quisieran reconocerlo. 

Aunque no lo consideraba justo, sabía que la corona había sido "indulgente" con ellos. El deshonor que pesaba sobre sus hombros era claro, pero no les habían despojado de sus títulos y rangos gracias al sacrificio de Gódric, y porque hombres como Bishford y otros que sobrevivieron a la fallida campaña intercedieron no solo por él, sino por el apellido de la familia.

Solo por ello el Rey había reducido la pena de deshonor, torciéndole los planes a sus enemigos, que buscaban destruirlos a toda costa.

Sus fuerzas llegaban al límite con las prácticas, tuvo que postrar sus rodillas en la tierra, agotado.

- De pie-

- No puedo-

- De pie...-

Iván levantó la mirada, dedicándole toda su ojeriza a quien le instruía bajo la atenta mirada de Ronald. Era un hombre maduro, de una edad similar a la de él, pero que había alcanzado la iluminación de la luz hacía tiempo, entre la segunda generación de paladines que surgió después de Los Cinco. Aquél que le instruía era Drustvar Goldhammer, veterano de guerra de Ventormenta.

Y  en escasas semanas, se había ganado todo su odio. Odiaba a ese maldito paladín petulante. 

- Un día de estos acabarás con los dientes rotos, Sir Drustvar- protestó Iván, molesto- Un día de estos puede que te reviente la cara aunque eso implique mi expulsión de las filas de la Orden-

- Puede que sí, Sir Iván- comentó con tranquilidad el paladín- pero hasta entonces, tenéis que obedecerme. ¡levanta!-

El anciano se reincorporó... e inmediatamente su instructor comenzó a atacarlo por los costados. Iván conservaba sus reflejos, no los había perdido después de tanto tiempo, por algo había sobrevivido dirigiendo a una mesnada de criminales como la que comandaba ahora Bishford contra los orcos, pero los combates, como se ha dicho, no se extendían demasiado si querías vivir. El honor obligaba a definir las cosas con técnica y limpieza, pero cuando eras el líder de unos perros que solo habían aprendido a robar y a matar apuñalando por la espalda a sus víctimas aprendías cosas que en una guerra como la que se libraba en las periferias de Lordaeron. Una guerra en la que el honor le daba paso a la supervivencia en los combates cuerpo a cuerpo.

Esquivó varios de los primeros golpes, incluso acosó al paladín, pero pronto su resistencia menguaba y se veía apabullado por Goldhammer hasta que era derribado una vez más, levantando el polvo de la liza.

- Levanta, Lionhammer-

- ¡Momento, maldición!- volvió a protestar, furioso- ¡No soy un mozalbete!-

- Ni yo- espetó su instructor, caminando de un lado a otro, jadeando un poco- ¡Levanta!-

- ¡No puedo, estoy cansado, no soy el hombre que era antes!- 

- Pero a un paladín no lo hace su pasado, Iván- sentenció con severidad su primo, levantándose del banco desde el que veía el terrible entrenamiento- Lo hacen las virtudes-

Iván se apoyó en sus codos, mirando a su primo, bañado en sudor y jadeando con una mueca de molestia.

- Tonterías-

- Cuando se es realmente tenaz, aprendes a levantarte aún cuando la hora es más oscura y el enemigo te tiene superado. Solo si somos tenaces podemos comprender el universo en todas sus dimensiones, a pesar de las dificultades. Cuando un enemigo te derriba te levantas, cuando fallas al tomar una decisión errada, la compones sin quebrarte. Cuando tu cuerpo está al borde de sus fuerzas sigues. NUNCA, debes rendirte-

Su primo se acercó, con firmeza y le extendió la mano al anciano caballero. Iván dudó por momentos, pero le tomó la mano y se reincorporó con ayuda de este.

- Las virtudes no son una tontería, Iván-

- Y yo me esfuerzo a diario, sin ningún progreso-

- ¿Te has preguntado si de verdad eres tenaz, Sir Lionhammer?-

- ¡Hago lo que me dicen a diario! ¡claro que soy tenaz! con un demonio...-

- ¿Lo haces con convicción, o simplemente porque te obligan a hacerlo? ¿Te has detenido a pensar en ello un momento?-

Iván guardó silencio. Claramente hacía las cosas porque le mandaban; Estar en los escuderos de la orden en ese momento había sido por instrucción del ejército. Quedarse a recibir la instrucción y leer los escritos del monasterio había sido una orden de Ronald. Asistir a las jornadas diarias de ejercicio había sido también lineamiento de su primo y tener que tolerar a Sir Drustvar había sido también algo que el anciano caballero hacía por órdenes de su maestro.

No se había detenido a pensar el por qué... y para qué hacía todas esas cosas. Iván bajó la cabeza, era muy orgulloso y le costaba reconocer que en el fondo no creía en lo que le obligaban a leer, ni que tomaba en serio las enseñanzas de la luz. Mucho menos, que en el fondo se consideraba superior a su instructor de armas y que ese excesivo orgullo y arrogancia le habían asegurado que podría vencer a un hombre como ese paladín de la forma que había aprendido entre los ladrones y que había utilizado para derrotar a los orcos.

Había olvidado quien era, luego de todo lo que le había sucedido. En el tiempo que estaba sirviendo a la Orden, no había comprendido jamás sus enseñanzas. No le hizo falta a Ronald una disculpa para comprender lo que pasaba por la cabeza de su primo.

- Quizás he perdido todo este tiempo-

- Y ahora, es momento de que aprendas- sentenció Ronald, mirándolo y apoyando su mano en el hombro del anciano caballero- El llamado de la Luz, llega cuando tiene que ser-

Iván asintió, levemente, pero con convicción.

- Levanta las armas, Lionhammer- sentenció entonces Drustvar. Iván lo miró con una determinación sin igual y comentó...

- Ahora mismo mi enemigo más aciago eres tú, Goldhammer y juro por todo lo que es santo y puro que voy a verte derribado en el suelo, no se cuando, si hoy, o mañana, pero lo haré-

- Levanta las armas y cumple lo que dices-

Sentenció el instructor, blandiendo la maza en el aire, esperándolo. Sonrió levemente.

Algo había cambiado en Iván Lionhammer en ese momento.

 

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OFF:

Aparto este post para la IV parte de esta saga, a la cual he renombrado "Relatos de un Caballero". ¡Espero que la disfruten!

Publicada la 3ra parte del relato.

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-Relatos de un Caballero-

V

La Fe

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Desde entonces, su progreso había sido lento, pero seguro. Cada día se sentía mejor y comenzaba a entender con claridad las enseñanzas de la Luz.

 

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OFF:

Aparto este post para la V parte de esta saga, a la cual he renombrado "Relatos de un Caballero". ¡Espero que la disfruten!

Publicada la 4ta parte del relato en el post anterior. ¡Échenle un ojo!

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